14926(13-06-02)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 14926  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No. 62  

         Bogotá,  D.  C.,   trece  (13) de  junio de dos mil dos (2002).   

          Decide  la  Corte el recurso de casación interpuesto en defensa de  HELIOS   DE   JESÚS  BARRIENTOS  PORRAS  contra  el fallo de mayo 13 de 1998, mediante el cual el Tribunal  Superior  de Medellín confirmó el dictado por el Juzgado 24 Penal del Circuito  de  esa  misma  ciudad,  que  condenó  al mencionado procesado y a FREDY  ALBERTO  VERGARA  BETANCUR  a las  penas  principales de cuatro (4) años de prisión y multa de diez (10) salarios  mínimos  legales  mensuales,  como  autores de la infracción al inciso 1º del  artículo 33 de la Ley 30 de 1986.   

          HECHOS   

          Dan  cuenta  los autos que la Jefatura de Investigaciones Generales  de  la  Policía  Metropolitana de Medellín, ordenó la vigilancia del inmueble  ubicado   en  la  calle  99  No.  69  –  33,  barrio  Castilla  de  esa  ciudad,  pues  por  informaciones  telefónicas  se  tuvo  conocimiento  que  en  horas  del  mediodía  del  26 de  diciembre  de  1996,  saldría un sujeto de contextura gruesa y 36 años de edad  aproximadamente, con el propósito de distribuir estupefacientes.   

          Los  datos  suministrados resultaron verídicos, toda vez que en la  fecha  indicada  egresó  de  la aludida residencia una persona de la fisonomía  reseñada,  quien interceptado y requisado fue sorprendido en la detentación de  dos  bolsas  que  contenían  950 gramos aproximadamente de una sustancia que de  acuerdo  con la identificación preliminar, por lo menos, se estableció que era  cocaína base.   

          El   retenido   se  identificó  como  HELIOS   DE   JESÚS  BARRIENTOS  PORRAS  y  manifestó que la sustancia incautada le había sido entregada  en   dicho   predio   por   FREDY   ALBERTO  VERGARA  BETANCUR,  quien al parecer tenía otra cantidad para  su  posterior  comercialización.   Por  tal  motivo,  los  agentes  de  la  Policía  ingresaron  a  la  vivienda,  donde  decomisaron  una  gramera  y otra  cantidad del mismo narcótico.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          1.   Decretada  la  apertura de la investigación y escuchados  en   indagatoria   los   retenidos  VERGARA  BETANCUR  y   HELIOS   DE   JESÚS  BARRIENTOS  PORRAS,  la  Fiscalía  68  Seccional  de  Medellín  resolvió  su situación jurídica en providencia del 31 de diciembre  de  1996,  afectándolos con detención preventiva por infracción al inciso 1º  del artículo 33 de la Ley 30 de 1986.   

          Clausurada  la  etapa  investigativa y agotado el traslado para las  alegaciones  correspondientes,  la Fiscalía en resolución de fecha abril 23 de  1997    elevó    acusación    en    contra    los    sindicados   BARRIENTOS    PORRAS   y   VERGARA  BETANCUR,  como  autores  de la  conducta  punible  imputada  en  la medida de aseguramiento. De esta providencia  conoció  la  Fiscalía  Delegada  ante los Tribunales Superiores de Antioquia y  Medellín  en  virtud  de  la apelación presentada por el apoderado del primero  citado,   que  en  providencia  del  17  de  junio  siguiente  la confirmó  integralmente.   

          2.   El Juzgado 24 Penal del Circuito de Medellín celebró la  audiencia  pública  y  en  fallo  del  25  de  febrero  de  1998 condenó a los  procesados,  en  consonancia  con  la  resolución  de  acusación,  a las penas  principales  atrás  precisadas  de cuatro (4) años de prisión y multa de diez  (10)  salarios  mínimos  legales  mensuales, confirmado el 13 de mayo del mismo  año  por el Tribunal Superior de Medellín al desatar la alzada interpuesta por  el   mandatario  judicial  del  implicado  BARRIENTOS  PORRAS.   

