9392 (20-08-96)

1996

Asistente Jurídico Inteligente

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    IRA E INTENSO DOLOR  

Tesis:  

La  ira,  producto  de una agresión grave e  injusta,  parte  del  supuesto de que el sujeto conoce, comprende y se determina  de  acuerdo  con  esta  comprensión,  al  cometer el ilícito. Sin embargo, las  ofensas  recibidas  desatan  sus  emociones  y  por  ello aunque se le encuentra  responsable  de  sus  actos,  se  le disminuye la pena por haber influido en sus  actos  una  actividad  externa.  Fenómenos  distintos, imposibles de confundir.   

La  administración  de justicia al tener la  obligación   de   investigar  tanto  lo  favorable  como  lo  desfavorable  del  procesado,  ha de establecer las circunstancias en que se produjo el hecho, pues  de  acuerdo  con  ellas,  es  decir,  con  los  pormenores  del  incidente,  sus  antecedentes,  sus  consecuencias,  las  reacciones  mismas del procesado, puede  llegar  a  establecer  si  fue la ira la que gobernó sus acciones, sin que ello  indique  que  un  razonamiento  en  tal  sentido  siempre  esté circunscrito al  terreno  de  las  hipótesis  o  las  especulaciones.  Pero  como  lo señala el  Ministerio  Público.,  el  imputado,  en  este  caso  rememoró  someramente lo  ocurrido,  con la excusa de no recordar el desarrollo del suceso. Y en esa clase  de  eventos,  no  puede  el  fallador  suponer,  por  cuenta  propia situaciones  desencadenantes   del   hecho   que   así,   en   esos   términos  se  vuelven  hipotéticas.   

PROCESO                              : 9392   

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente Doctor  

CARLOS E. MEJIA ESCOBAR  

Aprobado Acta No. 119 (14-08-96)  

          Santa   Fe   de  Bogotá,  D.C.,  veinte  (20)  de  agosto  de  mil  novecientos noventa y seis (1996).   

          VISTOS   

          Decide  la Sala  sobre  el  recurso  de  casación  interpuesto por el  defensor    del    procesado    Víctor   Leonidas  Uva   Olarte  contra  la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de  Santa  Rosa  de  Viterbo,  confirmatoria  de  la  dictada  por  el Juzgado Promiscuo del Circuito de Paz de  Ariporo,  que  halló  responsable  de  un  delito de homicidio perpetrado en la  persona   de   Eustorgio  Moreno  Salgado,  imponiéndole  como  pena  principal  la  de  diez (10) años de  prisión,  la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas por  el  mismo  término,  y a pagar a favor de la familia de la víctima la cantidad  de  seiscientos  (600)  gramos  oro por los daños materiales y morales causados  con la infracción.   

HECHOS  

          Los  antecedentes y pormenores del hecho delictuoso fueron asumidos  por el Tribunal con estas palabras:   

         “Aproximadamente  a  las  8  p.m.  del 2 de noviembre de 1984, el  señor    Eustorgio    Moreno   delgado    entró    a    la    cantina   perteneciente   a   Julio  Enrique  Fernández,  y  luego de  ubicarse  en  una de las mesas, solicitó una cerveza e igualmente le brindó al  propietario.    Poco    después    arribaron    los    señores    Jorge     Mojica    y    Orlando  Sandoval, a quienes Eustorgio        invitó        a  acompañarlo.   

         Posteriormente,           el           señor          Moreno  manifestó  en voz alta su deseo  de  retirarse,  pues  se  sentía  ebrio,  luego  tomó su linterna de la mesa y  después  de levantarse cruzó el establecimiento y se situó frente a otra mesa  que  ocupaban  Eleuterio  Ortiz  (a. Tarzán), Efrén  Nieto,     Tenorio    Rojas,    Héctor    Sánchez  y    VICTOR  LEONIDAS  UVA  OLARTE,  lugar  donde  recibió el impacto de dos disparos que le hizo con  pistola  este  último,  uno  de  los cuales afectó el corazón y le produjo su  fallecimiento.   

