15518(10-07-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 15518  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta Nº  079  

          Bogotá  D.  C.,  diez  (10)  de  julio  del  dos  mil  tres (2003).   

VISTOS  

          Decide  la  Sala  el recurso de casación interpuesto por la defensa  contra  la sentencia de 6 de octubre de 1998 por cuyo medio el Tribunal Superior  de  Medellín confirmó la proferida por el Juzgado 20 Penal del Circuito de esa  ciudad  que  halló  responsable a JUAN DAVID GONZÁLEZ  QUICENO  de  los homicidios agravados cometidos contra  Giovanny  Alberto  Flórez  Manco y Juan Bernardo Ossa  Marín,  motivo por el cual le impuso pena de prisión  por  el  término de cincuenta (50) años de prisión, interdicción de derechos  y  funciones  públicas  por  el  lapso  de  diez  (10) años y el pago de sumas  equivalentes  a mil (1.000) gramos oro por cada uno de los fallecidos, a título  de  indemnización  de  perjuicios morales y materiales; así mismo lo absolvió  del  cargo  por  el  homicidio de Jorge Eliécer Vélez  Cardona.   

HECHOS  

          La   sentencia   impugnada   trae   el  siguiente  recuento  de  los  acontecimientos que fueron materia de juzgamiento:   

         “El  once  de  julio  de 1997, en la zona céntrica de la ciudad,  minutos  antes  de  las  once  la  noche,  las   concretamente  (sic) en la  conocida  plazuela  de  la  Iglesia  Veracruz, fueron abaleados dos jóvenes que  corresponden  a  las identidades de Juan Bernardo Ossa Marín y Giovanny Alberto  Flórez Manco.   

         “Inmediatamente  un  taxista  se acercó a las dependencias de la  Fiscalía  e  informó  la  forma  como  se llevó a efecto la occisión, por un  pasajero  que  él  había  recogido  cerca  y,  cuando pasaron por el lugar, le  manifestó  se  estacionara  sobre el costado norte de la calle 51 (Boyacá), un  momento,  al  instante oyó el sonido de un disparo e inmediatamente frente a su  vehículo  corrió  un  sujeto  de un llamativo pantalón de color rojo y en pos  suya,  su  pasajero con un arma de fuego en la mano, que le interrogó la razón  por  la cual corría, sin mediar otra palabra, le disparó en dos oportunidades,  dejándolo  exánime.  El  sujeto le ordenó tomara el rumbo al barrio Castilla,  donde   en   una   esquina  se  bajó,  después  de  cancelarle  la  carrera  y  tranquilizarlo  porque él era bastante conocido en la zona como el azote de los  gamines  y ladrones.   

         “El  segundo  insuceso se cometió en forma muy semejante, cuatro  días  más  tarde,  a la misma hora y en el mismo lugar, cuando fue descubierto  en  el pasaje peatonal de la mencionada iglesia, el cuerpo sin vida de un sujeto  indocumentado,  quien  también  murió  a consecuencia de impacto de bala en el  cráneo.  Días  después  se  identificó plenamente como Jorge Eliécer Vélez  Cardona,  de  quien  se  dice  era  un  vago,  que  permanecía en ese contorno,  viviendo de la caridad pública.   

         “Dentro  de las pesquisas del C.T.I. de la Fiscalía General, los  investigadores  localizaron  un  testigo  presencial  de estos homicidios, quien  aseguró  que  el  autor  es  un miembro de la Asociación Convivir AC-PAL, y lo  señaló  directamente  a los detectives, identificado como JUAN DAVID GONZÁLEZ  QUICENO….”.   

ANTECEDENTES  RELEVANTES   

          En  este acápite se consignan los actos procesales relacionados con  la  muerte  de  Giovanny  Alberto Flórez Manco y Juan  Bernardo  Ossa  Marín  que fueron el fundamento de la  sentencia   de   condena;  no  así  la  actuación  referida  al  homicidio  de  Jorge Eliécer Vélez Cardona  respecto    del   cual   el   sentenciado   GONZÁLEZ  QUICENO fue absuelto.   

          El    señor    JUAN   DAVID   GONZÁLEZ  QUICENO  fue  vinculado al proceso mediante diligencia  de  indagatoria  y  luego  sometido  a  medida  de  aseguramiento  de detención  preventiva  como  presunto  autor  del  doble homicidio agravado cometido contra  Giovanny  Alberto  Flórez  Manco y Juan Bernardo Ossa  Marín.   (Folios 75 a 83 C. Ppal.).   

