10107mar1

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 10107  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                                                    Magistrado ponente:   

                                                    Nilson E. Pinilla Pinilla   

                                                    Aprobado Acta No.034   

Santa Fe de Bogotá, D.C. siete (07) de marzo  de dos mil (2000).   

          A S U N T O   

Decide  la Sala la casación interpuesta por  la  defensora  del  procesado  EDGAR  MARLES  TABARES,  contra la sentencia  proferida  por  el  Tribunal Nacional el tres (3) de agosto de 1994, con la cual  confirma  la  emitida  por  un  Juzgado Regional de Santa Fe de Bogotá el 25 de  marzo  de  ese año, imponiéndole como pena principal al acusado la de 40 meses  de  prisión  y  multa  de  doce salarios mínimos mensuales, como infractor del  artículo 33, inciso primero, de la Ley 30 de 1986.   

          HECHOS Y ACTUACION PROCESAL   

1°    EDGAR    MARLES    TABARES    fue  aprehendi­do   por  las  autoridades    de    policía     en    las    dependencias   del    Aeropuerto  Eldorado   de  esta    ciudad   capital  el  día  15  de  enero  de  1994,  cuando se disponía a  abordar     un     vuelo     con     destino    a   los    Estados   Unidos  de  América,  descubriéndose  mediante  examen    radiológico    que    dentro    de   su   abdomen   aloja­ba  un  total  de  cincuenta  y  tres  cápsulas, cuyo contenido resultó ser heroína.   

2°    Los    hechos   fueron   llevados  inicialmen­te    al  conoci­miento de la Unidad  Especial  de Permanencia de la Fiscalía General de la Nación y luego al Fiscal  233   de   Santa   Fe   de   Bogotá,   que   después  de  la  apertura  de  la  instruc­ción vinculó al  imputado  mediante  injurada  y resolvió su situación jurídica, con medida de  aseguramiento  de detención preventiva como infractor al artículo 33 de la Ley  30 de 1986 (f.38).   

Conocida  dicha  imputación,  el  sindicado  solicitó  la terminación anticipada del proceso, atenido a las previsiones del  artículo  37  del  Código de Procedimiento Penal (f.49), lo que dio lugar el 8  de   marzo   de   1994   a   la   suscripción   del  acta  respecti­va,    donde   aceptó   tal   cargo  (f.97).   

El  Juzgado  Regional  profirió el fallo de  condena,  estimando   la  pena  en  sesenta  meses de prisión, atendida la  gravedad  del  hecho y las modalidades de su preparación y ejecución, sanción  que  luego redujo en la proporción autorizada por terminación anticipada, para  quedar en cuarenta meses de prisión.   

Inconforme  con  esta  decisión, la defensa  interpuso  el  recurso de apelación; el Tribunal encontró ajustada a la ley la  decisión  de  primer  grado  y  así  impartió  confirmación,  siendo esta la  providencia   sometida   por   iniciativa   de  la  defensa  a  la  impugnación  extraordinaria.   

                                                       

          LA   DEMANDA   

Considera  que  la  sanción  fue excesiva y  desconoció  el  derecho  del  procesado a la condena de ejecución condicional,  dada  su  buena  conducta  anterior, y pasa a concretar dos cargos en contra del  fallo,  uno  por  la  vía  de  la  causal tercera de casación y el otro por la  causal primera, cuerpo primero.   

Primer  Cargo: Aduce que el fallo se produjo  dentro  de  un  juicio viciado de nulidad, con desconocimiento de los artículos  29   de   la   Constitución  y  1  y  13  del  Código  de  Procedi­miento  Penal,  pues  medió un cambio  sustancial  entre  los cargos formulados por la Fiscalía Regional y el fallo de  condena,  dado  que la acusación jamás aludió a circunstancias de agravación  específicas  o  genéricas,  que  al  aparecer  en  la  sentencia como base del  incremento  punitivo vulneran el derecho de defensa, sin haber dado al procesado  la ocasión de su controversia.   

