13880(31-01-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso No 13880  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta  Nro.  09  

          Bogotá,   treinta   y   uno   (31)   de   enero   de  dos  mil  dos  (2002).   

          Decide  la Corte el recurso de casación  interpuesto   en  defensa  de  OLGA  LUCÍA  TANGARIFE  CEBALLOS  contra la sentencia de fecha mayo 13 de 1997,  mediante  la  cual  el entonces Tribunal Nacional modificó la condena proferida  por  un  Jugado  Regional  de  Cúcuta contra la citada procesada y MARTÍN  ALBERTO  MAZO  FERNÁNDEZ,  en el  sentido  de  fijarles  la  pena  principal  en  cincuenta  y  tres (53) años de  prisión  y  multa  equivalente a diez (10) salarios mínimos legales mensuales,  como  coautores de los delitos de homicidio en concurso homogéneo y terrorismo.   

HECHOS  

          Dan  cuenta  los autos que en la mañana  del  10  de  febrero  de  1993,  en  el  interior  del establecimiento “Taller  Fulton”  de  Barrancabermeja, ubicado en la carrera 28 con la autopista que de  esa  población  conduce  a la ciudad de Bucaramanga, se registró la explosión  del  vehículo  Ford,  modelo  1954,  de placa AB – 1523 y propiedad de José M.  Murillo  Estrada,  luego  de ser remolcado a dicho local en una grúa con el fin  de  realizarle  algunas  reparaciones  por solicitud de dos sujetos y una mujer,  quienes  habían  demandado  dicho  traslado  cuando  el automotor se encontraba  averiado  en  el  kilómetro  11  de  la  vía  del corregimiento de  “El  Centro”.   

          La  conflagración  se  produjo  al  detonarse una carga de 70 kilos  aproximadamente  de  dinamita amoniacal que se hallaba oculta en el baúl, dejó  un  saldo  de  19  personas fallecidas, un número indeterminado de heridos así  como  destrozos  en  las  edificaciones  del  sector, y se demostró vinculada a  otras  acciones  emprendidas  para  la  época  de  los sucesos por órdenes del  señalado   narcotraficante  Pablo  Emilio  Escobar  Gaviria,  quien  pretendía  desestabilizar   las   instituciones  con  la  finalidad  de  propiciar  mayores  beneficios jurídicos en el evento de someterse a la justicia.   

          En  forma  inmediata  las  autoridades iniciaron las investigaciones  orientadas  a  establecer  la identidad de los responsables del suceso, logrando  ubicar  a  quienes  habían  contratado el servicio de grúa, identificados como  OLGA    LUCÍA    TANGARIFE    CEBALLOS     y     MARTÍN     ALBERTO     MAZO  FERNÁNDEZ,  este  último  hospitalizado en el centro  asistencial  de  la  ciudad  de  Bucaramanga  a  donde  fuere  remitido  para el  tratamiento  de  las  heridas  sufridas en la explosión, en tanto que el tercer  sujeto  comprometido  en los delitos, según logró determinarse, pereció en el  lugar del siniestro.   

ACTUACION PROCESAL  

          1.   Abierta  la  investigación  y  vinculados  los  retenidos  mediante  indagatoria,  la  situación  jurídica  fue definida por la Fiscalía  Regional  de  Cúcuta  en  providencia  del  4  de  marzo  de 1993 con medida de  aseguramiento  de detención preventiva por los punibles de terrorismo, lesiones  personales  y  homicidio  en  concurso  homogéneo,  estos últimos agravados al  tenor  del  artículo 324-8º del Código Penal (Decreto 100 de 1980), subrogado  por la Ley 40 de 1993.   

          2.   El  25  de  febrero  de  1994  se clausuró el sumario, de  manera  que  surtido el traslado para alegar, el instructor calificó su mérito  probatorio  en  resolución  del 3 de mayo siguiente.  Elevó acusación en  contra  de  los  dos  sindicados  como  presuntos  coautores  de  los delitos de  terrorismo  (artículo  1º  del Decreto 180 de 1988, convertido en legislación  permanente  a  través  del  Decreto  2266  de  1991)  y  homicidio  en concurso  homogéneo,  agravado  por la circunstancia atrás referida, pues consideró que  la  muerte de las 19 víctimas ocurrió en desarrollo de actividades terroristas  (fs.  220,  cdno.  3;  76  y  s.s.  cdno.  4).   El  recurso  de apelación  interpuesto  por  los apoderados de los encausados fue resuelto por la Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal  Nacional  en  providencia del 3 de  agosto de  1994,  mediante  la cual confirmó en su integridad el pronunciamiento del a quo  (fs. 39 y s.s., cdno.  Fiscalía ante el Tribunal Nacional).   

          3.   La  etapa de la causa finalizó con la sentencia proferida  el  9  de  enero  de 1997 por un Juzgado Regional de Cúcuta, que en consonancia  con  la resolución acusatoria condenó a los procesados a las penas principales  de  cincuenta  y  seis  (56)  años de prisión, además de multa en cuantía de  ochocientos quince mil cien pesos ($815.100).   

