9427 (03-07-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    HOMICIDIO-Ley 40 de 1993  

La clara repartición sistemática de  la  Ley  40  de  1993,  dividida  por  capítulos  y  artículos  acompañados de la  respectiva  denominación,  así  como  el  objeto resumido en su encabezamiento  (“Por  la cual se dicta el Estatuto Nacional contra el  secuestro  y  se  dictan  otras disposiciones”), indica  sin  duda  que  además  de  una  nueva regulación más drástica del delito de  secuestro,  sus  circunstancias  y los demás hechos punibles que lo facilitan o  perpetúan  (capítulo  I),  de  los asuntos procesales, de la competencia de la  Fiscalía   y  las  labores  de  inteligencia  para  intervenir  esta  clase  de  delincuencia  (capítulos  II,  III  y  V) y de las medidas administrativas para  combatirla  eficazmente  (capítulo  IV),  también  se  adoptaron  “otras  disposiciones” no relacionadas con  el  secuestro  y  su  compleja  red operacional, tales  las previstas en el  capítulo  VI,  artículos 28 a 33, que se refieren al aumento de penas tanto en  sus  límites  y regulaciones de la parte general, como en relación con algunas  figuras  delictivas  de  la  parte  especial  (homicidio,  simple  y agravado, y  extorsión).   

El   artículo  29  dice:   “SOBRE  EL  HOMICIDIO”.—-  “El  artículo  323 del Decreto Ley 100 de 1980, Código Penal,  quedará así:   

          “HOMICIDIO.   El  que  matare  a otro incurrirá en prisión de  veinticinco (25) a cuarenta (40) años”.   

          Y  el  artículo  30 encabeza:  “MODIFICACIÓN AL ARTÍCULO 324  DEL  CÓDIGO  PENAL.—  “El  artículo 324 del Decreto Ley 100 de 1980, Código  Penal, quedará así:   

          “ARTÍCULO      324.      CIRCUNSTANCIAS     DE     AGRAVACIÓN  PUNITIVA.   

          “La  pena  será  de cuarenta (40) a sesenta (60) años de prisión,  si el hecho descrito en el artículo anterior se cometiere: …”.   

Es  suficiente  la invocación de la letra de  las   modificaciones   para   entender   que  la  Ley  40  no  creó  otro  tipo  circunstanciado  de  homicidio,  atinente  a  una  intensificación  de  la pena  correspondiente  a  dicho  delito por el anterior secuestro de la víctima, sino  que  retomó  las  definiciones  clásicas  de  la figura básica y agravada del  hecho  punible  contra  la  vida,  adicionó una circunstancia de agravación, y  aumentó  notoriamente  las sanciones ya previstas en el Código Penal.  La  ley  tampoco  generó  la  figura  delictiva especial que imagina la recurrente,  como  para  que  en el artículo 30 se hubiese titulado, verbigracia, “homicidio  antecedido  de  secuestro”.  No,  el  legislador fundamentalmente rediseñó con  aumentos  las  penas,  pero sobre la base de una repetición de la misma actitud  descriptiva del Decreto 100 de 1980.   

Si   el  legislador  se  hubiese  propuesto  intensificar  la  pena  únicamente  para  el  delito  de homicidio precedido de  secuestro,      pues     la     opción     legislativa     era     adicionar  el artículo 324 en ese preciso  sentido,      mas     lo     que     realmente     hizo     fue     modificarlo  y,  para  disipar  cualquier  duda,   se   tomó   el   trabajo   de  regular  de  nuevo  todos  los  aspectos  comportamentales   reprobados,   aunque  básicamente  con  reiteración  de  la  descripción  conductual  originaria  del  Código  Penal, y a continuación los  conminó   con  sanciones  cuantitativamente  diferentes.   Por  ello  dice  categóricamente  cómo  quedará  la  nueva  redacción  del  tipo legal de los  artículos  323  y 324, y en parte alguna dice cómo se concebirá el nuevo tipo  penal.   