          El  28  de noviembre de 1997, la Fiscalía 89 seccional de Medellín  calificó  la  instrucción  con  resolución  de  acusación  para JUAN  DAVID GONZÁLEZ QUICENO como presunto  responsable  del delito contra la vida consumado contra  Giovanny   Alberto   Flórez  Manco  y  Juan  Bernardo  Ossa  Marín  en  la  modalidad  de  agravado conforme a los numerales 4 y 7 del  artículo  324  del  Código Penal de entonces, esto es por motivo abyecto y por  indefensión de la víctima. (Folios 181 a 192).   

          La  última  notificación  de la providencia acusatoria se efectuó  por estado el día 5 de diciembre de 1997. (Folios 193).   

          La  etapa  del  juicio  se  adelantó  ante  el Juzgado 20 Penal del  Circuito  de  Medellín;  despacho  que  en  proveído del 10 de febrero de 1998  acumuló  la  referida causa a la adelantada en el Juzgado 26 Penal del Circuito  de  Medellín por el homicidio de Jorge Eliécer Vélez  Cardona (Folios 207 a 209).   

          El  18  de junio de 1998 se dictó la sentencia de primera instancia  y   en   ella  se  condenó  a  JUAN  DAVID  GONZÁLEZ  QUICENO  como  responsable de los homicidios agravados  cometidos    contra    Flórez    Manco    y    Ossa  Marín,  con  las  consecuencias   señaladas  al  inicio  de  este  pronunciamiento;  y, como se advirtió, se le absolvió por la  muerte  de  Vélez  Cardona.  (Folios 311 a 328).   

          En  virtud de apelación interpuesta por la defensa, el 6 de octubre  de  1998  el  Tribunal Superior de Medellín confirmó la decisión anterior, la  cual    fue    nuevamente    impugnada    por    la   defensa,   por   la   vía  extraordinaria.   

LA  DEMANDA   

          El  defensor  del  sentenciado  acusa  el  fallo  proferido  por  el  Tribunal  Superior  de Medellín  al amparo del inciso segundo de la causal  primera  que  consagraba  el  artículo  220  del Código de Procedimiento Penal  anterior,  por  violar  en forma indirecta la ley sustancial, al haber incurrido  en  error  de  hecho  por  falso  juicio  de identidad respecto de los medios de  prueba     que     no     ofrecen     certeza     sobre     participación     y  responsabilidad.   

          El  libelista  expresa que la posición del Tribunal es infundada al  darle  certeza,  con  valor  absoluto  de  credibilidad,  a  la única prueba de  índole  testimonial  proveniente  de  Pedro Nel Serna  Ramírez,  en  cuanto  no  advierte que de las propias  palabras  de  éste aflora el elemento de juicio que, por sentido común, obliga  a  desestimarlo;  por  tanto  acusa al sentenciador de actuar en contravía a la  cientificidad, a la sana lógica y a la experiencia.   

          Luego  asegura  que  la  percepción  es la aprehensión de un hecho  material  externo  que  demanda del sujeto estar en óptimas condiciones físico  sensoriales,   sin   merma   alguna   y   con   lucidez  mental  “como   acto   abstracto   a   partir   del   cual   cobra   vida  el  razonamiento”, definición con base en la cual, dice  el  recurrente,  se debe determinar si quien se abrogó la percepción dijo o no  la  verdad,  si  estaba  en  estado  adecuado  para  llegar a la fase inicial de  percepción  y  si  no  sufrió  afectación  alguna para, después, reconocerle  credibilidad dentro de una sana lógica.   

          Entonces  el  impugnante asume una reconstrucción de los hechos por  “escenas  o  actos” y al  efecto    argumenta    que   en   la   actividad   cotidiana   de   Pedro  Nel  Serna  Ramírez como taxista no  es  común que repare y memorice la fisonomía de cada usuario de sus servicios,  salvo  que  el pasajero asumiera un comportamiento que llamara su atención; por  ello,  no  tenía  motivación  para  reparar  en  detalles  como la fisonomía,  prendas de vestir, joyas, aderezos, porque era un pasajero más.   

