16468(13-06-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 16468  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr.  EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta Nro. 62  

          Bogotá,   D.C.,   trece   (13)   de   junio   de   dos   mil   dos  (2002).   

          Un  Juzgado  Regional  de Cúcuta en fallo del 31 de agosto de 1998  condenó  a  los  procesados  MATILDE GUZMÁN, NILSON  ANTONIO   CARVALLIDO  MEJÍA,  LUIS  FRANCISCO  CORREDOR  GORDILLO  y ADOLFO RODRÍGUEZ ARCHILA a  las penas principales de veinticinco (25) años y seis (6) meses  de  prisión,  además  de  multa  equivalente  a  cien  (100) salarios mínimos  legales  mensuales,  como  coautores  de  los  delitos  de  secuestro extorsivo,  fabricación  y  tráfico  de  armas  de uso privativo de las Fuerzas Armadas, y  hurto calificado y agravado.   

         Apelada tal decisión por los defensores  y   el   encausado   CARVALLIDO   MEJÍA,  el extinto Tribunal Nacional la confirmó en pronunciamiento del  30  de  noviembre  siguiente,  con  la  modificación  en el sentido de fijar la  sanción  privativa  de la libertad en treinta (30) años de prisión y la multa  en  ciento  cincuenta (150) salarios mínimos legales mensuales, en lugar de las  penas señalada por el juzgador a quo.   

          Los  apoderados de MATILDE GUZMAN, NILSON  CARVALLIDO   MEJÍA,   ADOLFO  RODRÍGUEZ  ARCHILA  y  LUIS   FRANCISCO   CORREDOR   GORDILLO  interpusieron   y   sustentaron   en   forma  oportuna  el  recurso  extraordinario  de  casación,  del  que  desistió  el  último  de los citados  durante  el  trámite en esta sede, manifestación aceptada por la Corte en auto  de enero 17 del año en curso.   

HECHOS  

          Dan  cuenta  los autos que en la tarde del 14 de diciembre de 1996,  dos  individuos  provistos  de  armas  de  fuego  interceptaron a la comerciante  Virginia  Méndez  de Lizcano en el sector de La Floresta, del perímetro urbano  de  Barrancabermeja,  quien  fue  obligada  a abordar el automóvil en el que la  condujeron  a  un  rancho  abandonado  donde la mantuvieron retenida durante dos  días  con  la  colaboración  de  otros  individuos,  al cabo de los cuales fue  trasladada  al  inmueble  de la carrera 1ª No 1-57, barrio Kennedy de esa misma  ciudad.   Los antisociales despojaron a la víctima de los objetos de valor  y   exigían   a   sus  familiares  cien  millones  de  pesos  a  cambio  de  la  liberación.   

          En  tal  inmueble fue  rescatada  el  22  de  diciembre  siguiente  por  miembros del Grupo Gaula, pues  mediante   intensas   labores  de  inteligencia  lograron  ubicar  el  lugar  de  cautiverio.   En  el  operativo las autoridades capturaron a los plagiarios  MATILDE  GUZMÁN,  ADOLFO  RODRÍGUEZ  ARCHILA,  NILSON  ANTONIO CARVALLIDO MEJÍA, LUIS FRANCISCO CORREDOR  GORDILLO  y  a una menor de  edad.   También  incautaron  una  granada  de fragmentación, un revólver  calibre 38 largo y 14 cartuchos para el mismo.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          1.    La   Fiscalía   Regional   de   Bucaramanga  abrió  la  investigación  y  escuchó  en  indagatoria a los retenidos dentro del término  legal.  Posteriormente, remitió el expediente por competencia a la Fiscalía de  la  misma categoría con sede en la ciudad de Cúcuta, que en providencia del 10  de  enero de 1997 les definió la situación jurídica con detención preventiva  por  los delitos de secuestro extorsivo (artículo 1º  de  la  Ley  40 de 1993), porte ilegal de armas de uso  privativo  de  las  Fuerzas Armadas (artículo 2º del  Decreto  3664 de 1986, adoptado como legislación permanente por el Decreto 2266  de  1991), y hurto calificado y agravado (artículos  349,  350-2º y 372-1º del Código Penal).   

          Agotado  el  trámite  de  rigor, la Fiscalía calificó el mérito  probatorio  del  sumario  en  resolución  de  fecha  mayo 21 de 1997, en la que  elevó  acusación  contra  la totalidad de los procesados como coautores de las  conductas punibles imputadas en la medida de aseguramiento.   

          2.   La etapa del juicio se adelantó bajo la dirección de un  Juzgado  Regional  de Cúcuta, que en fallo del 31 de agosto de 1998, condenó a  los acriminados a las penas principales atrás precisadas.   

          Con  las modificaciones inicialmente relacionadas, la sentencia del  a  quo  fue confirmada el 30 de noviembre del mismo año por el extinto Tribunal  Nacional,  al  conocer  de  la  misma por vía de consulta y con ocasión de las  apelaciones  que  interpusieron  los  defensores  y  el  encausado  CARVALLIDO  MEJÍA.            

  LAS  DEMANDAS   

          1.   Demanda   en   defensa  de  MATILDE  GUZMÁN   

          Primer cargo.   

          Con  fundamento en la causal tercera de casación del artículo 220  del  anterior  Código  de Procedimiento Penal, el demandante acusa la sentencia  impugnada  de  haber  sido  proferida  en  un  juicio  viciado  de  nulidad  por  violación del derecho de defensa.   

          Al   sustentar  el  reparo  indica  que  en  la  recepción  de  la  indagatoria  de  su defendida, el instructor desconoció de manera flagrante las  formalidades  exigidas  en  el  artículo  358  ibídem,  de conformidad con las  cuales  el  sindicado  tiene  plena  libertad  para  contestar el interrogatorio  formulado en dicha diligencia.   

          El  censor  transcribe  a continuación la precitada norma y agrega  que  el  Fiscal  constriñó  a su representada y a los demás procesados en las  versiones  injuradas,  viciando  por  consiguiente  el consentimiento de aquella  cuando  en la actuación llevada a cabo el 23 de diciembre de 1996 le manifestó  “que  si  faltaba a la verdad podría estar incurso  en  los  delitos  de  favorecimiento  ilícito  y fraude procesal”.    Así  las  cosas,  afirma el libelista, la sindicada  “se    sintió    atemorizada   y   sin   ninguna  garantía”,  esto  es,  fue intimidada “para     arrancarle     con     este     procedimiento     …la  confesión”.   

          Destaca  por  otra  parte,  que el Tribunal Nacional al momento de  proferir  la  sentencia  de  segunda  instancia  y en réplica a la solicitud de  nulidad  de  la  defensa, cimentada en la informalidad aquí acusada, convirtió  esa  advertencia  claramente  intimidatoria  en  una  constancia de “pésima     y     de    deficiente    redacción”,  y  entendió  que  a través de ella simplemente se prevenía a  los  acriminados  de  que serían juramentados con las consecuencias pertinentes  en  caso  de  formular  cargos  contra  terceros.               

         De todas maneras, afirma el recurrente,  al   sindicado   no   se   le   pueden   hacer   conminaciones   sujetas   a  su  interpretación.   Por  el  contrario, las constancias deben consignarse en  forma   inequívoca   para   que   no  resulten  viciados  su  consentimiento  y  voluntad.   

         Cita   como   normas   infringidas   los   artículos   29  de  la  Constitución   Política,   304-3º,  357,  358,  359  y  360  del  Código  de  Procedimiento Penal entonces vigente.   

         Con  los  anteriores  fundamentos,  el  casacionista solicita a la  Corte  que  declare  la  nulidad de todo lo actuado a partir de la diligencia de  indagatoria.   

         Segundo cargo.   

         En  forma  subsidiaria  y  al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  del  artículo  220  del  estatuto  procesal penal  anterior,    el    demandante    afirma   que   el   sentenciador   “incurrió  igualmente  en  violación  indirecta  por  error de  hecho,  al  hacer  un  falso  juicio sobre las pruebas que tienen que ver con la  eventual       responsabilidad       de       MATILDE      GUZMAN”.   

         En  la  sustentación  del  cargo  recuerda la proscripción de la  tarifa   legal   y  la  consagración  de  la  sana  crítica  como  método  de  apreciación  de  las  pruebas,  de  conformidad  con  el  cual el fallador esta  obligado  a  analizar  los  medios  demostrativos  bajo  los  parámetros  de la  ciencia, la lógica y la experiencia.   

Este  último sistema fue desatendido en el  presente  asunto,  porque el Tribunal Nacional no tuvo en cuenta la “sociología  y la sicología así como reglas de la experiencia  que  muestran  las condiciones que viven quienes habitan zonas de orden público  en  nuestro  país”, pues sin “razones ni fundamentos de peso”  le  resta  toda  veracidad  a  las explicaciones de la procesada  GUZMÁN,  a  pesar  de  encontrar  respaldo  en  los  testimonios  de  quienes  aseguran  que en algunos  barrios  de  la  ciudad  de  Barrancabermeja  resulta  corriente la presencia de  grupos  armados  que imponen su propia ley, situación que precisamente afrontó  la  acusada, quien bajo intimidación permitió el ingreso de los secuestradores  con  la víctima a su residencia, para quedar sometida desde dicho momento a las  órdenes      de     aquellos     sin     posibilidad     de     superar     tal  constreñimiento.   

         Aduce  con  idéntica orientación argumentativa, que si el Estado  no  está  en capacidad de garantizar la vida de quienes denuncian esta clase de  atropellos,  menos  aún  puede  exigirle  a  la  procesada  que  sacrificara su  existencia  y  la  de  su hijo informando a las autoridades lo acontecido.    

         El demandante plantea por último, que  su  defendida  al  igual  que  la  plagiada  fue  compelida  a  participar en el  secuestro,  como  arguyó  desde  la  diligencia  de indagatoria con apoyo en la  declaración  de Virginia Méndez de Lizcano, quien refiriéndose a la sindicada  GUZMÁN afirmó que nunca  le  permitieron ver ni hablar con la “señora de la  casa”.   

         Invoca la infracción de los artículos  180  numeral  4º,  247,  254, 294, 333 y 445 del Código de Procedimiento Penal  preexistente  a  la  comisión  de los hechos, y solicita a la Corte que case la  sentencia  impugnada  y  en  la  de  sustitución  correspondiente absuelva a la  sindicada GUZMÁN.   

         2.   Demanda   en  defensa  de  NILSON  ANTONIO CARVALLIDO MEJÍA.   

         Primer cargo.   

         Dentro   del  ámbito  de  la  causal  tercera  de  casación,  el  demandante  eleva  un  solo  cargo  contra la sentencia de segundo grado, la que  acusa  de haber sido proferida en un juicio viciado de nulidad por menoscabo del  derecho de defensa.   

         En  la  precisión  del  dislate denunciado y su trascendencia, el  censor  advierte  que  la  medida  de  aseguramiento,  así  como la resolución  enjuiciatoria  se  fundamentaron  en  la  declaración  del  Mayor Solís Javier  Aldana  Granados,  Comandante del Gaula urbano de Bucaramanga, quien refirió la  aprehensión   de   CARVALLIDO   MEJÍA  en flagrancia durante el operativo durante el cual se rescató a  la secuestrada.    

         Por tal motivo, la defensa en la etapa  de    juzgamiento    solicitó    la   ampliación   de   su   testimonio.   Específicamente,  con  el  propósito de dilucidar las contradicciones surgidas  del  cotejo  de  su  dicho  y del obtenido de la víctima, para obtener claridad  sobre  el  no  hallazgo  de las capuchas utilizadas siempre por los delincuentes  para  cubrir  sus  rostros, así como respecto de los testimonios atinentes a la  realización  de  otros  allanamientos  en  la  misma  fecha  del  rescate,  que  confirmarían  entonces  la impresión que tuvo la plagiada acerca de la fuga de  sus captores.   

         Así   las   cosas,   plantea   el  censor,  en  este  proceso  se  confrontaron  dos  hipótesis.  El sorprendimiento del acusado CARVALLIDO  MEJÍA  en  flagrancia  de  delito,  cimentada  en  la  declaración  del oficial Aldana Granados; y de otra  parte,  la que informa sobre la fuga de los antisociales antes de la liberación  de  la  víctima,  originada  en la versión de esta última con respaldo en los  serios   testimonios   de  los  habitantes  del  barrio,  al  igual  que  en  la  discrepancia  de  los rasgos morfológicos de los secuestradores y del susodicho  sindicado.   

         Ante  las anteriores circunstancias, la ampliación del testimonio  del  mayor Solís Javier Aldana Granados surgía en verdad trascendente, pues le  habría   dado   claridad   a  lo  relacionado  con  la  eventual  fuga  de  los  secuestradores,  máxime cuando consta en autos que el personal del Gaula llevó  a  cabo  múltiples  allanamientos  y efectuó la retención de varias personas,  algunas   dejadas  posteriormente  en  libertad,  sin  que  ello  ocurriera  con  CARVALLIDO             MEJÍA.   