La derogación, de acuerdo con el diccionario  enciclopédico   de   derecho   usual   de   Guillermo  Cabanellas,   es   la   “abolición,   anulación   o  revocación  de  una norma jurídica por otra posterior, procedente de autoridad  legítima”.   Esa  misma  derogación,  conforme con los artículos 71 y 72  del  Código  Civil,  3°  y  14  de  la Ley 153 de 1887, puede ser expresa  o tácita, pero también puede ser  total o parcial.  Y así  entonces,  aunque  podría  afirmarse  que  el artículo 30 de la Ley 40 derogó  parcialmente  el  324 del Código Penal, parece de mayor rigor técnico aseverar  que   lo  modificó,  en  el  sentido     de    que    simplemente    cambió    o  varió  la  cantidad  de  pena,  pues  ésta  como tal  permanece.   

Ahora bien, la salvedad del artículo 31 de la  Ley  en cuestión, que modificó el artículo 28 del Código Penal, es necesario  entenderla  en  su  ubicación  sistemática.   Es  decir,  la disposición  modificada  está inserta en el capítulo alusivo al concurso de hechos punibles  y  se  refiere  directamente  a  un límite a la pena aplicable por el fenómeno  concursal,   no   a   las   figuras   delictivas  en  abstracto  y  aisladamente  consideradas,  como especiosamente lo quiso mostrar la impugnante.  De esta  manera,  tiene  razón de ser la disposición modificante, pues la regla general  es  que  la  acumulación  jurídica de penas por concurso de hechos punibles no  podrá  superar  los  treinta (30) años, salvo los casos contemplados en la Ley  40 (secuestro, homicidio, extorsión, etc.).   

Proceso No. 9427  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 75  

Santafé de Bogotá, D. C., tres de julio de  mil novecientos noventa y siete.   

VISTOS:  

         Examina  la  Sala  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  la  defensora  del  procesado  JOSÉ  ALVARO  RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ, en contra de la  sentencia   de   segunda   instancia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca,  en  virtud  de  la  cual  se  declaró  que  el acusado era autor  responsable   del   hecho   punible   de   homicidio  preterintencional  agravado, por cuyo medio se acabó  con la vida del niño DANIEL ALEJANDRO GONZÁLEZ.   

         Se  cuenta  con  el  presupuesto  del parecer emitido por el señor  Procurador Primero Delegado en lo Penal.   

HECHOS Y DESARROLLO PROCESAL:  

         Para  el  día  9  de  mayo  del año de 1993, los campesinos JOSÉ  ALVARO  RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ y CLARA INÉS GONZÁLEZ CRUZ sostenían una unión  marital  de hecho y vivían en la finca “San Cayetano”, situada en la vereda  “Chapaima”  del  municipio  de Villeta, departamento de Cundinamarca, unión  en  la  cual  se  había  procreado  a  la  infante  ANGELA  MARCELA  RODRÍGUEZ  GONZÁLEZ,  que  entonces contaba siete (7) meses de edad.  Sin embargo, en  ese  mismo  hogar  compartía  el  menor  DANIEL ALEJANDRO GONZÁLEZ, que apenas  frisaba  los seis (6) años de edad, hijo concebido por Clara Inés en relación  amorosa   anterior,   quien  lamentablemente  comenzó  a  ser  víctima  de  la  malquerencia y de los castigos crueles de su padrastro.   

         En  aquella  fecha, aproximadamente a las 8:30 horas de la mañana,  la   señora   Clara   Inés   González  debió  salir  al  pueblo  en  busca  del mercado y de asistencia  médica    para    su    pequeña    hija,   dejando   al   menor   Daniel   Alejandro   al  cuidado  de  su  compañero.   Al  volver  a  casa,  aproximadamente a las 6 de la tarde, la  madre  no  encontró  a  su hijo, preguntó por él a su custodio, pero éste le  respondió  que  había  salido temprano por la leña y no había regresado, por  lo  que  angustiada  comenzó a buscarlo en derredor y, en el cañaduzal situado  en  la  parte  de  arriba  de  la  residencia, descubrió el cuerpo exánime del  niño,  untado de barro en varias partes y que también presentaba golpes.   Después  de  prodigarle el aseo necesario, el pequeño moribundo fue trasladado  al  hospital  Salazar  del  municipio,  centro  asistencial  en el cual dejó de  existir horas más tarde.   

