17181(19-12-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  17181   

                  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACIÓN PENAL   

          Magistrado Ponente   

          Dr. JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

          Aprobado acta N° 201   

Bogotá  D. C., diecinueve (19) de diciembre  de dos mil uno (2001)   

          V I S T O S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la  demanda  de  casación  presentada  a  nombre de los procesados JESÚS    ANTONIO   GIRALDO   DUQUE   y  ANTONIO GIRALDO GUZMÁN.   

          A N T E C E D E N T E S   

1.-  En horas  de  la madrugada del 1° de enero de 1998, cuando el señor Elmer Dolmey Morales  Vélez  transitaba por la calle 95 con carrera 52 de la ciudad de Medellín, fue  interceptado  por  Jesús  Antonio  Giraldo  Duque  y  sus hijos Antonio Giraldo  Guzmán  y  otro, menor de edad, quienes sin mediar palabra alguna le propinaron  un  disparo  de  arma  de  carga  múltiple  que  de  inmediato  le ocasionó la  muerte.   

2.-  El Juzgado Once Penal del Circuito  de  Medellín,  mediante  sentencia  del  13  de octubre de 1999, condenó a los  procesados  JESÚS ANTONIO GIRALDO DUQUE y  ANTONIO  GIRALDO  GUZMÁN  a  la  pena  principal  de 25 años y 6 meses de prisión y a las  accesorias  de rigor, como autores de los delitos de homicidio y porte ilegal de  armas de fuego.   

Inconforme  con  la  anterior  decisión, el  defensor  la  recurrió,  siendo  confirmada  integralmente  por  el Tribunal de  Medellín, el 24 de enero de 2000.   

          LA DEMANDA DE CASACIÓN   

El  defensor,  a  nombre  de los procesados,  presentó  sendas  demandas   que  por ser idénticas, se tratarán como un  solo cuerpo.   

Dos  cargos  formula  el  censor  contra  la  sentencia del Tribunal de Medellín, a saber:   

En   el  primer  cargo  invoca  la  causal  tercera  de  que  trata el  artículo  220  del  C.  de  P.  P. y reclama la nulidad del proceso por haberse  incurrido    en   irregularidad  sustancial  que   afectó  el  debido  proceso,  el  derecho  de defensa, la presunción de inocencia y la legalidad de  la prueba.   

En  el capítulo que titula “DEMOSTRACIÓN  DEL  CARGO”, advierte que se concretará a las “irregularidades “ de mayor  gravedad  y  trascendencia,  pues sería un “discurso de nunca acabar” si se  dedicara  a  todas,  lo  que  no  obsta,  afirma, para que algunas de ellas sean  tenidas  en  cuenta  al  momento  de  la  formulación  del segundo cargo al ser  coincidentes con la causal allí alegada.   

Dice  que  la  condena  de los procesados se  sustentó  en  la  declaración  de Alba Torres, la que cataloga de “personaje  que  aparece  en  el  proceso  un  año  después de ocurrido el crimen y cuando  nadie,   absolutamente   nadie,   afirma   su  presencia  en  el  lugar  de  los  hechos”.   

Además,  advierte  que  era  una  persona  indocumentada  y  a  pesar  de  ello se le otorgó plena validez probatoria a su  testimonio,    desconociendo   que   esa   declaración   es   “jurídicamente  inexistente”  y  que  no  podía  soportar  la sentencia condenatoria, pues el  artículo  292  del  C.  de  P. P., señala claramente que para la práctica del  interrogatorio  se  debe  identificar al testigo como requisito de valoración y  de existencia de la prueba.   

Anota que se transgredió el artículo 29 de  la  Carta Política, que señala que es nula de pleno derecho la prueba obtenida  con  violación  del  debido  proceso,  que  “más allá de un simple ERROR DE  DERECHO, constituye gravísima irregularidad sustancial”.   

