12048(12-06-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 12048  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado  ponente   

Dr.   EDGAR   LOMBANA  TRUJILLO   

Aprobado Acta No. 066  

          Bogotá    D.C.,    doce   (12)   de   junio   de   dos   mil   tres  (2003).   

VISTOS  

          Decide  la  Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  por  el  Procurador 134 en lo Judicial Penal contra la sentencia de febrero 1º.  de  1.996,  mediante  la  cual  el  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de  Montería  confirmó  la  condena  que  el Juzgado 6º. Penal del Circuito de la  misma  ciudad  le  impuso  al  procesado  Marcos  Segundo  Payares  Oviedo, como  responsable del delito de homicidio agravado.   

HECHOS  

          En  horas  de  la mañana del domingo 19 de marzo de 1995, la joven  Claudia  Patricia  Gómez,  quien residía en el inmueble localizado en la Calle  6ª.  con Carrera  8ª. B, barrio Alfonso López de la ciudad de Montería,  fue  maltratada  física  y  verbalmente  por  su  vecino Eduardo Enrique Guerra  Oviedo,   por   lo  que  permaneció  el  resto  del  día  fuera  de  la  casa.  Aproximadamente  a  las  8 de la noche Claudia Patricia  regresó al citado  lugar  en  compañía de su amigo Eduardo Miguel Trujillo Martínez, apodado “  Varilla”.   

          Ante  los  reclamos  de Trujillo Martínez, se formó una discusión  entre  éste  y  los  hermanos  Eduardo  Enrique  Guerra Oviedo y Marcos Segundo  Payares  Oviedo,   en  el  curso de la cual Trujillo Martínez los agredió  con  un machete o “rula”. En un momento de la gresca Guerra Oviedo golpeó a  Trujillo  Martínez  con  un  palo, logrando desarmarlo y hacerlo caer al suelo;  esta  situación  fue  aprovechada  por  Payares Oviedo, que se abalanzó contra  Trujillo  Martínez y lo golpeó repetidas veces en la cabeza y otras partes del  cuerpo  con  un  elemento contundente  ( “una pata de cama de tijera”).  Trujillo   Martínez   falleció   a   las  pocas  horas  en  el  Hospital   “a  consecuencia  de una hipertensión endocraneana  por trauma encefalo craneano severo por contusión”.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          Con  fundamento  en  el  acta  de  levantamiento  del  cadáver y el  informe  de  Policía  Nacional,  la  Fiscalía  18  de  la  Unidad de Reacción  Inmediata  de  Montería  ordenó  la apertura de instrucción el 20 de marzo de  1995  y  vinculó  mediante  diligencia  de indagatoria a Marcos Segundo Payares  Oviedo  y  Eduardo Enrique Guerra Oviedo. Al definirles la situación jurídica,  la  Fiscalía  3ª. de la Unidad 1ª. de Delitos contra la Vida le impuso medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  a  Payares  Oviedo  y  ordenó la  libertad  inmediata  de  Guerra Oviedo, mediante decisión del  27  de  marzo de 1995.   

           Cerrada   la   etapa  instructiva,  la  Fiscalía  calificó  el  mérito  del  sumario el 31 de julio de 1995. Acusó a  Marcos  Segundo  Payares  Oviedo  como autor del delito de homicidio agravado, y  ordenó  la  preclusión de la investigación en favor de Eduardo Enrique Guerra  Oviedo. Esta decisión quedó ejecutoriada el 11 de agosto de 1995.   

          El  juicio  le  correspondió al Juzgado Sexto Penal del Circuito de  Montería,  despacho  que el 22 de noviembre de 1995 condenó a Payares Oviedo a  la  pena  principal  de 40 años de prisión, a la accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones públicas por un término de 10 años,  y al pago de  los  perjuicios  morales  y  materiales  causados  con la conducta delictiva, al  hallarlo  responsable  del  delito  de  homicidio  agravado,  de  que tratan los  artículos 323 y 324, numeral 7, del Código Penal anterior.   

          Al ser apelado este fallo por el defensor  del  procesado  y  el  agente  del Ministerio Público , el Tribunal Superior de  Montería  lo  confirmó  en  todas  sus  partes, mediante sentencia del 1º. de  febrero de 1996.   

         El  Representante  del  Ministerio  Público inter­puso  el  recurso  extraordinario  de  casación,     presentó     oportuna­mente       la      de­manda,      fue      ad­mitida  y  se  recibió concepto del Procurador 2º. Delegado en lo  Penal.   

          

LA  DEMANDA   

          Con  fundamento  en  las  causales  primera  y tercera de casación,  consagradas  en  el  artículo  220  del Código de Procedimiento Penal anterior  (Decreto  2700  de  1991)  el  casacionista  formuló  dos cargos. Los enunció,  así:   

          Primer Cargo (causal tercera)   

          “La  sentencia  se  dicto  en un juicio  viciado  de  nulidad ya que durante la etapa investigativa el sindicado careció  de  debida defensa porque la que tuvo demostró rampante ineficacia, negligencia  y abandono …”.   

          Como   fundamento   de  la  censura  el  casacionista  cuestiona  la  actuación  del  abogado  de  confianza que asistió al procesado después de la  definición  de  la  situación jurídica. Sostiene que el citado profesional no  realizó  ninguna gestión de defensa, pues  toda su actividad se limitó a  solicitar  la  ampliación  de  indagatoria  del  procesado, abandonándolo a su  suerte  después  de  que lo indujera a aceptar su participación en los hechos,  toda  vez que no pidió prueba alguna, no alegó de conclusión, ni recurrió de  la  resolución  de  acusación.  Estima  que dadas las circunstancias en que se  produjo  la  “pseudo  confesión”,  la  inactividad del abogado, mas que una  estrategia     defensiva     es     una     clara    muestra    de    deslealtad  profesional.   