          A  continuación,  cuando  el  pasajero  abandonó el vehículo para  ejecutar  los homicidios, como se desconocía el propósito que llevaba, tampoco  había  motivo para centrar la atención en su fisonomía. No obstante, el haber  escuchado  disparos y haber visto que su pasajero disparaba, sí pudo motivar su  interés  de  observación,  evento  que  produjo  una  actitud  de  alerta y de  desconcierto.  Sobre  tales  supuestos,  el  demandante  afirma  que,  según la  lógica,  la  actividad  mental  de  Pedro  Nel  Serna  Ramírez  se centró en obtener la justificación de la  conducta  de  su  pasajero, pero aún así, agrega, carecía de motivación para  fijar su atención en la fisonomía del pasajero.   

          Después,  el  pasajero  le  hace  saber que produjo la muerte a dos  ciudadanos  sin causa justificada y asume una posición intimidatoria al cambiar  la  munición  del arma y permanecer con ésta en la mano, que afecta los medios  sensoriales  de  percepción  y consecuentemente el razonamiento, por el miedo y  el  terror.  A  ese respecto el demandante asegura que según la ciencia médica  siquiátrica:   

“…el  miedo  como elemento abstracto es  determinante  en  la  afectación  de  la  percepción; el sujeto al momento del  hecho      generador      de     aquel     estado     emocional     ‘observa’ lo que sucede en su entorno, pero no  tiene  la  capacidad  de  memorización,  que  le  permita  a  posteriori  hacer  evocación  de  lo  visto.  Puede  incluso, así como observar, hacer juicios de  valor,  discernir  entre  el bien y el mal, pero aquel miedo que siente obnubila  su mente”.   

          El  defensor  da  por  sentado  que  el  único  testigo de cargo se  encontraba  afectado  sensorial,  emocionalmente  y sometido a una intimidación  tácita  que  le hizo suponer que su vida corría peligro, por ello le resultaba  imposible  fijar  su  atención  en  mínimos detalles, como los que suministró  respecto  de  las  prendas  que  vestía  su  pasajero, clase de reloj, correa o  cinturón y fisonomía.   

          Sostiene  el  casacionista que esa es la lógica que el sentenciador  de  segundo  grado  no  tuvo  en cuenta, ni la cientificidad y que desfiguró la  esencia  de  la  prueba al invocar las ‘óptimas   condiciones   de  visibilidad  y  audibilidad’  en  que se  encontraba el único testigo de cargo.   

          Igualmente  el censor contradice al juzgador en cuanto afirma que el  dicho  del  único  testigo  de  cargo  es  creíble por lo oportuno y armonioso  puesto  que  “no  todo  el que afirma un hecho está  asistido de la verdad”.   

          También  reprocha al Tribunal que para sustentar la credibilidad de  la  prueba  testimonial comentada y como medio demostrativo de Insolvencia moral  y  tendencia  a hacer justicia por propia mano en representación de la sociedad  para  la  cual trabajaba, invoque la supuesta manifestación que el procesado le  habría   dirigido   al   testigo   expresándole  que  era  el  “el  terror  de  los  gamines”, cuando ese  hecho  no  está  demostrado y no puede ser acogido como prueba del móvil de la  conducta.   

          De  lo  anterior,  el  actor  concluye que el juez le imprimió a la  “única  aparente prueba”  un  contenido  material  del  cual  carece, pues la puso a decir lo que no dice,  como   también  desconoció  que  el  testigo  no  estaba  en  las  condiciones  esenciales    que   le   permitían   percibir   el   hecho   que   dijo   haber  percibido.   

          Por  lo demás, atribuye al juez la creación de una prueba nueva de  cargo  al  referir  que  el procesado hacía parte de una institución que ya se  encontraba  sancionada  porque  sus  integrantes  habían incurrido en presuntas  violaciones  a  la  ley  penal, con lo cual le endosó la responsabilidad de una  persona jurídica por el sólo hecho de pertenecer a ella.   

          La  petición  final que el impugnante dirige a la Sala es la de que  revoque  la sentencia condenatoria acusada y en su lugar absuelva a JUAN    DAVID    GONZÁLEZ   QUICENO   de  responsabilidad   por   el   doble   homicidio   cometido  contra  los  señores  Giovanny   Alberto   Flórez  y  Juan  Bernardo  Ossa  Marín.   

CONCEPTO   DE   LA  PROCURADURÍA   

          El  señor  Procurador Tercero Delegado para Casación Penal sugiere  a  la  Sala  no  casar  la  sentencia  impugnada; concepto que fundamenta en los  argumentos siguientes.   