         

         En  este  orden  de  ideas,  concluye  el  censor,  se vulneró el  derecho  de defensa al omitirse la práctica de la aludida prueba, con la que se  habría demostrado la inocencia.   

         Adicionalmente,  dicha  garantía  también  resultó  quebrantada  cuando  el  Juzgado  Regional  de  Cúcuta  citó  para sentencia encontrándose  pendiente    la   ampliación   de   indagatoria,   en   la   que   CARVALLIDO  MEJÍA habría disipado las  inconsistencias  que los juzgadores invocaron luego para fundamentar el fallo de  condena;  omisión que mal puede imputarse al sindicado, pues el paro carcelario  por  razón  del  cual  no  fue  conducido para la diligencia, promovido por los  reclusos, en manera alguna fue responsabilidad suya.   

         Señala   como   normas   infringidas  los  artículos  29  de  la  Constitución  Política,  304  del Código de Procedimiento Penal anterior, 8º  10  y  11  de  la Declaración Universal de Derechos Humanos, y 14-2º del Pacto  Internacional de Derechos Civiles y Políticos.   

         Por  todo  lo  anterior,  pretende  de la Corte la declaratoria de  nulidad   parcial   del   proceso   a   partir   del   auto   que   citó   para  sentencia.   

         Cargos subsidiarios.   

         El  impugnante eleva en subsidio dos cargos al amparo de la causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  por  violación  indirecta  de la ley  sustancial  como  consecuencia  de  errores  de  hecho en la apreciación de las  pruebas.    La  presentación  y desarrollo de tales censuras, con las  que  pretende  de  la Corte que case el fallo recurrido y en su lugar absuelva a  su asistido, es pues el siguiente.   

         Primer  cargo.               

         Acusa  inicialmente  que  el  Tribunal  Nacional no tuvo en cuenta  pruebas  con  capacidad  para  demostrar la inocencia del procesado CARVALLIDO   MEJÍA.                 

         Los  medios  de persuasión que indica omitidos los hace consistir  en  los  siguientes hechos: En la vivienda donde fue rescatada la víctima no se  hallaron  las capuchas que los secuestradores utilizaron siempre para cubrir sus  rostros;  la  descripción  morfológica de los secuestradores difiere de la del  sindicado      CARVALLIDO      MEJIA;  los  agentes  del  Gaula  realizaron múltiples allanamientos y  capturaron  a  varias  personas,  algunas  de  ellas  dejadas  en  libertad; las  declaraciones  de  los  habitantes  del  barrio  informan  que los individuos se  fugaron  antes  del  arribo  de  las autoridades, confirmando así las similares  impresiones  de  la víctima; los plagiarios tenían planeada la fuga en caso de  presentarse  la Policía o la fuerza pública; se prescindió de la declaración  de  Paulina  Cediel  quien atestiguó sobre las circunstancias de la captura del  citado,   no   se   analizó   la   constancia  de  la  empresa  Coochoferes  de  Barrancabermeja  sobre  la  actividad laboral del acusado, ni los testimonios de  los  compañeros  de  aquél,  quienes  confirmaron que se encontraba trabajando  durante los días de cautiverio de la ofendida Méndez de Lizcano.   

         Sin  mencionar  las anteriores pruebas, el Tribunal para sustentar  la     condena     argumentó     el     sorprendimiento     de     CARVALLIDO  MEJÍA en flagrancia, como  lo  atestiguaron el oficial Aldana Granados y los agentes Edgar Mosquera y Romel  García.   Adujo  que  las  afirmaciones  de  los  miembros del Grupo Gaula  quedaron  corroboradas  con  la  versión  de  la  víctima,  el  rescate  y  la  incautación  de  las  armas;  y  finalmente, que el relato del acusado resultó  infirmado  a  través  de los testimonios de los uniformados y  de su novia  Yoelma  Cediel Lozano, restándole además toda incidencia al resultado negativo  del reconocimiento en fila de personas.   

         En  el  capítulo destinado a demostrar la trascendencia del yerro  acusado,  el libelista indica que en el proceso existe prueba irrefutable de que  los  captores siempre cubrieron sus rostros, como atestiguó la plagiada Méndez  de  Lizcano,  sin  embargo,  durante  el  operativo  de  rescate  y  a pesar del  minucioso  registro de la vivienda no se encontraron las capuchas, circunstancia  que permite concluir que los secuestradores lograron fugarse.   

         Esta  demostración  adquiere particular incidencia si se tiene en  cuenta,  conforme  atestiguó  también  la  ofendida, que sus custodios tenían  planeado  fugarse  por  la  parte  trasera de la vivienda en caso de advertir la  presencia  de la fuerza pública, como dedujo había ocurrido ante la actitud de  los  delincuentes  cinco  minutos  antes  del  arribo  de las autoridades.    

         Así  las cosas, colige el demandante,  la  hipótesis de la fuga constituye una realidad y resulta insulsa la subjetiva  apreciación  del  Tribunal  cuando  erradamente  sugiere  la  confabulación de  sindicados, testigos y defensores para edificarla en el proceso.   

         Adicionalmente,  Amparo  y  Carlos  Alberto Barrera, vecinos de la  vivienda  utilizada para el cautiverio, en las declaraciones rendidas en la fase  de  juzgamiento  atestiguaron  que  antes  de  la presencia de los agentes de la  Policía  observaron  a  unos  individuos  saltar  por  los  muros.   Estos  testimonios  no  fueron tenidos en cuenta por el Tribunal no obstante ser dignos  de  credibilidad,  entre  otras, razones ante la coincidencia que guardan con el  dicho  de  la  víctima,  como  también ocurrió con las declaraciones de Fanny  López,   Adela  Archila,  Silvestre  Jaimes,  Elsa  Abril  y  Reinaldo  Molina,  habitantes  todos  del  barrio  Kennedy de la ciudad de Barrancabermeja, quienes  manifiestan  que  el personal del Gaula allanó varias viviendas en busca de los  encapuchados.   

         Destaca  por otra parte, que CARVALLIDO  MEJÍA  desde  la indagatoria aseguró laborar en la  empresa  Coochoferes,  haber  trabajado  para  la  fecha del secuestro, y que su  aprehensión  se  llevó  a  cabo en inmediaciones de la residencia de la novia;  sin  embargo,  el  Tribunal  en el fallo impugnado no tuvo en cuenta las pruebas  que corroboran su dicho.   

         El  censor alude en este punto, concretamente, a la certificación  expedida  por  la  sociedad  Coochoferes  Ltda, referida al vínculo laboral del  acusado  con  tal empresa.  Así mismo, a las declaraciones de William Arce  y  Fidelino  Rangel,  compañeros  de  trabajo  de aquél y quienes atestiguaron  sobre   los   turnos   cumplidos   por   CARVALLIDO  MEJÍA los días 14 y 21 de diciembre; y finalmente,  al  testimonio  de  Jorge  Alberto  Cortés,  gerente de la empresa.  Estas  pruebas  resultan demostrativas de la ocupación lícita del implicado de marras  para  la  época  de  la  conducta  punible  investigada, mediante las cuales se  corroboran  además  las  versiones  de  Paulina  Cediel y Yoelma Cediel, cuando  afirman  que para el 22 de diciembre de 1996, el capturado se dirigía a su casa  a  cambiarse  de  ropa  para  después  cumplir  con  su horario de trabajo, que  tampoco  fueron  apreciadas  por  el  Tribunal  Nacional al proferir el fallo de  condena.   

         El  censor  se  refiere  también  a  la prueba que revela que los  rasgos  físicos  de quienes custodiaban a la plagiada difieren de la fisonomía  de   CARVALLIDO  MEJÍA,  aspecto  en el que coteja las descripciones brindadas por la víctima Méndez de  Lizcano con los datos existentes en autos del citado.   

         Endilga   aquí   el   quebranto   de  los  artículos  29  de  la  Constitución Política y 254 del anterior estatuto procesal penal.   

         Segundo cargo.   

         Con  fundamento en la causal primera de casación, cuerpo segundo,  el  defensor  acusa  el  error  de  hecho derivado de la distorsión material de  varias pruebas.   

         En  la  concreción del reparo señala que el Tribunal no analizó  profusamente  el  testimonio de la víctima, pues se limitó a asegurar en forma  genérica  que “corroboraba el Gaula”.   Precisa  que  no existe contradicción en haberse acusado  la  omisión  de  “pruebas que se desprenden en la  declaración  de  la  víctima,  al  tiempo  que  se  presenta  como un error el  evidente  hecho  de  la  tergiversación  de  su  contenido material, pues   ciertamente  estamos  frente  a  ambas  clases  de error de hecho”.   Por  tal circunstancia, afirma el censor, se trata de dos  cargos   complementarios,   donde   se   exige   reiterar   en  el  segundo  las  argumentaciones que fundamentan el primero.   

         Transcribe apartes del contenido de la  declaración   de   la   víctima  Méndez  de  Lizcano  para  colegir  que  fue  distorsionada  en  su contenido material, porque contrario a lo asegurado por el  fallador  ad  quem  no  confirmó  el  informe del operativo en lo atinente a la  captura  en flagrancia de los secuestradores, más aún, en la ampliación de su  testimonio  afirmó  que no supo lo sucedido con los delincuentes.  Tampoco  señaló     a    CARVALLIDO    MEJÍA  como  uno  de sus captores, y si bien nunca observó sus rostros  porque   siempre   los   cubrían,   brindó   de  ellos  unas  características  morfológicas que difieren de las de dicho procesado.   

         La  trascendencia  del  error en la apreciación del testimonio de  la  ofendida  es  pues  manifiesta,  porque muestra que las únicas versiones de  cargo,  rendidas  por  el  personal  del  Gaula,  surgen  antagónicas  a las de  aquella.   

         Advierte  por  otra  parte, la distorsión de las declaraciones de  los  agentes del Gaula, pues el Tribunal a partir de la solitaria afirmación de  Edgar  Mosquera  en el sentido de haber rodeado la vivienda que servía de lugar  de  cautiverio,  descarta la fuga de los secuestradores, pasando por alto que de  las  pruebas  recaudadas  en  el  proceso  se  sabe  que  cuando  arribaron  las  autoridades   los  antisociales  ya  se  habían  evadido,  como  el  demandante  encuentra  demostrado  en  autos  a  través  de  los testimonios de la plagiada  Méndez de Lizcano y de los hermanos Barrera.   

         Agrega  que  el  rescate y la incautación de las armas, en cuanto  se  le  confirió valor para corroborar la versión de la captura en flagrancia,  denota  otro  error  de  hecho  en la apreciación de la prueba, pues tal suceso  carece   de   relación   de   causalidad  con  el  compromiso  de  CARVALLIDO  MEJÍA en la comisión del  delito.   

         Plantea  que  el  Tribunal  tergiversó  la declaración de Yoelma  Cediel  cuando  asegura  que  infirmó  en  buena  parte  las  exculpaciones del  procesado  y  se  retractó  en  ampliación  posterior,  porque  cotejadas  las  versiones  de  aquellos,  adversamente a lo atestado por el juzgador ad quem, la  deponente  siempre corroboró en lo esencial el dicho del sindicado, esto es, en  lo    atinente   a   la   captura   de   CARVALLIDO  MEJÍA  el  22  de  diciembre  de  1996  frente a su  residencia.   Además,  no  es  cierto  el  endilgado  retracto,  porque la  deponente  tan sólo aclaró y amplió su recuento manteniéndose en esos hechos  fundamentales.   

         Tampoco   acertó  el  Tribunal  en  el  alcance  conferido  a  la  indagatoria    de    MATILDE   GUZMÁN,   pues   si   bien   inicialmente  comprometió  a  CARVALLIDO  MEJÍA  en la comisión de  los  delitos  investigados, en la ampliación posterior rectifica tal acusación  y  aclara  que  fue  determinada  por  la  manipulación de un miembro del Grupo  Gaula.   Este  relato  final,  afirma el demandante, encuentra apoyo en las  restantes pruebas acopiadas.   

         Por  último,  el  censor  señala  como  normas  infringidas  los  artículos 247 y 248 del Código de Procedimiento Penal anterior.   

         3.   Demanda  en defensa de ADOLFO  RODRÍGUEZ ARCHILA.   

         Primer cargo.   

         El  reparo  inicial del demandante se presenta por la misma causal  y  con  idénticos  fundamentos  del  cargo  de  nulidad  postulado en el libelo  allegado  en  defensa  de MATILDE GUZMÁN.   Esto  es, al amparo de la causal tercera de casación, se  acusa  aquí  también  la  sentencia del Tribunal de haber sido proferida en un  juicio  inválido  por  menoscabo  del  derecho  de  defensa,  derivado  de  las  advertencias  efectuadas  al  sindicado durante la diligencia de indagatoria, en  las que el censor atisba una coacción indebida.   