Dice  que la jurisprudencia de esta Corte no  ha  sido  uniforme  al exigir que las circunstancias de agravación deban quedar  plasmadas  en  el  cuerpo  de  la  reso­lución  de  acusación,  para  que  luego  puedan ser estimadas al  proferir  el  fallo  adverso,  aduciendo que en sentencia con  ponencia del  Magistrado    Edgar   Saavedra,   se   sostuvo   el   25   de   octu­bre  de  1989 que ese pliego de cargos  no  es  pieza  procesal  de  forma  libre, sino que en él se ha de concretar el  hecho   con   todas  las  circunstancias  que  se  conozcan,  incluidas  las  de  agravación  que  hubieren sido deducidas, de modo que el incumplimiento de esta  exigencia  conduciría  a  la  nulidad,  por violación del debido proceso y del  derecho de defensa.   

Como  en  desconocimiento  de  aquella pieza  procesal,  donde  el  Fiscal  omitió  la  inclusión  de circunstan­cias  de  agravación que incidían en  la  graduación  de  la  pena  y  la  libertad  del procesado, los juzgadores de  primera  y  de  segunda  instancia optaron por incrementar la sanción, sobre la  base  de  una  circunstancia  de  la  cual  no  se  le concedió al procesado la  posibilidad  de  controversia; se profirió una sentencia a espaldas del acuerdo  y  ello   debe  conducir a la invalidación por parte de la Corte, conforme  en  tal  sentido  se  demanda,  para  que  se proceda de la manera que indica el  artículo  229-2  del  Código  de Proce­dimiento Penal.   

Segundo  Cargo: Imputa violación directa de  la  ley  por  aplicación  indebida  del  artículo  66  del  Código  Penal, en  concordancia  con  la  Ley  30  de  1986  y  el  artículo  37  del  Código  de  Procedimiento  Penal.  Su  desarrollo  es  presentado  bajo  las  mismas razones  exhibidas  en  el  caso  de la nulidad, conduciendo a que si el acuerdo entre el  procesado  y  la Fiscalía se realizó sin matizar el cargo con la inclusión de  circunstancias  genéri­cas  de  agravación,  la  pena  base  de  la  condena  debió  ser la de 48 meses de  prisión,  que  reducidos en un tercio por terminación anticipada, debieron dar  lugar a una sanción definitiva de 32 meses de prisión.   

Señala que si el procesado aceptó el pliego  de  cargos,  debía  reconocérsele como garantía que esa acusación no iría a  sufrir      modificaciones     adversas,     siendo     de     adver­tir  que  de  haberlas  conocido,  ni  siquiera  habría  solicitado  la sentencia prematura, sino optado por solicitar  pruebas que hicieran inoperante la desmejora.   

Entrando luego a controvertir los argumentos  que  en  concreto  asistieron  al  fallador  para desestimar la sanción mínima  legal,  considera  equivocado  inferir  la  solvencia  del procesado por el solo  hecho  de  que  hubiese  realizado  viajes  al  exterior, porque precisamente lo  acredi­tado   era  su  desestabilidad  laboral,  lo que le obligaba a buscar con esas salidas una mejor  condición   y   estabilidad   social.   Tampoco   era   acertado   inferir   la  existen­cia  de motivos  innobles,  pues como ya se dijo su comportamiento se vio forzado por la falta de  ingresos,  ni la ingestión de la heroína puede válidamente interpretarse como  ponderada  preparación  del  hecho,  pues simplemente se trataba de procurar un  mecanismo  que  asegurara  que  con  la  participación  en  el  tráfico  no se  arriesgaría  la  vida,  pormenores  todos  que  el  procesado  no  ocultó a la  investiga­ción,  pudiendo    hacerlo,    precisamente    por    falta   de   experien­cia.   

Anota que de haber estimado estos elementos  probatorios,  no  cabe  duda que el Juzgado primero y luego el Tribunal hubieran  apuntado  a  la  imposición  del mínimo de pena legal y de contera, tras fijar  tan  solo  una  sanción  de  32  meses  de  prisión,  hubieran  rematado en el  otorgamiento  de  la condena de ejecución condicional, lo que en este aparte se  impetra, luego de proceder a la casación del fallo recurrido.   

