18363(12-11-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 18363  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 118  

Bogotá,  D.  C., doce (12) de noviembre del  dos mil tres (2003).   

ASUNTO  

         Decide  la Sala el recurso de casación interpuesto por el defensor  del  señor  HELÍ DE JESÚS DUQUE CORREA contra  la sentencia dictada por el Tribunal Superior de Neiva el 7  de  diciembre  del  2000, pero sólo en cuanto se refiere al segundo cargo de la  demanda,  único  que  se  declaró  ajustado  por auto del 27 de septiembre del  2002.   

HECHOS  

El 13 de junio de 1999 fue hallado a orillas  del río La   

Plata,  en  comprensión  del municipio del  mismo  nombre,  departamento  del  Huila, el cuerpo de un joven que luego sería  identificado como ÉDGAR CLAROS ROJAS, a quien la   

posterior  averiguación  determinó que en  esa  madrugada  se  le  había  dado  muerte  en  el  Bar Cumaral, situado en la  mencionada  localidad,  lugar  donde fue hallada el arma de fuego utilizada para  el efecto.   

                    

ACTUACIÓN  PROCESAL   

A la investigación fueron vinculados BETTY  BERNAL  VARGAS,  propietaria  del establecimiento donde ocurrieron los hechos, y  HELÍ    DE    JESÚS    DUQUE    CORREA, su dependiente.   

El  14  de  octubre  de  1999,  un  fiscal  seccional  de  La  Plata  acusó  a  DUQUE  como  autor de los delitos de homicidio y porte ilegal de arma de  fuego  de  defensa  personal  y a BERNAL como encubridora del homicidio y autora  del porte de arma.   

Por tales conductas, el 12 de septiembre del  2000  el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  La  Plata  condenó  a DUQUE  CORREA  a  40  años  y 2 meses de  prisión,  10  de  interdicción,  y  a  BERNAL VARGAS a 14 meses de prisión, e  interdicción    de    derechos    y    funciones   públicas   por   el   mismo  término.   

La  sentencia,  apelada  por  DUQUE   CORREA,  fue  confirmada  por  el  Tribunal Superior de Neiva el 7 de diciembre del 2000.   

         Interpuesto  el  recurso  de  casación  por el defensor de éste y  presentada  la  demanda  correspondiente, la Sala, por auto del 27 de septiembre  del 2002, declaró ajustado sólo el segundo cargo.   

LA  DEMANDA   

Con apoyo en la causal primera de casación,  cuerpo  segundo,  el  censor  critica  la  sentencia de segunda instancia por la  violación  indirecta  de  la  ley sustancial que se deriva de los yerros en que  incurrió  el  Tribunal  en  la  valoración  de los indicios que sustentaron la  sentencia condenatoria.   

Conforme   se   reseñó   en   anterior  oportunidad,   el   demandante   desarrolló   el   cargo   en   los  siguientes  términos:   

a.  Con relación al indicio de posesión o  tenencia   del   arma  homicida:  si  la  única  prueba  de  que  disponía  el  Ad   quem  para  dar  por  probado  que  DUQUE  CORREA  tenía  en  su  poder  el  arma homicida antes del crimen era la declaración de  Jackelín  Torres,  pero  ésta no podía ser apreciada pues fue recibida por la  Sijín  cuando ya se había iniciado la investigación, al valorarla cometió el  Tribunal  un error de derecho. Como la prueba deviene inexistente, el subindicio  de  la  oportunidad  queda  sin  prueba  por  falta  de  demostración del hecho  indicador.  Y  sin  este  subindicio,  el  de  la tenencia del arma después del  delito pierde contundencia.   

Además,  el  juzgador  incurrió  en falso  juicio  de  identidad  por  cercenar los testimonios de Betty Bernal y Alejandra  María  Bobadilla,  pues no apreció el dicho de la primera en el sentido de que  el  arma  permanecía  siempre  en  el cajón bajo llave, ni el de la segunda en  cuanto  sostuvo  que  Miller, el administrador, siempre cargaba el revólver. En  consecuencia,  si  se  aceptara  la  posesión del arma por parte del procesado,  habría que concluir que no lo hacía él de manera exclusiva.   

