15830(17-01-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 15830  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado ponente:  

Nilson Pinilla Pinilla  

Aprobado acta N° 03  

Bogotá,  D. C., enero diecisiete (17) de dos  mil dos  (2002).                 

ASUNTO  

Se procede a resolver la casación interpuesta  en  defensa  de  JOHN  JAVER VALENCIA BENÍTEZ, contra la sentencia del Tribunal  Nacional  que  confirmó  la  proferida por un Juzgado Regional de Cali por tres  delitos  de homicidio agravado, seis en la modalidad de tentativa y porte ilegal  de armas de uso privativo de las fuerzas militares, en concurso.   

HECHOS  

El  9 de abril de 1995, hacia las 10:45 de la  noche,    unos   individuos   encapuchados,   armados   de   sub-ametralladoras,  revólveres,   pistolas  y  escopetas  “guacharaca”,  llegaron       intempestivamente       al      establecimiento      “Billares        Arnol”,  ubicado en la carrera 1 D N° 77-68,  barrio  Petecuy III de Cali y dispararon repetidamente contra los circunstantes,  causando  la  muerte  a  Arnol  García, propietario del establecimiento, María  Elena  Cossio  Londoño  y  Héctor  Fabio  Salgado  Ocampo,  y lesiones a Henry  Morales  Flórez,  John  Fredy  Castrillón  Díaz,  Holmes  Ruiz  Gómez, Frank  Eduardo  Marín  Díaz,  Pedro  Pablo  Guevara  Velásquez  y  Duberney  Andrade  López.   

Tal acontecer fue atribuido a una retaliación  de  JOHN  JAVER  VALENCIA  BENÍTEZ  por  la  muerte  de su padre, presuntamente  ocasionada  días antes por un grupo de “milicianos” de  ese sector.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

Abierta investigación y oído en indagatoria  JOHN  JAVER  VALENCIA  BENÍTEZ,  la  Fiscalía  33  Seccional de Cali le impuso  detención  preventiva  el 28 de febrero de 1996 (fs. 190 y Ss. cd. 1) y el 5 de  marzo   siguiente   envió   la   actuación   a   la  Fiscalía  Regional,  por  competencia.   

Cerrada la instrucción parcialmente, el 11 de  octubre  de  1996  fue  proferida  resolución  de  acusación  contra  VALENCIA  BENÍTEZ,  por  los homicidios agravados consumados y tentados y porte ilegal de  armas  de  uso  privativo  de  las  fuerzas  militares, adicionando la medida de  aseguramiento  (fs.  102 y Ss. cd. 2). Recurrido el enjuiciamiento, la Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal  Nacional, lo confirmó el 21 de enero de 1997 (fs.  130 y Ss. ib.).   

Adelantado  el juicio por un Juez Regional de  Cali,  el  16 de julio de 1998 condenó a VALENCIA BENÍTEZ por los cargos de la  acusación,  imponiéndole  59  años  de prisión, 10 años de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  y la obligación de indemnizar los perjuicios  respectivos  (fs.  150  y Ss. cd. 3), fallo apelado por el defensor y confirmado  el  18  de  noviembre  del  mismo año por el Tribunal Nacional (fs. 3 y Ss. cd.  Trib.),  en  sentencia  que  es  objeto de casación interpuesta por la defensa.   

LA DEMANDA  

Causal  tercera.  Cargo  único.-  El  defensor suplente acusa el fallo, en primer término, de haber  sido   dictado   dentro   de   un   proceso  viciado  de  nulidad,  “al  trasladarse  la  competencia  en la  justicia  especial  de  orden  público  sin  llevar  a  efecto la experticia en  balística  sobre  los elementos recogidos en el lugar de los hechos, tales como  cartuchos        y       vainillas”.   

Manifiesta  el  demandante  que  el  Juzgado  Regional  de  Cali  y  el Tribunal Nacional le negaron una petición de nulidad,  basada  en que no existe prueba que establezca que las armas utilizadas la noche  de  los  hechos fueran de uso privativo de las fuerzas armadas, en la medida que  encontrados  unos proyectiles, vainillas y perdigones, tales elementos no fueron  enviados  por  la Fiscalía para el correspondiente examen balístico, que diera  claridad  sobre  el  punto, sin necesidad de acudir, como lo hicieron los fallos  de  instancia,  a  la prueba testimonial, habida cuenta de las falencias que los  deponentes puedan presentar al percibir los sucesos.   

Pretende  con  la  casación  que  la  Corte  “pueda pronunciarse y así  dilucidarse  la  situación  relacionada  con  la  desestimación  de  la prueba  técnica,  cuando  hay  elementos  para  una  experticia y más bien se opta por  relegarlos   a   un   segundo   plano   y   optar   simplemente  por  la  prueba  testimonial”  (f.  59  cd.  Trib.).   

Agrega  que  si no se demostró que las armas  utilizadas  eran de uso privativo de las fuerzas armadas, en tanto los elementos  incautados  no fueron sometidos a prueba técnica para decidir sobre la clase de  armas,  el  Juzgado  Regional  no era competente para conocer del asunto, motivo  por  el  cual  pide  que  se case la sentencia por haberse dictado en un proceso  viciado de nulidad.   

Causal   primera.  Subsidiariamente  propone violación indirecta de la ley sustancial por error de  hecho,  al  suponer  la  existencia  de  la prueba que arrojó certeza sobre que  “John   Javer   Valencia  Benítez  fue  coautor de los hechos por los cuales resultó acusado”.   Por   esta  causal  incluye  cinco  cargos:   

Primer      cargo.-      Sostiene  que  el  Tribunal  no acertó al considerar que el informe  rendido  por  los  agentes  Orney  García  Carvajal y José Guillermo Rojas, es  consecuencia   de  la  intromisión  de  John  Fabio  González  Núñez,  alias  “Macaco”,  quien según el fallo, aprovechó su  condición     de     Policía     Auxiliar    para    pretender    “tergiversar   los  hechos  ante  estos  investigadores”,  pues los  agentes  Wilmer  de  Jesús  González  Arias  y  Fabián  Ortiz  reportaron que  González  Núñez  interfirió  la  investigación  tratando de confundir a los  organismos    de    inteligencia,    “pero  nunca  dijeron  en dicho informe a quién confundió y de qué  manera  para  que  el  Juez  Colegial  viniera  a  establecer con certeza que el  informe  equivocado  fue  el  rendido por José Guillermo Rojas Vega(f. 64 ib.).   

Esa hipótesis no fue demostrada y tratándose  tal  informe  de  un  documento  público,  que  no fue infirmado por quienes lo  suscribieron, no podía el Tribunal arribar a esa conclusión.   

Afirma  que,  por  ejemplo,  si en el proceso  “no  se  demostró  que el  asesinato  del  padre  de  VALENCIA BENÍTEZ obedeció a una acción violenta de  los  milicianos  con  menos  razón  jurídica  se podrá decir que el procesado  desplegó  su conducta violenta contra los milicianos para vengarse de la muerte  de  su  padre…  Muchos  menos aparece en el expediente alguna prueba directa o  indirecta  que  demuestren  las  personas asesinadas y lesionadas pertenecían a  las   milicias”  (f.  70  ib.).   

