9090 (08-06-95)

1995

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No.9090  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.78   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa Fe de Bogotá, D. C., ocho de junio de  mil novecientos noventa y cinco.   

                      Conoce la  Sala  del recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  18  de  agosto  de  1993, por medio de la cual el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Villavicencio  condenó a HECTOR ENRIQUE  ORJUELA  MONTAÑA  a la pena principal de 38 meses de  prisión,  al  declararlo  responsable,  en  armonía  con la acusación, de los  delitos de homicidio y lesiones personales culposos.   

                                             Antecedentes.-   

                    1.- Héctor  Enrique  Orjuela  Montaña,  economista  y  corredor  de  automotores,  el 29 de  diciembre  de  1988,  alrededor  de  las 8:30 de la noche, salió de Santa Fe de  Bogotá  con  destino  a  la  ciudad  de Villavicencio conduciendo su automóvil  Volkswagen,  color  rojo,  de placas GD-4813. Iba acompañado de Ligia Meléndez  Viloria,  amiga  suya,  y se proponía visitar a su novia María Sofía Obregón  Báez.  Durante el trayecto, se refiere en el proceso, casi se sale dos veces de  la vía.   

                      Su novia  María  Sofía  y  sus hermanos Julián y Juán David, entre tanto, esperaban su  llegada  en  la  casa;  como  esto  no  ocurriera,  salieron  para  la discoteca  “Apocalipsis”,  en  el  centro  de  Villavicencio, dejándole a Orjuela Montaña  razón   en   ese   sentido  en  el  Hotel  del  Llano,  a  donde  éste  llegó  aproximadamente  a  las 11:30 de la noche. De ahí partió para la discoteca, de  la  cual  salió  inmediatamente  con  Maria  Sofía,  quien  al rato regresó y  llorando contó que había tenido un disgusto con su novio.   

                          Poco  después  Orjuela Montaña la mandó llamar con el portero de la discoteca y por  un    rato    se    estuvieron    en    el    carro    enfrente    del    citado  establecimiento.   

                     A las 3:30  de  la  madrugada  todos, Orjuela Montaña, María Sofía y los hermanos de esta  última,  resolvieron dirigirse al sitio “Luna Roja” para presenciar un amanecer  llanero.  Así, marcharon con dicha dirección -Municipio de Puerto López- en 3  vehículos: el ya mencionado Volkswagen, un Renault 4 y un campero.   

                      Dice  el  proceso  que  durante  el  viaje,  Montaña Orjuela ingería Whisky, conducía a  excesiva  velocidad  y  jugaba  a  las  “escondidas” con los otros dos referidos  automóviles.   Una  vez  en el estadero “Luna Roja” de propiedad de Olmedo  De  La  Pava  Restrepo, sitio en el cual se tomaron algunas cervezas y bailaron,  en  vista  de  que “amaneció y no salió el sol”, sostiene Juán David Obregón  Báez  (fls.51-1),  optaron  por  regresar  a Villavicencio tomando la delantera  Orjuela  Montaña,  quien,  se  calcula,  conducía  en ese instante a velocidad  superior a los 150 kilómetros por hora.   

                   Como a las 6  de  la mañana, cuando el Volkswagen se aproximaba al puente sobre el rio Negro,  comprensión  de  la  Inspección  de  Policía  “La  Balsa”,  jurisdicción del  Municipio  de  Puerto  López,  en  cuyo  lugar  existen  señales  de tránsito  indicativas  de  la  presencia de curvas angostas en la vía, y que la velocidad  máxima  no  puede  exceder  de  30  kilómetros,  Orjuela  Montaña,  desoyendo  enteramente  estas  prevenciones perdió el control del vehículo estrellándose  contra  unas  canecas de concreto -o “barandal”- que se encontraban en el umbral  del  referido  puente.  A  causa  de este primer impacto, Julián Obregón Báez  salió  por  el  vidrio  delantero  del  automóvil,  a  consecuencia de lo cual  falleció instantáneamente. El vehículo cruzó por los aires   

el  puente  para  ir a caer al otro lado del  rio.  Este  segundo  golpe  causó  la muerte a María Sofía y dejó gravemente  lesionados  a Juán David (con 10 semanas de incapacidad) y al conductor Orjuela  Montaña.    

                                                             

                       2.-  El  Juzgado  Quinto  de  Instrucción  Criminal  de Villavicencio una vez abierta la  correspondiente   investigación,   escuchó  en  declaración  a  Miguel  Angel  Obregón  Báez,  el  otro  hermano  de  las  víctimas,  quien dijo que Orjuela  Montaña  -piloto  de  carreras en autódromo- hacía tres meses era novio de su  hermana  María  Sofía. Refiere asimismo que “es un loco para manejar” y que el  velocímetro  del  Volkswagen,  después  de  los  hechos,  quedó  marcando 160  kilómetros por hora (fls.19 y ss).   

                       -El  ya  citado  Olmedo  De  La  Pava  Restrepo  (fls.26 y ss-1) declaró que el grupo de  personas  llegó  a  su  estadero  “como  si  estuvieran  amanecidos”  (fls.26);  pidieron  20  cervezas  y  aproximadamente  a  las  5:30  a.m.  “salieron  a una  velocidad   espantosa  en  los  carros”.  Agrega  que  “todos  estaban  tomados”  (fls.27).   

                    -El médico  Jorge  Ernesto López Fernández del hospital San Rafael de Santa Fe de Bogotá,  dijo  que Orjuela Montaña, amigo suyo desde hacía algún tiempo, fue traído a  dicho  centro  alrededor de las 9:30 de la noche del dia del accidente (fls.28 y  ss).   