De  no  admitirse  el  error  de  derecho  denunciado,  agrega  el  demandante,  de  todas  maneras  el fallador violó las  reglas  de  la  sana  crítica  en  la  apreciación del testimonio de Jackelín  Torres,   pues   no  expuso  razonadamente  su  mérito  y  tampoco  la  testigo  suministró  la  razón de su dicho. Si esta fue la única prueba que se tuvo en  cuenta,  el  subindicio  de  posesión  del  arma  antes del homicidio queda sin  bases.   

         También  cometió el Tribunal un error de lógica al deducir de la  tenencia  posterior  del  arma  un  indicio  grave  de autoría, porque diversas  causas  podían  explicar  esa  posesión:  la  conservó después de cometer el  delito,  le  fue  suministrada  posteriormente  para  que  procurara  su  propia  protección  y  la  de quienes compartían el apartamento donde vivían, o se le  entregó  para  encubrir  al  autor  del  homicidio.  Dar por probada la primera  hipótesis  transgrede  los principios de la experiencia y de la lógica, ya que  si   los   hechos   ocurrieron   cerca   de   la   habitación  de  DUQUE,  donde  era difícil ocultarla, lo  obvio  era  que se deshiciera del arma. Es lo que enseña también la ciencia de  la investigación criminal.   

La segunda hipótesis también es factible,  pero  la  tercera  es  la  que tiene más asidero no sólo porque la experiencia  señala  que  las  armas  que  se  conservan  en esos establecimientos públicos  pertenecen  a  sus dueños o administradores y no a sus empleados, sino también  porque  Alejandra  María  Bobadilla  no  señaló  al procesado como una de las  personas  que  sacaron  de  su habitación a la víctima y Óscar Ovidio Montoya  narra     que     en     el     momento    de    los    disparos    DUQUE     se    encontraba    en    el  apartamento.   

Entonces, al aceptar el Tribunal la primera  hipótesis,  incurrió en falso juicio de existencia respecto de la declaración  de  Montoya  y  del indicio de que otros pudieron ser los autores del homicidio,  derivado  de  los siguientes hechos: el arma permanecía en el cajón de guardar  el  dinero;  no  era  propiedad  de  DUQUE   sino   de   Miller;  ninguna  prueba  señala  que  DUQUE   la   tuviera  el  12  de  junio;  DUQUE   dormía   en   un  apartamento  separado  de  la pieza de la que fue sacada la víctima; las llaves  del  bar  donde  quedaba  ubicada  la  pieza  estaban  dentro  del  mismo local;  DUQUE no tenía acceso a ese  lugar  cuando se cerraba y fueron varias las personas que sacaron a la víctima,  entre    las    que   no   estaba   DUQUE.   

         Si  esto  se  hubiera  analizado,  el  subindicio  de  la  tenencia  posterior    del    arma    se    habría   neutralizado   en   la   mente   del  fallador.   

         b.  Indicio de oportunidad para delinquir: lo deriva el Tribunal de  la  circunstancia  de trabajar el procesado en el lugar de los hechos, sitio que  no  podía  abandonar  porque  aún  había  gente  por atender. Incurre así el  Ad  quem en grave error de  lógica  pues, de una parte, si la presencia está justificada no se puede tener  como  indicio, además que muchas otras personas estaban en el mismo sitio; y de  otra,  que  había gente por atender es afirmación que carece de prueba, aparte  que  se retiró del bar cuando ya era hora de hacerlo y ninguna incidencia tiene  frente a un hecho que se cometió media hora después.   

         c.  Indicio  de  mala  justificación:  lo concreta el A  quo, a cuyo fallo remite el Tribunal,  en  el  comportamiento  asumido  por  el procesado en la audiencia pública, por  exponer  hechos  nuevos  a  pesar de haber tenido ocasión para narrarlos antes.   