        CONCEPTO DEL MINISTERIO PUBLICO   

Compartiendo   el   señor   Procurador  Terce­ro Delegado en lo  Penal  la  tesis  de  la  casación, co­mienza  por descubrir de entrada que los dos cargos de la demanda,  pese  a su aparente oposición al proponerse bajo causales diversas, en realidad  apuntan  a  un mismo y único cuestiona­miento:   la   legitimi­dad  de deducir en la sentencia circunstancias genéri­cas     de     agravación     no  contem­pla­das     en     la     resolución  acusato­ria.   

Con miras a responder esa inquietud coincide  en  que  la  doctrina  de  esta corporación no ha sido unánime, pues no le han  faltado  salvamentos  de  voto a la tesis de la mayoría, pero ni aún a esta la  ve   encaminada   dentro   de   un   mismo   sendero,   porque   enfrentando  un  pronun­cia­miento del 17 mayo de 1995 -ponencia  del  Magistrado  doctor Nilson Pinilla Pinilla-, con otro de noviembre 9 de 1994  y  ponencia  del Magistrado doctor Dídimo Páez Velandia, entrevé que mientras  el  primero  sostiene  que “la no inclu­sión   de  las  circuns­tancias    genéricas    de    agravación    o    ate­nuación  punitiva en la providencia  enjuiciatoria  (llámese auto de proceder o resolución de acusación) no genera  irregularidad  sustancial  que vulnere el debido proceso o desconozca el derecho  de  defensa,  porque  ellas  constituyen,  no  el único, sino uno de los varios  criterios  dosificadores  de la pena…”, en el segundo se hacen afirmaciones en  contrario,  reconociendo que aún siendo criterio conocido de esa Delegada el de  que  aquellas  circunstancias  genéricas  son  privativas del juzgador  al  proferir  su fallo, es llegado el momento de unificar la doctrina hacia la tesis  opuesta que así pasa a sustentar:   

Expresa  que  los  artículos 28 a 35 de la  Constitu­ción Política  contemplan  las  condiciones  cuyo  cumplimiento hace legítimo el ejercicio del  poder  punitivo  del  Estado,  garanti­zando   entre   otros   el   debido   proceso,   el  principio  de  legali­dad,    la  presunción     de     inocencia,     el     derecho     de    defen­sa,  etc.,  de  lo  cual  asoma  que  solamente    procede    la    imposi­ción  de  penas  frente  a  conductas que causen daño o pongan a  riesgo   bienes   jurídicamente   protegidos,   previo   el  cumpli­miento    de   procedi­mientos  definidos y al resguardo de  una       concepción      culpabi­lista.   

Dice que la pena, dentro de este esquema, no  deriva  de  consideraciones  subjetivas  del juzgador sino de aquellas objetivas  que  determina  la  ley,  sin  perjuicio  de  la función judicial relativamente  discrecional     de     su    gradua­ción.   

Precisa  que  el ejercicio de ese margen de  discre­cio­nalidad  tampoco puede ejercerse con  exclusividad   en  el  momento  del  fallo  sino  que  se  halla  supeditado  al  cumpli­mien­to  previo  de  un procedimiento que  garantice  al  acusado  el  conocimiento  de  los  cargos  y el ejercicio de sus  prerro­gati­vas   defensivas,   lo   que   hace  presuponer  la  necesidad  de  una  providencia previa denominada resolución de  acusación  (o un acto equivalente), que de conformidad con el artículo 442 del  Código  de  Procedimiento  Penal  deberá  consignar  los  hechos  materia  del  juzgamiento,     como,    en    su    integridad,    “las    circuns­tancias  de modo, tiempo y lugar que  los  especifi­quen”, lo  mismo  que  la  calificación  jurídica  provisional,  lo  que  tiene  por fín  facilitar  el  enteramiento del procesa­do,   tanto   respecto   de   los   hechos   probados   hasta  ese  momen­to sino, además,  su  valoración jurídica y las circuns­tancias     que     podrían    incidir    en    la    graduación  punitiva.   

Señala que una omisión de estos requisitos  incidi­ría   en   un  recorte  de  la garantía del derecho de defensa, porque desconociendo  las  circunstancias  que  servirán  de  base para la graduación de la pena se hará  imposible  ejer­cer  la  contradicción  y  la  controversia  probatorias, todo ello sin sacrificio de la  discrecionali­dad  que  asiste  para  la  graduación  punitiva, dentro de los parámetros ya dichos, lo  que  implica  la  consulta  del pliego acusatorio para determinar el monto total  con  base  en  la  estimación  de  los  distintos  factores  señalados  en  la  acusa­ción.   