          Apelado  el  fallo por el defensor de la  sindicada  TANGARIFE CEBALLOS,  el  Tribunal  Nacional  lo modificó en el sentido de condenar a los indagados a  las  penas  principales  reseñadas  en el acápite inicial de esta providencia,  pues  prescindió  de  la causal de agravación deducida para los homicidios, en  la   comprensión   que   si  bien  tal  conducta  se  erigió  en  “una   de  las  consecuencias  inmediatas  que  produjo  el  acto  terrorista  que  comprometió  dentro  de  sus actos ejecutivos el transporte de  explosivos   por  ciudades  y  carreteras  del  territorio  nacional,  no  puede  entenderse  provisto  de  esta particular finalidad”  (fs. 105 y s.s., cdno. Tribunal Nacional).   

LA DEMANDA  

           Al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación    del    “inciso    1º”,  artículo 220 del Código de Procedimiento Penal entonces vigente  (Decreto   2700   de   1991),   el   apoderado   de  la  sindicada  TANGARIFE   CEBALLOS  acusa  la  sentencia  impugnada  de  resultar  violatoria  en  forma  indirecta  de la ley sustancial,  debido a un error de hecho por falso juicio de identidad.   

          Al  concretar  el  reparo  el demandante señala que el sentenciador  tergiversó   el   contenido   fáctico   de   “la  evaluación    del    grupo    interinstitucional   de   análisis   contra   el  terrorismo”,  al  cual  se  le  otorgó “un      alcance      absolutamente      inferior      al     que  representa”,    generándose    la    “aplicación  indebida de los conceptos de terrorismo y homicidio  agravado  por  el  numeral  8º  del  artículo 324 del Código de Procedimiento  Penal  (sic) modificado por  la Ley 40 de 1993”.   

          En  la  pretendida  sustentación del cargo, el libelista indica que  el  juzgador a quo en la valoración de la prueba referida efectuó “un  enfoque  mínimo de su contenido”  y  posteriormente,  al  responder  las  alegaciones  de  los sujetos procesales,  concluyó  con  asidero  en dicho documento que múltiples y variadas pueden ser  las  causas para la explosión de un vehículo cargado con dinamita.    El  Tribunal  Nacional  por  su  parte, advierte el casacionista, al ponderar el  aludido  elemento  de  juicio  afirmó  “que para la  configuración  de  dicha  forma  de culpabilidad, no interesa la accidentalidad  presente  en  los  resultados obtenidos, aspecto que en modo alguno se ha negado  fue      la      causa     inmediata     de     la     explosión”.   

          El  censor  agrega  más  adelante  que la prueba comentada tiene la  capacidad  para  infirmar  la existencia del terrorismo y los homicidios dolosos  investigados,  pues  revela  que  “la explosión fue  accidental  y  que  por  lo  tanto  hubo  una  imprudencia  en  el manejo de los  explosivos  y no intencionalidad de hacerlos explotar, quedando como imputación  el hecho culposo”.   

          Transcribe  luego las conclusiones del informe llevado a cabo por el  Grupo  Interinstitucional  de  análisis contra el Terrorismo, en el sentido que  “El  vehículo  explotado no se puede considerar un  carro  bomba, sino un medio de transporte explosivos”  (sic);    como    también,    cuando    se   aseguró   que   la   “explosión  producida  fue como consecuencia de la incineración  de   la   dinamita   depositada   en   el   baúl  del  vehículo”,  para  afirmar  que  los  sentenciadores  no  podían  eliminar el  carácter puramente accidental de la misma.   

          Indica  que  los  juicios científicos contenidos en dicho documento  impiden  sostener “que la reacción en cadena que se  produjo  fue  objeto  de  la  acción directa” de las  personas  conocedoras  del  depósito  de  la  dinamita en el vehículo, máxime  cuando   excluyó   la   posibilidad  de  que  se  tratara  de  un  “carro       bomba”,  pues  con  tal  apreciación  eliminó  el acto de terrorismo y el  “vínculo   entre   la   existencia   del   medio  destrucción      (sic)      colectivo,      la     intencionalidad     y     la  utilización”.   

           El   demandante  atesta  también  con  idéntica  orientación  argumentativa,  que  ante  la ausencia de un sistema de  ignición  convencional,  el vehículo simplemente ostentaba la calidad de medio  para  el  transporte  de explosivos, conducta efectuada en el caso examinado con  omisión  de  las  medidas de seguridad correspondientes, es cierto, pero sin la  intención de hacer detonar su peligrosa carga.    

          Frente a las anteriores conclusiones, el  impugnante  pasa  a  precisar  “en que consistió la  violación  indirecta”  que por la vía “del  error de hecho en el falso juicio de identidad, implicó la  aplicación   indebida  de  la  proposición  jurídica  completa”.   Plantea  así  en  primer  término,  que  en  la sentencia  atacada  se  coligió  de manera errónea la relación causal entre el resultado  objetivamente   considerado   y   la   conducta  de  la  sindicada  TANGARIFE  CEBALLOS, perdiéndose de vista  que  simplemente  se  limitó  a  acompañar  al también procesado MAZO  FERNÁNDEZ en su desplazamiento desde  la  ciudad  de  Medellín,  con  el desatino adicional de estimarse como un acto  terrorista la explosión accidental de la dinamita.   