Este  comportamiento  nada  prueba, como no  sea,  en  sana  lógica,  el  miedo  a  la  sentencia  condenatoria que se veía  próxima.  En  todo  caso, si la última versión corresponde a la verdad, no se  le  puede  tomar  como  indicio; y si es mentirosa, es la mentira la que resulta  ser  motivo  de  sospecha.  Para  una  u  otra  solución,  tendría  que  estar  establecida  la  verdad.  Pero  como  la  verdad  es la que se quiere establecer  mediante  el  indicio,  se  incurre  en  petición  de  principio pues se da por  probado   lo   que   se   quiere  probar,  lo  que  constituye  grave  error  de  lógica.   

         d.  Indicio  de mentira: aunque el Tribunal no alude expresamente a  él  pero sí a la manera engañosa como procesado, procesada y algunos testigos  se  refieren  a  los  hechos, parece remitir al indicio de mentira que dedujo el  juzgado.  Sin  embargo,  la  mentira  puede  nacer  del  temor  a  la  sentencia  condenatoria  o  del interés en proteger al verdadero autor del crimen no sólo  ocultando  el  arma  sino  la  verdad, con la esperanza de no resultar condenado  porque  la  recibió  después  de perpetrado el homicidio. Entonces, si existen  varias   causas  que  explican  la  mentira,  escoger  la  que  demostraría  la  conciencia  de  haber  cometido el delito contraría la lógica y la experiencia  o,  de todas maneras, reduciría el indicio a la calidad de contingente. Tampoco  las  mentiras  de  la  procesada  o de otros testigos le pueden ser imputadas al  señor  DUQUE, a menos que se  hubiera acreditado que él las promovió.    

         e.   Indicio   favorable   de  ausencia  de  móvil:  incurrió  el  Ad  quem en error de hecho  por  falso  juicio  de  existencia, pues no valoró este indicio no obstante que  aparece  en  el proceso. La omisión le impidió al Tribunal admitir siquiera la  posibilidad de la inocencia del procesado.   

         f.   Indicio   favorable   del   pasado   honesto  de  DUQUE  CORREA:  “nace de la experiencia  humana,  según  la  cual  quien  observa  buena  conducta  ético-social  no se  transforma  de  pronto  en  delincuente  y  mucho menos resulta probable que sea  autor   de   un   homicidio  tan  grave  como  el  que  se  investigó  en  este  proceso”.   

         Concluye  el  demandante  que si la certeza para condenar se deriva  del  análisis conjunto de la prueba incriminatoria, a  contrario  sensu, el que se desvirtúe cada uno de los  indicios  que  le  sirvió  de  soporte  a la sentencia, obliga a colegir que la  providencia  cuestionada  no  puede conservarse. En consecuencia, solicita casar  el fallo impugnado y proferir el que en derecho corresponda.   

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

         La  señora  Procuradora  Primera  Delegada para la Casación Penal  sugiere   que   no   se   case   la  sentencia  impugnada,  por  las  siguientes  razones:   

         En  cuanto al indicio de posesión o tenencia del arma homicida, el  error  de  derecho  denunciado  por  el  demandante  no  se  configura porque la  policía  judicial  estaba  legalmente  facultada para escuchar el testimonio de  Jackelín  Torres  Riaño,  en tanto se trataba de una situación de flagrancia.  Así  lo  permitía  el artículo 312 del anterior estatuto procesal siempre que  la  prueba  se  practicara  en el lugar de los hechos, como se hizo en este caso  pues  la diligencia se realizó aprovechando que la testigo se hallaba en el bar  cuando se realizó su allanamiento y registro.   

         Tampoco  incurrió  el  fallador  en  falso juicio de identidad por  cercenar  los  testimonios  de Betty Bernal y Alejandra María Bobadilla, según  la  censura  formulada  por  el  libelista, pues el Ad  quem valoró las diversas versiones suministradas por  ellas  y  las  analizó  en  conjunto  con  la exposición inicial del procesado  -cuando  explicó  por  qué  pretendió  ocultar  el  arma-  y  con  el  examen  balístico,  que  estableció la identidad entre ésta y la utilizada para matar  a Claros Rojas.   

         Que  en  la  apreciación  del  testimonio  de  Jackelín Torres el  Tribunal  hubiera  violado  las  reglas  de  la  sana  crítica, es también una  afirmación  carente  de  fundamento porque no le restó credibilidad atendiendo  al   oficio   que  desempeñaba  sino  a  las  divergencias,  contradicciones  e  incoherencias  en  que  incurrió. Además, que no hubiese sido posible escuchar  de  nuevo  a  la  testigo  no  afecta  el  mérito  de la declaración, que debe  valorarse  en  conjunto  con  toda  la  prueba,  como  acertadamente  lo hizo el  juzgador.   

