11556(18-07-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  11556   

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado  Ponente:   

Dr.  JORGE  E.  CÓRDOBA  POVEDA   

Aprobado   acta   N°  82   

Bogotá,  D.  C.,  dieciocho  (18) de julio de dos mil dos  (2002).   

V I S T O S  

Decide  la  Corte  el  recurso  de  casación  interpuesto   contra   la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca,  el 24 de octubre de 1995, en la que al confirmar integralmente la  del  Juzgado  Tercero Penal del Circuito de Girardot, fechada el 16 de agosto de  dicho  año,  condenó al procesado RAFAEL HOMES SÁNCHEZ a la pena principal de  25  años  de  prisión, a la accesoria de interdicción de derechos y funciones  públicas  por  el  mismo lapso de la pena privativa de la libertad y al pago de  los daños y perjuicios, como autor del delito de homicidio.   

H    E    C   H   O  S   

Fueron sintetizados por el juzgador de primera  instancia, así:   

“Hacia  la  media  noche  del  15 de septiembre de 1994, en el sitio conocido como El Transbordo de  la  ciudad  de Girardot (Cundinamarca), se suscitó una riña entre RAFAEL HOMES  SÁNCHEZ,  quien  prestaba  servicio  de vigilante en Almacafé por cuenta de la  empresa  VISE  LTDA.,  y JOHN JAIRO ZAMORA BECERRA y, en desarrollo de la misma,  éste  resultó  con  heridas  ocasionadas con proyectiles de arma de fuego, las  que más tarde produjeron su deceso”.   

ACTUACIÓN   PROCESAL  

Con  fundamento en la denuncia presentada por  Durley  Zamora  Becerra,  la Fiscalía 21 Seccional de Girardot profirió, el 16  de septiembre de 1994, resolución de apertura de la instrucción.   

Escuchado en indagatoria Rafael Homes Sánchez  y  recibidas  varias  declaraciones,  la  Fiscalía 25 de la Unidad de Girardot,  donde  se  reasignó  el  diligenciamiento, le resolvió la situación jurídica  con  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  por  el  delito  de  homicidio.   

Practicadas  otras  pruebas  y  ampliada  la  indagatoria,  la  investigación  se clausuró el 31 de octubre de 1994 y, el 21  de  diciembre  siguiente, se calificó el mérito del sumario con resolución de  acusación  en  contra de dicho procesado, por el delito de homicidio, decisión  que quedó ejecutoriada el 21 de febrero de 1995.   

La  etapa  de  la  causa  le correspondió al  Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito  de Girardot que, después de tramitar el  juicio,  profirió  sentencia  de primera instancia, en la que condenó a Rafael  Homes  Sánchez  a  la pena principal de 25 años de prisión, a la accesoria de  interdicción  de  derechos  y funciones públicas por el mismo lapso de la pena  privativa  de  la  libertad y al pago de los daños y perjuicios, como autor del  delito de homicidio.   

Apelado el fallo por el defensor del acusado,  con  fundamento  en  que  el  único  disparo  que recibió Jhon Jairo Zamora se  produjo  de  manera  accidental  o, a lo sumo, hubo una actitud imprudente, pero  nunca  dolosa,  el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca  lo confirmó, el 24 de  octubre de 1995.   

LA      DEMANDA      DE   CASACIÓN   

El  defensor  del  procesado, al amparo de la  causal  primera  de  casación,  presenta  dos  cargos,  los  que se sintetizan,  así:   

Primer cargo  

Acusa al Tribunal de haber violado, de manera  directa,  la  ley  sustancial  por aplicación indebida del artículo 323 del C.  Penal  y  falta  de  aplicación  del  numeral  5°  del  artículo 29 del mismo  estatuto.   

Asevera  que  conforme a lo consignado en los  fallos  de instancia, su defendido llegó al bar Las Camelias donde se encontró  con  su amigo Luis Carlos Pinto, quien estaba ingiriendo licor con otra persona,  ofreciéndole  una  cerveza  que  en  principio el dueño del establecimiento no  quería   despachar,  “en  razón  a  que  los  tres  nombrados  se  chanceaban  entre  sí, el vigilante sacando el arma de dotación  del  sitio  donde  la  portaba  y volviendo a guardarla, pero sin llegar hacerle  amenazas a él o a otras personas”.   

