9280 (26-06-96)

1996

Asistente Jurídico Inteligente

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    DERECHO  DE DEFENSA/  DEFENSA TECNICA   

El  inciso  primero  del  artículo  148  del  Código  de  Procedimiento  Penal, norma que en ese momento estaba vigente, pues  su  inexequibilidad fue declarada mediante sentencia C-049 de febrero 8 de 1996,  preceptuaba  en  el  inciso primero: “Personas habilitadas para la defensa del  imputado.  De conformidad con lo dispuesto en el ´Decreto 196 de 1991, el cargo  de  defensor  para  la  indagatoria  del  imputado,  cuando  no  hubiere abogado  inscrito  que  lo  asista  en  ella,  podrá  ser confiado a cualquier ciudadano  honorable, siempre que no sea servidor público”.   

La   designación  de  la  señorita……  ciudadana  honorable,  en  ese  momento  no  solo  no  constituía irregularidad  alguna,  sino que el funcionario obró así en cumplimiento de la ley, de manera  que  su  posterior declaración de inconstitucionalidad produce efectos hacia el  futuro,  y no puede pretenderse, so pretexto de esa circunstancia sobreviniente,  la     nulidad     de     un     proceso     ajustado    a    la    legislación  vigente.        

Proceso No. 9280  

                                        CORTE    SUPREMA    DE  JUSTICIA   

                                          SALA    DE   CASACION  PENAL   

                                Magistrado Ponente:   

                                          Dr.     RICARDO CALVETE RANGEL   

                                Aprobado Acta No.96   

                                    Santa  Fe  de  Bogotá  D.C.,  veintiseis de junio de mil novecientos noventa y seis.   

                                VISTOS:   

                Procede  la  Sala a pronunciarse sobre la demanda de casación presentada por el  defensor  del  procesado  JAIME  MAHECHA OLARTE contra la sentencia del Tribunal  Superior  de  Ibagué,  confirmatoria de la dictada por el Juzgado Primero Penal  del  Circuito  de  Honda,  que  condenó  al  aquí  recurrente por el delito de  homicidio  a  la pena principal de diez (10) años de prisión, a las accesorias  de  interdicción  de  derechos y funciones públicas y suspensión de la patria  potestad “si la tuviera”, por el mismo término.   

                                I. H E C H O S   

                Fueron resumidos por el Procurador Delegado así:   

          “Los  que  dieron  origen  a  este  proceso  tuvieron ocurrencia el  cuatro  de  septiembre de mil novecientos noventa y dos en el municipio de Honda  en  las  cercanías de la plaza de mercado “Paloquemao” en un establecimiento de  juego  de  Bingo.  En  las  horas  de  la  tarde se presentó un altercado entre  JAIME  MAHECHA  OLARTE  y  Orlando  Ramos  Triana  quien verbalmente lanzó burlas contra el primero de los  nombrados  quien  reaccionó en forma violenta lesionando a Ramos con el pico de  una  botella  que  instantes antes había roto, herida ocasionada a la altura de  la  clavícula  que  culminó con la muerte momentos después en el Hospital San  Juan de Dios de dicha ciudad.”   

                                           II.      ACTUACION  PROCESAL   

                La  Fiscalía  Treinta  y  Ocho  de  Honda  (Tolima)  abrió  la correspondiente  investigación  penal  teniendo  como  base  el  informe de la Policía de dicha  ciudad,  en el que se pone a disposición al retenido JAIME MAHECHA OLARTE quien  se presentó voluntariamente a las autoridades.   

                Oído  en  indagatoria el sindicado, se le resolvió su situación jurídica con  medida  de aseguramiento de detención preventiva, providencia contra la cual el  defensor  interpuso  recurso de reposición y en subsidio apelación, los cuales  fueron resueltos confirmando la decisión.   

                Luego  de  celebrada  una audiencia de terminación anticipada del proceso en la  que  el  implicado  no  aceptó  los  cargos,  la investigación fue asignada al  Fiscal  Cuarenta y Ocho de Honda, quien calificó el mérito del sumario el 7 de  enero  de  1993 con resolución de acusación contra el procesado MAHECHA OLARTE  por el delito de homicidio.   

                Contra  esta  providencia  se  interpuso recurso de reposición y en subsidio de  apelación;  el  primero  fue  negado,  y  del segundo conoció la Fiscal Cuarta  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de Ibagué, quien confirmó en todas sus  partes el auto calificatorio.   

                Le  correspondió  tramitar  la  etapa  del  juicio al Juzgado primero Penal del  Circuito  de  Honda, despacho que luego de celebrar la audiencia pública dictó  sentencia de primer grado con los resultados conocidos.   

                Apelado   el  fallo  anterior,  fue  confirmado  por  el  Tribunal  Superior  de  Ibagué.   

                              III. LA DEMANDA   

                Primer  Cargo:  Al  amparo  de  la causal primera el actor ataca la sentencia de  segunda  instancia,  al  considerar  que  es  violatoria de una norma sustancial  porque  no  está  demostrado  que la muerte de ORLANDO RAMOS TRIANA fue causada  por la lesión que le propinó JAIME MAHECHA.   

               Cita  como  violado  el artículo 21 del Código Penal, pues estima que la causa  de  la  muerte  de  Ramos  fue la no oportuna atención médica, la demora en el  traslado  del herido, la falta de sangre en la clínica, etc., pero no la herida  causada  por  el  procesado  que  no es mortal. Transcribe algunos apartes de la  sentencia impugnada.   

                Bajo  el   título  “PRIMER  ERROR”, el censor afirma que constituyó   yerro    del   Tribunal  concluir  que  resulta  muy  común  que  los  conductores  de automotores se nieguen a trasladar  a  un herido   al    centro   hospitalario,   cuando   en  su  opinión  lo  extraordinario  es  que las personas se nieguen a tal ayuda humanitaria y trae a  colación  un  ejemplo  de  un  caso similar en cuanto a la lesión en el que la  ayuda  y  atención médica fueron fructíferas, tramitado en el Juzgado Tercero  Penal  del  Circuito  de  Honda   -cuyas  fotocopias  fueron  traídas a la  audiencia   pública  de  este  proceso-  el  cual  concluyó  en  tentativa  de  homicidio.   