         Inconforme   el   apoderado,  presentó  el  recurso  de  casación  sustentado en forma oportuna y que ahora decide la Corte.   

LA DEMANDA  

          Al  amparo  de  la causal primera de casación, cuerpo segundo, del  artículo  220 del Código de Procedimiento Penal anterior, el defensor acusa la  sentencia  del  Tribunal  de  ser  violatoria  en  forma  indirecta  de  la  ley  sustancial,  por aplicación indebida de los artículos 247 ibídem y 33, inciso  1º  de la Ley 30 de 1986, y falta de aplicación del artículo 445 del derogado  estatuto  procesal,  desacierto  derivado del “FALSO  JUICIO  DE IDENTIDAD, con relación a la prueba testifical allegada, en cuanto a  su   tergiversación,   dándole   más   valor   del  que  tiene”,  como también respecto de la “prueba  de  inspección  judicial  o  pesaje  de  las  muestras  incautadas  y al propio  experticio    médico    legista    sobre   el   contenido   de   ese   material  decomisado”.   

          En  la  sustentación de esta única censura, el demandante señala  que  al  tenor  del  precitado  artículo  247  de la codificación instrumental  penal,  para  el  proferimiento  del  fallo  de condena se reivindica la certeza  sobre  la  materialidad,  la  responsabilidad penal y la antijuridicidad, estado  mental  que  debe cimentarse en la prueba existente en el plenario, “interpretada    con    un    criterio    racional”.   

          Discurre  seguidamente  sobre  los  falsos  juicios de existencia e  identidad,  para  insistir  en  que  esta  última  modalidad  de  yerro  fue la  configurada  en  el  fallo recurrido.  Advierte que la pasada codificación  penal  establecía  que  para  que la conducta fuera punible debía ser típica,  antijurídica   y   culpable,   a   la  vez  que  definía  cada  uno  de  tales  elementos.   Transcribe  la  definición  que  de  la  tipicidad  brinda un  connotado  doctrinante extranjero y en este aparte del escrito evoca finalmente,  la  expresa  proscripción  de la responsabilidad objetiva otrora contemplada en  el aludido estatuto punitivo.   

          Indica  más  adelante  que  el  Tribunal  en  el  fallo de segunda  instancia  retomó  “esa  vetusta y afortunadamente  desaparecida  responsabilidad  objetiva”, pues en un  comienzo  afirmó la duda en torno a la tipicidad y sin embargo concluyó que su  representado  era  copartícipe  en  la  fallida  distribución de toda la droga  decomisada.   En  síntesis,  afirma  el  libelista, el juzgador ad quem no  realizó  una valoración crítica de “los medios de  convicción  reunidos en el plenario…porque frente a las reglas de la lógica,  la  experiencia  y  la  ciencia,  se les dio más alcance del que dichas pruebas  informan”.   

          Plantea  que  en la sentencia impugnada se omitió el “análisis     crítico    de    cada    probanza”  y tampoco se señaló el  motivo  ”para  darles  el poder de certeza” al    edificar    la    condena    en   contra   de   BARRIENTOS    PORRAS,   “terminando  por  darle  mayor  razón  a  un  informe anónimo,  frente  a  la  realidad  de las probanzas”, a pesar  que  a  través  de  estas  últimas  se  discernía  en  autos que el susodicho  procesado  no  fue  sorprendido en posesión de sustancia estupefaciente sino de  bicarbonato   de  sodio,  “de  manera  pura  y  no  mezclada;  o  que  al  menos  existen  dudas  insalvables  sobre  este  tópico,  originadas  en la misma prueba obrante en el expediente y si fue responsabilidad  de   la  Fiscalía  o  la  Policía  el  manejo  de  dicha  probanza,  no  puede  soportar”     el     sindicado     “ese  error y menos la interpretación o alcance que se le da en  los fallos de instancia”.   

