9400 (07-02-96)

1996

Asistente Jurídico Inteligente

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    CONTRAVENCION/  UNIDAD   PROCESAL/  NULIDAD  PARCIAL/ INCONGRUENCIA DE LA  SENTENCIA/  JURAMENTO   

Para  la  mayoría  de  la  Sala,  la unidad  procesal  por  virtud de la conexidad no puede ser conservada cuando el vínculo  sustancial  o  procesal  entrelaza  delitos  y  contravenciones, por encontrarse  derogado  el  artículo  90 del Decreto 522 de 1971, que lo permitía y existir,  en  cambio, el artículo 18.1 del Decreto 800 de 1991, que contrariamente prevé  esa  eventualidad  como  motivo  de escisión procesal. Esto quiere decir que al  entrar  en  vigencia  la  ley  23, el funcionario judicial que tenía el proceso  perdió  la competencia para conocer de la nueva conducta contravencional, y por  consiguiente,  que  la actuación cumplida desde entonces, en relación con este  específico hecho punible, se encuentra viciada de nulidad   

Proceso No. 9400  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.007, enero 24/96   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa Fe de Bogotá, D. C., siete de febrero  de mil novecientos noventa y seis.   

                      Decide la  Sala  el  recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  11  de  enero  de  1994,  mediante  la  cual  el  Tribunal Superior del Distrito  Judicial   de   Neiva  condenó  al  procesado  JESUS  FERNANDO  PERDOMO  DELGADO   a la pena principal  privativa  de  la  libertad  de  34  meses de prisión, al hallarlo responsable,  junto  con  JOSE  RULBER  CORTES ZAMBRANO,  de  los  delitos  de homicidio en concurso homogéneo y lesiones  personales culposos.   

                     

                      Hechos y  actuación procesal.-   

                          Los  primeros, fueron relatados por el Tribunal de la siguiente manera:   

                     “Cuando se  remataban  en  Palermo  (Huila)  las  festividades  sampedrinas de 1990, el 2 de  julio,  a  eso  de las cinco de la tarde, en la carrera 9a con calle 9a, un Jeep  Nissan  Patrol,  modelo  1991,  particular,  de  placa  OZ-4216, de propiedad de  Ramón  Perdomo  Toledo,  envistió  contra algunas personas que presenciaban el  defile  de  reinas,  y  afectó  también  un  carro,  una moto y una residencia  vecina.   Las   víctimas   humanas   fueron   Enelia   Cuéllar  (quien  murió  instantáneamente),  Alba  Luz Adriana Bojacá Acevedo (quien expiró cuando era  atendida  en  el  hospital  general  de esta ciudad) y Adriana Margarita Garzón  (quien  recibió lesiones de alguna consideración). El carro colisionado fue el  Renault-6,  modelo  1981,  particular,  de  placa  GU-5685,  de  propiedad de la  doctora  Clemencia  Perdomo  González.  Y  la motocicleta fue la Suzuki, modelo  1984,  particular,  de  placa  KMW-11,  propiedad  de Marco Tulio Perdomo Torres  (sic)” (fls.51 y 52 cd. Tribunal).   

                      Por estos  hechos,  fueron  vinculados  al  proceso  Jesús Fernando Perdomo Delgado y  José  Rulber Cortés Zambrano, el primero, hijo del propietario del vehículo y  encargado  de  su  conducción.  El  segundo,  acompañante del  anterior y  quien se encontraba al timón al momento del insuceso.   

                        En  su  indagatoria,  al igual que en su versión  inicial, Jesús Fernando Perdomo  Delgado  manifiesta  que  al  llegar  al  parque  de la localidad, estacionó el  vehículo  y lo apagó, dejándolo en primera con las llaves pegadas y la puerta  del  conductor abierta, mientras bajaba a comprar una gaseosa. Que cuando había  avanzado  unos  pasos,  sintió  que  lo  prendieron y aceleraron “fuertemente”,  voltió  a mirar y pudo constatar que al volante iba José Rulber, quien durante  el  recorrido  había  estado  a  su  lado  apoyado  en el estribo de la puerta;  entonces  corrió y alcanzó a llegar a la parte trasera del automotor, pero fue  arrojado  al piso causándose varias raspaduras. Se levantó, el carro ya había  parado  contra  un  poste  y  vió  en el suelo a una de las víctimas (fls.34 y  80-1).   

                                  José  Rulber Cortés Zambrano,  por  su parte, asegura que tomó el volante por insinuación de Jesús Fernando,  quien,  a  sabiendas  de  que no sabía manejar, le insistió que lo hiciera. Al  aceptar,  se  acomodó  en  el puesto del conductor y aceleró sin lograr que el  carro  arrancara,  entonces  Jesús Fernando le dijo que le metiera el embrague,  pero  como  no  sabía  cuál  era, éste introdujo un pie para hacerlo mientras  maniobraba  los  cambios;  como  él  no  había  sacado el acelerador, el carro  levantó  las  llantas  de  adelante  y  salió,  presentándose  el  accidente.  Solamente  recuerda  que  quedó  como  paralizado, pues de allí fue trasladado  inconsciente  a  su  casa.  Al preguntársele si se ratificaba en los cargos que  hacía  a  terceros  respondió  afirmativamente  y al reiterarlo bajo juramento  manifestó:  “Si juro, que yo hice eso porque el chofer Fernando me dijo que era  lo  que tenía que hacer, que eso no pasaba nada por eso lo hice, él sabía que  yo no sabía manejar, yo no soy culpable de eso” (fls. 49 y ss-1).   

                           La  investigación  estableció  que  en  el automotor, al momento del accidente, se  movilizaban,  entre  otras  personas,  Marleny Medina Perdomo, Luz Elena Perdomo  Delgado,  Milena  Pérez  Aldana,  Nohemí  Lavao  Losada, Mireya Lavao Losada y  Cielo  Cerquera. Además, que antes de presentarse el cambio de conductor, José  Rulber  Cortés  Zambrano ocupaba el estribo de la puerta del lado izquierdo del  vehículo.   

                    Todos ellos  declararon  en  el  proceso.  Luz  Helena  Perdomo  Delgado,  hermana  de Jesús  Fernando,  coincide  con la versión de éste (fls.33 vto). Nohemí Lavao Losada  y  Mireya  Lavao  Losada,  confirman  el  relato  de José Rulber y comentan que  Jesús  Fernando,  antes  del accidente, le dejó el vehículo a su hermana para  que  lo  manejara,  pero  por  su  inexperiencia, debió reasumir la conducción  (fls.95  y  97). Milena Pérez Aldana (fls.44 y 266 vto), Marleny Medina Perdomo  (fls.91  vto.  y  276)  y  Cielo  Cerquera Alvarez (fls.98 vto.), se refieren al  cambio  de  conductor,  sin  aportar detalles sobre la forma como este relevo se  cumplió.   

                   En relación  con estos hechos, como testigos presenciales, también declararon:   

                      -Marco  Tulio  Perdomo Tovar, propietario de la motocicleta atropellada, da  cuenta  que  cuando  esperaban  con  su  esposa  Nubia  González  Buitrago  el paso del  desfile,  con  el  fin  de  continuar  la marcha, escuchó a su derecha un ruido  fuerte  de carro, voltió a mirar y vió de frente, a unos 15 metros, el jeep de  don  Ramón  con  la  puerta del conductor semiabierta y a Jesús Fernando medio  agachado  con  la  cabeza  y  las manos dentro del carro y los pies en el suelo,  como  si  estuviera moviendo la palanca de los cambios; en cuestión de segundos  el  vehículo  se  les  vino  encima  lanzándolos  al  piso  (fls.52 vto. y 268  vto.).   

