16773(23-01-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

      

Proceso No 16773  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No. 010  

         Bogotá D. C., veintitrés (23) de enero  de dos mil tres (2003).   

           Decide    la   Corte   el   recurso  extraordinario   de   casación   interpuesto   en   defensa   de   ÁLVARO     DE     JESÚS     TABORDA     CÉSPEDES    contra  el  fallo  de  junio 24 de 1999, mediante el cual el otrora  Tribunal  Nacional  revocó en forma parcial el de carácter absolutorio dictado  en  primera  instancia  por  un  Juzgado Regional de Medellín, para condenar al  mencionado  procesado  a  la  pena  principal  de  ochenta  y ocho (88) meses de  prisión,  como  autor  de  los delitos de secuestro extorsivo y porte ilegal de  armas   de   uso   privativo   de  la  fuerza  pública.    La  citada  Corporación  mantuvo  la  absolución  dispuesta  por  el  a  quo  a  favor del  sindicado respecto del delito de hurto calificado y agravado.   

HECHOS  

         En  la  mañana  del 9 de septiembre de  1989,  tres sujetos que se movilizaban en un vehículo de las Empresas Públicas  de   Antioquia  y  adujeron  pertenecer  al  Ejército  Popular  de  Liberación  (E.P.L.),  en  la  vía  que  de  Necoclí  conduce a la localidad de Arboletes,  jurisdicción  del  corregimiento  de  Mellito, interceptaron el campero en cuyo  interior  se  movilizaba el ingeniero Agustín Vanegas junto con César Montoya,  Franciso  Luis  Hoyos  y Rubén Darío Casallas, empleados de la Caja Agraria en  la  ciudad  de  Bogotá.   Los  delincuentes  retuvieron  al último de los  mencionados,  y  a  sus  acompañantes  les  indicaron  que  para la liberación  debían  entregar  la  suma  de  trescientos  mil pesos, prendas y botas para el  referido grupo subversivo.   

          Enteradas  las  autoridades  de  lo acontecido, lograron establecer  que  el  grupo  de  secuestradores  se  alojaba en una vivienda rural ubicada al  nivel  del puente sobre el río Mulatos del aludido corregimiento, ubicado en la  comprensión  territorial  de  Necoclí,  donde  el  11  de septiembre siguiente  efectivos  adscritos  al Batallón Vélez realizaron el operativo finalizado con  el  rescate  de  la  víctima  durante un enfrentamiento armado en el que fueron  abatidos  dos  de  los  antisociales  mientras  que  un  tercer individuo logró  evadirse;  sin embargo, el fugado fue reconocido por los miembros de la patrulla  como  a.  Pacho,  trabajador  de  la  hacienda  La Virgen del Cobre.  En el  registro  del  inmueble  los uniformados incautaron varias armas de fuego, entre  ellas una subametralladora y dos granadas de fragmentación.   

          Con   los  datos  anteriores  y  horas  más  tarde  fue  capturado  ÁLVARO   DE  JESÚS  TABORDA  CÉSPEDES,  a  quien  se le atribuyó también la participación en el hurto  del  automotor  empleado  para  el  secuestro,  de  propiedad  de  la Empresa de  servicios    públicos    de    Antioquia   y   conducido   por   Jaime   Vélez  Gallego.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          El    Juzgado   Promiscuo   Municipal   de   Necoclí   abrió   la  investigación,    escuchó   en   indagatoria   al   aprehendido   TABORDA   CÉSPEDES,  practicó  algunas  pruebas,  resolvió  la  situación  jurídica  del  sindicado en providencia de  septiembre  19  de  1989, afectándolo con detención preventiva por infracción  al  artículo  1º  del  Decreto 180 de 1988 y finalmente, en auto de octubre 19  del  mismo  año  ordenó  el  envío  de la actuación por competencia al   Juzgado 3º de Orden Público de Medellín.    

El  mencionado  despacho  en  proveído  de  diciembre  21 de 1989 revocó la medida de aseguramiento atendiendo el pedido de  la  defensa.  Después,  vencido el término de instrucción, de conformidad con  el  procedimiento  establecido  en  el  precitado  Decreto  180 de 1988 entonces  vigente,  en auto de marzo 12 de 1990, decretó el cierre de la investigación y  dispuso  los traslados para las alegaciones de fondo; sin embargo, el 6 de junio  del  mismo  año  decretó  la nulidad de lo actuado desde la clausura del ciclo  instructivo,  al  advertir  que  “en forma apresurada,  sostuvo  desvirtuados los requerimientos del artículo 413 del C. Procesal Penal  y ordenó la libertad…”.   

En esa misma providencia revocó entonces la  decisión   liberatoria  y  adicionó  el  auto  definitorio  de  la  situación  jurídica,  para  imputar al sindicado la autoría de los delitos de secuestro y  porte  ilegal  de  armas de uso privativo de la fuerza pública definidos en los  artículos  13 y 22 del Decreto 180 de 1988, en concurso con el hurto calificado  y agravado, no el de terrorismo inicialmente deducido.   

Por los cambios legislativos derivados de la  expedición  de  los  Decretos  2790  de  1990  y  099  de  1991,  un Juzgado de  Instrucción   de  Orden  Público  de  Medellín  asumió  el  control  de  las  diligencias,  que  prosiguieron  sin  mayor  actividad  hasta  la  vigencia  del  anterior  estatuto  de  procedimiento  penal,  bajo  cuyo  imperio  la Fiscalía  Regional    de   Medellín   decretó   una   vez   más   el   cierre   de   la  investigación.   Posteriormente,  en  providencia  de  marzo  21  de 1996,  calificó  su  mérito  probatorio  con  resolución de acusación en contra del  sindicado     TABORDA    CÉSPEDES    como  autor,  en  concurso de conductas punibles, de los delitos de  secuestro  extorsivo,  porte  ilegal  de  armas  de  uso  privativo de la fuerza  pública, y hurto calificado y agravado.    

La  renuncia  del  defensor  del procesado,  unidas  a  las  dilaciones  en  la  designación  y  posesión de uno de oficio,  determinaron  que  el  anterior  proveído  sólo  alcanzara ejecutoria el 28 de  enero  de  1998,  fecha  en  la  que  se aceptó el desistimiento del recurso de  apelación interpuesto contra el mismo.    

Agotada  la  etapa  de la causa, un Juzgado  Regional  de  Medellín  en  fallo  de  enero  19 de 1999 absolvió al procesado  TABORDA  CÉSPEDES  de  la  totalidad  de  los  cargos  imputados,  pero  el  Tribunal  Nacional por vía de  consulta  lo  revocó  parcialmente  para  condenarlo  a la pena privativa de la  libertad  atrás  precisada,  como autor de los delitos de secuestro extorsivo y  porte  ilegal  de  armas  de  uso  privativo de la fuerza pública, en tanto que  mantuvo  la  exoneración  dispuesta  en  primera  instancia  respecto del cargo  elevado  por  el  punible  de  hurto  calificado y agravado.  Inconforme el  apoderado  del  sindicado  con  el  pronunciamiento  del  ad  quem, interpuso el  recurso extraordinario que ahora se decide.   