                     -El perito  respectivo  dictaminó  que  el  nombrado  automóvil  es  “de  pista”  y podía  desarrollar hasta 200 kilómetros por hora (fls.42-1).   

                    -Juan David  Obregón  Báez,  al narrar los  hechos en cuestión, expresó: “Héctor el  chofer  venía  tomando  Whisky en una Whiskera y nosotros tomando un poquito de  aguardiente  que  nos había quedado. Adelante de nosostros iba el Renault 4, se  puede  decir  que  íbamos  jugando  a  escondidas  con  el carro, o sea que los  pasabamos  y  más  adelante  nos  escondíamos y luego volvíamos a pasarlos…  Llegamos  al  alto  Menegua…  prendimos música, fuimos y despertamos al de la  tienda…  Héctor  seguía  con  su  cocita  (sic) de Whisky, o su Whiskera. En  vista  de  que  amaneció  y  no  hubo sol, nos vinimos… Héctor andaba muy de  prisa  y como era ya tarde, yo me recosté en el carro, no me quedé dormido, me  dormía  y  me despertaba, yo venía con los ojos cerrados y me desperté cuando  chocamos  contra la caneca y ahí perdí el conocimiento, no me acuerdo de más.  Cuando  yo  desperté,  estaba  parado  al lado del carro gritandole a los otros  amigos,  pidiendo  ayuda”  (fls.51).  Al  ser  preguntado  acerca  de si Orjuela  Montaña  conducía en estado de embriaguez, respondió: “Yo no diría estado de  embriaguez,  estaba  tomado,  pero  no borracho” (fls.52). Calcula que cuando el  accidente  ocurrió  el vehículo marchaba aproximadamente a 150 kilómetros por  hora  y  obedeció  al exceso de velocidad (fls.52). Cuenta que por información  de  una  tía suya supo que el procesado, anteriormente, sufrió un accidente en  el  Ecuador,  donde perdieron la vida tres personas y agrega que la noche de los  hechos  el citado Orjuela Montaña había tenido otro percance cuando viajaba de  Santa     Fe     de     Bogotá    a    Villavicencio,    afortunadamente    sin  consecuencias.   

                    -Claudia  Patricia   Salazar  Herrera,  pasajera  del  aludido  Renault  4,  declaró  que  ciertamente  Orjuela  Montaña  conducía  “jugando a las escondidas” y no quiso  obedecer  cuando  se  le dijo que no lo hiciera tan rápido (fls.65 y ss-1). “Lo  vi  tomado  pero  estaba  bien”,  señala,  y según le contaron, en el viaje de  Santa  Fe  de  Bogotá a Villavicencio había tratado de salirse de la carretera  en  dos  oportunidades  (fls.65).  Atribuye  el  hecho  “a exceso de velocidad e  irresponsabilidad   del   conductor   Héctor  Orjuela,  porque  iba  embriagado  conduciendo”  (fls.66).  Dice,  luego,  que cuando salieron de la discoteca para  Puerto  López,  junto  a  una bomba de gasolina, el carro conducido por Orjuela  Montaña  “hizo  un  trompo  y  nosotros  cuando estábamos allá en el alto, le  dijimos  qué  susto  y  Bernardo  le dijo que si él hubiera hecho eso con él,  inmediatamente se hubiera bajado” (fls.66).   

                    -Beatriz  Helena  Camacho  Rueda,  amiga  que salió con los Obregón Báez a la discoteca  “Apocalipsis”,  dice  que el imputado portaba “un termo para depositar Whisky” y  que  “parecía  que no estaba ebrio” (fls.69-1), pero manejando “se escondía” y  lo hacía a extrema velocidad.   

                     -Según  copia  de  la  historia  clínica  correspondiente, el imputado Orjuela Montaña  ingresó  al  Hospital  San  Rafael  de  Bogotá  a  las  9:30  del citado 30 de  diciembre de 1988 (fls.87-1).   

                        -En  indagatoria  rendida  el  10  de  marzo  de  1989,  el imputado Orjuela Montaña  afirmó  no haber ingerido sino un trago de Whisky y unas cervezas, así como no  haber  manejado  a  velocidad  excesiva.  Sobre  el  momento mismo del accidente  explicó:  “…el  trayecto  hasta el puente de la Balsa es completamente recto,  recuerdo  hasta  cuando  me estoy aproximando al puente, disminui velocidad para  entrar  por  las  señalizaciones y hasta ahí recuerdo, pienso que debió haber  sucedido  algo anormal para haber perdido la trayectoria de entrada al puente ya  que  viendo las fotos era demasiado brusco el cambio de trayectoria con respecto  al puente” (fls.121 y ss-1).   

                        -Se  decidió  la  detención  preventiva  del sindicado por los delitos de homicidio  (doble)   y   lesiones   personales,   todos  a  título  de  culpa  (fls.142  y  ss).   

                    -Alberto  Menéndez  Barreto, facultativo que inicialmente atendió el caso en el Hospital  Regional  de  Puerto  López,  ratificando  el  informe  que  obra  a folio 8-1,  declaró   que   Orjuela   Montaña  “presentaba  tufo  alcohólico”  y  que  en  Villavicencio   no   existen   equipos  para  practicar  prueba  de  alcoholemia  (fls.229-1).   

                   -A folios  249  y  siguientes  del cuaderno 1, resposa copia de la historia remitida por la  clínica   La   Gramma   de   Villavicencio,  la  cual  no  arroja  datos  sobre  embriaguez.   