         Por  el  motivo indicado, la Sala se remite a la reseña efectuada  en precedente acápite.   

         Cargos subsidiarios.   

        El  recurrente eleva  en  subsidio  dos  cargos  al  amparo  de la causal primera de casación, cuerpo  segundo,  por  violación indirecta de la ley sustancial, derivada de errores de  hecho  cometidos en la apreciación de las pruebas.   La presentación  y  desarrollo  de  tales  censuras, con las que pretende de la Corte que case el  fallo  impugnado  y  en  su  lugar absuelva a su asistido, se reseña entonces a  continuación.   

       Primer         cargo.   

         El  censor alega la omisión de pruebas que obran materialmente en  el  proceso, concretamente, de las siguientes:  En el informe del operativo  se   indica   que   RODRÍGUEZ  ARCHILA  no  fue  aprehendido en flagrancia, por lo tanto, su captura fue  ilegal;  la  descripción  morfológica  de  los  secuestradores  difiere  de la  consignada  en  la  indagatoria del sindicado; las declaraciones de las personas  que  residían con el acusado y de su compañera marital, quienes relatan que el  personal  del  Gaula  allanó  su  residencia  en  búsqueda  de  un  prófugo y  señalaron  que  aquél  fue  sacado  de  su  propia  cama  cuando  dormía; los  testimonios  de  compañeros  de trabajo, familiares y vecinos que dan cuenta de  la  actividad  lícita  del  procesado, incluso el día anterior al operativo; y  que  los  agentes  de  la Policía ni la ofendida declararon haberlo visto en el  interior de la vivienda que servía de lugar de cautiverio.   

         Refiere  a  las  pruebas sobre las cuales el Tribunal sustentó la  condena,  esto  es, que fue visto por agentes del Gaula frecuentando la vivienda  donde  era  retenida  la plagiada, las inverosímiles explicaciones que brindó,  ajenas  a todo respaldo en autos y desvirtuadas además con las declaraciones de  la     implicada    MATILDE    GUZMÁN y de su hermano Abel Antonio Rodríguez.   

        En   el  capítulo  destinado  a  demostrar  la  trascendencia  del  yerro  acusado  destaca que las  descripciones  efectuadas  por la víctima respecto de sus captores no coinciden  con  las  características  físicas  de  RODRÍGUEZ       ARCHILA.   Así  mismo,  que de acuerdo con el informe del operativo  aquél  fue  capturado  en  un lugar distinto, tanto así, que los agentes José  Edgar  Mosquera  Mosquera  y Romel Eduardo García García nada atestiguan sobre  su aprehensión.   

        En  contraste,  la  inocencia   de  RODRÍGUEZ  ARCHILA   surge  de  las  declaraciones  de  Silvia  Rosa Guzmán, compañera del acusado, quien confirmó  en  todo  la  versión de aquél, máxime que su dicho encuentra respaldo en los  testimonios  de  sus  vecinos  Silvestre  Jaimes  Villamizar,  Silvestre  Jaimes  Gélvez,  Luz  Nidia  Grisales  y Fanny López Grisales, no mencionados siquiera  por el Tribunal.     

       Por  otra  parte,  el  fallador ad quem tampoco  tuvo  en  cuenta  las  versiones  de  Vicente  Afanador  Zárate,  Marco Antonio  Rodríguez  y   Martín  Díaz Cadavid, quienes lo respaldan en cuanto a la  actividad  desarrollada para la época de la captura, ni los documentos alusivos  a  la  relación  laboral  del  encausado;  elementos  de  juicio  que valorados  integralmente  muestran  con  absoluta  seguridad  que el implicado de marras no  participó en las conductas punibles investigadas.   

         

          Cita  como  normas  infringidas  los  artículos   180  numeral  4º,  247,  254,  294,  333  y  445  del  Código  de  Procedimiento Penal.    

       Segundo cargo.   

       En   esta  segunda  censura  el  demandante  alega  la  distorsión  de la  prueba  allegada  al  expediente, concretamente, de los testimonios rendidos por  los  agentes  del Grupo Gaula que intervinieron en el operativo concluido con el  rescate de la víctima .   

       En  la  sustentación del reparo, el impugnante  plantea   que   el   Tribunal   afirma   que  el  sindicado  ADOLFO  RODRÍGUEZ       ARCHILA  fue  visto  acudir  frecuentemente  al lugar de cautiverio de la  víctima;  sin embargo, tal aseveración no encuentra apoyo en las declaraciones  de  José Edgar Mosquera Mosquera y Romel Eduardo García García, quienes entre  otros  aspectos,  simplemente  expresaron  su conformidad con el informe rendido  por el Mayor Aldana Granados.     

       Idéntico  desatino  encuentra  configurado  en  relación  con  el  testimonio de Abel Rodríguez Archila, porque no se analizó  conjuntamente  la  declaración inicial y su ampliación posterior, ni de manera  integral  con  las  restantes pruebas, para sostenerse entonces de manera errada  que  desmintió  al procesado en las actividades que este último aseguró haber  realizado el día anterior a su captura.     

        Por último, reitera  aquí  también fueron infringidos los artículos 180 numeral 4º del Código de  Procedimiento     Penal     anterior,    247,    254,    294,    333    y    445  ejusdem.   

CONCEPTO   DE   LA  PROCURADURIA   

         El  Procurador  Tercero  Delegado  conceptúa  sobre  las censuras  erigidas  a  la  legalidad  del  fallo  de  segundo grado en los términos que a  continuación se reseñan.   

         1.           Demanda      presentada     en     defensa     de     MATILDE GUZMÁN.   

          Primer   cargo   de   las   demandas  presentadas     en     defensa     de     MATILDE  GUZMÁN    y   ADOLFO  RODRÍGUEZ ARCHILA.   

         Las  constancias  que se leen en las diligencias de indagatoria de  MATILDE      GUZMÁN,      ADOLFO     RODRÍGUEZ  ARCHILA  y  de los demás procesados contiene cuando  menos   dos   crasos   errores   de  interpretación  del  artículo  33  de  la  Constitución  Política.   En  primer término, el fiscal considera que si  el  sindicado  toma  libremente la decisión de declarar, renuncia al derecho de  no  autoincriminación.   De  otra  parte,  que si falta a la verdad en sus  manifestaciones  podría  incurrir  en  los delitos de favorecimiento ilícito y  fraude procesal.   

         Así   las   cosas,  el  funcionario  instructor  olvidó  que  de  conformidad  con  la  precitada  norma,  que  encuentra  desarrollo  legal en el  Código  de  Procedimiento Penal, la indagatoria debe recibirse sin juramento ni  apremio  para  permitir  el  ejercicio de la defensa material de manera amplia y  sin  que  el  implicado  se  enfrente  a la expectativa de ser perseguido cuando  falta   a  la  verdad  o  trata  de  evadir  su  responsabilidad  en  el  delito  investigado.  En  fin,  puede asumir múltiples actitudes, donde la mentira y el  silencio   se  legitiman  dentro  de  un  sistema  probatorio  protector  de  la  presunción de inocencia y del derecho a no autoincriminarse.   

         En  este  orden  de  ideas,  si  el  indagado  es conminado con el  eventual  sometimiento  a  la  pena  correspondiente  a  un delito si falta a la  verdad,  se  configura  una forma de intimidación sutil que vicia de nulidad la  diligencia recibida.   

         Trae  a  colación  la  sentencia  C-621  de  1998, que si bien es  posterior  a  las  diligencias  realizadas,  en  cuanto  declaró inexequible la  exhortación  que  permitía  el  artículo  357  del anterior estatuto procesal  penal,  ilustra de todos modos sobre la vulneración de la garantía fundamental  por parte del fiscal que recibió las indagatorias.   

         Reseña  las  respuestas  de  los  falladores al pedido de nulidad  elevado  por  los  apoderados con fundamento en la irregularidad comentada, para  afirmar  que  el  Tribunal  se abrogó la facultad de interpretar y corregir las  expresiones  utilizadas  por  el  Fiscal  Regional,  pasando  por  alto  que  la  violación  del derecho de defensa se inició con la consideración de que si el  sindicado   declara   renuncia   a   su  derecho  a  la  no  autoincriminación.   

         Advierte   que  no  se  trata  del  simple  incumplimiento  de  un  formalismo,  sino  de  la  aceptación  del  derecho  de defensa como uno de los  pilares  fundamentales  sobre  los cuales se edifica el proceso penal.  Por  lo  tanto,  solicita  a  la Corte declarar la nulidad de la actuación desde las  indagatorias  recibidas  a  los procesados en cuyo favor se presentó la demanda  de casación, extensiva además a los no recurrentes.   

         Segundo  cargo de la demanda presentada en defensa de MATILDE GUZMÁN.   

         El  reparo  quedó en el mero enunciado, pues el censor se limitó  a  sostener  que  la  prueba  fue  valorada  en forma errada sin identificar los  medios  demostrativos  objeto  del  desatino.   De  igual modo, formula una  serie   de   elucubraciones   orientadas  a  obtener  el  reconocimiento  de  la  circunstancia  eximente  de  la  responsabilidad, que el demandante estructura a  partir  de la indagatoria y de los testimonios que se refieren a las condiciones  de     perturbación     del     orden     público     en    la    ciudad    de  Barrancabermeja.   

         Por  otra  parte,  el  libelista  acusa  el desconocimiento de las  reglas  de la sana crítica, al parecer aludiendo al falso raciocinio, pero esta  hipótesis   también   resulta  descartada  porque  no  se  advierten  alegatos  concretos  acerca  de  la forma cómo el sentenciador construyó equivocadamente  sus  conclusiones.    Más  aún, frente a cada uno de los componentes  de  tal  método  de  valoración  probatoria,  el  actor simplemente expresa su  propia  interpretación de los hechos y la manera en la que debió entenderse la  situación de su defendida en la sentencia.   

         Por    falta    de    demostración,    el    cargo    debe    ser  desestimado.   

         2.    Demanda   presentada   en   defensa   de   NILSON CARVALLIDO MEJÍA.   

         Primer cargo.   

         El  defensor  solicita  la  nulidad  por violación del derecho de  defensa,  que  deriva  de  la omitida práctica de dos pruebas solicitadas en la  etapa  de  juzgamiento,  concretamente,  la  ampliación de indagatoria y la del  testimonio  rendido  por  el Mayor  Aldana Granados, que entiende apuntan a  desvirtuar  la  captura  en flagrancia referida en el informe de las autoridades  policiales.   

         En  la  réplica  de esta censura la Delegada señala de antemano,  que  el  Tribunal  no  le  otorgó  a  esa situación de evidencia probatoria la  importancia  que  el  demandante le atribuye, pues los fundamentos de la condena  se  completaron  con  otros  medios  de  persuasión,  al  punto  que  en  forma  hipotética  analiza  sobre  la  inexistencia  de la flagrancia para colegir, en  todo caso, la procedencia de la condena.   

         Acota  que  las dos pruebas fueron solicitadas por el apoderado de  CARVALLIDO  MEJÍA  y el  Juzgado  Regional  ordenó  su  práctica  a través de funcionario comisionado,  quien   realizó   de   manera   infructuosa   los   esfuerzos  necesarios  para  evacuarlas.   En  estas  específicas condiciones se diluye la vulneración  del  derecho  de  defensa,  máxime que los elementos de juicio echados de menos  habrían podido solicitarse en las fases anteriores del proceso.   

         En  lo  atinente  a  la  trascendencia  de  la  prueba omitida, la  Delegada  advierte  que  los  aspectos  que  se  pretendían  esclarecer  con el  interrogatorio  en  la  ampliación  del  testimonio  del  oficial   Aldana  Granados  fueron  objeto  de  la investigación y, respecto de ellos, nada nuevo  podía aportar el deponente.   

         Así,   tratándose   del   no   hallazgo  de  las  capuchas,  tal  circunstancia  fue  informada  en  oficio  del  14  de enero de 1997; y por otra  parte,  los  supuestos  allanamientos  a  otras viviendas del sector encontraron  explicación   en   la   indagatoria   del   también   sindicado   CORREDOR  GORDILLO,  quien  manifestó  haber  señalado a las autoridades que las armas se encontraban en la residencia  de  Blanca  Flor  Soto Cabrera, a donde se dirigieron los agentes de la Policía  en  busca  de tales artefactos, como fue confirmado a través de la declaración  de  esta  última.   En  síntesis,  la  prueba  prescindida se muestra sin  entidad  para  desvirtuar  por  sí  misma los fundamentos de la responsabilidad  predicada  del  acusado CARVALLIDO MEJÍA.   

         Idéntica  conclusión  presenta  en  punto  de  la ampliación de  indagatoria,  pues  el  censor  se  conformó  con señalar que mediante ella se  pretendían  aclarar  algunas  contradicciones de su inicial declaración.   Adicionalmente,  aunque el procesado tiene derecho a solicitar la ampliación de  la  injurada,  cuando  las circunstancias impiden su realización y ésta apenas  constituye  una  corroboración  de  la versión anterior o una oportunidad para  insistir  en  la  inocencia,  no  puede considerarse que el funcionario judicial  vulneró la aludida garantía.   