                Como  “SEGUNDO  ERROR”  plantea  el  libelista  que  no es ordinario o de común  ocurrencia  que  con el pico de una botella se ocasione una lesión letal, y que  la  estadística  sobre  hechos  similares  indica  que  solo  una mínima parte  termina en muerte.   

                En  el que llama “TERCER ERROR” cuestiona al Tribunal porque “en forma subjetiva  atribuye  al  procesado  un  designio  criminal desde el momento en que hirió a  Ramos  Triana”,  equivocación  a  la  que  llegó  “por  hacer caso omiso de la  confesión  del  procesado”,  quien  claramente  manifestó  que nunca pensó en  matar al lesionado.   

                Cita  a continuación el artículo 254 del Código de Procedimiento Penal, norma  que  en  su opinión fue violada por el ad-quem al no señalar el mérito que le  asignó a dicho medio de convicción.   

                A  juicio  del  censor,  si  se  hubiese analizado la confesión, la conclusión  habría  sido  que  el  procesado  no  sabía  que  la lesión “era la adecuada,  eficaz,  oportuna  para  causar  la muerte a Ramos Triana y así mismo no actuó  con inetensión (sic) de causar la muerte”.   

                Agrega  que la ausencia de intención homicida se corrobora con la condición de  obrero,  sin  educación e inválido (le falta una mano), por lo que en opinión  del  censor el procesado “no sabe distinguir entre una arteria y una vena, mucho  menos  en  donde  está  ubicada la vena subclavia y qué importancia tiene esta  para la vida de una persona”.   

                Por  otra  parte estima que debe tenerse en cuenta que el procesado se presentó  voluntariamente  a  dar informe de lo ocurrido y sin hablar con ningún abogado,  pidiendo  que  le fuera nombrado uno de oficio, y se le asignó una muchacha que  barría  el piso, lo que indica que no fue asesorado y que por tanto su versión  “merece  credibilidad”  especialmente  en  su afirmación de que nunca pensó en  matar a su víctima.   

                Estima  el casacionista que se encuentra plenamente demostrado que MAHECHA nunca  quiso  matar  a  Ramos,  tal  como  lo declaró en la confesión ignorada por el  Tribunal,  la  cual concuerda con el lugar de la lesión, pues a su juicio nadie  que  quiera  matar  escoge  dicha área sino aquella donde el común de la gente  entiende  que  se  halla  ubicado  el corazón u otro centro vital, y además el  arma  utilizada  no  es  necesariamente letal, por cuanto “a diario en todos los  municipios  del  país  se  presentan casos de lesiones con botella, pero que en  escasismo  (sic)  porcentaje  estas  terminan  en muerte”, todo ello aunado a la  omisión  “del  cumplimiento  de  los  deberes  de  los conductores en llevar al  herido  al  hospital”,  no  existía  suficiente  provisión  de sangre en dicho  centro  y  no  se presentaron donantes voluntarios, de lo cual en su sentir debe  concluirse  que  la lesión que ocasionó MAHECHA no fue la causa de la muerte y  ésta   se   produjo   por   causas   no   dependientes   de  su  voluntad  sino  ajenas.   

                Concluye  la  censura solicitando la revocatoria del fallo “de acuerdo al art.21  del  C.P.  en  concordancia  con  los  Arts.446 y 447 del C.P.P. y demás normas  pertinentes”.   

                Segundo  Cargo:  Bajo el  título  de  “CAUSAL  SEGUNDA”  solicita  el  censor que se revoque la sentencia  condenatoria  de  segunda  instancia  por  ser  ésta violatoria de una norma de  carácter  sustancial,  art.220  numeral  1o. del C.P.P., y cita a continuación  los arts. 247 ibidem, 35 y 323 del C.P.   

                Plantea  el  libelista  que  la resolución acusatoria por homicidio simplemente  intencional  señala  que  el sindicado obró en forma dolosa, y en la sentencia  de  primer  grado  se  le  condenó  por  dolo  de  ímpetu,  en tanto que en la  sentencia  impugnada  se  califica  este  dolo  como  eventual.  A continuación  transcribe  algunos  apartes  del  fallo  del  Tribunal sobre este aspecto, para  concluir  que  en su opinión “en el expediente no existe prueba que nos lleve a  la  certeza  de  la existencia del dolo eventual en la actuación de MAHECHA”, y  añade  que  no  se tuvo en cuenta la confesión del procesado cuando afirma que  nunca pensó en matar.   

                Advirtiendo  que  repetirá  lo  expresado  por  la  defensa en la diligencia de  audiencia  pública  y  en  el memorial sustentatorio del recurso de apelación,  manifiesta  su  inconformidad  con  la decisión en cuanto a la ubicación de la  lesión  y  cercanía  con  órganos vitales como el corazón, arterias y venas,  pues  dice  que  al  leer la diligencia de autopsia claramente se observa que la  lesión  lo  fue  en  el  hombro,  en  la  clavícula  “distante  de  pulmones y  corazón”.   

                Repite   muchos  de  los  argumentos  expuestos  en  precedencia  para  intentar  desvirtuar  la  imputación  a  título de dolo eventual, pues en su opinión el  procesado  no  podía  prever  la  consecuencia  de  su  actuar  por carencia de  conocimientos   de  anatomía  y  fisiología  “que  le  permitieran  saber  con  precisión en donde están ubicadas las venas y las arterias”.   

                Insiste  en  que  pese  a  los  muchos  heridos que se presentan diariamente por  golpes  con  botellas,  la  proporción de muertes es ínfima y corresponde a lo  diferente  de  lo  normal,  lo que le permite afirmar que la persona que hiere a  otro    con    una   botella   presume   que   ocurrirá   lo   ordi­nario       y       no       lo  extraordinario.   

                Cuestiona  la  conclusión  del Tribunal respecto a la falta de relevancia de la  no  repetición  de  la  lesión  por  parte  de  MAHECHA, pues este hecho en su  opinión  es  indicativo  de la ausencia de dolo, por cuanto el homicida siempre  llega  hasta cumplir con su designio, más aún teniendo la oportuni­dad  de  hacerlo, lo cual constituye  una  abstención  de  la que debe deducirse la ausencia de propósito de cometer  el delito de homicidio.   

