17866(15-07-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 17866  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado ponente:  

                                Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

                                     Aprobado acta No 81   

          Bogotá,  D.C., julio quince (15) de dos mil tres (2003).   

VISTOS  

           Se pronuncia  la  Sala  sobre  los  recursos  de apelación interpuestos por el Fiscal Tercero  Delegado  ante  los  Tribunales  Superiores  de  Bogotá y Cundinamarca y por el  Fiscal  235  Seccional  de  la  Unidad de Delitos contra el Pudor Sexual de esta  capital,  contra  la  sentencia absolutoria proferida el 6 de septiembre de 2000  por  una  Sala  Penal del Tribunal Superior de Bogotá en favor de este último,  quien  fue  acusado  como  autor  presuntamente  responsable  de  los delitos de  prevaricato  por  acción y cohecho propio.   

HECHOS:  

          La  actuación  que originó la denuncia contra el señor Fiscal 235 Seccional de la  Unidad  de  Delitos  contra el Pudor Sexual fue la investigación que adelantaba  la  Fiscal  225  de  la  misma unidad contra Alfonso Contreras Jaramillo por los  delitos  de secuestro simple, acceso carnal violento, tortura sicológica, porte  ilegal  de  arma  de  fuego  de  defensa  personal y lesiones personales, según  denuncia  formulada  el  9  de  marzo  de  1999  por  Liliana  Patricia Sánchez  García.   

            El  proceso  le  fue  asignado  por  el  coordinador  de la unidad mencionada al doctor Jaime  Darío  Barrera  Márquez,  por  presentarse  desavenencias entre la Fiscal y el  defensor.   

          El  conocimiento  de  la  investigación  lo  asumió  el señor Fiscal 235 el 21 de  abril  de  1999,  encontrándose  resuelta la situación jurídica del sindicado  Contreras  Jaramillo desde el 16 de marzo anterior, con la imposición de medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  sin  derecho  a excarcelación en  calidad de autor de los delitos antes especificados.   

           El  problema  para  el  fiscal  instructor  se presentó cuando mediante resolución del 29 de  abril  de  1999  precluyó  la  investigación  por  los delitos de acceso  carnal  violento,  secuestro  simple y tortura, mantuvo   la   medida   de  aseguramiento  por  el  de  porte  ilegal  de  arma  de fuego y ordenó  que   los   Juzgados   Penales  Municipales  de  esta  capital  investigaran  lo  concerniente   a   la   contravención   de   lesiones  personales.   

          La  Dirección  Seccional  de Fiscalías de Bogotá remitió copias de la actuación  que  se  acaba  de  relacionar  para  que  se  investigara  la presunta conducta  irregular  del  doctor Jaime Darío Barrera Márquez, asunto que le fue asignado  al  Fiscal  Tercero  Delegado  ante  los  Tribunales  Superiores  de  Bogotá  y  Cundinamarca  –doctor Pedro  M. Ayala González-.   

ACTUACIÓN  DEL  FISCAL  INVESTIGADOR   

           La  apertura  de  la  investigación  la  ordenó  por  resolución calendada el 18 de mayo de  1999,  escuchando  en  indagatoria  al  doctor  Barrera  Márquez  el 28 de mayo  siguiente  y ampliándola el 18 de junio, resolviendo la situación jurídica el  6  de  julio  del  mismo  año  con la imposición de medida de aseguramiento de  detención  preventiva  sin  beneficio  de  excarcelación,  por  los delitos de  prevaricato  por  acción y cohecho propio,  sustituida  por  detención  domiciliaria en la misma providencia  por medio de la cual se resolvió la situación jurídica.   

LA  ACUSACIÓN   

            El  proceso  fue  calificado  el 24 de noviembre de 1999 llamándose a responder en juicio al  doctor   Jaime  Darío  Barrera  Márquez  en  calidad  de  autor  presuntamente  responsable   del   concurso   heterogéneo   de   los   delitos  de    cohecho    propio   y   prevaricato  por acción, descritos por los  artículos  141  y  149 del Código Penal de 1980, modificados por la Ley 190 de  1995  en  los  artículos  22  y  28,  respectivamente,  dejándose  vigente  la  detención domiciliaria para el acusado Barrera Márquez.   

            El   señor  Fiscal   Tercero   Delegado   ante   los  Tribunales  Superiores  de  Bogotá  y  Cundinamarca,  después  de  hacer  un  recuento de los hechos que originaron la  denuncia  de  Liliana  Patricia  Sánchez  García  y  del  trámite  que  a esa  investigación  le  había  dado  la  Fiscal  Seccional  225,  consideró que lo  aseverado  por  el  doctor  Barrera  Márquez  en  la resolución de preclusión  materia  de  investigación  no  correspondía  a  la  verdad  procesal, pues la  existencia  de  los delitos de secuestro y acceso carnal violento lo demostraban  las     lesiones    descritas    por    la    médico    legista    –huellas  de  violencia  física  en sus  muñecas-,  el  hallazgo  de cabuyas y correas en la residencia del sindicado, y  de un revólver de su propiedad.   

          Porque,  además,  el  propio  Contreras Jaramillo admitió lo afirmado por Liliana en el  sentido  de  haber  solicitado  auxilio  a  través  de  una  ventana, estima el  calificador   que   esta   mujer  dijo  la  verdad  al  presentar  la  denuncia,  considerando  entonces  que  la  preclusión  que  culminó  el  proceso por los  delitos  de  secuestro  simple,  tortura y acceso carnal violento, tuvo como fin  favorecer  al  mencionado  sindicado,  motivo  por  el  cual Barrera Márquez no  practicó  las  pruebas  que  ya  se  habían ordenado: ampliación de denuncia,  valoración  Neurosiquiátrica  y  Sicológica a la ofendida y Neurosiquiátrica  al sindicado.   

           Como tampoco  encuentra  motivo  legal  alguno  para  no  creerles  a los Fiscales Elsa Piedad  Morales  Bernal  y  Carlos  Arturo  Torres  Poveda, en su aseveración de que la  denunciante  les  había  comentado  sobre  el pago de 100 millones de pesos por  parte  de  Contreras  Jaramillo  para  obtener  su  libertad, sostiene el fiscal  instructor  que,  “la preclusión de instrucción de  fecha  abril  29  de este año a favor de Contreras necesariamente había estado  determinada  por  entrega  de  dineros, al punto de que, según el doctor Torres  Poveda,  aun  desde antes de que Contreras saliera libre, se había recibido una  llamada  anónima por teléfono acerca de que la libertad de Contreras se estaba  arreglando con plata”.   

             Para    la  Fiscalía  de  conocimiento,  el  doctor  Barrera Márquez tuvo que acudir a una  tergiversación de la evidencia probatoria  para  poder  favorecer  con  la preclusión a Contreras Jaramillo,  desechando  sin  razón  alguna las acusaciones de la ofendida y “sin  adentrarse  siquiera  el  a-quo  en el análisis de las pruebas  para   encontrar   una   explicación   razonable   acerca  de  la  ‘retractación’   de   los   cargos   de   la  joven  afectada…”, lo que obedeció a las amenazas de que  fue víctima una vez salió en libertad Contreras Jaramillo.   