         Por   todo   lo   anterior,   el   reparo   formulado   no   puede  prosperar.   

         Segundo cargo.   

         El  libelista  plantea  el  error  de  hecho  por  falso juicio de  existencia,  pero  en  la  sustentación  del  cargo  lo que denomina pruebas en  realidad  constituyen hechos o circunstancias derivadas del análisis de algunos  medios  demostrativos.  En  esta medida, entonces, el ataque se torna inepto por  traducirse en una crítica del razonamiento del sentenciador.   

         Además,  como los aspectos invocados por el recurrente no afectan  la  materialidad  de  una prueba, sino que en caso de presentarse constituirían  una  distorsión  de  su contenido, alegable en casación al amparo del error de  hecho  por falso juicio de identidad, surge evidente la inapropiada formulación  que se hizo del reproche.    

         Estas circunstancias, en todo caso, las  utiliza  el  casacionista  para  construir la hipótesis de la fuga que favorece  los  intereses  del  procesado, sin constatar el error en la apreciación de las  pruebas,  quien  en su afán por demostrar el dislate alegado pretende que a una  expresión  de  la víctima se le asigne el carácter de prueba suficiente de la  evasión,  cuando  se  trataba  de  una  simple  deducción  de  la deponente no  vinculante  para  el  juez  por  constituir  un  elemento de juicio atendible al  momento de discernir la credibilidad del testimonio.    

         Tampoco las declaraciones recaudadas en  la  etapa de la causa y que dan cuenta de la supuesta fuga de los secuestradores  fueron  desconocidas  por  el  juzgador,  tal  como se observa de la lectura del  fallo,  de ahí que el descontento del censor se concrete en la apreciación que  se  hizo  de  ellas, como también ocurre con los testimonios de los compañeros  de   trabajo   de   CARVALLIDO   MEJÍA, de Paulina y Yoelma Cediel.   

         

         El  error denunciado no encontró demostración, por consiguiente,  el reparo en modo alguno prospera.   

         Tercer cargo.   

         A  pesar  de  las  justificaciones  del demandante, los cargos son  efectivamente  contradictorios así se hayan presentado en forma separada.   En  efecto,  en  el  precedente  reproche  afirmó  que  varias  pruebas  fueron  desconocidas  por  el  fallador  y, en el presente, afirma que las mismas fueron  tomadas en cuenta pero con tergiversación de su contenido.   

         Además  de la impropiedad anterior, el actor no indica las normas  de  derecho  sustancial  infringidas  por  vía  mediata,  sólo alude a algunas  disposiciones  de  carácter  procesal que en su opinión se desconocieron en la  valoración de las pruebas.   

         De  todas  maneras, en la sustentación del cargo el demandante no  logra  el  cometido  de demostrar la tergiversación del contenido de los medios  de  persuasión  aportados  al  proceso, pues se limita a transcribir algunas de  las  declaraciones  allegadas  a  los autos sin acreditar que fueron modificadas  por   los   sentenciadores.    Más  aún,  presenta  su  propio  análisis  probatorio   que  enfrenta  luego  a las conclusiones igualmente razonables  del  fallador,  pasando  por  alto que se deben preferir las de este último por  venir la sentencia precedida de la presunción de acierto.   

         Así    las    cosas,    el    cargo    no    está    llamado   a  prosperar.   

         3.           Demanda      presentada     en     defensa     de     ADOLFO RODRÍGUEZ ARCHILA.   

         Segundo cargo.   

         Denuncia  el recurrente que varias pruebas aportadas al expediente  y   demostrativas  de  la  inocencia  de  RODRÍGUEZ  ARCHILA  fueron desconocidas por los juzgadores, pero  en  la  sustentación del reparo enuncia las declaraciones que dan cuenta de las  actividades  realizadas  por  el procesado el día anterior a su captura y sobre  las   circunstancias   de  la  misma,  que  fueron  tomadas  en  cuenta  por  el  sentenciador para restarles credibilidad.   

         Adicionalmente,  estas  pruebas  que el demandante reputa omitidas  no  tenían  capacidad  suficiente para desvirtuar el juicio de responsabilidad,  sustentado  en  el  ingreso  frecuente  del  sindicado  a la residencia donde se  encontraba  la  víctima  para que su hijastra conversara con esta última, como  lo   atestiguó   la  plagiada  Méndez  de  Lizcano,  menor  que  también  fue  aprehendida  durante  el  operativo  y  puesta  a  disposición  de  la justicia  especializada competente.   

         No  demuestra  el  censor el reparo formulado, en consecuencia, no  prospera.   

         Tercer cargo.   

         El  libelista  acusa  la  distorsión  de las declaraciones de los  agentes del Gaula y la rendida por Abel Rodríguez Archila.   

         Ahora  bien,  puede  ser  verdad que los agentes de la Policía no  relataron   haber   visto   a   RODRÍGUEZ  ARCHILA  entrar  al  lugar  de  cautiverio de la víctima del  secuestro,  pero  de  la sentencia se esclarece que tal afirmación del Tribunal  se  sustentó  en  el  contenido  del  informe  rendido  por  el  Jefe del Grupo  Gaula.    En  fin,  en  modo  alguno  se  cambió  el  contenido  de  tales  exposiciones,  tal  desatino  lo  agrega  el  censor para tratar de respaldar la  impugnación.   

         Lo  mismo  sucede  con el análisis que hace de la declaración de  Abel  Rodríguez Archila, hermano del procesado, a quien el Tribunal simplemente  no  le  concedió  credibilidad porque luego de cierto tiempo afirma recordar en  detalle  las  actividades  de  aquél  el  día  anterior a la captura, pero sin  distorsionar   en   momento   alguno  el  sentido  de  lo  expresado  por  dicho  declarante.   

         En  síntesis,  como el cargo no encontró demostración, debe ser  desestimado.   

         Casación oficiosa.   

         El  Procurador  Delegado  solicita a la Sala que case de oficio la  sentencia  impugnada  dada  la  transgresión  de  la  garantía  fundamental de  interdicción  de  la  reforma  peyorativa.   Lo  anterior,  porque  en  su  opinión  la consulta en los términos del artículo 206 del anterior Código de  Procedimiento  Penal,  subrogado  por  el  artículo  29  de  la Ley 81 de 1993,  procedía  cuando  no había sido interpuesto recurso alguno contra el fallo del  a quo.   

         En   este  orden  de  ideas,  cuando  el  Tribunal  modificó  las  sanciones  deducidas  a  los procesados siendo apelantes únicos, desconoció la  prohibición  contemplada  en  el  artículo  217  ibídem, desarrollo legal del  artículo  31  constitucional.   En consecuencia, la Corte deberá casar la  providencia  recurrida y en la que dicte de remplazo fijar la pena en los montos  precisados por el juez de primera instancia.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

         1.   Demanda en defensa de MATILDE  GUZMÁN.   

         Primer cargo.   

         La  Sala  brindará  respuesta conjunta al cargo de nulidad que el  defensor   común   de   los   procesados   MATILDE  GUZMÁN    y   ADOLFO  RODRÍGUEZ  ARCHILA  eleva  en  los  sendos  libelos  presentados  en  representación  de  aquellos,  pues  la identidad en el motivo  argüido  para  reclamar  la  invalidación de lo actuado al amparo de la causal  tercera  de  casación,  así  como en los argumentos que le brindan sustento al  reparo  erigido  a  la  legalidad  del  fallo  de segunda instancia, permiten la  réplica unificada que aquí se anuncia.   

         El  recurrente  en  pretensión  apoyada  por  el  Delegado  de la  Procuraduría,   solicita   la   nulidad  de  la  actuación  a  partir  de  las  indagatorias  de  sus  asistidos.   Argumenta en sustento la violación del  derecho  de  defensa  y  hace  consistir  la  irregularidad  que  conculca dicha  garantía,  en  las advertencias que el fiscal receptor de tales diligencias les  efectuó   a  los  sindicados  antes  de  interrogarlos  sobre  los  hechos  que  determinaron  sus  vinculaciones  al  proceso, en las que encuentra, no sólo el  desconocimiento  de  las  formalidades exigidas en el artículo 358 del estatuto  instrumental   penal   anterior,  sino  también,  una  forma  de  intimidación  “para   arrancarle  con  este  procedimiento…la  confesión”    a    la    citada    GUZMÁN,  y  obtener  que  el indagado  RODRÍGUEZ    ARCHILA  “se         autoincriminara”.   

         La  realidad  de  la  informalidad  acusada  en  manera  alguna se  discute,  pues  en  las  actas  de  las  diligencias  referidas,  como  también  aconteció  con  los  demás  sindicados,  el  Fiscal  bajo  cuya  dirección se  adelantaron,  en  cumplimiento  de  las  previsiones  otrora  contenidas  en  el  artículo  358  de  la  derogada  codificación procedimental penal y durante la  vigencia  de  dicha  norma,  esto  es,  antes  de  su  declaratoria  parcial  de  inexequibilidad  a  través  de  la sentencia C-621 de noviembre 4 de 1998, M.P.  Dr.  José  Gregorio  Hernández  Galindo,  les  hizo las advertencias  que  allí  se  contemplaban,  concretamente  y al tenor de la constancia respectiva,  “que  se  les  va  a  recibir una declaración sin  juramento,  y  libre  de  todo  apremio, no está obligado a declarar contra sí  mismo,  ni  contra  sus  parientes  dentro  del  cuarto grado de consanguinidad,  segundo  de  afinidad  y  primero  civil,  ni  contra  su  esposa  o  compañera  permanente,  así  mismo  que  tiene derecho a que esté asistido y representado  por  un  abogado y en cado de no tenerlo, el Despacho le asignará a un (sic) de  oficio…”   (fs.  32,  43,  56  y  65,  cd.  1).   

         Sin  embargo,  a  renglón  seguido  y  a  pesar  que  lo  anotado  resultaba  suficiente  para  satisfacer  las  exigencias  de la precitada norma,  encaminadas  a  imponer  a los indagados del derecho a la no autoincriminación,  de  la  eximente  del deber de declarar contra sus parientes cercanos, así como  de  las  condiciones en las cuales iban a ser escuchados en descargos, libres de  todo   apremio  y  sin  juramento,  el  instructor  agregó:   “…con  el  objeto  de  garantizar  el  derecho de defensa y de  conformidad  con el artículo 33 de la Constitución Nacional debe manifestar si  es  su voluntad declarar o no, que si lo hace está renunciando al derecho de no  autoincriminación  y  debe  declarar  sin juramento, pero con la advertencia de  que  si falta a la verdad podría estar incurso en los delitos de favorecimiento  ilícito y fraude procesal…”.   

         La  impropiedad  de  las  advertencias efectuadas en los términos  transcritos   surgen   evidentes   y   revelan,  a  no  dudarlo,  el  equivocado  entendimiento  del  funcionario  judicial  sobre  el  sentido  y  alcance  de la  garantía  consagrada  en  el  artículo  33  de la Constitución Política y su  desarrollo  legal  en  el  artículo  357  antes  citado  del  estatuto procesal  anterior.   En  primer  término,  porque en manera alguna la decisión del  sindicado  de  rendir  la  injurada  apareja  la  renuncia  al  derecho  a la no  autoincriminación,  ni  el faltar a la verdad en ella, salvo que formule cargos  contra  terceros  y  se  ratifique bajo la gravedad del juramento, cuando a ello  hubiere  lugar,  le  puede  generar consecuencias en el ámbito punitivo, que en  todo    caso,   no   serían   tampoco   las   señaladas   en   la   constancia  transcrita.   

         Sin  embargo,  en  la formulación del reparo, como también en la  apreciación  de  la  Delegada, se pasa por alto que no toda informalidad genera  la  invalidación  de  lo  actuado,  pues  en  materia  penal  las  nulidades se  encuentran  regidas  entre  otros  principios  y  al tenor del artículo 308-2º  ibídem,  bajo  cuya  vigencia  se  adelantó  este   proceso,  por  el  de  trascendencia,  de  conformidad  con  el  cual  en  manera  alguna  basta con la  configuración  del  vicio de actividad acusado, sino que es necesario acreditar  además  que  el mismo resulta sustancial, esto es, que afecta las garantías de  los  sujetos procesales o desconoce las bases fundamentales de la instrucción y  el    juzgamiento,    condición    echada    de    menos    en   la   advertida  irregularidad.   

         En  efecto, de manera paralela a estas desafortunadas constancias,  surge  como  una  realidad  que de modo alguno se aborda en la sustentación del  reproche,  la  presencia  de  los defensores profesionales en las diligencias de  indagatoria,  a  través de quienes se garantizó en concreto, efectivamente y a  pesar  de  dichas  advertencias,  que  los  procesados  no  fueran  sometidos  a  coacciones  ni  intimidaciones  de  ninguna  naturaleza  en sus sendas versiones  sobre  lo ocurrido, ni siquiera a preguntas capciosas o sugestivas encaminadas a  lograr su confusión.    