                     -Nubia  González  Buitrago,  quien  reafirma  lo  dicho  por su compañero, dice que al  mirar  el  vehículo,  vio  a  Jesús  Fernando por fuera, con una mano y un pie  adentro  como  moviendo algo, de inmediato el carro brincó y se les vino encima  a  gran  velocidad,  Jesús  Fernando  venía  agarrado del vehículo, inclusive  pensó   “que   lo   había   aplastado   contra   la   pared”   (fls.62  y  269  vto).   

                             

                     -Alvaro  Humberto  Sánchez  Naranjo,  dijo  encontrarse a escasos 3 metros del  vehículo,  frente  a  la  puerta del lado izquierdo. Cuenta que Jesús Fernando  paró  el  automotor  entorpeciendo  el  transcurrir  del  desfile,  actitud que  provocó  la  protesta  del  público.  Ante  esto,  le  permitió  manejar a un  muchacho,  en  su  opinión  inexperto,  porque “el carro se neutró y empezó a  echar  una  humarada  por  el  exosto”.  Jesús  Fernando introdujo la mano para  ayudarle   a   meter   el   cambio   y   el   carro   salió  a  unos  100  k/h.  (fls.88).   

                    -Esteban  Cuéllar  López,  sobrino  de  Enelia  Cuéllar (occisa). Sostiene que el carro  paró  muy  cerca  de  donde él se encontraba. Vió que Rulber, quien iba en la  parte  delantera  del  carro  con  una  muchacha,  se bajó, dió la vuelta y se  ubicó  en  el  puesto  del conductor. En seguida le preguntó a Jesús Fernando  cómo  se metía el cambio y cuando éste lo hacía directamente desde el suelo,  Rulber aceleró.   

En  un  comienzo  dijo que se encontraba al  lado   derecho  del  vehículo,  concretamente  al  lado  opuesto  del  hijo  de  Ramón,   pero  al  preguntársele  de  qué  manera  había presenciado el  movimiento  de  la  palanca  de  cambios,  aseguró  encontrarse  a la izquierda  (fls.103).   

                    -Arnoldo  Alarcón  Orozco,  acompañante  de  Alba Luz Adriana Bojacá Acevedo (occisa) y  Adriana   Margarita   Pinzón   Acevedo   (lesionada),   pone  de  presente  que  encontrándose  con ellas observando el desfile, advirtió, a unos 30 metros, un  Nissan  azul  que  se había detenido y a Jesús Fernando Perdomo que descendía  de  él, dejando la puerta abierta. De pronto el carro arrancó a gran velocidad  y  pudo  ver  al señor Perdomo que corría tras de él logrando prenderse de la  puerta  del  conductor  y  manipular la cabrilla hacia la esquina donde ellos se  encontraban, hiriendo a sus dos acompañantes (fls.319).   

                     -Diego  Germán  Vega  Cortés,  quien  afirma  haber visto que el hijo de don Ramón se  bajó  del  vehículo  y caminó unos 3 o 4 metros, y de repente, al escuchar el  ruido  del  carro,  se devolvió a tratar de subirse para detenerlo, logrando en  últimas agarrarse (fls.124).   

                     -Angel  Rafael  González Ochoa, quien dijo encontrarse presenciando el desfile a unos 4  metros  del  sitio  donde paró el vehículo, por su lado izquierdo, asegura que  el  hijo de don Ramón se bajó, regresó por la billetera, y cuando se dirigía  de  nuevo  a la tienda, después de haber avanzado unos 5 metros, un muchacho de  nombre  Rulber  se subió intempestivamente al carro, lo prendió y arrancó muy  fuerte.  El  hijo  de don Ramón corrió detrás a detenerlo, logrando agarrarse  del  vidrio  de  la  parte  posterior,  pero  el  vehículo  lo  lanzó al suelo  (fls.155).   

                    -Adriana  Margarita  Pinzón  Acevedo, lesionada. Estaba parada en la esquina viendo pasar  el  desfile  junto  con  un  amigo  de nombre Arnoldo, su prima Alba Luz Adriana  Bojacá  Acevedo  (occisa)  y  otras  amigas y familiares. De pronto vio un jeep  blanco  que  venía  a  toda  velocidad  y  a  un “sardino” que iba parado en el  estribo  maniobrando  la  cabrilla  mientras  otro  dentro  del carro hacía los  cambios.  Para  no  estrellarse  con otro vehículo, dieron como una vuelta y se  les fueron encima causando el accidente (fls.194).   

                      -Luis  Alfonso  Méndez  Pérez  (fls.90  vto.y  259  vto.),  Ildefonso  Alarcón Rojas  (fls.121),  Alfonso  Castillo  Osorio  (fls.123)  y  Ruby  Maritza  Losada Chala  (fls.326),  cuyas  versiones  están  orientadas  a respaldar el dicho de Jesús  Fernando.   

                  Cerrada la  investigación,  el  juzgado  16  de Instrucción Criminal de Neiva la calificó  mediante  proveído  de  25  de noviembre de 1991, con resolución de acusación  para  José  Rulber  Cortés Zambrano y Jesús Fernando Perdomo Delgado, por los  delitos  de homicidio y lesiones personales culposos (fls.212 y ss). En el mismo  sentido,  había  proferido  en  su contra medida de aseguramiento de detención  preventiva, al resolver su situación jurídica (fls.127 y ss).   

                     En  la  causa,  se  practicó  nuevo  reconocimiento  médico  legal a Adriana Margarita  Pinzón  Acevedo,  el  cual  fijó  en  25  días  sin  secuelas  su incapacidad  definitiva  (fls.325).  Se  recibieron  varios  testimonios,  buena parte de los  cuales  ya  se  encuentran  relacionados,  y  se  llevó  a  cabo  diligencia de  inspección  judicial  en  el  lugar  de  los  hechos,  con la asistencia de los  acusados,  de los testigos Marco Tulio Perdomo Tovar y Nubia González Buitrago,  quienes mantuvieron sus dichos, y de un perito (fls.268 y ss).   

                     En  su  intervención  en  la  audiencia  pública,  el  defensor  del  procesado Jesús  Fernando  Perdomo  Delgado  aportó,  en  67  folios,  copia parcial del proceso  verbal   iniciado  por  Marco  Tulio  Perdomo  contra Ramón Perdomo,   Jesús  Fernando  Perdomo  y  Rulber Cortés Zambrano, para que se les declarara  civilmente  responsables  de los daños causados a la motocicleta el día de los  hechos,  con  el  fin  de  que  el  juzgador confrontara las versiones de Alvaro  Humberto   Sánchez   Naranjo   en   la   actuación   penal   y   en  la  civil  (fls.372).       

                    Mediante  sentencia  de  21  de septiembre de 1993, el Juzgado Séptimo Penal del circuito  de  Neiva  condenó  a  los  acusados  José  Rulber  Cortés  Zambrano y Jesús  Fernando  Perdomo Delgado, como autores responsables, a título de culpa, de los  homicidios  de  Enelia  Cuéllar  y  Alba  Luz Adriana Bojacá Acevedo, y de las  lesiones  personales  causadas  a Adriana Margarita Pinzón Acevedo, a las penas  principales  de  34 meses de prisión, un mil cuatrocientos ($1.400.oo) pesos de  multa  y  dieciocho  (18)  meses de suspensión del ejercicio de la conducción,  cada  uno, y la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas por  dos  (2)  años.  Se  les condenó igualmente al pago de los daños y perjuicios  causados   con  los  ilícitos  y  se  les  otorgó  la  condena  de  ejecución  condicional (fls.379 y ss).   

                  Al conocer  el  Tribunal  Superior  de  Neiva  de  este  fallo  por  vía  de apelación, lo  confirmó  en  su  integridad,  mediante  el  que  ahora  es  objeto  de recurso  extraordinario   de   casación,   en   nombre   de   Jesús   Fernando  Perdomo  Delgado.   

                         La  demanda.-   

                   Al amparo  de  las causales tercera, segunda y primera, sendos cargos formula el demandante  a la sentencia impugnada.   

