12386(18-07-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 12386  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

      SALA    DE    CASACIÓN  PENAL   

Magistrado  Ponente:   

Dr. HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

Aprobado Acta No.082  

Bogotá D.C. dieciocho (18) de julio de dos  mil dos (2002).   

Decide la Corte la casación interpuesta por  el   defensor   de   JAIRO  RUÍZ  GUIZA,  contra la sentencia condenatoria de segunda instancia de mayo 6 de  1996  proferida  por  el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá, que  confirmó  la  de  primera  instancia  del Juzgado 23 Penal del Circuito de esta  capital,  mediante  la cual se impuso al procesado la pena principal de 25 años  de  prisión,  la  correspondiente  pena  accesoria,  como autor responsable del  delito de homicidio simple (artículo 29 de la ley 40 de 1993).   

HECHOS  

El  25  de  febrero  de  1995, JOSÉ ANTONIO  DULCEY  MONSALVE,  se  encontraba  en  el  establecimiento  comercial denominado  ‘Licorera     Santa  Fe’,  que  funciona en la  calle  49B  número 5B – 71  del  Barrio  San  Agustín de esta ciudad, en compañía de HERIBERTO VALDERRAMA  ARIAS,  LUIS  ALBERTO QUICHE SILVA y FABIO VALDERRAMA,  cuando fue agredido  por  un  sujeto  que  le disparó repetidamente un arma de fuego, ocasionándole  múltiples  heridas  que  le produjeron la muerte, así como también lesiones a  VALDERRAMA ARIAS.   

Frente  a  la  patrulla comandada por el Sub  –  Teniente Edgar Eduardo  Tovar  Rojas  que  casualmente se encontraba cerca del lugar, instantes después  de  los  disparos, pasó corriendo, como huyendo, JAIRO  RUÍZ  GUIZA,  quien fue capturado cerca a un caño de  aguas  negras,  en  razón de los gritos y exclamaciones de algunas personas que  lo  señalaban  como  el  autor  del  hecho, como así lo confirman Emerson Arce  Agudelo   y  Wilson  Herney  Mojocoa,   soldados  que  participaron  en  el  operativo.  LUIS  ALBERTO  QUICHE  SILVA  y  HERIBERTO VALDERRAMA ARIAS, quienes  departían  con  la  víctima  en  el  momento  de  los  hechos,  señalaron  al  aprehendido como la misma que ejecutó la acción delictuosa.   

A   JAIRO  RUÍZ  GUIZA,  una  vez  capturado, se le practicó prueba de  absorción  atómica,  detectándose  en  sus  manos la presencia de partículas  correspondientes a “residuos de disparo”.   

El  oficial del ejército JOSÉ YAMEL FORERO  BELTRÁN,  al  día  siguiente  de  los  hechos, hizo saber que un soldado de la  patrulla  que  comandaba  encontró  en  los  alrededores  del  sitio  donde fue  retenido  el  procesado,  una  gorra  de color negro y un revólver, arma que el  examen  de  balística  estableció  como  la  misma  con la que se dio muerte a  DULCEY MONSALVE.   

ACTUACIÓN    PROCESAL   

La  Unidad  de  Reacción  Inmediata  de  la  Fiscalía   con  sede  en  Bogotá  abrió  investigación  penal,  pasando  las  diligencias  a  la  Fiscalía  15  Seccional, despacho que oyó en indagatoria a  JAIRO  RUÍZ  GUIZA,  imponiéndole  medida de aseguramiento consistente en  detención   preventiva   sin   excarcelación   por   el  delito  de  homicidio  simple.   

Cerrada la investigación, la Fiscalía   calificó   el  sumario  el  22  de  junio  de  1995,  acusando  a  JAIRO  RUÍZ  GUIZA por el mismo delito que  le  atribuyó  al resolverle situación jurídica. Esta decisión fue impugnada,  recurso   que   se  declaró  desierto  con  resolución  del  25  de  julio  de  1995.   

