13014(11-07-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    República   de  Colombia   

       

Corte Suprema de Justicia  

Proceso No 13014  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 74  

         Bogotá,   D.   C.,   once   (11)   de   julio   de   dos  mil  dos  (2002).   

VISTOS  

         Mediante  sentencia  del 6 de agosto de  1996,  el  Juzgado  Séptimo  Penal  del  Circuito  de Barranquilla absolvió al  señor  Roger de Jesús Miranda de Ávila.                        Recurrida esa decisión por el fiscal delegado,  el  Tribunal  Superior de esa ciudad la revocó el 6 de noviembre del mismo año  para,   en   su   lugar,   condenar   a   Miranda  de  Ávila  a  la  pena principal de 25 años de prisión  como  responsable  del  delito  de  homicidio.  También  le  impuso la sanción  accesoria  de  interdicción  de derechos y funciones públicas por 10 años, la  obligación  de  indemnizar  los  perjuicios  causados  y  le  negó  la condena  condicional.   

         El  defensor  interpuso  recurso  de  casación  el 15 de noviembre  siguiente   y se concedió el 9 de diciembre. La Sala se pronuncia de fondo  sobre la demanda que en su sustento fue presentada.   

HECHOS  

         Miembros   de  la  Policía  Nacional  de  Barranquilla  dejaron  a  disposición  de  la  autoridad  judicial  a  Roger de  Ávila      Samper     (realmente     Roger  de  Jesús  Miranda  de Ávila), a  quien  capturaron  el  29  de  mayo de 1995 porque “dio muerte a puñaladas en  diferentes  partes  del  cuerpo y degollándole al señor que en vida respondía  al  nombre  de ENRIQUE OLMOS FLORES … Hechos ocurridos en el día de hoy en la  calle  29  entre  carreras  40  y  41  …,  ya  que nosotros nos encontrábamos  patrullando  y nos informaron que un individuo había apuñalado a un señor nos  dirigimos  al  lugar de los hechos se encontraba el individuo que se iba a dar a  la  huida  encontrándosele  en  su  poder  el  cuchillo con el cual cometió el  hecho”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

         Iniciada  la  investigación respectiva, se escuchó en indagatoria  al  capturado,  a  quien  se  resolvió  su  situación  jurídica  y  el  15 de  septiembre  de  1995  se profirió resolución de acusación en su contra por el  delito de homicidio agravado.   

         Proferidas  la  sentencia  absolutoria  de  primera  instancia y la  condenatoria  del  Tribunal,  la  defensa  interpuso  y  sustentó el recurso de  casación,  respecto del cual se pronuncia la Sala, una vez recibido el concepto  del Procurador Primero Delegado en lo Penal.   

LA DEMANDA  

         Cargo  único.  Causal  primera,  inciso  segundo.  La sentencia violó de manera indirecta, por aplicación indebida, los  artículos  19,  20, 23, 36, 103 y 323 del Código Penal (de 1980), a la vez que  excluyó  los  artículos  2  a  5,  21  y 35 del mismo estatuto, lo cual hizo a  través de los siguientes:   

     

A. Falsos juicios de identidad     

         1°)  Tergiversó  el  testimonio del agente UBALDO PÉREZ ESPITIA,  al  considerar  que  apuntaba  a  demostrar  la responsabilidad, cuando no se le  podía  otorgar  ese  mérito,  con  lo  que desnaturalizó las declaraciones de  SILVIO  VELÁSQUEZ  RIVERA  y  TEOBALDO  MARTÍNEZ VILLAMIL, que lo contradicen.  Agrega  que  ninguno  de  los testigos contó la verdad por ser “de oídas”,  pues  su  defendido  no  agredió  a la autoridad, no sabía lo que sucedió, no  suministró explicaciones y tenía un comportamiento anormal.   

         2°)  Distorsionó  el alcance de las versiones de ARNALDO ÁLVAREZ  NIEBLES  y FREDDY NAVAS, al descalificarlas como sospechosas, cuando no lo son y  arrojan  claridad  sobre  lo sucedido por percibir de manera directa los hechos.  El   juzgador   pudo   cometer   un   error  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción.   

