18242(06-08-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 18242  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 90  

Bogotá,  D.  C., seis (6) de agosto del dos  mil tres (2003).   

ASUNTO  

          Se  decide  el  recurso de casación que interpuso el defensor de la  señora    SONIA    RAQUEL    DEL    SOCORRO    TORO  VELÁSQUEZ,   contra  la  sentencia dictada por el Tribunal Superior de Bogotá el  17  de octubre del 2000, mediante la cual confirmó la emitida por el Juzgado 39  Penal  del  Circuito  de  la misma ciudad, que la había condenado a 54 meses de  prisión,  interdicción  del ejercicio de derechos y funciones públicas por el  mismo    lapso,    por    el    delito   de   estafa  agravada.   

HECHOS  

          El  8  de  noviembre  de 1996, SONIA RAQUEL  DEL  SOCORRO  TORO  VELÁSQUEZ,  apoderada  general de  Carmen  Roldán  Valencia, celebró con Hernando Suárez Guerrero un contrato de  promesa  de  compraventa respecto de un apartamento de propiedad de su mandante,  ubicado  en  la  ciudad de Bogotá. La enajenación, sin embargo, no se llevó a  cabo  porque  el inmueble estaba embargado por un juzgado civil del circuito, lo  que  finalmente  condujo  a  la  rescisión  del  contrato,  sin  que la señora  TORO  devolviera  el  dinero  recibido.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          Agotada  la  instrucción,  el  3  de  febrero  de  1999  un  fiscal  seccional   de   Bogotá  acusó  a  la  señora  TORO  VELÁSQUEZ    por    el   delito   de   estafa,            agravada  por la cuantía, resolución que  fue  confirmada  el  6  de  abril  del mismo año por un fiscal delegado ante el  Tribunal Superior de esta ciudad.   

          Mediante  sentencia  del 1º. de agosto del 2000, el Juzgado Treinta  y  Nueve  Penal  del  Circuito  de  Bogotá la responsabilizó y sancionó en la  forma  ya  dicha,  decisión que, apelada por el defensor, fue ratificada por el  Tribunal  de Bogotá, quien adicionó el fallo para ordenar la emisión de orden  de captura.   

         

LA  DEMANDA   

          Con  apoyo  en  la  causal  primera de casación, cuerpo segundo, el  defensor  de  la  señora  TORO VELÁSQUEZ  acusó  la sentencia de segunda instancia por violación indirecta  de  la  ley  sustancial, derivada de los errores de hecho que en la apreciación  probatoria cometió el fallador.   

          Tres  son  los  yerros  que el libelista le atribuye al Ad quem:   

1) Haciéndole producir a la prueba un efecto  que  no tiene, concluyó que la procesada indujo en error al comprador en cuanto  a   la   posibilidad   de  legalizar  la  adquisición  del  bien  prometido  en  venta.   

2) Se equivocó en la apreciación según la  cual  la  procesada  ubicó su conducta no en el ámbito civil sino en el penal,  por su obvia actitud ilícita.   

3)  Consideró  erradamente  que  la señora  TORO  había  obtenido  un  provecho patrimonial ilícito.   

          En  el  mismo  orden  que  denunció  los  equívocos,  expuso  como  sustento del cargo:   

1)  Que el Tribunal no tuvo en cuenta que la  procesada  actuó  amparada  en  un poder general legalmente otorgado por Carmen  Roldán  Valencia,  residenciada en el exterior, contactando al cliente mediante  aviso  de  prensa  que descarta la inducción en error de quien finalmente optó  unilateralmente por rescindir el contrato.   

2) Que la transacción comercial cumplió las  formalidades  legales  y  el  documento  que la recoge contiene los elementos de  validez  del  acto,  no se expresó en el mismo que la parte del precio recibida  debiera  destinarse a la cancelación de la hipoteca que soportaba el inmueble y  en  el  “otro  sí”, redactado por el comprador y firmado el 29 de diciembre  de  1996,  se  dejó constancia que los contratantes conocían la existencia del  embargo  decretado por el Juzgado Tercero Civil del Circuito, como se aprecia al  folio  17  del  primer  tomo.  Este hecho, que no tuvo en cuenta el fallador, no  permite  afirmar que la procesada hubiese generado un error sobre la posibilidad  de  legalizar  el  negocio,  porque  las partes tenían pleno conocimiento de la  limitación   del   dominio,  ni   que  invadiera  la  esfera  del  derecho  penal.   