Afirma  que  en ese lugar y sin tener ninguna  relación  con  la víctima, que se encontraba en avanzado estado de embriaguez,  ésta  empezó  a  instigar  a  su procurado con el propósito de despojarlo del  revólver  y  luego  “resolvió  írsele encima para  tratar  de  quitárselo  cogiéndolo  por  la  trompetilla,  momento  en  que se  accionó  el  disparador”.  Por  tal  motivo,  dice,  “el  hoy  occiso  se envalentonó, llenó de furia y  agresividad,  tal  como  lo  expusiera  la  hermana  de  éste  y como lo trae a  colación  el  fallo  de  primer grado, que no fuera modificado por el Tribunal,  folio  309, ‘se le fue más  encima  y  fue  ahí cuando le pegó el otro tiro en el estómago y, finalmente,  le   hizo   otro   disparo   a   los   pies   que   no   le  acertó’”.   

Vistas así las cosas y teniendo en cuenta las  anteriores  premisas,  que  fueron  consignadas  en  los  fallos,  estima que la  conducta  de  su  defendido  se enmarca dentro de los presupuestos del estado de  necesidad,  al  tenor  de  lo previsto en el numeral 5° del artículo 29 del C.  Penal, entonces vigente.   

Anota:  

“Mi representado  así   estuviera   desatendiendo   las  obligaciones  de  su  cargo,  no  causó  intencionalmente  la iracunda reacción del hoy occiso Zamora Becerra, pues nada  tuvo  que  ver  con él pese a lo afirmado por las hermanas del hoy occiso, pues  como  acertadamente  lo  entendió el fallador de primera instancia a folio 315:  ‘las  hermanas  del  hoy  occiso,  en  sendas  declaraciones,  a  todas  luces  parcializadas por el claro  interés  que  les  asiste,  pues  coinciden  en  presentar a su hermano en sano  juicio  esa noche cuando la pericia médica está certificando todo lo contrario  al  dictaminar  al  día  siguiente  el  grado de alcohol que se le encontró al  cadáver  al  practicársele  el correspondiente examen de alcoholemia, dándole  así  credibilidad al dicho del acusado en tal sentido, es decir, que su agresor  se  hallaba  en  avanzado  estado  de  embriaguez  y ello lo llevó a increparle  primero  porqué  portaba  el revólver de dotación hasta que resolvió írsele  cuerpo  a cuerpo para tratar de quitárselo, cogiéndolo por la trompetilla como  lo  revela  HOMES SÁNCHEZ”.   

Añade   que   ante   esa   “reacción  intempestiva  e  inesperada”,  que  constituía  para  su defendido un peligro actual,  procedió a evitar  que  tomara  el  revólver y trató de quitárselo de encima y de arrebatarle el  arma  –  pico  de  botella  – con el que en principio pretendía agredirlo, pero  como  la víctima persistió en su intento de despojarlo del revólver,  lo  haló,  produciéndose  el disparo “que le produjo al  agresor  quemaduras  y  ahumamiento  en los dedos de la mano derecha”,  como  así  lo  expuso  el sentenciador de primer grado. Así,  dice,  el  occiso,  en  lugar  de  atemorizarse,  se fue encima de su procurado,  “quien  ante  esa  situación  lleno  del inevitable  pánico  por  lo  inesperado  de  la circunstancia, reaccionó sin intención de  causarle  una  lesión,  accionando  el  arma  de fuego a manera de mecanismo de  protección  ,  con tan mala fortuna que el disparo impactó en el estómago del  agresor produciéndole la muerte”.   

Con  base en lo precedentemente expuesto y en  lo  relacionado  con  el tercer disparo, el que tuvo como dirección los pies de  las  víctima,  advierte  que  confirma  sus argumentos, ya que se trató de una  actitud  defensiva  propia  del  estado de necesidad en que se encontraba Rafael  Homes  Sánchez  para  alejar  el  peligro  actual que lo rodeaba, sin pretender  causar  daño  físico,  razón  por la cual se ausentó de dicho lugar hasta su  sitio  de  trabajo  con  el  fin  de  guardar  el  revólver  y, posteriormente,  dirigirse     a     su     casa     donde    fue    capturado.      

Afirma  que  en  la  mente  de  su poderdante  “no  existió  el  deseo de actuar perversamente, su  reacción  se ajustaba no solo a las leyes naturales, sino a las de los hombres,  que  aunque  no  domina, en su fuero interior se repite una y otra vez que no se  merece  la  condena que le fuera impuesta, que lejos de ser un mal hombre, sólo  respondió  a  la  injusticia  del  ataque  por  parte de su agresor”.   