         3°)  Deformó  la  versión  del  sindicado  respecto  de  que  no  recordaba  lo  sucedido  por  sufrir  una  laguna  mental  producto del alcohol,  explicación  que el Ad quem descalifica señalándola de dudosa ante el mínimo  grado  de  embriaguez  dictaminado,  cuando  lo cierto es que el procesado no ha  querido  eludir la acción de la justicia y su relato encuentra soporte en todos  los medios probatorios recaudados.   

         4°)  Falseó  el  alcance de hechos indicadores. La señora MARÍA  URIBE  DE  PLATA  dijo  que  nada vio, pero como aseveró haber escuchado que la  gente  decía  que  la  muerte  la  había  causado  “un  muchacho,  por  unas  butifarras”,  el  Tribunal  dedujo  certeza  de  su  relato, cuando, a modo de  contra  indicios,  varios  testimonios  señalan que el delito lo cometieron dos  personas  diversas  del  acusado.  Agrega que el hecho de encontrar al sindicado  con  un cuchillo no demuestra que sea el homicida, máxime que tenía rastros de  dos  tipos  de  sangre,  de lo que se concluye que otra persona fue la lesionada  con  el  arma.  El  dictamen  de  embriaguez,  dice, es equivocado porque debió  rendirlo  un químico y no un psiquiatra, con lo cual no puede concluirse que el  sindicado no padeciera una laguna mental.   

         B)  Falso  juicio  de  existencia porque se ignoró la declaración  del  agente  ÓMAR  CASTRO  CARREÑO, de la que se desprende que el sindicado ha  dicho  la  verdad  respecto de no recordar qué pasó, que el occiso fue atacado  por  dos  personas  diferentes  a  éste, en lo que coinciden ARNALDO ÁLVAREZ y  FREDDY   NAVAS,   quienes   señalan   que  Roger  de  Jesús  lo  que hizo fue defender a la víctima, como  también  UBALDO  PÉREZ  ESPITIA,  agente  que  refuta a sus compañeros SILVIO  VELÁSQUEZ y TEOBALDO MARTÍNEZ.   

         Agrega  que  los  restantes medios de prueba considerados por el Ad  quem  señalan exclusivamente la responsabilidad objetiva y no la participación  del  acusado  en  el  delito ni el aspecto subjetivo de éste, de donde concluye  que  no  se aplicó el in dubio pro reo, en atención a lo cual solicita se case  la  sentencia  del  Tribunal  para, en su lugar, absolver al procesado por estar  demostrado que no intervino como autor o partícipe.   

EL MINISTERIO PÚBLICO  

         La  Procuraduría Delegada solicita no casar la sentencia porque el  demandante  no  demostró  que  el  Tribunal distorsionara las declaraciones que  cita,  lo  cual,  además, no ocurrió, pues se limitó a analizar las versiones  en  su  conjunto  y con base en la sana crítica, en tanto que lo que se censura  como  distorsión  son  simples  posturas  personales  sobre  el  alcance de las  declaraciones.  Lo  propio,  dice,  sucede con la indagatoria, como que el mismo  censor  pone de presente que el Ad quem no admitió su relato como verídico, lo  cual  es  función  propia de estimación y no tergiversación, máxime que para  descartar  la  laguna  mental  se apoyó en el dictamen médico que concluyó un  mínimo grado de embriaguez.   

         En  relación  con  los  indicios,  agrega que además de similares  falencias,  el  defensor  no precisó si el reproche lo dirigía a la prueba que  soporta  el  hecho  indicador,  a  la  operación  mental  de  inferencia o a la  valoración  individual  o articulada de su poder suasorio; por el contrario, en  un solo ataque refundió varias modalidades.   

         Respecto  del falso juicio de existencia, el Procurador dice que en  efecto  el  Tribunal  no  hizo  referencia  a  la  declaración  de ÓMAR CASTRO  CARREÑO,   pero  con  las  pruebas  valoradas  en  el  fallo  se  demuestra  la  responsabilidad,  y  el  censor  no  sólo  no las desvirtuó, pues se dedicó a  “demostrar”   que   el   sindicado   era   inimputable,  tornando  inane  su  pretensión,   además   de  que  debió  plantearla  al  amparo  de  la  causal  tercera.   