LA DEMANDA  

         Primer cargo:  nulidad.   

          El  censor  acusa la sentencia impugnada de haber sido proferida en  un  juicio  viciado de nulidad por violación al debido proceso y del derecho de  defensa,  pues  advierte vulnerado el principio de investigación integral en la  fase  instructiva,  y  como consecuencia de la omitida la práctica de la prueba  que  solicitó  el  sindicado desde su versión injurada.  Cita como normas  infringidas  los  artículos  304,  numerales  2º y 3º del anterior Código de  Procedimiento Penal, 333, 362 y 367 ibídem.   

          En  la  demostración  del  reparo  el  libelista    aduce    que    al    final    de   la   indagatoria   TABORDA  CÉSPEDES, quien fue asistido en  esa   diligencia   por   un   ciudadano  no  abogado,  pidió  ser  sometido  a un reconocimiento en fila de  personas  con  intervención  de sus acusadores, actuación que no fue decretada  ni  llevada a cabo a pesar de resultar posible, no sólo porque los presenciales  del  suceso  y  los  uniformados  que intervinieron en el rescate de la víctima  comparecieron   oportunamente   a  rendir  testimonio,  sino  también  ante  la  circunstancia  de hallarse recluido el procesado en el lugar donde se adelantaba  la instrucción.     

         El medio demostrativo aludido, a juicio  del  recurrente,  en todo caso debió efectuarse en observancia del principio de  investigación   integral,   de   conformidad  con  el  cual  al  instructor  le  correspondía   esclarecer   con   idéntico  celo  los  aspectos  favorables  y  desfavorables al procesado.   

         Agrega  más adelante, que el sindicado  “quiso   decir”   en  la  indagatoria   que  fue  confundido  con  uno  de  los  custodios  del  plagiado,  concretamente,  con  quien huyó dejando abandonado en el sitio de cautiverio el  carriel  en  cuyo  interior  se  encontraban  los documentos que la guerrilla le  había    incautado    poco    antes    a    TABORDA  CÉSPEDES.   

          En  punto  de  la trascendencia de la prueba omitida, el impugnante  alega  de  manera  escueta  que  habría  demostrado la inocencia del vinculado,  máxime  que  al  exhibirse  la  fotografía del sindicado a los testigos Rubén  Darío  Casallas  Fandiño  y  Mario  de  Jesús  Ospina,  tomada inmediatamente  después  de  la  captura  y  cuando conservaba el mismo vestuario, indicaron no  reconocerlo.   

         

         El  demandante  solicita  entonces  la  declaratoria de nulidad de  todo  lo  actuado a partir del cierre de la investigación, dejando sin valor la  medida   de  aseguramiento  y  con  cancelación  de  las  órdenes  de  captura  impartidas  en contra del procesado ÁLVARO DE JESÚS  TABORDA CÉSPEDES.   

        Segundo    cargo:     violación    indirecta   de   la   ley  sustancial.   

De  manera  subsidiaria,  al  amparo de la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  el  censor acusa el fallo del  Tribunal  Nacional  de haber quebrantado de manera mediata la ley sustancial por  aplicación  indebida  de  los  artículos  268  y  202  del  anterior  estatuto  punitivo,  este  último  modificado  por  el  Decreto  3664 de 1986, normas que  definían  los  delitos  de  secuestro  extorsivo y porte ilegal de armas de uso  privativo    de   las   fuerzas   armadas;   violación   derivada   además   y  consecuentemente,  en  la  exclusión  evidente del artículo 247 de la derogada  codificación  procesal penal, en cuanto contemplaba los requisitos del fallo de  condena.    

A continuación el libelista indica que la  violación  denunciada  se  presentó  por  los errores de hecho ocurridos en la  apreciación  de  la  prueba  testimonial  allegada a los autos, desaciertos que  desarrolla  en los siguientes términos.   

         1.    Falso  juicio  de  identidad  en  la  declaración  del  teniente  Luis  Armando  Romero  Ramírez.   El Tribunal en el análisis de  este  medio  demostrativo suprimió la parte en la cual el deponente explica que  el  procesado  avanzaba  a  pie,  solo, en dirección a Necoclí y sobre la vía  pública  que une a tal población con Arboletes, sitio al que llegó informando  la  pérdida  de  sus  documentos.   Como consecuencia de esta distorsión,  descartó entonces su entrega voluntaria a las autoridades.   

         Seguidamente  transcribe algunos fragmentos de la declaración del  citado   oficial,   así  como  los  correspondientes  al  relato  brindado  por  TABORDA  CÉSPEDES sobre  las  circunstancias  que  mediaron en su aprehensión, para agregar que al error  denunciado   se  llegó  también  porque  el  Tribunal  omitió  considerar  el  testimonio  del  sargento  Jorge  Eliécer  Vargas  Arias, quien intervino en el  operativo  finalizado  con  el  rescate  de  la  víctima,  donde  se produjo el  enfrentamiento   armado   con   los   plagiarios,  así  como  en  la  posterior  persecución  del secuestrador fugitivo.  En esa declaración el uniformado  indicó  que  según  pudo  establecerse el sindicado  en  realidad  fue  retenido  por los guerrilleros al  confundirlo  con  el administrador de la hacienda La Virgen del Cobre, de manera  que  los  documentos expedidos a su nombre y hallados a los subversivos abatidos  le  habían sido arrebatados poco antes, en fin, ‘que  no era esta persona la que había huido’.   

           

       El  demandante  plantea,  que  en  el punto del  “indicio   de   entrega  voluntaria  del  procesado,  y  la  pérdida  de  sus documentos mientras estuvo  cautivo,   al   sentenciador   se   le   olvidó   apreciar   la  prueba  en  su  conjunto”  y,  así  las  cosas,  violó  las  reglas de la sana crítica en cuando exigen la apreciación  global      de     los     elementos     de     persuasión     allegados     al  expediente.   

       Señala  después,  que de no mediar este yerro  el  fallador  habría  inferido  que  el  sindicado  no falta a la verdad cuando  relata  la  retención de la cual fue víctima, ni en el atestado despojo de sus  documentos,  circunstancia  que  le  obligada  a regresar a Necoclí en busca de  ayuda  y protección. Discrepa de las conclusiones del Tribunal en este aspecto,  porque  en  su  opinión si en realidad el acusado era guerrillero habría huido  alejándose   de  la  Policía  y  del  Ejército  asentados  en  la  mencionada  localidad,  por  lo tanto, la apreciación “del  fallador  riñe  con el sentido común, una de las reglas de  la  sana  crítica,  pues  para  qué  necesita  en  la  selva un subversivo sus  documentos auténticos”.   