         Tanto  es  así, que contrario a lo argumentado por el impugnante,  mal  puede  sostenerse que la confesión calificada de la sindicada MATILDE  GUZMÁN,  vertida  desde  esa  aparición   inicial   en  autos,  hubiese  sido  producto  de  las  equivocadas  conminaciones  del  funcionario  judicial a las que se viene refiriendo, pues en  esta  diligencia  admitió  el rescate de la víctima del secuestro en su propia  vivienda  y donde fue capturada, justificando su proceder mediante la alegación  del  constreñimiento  del  cual  adujo  había  sido  víctima por parte de los  custodios  de  la  plagiada Méndez de Lizcano, versión en la que se sostuvo en  posterior  ampliación, evacuada también en presencia de su apoderado y sin las  desatinadas   prevenciones   atrás   comentadas,   para  retractarse  única  y  exclusivamente     de     los    cargos    elevados    primigeniamente    contra  terceros.   

         

         En   cuanto  al  sindicado  RODRÍGUEZ  ARCHILA,   tampoco   puede   atisbarse   que   las  cuestionadas  exhortaciones  se  hubiesen  traducido  en  una  efectiva  y  real  intimidación  con  suficiencia  para  quebrantar la libertad de su exposición,  como  quiera  que  desde  entonces  y  en  posición  mantenida  en el curso del  proceso,  se  declaró  ajeno  por  completo  a  la  comisión  de las conductas  punibles investigadas.   

         En  conclusión, por los motivos esbozados, esto es, ante la falta  de  trascendencia  de la irregularidad acusada, los cargos de nulidad en los que  se    coincide    en    las    demandas    de    los   sindicados   GUZMÁN       y      RODRÍGUEZ       ARCHILA       no  prosperan.   

         Segundo cargo.   

         Le  asiste razón al Procurador Tercero Delegado cuando manifiesta  que  este  reparo  expresado  con  carácter  subsidiario  no  está  llamado  a  prosperar,  pues la Sala echa de menos la claridad exigida en la presentación y  desarrollo  de  la propuesta, a tal punto, que el desacierto endilgado de manera  antitécnica   al  fallador  ad  quem  en  la  apreciación  de  los  medios  de  persuasión  queda  reducido  a  un simple enunciado carente de demostración, a  través  del  cual se aspira a obtener de la Corte un control de instancia sobre  las conclusiones probatorias de los juzgadores.   

         En  efecto,  la  integración  de la proposición jurídica con la  que  el  censor pretende derruir la legalidad del fallo se muestra incoherente e  incompleta.  En  primer  término,  pues  ninguna mención hizo a las normas que  tipifican  los  delitos  imputados  a  su asistida, menos aún, al sentido en el  cual  resultaron  quebrantadas.  También involucró la infracción mediata  de  disposiciones  de  mero  carácter  procesal,  como  la  que  prescribe  los  requisitos  del  fallo  de  condena;  y  finalmente, en esta desordenada cita de  normas   dejó   entrever   postulaciones  excluyentes  porque  acusa  en  forma  simultánea  e indiscriminada el desconocimiento de los preceptos que contemplan  los  principios in dubio pro reo y de la investigación integral, sugiriendo con  este  último  postulado  un vicio de garantía, no el in iudicando enunciado al  formular el reproche.   

         Por  otra  parte,  cuando el actor acusa el desconocimiento de las  reglas  de  la  sana  crítica  en la valoración de las pruebas, sugiere que el  Tribunal  incurrió en una de las expresiones del error de hecho, concretamente,  en  el falso raciocinio, que como se precisó atrás no intentó demostrar en su  realidad  y  trascendencia  frente a la declaración de justicia contenida en el  fallo recurrido.   

         Ciertamente,  el  impugnante  no  identificó  siquiera los medios  demostrativos  objeto  del dislate denunciado en tales términos, menos aún, el  principio  de  la ciencia, la regla de la lógica o la máxima de la experiencia  que  resultaron  desconocidos, pues con la imprecisión advertida en un comienzo  se  limita  a  sostener  que  el  fallador no tuvo en cuenta la sociología y la  sicología  ni  las condiciones de quienes habitan en las zonas de conflicto del  territorio  patrio,  consignando  luego  planteamientos  a través de los cuales  opone  sus conclusiones personales e interesadas a las del Tribunal, en punto de  la  causal  eximente  de  la  responsabilidad  que  arguyó  la  acusada  en sus  intervenciones  en  autos  para  explicar  el  rescate  de  la  ofendida  en  la  residencia que habitaba.   

         En  otros  términos,  en  una alegación propia de los debates de  instancia,   empero   ajena  en  sede  de  casación,  donde  al  demandante  le  corresponde  demostrar  la  existencia  de  errores  trascendentes, esto es, con  entidad  para  variar  favorablemente  el  sentido de la decisión impugnada, el  defensor   de   la   implicada  GUZMAN  se  limita  a tomar la versión de aquella, en la que afirma haber  sido  constreñida  por  los  secuestradores  a  permitir  el  cautiverio  de la  víctima  Méndez  de  Lizcano  en  su residencia, planteamiento en el que alude  después  y  de  manera  abstracta  a  los  testimonios  que  desde  su  sesgada  perspectiva  entiende  que le brindan sustento, para erigir entonces la tesis de  inocencia  que  enfrenta  a  la  responsabilidad  que  los juzgadores coligieron  respecto  de  la  acusada  a  partir de los elementos demostrativos allegados al  expediente,  perdiendo  de vista que la simple discrepancia en torno a la fuerza  persuasiva  de  la  prueba  no  constituye  vicio  de  ninguna  naturaleza, pero  además,  que  la sentencia impugnada viene precedida de la doble presunción de  acierto  y  legalidad,  por  consiguiente,  que  en  situaciones  como  la aquí  expuesta el criterio del fallador prevalece.   

         El  libelista pasa por alto además en  este  enfoque de vana confrontación de criterios, que el supuesto excluyente de  la  culpabilidad alegado se descartó en la providencia impugnada a partir de la  versión  de la ofendida, “quien dijo que dentro de  la  casa  aquella  se  movía con libertad, era la encargada de salir a hacer el  mercado  y  se trataba en forma familiar con quienes la vigilaban”;  testimonio  que  en  las  decisiones  de  instancia  se afirmó  corroborado  a  través  de  las  versiones  de  Elsa  Abril  Cediel y Luz Nidia  Grisales     López,    quienes    en    el    relato    inicial    “dijeron  que  vieron  a Matilde salir y entrar normalmente a su  casa  durante  los  días  en  que permaneció en cautiverio la señora Virginia  Méndez  de  Lizcano”,  por  lo tanto, que para la  prosperidad  de  la  censura  le  correspondía  enjuiciar  cada  uno  de  estos  elementos de juicio que soportan la condena.   

         Por lo anteriormente expuesto, el cargo no prospera.   

         2.   Demanda  en defensa de NILSON  ANTONIO CARVALLIDO MEJÍA.   

         Primer cargo:  causal de nulidad.   

         Con  apoyo  en  la  causal  tercera  de  casación, el defensor de  CARVALLIDO  MEJÍA acusa  el  fallo  de  segundo  grado  de  haber  sido proferido en un juicio viciado de  nulidad  por violación del derecho de defensa, específicamente, por no haberse  practicado  las  ampliaciones  de la declaración del Mayor Solís Javier Aldana  Granados  ni  la  de  la  indagatoria  de  CARVALLIDO  MEJÍA,  solicitadas  por la defensa en la etapa del  juicio.   

         En  relación  con  tal  reparo,  sea  lo primero precisar, que el  Juzgado  Regional  atendiendo  la  solicitud de los defensores ordenó  las  dos  pruebas  a las cuales se alude en el libelo (fs.  52  y  94,  cd.  3),  cuya práctica se pretendió a  través  de funcionario comisionado en consideración al lugar de reclusión del  sindicado  y de ubicación laboral del declarante.  Con tal fin se libraron  entonces   en   forma   oportuna  las  respectivas  comunicaciones  (fs. 87 y 96, cd. 3).   

         El  Juzgado Primero Penal del Circuito de Bucaramanga, despacho en  el  que  recayó  la  evacuación  de la comisión, solicitó la ampliación del  término  inicialmente  otorgado para agotar las diligencias, solicitud a la que  accedió  el  funcionario  de  conocimiento  en  auto  del  19  de marzo de 1998  (f.  119  y  120, cd. 3),  pero  sin  que  en  el  lapso  originalmente  concedido  ni durante su prórroga  hubiese  sido  posible  la  realización  de  las diligencias. Tratándose de la  ampliación  del  testimonio  del oficial Aldana Granados, por encontrarse fuera  de  la  ciudad para la fecha señalada con tal fin, y respecto de la ampliación  de  injurada,  porque  el  detenido no fue remitido para la actuación debido al  estado  de  anormalidad  que  en   ese tiempo se presentaba en el centro de  reclusión      con      ocasión      de      la      llamada      “desobediencia  civil  promovida  y  organizada  por reclusos de  diferentes  cárceles  del  país” (fs. 140 y 141,  158 a 164, 260, cd. 3).     

           

         En  fin, por parte de los funcionarios  judiciales  se  desplegaron  los  esfuerzos  necesarios  y  razonables  para  la  práctica  de  las  pruebas  solicitadas,  pero  la efectiva realización de las  mismas  no  fue  posible  por circunstancias ajenas a los mismos, enfrentando el  Juzgado   de   conocimiento  además,  el  evidente  rebasamiento  del  término  legalmente   señalado   para   el   período   probatorio   en   la  etapa  del  juicio.   

         Adicionalmente   y   determinando  la  falta  de  prosperidad  del  reproche,  el  censor  no  demostró  la trascendencia de las pruebas dejadas de  recaudar,  esto es, que surgían fundamentales para las conclusiones fácticas o  jurídicas,  a  tal  extremo, que de haber sido incorporadas al proceso habrían  excluido  o  atenuado  por lo menos la responsabilidad pregonada en la sentencia  recurrida en relación con su representado.   

         En  efecto,  esa  incidencia  reflejada en la posibilidad seria de  que  la  prueba  omitida  tuviera  la capacidad para modificar favorablemente la  situación  jurídica del sindicado CARVALLIDO MEJÍA  no   puede   atisbarse,   como   lo   destacó   la  Procuraduría,  en  la  ampliación  del  testimonio  del Mayor Aldana Granados,  Comandante  del Grupo Gaula, a través de la cual se pretendía obtener claridad  sobre  hechos  irrelevantes o demostrados suficientemente en el proceso mediante  otros medios demostrativos.   

        Así,  en  lo  atinente al no hallazgo de las capuchas en el lugar  de  cautiverio de la víctima, el citado oficial mediante oficio del 14 de enero  de  1997  aclaró que ninguna había sido decomisada durante el operativo.   Por  lo  tanto,  de  él  no  podía  aguardarse  respuesta distinta sobre dicho  aspecto,  al  que  además ninguna importancia le asignaron los falladores, bien  frente  a  la  credibilidad  de  las  versiones  de  los  uniformados,  ora para  desdibujar  el compromiso de los acusados, de ahí que en la decisión del a quo  se precisara:   

“…pues  no podemos perder de vista que  por  la  misma  plagiada  sabemos  que  el número de sus custodios ascendía en  ocasiones  a cinco o más, y si a ello le agregamos que el operativo se realizó  a  las cinco de la mañana, hora en que todos dormían, encontramos respuesta al  porque    no    se    decomisaron    y    anexaron    a    los    autos    tales  capuchas…” (f. 83, cd. 4).   

         Más adelante y con carácter conclusivo se expresó:   

“…todo lo cual nos lleva a concluir que  el  hecho  de  no  hacer  parte  de  la  investigación  las  capuchas, no puede  llevarnos  a  la  conclusión que mintieron los policiales adscritos al GAULA al  dar  parte  del  operativo  y  en  consecuencia,  que  capturaron a las primeras  personas  inocentes  que  por  allí  transitaban,  lo  que a su vez nos lleva a  concluir  que  en opinión de este juzgador si merece credibilidad el informe en  mención…” (f. 84, cd. 4).   