          Señala   que  a  pesar  de  que  en  el  proceso  existían  varias  situaciones  que  podían  haber beneficiado al acusado Payares Oviedo, como son  su  versión  en  la primera indagatoria en la que negó su participación en el  hecho  y  suministró  el nombre de tres personas que supuestamente declararían  que  estuvo  ausente  de  la  escena  del  delito,  así como la declaración de  Claudia  Patricia  Gómez,  que  si bien ubicó al procesado en el teatro de los  acontecimientos,  afirmó  que  fue  otra  persona  de  nombre “Luis” la que  golpeó  a  la  víctima  en  la  cabeza;  sin embargo, el defensor no solicitó  ninguna  prueba  ni  realizó  actividad  alguna tendiente a la comprobación de  tales circunstancias.   

    

          Sostiene  que  la  drástica  condena  impuesta al incriminado no es  debida  a  la  realidad  procesal  sino  que  es  consecuencia  de  la  errónea  calificación  de  la  Fiscalía,  a  lo  cual  coadyuvó  la  inactividad de la  defensa,  principalmente  porque  no  alegó  de  conclusión  ni  apeló  de la  resolución de acusación.   

          Agrega     que   la   Fiscalía   incurrió   en   juicios   de  responsabilidad   objetiva   que   la   llevaron   a  deducir  erróneamente  la  circunstancia  de  agravación  imputada  al  procesado  (aprovechamiento  de la  situación  de  indefensión  en  que  se encontraba la víctima), pues sólo se  basó  para ello  en el dictamen de alcoholemia, cuya valoración considera  que  riñe  con  las más elementales nociones de toxicología y con la realidad  procesal,  pues  dada  la concentración  etílica diagnosticada al occiso,  no  podía  afirmarse  que éste se encontraba en situación de indefensión por  un  supuesto  estado  de  ebriedad.  Además,  varios  testigos indicaron que la  lesión  se  produjo cuando la víctima perseguía con el machete a los hermanos  Segundo Payares y Eduardo Enrique Guerra.   

          Anota  finalmente  que  el Tribunal confirmó la sentencia de primer  grado  sin  motivación  de  ninguna  clase, pues ni siquiera hizo alusión a la  circunstancia  de  agravación  erróneamente  deducida  por la Fiscalía.    

         

         Solicita  a  la  Corte  decretar  la  nulidad  de todo lo actuado a  partir del cierre de investigación.   

          Segundo Cargo (causal 1ª. cuerpo segundo)   

          Violación   indirecta  de  la  norma  sustancial  contenida  en  el  artículo  445  del  Código de Procedimiento Penal, que consagra los principios  de  la presunción de inocencia y del in dubio pro reo, por haberse incurrido en  un doble error de hecho.   

          El  primero  por  falso juicio de existencia por omisión, porque el  Tribunal  no  apreció  los  testimonios  de  Claudia Gómez Ortega y Jorge Luis  Almario  Monterroza  y,  el segundo, “por equivocada  apreciación  de  la  prueba,   pues  le  otorgó a las indagatorias de los  procesados  el  valor de pruebas plenas, calidad de la cual carecen de acuerdo a  los estudios de comparación con las otras prueba …”.   

          Asegura  que  el Tribunal no tuvo en cuenta las declaraciones de los  testigos  presenciales Claudia Gómez Ortega y Jorge Luis Almario Monterroza, de  cuyas  versiones  surgen  serias dudas acerca de la verdadera responsabilidad de  Payares Oviedo.   

          Señala  que  de  acuerdo  con  Claudia  Gómez, fue “Lucho”, el  hermano  del  sindicado, la persona que golpeó a la víctima en la cabeza y que  cuando   ésta   cayó   al   suelo,   todos  se  le  abalanzaron  encima  y  lo  golpearon.   

          Asegura  que de conformidad con el testigo  Almario Monterroza,  fue  Guerra  Oviedo  quien inicialmente golpeó a Trujillo Martínez,  pero  se  ignora  quien  fue el que le segó la vida, pues el ofendido fue atacado por  ambos hermanos.       

         Agrega  que  el  juez  de  segunda  instancia  acogió  sin ninguna  valoración  crítica  las  indagatoria  de los hermanos Guerra Oviedo y Payares  Oviedo   y   por   ello   les  dio  un  alcance  mayor  al   que  realmente  tenían.   

Así,  el Tribunal le otorgó credibilidad a  la   versión   de   Guerra   Oviedo,  quien  señala  que  golpeó  a  Trujillo  Martínez   en el brazo cuando éste lo perseguía con el machete, logrando  desarmarlo  y hacerlo caer en el suelo, y que cuando llegó a donde aquel yacía  encontró  a  su  hermano  Segundo  Payares,  según sus propias palabras,   “dándole  palo,  yo  lo  levanté  y todavía  respiraba  pero  respiraba era pura sangre” . Asegura  que  el  Tribunal no advirtió que este es un testimonio sospechoso, pues Guerra  Oviedo  estuvo  involucrado  en  los  hechos  y además su versión no encuentra  respaldo  en  la  necropsia practicada al cadáver, toda vez que en el protocolo  no  se indica que la víctima presentara lesión alguna en el sitio donde aquél  afirmó haberlo golpeado.   