         

                     Causal  tercera:   

                    Sostiene  el  actor  que la sentencia está viciada de nulidad por incompetencia del Juez,  puesto  que las lesiones personales causadas a Adriana Margarita Pinzón Acevedo  produjeron  una  incapacidad  definitiva  de  25  días,  sin secuelas, conducta  sancionada  como  contravención  por el artículo 1º, numeral 9º de la ley 23  de  1991,  cuyo conocimiento corresponde a las autoridades de policía (fls.73 y  74).   

                     Causal  segunda:   

                         La  sentencia  no  está  en consonancia con los cargos formulados en la resolución  de  acusación,  porque  mientras  que en ésta se tuvo como fundamento fáctico  del  comportamiento  culposo  el haber cedido su representado el vehículo a una  persona  inexperta  y haber maniobrado directamente los cambios, en la sentencia  de   primera  instancia  se  agregó  el  hecho  “de  dejar  las  llaves  en  el  interruptor”,  y  en  la  de segunda, el “haberle cedido el jeep a su hermana” y  “haberse  subido  a  un  andén  para  ganarle  la  delantera a otro vehículo”,  durante el recorrido (fls.74 y 75).   

                       Esta  modificación,  para  traer  nuevos  hechos  como  tipificantes  de  la conducta  culposa,  rompe  la unidad que debe existir entre la resolución acusatoria y la  sentencia,  además  de  que  no le permitió al procesado una adecuada defensa,  precisamente  por  no  haberle  sido  imputados en el pliego de cargos (fls.75).   

                             

                                La  agregación  de  estos  hechos fue además  determinante al proferirse fallo de condena contra su representado.   

                    

                     Causal  primera:   

                         La  sentencia  es  violatoria de los artículos 329, 340 y 26 del Código Penal, por  errónea   apreciación   de  la  prueba,  específicamente  de  los  siguientes  testimonios:   

                                           -Declaración  de  José  Rulber  Cortés Zambrano. Su versión no  podía  esgrimirse  como  prueba  en  contra  de  su  representado, por no estar  amparada  por  la  coacción psicológica y legal del juramento, pues al hacerle  cargos  a  Jesús  Fernando,  además  de  juramentársele,  debió ser de nuevo  interrogado  sobre  el  punto,  como  lo dispone el artículo 357 del Código de  Procedimiento  Penal.  Como  así  no  se  hizo, lo por él afirmado es nulo, en  virtud del mandato expreso del artículo 29 de la Carta.   

                                           -Declaración  de  Alvaro  Humberto Sánchez Naranjo. El tribunal,  al  darle  credibilidad,  se aparta de las reglas de la sana crítica (lógica y  experiencia),  incurriendo en desacierto ostensible. Su versión no fue sometida  al  escrutinio  de  la  sana  crítica. La experiencia y la lógica enseñan que  ningún  vehículo  arranca  a  100 kilómetros por hora, y que, a juzgar por su  posición,  al  testigo  no le era posible observar lo que estaba sucediendo con  la  palanca  de cambios. Tampoco se la confrontó con la versión rendida por el  mismo  declarante  en  el  proceso verbal, en donde la Juez dejó constancia que  desde  el  lugar  donde  se  ubicaba el testigo no era posible ver la palanca de  cambios,  ni  con  la  inspección judicial practicada en el juicio, en donde el  perito  sostiene  que  maniobra  similar  a la que se le atribuye a su defendido  implicaba  el riesgo de salir arrojado por los aires. La libre valoración de la  prueba  no faculta al Juez para admitir hechos que riñen ostensiblemente con la  lógica, la experiencia y el sentido común.   

                                           -Declaración  de  Marco  Tulio  Perdomo  Tovar.  El  error  en la  apreciación  de  este  testimonio  radica  en  dejar  de  considerar el juez el  interés  que movía al testigo a declarar contra su defendido, en su condición  de  parte  demandante en el proceso verbal por responsabilidad extracontractual,  y  aceptar hechos que el deponente no podía percibir, como, por ejemplo, que su  representado  “estuviera  tocando  la  palanca de cambios (fls.53)”. De contera,  “incurrió  en  error  de  omisión”  al  no  valorar  la  inspección  judicial  practicada en el juicio.   

                                           -Declaración   de  Nubia  González  Buitrago.  Tenía  el  mismo  interés  de  su esposo Marco Tulio Perdomo Tovar de presentar los hechos de tal  manera  que  beneficiara  las pretensiones de indemnización. Esto no fue tenido  en  cuenta  por el Tribunal, como tampoco “la manifiesta contradicción entre el  dicho  de  esta  declarante  de  que  Perdomo  Delgado  tenía un pie dentro del  vehículo  y el otro en el suelo, mientras su esposo, refiriéndose a los mismos  hechos  y  momentos,  nos  habla  de  “dos  pies  en  el  suelo”.  Tampoco se la  confrontó  con el concepto emitido en inspección judicial por el perito, en el  sentido  de  que  una  maniobra  así implicaba serio peligro para la integridad  personal  de Jesús Fernando. De esta manera, se inaplicaron los criterios de la  sana  crítica  y  se  desconoció  la  obligación  de  apreciar  la  prueba en  conjunto.   

                                           -Declaración  de  Nohemí Lavao Losada. Principios elementales de  psicología  enseñan  que no existe percepción sin atención, ni atención sin  interés.  Que  no  se  puede atender dos cosas al mismo tiempo. Y si la testigo  estaba  atendiendo  el  desfile,  no  podía  estar  concentrada  en  lo  que su  representado  dijera  o hiciera. Por tanto, al tenerla el Tribunal como testigo,  incurrió   en   error   de  apreciación,  que  se  tradujo  en  otorgarle  “la  credibilidad   que   la  sana  crítica,  especialmente  la  lógica,  le  está  negando”.   

                                           -Declaración   de   Mireya   Lavao  Losada.  Se  le  dió  amplia  credibilidad,  no  obstante que el sentido común indica que nadie corre riesgos  ni  peligros  innecesarios,  y  si  Jesús  Fernando  sabía  manejar, no podía  ignorar  el  riesgo  que corría al hacer lo que se dice hizo. De haber aplicado  el  Tribunal estos principios y haber valorado este testimonio conjuntamente con  la  inspección judicial, no le habría otorgado el grado de credibilidad que le  dió.   

                                           -Declaración   de  Esteban  Cuéllar  López.  Este  testigo,  es  sobrino  de  una de las víctimas e incurre en serias contradicciones. “Mientras  la  generalidad de los declarantes y los mismos procesados están declarando que  José  Rulber  iba  prendido  en  el  estribo del lado del chofer (izquierdo del  vehículo),  este  testigo  opta  por  afirmar  que  iba  delante  (adentro) del  vehículo  con una muchacha y se bajó y ‘dió la vuelta’ y se ‘montó al carro,  se  subió al puesto del chofer’. Y con respecto a su posición personal, afirma  que  ‘yo  quedé  al  lado  derecho  del  carro’ (lado del pasajero), pero luego  agrega  ‘yo  quedé  por el lado del chofer'”. Tan palmarias contradicciones del  testigo  con  sigo  mismo  y  con  los  demás  deponentes, no permitía en sana  lógica  y dentro de la libre valoración de la prueba otorgar credibilidad a su  testimonio.   

                    A manera  de  síntesis,  sostiene que el Tribunal no valoró la prueba en conjunto, ni la  testimonial  entre  sí  ni ésta con la documental concretada en las copias del  proceso  verbal,  ni  con la inspección judicial practicada en el juicio, y que  al  desobedecer  este  mandato y desconocer las reglas de la sana crítica, así  como  al  tener  en  cuenta  el dicho de José Rulber no obstante los vicios que  presenta,  llegó  a  una  condena  que  no  se  hubiera  presentado de no haber  incurrido en tales desaciertos.   

