13151(04-07-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  13151   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                              DR.   JORGE   ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta N° 72   

          Bogotá D.C., cuatro de julio de dos mil dos.   

VISTOS  

Decide la Corte la casación propuesta por el  defensor   de   GERARDO   ALZATE  MURILLO  contra  el fallo de segundo grado del 13 de Diciembre de 1996, por  cuyo  medio  el Tribunal Superior de Manizales confirmó, con modificaciones, la  condena  que  el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de  Pensilvania, Caldas, le  impusiera  al  procesado  como  pena  principal  privativa  de  la  libertad  al  declararlo responsable de la conducta punible de homicidio.   

El  Procurador  Segundo Delegado en lo Penal  emitió su concepto y solicita no casar la sentencia impugnada.   

  HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

         A  la  media  noche  del  17  de  diciembre  de  1995, en plena vía  pública  del  corregimiento  de Arboleda, municipio de Pensilvania, Caldas, fue  ultimado  de  un  disparo  de  arma  de fuego Carlos Julio Quintero por parte de  GERARDO ALZATE MURILLO, quien  luego  fue  aprehendido  en su residencia.  A decir de José Ramiro Flórez  Duque,  testigo  presencial  del  cruento  suceso, al sitio donde él se hallaba  arribaron  víctima  y victimario trenzados en airada discusión, y de improviso  ALZATE  MURILLO  blandió un  arma de fuego y la accionó contra su contrincante.   

          La  Unidad  de  Fiscalía  Delegada  ante  el  Juzgado Promiscuo del  Circuito  de  Pensilvania  inició la correspondiente instrucción y escuchó en  descargos  al  sindicado,  imponiéndole  medida  de aseguramiento de detención  preventiva  al  resolverle  su  situación  jurídica.  Perfeccionada en lo  posible  la investigación y decretado su cierre, por resolución del 2 de abril  de  1996  el  citado  despacho profirió resolución de acusación en contra del  implicado  por  el  injusto  de  homicidio  simple,  y  compulsó copias para la  investigación  por  cuerda separada por el porte ilegal de armas. Apelada dicha  determinación  por la defensa, la Unidad de Fiscalía Delegada ante el Tribunal  Superior  de  Manizales  la  confirmó  en todas sus partes por la suya del 8 de  mayo del mismo año.   

          Del  juicio  le  correspondió  conocer  al  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de Pensilvania, y celebrada la audiencia pública, por fallo del 17 de  octubre  de  la  citada anualidad condenó al encartado a 41 meses y 20 días de  prisión  como  responsable  de  homicidio  consumado  en exceso de la legítima  defensa.  Impugnado  el  fallo  de primer grado tanto por la defensa como por el  Fiscal  Delegado,  el  Tribunal mediante proveído del 13 de diciembre siguiente  le  impartió confirmación, pero “con la ACLARACIÓN  que  el  acusado  no  actuó en exceso de ninguna causal de justificación, pero  sí  con  la  concurrencia  de  la circunstancia atenuante del estado de ira por  injusta  provocación”. En consecuencia, condenó al  procesado  en  definitiva  a  purgar  6  años, 11 meses y 10 días de prisión,  decisión      que      hoy      es      objeto     del     presente     recurso  extraordinario.                  

             

LA DEMANDA  

          Al  amparo  de  la  causal  primera, cuerpo segundo, un único cargo  formula   la   casacionista   al   acusar   la  sentencia  recurrida  de  violar  indirectamente  la  ley  sustancial, “por error en la  apreciación  de  pruebas  pues  se  omitió  en  ellas apartes relevantes en la  decisión,  lo  que  dio  lugar  a  que  se  aceptaran  hechos inexistentes como  probados   y   se   negaron  otros  fehacientemente  establecidos,  errores  que  determinaron  que se desconociera la causal de justificación establecida por el  numeral  4º  del  art. 29 del C. P. o en su defecto la causal de inculpabilidad  consagrada    en    el    art.    40    numeral    3º   del   mismo”.   