Para  el  caso que se examina, encuentra el  Ministerio  Público  que  los  hechos  imputados  al  procesado  lo  fueron sin  agravantes  específicos  ni  genéricos, según consta en el proceso, de manera  que  el  juez  solo  podía  ceñirse a esa expresa advertencia sin que le fuera  posible  acudir  en  la  sentencia  a  circunstancias  de agravación distintas,  porque con ello privaría al procesado de su derecho de defensa.   

Volviendo    al    análisis    de   la  jurispru­den­cia  de  la  Sala  que  la  Delegada  compartía,    considera    equivoca­da  la tesis de la discre­cionalidad  final  del juez tanto respecto de la graduación de la  sanción   como   de   la   considera­ción  de  las  circunstancias  determinantes,  solici­tando  ahora  su  reconsideración,  bajo  el  sentido  de  que  tal  discre­cionalidad  tiene  sus  límites  normativos,  pues  si  tanto  la  materialidad  del  hecho  como  la  responsabilidad  del  procesado  deben estar  probadas  en  grado  de certeza, en su labor de tasación no puede considerar el  juez   sino   aquellos  aspectos  conocidos  y  debatidos  dentro  del  proceso,  sopesándolos   como   eventos   de  atenuación  o  agravación   mediante  consideraciones  objetivas  y subjetivas, “pero, en todo caso, atado a la previa  imputación   que   se   haya   reali­zado   en   la   resolución   de  acusación”,  de  modo  que  la  inclu­sión  de  tales  circunstancias  en el enjuiciamiento no se halla condicionada a la calificación  de      los     factores     objeti­vos  o  subjetivos  que  les  atribuye  la  doctrina,  sino por la  imputación  e  inclusión  en  la  resolución  de acusación “a través de una  declaración           inobje­table         que        permita        la        iden­tificación  de  las  circunstancias  fácticas  que  se  consideran especialmente relevantes en la individualización  de  la  pena y que, en sí misma, implica la determinación de la forma como tal  condición es regulada por el derecho positivo…”   

En  tal sentido, “si la circuns­tancia  de hecho no se incluye, o no  contiene,  en  sí  misma,  la determinación de la manera como ella es regulada  por  el  ordenamiento  jurídico,  nos  econtraríamos  frente  a una defectuosa  imputación     que,    a   su   turno,   revela   la   vulnera­ción  del  derecho a la defensa del  acusado,     ante     la     imposi­bilidad  que  se le presenta para debatir los condicionantes de la  pena”,    entendimiento    que    a    su   juicio   resulta   defec­tuosamente planteado en la sentencia  de  noviembre  9  de 1994 con ponencia del Magistrado Dídimo Páez Velandia, en  cuanto  en  ella  se  da  a  entender  que  la condicionante de la validez de la  agravante  no  es  su  imputación  o  falta  de  ella  en la resolu­ción   de   acusación   sino   el  carácter  objetivo  o  subjetivo  de la circunstancia, bajo el entendimiento de  que  en  las  primeras  basta  su enunciación fáctica en el pliego acusatorio,  mientras  que en las subjetivas no solo es necesaria su enunciación específica  sino al mismo tiempo su valoración jurídica.   

Ya  de regreso al caso que se controvierte,  halla  el  Ministerio  Público  que  en el acto equivalente a la resolución de  acusación       no       solamente       omitió      la      Fisca­lía la inclusión de circunstancias  de     agravación     o     atenua­ción  genérica  del  hecho,  sino  que aún llegó al extremo de  afirmar   categóricamente  su  ausencia,  de  modo  que  su  estima­ción  por  parte  del  juzgador  se  constituye  en  violación flagrante del derecho de defensa, en cuanto operó un  sor­prendimiento para el  acusado,  que  sin tener la ocasión de conocer ese aspecto de la imputación ni  de  controvertirlo,  se vio afectado por un incremento desmedido de la pena que,  como   consecuencia,  debe  entrar  la  Corte  a  rectificar  median­te  la  anulación parcial del fallo  recurrido,  para  que  en  su  lugar se dicte el fallo de reemplazo en el que se  elimine   el   incremento  derivado  de  la  preparación  ponderada  del  hecho  punible.   

         

         

CONSIDERACIONES  DE LA  CORTE   

Un orden lógico lleva a abordar primero la  nulidad  alegada,  pues  de prosperar resultaría innecesario pronunciarse sobre  el  cargo  formulado  al amparo de otra causal. No obstante, la misma censura es  imputada  según las causales primera y tercera. Tenerse en cuenta una agravante  en  la  sentencia,  no deducida en la resolución de acusación, es un error que  debe  ser  aducido  por  la  casual  segunda,  establecida específicamente para  superar  este yerro. Aunque técnicamente así debe hacerse, es posible acudir a  la   causal   tercera,  ante  la  violación  del  derecho  de  defensa  al  ser  sorprendido, de esa forma, el acusado.   

Efectuada  la  anterior  aclaración,  se  observa  que  el  impugnante y el Ministerio Público parten de la base errónea  de   que   el  problema  jurídico  consiste  en  si  es  legal  deducir  en  la  sentencia   circunstancias  genéricas  de  agravación que no habían sido  tenidas  en  cuenta en la resolución de acusación o su equivalente, a pesar de  que  en  el fallo de primera instancia aparece con claridad que no hace mención  de agravante alguna.   

En el acta de que trata el artículo 37 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  en donde el sindicado aceptó los cargos que  por  infracción  a  la Ley 30 de 1986 le formuló la Fiscalía, expresamente se  indica   que   no   concurren   circunstancias  genéricas  ni  específicas  de  agravación  punitiva.  Así  lo  entendió  el  a quo y nunca hizo referencia a  ellas,  sino  que  procedió  a  tasar  la pena de conformidad con los criterios  establecidos por la ley y, por eso, indicó:   

“El  art.  61  del  C. de P. Penal (sic)  señala  los  obligatorios  parámetros  que  deben  considerarse al señalar la  sanción  y  en  atención  la  gravedad  y  modalidades  del  hecho punible que  significaron  una  especial  preparación, consistente en elaborar las cápsulas  (en  número  considerable),  ingerir  especiales  alimentos  con antelación al  hecho,  para  luego  introducirlas  en el organismo vía oral, no puede partirse  del  mínimo  establecido  en el tipo infringido, por lo que ello se hará de 60  meses    de    prisión    y    multa    de   18   salarios   mínimos   legales  mensuales.”   

La  preparación  del organismo humano para  que  tolerara  las  cápsulas  en  las que estaba empacado el estupefaciente, la  utilización  del  aparato  digestivo  como  medio  que servía para esconderlo,  transportarlo  y  de  esa  forma  eludir  la  acción de las autoridades, fueron  aspectos  atinentes   a  la  modalidad  del  hecho punible, que resaltan su  gravedad,  llevando  al  juzgador  de  primer  grado  a  no  imponer el mínimo.  Factores  que  no  podían  dejarse a un lado por su especial significación, en  cuanto  el  acusado demostró frialdad, con el fin de salir avante en el empeño  de  obtener  un  beneficio  pecuniario,  sin importarle la severa incidencia del  consumo de esa droga contra la salud de sus congéneres   

Es  posible  que  algunos  copartícipes no  conocidos   hubieran   preparado   ponderadamente   el   ilícito,   pero   esta  circunstancia  genérica  de  agravación punitiva del ordinal 4° del artículo  66  del  Código  Penal,  que ciertamente no fue imputada por la Fiscalía en el  acta  citada,  tampoco  la  aplicó el a quo, que procedió a la tasación de la  pena de conformidad con los lineamientos del artículo 61 ibídem.   

Además,   al   deducir   el  Juzgado  la  culpabilidad por los actos externos que la revelaban, manifestó:   

“En  relación con este último elemento  del  hecho  punible,  se  desprende  del  acervo  probatorio,  que  el sindicado  conocía  el  hecho  punible  y determinó su voluntad hacia su realización, es  decir,  que  actuó  con  dolo  como forma de culpabilidad (art. 36 ibídem); no  otra  cosa  puede deducirse de la circunstancia misma de que los estupefacientes  se   colocaran  en  cápsulas  cuidadosamente  elaboradas  y  que  debieron  ser  ingeridas, conducta del todo extraña a un proceder legítimo.”   