                        -La  inicialmente  nombrada Ligia Meléndez Viloria,  quien acompañó a Orjuela  Montaña  de  Bogotá  a  Villavicencio,  declaró  (fls.253 y ss-1) que en este  trayecto  el  sindicado perdió dos veces “el rumbo correcto”, pero advierte que  en  el  camino  no  tomaron  y  no  sabe si Orjuela Montaña llevaba licor en el  carro.  Dijo  igualmente que el velocímetro del vehículo marcaba hacia el lado  derecho  170  o  180,  y  como  advirtiera  que  no cambiaba esta indicación le  preguntó  a  Orjuela  Montaña,  quien  respondió  que  se  encontraba dañado  (fls.254).   

                    -En  inspección  judicial practicada en el sitio de los hechos, los testigos Vicente  Jairo  Garzón  Prieto  y  Luis  Eduardo Suárez Jiménez dijeron haber oído un  “totazo”  que,  suponen,  obedeció  al  estallido  de  una  de  las llantas del  vehículo  conducido  por  Orjuela Montaña. En esta oportunidad se constató la  existencia  de señales de tránsito que advierten las dificultades de la vía y  recomiendan  una  velocidad  máxima  de  30  kilómetros  por  hora  (fls.256 y  ss).   

                       -Los  hermanos  Luis  Eduardo  y  Alfonso  Guzmán  Silva,  pescadores  de la región,  declararon  (fls.280  y  ss-1), el primero, que vio cuando una de las llantas se  estalló  y el vehículo que iba a alta velocidad se estrellaba. El segundo, que  escuchó un ruido, y además que el carro iba “arriado” (fls.282).   

                    -Ernesto  Antonio  Cardona  Casares,  mecánico y conductor de una buseta, dice que venía  de  Puerto  López  cuando  vio un automotor a gran velocidad (calcula que a 150  kl/h),  por  lo  que  le predijo a uno de los pasajeros la muerte del conductor.  Agrega  que después el automóvil se estrelló contra las canecas “y fue a caer  al  otro  lado  del río”, sacando entonces el extinguidor para ayudar. Sostiene  que  al  acercarse  vió  a la dama -María Sofía- muerta y que cuando intentó  ayudar al acusado le sintió “tufo del trago” (fls.300).   

                        3.-  Cerrada  la  investigación, se la calificó con reapertura de la misma (fls.300  y    333-1),    considerándose   que   faltaba   la   prueba   técnica   sobre  emgriaguez.   

                  -El agente  de  la  Policía  Nacional  José  Nelson  Rojas  dijo  que antes de las 7 de la  mañana  vio  pasar  por  el  CAI un carro rojo a 100 o 120 kilómetros por hora  (fls.341-344).   

                        -En  inspección  judicial  practicada  en el automtor referido, el perito dictaminó  que  las llantas estaban desinfladas pero que no presentaban estallido, que eran  tubulares  (sin  neumático)  y el ruido que se dice fue escuchado pudo causarlo  la salida de una coraza o que un rin se partió (fls.345).   

                        -En  inspección  judicial  llevada a cabo en el parqueadero “Servigrúas” (fls.359 y  ss-1),  José  Antonio Martínez manifestó que dos de las llantas del vehículo  (desinfladas)  le  fueron retiradas al mismo y llevadas allí como garantía del  pago del servicio de grúa.   

                     -Edgar  Andrés  Martínez  Rocha  y  su hermano Germán Alberto, sostuvieron (fls.371 y  ss)  que  todas  las  llantas  las  tenía  el carro Volkswagen y no presentaban  estallido.  “Eso  fue  una  locura del hombre”, dijo el primero refiriéndose al  acusado.   

                  Clausurada  de  nuevo  la  investigación, se la calificó el 26 de abril de 1990 (fls.402 y  ss-1)  con  resolución  acusatoria  por  los  delitos  de  homicidio  (doble) y  lesiones  personales,  de  conformidad  con los artículos 329 y 340 del Código  Penal.  Se  atribuyó  la  delincuencia  a  la excesiva velocidad que llevaba el  vehículo  conducido  por  Orjuela  Montaña y se dedujo también que “no quedó  claro”  si  aquél  estaba  embriagado,  motivo  por  el  cual  no  se cargó la  respectiva agravante que trae el artículo 330-1 del Código Penal.   

                         El  Personero  Municipal apeló ese proveído protestando contra la no inclusión de  la  citada agravante, y el Tribunal, mediante auto de 16 de mayo de 1991 (fls.18  y   ss-4),  lo  adicionó  en  el  sentido  reclamado,  y  revocó  la  libertad  provisional que se había concedido.   

                    4.-  El  Juzgado Primero Superior de Villavicencio asumió la causa pero la audiencia  la  celebró  el Juzgado Promiscuo del Circuito de Puerto López (vigencia nuevo  C.  de  P. P.), y luego, el 12 de febrero de 1991, dictó sentencia, mediante la  cual,  en  armonía  con  la  acusación,  condenó a Orjuela Montaña a la pena  principal  de  28  meses de prisión y multa de $10.000.oo y a las siguientes de  carácter  accesorio: “1) Interdicción de derechos y funciones públicas por un  tiempo  igual  al de la pena principal; 2) Prohibición para manejar automotores  por  el  término  de  cinco  (5)  años; y, 3) Prohibición de consumir bebidas  alcohólicas,  por  el  término de tres (3) años”. Se le condenó, además, al  pago  en  concreto  de  los  perjuicios  causados  y se le otorgó la condena de  ejecución   condicional   (fls.33   a   57   del   cuaderno   2).                          