          Acusa  por otra parte, que debido al error de hecho por falso juicio  de  identidad  acusado  se  aplicó  indebidamente  el concepto de autor por las  siguientes razones:   

          –   Se  ubicó  a  la  sindicada  OLGA  LUCÍA    TANGARIFE    CEBALLOS   como   “interviniente   causal   directa   de   la   supuesta   conducta  terrorista”, cuando en la prueba documental obtenida  del  Grupo Interinstitucional de análisis contra el Terrorismo se dictaminó el  carácter accidental de la explosión.   

          –   En  contra  vía  de  la  realidad procesal, los falladores  coligieron  el  conocimiento  de  la  sindicada  acerca  de  la existencia de la  dinamita  únicamente  de la circunstancia de haberse desplazado en el vehículo  en   compañía   de   MAZO   FERNÁNDEZ.   

          –  La  explosión accidental de la dinamita elimina la voluntariedad  del  comportamiento;  por  lo tanto, el hecho quedó reducido al mero transporte  imprudente de la misma.   

          El  recurrente  adujo después que la aplicación indebida de la ley  sustancial  denunciada se extendió al “concepto del  dolo”,  pues  el  sentenciador  lo predicó en forma  indirecta    o    eventual    al   suponer   que   la   procesada   TANGARIFE  CEBALLOS sabía del depósito de  la  dinamita  en el vehículo.  En todo caso, advierte, en un derecho penal  de  acto  no puede colegirse que quien conoce la existencia del explosivo quiere  los efectos derivados de su detonación.   

          Tal  quebranto  del  derecho  se derivó también, según arguye, de  una   parte,   ante   el  carácter  accidental  de  la  explosión  que  impide  “dimensionar  por ausencia de intencionalidad en el  transporte”;  de  la  otra,  porque  la  teoría del  consentimiento  en  el  dolo  eventual es propia de las conductas que admiten la  demostración  del propósito, ausente en el caso examinado donde al no tratarse  de  un  carro  bomba  resulta  forzoso  sostener  la  existencia de “una  falla  estructural  en  los  reglamentos  del  manejo de la  dinamita”.              

          Destaca   finalmente,  “la  aplicación  indebida  de  la  norma  de  derecho  sustancial  que radica en 53 años la pena  impuesta,  ya que desde la prueba objetiva analizada”  se llega a las siguientes conclusiones:   

          –   El  verbo  rector  del  tipo  penal del terrorismo alude la  utilización  de  un  medio  de  destrucción  colectiva.  En consecuencia,  “si  la  accidentalidad  orientó  fácticamente la  explosión  y  no  era  el  vehículo  transportador  un  carro  bomba,  resulta  elemental  que no se utilizó la dinamita para un acto terrorista”.   

          –   Si la acción terrorista quedó descartada por el carácter  accidental   que   rodeó   el   siniestro,  se  elimina  entonces  “la  esencia  del  agravante, y aún de la naturaleza intencional  del  injusto  contra  la  vida”.   Así las  cosas,  concluye el libelista, los homicidios aparecen vinculados entonces a una  secuencia de conductas imprudentes en la actividad de riesgo.   

          Con  los  anteriores  fundamentos  el demandante solicita a la Corte  que  case  la  sentencia de segundo grado impugnada y profiera en su lugar la de  sustitución que corresponda, cuyo sentido omite precisar.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PUBLICO  

1.  El Procurador Tercero Delegado indica  que  el casacionista incurrió en evidentes fallas técnicas en la presentación  y  desarrollo de la censura.  Así, invocó la causal primera de casación,  cuerpo  primero,  pero  adujo  a  renglón  seguido  que  el quebranto de la ley  sustancial  se  derivó  de  errores  en la apreciación de la prueba.  Por  otra   parte,   afirmó  la  trasgresión  del  artículo  324  del  Código  de  Procedimiento  Penal  (Decreto  2700  de 1991), subrogado por la Ley 40 de 1993,  cuando  tal  norma,  de  carácter  instrumental,  está referida al término de  duración máximo de la investigación preliminar.   

Ahora  bien,  si  se  entiende que el censor  pretendía  aludir  al  mismo  precepto  pero del Código Penal, se tiene que el  Tribunal  prescindió  de la circunstancia de agravación prevista en el numeral  8º  del  artículo  324,  de  manera  que  mal  podía argüirse su aplicación  indebida   cuando   al   eliminarse   dicho   supuesto   se   favoreció  a  los  procesados.    

En  fin,  afirma  el Ministerio Público, la  postulación  del  cargo  surge ilógica, a tal punto, que el libelista estaría  protestando en detrimento de los intereses de su asistida.   

          Estima  desatinado  además, que se acuse en casación la violación  del               “concepto”   de   terrorismo,   pero   encuentra  subsanada  tal  deficiencia  cuando  el  recurrente deja entrever la aplicación  indebida  del  artículo 1º del Decreto 180 de 1988, recogido como legislación  permanente en el artículo 4º del Decreto 2266 de 1991.   