         2.  Falso  juicio  de  identidad  en el testimonio del secuestrado  Ruben  Darío  Casallas  Fandiño.   El  juzgador  ad  quem afirmó que las  características   físicas,  rasgos  y  vestimentas  del  secuestrador  evadido  coinciden  con las que presenta el acusado en la fotografía visible a folio 293  del  expediente;  sin embargo, cotejadas la descripción que brinda el testigo y  el     aludido     documento,     el     libelista     encuentra    sustanciales  diferencias.   

          Destaca  también  que  exhibida  la  referida  fotografía  junto  con otras a la víctima, manifestó no reconocer a  ninguno  de  los  individuos  a  quienes  corresponden,  resultado de particular  significación  pues  se  le  mantuvo  cautivo  por  el  término de seis horas,  durante   el   cual   pudo   captar  la  fisonomía  de  los  plagiarios  y  sus  vestimentas.   

         Alude  más adelante a la declaración del sargento Jorge Eliécer  Vargas  Arias,  quien  atestiguó que el procesado aparece en la fotografía con  la  misma  ropa  que vestía al momento de la captura, e informa que el ofendido  no  lo  identificó  con base en dicho documento.  Así mismo, a la escueta  descripción  suministrada por el oficial Gabriel Gálvis Tarazona del individuo  que  logró fugarse durante el rescate de la víctima, a quien no le disparó el  agente  Nicolás  Mejía  porque  únicamente  visualizó  su camisa, con la que  podía   confundírsele   con  el  superior  jerárquico;  y  finalmente,  a  la  declaración  de  Mario  de  Jesús  Ospina,  conductor  del  vehículo  en cuyo  interior  se  movilizaba  el secuestrado, quien tampoco sindicó al procesado al  exhibírsele su fotografía.   

         Añade  por  último,  que  cuando  el  Tribunal  afirmó  que los  colores   azul   y  verde  ‘se  confunden  con  gran  facilidad,    por    interacción    de    los   rayos   solares…’,  tergiversó los testimonios de Rubén Darío Casallas Fandiño,  Mario  de  Jesús  Opina,  del  teniente Gabril Gálvis Tarazona y el uniformado  Mario  de Jesús Ospina, “pues les adicionó una nota  que  no  aparece  en  sus  textos cual es la de que padecen esos declarantes una  distorsión   en   la   apreciación  de  los  ameritados  colores  cuando  hace  sol…”, yerro que de no mediar le habría permitido  concluir   que   TABORDA   CÉSPEDES   no es el guerrillero secuestrador que huyó.   

         3.   Falso  juicio  de  identidad al apreciar el “testimonio    del    procesado   Taborda   Céspedes”.    En la sustentación del reparo trae a colación los  fragmentos  del  fallo  recurrido  en  los  que  se descarta la veracidad de las  explicaciones  del  sindicado, cuando relató que los documentos de identidad le  habían  sido  arrebatados por los integrantes de una facción guerrillera luego  de tres días de cautiverio.   

          Luego   sostiene   que  el  Tribunal  tergiversó  el  dicho  del  acriminado  “porque  no  observó  las  reglas  de  la sana crítica, una de las cuales ordena valorar la  prueba  en conjunto”. Lo anterior, porque en opinión  del  libelista  no  puede  atribuírsele una lógica al comportamiento del grupo  subversivo  cuyas  aspiraciones  con  la  privación de la libertad de aquél se  ignoran.   En  consecuencia,  de  modo alguno resulta viable inferir que la  privación  de  la  libertad  relatada  era inútil y por lo tanto inverosímil,  máxime  ante  las  retenciones  indiscriminadas a las que acuden los alzados en  armas  para  detectar  infiltrados o enemigos, o frente a otros posibles motivos  que el demandante reseña.   

         En  el  apartado  final  del  reparo  transcribe  la respuesta del  sargento  Jorge  Eliécer  Vargas  Arias,  cuando  al  ser interrogado sobre las  averiguaciones  efectuadas  para  establecer  la  participación de TABORDA  CÉSPEDES  en el secuestro de  Casallas         Fandiño,        aludió  a  las  referencias  obtenidas  del  administrador  de la  hacienda  La  Virgen  del  Cobre  en el sentido de no haber pertenecido aquél a  ningún grupo guerrillero.    

         Este testimonio, afirma el censor, fue  ignorado  por  el  sentenciador  no  obstante el imperativo legal de analizar la  prueba  en  conjunto,  desacierto  que le impidió tener como un hecho cierto la  retención  del acusado por los subversivos, el arrebatamiento de sus documentos  de  identidad  y  que  por  ello debió presentarse luego a las autoridades para  obtener protección.   

         4.   Falso juicio de identidad en relación con el testimonio  de  Hugo  de  Jesús  Galeano.  En el desarrollo del reproche indica que el  Tribunal  le  atribuyó  al testigo haber dicho que la finca La virgen del Cobre  fue  ocupada por la guerrilla y recomendado a TABORDA  CÉSPEDES  para  laborar  en  la finca Cocorrilla en  Lérida  (Córdoba),  cuando en realidad afirmó que fue tomada por el Ejército  y  extendido  la  recomendación  para  la  hacienda  Cocorilla,  ubicada  en la  población de Lorica en ese mismo departamento.   

         Al  margen de tal argumento, el impugnante discrepa de las razones  por  las  cuales  el  juzgador  ad  quem  no  le  otorgó  mérito al mencionado  deponente,  porque  pensar  que  no  fue  víctima  de la extorsión guerrillera  contraría  lo  atestado  por  el testigo y toda la realidad probatoria, pues el  secuestro  de  Casallas Fandiño, el de otro empleado de esa misma entidad días  antes,  así  como  las  constancias  del Inspector de Policía para explicar la  ausencia  de  peritos  y del secretario en la diligencia de levantamiento de los  dos  delincuentes  abatidos, dan cuenta de la afianzada influencia subversiva en  la zona.    

         Este  hecho  encuentra  corroboración  además  en otros medios demostrativos, concretamente, el informe rendido por el  Comandante  del  Batallón Vélez, las declaraciones de Mario de Jesús Ospina y  Álvaro  Antonio  Villegas  Giraldo, este último quien explica que el envío de  cartas  intimidatorias  es  usual  en  dicha  región.   Por otra parte, el  deponente  Galeano  refirió  en  forma  coherente  los  aspectos  alusivos a la  vinculación del acusado a la finca que administraba.     

           El   dislate   denunciado   resulta  trascendente,  concluye  el  censor,  porque  de  no  mediar el Tribunal habría  concluido   que   TABORDA   CÉSPEDES  no  era guerrillero sino un modesto trabajador de mecánica.    