La  causa  fue  adelantada por el Juzgado 23  Penal  del  Circuito  de  Bogotá, profiriendo el 8 de febrero de 1998 sentencia  condenatoria.  En  discrepancia  con  esta  última  determinación,  la defensa  apeló  el  fallo,  pero  el  Tribunal  prohijó  el  criterio  del a-quo  en  sentencia  contra  la  cual el  mismo  sujeto procesal y el inculpado interpusieron el recurso extraordinario de  casación, que la Sala ahora resuelve.   

LA  DEMANDA   

Causal: violación indirecta.  

Al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo  del  artículo  220  del  C.P.P.  anterior,  el demandante presenta dos  cargos  contra  la  sentencia  proferida  en  segunda  instancia por el Tribunal  Superior de Bogotá.   

Primer   cargo:    Falso   juicio  de  convicción.   

El fallo de segundo grado incurrió en error  de  derecho  por  falso  juicio  de convicción al apreciar las declaraciones de  HERIBERTO  VALDERRAMA  ARIAS,  LUIS  ALBERTO  QUICHE SILVA y EDGAR EDUARDO TOVAR  ROJAS.   

Para     demostrar     este     cargo,  argumenta:   

No  puede aceptarse que un “número exiguo  de  dos  testigos” sea base “suficiente para condenar al procesado”. A los  testimonios  rendidos  por  VALDERRAMA  ARIAS  y  TOVAR  ROJAS  se  les  otorgó  inexplicablemente   idoneidad   probatoria,  cuando  se  trata  de  la  versión  suministrada  por  una persona que resultó herida en los hechos y el otro es su  amigo  de  farra,  los  que  por  lo  demás  son  contradictorios, imprecisos e  interesados.  Cita  principalmente  como  fundamento  de  sus aseveraciones, las  discrepancias  que  encuentra  en  las  referencias  que  hicieron al número de  personas    que   cometieron   el   hecho,   la   estatura,   la   edad   y   el  sombrero.   

Descalifica  el  testimonio del Sub Teniente  Edgar  Eduardo  Tovar  por  haber afirmado falsamente que el autor del homicidio  fue  la  persona  que capturó en un caño, cuando la realidad es que “sus sub  alternos”  FIDEL  ANTONIO  GÓMEZ GONZÁLEZ, JOSÉ ELMER MARÍN LOAIZA, CARLOS  ALBERTO  ORDUÑA  MANCIPE  y  el  dueño de la tienda “afirman que JAIRO RUÍZ  GUIZA no fue el autor”.   

El demande sustenta las críticas formuladas  en  que los juzgadores dejaron de apreciar los testimonios de quienes señalaron  en  el  proceso  que  JAIRO  RUÍZ  GUIZA  no  fue  el autor del hecho criminal,  señalando  como  tales  a  FIDEL  ANTONIO  GÓMEZ  GONZÁLEZ  (fl. 104), CARLOS  FRANCISCO  ORDUÑA  MACIPE  (fl. 112 y 113) JOSÉ ELMER MARÍN LOAIZA (fl. 102),  RAMÓN  SOTO  ANGARITA  (fl. 84) y los rendidos en la audiencia pública por los  soldados  ISAAC  MONROY  CHAPARRO,  EMERSON  ARCE AGUDELO y WILSON HERNEY BERNAL  MOJOCOA,  así como el de los testigos presenciales MIGUEL ANTONIO ORTÍZ DAZA y  JOSÉ AGUSTÍN YARA PÉREZ (fl. 8 y 9, 10,  Aud. Públi.).   

Segundo cargo:  

El  Tribunal valoró erróneamente la prueba  indiciaria  construida  con  base  en  el  resultado  de la absorción atómica,  porque  se  estableció que el inculpado era un vendedor ambulante de tinto, por  lo  que  estaba  en permanente contacto con sustancias que contienen plomo, como  la  gasolina  y el cocinol, y momentos antes de los hechos estuvo cocinando para  sus  hijos. Además, dicha prueba no ofrece certidumbre y en el caso presente no  sirve  de  ayuda  indiciaria  para atribuirle autoría o responsabilidad penal a  JAIRO RUÍZ GUIZA.   

   

Causal      primera.      Violación  directa.   

Único cargo (subsidiario).  