            Ninguno  de  los  argumentos  esbozados  por el fiscal procesado para justificar la decisión  de  no  tramitar el recurso de apelación interpuesto por el Ministerio Público  contra    la    resolución    de    la    situación   jurídica   –conducta  que en su concepto se integra  al  prevaricato  investigado-,  los  admite el calificador, aduciendo que, si el  motivo  era  sacar  avante  el  derecho  fundamental  a la libertad de Contreras  Jaramillo,  si  era  que consideraba que estaba ilegalmente detenido, tenía que  haber  ordenado  inmediatamente  su  libertad  al  tenor  de  lo dispuesto en el  artículo  383  del  C.P.P.; o incluso, revocar la detención preventiva, lo que  tampoco  hizo,  pues  decidió precluir con base en las pruebas que recepcionó:  ampliación  de  indagatoria,  testimonio de la médico legista y ampliación de  la  declaración  de  Arquímedes Arias, realizando en consecuencia un  análisis  fragmentado de la prueba, no  en  conjunto,  como  lo  manda  la ley, y sin que esas nuevas pruebas condujeran  racionalmente a esa determinación.   

          Decide  entonces,  proferir  resolución de acusación en contra del doctor Jaime Darío  Barrera   Márquez   en   los   términos   anotados  en  el  introito  de  este  acápite.   

EL      FALLO  IMPUGNADO   

           1- En cuanto  al delito de prevaricato por acción.   

           Después  de  hacer  referencia a la estructura de este delito y de recordar jurisprudencia de  esta  Sala  con fecha de agosto 28 de 1997, para el Tribunal Superior de Bogotá  la  resolución de preclusión proferida por el doctor Barrera Márquez el 29 de  abril  de  1999  no  permite con certeza subsumirla en el delito de prevaricato   por   acción,  optando  por  emitir   sentencia   absolutoria   en  aplicación  del  principio  in dubio pro reo.   

           Teniendo  en  cuenta  que  el  fiscal  acusado  practicó  algunas pruebas una vez llegó a su  poder  el  expediente,  y  fundamentó la resolución de preclusión con base en  las  mismas,  al igual que valorando la injurada y la ampliación del testimonio  de   la   ofendida,  para  el  tribunal  a  quo  “la  providencia   de   preclusión,  ofrece  serias  dudas  de  ser  manifiestamente  contraria  a  la  ley,  ingrediente  normativo  del  tipo,  exigido  para que se  configure   la   conducta  típica  de  prevaricato  por  acción”.   

            Se  apoyó,  así  mismo,  en  dos providencias; una, la proferida el 23 de julio de 1999 por  la  doctora  Stella  Jiménez  de Méndez, en calidad de Fiscal Delegada ante el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  por  medio de la cual confirmó la preclusión  censurada  al  resolver el recurso de apelación interpuesto por la Delegada del  Ministerio  Público;  y  la  otra,  la  emitida por el Vicefiscal General de la  Nación,  el 2 de mayo de 2000, por medio de la cual precluyó la investigación  adelantada  contra  la  mencionada  fiscal,  en  el proceso  iniciado en su  contra    por    haber    confirmado   la   resolución   del   doctor   Barrera  Márquez.   

           En  cuanto a  la  decisión  adoptada por el fiscal acusado para no dar trámite al recurso de  apelación  concedido por su antecesora, lo consideró mera irregularidad que no  alcanza       a       tipificar       el       delito       de      prevaricato,   por   cuanto   la  segunda  instancia  avaló  la  no  tramitación  del recurso al estimar que esa conducta  integraba    el    delito    de    prevaricato   por  acción,  así  no  se  admita,  dice  el tribunal, la  justificación  ofrecida  por  Barrera Márquez en el sentido de haber estado de  por  medio  el  derecho  fundamental  a  la  libertad, habida cuenta que ningún  obstáculo  se  presentaba  remitiendo la apelación ya que se concedería en el  efecto   devolutivo,   continuando   con   la  competencia  el  instructor  para  perfeccionar la investigación.   

              2-    Con  relación al delito de cohecho propio.   

             Para    el  Tribunal,   ninguna  credibilidad  tienen  los  testimonios  de  la  Fiscal  225  Seccional      de      Bogotá      –doctora  Elsa Piedad Morales-, y del Fiscal Coordinador de la Unidad  de  Delitos  contra  la Libertad Sexual –Doctor  Carlos  Arturo Torres Poveda-, por tratarse de declaraciones  de  oídas,  fundamentadas en lo aseverado por Liliana Patricia Sánchez García  quien  ha  sido tildada de mentirosa, razón por la cual la fiscalía de segunda  instancia  que  confirmó  la preclusión materia de investigación le compulsó  copias por el delito de falso testimonio.   

           Para  llegar  a  la  anterior  conclusión,  el  tribunal  transcribe  apartes de esas  declaraciones  para  demostrar  que  la  ofendida Sánchez García desvirtúa lo  aseverado  por  los  funcionarios  judiciales  en cuanto a la suma de dinero que  presuntamente  se  había  pagado  por  la  liberación  de Contreras Jaramillo,  situación  acreditada  con  la  declaración  del defensor de éste y la prueba  documental  demostrativa  de  la  entrega de dos cheques por 2 y 8 millones como  pago  de  sus  honorarios,  aunque  el  último  fue  devuelto  por  el Banco de  Colombia,  resaltando  además el a quo la documentación indicativa de ausencia  de  los  100 millones de pesos mencionados por los declarantes de oídas, en las  cuentas   corrientes   o   de  ahorros  del  fiscal  acusado,  de  su  esposa  y  familiares.   

              Por    lo  anterior,  el  Tribunal  Superior  de  esta  capital absolvió al doctor Barrera  Márquez  por  considerar  ATÍPICA  la  conducta  investigada  por el delito de  cohecho propio.   

           Con  base en  lo  dispuesto por el artículo 415-3 del estatuto procesal penal vigente para la  época  del  fallo,  otorgó  la  libertad  provisional  al  doctor Jaime Darío  Barrera  Márquez,  dejando  vigente  la  caución  prendaria que por un salario  mínimo  legal  mensual  había  depositado  para  cuando  le  fue  concedida la  detención domiciliaria.   

LAS  IMPUGNACIONES   

           1.   Del   Fiscal  Tercero    Delegado    ante    los    Tribunales   Superiores   de   Bogotá   y  Cundinamarca.   

           1.1.   Sobre   la  absolución por el delito de prevaricato por acción.   

              Insiste  en  considerar  contraria  a  la  ley  la  preclusión proferida por el  acusado,  aduciendo  que los cargos formulados por la ofendida desde la denuncia  no  fueron  desvirtuados, ni siquiera con la disculpa del sindicado al pretender  hacer   creer   que   no   la  secuestró  ni  accedió  carnalmente  contra  su  voluntad.   

             Que  lo denunciado por Liliana Patricia Sánchez García quedó demostrado en el  proceso  con el dictamen médico al encontrar la Legista huellas de equimosis en  sus  muñecas,  al  igual  que  con  el  hallazgo  de  correas  y  cabuyas en la  habitación  del  sindicado,  como  igualmente del arma de fuego escondida en la  alberca de la residencia.   