         5.   Falso juicio de identidad en  la  apreciación  del  testimonio  de Álvaro Antonio Villegas Giraldo.  El  error  del  Tribunal respeto de tal prueba es doble y consistió en partir de un  falso  supuesto,  esto  es,  de  considerar que en jurisdicción de Necoclí las  fuerzas  militares  son  las  primeras  enteradas de los secuestros, sin que tal  regla  de  experiencia  se  encuentre  demostrada  en  el proceso y “nadie  ha tocado el tema del nivel de intensidad de comunicación  entre el ejército y la población”.   

         El  otro desatino consistió en partir  de    la    falsa   premisa   de   la   captura   del   procesado   TABORDA  CÉSPEDES  por  parte  de  la  tropa,  cuando  en  opinión  del  demandante  es  un  hecho  cierto  su entrega  voluntaria  a  los  soldados que montaron un retén, a quienes les comunicó que  acaba  de  fugarse  de  unos  guerrilleros y perdido sus documentos, como estima  probado  con  la  declaración  del teniente Luis Armando Romero Ramírez.    

         Reseña las explicaciones del deponente  sobre  las  averiguaciones  que  hizo  Hugo  de  Jesús  Galeano para dar con el  paradero  del  acusado luego de su partida a la finca donde laboraría según la  recomendación  de  aquél,  hasta  cuando se enteró de su aprehensión por las  autoridades;  y  afirma  por último, que de no cometerse el dislate denunciado,  el  ad  quem  habría concluido que TABORDA CÉSPEDES  era    un   labriego   de   las   fincas   de   la  región.     

          Cita  como  normas  infringidas  los  artículos  247,  257,  294  del  anterior  Código  de  Procedimiento  Penal, y  solicita  a  la  Sala  que case el fallo impugnado y profiera en su lugar uno de  carácter absolutorio.    

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

         

Al cargo primero.  

          La   Procuradora   Primera  Delegada  advierte  que  la  falla  inicial  en  la  que incurre el demandante consiste en  acusar  indistintamente  la  vulneración  del debido proceso y del derecho a la  defensa,     olvidando     que     tales     conceptos     están     claramente  diferenciados.   

         Por   otra   parte,   el   opugnador   señala   que  TABORDA  CÉSPEDES  rindió indagatoria  asistido  de  un  ciudadano  que  no  era  abogado,  pero  pasa  por algo que la  diligencia  se  efectuó  el  15  de  septiembre  de  1989  en  la población de  Necoclí,  cuando estaba en vigencia el Decreto 050 de 1989, que en su artículo  139  habilitaba  a cualquier persona honorable para ejercer el cargo de defensor  para  la  injurada, siempre que no fuera empleado público y ante la ausencia de  un profesional del derecho inscrito en ella.    

         Ahora bien, la disposición citada fue  reproducida  en  el  artículo  148  del  Decreto 2790 de 1991, vigente hasta su  declaratoria  de  inexequibilidad  en  la  sentencia C-049 de febrero 8 de 1996,  carente  de  efectos  retroactivos y, por consiguiente, sin que hubiese afectado  las   situaciones   consolidadas.    Adicionalmente,   el   procesado   con  posterioridad  y  durante todo el curso de la actuación estuvo asistido por los  abogados  a  los  que  confió  su  representación,  o  por  los  designados de  oficio.    

         Tampoco le asiste razón al impugnante,  en  opinión  de  la  Delegada, cuando acusa el quebrantamiento del principio de  investigación  integral,  porque  si  bien  no  se  llevó a cabo el solicitado  reconocimiento  del  sindicado en fila de personas, también es menos cierto que  el  censor  omitió  confrontar  los  fundamentos probatorios de la sentencia de  condena,  como  en  rigor  le  correspondía  para  estructurar  debidamente  la  censura.   

         El libelista en este último aspecto se  limitó  a  oponer  su criterio personal al del ad quem, sin tener en cuenta que  el  juzgador  encontró  inverosímiles  las  explicaciones del acusado, y que a  pesar   de   afirmar   la  ilegalidad  de  la  identificación  fotográfica  de  TABORDA    CÉSPEDES,  aclaró  de  todos  modos  que  los  restantes  medios  demostrativos  de  cargo  resultaban  suficientes  para  predicar  certeza  sobre  la  responsabilidad del  acusado,  cimentada  entonces  en  los  elementos  de  persuasión  allegados al  expediente  que  la  Procuradora reseña en el concepto.                            

         En las condiciones anotadas concluye el  Ministerio  Público,  el  casacionista  ha  debido  explicar  razonadamente los  motivos  por  los  cuales consideraba que la prueba prescindida tenía idoneidad  suficiente  para  derrumbar  el  análisis  del  fallador  y, como omitió dicha  carga,  el  cargo  quedó  reducido  al  mero  enunciado  sin la fundamentación  requerida   para   su   prosperidad  en  la  impugnación  extraordinaria.    

        Al segundo cargo.   

         

         En  opinión  del  censor se habría violado indirectamente la ley  sustancial,  por  errores  de hecho en la modalidad de falso juicio de identidad  en  la  apreciación  de los testimonios de Luis Armando Romero Ramírez, Rubén  Darío  Casallas  Fandiño,  Álvaro de Jesús Taborda Céspedes, Hugo de Jesús  Galeano  y  Álvaro  Antonio  Villegas  Giraldo,  yerro  que  de  acuerdo con lo  argumento  se configuró, en general, ante el quebranto de las reglas de la sana  crítica  y  la  falta  de apreciación de la prueba en su conjunto.     

         Planteadas así las cosas, el libelista  confunde  el falso juicio de identidad y el falso raciocinio, sin reparar en que  corresponden  a  expresiones  diferentes  del  error  de  hecho, respecto de las  cuales  es  necesario demostrar de todos modos que otro y favorable al sindicado  habría  sido  el  sentido  del  fallo  atacado  de  no mediar esos desaciertos,  cometido   que   en   manera   alguna   satisface   el   demandante.                                       

          Así,  cuando  el  censor  objeta  la  valoración  del  testimonio  del  teniente Luis Armando Romero Ramírez, lo que  hace  es  cotejar un fragmento aislado de su dicho con la versión del sindicado  y  un  juicio emitido por el sargento Jorge Eliécer Vargas Arias, para insistir  por  esta  vía en la veracidad del relato de TABORDA  CÉSPEDES.   

         El   Tribunal   tampoco  cercenó  un  fragmento  de  la  referida  prueba.   Por  el  contrario, en la sentencia impugnada transcribió lo que  Romero  Ramírez  dijo  en  relación  con  la  pérdida  de  los documentos del  procesado,  pero  asignándole  un poder suasorio distinto de aquél por el cual  propugna el libelista.     

