11437(30-05-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 11437  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado ponente:  

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No.  58  

          Bogotá,  D.C.,  treinta (30) de mayo de  dos                                    mil                                   dos  (2002).                                                                                                                                           

          Decide la Corte el recurso extraordinario  de  casación  interpuesto por la Fiscalía Única Seccional de San Pedro de los  Milagros  (Antioquia)  contra  la sentencia de fecha octubre 4 de 1995, mediante  la  cual  el  Tribunal Superior de Medellín absolvió al procesado NORBERTO  DE  LOS  MILAGROS  SIERRA PÉREZ,  del  cargo  que  le había sido imputado en la resolución acusatoria como autor  del delito de homicidio agravado.   

         

HECHOS  

          De  los  fallos de instancia se sabe que  Aicardo  de  Jesús  Sierra Velásquez tenía una finca en la población de  San  Pedro  de  los  Milagros  (Antioquia),  donde  Julio  César Londoño Peña  pastaba  un  ganado  que  finalmente le vendió al propietario del predio por la  suma  de  un  millón  de  pesos.  Del precio convenido, el comprador pagó  efectivamente  la  mitad  y  posteriormente negó deber el saldo, situación que  propició  conflictos,  acrecentados  cuando  el  segundo  promovió  el proceso  ejecutivo  en  el  que  se  decretó  el  embargo  de  un  vehículo del deudor.   

          La  intervención en tal desavenencia de  NORBERTO  DE  LOS  MILAGROS  SIERRA PÉREZ,  sobrino  del  primero, así como la negativa de este último y de  su  padre Jesús Gildardo Sierra Velásquez, de facilitar al demandado el dinero  requerido  para  evitar  la  medida  cautelar,  originó  a  su vez una serie de  problemas entre ellos no obstante su estrecho parentesco.   

          Poco   después,   Aicardo  de  Jesús  abandonó  la  región  para  radicarse  en Medellín, pero el 3 de enero de 1993 viajó a la localidad de San  Pedro  de  los  Milagros,  donde  a  eso  de  las  once y media de la mañana se  percató  que  en  el  sector  de la carrera 49 se encontraban los parientes con  quienes  mantenía  dicha diferencia.  Descendió entonces del automotor en  cuyo   interior  se  movilizaba  en  compañía  de  Silvio  Antonio  Bustamante  Fernández  y  de  Amado  de  Jesús Ruiz Vargas para insultar y perseguir a sus  familiares  con  un  zurriago.     Ante esta actitud NORBERTO   DE   LOS   MILAGROS  optó  por  alejarse  del  lugar  en  dirección  al  carro  de  su padre, parqueado un poco  distante  de  dicho  lugar, de donde extrajo el revólver con el que regresó al  sitio de los acontecimientos.    

          Entre  tanto,  Silvio Antonio Bustamante  Fernández  también  se  apeó  del  campero de Aicardo, desenfundó el arma de  fuego  que  portaba  y  disparó contra Jesús Gildardo, pero una vez se enteró  que  la contienda era entre hermanos, requirió a su amigo para que se retiraran  del     sector.      En     estos    instantes    apareció    NORBERTO  DE LOS MILAGROS SIERRA PÉREZ con  un  revólver  legalmente  amparado  y  Aicardo  de Jesús al percatarse de ello  corrió  en  dirección  a su vehículo, pero al subir recibió los disparos que  le  ocasionaron  las  heridas  vinculadas  causalmente  con  su deceso, ocurrido  momentos después en el hospital del lugar.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.   La  Fiscalía  3ª Seccional de San  Pedro  de  los  Milagros  abrió  la investigación, recibió la indagatoria del  imputado   SIERRA  PÉREZ  y  resolvió  su  situación  jurídica  el  29  de  marzo  de 1993, con detención  preventiva    por    el    delito    de    homicidio    agravado    (artículos  323  y  324-1º  del  Código  Penal  anterior).   La  Fiscalía  Delegada ante los Tribunales Superiores  de Medellín y Antioquia la confirmó el 23 de abril siguiente.   