         Con   relación   al  falso  juicio  de  existencia  por  falta  de  apreciación  del testimonio de Óscar Ovidio Montoya, si bien el Tribunal no lo  mencionó  expresamente  sí  se  refirió  a  “la manera engañosa con que el  procesado  y  algunos  testigos se refieren a los hechos, y que en virtud de las  sentencias    de    primera    y    segunda    instancia    no    es    menester  reiterar”.   

         Finalmente,  respecto  de  las hipótesis que plantea el demandante  para    concluir    que    DUQUE   CORREA  no  fue el autor del homicidio, para el Ministerio Público ellas  obedecen   a   la  valoración  personal  del  censor  que  desconoce  la  doble  presunción  de acierto y legalidad de las sentencias atacadas en casación. Por  lo  demás,  porque  otras  personas  pudieron intervenir en la muerte de Claros  Rojas,  el  Ad quem dispuso  compulsar copias para adelantar la correspondiente investigación.   

CONSIDERACIONES   

         No  obstante  que el demandante seleccionó adecuadamente la causal  a  partir  de  la  cual  presentó  sus reproches contra la sentencia de segunda  instancia,  la  acusación  no  está  llamada  a  prosperar  por las siguientes  razones:   

         1.  El  Tribunal  dedujo  el  indicio  de  posesión  del  arma  homicida  atendiendo  diversas  circunstancias:  i) que el  procesado  la  tenía  en  su  poder  al  momento  del  allanamiento y trató de  ocultarla  en  una  alberca;  ii)  que  la  guardaba  en  el prostíbulo, según  Jackelín    Torres,    y,   iii)   las   contradicciones   entre   DUQUE   CORREA                y Betty Bernal, quien  finalmente  admitió  que  ella  se  la  había  entregado para la seguridad del  establecimiento.   

         Ya  se  dijo  que la tenencia anterior es atacada por el demandante  con  el  argumento  que la prueba en la que el Ad quem  apoyó  su  conclusión  es  ilegal  por  haber  sido  practicada  por  la policía judicial, que sólo podía recibir testimonios bajo  la  dirección  del fiscal si no lo había hecho de inmediato en el lugar de los  hechos,  de  acuerdo  con  lo  previsto en los artículos 312 y 320 del anterior  Código    de    procedimiento   Penal,   vigente   para   la   fecha   de   los  hechos.   

         Dígase,  sobre  este  tópico,  que  en  efecto  la primera de las  normas citadas autorizaba que   

“En los casos de flagrancia y en el lugar  de  los  hechos,  los  servidores  públicos  que  ejerzan funciones de policía  judicial  podrán  ordenar  y  practicar pruebas sin que se requiera providencia  previa”,   

en  tanto  que  la  segunda  disponía  que   

“En  la investigación previa intervienen  quienes  ejerzan  funciones  de policía judicial bajo la dirección del fiscal,  las unidades de fiscalía y el Ministerio Público”.   

Además,  el  artículo  313 ordenaba que   

“iniciada  la  instrucción  la  policía  judicial sólo actuará por orden del fiscal”.   

         Nótese  que la permisión para realizar actividades por iniciativa  propia se limita a   

“los  casos  de  flagrancia  y  en el lugar  de los hechos”,   

es decir, a aquellas situaciones en las que,  para  el  caso concreto y según el concepto que para entonces regía (artículo  370  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de  1991),  en el momento en que la  persona   

“es sorprendida con objetos, instrumentos  o  huellas,  de  los cuales aparezca fundadamente que momentos antes ha cometido  un hecho punible o participado en él”,   

la  inmediata  presencia  de  la  policía  judicial  en la escena del crimen la obliga a actuar prontamente. Como se ve, se  requiere  que  se reúnan las circunstancias de modo y  lugar, pues las dos están unidas por una conjunción  copulativa y no disyuntiva.   

         Justificada  así  la  actuación  temporalmente  autónoma  de  la  policía     judicial,     es     claro     que     cuando    al    lugar  acude  igualmente el fiscal éste  asume   la   investigación   y   aquélla   sólo   podrá   actuar   bajo   su  dirección.   

