11038(31-01-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 11038  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta No. 09  

          Bogotá, D.C., treinta y uno de enero de dos mil dos.   

VISTOS  

             

Revisa  la  Corte  en  sede  de casación la  sentencia  de  segundo  grado del 12 de junio de 1995, proferida por el Tribunal  Superior  de  Bucaramanga  por  medio de la cual revocó el fallo dictado por el  Juzgado  1º  Penal del Circuito de la misma ciudad el 8 de marzo del mismo año  condenando  a  LUIS  ANTONIO  PRADA  ANAYA  a  la pena principal de 25 años de prisión como autor del delito  de   homicidio,   y   en  su  lugar  lo  absolvió  de  los  cargos.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

         

Los  sucesos  materia de juzgamiento en este  proceso  tuvieron  ocurrencia en horas de la tarde del 6 de marzo de 1994, en la  tienda   de  propiedad  de  Vicente  Prada  ubicada  en el perímetro urbano de la población de Molagavita en  la  provincia de García Rovira, a donde arribaron LUIS  ANTONIO   PRADA   ANAYA   y  su  hermano  Víctor       Julio;      Lucas  Hernández,  sus hijos Silvino  y Pedro  Antonio  Hernández  Grimaldos  y  la esposa de éste.   

Silvino     Hernández    ofreció   una   cerveza  a  Luis  Antonio  Prada  y  lo  invitó a salir del sitio para tratar un  asunto.  Fuera   del  lugar,  Silvino   reclamó   a   Prada  Anaya  por  los  rumores  que  había oído en el sentido de que éste lo  pensaba   matar,   hecho   que  generó  una  discusión  acalorada  en  la  que  intervinieron  los parientes de los enfrentados generándose una riña de la que  resultó  muerto  Pedro  Antonio  Hernández Grimaldos  y   con   algunas  heridas  su  hermano  Silvino.   

Los  hermanos PRADA  huyeron  del  lugar,  pero  al  día siguiente Víctor  Julio  se  presentó  voluntariamente  ante la Inspección de policía del lugar  siendo  escuchado  en  Indagatoria por el Juzgado Promiscuo municipal de Málaga  autoridad que dispuso su inmediata libertad.   

El  8  de  marzo  de  1994  hizo  lo  propio  LUIS      ANTONIO      PRADA     ANAYA   ante  el  Fiscal  Seccional  de  Málaga,  autoridad  que lo  vinculó  mediante indagatoria y le resolvió situación jurídica el dieciséis  siguiente  con medida de aseguramiento de detención preventiva sin beneficio de  excarcelación por el delito de homicidio.   

Mediante providencia de fecha 21 de junio de  1994,  la  Fiscalía profirió resolución de acusación en contra del procesado  LUIS  ANTONIO PRADA ANAYA por  el  mismo delito de homicidio simple, al tiempo que precluyó la instrucción en  contra   de   su   hermano  Víctor  Julio.   

          Una  vez celebrada la vista pública, el  8 de marzo de 1995 el  Juez  de  conocimiento  condenó al procesado a la pena principal de 25 años de  prisión  por  el  delito  de  homicidio,  decisión que al ser impugnada por el  defensor,  revocó en todas sus partes la Sala mayoritaria del Tribunal Superior  de Bucaramanga.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

          Bajo  un único cargo al amparo de la causal primera cuerpo segundo,  el  apoderado  de  la  parte  civil  acusa  la sentencia de segunda instancia de  violar  en  forma indirecta la ley sustancial por error de hecho en la modalidad  de  un   falso  juicio  de  identidad, como consecuencia del sentido que el  tribunal  dio  a la prueba, que lo llevó a invocar la duda para dar aplicación  al   artículo  445  del  anterior  Código  de  Procedimiento  Penal,  violando  consecuentemente  los  artículos  247  del mismo estatuto procesal y el 323 del  Código  Penal  de 1980 modificado por el artículo 29 de la ley 40 de 1993, que  dejó de aplicar.   