         Como  circunstancias  antecedentes  a este trágico evento acaecido  en  el  área  urbana  de Hato Corozal(Casanare), es dable afirmar que entre los  señores    Eustorgio   Moreno   delgado     y     VICTOR     LEONIDAS    UVA  OLARTE, mediaba enemistad generada en la discrepancia  sobre  construcción  de  un  fundo  en  la sabana San José, ocasión en la que  surgieron     problemas     con     Omar    Enrique  Riveros,       patrón      de      LEONIDAS.  Con  posterioridad, apareció  una  candela y quemó la casa edificada en San José, circunstancia que llevó a  Eustorgio   a   formular  denuncia     por     el     delito     de    incendio,    contra    Omar        y        LEONIDAS.    Finalmente,   el   señor  Riveros  sindicó al ahora  occiso  por  hurto  de  ganado  mayor,  y  como  uno  de  los declarantes en esa  investigación   fue   el   aquí   procesado,  este  otro  factor  ahondó  las  divergencias existentes.   

        Los  hechos denunciados reúnen todos los requisitos que son de la  esencia  del  art.  323 del Código Penal, ya que tal precepto incrimina a quien  cause  la  muerte  a  otro.  Igualmente,  como sujeto activo de la conducta, fue  identificado  VICTOR LEONIDAS UVA OLARTE,   hijo  de  Víctor  Uva  Y  María Dolores Olarte,  natural  y vecino de Hato Corozal, casado, trabajador de hatos,  alfabeto,  de  36  años  de  edad para la época de los hechos y portador de la  C.C. # 17.542.244 de Tame (Arauca).   

ACTUACION PROCESAL  

        El   Juzgado   Promiscuo  de  Hato  Corozal  ordenó  apertura  de  investigación  y  vinculó mediante indagatoria a VICTOR LEONIDAS UVA OLARTE, a  quien  le  profirió  medida  de  aseguramiento  consistente  en  la  detención  preventiva  como  presunto  responsable  del delito de homicidio, en providencia  del 10 de noviembre de 1984.   

Luego  de ser calificado por el instructor  en  providencia  del  30  de julio de 1988, se dispuso su reapertura; nuevamente  cerrada  la  investigación,  mediante  providencia  del  22 de abril de 1989 el  Juzgado  Catorce  de  Instrucción  Criminal dictó resolución de acusación en  contra  de  VICTOR  LEONIDAS  UVA  OLARTE,   como  responsable  del  delito  anteriormente  citado  y  ordenó  revocar el beneficio de libertad provisional.   

El conocimiento del asunto pasó al Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de Paz de Ariporo Despacho que en providencia del 6 de  octubre  de  1993,  dictó  sentencia de primera instancia en la que condenó al  aquí  implicado  a  la pena de 10 años de prisión como responsable del delito  de  homicidio  en  la  persona de Eustorgio Moreno Delgado. Así mismo le impuso  las  penas  accesorias de interdicción de derechos y funciones públicas por el  mismo   término  de  la  pena  principal,  así  como  el  pago  de  perjuicios  equivalentes a 600 gramos oro.   

Apelada  la  decisión por el defensor del  procesado,  el  Tribunal Superior de Santa Rosa de Viterbo en providencia del 13  de diciembre de 1993 la confirmó en su integridad.   

Contra  el  fallo  de  segunda  instancia  interpuso  recurso  extraordinario  de  casación  el defensor del procesado, el  cual  fué  concedido  oportunamente;  del  libelo  presentado  tras  declararlo  ajustado  a  la  ley  se  dispuso  el traslado a la Procuraduría Delegada en lo  Penal.   