                Estima  el  libelista  que constituye un error del Tribunal restarle importancia  al  hecho de no haber huído el sindicado del lugar hasta que se dió cuenta que  le  prestaron  auxilio  al  herido,  por  cuanto  esto  es  una  muestra más de  “tranquilidad  de  conciencia”,  así  como haberse presentado voluntariamente a  confesar  el  suceso a lo que también le restó importancia el fallador, siendo  como  es  un  indicio a su favor que respalda la confesión en la parte ignorada  en cuanto dice que nunca pensó en matarlo.   

                Alega  que  “ninguna  de  las  pruebas  aportadas  en  el  expediente infirma la  confesión  y  por  el contrario le dan plenitud probatoria”, y habla nuevamente  de  la ubicación de la lesión, el hecho de haber tenido oportunidad de repetir  la  agresión  y  no hacerlo, permanecer en el lugar de los hechos y presentarse  voluntariamente  a  las  autoridades, asi como que el instrumento empleado en su  opinión no es apto para causar la muerte.   

                Concluye  el  casacionista  que  no  está  probado  el  dolo,  luego debió ser  absuelto  el  procesado  y para corregir el error debe ser revocada la sentencia  impugnada.   

                Tercer  cargo: Es por la  causal  tercera,  y el impugnante solicita que se revoque la sentencia impugnada  por  haber sido dictada en un juicio viciado de nulidad. Cita el artículo 220-3  del C. de P.P.   

                La  irregularidad  que  denuncia “consiste en el hecho de haberse desatendido la  solicitud  que  hizo  el  señor Jaime Mahecha Olarte el día 4 de septiembre de  1992,  para  que  se  le  designara un defensor de oficio y por el contrario, se  ordenó  desde  esa fecha recibirle indagatoria el día 7 de septiembre de 1992,  designándole  en  lugar  de un abogado a una joven muy honesta, quien tiene por  oficio barrer el piso y hacer lo propio al aseo de las oficinas.   

                El  no  nombrarle  para  la  indagatoria a un abogado existiendo en Honda por lo  menos  diez  residentes,  se  presenta  una  nulidad legal y constitucional, por  violación del artículo 29 de la Carta.   

                Estima  que  con tal irregularidad se violó el derecho a la defensa de MAHECHA,  pues  desde la indagatoria alegó la legítima defensa que siempre le fue negada  en  las  instancias,  y  en esa diligencia manifestó haber sido golpeado por el  occiso  en  la  espalda. Si hubiera estado asistido por un abogado de acuerdo al  ordenamiento  legal,  este  profesional había podido solicitar que se dejara la  anotación  pertinente  en la indagatoria sobre la señal de violencia, y que el  médico  legista determinara la incapacidad, el arma o instrumento empleado para  causar  la  lesión. Una joven que sabe barrer, pero que no conoce las leyes, no  sabe qué podía hacer en un momento como el indicado.   

                Afirma  el  censor  que  la  base  para  el  no  reconocimiento  de la causal de  justificación  alegada,  tanto  en  la  resolución  de  acusación como en las  sentencias  de  primera  y  segunda  instancia,  fue que “no está demostrada la  violencia  actual  e  injusta  contra  la  vida  y  la  integridad  personal del  sindicado  por  parte  de  Ramos  Triana”,  lo  que se traduce en violación del  derecho  a  la  defensa  en  la  medida  en  que  no se practicó la prueba para  determinar   la   lesión,  la  incapacidad  y  el  instrumento  con  que  fuera  ocasionada,  todo  lo  anterior  por  no  estar  asistido  en  el  momento de la  indagatoria por un profesional del derecho.   

                Sostiene  que este tipo de nulidades no es subsanable aunque se hubiese nombrado  un  abogado  al día siguiente de dicha diligencia, pues estima que “lo ocurrido  antes  de esto persiste defectuoso, nulo inexistente”. Cita el artículo 308 del  C.  de  P.P.,  pues  tal  irregularidad  “afecta  las  garantías de los sujetos  procesales  y  desconoce  las  bases  fundamentales  de  la  instrucción  y  el  juzgamiento”.   

                A  continuación  analiza  el  artículo  148  del  C.  de  P.P.,  que prevé la  designación  de  una  persona  honorable  que  no sea servidora pública, en el  evento  en  que  no  hubiese  abogado  inscrito,  y  afirma  que  el término no  “hubiere”  se  refiere  a  los  sitios,  lugares  o localidades en los cuales el  instructor  se  encuentre en la impostergable obligación de recibir indagatoria  y  no  exista  un  abogado  radicado o que ejerza allí, por ejemplo se presenta  este  caso en varios municipios del Vaupés, Vichada, Putumayo, y asegura no ser  este  el  caso  de  Honda,  donde  reitera  “hay  más  de 10 abogados titulados  residentes y ejerciendo la profesión”.   

                Agrega  que  en  el  edificio  donde  se  encuentra  la Fiscalía funcionan once  Juzgados,  lo  que  hace  muy  fácil  encontrar  un  abogado, luego no existía  “ninguna   causa   justificada   para   no   designar   como   defensor   a   un  abogado”.   

                Aduce  que  tampoco  había  inminencia  de  tiempo  para que se justificara tal  medida,  por  cuanto  MAHECHA  se  presentó  voluntariamente  el día cuatro de  septiembre  entre  4  y  5 de la tarde, y el término de las 72 horas se vencía  las 5 p.m. y no a las 9 a.m.. Cita el artículo 356 del C. de P.P.   

                Finalmente  solicita que “se revoque la sentencia impugnada por la nulidad legal  y constitucional indicada”.   

         III. CONCEPTO DEL MINISTERIO PUBLICO   

                El  Procurador  Tercero  Delegado  en  lo  Penal  sugiere a la Corte no casar la  sentencia impugnada por las siguientes razones:   

                Tercer Cargo:   

                Respecto  a lo ocurrido en la diligencia de indagatoria, la Delegada observa que  en  verdad  le  fue  designada al procesado como apoderada la señorita Luz Dary  Zárate  -no  se  dice  en  la  diligencia  su profesión- y certifica el Fiscal  Treinta   y  Ocho  que  la  recibió:  “y  respecto al derecho que tiene de  nombrar  un  defensor  para  que  lo  asista  procesalmente,  manifestó: que me  nombren  por  el momento uno de oficio”.- A lo manifestado por el indagar (sic),  el   Despacho   le   nombra   únicamente  para  esta  diligencia,  en  ausencia  de abogado titulado a LUZ  DARY ZARATE V. …” (subrayó la Delegada).   