                  Finalmente  denuncia  como  prueba  no  valorada por el Tribunal, los testimonios de Arnoldo  Alarcón   Orozco,   Diego  Germán  Vega  y  Rafael  González  Ochoa,  quienes  corroboran  el  dicho  de  Jesús Fernando Perdomo Delgado “de que tan pronto el  vehículo  arrancó  estando  él  a unos pocos metros alejado, regresó rápido  para  prenderse  del  mismo,  procurando  evitar  la continuación de la alocada  marcha”,  y  el concepto del perito en la inspección judicial, en el sentido de  que es posible que ello sucediera.   

                       Como  petición  principal, demanda la nulidad del proceso, y como subsidiaria, que se  profiera  fallo  de acuerdo con las alegaciones contenidas en los cargos segundo  y tercero.   

                    

                    Concepto  del Ministerio Público.-   

                                           Incompetencia  del  Juez  respecto de las lesiones:   

                         En  relación  con  este  cargo, el Procurador Primero Delegado en lo Penal sostiene  que  está  llamado  a  prosperar,  por  cuanto  la ley 23 de 1991 convirtió en  contravención  las lesiones personales que no pasen de 30 días de incapacidad,  y  las  causadas  a  Adriana  Margarita  Pinzón ameritaron apenas 25 días, sin  secuelas.  Por  tanto, al haber sido falladas por un Juez, sin tener competencia  para  hacerlo  (art.18  Decreto  800  de  1991), se incurrió en una nulidad que  afecta  parcialmente  el proceso, desde su iniciación, en cuanto respecta a las  lesiones.   Consecuencialmente,   solicita   que   se   dosifique  de  nuevo  la  pena.   

                                           Inconsonancia entre la sentencia y la acusación:   

                     Para el  representante   del   Ministerio   Público,  la  situación  planteada  por  el  demandante  al  amparo  de  la  causal  segunda  no corresponde a su contenido y  alcance,  puesto  que ella alude a la identidad de los cargos, no de los hechos.   

                       Tras  precisar  estos  conceptos,  afirma que el casacionista califica como cargos los  factores  de  conducta  personal  que  la objetivizan o demuestran, como el acto  imprudente  de  dejar  las  llaves  en  el encendido, pero que estos son simples  fenómenos  del  comportamiento que le permiten al juez formarse un juicio sobre  su    personalidad    descuidada    y    el   desconocimiento   del   deber   de  cuidado.   

                    En donde  el  actor  advierte  inconsonancia, la Procuraduría observa identidad absoluta.  Al  procesado  Perdomo  Delgado  se  le  llamó  a  responder penalmente por los  homicidios  de Enelia Cuéllar y Alba Luz Adriana Bojacá, y por las lesiones de  Adriana  Margarita Pinzón, “no por los detalles y pormenores que antecedieron o  fueron  concomitantes  a  la comisión del hecho, que le permitieron al juzgador  concretar  la  imputación, porque el haber dejado las llaves en el interruptor,  ceder  el volante a su hermana inexperta conductora y haberse subido a un andén  para  ganarle  el  paso  a otro vehículo, no son cargos sino circunstancias que  rodearon el desarrollo de los hechos”.   

                        Con  fundamento en estas apreciaciones, pide que se deseche la censura.   

                    Errónea  apreciación de la prueba:   

                         En  opinión  de la Delegada, el censor plantea una violación indirecta, en algunos  casos    por   error   de   hecho   y   en   otros   por   error   de   derecho,  entremezclándolos.   

                      Es de  derecho,  por  falso  juicio de legalidad, el reproche que hace a la versión de  José  Rulber  Cortés  Zambrano,  por  no  haber  sido  interrogado en la forma  prevista  por  el artículo 357 del Código de Procedimiento Penal. Plantea, sin  embargo,  la  ineficacia  del  reproche,  pues  sostiene que el Juez cumplió en  términos  generales  con  las  exigencias  de la norma y que además de ello el  declarante al ser juramentado complementó la respuesta.    

                                                Frente   a   los  testimonios  de  Alvaro  Humberto  Sánchez,  Marco  Tulio Perdomo, Nubia González Buitrago, Nohemí Lavao Losada,  Mireya  Lavao  Losada,  Esteban  Cuéllar  López, Arnoldo Orozco, Diego Germán  Vega  y Rafael González, lo planteado correspondería a un error de derecho por  falso  juicio  de convicción, “porque se está atacando la valoración dada por  los  juzgadores  a  dichas  pruebas”.  De todas maneras se trata de valoraciones  probatorias  diversas  a  las  presentadas  por  los jueces de instancia, que no  pueden  tener  aceptación  en  sede  de  casación,  “en  virtud  de  la  libre  persuasión sobre la prueba que rige el sistema probatorio”.   

                  Admite que  las  sentencias  no  tuvieron en cuenta el dictamen pericial rendido en la etapa  del  juicio,  pero  sostiene que no era de obligatoria aceptación para el Juez,  máxime  que  el  perito  era  inexperto,  y  que  el  análisis de la prueba en  conjunto imponía su desestimación.   

                   Por estas  razones,   es   de   la   opinión   que   el   cargo   no   está   llamado   a  prosperar.   

                                           CONSIDERACIONES          DE          LA          CORTE:   

                                           Nulidad:   

                    Hasta la  entrada  en  vigencia  de  la  ley  23  de  1991,  las  lesiones  personales con  incapacidad  igual o menor de 30 días se encontraban tipificadas como delito en  los  artículos  331 y 332, inciso 1º, del Código Penal. A partir de entonces,  pasaron  a  ser  contravención  especial, de conocimiento de las autoridades de  policía,  en  sus  distintas formas de culpabilidad (arts.1º, 9º y 10º). Hoy  día,  la  competencia se encuentra asignada a los Juzgados Penales y Promiscuos  Municipales,  pero  solamente  en  relación con hechos cometidos a partir de la  promulgación de la ley 228 de 1995 (art.16).     

                    

                         En  aplicación  del  principio de favorabilidad, la referida subrogación de delito  a  contravención cobija a los procesados José Rulber Cortés Zambrano y Jesús  Fernando  Perdomo  Delgado,  en relación con las lesiones ocasionadas a Adriana  Margarita  Pinzón  Acevedo, las cuales ameritaron una incapacidad definitiva de  25  días,  sin secuelas, según consta en los dictámenes visibles a folios 200  y  325  del  cuaderno principal. No obstante, el Juzgado mantuvo el conocimiento  de    esta   infracción,   dentro   del   mismo   proceso,   hasta   llegar   a  sentencia.   

                     Para la  mayoría  de la Sala, la unidad procesal por virtud de la conexidad no puede ser  conservada  cuando  el  vínculo  sustancial  o  procesal  entrelaza  delitos  y  contravenciones,  por  encontrarse  derogado  el artículo 90 del Decreto 522 de  1971,  que lo permitía, y existir, en cambio, el artículo 18.1 del Decreto 800  de  1991,  que  contrariamente prevé esta eventualidad como motivo de escisión  procesal.  Esto  quiere  decir  que  al  entrar en vigencia la citada ley 23, el  funcionario  judicial  que tenía el proceso perdió la competencia para conocer  de  la  nueva  conducta  contravencional,  y por consiguiente, que la actuación  cumplida  desde  entonces,  en  relación con este específico hecho punible, se  encuentra viciada de nulidad.   

                  Es preciso  aclarar  que  no  se  trata  de  una  nulidad  total,  como  parece sugerirlo el  recurrente,   sino  de  ineficacia  parcial,  por  cuanto  solamente  afecta  la  actuación  referida a la conducta objeto de desjudicialización. Tampoco de una  nulidad  desde  la iniciación del proceso, como lo solicita la Delegada, puesto  que  la  incompetencia sobrevino el 21 de marzo de 1991, cuando la ley 23 entró  en  vigencia,  fecha  para  la  cual  el  proceso  se encontraba a despacho para  calificación  (fls.206  vto.  y  212). Luego es a partir de este momento que la  actuación   procesal,   en   relación   con   las  lesiones  personales,  debe  invalidarse.   