Por  lo  tanto,  asegura que hubo aplicación  indebida  del  artículo  323 y falta de aplicación del numeral 5 del artículo  29  del  C.  Penal,  ya  que si el sentenciador, “con  base  en  las  pruebas apreciadas hubiera tenido en cuenta que lo predicable era  el  reconocimiento de la justificante del ESTADO DE NECESIDAD, en vez de arribar  al   fallo   de  condena,  hubiera  decretado  la  absolución  a  favor  de  mi  representado”.   

En consecuencia,  solicita  a   la   Corte  casar  la  sentencia  impugnada  y,  en su lugar, absolver a su  defendido del delito por el que fue acusado.    

Segundo cargo  

Como  subsidiario,  acusa al ad quem de haber  violado,  de  manera  directa,  la  ley  sustancial por aplicación indebida del  artículo  323  del C. Penal y falta de aplicación del artículo 30 de la misma  obra.   

Manifiesta  que  los fundamentos del anterior  reproche  son  “igualmente  predicables  a  este y a  ellos   me  remito”,  insistiendo  en  que  ante  el  “estado de necesidad”, en  que  se  vió,  el  acusado accionó el arma con el infortunio de que el segundo  disparo impactó en el abdomen del agresor y le causó la muerte.   

Luego  de  narrar  nuevamente  el  acontecer  fáctico,  según  su  personal perspectiva, asevera que resulta fácil predicar  el exceso de la legítima defensa, a saber:   

“Se  dieron:  la  necesidad  de  defender un derecho (propiedad) el revólver que le pertenecía a  la  empresa para la cual trabajaba, de un peligro actual (la pretensión del hoy  occiso  de  apoderarse  del  mismo,  cuando  se encontraba en avanzado estado de  embriaguez),  que  no  le  fue  evitable de otra manera, pues el primer disparo,  lejos  de  intimidarlo  o  hacer  que  desistiera  del  intento, lo envalentonó  persistiendo  en el fin propuesto; pero, esa conducta el sujeto agente la causó  de  manera  imprudente  al  alejarse  del  sitio  de  trabajo  donde prestaba el  servicio  de  vigilante,  llevando  consigo el arma de dotación, hecho que a la  postre   suscitara   la   iracundia   y   reacción   del  agresor  –hoy         occiso–  Durley  Zamora  Becerra”.   

Añade que si los juzgadores hubiesen aplicado  el  citado  artículo  30  del  C.  Penal,  no  le  habrían  impuesto como pena  principal  la  de 25 años prisión, sino la de 4 años y 2 meses y, en la misma  proporción, se habría disminuido el monto de los perjuicios.   

CONCEPTO DEL PROCURADOR  

TERCERO DELEGADO EN LO PENAL  

Primer cargo  

Luego  de  recordar los parámetros técnicos  que  rigen  a la violación directa de la ley sustancial, destacando el respecto  absoluto  sobre  los  hechos  que  han  sido  declarados  como  probados  por el  sentenciador,   dice  que  el  libelista,  si  bien  acepta  algunos  de  ellos,  “otros los tergiversa de acuerdo con sus necesidades  para  pretender  que  la  Corte  reconozca  un quebranto directo de una norma de  derecho sustancial”.   

Acota:  

“En   esta  dirección,  afirma el recurrente que el occiso se fue encima del procesado para  quitarle   el  revólver  que  portaba  y  cuando  lo  estaba  cogiendo  por  la  trompetilla,  se  accionó  el  disparador,  luego  de lo cual John Jairo Zamora  arremetió  nuevamente  contra  Homes Sánchez quien, en esta ocasión, disparó  otras  dos  veces  sobre el cuerpo de su víctima. No obstante, estos hechos que  en  apariencia  serían  idénticos  a  los contenidos en la sentencia, luego se  modifican      con      la      alegación      relativa     al     ‘pánico’   que  en  opinión  del  recurrente  sintió  el celador procesado cuando vio amenazada la tenencia del arma de fuego  que  portaba  a  consecuencia de un pico de botella que sirvió a la víctima de  instrumento  agresor  –cuya  existencia  fue  negada por el acervo probatorio, según lo consignó el juez de  primera  instancia­– y una  reacción  sin  intención  de  matar  que endilga sin base alguna el procesado,  única  manera  que  encuentra  para  alegar  la  existencia  de  un  estado  de  necesidad”.   