LA DEMANDA  

        Plantea  un  único  cargo  por  violación  indirecta  de  la ley  sustancial  proveniente  de  un error de hecho por falso juicio de identidad. La  sentencia,  a  su juicio, vulneró el artículo 60 del C.P., en concordancia con  el  323, al distorsionar la prueba “…en su significación objetiva y real pues  le  dio  un  contenido  menor  del  que realmente tiene, con lo cual se dejó de  reconocer   la   atenuante  genérica  consagrada  en  las  normas  sustanciales  citadas”.   

         Luego  de  transcribir  los  apartes  pertinentes de los fallos de  instancia  resalta  el  del  inferior  por  negar  la  diminuente  de  la ira al  considerar  intranscendente  el  término  de  “lambón o sapo” que utilizara el  occiso  en  contra  del  procesado,  incapaz  de  suyo  para  generar  el estado  emocional  previsto  en  la  ley  para aminorar la pena. Del superior critica el  haber  avalado  al  inferior,  calificando  abstractamente  los improperios como  reclamos.   

         Continua  su  exposición  recordando  el  argumento adicional del  ad   quem   sobre   la  obligación  que  tenía  el encartado de alegar las emociones que gobernaron su  actuar.  Su  silencio,  al  decir  del  Tribunal, implica la improcedencia de su  reconocimiento   pues,   de   lo  contrario,  se  estarían  elaborando  juicios  hipotéticos,  teniéndose  en cuenta que se está frente a un sujeto imputable,  conforme al dictamen psiquiátrico que obra en autos.   

         A  su modo de ver, con este razonamiento, la Corporación confunde  el  alcance  del  examen  psiquiátrico, es decir, la imputabilidad como modo de  ser  y  de  actuar  del  sujeto,  o lo que es lo mismo, su capacidad de conocer,  entender   y   querer  un  determinado  acto,  con  una  de  las  circunstancias  accidentales  de  la  conciencia,  como  es la memoria, la cual puede o no estar  presente  en  una  conducta  imputable.  La  pericia  aclara  el punto cuando se  muestra  incapaz  de  establecer  si  realmente  el  procesado  recuerda o no lo  sucedido   “…pues  este  es  un  dato  subjetivo,  no  corroborable,  mediante  examen…”.   

         Como  no  es  posible  dentro  del  proceso  descartar  la amnesia  sufrida  por  el procesado, el Tribunal no debió desecharla con el argumento de  su  imputabilidad,  ni mucho menos por el hecho de no haberla alegado, pues ello  implica  entrar  en el campo de la especulación. Para comprender el alcance del  hecho  el  Tribunal  contaba  con  las  demás pruebas obrantes en la actuación  integral  al  cual  estaba  ligado según el mandato del artículo 334 del C. de  P.P..   

         La  irrelevancia  de los términos desobligantes que el interfecto  le   dirigiera  a  su  prohijado  también  son  materia  de  su  análisis.  La  indagatoria  le  sirve  como  punto  de  referencia  pues  en  ella Víctor          Leonidas   relata   las  ofensas  que  Eustorgio  le  propinara a su amor propio, por haber declarado en contra suya  en  un proceso que se le seguía por hurto de ganado, cuya certificación obra a  folio 153 del expediente.   

         Por  dicho asunto Eustorgio  estuvo detenido durante varios meses.  Al  serle  decretada  su  libertad  provisional  y  regresar  a Hato Corozal, se  encuentra    con    Alberto    Naranjo,  otra  de  las  personas  que  también  figuró como testigo de  cargo,  haciéndolo  objeto  de  injurias, ofensas y amenazas, como lo atestigua  Omar    Enrique    Riveros    Morales   a  folio  43  vto  quien  supo  por  terceras        personas        que        también        a        LEONIDAS    UVA   OLARTE  lo había hecho objeto de ultrajes de  todo tipo, lanzándole toda clase de epítetos.   

         Esta  conducta  desobligante  del occiso también salió a relucir  contra   Evangelino   Rivera   Alarcón,  secretario  del  juzgado  de  la localidad, a quien cinco días  antes  de  su  muerte lo hizo víctima de improperios, ofensas a su amor propio,  agresiones y amenazas de muerte.   