                    

                         A  instancia  del  apoderado  de la parte civil, quien hizo ver que había un error  aritmético  en  la  mencionada  graducación punitiva, el Juzgado, por medio de  auto  de  22  de  febrero  de 1993, lo corrigió y condenó finalmente a Orjuela  Montaña  a  38 meses de prisión, negándole, porque la duración de la pena no  lo permitía, el referido subrogado penal (fls.63 y ss-2).   

                  Apeló del  fallo  el  defensor  del  procesado,  y  el Tribunal, por medio de sentencia que  aquél  recurrió en casación, lo confirmó, con la única modificación de que  la  indemnización  por  los  dos  homicidios  se  debía  pagar al padre de las  víctimas  y  no  a  sus  “causahabientes”,  como lo había determinado el a quo  (fls.5 y ss-3).   

                         

                         La  demanda.-   

                        Con  fundamento  en  el  cuerpo  segundo de la causal primera de casación (art.220.1  del  C.  de  P.  P.),  el actor hace un cargo único a la sentencia, que enuncia  así:   

                        “El  juzgador  al  apreciar  las  pruebas,  le  ofrece  a  algunas  de ellas, y en su  conjunto  a  todas,  un  sentido  que  no  corresponde  a su contenido fáctico,  excediendo  la  capacidad  de  demostración que la prueba apunta, de tal manera  que  al realizar el falso juicio de identidad, otorga un sentido a la prueba que  no  corresponde  a  su  contenido  fáctico  y  al  hacerlo  produce  una verdad  procesal,  en  su decisión, diverso del contenido de la misma. Por su parte, al  apreciar,  al  ofrecer  el  juicio  correctamente,  y  apreciar  las  pruebas en  conjunto,  la  verdad procesal ofrecería diverso contenido (así la decisión),  en lo relacionado con la embriaguez” (fls.27-3).   

                    Después  de   transcribir  las  normas  legales  que  consagran  la  libertad  probatoria  (art.253)     y     las    reglas    para    su    valoración,    expresa    el  casacionista:   

                        “De  haberse  apreciado,  como  lo  ordena la normatividad, en conjunto las pruebas y  bajo  el  criterio  de la sana crítica, se hubiese impuesto la inexistencia del  agravante,  reforzaríase  la  presunción de inocencia respecto del mismo, como  lo  reconoció  en  su  momento el juzgador de primera instancia (en el auto que  resolvió  situación  jurídica,  en  la  determinación  de  reapertura  de la  investigación e incluso en el segundo calificatorio).   

                   “En suma,  al  haber realizado tal apreciación (interpretación falsa, error manifiesto de  hecho,  falso  juicio  de  identidad)  llegó,  como  en  efecto  llegó,  a una  conclusión  diversa  a  la  que  corresponde,  la  cual era la de abstenerse de  referir  en  la  condena  la  agravante por embriaguez y ofrecer, como en efecto  debió  ofrecer,  la  posibilidad  de  otogar  el  derecho a la libertad de suyo  negado  por  el error en comentario, fundamento de la causal que hoy se esgrime”  (fls.28).   

                    Rememora  algunas  reflexiones  teóricas  en  torno  a  la  embriaguez en los punibles de  homicidio  y  lesiones  culposos,  para  señalar  que “Importa destacar que, el  agravante  no es pues una circunstancia que se atribuya de manera ‘automática’,  por  el  contrario,  se  requiere  de una especial connotación, de una especial  relación  entre  el resultado, la forma de culpabilidad y la alteración que en  campo   síquico  o  físico,  producen  en  las  personas,  sujeto  activo  del  comportamiento”  (fls.30).  Agrega  a continuación y con apoyo en un tratadista  nacional,  que  “el  aumento  en  la  punibilidad  no  se  encuentra  en la mera  ingestión  de la sustancia, sino en la violación al deber objetivo de cuidado.  Con  lo  que  nos  encontramos  de acuerdo, pues la mera ingestión de la bebida  embriagante,  por sí no genera el agravante, sino los efectos de la misma en la  persona,  lo  que  incumbe probarlo con especiales medios, como lo sostendremos,  en  apoyo de la doctrina y de la ley”; trae, al efecto, las citas respectivas, e  insiste   en  que  es  imprescindible  determinar  el  “influjo”  de  la  bebida  embriagante  en  el  resultado  finalmente  reprochado  (fls.33),  para  lo cual  también  trae  a  colación  los  artículos  397.7  y  417.3  del  Código  de  Procedimiento Penal, que hacen referencia a la embriaguez aguda.   

                    

                  Manifiesta  que   el  referido  “influjo”  de  la  ingestión  de  licor,  tiene  que  estar  debidamente  demostrado  en  el  proceso  y debe ser “apreciado por el juzgador,  dentro   de   la   realidad  contenida  en  el  medio  probatorio;  excederse  a  distorsionar  su  contenido,  es  un  error  manifesto de hecho, falso juicio de  identidad,   contenido  de  la  causal  de  casación  que  hoy  proponemos.  La  adecuación  entre  el medio probatorio, su contenido y la agravante, impiden su  aplicación,  ya  que  en verdad, en nuestro evento la agravante es inexistente;  si  se  hubiese  apreciado  en  debida  forma  la  prueba  y bajo el contexto de  necesidad   acumulativa   de  realidad  técnica,  como  son  los  médicos  que  atendieron  al  accidentado,  hoy  condenado, se habría excluído el agravante,  con  las consecuencias de índole sustancial referidas en el planteamiento de la  causal que nos encontramos desarrollando” (fls.34).   