                Estima  que por tratarse de documento público suscrito por quien tiene el deber  de  certificar  sobre  los  hechos  reales,  como  lo  es  el Fiscal, se presume  auténtico  mientras  no  sea  tachado  de  falso,  y  la  simple  tacha  no  es  suficiente,  es  necesario que se demuestre que lo consignado en él no es real.  En  efecto,  el  censor  solo  manifestó  que  existen  más  de  diez abogados  inscritos  en el municipio de Honda; no probó esta afirmación. No obstante, de  ser  cierto ello, tampoco demuestra la supuesta falsedad por cuanto es de común  ocurrencia  que  al  momento  de la diligencia no es posible localizar a ningún  profesional  del  derecho, con lo cual el Fiscal está facultado legalmente para  nombrar a un ciudadano honorable.   

                Por  otra  parte,  en  este  caso  concreto  se  hizo  la  salvedad  de  que  la  designación  solo  lo  era  para  la  diligencia  de  indagatoria.  No existió  entonces irregularidad alguna.   

                En  cuanto a la consecuencia de que habla el libelista -omisión de la práctica  de   reconocimiento   médico-legal-,   dice  la  Delegada:  “En  verdad  en  la  indagatoria  el  indagado  manifestó  haber  sido  agredido  por  su opositor y  señaló  su  espalda  como sitio en el que recibió el supuesto golpe, también  es  cierto  que  no se dejó constancia alguna de la descripción de la supuesta  lesión.  Pero  igualmente  es  cierto  que  al  día siguiente de la mencionada  diligencia,  el  propio  procesado  designó como abogado de confianza al doctor  Carlos  Ignacio  Monsalve Plata y en esa fecha (septiembre 8/92) tomó posesión  de  dicho  cargo  ante  el  Fiscal Treinta y Ocho de Honda y desde dicho momento  estaba   en   libertad   de   solicitar   dicho   experticio  médico  y  no  lo  hizo”.   

                Lo  anterior indica que no se violó el derecho a la defensa alegado, por cuanto  no  existió  irregularidad  alguna,  y el hecho de no haber estado el procesado  asistido  por  un  abogado, “si bien pudo dificultar que se dejara la constancia  pertinente  sobre  la  lesión, porque no fue solicitada por la apoderada”, ello  no  indica  la existencia de una irregularidad y aún si lo fuera, ella no tiene  la  magnitud  como  para  que  deba  acudirse a medida extrema de la nulidad del  acto,  por  cuanto,  se repite, tal oportunidad la tuvo también el apoderado de  confianza  y  por alguna razón no lo hizo y puede perfectamente pensarse que se  trata  de  una táctica defensiva porque a lo mejor ninguna huella de lesión se  detectaría,   máxime   cuando   existen   testimonios   que   desvirtúan   su  dicho.   

                Agrega  que  el censor no señaló la consecuencia que para el proceso traía la  nulidad  deprecada,  por  cuanto  solo  pide  que  se revoque la sentencia, como  tampoco  expresa  la  incidencia  en  el fallo de la prueba omitida, si con ella  sola  se hubiera tenido que reconocer la causal de justificación alegada por la  defensa.   

                Luego  de  transcribir  algunos  apartes  de la sentencia impugnada, el Delegado  observa,  que  fueron  las  declaraciones  de  los testigos presenciales las que  otorgaron  al  sentenciador  las  bases  para  desvirtuar  la  agresión física  esgrimida   por  el  procesado,  pues  de  ellas  se  desprende  que  se  trató  exclusivamente  de  burlas  y  ofensas  verbales  y  que  quien  no  alcanzó  a  defenderse  fue  precisamente  Orlando  Ramos  Triana,  que  fue  en realidad el  agredido gravemente.   

                La  prueba  echada  de  menos por el censor nunca se practicó, la defensa no la  solicitó,  y  ni  la  Fiscalía  ni el Juzgado ordenaron de oficio su práctica  como  era  su  deber  de  investigar  tanto  lo  favorable como lo desfavorable.  Empero,  imaginando  que  se  hubiese practicado y que el dictamen arroje alguna  lesión  e  incapacidad  por  la misma, difícil resulta con ella desvirtuar las  pruebas  de  cargo  como  las  declaraciones de los testigos presenciales que en  ningún  momento  observaron  agresión  alguna  de parte de Ramos, quien por el  contrario,  trato  de  defenderse  y  no  lo  logró  por  la rapidez con que el  procesado  rompió  la  botella e inmediatamente procedió a lesionarlo en forma  letal.   

                Añade  que  no  basta  la  demostración  de la omisión en la práctica de una  prueba,  sino  que  se  requiere  indefectiblemente  de  la  verificación de la  incidencia  y  trascendencia  en  el fallo, que debe ser de tal magnitud que con  ella  (la  prueba  omitida)  se logre derrumbar la sentencia y se torne, en este  caso,  en  absolutoria  por  la  necesidad  de  reconocimiento  de  la causal de  justificación   alegada,  que  como  se  desprende  de  los  demás  medios  de  convicción  recaudados en forma legal y oportuna, y que para los falladores han  merecido credibilidad, no debe ser reconocida.   

                El cargo no debe prosperar.   

                Primer Cargo:   

                Señala  el  Procurador,  que el censor menciona como norma violada el artículo  21  del  C.P.,  sin  mencionar  el  sentido  de  la  violación,  lo que no solo  constituye  una  falla  técnica  en  la  elaboración  de  la censura, sino que  dificulta  su  interpretación  por  cuanto  repercute  en  falta  de claridad y  precisión,   requisitos   estos   que   son   indispensables   en   esta   sede  extraordinaria,  en  la  que  en  virtud  del  principio de limitación le está  vedado  a  la  Corte  corregir  los errores de la demanda o examinar causales no  presentadas.   

                Por  lo  anterior, la Delegada sugiere la desestimación del cargo, no sin antes  hacer  algunas  consideraciones  sobre la técnica y sobre el aspecto conceptual  planteado en el cargo.   

                Dice  que  el  censor  enuncia  la  indagatoria para afirmar que esta prueba fue  ignorada  por  el  Tribunal  en  cuanto  a la afirmación que contiene de que el  sindicado  nunca  pensó  en  matar  al  occiso, con lo que pudiera pensarse que  denuncia  un  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia y en el mismo  contexto  agrega  que  tal  versión  “merece  credibilidad”,  de  lo  que puede  fácilmente  deducirse  que  mezcla  -sobre  un  mismo medio- errores de hecho y  derecho,  actitud  ésta  totalmente  contradictoria  por  cuanto si el fallador  omitió  apreciar  esa  parte  de la injurada, no puede al mismo tiempo restarle  credibilidad.   

