9094 (14-06-95)

1995

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No.9094  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado Acta No.81   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa Fe de Bogotá, D. C., catorce de junio  de mil novecientos noventa y cinco.   

                     

                                             Vistos:   

                      Decide la  Sala  el  recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  6  de septiembre de 1993, por medio de la cual el Tribunal Superior del Distrito  Judicial   de   Medellín,   en  consonancia  con  la  acusación,  condenó  al  procesado     MANUEL    SALVADOR    TANGARIFE  JIMENEZ  a la pena principal de 10 años y 6 meses de  prisión,  al  declararlo responsable de los delitos de homicidio y porte ilegal  de armas de defensa personal.   

                     

                                             Antecedentes.-   

                     1.- Manuel  Salvador  Tangarife  Jiménez  -alias  camándula-,  quien  frecuentaba la plaza  minorista  de  Medellín,  rifó  un televisor y una grabadora, premio que ganó  Juan  Carlos  Correa  Serna,  trabajador en dicha plaza. Hacia el medio día del  domingo  30  de  agosto  de 1992, Correa Serna le reclamó el premio a Tangarife  Jiménez,  quien  se  negó  a  darselo, diciéndole que mas bien iba a rifar de  nuevo  esos  objetos,  ante  lo  cual  Correa Serna anunció que denunciaría el  incumplimiento y se marchó.   

                   Al poco rato  Tagarife  Jiménez  buscó  a Correa Serna, le dio la mano en señal de saludo e  inmediatamente  sacó  un  revólver  y  lo  disparó  causándole la muerte. El  agresor  huyó  del lugar pero de inmediato fue perseguido por algunos policias,  que  lo vieron correr con el arma en la mano y poco después lo capturaron en la  misma  plaza.  Al  requisarlo,  no  le  encontraron el arma, la cual no pudo ser  hallada “ya que a esa hora había mucha concurrencia de público”.   

                       2.-  El  levantamiento  del  cadáver  fue  practicado por la Unidad de Fiscalía Primera  Permanente  de Medellín. En el curso de esa diligencia Leticia Serna, madre del  occiso,  manifestó  que  su  hijo,  de  cuya  muerte se enteró por un amigo de  éste,  “los fines de semana se iba a trabajar a la minorista para costearse los  pasajes” (fls.1 vto.).   

                      -Mediante  oficio  952  del  31  de dicho mes, el Comandante de la Estación de Policía La  Candelaria  informa  que  a  Tangarife  Jiménez  se  le  capturó  porque  “fue  sorprendido  cuando  huía  del lugar de los hechos con un revólver en la mano,  siendo  alcanzado  en el puesto No.53 del sector 10 de la minorista, habiéndose  descargado del arma sin que se la pudira hallar” (fls.5).   

                     -Luego, en  oficio  mediante  el  cual  se  pone  a  disposición  a  Tangarife Jiménez, se  lee:   

                        “…el  suscrito  Comandante  de  la Subestación Minorista, junto con los auxiliares de  policía  Ospina  Medina  Mauricio y Pareja Echeverry Julio, lo observamos a una  distancia  de  30 metros, cuando salía corriendo del lugar de los hechos con un  revólver  en  la  mano  derecha. Salimos en su persecución y tres minutos más  tarde  le  dimos  captura  en el puesto 53 y 54 del sector 10, pero ya se había  descargado  del  arma  y ha (sic) pesar de que requizamos (sic) completamente el  establecimiento  no  se  halló por ninguna parte. Es de anotar que el sindicado  es  apodado  ‘Camándula’y  que  según informaciones telefónicas llegadas a la  Subestación,  éste  le  causó  la  muerte a Juan Carlos por no entregarle una  grabadora  que  se  había  ganado  en  una  rifa,  que  había  hecho  el mismo  sindicado.   

                          “El  homicidio  ocurrió  aproximadamente a las 12:42 horas y fue imposible hallar el  arma  ya  que a esa hora había mucha concurrencia de público e incluso casi se  nos escapa.   

                    “Conocieron  del  caso  DG. Guerra Calderón Jorge y los Auxiliares de Policía Ospina Medina  Mauricio y Pareja Echeverry Julio” (fls.6).   

                          -La  Fiscalía   mencionada   abrió  investigación  y  escuchó  en  indagatoria  a  Tangarife  Jiménez  (fls.10  y  ss),  quien  dijo  no tener nada que ver con el  referido  homicidio,  que  fue  capturado  cuando  se  encontraba  en  la  plaza  tomándose  un  café,  que  no  conocía  al occiso y que ese día se dedicó a  ingerir licor desde las 9 de la mañana.   