            Aclara,  que  si  bien  la  Legista  en  su  testimonio afirmó que la equimosis  presentada  en  las muñecas de la joven ofendida podían no ser consecuencia de  amarres   con   cabuyas  o  correas,  de  todas  maneras  se  demostró  en  esa  investigación  que  tanto el arma empleada para amenazar, golpear e intimidar a  la  joven  para  lograr  el  acceso  carnal  violento,  sí  estaba allí en ese  apartamento, como también las correas y cabuyas.   

           Que  por  lo  anterior, no podía entones el fiscal acusado afirmar que el testimonio  de  la  perito  que  examinó  a la ofendida era prueba que echaba por tierra en  forma  total  y absoluta los delitos de secuestro y acceso carnal violento, pues  esa  profesional  “pese  a  afirmar que no encontró  lesión  alguna  visible  en  la  cabeza  de  la joven, aclara que por el tiempo  transcurrido  desde  cuando  habían  sucedido  los  hechos,  dicha lesión bien  hubiera         podido         ‘reparar’,  es  decir,  desaparecer;  más  sin  embargo, días después de que sucedieron estos  hechos,  la  joven aun tenía señales visibles de dicho golpe en la cabeza, que  según  ella,  le  había causado el estado momentáneo de inconsciencia, porque  Contreras  la  golpeó  con  el  arma de fuego que, se reitera, acepta portar el  sindicado      para      la      época     de     los     hechos…”   

           Ese  golpe  en  la  cabeza,  continúa  el recurrente, lo constató días después en  ampliación  de  denuncia  la  fiscal  que  inició  la  investigación, dejando  consignado  que  se  apreciaban huellas del mismo, lesión que no vio la Legista  porque   no   la   examinó   en   ese   sitio,   como  lo  aseveró  la  propia  ofendida.   

            Critica  al Tribunal por cuestionar las afirmaciones de la ofendida, al aseverar  que  ésta  jamás le pidió ayuda a Luis Alejandro Páez y a Arquímedes Arias,  situación  que  la  dama  ratificó  en  la  última ampliación de denuncia al  aseverar  que  sí  le  solicitó  ayuda al señor Páez, admitiendo éste en su  testimonio dicha conversación y haberla visto golpeada y afligida.   

           No  entiende  igualmente  este  sujeto  procesal,  cómo  el doctor Barrera Márquez  dejó  vigente  la medida de aseguramiento por el delito de porte ilegal de arma  de  fuego,  si  no  le  creía a la denunciante. Tampoco, que por el hecho de no  encontrarse  huellas de violencia en los genitales de la joven Sánchez García,  descartara  que  hubiera sido accedida contra su voluntad, pues la amenaza se la  hizo  Contreras  Jaramillo  con  el  arma  de  fuego,  sin  que  pudiera  oponer  resistencia alguna.   

           El  comportamiento  doloso del acusado al proferir la decisión que se le cuestiona,  lo  infiere  el  impugnante del análisis que de las pruebas hizo para dictar la  preclusión   de   la   investigación,   habida   cuenta   que   se  apoyó  en  “consideraciones        subjetivas”,  ya  que  del acervo probatorio que sirvió para la imposición  de  la  medida  de  aseguramiento  se  desprendía  que la denunciante decía la  verdad,  a  lo cual se auna el desconocimiento legal del trámite del recurso de  apelación    que    se    había    interpuesto    contra    la    medida    de  aseguramiento.   

            Ninguna   trascendencia  le  da  a  la  retractación  de  la  denunciante,  por  presentarse  una  vez  recobró la libertad Contreras Jaramillo, evidenciándose  que  fue  producto de las amenazas proferidas por éste, como se desprende de la  declaración  que  rindiera  ante  la  Notaría,  en la que hizo claridad de que  tenía  miedo de que Contreras le hiciera algo por haberlo denunciado penalmente  por  tales  delitos,  trayendo a colación pronunciamiento de la Sala en torno a  la  retractación  del  testimoniante  (Junio  15  de 1999. M.P. Dr. Fernando E.  Arboleda Ripoll).   

            Demanda  en  consecuencia  la  revocatoria  del  fallo impugnado, para que en su  lugar  se  condene  al  doctor  Barrera  Márquez  por el delito de prevaricato    por    acción,    según  tipificación especificada en la resolución de acusación.   

             1.2. En cuanto a la absolución por el delito de cohecho.   

           Para  el  señor  Fiscal  Tercero Delegado ante los Tribunales Superiores de Bogotá y  Cundinamarca,  esta conducta delictiva sí se encuentra demostrada en el proceso  adelantado  contra  el  doctor  Jaime Darío Barrera Márquez, pues no encuentra  lógico  que  el  sindicado  Contreras  Jaramillo  le hubiera hablado a la joven  Sánchez  García  de  pago  de honorarios y no de la entrega de 100 millones de  pesos para que consiguiera la libertad.   

           Que  así  surja  prueba  del  pago  “supuestamente de 10  millones  de  pesos por honorarios”, ello no descarta  el  de  los  100  millones,  situación  de  la  cual  dieron  cuenta bajo   juramento  los  Fiscales  Torres Poveda y Morales Bernal, quienes se limitaron a  comentar  lo  que  escucharon  de  boca  de  la  ofendida Sánchez García en el  sentido  de haberla llamado Contreras Jaramillo para amenazarla y decirle que su  liberación la había conseguido con dinero.   

           Porque  el  prevaricato  no  se  explicaría  sino  frente  a  la entrega de dineros, se  constituye   casi   en   “un  indicio  necesario  de  responsabilidad  penal”  el hecho de “trancar”  el recurso de apelación en la  forma    conocida    en    la    actuación    que   se   examina,   afirma   el  impugnante.   

            Culmina  los  motivos  de  su disenso, resaltando la omisión de “importantes  pruebas” como la ampliación  de  la  denuncia,  la  valoración  siquiátrica de sindicado y ofendida -prueba  sugerida  por  la  Legista-, optando en cambio, por favorecer con la resolución  de preclusión a Contreras Jaramilo.   

           Por  considerar  que  existe la prueba que da certeza sobre la existencia material de  los  delitos  objeto  de  acusación,  depreca  la  revocatoria  de la sentencia  proferida  por la Sala Penal del Tribunal Superior de Bogotá el 6 de septiembre  de   2000   y   en   su   lugar  se  condene  al  doctor  Jaime  Darío  Barrera  Márquez.   

          2-  Impugnación del procesado.   

           No  obstante  haber  resultado favorecido con la sentencia del tribunal, la disconformidad del  doctor  Barrera  Márquez  la hace consistir en los términos en que se declaró  la  ausencia  de  responsabilidad,  pues  en  su criterio, tenía que habérsele  absuelto  por  ATIPICIDAD  DE  CONDUCTA  en  cuanto  al  delito  de prevaricato  por  acción y no por DUDA; e  igualmente,  por  INEXISTENCIA  DE LA CONDUCTA INVESTIGADA, y no por ATIPICIDAD,  en lo relacionado con el delito de cohecho propio.   