3) Debido a los yerros anotados, no se puede  sostener  que  la  procesada  haya  obtenido  un  provecho  patrimonial ilícito  derivado  de una conducta delictual, sino simplemente que incumplió lo acordado  al  momento  de  rescindir  el  contrato,  hecho  por  el cual el señor Suárez  Guerrero   debió  acudir  a  la  jurisdicción  civil  para  hacer  cumplir  lo  pactado.   

          Agrega  que  el  Tribunal  no  tuvo  en cuenta las reglas de la sana  crítica,  “lo  que  hace  del  fallo  acusado,  una  gama  de inexactitudes e  inconsistencias,  que  de  seguro  fueron las determinantes para condenar, junto  con  los  errores  ya  comentados”, afirmación de la que seguidamente deduce,  también,  la  trascendencia  de  los  errores,  porque  de no haberlos cometido  “muy  seguramente  hubiese  revocado  la  condena  del  sentenciador de primer  grado”.   

Solicita  que,  en  consecuencia, se case el  fallo   impugnado   y,   en   su   lugar,   se   profiera   otro   de  carácter  absolutorio.   

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

          Para  la  Procuradora  Primera  Delegada para la Casación Penal, la  demanda  no  sólo  incumplió  las  exigencias  técnicas  propias  del recurso  extraordinario,  sino  que además no logró demostrar el alcance de los errores  que adujo.   

En  cuanto  a  lo  primero,  destaca  que no  precisó  la modalidad del error de hecho que le atribuyó al fallador, en tanto  éste  puede  surgir por falso juicio de existencia, falso juicio de identidad o  falso  raciocinio;  mezcló  supuestos  errores  fácticos  y jurídicos, porque  aludió  a la aplicación indebida, que es una especie de la violación directa;  no  dijo  en  qué  consistió  la  omisión  o  suposición  de  pruebas  ni su  tergiversación,   no   señaló   los   testimonios   apreciados  con  supuesto  desconocimiento  de las reglas de la sana crítica ni expuso las razones por las  que   la  conducta  debió  ser  juzgada  en  el  contexto  civil  y  no  en  el  penal.   

          En  cuanto  a  lo  segundo,  la  Delegada sostiene que los jueces de  instancia respetaron los postulados de persuasión racional:   

1)    El   A  quo,  al  estimar  que  el ardid se apreciaba desde la  suscripción  del  contrato  por  el hecho de haberse ocultado la existencia del  embargo  y  asumir  compromisos que no se podían cumplir, pues el dinero que se  recibió  como anticipo no alcanzaba para cancelar la obligación pendiente y el  resto  se  entregaría al otorgarse la escritura de compraventa; también en las  habilidosas  prórrogas  que  le  permitieron  a  la  procesada  recibir casi la  totalidad  del precio, y por las varias investigaciones por ilícitos semejantes  que  contra  ella  cursaban en la fiscalía, particularmente una relacionada con  el  mismo  apartamento  que  prometió  vender  a Suárez Guerrero. De todo ello  dedujo  el  juez  que  el documento constituía un artificio para darle visos de  legalidad  a  la  conducta  e  inducir  en  error  a la víctima, como en efecto  ocurrió.   

          2)  El  Ad quem,  porque  a  los  fundamentos  probatorios  contenidos  en  la sentencia de primer  grado,  agregó  el  estudio  de  los elementos estructurales del delito: que la  procesada  indujo  en  error  a  la  víctima al hacerle creer que cumpliría la  obligación  adquirida y le traspasaría en legal forma el derecho de dominio, y  que  obtuvo  un provecho patrimonial ilícito, porque mediante el engaño logró  que   el   señor   Suárez   le   entregara   $   54.000.000   sin  recibir  la  contraprestación convenida ni la devolución del dinero.   

Sugiere  que, en consecuencia, no se case la  sentencia impugnada.   

CONSIDERACIONES   

          No  obstante  los  evidentes  defectos  de  técnica que registra la  demanda,  destacados  con  acierto  por la señora Procuradora Delegada, la Sala  abordará   el  estudio  de  fondo  del  problema  jurídico  planteado  por  el  recurrente,  con  lo  que  se  da  aplicación  al  principio de prevalencia del  derecho  sustancial  que  consagra  la  Carta  Política, como ya lo ha hecho en  oportunidades               anteriores1   

, siempre que, como  en  este caso, del cuerpo del escrito pueda deducirse con relativa aproximación  el sentido del reproche.   