Segundo   cargo.-  Plantea  que  la retención de John Javer Valencia Benítez por parte del agente  de      Policía      José      Guillermo      Rojas     Vega,     “no  estuvo  precedida  de  una orden de  captura  emanada  de la Fiscalía 33… sino por actitud propia del agente Rojas  Vega  y con el propósito de buscar involucrar a Valencia Benítez en los hechos  toda  vez  que  él  mismo había rendido un informe policivo en el cual no hace  alusión   a   algún   indicio   en   contra  del  hoy  sentenciado”.   

Afirma  el  demandante que el Tribunal supuso  que  la  aprehensión  obedeció  al  resultado  de los señalamientos que se le  hacían  como  partícipe  en  los  hechos  materia de investigación, cuando ni  siquiera  la Fiscalía Seccional que conocía para ese momento de la actuación,  había  orientado  las  averiguaciones  preliminares  contra JOHN JAVER VALENCIA  BENÍTEZ.   

En  relación con este aspecto, expone que en  el  expediente  sólo encuentra la declaración que rindió el agente Rojas Vega  el  22  de  febrero  de  1996, siendo las 5:30 de la tarde, cuando Frank Eduardo  Marín  Díaz y John Freddy Castrillón Díaz habían rendido testimonio, porque  el  mismo  agente  los  fue a sacar de sus casas para llevarlos a la Sijín, les  mostró  a John Javer Valencia Benítez y de ahí los llevó a la Fiscalía 33 a  rendir declaración.   

Enfatiza  que Marín Díaz faltó a la verdad  cuando    afirmó    que   identificó   a   VALENCIA   BENÍTEZ,   “pues    actuó    con    el    rostro  descubierto”,  hecho  que  ningún  otro  testigo asevera, y así lo denotó el Tribunal; a esto, el censor  acota  que  “ese  hecho de  haber  tergiversado  la verdad el señor Frank Eduardo Marín Díaz debió tener  una  significación respecto de la actitud que la defensa le cuestiona al agente  de  la  Policía  José  Guillermo Rojas” (f. 78).   

Igual   cosa   sucedió   con  John  Freddy  Castrillón  Díaz,  y  la  exposición  de  este  sirvió para que la Fiscalía  abriera     la     instrucción,     “situación  que  se  deduce  por  encontrarse  este  auto  en  forma  posterior  al  acta  de  declaración  del  señor Castrillón Díaz y porque la  fecha  en  la cual se profirió el auto de apertura de instrucción fue el 22 de  febrero  de  1996,  el  mismo  día en que estos testigos declararon” (fs. 79 y 80 ib.).   

En  la  misma  apertura  de  instrucción  se  ordenó  la  captura de JOHN JAVER VALENCIA BENÍTEZ, no entendiendo el defensor  “cómo hizo el agente José  Guillermo  Rojas  Vega  para  que  habiéndose  proferido el auto de apertura de  instrucción  entre  las 5:23 a las 5:30 de la tarde, del 22 de febrero de 1996,  librándose  la  orden de captura en ese mismo auto de apertura de instrucción,  coloque  a  disposición  de  la  propia  Fiscalía  al  retenido para que se le  ratificara  en  el  informe  según  aparece  en  el  acta  que  obra  al  folio  168-v”.   

Finaliza  este  reproche  exponiendo  que  el  Tribunal  “incurre  en  un  error  de  hecho  que  viola  el art. 247 del C. P. P. al proferir una sentencia  condenatorio  considerando  la  existencia  de  una prueba indirecta que no obra  dentro   del  expediente”,  pues   reitera   que   la   aprehensión   de   VALENCIA  BENÍTEZ  “no estuvo precedida de un señalamiento  imparcial  y  conforme  a facultades otorgadas por el inciso 2 del art. 28 de la  Constitución  Nacional,  en armonía con el art. 317 del C. P. P. vigente, todo  fue  dirigido  por  el agente Rojas Vega” (f. 82 ib.).   

Tercer  cargo.-  Lo  anuncia   así:   “No  se  demostró  con  ningún  hecho  que  la  muerte del padre de John Javer Valencia  Benítez   haya   sido  causada  por  los  milicianos  y  como  consecuencia  la  retaliación  del  procesado  para  vengar  (móvil)  la muerte de su progenitor  perpetrando  el  múltiple homicidio en el jugadero (sic) de billar ‘Arnold’” (fs. 86 y 87 ib.).   

Sostiene que todo crimen tiene un móvil y que  la  justicia,  a  través  de  los  medios  probatorios, debe buscar por qué se  cometió  el  delito. En este caso, en los fallos de instancia se afirmó que el  múltiple  homicidio,  las tentativas de homicidio y el porte ilegal de armas de  la  fuerza  pública,  tuvo  como motivo la retaliación de delincuentes comunes  contra           los           “milicianos”,  entre     ellos    “El  Velero”,   “La          Chiqui”         y         “El           Tombo”,  porque  supuestamente  ellos  días  antes  asesinaron  a  Albeiro  de  Jesús Valencia, padre del acusado, pero a la  actuación  no  se  arrimó  prueba  sobre  el motivo que se tuvo para causar la  muerte del padre de JOHN JAVER.   

En   la  investigación  no  se  trató  de  identificar  a otros posibles autores de estos delitos, y por tanto, no se puede  deducir   el  “indicio  de  amistad” y coparticipación  del   procesado   con   aquéllos,   para   demostrar   que  efectivamente  tuvo  responsabilidad en los hechos por los cuales resultó condenado.   

Sostiene  que  las víctimas nada tenían que  ver        con        los        “milicianos”,  preguntándose  “por  qué  razón  resultó  cierto  para  las  instancias que John Javer Valencia Benítez  organizó     esa    matanza    como    un    acto    de    venganza”  por  la  muerte  de  su  padre (f. 94  ib.).   

Cuarto  cargo.-  El  demandante     expresa     que     mientras     Arnol    García    “no  haya  pertenecido a las milicias no  tenía  porque  resultar  muerto  por  la  delincuencia común organizada que es  objetivo  de  los  milicianos  en  las  acciones  de limpieza en estos populosos  barrios   de   la   ciudad   de   Cali”.   

Por el contrario, el Tribunal aseguró que la  muerte  del  señor García y demás personas obedeció a un acto de venganza de  la    delincuencia   común   organizada   perseguida   por   los   “milicianos”, y como la muerte de Albeiro de Jesús  Valencia  fue  llevada  a efecto para provocar a VALENCIA BENÍTEZ, es el móvil  del  cual  se  pude  deducir  que  efectivamente éste tenía motivos para haber  ejecutado los hechos por los cuales resultó condenado.   

El  ad  quem  erró  al  dar  por  cierta tal  deducción,  cuando  en  el  proceso  no  aparece  probada  y,  si no obraba, se  equivocó al suponer lo que no es cierto.   