         Aunque  el casacionista reconoce que su cliente sufre alteraciones  de  su  personalidad  cuando  ingiere  licor, ello no implica que su conducta no  haya  sido  socialmente  buena  pues  no  se encuentran sindicaciones de ningún  orden.  No  sucede  lo  mismo  con  la  víctima  a  quien  le aparecen diversas  imputaciones  (fols.  152,  153, 154, 269 y 270) amén de los comportamientos de  que   ya   dio   cuenta  anteriormente.  Todo  ello  confirma  las  palabras  de  Riveros     Morales  por  lo  que,  si  en  los  fallos no se demerita su  capacidad  probatoria,  su  dicho debe ser tenido como prueba en forma completa.  Limitar  las  ofensas a uno de los varios calificativos insultantes lanzados por  el  occiso  en contra de  UVA   OLARTE,  implica  disminuirlo.   

         Por  consiguiente,  entendiendo los hechos en toda su dimensión y  valorando las pruebas en su connotación objetiva,   

          “…se  tiene  que con la ofensa `cojo sapo’ tendió el occiso a  burlarse  injustamente de su defecto físico y a desacreditar el valor civil que  tuvo  el procesado para declarar judicialmente; con la provocación de ` lambón  ‘  reafirmó  la  ofensa  anterior  y  con el agravio `hijo de puta’ injurió el  honor  de  su  señora  madre  (q.e.p.d.) y su amor propio lo cual constituye no  solo  una  ofensa  y  provocación  grave sino que además tipifica una conducta  delictual  de por sí grave e injusta. Lo mismo tiene que decirse del desafío y  la   amenaza   pues   son   implícitamente  provocaciones  y  dados  todos  los  antecedentes ellas eran injustas y graves.”.   

         Así  las  cosas,  los  motivos  determinantes  del  hecho  fueron  causados  por esta conducta provocadora, injusta y antisocial que se repitió el  día  de los hechos cuando el occiso se dirigió directamente al condenado   sin   tener   porqué   hacerlo,   como   la  prueba  testimonial  lo  demuestra  (Efrén  Nieto,  Tenorio Cáceres, Julio Fernández,  Orlando  Sandoval y   Jorge    Mojica)   junto   con   el   croquis   de  reconstrucción  (visible  a  folio  128).  No  importa,  a su juicio, que en el  momento  concomitante  a los hechos no hubiese existido incitación directa pues  ya ella se había surtido.   

         Si  se  dieron los requisitos del artículo 60 del C.P. ” y si los  juzgadores  hubiesen  valorado la prueba en su integridad y hubiesen comprendido  los   hechos  en  su  verdadera  dimensión  habrían  reconocido  la  atenuante  alegada.”  Por  consiguiente  solicita se case la sentencia impugnada y se dicte  en su lugar la que corresponda.   

CONCEPTO   DE  LA  PROCURADURIA  SEGUNDA   

DELEGADA EN LO PENAL  

         Considera  que  el  casacionista incurre en desaciertos técnicos.  Pese  a  invocar  la  causal  primera, segundo cuerpo, al desarrollar la censura  expone  razones  propias  de  la  causal tercera y de la primera en el campo del  error  de  derecho  por  falso  juicio  de convicción. Si lo que pretendía era  denunciar  la  violación  al principio de la investigación integral, ha debido  hacerlo  por  la vía de la nulidad, formulando la tacha en forma independiente.  De  igual  manera,  si  se  trataba de un error de estirpe fáctica no ha debido  atacar  la  valoración  probatoria  del Tribunal, a sabiendas de la ausencia de  tarifa legal en nuestro medio.   