          De  cara  al  desarrollo del cargo inicia señalando que el Tribunal  dio  a  la  prueba  un alcance objetivo diferente al que realmente demuestra, lo  cual  pone  en  evidencia  que  la sentencia tuvo como fundamento  un hecho  desfigurado en sus dimensiones objetivas.   

          Aunque  el ad quem  acepta   que   la   autoría  del  homicidio  radica  en  cabeza  del  procesado  LUIS  ANTONIO  PRADA  ANAYA,  invoca   erradamente  una  causal  de  justificación  -legitima  defensa-   sustentada   en  la  duda,  conclusión  a  la  cual  arriba  al  no  dar  plena  credibilidad    a    los    testigos   presenciales   del   hecho   Lucas   Evangelista   Hernández,   Silvino   Hernández   Grimaldo,  Mercedelma   Ochoa   de   Hernández   y   Saúl  Darío  Hernández.   

          El  cuchillo  encontrado  por  la  señora  Inspectora  de Policía,  “no  deja duda probatoria que perteneciera a Víctor  Julio   Prada   Anaya”,  puesto  que  en  ello  son  concordantes  los  testimonios  de  Lucas  Evangelista  Hernández,   Mercedelma  Ochoa  de  Hernández  y  el  menor     Saúl    Darío    Hernández.  En  este  aspecto se equivoca el Tribunal toda vez que el primero  de  los  citados  afirma  sin  quebrantamiento  de  la  verdad que entre los dos  hermanos  PRADA  ANAYA  “apuñalearon a su hijo, pero  quien  lo mató fue LUIS ANTONIO”. Aunque el juzgador  de  segunda  instancia fija la hipótesis que el cuchillo de marras pudo ser del  hoy   occiso   Pedro   Antonio  Hernández  Grimaldos  o     de     Víctor  Julio,     ello     en     nada     “deslegitíma  la  presencia  del occiso en socorro de su hermano que  se     encontraba     en     inminente     peligro     de     muerte”   

Los  testigos Lucas  Evangelista   Hernández,  Silvino  Hernández  Grimaldo,  Mercedelma  Ochoa  de  Hernández   y   Saúl   Darío  Hernández  describen  suficientemente  las  circunstancias  de modo y lugar de los acontecimientos, de  cuyos   textos   hace  abundante  resumen  para  demostrar  que  los  hechos  se  desarrollaron  en  una  “riña imprevista”,   aspecto   que   no   obstante   su  claridad  desconoció  el  Tribunal.   

Agrega  que  doctrina  y  jurisprudencia  ha  confluido   en   sostener   que   el  reconocimiento  de  la  legítima  defensa  “debe  ser  nítida,  clara, transparente, impoluta,  queriendo  significar  que  no  debe haber ninguna causa que la perturbe, porque  existiendo  tales elementos perturbadores no puede ser reconocida ni objetiva ni  subjetivamente”.   

          En  relación  con las contradicciones que se puedan presentar entre  uno  y  otros  testigos  son  de  carácter  secundario, provienen del estado de  alicoramiento  en  que  se  hallaban  los  comprometidos  en  la pelea, y de los  “impactos   sensoriales  súbitos   que   emergieron  de  forma  imprevista  y  espontánea  conduciendo  por  su  mismo  carácter  a imprecisiones en detalles  considerados como de carácter mínimo”.   

                     

          Pero  lo  esencial  es que hubo un encuentro de golpes y de cruce de  voces   ofensivas   y   de  carácter  singular  que  desdibujan  la  causal  de  justificación  invocada  por  el  procesado  en  su indagatoria. Por inferencia  lógica  es  muy  difícil  que  los  comprometidos  en  una  riña en estado de  alicoramiento,  puedan retener circunstancias accesorias, pero ello no es óbice  para  desentrañar  del dicho de los testigos presenciales la verdad histórica.  “En   toda   investigación   y   en   todo   hecho  especialmente  de  sangre  jamás  encuentra  uno que los deponentes declaren en  forma  arreglada  y  ordenada  pero  por  ello  la  justicia  no  debe  dejar de  brillar”.   