                Lo      anterior      también     se     deduce     del     cuestio­na­miento  que hace de las afirmaciones  del  Tribunal  que denomina “errores”, como son haber aceptado que es común que  las  per­sonas se nieguen  a     prestar     ayuda     para    el    traslado    de    un    he­rido,  aunque en opinión del censor  ocurre  lo  contrario;  el  que  el  Tribunal debió concluir que debido al bajo  grado  de  instrucción del procesado, éste no podía saber cuándo una lesión  es  mortal  o  no porque no conoce los órganos del cuerpo y no puede distinguir  entre  una vena y una arteria ni la ubi­ca­ción  de  las  mismas. Esto evidencia que el censor quiere que su tesis prime sobre la  del  fallador,  sin otro argumento que su invocación, lo cual resulta imposible  en  virtud  de  la do­ble  presunción   de   acierto   y   legalidad   de   que  vienen  prece­di­das las sentencias.   

                Luego  de  transcribir algunos apartes de la sentencia de primera instancia, que  forma      una      unidad     ines­cindible   con   la   de   segundo   grado,  considera  que  puede  obser­varse  que  “en  verdad  no  fue  creída la versión del imputado, con lo cual no podrá decirse  que   fue  “ignorada”  por  los  falla­dores,  por  cuanto  el  Tribunal refuerza los argumentos y aclara  respecto  del  denominado  “dolo  de ímpetu” con el que, acorde con el fallo de  primer grado, actuó el procesado”.   

                Por  otra  parte,  expresa  que  el  primero  de los argumentos del libelista en  cuanto  a  la  pretendida  violación  al  art.21  del  C.P.,  “fue  ampliamente  respondido  en  el  fallo  de  segunda instancia en el primer acápite del mismo  denominado  por  el  Tribunal:  “CONDUCTA OBJETIVA y NEXO CAUSAL”, con análisis  que  no  es  dable en este momento discutir por cuanto el censor no presentó el  ataque  por  la  vía de la violación directa y el error que enuncia, propio de  la   violación  indirecta,  por  haber  omitido  el  Tribunal  el  análisis  o  apreciación  de  la  confesión -ya fue respondido- y no haber tenido en cuenta  que  la  lesión  no fue de carácter mortal y por lo tanto la muerte se produjo  por  causas  diferentes  a  la conducta del procesado (demora en el traslado del  herido  a  la  clínica,  inoportuna  asistencia médica, falta de sangre etc.),  para  lo  cual  estima el libelista debe analizarse en forma diferente a como lo  hizo  el  fallador  el  dictamen  médico  de  la  diligencia  de necropsia y su  ampliación  en audiencia pública, por el mismo médico que atendió a Ramos el  día   de   los   insucesos,   todo   lo   cual   se   quedó  sin  el  adecuado  desarrollo”.   

                Asevera  que  “El anterior error, que no aclara el libelista si es de hecho o de  derecho,  constituye  en  sentir de esta oficina uno de derecho por falso juicio  de  convicción por cuanto lo que no comparte el censor son las conclusiones del  Tribunal,  pues  el  dictamen en sí es susceptible de valoración por parte del  juzgador  conforme  a  las  reglas  de la sana crítica, así como el testimonio  rendido por el legista en la vista pública.   

                Concluye  que  en  todo caso, “sin un análisis profundo sobre el tema al que no  se  encuentra  obligada  la Corte por el principio de limitación, ha de decirse  que  si  hubiese  tenido  oportuna  y  efectiva atención médica el mortalmente  herido  Ramos,  la  única conclusión que puede elaborarse es que si la vida le  hubiese  sido  salvada, constituye ello “circunstancias ajenas a la voluntad del  autor”  que  llevarían  a  una  imputación  por  tentativa  de  homicidio como  ocurrió    en    el    ejemplo    traído    a    colación   por   el   propio  impugnante”.   

                Estima que el cargo falto de técnica no puede prosperar.   

                Segundo cargo.   

                Considera  el  Ministerio Público que, “Como los argumentos de esta censura son  los  mismos  ya  expuestos en el primer cargo, aunado al hecho ya evidenciado de  la  falta  de  técnica  en  la  presentación (aquí tampoco enuncia la vía de  violación  de  la ley sustancial, la clase de error que le endilga al fallador)  que  le  resta  claridad  y  precisión  a su ataque, no entrará la Delegada en  mayor  argumentación  por  cuanto  el mismo yerro de falso juicio de existencia  por  omisión  del  análisis  de  la  confesión  ya  que  fue  respondido  con  anterioridad,  en  cuanto a que no se ignoró el dicho del procesado en cuanto a  la  ausencia  de  intención  homicida  sino  que  los  falladores  le  restaron  credibilidad  en  el  examen  conjunto con los demás medios de convicción”. El  cargo no puede prosperar.   

         V. CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

                1.-  Teniendo  en  cuenta  el  principio  de  prioridad, se examinará en primer  término  el  reproche  referente  a  la nulidad, presentado como último por el  recurrente.   

                Tercer Cargo:   

                El  demandante acusa la sentencia por haber sido dictada en un juicio viciado de  nulidad por violación del derecho a la defensa.   

                Como  fundamento  del reproche plantea lo siguiente: a) no haberle sido asignado  al  procesado  al  momento  de  su  indagatoria  un  abogado  titulado, sino una  muchacha  que  ejerce  el  oficio  de  barrendera, sin que exista justificación  alguna  para  tal  irregularidad; b) como consecuencia de lo anterior se omitió  la  práctica  de  la  prueba  de  reconocimiento  médico legal, respecto de la  lesión  que  en  dicha diligencia afirmó haber sufrido el incriminado de manos  del  occiso,  lo  que  a  su  juicio  hubiere  permitido el reconocimiento de la  legítima defensa alegada por el mismo.   

                En   cuanto   a   lo   primero,   resulta   importante   hacer   las  siguientes  observaciones:   

                El  día  viernes  4  de  septiembre  de  1992  a  las  5:50  p.m.  fue puesto a  disposición  de  la  Fiscalía  JAIME  MAHECHA,  quien enterado de sus derechos  manifestó:  “Sobre  el  abogado  por  el  momento el Despacho me designe uno de  oficio, si es necesario, posteriormente designó uno”.   