         Reseña     el     origen     remoto     de     la    “Absolución   por   dudas”,  que  presenta  como  una  de  las  más  preciadas  conquistas  de la democracia y el  liberalismo,  inspirada  en  el  principio  del favor rei, en virtud del cual se  impone  la decisión de tal naturaleza ante la posibilidad de haber ocurrido los  hechos  de diferente modo.  Agrega que la falta de certeza en manera alguna  se  predica  en  este  asunto exclusivamente de la responsabilidad sino también  del  tipo  penal  por  el  que  se  condenó a su asistido, porque si bien en el  artículo  33  de la Ley 30 de 1986 se contemplan varias conductas alternativas,  todas   tienen   como  elemento  común  que  recaen  sobre  droga  que  produce  dependencia.    

          En  el  caso  examinado,  asegura  el  censor,  a partir del informe policivo, de la diligencia de pesaje y del estudio  técnico,  tiene  que  concluirse  que  la  sustancia  incautada  a BARRIENTOS  PORRAS  era bicarbonato de  sodio,  o  por  lo  menos,  que  existe la duda sobre la naturaleza de la misma,  incertidumbre  de  obligada resolución a  favor de aquél, no en su contra  como  aconteció  en  los  fallos de instancia.  Por lo tanto, “aunque  se  podía  hablar  de una violación directa de la ley  sustancial  y  no  indirecta  como  se  expone”, el  casacionista  considera  que  el  reconocimiento  de  la  duda  efectuado por el  Tribunal  en  un  comienzo  no se mantuvo en todo el curso de la motivación del  fallo  de  condena; en consecuencia, esa última vía atrás enunciada es la que  surge pertinente para formular el ataque.   

         Finalmente,  el  defensor  reitera  que  en  estas  diligencias se  muestra  ausente la certeza, ante “un sinnúmero de  incertidumbres…con  pruebas  apreciadas  de  manera  muy  irregular y donde el  juicio  de  identidad  fue  falso, dándole una significación probatoria que no  tenía”.   

         Con  los  anteriores  fundamentos  solicita a la Corte que case el  fallo     impugnado     y     profiera     uno    sustitutivo    de    carácter  absolutorio.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PUBLICO   

        El  Procurador  Segundo Delegado advierte que el delito imputado a  los  procesados  fue  debidamente  deslindado  tanto  en  el plano fáctico como  jurídico.   

        Encuentra  que  el  censor afirma la atipicidad del comportamiento  de   su   asistido   BARRIENTOS  PORRAS  con fundamento en la experticia que dictaminó que de las cuatro  muestras  examinadas  sólo  dos  de ellas resultaron positivas para alcaloides,  pues  las restantes contenían sustancia compatible con carbonatos.  Prueba  técnica  en  la  que  no  se  discriminó cuáles de ellas correspondían a los  paquetes   hallados  en  poder  de  cada  uno  de  los  sindicados,  deficiencia  igualmente  detectada  en  la posteriormente realizada de idénticos resultados,  imprecisión  a  partir  de  la  cual  el demandante pregona la existencia de la  duda.   

         Sin  embargo,  en  tal  apreciación el libelista pasa por alto, a  juicio  del  Ministerio  Público,  que  de conformidad con la prueba acopiada y  según  fue  colegido  en  la  sentencia  censurada,  los  acusados en comunidad  criminal  participaron  en  una  empresa  criminal  consistente  precisamente en  mezclar  la cocaína con bicarbonato de sodio para expenderla como bazuco en las  calles  de  Medellín.   Por  lo tanto, resulta intrascendente que no pueda  establecerse  con  exactitud  cuáles paquetes portaba el sindicado BARRIENTOS PORRAS.   

         Adicionalmente,  cuando  el  impugnante  descalifica el informe de  captura  pretende construir una tarifa probatoria ajena al ordenamiento procesal  penal,  olvidando  que  la  casación  no  es  una  instancia  libre donde pueda  insistirse  en  el debate probatorio clausurado al definirse la apelación, sino  que  el  fin  de la demanda debe ser “demostrar, en  serio,  la  ilicitud  de la decisión”.     

