11281(26-06-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 11281  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE E. CÓRDOBA  POVEDA   

Aprobado acta N° 67  

Bogotá,  D. C., veintiséis (26) de junio de  dos mil dos (2002).   

V I S T O S  

Decide  la  Corte  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  el  defensor  del  procesado  JHONNY  BONILLA  RAMÍREZ contra la sentencia proferida por el  Tribunal  Superior  de  Bogotá, el 24 de agosto de 1995, en la que al confirmar  la  del Juzgado Séptimo Penal del Circuito de la misma ciudad, fechada el 31 de  mayo  del mismo año, lo condenó a la pena principal de 25 años de prisión, a  la  accesoria  de  rigor  y  al  pago de los daños y perjuicios, como autor del  delito de homicidio.   

H    E    C   H   O  S   

El   juzgador   de  segunda  instancia  los  sintetizó, así:   

“En las primeras  horas  del  9  de  mayo  de 1994, en la carrera 48, diagonal al 40-71 sur, ELVER  ALEXANDER  PULIDO VILORIA fue herido de disparo de arma de fuego en la frente, a  consecuencia de lo cual falleció en el mismo sitio.   

“GERARDO  PEÑA  AZCÁRATE,  presente  al  momento  de  los  hechos,  inculpó  a su amigo JHONNY  BONILLA  RAMÍREZ, por lo cual la Fiscalía libró orden de captura en su contra  y,  a  las  3  y  20  p.m. del 31 de mayo de 1994, se retuvo en el aeropuerto El  Dorado,   al   regresar  de  cumplir  una  comisión  como  investigador  de  la  Fiscalía”.   

ACTUACIÓN    PROCESAL   

Practicada la diligencia de levantamiento del  cadáver  y  allegadas  unas  pruebas decretadas en la investigación previa, la  Fiscalía  317 de la Unidad Especializada de Antisecuestro Simple de Bogotá, el  19    de   mayo   de   1994,   profirió   resolución   de   apertura   de   la  instrucción.   

Escuchado  en  indagatoria  Jhonny  Bonilla  Ramírez,  la  Fiscal  93  de la Unidad Primera de Vida, Grupo Uno de Bogotá, a  quien   se   le  reasignó  el  diligenciamiento,  le  resolvió  la  situación  jurídica,  el  3  de junio siguiente, con medida de aseguramiento de detención  preventiva, por el delito de homicidio.   

Practicados varios medios de prueba, el 19 de  agosto  de  1994,  se  clausuró  la  investigación  y,  el  23  de  septiembre  siguiente,  se calificó el mérito del sumario con resolución de acusación en  contra  de  Jhonny  Bonilla Ramírez, por el delito de homicidio, decisión que,  en  virtud del recurso de apelación interpuesto por su defensor, fue confirmada  por  la Unidad de Fiscalía Delegada ante los Tribunales Superiores de Bogotá y  Cundinamarca, el 21 de noviembre de dicho año.    

La  etapa  de  la  causa  le correspondió al  Juzgado  Séptimo  Penal del Circuito de Bogotá que, luego adelantar el juicio,  dictó  sentencia, el 31 de mayo de 1995, en la que condenó al procesado Jhonny  Bonilla  Ramírez a la pena principal de 25 años de prisión, a la accesoria de  rigor  y  al  pago  de  los  daños  y  perjuicios,  como  autor  del  delito de  homicidio.   

Apelado el fallo por el procesado, el Tribunal  Superior  de  Bogotá,  al  desatar  el  recurso,  el  24  de agosto de 1995, lo  confirmó integralmente.   

LA      DEMANDA      DE   CASACIÓN   

El     defensor     del   acusado,   al   amparo  del  cuerpo  segundo  de  la causal primera de  casación, presenta dos cargos, los que se sintetizan, así:    

Primer  cargo   

Acusa al Tribunal de haber violado, de manera  indirecta,  la  ley  sustancial,  por  errores de hecho en la apreciación de la  prueba,   “vulnerando   con  ello  las  normas  de  carácter  probatorio  contempladas  en  los artículos 246, 247, 254, 294, 300,  301,  302  y  303  del  C.  de  P.  Penal,  que  llevaron  al fallador a aplicar  indebidamente   los   artículos   5°,  29,  numeral  3°,  36  y  323  del  C.  Penal”.   