          Igualmente  incurrió  el  Tribunal en un defecto de interpretación  de  la  indagatoria  de  Payares  Oviedo,  pues  no  sólo no realizó actividad  probatoria  alguna  para comprobar la veracidad de su relato, sino que le dio un  alcance  mayor  al  que  éste  tenía; si Payares Oviedo aceptó que él había  golpeado  a  la víctima con un palo en la espalda, no podía el juez inferir de  dicha   confesión   que   aquél  fue  quien  lo  hiriera  en  la  cabeza.  Esa  demostración tenía que hacerlo por otros medios.   

Luego  de transcribir algunos pasajes de los  testimonios  antes citados y de las indagatorias de los hermanos Guerra Oviedo y  Payares  Oviedo,  el  censor construye su propia versión de lo ocurrido. Afirma  que  después  de  que  Eduardo  Guerra   tuvo  la  discusión  con Claudia  Patricia,  ésta se alejó de la casa y volvió en horas de la noche acompañada  de  Trujillo Martínez , quien le reclamó a los hermanos por el incidente y los  atacó  con  un  machete.  Estos,  por  lo  tanto,  lo  único  que hicieron fue  defenderse  de  la agresión del hoy occiso. Pero una vez acaecida la muerte del  agresor,   la   familia  decidió  en  pleno  no  involucrar  en  los  hechos  a  “Lucho”.  Por  esta  razón  el  hermano mayor, Oviedo Guerra, asumió en un  comienzo  toda  la  responsabilidad;  sin  embargo,  en  últimas quien resultó  cargando  con  todas  las  consecuencias  fue  el menor de los hermanos. Todo lo  cual,   concluye  el  libelista,  fue  facilitado  por  la  inactividad del  defensor  y  la actitud pasiva de los falladores de instancia, que acogieron sin  mayor análisis crítico las conclusiones del ente acusador.   

   

              Solicita a la Corte casar el fallo  y en su lugar se absuelva al procesado.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          Primer Cargo.   

El  Procurador  Segundo Delegado en lo Penal  considera  que  la  censura  debe  desestimarse,  pues  no obstante los aciertos  aislados  que  contiene,  en  su  elaboración  se incurrió en serias fallas de  técnica  casacional.  Indica  que  dentro  del  mismo  cargo  por violación al  derecho  de  defensa  el  memorialista  plantea otros tópicos incompatibles con  dicho  motivo,  como  son  la  errónea  calificación del proceso y la falta de  motivación  de  la  sentencia  impugnada, los cuales debían ser formulados por  separado  al  tenor  del  artículo  225  del  Código  de  Procedimiento Penal.   

          Señala  que mientras la inadecuada gestión defensiva corresponde a  un   “error   in   procedendo   de   garantía”,  la  errónea  calificación, que en verdad se trata es  de  una  deducción  equívoca  de  una causal específica de agravación, es un  aspecto  que  debe  ventilarse  como  neto  error  in  iudicando,  que  fácilmente  puede  remediarse  en la  sentencia,  pues  su  deducción  en  el calificatorio no ata inexorablemente al  juez.  Además,  estos errores son diametralmente opuestos en su generación, en  cuanto  que  las  falencias en la defensa técnica le son imputables únicamente  al  defensor,  la  errónea  deducción de una circunstancia de agravación debe  atribuírsele exclusivamente al funcionario judicial.   

          Indica  que  si  bien  la  falencia  por  falta de motivación de la  sentencia  debe  alegarse  a  la  luz  de la causal tercera, su planteamiento no  sólo  debe  plantearse por separado sino que de prosperar determina un fallo de  reemplazo,  al  tiempo  que los vicios por falta de defensa técnica se remontan  al  momento  en  que  se produce la desprotección  o desde el cual se  garantice el derecho.   

Segundo Cargo.  

          Estima  que este reproche tampoco tiene vocación de prosperidad. Si  bien  la violación indirecta del artículo 445 del C. de P. P. en razón de las  fallas   aducidas  por  omisión  absoluta  y  equivocada  apreciación  de  las  pruebas   fue  planteada  medianamente  con  los lineamientos técnicos del  recurso  extraordinario, el casacionista se equivocó al ocuparse exclusivamente  del  fallo  de  segunda  instancia,  olvidando  que  éste  y el de primer grado  conforman  una  unidad  inescindible. Además, no tuvo en cuenta que la brevedad  de  la  sentencia  de  segundo  grado  obedeció a la limitante consagrada en el  artículo  217,  ibídem,  que  sólo le permite al ad quem revisar los aspectos  objeto de impugnación.   

          Agrega  que  el  falso juicio de existencia por supuesta omisión de  los  testimonios  de  Claudia  Gómez  y Luis Albeiro (sic) Monterroza carece de  todo  fundamento,   pues estos medios probatorios sí fueron justipreciados  por  el  a  quo,  quien  al  valorarlos  desestimó el de Claudia y le dio credibilidad al de Monterroza, que  le  sirvió  de  fundamento  para deducir el juicio de responsabilidad en contra  del procesado.   

          Sostiene  que  el  mismo  dislate se advierte en el desarrollo de la  segunda  parte  de  la  censura,  en  la  que  ataca a la sentencia por errónea  apreciación  de  las  indagatorias  rendidas  por  los hermanos Guerra Oviedo y  Payares  Oviedo,  pues  nuevamente  se  detiene  en la valoración que sobre las  mismas  hizo  el  Tribunal,  sin  ahondar en el analisis impartido por el a quo,  quedando  por lo tanto incompleta la censura, al no abarcar los razonamientos de  ambas instancias.   