          Dígase,  en  ese  propósito,  que  la  acusación  se  reduce,  en  síntesis,  a  que  el  Tribunal erró en la apreciación integral del documento  que  contiene  la  promesa  de  celebrar  el  contrato de compraventa en cuanto:   

    

1. A su legalidad.     

2) A la inexistencia de alguna cláusula que  comprometiera    el    dinero   recibido   como   anticipo   al   pago   de   la  hipoteca.   

3)  Al  “otro  si” en el que se alude al  embargo que pesaba sobre el inmueble.   

          Tales  equívocos,  dice,  lo llevaron a  concluir  que el comportamiento de la procesada debía examinarse a la luz de la  ley  penal,  y que se reunían los ingredientes típicos de la estafa, relativos  a   la   inducción   en  error  y  a  la  obtención  de  provecho  patrimonial  ilícito.   

          Por  otro  aspecto, si bien no se indica con precisión la modalidad  del  error  de  hecho y en ocasiones se menciona la infracción de las reglas de  la  sana  crítica,  tema  al  que  inclusive  se  le  dedica un capítulo, debe  concluirse  que  el reproche se formula desde la perspectiva del falso juicio de  identidad,  según  se  deduce  de expresiones como, por vía de ejemplo, que el  fallador  “les hizo producir (a los medios probatorios) unos efectos de prueba  que  no  se derivan de su contexto”, o que “no tuvo en cuenta el fallador la  cláusula adicional”.   

          Fijados  de esta manera tanto el contenido como la forma del ataque,  debe  afirmarse que carece de razón el casacionista y, por eso, la sentencia no  podrá ser desconocida.   

          Estas son las razones:   

          1.  El Tribunal no cuestionó la legalidad  del  contrato de promesa de compraventa celebrado entre la procesada y el señor  Hernando Suárez Guerrero. Se limitó a decir que   

“… cuando las condiciones contractuales,  cualesquiera  que ellas sean, son empleadas como instrumentos que buscan obtener  finalidades  ilícitas,  es de inmediato conocimiento de la jurisdicción penal,  cuando  comporta  la  vulneración, sin justa causa, de un bien protegido por la  ley”.   

No    distorsionó    el    Ad   quem  el  contenido  del  documento.  Simplemente  dijo  que  un contrato lícito puede ser utilizado como instrumento  para  obtener finalidades ilícitas, afirmación que podría obedecer a un error  de  raciocinio  siempre  que  se demostrara la inobservancia de las reglas de la  sana crítica, lo que ciertamente no se hizo en la demanda.   

En realidad, ningún yerro se aprecia en este  punto.  Por  el  contrario,  como  ha  tenido  oportunidad  de  decirlo la Sala,   

“…   la  permisibili­dad  de  un  contrato  lícito  no  descarta la existencia de artificios o engaño, pues nada  impide  que  la induc­ción  o  el  manteni­miento  en  error  tengan origen precisamente en la aparente sinceridad y legali­dad  de  que se revista ese acuerdo de  volunta­des.   Por  eso,  ha  reiterado  la  Sala  que el contrato en muchos casos resulta utilizado  como    medio    idóneo   para   ocul­tar   el  verdadero  ánimo  de  defraudar.  Así  por  ejemplo  en  decisión  de  agosto  5  de 1992 con ponencia del magistrado Juan Manuel Torres  Fresneda se dijo que:   

         ‘…lejos  de excluir el artículo 356  del  Códi­go  Penal  los  contratos  como  medio de artificio o engaño que utilizados por el timador como  simple  apariencia  de  obligarse  pueden generar error esencial en el ofendido,  tanto  la doctri­na como la  jurispruden­cia admiten la  posibili­dad de su empleo  como    parte   de   los   medios   de­fraudatorios,  destacando  justamente  en  aquellos la sutileza del  ardid y su no infrecuente uso, al punto de sostener que:   

         ‘…  pasan  al  campo  penal  la  mentira  o  el  si­len­cio  cuando      recaen     sobre     ele­mentos       fundamen­tales   del   contrato,   por   ejemplo,   la   existencia  de  una  contra­prestación, porque  esta  es  la  causa  misma  del  acto  o  contrato  según  el  dere­cho civil.   