          La  demanda  es  un  escrito  confuso  y lleno de apreciaciones  personales,  en donde el libelista cuestiona la credibilidad de las pruebas y la  certeza  que dieron a los sentenciadores anteponiendo su visión personal de los  acontecimientos,  pero  no demuestra el error invocado, ni siquiera cuando trata  de acreditar la ruptura de las reglas del pensamiento lógico.   

          El  representante de la sociedad critica que el censor no define con  claridad  el  sentido  de  la  violación en cuanto señala que el juez cometió  errores  de  hecho  que  distorsionaron  el contenido material de la prueba y no  concreta  el  error  de  apreciación  ni  destaca  los  hechos  que  resultaron  tergiversados.   

          Comenta  que  el  impugnante expone la violación a las reglas de la  lógica  discurriendo  sobre  suposiciones o pretendidos axiomas respecto de las  condiciones  de  percepción  humana  y alegando sobre la percepción y el miedo  sin  un fundamento científico demostrado, pero sin esforzarse por demostrar que  efectivamente    el    testigo    Pero   Nel   Serna  Ramírez  estuvo  sometido  al  miedo por una concreta  acción  del  procesado  o  de  circunstancias  específicas  que  lo generaran.   

          Aduce  el  Procurador  que las consideraciones que presenta el actor  sobre  el  miedo no son absolutas, que existen otros puntos de vista, uno de los  cuales  fue  acogido  por el sentenciador para destacar que la perturbación del  ánimo  puede conducir a la fijación de los detalles  de la persona que lo  genera.   Y  agrega  que  el  censor  no  advierte  que  el testigo rindió  declaración  y  describió  al  procesado pocas horas después de ocurridos los  hechos.  Entonces  concluye  que  es  un  enfrentamiento  de  opiniones  que  no  configura error de legalidad en la sentencia.   

          Observa   que  el  demandante  evadió  considerar  condiciones  que  podrían  robustecer la fuerza de percepción y la credibilidad de la narración  del  testigo, como que ante comportamiento no acostumbrado como la muerte de dos  personas   a   sangre   fría,   pudo   fijar   inequívocamente  las  señas  y  características   de   quien  después  de  haber  ejecutado  el  hecho  había  continuado  utilizando  sus  servicios,  sin aprehensión alguna por ocultar los  rasgos que permitieran su posterior identificación.   

          Destaca   el  representante  del  Ministerio  Público  que  no  hay  razonamiento  alguno  respecto al error de hecho por falso juicio de existencia,  al  afirmar  que  la  sentencia  dio  por  ciertos  hechos  no probados y que el  demandante  guarda silencio sobre las normas de derecho sustancial supuestamente  infringidas.   

          El  colaborador  de  la  Sala aduce que en casación el libelista no  puede  cuestionar el estado mental o la forma como se produjo la percepción del  testigo,  circunstancias no debatidas en el proceso penal, pues nunca se pudo en  duda    la    presencia    de    Pedro   Nel   Serna  Ramírez  en  el lugar de los hechos y su observación  directa.   

          Por  otra  parte,  el Delegado encuentra que el Tribunal realizó su  análisis  no  sólo con base en el testimonio de Serna  Ramírez,  sino  que  también tomó en consideración  otras  declaraciones  que  ratificaron  lo  dicho  por  el taxista además de la  diligencia de inspección de cadáveres.   

          Así  mismo,  el  funcionario  conceptuante manifiesta que el censor  mal  interpreta  el  sentido  que  el  juzgador  le dio a las expresiones que el  proceso  hizo  al  testigo,  pues  en  la  sentencia  la  calificación  de  ser  “el    terror    de    los    gamines”  no  se consideró como prueba de responsabilidad, sino elemento  para    deducir    la    credibilidad    de    Serna  Ramírez,   ya   que  lo  dicho  por  éste  resultó  respaldado con otros medios probatorios.   

          Entonces,  el  Delegado concluye que el casacionista no demuestra el  error  que  invoca,  ni  señala  las  normas  presuntamente infringidas, ni los  argumentos apuntan a demostrar la ilegalidad de la sentencia.   

CONSIDERACIONES   

          Con  el  fin  de  analizar  el  cargo  formulado contra la sentencia  dictada  en  este proceso por el Tribunal Superior de Medellín conviene tener a  la  vista  que  el  recurso  extraordinario  es  rogado,  lo que implica que, en  principio,   la   decisión  que  adopta  el  Tribunal  de  Casación  no  puede  extralimitar  el  marco  de  lo  solicitado  en  la demanda y que por cuenta del  recurrente  corre la obligación de demostrar los asertos tanto de hecho como de  derecho sobre los cuales sustenta sus pretensiones.   