                    Menciona  el  casacionista  las  pruebas  que  existen sobre la embriaguez del procesado o  grado  de  alcohol  ingerido  por éste y las diversas consideraciones que sobre  tal  aspecto  hicieron  el  sentenciador  y  los  diferentes funcionarios que en  distintas  etapas  procesales  han  conocido  del expediente (fls.35 y ss), para  concluir  afirmando:  “Por  el  exceso  y  distorsión  en la apreciación de la  prueba,  se  califica  y  acepta  la  existencia  del  agravante contenido en el  artículo   330-1   del   Código   Penal;   aumento   punitivo  que  impide  el  reconocimiento  del  requisito  cuantitativo  para el otorgamiento del subrogado  penal,  excluyéndose  por tal medio la libertad” (fls.39). Agrega más adelante  que  el  fallador “al apreciar la prueba, confunde las expresiones “tufo”, “iban  tomando”,  “estaban embriagados”, “olía a alcohol”, “salía el tufo del trago”,  con  la  fórmula  jurídica de embriaguez, que no es otra que: encontrarse bajo  el influjo de bebida embriagante” (fls.40).   

                  Indica que  el  médico  que  inicialmente atendió al procesado “descarta la existencia del  hecho  generador de la agravante” (fls.41); enfatiza que el testigo Olmedo de la  Pava  jamás  dijo  lo  que  el  Tribunal  afirma,  en el sentido de que Orjuela  Montaña  estaba  embriagado;  precisa que “al parecer el H. Tribunal interpreta  que  el  condenado  ingirió  Whisky  desde la salida de Santa Fe de Bogotá, lo  cual  no  es real. En la indagatoria jamás se afirmó tal situación” (fls.44);  anota  que la testigo Ligia Meléndez Viloria corrobora que durante ese viaje de  Bogotá  a  Villavicencio  no  se  tomó  licor y que vio al procesado en estado  normal,  asegurando  el  actor  que  el  procesado jamás estuvo en la discoteca  “Apocalipsis”,  lo  que  es contrario a lo afirmado por el fallador. Añade, por  último,  que  algunos  testigos  sí  declararon que el acusado ingirió licor,  pero  también  manifestaron los mismos que “no estaba borracho” (fls.42), de lo  cual  “se  deduce  la  imposibilidad de demostración plena de la existencia del  agravante    consagrado   en   el   artículo   330-1   del   C.   de   P.   P.”  (fls.47).   

                    Después  de  subrayar  que  los  resumenes de las historias clínicas y la certificación  médica  del  Hospital  de  Puerto  López,  obrantes en el expediente, no hacen  referencia  a  la  hipotética  embriaguez  de  Orjuela  Montaña,  concluye  el  censor:   

                     “De lo  anteriormente  planteado  y demostrado se deduce que, en el H. Tribunal Superior  de  Villavicencio  (Meta),  en  providencia  condenatoria,  que  confirma  la de  primera  instancia, la cual se incorpora a aquella, realizó una apreciación de  manifiesto  error,  falso juicio de identidad, tergiversación de la prueba, que  no  se  compadece  con  el  contenido  de  la  misma;  que  de  haber  realizado  apreciación  en  conjunto de la misma, aplicando la sana crítica y en la forma  como  lo  establece  la  ley  en  cuanto  a la misma libertad probatoria, había  encontrado  mérito  para excluir la agravante contemplada en el artículo 330-1  del  C.  P., de manera plena o por duda a favor del sindicado, hoy condenado, en  protección   al  principio  de  libertad  y  en  aplicación  de  una  realidad  probatoria,  que  permitiría  por ello aplicar de manera diversa, los criterios  para  fijar  la  pena  y  de esta manera, evitar el agravante que impidió, como  único  requisito  inexistente,  la  posibilidad  de  otorgar  la  libertad,  en  atención  a la condena de ejecución condicional. De la anterior consideración  se  impone  la  aplicación  de  las  normas  legales  sobre  la  evaluación  y  apreciación  de  la  prueba,  que  permita  en últimas el restablecimiento del  segmento  de libertad, hoy negado, solicitud que realizo de manera comedida a la  H.   Corte   Suprema   de   Justicia,   Sala   de  Casación  Penal”  (fls.49  y  50).   

                             

                    CONCEPTO  DE  LA  PROCURADURIA  Y  CONSIDERACIONES  DE                              LA               SALA:   

                    

                     1.- El  señor  Procurador  Primero  Delegado  en  lo Penal dice inicialmente que “no es  cierto  que los falladores hayan incurrido en un falso juicio de identidad, como  quiere   el  casacionista,  para  otorgarle  a  la  prueba  un  sentido  que  no  corresponde  al  contenido fáctico, tomando una decisión diversa a la realidad  procesal.  Lo  que  ocurre  es  que  no  comparte  el  impugnante el análisis y  valoración  probatorias efectuados por el Juez ad quem en la sentencia respecto  de  la prueba de que Héctor Orjuela Montaña en verdad había consumido bebidas  embriagantes  y,  dadas las condiciones en que lo hizo, indefectiblemente violó  el deber de cuidado que debía observar” (fls.17).   