          En   la   crítica  efectuada  a  la  valoración  del  testimonio  de  Rubén  Darío Casallas Fandiño no es posible  atisbar  la  demostración del falso juicio de identidad acusado, pues el reparo  está  referido  a  la inferencia del fallador en torno a la similitud entre las  características  físicas,  rasgos y vestimentas que refirió el deponente, con  las   de   acusado   TABORDA  CÉSPEDES;  pero  además,  porque  se  basa  en  el  reconocimiento  de la  fotografía  aportada  a  los  autos,  a  pesar que el juzgador la desechó como  prueba   por   no   haber   realizado   con   el   lleno   de  las  formalidades  legales.    Además,  el  Tribunal  prefirió  la primera versión del  declarante,  rendida  a  los  pocos  días  de  los  sucesos,  en  lugar  de  la  ampliación realizada más de dos años después.    

         Los  reparos  a  la  valoración de la  indagatoria  traducen  las  opiniones del demandante y no indican alteración de  su  tenor  literal.   Así  las  cosas,  mal  puede  reclamar  el censor la  prevalencia  para su criterio interesado, máxime que el debate probatorio está  finalizado  y  la sentencia impugnada viene precedida de la doble presunción de  acierto y legalidad.   

           

         Por  otra parte, las objeciones al análisis de la declaración de  Hugo   de  Jesús  Galeano  denotan  tan  sólo  un  lapsus  calami  carente  de  importancia   y   ni   remotamente,   el   yerro   de   apreciación  probatoria  acusado.   Igual  acontece  con los ataques a la estimación del testimonio  de   Álvaro   Antonio   Villegas  Giraldo,  pues  traducen  una  confrontación  valorativa   donde   no   logra   desvirtuar   el   análisis  del  juzgador  ad  quem.   

         En el orden de ideas expuesto este otro  cargo  no  prospera,  en  consecuencia, sugiere a la Corte no casar la sentencia  recurrida.   

         

CONSIDERACIONES  DE LA  CORTE   

Cargo primero:  nulidad.  

El  ataque  de  nulidad  que el recurrente  eleva  al  amparo de la causal tercera de casación aparece presentado de manera  incompleta,  como  lo  destaca  con  acierto  la  representante  del  Ministerio  Público.   Por  lo  tanto,  anticipa  la Sala, carece de toda vocación de  prosperidad.   

1.  En la sustentación de este severo  aserto,  del  que  parte  la  Corte en la réplica de la censura, sea lo primero  aclarar,  que  el  libelista  alude  a  la  recepción  de la indagatoria sin la  asistencia  de  un abogado, no para estructurar en dicha circunstancia un motivo  de  invalidación,  sino  como  un  hecho  marginal a la solicitud que desde esa  actuación  elevó  el  procesado  TABORDA CÉSPEDES  de ser sometido a reconocimiento en fila de personas  con  quienes  lo  acusaron  de  intervenir en el secuestro, petición que al ser  ignorada  en  la  fase  instructiva  de las diligencias, comportó ésta sí, en  opinión  del impugnante, la violación del principio de investigación integral  con  menoscabo del debido proceso y del derecho de defensa, al punto de resultar  necesario  retrotraer  el trámite a la etapa de investigación para permitir el  restablecimiento de esas garantías quebrantadas.   

De  ahí,  no  sobra añadir, la escueta y  tangencial  mención  que  hace el demandante a dicho aspecto pero sin asignarle  ninguna  entidad  o  trascendencia  frente a la legalidad del trámite.  No  obstante,  de  manera  alguna  está por demás indicar, prohijando las certeras  apreciaciones  de  la  Delegada  y  con  miras a excluir cualquier intervención  oficiosa  de la Sala, que ninguna anomalía fue cometida como consecuencia de la  recepción de la injurada en las condiciones anotadas.   

Téngase  presente  así, que TABORDA  CÉSPEDES  rindió  sus   descargos  el  15 de septiembre de 1989, esto es, bajo la vigencia del artículo  139  del  Decreto  050 de 1987, que por vía de excepción y ante la ausencia de  abogado  inscrito  habilitaba  a  cualquier  ciudadano honorable para asistir al  procesado  en  la  indagatoria,  siempre  que  no  se  tratara  de  un  empleado  público.   Este  supuesto  de  hecho  se colige estructurado además en el  caso  que se examina, porque si bien en el acta respectiva ninguna constancia se  vertió  sobre los motivos que determinaron el nombramiento oficioso de quien no  era   profesional   del   derecho   (f.   13,   cd.  1),  la circunstancia de permisión legal se infiere  a  no  dudarlo  de  la  práctica  de  la  diligencia en una localidad pequeña,  distante  de  los  centros  urbanos  y cuando estaba próximo el vencimiento del  perentorio término para realizarla.   

Es   cierto   de   otra  parte,  que  la  disposición  comentada  fue  reproducida  en  el  artículo  148  del  anterior  estatuto   de   procedimiento   penal,  que  la  Corte  Constitucional  declaró  inexequible  en  sentencia  C-049  de  febrero  8 de 1996, M.P. Dr. Fabio Morón  Díaz;  sin embargo, de acuerdo con el criterio acuñado de tiempo atrás por la  Sala  que  ahora  se  reitera,  ese  pronunciamiento en manera alguna afecta las  situaciones   consolidadas   con   precedencia  al  mencionado  fallo,  que  fue  precisamente  lo  acontecido  en  el  presente  asunto,  donde  la  injurada  de  TABORDA   CÉSPEDES  se  efectuó  con  fundamento  en  una  disposición  que en su momento no suscitaba  ningún   reparo   en   el   plano  constitucional1   

.  

Resta  agregar,  que  los  efectos de esta  clase  de  providencias,  de acuerdo con los parámetros asentados de antaño en  la  jurisprudencia,  recogidos  actualmente  en el artículo 45 de la Ley 270 de  1996,  están dados hacia el futuro cobijando las actuaciones surgidas luego del  pronunciamiento  de  inexequibilidad;  asimismo  y  de  otro  extremo,  que  con  posterioridad  a  la  indagatoria  la  representación  judicial  del  procesado  TABORDA  CÉSPEDES  fue  confiada   de   manera   convencional  o  provista  de  manera  oficiosa  a  los  profesionales  que  intervinieron  activamente  en  procura  de  sus  intereses,  diluyéndose    entonces    cualquier    posible    afrenta    al   derecho   de  defensa.   

2.   En  lo atinente al cargo erigido  contra   la   legalidad  del  fallo  de  segunda  instancia,  se  tiene  que  el  casacionista  afirma el desconocimiento del principio de investigación integral  porque  ningún  esfuerzo se realizó en las etapas probatorias de la actuación  con   miras   a   efectuar   el   reconocimiento   del   imputado   TABORDA  CÉSPEDES con los presenciales  del  secuestro  y los uniformados que participaron en el rescate de la víctima,  a pesar haberlo solicitado de manera expresa en la indagatoria.   