          Añade  que  el censor no supo precisar el punto de referencia de su  ataque,  pues no hay claridad si hace alusión a un falso juicio de convicción,  que  está  desplazado  del  marco  casacional,  dado  que  en  nuestro  sistema  probatorio  no  rige  el  sistema  de  la  tarifa  legal; o a un falso juicio de  identidad,  por  una  distorsión  objetiva  de  la  prueba  en  alusión o, por  último,  a una transgresión de los parámetros de la sana crítica. Estima que  el   censor  no  sólo  omitió señalar a cuál de estas hipótesis hacía  referencia,  sino que se dedicó a recrear una versión particular de los hechos  y  de  las  pruebas,  diferente a la construida en las instancias, para asegurar  que el Tribunal se distancia de ese nuevo sentido que él edifica.   

          Concluye   señalando   que   aunque   el  libelista  plasma  alguna  inconformidad  aislada  en  relación  con la apreciación de la indagatoria del  acusado  y  específicamente  al  alcance que el tribunal le dio al contenido de  las  palabras  utilizadas por el procesado, no sólo omitió ahondar en el fallo  de  primer  grado,  sino  que  tampoco  indicó  la trascendencia de dicho error  frente  a  la  controversia  que  sobre  dicho  tópico  ofrecen  las  restantes  probanzas.   

Casación oficiosa.  

          Estima  el  Procurador Delegado que no obstante la improsperidad del  primer  cargo por la combinación en el mismo de factores incompatibles, se debe  reconocer  oficiosamente  que  sí  hubo transgresión al derecho de defensa del  acusado,  quien  no sólo estuvo en desamparo total en la fase instructiva, sino  que  en  la  etapa  del  juicio  tuvo  una desorientada asistencia por parte del  defensor público.   

          Anota  que  el  abogado  de  confianza perjudicó ostensiblemente al  procesado,  pues  lo  abandonó  a  su  suerte  después  de  que  éste  en  la  ampliación  de  indagatoria  aceptara  su participación en los hechos, la cual  había   negado  rotundamente  en  la  primera  oportunidad.  Señala  que  como  consecuencia  de  la  inactividad  defensiva,  así  como  de la desorientación  posterior,   se  le negó al acusado una serie de alternativas que habrían  podido   matizar   el   juicio  de  responsabilidad  e  incluso  lograr  su  absolución.   

          Señala  que  vistas las circunstancias procesales objetivamente, se  habrían podido plantear las siguientes hipótesis defensivas:   

          a)  La  legítima defensa, pues nunca se controvirtió que el occiso  fue   el  agresor  inicial,  quien  armado  con  un machete buscó a Guerra  Oviedo.  Los  hermanos se limitaron a responder a esta agresión, defendiéndose  con palos.   

          b)  Un  exceso  en  la  causal  de  justificación  de  la legítima  defensa;  si  bien  esta  hipótesis  fue planteada por el defensor público, lo  hizo  de  manera  desatinada  e  inoportuna; por ello fue despachada sin mayores  ambages    por    el    juzgado    mediante   auto   del   28   de   agosto   de  1995.       

          c)  Homicidio  preterintencional,  pues  el  procesado aceptó en su  ampliación  de  indagatoria  su participación en los hechos, pero le atribuyó  la  muerte  del  ofendido  a  los  golpes  que  éste sufrió cuando se cayó al  suelo.    

          d)  La aminorante de la ira e intenso dolor, pues estaba en juego la  integridad de su hermano, lo que pudo motivar un estado emocional.   

          e)  Igualmente  podía  haberse  controvertido la agravante deducida  por  el  aprovechamiento  del  estado  de  indefensión  o  por lo menos haberse  acogido  a cualquiera de las figuras de terminación anticipada del proceso, que  le   habrían   significado   al   procesado   algunos   beneficios  de  índole  punitivo.   

          Estima  que  si bien es cierto que desde un punto de vista meramente  formal  el  procesado  en ningún momento careció de defensa técnica, no puede  aceptarse  como  tal  una  gestión que además de desatenderle le desfavoreció  notablemente como ocurrió en el caso que se examina.   

          Sugiere  a la Sala se case la sentencia en atención a la nulidad de  oficio propuesta.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  SALA   

          Causal  tercera   

          Se  ocupará  la  Sala  de los motivos de invalidación procesal que  aducen  el  Procurador  134  en  lo  Judicial  Penal en su primer cargo  y,  oficiosamente,     el    Procurador    Segundo    Delegado     en   lo  Penal.   

         1.  El  casacionista  acusa la sentencia del Tribunal por haber sido  dictada  en  un  juicio viciado de nulidad por violación al derecho de defensa,  en  razón  a  la inactividad del apoderado que asistió al procesado en la fase  instructiva.  En  el  desarrollo de la censura afirma que la errónea deducción  de  la  circunstancia  de  agravación  con  que  fuera  calificado el delito de  homicidio  imputado  al   incriminado  se  debió más a la pasividad de la  defensa  que  a  las  falencias  de  apreciación probatorio en que incurrió la  Fiscalía.  Asegura  que  al convertirse dicha calificación en ley del proceso,  el  Tribunal  la  acogió  sin mayor estudio; guardo silencio total al respecto,  pues  “no motivó el por qué confirmaba la condena  por homicidio agravado”.   