         De  todas  maneras,  tampoco una presentación adecuada le habría  traído  el  éxito  esperado.  Si  se  tiene en cuenta que el argumento central  está  supeditado  a  la  omisión de la cita textual de cada una de las ofensas  inferidas  por el occiso al procesado,  resulta que no es posible exigir el  señalamiento  pormenorizado  de cada uno de los calificativos. Basta con hablar  genéricamente  de  los  agravios  como bien lo hace el fallo al calificarlos de  insuficientes para tildar su comportamiento de grave e injusto.   

        Además,  el  Tribunal  deduce  de la declaración de Riveros          también     la     amenaza    de    muerte    que    Víctor  Leonidas  le  dirigiera  a su  víctima  “…con  lo  que se evidencia que la reacción del sentenciado rebasó  ampliamente  las  fronteras  de la diminuente, para radicarse en los terrenos de  la  venganza.”.  El  acervo  probatorio  demuestra  que  el occiso departió con  amigos  en el mismo establecimiento donde se encontraba el procesado, sin que se  hubiese  presentado  provocación  de  su  parte.  Solo cuando se preparaba para  abandonar  el  lugar  fue  ultimado  por  el  acusado,  lo cual comprueba que la  agresión  fue  producto del ánimo belicoso que adoptaba cuando ingería licor,  concretando de esa manera la amenaza de muerte de días atrás.   

        En  lo  que se refiere a la inconformidad del censor respecto a la  apreciación  que  da el Tribunal al dictamen psiquiátrico, sus afirmaciones no  corresponden a la realidad. Según el Ministerio Público:   

        “En  verdad,  la  exteriorización  de  la  causa  que  motivó su  reacción  tan  solo  compete  al  sentenciado,  razón  por la cual el término  “obligación”  empleado  por  el Tribunal, no puede entenderse como un requisito  adicional  a  los  exigidos  en  el  artículo  60 del C.P., sino que al haberse  establecido   la  condición  de  imputable  de  UVA  OLARTE,  con  base  en  el  peritazgo psiquiátrico,  estaba  en  capacidad  de  exponer en su injurada el estado en que se encontraba  para  cuando  sucedieron  los  hechos,  esto  es, que estaba afectado por la ira  causada  por  las  ofensas  e improperios lanzados en su contra por Eustorgio  Moreno,  lo  que le produjo  tal  dolor que lo llevó a reaccionar en esa forma propinándole la muerte y, no  limitarse  a  rememorar  el ultraje en forma somera con la excusa de no recordar  lo  sucedido,  imponiéndole a los juzgadores el conocimiento real de los hechos  con un eventual perjuicio para sus propios intereses.”.   

         Dado  que  el  casacionista, con acertado criterio, apreció en su  conjunto  el  material  probatorio  y  concluyó  en  forma  acertada  sobre  la  inaplicabilidad  de  la  diminuente  de  la  ira,  la  Delegada  solicita  de la  Sala    no casar el fallo impugnado.   

LA CORTE  

         Como  bien  lo  anota  el  Ministerio  Público,  aunque  el actor  plantea  un error de hecho por falso juicio de identidad, en el desarrollo de su  censura  agita,  de un lado, argumentos propios de un error de derecho por falso  juicio  de  convicción, y del otro, de la causal tercera. En efecto, si hubiese  sido  fiel al enunciado que propuso le habría bastado con señalar el contenido  del  examen  psiquiátrico  practicado  al encartado y la tergiversación de que  fuera  objeto  por  el Tribunal, atribuyéndole resultados diferentes. Lo propio  debía     haber    hecho    respecto    del    testimonio    de    Riveros     Morales    y  de la totalidad del acervo probatorio, resaltando en cada caso,  cuál  fue  la  distorsión  que  al  final  provocó la decisión adversa a los  intereses de su poderdante.   

         El  primer  pilar de su argumentación lo construye en torno a las  ofensas.  Como  quiera  que  en  las  instancias  no  se  habló de todas ellas,  especificándolas   claramente,   recordando   sus   epítetos,   mostrando   su  frecuencia,  enseñando  la  totalidad  de  las  palabras,  ello  le  basta para  predicar  que  no se tuvieron en cuenta y por ello, al final no se les atribuyó  la importancia que merecían.   