La  manera  como  sucedieron  los  hechos,  permitió  al  fallador  inferir  que  el  acusado  tenía conocimiento y artera  voluntad  de  poner  en  peligro la salud pública, tras el mañoso ocultamiento  del  alcaloide,  como  se  desprende  de  ingerirlo  empacado en cápsulas, para  ocultarlo     en     sus    vías    digestivas.    Buscó    un    incremento  patrimonial  ilegal, sin importarle el grave deterioro  de  la  salud  pública que pudo ocasionar, especialmente en la juventud, y  las  funestas  repercusiones  que  el  narcotráfico  acarrea  en  lo  personal,  familiar,   social,   económico,   etc.   Esta  fue  otra   manifestación  de  la  gravedad  de  esos actos, sin que se observe  intento  alguno  por  colegir  la  circunstancia  genérica  de  agravación del  ordinal 4° del artículo 66 del Código Penal.   

A pesar de que el ad quem  ciertamente  yerra  al  hacer referencia a dicha agravante como deducida en el presente caso,  se  muestra  de acuerdo con los planteamientos del Juzgado, que no la incluye, y  considera  correcto  que  se  hubiera  tasado  la  pena  con  seguimiento  de lo  dispuesto  por  el  citado  artículo 61. Si el Tribunal hubiera estimado que la  pena  estaba  acertadamente  fijada, pero por las razones que señala en segunda  instancia,  hubiera  confirmado con dicha aclaración, que sería la motivación  específica  de  la  dosificación  punitiva,  pero  se  limitó  a  confirmarla  íntegramente  sin  hacerle  reparo  alguno,  con  lo cual acogió plenamente lo  señalado por el a quo.   

Al ser ratificado el criterio plasmado en la  sentencia  de  primera instancia, se aprecia que no fue deducida la agravante en  mención  y  no  se  sorprendió en el fallo al sindicado, ni le fue recortada o  impedida  la  defensa.  En  consecuencia, no se presenta el yerro endilgado y la  censura no está llamada a prosperar.   

Con  relación  al  segundo  cargo,  han de  tenerse  en  cuenta los lineamientos antes expresados, pues se trata de la misma  censura   pero  invocada  bajo  otra  causal.  Se  advierte  que  su  defectuosa  formulación    no    deja   posibili­dad     alguna     de    respuesta,    dadas    las    insalvables  contradic­cio­nes  que  encierra,  como  que  pese  a  anunciar  e iniciar con el desarrollo de una  violación   directa   que  encaminaría  el  debate  hacia  aspectos  netamente  jurídicos,  paso  seguido se emprende una crítica demostrativa relacionada con  la  manera  como  el juzgador estimó, o dejó de hacerlo, la buena conducta del  procesado,  sus  condiciones  económicas  y  el  sistema  de  ocultación de la  sustancia   para   tratar   de  llevarla  allende  las   fronte­ras.   

Tampoco    el   impugnante   identifica  de    manera  clara  y  precisa,  como lo  demanda  el   artículo   225  del Código  de  Procedimiento  Penal,  cuál  fue  el  error  de juicio  cometido, pues la alusión resulta apenas  tangencial   y   desde   un   aspecto   meramente   subjetivo,   que   dista  de  constituir  un verdadero cargo  de casación.   

En  mérito  de  lo  expuesto  y  oído  el  concepto  del  Ministerio  Público,  la  Corte  Suprema  de Justicia en Sala de  Casación     Penal,     administran­do  justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la  ley,   

        RESUELVE :   

NO   CASAR   la   sentencia   objeto   de  impugnación   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.  Cúmplase.   

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

No hay firma  

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL           JORGE  E.  CORDOBA  POVEDA                            

CARLOS     AUGUSTO      GALVEZ  ARGOTE   JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

MARIO   MANTILLA   NOUGUES                           CARLOS   EDUARDO   MEJIA  ESCOBAR   

ALVARO       ORLANDO       PEREZ  PINZON            NILSON    E.   PINILLA  PINILLA      

No hay firma  

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria    

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