Clausurado   el   sumario,  el  instructor  calificó  su  mérito probatorio en providencia de octubre 6 de 1994, en la que  derivó  al  sindicado  la  autoría  del  punible  imputado  en  la  medida  de  aseguramiento,  pero  deduciendo  la circunstancia agravante del numeral 7º del  artículo  324  ibídem,  en  lugar  de  la  contemplada en el ordinal 1º, como  había  sido  considerado antes.  Esta decisión también fue confirmada de  manera  integral  por  la  Fiscalía  ad  quem  el  2  de  diciembre  del  mismo  año.   

2.  El  Juzgado  30  Penal  del  Circuito de  Medellín  celebró  audiencia  pública  y el 27 de julio de 1995, profirió el  fallo  mediante  el  cual condenó al procesado a la pena principal de cinco (5)  años  y  cuatro  (4)  meses  de  prisión  como  autor  del delito de homicidio  agravado,  que  atenuó por razón de la ira, de conformidad con el artículo 60  de la derogada codificación punitiva.   

Apelaron  tal pronunciamiento el apoderado y  la  Fiscalía.   El primero con la pretensión de obtener la absolución de  su  representado,  mientras  que  el  segundo  demandó  la  confirmación de la  sentencia  condenatoria  del  quo  sin  la referida atenuante.  El Tribunal  Superior  de  Medellín  decidió  los  recursos  en   providencia del 4 de  octubre  de  1995,  mediante  la  cual  accedió  a  la   petición  de  la  defensa.    Inconforme el acusador interpuso el recurso extraordinario  que ahora decide la Corte.   

LA DEMANDA  

          Bajo  el  ámbito  de  la causal primera de casación, el demandante  acusa  la  sentencia  impugnada  de la violación indirecta del artículo 29 del  derogado   Código   Penal,   por   haber  reconocido  al  acusado  SIERRA  PÉREZ  la  legítima defensa como  efecto  de  la  distorsión de algunas de las pruebas e ignorar la existencia de  otras,  que  de  ser apreciadas “darían al juzgador  la convicción real de lo acontecido”.   

          1.  Al fundamentar el reparo señala  en  primer  término,  que  el  Tribunal  con  fundamento  en  las  heridas  que  presentaba  el  cadáver,  en  especial  la ubicada en la boca y su trayectoria,  concluyó  que  el  sindicado  disparó de frente contra la víctima cuando esta  última  se  disponía  a  abordar  el  vehículo  del  que era propietario; sin  embargo,    considera    que   a   partir   de   otros   aspectos   “no  resulta  tan  diciente  la  ubicación  de  las heridas y su  trayectoria”.   

          Así, nada demuestra en el proceso que el  proyectil  que  hizo  impacto  en ese sitio del cuerpo del occiso fue el primero  disparado,   además   la   trayectoria   del   mismo  poco  informa  sobre  sus  circunstancias  cuando  se ignora la posición exacta del ofendido.  Por lo  tanto,  concluye el actor, ninguna conclusión firme es susceptible de extraerse  de los hallazgos de la autopsia.   

          En  cambio,  los  destrozos  ocasionados  al automotor de Aicardo de  Jesús  con  arma  de  fuego,  la trayectoria de los disparos en el interior del  mismo,  que el libelista asegura siguieron su curso luego de traspasar el cuerpo  de  aquél,  así como la prueba testimonial, que en este punto no especifica el  demandante,  revelan  a  su  juicio,  que  la  víctima se encontraba dentro del  automotor    en    el   momento   de   la   agresión.    De   “allí   la   afirmación  que  se  hizo  en  la  resolución  de  acusación,  que  NORBERTO  DE  LOS MILAGROS lo sorprendió en el momento en que  pretendía   arrancar,   disparándole   por   el   lado  derecho”.   

          Con  los  anteriores  fundamentos  sostiene  que el juzgador ad quem  incurrió   en   error   de   hecho   al   valorar   la  autopsia,  “en    armonía     lógicamente    con    algunas   pruebas  testimoniales  y  especialmente  con  la  diligencia  de inspección judicial al  sitio  de  los hechos, donde se levantó un croquis”,  pues  le hizo producir efectos que no se derivan de su contexto.   Por  esta  razón,  afirma el censor, el Tribunal equivocó sus conclusiones sobre la  indefensión  de  la  víctima,  concretamente, al atestar que Aicardo de Jesús  corrió  en  dirección  a su vehículo para proveerse de otra arma, máxime que  tal  agravante  tampoco  surge  desvirtuada  por  la  ausencia de tatuaje en los  orificios de entrada de las heridas.   