                         La  prosperidad  de este reproche obliga a modificar la pena tasada en la sentencia,  pero  antes  de  asumir  esta  tarea  es necesario estudiar la viabilidad de las  otras dos censuras, por contener solicitudes de absolución.   

                                           Inconsonancia   entre   la   sentencia   y   la   resolución   de  acusación.   

                     Se  alega  por  el  casacionista  que  las sentencias de primera y segunda instancia  adujeron  situaciones  no  incluidas  en  el  pliego de cargos para reafirmar el  quehacer  imprudente  de  su  representado  y proferir en su contra decisión de  condena.  Específicamente,  que  los  fallos  introdujeron  tres  nuevos hechos  tipificantes  de  la  conducta  culposa:  haber cedido el vehículo a una de sus  hermanas,  invadir el espacio público para adelantar otro automotor y dejar las  llaves adheridas del interruptor.   

                         En  concreto,  ninguna  petición  formula  el  actor para el evento de que el cargo  prospere,  pero  por el desarrollo que de la censura hace, es claro que pretende  la  absolución  del  procesado.  Esto determina que el planteamiento resulte de  entrada  contradictorio, ante la imposibilidad jurídica de predicar por la vía  de la causal segunda la absoluta irresponsabilidad del acusado.   

                     Si esta  causal  se  finca  en  la  inconsonancia  entre  la  sentencia  y la imputación  formulada  en  la  resolución acusatoria, no cosa distinta a ajustar el fallo a  esta  última  puede buscarse a través de su aducción, actividad que presupone  aceptar  la  responsabilidad  del procesado en relación con los cargos respecto  de  los  cuales la armonía ha de ser absoluta. Es por esto que para la correcta  formulación  de  este  tipo  de  censura  se  impone  reconocer  la  acusación  contenida  en  el  llamamiento  a  juicio  y  la responsabilidad del imputado en  relación  con  ella.  De no hacerse, el ataque se tornará ininteligible y, por  ende, imposible de ser examinado.   

                    El error  del  casacionista,  al  plantear este reparo, consistió en confundir los medios  de  prueba que sirven para la demostración del cargo con el cargo mismo, enredo  conceptual  que  lo  llevó a calificar de tal, simples hechos indicadores de la  actitud  imprudente  y transgresora del deber de cuidado de su representado, y a  demandar  una absolución por ausencia de culpabilidad, solamente posible de ser  propuesta por el sendero de la causal primera.   

                        Sin  perjuicio  de  lo  anotado,  de  suyo  suficiente  para  desestimar el reproche,  dígase  que  el  procesado  Jesús  Fernando  Perdomo  Delgado  fue  llamado  a  responder  en  juicio  por  los delitos de homicidio a título de culpa y que en  igual  sentido  y por la misma imputación se produjo la sentencia de condena en  su contra.   

                    El cargo  no prospera.   

                  Violación  indirecta de la ley sustancial.   

                  Varios son  los   errores   de   apreciación   probatoria   que  la  censura  denuncia,  no  especificados técnicamente, pero claramente diferenciables.   

                         El  primero,  propio  de  un error de derecho por falso juicio de legalidad, se hace  consistir  en  que  el  juzgador  no podía apreciar la versión de José Rulber  Cortés  Zambrano,  en  punto  a  los  cargos  que  en  indagatoria le hizo a su  representado,  porque  no  se dió cumplimiento a la exigencia del artículo 357  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de  interrogarlo  de  nuevo, después de  haberse impuesto el juramento.   

                            Ciertamente  el precepto en mención dispone que si el imputado declarare contra  otro,  “se le volverá a interrogar sobre aquel punto  bajo  juramento,  como si se tratara de un testigo”,  pero  no por ello se puede llegar al extremo de pretender que cuando el indagado  ha  sido  claro  y  generoso  en  la  respuesta,  el  funcionario deba someterlo  necesariamente  a  interrogatorio.  Lo  importante,  es  que  se  cumpla  con la  formalidad  del juramento y se concreten de manera clara las imputaciones que se  hacen a terceras personas.      

                  En el caso  sub  examine,  al  indagado  José  Rulber  Cortés Zambrano se le preguntó por  parte  del  instructor  si  se  ratificaba  en  los cargos hechos a terceros. Al  responder  afirmativamente,  se  le tomó el juramento y a continuación expuso:  “Sí  Juro,  que  yo  hice  eso porque el chofer Fernando me dijo que era lo que  tenía  que  hacer, que eso no pasaba nada por eso lo hice, él sabía que yo no  sabía manejar, yo no soy culpable de eso” (fls.52).   

                     Como se  ve,  la  respuesta  no  podía ser más precisa y completa. Y, esto, sumado a la  formalidad  del juramento, era justo cuanto se requería para que la imputación  pudiera ser valorada por los juzgadores de instancia.   

                  El segundo  reparo,  se  basa  en  el  desconocimiento  de las reglas de la sana crítica al  valorar  el  sentenciador  los testimonios de Alvaro Humberto Sánchez Zambrano,  Marco  Tulio  Perdomo  Tovar,  Nubia  González  Buitrago, Nohemí Lavao Losada,  Mireya   Lavao   Losada   y   Esteban   Cuéllar   López,   todos  testigos  de  cargo.   

                     Para la  Delegada,  lo  planteado  sería  un  error  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción,  apreciación  que  resulta equivocada si se tiene en cuenta que el  ataque   está  orientado  a  demostrar  que  el  Juzgador,  en  el  proceso  de  valoración  racional de la prueba, desconoció los postulados de la lógica, la  experiencia  y la ciencia, no a probar que se apartó del valor asignado por ley  a  un determinado medio. En el primer caso, el error es de hecho; en el segundo,  es de derecho.   

                     No por  atacar  el  censor  la valoración de la prueba se puede afirmar que el error es  de  derecho.  Lo será, si la evaluación de su mérito compromete el sistema de  apreciación  probatoria  denominado  de  tarifa  legal,  mas no si socaba el de  persuasión  racional  fundada en la sana crítica, pues las reglas que presiden  la  apreciación  de  la  prueba  en  este  último, no son normas legales, sino  principios   derivados  de  la  lógica,  la  experiencia  y  la  ciencia,  cuya  transgresión,  por  fuerza de su naturaleza misma, es de contenido fáctico, no  jurídico,  como  ya  esta  Sala  lo  ha  sostenido  en oportunidades anteriores  (Sentencia  de  febrero  13  de 1995, Mag. Pte. Dr. Carlos Eduardo Mejía, entre  otras).  Pero  como el Código de Procedimiento Penal se rige por el criterio de  persuasión  racional,  se  ha  dicho,  con  razón, que el error de derecho por  falso  juicio  de  convicción  ya  no  tiene, por principio, cabida en el campo  penal.   

                   Retomando  la  censura,  se  advierte  que  el  actor,  de todas maneras, no es claro en su  planteamiento,  pues  al   fundamentar el cargo entremezcla consideraciones  relativas  a  errores  de  hecho  por  quebrantamiento  de las reglas de la sana  crítica,  a  errores  de  hecho por falsos juicios de existencia, cuando no por  falsos juicios de identidad.   

                         Al  afirmar,  por  ejemplo,  que los juzgadores de instancia no apreciaron la prueba  en  conjunto,  porque  dejaron  de lado la inspección judicial practicada en el  juicio  y  las  copias del proceso verbal aportadas en la audiencia, en el fondo  está  denunciando  no  un  atentado  a  las reglas de la sana crítica, sino un  error  de  hecho  por falso juicio de existencia, derivado de la no apreciación  de    los    citados    medios    de   convicción,   que   por   parte   alguna  sustenta.   