         2.  Como  lo  señaló el Representante del Ministerio Público, son  evidentes  los  desaciertos  técnicos  en  que  incurre  el  casacionista en la  formulación  de la censura. Olvidó que cuando se alegan varias irregularidades  con  capacidad  anulatoria,  como  en  el  caso  en  estudio  donde  se  plantea  violación  al  derecho de defensa por la inactividad del defensor   y  del  debido  proceso  por  falta  de  motivación de la sentencia, no es posible  presentarlas  en  un  solo  cargo,  sino que es menester separar los reproches y  realizar  el  planteamiento  con  autonomía  en  cada  caso,  con  una  nítida  propuesta  principal  y  las otras a título subsidiario, pues las consecuencias  que  dimanan  de  la eventual existencia de una de ellas puede afectar de manera  diferente y desde distinta oportunidad el trámite del proceso.   

3.  Aún  en  el  evento  de que el censor  hubiese  presentado  y  formalizado  los  ataques  de  nulidad con propiedad, la  solicitud  de  invalidación  tampoco  tendría  vocación  de  éxito  pues las  irregularidades   acusadas   no   tuvieron   realidad,  o  carecen  de  efectiva  trascendencia como pasa a fundamentarse.   

   

4.  Según  lo  registra  el expediente, el  procesado  Payares  Oviedo estuvo asistido en el curso de la actuación procesal  por  tres  profesionales  del  derecho.  En la diligencia de indagatoria, que se  realizó  el  22  de  marzo  de  1995,  se  le  designó  un apoderado de oficio  (fol.28),  quien  lo  acompañó  en  dicha  diligencia  y  se  notificó  de la  resolución  que le definió la situación jurídica al imputado (fol.50 V/to.).   

El  5 de abril siguiente, Payares Oviedo le  dio  poder  a  un  abogado de confianza (fol.63), quien solicitó ampliación de  indagatoria,  con  el  fin de que el procesado pudiera explicar por qué mintió  en  su  primera  injurada, así como suministrar nueva información acerca de la  persona  que  agredió  al occiso en la cabeza (fol. 92). El abogado lo asistió  en  esta  diligencia  de  ampliación  de  indagatoria  y  se  notificó  de  la  resolución  de  acusación  proferida  en  contra  de su representado (fol. 138  V/to.).   

El  22  de  agosto  del  mismo año (1995),  Payares  Oviedo  le  confiere  poder a un defensor público (fol. 149), quien de  inmediato  solicita  la  libertad del procesado, alegando que obró en legítima  defensa  (fol.151),  se  notifica  personalmente  del  auto  que  le negó dicha  solicitud,  interviene  en  la  audiencia  pública,  en  la  que  interroga  al  procesado  y  solicita  la  absolución  por  considerar que actuó en legítima  defensa  de la vida de su hermano y, en subsidió, pide que de ser condenado, lo  sea  por  homicidio  preterintencional, e Interpuso recurso de apelación contra  el fallo de primera instancia (fol.185).   

5.  Significa lo anterior que no es cierto,  como  lo alega el censor, que el procesado hubiera estado desamparado en la fase  instructiva,  pues  los  abogados  que  lo  asistieron estuvieron pendientes del  curso   de   la  actuación  y  su  intervención  estuvo  determinada  por  las  circunstancias  concretas  en  que sucedieron los hechos y las pautas defensivas  que   consideraron  pertinentes.           

5.1.  En efecto, dado que los testigos  presenciales  de  lo acontecido, Claudia Patricia Gómez, Eduardo Enrique Guerra  y  Jorge  Luis  Almario  Monterroza,  son  coincidentes  en  afirmar no sólo la  presencia  de  Payares  Oviedo  en  la  escena del crimen, sino su intervención  directa  y  eficaz  en  el  fatal  desenlace,  mal  podía el defensor persistir  tercamente  en la inicial postura falaz de su representado y citar testigos para  sostener esa farsa, como lo sugiere el censor.   

5.2.  Además, afirmar que la actitud  del  defensor,  quien  supuestamente  aconsejó  al procesado para que dijera la  verdad,  constituye  un  acto de deslealtad procesal, significa no sólo olvidar  que  el  abogado  es  ante  todo  un  “colaborador  en  la  recta  y  cumplida  administración  de  justicia”,  sino  que  expresa  un  desconocimiento de la  realidad procesal.   

Sobre el particular es importante recordar  que  a  la  investigación fue también vinculado Eduardo Enrique Guerra Oviedo,  hermano  mayor del aquí acusado, hijos ambos de Angela Oviedo, residentes en la  misma  casa  donde  se  dice  que  cayó  la víctima, partícipes los dos en la  agresión  sufrida  por  el occiso, y a quien se oyó el mismo día que a Marcos  Segundo Payares pero después de ser éste indagado.    

Tal  cúmulo  de  circunstancias  imponía  definir  la  responsabilidad de los dos hermanos, elucidando si ambos resultaban  responsables  de la muerte de Eduardo Miguel Trujillo, o si por el contrario ese  resultado   era   imputable   tan  solo  a  uno  de  ellos,  y  en  caso  tal  a  quién.   

        Cuando  rindió  su  primera  versión  indagatoria, Marcos Segundo  Payares  se  dijo  totalmente  ajeno  a  los  hechos, al punto de afirmar que ni  siquiera  conocía  a  la víctima, mucho menos a su agresores, pues al llegar a  su residencia ya los hechos habían sucedido.   

Al  ser  interrogado  su  hermano, Eduardo  Enrique  Guerra,  asumió  los  hechos  como  único  responsable, afirmando que  había  sido  agredido  por  el  ahora  occiso,  y  para  su  defensa le habían  alcanzado  un  palo,  con  el cual le propinó un golpe. Aseguró que su hermano  Payares  Oviedo  , quien para entonces contaba con 19 años, “no había tenido  culpa de nada”.   