2.1.     Argumentos    sobre    el  prevaricato.   

            Considera  que  la  providencia  edificada  el  29  de  abril  de  1999, por ser  “manifiestamente   acorde   a   la  ley”,  no permite la aplicación del principio de la duda, resultando  equivocada  la  determinación  que  en ese sentido tomó el tribunal, lo que se  debió a lo siguiente:   

           2.1.1.  Por  interpretar  erróneamente  la  prueba  pericial  al aseverar que a Liliana  Patricia        Sánchez       se       le       encontró       “equimosis”  en  las muñecas, cuando ese  dictamen     no     dio     razón     de     dicha     lesión     –anexa   3  diagramas  alusivos  a  las  lesiones  dictaminadas-,  sin  que  además  se  presentaran escoriaciones en su  anatomía  por  haber  estado amarrada de pies y manos con cabuyas y correas por  tiempo superior a 18 horas.   

           2.1.2.  Por  creérsele  a  la  ofendida  cuando  manifestó que la legista no le había  examinado  la  cabeza,  poniéndose así en tela de juicio la profesionalidad de  dicha especialista.   

           2.1.3.  Porque  con  el mismo acervo probatorio el señor Vicefiscal de entonces, doctor  Jaime  Còrdoba  Triviño,  absolvió  por ATIPICIDAD DE CONDUCTA a la fiscal de  segunda  instancia  que  confirmó la preclusión por la cual se dio inicio a la  investigación  en  su  contra,  e  igualmente, porque la misma Sala Penal en el  fallo  que  se impugna “prácticamente elogia y le da  total   respaldo   a   lo   manifestado   por   la   doctora   Jiménez   en  su  indagatoria”.   

           2.1.4.  Porque  el  fiscal  instructor se equivocó al darle plena credibilidad al dicho  de  Liliana  Patricia  Sánchez Garzón, pues no verificó si el mismo en asocio  de  las  demás  pruebas  demostraba la existencia de los hechos que denunciaba,  sin  que  insularmente se le pudiera creer al afirmar haber sido golpeada con un  revólver  en la cabeza, y que había quedado inconsciente por tiempo superior a  30  minutos,  cuando  científicamente  ninguna  lesión  se  le detectó al ser  examinada  en  Medicina  Legal,  descartándose  su afirmación de no haber sido  examinada  en la cabeza, con el dictamen rendido por la doctora Ivonne Esperanza  Leal.   

           2.1.5.  Porque  no  podía  tenerse  como  prueba en su contra el hallazgo en su casa de  cabuyas  y  correas,  ya  que  su  existencia  se  explica  con el testimonio de  Mercedes  Pinilla  Cortez  (fl.121  a 124) al manifestar que por haber vivido en  dicho  inmueble  dejó  unas cajas amarradas con cabuyas, que contenían algunas  pertenencias como correas y cinturones.   

           2.1.6.  Por  desconocer  las  juiciosas  aseveraciones  del  Vicefiscal, de la fiscal de  segunda  instancia  y del Procurador 20 Judicial, quien solicitó la preclusión  de  la  investigación en su favor en el alegato precalificatorio, de lo cual se  infiere  que  el  equivocado  en  la apreciación probatoria es el señor Fiscal  Tercero    Delegado    ante    los    Tribunales   Superiores   de   Bogotá   y  Cundinamarca.   

           2.2.  En cuanto a la absolución por el delito de cohecho.   

            Aduce  que  los dos testimonios en que se fundamentó,  vale  decir,  de  la  Fiscal  225  y  del  coordinador  de  la  unidad  a la que  pertenecía,  por ser de oídas de una testigo tildada de mentirosa y a quien se  le   compulsaron   copias   por  el  delito  de  falso  testimonio, ningún crédito podía dárseles, pues no  se  allegó  prueba  alguna  demostrativa  de  haber  recibido  el  dinero, como  elemento  indispensable para que se estructurara ese delito, quedando acreditado  además,  que  ni  en  sus  cuentas  bancarias  ni en la de su familia apareció  consignada la suma por la que se le investigó.   

            Por lo  anterior,  dice,  el  tribunal se equivocó al considerar ATÍPICA esa conducta,  pero  reconociendo al mismo tiempo su inocencia, cuando lo que verdaderamente se  demostró  fue  su  INEXISTENCIA,  pues  tampoco se acreditó la identidad de la  persona  que  ofreció  el  dinero, como tampoco que Barrera Márquez lo hubiera  solicitado,  todo  ello  sin olvidar que la misma Liliana Patricia lo desvirtuó  al ser llamada a declarar sobre ese acontecimiento.   

           Por  último,  en cuanto a la no concesión del recurso de apelación, asevera que su  objeto  había  perdido  vigencia  al  dictar  preclusión  por  los  delitos de  secuestro,   acceso  carnal  violento  y  tortura,  tornándose  obligatoria  la  concesión  de  la  libertad,  sin  que pueda olvidarse que concedió el recurso  interpuesto  por  la  misma  representante  del  Ministerio  Público contra esa  preclusión.   

           3-  Intervención  del Fiscal impugnante durante el término de traslado para los no  recurrentes,   en   torno   al   recurso   interpuesto  por  el  doctor  Barrera  Márquez.   

            Considera  que al procesado no le asiste interés para recurrir el fallo, porque  “en     nada     podría    afectarlo”,  pero  decide dar a conocer sus puntos de vista con relación a  lo expuesto por el doctor Barrera Márquez.   

             3.1.  Refuta  en  primer término, lo aducido respecto al dictamen de la Legista  cuando   refiere   que  no  consignó  que  Liliana  Patricia  Sánchez  García  presentara  equimosis  en sus muñecas, cuando todo lo contrario se desprende de  ese   peritazgo,  pues  no  descartó  la  posibilidad  de  que  “tales  lesiones  en  sus  muñecas  puedan  provenir  de  ataduras o  amarres”,  situación  que  no  puede  suscitar duda  alguna   cuando   la  misma  ofendida  lo  dio  a  conocer  en  sus  apariciones  procesales.   

           3.2.  Tampoco  admite  lo afirmado por el procesado de no haber sido golpeada con arma  de  fuego  la ofendida en la región occipital, porque no sólo así lo informó  en  la investigación, sino que además fue clara en ese punto al manifestar que  la  perito  no le examinó la cabeza, conociéndose así mismo que la fiscal que  inicialmente  adelantó  el proceso, “pudo establecer  que  ciertamente la joven Sánchez García presentaba señales de tener lesiones  en la parte posterior de la cabeza”.   

           3.3.  Con  relación  al  delito  de cohecho, manifiesta que es apenas obvio que ni el  sindicado  Contreras  ni  la  ofendida  hablaran de entrega de dineros, quedando  acreditado  en  el  proceso  que Liliana sí les comentó a los Fiscales Morales  Bernal  y  Torres Poveda que Contreras le había dicho que su libertad le había  costado  100  millones  de pesos, no pudiéndose dar crédito a la retractación  de  la  ofendida, pues ocurrió encontrándose en libertad su agresor, es decir,  producto de las amenazas.   