          Dos  alternativas dice plantear la demandante en el desarrollo de la  censura;  la  primera,  relacionada con el actuar que en legítima defensa de su  vida  e  integridad personal supuestamente desplegó el procesado; y la segunda,  un   obrar   del  agente  precedido  de  “invencible  convencimiento  de  que iba a ser agredido mortalmente por Carlos Julio Quintero  con  lo  que  se  vio  en  la  necesidad  de  repeler  esas acciones” (defensa subjetiva).   

          Respecto  de  la  causal  de  justificación  del  hecho, critica la  actora   la   actitud  del  Tribunal  que  con  apoyo  en  elementos  de  juicio  insuficientes  para  demeritar  o  rechazar  la  confesión  calificada del reo,  ninguna  credibilidad  le otorgó a su exculpación, asumiendo así la posición  de  quienes menosprecian la capacidad demostrativa que en materia penal comporta  dicho    medio   de   prueba   en   cuanto   consideran   que,   “sólo   tiene  validez  cuando  el  procesado  acepta  el  hecho  en  circunstancias  que  ni  lo  justifican ni atenúan la responsabilidad que ésta  conlleva”.   

En  aras de probar su aserto, transcribe los  apartes  pertinentes  del  fallo  de  segunda  instancia  mediante los cuales el  Tribunal  desechó  los  argumentos  defensivos  relacionados  con  la legítima  defensa  argüida, para contrastarlos con las manifestaciones consignadas por el  procesado  en  su  injurada acerca de haberle dado muerte a la víctima, pero al  amparo  de  la  mentada  causal  de  justificación.  El  único  que pudo haber  desvirtuado  las  afirmaciones del acusado, agrega, fue Ramiro Flórez, quien se  hallaba  en  compañía de víctima y victimario al momento del hecho, empero el  citado  testigo “poco o nada ilustra lo expresado por  GERARDO”.   

Los testimonios de César Alzate, hermano del  justiciable,  y  de  Carlos Augusto Yepes, así como la confesión calificada de  ALZATE      MURILLO,  “no   fueron   apreciados   por  el  Tribunal  para  establecer  la  causal del art. 29 Nº 4 C.P.”, aduce  la  censora, como tampoco tuvo en cuenta la de Ramiro Flórez.  De ahí que  el  fallador  terminara  por  concluir,  sin  respaldo probatorio alguno, que la  conducta  desplegada  por  el  procesado no refleja una reacción a una amenaza,  sino  una  acción  como  resultado  de  un  dolo  de  ímpetu,  excitado por la  indignación,  por  la  ira,  afirmación  de un actuar antijurídico carente de  fundamento.   

No obstante la afirmación anterior, a manera  de  colofón,  sobre  el  punto  concluye la demandante sosteniendo que el fallo  recurrido  es  menester  casarlo,  dada  la  violación  de  normas sustanciales  “que     provienen     de     errores    en    la  apreciación”   de   la  confesión  calificada  de  GERARDO  ALZATE MURILLO, a la  cual     “le    negó    la    credibilidad    que  merece”,  y  de  los  testimonios  de Ricardo Gallo,  Alcibiades   García,   Jesús   Abad   Quintero,   César   Alzate   y   Ramiro  Flórez.   

En  cuanto  a  la  causal  de inculpabilidad  igualmente   argüida  al  auspicio  de  esta  misma  censura,  el  Tribunal  la  desconoció  por  los  yerros de apreciación probatoria en que incurrió, aduce  la  casacionista,  luego  de citar lo que el Tribunal adujo para concluir que el  procesado  segó  la  vida  de  su  víctima en obedecimiento a un estado de ira  ocasionado por la provocación de esta última.   

Sin  embargo,  el  acusado en la indagatoria  sostuvo  que “Carlos Julio se me pasó adelante (…)  me  dijo  que  era  capaz  de  matarme  (…)  me hacía movenciones  (sic),  no se quedaba quieto, se colocó  las  manos en la cintura (…) se movía para un lado y para otro y decía que a  él  le  gustaba  era  sacarlo,  yo  viendo tanta amenaza no tuve que hacer sino  sacar  esa  pistola”.  No obstante esa respuesta, el  Tribunal  infirió  un  estado de ira como reacción a una provocación en donde  solamente  hubo  injurias y ofensas, mas no movimientos por parte de la víctima  que  exteriorizaran amenazas generadoras de un “error  en el intelecto del ofendido.”   