Anuncia  el ataque por violación indirecta,  error  de  derecho,  para  agregar  luego  que  reprocha  la sentencia por haber  incurrido  en  violación directa, yerro que vincula con la indebida aplicación  la  ley  40  de 1993 en este proceso, dado que para el censor, tal normatividad,  se  expidió  para regular estrictamente las situaciones de orden público, como  el  secuestro,  la  extorsión  y  el terrorismo, las cuales son muy distintas a  aquellas  en  las  que  se vio involucrado JAIRO RUÍZ GUIZA, puesto que se  trata  de  un  delito  común de un modesto vendedor ambulante de tintos. Por lo  tanto, la pena que debe aplicarse es la del artículo 323 del C.P.   

CONCEPTO  DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

En  concepto  de  la  Procuraduría  Primera  Delegada,  la  sentencia  del Tribunal de Bogotá no debe ser casada, según los  siguientes fundamentos:   

El  falso juicio de convicción de que acusa  la  sentencia  con respecto a la prueba testimonial e indiciaria no existe en la  legislación  colombiana,  la  que  adoptó como regla el sistema de persuasión  racional.  Al amparo de dicha invocación lo que pretende el recurrente es sacar  avante su opinión personal en la valoración de la prueba.   

El  falso  juicio de legalidad que ensaya el  censor  basado  en  que  la  prueba  no  ofrece  certidumbre,  se desarrolla con  argumentos  que  no  corresponden  a  la  modalidad  del  mencionado  error.  La  Procuraduría  no  encuentra  reparo al análisis científico de la División de  Criminalística del DAS.   

Por  último, la aplicación de la ley 40 de  1993   por  el  Tribunal no desconoció el principio de legalidad, dado que  los  hechos  objeto  de  este  proceso  ocurrieron  el  25  de  febrero de 1995.   

CONSIDERACIONES DE  LA CORTE   

Causal. Violación indirecta.  

Primer   cargo:    Falso   juicio  de  convicción.   

1. Improcedente resulta el cargo formulado a  la  sentencia  de  segunda  instancia por falso juicio de convicción, vinculado  con  la  apreciación  de  las declaraciones de HERIBERTO VALDERRAMA ARIAS, LUIS  ALBERTO  QUICHE  SILVA  y  EDGAR EDUARDO TOVAR ROJAS, argumentando el censor que  ese  número  es  exiguo  o  insuficiente para condenar al procesado, por cuanto  que,  a  pesar  de  que  el  argumento  apunta  a  un aspecto que corresponde al  concepto  de  prueba  tarifada,  éste método es inaplicable en nuestro sistema  probatorio,  dado  que  el  legislador  consagró  el  de la libre apreciación,  determinado por las reglas de la sana crítica.   

                                                 Tanto  el  estatuto  procesal  penal anterior (Decreto 2700 de 1991,  artículo  254)  como  el  actual  (Ley 600 de 2000, artículo 238) no acogen el  sistema  de  valoración  probatoria  denominado de “tarifa legal”. Le otorga al  juez  la  facultad  de  apreciar  las pruebas “en conjunto, de acuerdo con las  reglas  de  la  sana  crítica”.  Como excepción, el legislador colombiano, por  ejemplo,  en  el segundo inciso del artículo 247 del Decreto 2700 de 1991, o en  el  aparte  final  del  artículo  314  de  la  Ley 600 de 2000, determinó qué  diligencias  no  tienen  capacidad probatoria suficiente para adoptar decisiones  que  comprometan  penalmente  al  procesado.  Pero  no  es la regla, como debía  saberlo el recurrente.   

                                             

                                                El  falso  juicio  de  convicción  se produce cuando el juzgador le  concede  al  medio  probatorio  un  valor que la ley no le asigna, o le niega el  mérito  que  expresamente  se ha dispuesto en ella. En consecuencia sólo se da  cuando  se trata de medios de convicción sometidos en su valoración al método  de  la  tarifa  legal,  desconociéndose  el  precepto  que  regula  su eficacia  probatoria, por eso el yerro es de derecho y no de hecho.   

