10867abr

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 10867  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 64  

          Santafé   de   Bogotá,   D.   C.,  veintisiete  de  abril  de  dos  mil.   

VISTOS  

          Se  examina  en casación la sentencia fechada el 15 de diciembre de  1994,  dictada  en  segunda  instancia  por  el Tribunal Superior de Santafé de  Bogotá,  por  medio  de  la  cual se impuso condena definitiva por el delito de  estafa  agravada  a  los  acusados  GUILLERMO ENRIQUE y HERNÁN AUGUSTO RAMÍREZ  ROJAS,  como  coautores,  JESÚS  ANDRADE MORA y JOSÉ ALBERTO PERDOMO VÉLEZ, a  título de cómplices de la misma infracción.   

          Ha   conceptuado   el   Procurador  Tercero  Delegado  en  lo  Penal  (E).   

HECHOS  

          Declaran   los  fallos  de  instancia  que  la  Administración  del  Distrito  Capital,  en  desarrollo  del  proyecto de construcción de la avenida  “Agoberto  Mejía”,  ocupó  una  franja  de  terreno  por  7.194.81  metros  cuadrados,  que hacía parte de un predio situado en la transversal 86 entre las  calles  45  y  48  sur de la ciudad, de propiedad del señor JOSÉ MANUEL BERNAL  VARELA,  quien  por  tal  razón,  desde  el año de 1985, hizo una solicitud de  indemnización  por  medio  de  abogado  ante el Instituto de Desarrollo Urbano,  IDU.   

          Dentro  de  la  mencionada  actuación, el 19 de febrero de 1987, el  Departamento  Administrativo  de  Catastro  Distrital dictaminó que el inmueble  afectado  tenía  un  valor de $ 43.168.860.oo, dato que obviamente fue conocido  por  el  doctor  HERNÁN AUGUSTO RAMÍREZ ROJAS, entonces Jefe de la Sección de  Negociaciones  y  Títulos  del  IDU,  oficina a la cual había sido remitido el  dictamen,  quien  entonces  lo  dio  a conocer a su hermano, el también abogado  GUILLERMO  ENRIQUE  RAMÍREZ  ROJAS.   A  partir  de dicho conocimiento, el  último  buscó  el  apoyo  del  señor  JOSÉ  ALBERTO  PERDOMO VÉLEZ, persona  conocida  en  el  medio  por  sus  gestiones  ante  el  IDU  y que tenía alguna  relación  con el ciudadano JOSÉ MANUEL BERNAL VARELA y su abogado LUIS GABRIEL  DÍAZ  CAICEDO,  con  el  fin de que desestimulara a éstos en su reclamación y  adicionalmente  les  hiciera  saber  que aquél estaba interesado en comprar los  derechos pretendidos.   

          A    instancias    del   señor   Perdomo  Vélez, entraron en contacto el accionante, su abogado  y    el    doctor    Guillermo    Enrique   Ramírez  Rojas,  éste les hizo saber lo engorroso del trámite  intentado   ante   el   IDU  y  la  dificultad  para  obtener  un  resarcimiento  satisfactorio,  el cual a lo sumo podría alcanzar los seis millones de pesos ($  6.000.000.oo),  razón  por  la  cual convenció al primero para que le vendiera  sus  derechos  en  la suma de cuatro millones de pesos ($ 4.000.000.oo), acuerdo  que  concretaron  en una promesa de compraventa suscrita el 11 de junio de 1987,  en  la  cual  se  hace figurar como promitente comprador al señor ALFREDO AYALA  BORDA,  suegro  del  abogado Ramírez Rojas,   y  también  firma  el  respectivo  documento  como  testigo  el  mencionado mediador.   

          El   12  de  noviembre  de  1987,  como  consecuencia  del  contrato  celebrado,  el  promitente  vendedor  le  otorga un poder al doctor Guillermo  Enrique  Ramírez Rojas para que  haga  gestiones  de  pago  ante  el IDU, pero, paralelamente, el 17 de noviembre  siguiente,  el abogado JESÚS ANDRADE MORA presenta ante el mismo instituto otro  poder    a    él   supuestamente   conferido   por   el   señor   Bernal  Varela,  con  el  fin  de que a su  nombre  celebrara  con  la entidad requerida un contrato de compraventa sobre el  lote  de  terreno  en  cuestión.   En  uso  de  tal  mandato,  el  abogado  Andrade  Mora  prometió  en  venta  el  inmueble  al IDU en un convenio celebrado el 30 de noviembre de 1987,  por  valor  de  $ 43.168.860.oo, precio que recibió el pretendido mandatario en  dos  cuotas,  una  el  22  de  diciembre  del  mismo  año,  por  la  suma  de $  34.189.737.10  y  la  otra,  el  20  de  octubre  de  1988,  en  cuantía  de  $  8.547.434.20,  dinero  que  después  aquél  transfirió  por  medio de cheques  personales   y   en   distintas   cantidades   a   los   hermanos   Ramírez  Rojas, reservándose para sí la  suma  de  $  375.000.oo; mientras que la compraventa antes prometida fue firmada  por  el  poderdante y el IDU el 20 de mayo de 1988.  Entretanto, el proceso  de  venta emprendido personalmente por el señor Bernal  Varela,  que también comenzó por una promesa, había  terminado  con  la firma de la escritura pública número 0765 del 11 de mayo de  1988, extendida a nombre del comprador ALFREDO AYALA BORDA.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          Con  motivo  de  la  denuncia escrita presentada por el señor JOSÉ  MANUEL  BERNAL  VARELA,  la  Juez  Treinta  y  Dos  de  Instrucción Criminal de  Santafé  de  Bogotá comenzó la instrucción, después impulsada por la Fiscal  123  Delegada  ante  los  Jueces  Penales  del  Circuito de la misma capital, en  razón  del  cambio  sustancial  en  el  procedimiento  penal  (cuaderno 1., fs.  21).   Se  recibió  en  indagatoria  a  los  imputados  GUILLERMO  ENRIQUE  RAMÍREZ  ROJAS  (fs.  49),  JESÚS  ANDRADE  MORA (fs. 61 y 186), ALFREDO AYALA  BORDA  (fs.  98),  HERNÁN  AUGUSTO  RAMÍREZ  ROJAS  (fs.  251) y JOSÉ ALBERTO  PERDOMO VÉLEZ (fs. 418).   

          Por  medio  de  resolución  fechada  el  2 de diciembre de 1992, se  resolvió  la situación jurídica de los cuatros (4) primeros sindicados que se  citan,  a quienes se afectó con medida de aseguramiento consistente en caución  prendaria,  así:   Guillermo  Enrique  y Hernán  Augusto  Ramírez  Rojas  como coautores del delito de  estafa,  pero  el  primero,  además,  por  el  punible de asesoramiento y otras  actuaciones   ilegales   (C.   P.,   artículos   157  y  356),  y  el  segundo,  adicionalmente,  por  el  injusto  de  interés  ilícito  en la celebración de  contratos  (idem, artículos  145   y   356);   Jesús   Andrade   Mora  como  cómplice  del delito de estafa y autor del hecho punible de  infidelidad       a       los      deberes      profesionales      (ibidem,  artículos  175,  356  y  24);  y  Alfredo Ayala Borda a título  de     cómplice     de     la     infracción     patrimonial     (ejusdem, artículos 356 y 24) (cuaderno 1,  fs. 277).   

          La  situación  jurídica  de José Alberto  Perdomo  Vélez fue resuelta en la providencia del 2 de  marzo  de  1993,  por  cuyo  medio  la  fiscal  dispuso  en  su contra medida de  aseguramiento  de caución, como cómplice del delito de estafa (cuaderno 2, fs.  25).   

          En  la  resolución  del 13 de junio de 1991, se admitió como parte  civil    al    ofendido    José    Manuel    Bernal  Varela (cuaderno 1, fs. 41).   

          Cerrada  la  investigación,  la  fiscal  instructora  calificó  el  mérito  del sumario en la resolución del 25 de agosto de 1993, por medio de la  cual  acusó a los hermanos Guillermo Enrique y Hernán  Augusto  Ramírez  Rojas  como coautores del delito de  estafa agravada (C. P., arts.  356    y    372-1);   al   abogado   Jesús   Andrade  Mora  como cómplice del mismo delito, en concurso con  el     de     infidelidad     a     los     deberes  profesionales               (idem,  artículos 175, 356, 372-1 y 24); y  a  los  ciudadanos  Alfredo Ayala Borda y José Alberto  Perdomo  Vélez,  en  calidad  de cómplices del mismo  delito  patrimonial.  En la misma decisión, se precluyó la investigación  en  favor  de  los  hermanos Ramírez Rojas  por  los hechos punibles de asesoramiento  y  otras  actuaciones  ilegales  e  interés  ilícito  en  la  celebración  de  contratos,  respectivamente,  por  la  ocurrencia  del  fenómenos  de  la  prescripción  de  la  acción  penal (cuaderno 2, fs. 116 y  144).   

          Revisada  en  segunda  instancia  la  providencia  calificatoria, la  Unidad  de  Fiscalía  ante  los  Tribunales Superiores de Santafé de Bogotá y  Cundinamarca,  por  medio  de resolución fechada el 28 de enero de 1994, revoca  la  acusación  en  contra del procesado Jesús Andrade  Mora     por     el    delito    de    infidelidad  a los deberes profesionales y,  como  consecuencia,  precluye  la instrucción por tal hecho punible; aclara que  la  preclusión  en  favor  de  los  hermanos  Ramírez  Rojas se fundamenta en la falta de adecuación típica  de  las  respectivas conductas y no en la prescripción; y en lo demás confirma  la  resolución  acusatoria  de  primer  grado  (cuaderno  2ª  instancia  de la  Fiscalía, fs. 47).   

          Asumió  el  conocimiento  para el juicio la Juez Cuarenta Penal del  Circuito  de  Santafé  de  Bogotá,  funcionaria que llevó a cabo la audiencia  pública  y  dictó  fallo  de  primera  instancia  el  3 de octubre de 1994, de  acuerdo  con  el cual condena a los hermanos GUILLERMO ENRIQUE y HERNÁN AUGUSTO  RAMÍREZ  ROJAS a la pena principal de treinta y cuatro (34) meses de prisión y  multa  por  valor  de cuatrocientos mil pesos ($ 400.000.oo), como coautores del  delito  de estafa agravada; y,  a  título  de  cómplices  del  mismo injusto, se condena a los acusados JESÚS  ANDRADE  MORA,  a  la  sanción principal de veintiocho (28) meses de prisión y  multa  de  setenta mil pesos

 ($ 70.000.oo), ALFREDO  AYALA  BORDA  y JOSÉ ALBERTO PERDOMO VÉLEZ a diecisiete (17) meses de prisión  y  multa  en cuantía de cinco mil pesos -$ 5.000.oo- (cuaderno 2, fs. 177, 203,  230, 243 y 288).   

          El  Tribunal  Superior de Santafé de Bogotá, según lo expuesto en  la  sentencia  del  15  de  diciembre  de  1994,  confirmó  el fallo de primera  instancia,  salvo  en relación con el acusado ALFREDO AYALA BORDA, cuya condena  fue revocada para en lugar absolverlo (cuaderno Tribunal, fs. 4).   

LAS DEMANDAS DE CASACIÓN  

          A  FAVOR  DE  GUILLERMO  ENRIQUE  RAMÍREZ  ROJAS   

          El  defensor  invoca la causal primera de casación, conforme con el  numeral  1°  del artículo 220 del Código de Procedimiento Penal, por supuesta  violación  de  una  norma  de derecho sustancial, debido a errores de hecho por  falso juicio de identidad y por falso juicio de existencia.   

          En  orden  a  la  demostración  del  único  cargo,  el profesional  explica  que  para  predicar  la  existencia  del delito de estafa era necesario  probar,   como   aspecto  fundamental,  que  Guillermo  Enrique  Ramírez  Rojas, a sabiendas de que el predio  tenía  un  avalúo  de

$  43.168.860.oo, indujo en  error    al    denunciante    José   Manuel   Bernal  Varela  para  que le prometiera vender el inmueble por  la  suma de $ 4.000.000.oo.  A continuación, el censor transcribe la forma  como  quedó  plasmado  dicho elemento del hecho punible en una y otra sentencia  de grado.   

          Aduce  el  impugnante  que  se ha distorsionado la prueba documental  que  contiene  el “informe técnico” y “avalúo comercial” fechado el 19  de  febrero  de  1987,  hecho  por  el  Departamento  Administrativo de Catastro  Distrital,  por  un valor de $ 43.168.860.oo, (cuaderno original 1, fs. 249 y 2,  fs.  13),  pues  se  le  dio  a la misma “un contenido que no tenía ni podía  tener”,  cuando  se  afirma  que  desde  la  fecha indicada era conocido dicho  avalúo  en  el Instituto de Desarrollo Urbano, sin tener en cuenta que aquélla  y  ésta son dos entidades administrativas completamente distintas y autónomas;  además,  tampoco  podía  ser  conocido  dicho  informe  por  el doctor HERNÁN  AUGUSTO  RAMÍREZ  ROJAS,  por  lo menos antes del 16 de febrero de 1988 (cuando  remitió  el  oficio  322-0294  al  jefe de la sección inmobiliaria), porque no  existe  prueba de la fecha en el que la oficina de Catastro lo envió al IDU, ni  tampoco de la fecha en que éste lo recibió.   

          Agrega  que  es  absurdo  sostener, como lo hace el Tribunal, que el  avalúo   se   hallaba   en  la  oficina  de  Ramírez  Rojas  en  el IDU desde el 19 de febrero de 1987, pues  éste  sólo suscribe el oficio relacionado con aquél el 16 de febrero de 1988,  es decir, un año después.    

De igual manera, el fallo de primera instancia  trata  de llenar el vacío al aducir que el informe llegó al IDU el 13 de marzo  de  1987,  fecha que aparece como nota marginal y por fuera de texto en la parte  superior  derecha del documento.  Sin embargo, no se sabe si tal constancia  fue  puesta  en el IDU o en el Departamento Administrativo de Catastro; además,  igual  predicamento  podría hacerse de otra expresión manuscrita que figura en  la    parte    superior    del    documento    y    que   dice:    “julio  20/87”.   

En  vista  de  que  se  “distorsionó  la  existencia”  del  avalúo  indicado,  cuando  se  asevera que estaba en el IDU  desde  el  19 de febrero de 1987, por la misma vía se tergiversaron las pruebas  relacionadas  en los literales a, b, c, d, e, f y g del texto de la sentencia de  segunda  instancia,  porque  afirmó  el  fallador que todas y cada una de ellas  constituían la “maquinación artificiosa”.   

De  igual manera, dice el demandante, se han  distorsionado  las  escrituras  públicas de 11 y 20 de mayo de 1988, por cuanto  ellas  se  mencionaron  como  una  continuación de las “maquinaciones” para  perfeccionar  y  agotar  el  delito  de  estafa  iniciado  el  11  de  junio  de  1987.   

A partir de la mencionada tergiversación, el  sentenciador  incurrió  en un doble falso juicio de existencia, primero, porque  se    supuso    que    Guillermo   Enrique   Ramírez  Rojas  había recibido la información del avalúo por  valor  de  $  43.168.860.oo  para  el  11  de  junio  de  1987, fecha en que por  intermedio   de   su   suegro   prometió   comprar   al   señor   Bernal    Varela   el   predio   y   sus  reclamaciones  ante el IDU; y, segundo, porque se predicó que aquél le ocultó  maliciosamente al promitente vendedor la existencia de tal informe.   

En virtud de los errores de hecho resaltados,  agrega  el  impugnante,  se  han violado como medio los artículos 246 y 254 del  Código  de  Procedimiento Penal, el primero referente al principio de necesidad  de  la  prueba  y  el  segundo  que  ordena apreciar las pruebas conforme con el  principio de la sana crítica.   

Del  modo irregular antes indicado, sostiene  el  censor,  se  probó  la  existencia  de  un actuar doloso correspondiente al  elemento  subjetivo  del  delito  de  estafa,  razón  por  la  cual  se aplicó  indebidamente  el  artículo  356  del  Código Penal.  También repara una  aplicación   indebida  de  los  artículos  61,  65,  66-11  y  372  del  mismo  ordenamiento.   

De no ser por los errores de hecho cometidos,  el  Tribunal  entiende  que  en la promesa del 11 de junio de 1987, el procesado  Guillermo    Enrique    Ramírez   Rojas  adquirió  “un  cuerpo cierto pero de valor aleatorio”, porque  para  tal  fecha,  según  las  pruebas  que obran en el proceso, no conocía el  valor  asignado  al  predio  y  también  lo hacía a riesgo de su real recaudo,  razón  por  la  cual las actuaciones subsiguientes caen dentro de la órbita de  una negociación puramente civil.   

Afirma  el casacionista que en el expediente  no  existen  otras pruebas que pudieran llevar a la Corte a la misma conclusión  condenatoria,  aparte  de  las  ya  objetadas, motivo por el cual solicita casar  parcialmente   el   fallo   y   en  lugar  absolver  al  procesado  Guillermo  Enrique  Ramírez  Rojas.   Por  la  naturaleza de la causal invocada, cree que sus efectos deben extenderse  a  los no recurrentes y demás accionantes condenados, conforme con el artículo  243 del Código de Procedimiento Penal.   

EN NOMBRE DE HERNÁN  AUGUSTO RAMÍREZ ROJAS   

El  defensor  proclama  la violación de una  norma  de  derecho  sustancial,  conforme con el numeral 1°, cuerpo segundo del  artículo  220 del Código de Procedimiento Penal, en virtud de errores de hecho  en  la  apreciación  por  suponer  unas  pruebas e ignorar otras.  De esta  manera,  el  fallador  termina  por figurarse la existencia de los elementos del  delito de estafa.   

Los  fallos  de  primera y segunda instancia  sostienen  con  énfasis que Guillermo Enrique Ramírez  Rojas  acudió  a la promesa de venta celebrada con el  señor  Bernal Varela, cuando  ya  tenía  el  conocimiento  de  que el terreno estaba avaluado en la suma de $  43.168.860.oo,  aspecto  fundamental  para  predicar el dolo y la existencia del  delito  de  estafa.   El censor transcribe el tratamiento que se dio en las  sentencias de instancia al tema del valor real del bien.   

Después de relacionar los elementos típicos  del  delito  de  estafa, el actor expone que el fallo impugnado supuso la prueba  del  empleo  de  maniobras  engañosas  por  parte  de su defendido Hernán  Augusto Ramírez Rojas, pues en el  expediente  no  aparecen medios de convicción que señalen la existencia de una  confabulación  entre  José  Alberto Perdomo Vélez y  Guillermo  Enrique  Ramírez  Rojas  para  realizar el  mencionado negocio.   

Dice que igualmente la sentencia presumió la  prueba  de la inducción en error a José Manuel Bernal  Varela, pues, por el contrario, en el expediente está  probado  que el ofendido era un hombre de 59 años de edad, dedicado hace muchos  años  al  negocio  de  propiedad  raíz  y  de  urbanizaciones,  que  aceptó y  documentalmente  concretó el negocio asistido por un abogado de su confianza, y  que  al  momento de su realización él, como experto en compraventa de tierras,  consideró  un  buen  negocio  vender  el  predio por la suma de

  $  4.000.0000.oo, supuesto que tiempo antes había comprado 40.000  metros  cuadrados, entre los que se incluye la zona indicada, por la cantidad de  un  millón  de  pesos  y  además  el  avalúo  catastral del inmueble era de $  416.790.oo.   

Aduce el impugnante que la sentencia también  imaginó  la  prueba  de  la  relación  de  causalidad  entre  las  pretendidas  maniobras  engañosas  y  la  inducción  en  error  a la víctima, del provecho  ilícito  y  del  correlativo daño patrimonial, como elementos integradores del  delito de estafa.   

Afirma que los últimos errores se cometieron  porque  el  fallador  ignoró  los  parágrafos  de  la  cláusula tercera de la  escritura  de  compraventa número 2184, y de la cláusula tercera de la promesa  de  compraventa  que  le  precedió,  según los cuales el vendedor se obligó a  ceder  al  comprador  todos  los  derechos  y acciones que hasta la fecha (11 de  junio  de  1987)  cursaban  ante  el  IDU,  lo cual demuestra que en realidad el  objeto  del  contrato  era  de  contenido aleatorio, pues estaba condicionado al  avaluó  del  predio  por  parte  del  Instituto, la oportunidad en que el mismo  haría  el pago y los costos (honorarios de abogado, por ejemplo) en que habría  de  incurrir  el  comprador  para  obtener  el pago (cuaderno original 1, fs.8 y  141).    

Como  se  han  supuesto  pruebas  y  se  han  ignorado  otras,  el  sentenciador  terminó  por  declarar la existencia de los  elementos  esenciales  del  delito de estafa.  De modo que, a través de la  violación  de  los  artículos 246 y 254 del Código de Procedimiento Penal, se  transgredió  de  manera  indirecta  el  artículo  356  del  Código Penal, por  aplicación   indebida.    También   se   vulneraron   indirectamente  los  artículos 61, 65, 66-11 y 372 del Código Penal.   

En  vista  de  que el expediente no contiene  otras  pruebas  para demostrar la existencia de los componentes de la estafa, el  actor  solicita  a  la  Corte  que  case  el  fallo  para, en lugar, absolver al  procesado Hernán Augusto Ramírez Rojas.   

A  FAVOR  DE JESÚS  ANDRADE MORA   

El  defensor  del  procesado  Jesús  Andrade Mora propone el rompimiento  del  fallo  por  medio  de  la  causal  primera  de casación, con motivo de una  supuesta   violación   indirecta   de  la  ley  sustancial,  debido  a  que  el  sentenciador    incurrió    en    falsos    juicios    de    identidad   y   de  existencia.   

Para denotar los errores anunciados, el actor  recuerda  que  la  complicidad  sólo  se  concreta  si  quien contribuye conoce  previamente    la    delincuencia    a   la   cual   presta   su   colaboración  posterior.   

A  partir  de  dicha  premisa, el demandante  sostiene    que    el    Tribunal   supuso   que   los   abogados   Guillermo  Enrique Ramírez Rojas y Jesús Andrade Mora eran  “socios”  de  oficina,  cuando  la  realidad  es que ellos  apenas   la   compartían   físicamente   (error  de  existencia).   Este  dato  es  esencial porque el  primero  había  dejado la oficina desde el mes de octubre de 1987, fecha en que  se  posesionó como gerente de la terminal de transporte de Santafé de Bogotá,  y  el  doctor  Andrade  Mora  sólo  vino  a  actuar  en  el  proceso  por una llamada telefónica que le hizo  aquél  para que le recibiera el poder al señor Bernal  Varela,   cuando   ya   los   hermanos   Ramírez   Rojas   habían  adelantado  el  iter  criminoso de la estafa  que él desconocía.   

Ahora  bien,  el  poder conferido al abogado  Andrade   Mora  sí  tenía  constancia  de  presentación,  razón  por  la  cual constituye un “yerro  de  existencia” que el Tribunal  afirme   que   dicho   documento   carece   de   fecha   de   reconocimiento  de  firmas.   

Por  otra  parte,  el  señor  Bernal  Varela  sostuvo  que él no había  firmado  dicho  poder, pero con el correr de la investigación quedó demostrada  la   autenticidad   del  documento  y  en  evidencia  entonces  la  mentira  del  denunciante.   Mas,  como  estos  datos  relacionados  con  el poder fueron  ignorados  en  el  fallo,  se  ha  cometido  de  esta  manera  otro falso juicio de existencia.   

Aduce  el censor que el abogado Andrade  Mora le dio estricto cumplimiento  a    lo    acordado    con   su   poderdante   Bernal  Varela,  en  el  sentido  de  que  éste  continuaría  entendiéndose   con   Guillermo   Enrique   Ramírez  Rojas,  prueba  de  lo  cual  es  que cuatro (4) meses  después  de  que el apoderado recibió buena parte del precio de parte del IDU,  el  mandante  acudió  a  la  Notaría  Quince  a  firmar  la  escritura  de  la  compraventa  que ante le había prometido a Ayala Borda  y  Ramírez Rojas.  En razón de dicho compromiso,  le  parece  lógico al impugnante que su defendido le haya girado la mayor parte  de   los   dineros   a  Guillermo  Enrique   y   el   resto  a  su  hermano  Hernán  Augusto.   

          Y       es       que       resulta       sumamente      irracional   pensar,   como  lo  hizo  el  Tribunal,  que si el procesado Andrade Mora   estaba   al  tanto  de  la  delincuencia  que  realizaban  otros,  procediera  él  mismo  a  dejar constancia documental (los cheques) del reparto  del  dinero  a los coautores Ramírez Rojas.   

En  cambio, sí parece lógico que el doctor  Andrade Mora haya recibido la  suma  de  $  375.000.oo por su actividad profesional (en verdad poca), y de ahí  que    sea    absurda   la  afirmación  del  Tribunal de que dicha cantidad no fue recibida por honorarios,  sino por la efectiva colaboración que aquél prestó en la estafa.   

Cada  vez  que  se refiere a consideraciones  “absurdas,  ilógicas  e irracionales”  hechas  por  el  Tribunal,  dice  el  demandante,  quiere señalar  yerros    de    hecho    por    falso    juicio   de  identidad,   pues  el  indicio  se  erige  sobre  una  “inferencia  lógica” que, si el fallador rompe en su estructura, incurre en  dicha clase de error.   

También     existe     falso   juicio   de   identidad   en   la  aseveración  del  Tribunal  relacionada con la duda que queda sobre la realidad  del  poder conferido al doctor Andrade Mora,  pues  dizque  si  aparece  presentado  el 9 de diciembre de 1987,  cómo  fue  que pudo el apoderado realizar la promesa de compraventa desde el 30  de  noviembre del mismo año.  Es falsa dicha apreciación judicial, apunta  el  demandante,  porque el poder en realidad fue recibido el 17 de noviembre del  mismo año, antes de la promesa.   

Se   resalta   como   otro   “error  de existencia”, el hecho de que  el  Tribunal  no haya considerado que el doctor Andrade  Mora apenas empezaba a ejercer la profesión cuando se  instaló  en  la  oficina de Guillermo Enrique Ramírez  Rojas  y  que,  dada  la  prestancia de éste, pues lo  había  conocido como subdirector del INTRA en el año de 1978, tenía derecho a  confiar  en  lo  que le proponía, sin imaginarse que su compañero estuviera en  actitud  delictiva.   A  lo sumo, podría reprochársele una negligencia en  el  desarrollo de la confianza, pero ello daría lugar a una culpa que no sería  punible como modalidad del delito de estafa.   

De este modo, como el procesado Andrade  Mora  desconocía lo que tramaban  los  hermanos  Ramírez Rojas,  simplemente   fue  utilizado  por  éstos  como  un  instrumento  material  para  perfeccionar  el  delito  de estafa.  A propósito, el propio representante  de   la  parte  civil  en  la  audiencia  pública  reconoció  que  el  abogado  Andrade Mora fue una víctima  de   la  conducta  habilidosa  de  Guillermo  Ramírez  Rojas,  sin  embargo  de lo cual tales palabras fueron  ignoradas   por   el   fallador   e   incurrió   así   en   otro  falso juicio de existencia.   

Solicita  el actor que la Corte Suprema case  la  sentencia impugnada y absuelva al procesado Andrade  Mora.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

En    relación    con    la    primera  demanda:   

Explica  el  Procurador que la presentación  del  cargo  aparenta  viabilidad,  pero  en  el  fondo  se  trata  de diferentes  interpretaciones  del  hecho  punible  y  las  circunstancias  que  rodearon  su  ejecución,  materia  que  es extraña a la casación, sede extraordinaria en la  cual deben probarse errores y su incidencia en el fallo.   

En  efecto, el censor olvida que el Tribunal  infirió  que  los hermanos Guillermo Enrique y Hernán  Augusto  Ramírez  Rojas conocían el avalúo comercial  del  lote  de terreno, desde el 19 de febrero de 1987, de otros hechos probados,  tales  como que el primero no quiso adquirir directamente el bien sino a través  de  su  suegro  y  por la existencia de una negociación paralela con el abogado  Andrade Mora.   

El   demandante   no   ha  demostrado  que  Guillermo    Enrique    Ramírez   Rojas  dejó  de incluir su nombre en la promesa de compraventa por causa  distinta  al  conocimiento  que  tenía del avalúo de $ 43.168.860 hecho por el  IDU.   A  partir  de  la  conducta  asumida  por los procesados, durante un  período  superior  a  un  año,  el Tribunal infirió que esa complejidad en el  negocio  sólo  podría  darse  a  condición  de  conocer  a  ciencia cierta el  avalúo,  inferencia  que  no ha sido desvirtuada por el actor para sostener que  hubo un falso juicio de identidad.   

Agrega   el   Procurador   que  idénticos  razonamientos  pueden  hacerse  respecto  de las críticas de distorsión de las  pruebas  relacionadas  en  los  literales  a,  b, c, d, e, f y g de la sentencia  atacada,  así como de las escrituras públicas de 11 y 20 de mayo de 1988, pues  el  principio  dispositivo  que  rige  la casación implica que el demandante no  sólo  debe  indicar  el  error  sino  también  hacer  su demostración clara y  precisa.   

Ni siquiera como hipótesis puede sostenerse  que  Guillermo Ramírez Rojas  compró  “un  cuerpo  cierto  de  valor aleatorio” en el contrato de promesa  realizado  el  11  de  junio  de  1987,  como para llegar a sostener un error de  existencia   respecto   del   documento   contractual,   pues   el  alea  en  las  negociaciones  privadas  no  está  relacionado  con  el  valor  de la cosa (elemento esencial del contrato),  sino  con su posibilidad futura de existencia.  De otra manera, carecerían  de  sentido  figuras  como  la  lesión enorme y otras que buscan restablecer la  igualdad entre las partes contratantes.   

Pide desatender dicho cargo.  

Sobre la segunda demanda:  

Dice  el Delegado que el impugnante pretende  resaltar,  sin  la  más elemental técnica, que hubo suposición de cada uno de  los  elementos  típicos  del  delito de estafa, con el fin de concluir que hubo  aplicación indebida del artículo 356 del Código Penal.   

En efecto, trata de enseñar que se supuso la  prueba  de  las  maniobras  engañosas,  pero  termina  por aducir que no existe  elemento   probatorio   alguno   de   la   confabulación   entre   Guillermo   Enrique   Ramírez   Rojas   y   José  Alberto  Perdomo  Vélez  para  realizar  el  contrato.   Aquí  el  censor  no muestra ningún error, ni describe los actos positivos u omisivos que  el  Tribunal tuvo por maniobras engañosas, mucho menos señala los párrafos de  la  providencia  que  suponen  la  existencia  de  un hecho o de una prueba y la  incidencia    que    ellas    tuvieron    en    la    determinación    de    la  responsabilidad.   

Otro tanto puede sostenerse del falso juicio  de  existencia  predicado  respecto  de  la  prueba  del  elemento conocido como  inducción  en  error  a  la víctima, pues en la demanda no se identifica cuál  fue  el  estado de equivocación en que se puso o mantuvo al ofendido, cuando en  la  sentencia  se  precisó  que  el  mismo  consistió  en haber generado en el  afectado  la  idea  de  que  en  el  Instituto  de  Desarrollo  Urbano  no se le  atendería   favorablemente  su  solicitud  de  indemnización  y,  en  caso  de  prosperar,   se   le   reconocería  una  suma  mínima  en  relación  con  sus  expectativas.   Esta falsa creencia se ambientó en la víctima, a pesar de  que  los  procesados  conocían  que el instituto había atendido favorablemente  sus  pretensiones  “desde  el  mes de enero (sic) de mil novecientos ochenta y  siete”,  y  el  predio  había  sido  avaluado en una suma superior a cuarenta  millones de pesos.   

El actor toma aspectos incidentales y les da  su  propia  interpretación,  tal  como  que  la  venta  del terreno por la suma  de

     $     4.000.000.oo     a    Alfredo  Ayala  Borda  era un buen negocio  para  él,  en  vista  del  precio  anterior de adquisición, pero tal manera de  proceder  es  sólo la expresión de un criterio de valoración diferente al del  fallador,  contrario  al  objeto  de  la casación que versa sobre una sentencia  dotada de la doble presunción de acierto y legalidad.   

El  mismo  camino  de  desacierto recorre el  censor  para  predicar  que  hubo suposición de la relación de causalidad y el  provecho  ilícito,  como  elementos  integradores del delito de estafa, pues da  como  única  razón que el fallador ya había supuesto las maniobras engañosas  y la inducción en error de la víctima.   

Se sostiene en la demanda que también hubo  presunción  del  daño  patrimonial,  dado  que  el  contrato era eminentemente  aleatorio,  razón  por  la  cual  el  resultado  final  dependía  de  factores  variables  y  tal  expectativa excluye la posibilidad de ilicitud en el provecho  obtenido.   El  Procurador advierte un equívoco patético en el argumento,  pues  la  negociación  realizada  no tiene las características de alea  propias  de  las formas expresamente  señaladas  como  tales  en  el  Código Civil (art. 2282), porque el objeto del  contrato  preparatorio  era una cosa cierta no supeditado a circunstancia futura  alguna.   