         

         Dos cuestiones se desprenden de esta afirmación.   

         La   primera   tiene   que  ver  con  la  cuantificación  de  las  expresiones  desobligantes.  Si  el  a quo o el Tribunal no las detallaron en su  conjunto  esto  no quiere decir que no las hayan tenido en cuenta. Aunque no las  reseña  en  su  totalidad el a quo, advierte que “…si entre los protagonistas  hubo  encuentros  infortunados  el  occiso  profirió en contra de su victimario  injurias y ofensas, mas no amenazas, como sucedió al contrario.”.   

         Es  claro, por consiguiente, que cuando luego vuelve sobre el tema  y  habla  sobre  el  apelativo  de “sapo lambón” está ejemplificando sobre las  ofensas  y no las reduce a este simple epíteto. El Tribunal también se refiere  genéricamente  a  los problemas habidos entre ambos calificando las expresiones  injuriosas como “ofensas”.   

         No  fue, por tanto, el aspecto cuantitativo el que influyó en las  decisiones  condenatorias.  En  ambas  instancias  se  fue consciente de que las  ofensas  fueron  plurales  y  dichas  en  varias  oportunidades.  Fue  su escasa  trascendencia  la  que obligó a desecharlas como motivo suficiente para generar  la  ira  y  con  ella  convertir  en beneficiario de la diminuente al procesado.   

         Aquí  surge  la  segunda  reflexión  en  torno  a la importancia  mayúscula  que  tienen  para  el  censor  las  ofensas, en contraposición a la  opinión  del ad quem para  quien  su  trascendencia  es mínima. Como bien puede verse, este enfrentamiento  de  criterios  sobre  cuál  ha  de  ser  la dimensión adecuada que merecen los  improperios,  se  resolverá  siempre  en  favor  del  fallador,  salvo  que sus  argumentos  fuesen  tan  ostensiblemente  irracionales,  como  para encontrar en  ellos un marginamiento absoluto de las reglas de la experiencia.   

         Esta  impugnación  extraordinaria  busca remediar posibles yerros  judiciales  en  tanto  no  se ajusten a la realidad procesal o a la normatividad  vigente.  No son permisibles, por tanto, evaluaciones sobre juicios de valor que  hayan  plasmado los sentenciadores siempre que ellos se verifiquen dentro de las  normas de la sana crítica, la lógica y la experiencia.   

         Si  sus  apreciaciones  encuentran  apoyo en el acervo probatorio,  otros  reparos  posibles  formulados por las partes se reducen al terreno de las  simples  hipótesis, importantes para cuando se realizaba el debate de instancia  pero  inanes,  por lo dicho, en esta especialísima sede. Cualquier crítica, al  respecto, carece del sostén necesario para acometer su estudio.   

         Ahora,   otro   de  los  aspectos  que  llaman  la  atención  del  recurrente  para  fortalecer  su cargo gira en rededor de la imputabilidad. Basa  su  razonamiento en algunas palabras dichas por el Tribunal sobre esa condición  personal,   para  responder  a  la  solicitud  de  la  defensa  de  favorecer  a  Uva  Olarte con la diminuente de la ira.   

         Es  cierto  que  el  Tribunal  contesta la inquietud de la defensa  haciendo  una  exposición sobre la imputabilidad, buscando demostrar que, en el  momento     de    ocurrir    los    hechos,    Uva  Olarte no estaba afectado  por  trastorno  mental o inmadurez psicológica, y dedicándose a dar  todo  tipo  de  explicaciones  en  orden  a  demostrar que el sujeto de la conducta se  encontraba  en uso cabal de sus sentidos dado que solicitaba la venta de cerveza  y cancelaba el consumo en forma normal.   