         En  el  acta de necropsia, el médico practicante certificó que el  cadáver   del  impúber  externamente  presentaba  hematomas  en  las  regiones  fronto-parietal  derecha  y  temporal  izquierda,  en la línea media de la cara  derecha  y  en la mejilla izquierda; además que, a la exploración del cráneo,  advirtió  un  hematoma  subdural  a  nivel del hemisferio cerebral derecho y el  lóbulo  temporal izquierdo.  Consecuentemente, el legista concluyó que la  muerte  del  infante  era  consecuencia directa de un politraumatismo ocasionado  por  mecanismo  contundente  que  le  produjo una lesión craneoencefálica y el  hematoma subdural descrito.   

         Pues   bien,   en   la   misma   fecha,   la  señora  González  Cruz  presentó  denuncia  en  contra  de  su  compañero  permanente,  como  presunto autor del hecho violento  antes  descrito,  razón  por la cual la Unidad de Policía Judicial de Villeta,  adscrita  a  la  Policía  Nacional, priva de la libertad al señor José   Alvaro   Rodríguez  Rodríguez,  elabora  el acta sobre los derechos del capturado, y al día siguiente lo deja a  disposición  de  la Unidad de Fiscalía de la misma población, despacho que de  inmediato   abre   formalmente  la  investigación  (fs.  2,  3,  4,  12,  13  y  16).   

         El  fiscal  instructor recibió en indagatoria al imputado el 11 de  mayo  siguiente  y  le definió la situación jurídica el 14 de mayo, por medio  de  la medida de aseguramiento consistente en detención preventiva, sin derecho  a  excarcelación,  “como  presunto  autor responsable del delito de Homicidio  Agravado y preterintencional” (fs. 20 y ss.; fs. 37 y ss.).   

         Cumplido  el trámite previo e inherente a la resolución de cierre  de  investigación,  la Fiscalía calificó el mérito del sumario el día 15 de  julio  de  1993,  oportunidad  en  la  cual  dictó resolución de acusación en  contra  del  procesado,  a  quien se le advirtió que debía responder en juicio  por  el  delito de “Homicidio Agravado ocurrido en forma preterintencional”,  consumado  en  la  persona  del menor Daniel Alejandro  González,  conducta  ésta  que se halla regulada en  los  artículos  323  y 324 del Código Penal, modificado por el artículo 30 de  la  Ley  40  de  1993,  en relación con el artículo 325 del mismo ordenamiento  (fs. 70 y ss.).   

         El  juzgamiento  fue  adelantado  por  el Juzgado Primero Penal del  Circuito  de  Villeta,  se  llevó  a  cabo  la audiencia pública el día 30 de  septiembre  de  1993,  y  el despacho proveyó en primera instancia la sentencia  fechada  el 8 de octubre del mismo año, por medio de la cual emitió condena en  contra       del       procesado       Rodríguez  Rodríguez por el mismo hecho punible dispuesto en la  acusación,  y consecuentemente le impuso la pena principal de veinte (20) años  de  prisión; la sanción accesoria de interdicción en el ejercicio de derechos  y  funciones  públicas  por  un  lapso  de cinco (5) años; y la obligación de  pagar  los  perjuicios  morales  en  cuantía  equivalente  en moneda nacional a  cuatrocientos  (400)  gramos-oro,  en  favor  de la madre del menor.  En el  ordinal  sexto de la parte resolutiva del mismo fallo, se dispuso la expedición  de  copias  pertinentes  del  expediente, con destino a la defensoría pública,  con   el   fin   de  provocar  una  posible  investigación  del  comportamiento  profesional  de  la  defensora,  adscrita  a  dicha  entidad,  en el curso de la  audiencia pública.   