De una tal manera desatendió el juzgador lo  que   se   evidencia   en   la  indagatoria  del  procesado,  nada  distinto  al  “invencible error” en que  cayó  al  pensar  que  lo  que  pretendía Carlos Julio Quintero era ultimarlo,  puesto  que  su actuar rebasó la esfera de la mera provocación. Para reafirmar  su  aserto,  advierte  la libelista acerca de la conducta previa del interfecto:  “Todos  los  testigos al unísono hablan de amenazas  de  muerte  no  de palabras denigrantes que provocaran la ira de GERARDO sino de  verdaderas  asechanzas  unidas  a  manoteos  y prevenciones de que iba a matarlo  mandándose  su  mano a la cintura, que no mostraba el arma porque ese no era su  interés,  sino  hacerla  sonar. Todo ello unido a la personalidad pendenciera y  grotesca  de  CARLOS  JULIO  quien  no  escatimaba palabras ni hechos para hacer  efectivos  sus  decires  (…)”.  Al efecto  cita  los  testimonios  de  César  Alzate,  Carlos  Augusto  Yepes, Jesús Abad  Quintero,  Alcibiades  García,  Ramiro  Flórez,  Rosemberg Gallo, José Vianor  Hurtado  y  Ricardo  Gallo.  Este  último  refiere,  dice la demandante, que el  occiso  le espetó al acusado: “(…) hijueputa saque  ese  revólver  y  cuando lo saque lo tiene que sacar prendido, porque si pierde  el tiro el muerto es otro (…)”.   

Se  trató pues de una defensa putativa y no  de   un  simple  estado  de  ira  como  lo  pretende  el  Tribunal,  reitera  la  casacionista  con apoyo en lo que sobre el tema enseña un conocido doctrinante.  Se  equivocó  el  Ad-Quem al  apreciar  la  diligencia  de  inquirir del acusado, en cuanto éste fue claro en  manifestar  que  el  occiso  se  colocó  las manos en la cintura y no se estuvo  quieto,  como  también  yerra  en  la  apreciación  de  los testimonios atrás  relacionados.   

“No hubo entonces  una  simple provocación, hubo para GERARDO con anterioridad, y simultáneamente  al  hecho  inequívocos  actos que formaron en su mente la idea de que iba a ser  agredida   su   vida   por   CARLOS   JULIO  tomando  entonces  la  delantera  a  éste”.  He  ahí el error del Tribunal, concluye la  actora,  porque  la  confesión  del procesado ninguna credibilidad le mereció;  las  amenazas  contra  su  vida de las que da cuenta en la injurada no generaron  ese  estado  de  ira  pregonado  en  el  fallo, repite, sino la circunstancia de  inculpabilidad que el Art. 40-3 del C. Penal establece.   

Como  normas  infringidas cita los Arts. 247  del  C.  de  P.  Penal,  porque  considera  que no existe certeza respecto de la  responsabilidad  del reo, 294 y 296 ibidem en  cuanto no se observaron las reglas de la sana crítica; 29-4 del  C.  Penal  por  desconocer  la legítima defensa predicable en el comportamiento  del  procesado,  y 40-3 por considerar que no se reconoció que el acusado obró  bajo  el  convencimiento  invencible  de  que  defendía su vida o su integridad  personal.   

En consecuencia, solicita a la Corte casar el  fallo  impugnado  y  en  su lugar absolver al justiciable, bien reconociendo que  actuó   en   legítima   defensa  de  su  vida,  o  en  su  defecto  de  manera  inculpable.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

Empieza  la  agencia del Ministerio Público  por  formular  críticas  a la demandante por la manera como plantea la censura,  pues   con   total   desconocimiento   de   la  técnica  casacional,  en  forma  indiscriminada  sostiene  a  través de su discurso que el juzgador se equivocó  en  la  apreciación  probatoria,  que  profirió sentencia condenatoria sin que  obrara  en el proceso certeza de la responsabilidad del implicado, y en fin, que  se  inobservaron  las  reglas de la sana crítica, sin atinar a indicar en cuál  de  los sentidos de la violación indirecta de la ley sustancial cabe ubicar sus  reparos,  es  decir,  si el vicio devino por un error de existencia de la prueba  por  suposición  u  omisión, o si de lo que se trata es de una tergiversación  probatoria.  En  suma,  “el escrito se arrima mas al  alegato  de  instancia  que  a  una  censura  por la que se quiera desquiciar el  soporte  legítimo  de  la  decisión”,  advierte de  entrada el Procurador Segundo Delegado en lo Penal.   