         Similares   consideraciones  propician  los  otros  aspectos  cuyo  discernimiento  aduce  el  demandante era pretendido mediante la ampliación del  testimonio  del  Mayor Aldana Granados, como quiera que la realización de otros  allanamientos  a las viviendas del sector, que el actor vincula a la posibilidad  de  haberse  fugado los verdaderos autores del secuestro, hipótesis a la que se  orientaron   además   los   debates   de   instancia,   encontraron  suficiente  explicación,  a  juicio  de  los  falladores,  en  la  indagatoria del también  implicado  Luis  Francisco  Corredor  Gordillo  y  en  los  restantes  medios de  persuasión  allegados  al  informativo.   Ciertamente,  en  cuanto a dicho  aspecto se indicó:   

“  …esos registros a las casas vecinas  se  encuentran  justificados  no  en  el  afán  policial  de  perseguir  a  los  verdaderos  responsables  que  lograron  escapar,  sino,  como reiteraremos más  adelante,  en  aras  del  mejor  cumplimiento  de  su  labor, como es uno de los  procesados  quien  lo confirma, LUIS FRANCISCO CORREDOR GORDILLO, al afirmar que  al  preguntársele por las armas empleadas en la comisión de los ilícitos, él  les  dijo  que  las  podían  encontrar  en  la  casa  de FLOR, la que canta los  villancicos  (fl. 69 c.o.1), lo que nos explica que si bien allanaron la casa de  BLANCA  FLOR SOTO CABRERA, quien se encarga de los villancicos, según su propia  versión,  no fue precisamente buscando a los responsables que huyeron, sino las  armas  indicadas  por  el procesado…” (f. 80, cd.  4).   

         Tratándose  de  la  ampliación  de  indagatoria  de CARVALLIDO  MEJÍA, la Sala advierte la  misma  deficiencia  en  la sustentación del reparo que se confabula contra toda  prosperidad  de éxito, pues el demandante también soslayó la demostración de  la  trascendencia  de  la actuación omitida frente a las conclusiones del fallo  impugnado,  al  conformarse  con  señalar de manera abstracta y genérica que a  través  de  tal diligencia se pretendía disipar algunas de las contradicciones  de su inicial aparición en autos.   

         Por  lo  argumentado  en  precedencia,  entonces,  este  reparo de  nulidad no prospera.   

         Cargos subsidiarios.   

         Tampoco  tienen  vocación  de  éxito los cargos que el libelista  eleva  con carácter subsidiario y fundamento en la causal primera de casación,  cuerpo  segundo,  por  errores  de  hecho  que  asegura  fueron  cometidos en la  apreciación  de  las  pruebas,  en  los que resulta común la impropiedad de no  haber  integrado  la proposición jurídica mediante la cual pretende quebrar la  legalidad de la decisión recurrida.   

         Ciertamente,  en tal punto el demandante se conforma con asignarle  carácter  sustancial  a  normas puramente procesales, esto es, a los artículos  247,  248  y  254  del  estatuto instrumental penal entonces vigente.  Más  aún,  invoca  la  infracción  del  artículo  29 de la Constitución Política  sugiriendo  el  desconocimiento  de las garantías que allí se consagran y, por  ende, un vicio de naturaleza muy diversa al alegado.   

         En  lo  particular  y  frente  a  cada uno de los reparos erigidos  dentro  del  aludido  ámbito,  las deficiencias del libelo se acrecientan, como  pasa a considerar seguidamente la Sala.   

         Primer cargo subsidiario.   

         El  impugnante  acusa  en  primer  término  el error de hecho por  falso  juicio  de existencia, no por su específica nomenclatura sino atendiendo  al  contenido  que  le  atribuye al desacierto del Tribunal, pues plantea que el  juzgador  ad  quem  en  el  análisis  del  acervo probatorio prescindió de los  medios  de  persuasión  que  en  el  proceso  demostraban,  en  su opinión, la  inocencia      del      sindicado      CARVALLIDO  MEJÍA.   

         Sin  embargo,  como  advirtió el Delegado de la Procuraduría, el  censor  no  demostró  tal  desacierto  ni  su  influjo  frente  a  la decisión  contenida  en la sentencia impugnada, pues en el pretendido señalamiento de los  elementos  demostrativos  sobre  los cuales recayó el argüido dislate, acudió  en  la  mayor  parte a la relación de algunos hechos o circunstancias que desde  su  perspectiva  se  desprenden  de  las  pruebas  acopiadas para desvirtuar los  fundamentos  probatorios que soportan la condena, que afirma no fueron atendidos  por  los  juzgadores al colegir la responsabilidad de su asistido en el concurso  de conductas punibles objeto de la  investigación.   

         En  este  orden  de ideas, el demandante contrariando su propuesta  admite  implícitamente  que  los  juzgadores  no  omitieron el análisis de las  pruebas,  conforme  arguye,  y  si  bien  sugiere  entonces  que  fue  efectuado  excluyendo  tales  hechos o circunstancias, para insinuar con tal alegación una  valoración  de  las  mismas con cercenamiento de sus contenidos y orientando la  postulación  hacia  el  error  de  hecho por falso juicio de identidad, tampoco  concreta  finalmente  esta otra modalidad de desatino, para reducir el ataque al  enfrentamiento  de  su  criterio  personal  e  interesado  al de los juzgadores,  perdiendo  de  vista  que  la  sentencia  de segundo grado viene precedida de la  doble  presunción de acierto y legalidad, de manera que no puede quebrantarse a  través de la simple divergencia con la valoración probatoria.   

         Con  tal  orientación  el demandante simplemente indica que en la  vivienda  donde  fue  rescatada  la víctima no se hallaron las capuchas con las  que  cubrieron  sus  rostros  los  delincuentes  durante  el  tiempo de ilícito  cautiverio  de  la víctima, alude a los planes de evasión que los antisociales  habían  expresado delante de esta última, a la impresión que tuvo la ofendida  Méndez  de  Lizcano sobre el retiro de los antisociales antes de ser rescatada,  a  los  allanamientos  efectuados a otras residencias del sector, según arguye,  con  miras a capturar a los verdaderos plagiarios, así como a las declaraciones  de  los  habitantes  del  barrio  en  las  que se sugiere que los secuestradores  lograron  escaparse  antes  del  operativo  concluido  con  la liberación de la  secuestrada,  para  construir  entonces la hipótesis de la fuga favorable a los  intereses  de  su representado, antepuesta al análisis de los juzgadores, donde  la  probabilidad  de  esta  circunstancia  fue considerada profusamente para ser  excluida  con  sustento en elementos de prueba que el censor se abstiene incluso  de enjuiciar.   

         Por  tal  motivo, en el pretendido desarrollo del reparo, donde el  demandante  se  conforma  con  esbozar  su tesis sobre la fuga de los verdaderos  autores  del  secuestro, simplemente discrepa de las apreciaciones que vertieron  los  juzgadores en torno a algunas circunstancias que considera relevantes en su  parcializado   criterio,   o  acusa  la  omisión  de  pruebas  que  sí  fueron  comprendidas  en  la  valoración  de  los  juzgadores, sólo que sin extraer de  ellas  las  conclusiones  por  las que se propugna en el libelo o negándoles la  credibilidad que en opinión del censor concitan.   

         Así,  en la pretendida sustentación del reproche el casacionista  insiste  en  que  se  soslayó  la  impresión que tuvo la víctima acerca de la  evasión  de  sus  plagiarios,  frente a la cual el juzgador a quo, en decisión  que con la impugnada integra unidad jurídica consideró:   

“En  lo  atinente  a la expresión de la  víctima  que  al  oír  ruidos pensó que alguien se estaba escapando, hemos de  tener  en  cuenta  las  versiones  de los policiales MOSQUERA y GARCÍA, quienes  precisamente  penetraron  por  la parte trasera de la residencia, esto es por el  patio,  lugar de donde provinieron los ruidos mencionados por la plagiada, quien  es  clara  en  afirmar que instantes después entró la persona que la rescató,  de  donde  se deduce con meridiana claridad que los mencionados ruidos no fueron  producidos  precisamente por los captores que se escapaban, sino por los agentes  que penetraban a la residencia.   

“Confirma  la  anterior teoría el hecho  que  no  fueron  sólo los dos declarantes quienes participaron en el operativo,  sino  como  ellos  lo  dicen  y también figura en la orden para proceder (fl. 8  c.o.1),  actuaron  otros  efectivos policiales, quienes rodearon la edificación  por  todos  sus  frentes, como la experiencia nos enseña que se adelantan estos  operativos,  luego no cree el Despacho que en verdad, lograran escapar todos los  custodios   de   la   víctima…”   (f.  81,  cd.  4).   

Asegura también que se prescindió de los  testimonios  de  los  hermanos  Amparo  y  Carlos  Alberto Barrera, así como el  obtenido  de  los  vecinos  Fanny  López, Adela Archila, Silvestre Jaimes, Elsa  Abril  y  Ricardo  Molina, quienes manifiestan que el personal del Gaula allanó  varias  viviendas  en busca de los encapuchados, cuando de la simple lectura del  fallo  del  a  quo se discierne, que contrario a lo alegado, si fueron estimados  por  los sentenciadores sólo que sin atribuirles la demostración predicada por  el  censor.   Concretamente,  en  relación  con  ellos  se  afirmó  en la  decisión de primer grado:   

“Sobre el particular, vemos que en parte,  esos  registros  a  las  casas vecinas se encuentran justificados no en el afán  policial  de perseguir a los verdaderos responsables que lograron escapar, sino,  como  reiteraremos  más  adelante,  en aras del mejor cumplimiento de su labor,  como  es  uno de los procesados (sic) quien lo confirma, LUIS FRANCISCO CORREDOR  GORDILLO,  al  afirmar  que  al  preguntársele  por  las  armas empleadas en la  comisión  de  los  ilícitos, él les dijo que las podían encontrar en la casa  de  la  señora  FLOR,  la  que canta los villancicos (fl. 69 c.o.1), lo que nos  explica  que  si  bien  allanaron  la casa de BLANCA FLOR SOTO CABRERA, quien se  encarga  de  los  villancicos,  según  su  propia versión, no fue precisamente  buscando  a  los  responsables  que  huyeron,  sino  las  armas indicadas por el  procesado,  lo  que  nos  demuestra que no mintieron los policiales al rendir su  informe”  (f. 80, cd. 4).   

         Más  adelante,  en  la  apreciación  de  las  versiones  de  los  hermanos  Barrera Flórez, con idéntica orientación argumentativa, el juzgador  a quo precisó:   

“Es cierto que dos de los vecinos, AMPARO  y  CARLOS  ALBERTO  BARRERA  FLÓREZ  afirman,  como  ya dijimos, que vieron dos  sujetos  saltar  y  tres  o  cuatro  minutos  más  tarde  fue  que llegaron los  policiales,  en  versión  que  no  le  merece  al  Despacho mayor credibilidad,  primero  porque  es  bastante  extraño  que si ello fuera cierto, no lo hubiera  dicho   así   la   procesada   GUZMÁN   en  ninguna  de  sus  dos  salidas  al  proceso…segundo,  porque es la propia declarante quien nos impide creer en sus  palabras,  al  afirmar  que  estaba durmiendo, lo que ha de ser cierto, dado que  eran  las  cinco  de la mañana y se despertaron ante los ruidos que hacían los  manes (sic)…” (fs. 81 y 82, cd. 4).   

         Por   otra  parte,  perdiendo  de  vista  una  vez  más  que  las  decisiones  de  primera y segunda instancia para efectos del ataque en casación  integran  unidad  jurídica,  por  cuanto  en  esta  última  se confirmaron las  conclusiones  probatorias del a quo, el demandante aseguró el omitido análisis  de  la  prueba  documental referida al vínculo laboral del acusado CARVALLIDO   MEJÍA  con  la  empresa  Coochoferes  Ltda.,  de  las  declaraciones  de sus compañeros de trabajo, así  como  de  las  rendidas  por  Paulina  y  Yoelma  Cediel,  medios  demostrativos  igualmente  atendidos  en las valoraciones de los falladores, empero negándoles  la  credibilidad  y  la  entidad  que  atesta  el  casacionista para infirmar la  acusación erigida en contra de su asistido.   

         Así,  en cuanto a la ocupación lícita que se acreditó en autos  ejercía  el  sindicado  de marras como conductor para la época de los sucesos,  el  Juzgado  Regional  coligió  que  ello  en  modo  alguno  le  imposibilitada  “participar  en  la  comisión de los punibles por  los  que se procede, ya que como bien lo dice la constancia mencionada, desde el  2  de  octubre de 1995 laboraba como turnador, lo que sabemos bien, quiere decir  que  no es continuo su trabajo, debiéndose tener en cuenta que los custodios de  la  víctima  no  eran  permanentemente los mismos, sino que se turnaban en este  oficio  diferentes  personas”  (fs.  88  y 89, cd.  4).   

         Y  tratándose  de  las  citadas  Cediel,  luego de confrontar sus  disímiles  versiones,  así  como  de  sostenerse la exigua credibilidad de sus  dichos,    el    fallador    de   primera   instancia   concluyó   “…que  si  no pudieron estar de acuerdo el procesado, su novia  y  su  suegra  en circunstancias que supuestamente vivieron los tres juntos, es,  necesariamente,  porque  mintieron  a la Justicia y si se vieron en la necesidad  de  hacerlo,  fue  en exclusiva para tratar de evadir su propia responsabilidad,  lo  que  nos  demuestra claramente que en verdad, como reza el informe policivo,  la  captura del acusado en mención se efectuó cuando este se encontraba dentro  de  la  casa  de  MATILDE  GUZMÁN,  comprobándose con certeza que dijo esta la  verdad  cuando  afirmó  que NILSON ANTONIO CARVALLIDO MEJÍA era uno de los que  cuidaban   a   la   secuestrada…”  (f.  88,  cd.  4).   