         

          En este sentido, el ataque se afianza en  que  el Tribunal concluyó que la explosión de la dinamita constituye el delito  de  terrorismo,  a pesar que el concepto del Grupo Interdisciplinario determinó  el  carácter  accidental  de  la  misma, pero en la sustentación del reparo el  libelista  no  atinó  a  demostrar  la  manera  como el fallador distorsionó o  tergiversó  la  prueba,  pues se dedicó simplemente a destacar el contenido de  dicho informe.   

Las siguientes disquisiciones de la demanda,  alusivas  a la violación del principio de causalidad, a la aplicación indebida  del  artículo 23 del Código Penal (Decreto 100 de 1980) y al error cometido al  predicarse  que  la  actuación de la procesada fue dolosa, cuando por gracia de  la  accidentalidad  de  la  explosión,  a  lo  sumo,  podría  imputársele  el  transporte  imprudente  de  la  dinamita,  presentan  también  en  opinión del  Delegado  un  ostensible  yerro  de  técnica,  pues en momentos el actor parece  aceptar  los  hechos  y  la valoración probatoria del juzgador para plantear un  debate  estrictamente  jurídico,  en  tanto  que  en  otros  se  orienta por el  cuestionamiento  del  análisis  probatorio efectuado en la sentencia impugnada,  propio de la violación indirecta.   

Por  las  razones  anteriores,  a juicio del  Ministerio  Público,  el libelo pierde aptitud para socavar los fundamentos del  fallo,  no  sin  advertir,  en  todo  caso,  que  el Tribunal no incurrió en el  dislate  denunciado,  pues en la sentencia impugnada se acogió con fidelidad el  informe  presentado por el Grupo Interdisciplinario de análisis del terrorismo,  aunque  derivando  de  él  conclusiones  opuestas  a  las  propugnadas  por  el  recurrente.   

           En   este  orden  de  ideas,  ante  la  inconsistencia    técnica    de    la   demanda,   el   Delegado   sugiere   su  desestimación.   

          2.   Al  margen del concepto, el Ministerio Público solicita a  la  Sala  la  casación  oficiosa  del  fallo  impugnado  para que se declare la  nulidad  de  la  condena  por  terrorismo,  dado  el  error  configurado  en  la  denominación jurídica.   

          Con  tal  orientación  reseña  las  motivaciones de la resolución  acusatoria  y  del fallo de segunda instancia, a partir de las cuales, a través  de  diversa  vía,  se  predicó  de  manera desacertada que la explosión de la  dinamita  configuró  el delito de terrorismo, pues el comportamiento se subsume  en  realidad  en  el  transporte  de  explosivos, al tenor del artículo 201 del  Código  Penal,  modificado  por el artículo 1º del Decreto 3664 de 1986, a su  vez  adoptado  como  legislación  permanente  por el Decreto 2266 de 1991, pues  cuando  se ejecutó tal conducta, así fuese con el fin de llevar a cabo un acto  terrorista, aún se estaba lejos de consumarlo.   

          Adicionalmente,  opina  el  Delegado,  así  los procesados tuvieran  conocimiento   de   la   finalidad   terrorista  que  inspiraba  a  quienes  los  contrataron,  no puede imputárseles terrorismo porque su actuar estaba dirigido  conscientemente  al  transporte  del explosivo.   El transporte que se  hizo   de   la   dinamita,   concluye,  fue  apenas  un  acto  preparatorio  del  terrorismo.   

          Más  aún,  en  el  caso  examinado,  ante  la avería del medio de  transporte,  se  operó  una  desviación no querida del curso causal, de manera  que  la  explosión de la carga letal se produjo bajo condiciones, en un momento  y  lugar  que  no  eran  los  esperados;  asimismo,  si  bien no se discuten los  cruentos  resultados en pérdidas de vidas humanas y destrozos materiales, éste  no era el designio que guiaba la acción de los sindicados.   

          Se  evidencia  entonces,  a  juicio  del Ministerio Público, que el  delito  que debió tipificarse era el contemplado en el citado artículo 1º del  Decreto  3664  de  1986,  por  lo  que insiste en la invalidación parcial de la  actuación.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

         

          1.   El  recurrente  invoca  la  causal  primera  de casación,  cuerpo  primero;  sin  embargo, al especificar el motivo de impugnación y en el  pretendido  desarrollo  del  mismo,  aduce  que el fallador de segunda instancia  incurrió  en  error  de  hecho por falso juicio de identidad al analizar uno de  los  elementos  de juicio incorporados a los autos, por lo tanto, a pesar de esa  presentación  inicial  de  la  censura, debe entenderse que el cargo se orienta  por la vía de la transgresión mediata de la ley sustancial.   