                    Sostiene  la  Delegada que es evidente que el procesado ingirió licor y que “iba tomado”,  conduciendo  a excesiva velocidad, todo lo cual “ha sido correctamente observado  por  el  Juez  de las instancias, sin que se le haya atribuído sentido objetivo  diverso  al  comentado. Sólo que partiendo de tales datos de prueba, los Jueces  del  fallo  han  concluído  que el conductor estaba ‘bajo el influjo de bebidas  embriagantes’,  y  que  se hallaba embriagado, en una inferencia de probabilidad  que  consulta  la  experiencia,  la  lógica  y  por sobre todo los conceptos de  ciencia  (aún  cuando no haya el examen médico clínico) como habrá de verse”  (fls.17 infra y 18).   

                   Anota que  el  examen  médico  clínico ex-post sólo arroja el grado de alcoholemia, pero  “no  concluye afirmando la embriaguez por sí misma, sino el grado de alcohol en  la   sangre,  de  lo  cual  el  médico  infiere  el  grado  según  las  tablas  experimentales  de  que  se  da  cuenta.  O  sea que para el caso en estudio, H.  Magistrados,  la  falta  de  la prueba ‘de complemento’ que reclama el censor no  demostrará  el  grado  del estado de embriaguez, máxime si se considera que la  prueba  debía  ser  verificada  sobre el conductor gravemente herido y luego de  algún   tiempo   de   la   ingestión   del   alcohol,   como   parece   claro”  (fls.19).   

                    Dice que  en  este  caso  es palpable que el acusado tenía “aliento alcohólico”, el cual  forma  parte “del cuadro de elementos que el médico considera para diagnosticar  la  embriaguez  y al que el Juez de las sentencias le dio el mismo sentido de la  ciencia:  “EL ALIENTO ALCOHOLICO INDICA EMBRIAGUEZ DE SEGUNDO GRADO” (Solórzano  Niño,  Medicina  Legal, pag.614, ed. Temis, 1990 -mayúsculas de la Delegada-),  lo  que  lleva  a  pensar  que no hay tergiversación de las pruebas como que la  ciencia  médica  -en su estado actual dentro de nuestro país- se vale del dato  del  aliento (o tufo u olor a alcohol) para concluir en la embriaguez de segundo  grado”  (fl.cit.).  Precisa  que  “si los sentenciadores infieren que probada la  ingestión  había embriaguez, en un tiempo muy próximo al momento del consumo,  no  están  equivocados  a  la luz de los principios de la ciencia, visto que el  alcohol  (y parte de sus efectos) solo sale del organismo en un lapso de 15 a 24  horas.  Mal  puede  decirse  entonces  que el sentenciador le dio a la prueba en  conjunto  ‘un  sentido  que no corresponde a su contenido fáctico’. Ello porque  los  datos  del  proceso  permiten  la conclusión científica de la embriaguez,  según  los  principios  de  la  ciencia  médica,  y  visto  que la conclusión  judicial converge hacia dichos datos de ciencia” (fls.20).   

                  Señala la  Delegada  que,  en  tal  virtud,  sí  tiene  respaldo  objetivo la agravante en  cuestión,  pues  Orjuela Montaña ya había ingerido licor y su “comportamiento  externo  antes  del  accidente  muestra  una  descoordinación cerebral y motora  (exceso  de  velocidad,  se  salió  de  los parámetros del puente), presentaba  aliento  alcohólico y ‘estaba tomado pero no borracho’ (fls.87). Son los signos  que  un médico hubiera tenido en cuenta para su diagnóstico, salvo el referido  al  de  la  alcoholemia,  que como vimos no indica necesariamente ebriedad. Pero  además  el  proceso  muestra  que  el  condenado  bebió más de tres Whiskys y  algunas  cervezas,  que  en  condiciones  generales  ya  indican  un  cuadro  de  embriaguez   para  una  persona  normal,  aunque  ello  sea  apenas  perceptible  (disminución   de   precisión  muscular  y  de  movimientos,  disminución  de  reflejos).  Por  ende  no  cabe  afirmar  tergiversación  de  la  prueba  en su  siginficado objetivo, como es obvio” (fls.20).   

                         A  continuación añade la Procuraduría:   

                   “Además,  si  se  considera  que  no hay prueba del influjo de la ingesta de alcohol en el  conductor,  es  decir  del efecto que debe causar para que proceda la agravante,  se  dirá  que el resultado mismo propio de una descoordinación de movimientos,  además  de  la  imprecisión  cerebral (desconcentración mental) en el acto de  conducir,  revelan  que  el  licor  sí  había  afectado  al  realizador  de la  actividad  riesgosa de conducir. Es decir, H. Magistrados, si había prueba para  el  sentenciador,  y éste no podía desatender todos estos datos demostrados en  autos,  en  el  proceso  de  apreciación  objetiva probatoria, y de valoración  racional del acervo de pruebas.   

                  “Es cierto  que  doctrinaria  y jurisprudencialmente se ha sostenido que no ‘puede afirmarse  que  la  sola  embriaguez  convierta  en  homicidio  culposo, todo deceso que se  produzca  como  consecuencia  de  un  accidente de tránsito, se requiere que el  estado de embriaguez haya sido ‘causante’ del resultado.   

                      “Pero  también  es  verdad  que  en el caso subjúdice los sentenciadores consideraron  que  el  nexo  causal  entre  el  comportamiento  imprudente  del conductor y el  resultado  se  debió  a  la  influencia  del  alcohol  que  presentaba  Orjuela  Montaña,  porque  no  se  puede  desconocer y de ello informa el proceso que el  acusado  era un experto piloto de vehículos de carreras. Si se quiere, señores  Magistrados,  el conductor aún con tal experiencia en esa actividad se comporta  de  manera  arriesgada  y  no  permitida  si  lo hace a alta velocidad, habiendo  ingerido  licor en forma prolongada según cuentan los autos, con lo cual excede  los límites del riesgo socialmente permitido en casos como éstos.   