A lo anterior agrega que no obstante que esta  declaración  se amplió, la práctica de la diligencia no sólo no se comunicó  al  defensor,  sino  que  no se absolvió el interrogatorio que había formulado  por escrito cuando solicitó la prueba.   

Situación  “similar”,  manifiesta,  se  presentó  con  la  testigo  Luz  Estella  Holguín  Palacio,  de quien se dejó  consignada  su  edad  pero  no  el  número de la cédula de ciudadanía, siendo  curiosa   la   “similitud   grafológica”   de  su  firma  con  la  de  Alba  Torres.   

Asegura  que  también  se  cometió  grave  irregularidad  en  la  recepción del testimonio de Jairo Marulanda, pues con la  constancia   expedida  por  la  Registraduría  Nacional  del  Estado  Civil  se  estableció  que  el número de cédula que suministró (158.347.096) no ha sido  expedido,  a pesar de que el Tribunal “trató de salvar dicha incoherencia”,  manifestando     que     el     número     8    fue    colocado    por    error  mecanográfico.   

Asegura que estos vicios han debido llevar a  concluir  en  la  inexistencia de esos medios de prueba y no servir de soporte a  la  condena  “trascendiendo la órbita del error de derecho”, y a ellos debe  sumarse   la  negativa  a  practicar  inspección judicial, adoptada por el  juez  “sin  razones suficientemente válidas”, el cercenamiento del término  legal  para que la defensora de oficio presentara alegatos precalificatorios, no  habérsele   notificado   personalmente   la  resolución  de  acusación  y  la  violación  del  derecho  de  defensa,  por  dejar  entrever  que  el móvil del  homicidio  se  sustentó  en  las  diferencias  a raíz de la repartición de un  “botín”  producto  de  un atraco a un banco en la ciudad de Duitama (Boy.),  proceso  del  cual  se aportaron copias informales del expediente sin que fueran  puestas en conocimiento de los procesados y defensores.   

Acota  que sería importante que la Corte se  pronunciara   sobre   la  situación  manifiestamente  inconstitucional  que  se  presenta  con  relación  al  testimonio  de  Rey  David Giraldo Guzmán, hijo y  hermano  de los procesados, quien no obstante tener la condición de sindicado y  puesto  a  órdenes  del juez de menores, por razón de su edad, fue compelido a  declarar  bajo  la  gravedad  del  juramento  en este proceso, acogiéndose como  prueba contra sus consanguíneos.   

Termina señalando que el Ministerio Público  brilló por su ausencia, lo que en su criterio es “lamentable”.   

Por lo tanto, demanda la nulidad a partir del  auto  de  apertura  de  investigación  o, “en su defecto”, a partir del que  cierra  la  investigación  a  efecto  de  que  se  subsanen las irregularidades  presentadas.   

En  el  segundo  cargo,  el  libelista  invoca  la  causal  primera de  casación,   acusando  la  violación  “por  APLICACIÓN  INDEBIDA”  de  los  artículos  26  y  323  del C. P., derivada, señala, de “plurales y graves”  errores de derecho en la apreciación de las pruebas.   

En   el   capítulo   que   destina  a  la  demostración  del  cargo,  el  censor  advierte  que acude al error de derecho,  acatando  la jurisprudencia de esta Sala, por cuanto los vicios que provienen de  la  falta  de  cumplimiento  de  los  requisitos  señalados  en  la ley para la  práctica  de una prueba, no son propiamente yerros de hecho sino de derecho, lo  cual dice acatar para “no correr el riesgo de inadmisión”.   

Sostiene que sabiéndose la trascendencia que  la  declaración  de  Alba Torres tuvo en la sentencia condenatoria, el fallador  “ERRÓ  EN  DERECHO”,  por  falso  juicio  de  legalidad,  pues  no obstante  aceptarse  que  era indocumentada, violando la clara disposición del legislador  que  ordena  que el interrogado se identifique, no como requisito formal sino de  validez,  la  “acogió  como testigo de excepción” y  le otorgó pleno  crédito de cara a la sana crítica.   