         Como  la  defensora interpuso el recurso de apelación en contra de  la  sentencia  de  primer  grado,  le  correspondió  la  actuación  de segunda  instancia  al  Tribunal Superior de Cundinamarca y, por medio de fallo del 14 de  diciembre  de  1993,  se  confirmó  no  sólo  el  sentido  condenatorio  de la  sentencia  revisada  sino  también sus propias consecuencias, mas igualmente se  decidió  la  revocatoria  del  mencionado  ordinal sexto, que se refería a las  copias    ordenadas   por   el   A   quo (cuaderno 2a. instancia, fs. 7 y ss.).   

LA DEMANDA DE CASACIÓN:  

         La  impugnante expresa que el fallo de segunda instancia incurre en  violación  directa  de la ley sustancial, en razón a que aplicó indebidamente  el  artículo 30 de la Ley 40 de 1993 (“Estatuto Antisecuestro”), siendo que  debió  aplicarse  el  artículo  324  del  Decreto 100 de 1980, norma que está  vigente  y  no fue derogada por la citada ley.  La censura la desarrolla en  los siguientes términos:   

         Es  cierto que la Ley 40 de 1993 modificó los artículos 323 y 324  del  Código  Penal; pero no es menos evidente que no se produjo una derogación  expresa  o  tácita de tales preceptos, pues, según lo indica genéricamente el  artículo  40  de  dicha ley, se derogan y modifican sólo las disposiciones que  sean contrarias a ella.   

         De  este modo, entiende la recurrente, tales modificaciones atañen  exclusivamente   a   los   casos   de   “homicidios   cometidos   en  personas  secuestradas”,  no  en  relación  con delitos que no tengan como finalidad el  secuestro.   

         El  Tribunal  Superior,  agrega  la  censora,  llegó  a  la penosa  situación  de  valerse  de  una  expresión  inserta  en  los  argumentos de la  ponencia  para  segundo  debate en el proceso de formación de la ley, según la  cual  el senador LUIS GUILLERMO GIRALDO HURTADO advierte que el delito contra la  vida  en  manera  alguna  podía  quedar  con  una  penalidad  inferior a la del  secuestro.   Sin  embargo,  el  aumento  de pena sugerido en tal expresión  para  el  injusto  de  homicidio,  sólo  se  justifica  cuando  la  muerte  sea  consecuencia del hecho punible de secuestro extorsivo o simple.   

         La   Ley  40  se  refiere  al  Estatuto  Antisecuestro  “y  otras  disposiciones”  y,  si  el  propósito del legislador hubiese sido derogar los  artículos  323  y 324 del Decreto 100 de 1980, simplemente hubiera incluido los  aumentos  de pena en el capítulo correspondiente a “otras disposiciones”, y  no  como  lo  hizo,  en  el contexto integral de la ley que tiene que ver con el  delito fin de esa regulación legal.   

         El  artículo  31  del  mismo Estatuto dice que, “salvo los casos  contemplados  en esta Ley, la pena privativa de la libertad no podrá exceder de  treinta  (30)  años”.   Así  entonces,  como  el artículo 28 de la ley  modificó  el artículo 44 del Código Penal, con el fin de situar el máximo de  la  pena  en  sesenta  (60)  años  y poder aplicar consecuentemente el Estatuto  Antisecuestro,  el  sentido de la salvedad   sólo   puede   buscarse   en  la  distinción  entre  homicidio  acompañado  de  secuestro  y el homicidio ajeno al mismo, pues no existen otros  delitos  que  puedan  superar los 30 años de prisión, excepto el hecho punible  de  “menoscabo  de  la integridad nacional” (art. 111 C. P. ), que sí tiene  prevista      una      pena     máxima     igual     a     ese     quantum limitante.   

         Solicita  la  demandante que se modifique parcialmente la sentencia  del  14  de  diciembre de 1993, obra del Tribunal Superior, con el fin de que la  pena  se adecúe conforme con los artículos 324 y 325 del Código Penal, de tal  manera que la misma debe fijarse en ocho (8) años de prisión.   