         

CONSIDERACIONES  

         1.  Cuando, como en el presente evento, se invoca un error de hecho  por  falso  juicio  de identidad, es carga del demandante probar que el juzgador  se  equivocó  en la contemplación de los elementos de juicio existentes porque  distorsionó  sus  alcances y les suministró un contenido objetivo diferente al  que en realidad contienen.   

         Tal  exigencia comporta que se hagan las citas de las pruebas, o de  los  apartes  de  las  mismas, y de lo que de ellas dijo la sentencia censurada,  con  el  propósito  de que de la comparación surja evidente la tergiversación  de  su  contenido  real.  Con  nada  de  esto cumple la demanda, que se limita a  enunciados  genéricos,  deshilvanados  e incoherentes que insisten en que a los  elementos  de  convicción  ha debido creerse, o no, según la personal opinión  del  recurrente,  quien  hace  hincapié en que se debían aceptar las versiones  que favorecen al sindicado y rechazar las que lo perjudican.   

         Esa  postura,  propia  de las dos fases que conforman la estructura  básica  de  un  proceso  como es debido, resulta extraña en sede de casación,  como  que  aboga  porque  se  reabra  el  debate  probatorio para que la Sala se  convierta  en  una  tercera  instancia,  tarea que le está vedada por cuanto la  razón  de  ser  del  recurso  extraordinario  es  demostrar la ilegalidad de la  sentencia  del  Tribunal,  lo que no se logra con estudios libres que desconocen  la   presunción   de   acierto   y   legalidad   que   ampara   las  decisiones  judiciales.   

         2.  Dice el impugnante que el Ad quem tergiversó o distorsionó el  testimonio  del  agente  UBALDO  PÉREZ  ESPITIA,  pero la malformación la hace  consistir  exclusivamente  en  que “el Tribunal consideró que este testimonio  apuntaba  a demostrar la responsabilidad”. Lo que se reprocha no es, entonces,  falseamiento  alguno del contenido de la declaración, sino el grado de eficacia  que  el  juez le concedió a sus palabras. Esto no constituye el falso juicio de  identidad  que  se  invoca, sino el libre ejercicio de valoración, propio de la  función  judicial;  tan  es  así, que el censor pone de presente que el fallo,  para   creer   en   la   declaración,   transcribió   sus  palabras  en  forma  literal.   

         Respecto  de la misma versión, para demostrar el yerro que invoca,  el  casacionista argumenta que ella “desnaturaliza los testimonios” de otros  dos  agentes  del  orden,  a  quienes  contradice  respecto  de  la  actitud del  detenido.  Esto  no guarda coherencia con la censura propuesta, pues con ello no  se  acredita  ninguna  deformación  de  la  prueba, sino que se aspira a que la  declaración,  aceptada  como única coincidente con la verdad, “desvirtúe”  otras versiones.    

         Lo  mismo sucede con las otras declaraciones, pues cuando el censor  propone  que  no  se  crea  a  los  testigos  por  ser  “de  oidas”  y “no  presenciales”,   realmente  no  apunta  a  distorsiones  sino  al  proceso  de  valoración de la prueba.   

         3.  Similares  razonamientos  cabe hacer respecto de la invocación  del  mismo  error cometido sobre las declaraciones de ARNALDO ÁLVAREZ NIEBLES y  FREDDY  NAVAS,  de  las que no se comprueba tergiversación alguna. Se cuestiona  que  el  fallador  las  consideró  sospechosas  por  su arribo poco ortodoxo al  proceso  y  por  lo  inverosímil de sus relatos, de donde surge que el Tribunal  partió  de  lo  realmente  relatado  por  los testigos -lo que ya desvirtúa el  yerro  enunciado-  y dentro de la función judicial de libre estimación, no les  concedió  eficacia. Tan es así, que a modo de demostración de la distorsión,  la  defensa  sostiene que esas versiones “lejos de ser sospechosas nos arrojan  toda  claridad  sobre lo que realmente ocurrió … ya que sus dichos son hechos  totalmente   relevantes  …(porque)  conocieron  por  percepción  directa  los  hechos”.  Es  decir,  se  ofrece  una  subjetiva  forma  de estimación con la  aspiración  de  que  la  Corte  la  privilegie  sobre  la del Tribunal. Esto no  estructura el falso juicio de identidad planteado.   