Sin   embargo   como  el  interrogatorio  continuó  y  se  le  pidió  que  explicara  lo dicho por su cuñado Jorge Luis  Almario,  quien  señalara  que  Payares  Oviedo  sí había golpeado al occiso,  Eduardo  Enrique  se  vio  precisado  a  admitir  tal hecho, pero aún sobre esa  realidad  insistiría  en  hacerse  “cargo del muerto”; pero finalmente tuvo que  admitir  que  sólo  había  golpeado  a  Trujillo  en una mano para desarmarlo,  mientras  que Marcos Segundo Payares la había emprendido a golpes con “una pata  de cama de tijera” cuando el opositor se hallaba ya caído.   

Ante esta realidad, mal se podría censurar  la  actitud de la defensa que le anuncia y pide al instructor que Payares Oviedo  quería  ampliar  su  indagatoria  para  confesar  la  razón por la cual había  mentido  en  el  primer  interrogatorio,  y  además  para  informar sobre otros  pormenores  de  los  hechos,  dentro  de los cuales se incluía la actuación de  Claudia  Patricia  Gómez,  amiga  del occiso, quien supuestamente era la que lo  había  golpeado  con  una  piedra,  porque  ya en esas circunstancias, el ahora  acusado  no  estaba  dispuesto  a  seguir  callando,  exponiendo la suerte de su  hermano.   

De  esa  ampliación en adelante la prueba  fue  sobremanera  pobre,  salvo  los resultados de los exámenes de toxicología  por  los  cuales  se  supo  que  al  ser  víctima de la golpiza, el ofendido se  hallaba  en  un severo estado de ingestión alcohólica, situación que tampoco,  de  entrada,  permite  censurar  la postura pasiva de la defensa, que no podría  estar   interesada   en   que   se   recaudaran   más   pruebas   testimoniales  incriminatorias  del  acusado,  menos si a diferencia de lo que había anunciado  el  defensor,  al momento de ampliar su indagatoria Marcos Segundo Payares no le  imputó  a  persona  determinada  alguna   la  supuesta  “pedrada”  que  recibió el occiso en la cabeza.   

Después,  como  se  sabe,  el defensor no  presentó  alegaciones  de  fondo,  como  tampoco  recurrió  la  resolución de  acusación,  pero de esa pasividad no puede colegirse un abandono de su cliente,  cuando   ninguna   de   esas   dos   intervenciones  son  obligatorias  para  el  representante  del  procesado,  restando por afrontar el debate de la causa, con  todo   y   la   posibilidad   de   concurrir   a   ella   con  la  solicitud  de  pruebas.   

Pero para esa etapa el procesado optó por  designar  a  otro  abogado  de  confianza,  de  donde  surge la imposibilidad de  presumir  de qué manera ha debido enderezarse la defensa, solo sobre un tardío  juicio   sobre   los   resultados,   cuando  la  realidad  procesal  informa  de  circunstancias  que  fácilmente explican, y no por la vía de la desatención y  mucho   menos   de   la  mala  fe,  la  actitud  asumida  por  el  defensor  del  procesado.   

Como  lo  ha  reiterado la Sala1 “la ausencia  de  actos positivos de gestión no es elemento de juicio suficiente para afirmar  la  vulneración  del derecho de defensa por ausencia de asistencia profesional,  porque  dicha actitud puede ser también expresión de una estrategia defensiva,  tan  válida como una sistemática y entusiasta postura controversial, y que por  ello,  cuando se plantea la violación de esta garantía como motivo de nulidad,  no  basta  precisar  que  la  defensa  dejó  de  pedir  pruebas o de interponer  recursos,  sino  que  es  necesario  demostrar que su inactividad dialéctica es  manifestación  inequívoca  de indiferencia, desidia, o abandono de la gestión  encomendada”.  Tal  demostración   no  fue  hecha por el libelista en el  presente asunto..     

5.3.  No les asiste razón, entonces,  al  casacionista  ni al Procurador Delegado cuando alegan un total desamparo del  procesado  basados  únicamente  en  la  estrategia  defensiva  adoptada  por su  representante  legal,  máxime  cuando esta supuesta actitud pasiva, manifestada  en  la  no solicitud de pruebas, fue convalidada por el defensor público que lo  sustituyó  en el cargo, quien en total coherencia con la línea defensiva de su  antecesor,  basó  sus  peticiones  a favor del procesado en las manifestaciones  que éste hiciera en su ampliación de indagatoria.   

6. Tampoco son de recibo los argumentos del  Procurador  Delegado  en virtud de los cuales pretende demostrar, extralimitando  los  términos  de la demanda, la supuesta vulneración del derecho de defensa a  partir  de  hipotéticas   construcciones  defensivas,  que  según él, se  mostraban   más   favorables   para   el   procesado,   como  son  la  legitima  defensa,   el  homicidio  preterintencional,  la  diminuente de la ira y el  intenso  dolor,  controvertir  la circunstancia de agravación deducida por el a  quo,  o  haber  acudido  a algunas de las figuras de terminación anticipada del  proceso.   

6.1.  En  primer  lugar,  porque,  como el  propio  Delegado  lo reconoce en su concepto, el defensor público sí acudió a  algunas  de  tales  posibilidades argumentativas, inicialmente para solicitar la  libertad  provisional  del  procesado  (fol.  151),   luego,  en  la  vista  pública  (fol.168)  y,  finalmente, en el memorial sustentatorio del recurso de  apelación  contra  el  fallo de primer grado, en el que sin abandonar sus tesis  iniciales,   propugna   porque   se   le  reconozca  el  beneficio  de  la  duda  (fol.185).   