          Con  abundantes  elementos  probatorios  se  pudo  establecer  en el  proceso  que, si no media el error en que se le mantuvo por medio de ardides, el  señor   José   Manuel   Bernal   Varela   no   hubiera   perfeccionado   el  contrato  de  compraventa  del  inmueble.   Estos  rasgos  destacan la existencia del delito de estafa, que  la censura no diferencia de los conflictos privados.   

          El  demandante  no  fue  capaz  de probar ninguno de los errores que  invoca,   pues   prefirió   variar  su  obligación  por  la  de  ensayar  otra  interpretación  de  los  hechos,  diferente a la que analíticamente dibujó el  Tribunal en la sentencia.   

          No prospera el cargo.   

          Y respecto de la última demanda:   

          Cuando  el  demandante enfrenta la demostración del primer error de  existencia,  dice  el  Procurador,  incurre  en  serias  imprecisiones,  pues el  Tribunal   nunca   calificó   de   “socios”  a  los  abogados  Guillermo   Ramírez   Rojas   y   Jesús  Andrade  Mora,   sino   que   siempre   sostuvo   que   eran   “compañeros  de  oficina”.   

          Por  otra  parte,  el  actor  quiere  romper la calidad de cómplice  atribuida   al   acusado   Andrade   Mora,  con  base  en el señalamiento de que él sólo llegó al proceso  después  del  mes  de  octubre  de  1988,  pero  olvida que la preparación del  punible  por  los  hermanos  Ramírez Rojas  se hacía desde junio de 1987, lapso que propiciaba y permitía la  participación   de   un   tercero   en  calidad  de  cómplice  concomitante  o  subsiguiente   a   la  ejecución  material  de  cada  uno  de  los  componentes  comportamentales del tipo de estafa.   

          El  conocimiento  anterior del cómplice quedaría sujeto al momento  en  el  cual  entre a participar en el hecho ajeno, motivo por el cual su actuar  corresponde  a  una  contribución parcial en el hecho delictivo, luego no puede  ser  errónea  la  ubicación de la conducta de Andrade  Mora en el artículo 24 del Código Penal.   

          También  es equívoco el falso juicio de existencia adjudicado a la  sentencia  respecto  de  la  fecha  de  reconocimiento  de firmas en la Notaría  Quince,  pues,  en  realidad,  el  documento  carece de ella, sólo que el actor  confunde  la  nota de presentación personal del documento con el reconocimiento  de firmas, que son diligencias diversas.   

          Surge  otra  impropiedad en el reparo de falso juicio de existencia,  porque  el  juzgador  no tuvo en cuenta las mentiras de la víctima respecto del  poder  otorgado  al  abogado  Andrade Mora,  una vez que el peritazgo demostró la legitimidad de las firmas y  de  las  huellas  encontradas  en  el  documento.   Aquí  se  desdibuja el  concepto  de  falso  juicio  de existencia,  porque  el  Tribunal  no  calificó  de  apócrifas  las firmas e  impresiones  digitales  plasmadas  en el documento, sino que simplemente puso de  relieve la maniobra fraudulenta desplegada para obtenerlas.   

          De  acuerdo  con  la  fundamentación  expuesta  por el Tribunal, el  mencionado  poder  ponía  de  presente la eficacia de la colaboración prestada  por  el  abogado  Andrade Mora  en  la  defraudación patrimonial, desvirtuando de tal manera la ajenidad en los  hechos que proclama su defensor.   

          Por  otra  parte, para mostrar un supuesto falso juicio de identidad  no  basta  tachar  de  absurdo  el  juicio del Tribunal, porque haya tomado como  pruebas   el   giro  de  los  cheques  a  favor  de  los  hermanos  Ramírez  Rojas por parte del acusado, y el  hecho   adicional   de  haberse  quedado  con  la  suma  de  $  375.000.oo  como  reconocimiento   a  su  participación,  pues  técnicamente  era  indispensable  indicar  el error cometido por el sentenciador, su naturaleza y su trascendencia  al   afectar   los   elementos   estructurales   del   delito   o   las  pruebas  determinantes.   

          En  este caso, el demandante de manera no admitida ataca el grado de  credibilidad  que  se le negó a la versión de su defendido y, en todo caso, si  pretendía  demostrar  que  la construcción indiciaria se desarrolló sobre una  inferencia lógica inaceptable, así debió demostrarlo.   

          Bien  puede  observarse  que  el  Tribunal infiere la complicidad de  Jesús  Andrade  Mora por el  hecho  de  que,  siendo  mandatario  del  señor Bernal  Varela en la venta del inmueble al IDU, el producto de  la    gestión    se   lo   haya   repartido   a   los   hermanos   Ramírez  Rojas, con el pretexto simple de  obedecer imaginarias instrucciones de su poderdante.   

          Por  razón  de  lo  que  expone, el Delegado estima que dicho cargo  también debe ser desatendido.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA   

          PRIMERA DEMANDA   

          El  defensor  del procesado GUILLERMO ENRIQUE RAMÍREZ ROJAS hace un  enunciado  correcto en abstracto, cuando se refiere a la violación de una norma  de  derecho  sustancial,  como  es  el  artículo  356  del  Código  Penal, por  apreciación  errónea  de  las pruebas, en virtud de supuestos errores de hecho  por tergiversación de unas pruebas y suposición de otras.   

          1.   Sin embargo, cuando trata de concretar el cargo, aduce que  se  ha  distorsionado  el informe técnico y de avaluó comercial emitido por el  Departamento  Administrativo  de Catastro Distrital, prueba que aparece a folios  249  del  primer cuaderno original y 12 del segundo, tal vez porque “se le dio  un  contenido  que no tenía ni podía tener” (Tribunal, fs. 72).  Y para  justificar   dicha   distorsión   expone  que  el  ad  quem    aduce    que   los   hermanos   Ramírez  Rojas conocían el informe desde  el  19  de  febrero de 1987, fecha del mismo, cuando es un alcance que no podía  otorgársele  a  la  prueba,  en  vista de que el Departamento Administrativo de  Catastro  Distrital  y  el  Instituto  de  Desarrollo  Urbano  son dos entidades  diferentes;  además,  “no  obra prueba”  de  la fecha en que el primero envió el informe al segundo, la  en  que éste lo recibió, y tampoco se ha demostrado que el doctor Hernán  Augusto  Ramírez  Rojas estuviera  enterado  de  dicho  documento, antes del 16 de febrero de 1988, fecha en que se  refirió  a  él  para  remitirlo  por  medio  de  oficio al Jefe de la Sección  Inmobiliaria del IDU (fs. 73).   

          Son  varias  las confusiones que arroja la exposición.  Cuando  el  actor  se  refiere  al hecho de que se le haya dado a la prueba “un   contenido  que  no  tenía  ni  podía  tener”,   trata   de  aproximarse  al  concepto  básico  de  falso  juicio  de identidad, entendido como  la  alteración de la materialidad del informe, pero, a la hora de la verdad, en  manera  alguna  demuestra  que  la  fecha  indicada  (19  de  febrero de 1987) o  cualquiera  otra  declaración  hecha  en el documento hayan sido distorsionadas  por el Tribunal, bien por supresión ora por agregación.   

          Mas,   en  el  curso  de  la  explicación  de  los  “modos  de distorsión”, el demandante se  refiere,  no a la desfiguración del contenido fáctico de la prueba, sino a una  presunta  tergiversación  de  la misma, vocablo que se quiere entender ahora en  su  acepción  de  interpretación  errónea  de  las palabras o acontecimientos  plasmados  en  ella.  De nuevo, se esperaba que el censor indicara cuál es  el  sentido  distorsionado  de  las  expresiones  o fenómenos consignados en el  informe,  así por ejemplo, que el Tribunal haya tomado el 19 de febrero de 1987  como  fecha  de envío del documento al IDU, cuando en realidad se trataba de la  data   de   su  expedición  por  el  Departamento  Administrativo  de  Catastro  Distrital;   pero,   simplemente   se  aplica  a  señalar  que  “en     el     expediente     no    obra  prueba”   de   las   fechas  de  envío,  recibo  y  conocimiento  del  informe por parte del doctor Hernán  Augusto  Ramírez  Rojas, actitud que sugiere entonces  el  reproche  adicional de un error de hecho como falso  juicio de existencia.   

El  trastorno  de  objetivos  es  evidente,  porque,  sin  acabar  la demostración del falso juicio  de  identidad  de  la  prueba  técnica  y  de avaluó  comercial,  el  impugnante echa mano de la presunta suposición de pruebas sobre  las  fechas  de  remisión, recepción y conocimiento del documento, aspecto que  de  todas  maneras  no  fueron  demostrados  así por el actor.  Mas, si se  asumiera  la  expresión “no obra prueba”   como   un   simple   desliz   en   la  argumentación,  porque  supuestamente  el actor no pretendía salirse del marco de alegación emprendida  por   el   falso   juicio   de  identidad,  de  todas  maneras  no  logra demostrar que el Tribunal presumió  tales  notas  como parte del contenido de la prueba y, en caso de haberlo hecho,  tampoco indica cuál sería la trascendencia del vicio.   

          Ahora  bien, tales inconsistencias en el modo de pedir se agravan al  examinar  el  contenido  de  la  sentencia  atacada,  pues  allí  se afirma que  Guillermo   Enrique   Ramírez   Rojas   inició  la  maquinación en connivencia con su hermano Hernán  Augusto,  quien,  por  razón del  cargo  que  desempeñaba  para la época de los hechos, como Jefe de la Sección  de  Negociación  y  Títulos  del IDU, necesariamente desde un principio tenía  conocimiento  del  valor  comercial asignado al bien, “toda vez que el avalúo  del  predio se hallaba en esa oficina desde febrero 19/87” (cuaderno Tribunal,  fs. 13, 14 y 17).   

          Como  se  ve, el Tribunal infiere el conocimiento previo del avalúo  por  parte  de  los hermanos Ramírez Rojas  de  dos  datos  fundamentales:  primero, el cargo que ocupaba  Hernán  Augusto  en el IDU,  que  necesariamente lo ponía en contacto inmediato con esa clase de documentos,  prueba  de  lo cual es que él, como paso obligatorio en esta clase de trámites  administrativos,  lo  remite un año después (16 de febrero de 1988) al Jefe de  la  Sección Inmobiliaria; y segundo, por la fecha en que el documento llegó al  Instituto de Desarrollo Urbano (19 de febrero de 1987).   

          En  la  dirección  del  ataque  existe  perplejidad, porque algunas  veces  insinúa  que  el  error  consistió  en  una  presunta  distorsión  del  contenido  de  la prueba, pero en otras trata de reprochar independientemente la  inferencia  inductiva  que  hizo  el  sentenciador,  en  el  sentido  de que los  procesados  conocían  previamente  la  misma.   En  realidad,  según  los  razonamientos   de   la   sentencia,  la  existencia  y  la  fecha  del  avalúo  constituían un indicio de ese conocimiento.   

          Una   cosa  es  impugnar  el  hecho  probatorio  que  constituye  el  documento-informe,  como  fuente  del  indicio,  y  otra  distinta  es atacar la  inferencia  como  proceso  mental a través del cual se llega a una proposición  (conocimiento  previo)  sobre  la  base  de otra u otras proposiciones aceptadas  como punto de partida (existencia y fecha del informe).   

          La  verdad  es  que  el  19  de  febrero de 1987, de manera precisa,  corresponde  a  la  fecha  de  expedición  del  informe  técnico  y de avalúo  comercial  número 0029, elaborado por un perito del Departamento Administrativo  de  Catastro Distrital, pero nada obsta para que el documento hubiese llegado al  IDU  en  la  misma  fecha  o en los días siguientes más próximos, pues, si el  trámite  administrativo se adelantaba en la última entidad y la primera apenas  cumplía   una   labor   de   auxilio   o  asesoría  en  una  materia  concreta  (reconocimiento  técnico  y  avalúo comercial), lo verosímil es que la demora  aproximada  de  un  año  haya  corrido  por cuenta del IDU (concretamente en la  oficina  regentada  por uno de los procesados), máxime que el informe elaborado  por  Catastro  contiene  datos  que  no sólo son pocos sino concretos, que como  tales  no  demandarían  tan  considerable  tiempo a la hora de plasmarlos en un  documento.   

          No ha lugar al falso juicio de identidad pretendido.   

          2.   El  actor aduce que también se distorsionaron las pruebas  relacionadas  en  los  literales a, b, c, d, e, f y g de la sentencia de segundo  grado,  según  las  cuales  la maquinación fraudulenta se produjo merced a que  Guillermo    Enrique    Ramírez   Rojas     era     hermano     de     Hernán  Augusto,  quien  por  razón  de  su cargo conocía el  precio  real del bien; buscaron a José Alberto Perdomo  Vélez,  persona  que  por  su amistad con el ofendido  Bernal  Varela  y su abogado  Luis  Gabriel  Díaz Caicedo,  fácilmente   los   contactó   para   una  eventual  compra  de  los  derechos;  Guillermo  Enrique aparentó  inicialmente   “incertidumbre”   sobre   el   negocio   y   después  alegó  dificultades  para  concretar  algo  frente  al  IDU,  a pesar de lo cual ofrece  compra    al    señor    Bernal   Varela  y  éste  la  acepta  convencido  de  que  su  reclamación estaba  perdida;  en razón del conflicto de intereses que se podría suscitar, en vista  del    cargo   desempeñado   por   su   hermano   en   el   IDU,   Guillermo    Enrique   decide   que   la  negociación  se  haga  a  nombre  de su suegro Alfredo  Ayala  Borda; suscrita la promesa de compraventa (junio  11/87),  en  virtud  de  la  cual  alejaron  a  Bernal  Varela  de  la  reclamación  ante el IDU, para que no  pudiera  enterarse  del  precio  real  del  inmueble,  buscan que éste le venda  directamente  al  Instituto  a través de un poder que le otorgó a Guillermo  Enrique; y, como éste no podía  hacer  uso  del  mandato  por  sus  vínculos de consanguinidad con Hernán  Augusto  y  además recientemente  había  sido  nombrado  como gerente de la Terminal de Transporte de Santafé de  Bogotá,  los  artífices procuran que el señor Bernal  Varela,  sin  consciencia de lo que hacía, le otorgue  un  poder  al  abogado  Jesús Andrade Mora,  documento éste que curiosamente no tiene fecha de reconocimiento  de firmas en la notaría (fs. 14 y 15).   

          Sin  embargo,  dado  que  el  impugnante  anota  que el trastorno de  dichas  pruebas  (a-g)  se  debió  al  “error inicial” y, como se ha visto,  éste  no fue cometido como se pretende, tampoco ha lugar al segundo reproche de  falso juicio de identidad.   

          3.    De   igual   manera,   observa   el   demandante  que  se  distorsionaron  las  escrituras  de  compraventa  fechadas el 11 y 20 de mayo de  1988,   porque   ellas   se   mencionaron   como   la   continuación   de   las  “maquinaciones”  para  perfeccionar  y  agotar  el  delito iniciado el 11 de  junio de 1987.   

         Aparte  de  que  el  impugnante  no  explica  la  manera como fueron  tergiversados  los  dos  instrumentos públicos, también debe resaltarse que el  propio  texto  de  la demanda vincula sustancialmente el pretendido falso juicio  con  “la  primera distorsión”, y obvio resulta que excluida ésta no podrá  demostrarse la de ahora.   

         

SEGUNDA DEMANDA  

          Son  muchos los aspectos afines que se advierten en este escrito, en  relación  con  el primero, razón por la cual, en algunos apartes, la respuesta  se remite a la anterior.   

          Sin  embargo,  el  actor  en  este  caso adopta como metodología la  disección  del  tipo penal de estafa, conforme con el artículo 356 del Código  Penal,  para  comenzar a señalar que hubo suposición de pruebas o se omitieron  otras en relación con cada uno de los elementos típicos.   

          1.   Aduce  el  demandante que la sentencia presumió la prueba  del  empleo  de  maniobras  engañosas por parte de su defendido HERNÁN AUGUSTO  RAMÍREZ  ROJAS,  pues  en  el expediente no obra elemento de convicción alguno  sobre   la  existencia  de  una  confabulación  o  acuerdo  entre  José   Alberto   Perdomo   Vélez   y  Guillermo  Enrique  Ramírez  Rojas para realizar el negocio.   

          Mas  ocurre  que el Tribunal, con fundamento en las atestaciones del  señor   José   Manuel  Bernal  Varela  y   su   abogado   Luis   Gabriel   Díaz  Caicedo,  puso  en  evidencia  dicha  concertación de  voluntades   para   delinquir,   porque   estableció   que   fue   Perdomo  Vélez  quien  puso en contacto a  los    declarantes    con    el   abogado   Guillermo  Enrique      Ramírez  Rojas;  que  aquél  siempre  exteriorizó un denodado  afán  para  que  ellos  llegaran  a  una negociación, hasta el punto de que en  varias     oportunidades    acompañó    a    Díaz  Caicedo    a    la    oficina    de    Ramírez   Rojas,   así   como  también  suscribió  la  promesa  de  compraventa  en  calidad de testigo.  “Estas  circunstancias   (advierte   el   ad  quem)  permiten  concluir  que  no  obró  gratuitamente ni ignorando la  intención  de  los RAMÍREZ ROJAS, sino que algún lucro esperaba obtener de la  torcida negociación” (fs. 16 y 17).   

          Por  otra  parte,  si  en  gracia  de  discusión  no  se  notara el  mencionado  acuerdo  de  voluntades  con  José Alberto  Perdomo   Vélez,   porque  faltara  precisamente  la  concurrencia  consciente  de  la  de  éste,  la  pregunta sería de qué manera  incidiría  ello  en  el  ardid  que  de todas maneras construyeron los hermanos  Ramírez  Rojas, mediante el  uso objetivo de los servicios de aquél.   

          2.   Se  afirma  en la demanda que el fallo impugnado supuso la  prueba  de la inducción en error a José Manuel Bernal  Varela,  dado  que,  por  el  contrario,  existe en el  proceso  prueba  de  que el presunto ofendido era un hombre de 59 años de edad,  dedicado  al  comercio  de bienes raíces y a la actividad de urbanización, que  en  la  negociación estuvo asistido por su abogado y la consideraba “buena”  por  el precio de cuatro millones de pesos ($ 4.000.000.oo), en comparación con  el  valor  notoriamente  inferior  por el que había adquirido el inmueble años  antes.   

          La  objeción  carece  de razón suficiente, en vista de que ningún  argumento   se  esgrime  en  relación  con  el  conocimiento  que  tenían  los  procesados  Ramírez Rojas del  avalúo  comercial  del  bien,  la ocultación del importante dato a su dueño y  reclamante  Bernal Varela y el  consecuente  desconocimiento  de éste, pues, sólo a partir de la manipulación  de  esa  trascendental  información,  es  que  se  ha  pregonado en el fallo la  existencia  del  artificio o engaño, la inducción en error a la víctima y los  demás elementos integradores del delito de estafa.   

          Por  otra  parte,  como  se  sugiere  en  el  libelo  que  el señor  Bernal  Varela estaba dotado  de  condiciones  que  no  lo  harían  fácilmente sujeto pasivo de un engaño o  error,  es  bueno advertir que el tema fue abordado directamente en la sentencia  y  el  censor ni siquiera cita el respectivo pasaje, ni mucho menos ha señalado  protuberantes errores de juicio en la respectiva reflexión.   

          El texto es el siguiente:   

“Resulta  desacertado afirmar que BERNAL  VARELA  no era sujeto que pudiera ser inducido en error, en razón de la sanidad  mental  y  psíquica con que contaba y la experiencia en negocios similares dada  su  actividad de urbanizador, como lo pregona el mismo libelista; pues lo cierto  es  que  en  la estafa se requiere que la víctima del engaño goce de capacidad  de  discernimiento  y  juicio  sano que le permitan razonar en el sentido que lo  pretende   el  esquilmador  e  incurrir  en  el  error  o  concepto  equivocado,  determinado  por  las  maniobras artificiosas de éste, de ahí que aún el más  hábil  de  los  comerciantes,  si  se dan las condiciones necesarias, puede ser  estafado” (fs. 23).   

          3.   Dice el censor que la sentencia se figuró la prueba de la  relación   de  causalidad  que  debe  existir  entre  las  supuestas  maniobras  engañosas  y  la  inducción  en error, debido precisamente a la suposición de  los  dos elementos vinculados.  El reparo no tiene asidero, en vista de que  se  asienta  en premisas que no fueron demostradas en el acápite anterior, como  son la imaginación de la existencia del ardid y el error.   

          4.   En  otro apartado, el actor enuncia que el fallador supuso  la  prueba del provecho ilícito, otro componente del tipo penal de estafa, pero  ni siquiera intenta la demostración del cargo.   

          5.   En  relación  con  el  correlativo daño patrimonial a la  víctima,  el  impugnante  asevera  que  la  sentencia  acusada  ignoró  sendas  cláusulas  de  la  promesa  de  compraventa  y de la posterior escritura que la  concreta  (11  de  mayo  de  1988),  según  las  cuales el vendedor transfirió  derechos  y  acciones  de  su  reclamación  ante  el  IDU,  que  por  distintas  circunstancias  eran  de  contenido  aleatorio  (cuaderno  original  1,  fs. 8 y  141).   

          Esta  apreciación sobre la prueba de dicho componente típico, como  las  anteriores, se ofrece insuficiente en la demanda, porque una vez más omite  el  actor  su relación dialéctica con el elemento nuclear y determinante de la  existencia  de  un  avalúo  comercial del predio, conocido por los procesados y  ocultado   maliciosamente   al  propietario.   Es  que,  si  en  gracia  de  discusión   algo   fuera   indeterminado  (no  aleatorio)  en  la  reclamación  indemnizatoria  del  señor  Bernal Varela,  sólo lo habría sido hasta el 19 de febrero de 1987, fecha en la  cual,  por medio de un estudio jurídico catastral, se determinó que aquél era  el  propietario  del  inmueble  y  que el mismo se avaluaba comercialmente en la  suma  de $ 43.168.860.oo; además, como se sabe, la treta fraudulenta se inició  en el mes de junio del mismo año (cuaderno original 1, fs. 249).   

          No  puede  olvidarse que el interés por la compra de los derechos y  acciones   del   señor   Bernal  Varela  surge  después  de  que  se  conoce  el avalúo comercial hecho por  Catastro  Distrital,  precisamente  en  cabeza del hermano de quien fungía como  jefe de la Sección de Negociaciones y Títulos del IDU.   

          Tampoco prospera la censura.   

          TERCERA DEMANDA   

          A  favor  del  procesado JESÚS ANDRADE MORA, el defensor reclama el  reconocimiento   de   una  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  como  consecuencia  de  sendos  errores  de hecho por falsos juicios de identidad y de  existencia.   

          1.   El  demandante  advera  que  el  Tribunal  supuso  que los  abogados  Guillermo  Enrique  Ramírez  Rojas y Jesús  Andrade    Mora    eran   “socios”   de   oficina  (error  de  existencia), y en  mérito  de  la imaginación de dicho elemento esencial y determinante, se dejó  de   ver   que   el   último   no   conocía   el  tracto  criminoso  recorrido  independientemente    por   los   hermanos   Ramírez  Rojas,    motivo    por   el   cual   él   recibió  desprevenidamente  y  de manera coyuntural un poder que le ofreció Guillermo  Enrique, ante el impedimento que  suscitaba su inminente vinculación a la Terminal de Transporte.   

          Es   necesario   advertir,   de  entrada,  que  paradójicamente  la  tergiversación  es  imputable  a la demanda misma y no al texto de la sentencia  que  se  ataca  en  ese  sentido,  porque  ésta  en  verdad utiliza el término  “compañero  de  oficina”  y  no  el  de  “socio” (cuaderno Tribunal fs.  19).   A  pesar  de  ello,  tampoco  explica el impugnante la mayor o menor  trascendencia  de calificar la relación entre los abogados como de “socios”  o  sólo  de  “compañeros  de oficina”, pues, si lo que quiere es demostrar  que  entre  ellos no existía una relación de confianza suficiente para inferir  que  su  poderdante  conociera las cuitas anteriores del despliegue artificioso,  no  resulta  consistente  que parejamente admita que ellos se conocían desde el  año  de  1978,  cuando  trabajaron  ambos  en  el INTRA (cuaderno Tribunal, fs.  114).   

          2.   Se  afirma  por  el  censor  que  el  Tribunal  incurre en  yerro  de existencia respecto  del    poder    conferido    al    abogado    Andrade  Mora,  cuando advierte que él “inexplicablemente no  tiene  fecha de reconocimiento de firmas”, cuando lo cierto es que sí aparece  la constancia de su presentación.   

          Basta  ojear  el  respectivo  escrito  de  poder para determinar que  evidentemente  no  contiene  la fecha de autenticación de firmas del mandante y  mandatario  ante  la  Notaría  Quince  del  Círculo,  como lo echa de menos el  Tribunal,   pero   sí  figuran  sendas  notas  de  presentación  personal  del  documento-poder  ante  el  Secretario General del IDU, la primera por el abogado  el   17   de  noviembre  de  1987  y  la  segunda  por  el  señor  Bernal  Varela, el 9 de diciembre del mismo  año (cuaderno original 1, fs. 401vto.).   

          Precisamente,  la  fecha  de la constancia de presentación personal  hecha   por   el   señor   Bernal  Varela  (diciembre 9 de 1987), fue uno de los datos que le hizo inferir al  Tribunal  que  dicho poder conferido al abogado Andrade  Mora  era  una  agudización  de la estratagema, en la  cual   participaba   conscientemente   el   nuevo   apoderado,   pues  resultaba  inexplicable  que  el mandato se exhibiera por el profesional después de que ya  había  actuado  en  uso  del mismo en la promesa de venta realizada antes de su  exhibición,   el   30   de   noviembre   de   1987   (cuaderno   Tribunal,  fs.  18).   

          3.   Estima el demandante que la sentencia ignoró las mentiras  del  denunciante,  quien  quiso  negar  la  firma y huella plasmadas en el poder  conferido   al   abogado   Andrade   Mora,  pero  que  su  declaración  fue  enteramente  desmentida  por el  peritaje   que   estableció   la   legitimidad  de  tales  manifestaciones  del  poderdante,  prueba  que  igualmente  fue  soslayada  por  el fallador.  El  desconocimiento  no  sólo de la postura falsa del ofendido sino también de los  resultados  del  experticio,  en sentir del censor, constituye otro falso juicio de existencia.   

          Aunque  el censor no expone las consecuencias que se derivarían del  pretendido  desconocimiento  probatorio,  lo cierto es que el fallo del Tribunal  no  menospreció  los  datos  resaltados  por  él,  pues, por el contrario, los  evalúa y concluye con impresionante coherencia lo siguiente:   

“La crítica que formulan los defensores  de  los  acusados  al  testimonio  de BERNAL VARELA para restarle credibilidad y  tildarlo  de  interesado,  por  el  hecho  de  que niega ser autor de la firma e  impresión  dactilar  obrantes  en  el  poder  empleado  por  ANDRADE  MORA,  es  irrelevante  toda  vez  que como JOSÉ MANUEL fue engañado para la suscripción  de  dicho  mandato  por  la  forma  velada  en  que  lo obtuvieron los acusados,  evidentemente  cuando  se  le puso de presente el documento, aquél aseguró que  no  había  suscrito  el  poder  y por  consiguiente la firma y huella eran  falsos,  y  no  por este hecho puede calificarse su versión de mendaz, dado que  es  apenas  lógico que si no fue consciente del momento en que los incriminados  consiguieron  que  lo suscribiera, su reacción no podía ser otra distinta a la  de  negar  la  legitimidad  del  mandato”  (cuaderno  Tribunal, fs. 23).   

          4.   Para  tratar  de  estructurar  otro  presunto falso  juicio de identidad, el actor expone  que   el   giro   documentado   de  los  dineros  por  el  abogado  Andrade  Mora  a los hermanos Ramírez  Rojas  no  era  nada distinto al  cumplimiento   estricto   de   las   instrucciones   impartidas  por  el  señor  Bernal  Varela al momento de  otorgarle  el  poder,  quien  le  advirtió  que continuaba su entendimiento con  Guillermo  Enrique.  Por  tal  razón,  considera el actor que sería absurdo ver en la expedición de los  cheques   un  indicio  de  que  el  procesado  Andrade  Mora  estaba enterado de la defraudación patrimonial,  pues  no  podría  ser  tan  irracional  su  actuación para dejar la constancia  documental  de  su  propia  ilicitud; tampoco sería lógico que si el procesado  actuó  como  cómplice de tan millonaria estafa, apenas fuera a recibir la suma  de

  $ 375.000.oo por su participación, lo cual le  indica  que  esta cantidad obedece entonces a honorarios profesionales y no a la  remuneración de su aporte criminoso.   

          Como  se  ve,  el  demandante  simplemente trata de competir con las  inferencias  inductivas  puestas de presente por el Tribunal, mas, se aclara, no  porque  éstas  sean  contrarias  a las hipótesis explicativas que él pretende  enarbolar,  pueden  llegar a considerarse las mismas como “absurdas, ilógicas  e irracionales”.   

          En  efecto,  no  resulta  comprensible  la  inocencia alegada por el  procesado  Andrade  Mora, que  ahora  se  capitaliza  en  la demanda, cuando se le endilga la conducta de haber  aceptado  que  en  la  oficina  su  compañero Ramírez  Rojas  lo presentara al ofendido como un arquitecto, no  como  el  abogado  que  era  (sentencia de 1ª instancia, fs. 327), y además se  resuelve  a  hacer uso de semejante poder supuestamente otorgado por una persona  con la que no tuvo el más mínimo contacto para tales menesteres.   

Contrario  a  lo  que  argumenta el censor,  mucha  sensatez  y  ninguna  arbitrariedad se palpa en el siguiente párrafo del  fallo:   

“…  Además,  que  si  en el poder que  según   él   (ANDRADE   MORA)   le  ‘sustituyeron’              –afirmación  que  no es cierta conforme el material probatorio-, lo  facultaban  para  vender en nombre de JOSÉ MANUEL, el dinero que recibiera como  producto  de  esta  transacción  debía  entregarlo  a su mandante, es decir, a  JOSÉ  MANUEL BERNAL VARELA, resultando inadmisible e ilógico que por supuestas  indicaciones  verbales de éste, fuera a entregar la exorbitante suma, repartida  entre  GUILLERMO ENRIQUE y HERNÁN AUGUSTO,  puesto  que con tal proceder se hacía responsable del perjuicio  que  causara  a  su cliente.  Si obró en forma tan absurda fue porque así  lo   acordó   con   los  RAMÍREZ  ROJAS,   y  conocía  todo  el  engaño  en  que  estaba  sumido  BERNAL  VARELA.   Prueba  irrefutable de la condición de cómplice de ANDRADE  MORA es la cantidad que recibió  como  contraprestación de su labor, que no se limitó a cualquier gestión ante  el  IDU,  sino  a  todo el  trámite  de venta del inmueble, de ahí que los

 $  375.000.oo   que   dice   le  fueron  cancelados  como  honorarios  –por   una   venta   de   más  de  $  43.000.000.oo-,  no  puedan  ser  tenidos como tales sino como retribución a la  efectiva   cooperación   que   prestó   para   el   perfeccionamiento   de  la  estafa”   (cuaderno   Tribunal,  fs.  20.   Lo  resaltado pertenece al texto).   

          5.     Otro    falso    juicio   de  existencia   pretende  introducir  el  demandante  en  relación  con  la  indagatoria  del  procesado Andrade  Mora  y  las  palabras  del  representante de la parte  civil  en la audiencia pública, pues, en cuanto a la primera prueba se hace ver  que  el  abogado  apenas  empezaba  las  lides  del litigio y actuó de buena fe  porque  confiaba  en la “prestancia” de su conocido y compañero de oficina,  y  con la segunda manifestación se puso de presente que el acusado también fue  víctima   de  la  habilidosa  conducta  de  Guillermo  Enrique Ramírez Rojas.   

          En  relación  con  la  prueba  que  pudiera revelar la indagatoria,  supuestamente   ignorada   en  el  fallo,  el  demandante  no  se  ocupa  de  la  trascendencia  de tal omisión, pues, a pesar de la copiosa prueba testimonial e  indiciaria  de cargos que se resalta en la sentencia, no se dice cuál sería su  suerte frente al supuesto hallazgo de la defensa.   

          Y  en  cuanto a las manifestaciones de la parte civil, hechas con el  ánimo    de    exonerar    de    responsabilidad    al   abogado   Andrade  Mora, debe decirse que no son más  que  apreciaciones  valorativas  propias  de  un  sujeto  procesal  y  en manera  constituyen prueba susceptible de ser ignorada.   

          Así pues, tampoco procede esta nueva censura.   

          Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la  ley,   

RESUELVE:  

          No  casar  la sentencia de fecha, origen y contenido indicados en la  motivación.   

          Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL               JORGE  ENRIQUE   CÓRDOBA   POVEDA                

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                            JORGE    ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                              CARLOS    E.    MEJÍA  ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN              NILSON  PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria.    

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