         4.  En  forma  incoherente,  en medio de la “demostración” del  falso  juicio de identidad,  la   defensa   alude   también   al   error   de   derecho   por   falsa  convicción,  sin especificar las  normas  que  en  caso  de que existiera tarifa probatoria, la regularan. Como se  percibe,  el  actor  fusiona  dos  formas de yerro que no pueden ser predicables  simultáneamente  de  un mismo o unos mismos medios probatorios. Es claro que en  relación  con  éstos, o se ha falseado su contenido real o se les ha apreciado  en  su  verdadero  contexto pero sin aceptar el valor que habría dispuesto para  ellos  el  legislador.  La propuesta, así, involucra dos especies de equívocos  que  por  inconciliables  han  debido  ser  postulados  en capítulos separados.   

         5.  También  se  equivoca  el  impugnante  cuando  afirma  que  se  “tergiversó  y  distorsionó”  la versión de su acudido, pues el equívoco  lo  hace  consistir en que el Ad quem no le creyó que para el momento del hecho  estaba  en  una  “laguna  mental”  producto  de  la  ingestión de alcohol y  drogas,  lo  cual  también  hace  referencia  a la libre apreciación racional,  conforme con los postulados de la sana crítica.   

         Además,  la  propuesta  se formula con base en circunstancias que,  como  el  consumo  de  estupefacientes,  ni siquiera el sindicado refirió en su  indagatoria  y  ampliación,  pues sólo las mencionó en su intervención en la  audiencia  pública,  sin  que  la  defensa aporte argumentos para demostrar por  qué  ante  posiciones  diversas  deba  admitirse como verídica la última, con  mayor  razón si se tiene en cuenta que un dictamen médico practicado a escasas  horas  de  los  hechos  sólo  encontró  leves  rastros  de  alcohol, mas no de  sustancias alucinógenas.   

         6.  De  otra  parte,  la insistencia de todo el discurso estriba en  que  se  debe  aceptar  que  para  el  momento del delito el sindicado no tenía  capacidad  de  comprender  la ilicitud de su comportamiento o de determinarse de  acuerdo  con  esa  comprensión,  esto  es,  que era inimputable. Tal postura es  contradictoria  con  la propuesta que se hace, por cuanto ésta radica en que se  dicte  sentencia  de  absolución  “por  estar  acreditado  en  autos  que  no  intervino  como  autor  ni  partícipe  del  delito  investigado”, y mal puede  exigirse  exoneración de responsabilidad bajo el supuesto de aquella condición  mental,  porque  el  inimputable  es  sujeto  de  juicio, en el entendido de que  realiza   una  conducta  típica  y  antijurídica,  pero,  en  atención  a  su  incapacidad  de  culpabilidad,  no se le impone una sanción, sino una medida de  seguridad  que  busca  su  protección,  curación,  tutela  y  rehabilitación.  Entonces, la absolución, por esta vía, es un imposible jurídico.   

         

         7.  El  demandante  dedica  gran  parte  de  su  escrito a reseñar  diversas  teorías  respecto  de  la  construcción  y  evaluación de la prueba  indiciaria,  pero,  como anota el Ministerio Público, al descender a los hechos  debatidos,  nada  demuestra  respecto del falso juicio de identidad que predica,  aparte  de  que  no  enseña  si  la  censura  la  orienta  hacia  la prueba que  estructura  el  hecho indicador, o respecto del proceso racional para inferir el  indicado,  o  sobre  su  valoración  individual  o  conjunta  con los restantes  elementos   de   juicio.   No  sólo  no  hace  tal  cosa,  sino  que  en  forma  contradictoria  mezcla  las diversas modalidades como cuando critica que se  dio  un  alcance  que  no tiene al testimonio de MARÍA URIBE, para acreditar un  hecho  indicador,  cuando,  agrega, existen “contraindicios que desvirtúan su  valor  probatorio  y  apuntan  a  refutar  las  inferencias lógicas que podían  obtenerse del momento del hecho indicador”.   