La ley procesal penal no ha señalado para la  prueba  testimonial  su  alcance  probatorio,  por  lo  que  con respecto de las  declaraciones  de  HERIBERTO VALDERRAMA ARIAS, LUIS ALBERTO QUICHE SILVA y EDGAR  EDUARDO  TOVAR  ROJAS no podía el demandante, sin equivocar el motivo de ataque  en  casación,  reclamar  falso  juicio  de  convicción,  como acertadamente lo  señaló el Procurador Delegado.   

                               

2.   Constituye   principio  de  imperiosa  observancia  en  la demanda, por parte del censor, la precisión y coherencia en  la  formulación  de los motivos aducidos, por cuanto que la naturaleza de ellos  impone  un  desarrollo  y  alcance  específico,  resultando  ilógico  y  hasta  contradictorio,  intentar  demostrar el cargo con fundamentos que corresponden a  un error diverso del enunciado.    

Uno  de  los argumentos del demandante en el  cargo  examinado,  para  sustentar el ataque a la sentencia acusada, por haberse  incurrido  en  ella  en falso juicio de convicción, consistió en recriminar la  labor  de  los  juzgadores  en  los  fallos  de instancia por no haber tenido en  cuenta  las  declaraciones  rendidas  por FIDEL ANTONIO GÓMEZ GONZÁLEZ, CARLOS  FRANCISCO  ORDUÑA  MANCIPE,  JOSÉ  ELMER  MARÍN LOAIZA, RAMÓN SOTO ANGARITA,  ISAAC   MONROY  CHAPARRO,  EMERSON  ARCE  AGUDELO,   WILSON  HERNEY  BERNAL  MOJOCOA,  MIGUEL  ANTONIO ORTÍZ DAZA y JOSÉ AGUSTÍN YARA PÉREZ, crítica que  debió  entonces postular como falso juicio de existencia y en cargo separado, a  tenor  de  lo  dispuesto en el artículo  225 del C.P.P. vigente al momento  de presentación de la demanda.   

El principio de unidad jurídica que rige los  fallos  de  instancia,  tiene  plena  operancia  en  este  caso, en virtud de la  confirmación   integral   que   de   dicha  providencia  hizo  el  ad  quem,  lo  cual  obligaba al censor a  considerar  las  apreciaciones  del  a quo,  quien  hizo  alusión  expresa  y  análisis  de  conjunto de las  pruebas  que  echa  de  menos  el  primer cargo de la demanda, para imputarle al  fallador  el  haber  dejado  de  considerar la prueba testimonial referida en el  párrafo  anterior.  Es  más,  el  fallo de segunda instancia aludiendo a tales  elementos  de juicio, puntualizó: “adhiriéndonos a  la  crítica  que  se  hizo  en primera oportunidad”,  puesto  que “en  nada demeritan las pruebas de  cargo que se acaban de analizar”.   

Es  evidente  que  el demandante, además de  refundir  en  uno  solo  el  falso  juicio  de  convicción y el falso juicio de  existencia,  atribuye  al  juzgador  errores  que no cometió, predestinando él  mismo al fracaso su demanda de casación.   

3.  Ahora  bien,  si  lo  que  pretendió el  demandante  fue  demostrar  que al valorar el mérito persuasivo de las pruebas,  el  fallador  se  apartó caprichosamente de los postulados de la sana crítica,  al  conceder  el   Tribunal  credibilidad  a las declaraciones de HERIBERTO  VALDERRAMA  ARIAS,  LUIS  ALBERTO  QUICHE  SILVA y EDGAR EDUARDO TOVAR ROJAS, no  obstante  lo   contradictorias e imprecisas, debió orientar el ataque, por  la  vía  del  error  de hecho por falso raciocinio, señalando el contraste del  contenido  de  la  sentencia  demandada con la apreciación de las pruebas y las  pautas  de la lógica, la experiencia o los parámetros científicos que, por su  inobservancia,  evidenciaban  el  razonamiento  errático  del  juzgador  y, con  ello,   la  afectación  de los intereses de RUÍZ  GUIZA.   

Así  las cosas, el cargo tampoco es posible  examinarlo  con  base  en  el desconocimiento de las reglas de la sana crítica,  por   cuanto   que   no   fue   ni  correctamente  formulado,  ni  acertadamente  demostrado.   