          Luego  de  precisar  lo  que  la  jurisprudencia de la Corte enseña  acerca   de   los   diversos  sentidos  del  error  de  hecho  como  modalidad  de  la  violación  indirecta,  señala  la  Delegada  que  sin  ningún  condicionamiento  técnico  la censora  elaboró su escrito.   

          Empero,   al   margen   de   lo   anterior,  lo  cierto  es  que  el  planteamiento    de   la   demandante   resulta  contradictorio  en  cuanto  indistintamente  propone  al  interior  del  mismo cargo un actuar del agente en  legítima  defensa,  y a la vez el fenómeno que se ha dado en denominar defensa  subjetiva.   

Lo  primero  presupone  conocer  que  se  es  víctima  de  un  ataque,  y  se ejecuta un comportamiento en orden a repeler la  agresión  en  defensa de un  bien jurídico, en este caso la vida, lo cual  implica  una  decisión  absolutoria al tenor de lo previsto en el Art. 29-4 del  C.   Penal,   pues   el   reconocimiento   de   la  legítima  defensa  comporta  “una  causa excusadora de responsabilidad penal, que  excluye  la  antijuridicidad  de la conducta”, evento  este  en  el  que el agente se defiende de un ataque real.  En tanto que en  el   error  de  prohibición  (Art.  40-3)  el  yerro  se  presenta  sobre  los  presupuestos  fácticos de la  legítima   defensa,   es   decir,   “errar  en  el  conocimiento  de los hechos que de existir excusarían la culpabilidad porque en  un  momento  dado  se  cree  equivocadamente  que se está siendo víctima de un  ataque  cuando realmente no se es atacado por nadie”.  Aquí el error recae en cuanto al conocimiento del ataque.   

Por  consiguiente,  no  es  lo mismo saberse  atacado  y  defenderse, que creerse víctima de un ataque y defenderse por error  de  una agresión inexistente, afirma el Procurador Delegado. Así las cosas, la  contradicción  es  patente,  “conocer  en  caso  de  legítima  defensa  (art.  29-4)  excluye  la  posibilidad  del  error que pueda  presentarse   en   cuanto  a  creer  que  se  es  atacado  y  defenderse  (40-3)  -reitera      el     agente     del     Ministerio  Público-;  porque  Alzate  Murillo  no podía saber (legítima defensa) y no saber  (errar) al mismo tiempo.”   

Pero en verdad el sentenciado no fue víctima  de  una situación de error invencible que determinara su desconocimiento de los  hechos,  como se pregona en la demanda, puesto que en su indagatoria admitió no  haberle  visto  armas  a  la víctima y que ésta lo agredió verbalmente, que a  pesar   de   su   alicoramiento,   “sabía  lo  que  hacía”,  lo que implica que entendió el problema y  bien   pudo  evitarlo  asumiendo  otra  conducta  como  abandonar  el  lugar,  o  abstenerse  de accionar el arma, o conjurar el ímpetu que en un momento extremo  terminó  con la muerte de Carlos Julio Quintero. De ahí que se predique que su  error  fue vencible -conducta punible conforme a las trazas del inciso final del  Art.  40 del C. P.- si se tienen por ciertos los planteamientos de la demanda en  cuanto  a  que  el occiso hacía ademanes de llevarse las manos a la cintura, no  empece  encontrarse  inerme  habida cuenta que momentos antes fue requisado y no  se  le  encontraron armas de fuego, pretendiendo con sus movimientos crear en la  mente del procesado la seguridad de que iba a ser atacado.   

Luego,  no  puede  plantearse  en  la  misma  censura               la               contradicción               absolución-condena,  so  pena del fracaso  de las pretensiones, advierte el Ministerio Público.   