          Ahora  bien,  si  la  imprecisión  anterior  carece de entidad para  restarle  claridad  a  la  propuesta,  lo  mismo no acontece con la proposición  jurídica  a  través de la cual intenta quebrar la sentencia del Tribunal, pues  como  destacó  la  Delegada con indiscutible acierto, el demandante no sólo se  equivoca  en  la cita de la disposición que estima infringida, por cuanto alude  al  artículo  324  numeral  8º  del  “Código  de  Procedimiento   Penal   modificado   por   la   Ley  40  de  1993”,  cuando  al  parecer entendía referirse a la misma norma pero del  estatuto  punitivo,  sino  primordialmente, al denunciar la aplicación indebida  de   dicho  precepto  cuando  el  juzgador  ad  quem,  en  discrepancia  con  la  adecuación  típica  contenida en la resolución acusatoria y en el fallo del a  quo,  finalmente  retiró de la imputación jurídica la circunstancia agravante  prevista  en  esa disposición penal, para confirmar la condena por el delito de  homicidio pero en la modalidad de simple.   

          Así  las  cosas, en el planteamiento comentado el censor no tuvo en  cuenta  que la aplicación indebida se presenta cuando el juzgador acoge para el  caso  concreto  una  norma haciéndola producir efectos jurídicos a pesar de no  estar  llamada  a  regularlo;  situación  que  mal podía denunciar el defensor  tratándose  de  la  causal del artículo 324-8º del Código Penal (Decreto 100  de  1980, modificado por la Ley 40 de 1993), que el Tribunal excluyó al revisar  el pronunciamiento del a quo.   

          Resta  añadir  en  este  punto, que en gracia de discusión tampoco  puede  aceptarse que el ataque lo quiso dirigir por la vía indirecta, por falta  de  aplicación  del  citado precepto, pues como destaca el Procurador Delegado,  para  tal  postulación  carecería  de  interés  al  implicar  una protesta en  detrimento  de  la  situación jurídica de la sindicada, que además no aparece  desarrollada en la fundamentación del reproche.   

          2.  Las  impropiedades  que  se confabulan contra la prosperidad del  cargo  se  acrecientan  en  el  desarrollo  de  la censura, porque el demandante  perdió  de  vista  que  la  casación en manera alguna constituye una instancia  adicional,   en   la   cual   sin  la  técnica  que  gobierna  la  impugnación  extraordinaria  sea  viable  continuar  los  debates  jurídicos  o  probatorios  planteados  en  el curso del proceso, como se observa acontecido aquí, donde el  impugnante  soslayó además y con evidencia el deber de acreditar el dislate de  apreciación probatoria denunciado.   

          En  efecto, hizo consistir el cargo formulado contra la sentencia de  segundo  grado, inicialmente, en el error de hecho por falso juicio de identidad  que    asegura    cometido   al   apreciarse   el   informe   del   ”grupo     interinstitucional     de    análisis    contra    el  terrorismo”;  sin  embargo,  en  las consideraciones  siguientes  omitió  confrontar el contenido que los juzgadores le atribuyeron a  tal  elemento  de  persuasión  con  el  documento  que  lo  recoge,  a pesar de  resultarle  indispensable  para comprobar el desatino endilgado, que se presenta  en  la  contemplación  material  de  la  prueba,  conforme es sabido, cuando el  juzgador  tergiversa,  cercena  o  adiciona  su  expresión  literal haciéndola  producir efectos que objetivamente no deriva.    

          El  libelista  elude  dicho  cotejo, muy  seguramente,  porque de realizarlo habría tenido que admitir que los juzgadores  acogieron  el  texto  del  referido  informe  sobre  el  atentado  con  absoluta  fidelidad,  como  se  discierne de la simple revisión del fallo impugnado, pero  sin  obtener  de  él  las conclusiones por las cuales propugna el demandante en  abierta disidencia a la manera de un alegato de instancia.   

          Ciertamente,  el Tribunal tuvo en cuenta  los  conceptos  que en esa prueba se rindieron sobre el origen de la explosión,  iniciada  “por  acción  del  fuego  y  el calor al  prenderse  el  vehículo  por  la fricción de uno de sus elementos, al producir  chispa  y  entrar  en contacto con el combustible que se encontraba regado sobre  su  parte  trasera”,  como  se indica en el informe;  asimismo,  la  afirmación  contenida  en  dicho  documento en el sentido que el  vehículo      explotado      no     era     “un  carro-bomba”  ante  la  ausencia  de  un  sistema de  ignición  convencional,  para  concluir  de su análisis en conjunción con los  restantes  elementos  de  juicio  allegados al informativo, en todo caso, que de  “las  particulares  circunstancias en las cuales se  produjo  la explosión de una nada despreciable cantidad de dinamita, constituye  elemento    objetivo    que    integra   el   delito   de   terrorismo,   porque  independientemente  de  que hubiera sido accidental o no se provocó un ambiente  de   zozobra   e  intranquilidad  a  un  sector  de  la  sociedad”   (f.  121,  cd. Tribunal Nacional).   

          Agregó  más  adelante, con idéntica orientación, que la conducta  imputada   constituiría   un   delito  diferente  del  terrorismo  “si  se  tratara de la insular acción a la cual se hace alusión  de  transporte  de explosivos.  Sin embargo, producida la detonación, así  hubiera   sido   por   causas   accidentales,   y   vinculada   la  misma  a  toda  una  cadena  de  sucesos que ofrecen una demostrada  intención  por generar el ya señalado ambiente de zozobra y terror,  porque  se  trata de actividades que ponen en peligro los bienes  jurídicamente  tutelados  referidos  en el tipo penal transcrito, se amplía la  cobertura   de   aquél   comportamiento   para   adquirir  la  connotación  de  “terrorista”  definida  por  el  legislador” (f.  122, cd. ib. Negrillas fuera de texto).   