         Durante  el  término  de  traslado dispensado a los demás sujetos  procesales  en  la actuación del Tribunal impugnado, el señor Procurador 22 en  lo  Judicial  Penal solicitó a la Corte que no casara el fallo atacado y expuso  los siguientes argumentos:   

         La  Ley  40  entró  en  vigencia  el 19 de enero del año de 1993,  antes  del  hecho  delictuoso examinado en este proceso, que se realizó el 9 de  mayo  de 1993.  Como dicho estatuto sustituyó completamente los artículos  323  y 324 del Decreto ley 100 de 1980, cabe la aplicación del artículo 3° de  la  Ley  153  de  1887,  de  acuerdo  con  el  cual  se estima insubsistente una  disposición  legal  por  la  entrada  en  vigor  de  una  ley  nueva que regule  íntegramente  la  materia  a la cual se refería el precepto anterior.  De  igual     manera,     acorde     con     el     artículo    2°    idem,  en caso de contrariedad entre dos  leyes    preexistentes    al    hecho   que   se   juzga,   prevalece   la   ley  posterior.   

         No  es  cierto  que  la ley 40 de 1993 se refiera únicamente a los  homicidios  cometidos  en  personas  secuestradas,  ya  que  por  medio de dicho  ordenamiento,   si  se  atiende  su  titulación,  también  se  dictaron  otras  disposiciones,  entre  las  que  se  incluyen  las  del  capítulo  sexto, cuyos  artículos   29  y  30  sustituyeron  los  artículos  323  y  324  del  Código  Penal.   

         La  ley  40  de  1993, concretamente los artículos 29 y 30, fueron  declarados  exequibles  en  la sentencia 565 del 10 de diciembre del mismo año,  obra de la Corte Constitucional.   

EL     CONCEPTO     DEL    PROCURADOR  DELEGADO:   

         De  acuerdo  con la apreciación del Ministerio Público en sede de  casación,  los argumentos impugnativos no son admisibles y debe desestimarse la  demanda.  Estas son sus razones:   

         El  capítulo  sexto  de  la  Ley  40  de  1993, relacionado con el  aumento  de  penas,  tiene  una  ubicación  independiente en el contexto de las  materias  tratadas  en dicho ordenamiento y su redacción no ofrece elementos de  confusión,  motivo  por  el  cual  ha  de  acatarse  su tenor literal, pues, de  conformidad   con   el   artículo   27  del  Código  Civil,  aquél  no  puede  desatenderse,  a pretexto de consultar su espíritu, cuando el sentido de la ley  sea  claro.   En  efecto,  los  mencionados  artículos  29 y 30 retoman la  descripción  legal  consignada  en los artículos 323 y 324 del Decreto-Ley 100  de  1980,  el  último  adiciona una circunstancia de agravación, para aumentar  ostensiblemente  las  penas  de  prisión  que  aparejan  tales  comportamientos  delictivos.   La  propia  técnica  de  elaboración y redacción utilizada  indica   que   no  se  hicieron  tipos  especiales,  simplemente  se  rehizo  la  formulación típica del Código Penal.   

         No  se  advierte en los textos citados expresión alguna que denote  la  aplicación  de  tales descripciones legales sólo a los delitos conexos con  el  de  secuestro;  o  el propósito del legislador de convertir el homicidio en  agravante  del  hecho  punible  de  secuestro,  como  para concluir que se dejó  vigente  la regulación original del Decreto Ley 100 de 1980, aplicable entonces  a  los demás casos ajenos a esa modalidad delictiva.  Esta distinción que  no hizo el legislador, no es dable que la haga el intérprete.   

         Consultada  la  historia fidedigna del establecimiento de la norma,  conforme  con el inciso 2° del artículo 27 del Código Civil, se determina que  la  ponencia  para  segundo debate hizo eco del reparo de una inconsistencia por  la  mayor  punición  hasta  entonces  prevista  para el secuestro extorsivo, en  relación  con la que correspondía al homicidio, razón por la cual se decidió  equipararlas.   

         Lógicamente  examinada  la salvedad del artículo 31 de la Ley 40,  no   puede   advertirse  allí  el  soporte  para  la  insostenible  distinción  categorial  de  los  delitos  de  homicidio desvinculados o ajenos al secuestro,  pues  ello  tan  sólo responde al interés legislativo “de mantener el citado  tope  para  los  cómputos en el evento del concurso de hechos punibles en casos  diversos a homicidio y secuestro”.   