         Exacta  la  apreciación,  sin  duda.  La  ira,  producto  de  una  agresión  grave  e  injusta,  parte  del  supuesto  de  que  el  sujeto conoce,  comprende  y  se  determina  de  acuerdo  con  esta  comprensión, al cometer el  ilícito.  Sin  embargo,  las ofensas recibidas desatan sus emociones y por ello  aunque  se  le  encuentra  responsable de sus actos, se le disminuye la pena por  haber  influido  en  sus  actos  una  actividad  externa.  Fenómenos distintos,  imposibles de confundir.   

         Algo  de  razón  tiene  el  recurrente entonces cuando critica al  Tribunal  por  rechazar la aplicación de la diminuente argumentando que no fué  alegada    por   el   procesado   al   momento   de   rendir   su   indagatoria.  Independientemente  de si alude a ella o no, para explicar su comportamiento, la  administración  de  justicia  al  tener  la  obligación de investigar tanto lo  favorable   como   lo   desfavorable   del   procesado,  ha  de  establecer  las  circunstancias  en que se produjo el hecho, pues de acuerdo con ellas, es decir,  con  los  pormenores  del  incidente,  sus  antecedentes, sus consecuencias, las  reacciones  mismas del procesado, puede llegar a establecer si fue la ira la que  gobernó  sus  acciones, sin que ello indique que un razonamiento en tal sentido  siempre  esté  circunscrito  al terreno de las hipótesis o las especulaciones.  Pero  como  lo  señala  el  Ministerio  Público.,  el  imputado,  en este caso  rememoró  someramente  lo  ocurrido, con la excusa de no recordar el desarrollo  del  suceso. Y en esa clase de eventos, no puede el fallador suponer, por cuenta  propia  situaciones  desencadenantes  del  hecho  que así, en esos términos se  vuelven hipotéticas.   

         Además   no  fueron  éstos  los  únicos  motivos  que  tuvo  el  ad  quem para rechazar la  atemperante.  Acertó  al  examinar  la  conducta  de  la  víctima  en busca de  establecer  un  posible  comportamiento  grave  e injusto, similar al que había  tenido  con  el  procesado  en tiempos pasados cuando le recriminó con palabras  soeces el que hubiese declarado en su contra.   

         Recuerda  el  fallador  que el día de autos el occiso observó un  comportamiento  comedido y respetuoso con sus contertulios. Aquí se vale de los  testimonios  de  Enrique Riveros Morales y         de        Tenorio   Cáceres,   este   último  de  suma  importancia pues relata como el acusado se  acercó   a   la   mesa   de   Eustorgio   y   le   dio   unos   empujones  a  Orlando    Sandoval  llegando  incluso  a  derramar  cerveza  en  la mesa  contigua    ocupada    por    Leonidas.   

         Estos  pequeños  problemas  hicieron que el interfecto le llamara  la  atención  para  que  no  siguiera  molestando,  hecho  que revela su ánimo  pacífico   en  aquellos  momentos  previos  al  suceso  criminoso.  Más  aún,  Orlando  Sandoval  –  lo  recuerda    el    Tribunal    –    escuchó   de   boca   de   Eustorgio         que     no    tenía    ningún    disgusto    con    Leonidas  y  que  pensaba  irse  para  Bogotá, razón por la cual estaba vendiendo su finca.  Estas   palabras   se   encuentran   corroboradas  por  el  propio  Riveros     Morales    quien  asevera que el día de autos, en la mañana, pudo conversar  con  Eustorgio  quien le  ofreció en venta el inmueble.   

         No  realizó,  por  consiguiente,  ningún  acto  el  obitado  que  pudiese        herir        la       susceptibilidad       de       Leonidas.  Incluso   – asevera el  Tribunal  -, les contó a sus amigos que quería irse porque se sentía borracho  y  por  ello  se  dirigió  hacia  la  puerta  de salida, pasando por el lado de  Leonidas.    Podría  pensarse  que en aquel momento hubiese habido de parte suya palabras ofensivas o  provocadoras.  No  obstante,  esto  no  lo acepta el Tribunal pues, el deseo del  occiso  no  era  armar pelea sino marcharse para su vivienda en busca de reposo.   