                En  la misma fecha se abrió la instrucción y se ordenó oír en indagatoria al  acusado el día lunes 7 del mismo mes y año a las 9:00 a.m.   

                No  obstante  haber  manifestado días antes que designaría un abogado, llegado  el  momento  de  rendir indagatoria el sindicado expresó “que me nombren por el  momento  uno de oficio”, ante lo cual se le respondió: “A lo manifestado por el  indagar,  el  despacho  le  nombra  le  nombra únicamente para esta diligencia,  en   ausencia   de   abogado   titulado a LUZ DARY ZARATE V. …” (Subraya fuera del texto).   

                El  inciso  primero  del artículo 148 del Código de Procedimiento Penal, norma  que  en  ese  momento  estaba  vigente,  pues  su  inexequibilidad fue declarada  mediante  sentencia  C-049  de  febrero  8  de  1996,  preceptuaba  en el inciso  primero:  “Personas  habilitadas para la defensa del  imputado.  De  conformidad  con  lo  dispuesto en el  Decreto  196  de  1991,  el cargo de defensor para la  indagatoria  del  imputado,  cuando no hubiere abogado inscrito que lo asista en  ella,   podrá  ser  confiado  a  cualquier  ciudadano  honorable,  siempre que no sea servidor público”.   

                El  libelista  plantea  que  en  Honda  hay  más  de  diez  abogados  titulados  residentes  y  ejerciendo  la profesión, afirmación que no está acreditada en  el  proceso,  y  en  cambio  sí  obra  la  constancia  del Fiscal respecto a la  ausencia  de  abogado  titulado para asistir al acusado en la diligencia, razón  por  la  cual  hizo uso de la facultad que le confería la norma en comento, sin  que  sea  posible  inferir que tuviera la real posibilidad de nombrar un abogado  titulado, y que pese a ello se haya abstenido.   

                Así  las  cosas, la designación de la señorita Luz Dary Zárate V., ciudadana  honorable  cuya  profesión  no  se  precisa en el acta de la diligencia, en ese  momento  no  solo  no  constituía irregularidad alguna, sino que el funcionario  obró  asi en cumplimiento de la ley, de manera que su posterior declaración de  inconstitucionalidad  produce  efectos  hacia el futuro, y no puede pretenderse,  so  pretexto  de  esa  circunstancia  sobreviniente,  la  nulidad  de un proceso  ajustado a la legislación vigente.   

                Se  debe  destacar,  que  desde  el  día  siguiente a la injurada el acriminado  nombró  un  defensor  de confianza que lo asistió durante todo el sumario y el  juicio,  de  modo  que no hay duda de que su garantía de defensa fue ejercida a  plenitud.   

                 

                b)  En  lo  que  atañe  al  segundo  aspecto  -omisión  en  la  práctica  del  reconocimiento  de  medicina  legal-,  razón  le  asiste  a  la Delegada cuando  destaca  que  no  es violatorio del derecho a la defensa, previas las siguientes  precisiones:   

                Es  verdad  que el indagado en su injurada manifestó haber sido agredido por su  opositor  y  señaló  su  espalda como sitio en que recibió el supuesto golpe;  también  lo  es  que  no  se  dejó  constancia alguna de la descripción de la  referida  lesión. Sin embargo, es igualmente cierto que al día siguiente de la  mencionada  diligencia el procesado designó al ahora recurrente como su abogado  de  confianza,  quien  en esa fecha (septiembre 8/92), tomó posesión del cargo  ante  el  Fiscal Treinta y Ocho de Honda, luego desde dicho momento no solamente  estaba  en  libertad  de  solicitar  la  experticia médica, sino que además se  encontraba  en  oportunidad de hacerlo, pues las huellas de la presunta lesión,  en  el  evento  de  haber  existido,  aún  no habían podido desaparecer por el  transcurso  del  tiempo.  El  hecho  de  no solicitar la prueba echada de menos,  permite  pensar  que ninguna huella de lesión podía detectarse porque la misma  no  existió,  máxime cuando los testigos presenciales desvirtúan el dicho del  procesado.   

                Sabido  es  que  cuando  se  alega nulidad por no haberse practicado una prueba,  obligado  está el actor a demostrar que ese medio de convicción cuya práctica  se  omitió,  de obrar en el proceso habría cambiado el sentido del fallo. Esta  exigencia     no    fue    cumplida    por    el    aquí    casacio­nis­ta, pues se limita a decir que no se  dejó    constancia    en   la   di­­ligencia  de  indagatoria  sobre  la  señal  de  violencia, ni se  practicó  el  dictamen  médico-legista  para  determinar  la  inca­pacidad  y  el  arma  empleada  para  causar   la   lesión,   por   lo   que   se   causó   un  grave  perjuicio  al  procesado.   

                Como  puede  verse,  el  censor  extrae  de  esas  pruebas que echa de menos una  apreciación  personalísima  e  insular, desconectada del acervo probatorio que  se   tuvo   en   cuenta   para   no   reconocer   la  causal  de  justificación  alegada.   

                El Tribunal para no reconocer dicha eximente expresó:   

         “…si   algo   quedó   bien   nítido  en  la  retina  y  en  la  con­ciencia   de  los  testigos,  así  como  en el diligencia­mien­to,  fue  la  ninguna  necesidad  que  tuvo  el  procesado  de  herir  de muerte a su  contrincante, dado que nada serio ni grave lo obligaba a ello.   

         Se    estableció   en   efecto,   por   la   totalidad   de   los  decla­rantes  que  la  agresión     se     gestó     en     virtud     de     las    pala­bras  y  frases  socarronas  que  le  profirió     sin     tener     moti­vo   válido   para   ello,   salvo   el   de  hacerlo  objeto  de  bur­las,  frente  a los  concurrentes  al  juego,  el  posterior­mente occiso Orlando Ramos Triana”.   