Afirma que la falsa apreciación de la prueba  comenzó   “cuando  omite  pronunciarse  sobre  la  existencia  jurídica de la misma. El artículo 247 del C. de P. Penal exige que  para  que  pueda  proferirse  sentencia  condenatoria  es  indispensable que las  pruebas  que  obren  en  el  proceso, además de ser plenas y completas sobre la  responsabilidad     del     procesado,    deben    haber    sido    LEGALMENTE   producidas   dentro   del  proceso,     esto     es,     CON     LA     PLENA  OBSERVANCIA  de  las  formalidades  que  la ley suele  señalar para su recepción”.   

Después de reiterar lo anterior, asevera que  lo  expuesto  cobra  mayor  fuerza  con  la  incriminación que el testigo Peña  Azcárate  hace  al  Subteniente Henry Leguizamón Cruz de haberlo constreñido,  toda  vez  que  lo  amenazó  de  muerte  y con promesas de dádivas como ropa y  sustancias  estupefacientes,  aprovechándose  de su indigencia, logrando de esa  manera que le hiciera cargos al procesado.   

Manifiesta  que  la errónea apreciación del  citado  testimonio  se  concreta  cuando  el  juzgador  omite su apreciación en  conjunto  con  las  declaraciones  del  citado oficial, del Sargento Viceprimero  Alcibíades    Cerinza    y   del   agente   Armando   Muñoz,   “personas  que  conjuntamente con la Fiscalía y con el fallador dan  fe   de   la  presencia  del  oficial  Leguizamón  Cruz  en  cada  una  de  las  declaraciones  rendidas  ante  los  respectivos  despachos  judiciales por Peña  Azcárate,  salvo  en  la  que  incrimina  al  oficial  Leguizamón  de  haberlo  constreñido      ilegalmente     bajo     amenaza     de     muerte”.   

Agrega:  

“La  evidente  proximidad  del  Oficial de Policía Henry Leguizamón Cruz con el testigo en el  momento  del  testimonio  incriminatorio,  es  por  si solo un grave indicio del  constreñimiento ilegal que dice Peña Azcárate haber sufrido.   

“Igualmente, se  refleja  en  estos  testimonios el pago de dádivas como ropa y de la entrega de  sustancias  famacodependientes y el final exilio en la localidad de Soacha dados  por  el  Oficial  Leguizamón,  a  cambio  de  los  testimonios  vertidos por el  indigente  Peña  Azcárate  para  incriminar  a  mi  defendido  Jhonny  Bonilla  Ramírez”.   

Por tal motivo, afirma que la declaración de  Peña  Azcárate  no  puede  ser  valorada  como prueba de cargo en contra de su  procurado,  ya  que  las  características  del  mismo  no  son  de  una persona  altruista  que  desee  colaborar con la justicia y, menos, que declare en contra  de  quien dice ser su amigo, lo que implica que su testimonio esté manchado por  una sombra de duda y de sospecha.   

Arguye  que su defendido, desde el 31 de mayo  de  1994,  trató  de  recolectar  la declaración de una tercera persona que se  encontraba  en  el  lugar  de  los hechos, “habiendo  logrado  el  cometido en la última sesión de la audiencia pública, el testigo  se   identificó   como   JAIME   NELSON   CARDOZO  HERNÁNDEZ,  quien  con  las  formalidades,  bajo  la  gravedad  del  juramento,  afirmó que el arma de fuego  hechiza  sí  existió y que el sindicado se defendió después del aleve ataque  por  parte  del  hoy  occiso ALEXANDER PULIDO VILORIA, no existiendo a contrario  sensu  elementos  de juicio de ninguna naturaleza para desestimar por sospechoso  el testimonio de CARDOZO HERNÁNDEZ”.   

Además,  advierte  que  no  se  comprobó,  mediante   dictamen   médico   legal  el  “uso  de  razón”  de Peña Azcárate, máxime cuando se trata  de  una persona adicta a las drogas y de vida en las calles. Igualmente, tampoco  se estableció el estado de sus sentidos para percibir las cosas.   

Concluye  que  merecen mayor credibilidad las  explicaciones  dadas por su defendido, debiéndose desestimar la declaración de  Peña Azcárate y, por ende, reconocer su confesión calificada.   

Finalmente,  reitera  la transgresión de las  normas inicialmente citadas.   

Segundo  cargo   

Acusa  al  Tribunal de haber transgredido los  artículos  “246, 247, 254 y 298 del C. de P. Penal,  lo  que  lo  conllevó  a violar los artículos 29, numeral 3°, 36 y 323 del C.  Penal,  por  apreciación  errónea  de  la  prueba de confesión calificada del  procesado  JHONNY  BONILLA  RAMÍREZ  a  consecuencia  de  la  cual  se le negó  reconocerle   la  legítima  defensa  alegada  desde  el  momento  mismo  de  su  diligencia  de  indagatoria  que  aparece  a  folios  46  a 55 del C. O., y a lo  manifestado  durante  el  interrogatorio  que  le  fue hecho en la diligencia de  audiencia pública”.   

En  lo  que  llamó  demostración del cargo,  asevera  que  con  el  testimonio  del  agente de tránsito Jaime Nelson Cardozo  fueran  establecidas  las  circunstancias  antecedentes  y  concomitantes de los  hechos,  avalando  las  explicaciones  dadas  por  el  acusado,  “en  el  sentido  de  que  el  occiso ELVER ALEXANDER PULIDO VILORIA  pretendió   atracarlo,   habiendo  mi  defendido  repelido  el  injusto  ataque  disparando    su    arma    de    fuego    de    dotación   oficial”.   

Dice  que  el  sentenciador  “sin  ninguna  argumentación  dentro  de  los postulados de la sana  crítica,  le  restó  toda  credibilidad  al testigo Nelson Cardozo”,  sin  atender  que  la declaración provenía de un funcionario  público,  cuya  honorabilidad no está en duda, además de que es armónica con  el dicho de Bonilla.   

Acota:  

“Argumenta  el  fallador  que  por  el hecho que el disparo no fuera hecho a una mayor distancia  de  10 centímetros, los hechos no se pudieron realizar en la forma expuesta por  mi  defendido,  olvidando que precisamente el atracador busca el contacto con la  víctima  para ponerla en imposibilidad de resistir, lo cual explica el por qué  el disparo fue a boca de jarro.   

“Tampoco tuvo en  cuenta  el  fallador  en  la  sentencia, la diferencia de estaturas que existió  entre  el  occiso  y  mi  defendido,  razón por la cual el movimiento realizado  instintivamente  por  mi defendido, colocó el arma en la frente del occiso, por  cuanto  que por su profesión de escolta, está entrenado para reaccionar en esa  forma.   

“Aun en el evento  que  se  quisiera pensar que un arma hechiza no es idónea para matar y provocar  tan  radical  reacción,  se  puede  predicar  que  en el caso de análisis, nos  encontramos  ante  una  defensa  subjetiva  o  putativa. Por ser el procesado un  funcionario  de Policía Judicial, con misiones en el campo del Orden Público y  de  la  Justicia  Regional, el cual tiene ya una predisposición para reaccionar  contra  el  peligro,  predisposición  que  se  magnifica  con el miedo. Así lo  determinó  el reconocimiento psiquiátrico que se le practicó al expresar que:  ‘aunque  el  trabajo que  desarrollaba  hasta  su  detención es riesgoso, el entrevistado ha asumido esta  realidad  y  la  respuesta  de  alerta  y  de  reacción  rápida  se consideran  adecuadas para su miedo”.   

Anota que respecto al último evento declaró  en   idéntico   sentido  el  señor  Luis  Alfonso  Amaya  Vallarino,  superior  jerárquico  de  su  defendido, lo que respalda con la copia de fragmentos de la  misma.   

Concluye  que  la falta de apreciación de la  confesión  del  procesado,  la que está corroborada con el testimonio de Jaime  Nelson  Cardozo,  llevó  al juzgador a que desestimara la legítima defensa, la  que debe ser reconocida por la Sala.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar la  sentencia  y,  por  ende,  dictar  la  de  reemplazo,  ordenando la libertad del  acusado.   

CONCEPTO DEL PROCURADOR  

SEGUNDO DELEGADO EN LO PENAL  

Primer  cargo   

Conceptúa  que la censura adolece de errores  de  técnica  que dan al traste con la misma, pues el censor omitió identificar  el falso juicio que determinó el error de hecho acusado.   

Así mismo, que después de enunciar el cargo  por  violación  indirecta  por  errores  de hecho, se desvía hacia el error de  derecho   por  falso  juicio  de  legalidad,  cuando  afirma  que  las  primeras  declaraciones  de  Peña  Azcárate  se cumplieron sin los requisitos necesarios  para darle vida jurídica.   

Luego  de  explicar  las diferencias entre el  error  de  hecho  y el de derecho, afirma que no existe ninguna ilegalidad en la  declaración  del  citado  ciudadano,  “ni  que los  funcionarios  recepcionantes  hubieran  ejercido  presión  y/o constreñimiento  afectando  la libertad y/o la espontaneidad del testimoniante. Además, téngase  en  cuenta que la práctica de la recepción que se efectuara el 20 de mayo, fue  debidamente   decretada   en   resolución   que  obra  a  folio  30”,    por    lo   que   la   pretendida   ilegalidad   carece   de  fundamento.   

Advierte que la declaración que rindió Peña  Azcárate  en  la  diligencia  de  audiencia  pública, en el sentido de que fue  presionado   para  testificar  en  unos  precisos  términos  por  amenazas  del  Subteniente   Leguizamón,  “en  rigor  probatorio,  antes  que  decantar  ilegalidad en cuanto a dicha prueba, lo que traduce es una  retractación,  o  contravía  testimonial  y,  por  ende,  la censura no podía  avocarse  por  supuesta  ilegalidad,  de que trata el error de derecho por falso  juicio  de  legalidad, como quiera que se trata de contraposición de contenidos  probatorio testimoniales”.   

También anota que el reproche se desvía, de  manera  tímida, hacia el falso juicio de existencia por omisión, cuando afirma  que  el  sentenciador omitió apreciar los testimonios del oficial Leguizamón y  del   Sargento   Viceprimero   Alcibiades   Cerinza,   el   que   deja   en   el  enunciado.   

En síntesis, conceptúa que el demandante se  ocupa  de  diversas  discusiones  que  no  compaginan con el ataque propuesto y,  menos,  demuestra  la incidencia del yerro denunciando, sin olvidar que también  se  adentra  en  asuntos propios de la tasación probatoria que no son de recibo  en   esta   sede,  por  lo  que  considera  que  la  Corte  debe  desestimar  el  cargo.   

Segundo  cargo   

Dice que el censor guardó silencio respecto a  la  clase  de error y al falso juicio que lo determinó, apartándose así de la  técnica  que  rige la casación. Así mismo, omitió singularizar el sentido de  la   violación  de  la  ley  sustancial,  yerros  que  dan  al  traste  con  el  cargo.   

Igualmente,  resalta  la falta de claridad en  sus  argumentos  cuando  solicita  que  se  reconozca  la  legítima  defensa al  procesado,  citando  como norma transgredida el numeral 3° del artículo 29 del  C.  Penal,  dándole  contenido  similar  a  la  legítima  defensa putativa que  consagra el artículo 40 del mismo estatuto.   

Finalmente, acota que la labor demostrativa de  la  censura  la centró en emitir personales criterios en torno a la valoración  de la prueba, anteponiéndolos a los del sentenciador.   

En consecuencia, sugiere a la Sala no casar el  fallo.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

Primer  cargo   

1.  El defensor acusa al  Tribunal  de  haber violado, de manera indirecta, la ley sustancial, por errores  de  hecho en la apreciación de la prueba, los que, a su juicio, condujeron a la  transgresión  de  los artículos 246, 247, 254, 294, 300, 301, 302 y 303 del C.  de    P.    Penal    y    a    la    “aplicación      indebida”  de  los artículos 5°, 29, numeral 3°, 36 y 323 del C. Penal,  vigente para la época.   

2. Esta censura adolece de  insalvables   desatinos  técnicos  que  la  condenan   al  fracaso,  así:   

2.1.  No distingue entre  preceptos  sustanciales  y  procesales, pues los entremezcla, ni dice, si lo que  pretende  es  la  absolución  del  procesado  por  haber  actuado  en legítima  defensa,  porqué  considera  que  fue indebidamente aplicado el numeral 5° del  artículo  29  del  Código  Penal  de 19801.   

2.2. No señala cuál fue  el  falso juicio que determinó el error de hecho que denuncia, si de existencia  o  identidad,  o  si  se  debió  a  un  falso  raciocinio, al haber el Tribunal  conculcado  ostensiblemente,  al  valorar  la  prueba, los postulados de la sana  crítica.   

2.3. En el desarrollo del  reparo,  en  forma  incoherente,  se desvía hacia el error de derecho por falso  juicio  de  legalidad,  cuando  asevera  que  el  testimonio  de  Gerardo  Peña  Azcárate,  no  ha  debido ser apreciado por el juzgador, al haber sido recibido  sin  la  “plena observancia  de    las    formalidades    que    la    ley    suele    reseñar    para    su  recepción”.   

Sin  embargo,  tampoco  demuestra que se haya  incurrido  en  esta segunda clase de dislate, sino que lo que pretende es que se  crea  la  retractación del testigo, cuando en la audiencia pública sostuvo que  había  sido presionado por el Teniente Leguizamón, de palabra y de hecho, para  que  incriminara a Bonilla Ramírez, sin percatarse que creerle a una versión y  no  creerle  a  otra,  no configura desatino demandable en casación, dentro del  método  de  la  persuasión  racional que nos rige, en el que el juzgador tiene  libertad  para  valorar  la prueba, sólo limitada por los postulados de la sana  crítica,  cuya vulneración debe demostrarse por la vía del error de hecho por  falso raciocinio, senda que no emprendió el casacionista.   

En consecuencia, todo el discurso lo reduce el  censor,  no  a  demostrar  el  error de hecho que proclama y su incidencia en el  parte  conclusiva  del  fallo,  sino  a  oponerse,  al  estilo  de un alegato de  instancia,  al  mérito  conferido  a  la  versión  de  Peña Azcárate, cuando  atestiguó  que  el  procesado  había  dado  muerte  a la víctima, sin ningún  motivo,  y   negada  a  la  del  procesado  y a la del testigo Jaime Nelson  Cardozo  Hernández,  en  el  sentido  de  que actuó en legítima defensa de su  vida,  desconociendo,  como ya se dijo, que esa discrepancia no constituye yerro  demandable en casación.   

Ahora  bien,  si  lo  pretendido  era  que al  valorar  los  citados  medios de convicción, se conculcaran manifiestamente los  postulados   de  la  sana  crítica,  ha  debido  orientar  el  reparo  por  los  lineamientos  del  error  de hecho por falso raciocinio e indicar cuáles fueron  las  leyes  de  la  ciencia,  los  principios  de  la lógica o las reglas de la  experiencia  común  manifiestamente  quebrantados,  de  qué manera lo fueron y  cómo  ese  vicio  llevó  al  Tribunal a declarar una verdad distinta de la que  revela el proceso.   

Por  las  razones  expuestas,  el  cargo  no  prospera.   

Segundo  cargo   

1. El censor acusa al ad  quem  de  haber  transgredido  los  artículos  246, 247, 254 y 298 del C. de P.  Penal,  lo  que  condujo a que también se vulneraran los artículos 29, numeral  3°,  36  y  323  del  C.  Penal,  por  la  apreciación errada de la confesión  calificada  vertida  por  el  procesado  en la diligencia de indagatoria y en la  audiencia pública.   

2.  La  censura  ostenta  esenciales  desatinos  técnicos  que la condenan al fracaso e impiden cualquier  pronunciamiento de fondo, así:   

2.1. No señaló la vía  de  vulneración  de  la  ley sustancial, esto es, si lo fue de manera directa o  indirecta.  Dentro  del  entendido  de que se trata de la segunda, pues ataca la  prueba,  tampoco  precisó la naturaleza del error en que el fallador incurrió,  si    de    hecho    o    de    derecho,    ni    el   falso   juicio   que   lo  determinó.   

2.2.  No distingue entre  normas  sustanciales  y  procesales,  pues  las  cita indiscriminadamente, y con  relación  a  aquéllas  no  dice  cuál  fue el sentido del quebrantamiento, es  decir,   si  fueron  infringidas por falta de aplicación o por aplicación  indebida.   

2.3.   Desconoce   el  principio  de  no  contradicción, no sólo cuando primero cuestiona al Tribunal  por  haberle  negado  credibilidad  a  la  versión  del  procesado,  para luego  asegurar  que  su  dicho  no fue apreciado, sino cuando reclama, al interior del  mismo   reproche,   que   aquél   actuó   en   legítima  defensa  objetiva  y  subjetiva.   

2.4.  Al igual que en la  censura  anterior,  la  disertación  la  dedica  a  oponerse  al mérito que el  Tribunal  le  confirió  a  la  versión  de  Peña Azcarate y le negó a la del  procesado  y  a  la  del  testigo  Cardozo Hernández, sin caer en la cuenta que  creer  unas versiones y no creer otras, no constituye per se vicio demandable en  casación,  dentro del sistema de la persuasión racional que nos rige, y que el  criterio  del  fallador  prevalece, por llegar la sentencia a esta sede amparada  por la doble presunción de acierto y legalidad.   

Por   las  anteriores  razones, el cargo no prospera.   

Acotación  final   

En  lo  que  hace  relación  al principio de  favorabilidad,  por  razón del tránsito de legislación, toda vez que el 25 de  julio  de  2001  entró  en  vigencia  la  Ley  599 de 2000, mediante la cual se  expidió  el  nuevo  Código  Penal,  su  análisis  le  corresponde  al juez de  ejecución  de  penas  y  medidas  de  seguridad, al tenor de lo dispuesto en el  numeral  7°  del artículo 79 del nuevo Código de Procedimiento Penal (Ley 600  de 2000).   

En   mérito    de   lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA     DE     CASACIÓN     PENAL    administrando  justicia  en  nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

R   E   S  U  E  L  V  E   

NO CASAR la sentencia  recurrida.   

Contra  esta  decisión  no  procede  ningún  recurso.   

Cópiese, comuníquese  y devuélvase al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA  RIPOLL                            JORGE   E.  CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN   GALAN   CASTELLANOS                        CARLOS  AUGUSTO  GÁLVEZ ARGOTE                                

JORGE  ANIBAL  GÓMEZ  GALLEGO                                 EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO                                     

CARLOS   E.   MEJIA   ESCOBAR                                          NILSON E. PINILLA PINILLA   

No hay firma  

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

                                                       Secretaria     

1  Aunque  el  libelista  menciona  el  numeral 3°, del  texto de la demanda se desprende que se trató de un lapsus     

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