Si la Corte optara por contestar a fondo los  cargos  formulados  de  esta  manera, interpretando, corrigiendo y complementado  las   falencias  de  la  demanda,  convertiría  el  recurso  extraordinario  de  casación  en  una  instancia  más,  no  obstante  que  los  procesos  penales,  ordinariamente,  deben  culminar  en la segunda instancia. Revisar, sin embargo,  una  sentencia  de segundo grado que debió haber hecho tránsito a cosa juzgada  material,  no  puede  sino  obedecer  a una razón excepcional con una finalidad  igualmente  especial.  Esas  características  tan  particulares  del recurso de  casación,  están  taxativamente  señaladas  en la ley y, las que no, han sido  objeto de reiterada y unificada jurisprudencia de la Corte Suprema.   

Si, por principio, las sentencias de segunda  instancia  se  dictan  luego  de  un  extenso  e  intenso  proceso,  signado por  constantes  juicios  de  verificación, comprobación, connotación, todo ello a  la  par  de  un permanente ejercicio de la contradicción,  es comprensible  que  se  les  otorgue   presunción de acierto y legalidad. Por contera, si  por  cualquiera  de  los  sujetos  procesales  se  pretendiera desvirtuarla, por  errores    de   juicio   (in   judicando)     o     de     procedimiento    (in  procedendo),  dada  la  eventual  falibilidad  de  los  jueces,  entonces  tiene  que surgir un procedimiento especialísimo para acusar  de  tales  errores  al  fallo,  convirtiéndolo  en  el  objeto del recurso, sin  pretender  repetir  lo  ya  alegado  en  las  instancias  ni aspirar a una nueva  revisión del caso que fue objeto de juzgamiento.   

La  Sala  se  ve  precisada a reiterar estos  fundamentos  del  recurso  dada  las  constantes  demandas  de casación que los  contrarían  y las altisonantes críticas que acusan al recurso de sacrificar el  derecho  sustancial  por  rendirle  excesivo  culto a la técnica formalista que  para  él  se  reclama.  Y  es que, es el derecho sustancial el que precisamente  requiere  del  principio  de  culminación  de  los procesos, con la adscripción del tránsito a cosa  juzgada de sus sentencias de segunda  instancia,    como    manifestación    indispensable    de    la   seguridad  jurídica  que,  como  regla de  juego   propia  de  un  estado  de  derecho,  se  erige  hoy  como  derecho fundamental.   

Por tales razones es elemental que el recurso  deba  ser rogado y, además, sustentado por el defensor del procesado, porque el  escrito  que  lo  sustenta,  que  no   es  de  libre formulación, requiere  claridad,   precisión,  lógica  y  conocimiento  de  los  diferentes  aspectos  jurídicos  que  se  liberan  para  quebrantar  un  fallo  que  reclama firmeza.  Tratándose  de  un  recurso  no  ordinario,  exige  un método específico, que  involucra  en  su  postulación no sólo el acierto en el interés de lo pedido,  sino  el  a  quién,  el  cómo y el cuándo se pide, para todo lo cual el   demandante  es un actor con el  deber  que  le implica ejercer sus presupuestos y cargas procesales,  entre  ellos   el   denominado   “onus  probandi  incumbit  actori”    y    su   complemento   “afirmanti    nom    neganti    incumbit    probatio    ”.   

La  Sala  no  se  ocupará  de revisar otros  aspectos  mencionados  en  el  cargo  alegado,  consecuente  con lo que acaba de  exponer, para no hacerle juego indebido a una demanda desatinada.   

    

Cargo segundo.  

                                               Está  relacionado  el  segundo  cargo  con  el  indicio  deducido a  través  del  resultado  de la absorción atómica. Para el censor la prueba fue  interpretada  y  valorada erróneamente. De haberse considerado que el procesado  manipuló  momentos  antes  de  su  retención  gasolina y cocinol, así como el  margen  de  error  que  científicamente  se  admite  de esta prueba, se hubiese  reconocido   que   dicho   elemento   de   juicio  en  este  caso  “no  ofrece  certidumbre”.   