6.2.  En  segundo  término,  olvidó  el  Representante  del  Ministerio  Público  que la simple divergencia de criterios  sobre  la forma como los abogados debieron orientar la defensa, y las peticiones  que  hicieron  o dejaron de hacer, carece de virtualidad para erigirse en motivo  de   nulidad   de  la  actuación.  Por  lo  tanto,  como  lo  ha  reiterado  la  Sala2,   no  es  de  recibo  en  sede  de casación “… entrar a  postular  mejores  estrategias  defensivas que la asumida por quien tuvo a cargo  durante  el trámite judicial la representación de los intereses del procesado,  habida  cuenta  que  el  ejercicio  de  profesiones  liberales como lo es la del  derecho,  parte  de la base del respecto del conocimiento que cada persona tenga  de  las  materias  de  que  se  ocupa,  sin  que sea posible determinar en forma  acertada   por lo menos irrebatible frente a cada asunto cuál hubiera sido  la  más  afortunada  estrategia defensiva, pues cada individuo especializado en  estos  temas,  tiene  de  acuerdo  a  su  formación  académica,  experiencia y  personalidad  misma,  su  propia  forma  de enfrentar sus deberes como tal…” .   

6.3.  Tampoco  repercute en el derecho a la  defensa  el  hecho  de  que  no  se  hubiese  solicitado alguna de las formas de  terminación  anticipada  del  proceso  que  preveía  la  normatividad  vigente  (sentencia  anticipada  o  audiencia  especial),  dado  que  su práctica estaba  condicionada  de  manera primordial a la iniciativa del procesado y, además, en  este  asunto  concreto  no hay manera de saber si tales posibilidades defensivas  fueron tratadas por el procesado y su representante legal.    

7.  De  manera  confusa  el  censor plantea  violación  al  debido  proceso  por defectos de motivación de la sentencia del  Tribunal.  En  la  edificación del cargo comienza por criticar la calificación  jurídica  del  sumario,  señalando  que  el  Fiscal  dedujo  erróneamente  la  circunstancia   agravante   del    homicidio;   olvidó  que  el  objeto  de la casación son las sentencias de segunda instancia,  y  por  ello  las  únicas  impugnables  en  esta  sede, no pudiendo, por tanto,  ocuparse  la  definición  del  recurso  de  dar  respuesta  a  cuestionamientos  orientados  a  combatir  resoluciones  o  autos  distintos de aquellas. Sólo al  final  de  la  farragosa  disertación atinó a precisar que su inconformidad es  con  el  fallo  de  segunda  instancia,  por estimar que carece absolutamente de  motivación,  en  razón  a que en él ” ni siquiera  se      mencionó      la      causal      de      agravación,     (…)   el   Tribunal   nada  dijo  sobre    la  indefensión  o  inferioridad  de  la  víctima.  Guardó  silencio  total  al respecto. No motivó el por qué confirmaba la sentencia por  homicidio agravado”.   

7.1.  Cuando  se  plantea la violación del  debido  proceso  por  falta  de  motivación  de la sentencia, le corresponde al  casacionista  demostrar que el fallo carece totalmente de motivación, que ésta  es  dilógica  o  ambivalente, o que su motivación es incompleta. Este cometido  sólo  se  cumple  después de contrastar el contenido integral de los fallos de  primera y segunda instancia.   

Esta  carga  no fue cumplida por el censor,  quien  no  tuvo  en  cuenta,  como  lo  señaló el Procurador Delegado, que las  sentencias  de  primera y segunda instancia conforman una unidad inescindible, y  que  el  fallo  de segundo grado tiene como límite de pronunciamiento los temas  de  la  impugnación.  Por  esta  razón pasó por alto que el juez a  quo sí fundamentó la deducción de la  circunstancia de agravación, al señalar:   

“… es así que el sindicado cuando hizo  uso  de  su  arma garrote, la víctima no le ofrecía ningún peligro en su vida  por  cuanto se encontraba desarmado en avanzado estado de embriaguez, se hallaba  además  golpeado  (…)  la  víctima  recibió  los  golpes  cuando  se hallaba en el suelo e indefenso,  circunstancia   que   califica   de   agravado  el  delito  …”  (fol.179 y 180).     

Además,  mal  podía  el  Tribunal haberse  pronunciado  sobre  la  circunstancia  de agravación referida, siendo que dicha  cuestión  no fue objeto del recurso de alzada; este sólo  versó sobre la  supuesta  ausencia  de  plena  prueba  para  condenar.  De  conformidad  con  la  normativa  vigente  para cuando se resolvió el recurso (artículo  217 del  decreto  2700  de  1991, modificado por el artículo 34 de la ley 81 de 1993) la  competencia  del  superior  se  halla  restringida  a  revisar  únicamente  los  aspectos   impugnados,   limitante   que   está  igualmente  consagrada  en  el  actual   Código  de  Procedimiento  Penal  (artículo 204 de la ley 600 de  2000).   

La    censura,   por   lo   tanto,   no  prospera.   

Segundo cargo (causal primera)  

          1.  Considera el censor que el Tribunal violó en forma indirecta la  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación  del  artículo  445 del Código de  Procedimiento  Penal, que consagra los principios de la presunción de inocencia  y  del  in  dubio pro reo, en razón de que no tuvo en cuenta los testimonios de  Claudia  Gómez  Ortega  y  Jorge  Luis  Almario  Monterroza, de cuyas versiones  surgen  serias dudas acerca de la responsabilidad del procesado y sólo se apoyo  en  las  indagatorias  de Marcos Segundo Payares Oviedo y Eduardo Enrique Guerra  Oviedo,  en  cuya  apreciación  se  equivocó  al  otorgarles el valor de plena  prueba.   