         Así  las  cosas,  la  censura queda en el mero replanteamiento de  una    tesis    suficientemente    debatida    en   el   proceso,   “cuyo  estado  dudoso  es  verdaderamente  inexistente, salvo la  pretensión  del  acucioso defensor”.  En este  orden  de  ideas,  el Delegado de la Procuraduría sugiere a la Sala no casar el  fallo impugnado.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         La  demanda  de  casación  presentada  en  defensa  del procesado  BARRIENTOS PORRAS adolece  de  evidentes  deficiencias  técnicas  que no pueden subsanarse en esta sede en  virtud  del  principio  de  limitación, por razón de las cuales se anticipa la  improsperidad  del  único  reparo erigido contra el fallo de segunda instancia,  como pasa a considerar seguidamente la Corte.   

          1.   En  cumplimiento  del  cometido  anunciado,  sea  lo  primero indicar, que de acuerdo con el criterio de la Sala,  en   esta   oportunidad   simplemente  reiterado,  cuando  se  postula  la   transgresión  del  principio  in  dubio  pro reo, el ataque debe plantearse con  apoyo  en  la  violación  directa  del precepto sustancial que lo recoge, si el  fallador  admite  en  la providencia impugnada la  incertidumbre probatoria  respecto  de  la  conducta  punible o la responsabilidad penal del sindicado y a  pesar  de ello profiere la condena.  En cambio, el reproche debe orientarse  al  amparo  de  la  causal  primera, pero por el quebranto indirecto, cuando los  sentenciadores  desconocen  el  aludido  postulado  a  través de una desatinada  apreciación  de  las  pruebas,  de  manera  que  en  tales  eventos al actor le  corresponde  comprobar  la  realidad  y  la  incidencia del dislate alegado, que  tratándose  del  error  de  hecho,  que interesa para los actuales fines, puede  consistir   en  la  distorsión  de  los  contenidos  fácticos  de  los  medios  demostrativos,  en  la  suposición  o preterición de los mismos, o surgir como  consecuencia de su valoración contraria a la sana crítica.   

         En el caso examinado, en detrimento de  la   claridad   y   precisión  que  debe  ostentar  la  censura  para  tornarla  inteligible,  se  tiene  que  el libelista se aparta de manera ostensible de los  anteriores   derroteros   para  entremezclar  indistintamente  estas  dos  vías  excluyentes de ataque.    

         Ciertamente,  si  bien  el  censor  al  formular  el cargo acusa la infracción mediata de la ley sustancial, consistida  en  la  aplicación  indebida de la norma tipificadora del delito por razón del  cual  se  profirió  el fallo de condena, con la consecuente exclusión evidente  del  precepto  que  consagra  el principio in dubio pro reo, derivada de acuerdo  con  sus  alegaciones del error de hecho incurrido por falso juicio de identidad  en  la  valoración  de  las pruebas testimonial y técnica, en la sustentación  del  reparo  se  distancia  del  enunciado  del  cual  parte para afirmar que el  Tribunal  admitió  la duda en torno a la tipicidad de la conducta investigada y  sin  embargo,  concluyó  la  coparticipación  de  su  asistido  en  la fallida  distribución de la droga decomisada.   

         Afianzando  tal deficiencia, el demandante en posterior acápite a  pesar  de  insistir  en  los  desaciertos  que  asegura  fueron  cometidos en la  estimación  probatoria, también reiteró a renglón seguido que el juzgador ad  quem  reconoció  la  existencia  de  la duda, incluso, adujo desde esta última  perspectiva    que    en    el    presente    caso   se   podría   “hablar  de  una  violación  directa  de la ley sustancial y no  indirecta  como  se  expone”.   En síntesis,  postuló  de  manera  contradictoria  y  bajo el mismo cargo las dos mencionadas  formas  de  transgresión  del  derecho, perdiendo de vista que en la primera de  ellas  el  recurrente  acepta  las  conclusiones  fácticas y probatorias de los  juzgadores  para  plantear  un  debate  estrictamente jurídico, mientras que la  segunda  debe  encaminarse  a  la demostración de errores de hecho o de derecho  trascendentes  en la estimación de los medios demostrativos, y que a través de  tales  dislates se llegó a la violación de la ley sustancial.  De ahí la  manifiesta incompatibilidad de su alegación simultánea.   