          Si  de  contradicciones  se trata, ellas son protuberantes entre los  mismos   consanguíneos   LUIS  ANTONIO  y  Víctor Julio Prada Anaya, las  cuales  son  reconocidas  por  el  juzgador  de  segundo  grado  abonándoles   las  reveladas  por  Lucas  Evangelista  Hernández,      Mercedelma      Ochoa      de      Hernández      y    Silvino    Hernández    Granados,  para concluir que hay perplejidad probatoria y que por  lo  tanto  ha de absolverse por la falta de certeza. Pero las contradicciones de  los  hermanos  PRADA ANAYA no  pueden  ser  sustento  “para  dejar  de  administrar  justicia”  porque  precisamente  con  ello  buscaban  salir  airosos  en su propio beneficio. Por encima de sus falacias debe estar el  interés  de la comunidad cual es que haya un castigo ejemplar para el infractor  de  la  ley,  y  en  el  caso  presente  lo merecían porque cometieron el hecho  delictivo  y  sus explicaciones no satisfacen plenamente a la administración de  justicia.   

          A  continuación  se  dedica  a  destacar las contradicciones en que  incurren  los  citados hermanos PRADA ANAYA  para  afirmar luego que lo esencial en este proceso está probado:  LUIS  ANTONIO  PRADA ANAYA es  el  autor  material  de  la  muerte  de  Pedro Antonio  Hernández  Grimaldos,  y que éste último no portaba  cuchillo.   

          Consigna  enseguida  apartes de la sentencia en los que se plasma el  razonamiento  dirigido al reconocimiento de la duda y la decisión de revocar el  fallo  condenatorio,  insistiendo  en  que  ello se debió a la incredulidad del  Tribunal  frente  a  todos  los  deponentes  incluido  el encausado LUIS  ANTONIO  y  su  hermano Víctor  Julio,  favoreciendo con ello las  aspiraciones planteadas en su injurada por el citado procesado.   

          El  error  en  la  apreciación  de la prueba fue de tal entidad que  condujo  al  Tribunal a equivocar la parte resolutiva de la sentencia al revocar  la  condena  impuesta  en  primera instancia contra el procesado y absolverlo de  los cargos imputados.   

En   su   criterio,   los  testimonios  de  Lucas   Evangelista  Hernández,  Silvino  Hernández  Grimaldos,   Mercedelma   Ochoa  de  Hernández  y  el  menor     Saúl    Darío    Hernández,  son  veraces  y  además  están  amparados por la presunción de  acierto   en   la   medida  que  estuvieron  expectantes  del  diálogo  que  se  desarrollaba   entre   LUIS   ANTONIO   PRADA   ANAYA  y   Silvino   Hernández  Grimaldos;   se  encontraban a corta distancia de  los  protagonistas  iniciales  pudiendo  observar cada movimiento; los hechos se  desarrollaron  a  plena  luz  del  día  y  conocían  plenamente  a los citados  hermanos,  todo lo cual les permitió tener un dominio sobre el objeto observado  con  todas  sus  implicaciones fenoménicas en el mundo fáctico, circunstancias  que conducen  a afirmar que sus dichos son ciertos.   

Concluye  aseverando que con el protuberante  error  en  la  valoración  probatoria  se violaron los artículos 247 y 254 del  anterior  Código de Procedimiento Penal y en forma indirecta el 323 del Código  Penal  de  1980,  modificado por la ley 40 de 1993, que se dejó de aplicar para  condenar al procesado como autor culpable del delito de homicidio.   

En  consecuencia,  solicita  que  se case la  sentencia  y  se  de  aplicación  al  artículo  229  del  anterior  Código de  Procedimiento Penal.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PUBLICO  

El  Procurador  Tercero Delegado en lo Penal  empieza  por recordar que cuando la violación alegada en casación tiene origen  en  un  error  de  hecho  por  falso  juicio de identidad, es preciso indicar la  tergiversación  del  contenido  de  la prueba y la consiguiente distorsión del  hecho que se declaró probado.   

          En  presencia  del sistema de libre apreciación probatoria que rige  el  procedimiento  colombiano  no  tienen  cabida las alegaciones sobre el valor  probatorio  que  otorga  el juzgador a la prueba porque el sentenciador no está  atado  a  reglas  jurídicas  precisas  según las cuales su convencimiento deba  formarse con un determinado contenido.   

          La  formulación  con la que se ataca la sentencia no logra poner de  presente  el  error endilgado al Tribunal ni demostrar que los hechos declarados  como  probados  en  la  sentencia  no  se  corresponden  a  los  que  se  pueden  reconstruir  a  través  del  examen  racional  de  los  medios  de  convicción  aportados  al  expediente,  pues  si  bien  en el libelo se pretende afirmar que  algunos  testimonios  demuestran  cosas diversas a las aceptadas en el fallo, lo  cierto  es  que  los  hechos  son  aceptados  por  el  censor  quien se limita a  discrepar  de  la  importancia  que  el  sentenciador  dio a las contradicciones  testimoniales,  elemento este que incide en la credibilidad de las probanzas, no  en su contenido material.   

            Observa  que  en  el fallo impugnado se predicó reiteradamente el  estado  de  duda  que  surgió  en  el  sentenciador  respecto de algunos de los  extremos   de   la   relación  jurídico-procesal,  pero  al  mismo  tiempo  se  concretaron  aquellos  hechos  que  encuentran prueba suficiente para estimarlos  como  ciertos,  para  lo cual cita los apartes pertinentes del fallo, resaltando  los  argumentos  esgrimidos para adoptar la decisión absolutoria, basados en la  duda  que  aparece  en  el  análisis del acervo probatorio, pues al estudiar el  juzgador  los  testimonios  de  protagonistas  y testigos, no logra extractar de  ellos  elementos  que  permitieran  adquirir  certeza  no  sólo de la causal de  justificación  mencionada,  sino  también  respecto  de  la  culpabilidad  del  procesado  e  incluso,  de  las  circunstancias  que  rodearon  la comisión del  hecho.   

          Para  estas  conclusiones,  el  Tribunal  hizo  un  estudio  de  los  fenómenos  que  influyen en la percepción de los hechos y cómo pueden incidir  en  la  evocación  de los mismos llenando los vacíos con subjetividades que no  corresponden  a la realidad, siendo predominantes cuando se trata de los propios  protagonistas   del   suceso,   que   influenciados   por   el   “momento  del  susto” o por la inminencia  del    peligro    al   que   se   ven   avocados,   incurren   en   errores   de  percepción.   

          Tales  criterios  de  valoración  del testimonio indujeron a restar  credibilidad  a  los  aportados  a  la  investigación,  por  igual  a  los  que  favorecían  la  postura  procesal  del incriminado como a aquellos que podrían  fundamentar    una    imputación,    tal    como    ahora    lo    reclama   el  recurrente.   

          El   Tribunal   no   distorsionó   los  dichos  aportados  por  los  declarantes  ni  cambió el contenido de las demás pruebas aportadas, porque en  lugar  de  tergiversar  los hechos que de las probanzas se deducen, las respetó  íntegramente  y  con  tal  apego,  que  no  logró despejar las dudas que se le  presentaron  respecto  de las circunstancias en las cuales se produjo el delito,  de  la culpabilidad del acusado y de la posibilidad de que su conducta estuviera  amparada por una causal de justificación.   

          Las  aseveraciones  de  la  sentencia respecto de los relatos de los  diferentes   testigos   con   base   en  los  cuales  el  Tribunal  declaró  su  incertidumbre  y  lo  ostensible de las contradicciones, de las cuales trae cita  textual,  son  fieles  transcripciones de los textos que forman el proceso y que  el  demandante comparte en su contenido mas no así en su valoración y con ello  se  denota  que  el  a quo no  tergiversó  las  pruebas,  sino  que  estableciendo  los  puntos coincidentes y  divergentes  de  las  diferentes  narraciones, estimó que en tratándose de dos  grupos  formados  por  personas  integrantes  de  las  familias involucradas, no  existe  razón  para dar prevalencia a unas sobre las otras, pues todos pueden o  no  estar impregnados de imparcialidad y fueron la causa de la incertidumbre que  embargó su espíritu.   

          La  afirmación  categórica  del  demandante  que  sostiene  que el  cuchillo  encontrado  en  el lugar de los hechos por la inspectora que practicó  el  levantamiento  del cadáver es propiedad de Víctor  Julio  Prada Anaya, no puede entenderse tampoco como un  demostrado   error   de  la  sentencia,  la  que  sobre  el  punto  declaró  la  incertidumbre     del     ad    quem    ante  la  posibilidad  de  que el citado instrumento “fuera  de  Pedro  Antonio  y  que  lo  hubiera  botado al recibir la  terrible  puñalada,  sin  que  nadie  se  ocupara  de advertir la presencia del  cuchillo.  Pero  nadie  podría  asegurar  que no fuera de Pedro Antonio sino de  alguno  otro  de los que allí estuvieron, o que fuera colocado a posteriori con  presumible intención”   

Lo anterior, agrega, se debió a la declarada  insuficiencia   de   pruebas   que   impidió   al   sentenciador   despejar  su  incertidumbre,  que  quizás  hubiera resuelto si se hubiera acudido, durante la  investigación,  a  otros  medios  para  establecer  la propiedad y tenencia del  arma.   

En   criterio  del  señor  Procurador  es  entendible  el afán del demandante por buscar éxito a su pretensión a través  de   acusaciones   indemostradas   y   sustentadas  sobre  la  base  de  errores  inexistentes,  mas  no  por  ello  su propuesta es atendible en casación, menos  aún  cuando  pretende  hacer  prevalecer  el  criterio  del  Juzgado de primera  instancia  y  el  suyo  propio  sobre  las  reflexiones de la segunda instancia,  desconociendo  en  estas  condiciones  el  objeto  del  recurso extraordinario y  veladamente  el  sistema  de valoración de pruebas imperante en el ordenamiento  jurídico colombiano.   

Quizás  habría  sido  más próspero a las  aspiraciones  del  censor  dedicarse  a  demostrar  una  violación  directa  en  relación  con  los  elementos  de   la  legítima  defensa, y desechada la  justificante  desvanecer  la  duda  que embargó la mente de los sentenciadores,  tema  del  que  no  se  ocupó  el  demandante  cerrando  el  debate  sobre este  punto.   

En conclusión, debe desestimarse el cargo y  por tanto no casar la sentencia impugnada.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

         

Antes   de   entrar  a  verificar  si  los  planteamientos  jurídicos de la demanda tienen entidad para desvirtuar la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad  que acompaña a la sentencia absolutoria  proferida  a  favor  del  procesado  LUIS ANTONIO PRADA  ANAYA,  resulta  necesario precisar  que el error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad  difiere del error que proviene del  desconocimiento  de las reglas de la sana crítica en la valoración del mérito  de  las  pruebas,  que  la  jurisprudencia  de la Corte ha venido nominando como  error de hecho por falso raciocinio.   

Mientras  el  primero se configura cuando el  sentenciador  distorsiona el sentido objetivo del medio probatorio, ya porque lo  cercena,  ora porque lo adiciona, o bien porque lo tergiversa, con la secuela de  que  por  tal manejo se le hace producir efectos que no se desprenden de su real  contenido  o,  dicho  de  otra forma, se le hace decir lo que aquél no dice; el  segundo  surge  cuando  el  juez,  en  el  examen  de su contenido suasorio o de  aplicación  en general de razonamientos lógicos, se aparta de las reglas de la  experiencia,   los   postulados   de   la   lógica,  o  los  principios  de  la  ciencia.    

Su  demostración,  por  consiguiente,  debe  fundarse  en  consideraciones  distintas,  pues  en  tanto el error de hecho por  falso  juicio  de identidad impone contrastar el contenido material de la prueba  con  la  aprehensión  fáctica  que de ella recogen los fallos de instancia, en  orden  a  demostrar  su  falta  de  correspondencia, el error de hecho por falso  raciocinio  impone  evidenciar  que  el  análisis  realizado por los juzgadores  acerca  del  mérito  de la prueba contradice de manera manifiesta las reglas de  la sana crítica.     

         

          En  el  caso  a  estudio  plantea el casacionista que el fallador de  segunda  instancia  incurrió en un error de hecho por falso juicio de identidad  porque  le  dio  “al hecho recogido por la prueba un  alcance objetivo diferente al que realmente demuestra”.   

Pero  al desarrollar la censura, el discurso  del  demandante  se centra en criticar la estimación probatoria que al Tribunal  merecieron   los   testimonios   rendidos   por  Lucas  Evangelista  Hernández,  Silvino  Hernández  Grimaldos,  Mercedelma  Ochoa  de  Hernández  y  el menor Saúl  Darío  Hernández,  respecto de quienes reclama plena  credibilidad  por  las  circunstancias  de  modo  y lugar en que percibieron los  hechos,   desconociendo  el  censor  que  para  arribar  a  la  conclusión  que  cuestiona,  el  Tribunal  hace un estudio de los fenómenos que influyeron en la  percepción  de  los  hechos por estos deponentes y cómo pudieron incidir en la  evocación  de  los  mismos  llenando  los  vacíos  con  subjetividades  que no  corresponden a la realidad.  Así lo expresó el Tribunal:   

   

“En  el  presente  asunto  es parigual la  personalidad  y  nivel  cultural  de  los  declarantes: tanto los hermanos Prada  Anaya  como los Hernández son campesinos de muy escasas letras, dedicados a las  aleatorias   faenas   agrícolas,   pero   hombres   que  procuran  cumplir  sus  compromisos,  con  hogar formado y prole que sustentar. Así aparecen en algunas  páginas  del expediente. El estado de sus sentidos pudo no estar en las mejores  condiciones  de  percepción  cuando  ocurrió  el  lance,  pues los Prada Anaya  narran  que  habían ingerido cierta cantidad de fermentadas -Víctor Julio dice  que  cinco,  lo  mismo Luis Antonio, de Silvino y Pedro hay quienes dicen que se  hallaban  bastante  alicorados-  y  aun  cuando  las inhibiciones que produce el  alcohol  no  depende tanto de la cantidad consumida sino de la disponibilidad de  las  células  de  cada  quien  para oxidarlo, los campesinos por los común, no  suelen  ser,  por  las  condiciones  biológicas,  muy  recios para soportar sus  efectos.  Lucas  Evangelista  por  la  avanzada  edad  tiene  que  sufrir algún  deterioro  en las facultades, y aun cuando Mercedalma se halle en plenitud, ella  cuenta  que  cuando  se  produjo el desenlace había entrado a la tienda a pedir  una  tajadera  para  defender  a  su  cónyuge, lo que afectó necesariamente la  capacidad  de  atención.  El  menor Saúl Darío, contradictorio en su relato y  aun  emocionalmente  afectado  cuando declaró -recuérdese que rompió a llorar  al  memorar  la  muerte  de  su  tío-  merece  muy  escasa confianza, ya que la  represión  freudiana  -olvido  de  los  recuerdos  que  nos  son molestos- pudo  influir  en  la  evocación,  haciéndola  incoherente, lo que explica que en la  etapa  del juicio nadie quisiera ocuparse de su relato. En lo que hace a Silvino  y  a  los  Prada  Anaya,  además  de  su  embriaguez,  tienen en su contra como  testimoniantes  fidedignos, la adehala de que les resulta aplicable lo que ya se  explicó  de  las elaboraciones egocéntricas en que incurren por fuerza, por el  clímax      emocional      en      que      actuaron,     los     protagonistas  principales”.   

          Nada  caprichoso  se  advierte en estos criterios de valoración que  indujeron  a  restar  credibilidad  tanto  a  los  testimonios  rendidos por los  familiares  de  la  víctima, como a la versión ofrecida por el mismo procesado  LUIS ANTONIO PRADA ANAYA y su  hermano  Víctor  Julio,  lo  que  llevó  al  juzgador  de  segunda instancia a  plantear  la  duda  sobre  algunas  circunstancias que rodearon la comisión del  hecho  punible  especialmente  porque  de  los  testimonios  no  pudo  extractar  elementos  para acoger o desechar sin equívocos la justificante de la legítima  defensa alegada por el imputado.   

          Sobre  este  último  aspecto fue particularmente claro el Tribunal,  al decir:   

“Con  semejante  mosaico  testimonial  -muy  explicable  según  los  razonamientos  expuestos en  antecedencia-  probablemente  daría  el  fallador  palos  de  ciego si quisiera  guiarse  por  un  declarante  insular para la reconstrucción de la reyerta y de  las   circunstancias   en  que  recibió  la  muerte  Pedro  Antonio  Hernández  Grimaldos.  Que  sería  el único camino dadas las incompatibilidades de unas y  otras.   

(…)  

“De todo lo cual viene a resultar para el  juzgador  una  situación  de  perplejidad,  en  vista  de que el informativo no  cuenta  con  constancias que permitan adquirir certeza de que Luis Antonio Prada  Anaya,  al ultimar la existencia corporal de Pedro Antonio Hernández Grimaldos,  consumó  el delito de homicido simple voluntario, o si siendo su comportamiento  típico, correspondió sin embargo a la defensa necesaria”.   

         

          El  censor  pretende que estas manifestaciones de duda no tenían la  fuerza  necesaria  para  concluir en la absolución del procesado, orientando su  discurso  hacia  un  análisis  personal  de la prueba, desconociendo que por la  vía  escogida le era ineludible demostrar la presencia del error protuberante o  manifiesto,  valga  decir,  de aquel que asoma a simple vista y sin necesidad de  elaborados y complejos esfuerzos de dialéctica.   

          El  recurso  extraordinario  de  casación  admite  el ataque de las  sentencias  por errores consumados en la apreciación de las pruebas, pero no se  trata  de  mostrar  la  lógica  de  las  apreciaciones del demandante sobre los  distintos  medios  de  convicción,  sino  de  establecer  que las deducciones o  inferencias  del  sentenciador resultan absurdas, precisamente porque lo atacado  son  los  juicios  de  valor  de  un  fallo  de  segundo grado que, si no están  viciados  por  error  de hecho o de derecho trascendente, permanece incólume la  presunción de acierto y de legalidad de que están investidos.   

          De  otro  lado,  al referirse el Tribunal a las diversas narraciones  sobre  las  circunstancias  en que supuestamente tuvieron ocurrencia los hechos,  destaca las contradicciones en que incurren los deponentes, así:   

“Victor  Julio  vio  peleando  no sólo a  Silvino  y  Luis  Antonio,  sino a Lucas Evangelista, siendo que el último solo  admite  haber intervenido ex post facto. También vio que Pedro Antonio ensayaba  una  especie  de finta con el cuchillo, lo cual lo pone en contradicción con su  hermano  Luis  Antonio,  que  asegura  que  al  voltearse, sin dar lugar a más,  apenas  observó  a  aquél  con  el  cortopunzante,  le  clavó el suyo. Lo que  corroboran Mercedelma y Saúl Darío.   

“Lucas   Evangelista,   lo   mismo  que  Mercedelma,  enfatizan  que Pedro Antonio no tenia cuchillo. Los contradicen los  Prada  Anaya.  Dice  también Lucas que éstos a una apuñalaron a su hijo, pero  que  el matador fue Luis Antonio, en lo cual no coincide enteramente con su otro  descendiente  Silvino,  quien  afirma que los Prada primero lo hirieron a él en  las  manos,  luego  se volvieron contra Pedro que llegaba, sin que supiera cuál  de  ellos  lo mató, y repitieron contra el declarante. Que a él lo lesionó en  las  manos  fue Victor Julio, en lo que lo corrobora Saúl Darío, pero entrando  Lucas  y  Silvino  en  pugna  con Mercedelma, que no le vio arma blanca a Victor  Julio.  En  lo  del intercambio de botellazos, las discrepancias son mayores: no  se   sabe   a  ciencia  cierta  quienes  tenían  envases  y  quién  golpeó  a  quién…”   

En este punto el demandante no hace esfuerzo  alguno  para  demostrar  que el Tribunal haya distorsionado los dichos aportados  por   los   declarantes.   Por   el  contrario,  acepta  la  existencia  de  las  contradicciones   señalando   que   estas   pudieron  provenir  “por  un  lado  del estado de alicoramiento en que se encontraban los  comprometidos  en  la  pelea,  y  por  el  otro  lado,  los impactos sensoriales  súbitos  que  emergieron  de  forma imprevista y espontánea conduciendo por su  mismo  carácter  a  imprecisiones  en  detalles  considerados como de carácter  mínimo”,  afirmación  esta  última  con  la  cual  evidencia  su  inconformidad  con  la  valoración  de  la  prueba que no con su  contenido material.   

Finalmente,  la  afirmación contenida en la  demanda  sobre  la  supuesta  propiedad  del  cuchillo encontrado por la señora  inspectora  de  policía  en  el  lugar  de  los  hechos  como  de  Victor   Julio   Prada   Anaya,  no  puede  entenderse  como  un  demostrado  error  de  la  sentencia según lo destaca con  acierto  el  Procurador  Delegado  en  su concepto, pues ciertamente el Tribunal  declaró  incertidumbre alrededor del punto cuando señala que bien pudo ocurrir  “que  fuera de Pedro Antonio y que lo hubiera botado  al  recibir  la  terrible  puñalada,  sin  que  nadie se ocupara de advertir la  presencia  del  cuchillo.  Pero  nadie  podría  asegurar  que no fuera de Pedro  Antonio  sino de alguno otro de los que allí estuvieron, o que fuera colocado a  posteriori con presumible intención”   

Lo   analizado   deja   en   evidencia  la  inexistencia  del  falso juicio de identidad que se aduce en la demanda, dejando  en  cambio entrever que la inconformidad radica en el alcance que el juzgador de  segunda  instancia dio al precepto sustancial que consagra la legítima defensa,  de  donde  la vía adecuada para la acusación pudo ser la violación directa de  la  ley  y no la indirecta, pero como no recurrió expresamente el censor a esta  vía  para  su ataque, y  la Sala no puede entrar a reorientarlo porque por  el  principio  de  limitación  debe  analizar  y responder con exclusividad los  cargos  que  de  manera clara, precisa y oportuna formalice la demanda, el cargo  debe desestimarse.   

En  mérito de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACION  PENAL, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

R E S U E L V E  

No casar la sentencia recurrida.  

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese, devuélvase al Tribunal de origen y  cúmplase.   

                 ALVARO ORLANDO PEREZ PINZON   

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE    E.    CORDOBA  POVEDA   

HERMAN            GALAN  CASTELLANOS           CARLOS  A.  GALVEZ  ARGOTE                

JORGE        ANIBAL       GOMEZ  GALLEGO                 EDGAR         LOMBANA  TRUJILLO               

CARLOS        E.        MEJIA  ESCOBAR                     NILSON PINILLA  PINILLA                        

No hay firma  

Teresa Ruíz Nuñez  

Secretaria  

         

    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *