10600(16-07-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 10600  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado Acta No. 98  

          Bogotá,   D.   C.,   dieciséis  (16)  de  julio  de  dos  mil  uno  (2001).    

VISTOS  

          Examina   la   Sala   el   fondo   de   las  demandas  de  casación  pre­sentadas   por   los  defensores  de  EDGAR MAURICIO TÉLLEZ GARCÍA, HERNÁN  PRIETO      RUEDA,     JUAN     BAUTISTA     HIDALGO     ANGULO     y JUAN CARLOS VÉLEZ ZULUAGA, quienes  fueran  condenados  por  los delitos de homicidio agravado,  hurto calificado y agravado y porte ilegal de armas.   

HECHOS  

          En  la  noche  del  31  de  enero  de 1993, los señores Juan Carlos  Vélez  Zuluaga,  Hernán Prieto Rueda y Edgar Mauricio Téllez García viajaron  de  la  ciudad  de  La  Dorada  (Caldas)  al  municipio  de Honda (Tolima) en un  automóvil  de  servicio público conducido por Juan Bautista Hidalgo Angulo con  el  propósito  de hurtar un automotor, tal como lo habían acordado días antes  en  varias  reuniones  a  las que también asistió Norbey Jaramillo Bedoya. Una  vez  llegaron  a  esta  localidad,  los tres primeros abordaron el taxi Mazda de  placas  W  W  F-037  manejado  por  Omar  Hernando Rodríguez Ospina, a quien le  pidieron  los  transportara  a La Dorada, mientras Hidalgo Angulo los seguía en  su vehículo a prudente distancia.   

          Después  de  pasar el retén de la aduana localizado a la salida de  la  ciudad  y cuando marchaban por un lugar despoblado, intimidaron al conductor  con  un  arma  de fuego, obligándolo a que entregara las llaves del automotor y  se  pasara  a  uno de los asientos traseros, donde fue fulminado con un disparo;  luego  detuvieron el rodante y lo bajaron, dejándolo a la vera de la carretera,  donde  fue  hallado muerto a la mañana siguiente. Inmediatamente continuaron la  marcha  hacia  La  Dorada,  siendo  conducido  el automotor por Téllez García.   

          Horas  más tarde, aproximadamente a las 9:30 de esa misma noche, la  Policía  detuvo  a  Téllez  García  y a Vélez Zuluaga en el corregimiento de  Norcasia  (Caldas) cuando se movilizaban en el taxi hurtado, pues al practicarle  una  requisa  de rutina advirtieron huellas de sangre en su interior. Tras hacer  las  averiguaciones  pertinentes  pudieron  establecer  que dicho vehículo y su  conductor  estaban  reportados  como  desaparecidos.  El  valor  del  automóvil  hurtado fue estimado por su propietario en $8.000.000.00.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          El  2  de febrero de 1993, la Fiscalía 38 de Honda declaró abierta  la  instrucción  y vinculó mediante indagatoria a Juan Bautista Hidalgo Angulo  (  Fl.  36,  C.1),  Hernán  Prieto Rueda (Fl. 41, C.1), Norbey Jaramillo Bedoya  (Fl.50,  C.1), Juan Carlos Vélez Zuluaga (Fl. 53, C.1) y Edgar Mauricio Téllez  García  (Fl.  79,  C.1).  Al  resolverles  la  situación jurídica, les impuso  detención  preventiva,  mediante proveído del 12 de febrero siguiente (Fl.171,  C.1),  que  fue  confirmado  en  segunda instancia el 23 de marzo del mismo año  (Fl. 250, C.1).   

          El   29   de  marzo  de  1993,  Norbey  Jaramillo  Bedoya  solicitó  terminación  prematura  del  proceso  pero  como  durante la audiencia especial  realizada  ante  el  juez  de  conocimiento  no se llegó a ningún acuerdo, las  diligencias  relacionadas  con él fueron asignadas a otro fiscal y se continuó  por separado la investigación respecto de los otros procesados.   

          El  28  de  mayo  de  1993,  el  instructor declaró el cierre de la  investigación  y  el  29  de  julio siguiente calificó el mérito del sumario.  Acusó  a  Juan  Carlos Vélez Zuluaga, Edgar Mauricio Téllez García y Hernán  Prieto  Rueda  como  coautores  de  los  delitos  de  homicidio  agravado, hurto  calificado  y agravado y porte ilegal de armas, y a Juan Bautista Hidalgo Angulo  como  cómplice  de  los  delitos  de  homicidio  agravado  y hurto calificado y  agravado  (Fl.116,  C.  4).  Apelada esta decisión por los defensores de Prieto  Rueda  y Vélez Zuluaga, la Fiscalía 5ª. Delegada ante el Tribunal Superior de  Ibagué  la  confirmó  en relación con Vélez  Zuluaga, Téllez García y  Prieto  Rueda y la reformó respecto de Hidalgo Angulo, acusándolo como coautor  de  los  hechos  punibles de homicidio, hurto y porte ilegal de armas de defensa  personal,  mediante  resolución  del  4  de  noviembre  de  1993  (Fl.  193, C.  4).     

          La  etapa  del  juicio  correspondió  al  Juzgado  1º.  Penal  del  Circuito  de  Honda, donde, tras el rito pertinente, se produjo la sentencia del  14  de  marzo  de  1994,  que condenó a Vélez Zuluaga, Téllez García, Prieto  Rueda  e  Hidalgo  Angulo a prisión de 50 años, interdicción del ejercicio de  derechos  y funciones públicas por un término de 10 años, a la suspensión de  la  patria  potestad,  si la tuvieren, por un período de 15 años, y al pago de  $15.500.000.00  por  concepto  de  los  daños  y  perjuicios  causados  con  la  infracción  a  favor  de los herederos de Omar Hernando Rodríguez Ospina, como  autores materiales de los delitos referidos (Fl. 259, C. 4).   

          Apelada  la  sentencia  por  los  defensores  de  los procesados, el  Tribunal  Superior  la  reformó en el sentido de imponer 47 años de prisión a  los  procesados  Vélez  Zuluaga,  Téllez  García y Prieto Rueda, y 48 años a  Hidalgo  Angulo,  confirmándola  en todo lo demás, mediante providencia del 18  de agosto de 1994  ( Fl. 255, C. 5).   

          El  fallo  de segunda instancia fue objeto de casación por parte de  los  defensores de los incriminados. La Corte se ocupa, entonces, de resolver el  fondo del asunto.   

LAS  DEMANDAS   

          A    nombre   de   Edgar   Mauricio   Téllez   García.   

          Con  fundamento en la causal 1ª, cuerpo segundo, el censor formuló  tres  cargos,  que  desarrolló  sobre  la  base  de  una premisa única: “ La  sentencia  es  violatoria  de normas de derecho sustancial, proveniente de error  en la apreciación de pruebas”. Expuso:   

          1.    “Violación    del    artículo   21   del   código   penal  colombiano”.   

          El  fallador  se  equivocó  en  la  apreciación  de las diferentes  versiones  rendidas  por  Téllez  García,  porque  de  su  contenido se deduce  inequívocamente    que    a    él    solo    le    propusieron    “robarse  un  carro”  y  hacia  dicho  objetivo  dirigió  todo  su  actuar. Por consiguiente, sólo es responsable del  hurto  del  taxi,  pues está demostrado que no fue la persona que segó la vida  del  taxista  Rodríguez  Ospina, ni portó en ningún momento el arma de fuego.  Fue  otro  de  los  implicados el que la introdujo en el vehículo y la accionó  accidentalmente  en  el  momento  en que la víctima forcejeaba con las personas  que   la   retenían.   Estima   que   el   “previo  acuerdo” y “las misiones  encomendadas  a  cada uno”   a las que hace  alusión  la  sentencia, son meras suposiciones huérfanas de cualquier respaldo  probatorio.  Agrega  que  su  representado  no  puede  ser  sancionado  por  “hechos ajenos”, pues la  responsabilidad es personal o individual.   

          2.  Violación  de  los  artículos  35  y  36  del  Código  Penal.   

          Como  demostración del reproche señaló que Téllez García actuó  con  dolo,  pues conocía el hecho punible de hurtar y procuró su realización,  pero  añadió:  “…jamás  quiso, no se representó siquiera la eventualidad  de  un  delito  de  la  magnitud  del  homicidio  y mucho menos intervino, no se  representó  subjetiva  ni  objetivamente  el  delito  de porte de armas. Por lo  tanto,  no se le puede imponer pena alguna por los delitos de homicidio agravado  y  porte  ilegal  de  armas   que  no  ha  cometido  ni  con  dolo, culpa o  preterintención”.   

     

1. Violación del artículo 5º. del Código Penal.     

          Téllez  García  fue  juzgado  y  sentenciado  por  los  delitos de  homicidio  agravado,  hurto  agravado  y  porte  ilegal de armas no obstante que  sólo  tenía  nexos  de culpabilidad con el delito de hurto agravado. El Estado  nunca  demostró  que  hubiera  actuado  con  dolo,  culpa o preterintención en  relación con los delitos de homicidio y porte de armas.   

          A      nombre      de      Hernán     Prieto     Rueda.   

          Violación  indirecta  de la ley sustancial por aplicación indebida  del  artículo  36  del  C.  P.,  “al  calificar de doloso el homicidio que se  imputa a los sentenciados”.   

          Asegura  que el concepto de violación lo contiene el yerro de tomar  como  doloso  un homicidio que, según la prueba,  es culposo pues no está  demostrado   que  Prieto  Rueda  quisiera  dar  muerte   al  conductor  del  automotor.    Por   el   contrario   –añade-,   todo  indica  que el fatal suceso fue producto de su  conducta imprudente.   

          Considera  que  el  juzgador  presumió el dolo homicida al asegurar  que  Armando  Prieto  como  propietario  del  arma  tenía  la  misión de   utilizarla   para   no   dejar  huella  o  testigo  que  posteriormente  pudiera  comprometerlos.   

          Agrega  que  de las versiones de todos los implicados se infiere que  el  arma  se  disparó  accidentalmente  en  el momento del forcejeo, lo cual es  corroborado  por  el  hecho de que los procesados se hubieran tomado la molestia  de  pasar  al  conductor  del  vehículo  al  puesto  trasero  y  que  su cuerpo  presentara  sólo  un  impacto  de  bala,  dirigido  no  a  la  cabeza  sino  al  cuerpo.   

          No  se  puede  presumir  que  todo el que se apodera de un automotor  lleva  implícita  la  intención de matar a su víctima. Por el contrario, todo  indica  que  en  la  mayoría  de  los  hurtos  de vehículos sus propietarios o  poseedores  salen  ilesos del “impase”.    

                   

          Pidió  a  la  Corte  casar  la sentencia y, en su lugar, condenar a  Prieto  Rueda  como  autor  de homicidio culposo y no doloso, con la consecuente  modificación punitiva.   

          Por       Juan       Bautista       Hidalgo      Angulo.   

          Violación  indirecta  de la ley sustancial por error de hecho “al  apreciarse  erróneamente  o haberse hecho un falso juicio de identidad de todas  las  pruebas”  tenidas  en cuenta para deducirle responsabilidad.   

          Para  demostrar la censura expresó:            

          1.  No  es  cierto,  como  se  afirma  en  la  sentencia, que de las  diferentes   versiones   rendidas   por  Hidalgo  Angulo  se  pueda  inferir  su  participación  criminal.  Lo  que  éste ha afirmado es que lo contrataron para  hacer  un  viaje  a Honda y que nada sabía de los propósitos delictivos de los  ocupantes  del  vehículo.  Es evidente el error de hecho en que se incurrió en  la  sentencia,  al  “poner  en  boca  del implicado lo que él no ha dicho”.   

          2.  Las  versiones rendidas por Téllez García en contra de Hidalgo  Angulo  no  merecen  ninguna  credibilidad. En su primera injurada reconoció su  participación  en los hechos y aseguró, al igual que los otros implicados, que  aquél  había  sido  contratado  solo  para que los transportara a la ciudad de  Honda.  Sin  embargo  en  sus  dos  últimas  ampliaciones  de indagatoria quiso  “desembarazarse” de los  cargos  formulados  en  su  contra,  y por ello resultó haciendo sindicaciones,  primero  en  contra  de Norbey Jaramillo y Vélez Zuluaga y, después, en contra  de  Hidalgo  Angulo.  El sentenciador no tuvo en cuenta este aspecto al apreciar  las  versiones  de  Téllez  García,  tampoco  su  carácter  veleidoso, ni las  contradicciones  en  que incurrió al señalar en su ampliación de injurada que  Hidalgo   Angulo  lo  había  buscado  cuando  estaba  en  el  polideportivo  en  compañía  de  Norbey  Jaramillo  y  Vélez  Zuluaga, para que lo acompañara a  Guarinocito a desvarar un carro.   

          3.  El  hecho de que Hidalgo Angulo hubiera estado los días viernes  y  sábado inmediatamente anteriores a los hechos en la casa de Téllez García,  donde  también  se  encontraba  Vélez Zuluaga, no demuestra, como lo estima el  Tribunal,  que  hubieran  estado  concertando  la  empresa  criminal  que se les  atribuye.  Hidalgo  Angulo  estuvo en esa casa porque requería los servicios de  mecánico  de  Téllez  García,  mientras  la  presencia  de  Vélez Zuluaga se  explica  porque  aquél  es su benefactor. No existe ninguna prueba que acredite  que  su  representado  se  hubiera  reunido en esos días con Norbey Jaramillo y  Prieto Rueda.   

          4.  No  es cierto que Téllez García hubiera indicado la residencia  de  Hidalgo  Angulo  y  que  afirmara  que  éste  participó en los hechos como  coautor,  pues  solamente  le  dijo  a la Policía que Hidalgo Angulo los había  llevado  a  Honda  porque  él lo había buscado para que les hiciera el viaje y  únicamente  colaboró  en la identificación y captura de los otros implicados,  más   no  en  la  de  Hidalgo  Angulo,  como  erróneamente  se  afirma  en  la  sentencia.   

          5.  El  fallo  acepta  sin  ningún  análisis  que  Hidalgo  Angulo  alumbró  con las luces del taxi a los otros implicados cuando dejaban el cuerpo  de  Rodríguez  Ospina  en unos pastizales, sin advertir que aquellos lo habían  señalado  como  una  persona ajena a los hechos y que el cuerpo pudo haber sido  lanzado  desde  el  vehículo  en marcha como lo afirmaron los procesados en sus  injuradas.    

         

          En  conclusión,  el Tribunal incurrió en falso juicio de identidad  en  la apreciación de la prueba y omitió valorar las que coadyuvaban a mostrar  la inocencia de Hidalgo Angulo.   