         En  conclusión, lo que claramente se aprecia es que el impugnante  pretende  anteponer  su  valoración personal del acervo probatorio al análisis  efectuado  por  los  falladores, alegación que si bien es propia de los debates  de instancia, no tiene ningún recibo en sede de casación.    

         Por  lo  tanto,  el cargo formulado no  prospera.   

         Segundo cargo subsidiario.   

         

         La  Sala  debe  precisar  de antemano,  conforme  lo  destaca la Procuraduría, en deficiencia técnica que torna inepta  la  censura,  que  a  pesar de la justificación presentada por el libelista, el  cargo  aquí  formulado  surge  efectiva  y  notoriamente  contradictorio con el  planteado  en precedencia, pues a través de ellos y no obstante su formulación  separada,  se  acusan en últimas dos modalidades excluyentes del error de hecho  respecto de unos mismos medios de prueba.   

         

         En  efecto,  en  el  anterior  reparo  aduce  que  los  juzgadores  ignoraron  algunos  de  los  elementos demostrativos incorporados al expediente,  mientras  que  en este segundo ataque, transgrediendo el principio lógico de no  contradicción,  admite  que  si fueron estimados en las sentencias de instancia  sólo que distorsionando su expresión literal.   

         Además  de la impropiedad anterior, en todo caso el demandante en  la  sustentación  del  cargo  no logra el cometido de demostrar la realidad del  error   de   hecho   por   falso  juicio  de  identidad  alegado,  esto  es,  la  tergiversación,  el  cercenamiento  o la adición del contenido material de las  pruebas,  pues  omite  confrontar  en  su  significación objetiva los medios de  persuasión  que afirma fueron objeto del yerro, con la que les fue asignado por  los  falladores,  como  en  rigor  le  resultaba  necesario  e  ineludible  para  acreditar    por   lo   menos   la   configuración   del   dislate   de   dicha  naturaleza.   

         Más   aún,   el   casacionista  apartándose  por  completo  del  enunciado   del   cual   parte,   se   limita   a  transcribir  algunas  de  las  manifestaciones  de  la  víctima Méndez de Lizcano, para extraer por esta vía  sus  propias  e  interesadas  conclusiones  acerca  de la fuga de los verdaderos  autores  del  secuestro y un supuesto antagonismo entre la versión de aquella y  la  obtenida  de  los miembros del Grupo Gaula que intervinieron en el operativo  de  rescate,  criterio  opuesto  seguidamente  al esbozado por los falladores en  torno  a  dichos aspectos, para hacer consistir finalmente el dislate imputado a  los  sentenciadores, no en la distorsión del contenido material de tales medios  de   prueba,   sino   en   la   falta   de   coincidencia  con  sus  interesadas  apreciaciones.   En  otros términos, para fundamentar el yerro argüido el  demandante  acude  una  vez  más  a  la  simple discrepancia con la valoración  probatoria,  que  no  constituye vicio de ninguna naturaleza, como quiera que el  criterio  de  los  juzgadores  prevalece  por  arribar  la  sentencia  a la sede  extraordinaria    amparada    por    la   doble   presunción   de   acierto   y  legalidad.   

         Las  restantes consideraciones del censor transitan por este mismo  e   inapropiado   sendero   argumentativo,   pues   sin  intentar  demostrar  la  tergiversación  alegada,  se  conforma  con discrepar a renglón seguido con el  mérito  que  le  asignaron los juzgadores a la declaración del agente Mosquera  Mosquera,  cuando  excluyeron   con  sustento en ella la posibilidad de que  los  custodios  de  la  plagiada se hubiesen evadido antes del  cateo de la  vivienda  donde  estaba  ilícitamente  retenida;  razonamientos  en  los que el  demandante  eleva  críticas  que además no consultan la realidad, develando de  soslayo la parcialidad del análisis por el cual propugna.   

         Destaca  así,  en  primer  término, que el testimonio del citado  Mosquera  Mosquera  resulta  insular  en la afirmación de haber sido rodeada la  vivienda  que servía de lugar de cautiverio durante el exitoso operativo de las  autoridades,  a  pesar  que en los fallos de instancia se dio por demostrado tal  hecho  excluyente  de la fuga con asidero también en la versión del uniformado  García    García   y   en   la   orden   impartida   para   el   procedimiento  policial.   

         Plantea  el  actor  por  otra  parte,  con alusión expresa por lo  menos  a  los  testimonios  de  la víctima Méndez de Lizcano y de los hermanos  Barrera  Flórez,  que se desatendieron las pruebas que en autos demostraban que  cuando  las  autoridades  llegaron  al  inmueble  los  antisociales  se  habían  evadido.   Sin embargo, de la simple lectura del pronunciamiento de primera  instancia,  se  discierne  que  los juzgadores no derivaron dicha conclusión de  las  manifestaciones de la ofendida al examinarlas globalmente con los restantes  medios  de  persuasión, y que tratándose de los mencionados consanguíneos les  restaron   todo   atisbo   de   credibilidad   ante  las  incoherencias  de  sus  asertos.   

         Por  ultimo,  en  cuanto  al  testimonio  de  Yoelma  Cediel  y la  indagatoria     de     la     implicada    MATILDE  GUZMÁN,  el  actor  deriva  el  yerro,  no  de  la  distorsión  de  sus  contenidos  materiales,  que admite implícitamente fueron  acogidos  en  los fallos con estricta fidelidad diluyendo entonces el desacierto  alegado,  sino de la inconformidad que le asiste con la valoración que de tales  elementos de juicio verificaron los juzgadores.   

         En lo que respecta a la declaración de  la  primeramente  citada,  porque  se  sostuvo  que  infirmó en buena parte las  exculpaciones     del     sindicado     CARVALLIDO  MEJÍA y al negarle todo mérito, cuando en opinión  del  demandante  ello no resultaba procedente, porque durante sus intervenciones  en  autos  sostuvo  siempre  y  de  todas  maneras  la aprehensión de aquél en  inmediaciones  de su residencia.   Con esta crítica pasó por alto el  censor,  que  la  declaración  de  la  citada  Yoelma  Cediel  y su ampliación  posterior  fueron  tomadas en conjunto por los falladores, no en los apartes que  se  destacan  en  el  libelo  exclusivamente,  para  colegirse  a  partir de las  incongruencias  que  bien  se cuida el censor de referir, que lejos de respaldar  la coartada del acusado, la desvirtuaba.   

         De  la  injurada  de  MATILDE GUZMÁN,  el  libelista  sin demostrar desacierto alguno en la  apreciación  de  los  juzgadores,  simplemente  reclama  la prevalencia para el  relato  que  brindó  en  la ampliación de su dicho, eludiendo por completo las  razones  con  sustento en las cuales los falladores de instancia desestimaron su  retracto  y  el  motivo argüido para explicarlo, para concederle credibilidad a  sus   manifestaciones   primigenias,   en   las   que  señaló  a  CARVALLIDO  MEJÍA  como  uno  de  los  custodios de la secuestrada Méndez de Lizcano.   

         En  síntesis,  como  el  libelista no  demuestra  distorsión  alguna del contenido de las pruebas, el reparo por falta  de   sustentación   y   por   las   deficiencias  técnicas  advertidas  en  su  postulación, no prospera.   

         3.   Demanda  en defensa de ADOLFO  RODRÍGUEZ ARCHILA.   

         Primer cargo.   

         En   cuanto  al  reparo  de  nulidad,  cimentado  en  la  argüida  violación  del  derecho  de  defensa, que el censor deriva de las conminaciones  efectuadas  por  la  Fiscalía  durante  la  indagatoria y en las que atisba una  coacción  indebida que vició la voluntad de su asistido, la Sala se está a la  réplica  brindada  a  dicha  censura cuando examinó el primer cargo del libelo  presentado  a  nombre de la implicada MATILDE GUZMÁN  por    la    misma   causal   y   con   idénticos  fundamentos.   

         Cargos subsidiarios   

         En  forma  subsidiaria  y  con  apoyo  en  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  por  violación  indirecta  de  la  ley sustancial  derivada  de  errores  de  hecho  cometidos  en  la  apreciación probatoria, el  recurrente  erige dos cargos carentes también de toda vocación de prosperidad,  como  pasa  a examinarse seguidamente.             

         Primer cargo subsidiario.   

         En  el  primer  motivo  subsidiario de impugnación, el demandante  acusa  la violación indirecta de la ley sustancial, como consecuencia del falso  juicio  de  existencia por omisión de las pruebas, que en su opinión, habrían  demostrado   que   RODRÍGUEZ   ARCHILA  no  participó en las conductas punibles investigadas.  Sin  embargo,  con insalvable impropiedad técnica, al señalar los preceptos legales  que   estima   resultaron   infringidos,   le  asigna  el  aludido  carácter  a  disposiciones puramente procesales.    

          Así  mismo,  invoca  la  norma  que  consagra  el  postulado  de la investigación integral, sugiriendo la incursión  en  un  vicio  de  garantía,  no el error in iudicando enunciado al formular el  ataque;  como  también,  la  alusiva  al  principio in dubio pro reo sin que la  sustentación  de  la inconformidad se oriente a demostrar el desconocimiento de  la  duda, bien en cuanto a la existencia de los ilícitos imputados o en torno a  la  responsabilidad  penal.   En  cambio,  el  libelista  ninguna  mención  tangencial  siquiera  hizo  a  las  disposiciones  que describen los delitos por  razón de los cuales se adelantó la presente actuación.   

         Por   otra   parte,   en  la  fundamentación  de  la  censura  el  casacionista  plantea  de  antemano,  que  en  el informe del operativo policial  llevado  a  cabo  para  el  rescate  de  la víctima del secuestro se indica que  RODRÍGUEZ ARCHILA no fue  aprehendido  en  flagrancia,  por  lo tanto, tilda la captura de ilegal, aspecto  por  completo  ajeno  a  la  impugnación  extraordinaria  por  la  vía  de  la  violación indirecta de la ley sustancial.   

         En  las  consideraciones siguientes el  censor  enuncia  las  declaraciones  que afirma fueron ignoradas en el análisis  probatorio  y  lo  que  se  demuestra  a  través  de  ellas,  concretamente, la  actividad  laboral  lícita a la que se dedicaba el acusado para la fecha de los  sucesos  y  la  captura efectuada en su propia residencia, no donde se mantenía  cautiva a la víctima.    

         Alude concretamente, a los testimonios  de  Silvia  Rosa Guzmán, Silvestre Jaimes Villamizar, Silvestre Jaimes Gélvez,  Luz  Nidia  Grisales,  Fanny  López  Grisales,  Vicente Afanador Zárate, Marco  Antonio  Rodríguez y Martín Díaz Cadavid, que afirma no fueron examinadas por  el  Tribunal, perdiendo de vista que en el fallo del a quo, que con el impugnado  integra  unidad  jurídica  dado su carácter confirmatorio, estas declaraciones  fueron  valoradas  profusamente para restarles cualquier atisbo de credibilidad,  tanto  por  las  incoherencias en las que incurren en sus exposiciones, ante las  contradicciones  sustanciales  advertidas  al  enfrentarse  sus versiones con el  dicho  del  sindicado  RODRÍGUEZ ARCHILA,  como  también  al establecerse que lo atestiguado en ellas fue  desvirtuado a través de otros medios demostrativos.   

         El  censor  destaca  más  adelante  sin  relación  alguna con el  dislate  denunciado,  que su asistido fue capturado en un lugar distinto del que  servía  de  cautiverio a la plagiada, de ahí que los agentes Mosquera Mosquera  y  García  García  nada  refieran sobre las circunstancias de su aprehensión;  sin  embargo,  en  este  argumento  propio  de una alegación de instancia, como  quiera  que  no  se  perfila  a  verificar  la  existencia  de  algún  error de  apreciación  probatoria,  pasa por alto en todo caso que este específico hecho  se  tuvo  por demostrado en los fallos de instancia y que la responsabilidad del  sindicado  en comento fue edificada entonces sobre los medios de persuasión que  dan  cuenta  de  su  ingreso  frecuente  a  la  residencia  donde  se encontraba  ilícitamente   retenida  la  comerciante  Méndez  de  Lizcano,  concluyéndose  además,  que “es el único que vive en la vecindad  de  la  casa  donde fuera rescatada la víctima y que es la propia MATILDE quien  afirma  que  la  hijastra  de  éste,  MARIA  ARELIZ AVILES GUZMÁN, su sobrina,  entraba  a su casa a hablar con la secuestrada, tratando de calmarla y de lograr  que   ingiriera  alimentos  a  lo  que  la  misma  se  negaba  (fl.  37  c.o.1),  corroborando  así  a  la ofendida quien afirma que una muchacha joven entraba a  hablar  con  ella  con  tal  propósito, deduciéndose así que no mintieron los  efectivos    policiales    al    presentar   el   informe   del   operativo   de  rescate”   (fs.   95  y  96,  cd.  4).   