                   -Juan Carlos  Porras  Zapata,  hijo  de la persona para quien trabajaba el occiso los fines de  semana  (fls.17  y  ss),  manifestó  que  la  versión que se escuchaba era que  “Camándula”  había  sido  el  autor  del  homicidio,  pero  que él no lo vió  disparar  contra  Correa  Serna,  pues  simplemente  observó cuando éste caía  abatido  por los tiros. “El policía me dijo que era por una boleta de una rifa,  pero  yo  no  sé  más,  no  se  sino  hasta  ahí”,  dijo  el  testigo (fls.17  vto.).   

                       -Juan  Carlos  Moreno  Galeano,  carretillero  de  la  nombrada  plaza  (fls.18  vto.),  declaró  que vio cuando “camándula” le disparó a Correa Serna porque éste le  reclamó   el   premio   que   había   ganado  (un  televisor  a  color  y  una  grabadora).   

                  -Tangarife  Jiménez  fue  detenido  preventivamente  por  el  delito de homicidio (fls.24 y  ss).   

                        -El  Dragoneante  Jorge  Guerra  Calderón declaró (fls.40 y ss) que los disparos se  hicieron  a  cuadra  y media del Puesto de Policía y que entonces “de inmediato  salimos  corriendo  hacia el lugar de los hechos y vimos salir del mismo lugar a  un  sujeto  con  un  arma  en  la  mano, reconocible por un pantalón blanco que  tenía  puesto y una bata blanca… este sujeto salió corriendo y al parecer no  se  dio cuenta en el momento que íbamos en su persecución, salió a la zona de  descargue,  como  que  alguien le recibió el arma y volvió a entrar a la plaza  ya  en  el primer nivel, pues el homicidio había ocurrido en el segundo nivel y  llegó  hasta los puestos 53 y 54 del sector 10 donde pidió una clarita e iba a  comenzar  a  tomársela cuando llegamos nosotros, aproximadamente a las 12:45 de  la  tarde, tres minutos después de haber ocurrido el homicidio, se le practicó  la  requisa  y  no  se  le  halló absolutamente nada…” (fls.40 y vto.), y que  siempre  negó  la  participación  en  el  homicidio. “A este cliente lo apodan  “camándula”,  lo sindican de muchos homicidios en la plaza Minorista y también  lo  sindican  de  otro  homicidio que ocurrió ese mismo día en la Minorista en  las  horas  de  la  mañana,  el  nombre de la suegra del occiso es Aura Cecilia  Múnera  de  Estrada” (fls.41). En ese mismo sentido declaró el agente policial  Julio César Pareja Echeverry (fls.44 y ss).   

                        -La  aludida  madre  del occiso, Leticia Serna Vásquez, declaró que “la mayoría de  la  gente”  decía  que  el  motivo  del  homicidio  había  sido  la rifa y que  Tangarife   Jiménez  creyó  que  su  hijo  lo  acababa  de  denunciar  por  su  incumplimiento en la misma (fls.49 y ss).   

                   -Al folio  52  obra  respuesta  de  la  Inspección  Diez  “C”  Municipal de la Policía de  Medellín  en  el  sentido de que no reposa allí constancia de que Serna Correa  denunciara al procesado (porque era domingo, dicen los autos).   

                     3.- La  Fiscalía  Primera  de  la Unidad Especializada No.2 Grupo de Vida, clausuró la  investigación  y  profirió resolución acusatoria por los delitos de homicidio  simple  y  porte  ilegal  de  armas,  según proveído de 9 de diciembre de 1992  (fls.96 y ss).   

                  El Juzgado  Sexto   Penal  del  Circuito  de  Medellín  asumió  el  juicio  y  amplió  la  declaración  de Juan Carlos Moreno Galeano (fls.124 y ss), quien insiste en que  “camándula”  no le quería pagar el premio a la víctima Serna Correa y que vio  cuando  aquel  disparó  contra éste. En cuanto a la pregunta de porqué había  dicho  en  su primera declaración que el procesado vestía de negro (siendo que  los  policiales afirmaron que de blanco), replicó que “yo no sé, puede ser que  yo  vi  mal por estar muy asustado, porque a mí me dió mucho susto” (fls.124).  Igualmente  sostiene  que, contrario a lo que dijo en su primera declaración, a  él  no  se  le  comentó  nada de la rifa. “Es que uno asustado dice como yo no  sé”,  manifiesta  el declarante (fls.124 vto.), quien agrega que ha oído decir  que “camándula” ha matado como a tres personas.   

                   -También  amplió  su  testimonio Juan Carlos Porras Zapata (fls.127 y ss), e insistió en  que  nada  sabía  de  la  rifa.  Al  ser interrogado respecto al hecho de haber  presenciado  los  acontecimientos,  pero  no  haber  visto quien disparaba sobre  Correa  Serna,  respondió:  “yo  no  estaba fijo sino en él”, refiriéndose al  occiso  (fls.127).  Admite que, generalmente, Tangarife Jiménez usa un delantal  blanco.   