Finalmente, ningún error en relación con la  contemplación  material  de  la  prueba se discute en la demanda, y lo que más  bien  pretende  la  censora  es  anteponer  su  criterio al del juzgador, el que  estima  de  mayor  validez en orden a lograr un fallo absolutorio, olvidando que  en  sede  de  casación  de  lo  que  se  precisa  es  de la demostración de la  existencia  de  errores  verdaderamente  trascendentes  que  comporten romper el  fallo  por ilegítimo, y no de revivir un debate ya finalizado en las instancias  para  discutir  el  grado  de credibilidad que los juzgadores le otorgaron a las  pruebas.   

Consecuente   con  sus  razonamientos,  el  Procurador  Delegado  estima  que  la  censura  no debe prosperar, por lo que le  sugiere a la Corte no casar el fallo impugnado.   

  CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          El  único  cargo  planteado  en  la demanda asoma inidóneo, habida  consideración  del  desconocimiento  por  parte  de la censora de las reglas de  técnica   que   gobiernan  el  extraordinario  recurso,  como  lo  advierte  el  Ministerio  Público.   En efecto, el libelo ni siquiera identifica el tipo  de  error  -si  de hecho o de derecho-, y menos precisó su sentido, bastándole  con  afirmar  que a través de la equivocada apreciación probatoria denunciada,  “se  omitió  en  ellas  apartes  relevantes  en  la  decisión,  lo  que  dio  lugar  a  que  se  aceptaran  hechos inexistentes como  probados   y   se   negaron   otros   establecidos   fehacientemente”,   lo   cual   originó  el  desconocimiento  de  la  causal  de  justificación  del  hecho  de  la  legítima  defensa  alegada, “o   en   su   defecto”,  la  causal  de  inculpabilidad   llamada  por  unos  defensa  subjetiva,  y  por  otros  defensa  putativa.   

          Una  tal afirmación deja a la Sala sin saber si con esa omisión de  “apartes” de las pruebas  relevantes  para la decisión, el juzgador cercenó el contenido material de los  elementos  en  los  que  fundó  su convicción, poniéndolos por consecuencia a  decir  cosa  diferente a lo que realmente se deriva de su contexto -falso juicio  de  identidad-,  evento  en  el  cual era su deber señalar los segmentos de los  elementos  de  convicción  no  tenidos  en  cuenta;  o  si  fue  que omitió la  consideración  integral  de pruebas existentes en el proceso, por cuyo medio se  negaron         hechos        “fehacientemente  establecidos”   -falso  juicio  de  existencia  por  omisión-,  o,  si  por  el  contrario,  se  adujeron  otras  no incorporadas al  expediente  que  dieron  lugar  a tener como probados hechos inexistentes -falso  juicio de existencia por suposición-.   

          A  lo  anterior súmase la evidente contradicción en que incurre la  casacionista,  puesto  que  mal puede afirmar en el desarrollo de la censura que  el   Tribunal   “no   tuvo   en  cuenta”  los  testimonios  de  Ramón  Flórez,  César Augusto Alzate y  Carlos  Augusto  Yepes,  o  que los mismos “no fueron  apreciados”,  con  lo  cual, ciertamente, alude a un  error  de  hecho  derivado  de  un falso juicio de existencia por omisión, para  seguidamente   aseverar   que   lo   que   ocurrió   fue  que  el  Ad-Quem     cometió    “errores  de  apreciación”  en relación  con  esos  mismos  medios  de  prueba.  O  que  la  confesión  de  ALZATE     JARAMILLO     “no  fue  apreciada”,  para  seguidamente  aseverar  que  “se  le  negó  la  credibilidad  que  merece” (Fls. 412, 413 y 414).   

          Si  lo que en definitiva cree la censora  es  esto  último,  es  porque  esas  pruebas  fueron  estimadas,  y entonces el  reproche  se  reduce  a un problema de valoración probatoria, auspiciado por el  planteamiento  genérico  de  que  el juzgador se equivocó al considerar que el  procesado  fue  el  autor  del  homicidio  en cuestión, pero no amparado por la  causal  de  justificación del hecho de la legítima defensa, sino impulsado por  la  diminuente  punitiva  de  la  ira; para a partir de su propia estimación de  ciertas  pruebas  construir  las   hipótesis  alternativas  de  las que da  cuenta  en  su  demanda, emulando de esta manera con el criterio más autorizado  del  juzgador,  expresado  en la sentencia, la cual goza de la doble presunción  de acierto y legalidad.   