                Volviendo sobre este tema en el mismo fallo se dijo:   

         “Mahecha  está  pelao  ‘…vaya  tómese  la sopa…’, fueron las  palabras   y   el   anímico   detonante   que   enmarcó   la   tra­ge­dia,  porque  inmediatamente a ellas  el         procesado         em­pren­­dió  su acción, ya que cogiendo un envase que estaba en una mesa  lo  “despicó”, desafió a su eventual rival y sin mediar nada más se abalanzó  sobre     él,    con    tanta    ra­pi­dez  y  destreza    que    su    desafiado    contendor    no    tuvo   tiem­po de defenderse, pues los esfuerzos  que  hizo  para  ello,  tratando  de  tomar también alguna botella o su caja de  embolar,  fueron  vanos  e  inútiles,  ante la sorpresiva arremetida de que fue  víctima  por  parte  de  Mahecha  Olar­te”.   

                Posteriormente agregó el fallador:   

         “Ese  inicial  ‘ofensor’,  si  así,  por  lo  dicho  habremos  de  llamarlo,  en  ningún  momento  retó, ni esa fue su intención, ni se preparó  para  el  combate,  porque  el  despojo de su camisa lo hizo una vez recibió el  llamado  a  somatén  y  vió  a  su  enfrentado  sin  ella,  que  al tiempo que  respondía  y  vociferaba  con  un repertorio cargado de improperios alistaba el  arma,  lo  cual  hace  que  la  presunta  y  alegada  legítima defensa, decline  ostensiblemente  por  su  base,  pues  ninguno  de  los  elementos  normativos y  doctrinales,  referentes  a  la  existencia  de  una  agresión actual e injusta  contra  la  vida,  proporcionada  la  repulsa a ella, no se dan ni se reúnen en  este caso”.   

               Definitivamente  no  fue  la  falta  de  prueba lo que llevó a los falladores a  negar  la  presunta  agresión física esgrimida por el procesado, sino el hecho  de   que   ésta   fue   desvirtuada  con  las  declaraciones  de  los  testigos  presenciales,  de las cuales se desprende que se trató exclusivamente de burlas  y  ofensas  verbales,  y que quien realmente fue agredido gravemente fue Orlando  Ramos  Triana  sin  poder defenderse por la rapidez con que el procesado rompió  la botella y procedió a lesionarlo.   

                Razón  le  asiste  a la Delegada cuando dice que en el evento de que se hubiera  practicado  el  examen,  asi  el  resultado  acreditara alguna lesión, difícil  resultaría  desvirtuar  las  declaraciones  de los testigos presenciales que en  ningún  momento  observaron  agresión  alguna por parte de Ramos, quien por el  contrario   trató   de   evitar   el   ataque   de   que   fue   víctima   sin  lograrlo.   

                En tales condiciones el cargo no puede prosperar.   

                Primer cargo.   

                a)  La  simple  lectura de la sustentación pone en evidencia que dentro de este  reproche  el  censor  mezcla  dos  temas  totalmente ajenos, pues para tratar de  demostrar  que  no  existió  relación  de  causalidad  entre  la  lesión y la  muerte,   alega  que  su  cliente  no  actuó  con  la intención de matar,  desconociendo  que  el  nexo causal es un aspecto objetivo, mientras que el dolo  es subjetivo.   

                Siendo  el  propósito  controvertir la relación de causalidad, lo correcto era  centrarse  en  la  demostración  de un error trascendente en la apreciación de  las  pruebas  que  sirvieron  de  sustento  a  la conclusión de que la conducta  observada  por  su defendido fue la generadora de la muerte de RAMOS TRIANA, sin  introducir  argumentos  que  no  solo  no  ayudan  a  ese  fin, sino que generan  confusión sobre la verdadera inconformidad del impugnante.    

                 

                b)  otra  falla  en  que incurre el demandante es creer que la sustentación del  recurso  de  casación  consiste  en  repetir  los  alegatos  presentados en las  instancias,   cuestionando  las  consideraciones  del  Tribunal  con  la  simple  afirmación   de   que   incurrió  en  “ERROR”,  sin  demostración  alguna,  y  limitándose   a   oponer  sus  tesis  a  las  del  fallador  con  apreciaciones  subjetivas,  pasando  por  alto  que  la  sentencia  de  segunda instancia está  amparada por la doble presunción de acierto y legalidad.   

                El  recurso  de  casación  solo  puede  prosperar  si  se demuestran errores in  iudicando   o  in  procedendo  trascen­den­tes,  esto  es,  que quiebren la legalidad del fallo, de modo que no tiene sentido que  en  el  libelo se incluyan  especu­la­cio­­nes  disfrazadas  con el nombre de errores, tales como decir que no es común que las  personas  se  nieguen  a  prestar  ayuda  a  un herido, o que no es de frecuente  ocurrencia  que  con  el  pico  de  una  botella se ocasione la muerte, o que el  homicida  no conocía que la lesión proferida con un pico de botella era eficaz  para    matar,   o   que   debido   a   su   bajo   grado   de   ins­truc­ción  no  sabe distinguir entre una  arteria  y  una  vena  y  mucho menos en donde está ubicada la vena subclavia y  qué                impor­tan­cia  tiene para la vida de una persona.   

                Lo  probado  en  el proceso es que el acusado le causó a la víctima una herida  de  carácter  mortal,  la   exper­ticia  médica  es muy clara al decir que la muerte se produjo por  anemia   aguda,   shock   hipovolemico   que   se   tornó   irrever­si­ble por sección completa de la vena  subclavia,  de  manera  que  es  absurdo  pretender  deconocer  esa  prueba  con  aseveraciones  tan  poco  serias,  como  aspirar  a  que  alguien le crea que su  cliente  es  de tal modo ignorante que no sabe que pasarle con fuerza un pico de  botella     por     el    cuello    a    una    persona    le    pue­de  causar la muerte, o que para ser  responsable  de  homicidio  se  necesita  que  el  sujeto  activo sea experto en  anatomía.   

                 

                De  otro  lado,  es indicado puntualizar -como lo observa la Delegada- que en la  hipótesis    de    que   el   mortal­men­te  herido  hubiese  tenido  oportuna  y  efectiva  atención  médica  y la vida le  hubiese   sido   salvada,   ello   habría   constituido   “cir­cunstancias ajenas a la voluntad del  autor”,  que  lleva­rían  a  una  imputación  por  tentativa  de  homicidio  como  ocurrió en el ejemplo  traído a colación por el impugnante.   

                c)  Un  yerro de apreciación probatoria que el recurrente atribuye al Tribunal,  y  en  el  cual  centra  buena  parte de su alegación, lo radica en que la  indagatoria  de  su  defendido  fue  ignorada  en cuanto a la afirmación de que  nunca  pensó  en  matar al occiso, con lo que parece ser que lo que denuncia es  un error de hecho por falso juicio de existencia.   