La  Sala  de  manera alguna discute que el  sindicado  en  la  injurada  solicitó tal medio demostrativo, concretamente, el  reconocimiento  con  “las personas que lo sindican de  este  hecho”  (f. 18, cd.  1).     Menos  aún,  que  su  decreto  y  práctica  fue prescindida  en el curso de las diligencias; sin embargo, el  censor  pasa  por  alto, en primer término, que la omisión probatoria sobre la  cual  cimienta el pedido de anulación no es achacable del todo a la negligencia  de   los   funcionarios   judiciales,   pues   la  liberación  de  TABORDA  CÉSPEDES  en los albores del  sumario  como  consecuencia  de la revocatoria de la medida de aseguramiento, se  erigía  en  obstáculo  para  el  acopio  del elemento de persuasión echado de  menos  ahora en la demanda, que exigía en forma obvia su comparecencia, máxime  ante  los  resultados  infructuosos  de  la  recaptura  ordenada  también en la  instrucción,  luego  de  admitir el investigador con desparpajo la ligereza con  la  cual  procedió al dejar sin efecto la detención preventiva dispuesta en la  providencia definitoria de la situación jurídica.   

          El  libelista  tampoco  menciona  los  fallidos  esfuerzos  realizados  por  la  Fiscalía  y el Juzgado para suplir el  reconocimiento  del  sindicado  en  fila  de personas por el fotográfico,   (fs.   302,   309,   436,  460  cd.  2),  a  partir  de  los  cuales  mal  puede  sostenerse,  de  manera  plausible  por  lo  menos, que incumplieron el deber jurisdiccional de comprobar  la  información  suministrada  por el sindicado en la indagatoria, de ordenar y  allegar  las  pruebas  orientadas  a  demostrar  sus explicaciones, en el que se  traduce el imperativo de la investigación integral.   

Al  margen  de  lo anterior, el demandante  tampoco  tuvo  en  cuenta  que  cuando  se  aduce  la inobservancia del referido  postulado,  de  acuerdo  con  el  pacífico  y  reiterado  criterio  de la Sala,  corresponde  demostrar que la prueba de omitido decreto o práctica, confrontada  con  los  medios  de  persuasión que soportan el fallo, además de conducente y  pertinente  tiene  incidencia para variar en forma favorable el compromiso penal  deducido  en  detrimento  del  acusado,  pues  se  limitó  a sostener de manera  escueta  y  especulativa  que  los  resultados  del  reconocimiento  en  fila de  personas     prescindido    habría    demostrado    la    inocencia    de    su  representado.   

En  este  punto  el impugnante destaca por  último,  que  la incidencia de la prueba omitida se afianza porque los testigos  Rubén  Darío  Casallas  Fandiño  y Mario de Jesús Ospina no identificaron al  procesado  como  uno  de  los secuestradores cuando se les impuso la fotografía  tomada     a     TABORDA    CÉSPEDES  inmediatamente  después  de  la  captura,  pasando por alto que  estas  manifestaciones de los deponentes fueron consideradas en el análisis del  fallador  ad quem, pero sin asignarles entidad para debilitar la prueba de cargo  y,  por  consiguiente,  la  certeza  colegida respecto de la responsabilidad del  acusado.   Así,  en  relación  con los acompañantes del plagiado, uno de  ellos Mario de Jesús Ospina precisamente, el ad quem razonó:   

“…Si bien es cierto que no fue reconocido  por  parte  de  las  personas  que  viajaban inicialmente con la víctima, no es  porque  no se halle comprometido en el hecho delictivo.  Ello obedece a que  los  secuestradores  en  todo  momento les mantuvieron sus armas apuntándoles y  fue  muy  corto  el  tiempo  que  estuvieron  al  lado de estos…” (f.      26,       cd.     Tribunal     Nacional).   

Finalmente,   tratándose  del  ofendido  Casallas  Fandiño,  el  fallador  de segunda instancia destacó sus acusaciones  iniciales,   contenidas   en   la  versión  recaudada  en  los  albores  de  la  investigación,   donde   describió   al   jefe   de  la  banda  atribuyéndole  características    que    estimó    coincidentes    con    las    “que  se  observan  en  la  impresión  fotográfica del folio 293  c.o.1”   (f.  27,  cd.  Tribunal), correspondiente al sindicado TABORDA  CÉSPEDES,  para  concederles  prevalencia  frente  a  la ampliación rendida más de dos años después, en la  que   se   efectuó  un  reconocimiento  fotográfico  desestimado  “como  prueba  idónea…porque  en verdad se advierte que, no fue  realizada   con   el   lleno   de   las   formalidades   legales…”  (fs. 62, 67, 289, cd. 1).   

Por  las  razones anteriores, el reparo de  nulidad no prospera.   

Segundo cargo.  

Con apoyo en el cuerpo segundo de la causal  primera  de  casación,  el  demandante  acusa  el  fallo  de  segundo  grado de  quebrantar  en forma mediata la ley sustancial, como consecuencia de los errores  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad  cometidos en la estimación de las  pruebas  allegadas  al expediente; desatinos que no logra concretar y demostrar,  al  punto  de quedar simplemente enunciados en el libelo, esto es, sin verificar  su  realidad,  menos  aún,  el influjo que individualmente o en conjunto tienen  para  variar  el  sentido  del  fallo  de  manera  favorable a los intereses del  acriminado.   

Por  otra  parte,  no  sobra  indicar,  el  desarrollo  del reproche revela protuberantes impropiedades técnicas que unidas  a  la  falencia atrás comentada le restan toda posibilidad de éxito, como pasa  a fundamentarse.   

En efecto, el recurrente adujo, insiste la  Sala,  el falso juicio de identidad porque en la apreciación de los testimonios  obtenidos  de  Luis  Armando Romero Rodríguez, Rubén Darío Casallas Fandiño,  Hugo  de  Jesús  Galeano  y  Álvaro  Antonio Villegas Giraldo, así como de la  indagatoria     del     sindicado,    el  juzgador  ad  quem tergiversó el contenido material de dichas  pruebas.   Por  lo tanto, para la demostración del yerro argüido en tales  términos,  de  carácter  objetivo – contemplativo, le correspondía confrontar  estos  medios  de persuasión en su expresión literal con la que los juzgadores  le  atribuyeron  y,  demostrar  adicionalmente, que los desaciertos configurados  determinaron una decisión contraria a la ley.   

Pero  en  el  desarrollo  posterior  de la  censura  el  casacionista  en lugar de satisfacer esta ineludible comprobación,  respecto  de esas mismas pruebas que aseguró indebidamente apreciadas acusó en  forma  simultánea  la  incursión  en  una modalidad diversa e incompatible del  error  de  hecho,  concretamente,  el falso raciocinio, pues arguye a la vez que  resultaron  desconocidos  los parámetros de la sana crítica, transgrediendo de  este  modo  y  con  evidencia  el  principio de no contradicción que orienta la  impugnación  extraordinaria.  En  todo  caso,  resta  anticipar,  tampoco en la  sustentación   de   este  otro  reparo  acierta  el  casacionista,  pues  dicha  conclusión   la   extrae  de  su  personal  e  interesada  estimación  de  las  pruebas.   