         En  fin,  por las impropiedades acotadas y la falta de fundamento,  el reparo debe ser desestimado.   

         Segundo cargo subsidiario.   

         Alega  aquí  el  demandante  con  las mismas impropiedades atrás  advertidas  en  la  integración de la proposición jurídica, la distorsión de  las  declaraciones  de  los  agentes de Policía José Edgar Mosquera Mosquera y  Romel  Eduardo  García  García,  así  como  de la rendida por Abel Rodríguez  Archila.   

         En  la sustentación del ataque, de los primeros señala que nunca  dijeron  haber visto ingresar al sindicado RODRÍGUEZ  ARCHILA  al inmueble donde fue rescatada la víctima  del  secuestro,  hecho que sin consultar el contenido de la sentencia impugnada,  el  demandante  encuentra  afirmado por el Tribunal perdiendo de vista que en la  decisión  del  ad  quem, sin atribuirles a los mencionados deponentes un aserto  tal  y  con  referencia al contenido del informe del exitoso operativo policial,  rendido  por el Mayor Solís Javier Aldana Granados, se indicó del implicado de  marras  que  “fue  visto por agentes del Gaula que  acudía  en  forma  permanente  al  lugar  de  cautiverio de la señora Virginia  Méndez  de  Lizcano,  junto  con  su  menor  hijastra,  a quien utilizaron para  convencer    a   la   víctima   de   que   ingiriera   alimentos”      (f.      15,      cd.     Tribunal     Nacional).   

         

         En  otros  términos,  como destaca con acierto la Delegada, en la  sentencia  recurrida  para  nada se hace referencia a las declaraciones rendidas  por  los  mencionados agentes de la Policía Nacional, de manera que mal podían  ser   distorsionadas  sus  versiones.   Menos  aún,  se  les  atribuye  la  afirmación  de  haber  visto al encausado RODRÍGUEZ  ARCHILA  ingresar  al  sitio  de  reclusión  de  la  plagiada,  pues  esta circunstancia la agrega el actor sin sustento alguno en la  realidad  procesal,  simplemente  para  intentar  en  forma vana de respaldar la  impugnación presentada.   

         Tratándose  de  la  declaración  rendida por Abel Rodríguez, el  libelista  no  deriva  el  denunciado  falso  juicio  de  identidad  que asegura  cometido   en   la   apreciación   de   su  testimonio  del  cercenamiento,  la  tergiversación  o la adición del contenido material de dicha prueba, supuestos  en   los   que  se  configura  un  dislate  de  dicha  naturaleza,  sino  de  la  inconformidad  con  la falta de credibilidad que los juzgadores predicaron de su  versión,  pero  sin  intentar  demostrar  que  al  proceder  así  se apartaron  caprichosa  o  groseramente  de  los postulados de la sana crítica.   Así las cosas, el ataque queda  reducido    entonces    a    una   huera   discrepancia   con   la   valoración  probatoria.   

         El  demandante  asegura  con  esta comentada orientación, incluso  sin  consultar  aquí  tampoco  los  fallos  de  instancia,  que  no se analizó  conjuntamente  su  versión  inicial con la ampliación posterior, pero además,  que  omitieron confrontarse sus declaraciones con el restante acervo probatorio,  cuando  una realidad del todo diversa se constata de la desprevenida lectura del  pronunciamiento  del  a  quo,  donde integradas las dos apariciones en autos del  citado  Abel Rodríguez Archila, se examinaron después de manera global con los  demás  deponentes  que  refirieron  las  actividades del sindicado RODRÍGUEZ  ARCHILA  para la época de  los  sucesos, coligiéndose en últimas que no podía concedérseles crédito en  cuanto      apoyaron      contradictoriamente      las     exculpaciones     del  procesado.   

         Por   lo   anteriormente   expuesto,   este   otro  cargo  tampoco  prospera.   

             Sugerencia     de     casación  oficiosa.   

         La  Sala  tampoco  accederá a la casación oficiosa propuesta por  el  Agente  del Ministerio Público, pues contrario a lo planteado por aquél en  el  concepto rendido en esta sede, no observa configurado en el caso de autos el  desconocimiento  de  la  prohibición  de  toda  reforma  peyorativa  cuando  el  sindicado  tiene  la  calidad  de  apelante  único, garantía establecida en el  artículo  31  de  la Carta Política y desarrollo legal en el artículo 217 del  estatuto  de  procedimiento  penal  preexistente a los hechos investigados, bajo  cuya  vigencia  se adelantó además la presente actuación.  Esto es, echa  de  menos  el  presupuesto  que  habilita  la  pretendida  intervención  de  la  Corte.   

         En  efecto,  téngase  presente  que  la  sentencia  del a quo, de  carácter  ordinario  en  delito  de  competencia  de  la justicia regional, por  virtud  de  las  regulaciones  otrora  contenidas  en  el artículo 206 ibídem,  estaba  sometida  al  grado  jurisdiccional  de consulta, de manera que en forma  paralela  a  la  resolución  de  los aspectos objeto de la inconformidad de los  defensores  y uno de los acusados, el entonces Tribunal Nacional tenía facultad  para  su  revisión  integral y efectuar los ajustes correspondientes, a fin que  la  pena  impuesta  a los procesados resultara condigna al concurso de conductas  punibles objeto del juzgamiento.    

         Lo  anterior, porque como ha entendido  la  Corporación  en   forma  reiterada  a través de criterio de mayoría,  “la  consulta  no  es  medio  de  impugnación  o  recurso,  sino  un  mecanismo de revisión de la legalidad de ciertas decisiones  judiciales,  que  opera  por ministerio de la ley”,  apoyada  en  razones de interés general “que hacen  que  su  cumplimiento  no pueda dejarse al arbitrio de las partes, ni siquiera a  la    voluntad    del    funcionario    judicial    que    ha    proferido    la  decisión”1.   

         Además,  la  Sala  no  puede acoger la tesis de la Delegada en el  sentido   que   el   recurso   de   apelación  presentado  excluía  tal  grado  jurisdiccional,  pues  como  destacó también en reciente providencia brindando  réplica  a  la  postura así acogida “en sentencia  de  unificación de tutela (SU-1722 de 2000), obviamente sin efectos imperativos  erga  omnes, de acuerdo con la previsión del artículo 48 de la Ley 270 de 1996  (Estatutaria de la Administración de Justicia)…   

          “…una  interpretación  integral,  coherente  y no sesgada del texto del artículo 31 constitucional, indica que el  Constituyente   estableció   de  manera  independiente  y  al  mismo  nivel  la  apelación  y la consulta, como medios que podían abrir la segunda instancia en  el  proceso  penal  colombiano,  el  primero por obra del ejercicio libre de las  partes y el segundo por la insustituible voluntad de la ley…   

         “…La   expresión  ‘son    consultables    cuando    no    se    interponga    recurso  alguno’ utilizada en el  artículo  206  del  Código  de Procedimiento Penal, corresponde al modo verbal  del  subjuntivo  presente,  que como tal revela una hipótesis o suposición, de  modo  que simplemente hace énfasis en la automaticidad u operatividad ope legis  del  grado  jurisdiccional  de  la consulta, así no se haya interpuesto recurso  alguno.   Es  decir,  aunque las parte interpongan recurso alguno, de todos  modos  en  relación  con  las  decisiones  señaladas en la norma procederá la  consulta.   

         “…Por  otra parte, no es cierto que el artículo 217 sea claro  en  cuanto  que  no  puede  agravarse  la  situación  del  condenado en sede de  consulta,  porque,  en  primer  lugar,  el  precepto  encabeza  con una facultad  limitada    del    superior    para    decidir    la    consulta   (‘sin     limitación’)   y,   en   segundo   lugar,  la  prohibición  de agravación de la sentencia condenatoria se condiciona a que la  decisión  ‘la hubieren  recurrido’, es decir, a  que  se haya interpuesto un recurso que no puede confundirse con la consulta que  es   ajena   a   la   voluntad  de  las  partes”2.   

         En  este  orden  de ideas, concluye la Sala en el presente asunto,  cuando  el  Tribunal  Nacional  incrementó  la  pena deducida a los procesados,  simplemente  ejercitó  las facultades derivadas del grado jurisdiccional al que  estaba  sometido  el  pronunciamiento  de  primer  grado,  sin  que la decisión  finalmente  adoptada  puede  tacharse  entonces  de  ilegalidad.   Así  lo  entendió  además  tal  Corporación,  cuando  al justificar las modificaciones  introducidas en el monto punitivo señaló:   

“No   sobra   aclarar,   que   con  la  determinación  enunciada  en  precedencia no se desconoce el derecho consagrado  en  el  inciso 2º del artículo 31 de la Carta Política, según lo puntualizó  la  Corte Constitucional en sentencia C-583 del 13 de noviembre de 1997, pues el  principio  de  la  ‘non  reformatio  in pejus’ no  opera   frente   a  las  sentencias  no  anticipadas  emitidas  por  los  Jueces  Regionales,  por  tener  el carácter de consultables (artículo 29 de la Ley 81  de  1993);  luego,  así  sean recurridas por uno o varios de los procesados, el  superior       está       facultado      para      revisarlas      ‘sin  limitación alguna’  y adoptar las determinaciones que  en  derecho  correspondan”  (f.  22,  cd. Tribunal  Nacional).   

         Consideraciones finales.   

Resta   agregar,   que   la  aplicación  retroactiva  favorable  de  las  disposiciones  contenidas en el actual estatuto  punitivo  (Ley  599  de  2000),  frente  a las normas preexistentes a los hechos  investigados  y  con  sujeción a las cuales se profirió la condena, si hubiere  lugar  a  ella, le compete al Juez de Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad  de  conformidad  con  las  previsiones  del artículo 79-7º del actual estatuto  procesal penal.   

         Finalmente,  desaparecido  el Tribunal Nacional por el vencimiento  del  término  establecido  en la Ley Estatutaria de Administración de Justicia  para  el  funcionamiento  de  la  justicia  regional,  así  como  declarada  la  inexequibilidad  de  la  Ley  504  de 1999 en cuanto creaba una Corporación que  asumía  la  competencia  de  aquél,  resulta forzoso colegir que el expediente  debe  remitirse  al funcionario de primera instancia a través del Tribunal, que  por  el  factor territorial, relevó en su ámbito funcional al que profirió el  fallo  de  segundo  grado,  para  el  presente  caso,  el  Tribunal  Superior de  Bucaramanga.   

         Contra esta providencia no procede ningún recurso.   

         

         En  mérito  de  lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, administrando justicia en nombre  de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

         NO    CASAR   el   fallo   impugnado.   

         Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal  Superior de  Bucaramanga.  Cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Salvamento parcial de voto  

FERNANDO   ARBOLEDA  RIPOLL                         JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN  GALÁN  CASTELLANOS             CARLOS  A. GÁLVEZ ARGOTE   

Salvamento parcial de voto  

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO            ÉDGAR  LOMBANA TRUJILLO   

CARLOS  E.  MEJÍA  ESCOBAR                             NILSON     PINILLA  PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria   

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

(Casación 16468)  

         

Respetados         Señores  Magistrados:   

He  salvado  parcialmente  el voto porque  considero  que  no  era  posible casar la sentencia con base en la demanda, pero  sí con fundamento en la oficiosidad.   

El  Tribunal  Nacional aumentó las penas  siguiendo  la  ruta del grado jurisdiccional de la consulta, cuando la sentencia  había   sido   impugnada   exclusivamente   por   algunos  de  los  procesados,  circunstancia   que  genera  violación  al  principio  de  prohibición  de  la  Reformatio in Pejus.   

Este principio constitucional impide, por  todo  punto  de  vista,  que ante condenado apelante único el juez –ad   quem   o   de   casación-  incremente  la sanción. Basta la lectura de los dos incisos del artículo 31 de  la  Carta –y el origen  bien diverso de ellos- para notar a la simple vista el veto.   

Agréguese   que,  como  es  obvio,  la  interposición  de recurso implica el desplazamiento de la consulta y que ésta,  por  su  origen,  nació para que un superior jerárquico pudiera conocer de las  diligencias  cuando  no  pudiera  conocer por la ruta de la apelación. Dicho de  otra    manera,    ante    la   apelación,   desaparece   la   posibilidad   de  consulta.   

De los Señores Magistrados  

Seguro  Servidor   

Álvaro Orlando Pérez  Pinzón   

    

1  Sentencia  de  octubre  21  de  1998, M.P. Dr. Fernando Arboleda  Ripoll.   

2  Sentencia  de  enero  18  de 2002, M.P. Dr. Jorge Aníbal Gómez  Gallego, radicado 13.053.     

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