          El Tribunal concluyó también, en otros  de  los apartes del fallo recurrido, que si el “acto  través  (sic) del cual se  buscaba  materializar  el  estado  de  zozobra  o  terror,  o mantenerlo hubiera  surgido  anteladamente y por causas puramente accidentales o que el vehículo en  que  se  movilizó  la dinamita no pueda ser considerado como un carro-bomba, en  modo  alguno  desdibuja  la  dimensión probatoria de la pretensión buscada por  sus  gestores, pues fue esa y no otra la dirección que se dio a ese primer acto  puramente    ejecutivo   del   transporte   de   los   explosivos” (f. 112, cd. ib).   

          De ahí que el demandante distanciándose  de  los  requisitos  de  técnica  atrás  comentados,  desvíe  la censura a la  controversia  del  mérito  que  el  juzgador  ad  quem le confirió al referido  informe  en  el  análisis  conjunto del acervo probatorio, pretendiendo con una  argumentación  de  esta  naturaleza  que  su  criterio  personal  e  interesado  prevalezca  sobre  el del Tribunal, no como consecuencia de la demostración del  error  de  hecho  argüido  por  falso  juicio de identidad en la contemplación  material  del  mismo,  sino  porque  en  su opinión tal medio de persuasión, a  diferencia  de  lo colegido por los falladores, tiene la capacidad para infirmar  la   imputación   de  los  delitos  de  terrorismo  y  los  homicidios  dolosos  investigados al revelar el carácter accidental de la explosión.   

          En  síntesis, la queja del censor en este aspecto inicial no revela  la  distorsión de alguno de los elementos de juicio incorporados al expediente,  menos  aún,  del  informe  rendido por el grupo interinstitucional de análisis  sobre  el  terrorismo,  que  se  dice  en  la  demanda  fue  objeto  del dislate  denunciado;  por  el  contrario,   traduce tan sólo la simple discrepancia  del  actor  con  las  conclusiones  extraídas  de  la valoración global de los  medios  de  prueba,  a partir de las cuales el Tribunal coligió que la conducta  investigada  se  adecuaba al tipo penal del terrorismo, no obstante indicarse en  el    referido    informe    que   el   vehículo   no   era   un   “carro  bomba” y que la explosión se  produjo sin una acción directa de los sindicados.   

          Tampoco  ofrece  claridad  lo pretendido por el recurrente, pues con  sustento   en  el  error  de  hecho  alegado  por  falso  juicio  de  identidad,  desarrollado  con  las  deficiencias  técnicas  atrás advertidas, presenta una  amalgama  de  propuestas  en  las que difícilmente puede determinarse lo que en  realidad  solicita  de  la Corte, en forma unívoca por lo menos, tanto así que  en  últimas  reclama  el fallo de sustitución “que  corresponda”,   cuyo  sentido  omite  por  completo  precisar;  postulaciones que somete de manera indiscriminada a la consideración  de  la  Corte,  dejando  su  acogimiento  a  la  discrecionalidad  de la misma y  asimilando  una  vez  más  el libelo a un simple alegato de instancia, que como  tal resulta incluso bastante confuso.   

          Efectivamente,  arguyendo  la  violación indirecta del “concepto”   de   terrorismo,   por  aplicación  indebida,  no de la norma sustancial que erigió tal comportamiento  en  delito  y  que  por  ninguna  parte  menciona siquiera, faltando al deber de  indicar  las  disposiciones sustanciales infringidas, el casacionista sugiere en  primer  término,  que  demostrado  el carácter accidental de la explosión, el  terrorismo   y  los  homicidios  dolosos  investigados  quedan  reducidos  a  un  “hecho culposo”.  A  renglón  seguido  plantea  que  no  se  configuró  el  delito de terrorismo al  desvirtuarse  el  “vínculo entre la existencia del  medio    destrucción    (sic)    colectivo,    la    intencionalidad    y    la  utilización”,  postura  que  en  todo caso abandona  para  insinuar  a  continuación  un  error  en la calificación jurídica, pues  entiende  que  en  las  presentes diligencias se configuró el simple transporte  ilegal e imprudente de la dinamita.   

          Más  adelante,  esto  es,  en  los acápites finales del libelo, el  censor  insiste  en  calificar  los homicidios como culposos, pues los encuentra  vinculados   “a   una   secuencia   de   conductas  imprudentes  en  la  actividad  de  riesgo”, pero sin  apoyar  aquí  tampoco  tal  aserto en la demostración de errores de hecho o de  derecho  trascendentes  cometidos  por  los juzgadores en la apreciación de las  pruebas  que  sustentan  la  condena,  sino  en  su  particular  visión  de  lo  acontecido,  para  la  cual reclama prevalencia frente a las conclusiones de los  falladores  perdiendo  de  vista  que  la  decisión de segunda instancia arriba  amparada por la doble presunción de acierto y legalidad.   