Quinto   cargo.-  “La sentencia estructura el  indicio  de  mala  justificación  para  desvirtuar  la  presencia del procesado  VALENCIA  BENÍTEZ  en un motel el día y hora de ocurridos los hechos partiendo  del  hecho  indicador  representado  en  la incongruencia de los testimonios que  tratan  de  sacar  avante  su  coartada” (f. 96 ib.).   

Sostiene  el libelista que para el momento de  los  hechos  su  representado  se  encontraba  en  un motel, compartiendo con su  novia,  luego  no  podía estar al mismo tiempo en dos lugares, de manera que en  el   fallo   impugnado   se   incurrió   en  una  equivocación  al  atribuirle  responsabilidad,  descartando  las  declaraciones que dan cuenta de la presencia  del inculpado en otro lugar.    

Pone  de presente que las pruebas no han sido  valoradas  en conjunto, para llevar a una conclusión de certeza. Se ha supuesto  la  existencia  de  la  prueba  incriminadora, con base en la estructuración de  “indicios      de  gravedad”,    cuando  analizando  los  hechos  indicadores se logra saber que son inciertos y mientras  estos  no  estén  demostrados,  no  se  puede  llegar  a  la  conclusión de la  existencia del indicio.   

Retoma  los  planteamientos  anteriores, para  considerar    que    de   esta   forma   se   han   violado   los   “arts.  254,  300, 301, 302 y 303 del C.  de  P.P.  por  falta  de  aplicación  debida  y  el art. 247 del mismo estatuto  procesal,  por  aplicación  indebida  que  a la postre dieron con la violación  indirecta  de  los  arts. 323, 324 y art. 2 del decreto 3664 de 1986”.   

De  tal manera, pide que se case la sentencia  y,  en  su  lugar,  se  disponga  la absolución por los cargos formulados en la  resolución de acusación.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

La  Procuradora  Cuarta  Delegada  para  la  Casación  Penal  considera que la demanda presenta evidentes yerros de técnica  que  impiden  su  estudio  de  fondo, y por tanto, las pretensiones del actor no  pueden ser acogidas, según se precisa a continuación.   

Causal  tercera.- El  cargo  no  tiene  vocación  de  éxito,  si al efecto se tiene en cuenta que el  demandante  no puntualizó en forma concreta y precisa, cuál de las causales de  nulidad  previstas  en  la  legislación procesal, era la que invocaba y, aunque  más  parece  apuntar  hacia la incompetencia del juzgador, por momentos sugiere  la   presencia  de  irregularidades  sustanciales,  que  afectarían  el  debido  proceso.   

Si  se  tratare  de  falta de competencia, el  libelista  no  indicó  cuál  era entonces la autoridad judicial facultada para  conocer  del  proceso y, sea uno u otro el factor al amparo del cual pretende la  nulidad,  omitió  así  mismo  señalar  el  momento procesal a partir del cual  debía  invalidarse la actuación. Adicionalmente, dejó sin desarrollar porqué  el  hecho de no haberse practicado la prueba de balística que reclama, incidió  en  la falta de competencia o en el quebrantamiento del debido proceso y de qué  manera esa situación afectaba la validez del trámite.   

Agrega  el  Ministerio  Público  que,  en la  proposición  del  cargo,  el  censor  expresó  su inconformidad por no haberse  atendido  la  solicitud de la prueba pericial, pero con su oposición al mérito  probatorio  que  se  le  otorgó a la prueba testimonial, se acercaría, tampoco  satisfaciendo   sus  requisitos,  a  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo.   

Tampoco  acierta el censor, de acuerdo con el  concepto  que  se  reseña,  al  sostener  que  para  la determinación del arma  utilizada  “deba primar la  prueba  técnica  sobre  la  testimonial”,  en un régimen donde existe libertad probatoria, que “no  se  opone  a  la prueba prevalente,  pues    lógicamente    de    acuerdo    al    thema  probandum,  hay  medios  de  convicción  que  están  llamados  a  demostrar  determinada  circunstancia,  porque  son  los  que mejor  ilustran,  pero  eso  no significa que necesariamente deba acudirse a ellos para  probarla,  con  exclusión  de las demás evidencias aportadas o practicadas que  también   suministran   elementos   de   convicción   al  respecto”,   según   ilustra   acudiendo   al  pronunciamiento  de  esta  Sala  de  fecha 23 de julio de 1998, con ponencia del  Magistrado Fernando Arboleda Ripoll.   

Anota además la representante del Ministerio  Público   que   “de  las  características  de  las armas utilizadas dan cuenta los testigos al referirlas  como                   ‘metralletas’,  lo  que  para  el  juzgador,  con  base  en  el  análisis conjunto de la prueba  existente,  sujeto  a  la  sana  crítica,  fue  suficiente para concluir que se  trataba   efectivamente   de  armas  que  por  su  tamaño  y  alcance  difieren  sustancialmente       de      las      de      defensa      personal” (f. 16 concepto).   

De  tal  manera,  se  estimó  que  las armas  utilizadas  en  los  hechos  eran  de  uso  privativo de las fuerzas armadas. De  conformidad  con  lo dispuesto en el artículo 71-5 del Código de Procedimiento  Penal  anterior,  que  reguló el caso, la competencia sobre la conducta punible  de  fabricación  y  tráfico  de  armas  y  municiones  de uso privativo de las  fuerzas  armadas,  correspondía  al  Juez  Regional, que efectivamente definió  este asunto.   

Causal   primera.  Primer  cargo.- El demandante  formula  la  acusación  por violación indirecta de la ley sustancial por error  de  hecho,  por  “suponer la  existencia  de  la  prueba”,  esto   es,   por   falso   juicio  de  existencia,  pero  no  identificó  cuál  concretamente  fue  la prueba supuesta por el fallador, lo que ni siquiera puede  inferirse  del  argumento  que  expone para demostrar el yerro anunciado, que no  tiene relación con el vicio invocado.   

El censor se limitó a exponer su descontento  por  la  forma como el Tribunal valoró el informe rendido por los agentes José  Guillermo  Rojas  Vega  y  Orney  García  Carvajal,  situación que no comporta  ningún  falso  juicio  de  existencia por suposición; tampoco se puede afirmar  que  planteaba  un falso juicio de raciocinio como modalidad del error de hecho,  pues   ningún  postulado  de  la  sana  crítica  anunció  como  transgredido.   

Así, frente a este reparo la Delegada es del  parecer  que “ninguno de los  informes   a  que  se  hizo  alusión  en  la  sentencia,  fueron  tenidos  como  ‘prueba’  sino  como  mera referencia de lo que  posteriormente  y  en concurrencia con los testimonios citados, a los que sí se  tuvo  como prueba, permitió al sentenciador tener como razonables las pesquisas  adelantadas  por  González  y Ortiz y en la misma medida descartan las de Rojas  en  lo  que también tuvo en cuenta lo que un año después y en contraposición  con  lo  escrito  inicialmente, declaró éste con relación a la participación  de  Valencia  Benítez  en los insucesos” (f. 23 ib.).   