          Señaló  como  normas  violadas  los artículos 246, 247, 254 y 294  del C. de. P. P.   

         

          A   nombre   de   Juan   Carlos   Vélez   Zuluaga.   

          Violación  directa  de  la  ley sustancial “por doble aplicación  indebida”  del artículo 324 del Código Penal, modificado por el artículo 30  de la ley 40 de 1993.   

          Para fundamentar la censura señaló:   

         1.  No  debía  aplicarse  el artículo 30 de la ley 40 de 1993, que  modificó  el  artículo  324  del Código Penal, porque “el espíritu de esta  ley  tiene  especiales  circunstancias  jurídicas  cuyo  núcleo  central es la  defensa  de  la  vida, pero con respecto al secuestro. No puede predicarse de un  hurto  agravado  y  calificado  una violación del “Estatuto Antisecuestro”.   

         2.  El  Tribunal  violó  el principio non  bis  in ídem “al acoger el estado de indefensión de  la  víctima, tanto para el hurto calificado (delito fin) como para el homicidio  agravado.  Esto  aumenta  la suma punitiva, porque aplica ambos numerales (arts.  324  –  inc.  2º  –  350  – inc. 2º), cuando sólo  debía  tenerse  en  cuenta  el  hurto  calificado”. Así mismo desconoció el  principio  de favorabilidad, pues es indudable que el artículo 324 del estatuto  punitivo hace más gravosa la situación de Vélez Zuluaga.   

         3.  De  manera  subsidiaria  plantea  que  el  legislador  violó el  artículo  158  de  la  Carta  Política que regula el principio de especificidad,   pues   equivocadamente  extendió  la  punibilidad  del  homicidio agravado, que es causa o consecuencia  del  secuestro,  a  otras hipótesis delictivas que no guardan ninguna relación  con  el  delito  de plagio como en el evento en estudio, en el cual el homicidio  es  producto  del  hurto  y  no  del  secuestro.  Se  equivocó entonces el juez  colegiado,  pues debió aplicar el régimen ordinario, esto es,  el Código  Penal   sin  las  modificaciones introducidas por la ley 40 de 1993. Agrega  que   en   esta   oportunidad    es   viable  acudir  a  la  excepción  de  inconstitucionalidad    prevista    en   el   artículo   4º.   de   la   Norma  Superior.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

         El  señor  Procurador  Segundo  Delegado en lo Penal consideró que  los  reproches  formulados  por  los  casacionistas  debían  ser  desestimados.  Expresó:   

           Sobre    Edgar   Mauricio   Téllez  García.   

         1.   La  sustentación  del  escrito  adolece  de  graves  falencias  técnicas.  A  la  luz de la causal 1ª. el censor planteó violación de la ley  sustancial,  pero  no  indicó  si fue por la vía directa o por la indirecta ni  puntualizó  el  sentido  de  la transgresión. Acusó una errónea apreciación  probatoria  sin  relacionar el medio de convicción  objeto del equívoco y  sin  determinar  si  se  trató  de  un falso juicio de existencia o de un falso  juicio  de  identidad. Considera que tales yerros son suficientes para demeritar  la  censura,  pues  de  conformidad  con  el principio de limitación y al rigor  exigido  en esta extraordinaria sede, le está vedado a la Corte Suprema inferir  o  auscultar  los  posibles  motivos  y sentidos pretendidos por el actor.    

     

         2.   Los   planteamientos  del  casacionista  en  relación  con  la  violación  del  principio  de  causalidad  evidencian  su  desconocimiento  del  contenido   de   los  artículos  23  y  26  del  C.  P.  y  de  los  reiterados  pronunciamientos  jurisprudenciales  y  doctrinales acerca de la coautoría. Sus  planteamientos  respecto  de  la  violación  de  los artículos 35 y 36 ibídem  carecen  de una seria sustentación y se pierden en una discursiva extendida que  tornan  el escrito en un alegato de instancia, en el que plasma sus criterios de  apreciación  probatoria  apoyados  por citas jurisprudenciales en relación con  la  categoría culpabilista del dolo, para anteponerlos a los de las instancias,  que gozan de la doble presunción de acierto y legalidad.    

         Hernán    Prieto  Rueda.   

         1.  El  actor omitió presentar una proposición jurídica completa,  pues  se  limitó  a acusar la violación exclusiva del artículo 36 del Código  Penal.  Si  pretendía  atacar  la  sentencia  por  errónea  adecuación  de la  conducta  homicida,  le era menester relacionar como violados los artículos 324  y  329 que consagran las modalidades agravada y culposa del delito de homicidio.   

         2.  Desacierta igualmente en la fundamentación del cargo, porque se  limitó  a  citar y reprochar de manera indefinida toda la prueba que soporta la  decisión  del  Tribunal, sin entrar a individualizar el medio probatorio que el  fallador  supuso, omitió o valoró indebidamente y que tradujo en la violación  indirecta de la ley sustancial.   

         3.  No  abordó la categoría de la “acción culposa”, entendida  en  su aspecto esencial como “violación de un deber de cuidado” confrontada  con  la realidad procesal. Simplemente la planteó como una posibilidad, lo cual  no  se  compadece  con el rigor de la técnica casacional. Señala, además, que  para  que  se  dé  la posibilidad y realidad de una acción culposa como actuar  violatorio  de  un deber de cuidado, debe partirse del hecho cierto y comprobado  que  en  el actuar inicial finalístico hubo un propósito atípico, esto es, no  criminoso.  En  absoluto  puede admitirse un actuar culposo, cuando lo inicial y  finalístico   de  la  conducta  se  hubiere  enmarcado  dentro  de  propósitos  delictivos.       

         Juan Bautista Hidalgo.   

         1.  La  sustentación  del cargo no es coherente con la forma en que  éste  fue  propuesto,  pues al tiempo que acusó a la sentencia por incurrir en  un   falso   juicio  de  identidad  de  “todas  las  pruebas”,  en el desarrollo de la censura se limitó  a  criticar  las  consideraciones  del  Tribunal,  confrontándolas  con algunas  transcripciones  parciales  y  sesgadas  de  las versiones de los procesados. En  lugar  de  hacer  un análisis de todos los medios probatorios y de singularizar  en  qué  consistieron  los  errores,  sólo  consignó  un  elemental ejercicio  dialéctico      –  subjetivista,  acudiendo  al  cercenamiento  de algunos elementos de convicción  para  arribar  a  conclusiones  desacordes  con  las apreciaciones del fallador,  reiterando  los  mismos  planteamientos  defensivos  que  expuso durante toda la  actuación procesal.     

         2.  Se  equivocó igualmente al no involucrar dentro del concepto de  normas  violadas aquellas que regulan los ilícitos por los cuales se condenó a  su  procurado,  señalando el sentido de la vulneración, si lo fue por falta de  aplicación  o  aplicación  indebida,  pues  solo  citó  algunas normas que de  ninguna manera pueden ser catalogadas como sustanciales.   

   

         3.  En  el  acápite de las conclusiones introdujo la censura en los  terrenos  del  error  de derecho por falso juicio de convicción, al afirmar que  el  Tribunal  además  del  falso  juicio  de  identidad, omitió darle el valor  probatorio  a  las  evidencias  que coadyuvan a mostrar la inocencia de  su  representado,   pretendiendo  con  ello  resucitar  el  sistema  de  valoración  tarifaria de la prueba.   

         Juan Carlos Vélez Zuluaga.   