                   Con todo,  cabe  señalar  que  ninguna de estas dos pruebas tienen la trascendencia que el  censor  les  atribuye. La inspección, porque la opinión que en ella emitió el  perito,  en  el  sentido  de  que  a  tres pasos era posible que Jesús Fernando  hubiera  reaccionado  y  alcanzara  el  automotor,  de  llegar  a  aceptarse, no  traduciría  más que la posibilidad física de algo que habría podido ocurrir,  mas  no  que  este procesado lo hubiera hecho. Pero es que además sus conceptos  no  tienen  ningún fundamento técnico ni científico, como que no provienen de  una  persona  con  conocimientos  en  la  materia,  condición  que  reconoce al  sostener  en la diligencia, que su profesión es la de ingeniero agrícola y que  nunca  ha tenido  la experiencia “de arrancar un vehículo jeep teniendo el  acelerador  a  fondo  y sacando el embrague en un solo instante” (fls.274 vto.).   

                  Las copias  del  proceso verbal, porque el testimonio de Alvaro Humberto Sánchez Naranjo en  dicho  asunto no contradice el que rindiera en esta investigación, y porque, si  bien  la  Juez Civil dejó constancia que el testigo no estaba en posibilidad de  apreciar  directamente  la  palanca de cambios, no puede perderse de vista que a  renglón  seguido  el  deponente sostuvo que llegó a esa conclusión “porque el  carro  estaba  neutrado  echando la humareda y en el instante que el hijo de don  Ramón  hizo  ese ademán, salió el carro disparado”, lo cual resulta razonable  (fls.35 del anexo).   

                    Esto, al  margen  de  que  las copias en mención fueron incorporadas al proceso de manera  irregular,  en  cuanto  que  su  aducción  solamente  se  hizo  al finalizar la  audiencia  pública,  después  de haberse agotado la oportunidad para hacerlo y  cuando  los  sujetos  procesales  que  ya  habían  intervenido  en ella ninguna  posibilidad  tenían  de  controvertirlas,   razón   suficiente   para   que   no  pudieran  ser  consideradas por el juzgador (fls. 372  cuaderno principal).   

                                           Irrelevante  y  además  infundado  es el reparo que igualmente se  hace  al  testimonio  de Sánchez Naranjo por haber calculado en aproximadamente  100   k/h   la   velocidad   del   automotor;   irrelevante,  porque  es  verdad  incontrastable  que el vehículo partió a alta velocidad; infundado, porque los  argumentos  que  el  libelista presenta para controvertir la velocidad calculada  por  el  testigo  no  tienen soporte distinto a la simple apreciación personal.   

                         En  relación  con  las  versiones  de las hermanas Lavao Losada, basta decir que el  argumento  que  el  libelista  esgrime  para cuestionar su mérito probatorio es  igualmente  predicable de los testigos que declaran en favor de su cliente, pues  tanto  los  unos como los otros estaban pendientes del desfile, no de un posible  accidente.  Mas  esta  circunstancia,  no  les impedía ver u oir lo que pudiera  estar aconteciendo a su alrededor.   

                         La  descalificación  de los testimonios de los esposos Perdomo González, por tener  interés  en  una posible indemnización derivada de los daños ocasionados a la  motocicleta,  no  tiene razón de ser. La ley, no inhabilita a quien es víctima  de  un  hecho  para  rendir testimonio, ni presume que sea mentiroso. La mayor o  menor  confiabilidad dependerá de las concretas características de su relato y  de  su  valoración  en  conjunto, no siendo permitido su rechazo a priori. Y la  supuesta  discrepancia  entre  ellos  respecto  de  la posición de los pies del  inculpado,  dista  mucho  de constituir contradicción sustancial, aparte de que  la  percepción  visual de cada uno bien pudo corresponder a momentos distintos.   

                         El  testimonio    de    Esteban   Cuéllar   López   ciertamente   ofrece   algunas  inconsistencias,  referidas  fundamentalmente  a  la posición que ocupaba José  Rulber  antes  de  hacerse  al volante del automotor, pero esta prueba no fue la  única  que  los  juzgadores de instancia tuvieron en cuenta para proferir fallo  de condena.   

                     No  es  cierto,  como  lo  sostiene finalmente el demandante, que el Tribunal no hubiera  valorado  los  testimonios de las personas que reafirman la versión del acusado  en  el sentido de “que tan pronto el vehículo arrancó estando él a unos pocos  metros  alejado, regresó rápido para prenderse del mismo, procurando evitar la  continuación  de  la  alocada  marcha”,  específicamente  las declaraciones de  Arnoldo    Alarcón    Orozco,   Diego   Germán   Vega   y   Rafael   González  Ochoa.   

                     Si algo  debe  destacarse,  es  el  completo  estudio  que  las sentencias hicieron de la  prueba  testimonial  allegada  al  proceso.  Para empezar, adviértase que en el  fallo  de primera instancia, del cual se ha dicho que forma una unidad jurídica  inescindible  con  el  de  segundo  grado  en todo cuanto no se contrapongan, se  consignaron  las  siguientes  precisiones  en  relación  con los testimonios de  Angel  Rafael González Ochoa y Diego Germán Vega Cortés, y en general con los  que  respaldan  la  versión  de  Jesús Fernando, entre los que se cuenta el de  Arnoldo Alarcón Orozco:   

                  “Contrario  sensu  las  deposiciones  que  respaldan  a  Jesús Fernando Perdomo, no ofrecen  garantía  de  veracidad  pues  como  lo  observa  el  juzgado  instructor en el  calificatorio     no     demuestran     claridad     y    seguridad    en    las  conclusiones.   

                     “Angel  Rafael  González  Ochoa  quien  afirma  se  encontraba  cerca del palo de mango  cuando  el  campero  estacionó no da una explicación acerca de la presencia de  Rulber  de  quien  el  propio  Perdomo Delgado dice iba colgado en la puerta del  conductor,  o  sea, a su lado, presumiendo salió de la gente que estaba mirando  el desfile.   

                                           (…)   

                     “Diego  Germán  Vega  Cortés exterioriza inseguridad en su testimonio, no sabe de qué  parte  se  prendió el hijo de Ramón al regresar al carro, no se dió cuenta en  qué momento se subió Rulber…” (fls.392 y 393 cd-1).   

                     Y en la  sentencia  del  Tribunal,  se  dijo  en  relación con la prueba testimonial que  respalda la versión del procesado recurrente:   

                    “A otros  testigos  tampoco  la  Sala  les  cree  porque aportan una circunstancia que por  resultar  irracional  los hace aparecer como mentirosos: es el relato de haberse  devuelto   apresurado   PERDOMO  DELGADO  en  procura  de  reasumir  el mando del jeep, cuando escuchó el  estrépito  del  ruido  y  miró  la  estampida, y haberse logrado prender de su  parte   trasera  para  dizque  resultar  violentamente  despegado.  Es  que  era  imposible  llegar a la conducción del vehículo entrando por su parte posterior  y  la  velocidad  a  que  partió  el  aparato  fue tan elevada (algunos como el  presencial  Sánchez  Naranjo,  la  calculan  en 100 k/h (fls.88), que no debió  permitir  a  una persona normal en camino de alejarse, que reaacionara y lograra  prenderse de él, en maniobra inútil” (fls.55-2).   