            Por la  estrecha  vinculación causal de la orden de preclusión y la entrega de dineros  al   doctor   Barrera   Márquez,  dice,  no  puede  aceptarse  la  atipicidad  de conducta en el prevaricato y  la  inexistencia del cohecho,  en   los   términos   planteados   en   la   impugnación   por  el  mencionado  acusado.   

            Culmina  su  disertación  el  doctor  Ayala,  manifestando  que por el hecho de  habérsele  precluido  a  la  doctora  Stella  Jiménez,  no necesariamente debe  decidirse  en  similares  términos  en  este  proceso,  habida  cuenta  que  el  análisis  que se hace es sobre la conducta del doctor Barrera Márquez frente a  la decisión que se le cuestiona.   

           El  rechazo  de  lo  expuesto  por  el  acusado  en el escrito de impugnación, y se  acojan   los   argumentos  de  la  fiscalía  apelante,  pide  el  doctor  Ayala  González.   

            4.    Intervención   del  Ministerio    Público    como   sujeto   procesal   no   recurrente.   

           Como  sujeto  procesal  no recurrente, el señor representante del Ministerio Público  se  pronunció dentro del término de traslado que se le descorrió, aspirando a  que  sean  los  planteamientos  expuestos por el doctor Barrera Márquez los que  acoja la Corte.   

            Después  de  hacer  referencia al trámite procesal y, en especial, a  las  intervenciones  de  los  sujetos procesales en la audiencia pública, manifiesta  que   sigue   convencido   del   acierto  del  tribunal  al  proferir  sentencia  absolutoria,   teniéndose   en   cuenta   que   no   concurre   “una  probanza  fuerte”  demostrativa del  deseo   del  acusado  de  quebrantar  la  ley  al  proferir  la  resolución  de  preclusión en favor de Alfonso Contreras Jaramillo.   

           Porque  el   tribunal   admitió   que   la   resolución   de  preclusión  materia  de  investigación   no  daba  la  certeza  de  estar  subsumida  en  el  delito  de  prevaricato,  estima  este  sujeto procesal, que se debió edificar la sentencia  absolutoria  por  atipicidad  de  conducta,  en  los  términos  deprecados  por  el  doctor Barrera Márquez,  considerándose  que el prevaricato por acción reclama un acto intencional, sin  que  en  el  expediente  se  encuentre  “ese acto de  voluntad  y  conciencia  orientado  a  causar  un  daño a la Administración de  Justicia”.   

            Coadyuva  entonces,  el  señor  agente del Ministerio Público, la solicitud de  modificación  de  la  sentencia,  reclamada  por el doctor Jaime Darío Barrera  Márquez en el escrito de apelación.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

           1-  Legitimación  del   procesado   para   interponer   el   recurso   de   apelación  contra  la  sentencia.   

         Principios  elementales del derecho procesal enseñan que para hacer  uso  del  derecho  de  impugnación es presupuesto necesario la concurrencia del  interés  jurídico,  y  que  éste  se  determina por el carácter lesivo de la  decisión    que   pretende   removerse   por   haber   causado   un   perjuicio  concreto.   

           Contrario  sensu,  si  ningún  agravio  causa  la decisión objeto de impugnación, no se tendría  interés  para  recurrirla, y quien proceda de esta manera tendría que explicar  de  qué  forma  lo  afecta,  para  que el funcionario judicial pueda decidir su  admisibilidad.   

           Lo   anterior  se  presenta  en casos en los que el legislador no ha establecido el cumplimiento de  ciertas  exigencias para que las providencias puedan ser recurridas, como sí lo  hace,  vgr.,  cuando fija cuantía para que pueda accederse a la doble instancia  (art.  208 CPP), o en los casos de sentencias anticipadas (art. 40  inc. 9,  ob.cit).   

            Por    eso   sin  dificultad,  en la mayoría de los casos se otea el interés para recurrir, pero  en  otros,  como  el  que  ocupa  la atención de la Corte, no aparece a primera  vista  sencilla su advertencia, por lo que será el contenido de la impugnación  la  que  permitirá definir si al recurrente le asiste o no interés para apelar  el fallo que resultó favorable para sus intereses.   

            Para   cualquier  ciudadano  desprevenido,  obviamente  profano en materias jurídicas, al haberse  proferido  sentencia  absolutoria  para el doctor Jaime Darío Barrera Márquez,  no  le  asiste  interés  para  impugnar  dicha  determinación,  pues al fin de  cuentas la justicia no lo condenó.   

          Pero  como  ese no  es  el  caso  del procesado, a la Corte no le queda el menor atisbo de duda para  considerar  que  teniendo  en  cuenta  las  razones  jurídicas  por  las que el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  lo  absolvió,  y  obviamente  lo alegado en el  escrito  de  apelación  por  Barrera  Márquez, éste si tiene legitimidad para  interponerlo, por lo siguiente:   

          Si  la presunción  de  inocencia  es  un  estado  garantizado  constitucional  y  legalmente a toda  persona   que   se   le   inicie   un  proceso  en  nuestro  territorio  patrio,  desprendiéndose   la   regla   del   in   dubio  pro  reo  en el sentido de que toda duda debe resolverse en  favor  del procesado, y que al aplicarse por los funcionarios judiciales conduce  indefectiblemente  a la declaratoria de NO RESPONSABILIDAD, bien a través de la  preclusión  de  la  investigación  o  de  la sentencia absolutoria, de ninguna  manera  puede equiparársele con la declaratoria de INOCENCIA, habida cuenta que  si  la  DUDA  se  entiende  como  CARENCIA  DE  CERTEZA,  deviene  como  lógica  reflexión  en  los  casos  en  que  se  considere, no la aseveración de que se  juzgó  a  un  inocente,  sino  LA  IMPOSIBILIDAD PROBATORIA para que se dictara  sentencia condenatoria.   

          No  puede entonces  tener   similar  alcance  la  sentencia  absolutoria  como  consecuencia  de  la  aplicación   del   in   dubio   pro  reo,   que  aquella  fundamentada  en  la  ATIPICIDAD  DE  LA  CONDUCTA  INVESTIGADA,  pues  en  la  primera,  subyace  la sensación de que al Estado le  faltó   la   diligencia   necesaria  para  recaudar  los  elementos  de  juicio  suficientes  para  condenar,  quedando  el  absuelto frente a la sociedad con un  halo  de  reprochabilidad  difícilmente  olvidable en el tiempo;  mientras  que  en  la  segunda  ningún  estigma  puede quedar, por la potísima razón de  reconocerse  que  el comportamiento desplegado por el sindicado no desbordó los  linderos de la ley.   