         Descendiendo  al  caso concreto, aparece evidente que el impugnante  tiene  razón  en  su  reproche pues si a las 7 de la mañana del 16 de junio de  1999  la  fiscalía  23 seccional de La Plata inició el allanamiento y registro  del  establecimiento  abierto  al  público  donde  presuntamente se cometió el  homicidio  y  encontró  en  la  alberca un arma de fuego y munición y para las  10.15  ya  había  ordenado la captura del señor DUQUE  CORREA, cualquier actuación que a partir de entonces  realizara   la   policía   judicial  debía  ser  ordenada  por  la  fiscalía.   

No ocurrió así sino que, por el contrario,  a  partir  de  las  10  de  la  mañana,  casi  paralelamente a la diligencia de  allanamiento,  la  Sijín  procedió a escuchar a algunas de las personas que se  encontraban  en  ese  sitio,  Jackelin Torres Riaño entre ellas, pruebas que en  consecuencia  devienen  ilegales  por falta de competencia del organismo que las  recaudó.   

         Que  la tenencia anterior del arma no se pueda tener por acreditada  en  virtud de la declaración de la señorita Torres, en nada afecta la gravedad  del  indicio  deducido  por los jueces de instancia, edificado también, como se  ha  dicho,  sobre  el hecho de hallarse el revólver en poder del procesado tres  días  después  de  haber  sido  utilizado  para  darle  muerte a Édgar Claros  –como irrefutablemente lo  demostró  la prueba de balística-, indicio que ciertamente se refuerza, según  lo  estimó  el Ad quem, por  el  ocultamiento del arma que el procesado reconoce haber intentado hacer cuando  se  percató  de  la  presencia  de  la  fiscalía  y  de  agentes  de policía.   

         Por  esta razón, el segundo error que se denuncia respecto de este  indicio          carecería          igualmente          de         trascendencia  si en efecto hubiese sido  cometido  por el Tribunal. En realidad, el juzgador de segundo grado no cercenó  los  testimonios  de  Betty  Bernal  y  Alejandra María Bobadilla para dejar de  apreciar  sus  dichos,  que  permitirían  concluir que la tenencia anterior del  arma  no podía predicarse de manera exclusiva de DUQUE  CORREA,  sino  que  en  la valoración conjunta de la  prueba  privilegió  unos  extremos de las declaraciones o simplemente descartó  algunos  apartes  al  confrontarlas tácita o explícitamente con ellas mismas y  con el resto del material probatorio.   

         Fue   también   lo   que   hizo   el  A  quo  en  sentencia  que,  como  se sabe, conforma una  unidad  inescindible  con aquella que la confirma con similar argumentación, al  concluir       que       las       contradicciones       entre      DUQUE   y  Bernal  sobre  la  entrega  y  propiedad  del arma y las posteriores y sucesivas imputaciones que hacen luego a  José  Miller  Idrobo  y  a  Iván  Vallejo conforme iban abandonando la ciudad,  revelaban una especie de convenio   

“para incriminar precisamente a quienes ya  no  estaban  presentes, vía fácil y muy expedita cuando se trata de individuos  que  no  tienen  domicilio  o  residencia fijos, manipulando así la prueba para  amoldarse a las circunstancias”,   

como lo anotó el juzgado.  

         Tampoco  resulta  serio  acusar  al  Tribunal  por no valorar en su  integridad  el  testimonio  de  Alejandra  María  Bobadilla,  contra  quien  el  A  quo  ordenó  compulsar  copias  por  faltar  a  la verdad, decisión que implícitamente el Ad   quem   comparte  al  prohijar  las  conclusiones de la primera instancia sobre   

“la  versión  de última hora, según la  cual  dos  individuos  diferentes  al  procesado  fueron  los  autores del atroz  homicidio”.   

         El  mismo  análisis global de los medios de convicción recaudados  explica  por qué, contrario a la opinión del demandante, el posterior hallazgo  del  arma  en poder del señor DUQUE CORREA,  unido a su frustrado intento de ocultarla y a otros indicios que  luego  se  examinarán,   condujo  a  los juzgadores a tener por probada la  autoría del homicidio.   