          Ahora  bien,  el  libelista  pretende  explicar  sin  éxito  que  en  este  asunto  las  dos vías de ataque sugeridas  emergían  de  posible  invocación,  alternativas  ante  las  cual optó por la  última  reseñada,  según  afirma,  porque  el  Tribunal  en  el  curso de las  motivaciones  del  fallo  de  condena  no  mantuvo la incertidumbre inicialmente  pregonada.   Así  las cosas, el actor deja entrever que la incoherencia de  la  propuesta  no  fue  ajena  del  todo a su comprensión, en la que incurrió,  conforme  destaca  la  Procuraduría  Delegada,  porque  atisbó  artificiosa  y  forzadamente  esa  falta  de  certeza  en  las  consideraciones  que soportan la  sentencia impugnada.   

         En  efecto, el juzgador a quo y mucho menos el Tribunal admitieron  que  la  adecuación  típica  de  la conducta endilgada al acusado BARRIENTOS  PORRAS  surgiera incierta,  como  atesta  el  defensor.   Por  el  contrario,  en el fallo impugnado en  casación,   el   ad   quem   corroborando  las  apreciaciones  probatorias  del  pronunciamiento  de  primera  instancia,  con  el cual integra unidad jurídica,  estimó  que  la  realidad  de  la  conducta  punible  imputada podría aparecer  “a  primera  vista … dudosa … debido a que las  bolsas  incautadas  y  las muestras tomadas no fueron manejadas adecuadamente ni  discriminadas  por  sindicado o sitio de decomiso”,  pues  por  este  específico  aspecto,  en  las  dos pruebas técnicas a las que  fueron  sometidas  las  sustancias  se  dictaminó  de  manera  diferente cuales  correspondían   a   cocaína   base;   concretamente,   mientras   que   en  la  identificación  preliminar  se indicó tal resultado de las rotuladas 1 y 4, en  los  posteriores  exámenes de laboratorio se precisó la calidad aludida de las  numeradas 1 y 2.   

         El  Tribunal también reseñó que “a  raíz  de  lo anterior el defensor de Helios cuestionó en la audiencia pública  de  juzgamiento  la  estructura  o tipicidad del delito endilgado”.   Transcribió  la respuesta que tal alegato recibió en el  fallo  del a quo, y retomando las conclusiones de este último, sin reconocer la  incertidumbre  que  el  actor  aduce  configurada  para  justificar vanamente la  incoherencia   de   su   propuesta,  el  ad  quem  precisó  más  adelante  que  “esos  planteados  motivos de duda sólo existen a  simple   vista   y   en  definitiva  resultan  intrascendentes  e  incapaces  de  desnaturalizar  el  grave  delito por el que con justicia y en forma legal se ha  condenado  a  los dos acusados.  Porque lo sabido y verificado al pie de la  letra  por  la  patrulla  policial puso al descubierto que Fredy Alberto Vergara  Betancur  mantenía en su vivienda distintas cantidades de estupefaciente a base  de  cocaína,  con fines de distribución o venta, y que su amigo y cuasipaisano  Helios  de Jesús Barrientos Porras era quien le colaboraba para distribuirlas o  venderlas.   En otras palabras, el primero guardaba o conservaba esa nociva  sustancia  y  el  segundo la movilizaba, sobre todo sacándola para su posterior  expendio o suministro a terceros…”.   

         Por  tal  razón,  el  Tribunal  sostuvo  además  y con idéntica  orientación  argumentativa,  que  “frente  a  esa  clara  coparticipación criminal respecto de todo lo decomisado (cocaína base y  el  bicarbonato como diluyente y alcalinizante para la preparación del bazuco),  ninguna  utilidad  o  importancia  tiene  el aducir la posibilidad de que lo que  Helios  portaba  al momento de su captura era bicarbonato puro y no mezclado con  base de coca”.   