El   señalado   vicio  por  el  grado  de  credibilidad   que   el   juzgador   le  otorgó  a  determinados  elementos  de  persuasión,  podría  corresponder  en  la dinámica de la casación a un   error  de  derecho  por  falso  juicio de convicción que por regla general y en  atención  al  sistema  de la libre y racional apreciación de la prueba que hoy  rige  nuestro  ordenamiento  procesal  penal,  prácticamente  es  de  imposible  configuración  ante  la  ausencia  de  norma legal que previamente determine el  valor  que  debe  asignársele a cada prueba -tarifa legal-, como reiteradamente  lo ha explicado la Sala.   

Empero,  lo que en verdad hace la opugnadora  es   apartarse   gratuitamente   de  la  valoración  probatoria  hecha  en  las  instancias,  ofreciendo  la  propia  pero  sin demostrar que el juzgador hubiera  incurrido  en errores realmente trascendentes en dicho ejercicio apreciativo, al  punto  que  sin  ellos  otra  muy  distinta  y favorable a los intereses del reo  hubiese sido la decisión atacada.   

Los  supuestos lógicos del fallo, se itera,  no  fueron  enfrentados  por  el  casacionista  a  la luz de los  presuntos  errores  de  apreciación  probatoria que le achaca al fallador; de ahí que las  afirmaciones   genéricas   del   demandante   en   cuanto  que  “se    yerra    en   la   apreciación   de   la   prueba”,    que    se   “dictó   sentencia  condenatoria  sin  que  en  el  proceso obrara certeza de la responsabilidad del  implicado”,  que  “no se  aplicaron  los  principios  de  la  sana  crítica  a los testimonios de Ricardo  Gallo,  Jesús  Abad  Quintero,  Cesar  Alzate,  Miguel  Angel  Ruiz”,   sin  que  como  era  su  deber  indicara  cuáles  principios  lógicos,  cuáles  postulados  de la lógica o cuáles reglas de la experiencia  pretermitió  el  sentenciador  en  el  análisis  de tales aserciones; resulten  proposiciones  inatendibles  en  casación,  sede  en  la cual, por su carácter  rogado,   se   precisa   de  la  demostración  de  los  errores  verdaderamente  trascendentes  que afectan al fallo, cuando la pretensión es destronar la doble  presunción de acierto y legalidad de que está revestido.   

Lo anterior, para no hablar de la dilogía en  que  incurre  la demanda al considerar alternativamente y en un mismo cargo como  normas  de  derecho  sustancial  quebrantadas  las atinentes a la legítima  defensa  y al error de prohibición, en tanto la lógica jurídica no admite que  un  mismo  presupuesto  fenoménico  pueda  encuadrarse  simultáneamente en una  causal  de  ausencia  de  antijuridicidad y  en  otra  de  inculpabilidad,  según  el  lenguaje  del anterior  Código Penal.   

          Por  consiguiente,  el  cargo  en dichas circunstancias no puede ser  examinado,  tanto  menos cuando lo que revela la demanda es su intención de que  la  Corte  proceda  al  reexamen  total  del  plexo probatorio, olvidando que la  casación  no  es  una  tercera  instancia  del  proceso  penal  que  permita la  continuación   de   los   debates  ya  clausurados  con  el  fallo  de  segundo  grado.   

No prospera el cargo.  

Finalmente  debe  advertirse  que  como las  censuras  no  prosperan,  la  redosificación  de  la  pena  a que hubiera lugar  conforme  a  lo  establecido  para el efecto en el nuevo Código Penal, será de  competencia  del  Juez  de  Ejecución  de  Penas  y Medidas de Seguridad.                              

         En  mérito  a  lo  expuesto,  la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

  RESUELVE   

         NO CASAR el fallo impugnado.   

         Contra  esta decisión  no procede recurso alguno.   

Cópiese y devuélvase al  Tribunal de origen. Cúmplase   

     

         

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                              JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

No hay firma  

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS               CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                       

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO               EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

                   

CARLOS   E.  MEJÍA  ESCOBAR                           NILSON PINILLA  PINILLA                                

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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