                                                 Los  señalamientos  hechos  al Tribunal en cuanto a la apreciación  de  lo  revelado  por  el  hecho  indicador contenido en la prueba de absorción  atómica,  son conclusiones a las que arriba el demandante en cuanto su alcance,  dejando  de  lado toda consideración en relación con los motivos que sirvieron  al  fallador para señalar que el indicio resultaba concluyente en relación con  la   autoría  y  responsabilidad  atribuida  al  procesado  en  los  fallos  de  instancia,   habida   consideración   del   haz   probatorio  recaudado  en  su  conjunto.    

                                                 Para  los  juzgadores,  la conclusión a la que llegó el perito con  la  prueba de absorción atómica, es indicativa de que el inculpado disparó un  arma   de   fuego,  hallazgo  al  que  sumó  los  hechos  verificados  con  las  declaraciones  de  HERIBERTO  VALDERRAMA ARIAS, LUIS ALBERTO QUICHE SILVA, EDGAR  EDUARDO  TOVAR ROJAS, ISAAC MONROY CHAPARRO, EMERSON ARCE AGUDELO, WILSON HERNEY  BERNAL  MOJOCOA, los agentes de policía, la captura en flagrancia, los indicios  de  la huida, oportunidad y presencia en el lugar de los hechos, todo lo cual le  permitió  considerar  al  procesado  como  autor  de la muerte de JOSÉ ANTONIO  DULCEY MONSALVE.    

                                                El  raciocinio  del  Tribunal  respecto  del  indicio a que se viene  haciendo  referencia,  goza  de la presunción de acierto y legalidad, por tanto  se  mantiene,  porque el censor no demostró el desconocimiento de las reglas de  la  sana  crítica  en  su  valoración, y no podía hacerlo, entre otras cosas,  porque  las  consideraciones  del ad quem además  de  corresponder  a  la  finalidad de la prueba,   no  se  apartan  de  los  principios  científicos  que  la  regulan,  a saber, la presencia de residuos de disparo de  arma  de  fuego  en  las  manos del sindicado (plomo, antimonio, bario y cobre),  luego  sus  conclusiones  no fueron arbitrarias, ni subjetivas o contrarias a la  ciencía  o  la  lógica.  El  proceso  de  comprobación   obedeció a una  valoración  integrada  con las demás pruebas que le generaron certeza sobre la  autoría del hecho en cabeza del procesado.   

                                                 El cargo  no prospera.   

Violación directa.  

El  recurrente acusa la sentencia de segunda  instancia  proferida  por el Tribunal de Bogotá de haber aplicado indebidamente  el  artículo 29 de la ley 40 de 1993, dado que los hechos que dieron lugar a la  presente  investigación penal en contra de JOSÉ ANTONIO DULCEY MONSALVE están  regulados  por  el  artículo 323 del decreto 100 de 1980 y no por la citada ley  40  ibídem,  la cual fue expedida únicamente para situaciones relacionadas con  el  orden  público, las que no corresponden a las circunstancias en se cometió  el delito de homicidio imputado al procesado.   

El  inculpado  fue condenado con base en una  disposición  jurídica  vigente  para el momento en que se consumó la conducta  punible.  La  Ley  40 de 1993 entró en vigencia el 20 de enero de ese año y la  conducta  punible  atribuida  al inculpado se consumó el 25 de febrero de 1995,  premisas  éstas  que  constituyen suficiente explicación del por qué el fallo  impugnado  no  quebrantó  la  norma sustancial al aplicar el artículo 29 de la  ley  40  ídem  e  inaplicar  el  artículo 323 del decreto 100 de 1980. Resulta  improcedente,  conforme  a  la  teoría de la vigencia de la ley, la aplicación  reclamada  por el censor puesto que para la época de la perpetración del reato  dicha disposición ya no estaba vigente.   