          Esta  falta de norte y de coherencia en la propuesta determinó otra  impropiedad  destacada  en  el  concepto  de  la Procuraduría, pues en momentos  parece  que el casacionista acepta los hechos y la valoración probatoria de los  juzgadores    para    plantear   una   controversia   estrictamente   jurídica,  concretamente,  el  error  cometido  al  adecuar  la  conducta  que  entendieron  demostrada  en  autos  al tipo penal descriptivo del terrorismo, cuando a juicio  del  actor  configura  tan  sólo el transporte ilegal de los explosivos, debate  propio  de  la  violación  directa,  en  tanto  que en otros acápites acude al  cuestionamiento  del  análisis  probatorio efectuado en la sentencia impugnada,  orientándose  sin  ningún  rigor  técnico  por  la  vía  de la transgresión  mediata.   

          3.  Los  restantes  ataques  de la demanda transitan también por un  equivocado  y  deficiente  sendero,  con la impropiedad adicional de soslayar el  requisito  contenido  en  el  numeral  4º del artículo 225 del Decreto 2700 de  1991,  vigente  al  tiempo  de  la  presentación  del  libelo  y al cual debió  ajustarse.   

          Ciertamente,  menguando  al  extremo  las  exigencias  de claridad y  precisión   que   constituyen   requisito   ineludible   de   la   impugnación  extraordinaria,  el recurrente bajo la única censura erigida contra el fallo de  segunda   instancia   agrupó   otros   cargos   que   exigían  formulación  y  sustentación  separadas,  incluso,  presentación  con  carácter  principal  y  subsidiario  al implicar propuestas excluyentes, deficiencia en la que incurrió  determinado,  al parecer, por el equívoco entendimiento de resultar viable esta  conjugación  al  invocarse  todos  los  reparos con apoyo en el mismo motivo de  casación.   

          En  efecto,  en los ataques iniciales el  libelista  partió  de  admitir  la  intervención consciente y voluntaria de la  procesada  TANGARIFE CEBALLOS  en  los  sucesos  objeto  de  investigación  y juzgamiento, para aducir con las  impropiedades  a las que se hizo alusión en su momento, al carácter culposo de  los  homicidios,  a  la  inexistencia  del  delito  contra la seguridad pública  imputado,  por  lo  tanto,  restringida  la  responsabilidad  de  aquella  a los  homicidios,  así  como  al  error  cometido  en  la  calificación jurídica al  derivarse  el  terrorismo  respecto de una conducta, que a su juicio, configuró  tan sólo el transporte ilegal de explosivos.   

            Sin   embargo,   en   una   nueva   y  contradictoria  postulación,  compendiada  también bajo esa única censura, el  demandante  acusó  la aplicación indebida, no de algún precepto punitivo sino  del    “concepto    de   autor”,   perdiendo  de vista que la violación de la ley sustancial, bien por  la  vía  directa o mediata, como motivos de casación, pretenden la enmienda de  los  errores  cometidos  por  el  juzgador en la aplicación del derecho al caso  concreto.   Pero  además,  relegando  la  premisa  sobre la cual basó los  anteriores  reparos  afirmó  que  su defendida, sin conocer la existencia de la  dinamita  en  el vehículo, se limitó a acompañar en él al también procesado  MAZO  FERNÁNDEZ  durante el  desplazamiento emprendido desde la ciudad de Medellín.   

          Por  otra  parte,  en  la  sustentación de este pretendido reproche  lejos  estuvo  el recurrente de concretar algún desacierto de los falladores en  la  valoración  de  los  elementos de persuasión allegados al proceso, pues si  bien     adujo     que     la     transgresión     de     dicho    “concepto”  se derivó de un error de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad, finalmente dejó tal aserto en el mero  enunciado  para  conformarse  con expresar su disentimiento con las conclusiones  probatorias  de  la  sentencia  recurrida  en  dicho tópico, fundamentado no en  algún  dislate  atribuido  al  Tribunal  en  el análisis del informe del grupo  interinstitucional,  al cual alude para expresar sus propias apreciaciones, sino  en  el  diverso  entendimiento  que  en  su  opinión  merecen dicha prueba, las  circunstancias  que rodearon la explosión de la dinamita y las características  del vehículo en cuyo interior se depositaba la misma.   

          Además,  el  demandante asegura en otro aparte de su escrito que el  juzgador  ad  quem  supuso  que  la procesada TANGARIFE  CEBALLOS  sabía  del  depósito  de la dinamita en el  automotor  que  finalmente  explotó,  sugiriendo con ello el error de hecho por  falso  juicio  de  existencia;  sin  embargo, tal reparo no pasó de una huera y  vacua  aseveración,  pues  incumplió  el deber de demostrar qué prueba fue la  inventada  o  imaginada y tampoco fue preciso en cuanto a su trascendencia, esto  es,  en  el  sentido  que  de  no  haberse  considerado  el  hecho  o los hechos  supuestamente   revelados   a  través  de  ella,  distinta  y  favorable  a  su  representada  habría  sido  la  decisión  impugnada.   En síntesis,  también  aquí  el  defensor  se  limitó  a  oponer  a  los  argumentos de las  sentencias   de   instancia   su   personal   e   interesada   visión   de   lo  acontecido.   