        2.   Además  de  la  impropiedad  comentada, se tiene que el  libelo  se  tradujo  en  un  simple  alegato de instancia donde el demandante no  intenta  demostrar  siquiera los yerros de apreciación probatoria endilgados al  Tribunal,   que   deja   sumidos   entonces   en  un  confuso  y  contradictorio  enunciado.   

         Efectivamente,  el casacionista con la  incoherencia  que  fue objeto de anterior discernimiento, dentro del marco de la  causal  primera de casación, cuerpo segundo, plantea en últimas la aplicación  indebida  de  los artículos 247 del estatuto procesal penal anterior y 33 de la  Ley  30  de  1986  entonces vigente, con la consecuente exclusión del artículo  445  de  la  primera  codificación  aludida, desacierto que deriva del error de  hecho  por  falso juicio de identidad incurrido en la apreciación de los medios  de prueba incorporados a los autos.   

         Sin embargo, en manera alguna sustentó  el  dislate  argüido a través de las exigencias que le son propias, pues pasó  por  alto  su  carácter puramente contemplativo y que se configura, conforme ha  precisado  de  manera  reiterada  la  Sala, cuando el juzgador cercena, altera o  adiciona  la  significación  objetiva de la prueba haciéndola producir efectos  que  no se derivan de ella.   Por lo tanto, que ante una alegación de  esta  naturaleza,  le  correspondía  precisar  de  antemano  los  elementos  de  persuasión  indebidamente  apreciados, cotejar después su expresión material,  recogida  en  el  acta o en el documento respectivo, con la que les fue asignada  en  el fallo atacado para demostrar de este modo la distorsión de su contenido,  y   finalmente, acreditar que el dislate comprobado de este modo determinó  el pronunciamiento equivocado del juzgador.   

         Frente  a  tales  exigencias, el censor se conformó con denunciar  en     forma     genérica     la    tergiversación    de    la    “prueba  testifical  allegada”, sin  precisar  las  declaraciones  objeto del dislate, menos aún, en qué consistió  el  mismo,  ni  su incidencia frente a la declaración de justicia vertida en la  decisión recurrida.   

         Por  otra  parte,  tratándose  de los  exámenes   técnicos   realizados   con  miras  a  identificar  las  sustancias  decomisadas,  el  demandante  arguyó  que  un  desacierto  de dicho talante fue  cometido  en  la  apreciación  de  estos medios de prueba, yerro que a renglón  seguido   él  mismo  infirma,  pues  lejos  de  demostrar  la  distorsión,  la  alteración   o   el   cercenamiento  de  sus  contenidos  materiales,  admitió  implícitamente  que fueron asumidos por los falladores con estricta fidelidad a  su  significación objetiva, para censurar entonces la intrascendencia predicada  en  las  decisiones  conclusivas de las instancias de sus divergentes resultados  sobre  el  número  de  las  muestras  respecto  de las cuales se dictaminó que  correspondían  a  cocaína  base.   En fin, el libelista acude aquí a una  simple  divergencia valorativa en la que hace consistir el endilgado desatino en  la  falta  de  coincidencia  de  los juzgadores con sus personales e interesadas  apreciaciones,  donde  mal puede atisbarse configurada entonces la existencia de  un desacierto acusable en casación.   