De  la  misma  manera, sostiene que el censor  persigue  demostrar  un  estado  de  necesidad no reconocido ni analizado por el  Tribunal,  con  soporte  en unas pruebas y hechos que supuestamente respaldan su  petición,  pero  sin  demostrar  la  existencia  de los requisitos de la figura  justificante del hecho.   

En  esas  condiciones,  acota  que  la  vía  escogida  por  el censor resulta imposible, máxime cuando en la sentencia no se  reconoció  y  en  el  libelo  no  se  demuestra  la  existencia de la causal de  justificación  reclamada,  olvidando  que  la  falta de aplicación se presenta  cuando  el  juzgador  ha  encontrado  probadas  las  condiciones  del  hecho que  supondrían  “regular  la situación procesal por el  contenido  de la norma presuntamente omitida y, por consiguiente, los requisitos  del    estado    de    necesidad    –para  el  caso–  deben  aparecer  manifiestos  no  solamente en el material probatorio recaudado,  sino   también   en   el   contenido   de  la  sentencia  impugnada”,  situaciones  que  aquí  no  se  presentan,  debiéndose haber  planteado  a  través de la vía indirecta, poniendo de manifiesto errores en la  apreciación de las pruebas.   

Por  consiguiente,  conceptúa  que  el cargo  merece ser desestimado.   

Segundo cargo  

Dice  que  presenta  las  mismas deficiencias  técnicas  del anterior, máxime cuando el actor afirma que se apoya en aquellas  argumentaciones,  lo  que  resulta  contradictorio  con  lo  pretendido  en esta  censura,   “pues  no  solamente  se  alega  en  esta  oportunidad  un  exceso en la justificante (que presupone la prueba de todos los  requisitos  de  ella,  salvo la proporcionalidad), sino que además el estado de  necesidad  también  mencionado en este ataque, se pasa sin fórmula de juicio a  la   alegación   de   otra  causal  de  justificación  al  afirmar  el  censor  ‘solamente  faltaría uno  de      los      elementos      de      la     legítima     defensa’,  vale  decir, que esta figura sería  la que ha debido analizarse”.   

También califica como extraño que reclame la  citada  justificante, pero al mismo tiempo aluda a la generación del peligro de  manera  imprudente,  como si esta circunstancia permitiera pregonar un exceso en  el estado de necesidad.   

Finalmente, advierte que si los juzgadores no  declararon  probados  los  requisitos  de  las  causales  de  justificación que  demanda  el  censor,  resulta  extraño  predicar  una exclusión evidente de la  norma   de   manera   directa,   por   lo  que  el  cargo  no  está  llamado  a  prosperar.   

Por último, solicita a la Corte la casación  oficiosa  de la sentencia, pues al imponer la pena accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas, los juzgadores transgredieron el principio de  legalidad  de  la  pena,  al  sobrepasar  el  tope  de  diez  años fijado en el  artículo   44   del   C.   Penal,   yerro   que  debe  subsanarse  en  sede  de  casación.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Cargo  primero   

1.  Acusa  el  demandante al sentenciador de  haber  violado  directamente  la  ley  sustancial,  por aplicación indebida del  artículo  323  del  Decreto  100 de 1980 y falta de aplicación del numeral 5°  del   artículo  29  del  mismo  estatuto,  vigentes  para  la  época,  ya  que  “con  base  en  las  pruebas  apreciadas”,  ha  debido  concluir  que  el procesado actuó amparado por la  justificante  del  “estado  de necesidad”.   

Cargo    segundo   

2.  Acusa  al  ad  quem de haber violado, de  manera  directa,  la ley sustancial por aplicación indebida del artículo 323 y  falta  de  aplicación  del  artículo  30  del  Decreto  100  de 1980, entonces  vigente,  ya  que,  en  su  criterio  y  conforme al acontecer fáctico, resulta  fácil predicar el exceso en la legítima defensa.   