         Finalmente,  dice el Delegado, el artículo 40 de la Ley 40 de 1993  contempló   la   tácita   derogación  de  las  disposiciones  que  le  fueran  contrarias,  razón  por la cual entiende derogados los artículos 323 y 324 del  Decreto Ley 100 de 1980.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

         Poco  habría  que  agregar  al  buen  sentido  de  las  respuestas  propuestas  por los representantes del Ministerio Público, tanto en el traslado  corrido  por  el Tribunal como en el que se produjo en esta sede.  En orden  a  desestimar  los  reparos  del  libelo,  a  la  Sala  le bastan las siguientes  precisiones y reflexiones:   

         1.   La  Ley  40  de  1993  fue insertada en el Diario Oficial  número  40726,  correspondiente al día 20 de enero de ese año, fecha a partir  de  la  cual comienza su vigencia, no sólo por disposición del artículo 40 de  su  propio  texto, sino por expreso mandato sobre la materia existente en la Ley  57  de  1985.   De modo que, acorde con el principio constitucional y legal  de   que   nadie  podrá  ser  juzgado  sino  conforme  con  la  ley  sustantiva  preexistente   al   acto   que   se   le   imputa,   el  ciudadano  José  Alvaro  Rodríguez  Rodríguez fue  regularmente  sometido  a  juicio,  debido a que el hecho que se le atribuye fue  cometido   el  9  de  mayo  de  1993  (Const.  Pol.,  art.  29  y  C.  P.,  art.  1°).   

         2.   La  clara repartición sistemática de  la Ley 40 de  1993,  dividida  por  capítulos  y  artículos  acompañados  de  la respectiva  denominación,   así   como   el   objeto   resumido   en   su   encabezamiento  (“Por  la cual se dicta el Estatuto Nacional contra  el  secuestro  y  se  dictan  otras disposiciones”),  indica  sin  duda que además de una nueva regulación más drástica del delito  de  secuestro,  sus circunstancias y los demás hechos punibles que lo facilitan  o  perpetúan  (capítulo I), de los asuntos procesales, de la competencia de la  Fiscalía   y  las  labores  de  inteligencia  para  intervenir  esta  clase  de  delincuencia  (capítulos  II,  III  y  V) y de las medidas administrativas para  combatirla  eficazmente  (capítulo  IV),  también se adoptaron “otras     disposiciones”  no  relacionadas  con el secuestro y su compleja red operacional,  tales   las previstas  en  el  capítulo  VI,  artículos  28 a 33, que se refieren al aumento de penas  tanto  en sus límites y regulaciones de la parte general, como en relación con  algunas  figuras  delictivas de la parte especial (homicidio, simple y agravado,  y extorsión).   

         3.   El artículo 29 dice:  “SOBRE EL HOMICIDIO”.—-  “El  artículo  323  del  Decreto  Ley  100  de  1980, Código Penal, quedará  así:   

         “HOMICIDIO.   El que matare a otro incurrirá en prisión de  veinticinco (25) a cuarenta (40) años”.   

         Y  el  artículo  30  encabeza:  “MODIFICACIÓN AL ARTÍCULO  324  DEL  CÓDIGO  PENAL.—  “El  artículo  324 del Decreto Ley 100 de 1980,  Código Penal, quedará así:   

         “ARTÍCULO     324.      CIRCUNSTANCIAS    DE    AGRAVACIÓN  PUNITIVA.   

         “La  pena  será  de  cuarenta  (40)  a  sesenta  (60)  años  de  prisión,   si  el  hecho  descrito  en  el  artículo  anterior  se  cometiere:  …”.   

         Es  suficiente  la  invocación  de  la letra de las modificaciones  para  entender  que  la  Ley 40 no creó otro tipo circunstanciado de homicidio,  atinente  a  una  intensificación de la pena correspondiente a dicho delito por  el  anterior  secuestro  de  la  víctima,  sino  que  retomó  las definiciones  clásicas  de  la  figura  básica  y agravada del hecho punible contra la vida,  adicionó   una  circunstancia  de  agravación,  y  aumentó  notoriamente  las  sanciones  ya  previstas  en  el  Código Penal.  La ley tampoco generó la  figura  delictiva  especial  que  imagina  la  recurrente,  como  para que en el  artículo  30  se  hubiese  titulado,  verbigracia,  “homicidio  antecedido de  secuestro”.   No,  el legislador fundamentalmente rediseñó con aumentos  las  penas,  pero  sobre  la  base  de  una  repetición  de  la  misma  actitud  descriptiva del Decreto 100 de 1980.   