Establecido  a  plenitud  que  fue  ese  el  revólver  utilizado  para  acabar  con  la  vida de Claros, su conservación en  inmediaciones  del  lugar del hecho no le resta contundencia a la conclusión ni  contraría  los principios de la lógica o las reglas de la experiencia, como lo  asegura  el  impugnante,  pues  igual predicamento habría que hacer respecto de  todos  los  empleados  del  establecimiento  para  descartar  entonces, esto sí  absurdo  y  contraevidente,  la  participación  en la ilicitud de cualquiera de  ellos.   

         Por  lo  demás, debe reiterarse, es inaceptable que se critique la  valoración  de  la  prueba  apoyado  en  testigos  que,  como  Alejandra María  Bobadilla,  fueron  rechazados  por  el  juzgador, que no sólo los calificó de  falaces  sino  que  ordenó  investigarlos precisamente en razón de sus dichos.   

Tampoco  es de recibo que el libelista, sin  la  previa demostración de la veracidad de estos testimonios, pretenda soportar  en  ellos  alguna  conclusión,  como  que  si  la  señorita Bobadilla no vio a  DUQUE  CORREA entre el grupo  que sacó de su habitación a Édgar Claros,   

“lo  más  indicado  en  sana  lógica es  descartar   a   este  procesado  como  el  autor  de  los  disparos  fatales”.   

         Por  último, con relación al testimonio de Óscar Ovidio Montoya,  aunque  es  verdad  que el Tribunal no se refirió expresamente a él, en virtud  de  la  ya recordada  unidad de los fallos de instancia tal vacío se suple  con   la   crítica   que   a  su  dicho  hizo  el  A  quo  cuando  sostuvo que de Montoya podía predicarse  lo mismo que de la amante del procesado, quien tenía   

“un  interés  marcado en sacarlo de esta  enojosa y comprometedora situación”,   

pues  

“por la amistad que los une compartía la  misma habitación”.   

         La   censura   queda  reducida  así  a  una  discusión  sobre  la  credibilidad  del  testimonio  que, bastante lo ha repetido la Sala, no cabe ser  planteada  en  casación  en  virtud de las amplias facultades de que dispone el  juez  para apreciar la prueba, limitado sólo por las reglas de la sana crítica  que, en este punto, el demandante no denuncia haber sido violadas.   

         2.  Por  esta  razón,  debe desestimarse  también  el  segundo  segmento del cargo, que se hace consistir precisamente en  un  error  por  falso  juicio  de  existencia  respecto del testimonio de Óscar  Ovidio   Montoya,  prueba  de  la  que  el  demandante  deriva  un  indicio  de  inocencia que, por lo visto,  no se configura.   

         3.  Sostiene  el  censor que la presencia  del  procesado  en  el  lugar  de  los  hechos se explica porque era su sitio de  trabajo,  lo  que  impide  que  el  indicio  de  oportunidad  para delinquir sea  concluyente,  máxime  si,  como  anota  el Tribunal, otras personas también se  hallaban allí.   

         No  comporta  este reproche el señalamiento de un verdadero error,  pues  se  limita  a  criticar el “pecado de lógica” por deducir el indicio,  eludiendo  referirse  a  dos  precisiones  importantes  que hizo el Ad  quem en su providencia: que carece de  gravedad,  pero  que  es dable considerarlo porque si bien en el establecimiento   

“también   se   encontraban   varias  prostitutas  y  al parecer dos hombres más (…) el proceso no revela que estos  dos individuos y las mujeres tuviesen arma de fuego”.   

         4.   De   otro  lado,  desconociendo  la  rectificación  que  el  Tribunal  le introdujo al fallo de primera instancia en  cuanto  a  la improcedencia de diferenciar el indicio de mala justificación del  de   mentira,   el  casacionista  aborda  la  crítica  separada  de  estos  dos  componentes  para  sostener que en ambos casos el cambio de versión ocurrido en  la  audiencia  pública  radica  en  el  miedo  a ser injustamente condenado por  ocultar  durante  el  proceso  la  verdadera  autoría del homicidio. Para saber  cuál  es  la  versión  mentirosa, agrega, debe estar establecida la verdad, de  manera  que  ésta  no  puede  deducirse  de  aquélla  porque se incurriría en  petición de principio.   