1. Así, en relación con el testimonio del  teniente  Luis Armando Romero Ramírez el censor afirma que el Tribunal cercenó  su  dicho,  específicamente,  en aquellos apartes alusivos a las circunstancias  en  las  cuales  se  produjo la aprehensión del procesado; sin embargo, como lo  destaca  la  Representante  del  Ministerio  Público, los fragmentos que atesta  fueron  omitidos  aparecen transcritos incluso en el fallo de segunda instancia,  sólo  que asignándoles el juzgador una significación probatoria diversa de la  propugnada  en  la  demanda,  diluyéndose por completo entonces la realidad del  yerro denunciado.   

De ahí que el defensor reduzca el reproche  al  cotejo  de  las  versiones  del  aludido oficial y del sindicado, la de este  último  que encuentra respaldada en la declaración del sargento Jorge Eliécer  Vargas  Arias  y  que asegura no fue tenida en cuenta, para reivindicar por esta  vía  la  prevalencia  para  el  relato  de  TABORDA  CÉSPEDES  cuando  afirma  que  fue  retenido varios  días  por  los  subversivos, quienes le arrebataron los documentos de identidad  hallados  después  en  el  lugar  donde  fue  rescatado  el  plagiado  Casallas  Fandiño,  motivo  por  el cual se presentó en forma voluntaria a los militares  dispuestos en el retén donde fue aprehendido.   

         En  síntesis,  tratándose  del  testimonio en comento, el reparo  traduce  las  apreciaciones  subjetivas  del  impugnante,  enfrentadas  luego al  análisis  del  Tribunal con el propósito de obtener su revaloración por parte  de  la  Corte,  extendiendo  a la casación el debate probatorio inherente a las  instancias,  perdiendo  de  vista  además,  que  como  el fallo censurado viene  precedido  de la doble presunción de acierto y legalidad se resiste a un ataque  sustentado en la simple disparidad de criterios aquí planteada.   

         2.   Por este mismo e indebido sendero argumentativo transita  la  fundamentación  de  los  restantes  yerros que el libelista le endilga a la  sentencia   de  segundo  grado.   Ciertamente,  el  censor  afirma  haberse  incurrido  en  falso  juicio  de identidad en la apreciación del testimonio del  secuestrado  Rubén  Darío  Casallas Fandiño, pero a renglón seguido abandona  la  demostración  de  un dislate de tal naturaleza, configurado como es sabido,  cuando  el  juzgador  tergiversa o falsea el contenido material de la prueba, de  manera  que  le exigía cotejarla en su significación objetiva con el contenido  fáctico  que los juzgadores le atribuyeron, que por ninguna parte realiza, para  sustentar  en  cambio  el  reproche  a  través de la vana inconformidad con las  conclusiones del ad quem.   

Disiente específicamente, con apoyo en la  ampliación  del  testimonio  del ofendido, al igual que en las declaraciones de  Mario  de Jesús Opsina, Jorge Eliécer Vargas Arias y Gabriel Gálvis Tarazona,  de  la  coincidencia  que  el  Tribunal coligió existente entre la descripción  física  brindada  por Casallas Fandiño del secuestrador evadido y las visibles  en    la    fotografía    del    acusado   TABARES  CÉSPEDES,  tomada  poco  después de la captura con  las  mismas vestimentas.  Así las cosas, fuerza colegir que también aquí  el  libelista  acude  al  enfrentamiento de su criterio personal e interesado al  efectuado  por  el Tribunal, donde mal puede atisbarse un error acusable en sede  extraordinaria.   

         Por  último,  infundada  se  ofrece  en  este  punto  la crítica  erigida  a  la  posibilidad  de  confusión  que  el fallador predicó entre los  colores  azul  y  verde  como consecuencia de interacción de los rayos solares,  para  minimizar  de  este  modo  las discrepancias de los testigos cuando aluden  indistintamente  que  el  plagiario  evadido  vestía  una  camisa de uno o otro  color,   aseveración   que  desde  ninguna  óptica  envuelve  la  adición  de  “una  nota” al contenido  fáctico  de  sus  dichos,  como  lo  entiende  sin  asidero  alguno y de manera  especulativa    el    demandante,   en   aras   de   magnificar   la   reseñada  incoherencia.   

         3.   El  defensor denuncia el falso juicio de identidad en la  apreciación  de la indagatoria del sindicado TABORDA  CÉSPEDES,   pero   con   evidente   e   insalvable  impropiedad  no  deriva  tal  desatino  de  la  tergiversación, cercenamiento o  adición  del  contenido  material de dicho medio demostrativo, supuestos en los  que  se  estructura el yerro acusado, sino de la inconformidad que le asiste con  la falta de mérito que el ad quem afirmó de sus explicaciones.   

         De  otra  parte, si bien en algunos fragmentos de la sustentación  del  reparo  el  libelista  arguye  que en la sentencia atacada no se sujetó la  apreciación  de  la  declaración  injurada  a  las reglas de la sana crítica,  sugiriendo  cometido entonces el error de hecho por falso raciocinio, tampoco la  fundamentación  de  este  reproche se muestra acorde con su naturaleza, pues se  desarrolló  a través de la anteposición del análisis personal del demandante  al  efectuado  por  los  falladores,  en  el  que  reclama credibilidad para las  explicaciones    contenidas    en    el    relato   del   acusado   TABORDA  CÉSPEDES, que estima lógicas  y  coherentes  además  de  respaldadas  en  el  testimonio  del  sargento Jorge  Eliécer  Vargas  Arias,  mediante  un alegato propio de las instancias pero sin  ninguna cabida en la impugnación extraordinaria.   

         4.   También  por  la  incursión  en  el error de hecho por  falso  juicio de identidad, el defensor cuestiona la apreciación que se hizo en  el  fallo  de  los  testimonios  de  Hugo  de  Jesús  Galeano y Álvaro Antonio  Villegas  Giraldo,  administrador  y  trabajador  de  la  hacienda La Virgen del  Carmen,  respectivamente,  donde había trabajado el sindicado días antes de la  captura.   

         

         En  relación  con  el  primero  de  los  citados, el casacionista  demuestra  la equivocación del juzgador ad quem cuando le atribuyó haber dicho  que  una  vez  ocupada  la  finca  por  la  guerrilla  liquidó  a  TABARES  CÉSPEDES, pero lo recomendó  en  la  hacienda  Cocorrilla  en  Lérida  (Córdoba),  cuando  en  realidad  el  deponente  aludió  a  un  allanamiento  del  Ejército  y  a  la recomendación  extendida  para  laborar  en  el  predio  Cocorilla,  ubicada en la localidad de  Lorica de ese mismo departamento.   