         Ciertamente,  las  consideraciones  del  actor  en  este  punto se  orientan  a  plantear con apoyo en los disímiles resultados de las experticias,  que  discrepan no sobre la naturaleza de estupefaciente de dos de las sustancias  incautadas,  aspecto  en  el cual coincide, sino respecto de cuáles de ellas se  dictamina,   que   el  sindicado  BARRIENTOS  PORRAS  fue sorprendido en la detentación de bicarbonato de  sodio  o,  por  lo  menos,  que  la calidad de la sustancia que específicamente  llevaba  consigo  al  momento  de  la  captura se ofrece dudosa.  Tesis que  enfrenta  luego  a  la de los juzgadores, para quienes con indiferencia frente a  este  específico  esclarecimiento  y  partiendo  de  la  premisa  de haber sido  incautada  en  todo  caso  una  considerable  cantidad  de narcótico durante el  operativo  finalizado  con  la  aprehensión de los acusados, concluyeron que el  delito  investigado se cometió en coautoría, de manera que resulta indiferente  que  la  cocaína la llevara aquél consigo al momento de la retención o que la  misma  fuera  hallada  en  el  interior  de  la  vivienda de donde había salido  minutos antes.   

          En   otros  términos,  el  defensor  mediante  una  alegación  propia  de  las instancias simplemente contrapone sus  apreciaciones  subjetivas  y  parcializadas  en  relación  con  estos medios de  persuasión  al  análisis  de  los  falladores,  revestidos  éstos de la doble  presunción   de   legalidad  y  acierto,  sin  constatar  entonces  que  en  la  providencia atacada se incurrió en el error de hecho invocado.   

         3.   Adicionalmente,  cuando el censor sugiere en abstracto y  respecto  del  acervo  probatorio que se desconocieron los postulados de la sana  crítica   o  echa  de  menos  el  “análisis  crítico   de   cada  probanza”,  se  desvía  con  evidencia  a  la alegación del falso raciocinio, que si bien constituye otra de  las  expresiones del error de hecho tiene una naturaleza bien distinta del falso  juicio  de  identidad  acusado  al presentar el reparo; dislate que en todo caso  sume  en  el mero enunciado, puesto que el libelista omite señalar puntualmente  sobre  cuáles  medios  demostrativos recayó tal desacierto, tampoco precisa la  regla  de  la lógica, el principio de la ciencia o la máxima de la experiencia  que  resultó desconocida y, menos aún, intenta demostrar que la ocurrencia del  yerro   que   deja   así   escuetamente  formulado  determinó  el  fallo  cuya  infirmación pretende.   

         4.    En   las   restantes   consideraciones  del  libelo  el  impugnante   discurre  sobre  las  exigencias  sustanciales  del  fallo  de  condena,   al   tenor   del   artículo   247   de   la  anterior  codificación  instrumental.   Alude  a  las  exigencias  de  tipicidad, antijuridicidad y  culpabilidad  como  elementos de la conducta punible y acerca de la necesidad de  una     valoración     “racional”  de  los medios demostrativos incorporados al proceso. Reseña la  expresa  proscripción  de la responsabilidad objetiva consagrada en el estatuto  penal  vigente  para  la  época de los sucesos y afirma de manera lacónica que  sobre  ella  se  edificó  la condena, no sin invocar de soslayo el in dubio pro  reo  y  sus orígenes remotos, para insistir finalmente en la tesis de ofrecerse  dudosa     la     responsabilidad     de     su     representado    BARRIENTOS     PORRAS    ante    la  incertidumbre  que  surge  por  lo  menos  en  relación con la naturaleza de la  sustancia  en  cuya  posesión  fue  aprehendido, dejando traslucir a través de  estas  consideraciones  desconectadas  de  los  fundamentos del fallo recurrido,  como  quedó atrás establecido, la indebida pretensión de reabrir en esta sede  extraordinaria   el   debate  probatorio  agotado  en  las  instancias,  con  la  aspiración  de que su interesada y sesgada postulación sea avalada en últimas  por la Corte.   

         Por  lo  anterior,  esto  es,  ante  la  deficiente  e incoherente  sustentación de la censura, el cargo examinado no prospera.   

         Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

         En  mérito  de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

        RESUELVE   

NO  CASAR  la  sentencia impugnada.   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase al  Tribunal origen. Cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                         JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN    GALÁN    CASTELLANOS                        CARLOS A. GÁLVEZ ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ GALLEGO                                                         ÉDGAR                    LOMBANA  TRUJILLO                    

CARLOS  E.  MEJÍA  ESCOBAR                                          NILSON PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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