3. Los dos reproches serán desestimados por  carencia  de  interés.  En  efecto,  como  lo  ha  sostenido  la Sala, para que  procedan  los recursos, tanto los ordinarios como el extraordinario, es menester  que  se cumplan dos requisitos a saber: que se esté legitimado, esto es, que se  trate  de  un  sujeto  procesal  a  quien la ley faculta para impugnar, y que se  tenga  interés,  el  que  no  sólo  se  manifiesta  en  el agravio o perjuicio  inferido  con  la decisión, sino en que se haya apelado el punto concreto de la  sentencia  de primera instancia, pues una actitud pasiva reflejaría conformidad  con  la  misma,  esto  es,  que  se  está  de acuerdo con lo resuelto; o, en su  defecto,  que  el  fallo de segunda instancia haya desmejorado la situación del  impugnante,  en  virtud  de  la apelación interpuesta por otro sujeto procesal,  evento  en  el  cual  el  interés  se  limitará  al aspecto que fue materia de  desmejora;  o  que  el  superior  haya examinado el fallo en razón del grado de  competencia  funcional  de  la  consulta,  ya  que  mientras  no  se produzca la  determinación  de  segunda instancia no puede saberse el sentido definitivo del  mismo,  por  cuanto  el  superior  puede decidir sin limitación alguna sobre la  providencia    o   parte   de   ella;   o   que   la   casación   verse   sobre  nulidades.   

A  veces  la falta de interés se manifiesta  desde  cuando  se  exponen  las pretensiones de la demanda, evento en el cual al  examinarse  por  la  Sala  si  se ajusta o no a los requisitos formales, deberá  inadmitirse  y  declararse  desierto  el  recurso.  Pero  puede  ocurrir que por  inadvertencia,  como aquí aconteció, el libelo se admita, hipótesis en la que  lo     procedente    será    desestimar    la    demanda    al    decidir    la  impugnación.   

Aquí el defensor, al apelar la sentencia de  primera  instancia,  se fundó en que se trató de un accidente o, en el peor de  los  casos,  de un acto de imprudencia, sin que hubiera alegado la existencia ni  del  estado  de  necesidad  ni  de  la  legítima  defensa  (la que expresamente  excluyó  al  aseverar  que  aceptaba  que  en  el  momento en que se produjo el  disparo  “el  occiso ya había abandonado el pico de botella que blandía …,  entre  otras  razones porque ya en ese momento su mano derecha estaba asiendo la  trompetilla  del  arma  …”) ni muchos menos de un exceso en la misma, motivo  por el cual la sentencia del Tribunal no se ocupó de ellas.   

En  consecuencia,  al no haberse apelado los  aspectos  que  son  materia del recurso de casación, se deberá concluir que el  impugnante   carece  de  interés,  ya  que,  como  lo  ha  dicho  la  Sala  1,  “no  es viable  atacar por vía de la casación  aspectos  que  no comprendieron el objeto de inconformidad frente a la sentencia  de  primer  grado,  ya  que,  por exclusión de materia, mal podría alegarse un  yerro  sobre  un  tema  respecto  del  que  no  hubo pronunciamiento”.   

Solicitud  de  casación  oficiosa   

Como   por   la  falta  de  interés   jurídico,  la  Corte  no adquiere competencia para examinar el recurso, tampoco  la  tiene  para  decretar  de  oficio  la  nulidad  impetrada  por el Ministerio  Público    como    lo    ha    dicho    la   Sala2.   

Acotación  final   

En  lo  que  hace  relación al principio de  favorabilidad,  por  razón del tránsito de legislación, toda vez que el 25 de  julio  de  2001  entró  en  vigencia  la  Ley  599 de 2000, mediante la cual se  expidió  el  nuevo  Código  Penal,  su  análisis  le  corresponde  al juez de  ejecución  de  penas  y  medidas  de  seguridad, al tenor de lo dispuesto en el  numeral  7°  del artículo 79 del nuevo Código de Procedimiento Penal (Ley 600  de 2000).   

En  mérito  de lo expuesto, la SALA  DE CASACIÓN PENAL DE LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA,  administrando justicia en nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

R   E   S  U  E  L  V  E   

    

1. DESESTIMAR la demanda.     

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Cópiese y devuélvase al Tribunal de origen.  Cúmplase.   

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA  RIPOLL                            JORGE   E.  CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN   GALAN   CASTELLANOS                        CARLOS  AUGUSTO  GÁLVEZ ARGOTE                                

JORGE  ANIBAL  GÓMEZ  GALLEGO                                 EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO                                     

CARLOS   E.   MEJIA   ESCOBAR                                          NILSON E. PINILLA PINILLA   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

          Secretaria     

1  Ver, entre otras casación 13470, Diciembre 19/00, M.  P.  Dr.  Carlos  A.  Gálvez  Argote y 11633 octubre/00, M. P. Dr. Edgar Lombana  Trujillo.   

2  Ver,  casación  14635,  noviembre 1° de 2001. M. P.  Dr. Herman Galán Castellanos.     

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