                         La  expresión  “a  otros testigos”, incluye, sin excepción, a quienes pretendieron  hacer  creer  a  la  justicia,  contra todo principio racional y lógico, que el  acusado  realmente  realizó la maniobra que adujo como argumento defensivo. Sin  riesgo  de equivocaciones, puede afirmarse que ni siquiera en el evento de estar  el  acusado  preparado para reaccionar, podría llegar a hacerlo. Menos aún, si  el  hecho  lo toma desprevenido y se presenta de improviso, como sucede en estos  casos.  Es  que  a  la  distancia  de  6  o 7 pasos que dijo hallarse (el perito  partió   de  3),  escasamente  habría  tenido  tiempo  de  observar  el  fatal  recorrido,  dadas  las  características  del vehículo, el hecho de hallarse el  acelerador  a  fondo, y la ninguna posibilidad de reacionar que habría ofrecido  el  insuceso,  ante  la forma  como se presentó la partida del automotor y  la  mínima  duración  de  su  acometida.  No  es  difícil para el intérprete  formarse  una  idea  de  la forma como sucedieron las cosas,  de cara a las  expresiones  utilizadas  por  los  testigos para describir el momento: “salió a  toda”,  “a  velocidad incalculable”, “arrancó fuertemente acelerado”, “arrancó  bruscamente”,  “se  movió duro”, “arrancó durísimo”, “alcanzó a levantar las  llantas  de  adelante y salió”, “salió a una velocidad aproximada de 100 k/h”,  “eso fue cuestión de segundos”, “eso fue muy rápido”.   

                     Ni los  testimonios  de  Arnoldo  Alarcón  Orozco,  Diego  Germán  Vega y Angel Rafael  González,   se   dejaron   de  considerar,  ni  la  versión  acogida  por  los  sentenciadores  es  inverosímil.  Lo  inaudito  hubiera sido que se tuviera por  cierta  la  explicación  defensiva  del  procesado Perdomo Delgado, frente a la  abundante    prueba    testimonial   y   las   deducciones   lógicas   que   la  contradicen.   

                    El cargo  no prospera.   

                                           Dosificación  de  la pena y   perjuicios.-                            

                  A cada uno  de  lo  procesados  se  les  condenó  a 34 meses de prisión, mil cuatrocientos  pesos  ($1.400.oo)  de  multa  y  18  meses  de  suspensión del ejercicio de la  conducción.  Para  llegar a estos guarismos, el juzgador partió de la sanción  mínima  prevista  para  el homicidio culposo, esto es, de 24 meses de prisión,  un  mil  pesos  de  multa  y  un  año  de  suspensión  en  el  ejercicio de la  conducción  (art.329),  e  incrementó,  por  razón  del  otro homicidio y las  lesiones  personales,  la privación de la libertad en diez (10) meses, la multa  en  cuatrocientos  ($400.oo) pesos , y la prohibición de ejercer la conducción  en seis (6) meses.   

                    Teniendo  en  cuenta  los  aumentos  que  se  hicieron   por  razón del concurso, la  entidad  de  las lesiones y la sanción que tiene adscrita, la Sala rebajará en  un  (1)  mes las penas privativas de la libertad. En un término igual a la pena  de  prisión,  se  fijará la accesoria de interdicción de derechos y funciones  públicas,  conforme  a  lo  dispuesto  en el artículo 52 del Código Penal. La  multa  y la suspensión en el ejercicio de la profesión no se disminuirán, por  no  encontrarse previstas para las lesiones contravencionales culposas cuando se  hizo  la  dosificación.  En  suma, la pena privativa de la libertad quedará en  treinta  y  tres  (33)  meses  de  prisión  y en igual término la accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas.  Esta  decisión, se hará  extensiva al sentenciado no recurrente.   

                  La condena  por  los  daños  y  perjuicios  derivados de las lesiones personales causadas a  Adriana Margarita Pinzón Acevedo, quedará sin efecto.   

                                           Expedición de copias.-   

                       Como  consecuencia   de   la  invalidación  parcial  del  proceso  por  las  lesiones  personales,  se  ordenará  que  por  el Juez de instancia se expida copia de la  actuación,  hasta  antes  de la calificación, con destino a las autoridades de  policía  del  lugar  de  los  hechos,  a  fin  de  que se tome la decisión que  corresponda en relación con este punible.   

                  En mérito  de  lo expuesto, LA CORTE SUPREMA, SALA DE CASACION PENAL, oído el concepto del  Procurador  Primero  Delegado, administrando justicia en nombre de la república  y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                   1.- CASAR  PARCIALMENTE la sentencia impugnada.   

                        2.-  DECRETAR  LA  NULIDAD  de  lo  actuado  en  este  proceso,  en relación con las  lesiones  personales  de  que  fue víctima Adriana Margarita Pinzón Acevedo, a  partir de la resolución de acusación.   

                        3.-  DECLARAR  que  la  pena  privativa  de  la  libertad  a la cual se condena a los  procesados  José Rulber Cortés Zambrano y Jesús Fernando Perdomo Delgado, por  los  delitos de homicidio en Enelia Cuéllar y Alba Luz Adriana Bojacá Acevedo,  es  de  treinta  y tres (33) meses de prisión. En un término igual, se fija la  accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas.   

                        4.-  ORDENAR  que  el  Juzgado Séptimo Penal del Circuito de Neiva expida las copias  relacionadas  en  la  parte  considerativa  de  este fallo, para los fines allí  indicados.   

                   5.- En lo  demás, el fallo mantiene su validez.   

                                           Notifíquese y cúmplase.   

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL    RICARDO CALVETE RANGEL   

JORGE           CORDOBA  POVEDA             CARLOS   A.  GALVEZ ARGOTE   

                         

CARLOS        E.        MEJIA  ESCOBAR                  DIDIMO          PAEZ  VELANDIA   

NILSON           PINILLA  PINILLA           JUAN   MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

Salvamento Parcial de Voto  

                                                                                            Patricia       Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                                                                                                                                     

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COMPETENCIA/  NULIDAD       /  CONTRAVENCION  /  UNIDAD  PROCESAL   

(Salvamento  Parcial de  Voto)   

No  puedo  estar  de  acuerdo  con la   nulidad  determinada  por  la  decisión mayoritaria, por aparente incompetencia  respecto  a las contravenciones penales especiales conexas con delitos, especies  ambas  del  “hecho punible”. En lo que concierne a puntos de carácter normativo  relacionados  con la inconveniencia del rompimiento de la unidad de instrumentos  procedimentales  encaminados  a conjurar la impunidad, que en la mayoría de las  veces   podría   generarse  en  las  llamadas  contravenciones  especiales,  en  tratándose  de  su  concurrencia  con  delitos  en que por su misma naturaleza,  comunidad  e  identidad  de elementos estructurantes (sujetos, acción, objeto y  nexo sicológico, etc.) se manifiestan completamente inescindibles.   

Proceso No. 9400  

Salvamento Parcial de Voto  

Con  el  respeto  de  siempre, presento las  razones  de mi distanciamiento parcial sobre la decisión mayoritaria, en cuanto  dispuso  en  este  caso  decretar  la  nulidad  de  lo  actuado,  a partir de la  resolución   de   acusación,   en  cuanto  a  la  incompetencia  respecto  del  juzgamiento  por  el  delito de lesiones personales culposas de que fue víctima  Adriana  Margarita  Pinzón  Acevedo,  las  cuales le ameritaron una incapacidad  definitiva de 25 días, sin secuelas.   

La  Corte,  manteniendo  en  este  punto su  jurisprudencia  mayoritaria  anterior,  considera  que  “la  unidad procesal por  virtud  de  la conexidad no puede ser conservada cuando el vínculo sustancial o  procesal  entrelaza  delitos  y  contravenciones,  por  encontrarse  derogado el  artículo  90  del  Decreto 522 de 1971, que lo permitía, y existir, en cambio,  el  artículo  18.1  del  Decreto  800  de  1991, que contrariamente prevé esta  eventualidad  como motivo de escisión procesal. Esto quiere decir que al entrar  en  vigencia  la  citada  Ley  23, el funcionario judicial que tenía el proceso  perdió  la competencia para conocer de la nueva conducta contravencional, y por  consiguiente,  que  la actuación cumplida desde entonces, en relación con este  específico  hecho  punible,  se encuentra viciada de nulidad (f. 46 cdno. de la  Corte)”.  Por  tanto,  ordenó que con destino a las autoridades de policía del  lugar  de  los  hechos,  se compulsen copias de la actuación, hasta antes de la  calificación,  no  obstante  que  frente  a  tal  decisión,  la  presencia del  fenómeno  jurídico  de  la  prescripción  de la acción contravencional, ipso  facto, torna nugatorio el pronunciamiento en dicho sentido.   