         No  fue  ese  el razonamiento de los juzgadores. Plenamente avalada  por   el   Ad   quem  la  valoración  contenida en la decisión del juez de primera instancia, excepto en  cuanto  a  la  división  del  indicio,  debe  destacarse  cómo el A  quo  deriva  tanto la mentira como la  mala  justificación  de  serias  reflexiones  amparadas  por  la sana crítica.   

Por ejemplo, que no es creíble que después  de  estar  privado  de  la libertad durante un año, ante el temor de la condena  DUQUE  CORREA revele lo que  se  abstuvo  de  comunicar por gratitud a Iván Vallejo, quien le habría dicho,  al  día  siguiente  del  homicidio,  que  él  mismo  le  había  ayudado a dos  desconocidos  a  cometerlo, personas estas que tampoco mencionó en las primeras  intervenciones;  o  que  sorprenda  que  inicialmente  Cristian David García no  supiera  quienes  dieron muerte a Claros pero luego acepte que al día siguiente  le  contaron que habían sido dos encapuchados y, después de ser invocado en su  apoyo  por  el procesado, pueda mencionar los alias de quienes tenían sus caras  cubiertas   e,   inclusive,  afirme  que  Vallejo  pretendía  a  la  amante  de  Claros.   

         5.   Finalmente,   casi   apenas   como  anotaciones  marginales,  reprocha  el  demandante  que no se hubieran tenido en  cuenta  los  contraindicios de ausencia de móvil y de pasado honesto que, en su  opinión, de haber sido apreciados habrían inclinado   

“la  balanza  de  la  justicia  hacia una  absolución”.   

         Sobre lo primero, ha dicho la Sala:   

“…la  ley  no  exige  que  para  que se  configure  la  responsabilidad en el delito de homicidio voluntario se pruebe el  fin  específico que se persigue con la conducta de ocasionar la muerte ajena, o  el  motivo que se tuvo para haber procedido de la aludida manera, sino sólo que  voluntariamente se haya actuado con conocimiento de la ilicitud.”   

“Esto  por cuanto en la dogmática actual  la  demostración  del  dolo  es  independiente  de  la  prueba  del  motivo que  determina  al  sujeto  a  consumar  el  hecho típico, de manera que aún siendo  importante  establecer  las  razones que motivaron la voluntad del agente, puede  ocurrir  que esa causa, razón o fundamento del acto típicamente antijurídico,  se  establezca  y  constituya  elemento  útil  para comprobar la existencia del  dolo,  o  de  una circunstancia que modifique la punibilidad; o también que por  tratarse  el  aspecto  subjetivo referido a la esfera intangible del ser humano,  no  logre  acreditación  en  el  proceso,  bastando  tan sólo acreditar que el  sujeto  agente tuvo conocimiento de la ilicitud de la conducta y que se orientó  con  libertad  a  su ejecución, como así fue declarado en este caso, que es el  límite   de   la   función   de   juzgamiento”.1   

         Y sobre lo segundo, puntualizó:   

“Si bien los antecedentes conductuales del  implicado  pueden  configurar  un  indicio  infirmante de la capacidad moral del  sujeto  para  cometer  delitos,  la  inferencia  se  torna absolutamente frágil  cuando  se  está  ante  hechos  apodícticamente  establecidos  por valoración  racional  y  objetiva  de las constancias procesales, caso en el cual el indicio  de  inocencia  queda  como una pura subjetividad”.2   

         Los    cargos    hechos    al    fallo,    en    consecuencia,   no  prosperan.   

         En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

No   casar   la  sentencia impugnada.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

NOTIFÍQUESE    Y  CÚMPLASE   

YESID    RAMÍREZ  BASTIDAS   

(impedido)  

HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS            JORGE ANÍBAL  GÓMEZ GALLEGO   

ALFREDO    GÓMEZ  QUINTERO                                     ÉDGAR  LOMBANA TRUJILLO   

ÁLVARO   O.  PÉREZ  PINZÓN                                             MARINA  PULIDO DE BARÓN   

JORGE  L.  QUINTERO  MILANÉS               MAURO  SOLARTE PORTILLA   

TERESA     RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria    

1  Sentencia  del  4 de abril del 2002, radicado 11.829, M. P. Fernando E. Arboleda  Ripoll.   

2  Sentencia  del  8 de julio del 2003, radicado 18.025, M. P. Jorge Aníbal Gómez  Gallego.     

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