         Sin  embargo,  nada  hace  con miras a  demostrar  la  trascendencia  de  este desatino, muy seguramente, por carecer de  ella,  pues  lo  que  el Tribunal consideró de su testimonio para restarle todo  mérito  fue  la  advertida inclinación de respaldar la coartada del acusado al  traer  a colación “extraños relatos, que nada tiene  que  ver  con  el  asunto debatido”, al igual que las  respuestas  evasivas al interrogársele “por el valor  entregado  al  procesado  como  remuneración”, así  como sobre el salario devengado por este y su desempeño laboral.   

         Lo  significativo  entonces en la réplica de los reparos elevados  a  esos  dos testimonios, es que el recurrente en la sustentación de los mismos  incurre  en  el  desacierto  técnico de refundir la modalidad de yerro acusado,  esto  es,  el  falso  juicio  de identidad, con el falso raciocinio, surgido del  desconocimiento  de  las reglas de la sana crítica, que si bien constituye otra  de  las  expresiones  del  error  de  hecho,  tiene  una  naturaleza  totalmente  diversa.   

         En  todo  caso, no sobra añadir, más allá de esa impropiedad en  la  nominación  del  dislate achacado al fallador, se tiene que el casacionista  dejó  sumido  el  reproche  en  el  mero  enunciado,  toda vez que se orienta a  desvirtuar  las razones por las cuales el Tribunal les restó todo mérito a las  versiones   de  Galeano  y  Villegas  Giraldo,  rindiendo  explicaciones  a  las  contradicciones  afirmadas  en sus dichos e intentando demostrar que sus relatos  sobre  la  presencia  subversiva  en  la  región  hallaron  respaldo  en  otros  elementos   de   juicio   incorporados   en  el  expediente  y  ameritan  entera  credibilidad.  En  fin,  nada  hace  por  acreditar  la  ley  de  la ciencia, el  postulado  de la lógica o la máxima de la experiencia que resultó quebrantada  al  restarles  todo  valor probatorio para acreditar la inocencia del sindicado,  pues  tal  aseveración  la  deriva  el  libelista simple y llanamente porque no  coincide   el   Tribunal   con   la   apreciación   que   postula   de   dichos  testimonios.   

         Dicho  en  otros términos, enfrenta su criterio personal sobre la  veracidad  de  las  declaraciones  obtenidas  de los mencionados deponentes a la  colegida  en  la  sentencia,  a través de un planteamiento encaminado a obtener  prevalencia  para  su  particular visión de dichas pruebas, inadmisible en esta  sede  porque  el  estatuto  procesal penal consagra el sistema de la persuasión  racional  que  confiere  al juzgador la facultad de formar su convencimiento con  apego a las reglas de la sana crítica.   

         5.   Finalmente,  en  el  curso  de la fundamentación de los  reparos  formulados,  el  libelista  señala  insistentemente  que  el  fallador  prescindió  del  testimonio del sargento Jorge Eliécer Vargas Arias, al que en  realidad  no  se  hace  mención  alguna  en  el  fallo  del Tribunal, bien para  otorgarle   mérito   a   su  dicho  o  descalificarlo.   No  obstante,  el  casacionista  dejó  sumido  este ataque en el mero enunciado al perder de vista  que  le  resultaba  imperativo  no  sólo  identificar  el  medio de persuasión  ignorado  y  su  contenido fáctico, sino acreditar también primordialmente, la  trascendencia del dislate en el sentido de la decisión recurrida.   

         En   este   aspecto,  el  actor  se  conformó  con  reseñar  las  apreciaciones  subjetivas del testigo sobre la posible inocencia del sindicado y  en  relación  con  las  manifestaciones  de  la  víctima al serle impuesta una  fotografía   de   TABARES  CÉSPEDES,  a  quien no identificó como uno de los delincuentes, pero omitió  precisar  de  qué  modo  la  estimación  de  esa prueba habría incidido en la  declaración  de  justicia  vertida  en  la providencia censurada, excluyendo la  responsabilidad  predicada  de su asistido, que se soportó en las declaraciones  contenidas  en  la  versión  inicial  del  ofendido,  en los testimonios de los  agentes  Nicolás  Mejía  Galeano  y Antonio Palacios Murillo, de los tenientes  Pedro   Antonio  Gálvis  Tarazona  y  Luis  Armando  Romero  Ramírez,  en  las  contradicciones  advertidas  en  las  versiones de descargo obtenidas de Hugo de  Jesús  Galeano  y  Álvaro  Antonio  Villegas  Giraldo,  al  igual  que  en  la  infirmación  de  las explicaciones del sindicado, a juicio del ad quem, y en el  hallazgo  de  sus  documentos de identidad en el lugar de cautiverio de Casallas  Fandiño.   

         Son  suficientes entonces las razones anteriores para concluir que  este  otro  cargo tampoco prospera.  Por lo tanto, el fallo impugnado no se  casará.   

Consideraciones finales.  

La aplicación retroactiva favorable de las  disposiciones   contenidas   en   el   actual   estatuto  punitivo  (Ley  599 de 2000), frente a las normas  preexistentes  a  los  hechos  investigados  y  con  sujeción  a  las cuales se  profirió  la condena, si hubiere lugar a ella, le compete al Juez de Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad  de  conformidad  con  las  previsiones del  artículo  79-7º  del  actual  estatuto  procesal  penal.    Por otra  parte,  desaparecido  el  Tribunal  Nacional  por  el  vencimiento  del término  establecido  en  la  Ley  Estatutaria  de  Administración  de  Justicia para el  funcionamiento  de  la justicia regional, así como declarada la inexequibilidad  de  la Ley 504 de 1999, resulta forzoso colegir que el expediente debe remitirse  al  funcionario  de  primera instancia a través de la Corporación judicial que  por  el  factor  territorial relevó en su ámbito funcional al que profirió el  fallo  de  segundo  grado,  para  el  presente  caso,  el  Tribunal  Superior de  Antioquia.   

Resta  indicar finalmente, que contra esta  providencia  no  procede  recurso alguno y adquiere ejecutoria en la fecha de su  suscripción,   al   tenor  del  artículo  187  del  Código  de  Procedimiento  Penal.   

En  razón  y  mérito  de lo expuesto, la  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

         NO       CASAR      el      fallo  impugnado.   

         Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal  Superior de  Antioquia.  Cúmplase,   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL            HERMAN  GALÁN CASTELLANOS   

CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                           JORGE   ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

EDGAR  LOMBANA  TRUJILLO                                   ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  En  este  sentido,  entre  otras,  las sentencias de  diciembre  15 de 1999, radicado 11.781, M.P. Dr. Fernando Arboleda Ripoll; 30 de  marzo  de  200,  radicado  13.591,  M.P. Dr. Carlos Augusto Gálvez Argote; 5 de  abril  de  2000,  radicado  12.302,  M.P.  Dr. Jorge E. Córdova Poveda; y 21 de  noviembre    de    2001,    radicado    14.062,    M.P.    Dr.   Edgar   Lombana  Trujillo.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *