11004(11-07-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 11004  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado ponente:  

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No.  74  

          Bogotá,    D.C.,   once   (11)   de   julio   de   dos   mil   dos  (2002).   

         Decide  la Sala el recurso de casación  interpuesto   en   defensa   de  JORGE  IVÁN  ARANGO  GARCÍA contra el fallo de fecha mayo 30 de 1995, por  medio  del  cual  el  Tribunal  Superior  de  Medellín  confirmó el de primera  instancia  dictado por el Juzgado 38 Penal del Circuito de esa misma ciudad, que  condenó  al  mencionado  procesado a la pena principal de cuarenta y siete (47)  meses  de  prisión  como  autor  del  delito  de  hurto  calificado y agravado.   

         HECHOS   

         Dan cuenta los autos que en la noche del  8  de  febrero de 1994, luego de haber asistido a una asamblea de la Asociación  de  Caballistas  de  Antioquia,  Juan  Alberto  Santamaría Torres departía con  algunos  amigos  en el sector de la carrera 70 con avenida San Juan de la ciudad  de  Medellín.  Concluida  la tertulia, a eso de las dos y media de la madrugada  del  día  9  siguiente, se dirigió a su residencia en el vehículo Ford Lariat  de  placa  MLK-835,  avaluado en veinte millones de pesos, del que figuraba como  propietario Gustavo Restrepo Jaramillo.   

          El   mencionado   Santamaría  Torres  avanzaba  normalmente  por  la avenida 33, pero a la altura de la carrera 45 los  ocupantes  de  otro  automotor  lo  alertaron  sobre  la  avería  de una de las  llantas,  y  cuando  quiso  verificar la realidad de dicho informe, fue asaltado  por  los  ocupantes  del  mismo,  uno  de  los  cuales  esgrimió  arma de fuego  obligándole  a  apearse.   En  este  momento  un sujeto acompañado de una  mujer   empren­dieron  la  huida  en  el  vehículo  de  su  propiedad,  pero  la intervención oportuna de  autoridades  policivas  permitió  la  recuperación  del  bien  hurtado  en  la  localidad  de  Bello,  frente  al  inmueble  de  la  Diagonal  15   No.  42  –106,   donde   fueron  capturados  JORGE  IVÁN  ARANGO GARCÍA y      MÓNICA     MARÍA     VALLEJO  CÓRDOBA.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

         1.   Le  correspondió  iniciar la  etapa  de  instrucción  a la Fiscalía 8�  Seccional  de  Bello,  despacho  que  dispuso  la  apertura de la  investigación  y  escuchó  en  indagatoria  a  los  dos  retenidos,  a quienes  finalmente  la  Fiscalía  35 Seccional de Medellín les resolvió la situación  jurídica   en  providencia  del  15  de febrero de 1994, afectándolos con  detención  preventiva  por  los delitos de hurto calificado y agravado, y porte  ilegal  de  armas  de fuego de defensa personal. Posteriormente, les concedió a  los  sindicados la detención domiciliaria, y al acreditarse el fallecimiento de  la     implicada    VALLEJO    CÓRDOBA,  la  desvinculó  de  las diligencias mediante la declaratoria de  preclusión de la investigación.   

         Concluido el ciclo investigativo dentro  del  cual  se  recauda­ron  las  pruebas  testimoniales  y  periciales decretadas, la Fiscalía calificó el  mérito  sumarial  el  8  de  julio  de  1994, elevando acusación en contra del  procesado   JORGE  IVÁN  ARANGO  GARCÍA  como  autor el delito de hurto calificado y agravado (artículos  349, 350-1º, 351 numerales 6º, 9º y 10º, y 372-1º  del  Código  Penal  anterior).   Nada consideró  respecto  del porte ilegal de armas de fuego de defensa personal endilgado en la  medida de aseguramiento.   

         2.  El Juzgado 38 Penal del Circuito de  Medellín  adelantó  la  etapa  de  la causa, de manera que agotado el período  probatorio  de  la misma y celebrada la audiencia pública, en fallo de marzo 22  de   1995,  condenó  al  acriminado  ARANGO  GARCÍA  a   la   pena   privativa   de  la  libertad  atrás  precisada.    

         En  el  mismo  pronunciamiento  ordenó  expedir  copias  para  la  continuidad  de  la investigación respecto del porte  ilegal  de  armas  de  fuego de defensa personal, deducido en la resolución que  definió la situación jurídica.   

          El  Tribunal  Superior  de  Medellín  confirmó  la  sentencia  del  a quo al desatar la apelación interpuesta por el  defensor,  mediante la que es objeto de la impugnación extraordinaria, decidida  ahora por la Corte.   

         LA   DEMANDA   

         Al  amparo  de  las  causales primera y  tercera  de  casación,  el  libelista  formula  tres  cargos  cuyo  enunciado y  desarrollo   es   el  que  seguidamente  se  reseña.   

          Primer cargo.   

         Con  fundamento  en  la causal primera,  cuerpo  segundo,  del artículo 220 del anterior Código de Procedimiento Penal,  el    defensor   del   sindicado   ARANGO   GARCÍA  acusa  la  sentencia  impugnada  de  la  violación  indirecta  de  los  artículos  23,  349,  350 ordinal 1º y 351 numeral 6º del  estatuto   punitivo   preexistente   a  la  comisión  del  delito  investigado,  “al aceptar en la apreciación de la prueba y como  la     verdad     de     lo     acontecido,     el    testimonio    –  reconocimiento  del  señor  Juan  Alberto  Santamaría  Torres,  por  falso  juicio  de convicción”,  desatino  que  indica se cometió por el desconocimiento de los  criterios  que  rigen  la  valoración  de  la  prueba testimonial, al tenor del  artículo 294 de la codificación inicialmente referida.   

         Precisa  el  censor,  que tal medio de prueba llevó al juzgador a  “desatender  en  su  integridad  la confesión del  procesado,   y   otros   elementos   probatorios”,  declarándolo  entonces  como autor del hurto que fue informado en las presentes  diligencias.   

         En  la  pretendida demostración del reparo, el casacionista parte  del  precitado  artículo  294  del  anterior Código de Procedimiento Penal, en  cuanto  impone  la  apreciación del testimonio con sujeción a las reglas de la  sana  crítica;  exigencia  a  pesar  de  la cual el Tribunal le concedió plena  credibilidad   a   la  declaración  juramentada  de  la  víctima  “perdonando”  el estado de ebriedad  en  el  que  se  encontraba  al  momento  del  despojo  del automotor, para cuya  comprobación  no  se  requería  de  una  prueba técnica por no constituir una  circunstancia  tipificadora  del  delito,  de manera que bien puede establecerse  con apoyo en la propia versión del mencionado deponente.   

         En  este  aspecto  discurre  sobre  las  fases  de  la  ebriedad y  concluye  que  el ofendido Santamaría Torres lejos estaba de hallarse en buenas  condiciones   de  percepción  en  el  instante  del  hurto.   De  ahí  su  imposibilidad  para  señalar  a la sindicada VALLEJO  CÓRDOBA  como  una  de  las  intervinientes  en  el  asalto,  y que carezca de mérito la identificación que el denunciante hizo del  acusado      VALLEJO     GARCIA     como     el     delincuente    que    lo    intimidó    con    un  revólver.     

         A  pesar  de  esta  clara  situación,  colige  el  impugnante,  el  Tribunal  aseguró  que  del detallado relato de lo  ocurrido  brindado  por la víctima y de su reacción, bien podía suponerse que  se encontraba con plena conciencia.   

         También  critica  al fallador ad quem  porque   desatendió    los   hechos  que  impedían  aceptar  “como  valedero  el reconocimiento”  del  procesado, concretamente, su realización dos días después del hurto, que  la  Policía  le  permitió  al  testigo  ver a los dos aprehendidos antes de la  diligencia,  indicándole  además que habían sido capturados en la conducción  del  automóvil  objeto  material del ilícito y, finalmente, la identificación  exclusiva  que  hizo de la aprehendida “sin atreverse  a  afirmar que era también la compañía en el momento del hurto, ni tampoco la  que  le  hizo  indicación  de  que la llanta estaba pinchada y que lo obligó a  detener   el  carro”.   En  estas  condiciones,  plantea  seguidamente el censor, de acuerdo con la jurisprudencia y la doctrina,  la  veracidad  del  testigo  se ponía en entre dicho, máxime ante la diferente  actitud del deponente en los dos reconocimientos efectuados.   

         Estima  de  trascendencia  para  el  análisis de la prueba que el  acriminado     ARANGO     GARCÍA    fue  capturado  sin  armas,  pues  el  ofendido atestiguó que fue  quien  lo  intimidó  con  un revólver. Así mismo, que el argumento de haberlo  entregado  a  uno de sus compinches luego del ilícito apoderamiento se erige en  una  endeble  especulación,  porque  podría aducirse, en sentido contrario, la  necesidad  que  tenía de conservar el artefacto bélico con miras a asegurar el  producto del ilícito.   

         Plantea      a      continuación      que     la     “confesión”   del  procesado  es  verosímil.   En  primer  término, porque dado el conocimiento superficial  que  tenía  del  sujeto  Alberto  Cifuentes,  quien  le  entregó  el vehículo  hurtado,  resulta  explicable  que  no  brindara  detalles respecto de él. Esta  circunstancia  también  justifica  las  contradicciones  con  el  relato  de la  implicada     VALLEJO    CÓRDOBA    sobre  la  descripción  de  tal  individuo,  máxime  que ante un  acuerdo  entre  los  sindicados  para  endilgar  la  ejecución  del delito a un  tercero   inexistente,   habría   sido   extremada   la   coincidencia  de  sus  versiones.    De  otra  parte,  por  cuanto  es  creíble “desde  el punto de vista del modus operandi de los ‘jaladores’     de    carros”,  que  una  vez  despojado  el  propietario  del  automotor se le  entregara  “a un tercero convenido, a sabiendas de  su   procedencia   o   sin   que   el   que  lo  reciba  la  sepa”,  como  asegura  el procesado, pues con tal actuar los verdaderos  delincuentes pretenden eludir la acción de las autoridades.   

         En  punto  de  la  incidencia  del  yerro  acusado,  el demandante  señala  que  el  juzgador  habría  absuelto  al  acusado de haber “analizado    la    prueba    en    conjunto”,    porque   ”atendiendo  la  defectuosa  percepción    de    los    hechos    por    parte    del   denunciante…y   su  dubitación”,  ningún  mérito     tenía     el     reconocimiento    del    sindicado    ”para   desechar  la  confesión”,  máxime  ante  la  captura sin arma alguna y dadas las veraces circunstancias en  las     que     ARANGO    GARCÍA    relató    la    entrega    que   se   le   hizo   del   vehículo  hurtado.   

         Por  todo  lo  anterior  solicita  de  la Corte, entonces, que sea  casado   el   fallo  impugnado  y  se  profiera  uno  sustitutivo  de  carácter  absolutorio.   

         Segundo cargo.   

         En  esta  segunda  censura, el demandante aduce que los falladores  incurrieron   en   “violación  de  la  ley  penal  sustantiva,  al  fijar el monto de la pena”, porque  “aspectos  considerados  en el Código como causal  de   agravación,   fueron   tenidos   en   cuenta   también  y  primero,  como  circunstancias  para  señalar  e  incrementar  la  pena  base  sobre la cual se  aumentarían  luego  en  razón  de las agravantes, a la vez que estimó como de  suma  gravedad  el hecho punible imputado y la culpabilidad, conculcando así el  artículo  61  del  estatuto  punitivo”.  Con  este  parámetro  objetivo,  concluye el defensor, le fue negada al procesado la  condena  de ejecución condicional, “con detrimento  del artículo 68 ibídem”.   

          En  la  demostración  del  reproche  transcribe  en  forma  parcial  las consideraciones sobre las que se sustenta la  individualización  de  la  pena  en  los  fallos de instancia.  A renglón  seguido  destaca  la  buena conducta del procesado y su ausencia de antecedentes  penales,  por  razón  de las cuales se le concedió la detención domiciliaria,  así   como   su   comparecencia   voluntaria  a  notificarse  de  la  sentencia  condenatoria.   

         Plantea  más  adelante,  que si el delito fue considerado de suma  gravedad  por  el  empleo de armas y su ejecución sobre un vehículo automotor,  mal  podía  invocarse  este  mismo  factor  para deducir después un aumento de  cuatro  meses  sobre  el  mínimo  de la pena, básicamente, porque “tales  circunstancias  han  sido  prefijadas  por el legislador  para  aumentar” la duración de la misma.  Por  lo  anterior,  el  impugnante  colige  vulnerado  el  principio non bis in idem,  “pues  se  toman  las  mismas  circunstancias para  acumular”     dos     incrementos     de     la  sanción.   

         Tratándose  del  grado  de  culpabilidad  del  agente,  el censor  atesta  que  “es  en  este  caso, es el propio del  delito   de   hurto,   y  si  el  legislador  determinó  agravaciones  por  las  circunstancias,  que en sí predican una mayor culpabilidad, ya han sido tenidos  en   cuenta   al   formular  el  tipo  de  hurto  circunstanciado”.  Así  las cosas, concluye, el sentenciador no podía acrecentar  la pena bajo la comentada consideración.   

         Agrega que de no haberse configurado el  dislate  denunciado en la individualización de la pena, se habrían impuesto al  sindicado   treinta  y  dos  (32)  meses  de  prisión, que corresponden al  mínimo  señalado  en el artículo 350 del anterior Código Penal para el hurto  calificado,  incrementado  en  una tercera parte conforme disponía el artículo  351  ibídem ante la concurrencia de circunstancias de agravación.  Tasada  así  la  sanción,  los  antecedentes  de todo orden del sindicado ARANGO   GARCÍA,  su  personalidad  y  comportamiento  procesal,  abren  compuerta  a  la  concesión  de la condena de  ejecución condicional.   

         A  partir  de  los  anteriores  argumentos, el libelista pide a la  Corte  casar  parcialmente  la  sentencia recurrida, sin proponer el sentido del  fallo de sustitución correspondiente.   

        Tercer cargo.   

         El demandante aduce que la sentencia de  segunda  instancia  fue  dictada  en un juicio viciado de nulidad por violación  del  debido  proceso,  pues  el  juzgador a quo ejecutó parte del fallo sin que  hubiese   alcanzado  ejecutoria.   Alude  concretamente,  a  la  captura  y  reclusión  del  sindicado dispuestas antes de la firmeza de tal providencia por  haberle sido negada la condena de ejecución condicional.   

         Invoca  el  artículo  198  del  anterior Código de Procedimiento  Penal,    y    argumenta   que   si   bien   ARANGO  GARCIA  no  gozaba  para  ese momento de la libertad  provisional,  se encontraba cumpliendo detención domiciliaria, de manera que no  procedía  la  captura,  tanto  así,  que  se presentó voluntariamente ante el  juzgado  a notificarse del fallo proferido en su contra. En fin, la aprehensión  fue  decretada  para  que  acabara  de  “purgar la  pena” cuando la sentencia no estaba en firme y sin  que   se  procediera  en  forma  previa  a  la  sustitución  de  la  medida  de  aseguramiento.   

          De  las  anteriores  premisas  colige  configurada   la  causal  de  nulidad  del  artículo  304-3º  del  Código  de  Procedimiento   Penal  otrora  vigente,  que  solicita  sea  declarada  en  sede  extraordinaria  desde “el momento en que se ordenó  la reclusión del procesado”.   

        CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO   

         El  Procurador  Primero Delegado en lo  Penal   se   pronuncia   de   manera   adversa   a   las   pretensio­nes  del  actor,  que  aborda en los  términos  a  continuación  sintetizados, con observancia además del principio  de prioridad que rige en materia de casación.   

         Al cargo tercero.   

         Advierte  el  Ministerio  Público  en  primer  término,  que  en este reparo el demandante omite señalar con claridad  la   clase   de   nulidad   invocada,   tampoco   comprueba   una  irregularidad  sus­tancial  que afecte  la  estructura  del proceso, ni la incidencia que la circunstancia alegada puede  tener  en las decisiones contra el sindicado contenidas en la sentencia, lo cual  bastaría para deducir la falta de prosperidad del cargo.   

         Adicionalmente,  encuentra que ninguna  violación  del  debido  proceso  se produjo cuando el juzgador a quo ordenó la  captura    de    ARANGO    GARCÍA    para  el  descuento  de la pena, pues de la recta comprensión del  artículo  198  del  estatuto  procesal  penal  entonces  vigente y bajo el cual  cursaron  las  diligencias,  fuerza  colegir  que no era necesaria la ejecutoria  previa  del fallo para hacer efectivo e inmediato el cumplimiento de la sanción  impuesta,  pues  el  acusado  desde los albores del instructivo fue cobijado con  medida   de   aseguramiento   de   detención  domiciliaria,  sin  beneficio  de  excarcelación.   

         Por  lo anterior, opina que el reproche de nulidad formulado en el  libelo debe ser desestimado.   

         Al cargo primero.   

         El Procurador indica que los evidentes  yerros  técnicos  en  la  formulación  del ataque impiden su estudio de fondo,  porque  el  censor no identificó en forma clara y precisa los fundamentos de la  causal  de impugnación aducida, ni la manera cómo la infracción de las normas  sustanciales    que    cita    repercutió   en   el   fallo   desfavorable   al  acriminado.   

         Tampoco le resultaba posible alegar en  sede  de  casación el error de derecho por falso juicio de convicción respecto  de  la  indagatoria  de  ARANGO GARCÍA y  el  testimonio  de  Juan  Alberto  Santamaría  Torres, pues de  conformidad  con  el  artículo 254 del anterior Código de Procedimiento Penal,  las  pruebas  deben  ser  apreciadas en conjunto de acuerdo con las reglas de la  sana  crítica, de manera que la ley no predetermina el valor que le corresponde  a cada medio demostrativo.   

         Por otra parte, la casación en manera  alguna  constituye  una  oportunidad para establecer un nuevo debate respecto de  los  elementos  de  persuasión  sobre  los  cuales  se apoya la sentencia, como  parece  entenderlo  el  libelista, sino la de examinar problemas específicos de  ilegalidad  de  la  sentencia  y  de  la  aplicación  del  derecho  objetivo en  ella.   Argumento  que trae a colación el Ministerio Público para colegir  que  la  demanda  examinada  evidencia  un  discurso orientado a sacar avante el  criterio  personal del defensor, sin plantear ni demostrar errores relevantes en  la  apreciación  de  las  pruebas,  pasando  por  alto  además  que en la sede  extraordinaria  prima  el  análisis del fallador, porque la decisión recurrida  viene precedida de la doble presunción de acierto y legalidad.   

         De  todas  maneras,  en las sentencias  proferidas  en  el  presente  proceso  no  advierte  que  los  juzgadores  hayan  desbordado  los  principios  de la sana crítica.  En consecuencia, sugiere  que la censura debe ser desechada.   

        Al segundo cargo.   

         El ataque adolece de ostensible yerros  técnicos  que  determinan su falta de prosperidad.  Así, el demandante no  señala  siquiera  la  modalidad  de la violación, esto es, si la transgresión  del  derecho  sustancial  se  produjo por la vía directa o indirecta, y si bien  del  contexto  del  libelo podría inferirse que se trata de la primera, tampoco  precisó  el  censor  el  sentido de la transgresión, dentro de las modalidades  que le son posibles.   

         En todo caso, a juicio de la Delegada,  la   pena   deducida   al   acusado   ARANGO  GARCIA  se  ajusta a la legalidad, porque de conformidad con  el  artículo  61  del anterior Código Penal, dentro de los límites señalados  por  la  ley  el  juzgador  podía  individualizarla  atendiendo  la  gravedad y  modalidades   del  hecho,  el  grado  de  culpabilidad,  las  circunstancias  de  atenuación  o  agravación  concurrentes  y  la  personalidad  del agente, como  advierte  acontecido  en  la  precisión  de  los cuarenta y siete (47) meses de  prisión impuestos al acusado.   

         Acota  por  último,  siguiendo  el criterio de la Sala acogido en  sentencia  del  18  de agosto de 1994, M.P. Dr. Jorge Carreño Luengas, que para  graduar  la  pena  deben correlacionarse forzosamente los artículos 61 y 67 del  estatuto  punitivo  (Decreto 100 de 1980),  puesto  que  las  circunstancias  de  agravación y atenuación  punitiva,  contrario  a lo sugerido por el recurrente, constituyen apenas uno de  los  varios  criterios  establecidos  para  su dosificación, junto a las cuales  también  obran  como factores reguladores de la sanción, la gravedad del hecho  punible, el grado de culpabilidad y la personalidad del agente.   

           Así   las   cosas,   concluye   la  Procuraduría,  este  otro  cargo  tampoco  debe  prosperar.  Por lo tanto,  solicita a la Corte no casar el fallo impugnado.   

CONSIDERACIONES  DE LA  CORTE   

         La  Sala iniciará la respuesta de los  cargos   contenidos   en   la   demanda  presentada  en  defensa  del  procesado  ARANGO   GARCÍA,  como  resulta  lógico dentro de la técnica casacional, por el reproche formulado con  base  en  la  causal de nulidad, a través del cual se pretende la invalidación  de  lo actuado, revestido por lo tanto de indudable prioridad, pues de encontrar  éxito   en  esta  sede  tornaría  innecesario  el  estudio  de  las  restantes  censuras.   

        Tercer cargo.   

         Este  ataque  a  la  legalidad  del  pronunciamiento  impugnado no  amerita  la  totalidad  de las críticas planteadas por el Procurador Delgado en  su  concepto,  sin  que esta afirmación comporte la vocación de prosperidad de  la misma.     

         Ciertamente,  con  apoyo  en  la  causal  tercera de casación, el  impugnante  acusa  la  sentencia de segunda instancia de haber sido proferida en  un  juicio  viciado de nulidad por menoscabo del debido proceso.  Cita como  norma  infringida  el  artículo  198  del  anterior  estatuto procesal penal, e  indica  que  la  irregularidad de la cual deriva el efecto invalidante reclamado  en  esta  sede  se  configuró  porque  el  fallador a quo materializó en forma  inmediata   la   captura   del   sindicado   ARANGO  GARCÍA  para  el  cumplimiento de la pena impuesta,  pasando  por  alto  que  se  encontraba  en  detención  domiciliaria  y  que la  sentencia   de   condena  proferida  en  su  contra  no  había  alcanzado  aún  ejecutoriada.   

         Sin embargo, y en ello le asiste razón  al  Ministerio  Público,  no  así  cuando  sostiene que se omitió señalar la  clase  de  nulidad  invocada, ningún esfuerzo argumentativo desplegó el censor  orientado   a  establecer  la  trascendencia  del  vicio  alegado  o,  en  otros  términos,  a  demostrar  que  por  razón  de  la anomalía que atesta cometida  resultaron  resquebrajadas entonces las bases fundamentales de la instrucción o  el  juzgamiento,  como  en  rigor le era ineludible para una completa y técnica  sustentación  de  la censura anunciada, de conformidad con el artículo 308-2º  del   estatuto  procesal  penal  bajo  el  cual  se  adelantaron  las  presentes  diligencias.   

         En  todo caso, tampoco se advierte en la situación alegada por el  libelista  la  existencia  de  una  irregularidad  sustancial  que  propicie  la  intervención  oficiosa  de la Corte, pues la detención domiciliaria de acuerdo  con  la  regulación  legal  entonces  vigente,  como  precisó en su momento la  Sala1,  tenía  la finalidad de permitirle al sindicado el descuento de  la  pena  en  su  domicilio durante el curso de la actuación, pero “Proferida  la sentencia de condena y determinada la pena que le  corresponde   al   procesado   en  aquellos  casos  en  que  el  Juez  considere  improcedente  la  concesión  del  subrogado  previsto  en  el  artículo 68 del  Código   Penal,   tendrá   que  revocar  el  beneficio  concedido  (detención  domiciliaria)  para hacer efectivo el cumplimiento de la sanción impuesta en el  fallo de condena…”.   

         Por   otra  parte,  si  bien  el  artículo  198  de  la  anterior  codificación  instrumental  penal  disponía  que  negado  el  subrogado  de la  condena  de  ejecución  condicional, la captura para el cumplimiento de la pena  sólo  resultaba  procedente  cuando se encontrara en firme el fallo de condena,  no  es menos cierto también que preveía la excepción cuando se dictaba medida  de  aseguramiento  de detención sin excarcelación, entendida esta última como  aquella  fundada   “en  la  anticipación del  sustituto  penal  de  la  suspensión  de  la  condena,  como que ese es el tema  traído   a   colación   por   la   primera   parte   del   mencionado   inciso  2º”2,  situación  que  era  la  configurada precisamente en el asunto  examinado.   

         En  efecto,  como lo admite de manera expresa por demás el propio  demandante  en  la sesgada interpretación que postula de la precitada norma, se  tiene  que  el  procesado ARANGO GARCÍA se  hallaba  privado  de  libertad  en  detención domiciliaria al  tiempo  del  pronunciamiento  del  fallo condenatorio de primera instancia, toda  vez  que  en  el  curso  del  proceso  no  le  había  sido  concedido beneficio  liberatorio  alguno.  Por lo tanto, ante estas específicas condiciones, el  cumplimiento  de  la  pena impuesta no quedaba supeditado a la firmeza del fallo  y,  en  consecuencia,  ninguna irregularidad cometió el a quo cuando ordenó la  captura  del  acusado  para  su  consecuente  traslado  a  un establecimiento de  reclusión.   

         Por   todo   lo  anterior,  entonces,  el  reparo  de  nulidad  no  prospera.   

         Primer cargo.   

         En este ataque erigido con apoyo en la  causal  primera  de casación, cuerpo segundo, como lo advierte la Procuraduría  Delegada,  el  casacionista  soslaya las exigencias de claridad y precisión que  gobiernan  el recurso extraordinario, para incurrir en insalvables impropiedades  técnicas  que le restan cualquier posibilidad de éxito, como pasa a considerar  la Sala.   

         El  demandante  plantea  que  el  Tribunal incurrió en manifiesto  desatino   cuando   aceptó  “como  verdad  de  lo  acontecido     el    testimonio    –  reconocimiento”  del denunciante y  víctima  del  delito  Juan  Alberto  Santamaría  Torres, yerro que ubica en el  “falso   juicio   de   convicción”,  ante  el  atestado  desconocimiento  de  las  reglas de la sana  crítica,  y  por  razón  del cual asegura, a renglón seguido, que el Juzgador  desatendió  “en  su  integridad la confesión del  procesado        y        otros       elementos       probatorios”.   

         A  través de los anteriores enunciados surge evidente entonces un  primer  desacierto de la demanda, consistido en plantear en forma contradictoria  el  error  de  derecho  por  falso  juicio  de convicción respecto de la prueba  testimonial,  medio  demostrativo  que  el propio impugnante, con sustento en el  artículo  294  del  anterior  estatuto  de  procedimiento penal, destaca que no  está  sometido  en  su apreciación a una tarifa legalmente establecida, sino a  su  estimación razonada vinculada tan sólo a la observancia de los parámetros  de la sana crítica.     

          En   otros   términos,   con   esta  postulación  el impugnante pasó por alto que la alegada modalidad del error de  derecho,  atendida  su específica naturaleza, es propia de un sistema de tarifa  legal  de  prueba,  donde  la  ley predetermina el mérito o la eficacia de cada  elemento  de  persuasión,  de  manera  que  al juzgador le corresponde única y  exclusivamente    reconocer    el    que    les   ha   sido   así   fijado   de  antemano.   

         El  planteamiento  revela  a  su  vez la confusión conceptual del  demandante,  pues  asimila  el  falso  juicio  de  convicción que se configura,  insiste  la Sala, cuando se soslaya la existencia de la disposición que señala  el  valor  concreto  de  la  prueba,  con  el  falso raciocinio, desacierto este  último  surgido  de  la transgresión de las reglas de la sana crítica, que no  es   error   de   derecho  sino  de  hecho,  porque  como  tiene  discernido  la  Corte3,  las oposiciones “a la experiencia,  a  la lógica o, a la ciencia de manera ostensible y grosera, son formas veladas  de  tergiversación  o  de  suposición de los hechos y no infracciones a normas  positivas  probatoria  alguna, pues que ninguna ley, sino la realidad de la vida  social,   señala   cuáles   deben   ser   en  cada  tiempo  y  en  cada  tema,  aquéllas…”.   

         

           Además   de   las   impropiedades  anteriores,  en  detrimento  también de la claridad y precisión de la censura,  se  tiene  que el demandante desvía el ataque hacia lo que podría ser un falso  juicio  de  existencia, modalidad diferente del error de hecho, en cuanto afirma  en  el  aparte  final  de  la  enunciación  del  cargo  que el juzgador ad quem  desatendió  “en  su  integridad la confesión del  procesado,  y  otros elementos probatorios”, que no  especifica,  empero  sugiriendo con esta última propuesta que el Tribunal en la  contemplación  material  de  la  prueba  acopiada  en  este  proceso ignoró la  existencia de tales medios demostrativos.   

         Ahora  bien,  si  se  entendiera  que  el  censor  a  pesar de las  deficiencias  advertidas  y del equívoco en la nominación del dislate acusado,  tratándose  por lo menos del testimonio de Santamaría Torres y del consecuente  reconocimiento  del incriminado en fila de personas con él surtido, en realidad  pretendió  plantear  el error de hecho por falso raciocinio, como quiera que en  la  sustentación  del  cargo  parte de la exigencia normativa contemplada en el  artículo  294  del  anterior  estatuto procesal penal de valorar dicho medio de  prueba  con  sujeción  a  los parámetros de la sana crítica, y de su atestado  desconocimiento  en  la sentencia impugnada, fuerza colegir de todas maneras que  el  desarrollo  argumentativo  del  reproche  se ofrece precario y antitécnico.   

         En  primer  lugar,  porque  no indica cuál fue el principio de la  ciencia,  la  regla  de  la  lógica o la máxima de la experiencia de la que se  apartaron  los juzgadores en la apreciación de los medios probatorios aludidos,  como  le  resultaba  ineludible  con  miras  a  acreditar que su apreciación se  llevó  a  cabo  con  desapego de los postulados de la sana crítica.  Pero  primordialmente,  por  cuanto  sin  intentar  demostrar  algún  desatino de los  falladores  al  determinar  el mérito de la versión de la víctima Santamaría  Torres  y  del  reconocimiento  que  hizo del sindicado, como el delincuente que  mediante  la intimidación con un arma de fuego logró despojarlo del vehículo,  en  últimas desenvuelve el ataque a través de la huera controversia en torno a  la  credibilidad  que  le  fue  concedida al mencionado exponente al edificar la  responsabilidad    del   acusado   ARANGO   GARCÍA  en   la   ejecución   del  delito  investigado  en  autos.   

         Con  tal  orientación  critica al Tribunal por haber “perdonado”  el estado de ebriedad  en  que  se encontraba el denunciante en el instante del ilícito apoderamiento,  para  colegir  que por razón de él no se encontraba en condiciones de percibir  de  manera  fiel lo acontecido; conclusión que enfrenta a la esbozada por el ad  quem  en  dicho  aspecto, para quien “la forma como  narró  lo  ocurrido  y su reacción frente a ello…permite suponer que actuaba  con  plena  conciencia,  tanto es así que ni la policía ni los funcionarios de  la  Inspección  de Permanencia se atrevieron a dejar alguna constancia sobre el  particular,  que  de  haber  existido  era  fácil  detectar  y  estaban  en  la  obligación  de  consignarlo  en  tratándose  de  funcionarios investidos de la  autoridad   propia   de   sus  cargos  que  se  presuponen  responsables  en  el  cumplimiento de sus deberes”.   

         Persistiendo  también  en la vana confrontación de criterios, el  libelista  aborda  el reconocimiento que hizo el denunciante en fila de personas  del     sindicado    ARANGO    GARCÍA,  sugiriendo  aquí  la  falta  de validez de tal diligencia y al  parecer  orientando  el  ataque  hacía  el falso juicio de legalidad, rumbo que  abandona  seguidamente  para derivar tal desatino, no del desconocimiento de las  normas  procesales que la regulan, como podría inferirse del enunciado del cual  parte,  sino  porque en su opinión, ante las circunstancias que la rodearon, no  tiene  mayor  eficacia  la  acusación  que en ella le hizo la víctima de haber  sido  el  delincuente  que  lo  intimidó  con  un revólver para despojarlo del  automotor  en cuyo interior se desplazaba.   Alude el censor aquí, en  concreto,  a  la  posibilidad  que  tuvo  Santamaría Torres de visualizar a los  sindicados  en  las instalaciones de la Policía Nacional, deponente que en todo  caso,  según  destaca,  no  estuvo  en posibilidad de atribuirle participación  alguna   en   el   delito  investigado  a  la  también  procesada  VALLEJO CÓRDOBA.    

           Adicionalmente,   los   anteriores  aspectos,    al   igual   que   la   aprehensión   del   acusado   ARANGO  GARCÍA  sin  detentación  de  armas  de fuego, a la que también alude el demandante para poner en entre dicho  la  eficacia  del  testimonio  de  la  víctima  y  el reconocimiento en fila de  personas,  en  manera  alguna  fueron  ajenos al análisis del fallador ad quem,  quien  les  derivó una significación del todo diferente a la propugnada por el  recurrente,   al  punto  que  frente  a  los  primeros  afirmó  que  no  había  “lugar  a poner en duda el claro señalamiento que  le  hizo…a  ARANGO  GARCÍA  porque  si  se  mira  la  sinceridad  que  en esa  diligencia  tuvo  respecto  a  la  dama implicada, cuando aseguró que a ella la  reconocía  como  la mujer capturada por la policía más no como una de las dos  que  ocupaba  el taxi de donde se bajó el ahora condenado a amenazarle con arma  para  despojarlo  de su carro, imposible pensar que a este último lo reconoció  por  la  influencia  de  las  circunstancias  en  que fue capturado, tal cual lo  pregona  el  recurrente…”.  (fs.  234 y 235, cd.  1).   

         Tratándose  de  la  captura,  por otra parte, el Tribunal sostuvo  que   “no  es  ilógico  pensar  que  obtenido  o  asegurado  el  producto ilícito, aquél, para evitar riesgos en su traslado, lo  hubiese  entregado  a  sus  compinches,  que  para  este caso fue la pareja cuya  identidad  no  se  lo  logró, pero que se sabe existió porque fue vista por el  propio  ofendido  cuando  como  señuelo  se  le advirtió del falso daño de la  llanta”  (f.  236, cd.  1)   

         Por lo anterior se evidencia desde esta  otra  perspectiva,  entonces, el inoportuno propósito del censor de obtener por  parte  de  la Corte la revaloración de las pruebas enunciadas, extendiendo a la  casación  el  debate  probatorio  inherente a las instancias y pasando por alto  además  que  el  recurso  extraordinario se resiste a un ataque cimentado en la  simple   inconformidad   que   plantea  con  las  conclusiones  probatorias  del  Tribunal.   

         Tratándose  de  la versión del procesado el libelista incurre en  idénticas  deficiencias,  porque  sin intentar demostrar algún desatino de los  juzgadores  en  la contemplación material de la misma, o el grosero abandono de  los  postulados  de  la  sana  crítica  en su apreciación, simplemente reclama  prevalencia  para las explicaciones brindadas en ella por el acusado no obstante  las   contradicciones  destacadas  por  el  Tribunal  y  que  minimiza,  con  la  impropiedad      adicional      de      afirmar      que     la     “confesión”    de   ARANGO   GARCÍA  resulta  verosímil,  cuando  aquél  en  la injurada lejos estuvo de admitir la responsabilidad penal  en el delito objeto de investigación y juzgamiento.   

         En  síntesis,  la  fundamentación  del  reparo  se  asimila a un  alegato  de  instancia,  donde  el  demandante  deja traslucir la aspiración de  obtener   preeminencia   para  su  personal  e  interesada  estimación  de  las  pruebas.   

         Así  las  cosas,  ante  las  deficiencias  puestas  de  presente,  fracasa por consiguiente el reparo propuesto.   

         Segundo cargo.   

         Aduce  el  censor  que  los falladores  incurrieron  en  violación  de  la ley sustancial al fijar el monto de la pena,  pero  ninguna  precisión  consigna  sobre  la modalidad del desatino endilgado,  esto  es,  si  lo  fue  por  la  vía  directa o indirecta, menos aún, sobre el  sentido de la transgresión denunciada.   

         Adicionalmente, el deslindamiento y la  sustentación  del  reparo tampoco fueron ajenos a esta falta de norte advertida  desde  la  formulación  de  la  censura,  pues  el  libelista  arguye  en forma  indistinta,  en  detrimento  de la claridad que debe rodear la propuesta, de una  parte  y orientando al parecer el ataque por el sendero de la violación directa  al  insinuar  un  debate  de estricto rigor jurídico, que las circunstancias de  agravación   fueron   atendidas  doblemente  en  la  individualización  de  la  sanción,  por  lo  tanto,  que  resultó  vulnerado el principio del non bis in  ídem;  de  igual modo, que la deducción de la gravedad del hecho punible y del  grado  de  culpabilidad se verificó conculcando así  el  artículo  61 del estatuto punitivo”.  Sin  embargo,  también  destaca  la  buena  conducta  del  acusado,  su  ausencia de  antecedentes  penales  y  su  conducta  procesal,  sugiriendo que tales aspectos  fueron  marginados  en  la  dosificación de la pena para desviar la censura, en  consecuencia  y  con  abierto  desconocimiento del principio de autonomía, a la  infracción mediata de la ley sustancial.   

         En  todo  caso,  lo  que  evidencia de  trasfondo  este  reproche,  es  la abstracta inconformidad del casacionista  con  el  ejercicio  en concreto de la discrecionalidad judicial otrora concedida  al   sentenciador   al  momento  de  individualizar  el  rigor  punitivo  en  la  codificación  preexistente  al delito investigado.  De ahí que reclame la  imposición  del  mínimo  de la pena para su asistido, prescindiendo incluso de  la  agravante  deducida  en  los  fallos  de  instancia,  en  consonancia con la  resolución  acusatoria,  por  la  cuantía  del  bien objeto material del hurto  imputado.   

         En  efecto,  de  los  tres reparos atrás enunciados el demandante  sólo  aborda el primero de ellos, que vincula al postulado del non bis in ídem  para  hacerlo consistir en la imposibilidad de cimentar la remoción del mínimo  de  la  pena  en  la  gravedad  del hecho punible y el grado de culpabilidad por  cuanto  se  trataba de un hurto calificado y agravado, modalidades comisivas que  desde   su   sesgada   comprensión   involucraban   los  factores  inicialmente  enunciados.   

         No  obstante, como lo precisó de antaño la Sala en relación con  la  derogada  codificación penal en la providencia recordada en el concepto del  Procurador,  “Para graduar la pena que corresponde  al  infractor  por  el  delito  cometido,  deben  relacionarse  forzosamente los  artículos  61  y  67  del  Código  Penal,  puesto  que  las  circunstancias de  agravación  y  atenuación  punitivas  son  apenas  uno de los varios criterios  establecidos  en  la  ley para la dosificación de la pena.  Junto a ellas,  obran  también  como factores reguladores de la sanción, la gravedad del hecho  punible,  el  grado de culpabilidad y la personalidad del agente” 4, de manera  que  bajo  tales  parámetros  mal  puede  admitirse  que  los  juzgadores hayan  valorado   doblemente  los  mismos  supuestos  de  hecho  e  infringido  la  ley  sustancial,  pues  unas  eran  las circunstancias de agravación específica con  incidencia  en  la determinación de los lindes de la pena, y otros los factores  que  de  conformidad  con la primera norma citada debían tenerse en cuenta para  la fijación de la misma dentro de dichos extremos.   

         Así  las  cosas, ante los desaciertos  técnicos  advertidos  y  la falta de fundamento, tampoco prospera esta censura.  En consecuencia, el fallo impugnado no se casará.   

Contra esta providencia no procede ningún  recurso   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia  Sala  de  Casación  Penal, administrando Justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE   

NO  CASAR  la  sentencia impugnada.   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase al  Tribunal de origen.   Cúmplase,   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                         JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN GALÁN CASTELLANOS                                                   CARLOS             A.             GÁLVEZ  ARGOTE           

JORGE      ANÍBAL      GÓMEZ  GALLEGO               ÉDGAR LOMBANA TRUJILLO   

CARLOS       E.       MEJÍA  ESCOBAR                                 NILSON PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  Secretaria   

    

1  Auto  de  noviembre  9  de  1993,  M.P.  Dr. Gustavo Gómez Velásquez, radicado  8825.   Criterio  reiterado,  en providencias de marzo 29 de 2000, M.P. Dr.  Fernando  Arboleda  Ripoll,  radicado  12.329;  septiembre  6  de 2000, M.P. Dr.  Álvaro  O.  Pérez  Pinzón, radicado 14.388, y septiembre 27 de 2000, M.P. Dr.  Nilson Pinilla Pinilla, radicado 14.153, entre otras.   

2  Auto  de  marzo  10  de  1998, M.P. Dr. Jorge A. Gómez Gallego,  radicado 12.939.   

3  Sentencia  de  diciembre 19 de 2001, M.P. Dr. Carlos E. Mejía Escobar, radicado  11.069.   

4  Casación  de  agosto  18 de 994, M.P. Dr. Dr. Jorge  Carreño  Luengas.   En  similar sentido, la sentencia de enero 18 de 2001,  M.P. Dr. Jorge Aníbal Gómez Gallego, radicado 14.190.     

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