No  puedo  estar  de acuerdo con la nulidad  determinada  por  la  decisión mayoritaria, por aparente incompetencia respecto  de  las  contravenciones  penales especiales conexas con delitos, especies ambas  del  género  “hecho  punible”.  En  lo  que  concierne  a  puntos  de carácter  normativo  relacionados  con  la  inconveniencia del rompimiento de la unidad de  instrumentos  procedimentales  encaminados  a  conjurar  la impunidad, que en la  mayoría  de  las  veces  podría  generarse  en  las  llamadas  contravenciones  especiales,  en  tratándose  de su concurrencia con delitos en que por su misma  naturaleza,   comunidad   e  identidad  de  elementos  estructurantes  (sujetos,  acción,   objeto   y  nexo  sicológico,  etc.)  se  manifiestan  completamente  inescindibles,  además  de  los  argumentos  plasmados  en  salvamento  de voto  manifestado  conjuntamente  con  el  Magistrado  doctor  Carlos  Eduardo  Mejía  Escobar,  sobre caso análogo contenido en casación número 8423 de fecha junio  14  de  1995,  M.P.  doctor  Ricardo Calvete Rangel, a los cuales hago remisión  directa, me permito agregar:   

1.  El Gobierno Nacional reglamentó la Ley  23  de  1991  mediante  la  expedición  del  Decreto  800  de marzo 21 de 1991,  disposición  que  señala  entre  otras  causas  de  rompimiento  de  la unidad  procesal  en  los  procesos  que se adelanten por contravenciones especiales, la  siguiente:   

“1.  (…)  o  cuando  la contravención se  realice en concurso con un delito.”   

2. El C. de P.P. (Decreto 2700 de noviembre  30/91),  en  el artículo 87, determinó que hay conexidad cuando: “2. Se impute  a  una  persona  la  comisión  de  más  de un hecho  punible con una acción u omisión o varias acciones  u  omisiones,  realizadas  con  unidad de tiempo y lugar.” (subrayo). En el caso  tratado,  se  atribuyen  dos  delitos  de  homicidio  imprudente  y las lesiones  personales   culposas  en  detrimento  de  la  integridad  corporal  de  Adriana  Margarita  Pinzón  Acevedo,  hechos punibles derivados de una conducta ocurrida  en el contexto de las mismas circunstancias temporo-espaciales.   

3.  Más  recientemente, la Ley 81 de 1993,  art.  13  (C.  de  P.P.,  art. 89), prevé para el mismo factor de conexidad que  “Cuando    deban    fallarse    hechos    punibles  conexos,   sometidos   a   diversas   competencias,  conocerá  de  ellos  el  funcionario de mayor jerarquía.” (subrayo), salvo las  excepciones   de   carácter   constitucional   y  legal  (art.  90.1  ibídem).   

Si  se  acude a la utilización de métodos  restrictivos   para   conocer  y  aplicar  el  sentido  literal  de  la  ley  de  competencia,   imposible   resulta  salir  del  punto  de  obstrucción  que  se  manifiesta  frente  a  la  existencia  de  dos  disposiciones de carácter legal  completamente opuestas:   

La  del  procedimiento  contravencional que  prevé  expresamente  el  rompimiento de la unidad procesal cuando concurran una  contravención  y un “delito” (art. 18.1 D.R. 800/91); y las establecidas por el  estatuto  procesal  penal,  que  ninguna  excepción  contienen  y  que,  por el  contrario,  acogen  el  concepto  genérico de hecho punible (art. 18 C.P.), sin  referencia  ni  excepción de especie. Frente a las reglas de la lógica formal,  podría  afirmarse  que  estas disposiciones son completamente excluyentes entre  sí  y  que  en  lo  que  tiene  que  ver  con la conclusión a la que llegó la  providencia  en  el  tema  objeto  de disenso, su aplicación sería divergente,  según el órgano que aplique la norma de su competencia.   

Por   la  trascendencia  institucional  y  socio-jurídica,  son  puntos  antagónicos que, según considero, corresponde a  la  Corte  clarificar  por  vía de su jurisprudencia, separándose de la simple  exégesis  gramatical  de  las  leyes  en  conflicto,  para fijar en torno de un  análisis  sistemático  cual  de los dos textos, la Ley 23 de 1991 y su Decreto  Reglamentario  800 del mismo año (arts. 1° y 18.1 en su orden) o el C. de P.P.  es   el   indicado   para   aplicar   en   la  definición  de  estos  problemas  hermenéuticos.   

La  Ley  153 de 1887, en relación al punto  basilar  del  tema  en  discusión,  es  clara  en  determinar  que  frente a la  existencia  de  leyes  en  oposición  “La  ley  posterior  prevalece  sobre  la  anterior.”   

La sabiduría de esta norma conduce a que el  C.  de  P.P. expedido por Decreto 2700 de 30 de noviembre de 1991 y la Ley 81 de  noviembre  2  de 1993, sean de aplicación preferente, por excepción excluyente  de  la  “ley  anterior”  (23  y  su Decreto Reglamentario 800, artículo 18.1 de  marzo   21  de  1991),  disposiciones  últimas  que  la  decisión  mayoritaria  considera  aplicables  a  este  asunto  y  no  el art. 32 de la Ley 228 de 21 de  diciembre    de    1995,    que   haría   variar   sustancialmente   lo   ahora  expuesto.   

Pero  además  de  no  encontrar  causa  de  rompimiento  de la unidad de acción estatal en el art. 14 de la Ley 81 de 1993,  la  conexidad que surgió entre hechos punibles generadores del proceso (delitos  y  contravenciones),  tal  como  lo  establece  el  art.  87  del  C. de P.P. en  consonancia  con  el  89  ibídem, conduce a que no pueda aplicarse el art. 18.1  del   Decreto   800   de  1991  sin  contraríar  principios  rectores  como  la  integración  y la prevalencia de las normas de procedimiento penal (C. de P.P.,  arts. 21 y 22).   

Para   terminar  y  a  manera  de  simple  acotación,  lege  ferenda, cabe observar que con la redacción de la Ley 228 de  1995  se  perdió una buena oportunidad para disminuir los riesgos de impunidad,  al  rehusarse  el  saneamiento de aparentes nulidades en situaciones donde no se  presenta  perjuicio ni quebrantamiento de garantía procesal alguna, frente a la  competencia  sobre hechos punibles cuya pregonada menor lesividad ha conducido a  que  tradicionalmente se desprecie su procesamiento, sin parar mientes en que la  menor  cuantía  o  lesión  no  siempre  es tenue -v. g. el carrito esferado de  quien  vive  de él o la lesión personal de quien por ella pierda su ocupación  vital-.  Como  se  recordó  en  ocasión  pasada las contravenciones especiales  están  sujetas  a  un  régimen  prescriptivo  inequitativamente  desigual (dos  años),   y  es  sabido  que  para  la  iniciación  del  proceso  se  exige  la  presentación  de  querella  de  parte (salvo cuando el actor sea sorprendido en  flagrancia),  condiciones  de  procedibilidad que en la práctica y como en este  caso  está  ocurriendo,  conllevan  la  denegación  del derecho fundamental de  acceso  a  la  administración  de  justicia, pues tampoco la acción civil va a  resultar expedita.   

Con todo comedimiento,  

         NILSON PINILLA PINILLA   

(fecha ut supra)    

   

    

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