                                           “Finalmente  digamos  que el recurrente parece decir que si existe  prueba,  pero  que  ella debió ser complementada por la prueba clínica médica  que  reclama.  Si la censura apunta a la complementación de la prueba, es claro  que  se  parte  del supuesto que niega de que si hay prueba, y que ella fue bien  percibida  por  el  sentenciador.  O  si  lo  que  se  exige es la prueba que se  considera  indispensable  para  probar la embriaguez, se dirá que en el sistema  colombiano  impera  la libertad de prueba para demostrar todos los elementos del  delito  según  el  artículo  254  del Código de Procedimiento Penal, y que no  existen pruebas necesarias en ese ámbito” (fls.20 a 22).   

                    Anota la  Delegada  que no es cierto que el Tribunal afirmara que el acusado “se dedicó a  ingerir  bebidas  embriagantes  toda la noche en la discoteca Apocalipsis”, pero  que  bien podía inferir que “bebió licor dentro de lo que usualmente acaece en  ese  tipo  de  reuniones  sociales. Lo mismo se dirá si se mira que en el lapso  comprendido  entre  las  3  y  las  6  de  la  mañana, mientras se dirigían al  establecimiento  Luna  Roja,  se  haya consumido el contenido de la licorera que  portaba  el  condenado  y que luego fuera hallada vacía en el levantamiento del  cadáver de su novia”.   

                    Concluye  la Delegada:   

                        “En  síntesis,  el  fundamento  de  la agravante no es propiamente la embriaguez por  sí  misma, sino la disminuición de la capacidad personal en el ejercicio de la  actividad  de  conducir  automotores  debida  a  la  ingestión  de  alcohol. Es  evidente  que  el beber, así no esté ebrio en alto grado, implica disminución  de  la capacidad (tanto siquica como física) de atender el deber de cuidado que  social  y  normativamente  se  espera  del  individuo que desarrolla actividades  riesgosas.  Es  la  falta al deber de atención por parte del agente, que dentro  de  tales condiciones personales acrecienta la posibilidad de causar un daño al  conducir.  No  se  requiere un específico grado de embriaguez, basta con que el  alcohol  haya  coadyuvado  al incorrecto desarrollo de la actividad peligrosa en  la   comisión   del   homicidio   en   accidente   de   tránsito”   (fls.23  y  24).   

                      Así,  pues, solicita no casar el fallo.   

                   2.-   A  lo  dicho  por  la  Delegada, que sustancialmente es compartido por la Corte,  resulta pertinente agregar las siguientes consideraciones:   

                     a). Es  verdad  que  el  licor,  al  igual  que cualquiera otra sustancia tóxica, causa  diversos  efectos  en  quienes  lo ingieren, efectos que dependen no sólo de la  naturaleza   y   cantidad   de  la  sustancia  ingerida,  sino  también  de  la  constitución  sico-física  del  sujeto. Esto explica por qué hay personas que  con  pequeñas  dosis  de alcohol se embriagan, mientras que otras para llegar a  tal estado requieren de cantidades mucho mayores.    

                        b).  También  es  cierto  que  la  embriaguez  se  ha  previsto  como  circunstancia  específica  de  agravación  de los delitos de homicidio (art.330.1) y lesiones  personales  (art.341),  debido  a  los  efectos  nocivos  que esta produce en la  actividad  sicomotora  del  ebrio,  los  cuales  incrementan  la  posibilidad de  causación  del resultado dañoso. La claridad a este respecto de las dos normas  citadas,  permite  establecer  que  la  agravante  no  consiste en la embriaguez  abstractamente  considerada,  sino  en  la  circunstancia  de  que al momento de  cometer   el   hecho,   el   autor   del   mismo   se   encuentre  “bajo  el  influjo de bebida embriagante o de droga o sustancia que  produzca  dependencia  física o psíquica”. Obvio es  que  si  la  embriaguez  no tuvo ninguna relación causal con el homicidio o las  lesiones  personales,  ella  no  puede  tenerse  en  cuenta  para nada, tal como  sucedería  si  un  puente  que  no  amenaza ruina y en relación con el cual no  existe  ninguna  señal  o advertencia de peligro, se desploma mientras pasa por  él  un  vehículo  conducido  por  un  ebrio, y a consecuencia de ello resultan  muertos  o heridos algunos de los pasajeros. No cabe duda de que en este caso la  embriaguez  no  influyó en forma alguna en el derrumbamiento del puente, que de  todas   maneras   se   habría   ido   al   suelo   aunque  el  conductor  fuera  sobrio.     

                     c)  Es  cierto,  igualmente,  que un dictamen pericial, en principio, es la mejor prueba  que  puede  presentarse  en  relación  con el estado de embriaguez en que pueda  encontrarse  una  persona,  pero  de  ello  no puede concluirse que ésta sea la  única  forma  de  establecer  dicho  aspecto,  pues ante la libertad probatoria  consagrada  en  el  artículo 253 del C. de P.P., es claro que el juzgador puede  acudir  a  todos  los  medios de convicción obrantes en el proceso, tal como lo  hizo el sentenciador de segunda instancia en el caso sub júdice.   

                  En efecto.  El  Tribunal  consideró  que  los homicidios y las lesiones personales causados  por  el procesado Orjuela Montaña, tuvieron origen “en la alarmante velocidad a  la  que  se  desplazaba…,  en  el  hecho  de  no haber dormido toda la noche y  en  el  estado  de  alicoramiento  en que se hallaba  “.   