2.  Nuevamente  incurre el demandante en el  dislate  de  no  tomar en consideración el fallo de primera instancia, el cual,  se  reitera,  conforma  una  unidad  inescindible  con  el  de segundo grado. Al  confirmar      el     ad     quem     integralmente  la sentencia del fallador a  quo,  hizo  suyas  las valoraciones,  análisis y  conclusiones  probatorias  contenidas  en  la  sentencia recurrida en apelación  .     

Por tal motivo, no advirtió que el error de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia que le atribuye al fallador de segundo  grado  carece  de  sustento fáctico, por la potísima razón de que las pruebas  echadas  de  menos  fueron  amplia  y  detalladamente  objeto de valoración por  el ad quo, que desestimó el  testimonio  de  Claudia  Patricia  Gómez,   señalando que “su  relato  ha  de  mirarse con beneficio de inventario”,   dada  su  “clara  intención  de  implicar  en  la  muerte  de  la  víctima  a  los  dos hermanos y al cuñado de  éstos”  (fol. 178), y le otorgó credibilidad al de  Jorge  Luis  Almario,  quien  señaló cómo “Marcos  Payares,    al    ver    a    Varilla   (   Trujillo  Martínez) en el suelo le remató con un palo, que su  familia  lo  agarró para que no le siguiera dando al muchacho…” (fol. 177).       

3.  Por  lo  que  respecta  a  la censura  referida  a  las  presuntas  falencias  del  Tribunal  en la apreciación de las  indagatorias  rendidas  por  los  hermanos  Payares  Oviedo  y Guerra Oviedo, el  censor  no  fue más allá de su simple enunciación, señalando que “ les dio  un  alcance que la prueba  no tiene”, pero sin precisar si ello obedeció  a  que  se  distorsionó  el  contenido objetivo de las mismas ( falso juicio de  identidad)  o  porque  en  su  valoración  se transgredieron los principios que  informan  la  sana  crítica.  En  lugar  de precisar y demostrar los errores de  apreciación  probatoria  que  le atribuye al Tribunal, se dedicó a recrear una  versión  particular  de  los hechos y anteponer su valoración de las pruebas a  la realizada por el fallador de segunda instancia.   

En  otras  palabras,  el  reproche  quedó  huérfano  de  desarrollo y demostración, pues el libelista omitió identificar  cabalmente  los errores planteados, no destacó su trascendencia en el fallo, ni  demostró  cómo  de  no  haberse  incurrido  en ellos la decisión habría sido  diferente, favorable al procesado.   

Si  el  demandante  tenía  interés en que  fuera   aplicado   el  principio  in  dubio  pro  reo  en  relación  con  la  responsabilidad  del  acusado,  debía  orientar  la  censura  a  comprobar  que  en  el  proceso  existía duda  probatoria  acerca de su real y efectiva intervención en la muerte violenta que  se  imputa,  y  que los juzgadores de instancia omitieron su reconocimiento así  como  las consecuencias jurídicas pertinentes por haber incurrido en errores de  hecho o de derecho al apreciar las pruebas.   

Una  vez   establecido  el  error  y  demostrada  su  existencia,  le  correspondía mostrar su incidencia en la parte  dispositiva  del fallo, labor que supone una nueva valoración de la prueba, con  aplicación  de  los  correctivos, con el fin de enseñar que de ella no surgía  la  certeza  sobre  la  responsabilidad  del  procesado, como equivocadamente lo  declararon  los  juzgadores  de  instancia en los fallos, sino un estado de duda  razonable.   

Nada de ello hizo el impugnante.  

El  cargo,  por consiguiente, se desestima.   

CONSIDERACIÓN  FINAL   

            

         Con  la  entrada  en  vigencia  del  nuevo  Código  Penal,  Ley  599 de 2000, surge la posibilidad de  aplicar  las  disposiciones  que  este  régimen  contempla,  por  favorabilidad  respecto  de las anteriores, si a ello hubiere lugar. No obstante, como el cargo  no  prospera,  la  Sala  no  adquiere  competencia  para decidir al respecto. En  cambio,  al  quedar  ejecutoriada la sentencia, la competencia radica en el Juez  de  Ejecución  de  Penas y Medidas de Seguridad, como lo dispone el numeral 7°  del  artículo  79  del  nuevo Código de Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000),  solución  que  se  ajusta  a  derecho  y que garantiza el principio de la doble  instancia.   

En mérito de lo expuesto, La Corte Suprema  de  Justicia  Sala de Casación Penal, parcialmente de acuerdo con el Ministerio  Público,  Administrando  Justicia en nombre de la República y por autoridad de  la Ley.   

RESUELVE  

NO  CASAR  la  sentencia    de    origen,    fecha    y   contenido   ya   anotados   en   esta  providencia.   

Cópiese,      devuélvase      y  cúmplase.   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS                 CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                       

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                         

Comisión de servicio  

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN             MARINA  PULIDO  DE  BARON                                                                           

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Sentencia  del  2  de  mayo  de  2002,  Rad.  15.107, M. P. Jorge Aníbal Gómez  Gallego.   

2   Sentencias  del  28  de  noviembre  de  2002,  Rad.  15.388, M. P. Edgar Lombana  Trujillo:  2  de  mayo  de  2002,  Rad.  15.107,  M.  P.  Fernando  E.  Arboleda  Ripoll.      

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