En   relación   con  la  aplicación  del  incremento  punitivo  en los términos de la Ley 40 de 1993, que es la inquietud  expuesta  por el libelista, la Sala, con ponencia del Magistrado doctor FERNANDO  ENRIQUE           ARBOLEDA           RIPOLL1, señaló:   

“2.  No  es cierto que la ley 40 de 1993 se  refiera  exclusivamente  al  tema  del  secuestro,  o  que  el  legislador  haya  pretendido  limitar  la aplicación de sus artículos 29 y 30 a los casos en los  cuales  el  homicidio guarde algún nexo con el citado delito contra la libertad  individual.”   

“La mencionada ley, en su enunciado, además  de  noticiar  la adopción del estatuto nacional contra el secuestro, anuncia la  expedición  de otras disposiciones, dejando de esta manera en claro que el tema  del secuestro constituía materia dominante, pero no única.”   

“3.  El  capítulo  relativo al “aumento de  penas”,  en  donde  se  establecen los incrementos punitivos para los delitos de  homicidio  y  extorsión,  surgió  de  la  necesidad  de  adoptar una política  criminal  coherente, que armonizara las nuevas penas previstas para el secuestro  con  el  esquema punitivo básico del Código Penal, y con las establecidas para  hechos  punibles  que,  como  la  extorsión  o el homicidio, comprometen bienes  jurídicos   de   igual   o   mayor   valor.  Esto  explica  las  modificaciones  paralelamente   introducidas   a   los   artículos   28   y   44   del  Código  Penal.”   

“Cierto es que el proyecto inicial ingresó  al  Congreso  sin estas reformas, pero en el curso de los debates se planteó la  necesidad  de  incluirlas para darle coherencia, como se desprende del contenido  de  la  ponencia  en  la  Cámara,  en donde se dijo: “En el curso de la fecunda  discusión  que  esta  iniciativa  ha  tenido  en  el Senado se planteó, no sin  razón,  que  no  podría  tratarse  punitivamente la conducta del secuestro con  mayor  severidad  que  la  del  homicidio.  Ello  condujo  a  que  se  adoptaran  decisiones  legislativas,  agravando  también  las  penas para el homicidio que  mantuvieran  principios  universales  de  la  “dosimetría  penal´” (Gaceta del  Congreso de nov.18/92).”   

“4. El texto de los artículos 29, 30 y 32  es  de  tal claridad que cualquier pretensión encaminada a limitar o ampliar su  sentido  resulta  un  despropósito.  La  expresión  “quedará así”, utilizada  sistemáticamente  por  el legislador para anunciar las nuevas disposiciones, no  permite  abrigar  dudas  sobre  la subrogación de los artículos 323, 324 y 355  del Código Penal, ni la autonomía de los nuevos preceptos.”   

La Corte comparte el concepto del Ministerio  Público sobre el fracaso del cargo propuesto.   

Precisiones finales.  

La  Sala ha venido señalando que el ajuste  punitivo  que  pudiere  derivarse  de  la  aplicación  por favorabilidad de los  preceptos  de  la  ley  599 de 2000, debe ser considerado por el correspondiente  Juez  de  Ejecución  de  Penas y Medidas de Seguridad (artículo 79-7 L. 600 de  2000)   

La  presente  providencia no admite recurso  alguno  y  como  no  sustituye  la  sentencia  recurrida,  de conformidad con el  artículo  187  del  actual  código  de  procedimiento penal (197 del anterior)  queda  ejecutoriada  el  día  en que la suscriban los magistrados de la Sala de  Casación Penal.   

En  mérito de lo expuesto la Corte Suprema  de  Justicia, en Sala de Casación Penal, administrando Justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE   

No   casar  la  sentencia   impugnada,   de  fecha,  origen  y  contenido  consignados  en  esta  providencia.   

Cópiese,   comuníquese,  devuélvase  y  cúmplase.    

ALVARO  O.  PÉREZ  PINZÓN             

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL                                          JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS                                          CARLOS    A.    GÁLVEZ    ARGOTE                                                   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO                                                  EDGAR  LOMBANA     TRUJILLO                                                        

CARLOS  EDUARDO MEJÍA ESCOBAR                                           NILSON      PINILLA     PINILLA                         

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

           Secretaria   

    

1  C.S.J.,  Sent.  del  4  de  febrero de 1998, radicado  9.765.     

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