                       Para  llegar  a  esta última conclusión tuvo en cuenta, principalmente, “la versión  del  testigo  Cardona  Casares,  en  el sentido de afirmar que los ocupantes del  carro   accidentado  y  a  quienes  ayudó  a  sacar  de  su  interior,  estaban  embriagados”  (fl.299);  la  constancia  emitida  por  el  médico  Director del  Hospital  de  Puerto  López,  de  conformidad con la cual se estableció que el  acusado  “presentaba  aliento  alcohólico”;  el testimonio de Olmedo de la Pava  Restrepo,  propietario  del  estadero  Luna  Roja donde pararon el acusado y sus  amigos  a  eso  de  las  cuatro  y  media  de  la  mañana del mismo día en que  ocurrieron   los   hechos,   y   quien   manifestó  que  todos  ellos  “estaban  completamente   amanecidos   y   salieron  a  una  velocidad  espantosa  en  los  carros”(fl.26);  la  versión  del  mismo  Orjuela  Montaña,  quien  según  el  Tribunal  aceptó  “haber  ingerido  whisky  de una licorera que portaba consigo  desde  su  salida  en  Santa Fe de Bogotá hacia Villavicencio”, y, por último,  las   declaraciones  de  “los  demás  integrantes  de  esa  caravana”  que  son  “contestes  en  afirmar  lo  mismo,  así  como  que  pasaron  la noche en vela,  dedicados  a  la  ingesta de bebidas embriagantes en la discoteca Apocalipsis de  Villavicencio  a  donde  llegó  Orjuela en búsqueda de su novia María Sofía”  (fl.9  del  C.#3).  Los  testimonios  a que hace referencia el Tribunal, son los  rendidos  por  Juan  David  Obregón  Báez  (fl.51)  y Claudia Patricia Salazar  Herrera (fl.65).   

                   Según el  actor,  ninguna  de  las  anteriores  probanzas  es suficiente para demostrar la  causal  de  agravación  que  se  imputó  al  acusado. Por ello sostiene que el  Tribunal  las  tergiversó  en  su contenido objetivo, haciéndolas decir lo que  realmente no se desprendía de ellas.   

                         Es  pertinente  decir  que  la  Sala  no  entiende  cómo el casacionista insiste en  sostener  que  cuando  la  prueba  indica  que  el  acusado  y sus acompañantes  “estaban  embriagados” (fl.40 del C.#3), el Tribunal la tergiversó al confundir  esta  expresión  “con  la fórmula jurídica de embriaguez, que no es otra que:  encontrarse  bajo  el influjo de bebida embriagante” (fl.40 del C. #3), dado que  por  más  vueltas  que  se le dé al asunto, estar embriagado es, precisamente,  “encontrarse  bajo el influjo de bebida embriagante”. Esta única consideración  sería suficiente para desechar el cargo.   

                         No  obstante  lo  anterior,  y  dejando  de lado por innecesario el análisis de las  otras  probanzas  tenidas  en  cuenta por el Tribunal para dar por demostrada la  circunstancia  de  agravación  en  comento,  es pertinente recordar que Claudia  Patricia  Salazar,  sí  expresa  en  forma  clara  y contundente que el acusado  conducía  su vehículo en estado de beodez. Esta testigo, luego de informar que  el  procesado  venía  tomando  whisky  “dentro del carro”, cuando es preguntada  sobre  las  posibles  causas que precipitaron los hechos, respondió sin ninguna  vacilación:        “exceso        de       velocidad       e       irresponsabilidad  del conductor HECTOR  ORJUELA,       porque       iba      embriagado  conduciendo”(fl.66).   

                     Todo lo  que  acaba  de  expresarse,  unido a las juiciosas consideraciones hechas por la  Delegada  y  que  la  Corte  comparte,  es  más que suficiente para llegar a la  conclusión  de  que  el  Tribunal  no  incurrió en los errores de hecho que el  casacionista  le reprocha, al dar por plenamente establecida la circunstancia de  agravación  consagrada  en  el  ordinal  primero  del artículo 330 del Código  Penal,  toda  vez que la prueba tenida en cuenta por el juzgador para ello, bien  permite  afirmar,  sin  lugar a dudas, que el acusado cometió los delitos que a  título  de  culpa  se  le  imputaron,  cuando  conducía  su vehículo bajo los  efectos   de   la   bebida   embriagante  (whisky)  que  venía  consumiendo,  y  precisamente por ello.   

                   El cargo,  en  consecuencia,  se  desechará,  y  la  sentencia,  por  tanto,  permanecerá  incólume.   

                  En mérito  de  lo expuesto, LA CORTE SUPREMA, SALA DE CASACION PENAL, oído el concepto del  Procurador  Primero  Delegado, administrando justicia en nombre de la república  y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                    NO CASAR  la sentencia impugnada.   

                                           Notifíquese    y    devuélvase    al    tribunal    de   origen.  CUMPLASE.   

NILSON    PINILLA   PINILLA                            FERNANDO   E.   ARBOLEDA  RIPOLL   

RICARDO           CALVETE  RANGEL             CARLOS    E.    MEJIA  ESCOBAR   

DIDIMO    PAEZ    VELANDIA                                 EDGAR    SAAVEDRA  ROJAS   

No firmo  

JUAN   MANUEL   TORRES   FRESNEDA                      JORGE ENRIQUE VALENCIA M.   

                                  Carlos   Alberto   Gordillo  L.   

                                                  SECRETARIO   

     

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