            Lo   argumentado  encuentra  consolidación  con añejo pronunciamiento de esta misma corporación  en  el  que  se  deja  entrever  el  estigma  con  que queda el procesado que es  absuelto en aplicación del principio al que se ha hecho alusión:   

“Ante esa falta de certeza probatoria en el  momento  de  proferir  sentencia, ha de acudirse al amparo del apotegma in dubio  pro  reo,  expresamente  consagrado en nuestro ordenamiento procesal por el art.  216     1,  para  soslayar  el  peligroso  riesgo de condenar a un inocente,  extremo  de la disyuntiva falladora menos grave que el de absolver a un eventual  responsable;  la  justicia  es  humana y, por lo mismo, falible; por eso el acto  soberano  y  trascendente  de  emitir  sentencia  de condena ha de estar anclado  firmemente  en  prueba  de irrefutable solidez; cuando ello no ocurre, se impone  en   nombre  de  esa  misma  justicia,  decisión  absolutoria”.  2   

          Por eso, el doctor  Jaime  Darío Barrera Márquez si está legitimado para interponer el recurso de  apelación  contra la sentencia absolutoria proferida el 6 de septiembre de 2000  por el Tribunal Superior de esta capital.   

            2.  El  delito de prevaricato por acción.   

           Si  para   su   configuración   se   requiere   el  proferimiento  de  resolución   o  dictamen  manifiestamente  contrarios  a  la  ley,  por  parte  de un servidor público en ejercicio de sus  funciones,  primando  su voluntad caprichosa, con afectación del bien jurídico  de  la Administración Pública, como lo disponía el artículo 28 de la ley 190  de  1995  –vigente para la  época  de  los hechos- y lo reitera la actual legislación penal, (art.413), no  podrá  la  Sala prohijar en su integridad la decisión del Tribunal Superior de  esta  capital  al  concluir en el fallo impugnado que al doctor Barrera Márquez  se   le   absolvía  por  existir  dudas  en  torno  a  la  comisión  de  dicho  delito.   

           El  asunto  no  se presta a confusión alguna: o la resolución de preclusión de la  investigación  dictada  el  29  de abril de 1999 por quien se desempeñaba como  Fiscal  235  Seccional  de  la  Unidad de Delitos contra el Pudor Sexual de esta  ciudad  era  ajustada a la ley, o, por el contrario, estaba alejada de la misma.  Eso   tenía   que   definir  la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  esta  capital.   

           La  Corte,  después  de  examinar  el acervo probatorio existente en el proceso, de  una  vez  anuncia  que  serán los planteamientos esbozados en las impugnaciones  por  el  procesado  y  el  representante  del  Ministerio  Público  los  que se  acogerán,  pues  como  se  verá,  por  lado  alguno  la  decisión  materia de  investigación  desbordó en forma manifiesta la ley, que, en esencia, es lo que  permite  que  una providencia pueda considerarse como constitutiva del delito de  prevaricato por acción.   

            Prima  facie, debe advertirse  que  para  nada  incide  el comportamiento del acusado por no haber tramitado el  recurso  de  apelación  que interpusiera contra la resolución de la situación  jurídica  la  Delegada  del Ministerio Público designada ante la Fiscalía 235  Seccional,  pues no sólo el fiscal de conocimiento subsumió esa conducta en el  prevaricato  por acción por el que emitió resolución de acusación, sino que,  además,  fue  la resolución de preclusión la que originó la compulsación de  copias  en  contra  del  señor Fiscal 235 Seccional de esta ciudad, por creerse  que    su    fundamento    estaba    por    fuera    de   una   racional   labor  hermenéutica.   

            Tampoco  el  corto  tiempo que estuvo en poder del fiscal acusado el proceso que  terminara  con  la preclusión de la investigación (9 días) puede tenerse como  elemento  de juicio en su contra, por la potísima razón de no estar consagrada  en  la  ley  actuación de esa naturaleza como delictuosa, infiriéndose todo lo  contrario  de  disposiciones rectoras como las descritas en los artículos 9, 15  y  16  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  al  fijar criterios para que los  funcionarios  judiciales  actúen buscando como fin primordial la salvaguarda de  una eficaz y pronta administración de justicia.   

           Para  la  Corte,  las  motivaciones  plasmadas por el fiscal acusado en la providencia  del  29  de  abril  de  1999,  no  son  producto  de  su  inventiva,  ni  de una  “tergiversación   de   las  pruebas”, como lo afirma la fiscalía recurrente.   

            Obsérvese  bien  que  esa  determinación vino a cobrar realidad una vez que el  doctor  Barrera Márquez amplió la indagatoria al sindicado Contreras Jaramillo  –22    de   abril   de  1999-(fls.166  a  170  anexo1),  recibió  el  testimonio  de la médico legista  Ivonne        Esperanza       Leal        Betancourt      –abril  22  de  1999-  (fls.  160  a 165  anexo1),   y   de  Arquímedes  Arias  –abril 26 de 1999- (fls.171 a 174 anexo1).   

           Para  no  creerle  a  la  denunciante,  el  Fiscal Barrera Márquez fundamentó en los  siguientes términos la resolución de preclusión:   

“…Y es que debemos tener en cuenta los  antecedentes  previos  a  los  hechos  y  la manera como se dieron a conocer los  mismos,  para  demostrar quién está diciendo la verdad. Así el asunto notamos  como  el  encartado señala el momento  de su injurada, haber sostenido una  relación  sentimental  con la joven ofendida, narrando sus vivencias a punto de  aceptar  una  convivencia  con  ella,  formando  un hogar, el cual se comenzó a  deteriorar  cuando  se descubre que LILIANA PATRICIA, ejercía la prostitución;  hechos  éstos  que son aceptados parcialmente por la denunciante, al indicar ya  en  su  tercera  ampliación  de denuncia, que efectivamente compartió momentos  sentimentales  con  su  denunciado,  sin  llegar  a amarlo, le aceptaba su ayuda  económica,  y  compartían incluso vivencias laborales, como la del restaurante  que  montó  el  encartado,  aceptando  de  paso  haber  laborado en una casa de  lenocinio por espacio de un mes.   

“Nos preguntamos, por qué tan solo en una  tercera  ampliación  de  denuncia, vienen a surgir por parte de la denunciante,  estas  afirmaciones  , cuando desde un mismo comienzo señalaba que ‘un         señor’  la estaba persiguiendo desde hacía  rato,  que  ella  ‘no era  nada  de  él’, reflejando  en  estas palabras, el desconocimiento total de la persona que la agredía, más  sin  embargo  formula  su  denuncia en forma concreta en contra del encartado, y  más  adelante,  en  una tercera versión, dice conocerlo y haber compartido con  él;  por  qué  será que nunca desde un inicio se estableció esta verdad, tan  solo  fue a través del interrogatorio de la Fiscalía a la denunciante que ello  ocurrió,  más  por  ahondar  en  el  dicho  del  encartado,  que por la propia  voluntad de LILIANA PATRICIA…”   

            Y,  si  a  lo anterior se le auna la motivación apoyada en el testimonio de la Legista,  ninguna    conducta    ilegal    puede    pregonarse.    Así    discurrió   el  acusado:   

“…la  misma valoración de las lesiones  personales  y  su aclaración por parte de la médico forense, así lo señalan,  ya  que  dichas  lesiones  corporales,  solo reflejan ser producto de los golpes  propinados  por  el  encartado, mas no son lesiones causadas por amarres, ya que  los  edemas  y las equimosis registradas en el cuerpo de LILIANA, así lo dicen,  ya  que  no  se encontraron lesiones de amarre en las piernas de la ofendida, lo  cual  de  por  si  es  extraño  porque  la  misma denunciante afirma haber sido  amarrada  con  un  lazo  y  cabuya  en dichas extremidades; además las lesiones  causadas  en  las  manos, no corresponden al tipo de lesiones o laceraciones que  deja  una  persona  (sic) que ha estado sometida a un amarre, con unos elementos  tan   ásperos   y   fuertes   como   lo  son  el  lazo  y  la  fibra  encautada  (sic).   