          Así  mismo  es  relevante  recordar  que  el  recurso  de casación  constituye  esencialmente  una  garantía  de legalidad de una sentencia dictada  como  culminación de dos instancias respecto de la cual se presume su acierto y  legalidad;  por  ello,  corresponde  al  libelista  desvirtuar alguna de las dos  presunciones,  o  ambas,  pues de lo contrario su aspiración impugnaticia está  llamada al fracaso.   

          Con  una  orientación tal, cuando el demandante acusa de ilegalidad  el  fallo  de  segundo  grado  endilgándole  la incursión en cualquier tipo de  error  de  apreciación  probatoria,  no  puede  menos  que  tomar como punto de  partida  los  argumentos  contenidos  en la decisión, en donde supuestamente se  ubica  el  respectivo  yerro  y abordar un procedimiento de confrontación tanto  con  el  proceso  en  sí,  como  con  la  normatividad sustancial supuestamente  vulnerada,  si  es  que  se  alega  una  violación indirecta, como sucede en el  presente asunto.   

          El  demandante  que  convoca a la Sala atribuye al fallador un error  de  hecho  por falso juicio de identidad, el cual, por la época de formulación  de  la  demanda, se estructuraba por la distorsión del contenido objetivo de la  prueba  o  por  efectuar  una  apreciación  probatoria  con transgresión a los  principios  de  la  sana crítica; la última de las cuales fue seleccionada por  el  recurrente;  modalidad  que  ahora se estructura en forma independiente y se  denomina falso raciocinio.   

          La  comprobación  de  la concurrencia de la citada especie de error  impone  precisar  el  elemento  de  juicio  sobre  el  cual  recayó  el  error,  puntualizar  las  consideraciones que el sentenciador extrajo de él, indicar la  regla  científica,  de  lógica  o  de experiencia transgredida, suministrar la  apreciación  correcta  sin  la infracción indicada y señalar la trascendencia  de  esa  nueva  apreciación  probatoria en el sentido del acto de jurisdicción  impugnado.   

          En  el asunto materia de este pronunciamiento el elemento probatorio  que  en criterio del impugnante fue equivocadamente apreciado por el fallador es  el  testimonio  de Pedro Nel Serna Ramírez,   en  cuanto  identifica  a  JUAN  DAVID  GONZÁLEZ  QUICENO  como  autor  de los homicidios que  terminaron  con  la  existencia  de  Giovanny  Alberto  Flórez  Manco  y  Juan  Bernardo  Ossa Marín, aspecto  sobre el cual se le otorgó plena credibilidad.   

          Para  demostrar  el  yerro,  el  libelista menciona la infracción a  reglas  de  la  lógica  y  de  la ciencia sin especificar unas ni otras; luego,  ensaya  a  definir  qué es la percepción y a exigir que se realice en óptimas  condiciones  físicas  y sensoriales y a continuación memora las circunstancias  en  que el señor Pedro Nel Serna Ramírez presenció  los  asesinatos pero elaborando su propia versión de lo  ocurrido.   

          Entonces   resuelve   suministrar  algunas  premisas  que  son  solo  opiniones   personales;   así   por  ejemplo,  manifiesta  que  “no  es  común”  que un taxista repare y  memorice  la  fisonomía  de  cada  usuario de sus servicios. De esa manera, del  oficio  desempeñado  por  el  testigo, deduce una posibilidad huérfana de todo  fundamento  lógico,  científico  o  experimental,  pues  ni  la lógica, ni la  ciencia  ni  la  experiencia  suministran una regla que permita asegurar que los  taxistas  no  son observadores y que habitualmente no recuerdan la fisonomía de  sus  pasajeros.  Esa es una característica tan contingente como cualquier otra,  de  la  índole  que sea, que posea un ser humano, único por naturaleza, que no  depende  exclusivamente  del  oficio  que se asuma. Lo normal, es la diversidad,  vale  decir,  que existan conductores de  vehículos que ostenten todo tipo  de  cualidades  como  ser observadores, distraídos, conversadores, silenciosos,  amables,   descorteses,   gentiles,   atrevidos,  acelerados,  lentos,  serenos,  eufóricos,   alegres,   tristes,  etc.  Por  tanto,  la  premisa  inicial  cuya  conclusión  sería  que  el  testigo  no  tenía  por  qué  fijar  la imagen y  fisonomía  del procesado GONZÁLEZ QUICENO, es falsa.   