         El  censor  se  dedica  a  intercalar,  en  medio de la teoría del  indicio,  frases  sueltas  que  nada  dicen,  como que el Tribunal colige que la  declaración  de  MARÍA  URIBE  DE  PLATA confirma el relato de los agentes, lo  cual  no  hace  referencia  a  distorsión  alguna ni se relaciona con la prueba  indirecta;  o  que  el hallazgo del cuchillo en manos del sindicado no demuestra  que  sea  el  homicida,  sin  que  desarrolle  la  premisa ni, menos, señale ni  acredite  alguna  tergiversación sobre el particular; o que algunos testimonios  han   sido   desmentidos,  circunstancia  que  se  relaciona  con  un  medio  de  convicción  diverso del indicio, del que se ocupa en este aparte, y sólo opone  una apreciación subjetiva, que no deformación del elemento.   

         Al   indicio   que   el   impugnante  dice  se  construyó  con  la  declaración  de  MARÍA  URIBE, opone, para probar el falso juicio de identidad  propuesto,  el  “contraindicio”  referido  a  que  el  dictamen  médico  de  inimputabilidad  fue  practicado  por  persona  no experta en la materia, quien,  además,  “tergiversó  su alcance”, expresiones que fuera de convertirse en  un  galimatías  no explican por qué lo último demuestra la deformación de lo  primero,  máxime que si el concepto médico se distorsionó no puede aspirarse,  sin  romper  el  postulado  lógico de no contradicción, a que, a la vez, se le  conceda eficacia para desacreditar aquél relato.   

         La   defensa  menciona  otro  contraindicio,  para  desvirtuar  los  testimonios  de  los  agentes  del  orden,  referido  a  los  rastros  de sangre  encontrados    en    el    cuchillo   que   portaba   el   señor   Miranda  de  Ávila.  En  principio,  se  reitera  que  si  el capítulo se ocupa de censurar un falso juicio de identidad  respecto  de  la  prueba  indiciaria  construida  en  la  sentencia,  resulta un  contrasentido  que  la  elaboración que se intenta tenga como fin exclusivo que  no  se admita credibilidad a las declaraciones, lo cual en nada se relaciona con  la  tergiversación que competía señalar y, menos, con los elementos de juicio  indirectos.   

        Por  lo  demás,  la  conclusión  del  defensor de que de aquellos  rastros  “se  colige que fue otra la persona herida con el cuchillo”, que no  el  occiso,  no  se  compadece con sus propios argumentos. Si el arma presentaba  muestras  de  sangre  “0 positivo” y “A positivo”, no se puede pretender  distorsión  alguna  cuando  se  concluye  que  con  ese elemento que el acusado  tenía  en  su  poder  sí  se pudo causar el deceso, pues que la de la víctima  corresponde  al primer tipo, inferencia que no se desvirtúa por el hecho de que  el  segundo  vestigio,  que también se encontró en los zapatos de Roger  de  Jesús  Miranda  de Ávila, no  coincida  con  el  factor  ni  de éste, que también es “0 positivo”, ni de  quien  falleciera,  pues  de  lo  último sólo puede colegirse eso: que alguien  más  resultó  lesionado,  pero  no  descarta  la  relación  causa—efecto  entre el porte del arma y las  lesiones  que  causaron  la muerte a ENRIQUE OLMOS FLORES, pues éstas provienen  de ese tipo de objeto, que tenía impregnadas huellas de su sangre.   

        8.  En  la  demanda  se  invoca  un  falso juicio de existencia por  omisión  de  la declaración del agente ÓMAR CASTRO CARREÑO. En principio, la  Sala  observa  que  de  manera  objetiva  asiste  razón al reclamo, dado que en  desarrollo  de  la  audiencia pública se recaudó el testimonio de esa persona,  sin que el fallo del Tribunal lo atendiera expresamente.   

         

        Sin  embargo, la técnica del recurso extraordinario exige señalar  el  error  y, desde luego, demostrar su trascendencia. Esta carga no la cumplió  el  defensor,  pues  no  dio  los  argumentos  para comprobar que la estimación  judicial  del  medio de prueba omitido incidiera de manera tal que el sentido de  la sentencia condenatoria cambiara por la absolución que reclama.   