          4.    Acusa   el   casacionista,  por  último  y  con  abierta  incoherencia,  “la aplicación indebida de la norma  de  derecho  sustancial  que  radica en 53 años la pena impuesta”,  en  lo  que  parecería  un  ataque  orientado  a controvertir la  dosimetría  de  la  pena.    No  obstante,  a  reglón  seguido y sin  ninguna  relación con lo planteado, el actor insiste en oponer sus conclusiones  probatorias  a  las  de  los  falladores a la manera de un alegato de instancia,  reiterando  de  manera  escueta la accidentalidad de la explosión y la falta de  intención en la producción de las muertes.   

           Resta  añadir,  que  las  deficiencias  técnicas  en  la  presentación  y  desarrollo  de  la  censura  se  reflejaron  obviamente   en  la  solicitud  elevada  a  la  Corte,  pues  el  impugnante  la  desvinculó  de  una  concreta y específica pretensión, ignorando la Sala, por  lo  tanto,  lo  que  se aspira de la Corte en el evento de encontrar prosperidad  los  reproches  de  la  demanda, en la que simplemente reclamó la casación del  fallo  impugnado y el proferimiento de la sentencia de sustitución “pertinente”.   

         

          En  el  orden  de ideas expuesto, por deficiente, el cargo examinado  no prospera.   

          5.  En  punto de la solicitud de casación oficiosa planteada por el  Procurador   Delegado,  la  Corporación  advierte  que  con  tal  planteamiento  desbordó  los  límites  del  concepto  que  le  es  propio  en la impugnación  extraordinaria,  pues  subsanando  las  deficiencias  técnicas  del  libelo y a  partir  de la inconformidad del recurrente con el fallo del Tribunal en punto de  la  adecuación  típica, el Ministerio Público elaboró su propia postulación  del  error en la calificación jurídica del terrorismo, para sostener entonces,  recogiendo  el  planteamiento  del censor, que la conducta de la procesada no se  adecuó   a   dicha   figura   sino  que  configuró  el  transporte  ilegal  de  explosivos.   

           Así  las  cosas,  perdió  de  vista,  conforme  al  reiterado criterio de la Sala, que “la  tarea  del  Ministerio  Público dentro del trámite de la casación, si bien no  se  encuentra  limitada a emitir concepto sobre las pretensiones que se formulen  en  la  demanda,  sino  que,  al  tenor  de lo dispuesto en el artículo 228 del  Código  de  Procedimiento  Penal, podrá sugerir a la Corte la invalidación de  lo  actuado  cuando  advierta  la  existencia  de violaciones ostensibles de las  garantías  fundamentales  de  los  sujetos  procesales, pudiendo, por lo tanto,  plantear  posiciones  jurídicas en ese sentido, no le es permitido, so pretexto  de  su quebrantamiento complementar o enmendar el libelo objeto del concepto, ni  formular  sus  propios  cargos,  pues  se  estaría  atribuyendo  la  calidad de  impugnante  de la que carece y desnaturalizando la razón de ser del traslado”  (sentencia del 24 de enero de 2001, M.P. Dr. Jorge E.  Córdoba Poveda).   

6.   Resta agregar, que la aplicación  retroactiva  favorable  de  las  disposiciones  contenidas en el actual estatuto  punitivo  (Ley  599  de  2000),  frente  a las normas preexistentes a los hechos  investigados  y  con  sujeción a las cuales se profirió la condena, si hubiere  lugar  a  ella, le compete al Juez de Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad  de  conformidad  con  las  previsiones  del artículo 79-7º del actual estatuto  procesal penal.   

          7.   Finalmente,  desaparecido  el  Tribunal  Nacional  por  el  vencimiento  del  término  establecido en la Ley Estatutaria de Administración  de  Justicia para el funcionamiento de la justicia regional, así como declarada  la  inexequibilidad  de la Ley 504 de 1999 en cuanto creaba una Corporación que  asumía  la  competencia  de  aquél,  resulta forzoso colegir que el expediente  debe  remitirse  al funcionario de primera instancia a través del Tribunal, que  por  el  factor territorial, relevó en su ámbito funcional al que profirió el  fallo  de  segundo  grado,  para  el  presente  caso,  el  Tribunal  Superior de  Bucaramanga.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  república y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

           NO  CASAR  la  sentencia impugnada.   

          Contra esta providencia no procede ningún recurso.   

          Cópiese,  comuníquese,  devuélvase al  Tribunal Superior de Bucaramanga y cúmplase,   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL                            JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS               CARLOS  A. GÁLVEZ ARGOTE                                                   

JORGE   A.   GÓMEZ   GALLEGO                                                                                      EDGAR         LOMBANA  TRUJILLO                                                      

ÁLVARO        O.        PÉREZ  PINZÓN                                                     NILSON    PINILLA   PINILLA           

No hay firma  

                 

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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