           1. El contenido y redacción del artículo 30 de la ley 40 de 1993  son  diáfanos  y  no ofrecen motivos de interpretación. De su tenor se aprecia  claramente  que  su  aplicación  no está supeditada exclusivamente a la figura  del  secuestro  como  lo  pretende el recurrente. De la lectura desprevenida del  título  de la misma ley resultan mayores razones para rechazar el cargo: “Por  la  cual  se  adopta  el  estatuto  nacional  contra el secuestro y se    dictan    otras    disposiciones”   

         2.  Tampoco le asiste la razón al plantear violación del principio  non  bis  in  ídem generado  por  la  doble  atribución  de  una  misma circunstancia agravante – estado de indefensión- dentro de los  delitos  de  hurto  y  homicidio.  En  primer  lugar,  porque dada la jerarquía  constitucional  de  este  principio,  la censura debió plantearse por la causal  tercera.  Y,  en  segundo  lugar,  porque  la circunstancia de agravación está  referida  a  dos  situaciones fácticas absolutamente diferentes y perfectamente  delimitadas tanto procesal como naturalísticamente.   

         3.  También se equivocó al acusar por vía de la causal primera de  casación  la  violación  del  principio  de  especificidad  contemplado  en el  artículo  158  de  la  Carta  Política,  vulneración  que  no  atribuye a las  instancias sino al legislador.   

         4.  No  es  posible  pretender  la aplicación retroactiva de la ley  penal,  máxime  si  se  tiene  en cuenta que para la época de los hechos ya se  encontraba en vigencia la ley 40 de 1993.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

         La  sentencia  objeto  de  estudio  no  puede  ser  casada,  por las  siguientes razones:   

         Demanda  a  nombre  de  Edgar  Mauricio Téllez García.   

         Primer  cargo. Se  desestima, por lo siguiente:   

         1.  La  presentación  y  desarrollo  de la censura se aparta de las  exigencias  de  claridad, precisión y fundamentación previstas en el artículo  225 – 3 del Código de Procedimiento Penal.   

         De  manera  genérica  sostiene  el  defensor  que  la  sentencia es  violatoria  del  artículo  21  del  Código Penal, yerro “proveniente de  error  en  la apreciación de pruebas”. No indicó el sentido de la violación  -falta  de  aplicación  o  aplicación  indebida  de  la  norma sustancial-, ni  estableció  con  exactitud  a  qué forma de error hacía alusión, si de hecho  por  falso juicio de existencia, falso juicio de identidad o falso raciocinio, o  de  derecho  por  falso  juicio  de legalidad o de convicción. Tampoco señaló  concreta  y  nítidamente cuáles fueron los elementos de persuasión objeto del  yerro  invocado,  ni  demostró su trascendencia en la decisión adoptada por la  justicia.      

         2.  Si el actor pensó en la violación indirecta, no hizo, como era  su  deber, una revaluación de la totalidad del caudal probatorio que sirvió de  sustento  a la sentencia, para demostrar que las conclusiones del fallo habrían  sido  diferentes  si  no  se  hubiera  incurrido  en  el  equívoco  denunciado.  Solamente  se  limitó  a  transcribir  algunos  apartes de la indagatoria de su  defendido,  no  para  señalar concretos errores cometidos por los falladores en  su    apreciación,    sino   para    presentar   su   personal   criterio,  anteponiéndolo  al del Tribunal. Olvidó que la casación no es receptáculo de  un  nuevo  debate  acerca  de  la  valoración  probatoria, sino un trámite que  impone  al  demandante  la  obligación  de  señalar y acreditar errores de los  juzgadores  y  proponer  su enmienda, para que la Corte los verifique y disponga  su corrección.    

         

         3.  Asegura  el casacionista que la sentencia se fundamenta “sobre  una  suposición  deducida,  pero  no  sobre  una prueba contundente”,   porque,  según  él,  no  existe  ningún  elemento probatorio que acredite el “previo  acuerdo” a que hace alusión el Tribunal y en virtud  del  cual  infirió la  responsabilidad de su defendido como coautor de los  delitos  de  hurto  agravado,  homicidio  agravado y porte ilegal de armas. Esta  afirmación  es  contraria a la versión suministrada por su representado, quien  relató  detalladamente  todo  el  desenvolvimiento de los hechos desde el mismo  momento en que se fraguó el plan delictuoso.   

         Así se expresó:   

“ …creo que fue el jueves me dijeron que  buscara  a  alguien que tuviera un revólver…ya el domingo me dijo Juan Carlos  que  contratara un taxi…ellos me dijeron con el fin de ver si ellos se podían  traer  un  taxi,  no  se  cómo,  lo más era robado …El señor Armando Prieto  sacó  el  revólver  y  apuntó al conductor, entonces el conductor se asaró y  comenzó  a  mover  el  carro,  entonces  como ellos me habían dicho que cuando  le  apuntaran al conductor,  yo  le  cogiera las llaves, entonces fue cuando apagué el carro hasta que paró  por  sí  solo, ya los tres atrás lo pasaron para atrás al conductor, entonces  yo  cogí el carro para conducirlo porque ellos me habían dicho que yo debería  conducir  el  carro.  Yo venía conduciendo cuando hicieron un disparo, entonces  yo  paré  el carro y dijeron pilas que hay sangre, entonces entre Armando, Juan  Carlos y otro much…lo tiraron a la carretera…” (Fl. 7, C.1)   

         

         Esta  versión,  que fue rendida al día siguiente de los hechos, es  confirmada  en  sus  injuradas  posteriores  ( Fl. 79, C.1; Fl. 82, C.2; Fl. 22,  C.3;  Fl.14, C.4). De ella emana nítidamente la existencia del plan delictivo y  la  asignación  de funciones  específicas para cada uno de integrantes de  la banda.      

         4.  El  censor se limitó a repetir los argumentos que fueron objeto  de  amplio  debate durante las instancias, con miras a que la Corte los enjuicie  de  diferente  manera  a  como  lo  hiciera  el  Tribunal,  que  replicó  a los  planteamientos de la defensa en los siguientes términos:   

“  …  si  bien  el  implicado no actuó  contra  la  vida del infortunado taxista, si lo es que previo acuerdo y misiones  encomendadas  a  cada uno, realizaron el objetivo con efectividad. Conocían con  antelación,  cual  era  el  plan acordado y voluntariamente con conocimiento de  causa  prestó  su  concurso  porque  del  cometido  criminal obtendría ventaja  patrimonial,  cual  era  el  de  obtener  un  equipo  nuevo  de herramienta para  mecánica  de  automotores.  Es  cierto,  que  su papel se limitó a conducir el  vehículo  hurtado,  pero como ya se dijo atrás, cuando varias personas deciden  cometer  una  ilicitud  y  cada una de ellas realiza un trabajo diverso, no, por  ello,  se  atribuye  de su conducta que solamente responda por el trabajo que en  sí  realizó,  sino que todas son autoras del objetivo criminal cristalizado”  ( Fl. 282, C.5).      

         La  Sala  Penal  de  la  Corte,  ocupándose  del  fenómeno  de  la  coparticipación  criminal  en  el  delito, ha dicho1:   

“Es verdad que doctrina y jurisprudencia han  aceptado  que  en  los  casos  en  que  varias  personas proceden en una empresa  criminal,  con consciente y voluntaria división del trabajo para la producción  del  resultado típico, todos los partícipes tienen la calidad de autores, así  su  conducta  vista  aisladamente no permita una directa subsunción en el tipo,  porque  todos están unidos en el criminal designio y actúan con conocimiento y  voluntad  para la producción del resultado comúnmente querido o, por lo menos,  aceptado  como  probable…Así  mismo,  si  a  esa empresa criminal van armados  porque  presumen  que se les puede oponer resistencia o porque quieren intimidar  con  el  uso  de  las  armas  y como consecuencia de ello se producen lesiones u  homicidios,  todos  serán coautores de hurto y de la totalidad de los atentados  contra  la  vida  y la integridad personal, aún cuando no todos hayan llevado o  utilizado  armas,  pues  participaron  en  el  común designio, del cual podían  surgir  estos  resultados que, desde luego, se aceptaron como probables desde el  momento  mismo  en  que  actuaron en una empresa de la cual se podían derivar.”   

         Basados   en  la  realidad  procesal,  los  juzgadores  ubicaron  la  conducta  de  Téllez  García  dentro  del  marco  de la coautoría, sin que se  advierta  en  dicho  proceso  de  adecuación  típica  la  presencia de errores  manifiestos   y   trascendentes,   razón  por  la  cual  la  censura  debe  ser  rechazada.   

         Segundo  y  tercer  cargos.  También deben ser desestimados, porque:   

         1.   Si   bien  estos  reproches  fueron  formulados  en  capítulos  separados,  en  esencia  constituyen  una  iteración  del primero. No solamente  presentan   los   mismos   desatinos   técnicos   por   ausencia  de  claridad,  precisión   y  fundamentación,  sino que parten de idéntica premisa: que  Téllez  García  sólo  actuó  con  dolo  de  hurtar  y “jamás quiso, no se  representó  siquiera la eventualidad de un delito de la magnitud del homicidio,  ni  se  representó subjetiva ni objetivamente el delito de porte de armas” y,  por  lo  tanto,  solamente  podía  ser  juzgado y sentenciado por el punible de  hurto  calificado  y  agravado, porque no tuvo “nexo  de  culpabilidad”   con los otros delitos (Fls.  318 y 321, C.5)   

         

         2.  La  Sala también ha dicho que “Resulta ilógico e injurídico  pretender  que  se  responsabilice  a cada interviniente en una empresa criminal  únicamente  por la tarea parcial que le correspondió cumplir, pues ello haría  imposible  la  configuración  de la coautoría impropia, ya que ésta emerge de  un  plan  común,  del  dominio  colectivo  del  suceso,  de la distribución de  funciones,  cada una de las cuales es una pieza de la realización del resultado  comúnmente  querido,  la  que, como tal, no puede ser considerada aisladamente,  pues  podría  aparecer  como despreciable o ineficaz y, por ende, impune, y que  solo  adquiere  relevancia  en  el  conjunto  y  con  relación al plan criminal  propuesto”2   

.  

         3.  Al  igual que en el primer cargo, el censor no demostró ningún  yerro  de  apreciación  probatoria  que pudiera conducir a la violación de las  normas  sustanciales invocadas. Se limitó nuevamente a presentar sus personales  opiniones  sobre  los conceptos de culpabilidad, causalidad y dolo, pretendiendo  con   ello  vanamente  desvirtuar  los  razonamientos  serios,  fundamentados  y  lógicos  en virtud de los cuales los falladores establecieron la participación  criminal de los procesados.   

         Demanda    a    nombre    de   Hernán   Prieto   Rueda.   

         1.  El  actor  acusa la sentencia por violación indirecta de la ley  sustancial  por  aplicación  indebida  del artículo 36 del Código Penal “al  calificar  de  doloso  el  homicidio  que  se imputa a los sentenciados…cuando  según  la  prueba, es culposo”.                    

         A  pesar  de  que  dice  que “acepta  y  da  por  probados  todos los fundamentos fácticos que  sustentan  la  sentencia”, seguidamente afirma que  “lo que no comparte  es  la  interpretación probatoria que se le dio a los mismos y que culminó con  la forma de culpabilidad que se le dio al homicidio”.   

         2.  Es  evidente  la  falta  de  cimientos  de  la censura sugerida.  Olvidó  el  defensor  que para la correcta propuesta del cargo no es suficiente  la  confrontación  de  criterios  personales acerca de la forma como debió ser  valorada  la  prueba.  Es  necesario que el demandante precise de qué manera la  valoración  hecha por el juzgador desconoce los principios que informan la sana  crítica,  y  cómo  en relación con el conjunto probatorio, el error desquicia  la decisión impugnada.   

         3.  Nada  de  ello  hizo  el  actor. Se limitó a afirmar que “los  jueces  de  instancia no dudaron en presumir el dolo” al analizar el delito de  homicidio,  y  “que la forma de culpabilidad no se puede agotar en elementales  enunciados  genéricos  inferidos  de  la  forma en que se cometió el hecho sin  auscultar  el  aspecto  cognoscitivo  y volitivo del autor del mismo”. No dijo  cuáles  fueron esos “enunciados genéricos” ni por qué de las específicas  circunstancias  en que ocurrieron los hechos y  a las que en forma concreta  se   hace   alusión   en   el   fallo,   no   era   posible   deducir  el  dolo  homicida.        

         

         4.  Precisamente  por  ser  el  dolo  un  fenómeno psicológico que  escapa   directamente   a   la  percepción  de  los  sentidos,  los  juzgadores  desentrañaron  su  presencia  de  la  suma  de  circunstancias  que rodearon la  acción  delictiva.  Para  su  deducción  tuvieron en cuenta la forma ponderada  como   se   planificó   la   empresa  criminal,  el  afán  que  mostraron  los  procesados   por  conseguir  un  arma  de  fuego para realizarla, el ánimo  lucrativo  perseguido,  el hecho de que la víctima  conociera a uno de los  asaltantes  y  la  situación  de  indefensión  en  que se encontraba el sujeto  pasivo que hacía innecesario el accionar del revólver.   

         Dijo el Tribunal:   

         “Pretender    establecer   que   llevaron   el   arma   única   y  exclusivamente  con  el fin de amedrentar al infortunado taxista, no es más que  un  sofisma de distracción. Si la intención no era la de matar para obtener el  tan  anhelado  automotor por el que había obedecido la presencia de Juan Carlos  Vélez  en  la Dorada, no tenía por qué haber buscado a la persona que tuviera  un   arma  de  fuego,  si  la  intención  fue  intimidarlo,  más no la de  eliminarlo,  bastaba  con  haberlo  reducido  a la impotencia, máxime cuando la  víctima  estaba  enfrentada  a  tres  mal  intencionados  que  podían  haberlo  suficientemente  arrojado  a  la  vera de la carretera, sin ocasionarle el daño  mortal  que  le  hicieron.  Pero,  no podían dejarlo vivo, porque en un momento  dado  podían  ser  fácilmente  reconocibles  y sufrir el rigor de la justicia,  máxime  cuando  Edgar  Mauricio  Téllez  García  conocía  a  la  familia del  taxista…” (Fl. 276, C.5).    