          La  segunda  premisa  que  exhibe  el  libelista  es la salvedad que  formula  respecto de la anterior, vale decir que, un taxista puede reparar en la  fisonomía   y   características   de   un   pasajero  cuando  éste  asume  un  comportamiento  que  llame  su  atención;  entonces  admite  que la conducta de  GONZÁLEZ  QUICENO  de haber  disparado   y   dado   muerte   a   un   ser  humano,  produjo  en  Pedro  Nel  Serna  Ramírez  una actitud de  alerta  y  desconcierto,  pero  la  circunscribe  al  interés  de  encontrar la  justificación   a   semejante  acción,  mas  no  a  memorizar  los  caracteres  fisonómicos de su cliente.   

          En  este  punto  es  evidente  que el litigante transgrede su propia  lógica  en cuanto admite que observar cómo un ser humano da muerte a otros dos  es  un  suceso  con la entidad suficiente para capturar la atención de alguien,  pero  a  continuación  rebusca  argumentos  para  no  llegar  a  la conclusión  obligada  por su propia postulación, cual sería que justamente por la magnitud  de  lo  presenciado,  las  facultades intelectuales y sensoriales del testigo se  agudizan  para  conservar  en  su  memoria  las características del autor de un  comportamiento tan reprochable.   

          Enseguida,  en  el  intento  de  demeritar  la  capacidad mnemónica  exhibida  por  el  testigo  Serna Ramírez  al  haber identificado a  JUAN DAVID  GONZÁLEZ  QUICENO como el pasajero que en su presencia  privó  de  la  vida  a  dos congéneres, el impugnante construye otro argumento  consistente  en  sostener  que  el taxista supuso que su vida estaba amenazada y  que  ello  le  impidió  fijar  su  atención  en mínimos detalles como los que  suministró  sobre  las  prendas  de  vestir,  el reloj, la correa usados por su  pasajero  y  su  fisonomía,  postulado  sin  ninguna  eficacia para degradar la  credibilidad  otorgada  por  el  juzgador a ese testimonio por cuanto no pasa de  ser una simple especulación.   

          Bajo  el  rigor  de  sus  ideas,  el  demandante fuerza conclusiones  opuestas  a  las deducidas por los sentenciadores, sin siquiera haber localizado  el  aspecto  específico  del  aserto  del sentenciador que habría transgredido  alguna normatividad de la vida real, de la ciencia o de la lógica.   

          Por  lo demás, a pesar de reprochar al fallador por aseverar que el  testigo  se  encontraba en óptimas condiciones de audibilidad y visibilidad, no  explica en qué es equivocada esa conclusión.   

          En  esas  condiciones  queda  vacía  de  contenido  la  afirmación  conforme  a  la  cual  el  juez  puso  a  la  “única  aparente  prueba” a decir lo que no dice, por cuanto  lo  que  el  demandante pone en discusión es la credibilidad a lo expresado por  el  testigo;  y sus tesis no están dirigidas a demostrar que el declarante dijo  algo  y  el  Tribunal le asignó el relato de hechos o circunstancias distintas.  Por  ende,  la  fundamentación suministrada no es idónea para demostrar ni que  se  tergiversó  el  testimonio  de  Pedro  Nel  Serna  Ramírez   ni   que   al  otorgarle  credibilidad  se  transgredieron las reglas de la sana crítica probatoria.   

          Así  las  cosas, la Sala comparte el concepto del señor Procurador  Tercero  Delegado para Casación Penal cuando expresa que la demanda ni siquiera  menciona  las  normas  sustanciales  que  habrían  resultado  vulneradas con el  fallo;  además, es confusa y plagada de apreciaciones personales con las cuales  no  se  demuestra  el  error invocado y que el impugnante omitió considerar los  hechos  desde puntos de vista diferentes y admisibles, como que la perturbación  de  ánimo  puede  producir un efecto contrario al indicado por él, cual es, el  de fijar los detalles de la persona que genera tal perturbación.   

          Igualmente  es  acertado  predicar  con la Procuraduría que además  del   testimonio   de   Serna   Ramírez,  el  Tribunal  basó  su decisión en otros elementos de juicio que  corroboran    su    dicho    y    que   al   respecto   el   libelista   guardó  silencio.   

            Prosiguiendo con lo alegado por el recurrente, observa la Sala que  insinúa  una  circunstancia  que  debió  presentar  como cargo separado; es la  afirmación  de que el ad quem  creó  una nueva prueba de cargo al referir que el sentenciado pertenecía a una  institución   que   había  sido  sancionada  porque  sus  integrantes  habían  infringido  la  ley. Es una censura que el libelista sólo deja enunciada, en la  medida  en  que se desconoce el tipo de error que funda sobre un hecho en verdad  demostrado.  Y  si  lo  que considera ilegal es la inferencia que partió de ese  supuesto  fáctico,  correspondía al recurrente señalar lo errático de ella y  en dónde radica la transgresión al orden jurídico.   

          Un  hecho  adicional apoyado en la expresión de que el procesado es  “el    terror    de    los    gamines”   que   el   testigo   Serna  Ramírez  dijo   haber  escuchado  al  procesado,  es  abordado  tangencialmente  por  el  casacionista  quien  asegura  que  ese  hecho no está  demostrado  y  que  no  puede  ser  acogido  como móvil de la conducta. En este  punto,  lo  único que se conoce es la opinión del censor, naturalmente opuesta  a  la  del  sentenciador,  pero  se  desconoce,  por silencio del recurrente, en  dónde  está  el  yerro,  no  precisa  si lo que aduce es un error de hecho por  falso   juicio  de  existencia  o  si  lo  que  acusa  es  un  falso  juicio  de  identidad.   

          Aparte   de  la  indebida  formulación  de  la  censura,  se  puede  contestar   a  ella  en  los  términos  planteados  por  el  representante  del  Ministerio  Público,  es  decir,  aclarando que la frase citada en el libelo no  fue   tomada   como   fundamento   para  deducir  la  responsabilidad  penal  de  GONZÁLEZ  QUICENO sino para  sustentar  la  credibilidad en la versión de Pedro Nel  Serna Ramírez.   

          En  síntesis,  es  de  concluir que con los cargos formulados en la  demanda   objeto de esta decisión el recurrente no logró demostrar que el  Tribunal  Superior de Medellín, al confirmar la condena irrogada a JUAN  DAVID  GONZÁLEZ  QUICENO como autor  del    doble   homicidio   agravado   cometido   en   contra   de   Giovanny    Alberto    Flórez    Manco   y   Juan   Bernardo   Ossa  Marín,   hubiera  transgredido  alguna  disposición  sustancial.  Luego,  es  claro  que  las presunciones de acierto y legalidad del  fallo  proferido  por  dicha  corporación  se  mantienen incólumes y la única  decisión  posible  de  adoptar es no acceder a las pretensiones expuestas en el  escrito impugnatorio.   

CUESTIÓN  FINAL   

          En  razón  a que mientras se tramitaba el recurso extraordinario se  produjo  el  cambio de legislación que redujo la pena de homicidio, por el cual  se  condenó a JUAN DAVID GONZÁLEZ QUICENO  ha  surgido  una  situación  que  da  lugar  a la aplicación del  principio  de  favorabilidad,  la  Sala  deja  en  claro  que  se  trata  de una  determinación  de competencia de los jueces de ejecución de penas y medidas de  seguridad,  porque  así  lo establece el numeral 7 del artículo 79 del Código  de  Procedimiento  Penal;  motivo  por  el  cual  en  este  fallo no se efectúa  pronunciamiento alguno al respecto.   

          En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, en Sala de  Casación  Penal  y  administrando  justicia  en  nombre  de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

          NO       CASAR       la      sentencia  impugnada.   

          Contra este fallo no procede recurso alguno.   

          Cópiese,    notifíquese    y    devuélvase    al    Tribunal   de  origen.   

YESID        RAMÍREZ   BASTIDAS   

Comisión de servicio  

HERMAN        GALÁN   CASTELLANOS                   CARLOS   AUGUSTO  GÁLVEZ  ARGOTE   

JORGE    ANÍBAL   GÓMEZ   GALLEGO                                       ÉDGAR    LOMBANA   TRUJILLO   

ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ   PINZÓN                      MARINA   PULIDO  DE  BARÓN   

JORGE    LUIS    QUINTERO   MILANÉS                                       MAURO    SOLARTE   PORTILLA   

TERESA  RUIZ  NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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