Tal  defecto,  dice el actor, “más que un  simple   error  de  derecho,  constituye  una  grave  irregularidad  sustancial,  violatoria   del  debido  proceso  y  conminada  con  sanción  de  inexistencia  jurídico procesal”.   

A  lo  que  se  suma  que  se  trató  de un  “personaje  anónimo”  que aparece un año después de ocurridos los hechos,  sin  que  hubiera  sido  citada ni referida por otros testigos, y ostentando tan  solo  un  apellido.  Aunque  su  declaración está llena de “inconsistencias,  mentiras  y  contradicciones”,  dice  que  no las puede resaltar en este cargo  para  no  invadir  la  órbita  del  error  de  hecho,  pero  que  fue  tanta la  consideración  que le mereció al  Tribunal, que se le reconvino acerca de  que  esta  testigo  no  expresó  que  el disparo fue a quemarropa, siendo que a  folio  36  aparece  claro  que  así  lo  dijo,  lo  que  quiso dilucidar con la  solicitud   de   ampliación   de  la  declaración  y  con  las  preguntas  que  suministró,   pero   que  finalmente  no  se  le  hicieron  al  momento  de  la  diligencia.   

Concluye  aseverando  que  se  trata  de  un  personaje  anónimo, que no informó sus apellidos completos, ni su domicilio y,  además,  nadie  da  cuenta  de  su presencia en el lugar  a la hora de los  hechos.   

Similar  defecto,  señala  el  demandante,  aparece  en  la  “apreciación  y valoración” del testimonio de Luz Estella  Holguín  Palacio,  de  quien no se deja constancia del número de la cédula de  ciudadanía,  no  obstante  que  dijo  que tenía 37 años, ni de su domicilio y  vecindad.   

Advierte  que  la  irregularidad también se  presenta  en  la declaración de Jairo Marulanda, pues el número de cédula que  suministró   no  se  encuentra  expedido  por  la  Registraduría,  estando  en  “capacidad  de  afirmar”  que ni siquiera bajo el entendido de que se trató  de  un error mecanográfico, como lo consideró el fallador, ese número existe,  a  lo  que  agrega  que  no  aparece  mencionado  por nadie y menos como testigo  presencial de los hechos.   

En conclusión, asegura que habiendo servido  las  declaraciones  de  Alba  Torres,  Luz  Estella  Holguín  Palacio  y  Jairo  Marulanda,  como  soporte  para  la  individualización de los procesados y, por  ende,   habiendo  sido  trascendentales  para  condenar,  solicita  se  case  la  sentencia,  absolviéndolos,  por  lo  menos en acatamiento de los principios de  presunción    de   inocencia   e   in   dubio   pro  reo.   

         LA CORTE CONSIDERA   

Las  demandas  de casación que a nombre de  los  procesados  presentó  su  defensor, no reúnen los requisitos formales que  para  su admisión exigía el artículo 225 del C. de P. P, subrogado por el 8°  de la Ley 553 de 2000, vigente para entonces.   

Así,  en  el  primer  cargo,  violando  el  principio  de autonomía, al tenor del cual, al interior de una misma censura no  se  pueden  formular  ataques correspondientes a causales distintas, entremezcla  la  causal tercera con la primera, cuando asevera que el error de derecho en que  se  incurrió  al  recibir algunos testimonios lleva a la invalidez del proceso,  sin  percatarse  que,  como  lo  ha  dicho la Sala, si la prueba es practicada o  incorporada  con violación de los requisitos legales que condicionan su validez  y,  sin  embargo,  el  juzgador la aprecia, se está en presencia de un error in  iudicando,  acusable,  por  lo  tanto,  por  la  causal  primera, a menos que se  demuestre   que  el  vicio  denunciado  afectó  la  validez  de  la  actuación  posterior, lo que no hace el censor.   