         Más  aún,  como acertadamente lo manifiesta el a quo, “Dirigirse  hacia  la  puerta  de  salida no puede ser ofensa o agresión o provocación, si  ocurre  después  de  una  hora  de  estar  frente  a frente sin que se presente  incidente alguno.” (fl. 286).   

         Aquí  no  terminan  los razonamientos del Tribunal para descartar  la  ira. De igual manera llama la atención sobre los antecedentes violentos del  agresor.  Cita  al  efecto múltiples testimonios para apoyar su aserto. En esta  búsqueda   de  razones,  rememora  a  Omar  Enrique  Riveros  quien  advierte  sobre  la  agresividad  que presentaba el sindicado cada vez que ingería licor,  hasta  el  punto  que  por  cualquier  motivo  insignificante sacaba el arma que  portaba.,   Su   ánimo   pendenciero  se  reflejó  también  en  los  momentos  subsiguientes   cuando,  delante  de  Julio  Enrique  Fernández  y con el arma  en  la  mano,  manifestó  a  los  presentes  que a quien se le atravesara en el  camino   lo   mataba.   También   cita  en  el  mismo  sentido  a  Germán    Humberto   Pérez   Eslava  y    Roque   Fonseca  Reyes.   

         Es  por ello que descarta los encuentros anteriores y los reclamos  que  la víctima le hiciera al procesado en otros días , como los causantes del  actuar  homicida  del  incriminado. Como quiera que no se observó aquella noche  un          comportamiento          desobligante         de         Eustorgio         hacia        Leonidas,  exigible  para la aplicación de la diminuente, la descarta por  completo.   

         La  referencia  del  sentenciador al dictamen psiquiátrico, ha de  entenderse  en  pro  a  demostrar que el sujeto era imputable, oponiéndose a la  posibilidad  de  que  se  esgrimiera  un  posible  trastorno mental transitorio,  proveniente  de  una  amnesia  temporal, que pudiera extraerse de la indagatoria  cuando   el   procesado   manifestó  no  recordar  absolutamente  nada  de  los  acontecimientos.   

         Hubo,  pues,  un  estudio  integral  de todo el acervo probatorio,  siendo  objeto  de  análisis  las  diferentes  probanzas  arrimadas al proceso,  configurándose  de  esta  manera  su  responsabilidad. A propósito y ya que se  aborda  este  tema,  la  queja  del  censor sobre la falta de estudio de todo el  material  probatorio,  incumpliendo  la  garantía  de los derechos sustanciales  reconocidos  por  la  Constitución  y  la  ley,  es un tema propio de la causal  tercera.  Alegarlo en el  ámbito  de  la  primera  comporta   un  desacierto  técnico  indudable  que  amerita  su  rechazo,  máxime  cuando,  tal  cual  se  ha visto, el estudio del  proceso fué global.   

         No  tiene  razón  de  ser el cargo presentado a consideración de  esta Corporación.   

         En  mérito  de  lo  expuesto  la Corte  Suprema   de   Justicia,  Sala  de  Casación  Penal  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  Ley,   

RESUELVE  

No   Casar  el fallo impugnado.   

                                          CUMPLASE,   

FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL  

RICARDO   CALVETE   RANGEL                             JORGE  CORDOBA  POVEDA   

JORGE  ANIBAL  GOMEZ  GALLEGO          CARLOS E.  MEJIA     ESCOBAR                                       

DIDIMO    PAEZ    VELANDIA                                        NILSON     PINILLA     PINILLA                                               

         NO FIRMO   

JUAN  MANUEL  TORRES  FRESNEDA    SANTIAGO BERACASA HOYER   

                                                                                       Conjuez   

                      NO FIRMO   

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaria  

     

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