                    

‘Si  una parte  engaña  a  la  otra, por ejemplo, sobre su capacidad de pagar haciéndole creer  que  la  tiene  cuando, en realidad, carece de ella, bien sea de modo absoluto o  en   forma   que,   de   saber  su  situación,  la  otra  no  hubie­ra          contra­tado,  o cuando calla estando obligado  a    manifes­tar   su  incapacidad    de    pagar,   ya   no   se   trata   de   un   silen­cio  o  de  una mentira lícitos, sino  plenamente          delictuosos’” (Sentencia  de  casación  del  23  de  junio  de  1982, Magistrado Ponente Dr. Luis Enrique  Romero    Soto)”.   2   

2.   Tampoco  tergiversó  el  Tribunal  el contrato de promesa agregándole a su contenido un  supuesto  compromiso de la procesada de cancelar la hipoteca con los dineros que  recibió  como  abono  al  precio.  Simplemente  anotó,  como un hecho probado,  que   

“De  acuerdo  con el acervo probatorio se  establece  que la acusada celebró un contrato de compraventa con el denunciante  comprometiéndose,  en  cláusula,  a realizar la entrega del bien inmueble a la  fecha  de  la  firma de la escritura pública de venta “libre por registros de  demandas,  uso  de  habitación,  condiciones resolutorias de dominio, hipoteca,  arrendamiento   por   escritura  pública,  anticresis,  patrimonio  de  familia  embargable  y  en  general  de  cualquier  acción  judicial,  salvo la hipoteca  abierta  y sin límite de cuantía que grava el inmueble (…) que el promitente  vendedor   se   obliga  a  cancelar  en  su  totalidad  y  liberando los inmuebles del mencionado gravamen.  No  obstante,  las modificaciones y prórrrogas a que  fueron  sometidas  las estipulaciones del contrato de promesa de compraventa los  cheques  con  que  pretendió  cumplir  la  deuda  con la corporación no fueron  destinados  en  su  totalidad  a sufragar la totalidad de la obligación, sino a  cubrir  cuotas  atrasadas  del  crédito  hipotecario,  actitud  que  la acusada  pretende  exculpar,  advirtiendo que de manera alguna se comprometió a destinar  la  totalidad  del  dinero recibido a satisfacer la deuda con la corporación en  forma completa”.   

          La  conclusión  implícita  que  en  este  texto dejó planteada el  Ad   quem,   que   luego  retomaría  al  referirse  a  los  elementos estructurales de la estafa, es: tan  cierto  que  la  procesada no tenía en mente cumplir la obligación de hacer la  transferencia  del  inmueble en debida forma a Suárez Guerrero, que ni siquiera  destinó  el  dinero  recibido  al  pago  de  la  deuda hipotecaria.     

         

          3. El último de  los     errores     denunciados     –no  haber tenido en cuenta el “otro si” en el que se afirmaba el  cabal  conocimiento  del  embargo  decretado  por  el  Juzgado Tercero Civil del  Circuito-  carece  por entero de fundamento pues, contrario a lo que se sostiene  en el cargo, de manera expresa explicó el Tribunal:   

          “De  acuerdo  con la manifestación del recurrente, aclara que en  ningún  momento  se  ocultó  al  comprador  el  hecho  del embargo del Juzgado  Tercero  Civil  del  Circuito  existente,  y  así lo  entiende   la   Sala   y  no  discute  sobre  ello”  (se destaca)   

          En    conclusión,    se    reitera,   los   reproches   no   pueden  prosperar.   

          En  mérito  de  lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

          NO       CASAR       la      sentencia  recurrida.   

NOTIFÍQUESE    Y  CÚMPLASE   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Comisión de servicio  

HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS                                        CARLOS         A.         GÁLVEZ  ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO                                        ÉDGAR LOMBANA TRUJILLO   

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ PINZÓN                                        MARINA PULIDO DE BARÓN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                        MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   Secretaria     

1 Cfr.  sentencias  del  13 de febrero del 2003, radicado 17.552, M. P. Fernando Enrique  Arboleda  Ripoll,  del  20  de  febrero  del  2003, radicado 17.580, M. P. Jorge  Aníbal Gómez Gallego y del 15 de mayo del 2003, radicado 17.081.   

2  Sentencia  del  29  de  agosto  del  2002,  radicado 15.248, M. P. Jorge Aníbal  Gómez Gallego.     

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