                Sin     embargo,     no     es     cierto     que     los     senten­cia­dores  ignoraron  la  indagatoria de  MAHECHA  OLARTE,  pues  en  la sentencia de primera instancia que en el caso que  nos  ocupa  forma  una  unidad  inescindible  con  la  de segundo grado, se hace  alusión   expresa   a   la   injurada  y  su  contenido,  y  se  re­futan los argumentos allí esbozados  por     el    indagado    para    ne­garles  credibilidad  frente  al análisis de los demás medios de  convicción.   

                Lo  que  realmente  ocurrió  fue que la versión del imputado no fue creída, y  razón  le  asiste  al  Procurador  cuando destaca que no podrá decirse que fue  ignorada  por  los  falladores, máxime cuando el Tribunal refuerza y aclara los  argumentos  respecto  del  denominado  “dolo  de ímpetu”, con que acorde con el  fallo de primer grado, actuó el procesado.   

                El  desconocimiento  de la técnica casacional, reduciendo la sustentación a un  simple  alegato  de  instancia, en el que pretende la prevalencia de su criterio  sobre  lo  expuesto  por el Tribunal, conduce a la desestimación de la censura.   

                Segundo Cargo:   

                Consiste  en  la  afirmación de que en el expediente no obra prueba que lleve a  la  certeza  del  dolo en la actuación del procesado, sin precisar ninguna vía  para  desarrollar  su  reparo, ni tampoco que clase de error es el que le imputa  al sentenciador.   

                Asi  las cosas, salvo insistir nuevamente en que la confesión no fue apreciada,  aseveración  que  como  se vió en el punto anterior no es cierta, lo demás es  una  simple  manifestación de inconformidad porque el juzgador no dio a algunas  pruebas  el  alcance  y  valor  que  en  su  concepto  ha  debido  dárseles. La  repetición  de  los desaciertos del primer cargo es de tal forma idéntica, que  el  Procurador en su concepto expresa que no es necesario agregar nada más a lo  dicho.   

                Para ilustrar lo expuesto se trae como ejemplo lo que sigue:   

                El  censor  aduce  que  la  ubicación  de  la lesión, “no es como lo dicen los  Honorables  Magistrados  la  del  sitio  vulnerable donde se encuentra corazón,  arterias  y  venas porque nos basta leer la diligencia de autopsia, en la que se  comprueba  que  se  causó en un hombro en la clavícula, distante de pulmones y  corazón,  luego  no  se  puede  tener  esta  situación  como indicadora que el  sindicado  preveía  la  consecuencia  letal  y  mucho  menos que hubiese obrado  queriendo que se cumpliera esta posibilidad”.   

                En  la  diligencia  de  necropsia,  respecto  de  la ubicación de la lesión se  lee:   

         “Herida  infraclavicular  sección completa de la vena subclavia a  3  cms.  de  bifurcación  con  vena  yugular   interna …No compromiso de  lóbulos pulmonares… Corazón: sin alteración”..   

                El  Tribunal  consideró  que  no  puede  demeritarse  la intención del agresor  “máxime  cuando  este  dirige  el  golpe  no  a  un  sitio  cualquiera  de poca  vulnerabilidad,  sino  aquél  donde  se  alojan  arterias,  venas,  pulmones  y  corazón”.   

                Sin   entrar   en  profundas  reflexiones,  es  evidente  que  vana  resulta  la  pretensión   del   recurrente   al   intentar  refutar  la  consideración  del  sentenciador,  pues lo cierto es que la acción del procesado si fué dirigida a  un  centro  vital  donde  se  encuentran  alojadas  venas y arterias conforme se  desprende  del  dictamen del legista, tanto es así, que su trayectoria alcanzó  la  “sección  completa  de  la  vena  subclavia”  lo cual originó el resultado  conocido.   

                Según  el  censor,   el instrumento utilizado en la contienda por el autor  del  delito  no  tiene la capacidad de producir la muerte, porque la mayoría de  los  casos  en que se causa una lesión con una botella no terminan en muerte, y  con  este  argumento pretende imponer su criterio al del fallador, ignorando las  razones  lógicas  atendibles  y ceñidas al caso concreto que fueron tenidas en  cuenta  para decir que tal instrumento no es de poca monta, cuando “las afiladas  aristas  de  distinto  tamaño  bordes  y  punticidad que caprichosamente pueden  conformar  la  violenta  ruptura de una botella, para ser utilizada en una riña  en  la  que  de  contera  el  contrincante se despoja hasta de su propia camisa,  quedando     así    al    descubier­to  y  más  expuesto  su cuerpo a las desgarradoras y penetrantes  heridas que esas irregulares formas pueden ocasionar”.   

                Es    cierto    que    el    procesado    no    repitió    el   gol­pe,  no  abandonó  el  lugar de los  hechos   y   se   entregó  a  la  jus­ticia,  pero esos hechos fueron analizados en forma lógica por el  Tribunal   y   acertadamente   no   le   dieron   el   alcance   pre­ten­di­do  por  el  defensor, luego ningún  error cometió en su apreciación.   

                Como  tantas  veces  se ha dicho, si la conclusión del fallador no coincide con  el  pensamiento  del   defensor,  no por ello existe un error demandable en  casación,  de  manera  que cuando no se atiende esta regla la sustentación del  recurso  termina siendo una repitición de lo ya alegado en las instancias, como  es justamente lo que se ve en este caso.   

                El cargo no prospera.   

                En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Corte Suprema de Justicia -Sala de Casación  Penal-,  administrando justicia en nombre de la República y por autoridad de la  Ley,   

                              R E S U E L V E   

                                  NO   CASAR   la   sentencia  recurrida.   

                                  Cópiese,   devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL            RICARDO  CALVETE RANGEL   

JORGE   E.   CORDOBA   POVEDA                           CARLOS   AUGUSTO   GALVEZ  ARGOTE                                     

CARLOS   E.   MEJIA   ESCOBAR                      DIDIMO PAEZ VELANDIA                        

NILSON    PINILLA   PINILLA                           JUAN    MANUEL    TORRES  FRESNEDA                       

                                       PATRICIA     SALAZAR  CUELLAR   

                                         Secretaria   

     

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