“…se evidencia la falta de una verdadera  adecuación  típica en el comportamiento denunciado, pues se exige en el delito  de  violación,  que  el  actuar  humano se describa abstractamente y se adecué  totalmente  en  la  norma,  llenando  sus exigencias, por ello a falta de una de  ellas,  mal  haría  en  hablarse  de  delito, tal como acontece en este asunto,  donde  no  existe  evidencias de las agresiones para doblegar la voluntad de una  persona  y  abusar  sexualmente  de  ella,  puesto  que  se prueba científica y  pericialmente  la  inexistencia  de  golpes  en  la  cabeza, capaces de propinar  inconsciencia,  al igual de que se prueba la falta de lesiones físicas en manos  propias  de  las dejadas por amarres, como las que se podrían dejar por el laso  allegado  como  elemento al plenario, incluso la inexistencia de lesiones en los  pies,  cuando  la  denunciante  afirma haber estado amarrada una noche completa;  ésta  es  una  realidad  evidente, realidad pericial que denota inconsistencias  entre  lo  denunciado  como  agresión y lo probado científicamente, que llevan  junto  de  la mano con la carencia de rastros o lesiones genitales, a establecer  que  los  hechos constitutivos de acceso carnal violento no existieron, pues las  relaciones   ante   éstas   falencias   reflejan   su   consentimiento  en  las  mismas…”   

          Para  precluir por  los  delitos  de  secuestro  y  tortura,  además  del  análisis probatorio que  plasmó  para  descartar  el  delito  contra  la  libertad  sexual, se apoyó el  acusado  en  el  testimonio  de Luis Alejandro Páez Sosa, con quien dialogó la  denunciante  cuando  se  encontraba  en  la  residencia  de Contreras Jaramillo,  aseverando  el  declarante  que  nunca  le dio a conocer Liliana Patricia que se  encontrara  en  calidad  de  secuestrada,  razonamiento que consulta la realidad  procesal (fl. 32 anexo 1).   

            No  se  trata  entonces  de  la  personal  percepción  del  acusado  cuando opta por no  creerle  a  la joven denunciante, sino de lo que emergía fundamentalmente de lo  aseverado   en  declaración  jurada  por  la  médica  forense  que  la  había  examinado:     que    era    posible    que   las   escoriaciones   detectadas   en   sus   muñecas  fueran  consecuencia  de  amarres  con  cabuyas  y correas. Es decir, no pudo la Legista  tener  como  verdad  apodíctica lo afirmado en la denuncia por Liliana Patricia  Sánchez  García,  a  contrapelo  de  lo  que normalmente ocurre, pues si se le  diera  crédito  al hecho de haber estado secuestrada y amarrada de pies y manos  durante  todo  un día, una vez libre, no es lógico que no se pudiera a través  de  un  examen  como  el  que  se  le hizo demostrarse violencia física de esas  características.   

           Como  tampoco  en  el  dictamen  analizado  se  detectó  señales de violencia en los  genitales  de la joven, que obligara a pensar que había sido accedida contra su  voluntad,  al  apoyarse el doctor Barrera Márquez en ese conclusivo experticio,  ningún desbordamiento manifiesto de la ley puede atribuírsele.   

             Y  si  además  se  repara en lo aseverado por la Legista al rendir testimonio sobre el  dictamen  que  aportó  al  proceso,  en  el  sentido  de que examinó a Liliana  Patricia  en  todo  su  cuerpo,  “de la cabeza a los  pies”,  sin  que  le detectara lesión en la región  occipital  (Cfr.fls.161  a  163 anexo 1), lo aseverado por la denunciante en vez  de  fortalecerse, se derrumbaba, pues resulta verdaderamente inexplicable que un  golpe  en  la  cabeza con un revólver, que por su contundencia dejó a quien lo  recibió   inconsciente   por   varios  minutos,  ninguna  huella  haya  dejado.   

           Lo  anterior,  le  permitía  al  fiscal acusado dudar del mérito de credibilidad que podía tener  la  sindicación  de la joven Sánchez García, así se hubiere encontrado en la  residencia  de  Contreras  Jaramillo: correas, cabuyas y un arma de fuego, pues,  como  se  advirtió,  no  pudo  demostrarse  científicamente  el  uso  de tales  elementos,  a  lo  que se agrega, como se apuntaló en su momento, el testimonio  de  Luis Alejandro Páez Sosa, en el sentido de que no obstante que pudo estar a  solas  con  Liliana  Patricia en la residencia del sindicado, de ninguna amenaza  ni de secuestro alguno lo enteró.   

           La  jurisprudencia de la Corte ha sido reiterativa en señalar que:   

“…cuando  se imputa a un funcionario el  delito  de  prevaricato, no es necesario examinar si la interpretación dada por  él  a  las  normas  que  le  sirvieron de sustento a sus proveídos fueron o no  correctamente  aplicadas  desde  el punto de vista de la certeza jurídica, pues  lo  que  hay que indagar es si el funcionario emite providencias cuya ilegalidad  es   manifiesta,   o   si  conculca  arbitrariamente  el  derecho  ajeno,  o  si  mañosamente  hace  decir  a la ley lo que ella no expresa…” (Cfr. fallos de  mayo   22   de   1984,   febrero   13   de   1991  y  marzo  2  de  1993,  entre  otros).   

           Y,  sobre la  complejidad  que  conlleva  la  interpretación  de  las  normas,  ha  dicho  al  respecto:   

“…En el proceso de aplicación de una  norma   ,   el  primer  paso  que  debe  asumir  el  operador  jurídico  es  la  interpretación,   tarea   que   supone   un  proceso  complejo  de  operaciones  intelectuales  encaminadas  a  individualizar  su  significado,  cuyo  resultado  depende  en  gran  medida de la posición asumida por el intérprete, cualquiera  sea    el    grado    de    complejidad    con   que   aparezca   formulado   su  enunciado.   

“…una cosa es la interpretación de la  ley,  función dialéctica del juez sometida a las modificaciones y alteraciones  producto  de  las  cambiantes  necesidades  sociales  y  doctrinales,  donde  es  admisible  y hasta comprensible, dada la complejidad de la labor, que el juez se  equivoque,  y  otra  muy  distinta  el  desconocimiento patente y ostensible del  ordenamiento  jurídico,  causado por la actitud caprichosa del funcionario, que  constituye  el  prevaricato…”  (sentencia  de  marzo  11  de  2003. M.P. Dr.  Fernando E. Arboleda Ripoll).   