        El  recurrente  no  demostró cómo la declaración de ÓMAR CASTRO  CARREÑO  podía  influir en el fallo cuestionado para desvirtuar, al extremo de  restarles  toda  eficacia, los testimonios de SILVIO VELÁSQUEZ RIVERA, TEOBALDO  MARTÍNEZ  VILLAMIL,  UBALDO  PÉREZ  ESPITIA  y  MARÍA  URIBE  DE  PLATA, cuyo  análisis  en  conjunto,  conforme con las reglas de la sana crítica, llevó al  Ad  quem  a  la certeza de la responsabilidad de Roger  de Jesús Miranda de Ávila.   

        Tampoco  indicó la forma como aquella versión restaría soporte a  la  conclusión  científica  y  judicial  sobre  la  inexistencia del estado de  inimputabilidad,  y  a  las  apreciaciones  del  fallador, según las cuales los  relatos  de  ARNALDO ÁLVAREZ NIEBLES y FREDDY NAVAS resultan sospechosos por su  poca   ortodoxa   forma  de  ser  allegados  al  expediente,  además  de  hacer  descripciones  inverosímiles,  ilógicas  e  increíbles,  a  partir de lo cual  construyó  una  inferencia  consistente  en  que  quien  llama  en su auxilio a  testigos     que     producen     un     efecto     contrario,     muestra    su  responsabilidad.   

        El  testimonio del agente que el Tribunal excluyó da cuenta que al  llegar  al  sitio,  al lado de la víctima se hallaba el acusado con el cuchillo  en  su  mano,  quien “no estaba en sus cinco sentidos completos, ya que estaba  como  atolondrado  …  no  opuso  resistencia,  le quitamos el cuchillo … las  personas  …  unas  decían  que  vieron a unos tipos apuñalándolo”, y a la  pregunta  de si los transeúntes incriminaban al acusado, respondió que “Unas  personas  decían  que  no,  otras  decían  que sí … cuando lo llevamos a la  Estación   de   la   Policía,   (el   sindicado)   decía  que  no  lo  había  hecho”.   

        Si  ese  es  el  contenido exacto de la declaración omitida, no se  observa  que  la misma refute la descripción de los restantes agentes, como que  aquella  insiste en que el procesado tenía el arma en su poder, hecho del cual,  unido  al  estudio  de  las  muestras  de sangre, se derivó responsabilidad. La  apreciación  del testigo de que el detenido parecía estar embriagado, drogado,  o  “como ido”, no deja de ser un concepto subjetivo, no científico, además  de  que  el  Tribunal,  soportado  en  prueba médica, admitió la ingestión de  alcohol,  en  lo que coincide el declarante, mas no el estado de inimputabilidad  a  partir  de ella. Finalmente, a la referencia de que unas personas decían que  el  sindicado  era  ajeno  a  la  muerte causada, se opone la mención del mismo  agente en cuanto “otras decían que sí”.   

        Por  manera  que  el  relato  que  se  echa  de  menos, no sólo no  contraría,  en  lo  fundamental,  las pruebas de cargo, sino que en gran medida  las  corrobora,  de  donde  concluye  la  Sala que su incidencia en la decisión  sería en sentido adverso al propuesto.   

        Como   la   demanda   presenta   graves   falencias   tanto  en  la  presentación  del  cargo como en la demostración de los errores, no se casará  la  sentencia  impugnada,  y porque, además, lo formulado es contradicho por la  realidad procesal.   

        En  consideración a esta decisión, el juicio de favorabilidad que  pueda   presentarse  ante  la  entrada  en  vigencia  del  nuevo  Código  Penal  corresponde hacerlo al juez de ejecución de penas.   

        En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

        No casar la sentencia impugnada.   

        Devuélvase y cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE E.  CÓRDOBA    POVEDA                        

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS                              CARLOS    A.    GÁLVEZ  ARGOTE                                                           

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ GALLEGO                                ÉDGAR      LOMBANA  TRUJILLO           

CARLOS  EDUARDO MEJÍA ESCOBAR            NILSON E.  PINILLA     PINILLA                              

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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