          2.   Acusa  la incursión en “otros  errores   de   hecho,   consistentes   en   ignorar  la  existencia  de  algunas  pruebas”,   que   concreta   en   los   siguientes  términos:   

          –  El  Tribunal  calificó a Silvio Antonio Bustamante Fernández de  ser  el guardaespaldas del occiso, cuando se trató simplemente de la forma como  lo llamaron algunos de los deponentes.   

          –   Por  otra  parte, en la sentencia impugnada se tuvo como un  hecho  cierto  que antes de aparecer por segunda vez el sindicado en el sitio de  los   sucesos,   Silvio   Antonio   Bustamante   Fernández   había   disparado  repetidamente  su  arma  de  fuego  en  contra  de Jesús Gildardo, quien logró  evadir  la  agresión al retroceder; sin embargo, tal apreciación surge errada,  en  opinión  del  impugnante,  atendida  la posición de los camorristas.   Luego  no  resulta  cierto que el sindicado respondió su agresión “con  arma  de  fuego  de la misma marca y calibre”,  pues la del fallecido violentamente era calibre 32 largo y la del  procesado calibre 38.   

          3.    El  Fiscal  recurrente  echa  de  menos  también  en  la  sentencia   impugnada   un  “análisis  técnico  o  científico  de  las pruebas”, cuando se sostiene que  las  contradicciones  entre  los  deponentes son tenues.  Por el contrario,  afirma,  son  ostensibles  y  abismales.   Precisa  más  adelante  que los  testimonios  de Jorge Alberto Pérez Giraldo, Olga de las Misericordias Londoño  Peña,  José  Milagros Carvajal Agudelo, Carlos Alberto Sierra Betancur y José  María  Lopera,  quienes  aseveraron haber presenciado los sucesos, fueron todos  ofrecidos  por  la  defensa.   Destaca  que  el  ad  quem  omitió  valorar  “las  posibles  causas”  que  los  llevaron  a  declarar,  cuando en los actuales momentos resulta común  eludir  toda  colaboración con la justicia; asimismo, que la citada Olga de las  Misericordias  resultó ser hermana de Julio César Londoño Peña, de conocidas  desavenencias  con  Aicardo  de  Jesús, de manera que le asistían razones para  mentir    con    miras   a   favorecer   al   homicida   del   enemigo   de   su  consanguíneo.   

         

          Tratándose  del  relato  de  la  mencionada  testigo, el demandante  encuentra  que  el  Tribunal  afirma  que  una  bala disparada por Bustamante en  contra  de  Jesús  Gildardo  rozó  el  cuerpo  de  la  declarante, cuando ella  simplemente  relató  que  el  disparo  “pasó  muy  cerca” y, así las cosas, no existió el roce que le  dejara al menos una escoriación.   

          Frente    a    las   críticas   anteriores,   añade   “que  si  bien  es  cierto  corresponden  a  meras  apreciaciones  probatorias,  las  cuales  no  pueden  ser  alegadas  en  casación…se traen a  colación  simplemente  para  demostrar  que  se  le  brindó credibilidad a los  testimonios  que  adolecen  de  mayores fallas, de múltiples contradicciones, a  aquellos     de    que    más    se    debería    desconfiar…”.   

          4.   Por último, el actor insiste en atestar que se ignoró la  existencia  de pruebas, “una de ellas”  el  testimonio  de  José  María  Lopera  Arroyave,  quien fue la  primera  persona  que  se  acercó  al  automotor  de  la  víctima.   Este  deponente  atestiguó  que  encontró  herido  a  Aicardo  de  Jesús dentro del  automotor  y  que en compañía de Bustamante Fernández lo condujeron al centro  asistencial  de  la localidad.  Tampoco se consideraron las afirmaciones de  Bustamante  Fernández  sobre lo ocurrido, quien sostuvo haber disparado su arma  luego   que   lo   hiciera  SIERRA  PÉREZ,     no    antes    como    aseguró    este    último    en    la  indagatoria.   

          Con  los  anteriores  fundamentos entonces, el recurrente solicita a  la  Corte  que  case  la  sentencia  impugnada  y dicte el fallo de sustitución  “que    en   derecho   corresponde”.   