Esa  confusión  de  causales  se hace más  ostensible  cuando afirma que las copias de un expediente fueron trasladadas sin  el  cumplimiento  de  los  requisitos legales, reproche también aducible por la  causal   primera,  y  cuando  impetra  la  nulidad  por  desconocimiento  de  la  presunción de inocencia y de la legalidad de la prueba.   

Así mismo, confunde el debido proceso y el  derecho  de  defensa,  sin  percatarse  que  si  bien  el  segundo se deriva del  primero,  han  sido claramente diferenciados por la ley y la jurisprudencia, por  lo  cual  su  vulneración   amerita  postulación y desarrollo autónomos,  pues  la  del  primero  es un vicio de estructura y la del segundo de garantía,  sin  descartar  que  hay  irregularidades  que  al  mismo tiempo afectan los dos  derechos, pero sin que evidencie que este caso sea uno de ellos.   

Finalmente, sin ningún orden ni coherencia,  denuncia  varias  irregularidades  que,  según  el  demandante,  afectarían de  nulidad  la actuación, como no haberse contrainterrogado a uno de los testigos,  no  haberse practicado una diligencia de inspección judicial, haberse cercenado  el  término  para  presentar alegatos precalificatorios y no haberse notificado  personalmente  al  abogado  la  resolución  de acusación, censuras que además  deja en el enunciado.   

En  el  segundo  cargo,  que  plantea  como  subsidiario,  denuncia por la causal primera una irregularidad ya acusada por la  tercera,  a  saber,  que unos testimonios fueron practicados con vulneración de  los  requisitos  legales de validez, sin percatarse que no es ese el concepto de  subsidiariedad  y  que  acusar  el mismo yerro por diferentes causales evidencia  imprecisión e incertidumbre.   

Por  otra  parte,  aunque  considera que se  incurrió  en  error  de  derecho  por  falso juicio de legalidad, no muestra el  vicio,  esto  es,  que  la  identificación  de  los  testigos sea condición de  validez  de  esa  prueba, ni tampoco su trascendencia, de modo que al no haberse  cometido  otros  hubieren  sido  los resultados del fallo, y, además, se aparta  del   enunciado,  al  atacar  la  credibilidad  que  el  Tribunal  les  otorgó,  desconociendo   que  esa  discrepancia  no  constituye  desatino  demandable  en  casación,  ya  que el juzgador goza de libertad para apreciar la prueba, dentro  del  método  de  la  persuasión  racional que nos rige, sólo limitada por los  postulados  de la sana crítica, cuyo quebrantamiento debe demostrarse por   la  vía  del  error  de  hecho  por falso raciocinio, ruta que no emprendió el  casacionista.   

Frente a los anotados yerros de la demanda,  y  dado  que  la  Corte,  en  virtud  del  principio  de  limitación,  no puede  subsanarlos,  se  impone  su  inadmisión  y,  consecuencialmente, se declarará  desierta la casación interpuesta.   

En  mérito  de  lo  expuesto, LA  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

         R E S U E L V E   

INADMITIR  la  demanda    de   casación   presentada   por   el   defensor   de   JESÚS   ANTONIO   GIRALDO   DUQUE   y  ANTONIO     GIRALDO     GUZMÁN.     En    consecuencia,    se    declara    desierta    la   casación  interpuesta.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno,  conforme  a  lo dispuesto por los artículos 226 (modificado por el 9°  de  la  Ley  553 de 2000) y 197 del C. de P. Penal (Decreto 2700/91, aplicable a  este caso).   

Comuníquese y cúmplase.  

CARLOS EDUARDO MEJÍA ESCOBAR  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                            JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS                           CARLOS   AUGUSTO   GALVEZ  ARGOTE                        

JORGE  ANIBAL  GÓMEZ  GALLEGO             EDGAR LOMBANA  TRUJILLO              

ALVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN            NILSON  PINILLA PINILLA   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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