         4.   Si  el  legislador  se  hubiese propuesto intensificar la  pena  únicamente  para  el  delito de homicidio precedido de secuestro, pues la  opción    legislativa   era   adicionar  el  artículo  324  en  ese preciso sentido, mas lo que realmente  hizo  fue  modificarlo  y,  para  disipar  cualquier duda, se tomó el trabajo de regular de nuevo todos los  aspectos  comportamentales  reprobados,  aunque básicamente con reiteración de  la  descripción  conductual originaria del Código Penal, y a continuación los  conminó   con  sanciones  cuantitativamente  diferentes.   Por  ello  dice  categóricamente  cómo  quedará  la  nueva  redacción  del  tipo legal de los  artículos  323  y 324, y en parte alguna dice cómo se concebirá el nuevo tipo  penal.   

        5.    La   derogación,   de   acuerdo   con   el  diccionario  enciclopédico   de   derecho   usual   de  Guillermo  Cabanellas,   es   la  “abolición,  anulación  o  revocación  de  una norma jurídica por otra posterior, procedente de autoridad  legítima”.   Esa  misma derogación, conforme con los artículos 71 y 72  del  Código  Civil,  3°  y  14  de  la Ley 153 de 1887, puede ser expresa  o  tácita, pero también puede  ser  total o parcial.   Y  así  entonces,  aunque  podría  afirmarse  que el artículo 30 de la Ley 40  derogó  parcialmente  el  324 del Código Penal, parece de mayor rigor técnico  aseverar  que  lo modificó,  en   el   sentido   de   que  simplemente  cambió  o  varió  la  cantidad  de  pena,  pues  ésta como tal  permanece.   

        6.   Ahora  bien,  la  salvedad  del artículo 31 de la Ley en  cuestión,  que  modificó  el  artículo  28  del  Código  Penal, es necesario  entenderla  en  su  ubicación  sistemática.   Es  decir,  la disposición  modificada  está inserta en el capítulo alusivo al concurso de hechos punibles  y  se  refiere  directamente  a  un límite a la pena aplicable por el fenómeno  concursal,   no   a   las   figuras   delictivas  en  abstracto  y  aisladamente  consideradas,  como especiosamente lo quiso mostrar la impugnante.  De esta  manera,  tiene  razón de ser la disposición modificante, pues la regla general  es  que  la  acumulación  jurídica de penas por concurso de hechos punibles no  podrá  superar  los  treinta (30) años, salvo los casos contemplados en la Ley  40 (secuestro, homicidio, extorsión, etc.).   

        Como  quiera  que la sentencia acusada cumplió el baremo de la Ley  40  de  1993,  que  era la vigente al tiempo en que se cometió hecho punible de  homicidio  examinado,  no  hay  razón  para atribuirle violación directa de la  normatividad   sustancial   pertinente,   so  pretexto  de  una  interpretación  completamente  desarraigada  del  tenor  literal y el sentido político-criminal  del legislador de ese entonces.   

        En consecuencia, se desestimará la demanda.   

        Por  lo  expuesto,  LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la  Ley,   

RESUELVE:  

        No  casar la sentencia de fecha, origen y  naturaleza indicadas en la motivación.   

        Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE  

No firmo  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                          RICARDO CALVETE RANGEL   

                                                                                                No    firmo           

JORGE    CÓRDOBA    POVEDA                          JORGE ANÍBAL GÓMEZ  GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJÍA   ESCOBAR                            DÍDIMO PÁEZ  VELANDIA   

NILSON    PINILLA    PINILLA                                       JUAN MANUEL TORRES FRESNEDA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

                                                                     Secretaria.   

   

    

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