ALEGACIÓN DEL NO RECURRENTE  

          El  apoderado  del acusado se opone a la pretensión del demandante,  porque   considera   que   el   sentenciador  ad  quem  no  incurrió  en  error  alguno.   Critica  la   tendencia  de  los fiscales de acusar, alude a  varios  testimonios  con  el  propósito  de  ilustrar  de  la  mejor manera las  posiciones  del  occiso y el procesado, para concluir que no existe razón en la  afirmación  de  haber  atacado este último por la espalda, pues lo hizo cuando  Aicardo de Jesús se aprestaba a esgrimir el revólver.   

          Por  varias razones encuentra ajustada a la realidad, la conclusión  en  el  sentido  que  Bustamante Fernández fue quien primero disparó contra el  padre  del  sindicado  antes  que  éste apareciera nuevamente en el lugar de la  tragedia.   

Así  las cosas, encuentra acertado el fallo  de segunda instancia y solicita que se mantenga.   

CONCEPTO DE LA PROCURADURIA  

          El  Procurador  Segundo  Delegado advierte que la demanda traduce un  simple  alegato  de  instancia,  donde  el  actor  no  intenta demostrar la real  existencia de algún vicio in iudicando.   

          En  efecto, el libelista acusa en primer término el falso juicio de  identidad,  pero  no hace cosa distinta de criticar el análisis que el juzgador  hizo  de  la  necropia,  de  testimonios  sin  identificar  y  de la inspección  judicial.  Tampoco  acredita  de qué modo la errada apreciación probatoria del  juzgador  determinó  el  sentido absolutorio del fallo, pasando por alto que si  pretendía  la  condena, le resultaba obligado demostrar que no se configuró la  legítima  defensa,  esto  es,  la indebida aplicación del artículo 29-4º del  derogado Código Penal.   

          Tratándose  de  la omisión de pruebas el censor dejó el reparo en  el  mero  enunciado,  pues  no  indica  qué  pruebas  obrantes en el expediente  dejaron  de  ser  apreciadas  por el fallador. En cambio, en la segunda parte de  las  argumentaciones,  desviándose  al  falso juicio de convicción, critica al  Tribunal  por brindarle crédito a testimonios que en su opinión no lo merecen,  para   reclamar  un  mayor  valor  de  las  versiones  obtenidas  de  Bustamante  Fernández y de José María Arroyave.   

          Con   transcripción   de  apartes  del  fallo  impugnado  encuentra  que    contiene   un  análisis  técnico  o  científico  de  las  pruebas  allegadas,  pero  además,  que se satisfacen los presupuestos para reconocer al  sindicado  SIERRA  PÉREZ la  legítima  defensa.   Por lo tanto, solicita  a la Sala que no se case  la sentencia recurrida.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          La  presentación y desarrollo de la única censura formulada por el  demandante  revelan insalvables deficiencias en materia de técnica, que ante la  imposibilidad  de  encontrar  enmienda  por  parte  de  la  Sala  en  virtud del  principio  de  limitación,  determinan  su  falta  de  prosperidad  como pasa a  examinarse.   

          1.   El  actor  acusa  de  manera  simple y llana la violación  indirecta  del  artículo 29 del derogado Código Penal, pero ninguna precisión  consigna  sobre el sentido de su violación o respecto de cuál de sus numerales  se  produjo  el desatino argüido, y si bien del contexto de lo razonado podría  inferirse  la  inconformidad  con  la  aplicación  del ordinal 4º ibídem, que  contemplaba  la  legítima defensa como causal de justificación, se tendría en  todo  caso que omitió especificar las disposiciones de carácter sustancial que  en  lugar  de  aquella  debieron  ser  aplicadas  para la correcta solución del  presente asunto.   

          Estas  falencias  en  la  integración  de la proposición jurídica  tornan  en  extremo imprecisa la censura con la que pretende derruir el fallo de  segunda  instancia, máxime que tampoco concretó el demandante la naturaleza de  la  decisión de la Corte en el evento encontrar éxito la censura, pues confió  a  la  discrecionalidad  de  la  Sala el proferimiento del fallo de sustitución  “que    en   derecho   corresponde”.    

          Así  las  cosas,  no  existe  manera de  esclarecer  el  sentido  exacto  de  la condena implícitamente reclamada por el  libelista  para  el  acusado  SIERRA PÉREZ,  esto  es,  si como autor de homicidio simple, con la agravante de  la  indefensión,  o atenuado por la ira, circunstancia que fue objeto de amplio  debate  en  el curso del proceso y de expreso reconocimiento en la sentencia del  a  quo.  Falta de claridad que lejos estuvo de diluirse en la sustentación  del ataque, como pasa a examinar la Corporación.   

          2.   Ciertamente,  el actor derivó la violación mediata de la  ley  sustancial  como consecuencia de errores de hecho cometidos por el Tribunal  en  la apreciación probatoria por los falsos juicios de existencia e identidad,  que  no deslindó por su nomenclatura sino a través de la explícita alusión a  la  naturaleza  del  dislate que implican, esto es, ignorar pruebas incorporadas  al  proceso  e incurrir en la distorsión de otras, respectivamente, conforme se  discierne a partir de sus alegaciones.   

          Sin  embargo,  en  la  sustentación  posterior  de tales reparos se  apartó  ostensiblemente de estos enunciados, pues como destaca la Procuraduría  Delegada,  la  Fiscalía  a  través  del  libelo,  en sustancia y esencia, a la  manera  de  un  alegato de instancia, se encaminó a cuestionar las conclusiones  probatorias  del  Tribunal,  enfrentadas  después  a  su  personal e interesado  análisis  pasando  por  alto que en sede extraordinaria ante una confrontación  de  dicho talante adquiere preeminencia el criterio del sentenciador, que arriba  amparado por la doble presunción de acierto y legalidad.   

          3.   En  efecto, planteó en primer término la distorsión del  contenido  del  protocolo  de  autopsia,  que adujo fue valorado en armonía con  algunas  pruebas  testimoniales,  en  acápite  alguno  especificadas,  y  en la  inspección  judicial  al  sitio de los hechos, sugiriendo con tal propuesta que  el  dislate  imputado  se extendió a este cúmulo de pruebas que dejó entonces  en la más absoluta imprecisión.   

          Así  mismo,  sustrayéndose  de  manera  evidente  y  en  todo  caso al deber de demostrar el desatino impregnado de esas  deficiencias  en  su  postulación,  que  de  acuerdo  con  el enunciado se hizo  consistir  en  el  falso  juicio  de identidad, el recurrente omitió cotejar el  contenido  objetivo de tales medios de pruebas con el que les fue asignado en el  fallo  recurrido,  como  le  resultaba  imprescindible  con miras a acreditar la  realidad  del  yerro,  para desenvolver el reparo a través de la exposición de  las  conclusiones,  que  en  discrepancia  con  el Tribunal, estima surgidas del  acervo  probatorio  en  torno  a la ubicación de la víctima y del sindicado al  momento   de   efectuarle   éste   los  disparos  que  segaron  su  existencia.   

          Argumenta  concretamente,  en  una huera  confrontación  de  tesis que refulge ajena además a los errores demandables en  esta  sede,  que  a diferencia de lo colegido en la sentencia censurada, Aicardo  de  Jesús  se encontraba en el interior del vehículo de su propiedad cuando le  fueron propinados los disparos que causaron su deceso.   

          Por  esta  razón,  el  libelista  culmina aceptando que el fallador  asumió  las  conclusiones  del  médico  legista  vertidas  en la diligencia de  autopsia  con  estricto  apego a su contenido fáctico, para aducir entonces, en  perversión  del dislate alegado, que se estructuró porque tal medio de prueba,  contrario  al entendimiento del ad quem, “no resulta  tan  diciente” acerca de la ubicación de las heridas  y su trayectoria.   

          4.     Más   adelante   acusa   la   incursión   “en  otros  errores  de  hecho, consistentes en ignorar…algunas  pruebas” y sugiere entonces con tal planteamiento el  falso  juicio  de  existencia.   Este dislate se configura, como es sabido,  cuando  el  juzgador  prescinde  en su análisis de elementos de persuasión que  obran  materialmente  en  el  proceso,  noción  elemental  que no escapaba a la  comprensión  del  actor,  pues  la  reseñó  al formular el reproche, pero que  abandonó  en  forma  ostensible  a  renglón  seguido  cuando  bajo  su ámbito  criticó  al  Tribunal,  no  por  omitir  la estimación de pruebas allegadas al  proceso,  sino  en  cuanto  formuló  conclusiones  de  las  cuales abiertamente  disiente.   

          En  este  punto,  sin  relación  lejana  siquiera  con  el desatino  invocado,  el  libelista  descalifica  la  mención  que  se  hizo de Bustamante  Fernández  como  escolta  de  la  víctima  con apoyo en la versión de algunos  deponentes.  Pero  además,  por  idéntico  sendero  argumentativo  y en franca  divergencia  con  el  juzgador  ad  quem,  presenta  su  tesis personal sobre la  intervención  del  citado  Bustamante  Fernández  en  el episodio de trágicos  resultados,  de  quien  afirma  no  disparó  contra  Jesús Gildardo, padre del  acriminado,  según  coligió  el  ad  quem  en el fallo recurrido; y asegura en  forma  escueta,  finalmente,  que  no  es cierto que el sindicado respondiera la  agresión  de aquél con arma de idéntica marca y calibre, pasando por alto que  aún  en el evento de contrariar tal aseveración en forma estricta el contenido  de  las  pruebas,  la  misma  no  estructuraría el dislate alegado, ni tendría  trascendencia  frente  a  la  agresión  frente a la cual se coligió en segunda  instancia    que    reaccionó    legítimamente   el   procesado   SIERRA PÉREZ.   

          5.   En los acápites siguientes las impropiedades técnicas se  extreman,    pues    el    demandante    echa    de    menos   un   “análisis  técnico  o científico de las pruebas”,  al  parecer  con  la  pretensión  de  orientar  el  reproche  en  dirección  al  falso  raciocinio,  pero  también aquí el ataque se sume en el  mero   enunciado   al  derivar  el  desatino,  no  del  desconocimiento  de  los  parámetros  de  la  sana  crítica, sino de la exigua credibilidad que desde su  interesada  perspectiva ofrecen los testimonios de Jorge Alberto Pérez Giraldo,  Olga  de  las  Misericordias  Londoño  Peña,  José Milagros Carvajal Agudelo,  Carlos  Alberto  Sierra  Betancur  y  José  María  Lopera, bien por haber sido  ofrecidos  por  el  defensor,  ora  como  consecuencia  de  la relación de  parentesco  de  la  segunda  con  Julio  César  Londoño  Peña,  con  quien se  originaron  las  diferencias  con  el  occiso, o finalmente, ante las abstractas  contradicciones  que  predica entre sus dichos, que califica además de resultar  ostensibles y abismales.   

          A  continuación,  respecto  del  testimonio  de  la citada Londoño  Peña  entremezcla  antitécnicamente y de manera contradictoria la insinuación  de  haberse  incurrido  en  un falso juicio de identidad, pues según afirma, el  Tribunal  coligió que la bala disparada por Bustamante Fernández contra Jesús  Gildardo  rozó  el  cuerpo  de  la  mencionada  deponente,  cuando esta última  aseguró  tan  sólo  que  el proyectil pasó cerca.  Además, el libelista  tampoco  le  atribuye trascendencia al yerro así denunciado frente a una prueba  cuya  credibilidad  en  todo  caso  había  cuestionado  en  las argumentaciones  anteriores.   

          Más  aún,  el propio impugnante reconoce que con los reparos   precedentes  se  desvía  hacía  alegaciones  propias  de  las  instancias, que  “corresponden  a  meras  apreciaciones probatorias,  las  cuales  no  pueden  ser  alegadas en casación”,  pero  que formula “simplemente para demostrar que se  les   brindó   credibilidad   a   los   testimonios  que  adolecen  de  mayores  fallas”,   revelando  entonces  con  desparpajo  la  pretensión  de  obtener  de  la  Corte  un  control  de  instancia frente a las  conclusiones probatorias del Tribunal.   

          6.   En el reparo final de la demanda, el casacionista adujo en  forma  genérica  que el ad quem ignoró la existencia de pruebas,  dislate  que  concreta  de  manera ejemplificativa, según advierte, en las declaraciones  de José María Lopera Arroyave y Bustamante Fernández.   

          Frente  a  este  reproche  sea  lo  primero  indicar, que si bien el  Tribunal  omitió  considerar  la  versión juramentada de Lopera Arroyave, pues  ninguna  mención  expresa  verifica  en  relación con tal testigo, no es menos  cierto  que  el demandante se limitó a extrañar su análisis en la sentencia y  a  reseñar  el  contenido  de  su  versión,  sin demostrar cómo su testimonio  determinaba   una   conclusión   distinta  a  las  esbozadas  por  el  Tribunal  tratándose  de  la  ubicación  de  la  víctima  en  el momento de recibir los  disparos  que ocasionaron su muerte, sustentadas en medios de persuasión que el  actor  ningún  esfuerzo  realizó  con  miras a infirmar.  Así las cosas,  entonces,  prescindió  de   acreditar  la  trascendencia  de  tal desatino  frente   a  la  declaración  de  justicia  contenida  en  el  fallo  impugnado.   

          No  sobra  añadir  en  este  punto,  que  si  bien  Lopera Arroyave  atestiguó  que  cuando acudió a brindarle ayuda al ofendido este se encontraba  en  el  interior del vehículo de su propiedad, en el que se desplazó junto con  Bustamante  Fernández  al  centro  asistencial  de la localidad, respecto de la  ubicación  de  los  protagonistas  del  suceso en el específico momento de los  disparos,  el  Tribunal  razonó en los siguientes términos con cimiento en los  restantes  medios  de  prueba,  que  en  todo caso no riñen con la versión del  primero:   

“El  proyectil  que  entró a la boca del  interfecto  fue  de frente y con una trayectoria de abajo hacia arriba, de donde  deviene,  que  el  señor Aicardo se estaba subiendo al campero o que el acusado  estaba  en posición acostado para disparar.  Lo último se descarta porque  ningún  testigo presencial lo afirmó, quedando válido el primer presupuesto y  descontando  la  agravante deducida en el pliego de cargo.  Aicardo vio que  le  iban  a  disparar  y por eso corrió a subirse al carro y eso se explica con  los  orificios  de  entrada  ubicados  en  su  maxilar izquierdo y en la región  lateral  izquierda  del  cuello  y  los daños causados al vehículo en la parte  trasera   derecha.    El  acusado  disparó  de  frente…”  (f. 404, cd. 1).   

          En  este  orden  de  ideas,  el  ataque  revela  una  vez  más y de  trasfondo,  la  pretensión  del demandante de oponer su tesis personal sobre la  forma  como  ocurrieron  los hechos a la del fallador ad quem, alegación propia  de  las  instancias  y  ajena  al  recurso  extraordinario,  donde  la sentencia  impugnada  arriba, insiste la Sala, amparada por la doble presunción de acierto  y legalidad.   

          Finalmente,  tratándose  del  deponente  Bustamante  Fernández, en  desarmonía  con el postulado del cual parte, el actor admite en últimas que la  prueba  si  fue valorada por el Tribunal, empero sin considerar su relato cuando  afirmó  que  disparó  el  arma luego que lo hiciera el acriminado SIERRA  PÉREZ.   Por  lo  tanto, con  detrimento  de  la  claridad y precisión de la propuesta, el recurrente plantea  en  forma  contradictoria respecto de este medio de prueba, que fue por completo  marginado  en  el  fallo atacado y a la vez, que su estimación se verificó con  cercenamiento  de  su  contenido  fáctico,  esto  es,  arguyó  dos expresiones  incompatibles del error de hecho.   

          Adicionalmente,  la crítica del impugnante no consulta la realidad,  pues  el  Juzgador  ad quem sí atendió su versión sobre los hechos, sólo que  la  descartó  con  apoyo  en  los  testimonios de Amado de Jesús Ruiz Vargas y  José Darío Tobón.   

          En  los  términos  esbozados el cargo no sale avante, por lo tanto,  la  sentencia  impugnada  no se casará mediante esta providencia, sustraída de  todo recurso.   

          En  mérito  de  lo  expuesto  la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación  Penal,  de acuerdo con el Ministerio Público, administrando justicia  en     nombre     de     la     República     y    por    autoridad    de    la  Ley,                

RESUELVE  

          NO   CASAR   la   sentencia   absolutoria  impugnada.   

          Cópiese,  comuníquese y devuélvase el  expediente al Tribunal de origen.  Cúmplase,   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                              JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS            CARLOS A.  GÁLVEZ ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO              ÉDGAR  LOMBANA    TRUJILLO                       

CARLOS   E.   MEJÍA  ESCOBAR                              NILSON    E.    PINILLA  PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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