         5.    A   las   conclusiones   del   Ad-  quem,  que emanan de un estudio serio y ajustado a las  prescripciones  de  la sana crítica, que le permitió inferir un sólido juicio  de  responsabilidad  dolosa,   intenta el defensor anteponer una hipótesis  de  conducta  culposa,  basada en la mera “posibilidad de que la misma hubiera  sido  producto de un accidente, de una fuerza mayor, de un caso fortuito o de un  hecho  preterintencional”  (Fl.  343, C. 5). Este tipo de argumentación basada,  ella  sí,  en  simples suposiciones,  es suficiente para llevar al fracaso  la  censura,  máxime  cuando  el  mismo  procesado Prieto Rueda  de manera  tajante  y  fría  ha  desvirtuado  tales  “posibilidades” al señalar en su  versión inicial:    

           

                   “…pues de  aquí  de  la  Dorada  nos  fuimos  en un taxi y allá nos bajamos en el centro,  entonces  uno  de  ellos llamó a un taxi, entonces en eso nos montamos todos, y  cogimos  por  la  variante  de  Honda  y esa gente encañonó al taxista que nos  estaba  haciendo la carrera para la Dorada y el taxista  se   resistió  y  el  hombre  ese  le  pegó  un  tiro  al  taxista…” (Fl. 5  Vto, C.1).   

         

                     Si bien es  cierto  que  le  atribuyó a un tercero la acción de disparar el arma, el hecho  de  que  fuera  él  el que lo hiciera elimina cualquier duda  acerca de la  causa  real  para  que  tal  hecho  ocurriera,  y   deja sin piso cualquier  especulación sobre la ausencia de dolo homicida.   

                   6. Agréguese  que  el  actor  ha  esbozado  infracción indirecta de la ley sustancial pero ha  omitido  toda  referencia  estricta  y nítida a la forma de la violación, vale  decir,  si  surgió  de error de hecho o de derecho y si lo fue por falso juicio  de  existencia, de identidad, por falso raciocinio o por equivocado análisis de  legalidad o de convicción.    

                      Y, de otra  parte,  auncuando muestra su extrañeza frente a la “interpretación” que le  dio  el  Tribunal  a la prueba, no comprueba cómo el colegiado se alejó de los  principios  lógicos,  las  leyes  científicas  o  las reglas de experiencia y,  menos,  cuál  debían  ser  las leyes, principios o reglas aplicables al asunto  concreto.   

                     Bastan las  anteriores   consideraciones   para   concluir   que   la   demanda   debe   ser  desestimada.   

         A  nombre de Juan Bautista Hidalgo Angulo.   

         1.  Se acusa la sentencia de ser violatoria de la ley sustancial por  vía  indirecta,  porque  se  incurrió  en  error  de hecho por falso juicio de  identidad       en       la       apreciación       de        todas    las   pruebas  que  fueron  tenidas  en  cuenta  para  deducir  la  responsabilidad  de  Hidalgo Angulo como  coautor  de  los  delitos  de  homicidio,  hurto  y porte de armas.            

         2.  Es  evidente que la presentación de la censura no corresponde a  su    desarrollo.    Si    el    reproche    recaía   sobre   la   totalidad  de la prueba, era menester que  el  recurrente  analizara  cada uno de los elementos de persuasión que soportan  la  sentencia  y  demostrara en qué forma el Tribunal distorsionó su contenido  material,  dándole un alcance objetivo que no tenía, bien porque se le hubiera  quitado  o  agregado  una  parte  al  hecho  o  se  lo  sectorizara, parcelara o  dividiera.  Unicamente  intentó  hacer tal ejercicio dialéctico respecto de la  injurada  rendida  por  Hidalgo Angulo. El resto de sus esfuerzos argumentativos  los  dedicó  a  consignar   su  personal  criterio  en  relación  con las  versiones  suministradas por Téllez García y sobre el antecedente penal que le  aparece  a  su representado; ningún estudio le merecieron los demás medios que  conforman el haz probatorio en que se apoya el fallo impugnado.   

3. El defensor destaca algunas aseveraciones  hechas  por  su  representado  en  el curso de la indagatoria para demostrar que  resulta  contrario  a  la  realidad lo afirmado en la sentencia en el sentido de  que  “de  lo  dicho  por  Juan  Bautista  Hidalgo Angulo  se concluye que  trabajaron  mancomunadamente”  y que éste les sirvió de “ retaguardia para  prestar ayuda”.    

         Es  nítido  que  el  reproche del censor descansa sobre una premisa  equivocada.  El  “previo  acuerdo”  y  el “trabajo mancomunado” a que se  hace  alusión  en el fallo no son deducidos por el Tribunal, como lo sugiere el  demandante,  exclusivamente  de la indagatoria rendida por Hidalgo Angulo, y mal  podía  hacerlo  si  se  tiene  en  cuenta que éste tozudamente negó cualquier  intervención     en    la    empresa    delictiva.    No;    el    Ad-quem  arribó  a tal conclusión, como  nítidamente  lo indica en la decisión, “ de lo antes consignado” (fl. 268,  C.1),  esto  es,  de  las  versiones  de todos los implicados ( Téllez García,  Prieto  Rueda,  Vélez  Zuluaga,  Norbey  Jaramillo  e  Hidalgo Angulo), quienes  reconocieron  que  en  los días anteriores a los hechos frecuentaron la casa de  Téllez  García,  circunstancia  que no pudo ocultar el mismo Hidalgo Angulo, y  de  la cual se infiere el conocimiento mutuo que existía entre ellos, y que sus  actuaciones  se  ciñeron  a un plan trazado con antelación, tal como lo relato  con detalle Téllez García.   

         4.  El  otro  punto  de  la  argumentación  del  actor  se ocupa de  cuestionar  la versión que de los hechos hizo  el procesado Edgar Mauricio  Téllez  García,  específicamente  acerca  de las reuniones que los implicados  realizaron  en  la  casa  de  éste  y en el polideportivo con antelación a los  hechos,  sobre  la  colaboración  que el mismo le prestó a la Policía para la  identificación  y/o  ubicación  de  los  otros  partícipes  y  respecto de la  intervención de Hidalgo Angulo en la empresa criminosa.    

                    Apartándose  del  cargo inicialmente propuesto (error de hecho por falso juicio de identidad)  el  casacionista  incursiona  en  un  vicio  por  falso raciocinio, pues entra a  cuestionar  la  valoración  que  el Tribunal hizo de la declaración de Téllez  García  no  en  cuanto distorsiona su contenido objetivo, sino por haberle dado  credibilidad.  Resulta  nítido, entonces, que el equívoco que le atribuye a la  sentencia   tiene   por  todo  sustento  su  inconformidad  con  la  valoración  probatoria  efectuada  por el juzgador, respecto de la cual no atinó a precisar  ningún  desbordamiento de la sana crítica, cuyos principios operan como único  límite  de  la soberanía del juez en su labor de apreciación de los elementos  de  convicción  dentro  del  método  de  la  persuasión  racional que rige en  nuestro ordenamiento procesal penal.   

         En  efecto,  no  señaló  ningún quebrantamiento de los principios  que  informan  la sana critica, simplemente trató de justificar la presencia de  Hidalgo  Angulo  en  la casa de Téllez García y su comunicación con los otros  integrantes  del  grupo,  argumentando  que ello obedeció a que su representado  requirió  de los servicios de mecánica para el automóvil. Por lo que respecta  a  la  forma  en que éste acompañó desde su automotor a los otros implicados,  siguiéndolos   a  corta  distancia  y  alumbrándoles  el camino cuando se  bajaron  a dejar a la víctima a la vera de la carretera, se limitó a tratar de  desvirtuar  tal aserto con meras disquisiciones, indicando que dada la posición  en  que fue encontrado el cadáver debía inferirse que éste fue arrojado desde  el  taxi  en  marcha,  siendo innecesaria la colaboración de su defendido. Este  tipo  de  cuestionamiento  no  sólo  es  extraño a la técnica casacional y al  carácter  rogado  del  recurso,  sino  que  no  consulta  la realidad procesal.  Bastaría  recordar  que  Prieto  Rueda  respalda  plenamente a Téllez García,  cuando  en  su  versión  inicial  asegura  que  después que le dispararon a la  víctima:  “…más adelantico paramos y al conductor lo sacaron del taxi todo  herido   pues   todavía   se   quejaba   y  ahí  lo  dejamos  al  lado  de  la  carretera…”. (Fl. 5 vto, C.1).   

Y  para resumir  las inexactitudes del  letrado   es   suficiente   relacionar   su   “Causal   invocada”   con  sus  “Conclusiones”:   

Sobre la primera, escribió:  

“La sentencia proferida…es violatoria de  la  ley sustancial por vía indirecta, conforme al cuerpo segundo…por error de  hecho,  al apreciarse erróneamente o haberse hecho un falso juicio de identidad  de  todas las pruebas tenidas en cuenta para concluir la responsabilidad de JUAN  BAUTISTA     HIDALGO     ANGULO     como     coautor    responsable    de    los  delitos…”.   

Y sobre las segundas, apuntó:  

“Queda  demostrado  así  que  incurre el  Ad-Quem  en errores de hecho al apreciar las pruebas, por apreciación arrónea,  falso  juicio  de  identidad y de paso omitiendo darle el valor probatorio a las  que  coadyuvan  a  mostrar  la  inocencia,  no  responsabilidad  penal,  de JUAN  BAUTISTA  HIDALGO  ANGULO,  conllevando  con ello una violación indirecta de la  ley sustancial”.   

La  falta  de plena conexión lógica entre  propuesta  y  conclusión es fácilmente perceptible, sobre todo si se repara en  que  a  última  hora  añade  otro falso juicio, ya de existencia por omisión,  referido  a  las  pruebas  que podrían auxiliar a su poderdante. Súmese a ello  que  este  reproche, de por sí bien aislado, escasamente fue enunciado y carece  de contenido y desarrollo.   

                 La censura, por lo tanto, debe desestimarse.   

                    A nombre de  Juan Carlos Vélez Zuluaga.   

                    1. Le asiste  la  razón  al  Procurador  Delegado cuando indica que el contenido y redacción  del  artículo  30  de  la  ley 40 de 1993 son diáfanos y no ofrecen motivos de  interpretación.  De  acuerdo con su tenor, fácilmente se aprecia que de manera  alguna  su  aplicación  se  encuentra  supeditada  a  la  figura  del secuestro  exclusivamente,  como de forma equivocada lo sostiene el actor, especialmente si  se  mira  que  ello resulta nítido de la lectura desprevenida del mismo título  de  la  citada  ley:  “Por  la  cual  se adopta el estatuto nacional contra el  secuestro  y se dictan otras disposiciones”.   

                      Sobre  la  solución  de  este  aparente  problema, bastante repetida por la Corte, dijo la  Sala:3   

    

                   “No  es  cierto que la ley 40 de 1993 se refiera exclusivamente al  tema  del  secuestro, o que el legislador haya pretendido limitar la aplicación  de  sus  artículos 29 y 30 a los casos en los cuales el homicidio guarde algún  nexo con el citado delito contra la libertad individual”.   

         “La  mencionada  ley,  en  su  enunciado,  además  de noticiar la  adopción  del  estatuto nacional contra el secuestro, anuncia la expedición de  otras  disposiciones,  dejando de esta manera en claro que el tema del secuestro  constituía materia dominante, pero no única”.   

         “3.      El      capítulo      relativo      al      ‘aumento     de    penas’,   en   donde   se   establecen  los  incrementos  punitivos para los delitos de homicidio y extorsión, surgió de la  necesidad  de  adoptar  una  política  criminal  coherente,  que armonizara las  nuevas  penas  previstas  para  el secuestro con el esquema punitivo básico del  Código  Penal,  y  con  las  establecidas  para  hechos  punibles  que, como la  extorsión  o el homicidio,  comprometen bienes jurídicos de igual o mayor  valor.   Esto  explica  las  modificaciones  paralelamente  introducidas  a  los  artículos 28 y 44 del Código Penal”.   

         “Cierto  es que el proyecto inicial ingresó al Congreso sin estas  reformas,  pero  en  el  curso  de  los  debates  se  planteó  la  necesidad de  incluirlas  para  darle  coherencia,  como  se  desprende  del  contenido  de la  ponencia      en     la     Cámara,     donde     se     dijo:     ‘En  el  curso de la fecunda discusión  que  esta  iniciativa  ha tenido en el Senado se planteó, no sin razón, que no  podría  tratarse  punitivamente  la  conducta del secuestro con mayor severidad  que  la  del homicidio. Ello condujo a que se adoptaran decisiones legislativas,  agravando  también  las  penas  para  el  homicidio  que mantuvieran principios  universales       de       la       ´dosimetría      penal´      ‘    (Gaceta   del   Congreso  de  nov.18/92)”.    

         “4.  El texto de los artículos 29, 30 y 32 es de tal claridad que  cualquier  pretensión  encaminada  a  limitar  o  ampliar su sentido resulta un  despropósito.    La    expresión   ‘quedará        así’,  utilizada  sistemáticamente  por el legislador para anunciar las  nuevas  disposiciones,  no  permite  abrigar  dudas sobre la subrogación de los  artículos  323,  324  y  355  del Código Penal, ni la autonomía de los nuevos  preceptos”.   

         “5.   Un   estudio   sistemático-teleológico   del  citado   estatuto  devela  igualmente  la inconsistencia de la tesis que propugna por una  aplicación  limitada  de  los  artículos  29,  30 y 32, pues el numeral 11 del  artículo  3º  ejusdem,    recoge  como  circunstancia de agravación  punitiva  para  el  secuestro extorsivo, la hipótesis del concurso con los  delitos  de  homicidio  y lesiones, no siendo por tanto de recibo la afirmación  de  que  la  pena  prevista en los citados artículos solo puede ser aplicada en  casos   de   conexidad.   Absurdo   sería,   ha  dicho  la  Sala,  ‘considerar  que,  en un mismo estatuto  legal,  el  legislador  fije  dos  penas  bien diversas para unos mismos hechos,  ésta  que  acaba  de señalarse de un máximo de 60 años, y la otra de un tope  de  40  del  artículo 29, lo que por fuerza de la razón conduce, fatalmente, a  la  certidumbre  de  que  la  pena  en este último artículo erigida, para nada  demanda   la   correlación  con  el  secuestro,  sino  que  es  definitivamente  independiente   de  tal  circunstancia’ “.   

         2.  Desconcertado  sobre  el principio de autonomía de los cargos y  las  causales,  el demandante en el desarrollo de la censura acusa también a la  sentencia  de  violación  del  principio  non bis in  ídem,  con  base  en  que  una  misma  circunstancia  –el    estado    de  indefensión-    fue    deducida    tanto   para   el   hurto   como   para   el  homicidio.   

         Error  craso  pues  se  trata, frente a lo planteado, de dos delitos  perfectamente  escindibles,  separables  e  independizables  jurídicamente.  Lo  reprobable  sería,  eso  sí,  que  en relación con el mismo hecho punible, el  juzgador  tomara  una  circunstancia  y  la  hiciera  incidir  doblemente  en la  punibilidad.   

         3.  Como  el  cargo  que  propone  en  forma  subsidiaria se refiere  igualmente  a  la  violación  de la ley sustancial por aplicación indebida del  artículo  30  de  la  ley  40  de  1993,  son válidas las razones expuestas en  precedencia  para  desestimar  nuevamente  la  iteración  de  la  censura. Debe  agregarse  solamente  que  es  un  desatino atacar la decisión del Tribunal con  fundamento   en   un   supuesto   error  que  se  atribuye  al  legislador,  por  desconocimiento del artículo 158 de la Carta Política.   

         Tampoco  es  de  recibo que se pretenda acudir a la favorabilidad de  la  ley  penal,  primero  por la mezcla que se propone, y segundo porque para la  época  en  que  ocurrieron  los  hechos  que  se  analizan  ya se encontraba en  vigencia la ley 40 de 1993.   

         No prosperan las censuras contenidas en la demanda.   

           Finalmente,  debe indicarse que el delito de porte ilegal de armas  de  fuego de defensa personal prescribió debido al tiempo transcurrido hasta el  momento,  contado  desde la fecha de ejecutoria de la resolución de acusación,  que  tuvo  lugar el 4 de noviembre de 1993, cuando la Fiscalía Delegada ante el  Tribunal  Superior de Ibagué confirmó dicho calificatorio. El punible de porte  ilegal  de  armas  tiene  consagrada una pena máxima de 4 años de prisión, de  conformidad  con el artículo 201 del Código Penal (modificado por los decretos  3664  de  1986   y  2266  de  1991),  por  lo  cual  el  período  legal de  prescripción  ya  transcurrió, al tenor de los artículos 80 y 84 del estatuto  punitivo,  sin  que  el  proceso  haya  fenecido,  mediante  decisión  que haga  tránsito a cosa juzgada.   

           En  estas  condiciones,  habiendo  perdido  el  Estado su potestad  punitiva  en relación con el delito referido, situación que se consolidó el 4  de  noviembre  de 1998, se impone así declararlo de acuerdo al artículo 36 del  Código  de  Procedimiento  Penal, lo cual impide la continuación de la acción  penal  por haber quedado extinguida en lo concerniente al delito de porte ilegal  de armas de fuego de defensa personal.   

         Así  las  cosas, debe la Sala efectuar la redosificación punitiva,  deduciendo  de  la condena el incremento que por este punible se les infirió en  la sentencia.   

           Para  la  fijación  de  la  pena, el juez partió de los 40 años  mínimos  previstos  para  el  homicidio,  a los cuales añadió 5 años por las  circunstancias  que  acompañaron  los  hechos punibles, suma que incrementó en  otros 5 años en razón del concurso, para un total de 50 años.   

           El  Tribunal  redujo  la  sanción, que quedó así: 47 años para  Téllez, Prieto y Vélez, y 48 para Hidalgo.   

         Como  ni  primera ni segunda instancias discriminaron las cantidades  por  cada uno de los hechos concursantes, la Sala estima que obviamente el mayor  incremento  obedece  al  hurto calificado-agravado y el menor al porte de armas,  motivo   por   el   cual   reducirá   la   pena  en  un  año  para  todos  los  procesados.   

         De  otra  parte,  como  sin  ningún  sentido  y,  por supuesto, sin  fundamentación  alguna,  el  juzgado  impuso  como  pena  accesoria  a los tres  procesados  la  suspensión de la patria potestad, durante 15 años, “…si la  tuvieren…”   –y  el  Tribunal  la admitió al confirmar el fallo en todo lo demás-, la Sala, casará  la  sentencia  en  cuanto  a  éste  tópico, de manera oficiosa, con base en el  artículo 228 del estatuto procesal penal.   

           Por último, la Sala debe precisar lo siguiente: en esta sentencia  se  ha decidido, de una parte, no casar el fallo impugnado; y, de la otra, cesar  procedimiento  por  razones  eminentemente  objetivas,  la  prescripción  de la  acción  penal  por  el  delito  de  porte  ilegal  de  armas, y restar una pena  accesoria   inmotivadamente   impuesta,  también  con  causas  objetivas.  Esto  implicó,   naturalmente,   redosificar   la  pena  de  prisión  siguiendo  los  lineamientos  trazados  por  los  jueces.  De  aquí se desprende que como no se  sustituye  o  reemplaza  el  fallo  impugnado,  con  las  palabras  del  artículo  197 del Código de Procedimiento Penal, esta decisión  queda  ejecutoriada  el  mismo día de su expedición. Esta es postura pacífica  de  la  Sala,  como  se percibe, por ejemplo, en sentencias del 2 de noviembre y  del  18  de  diciembre  del  año 2000 y del 31 de mayo del 2001, Ms. Ps. Nilson  Pinilla  Pinilla, Carlos Eduardo Mejía Escobar y Alvaro Orlando Pérez Pinzón,  respectivamente.    

           En  mérito de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE   

         1.  DESESTIMAR  las  demandas presentadas a nombre de EDGAR MAURICIO  TÉLLEZ  GARCÍA,  HERNÁN  PRIETO  RUEDA  y  JUAN  CARLOS  VÉLEZ ZULUAGA   .   

         2.  CASAR la sentencia impugnada, de manera oficiosa y parcialmente,  en   cuanto   imponía   a   los   condenados   la   suspensión  de  la  patria  potestad.   

         

         3.  DECLARAR  PRESCRITA  LA  ACCIÓN  PENAL  adelantada  contra JUAN  CARLOS  VÉLEZ  ZULUAGA,  EDGAR MAURICIO TÉLLEZ GARCÍA, HERNÁN PRIETO RUEDA y  JUAN  BAUTISTA  HIDALGO  ANGULO, en cuanto al delito de porte ilegal de armas de  fuego de defensa personal.   

         4.  Como  consecuencia  de  lo  anterior,  ORDENAR  LA CESACIÓN DEL  PROCESO  seguido  contra dichos sindicados, únicamente en lo relacionado con el  delito en mención.    

              5.  Declarar  que la pena de prisión impuesta a  JUAN  CARLOS  VÉLEZ  ZULUAGA,  EDGAR  MAURICIO TÉLLEZ GARCÍA y HERNÁN PRIETO  RUEDA,  queda,  finalmente,  en  46  años;  y  para  JUAN BAUTISTA HIDALGO  ANGULO,  en 47,  por los delitos de homicidio agravado y hurto calificado y  agravado.   

         Notifíquese,    cúmplase    y    devuélvase    al   Tribunal   de  origen.   

  CARLOS  EDUARDO MEJÍA  ESCOBAR   

                               No hay firma   

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE E.  CÓRDOBA    POVEDA                        

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS            CARLOS A.  GÁLVEZ     ARGOTE                               

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO         EDGAR    LOMBANA  TRUJILLO               

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ  PINZÓN         NILSON  E.  PINILLA  PINILLA                              

  TERESA    RUIZ  NUÑEZ   Secretaria     

1   Sentencia   del   28   de   febrero   de   1985.   M.  P.  Luis  Enrique  Aldana  Rozo.   

2  Sentencia   del   25   de   abril   de   2000.  M.  P.  Jorge  Enrique  Córdoba  Poveda.   

3  Sentencia   del   21  de  noviembre  de  1995.  M.  P.  Carlos  Augusto  Gálvez  Argote.     

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