Segundo  cargo.-  El  demandante  no  precisó la prueba cuya existencia habría supuesto el Tribunal;  inicialmente  presentó  el  ataque  criticando  la  forma  como  se  produjo la  aprehensión  de VALENCIA BENÍTEZ, para luego descalificar las declaraciones de  Frank  Eduardo Marín Díaz y John Freddy Castrillón Díaz, reconociendo que la  primera  fue  desestimada  por  el  ad  quem,  por inverosímil, mientras que la  segunda  fue  recibida  antes  de que se abriera la instrucción. Sin coherencia  alguna,  añade  que  el  reconocimiento  en  fila de personas que del procesado  realizaron  los  testigos  citados,  es  ineficaz  porque previamente lo habían  visto en las instalaciones de la Sijín.   

Del cargo así formulado no se deduce el error  de  hecho por falso juicio de existencia que denuncia el actor, quien se limitó  a  discrepar  de  las inferencias del Tribunal, sin siquiera insinuar que éstas  no  correspondían  con  los  postulados  de  la  sana  crítica, sino más bien  buscando  que  a  través de un nuevo debate probatorio se llegue a conclusiones  distintas,  lo  que  está  vedado  en  esta sede, que no constituye una tercera  instancia.   

Luego   de  citar  algunos  pasajes  de  la  sentencia,  concluye que el demandante en el desarrollo del cargo no se atuvo al  contenido  del  fallo  para  demostrar  el  yerro,  falencia  que  no es posible  corregir y hace que el cargo no prospere.   

Tercer cargo.- En lo  esencial,  el  concepto  alude a que, contrario a lo afirmado por el demandante,  el  Tribunal  apreció  que  no resultaba desacertado que los malos antecedentes  del   acusado,   hubieran   determinado   el   conflicto  con  las  “milicias      populares”,  derivando  en  la relación de José  Humberto     González     y     VALENCIA     BENÍTEZ    en    las    conductas  investigadas.   

El  primero fue indagado por estos hechos, lo  que   significa   que  sí  recayó  en  él,  por  lo  menos  inicialmente  una  sindicación   en   este   proceso.   “Que  se  le hubiera resuelto favorablemente la situación jurídica,  como  también  se  anotó,  es una circunstancia que en nada desmiente el haber  sido     involucrado     junto     con     Valencia  Benítez  en el cruento episodio objeto de este asunto  que     fue     lo     que    se    afirmó    en    la    sentencia”    (paginas    29    y    30    del  concepto).   

En  relación con Carlos y Eduardo Peña, las  críticas  que  hace  el  defensor  tampoco  consultan el texto exacto del fallo  recurrido,  donde se observa que al primero se le citó en dos ocasiones, una al  hacer  referencia  a  las  investigaciones  realizadas por los agentes Wilmar de  Jesús  González y Fabián Ortiz Portela, y la otra, al evocar la relación, no  amistad,  que  él  conjuntamente  con  John  Fabio González Núñez y VALENCIA  BENÍTEZ   tenían   “como  autores  de  los hechos”, lo  que  unido  al hecho de estar privado de la libertad por infracción a la ley 30  de  1986,  sirvió  para  cuestionar  sus  antecedentes,  lo que no comporta una  suposición, como plantea el libelista.   

Referente a Eduardo Peña, tan sólo mereció  una  mención  al  comentar  que  los agentes González Arias y Ortiz Portela lo  señalaron  como  partícipe  de  los hechos, de manera que las críticas que el  actor  formula  no  tienen  nada  que  ver  con  el  contenido  de la sentencia,  confirmándose  la pretensión del demandante de revivir un debate probatorio ya  finiquitado,   pero   marginándose   de   reprochar   fundadamente   el  fallo.   

El cargo no debe prosperar.  

Cuarto  cargo.-  El  Tribunal,  con  base  en  los  elementos  probatorios, acopiados estableció que  “no resulta desacertado que  los  malos antecedentes personales del imputado, sean los que han determinado el  conflicto  con  las  milicias  populares,  y  que  las  víctimas del sangriento  episodio    fuesen    simpatizantes    de   las   citadas   milicias”, inferencia efectuada a partir de unos  hechos  indicadores demostrados, de manera que mal podía el censor exigir sobre  ella  prueba  directa,  pues  de  haber  existido  ésta no habría acudido a la  prueba indiciaria.   

Evidenciándose  una  vez  más  “los múltiples y constantes defectos de  técnica   que  ya  se  han  mencionado”, este cargo tampoco prospera.   

Quinto   cargo.-  Encuentra    el   Ministerio   Público   que   en   este   cargo   “se concreta con mayor énfasis la larga  cadena  de desatinos técnicos y conceptuales que registra el libelo, pues acusa  una   verdadera   incongruencia   entre   la   formulación   del  mismo  y  sus  fundamentos”.     El  casacionista   no   pone  de  manifiesto  la  suposición  de  ningún  elemento  probatorio  para  pretender  la existencia de un error de hecho por falso juicio  de  existencia,  sobre  el  indicio  de mala justificación constituido a partir  “del   hecho   indicador  representado  en  la incongruencia de los testigos que tratan de sacar avante su  coartada”.   

El  argumento  expuesto  para  desarrollar el  cargo  resulta  insostenible, pues el libelista sin recato alguno estimó que el  acusado,  al  verse  involucrado  en esta indagación a consecuencia del montaje  que  realizó  el  agente  Rojas  Vega, “tuvo  que  buscar  una  coartada,  que  edificó con el dicho de los  testigos     que     en     apoyo     declararon     al     respecto”  y  el  Tribunal dedujo equívocamente  responsabilidad  a  su  patrocinado,  siendo  obvio  que  no  podía  otorgarles  credibilidad  a tales testimonios, que daban cuenta de la presencia del imputado  en un motel, en el momento que ocurrieron los hechos.   

Con  esta  forma  de  razonar, a juicio de la  Delegada,  ni  siquiera  se  plantea  un  error  del  ad quem, sino “una     explicación     ilegalmente  justificativa”.   

Por  lo  anterior, pide no casar la sentencia  impugnada.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  Causal   tercera.   Cargo   único.-  Deja  entrever  el impugnante, en algunos aspectos de este reproche, que se alteró la  competencia  para  conocer  del  proceso,  incluyendo  referencias  a no haberse  evacuado  una  prueba  pericial  y,  de  otra  parte,  cuestionando  el  mérito  probatorio  que  se le otorgó a la prueba testimonial, posición esta que, como  anota  el  Ministerio  Público,  se  dirigiría  hacía  la  causal  primera de  casación, cuerpo segundo.   

1.1.-  Al  respecto,  es  imprescindible que  quien  acude  en  casación  a  controvertir  la  legalidad  de una sentencia de  segunda   instancia,  lo  haga  con  fundamento  en  las  causales  expresamente  establecidas  en la ley, sin que sea admisible, por tanto, lanzar reparos que no  estén  directa  e  inequívocamente  relacionados con el contenido y alcance de  los motivos establecidos.   

No  es  por  tanto  permitida  la  fusión  indiscriminada  de  causales, debido a que cada una de ellas no sólo obedece en  su   teórica  postulación  a  supuestos  propios,  sino  que  metodológica  y  jurídicamente  exigen  desarrollo  independiente.  En otras palabras, frente al  principio   de  autonomía  de  las  causales,  resulta  desacertado  establecer  mixturas  entre  los  diversos factores, para atacar a través de este mecanismo  extraordinario una sentencia.   

Así  mismo,  atendiendo  el  principio  de  limitación  y  por el carácter rogado de la casación, resulta de la exclusiva  iniciativa  del  impugnante  la  formulación  de  cada  cargo  y su consecuente  desarrollo,  sin estarle permitido a la Corte corregir los términos del libelo,  en  relación  con  la  causal  seleccionada,  ni  complementar  o  corregir los  argumentos expuestos para demostrar los reproches.   

1.2.- Cuando se acude a la causal tercera de  casación,  acusando  la  sentencia de haberse proferido en un juicio viciado de  nulidad,  lógico  complemento  de  este  enunciado  es  señalar  la ocurrencia  trascendente  de  alguno  de  los  motivos  preestablecidos  con  esa aptitud de  invalidar  la actuación o la sentencia (L. 600/2000, art. 306; D. 2700/91, art.  304),  sin  que  un  impreciso,  abstracto y genérico alegato pueda servir para  determinarla,    debido    a   que   solamente   irregularidades   sustanciales,  trascendentes  e insubsanables, derivadas de la falta de competencia y del grave  conculcamiento  del  debido  proceso o del derecho de defensa, pueden conducir a  la decisión extrema de invalidar lo actuado.   

En relación con esta causal ha expresado la  Sala,  que  “la nulidad es  una   causal  independiente  para  atacar  en  casación  la  legalidad  de  las  sentencias  de  segunda  instancia,  por  lo  mismo  sujeta,  como las demás, a  exigencias  en  el  orden  de  la  técnica,  que repudian cualquier intento por  confundirla  con  un  mecanismo  de  libre  formulación,  toda  vez  que  está  revestida  de  particulares  condiciones  dada su naturaleza, debiendo por tanto  enmarcarse   dentro   de   alguno   de   los   referidos   supuestos” (sent. casación de febrero 8 de 2001,  rad.   12.978,   M.   P.   Carlos   Augusto   Gálvez   Argote,   entre   muchas  otras).   

1.3.  Dada la mezcla de argumentos que aduce  el  libelista  en  la  formulación  de  este  reparo,  insinuaría  la falta de  competencia  para  conocer  del  proceso  por  parte de quienes lo adelantaron y  resolvieron,  si se entendiera que por encima de la prueba testimonial tenida en  cuenta   para   la  determinación  de  la  clase  de  armas  utilizadas  en  la  perpetración  de  los  delitos contra la vida, debió primar una experticia que  examinara   algunos   cartuchos  y  vainillas  recogidos  en  el  lugar  de  los  sucesos.   

Un  planteamiento  así formulado, desconoce  que  en  la sistemática procesal nacional no solamente impera la no taxatividad  de  los  medios  de  prueba,  sino el principio de libertad probatoria y la sana  crítica,   implicando  una  apreciación  racional  y  conjunta  de  todos  los  elementos de convicción, a cargo de la judicatura.   

Por tanto el administrador de justicia, en la  demostración  de  los  elementos  constitutivos  de  la  conducta  punible, sus  circunstancias,  la  responsabilidad del procesado y la naturaleza y cuantía de  los  perjuicios,  puede  acudir a cualquier medio probatorio, a menos que la ley  exija  prueba especial, respetando siempre los derechos fundamentales (L. 600 de  2000, art. 237; D. 2700 de 1991, art. 253).   

En  relación  con  la  determinación de la  naturaleza  de  un  arma,  a través de la prueba pericial o de otra, la Sala en  casación  de  fecha  23  de  julio  de  1998, rad. 11.640,  M. P. Fernando  Arboleda    Ripoll,    citada    por    la   representante   de   la   sociedad,  expresó:   

“No se desconoce  la  importancia  que  esta  prueba  puede  llegar  a  tener  en  el  proceso  de  determinación  de  la  naturaleza  de  un arma en concreto, pero esto no quiere  decir  que indefectiblemente deba acudirse a ella para poder establecerla, o que  su  acreditación  no  pueda  obtenerse  a  través  de  elementos  distintos de  convencimiento.   

La intervención de un experto en hoplología  puede  resultar  necesaria cuando las características del arma son desconocidas  en  el  proceso,  o  se  albergan  dudas  respecto  de  ellas, mas no cuando los  elementos  de prueba aportados, o las particularidades del artefacto decomisado,  permiten  al  funcionario  judicial  determinar  directa  e  inequívocamente su  naturaleza.”   

En  este  caso,  las  armas utilizadas en el  ataque  no  fueron  halladas,  y  se  halló que sin observarlas no era factible  emitir  conceptos  sobre su naturaleza, igual incertidumbre que quedó frente al  examen  de  vainillas  y proyectiles deformados, que a lo sumo evidenciarían el  calibre   y  las  varias  clases  de  armas  que,  probablemente,  los  pudieran  disparar.   

Pero las personas que presenciaron los hechos  afirmaron    que    los    agresores   portaban,   entre   otras,   “subametralladora”,   instrumento   letal  inconfundible  frente  a,  por  ejemplo,  un  revólver o una pistola, valoración que llevó a  instructores  y  juzgadores  a  sostener  que  al  menos  algunas  de  las armas  utilizadas  en  el  crimen  múltiple  averiguado  en  este proceso, eran de uso  privativo  de  las  fuerzas  armadas,  determinación que llevó a que el asunto  fuera  tramitado  y  fallado  por  la  denominada  justicia  regional, a la cual  competía,  de  manera  que  ninguna  irregularidad  con  aptitud  de socavar la  capacidad decisoria de los jueces de instancia se demuestra.   

Finalmente, se repite que en relación con la  escueta  crítica  que  formuló  el  censor  a  la  valoración  de  la  prueba  testimonial  que ilustraba sobre la clase de las armas utilizadas, si pretendía  atacarla,  debió  en  cargo  separado  demostrar  que  tal  apreciación fue el  producto  de  algún  error  trascendente,  que  estaba  en  la  obligación  de  especificar y demostrar, lo cual no hizo.   

El cargo no prospera.  

2. Causal primera.-  Plantea  el  demandante  que el Tribunal incurrió en violación indirecta de la  ley  sustancial,  por  error  de hecho, “al   suponer   la   existencia   de   la   prueba   que  arrojó  la  certeza”,  en  cuanto  el  procesado  fuere  coautor  de  las  conductas  punibles  por las cuales resultó  condenado.   

Cabe  observar, de manera general, que en la  violación  indirecta  de  la  ley sustancial la apreciación de la prueba es la  causa  del  quebrantamiento  normativo,  originado  en  errores  atribuibles  al  juzgador,  de  hecho  si  tienen  que ver con la materialidad misma del medio de  convicción,  cuando se alude a una prueba que no existe en el proceso o se deja  de  apreciar  la que sí fue acopiada válidamente (falso juicio de existencia);  o  cuando  se tergiversa su contenido material, haciéndole significar lo que no  contiene  o  restringiendo  su  verdadero alcance (falso juicio de identidad); o  cuando  la  valoración  probatoria  se hizo con desconocimiento evidente de las  leyes  de  la  ciencia,  los  principios  de  la lógica o las directrices de la  experiencia,  es  decir,  sin  sujeción a las reglas de la sana crítica (falso  raciocinio).   

O  de  derecho, cuando se aprecia una prueba  acopiada  en  forma  ilegal,  o  se  desestima por creerse que fue ilícitamente  allegada,  mas  no  fue así (falso juicio de legalidad); o, remotamente, cuando  la  ley  le  ha prefijado un valor o tarifa al medio y el juzgador lo desconoce,  que  no es el sistema de valoración que informa la sistemática nacional (falso  juicio de convicción).   

En  el tratamiento de esta censura el libelo  no  ofrece  la  claridad y precisión que se exige en materia de casación, pues  no  demostró  de qué manera a través de las disposiciones que regulan el tema  probatorio  se produjo la violación de las normas sustanciales que tipifican el  homicidio  agravado -consumado y tentado- y el porte ilegal de armas de fuego de  uso privativo de las fuerzas armadas.   

En  ocasiones  pareciera  que el reproche se  dirige  hacia  la  prueba  indiciaria,  abigarrando censuras que una vez apuntan  hacia  el  hecho indicador y otras a la inferencia lógica, desconociendo que en  la  construcción  de  un  indicio  se  necesita  que  el  hecho indicador esté  probado,  lo  cual  significa  que el reproche puede consistir en haber supuesto  pruebas  para  acreditarlo,  en haber omitido considerar las que lo desvirtúan,  en  tergiversar  los  elementos de juicio para declararlo probado, en violar las  reglas  de  la  sana  crítica  al  darles  valor,  o en tener en cuenta pruebas  ilegalmente  aducidas,  lo  cual  frente  a este primer elemento del indicio (el  hecho  indicador),  permite que el cargo se pueda presentar por error de hecho o  de derecho, según el caso.   

Si,  de  otra  parte,  el  reparo  se dirige  únicamente  a  debatir  la inferencia lógica, cabe recordar lo establecido por  esta  corporación  (cfr.  sentencia  de  octubre 20 de 1999, rad. 11.113, M. P.  Carlos E. Mejía Escobar):   

“Ahora  bien,  cuando  el  error  se  predica  de  la  inferencia  lógica,  ello  supone -como  condición  lógica  del  cargo-  aceptar  la  validez  de  la  prueba del hecho  indicador,  ya  que  si  ésta  es discutida sería un contrasentido plantear al  tiempo  algún  defecto  del  juicio  valorativo  en  el marco mismo del ataque.  Existe  la  posibilidad,  no  obstante, de refutar el indicio tanto en la prueba  del  hecho indicador como en la inferencia lógica, solo que en cargos distintos  y de manera subsidiaria.   

La inferencia lógica, entonces, es atacable  en  casación.  Pero  en  atención a que la misma es el resultado de un proceso  intelectual  valorativo,  la  única  vía  posible  para hacerlo es el error de  hecho  por  transgresión  ostensible  de los principios de la sana crítica. La  hipótesis  supone,  por  lo  tanto,  la  aceptación  del  hecho indicador y la  demostración  de  que  el juzgador realizó un juicio de valor en contravía de  las  leyes  de  la  ciencia,  los  principios  de  la lógica o las reglas de la  experiencia.  Así las cosas, para que el cargo quede correctamente formulado es  imprescindible  concretar  el  error  o  demostrar  cómo ha sido transgredida o  desconocida  un  ley  científica,  un principio de la lógica (que no niegue ni  desconozca  la  unidad del ser) o una regla constante de la experiencia común o  aceptada  y  practicada  en medios especializados de una determinada materia. Se  precisa,  además  y  ello  es  obvio,  la  fundamentación correspondiente a la  trascendencia del error.   

La Sala ha sido reiterativa en lo precedente  y  también  ha  señalado  que  cuando  de  atacar  dicho  medio  probatorio en  casación  se  trata,  no  puede  desconocerse  que  por  su naturaleza misma su  valoración  es  de  conjunto, siendo el vínculo que surge entre los diferentes  indicios  (su concordancia y convergencia) el que hace que la conclusión crezca  desde  la  probabilidad  hasta constituir la certeza. En consecuencia, aunque el  ataque  a  los  hechos  indicadores debe ser independiente, ello no significa en  manera  alguna que el conjunto indiciario, cuya fuerza de convicción depende de  que   se   le   estime  globalmente,  pueda  dejar  de  ser  enfrentado  por  el  demandante.”       

Al  confrontar  estos  presupuestos  con  la  demanda,  se  infiere  que  en  ninguno de los cargos formulados al amparo de la  causal  primera  de  casación, cuerpo segundo, se acatan tales exigencias y que  los  temas  planteados  en  cada  uno de ellos carecen de razón, como enseguida  pasa a verse.   

Primer   cargo.-  Reprocha  el  demandante  que  el  Tribunal  no  acertó al demeritar el informe  rendido  por los agentes Orley García Carvajal y José Guillermo Rojas Vega, en  el  entendido de fundamentarse en lo realizado por John Fabio González Núñez,  alias  “Macaco”,    que   trató   de   desviar   la  investigación     culpando     a    “Velero”,  “El   Tombo”         y         “La          Chiqui”    de   los   hechos   investigados.   

Lo  primero que se debe aclarar es que en el  proceso  de  buscar  en  el  conjunto probatorio la existencia de ciertos hechos  para  deducir  otro u otros, el ad quem no alude a García Carvajal, al destacar  que  desde  los  albores  de  la  instrucción  los uniformados Wilmer de Jesús  González  Arias  y  Fabián  Ortiz  Portela,  reportaron  que  las indagaciones  evidenciaban  que  en los sucesos participaron, entre otros, JOHN JAVER VALENCIA  BENÍTEZ,         alias         “Monín”,  John  Fabio   González   Núñez,   alias   “Macaco”, Jóse  Humberto   González  Núñez,  alias  “Media  vida” y  Carlos    y    Eduardo    Peña,    en    venganza   porque   los   “milicianos” que operan en el barrio Petecuy III de  Cali,  donde efectivamente sucedió lo aquí investigado, le quitaron la vida al  padre  del  primero.  Ese  mismo informe puso de presente que González Núñez,  amparado  en  algunos  vínculos  oficiales,  se  acercó  a  la  Sijín  con la  finalidad    de   tergiversar   la   información,   culpando   a   “Velero”.   

La siguiente es la inferencia que el Tribunal  efectuó:   

“A esta intención  de  desviar  la  investigación  por parte de uno de los presuntos autores, debe  adjudicarse  el  origen del informe del agente ROJAS VEGA JOSÉ…, indicado que  alias  ‘Velero’,              ‘El           Tombo’       y      la      ‘Chiqui’, son integrantes de las milicias y que  fueron  los  autores  de  los  punibles objeto de investigación, para luego con  posterioridad   variar   la   imputación   señalando   a   alias  ‘Monín’  y  sus  compinches  como los autores;  inferencia  que  conciliada  con  el  testimonio de JAVIER MARÍN MARÍN …, al  decir:  ‘… La noticia es  de  que  velero es del problema, pero la gente dice que él esa noche no estaba,  al  que  si  vieron  es al señor MONÍN’,  reviste  de certeza la conclusión, en el sentido de que culpando  a  las  milicias populares, se pretende alejar el compromiso penal que se cierne  contra   los   verdaderos  responsables” (f. 16 cd. Trib.).   

Como  se  acaba  de  ver,  tales informes en  ningún  momento  fueron  tenidos  como “prueba”, sino a  manera  de  simple  referencia  para  lo  que posteriormente sí se acopió como  demostración,   que  permitió  a  los  falladores  apreciar  las  indagaciones  efectuadas  por  González Arias y Ortiz Portela y en ese orden descartar las de  Rojas  Vega  inicialmente, pues el Tribunal menciona que con posteridad cambió,  señalando   a   VALENCIA   BENÍTEZ  (“Monín”)  y  a  sus coaligados como autores de los hechos.   

Por  tanto,  los  informes  a  que  alude el  casacionista  no  ameritan las connotaciones que les quiere dar, pues fueron las  pruebas   oportunamente   acopiadas   y  valoradas  las  que  condujeron  a  las  conclusiones  asumidas  en  la  sentencia, que arriba a la Corte precedida de la  doble  presunción  de acierto y legalidad, que en este cargo no se infirma, sin  que   la   presunta   inactividad   judicial  que  arguye  trastoque  esa  misma  conclusión,  en  la  medida  que  el  objeto  de  prueba  eran los hechos aquí  investigados y no otros.   

El cargo no prospera.  

Segundo  cargo.-  Critica  el  demandante  que  la  aprehensión  de  su representado no estuviere  precedida   de   una   orden   emanada   de   la  Fiscalía  que  adelantaba  el  diligenciamiento,  de  lo cual pasa abruptamente a descalificar las atestaciones  de Frank Eduardo Marín Díaz y John Freddy Castrillón Díaz.   

Tampoco en este enfoque menciona el censor la  prueba  o  pruebas  cuya  existencia  habría  supuesto  el  Tribunal, según la  anunciación  que  hizo  del reparo a través de la causal primera de casación,  cuerpo segundo.   

Sobre  los  temas  propuestos, es de ver que  mediante  resolución  de  fecha  22  de  febrero  de  1996  (f.  147 cd. 1), la  Fiscalía  33  Seccional de Cali ordenó escuchar en indagatoria, entre otros, a  JOHN  JAVER VALENCIA BENÍTEZ, disponiéndose allí mismo su captura, cuya orden  en  efecto  se  libró (f. 149 ib.) y se cumplió el mismo día, siendo dejado a  disposición  de  dicha  Fiscalía el aprehendido, por la Policía Metropolitana  de  esa  ciudad,  en  cumplimiento  a  “orden  de  captura  S/N de fecha 220296 referencia al proceso 361-33  por   el   delito   de   homicidio   y   lesiones   personales  emanado  de  ese  despacho”    (f.   167  ib.).   

Sin perjuicio de lo anterior, es de recordar  que   desde   tiempo   atrás   ha   reiterado   esta   Sala,  que  “la  retención  o  la  no  liberación  inmediata  de  quien  hubiere  sido  aprehendido en circunstancias eventualmente  irregulares,  es  situación  paralela  al desarrollo procesal que no interfiere  con  lo  sustancial  de  éste…  Podría  generar otras consecuencias, pero no  tiene  el  alcance  de  invalidar  la  actuación  subsiguiente, a más que para  confrontarla  se  cuenta  con acción pública y con mecanismos procesales, a lo  cuales     pudo     haberse     acudido     en     su    oportunidad”  (cfr.  sentencia de casación de mayo  15/96,    rad.    9605,    con    ponencia   de   quien   aquí   cumple   igual  función).   

En  relación  con  la declaración de Frank  Eduardo   Marín  Díaz,  el  fallo  de  segundo  grado  la  desestimó  por  la  “inverosimilitud   que  encierra”   (f.  16  cd.  Tribunal),  y  en  relación  con  John  Fredy  Castrillón  Díaz  refirió que  “si  bien es cierto, en un  comienzo  no reportó al implicado como partícipe en los hechos, no puede pasar  por  alto que precisó que los atacantes cubrían sus rostros con medias veladas  y        agregó        que       ‘Monín’, según  comentarios   de   la   gente,   tenía   que  ver  con  los  hechos” (f. 17 ib.).   

De  otra  parte, el recurrente se abstuvo de  mencionar  el relato de Javier María Marín Vásquez, rendido el 19 de abril de  1995,  más  de  diez  meses  antes  de  disponerse  la vinculación de VALENCIA  BENÍTEZ,         alias         “Monín”,  testigo     que     lo     involucra     en     los     hechos     (“al   que   sí  vieron  es  al  señor  MONÍN”,  f. 42 v. cd. 1),  considerando      acertadamente      el      Tribunal      que      “desde  el  primer momento van surgiendo  circunstancias  que  comprometen  fehacientemente  la  responsabilidad penal del  acusado,  como  son  las  primera  pesquisas  adelantadas  por  WILMER DE JESÚS  GONZÁLEZ   ARIAS   Y   FABIÁN   ORTIZ  PORTELA,  y  el  testimonio  de  JAVIER  MARÍN”   (f.  16 cd.  Trib.).   

Como, de otra parte, la casación no conlleva  que  se  reabra  el debate probatorio que culminó en las instancias, y no se ha  establecido  yerro  alguno  en  que  haya  incurrido  la judicatura, el cargo no  prospera.   

Tercer   cargo.-  Manifiesta  el  demandante  que  en el proceso no se demostró que la muerte del  padre  de  JOHN  JAVER  VALENCIA BENÍTEZ haya sido causada por los “milicianos”   y  que  como  venganza  el  acusado  perpetró  el  múltiple  homicidio  en “Billares        Arnol”,  y  si  no  se  logró la vinculación de otros partícipes, no se  puede  deducir  “el indicio  de     amistad”    y  coparticipación  de  su  asistido.  Además,  no se demostró que las víctimas  tuvieran   algo   que   ver  con  las  “milicias      populares” del barrio Petecuy de Cali.   

Ninguna precisión hace el censor frente a la  manera  como  se debe encarar el ataque sobre la prueba indiciaria, limitándose  a  cuestionar  los  móviles  de  otro  crimen  y  oponer  su criterio frente al  expuesto  por  el  Tribunal,  que  frente a tal aspecto, con base en las pruebas  acopiadas,  plasmó  que no se podía desconocer que algunas de las personas que  se  relacionan  con  VALENCIA  BENÍTEZ,  no gozan de buenos antecedentes. El ad  quem anotó:   

“…  no resulta  desacertado  que  los  malos  antecedentes personales del imputado, sean los que  han  determinado  el  conflicto  con las milicias populares, y que las víctimas  del  sangriento  episodio  fuesen  simpatizantes  de  las citadas milicias, cuya  ideología  es  propender por la defensa del barrio, con el apoyo de los vecinos  del  sector,  dando  inicio  a  una guerra que genera otra, la de los habitantes  cansados    de    ‘tanto  apropello’,  que  deciden  ‘limpiar’   de   los  delincuentes  que  en  el  operan”   (f.   21   cd.  Trib.).   

De  ese  grupo se destaca al propietario del  establecimiento,  Arnol  García, quien “con     mayor     sevicia”  (f.  21  ib.) recibió la agresión que acabó con su vida, sumado  al  hecho  de  las  expresiones de venganza al considerársele responsable de la  muerte del padre del procesado.   

No es cierto, como afirma el demandante, que  en  la  investigación no se tratara de identificar a otros posibles partícipes  de  estos  delitos,  pues  se  vinculó  a  otras  personas  y  el  cierre de la  investigación   se  hizo  parcialmente  en  relación  con  VALENCIA  BENÍTEZ,  continuando  por separado la averiguación con relación a otros. De otra parte,  que  no se haya demostrado la vinculación de las víctimas con las “milicias      populares”,   ofrece   tan   sólo  una  escueta  afirmación del censor, sin desarrollo ni acreditación.   

El cargo no prospera.  

Cuarto  cargo.- Al  igual  que  el anterior, al cual está ligado, este enfoque tampoco prospera, en  la  medida  en  que  el  demandante  vuelve  a  manifestar  que las víctimas no  pertenecían      a     ningún     “organismo      miliciano”,  o  que al menos ese hecho no se demostró, advirtiéndose una vez  más  la  mera  oposición  al  criterio  del  Tribunal,  que  con  base  en una  apreciación  probatoria  sobre  la cual ningún yerro se ha comprobado, como ya  se  dijo,  llegó  a  la  sustentada  certeza  de  que el ataque obedeció a una  venganza  de  otro  grupo  delictivo, por la muerte del padre del aquí acusado.   

Quinto cargo.- JOHN  JAVER  VALENCIA  BENÍTEZ  afirmó  que en la fecha y hora en que ocurrieron los  hechos  investigados,  departía con su novia Elizabeth Figueroa, en un motel de  Cali.  Ella  no compareció a declarar en el proceso y la exculpación trató de  ser  demostrada  con  otras  pruebas,  que el Tribunal desestimó con base en lo  siguiente:   

“Esclarecidos  estos   aspectos,  obrando  prueba  indirecta  que  comprometía  seriamente  la  responsabilidad  de  VALENCIA  BENÍTEZ,  habrá  de  valorarse  en disfavor del  implicado  el  indicio  de  mala justificación con respecto a la incriminación  que  le  hacen  de  estar  presente el día de los hechos, a la que responde con  impecable  precisión, que para esa data, se encontraba en un motel de la ciudad  con  su novia ELIZABETH FIGUEROA, previo permiso otorgado por la madre de ésta,  la  cual  tuvo  conocimiento  en forma verdaderamente increíble hasta de nimios  detalles,  al  igual  que  la tía del imputado, señora NORIS BENÍTEZ, como se  verá seguidamente.   

Así  la  citada NORIS BENÍTEZ LEMUS, cuyo  testimonio  como  bien  lo asevera el Juez, resulta altamente sospechoso, porque  luego  de  transcurrido  un  espacio  superior  a  3  años,  recuerda con tanta  exactitud   lo   que  hizo  su  sobrino  el  día  de  los  hechos,  por  demás  exageradamente  comunicativo  al  indicar  a  su  tía, que se desplazaría a un  motel  en  compañía de su novia, indicando por cierto hasta el nombre, el cual  no  alcanzó  a captar porque se encontraba bañándose (fl. 308 a 311 C. 2); en  idénticos  términos expone MARÍA DOLLY GRANADOS GAVIRIA (fl. 312 y 405 C. 2),  madre  de  ELIZABETH  FIGUEROA,  persona  con  la que aluden pasó el acusado la  noche de los hechos.   

Para tratar de sostener esta burda coartada  citan  como  conocedor  de  las  circunstancias  por  ellas  narradas a HUMBERTO  RAMÍREZ  (fl.  407  C.  2),  padrastro de la citada FIGUEROA, quien tratando de  acertar  con  lo expuesto por la suegra del imputado, incurre en contradicciones  de  tiempo,  modo y lugar, que pone de manifiesto la preparación del testimonio  de  descargo  con  el fin de favorecer al imputado, haciendo causa común porque  están  amenazados,  según  sus  propios  dichos  por  las  mismas personas que  segaron    la    vida    del    padre    de    JOHN   FAVER   (sic).” (Fs. 18 y 19 cd. Trib.).   

Contra  esta  valoración, el demandante no  comprueba  reproche  alguno,  limitándose  a  reafirmar  que  al momento de los  hechos  su  representado  se  encontraba en otro lugar, luego no podía estar al  mismo  tiempo  en  dos  sitios,  pero  deja el reparo como una simple aserción,  carente de sustento.   

Por tanto, la demanda no prospera en ninguno  de sus enfoques.   

3.- De otra parte, ha  venido  señalando  la  Sala,  frente  a  decisiones  como  ésta, que el ajuste  punitivo  que  pudiere  derivarse  de  la  aplicación  por favorabilidad de los  preceptos  respectivos  de  la  ley  599  de  2000,  debe ser considerado por el  correspondiente  Juez  de  Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad (art. 79-7  L. 600 de 2000).   

4.-  Es  de anotar,  finalmente,  que al decidirse la casación sin sustituir el fallo contra el cual  iba  dirigida,  esta  sentencia  queda  ejecutoriada  el día en que es suscrita  (art.  187  de la ley 600 de 2000, anteriormente 197 del decreto 2700 de 1991) y  no admite recurso alguno.   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

NO   CASAR   la   sentencia   condenatoria  impugnada.   

Contra  esta  providencia  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

CARLOS EDUARDO MEJÍA ESCOBAR  

FERNANDO   E.   ARBOLEDA   RIPOLL                      JORGE                          E.                          CÓRDOBA  POVEDA                    

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS              CARLOS    AUGUSTO    GÁLVEZ    ARGOTE          

                                                                                                          No hay firma   

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO           ÉDGAR  LOMBANA  TRUJILLO                          

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN        NILSON  PINILLA PINILLA                      

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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