           Por  eso  se  comprende  que  la Fiscal Delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá  –Dra  Stella  Jiménez  de  Méndez-,  confirmara  la  resolución de preclusión cuestionada, y no sólo la  encontró  conforme  a  la  ley,  sino que además consideró que la denunciante  Sánchez   García   debía   ser  investigada  penalmente  por  mentir  en  sus  apariciones procesales (fls. 38 a 50 C-3).   

           En  similares  términos  se pronunció el entonces Vicefiscal General de la Nación  al  proferir  resolución  de  preclusión  de  la investigación en favor de la  doctora   Jiménez   de  Méndez,  pues  tampoco  estimó  como  manifiestamente  contraria  a  la  ley  la  resolución que profiriera el 23 de julio de 1999 por  medio  de  la  cual  confirmó  la  del  Fiscal 235 Seccional y que originara la  investigación en su contra (Cfr. fls.112 a 124 C-4).   

           Tanto  el  estatuto  procesal vigente para la época en que se profirió la resolución  examinada  (art.  36 del Decreto 2700 de 1991), como el actual (art.39 de la ley  600  de  2000),  consagran  como  causal  para  precluir  la  investigación  la  ATIPICIDAD  DE  LA  CONDUCTA,  por lo que el fiscal acusado dio aplicación a la  norma  que  legalmente permitía finiquitar la actuación en los términos dados  a  conocer  en esa providencia, para lo cual cumplió con la exigencia dispuesta  en  el  artículo  254  del anterior Código de Procedimiento Penal –hoy  art.238-,  esto es, la exposición  razonada  del  mérito  de las pruebas obrantes en el proceso de acuerdo con las  reglas  de  la  sana crítica, sin que corresponda a la verdad procesal que para  llegar   a   esa   decisión   tergiversó  el contenido de las pruebas recaudadas, como lo aseveró el fiscal  impugnante,  cuando lo cierto es que aquél en ningún falso juicio de identidad  incurrió  en  la  valoración  de  los elementos de juicio en los que se apoyó  para  edificar  esa  determinación,  encontrando  la  Corte que lo esbozado por  éste   corresponde  a  su  personal  visión de la forma en que debía ser  analizado  el  haz probatorio, es decir, diametralmente opuesto al realizado por  el  acusado,  sin  que  ello  comporte  conducta  prevaricadora, como ha quedado  analizado.   

             En  el anterior orden de ideas, si la resolución del 29 de abril de 1999 estuvo  ajustada  a  la  ley, la ATIPICIDAD de dicha conducta es inobjetable, razón por  la  cual se confirmará el fallo impugnado, con esta modificación, acogiendo la  Sala  lo solicitado por el acusado y el señor agente del Ministerio Público en  sus respectivas impugnaciones.   

            2.  El  delito de cohecho propio.   

           El  artículo  141 del Código Penal derogado, modificado por el 22 de la Ley 190 de  1995, lo definía así:   

“El  servidor  público  que  reciba para sí o para otro dinero u   otra utilidad, o  acepte  promesa  remuneratoria, directa o indirectamente, para retardar u omitir  un  acto  propio  de  su  cargo,  o  para  ejecutar  uno contrario a sus deberes  oficiales,  incurrirá  en  prisión  de  cuatro  (4) a ocho (8) años, multa de  cincuenta  (50)  a  cien  (100)  salarios mínimos legales mensuales vigentes, e  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo término de la  pena principal”.   

           El  nuevo  Estatuto  –Ley 599 de  2000-,  consagra  en similares términos esta conducta delictiva en el artículo  405,  incrementando el mínimo de la pena a 5 años y fijando la inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas de cinco (5) a ocho (8)  años.   

           Los  argumentos  que  sirvieron  para descartar el prevaricato por acción, derrumban  igualmente  lo  aseverado  por la fiscalía impugnante al acusar al doctor Jaime  Darío Barrera Márquez por el delito de cohecho propio.   

           Pero,  además  quiere  resaltar  la  Corte  que  ningún  elemento probatorio digno de  credibilidad  de  acuerdo  con  las  reglas  de la sana crítica, que demostrara  conducta   cohechadora   por   parte   del   fiscal   acusado,   se  allegó  al  proceso.   

            Si los  Fiscales  Elsa  Piedad  Morales  Bernal  y  Carlos  Arturo  Torres  Poveda sólo  revelaron  lo  que  Liliana  Patricia  les  aseveró,  esto  es,  que  Contreras  Jaramillo  le dijo telefónicamente que había pagado 100 millones de pesos para  obtener  su  libertad,  ¿cómo  pretender  entonces considerar la existencia de  acervo  probatorio  demostrativo  de compromiso penal del fiscal acusado, cuando  no  sólo  ha  quedado  visto  que  a  la denunciante por su marcado interés en  perjudicar  a  Contreras Jaramillo no puede creérsele, sino que además ningún  respaldo probatorio apoyó acusación de tanta gravedad?.   

           Así  le  hubiera  expresado  el  sindicado  de secuestro ese acontecimiento a Liliana  Patricia,  ¿acaso  tenía que tenerse como un hecho cierto, prácticamente como  un hecho notorio?   

           Nada  más  descabellado  y afrentoso para el sistema probatorio, significa razonar de  esa  manera.  En  este  proceso,  la  cifra de 100 millones de pesos sólo en la  mente  de  Liliana  Patricia  Sánchez  García  puede tener existencia, pues ni  servidor  público  que  vendiera  su  función,  ni  particular que la comprara  –ingredientes  normativos  necesarios  para  la  estructura del delito examinado-, aparecen por lado alguno  del  expediente  como  protagonistas de conducta de tanta reprochabilidad, claro  está, llevada la Corte de lo que transmite el recaudo probatorio.   

            Si  no  existió  conducta cohechadora por parte del Fiscal acusado, razón le asiste al  reclamar  en  la  impugnación  la declaratoria de inocencia, no por ATIPICIDAD,  sino  por  INEXISTENCIA  DE  DICHA  CONDUCTA, por lo que se modificará  la  sentencia del tribunal en este sentido.   

           Se  devolverá  la  caución  otorgada por el doctor Barrera Márquez, vigente desde  que le fue concedida la detención domiciliaria.   

           En  mérito  de  lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  ley,   

RESUELVE:  

           1-  Confirmar  el  fallo  impugnado, modificándose en el sentido de que la absolución se profiere  por  atipicidad de conducta en  cuanto   al   delito   de   prevaricato   por   acción,   y   por  inexistencia   de  conducta  respecto  del  delito de cohecho propio.   

          2- Hágase entrega  de la caución prendaria al doctor Jaime Darío Barrera Márquez.   

     

Notifíquese,  cúmplase  y  devuélvase  al  tribunal de origen   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS                   CARLOS A. GÁLVEZ ARGOTE   

                                            Permiso                                                                          Permiso   

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                 ÉDGAR LOMBANA TRUJILLO   

ÁLVARO       ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN              MARINA  PULIDO  DE  BARÓN   

    

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                MAURO SOLARTE PORTILLA   

                                                                                       Excusa justificada   

                                                                    TERESA RUIZ NÚÑEZ   

                                                                                 Secretaria   

    

1 Art.  7 del Código de Procedimiento Penal vigente   

2 Mayo  15 de 1984. M.P. Alfonso Reyes Echandía     

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