                      -Aura  Cecilia  Múnera  de  Estrada  (mencionada  por el Dragoneante Guerra Calderón)  declara  que “Camándula” el mismo día del homicidio de Correa Serna mató a un  cuñado de ella (fls.128 vto.).   

                        -Se  recibieron  otras  declaraciones  en el sentido de que por comentarios se decía  que  “Camándula”  había  sido  el  autor  del  homicidio  y  que fue capturado  momentos después del mismo (fls.130 y ss).   

                        4.-  Celebrada  la audiencia pública (fls.140 y ss), el 9 de junio de 1993 se dictó  sentencia  (fls.164  y  ss), mediante la cual, en armonía con la acusación, el  procesado  fue  condenado a la pena principal de 10 años y 6 meses de prisión,  a  la  accesoria  de  interdicción  de derechos y funciones públicas por igual  tiempo y al pago de los perjuicios.   

                  Apelado el  fallo  por  la  defensora  del  procesado,  el  Tribunal, por medio del suyo que  recurrió  en  casación  aquella,  lo  confirmó,  pero con la modificación de  reducir a 10 años la vista pena accesoria (fls.210 y ss).   

                    

                         La  demanda.-   

                      Cargo  primero:   

                      Aduce  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad.  Refiere  lo  dicho  por el  sentenciador   respecto  del  material  probatorio  obrante  en  autos  y  luego  “compara”  (fls.228)  estas  consideraciones del Tribunal con las que, en sentir  de  la  actora, dice el proceso a dicho propósito, para lo cual examina primero  la  declaración  de  Juan  Carlos  Moreno  Galeano,  anotando  que  “pese a las  constantes  contradicciones  en  que  incurre  señala de manera objetiva que el  hombre  que disparó en contra de Juan Carlos Correa Serna se encontraba vestido  todo  de  negro,  totalmente  opuesto  a  la forma como se encontraba vestido el  procesado,  todo  de  blanco  y  quien  según  los  testimonios que obran en el  expediente siempre usaba delantal blanco” (fls.229 infra y 230).   

                  En seguida  anota la casacionista:   

                  “Cuando el  Tribunal  para  resolver la contradicción que respecto a las ropas que usaba el  agresor  y las que vestía el procesado decidió que como el testigo dijo que el  agresor  huyó  y  al  momento  fue  capturado  por  la  policía  con  esto  se  desdibujaba  la  aparente  contradicción  incurrió en error de hecho por falso  juicio  de identidad al desfigurar el contenido meramente objetivo de la prueba.  El  autor  de  los disparos fue un hombre vestido de negro y el testigo quien no  vio  con  precisión el rostro de la víctima pese a que era su amigo y ese día  habían  salido  juntos  de  la casa, circunstancia que el mismo testigo narra y  persona  ésta  que  en  ampliación de su declaración manifestó que cuando la  víctima  cayó  al  suelo  él corrió para ver si era él y si era. Desconocer  que  habiendo  dificultad  para  reconocer  a  la  vícitima  no  la había para  identificar  al  agresor  es  quebrar  los  postulados  de  la lógica y la sana  crítica  para  extraer  del  testimonio  una  consecuencia  o  efecto que no le  corresponde  objetivamente,  violando  de  esta  manera  los  artículos 323 del  Código  Penal  que tipifica el delito de homicidio, delito que en la persona de  Juan  Carlos Correa no cometió el procesado sino un hombre vestido de negro. No  hay  testimonio alguno que contradiga la afirmación del testigo Moreno Galeano,  pues  los  agentes  de policía no vieron quién hizo los disparos, ellos vieron  según  sus  afirmaciones  salir del lugar de los hechos a un hombre reconocible  por  el  pantalón  blanco  que tenía puesto y una bata blanca (declaración de  D.G.  Jorge  Esguerra C.). Estos policiales aseguran haberle visto un arma en la  mano,  de  ser  cierto  ésto,  no  indica  que se trata de la misma arma que se  empleó  para cometer el homicidio, ya que nunca fue decomisada pese a que nunca  lo perdieron de vista” (fls.230).   

                    

                      Cargo  segundo:   

                     Dice la  censora:  “Violación  de la ley en forma indirecta por error de hecho por falso  juicio    de    existencia,   violación   de   los   artículos   5�,   35  y  323  del  Código  Penal”  (fls.231).   

                  Manifiesta  que   para   establecer   el  dolo  del  procesado  “se  tergiversó  la  prueba  testimonial,  diciendo  que  si  bien el testigo presencial afirma que el hombre  que  disparó  estaba  vestido  de  negro, no hay duda que era el procesado, por  cuanto  los agentes aseguran haberlo visto salir con un arma en la mano y que lo  siguieron  sin perderlo de vista hasta capturarlo, no obstante no le hallaron el  arma”  (fls.  cit.).  Sostiene  que  la  madre  del  occiso,  Leticia  Serna, en  ampliación  de  testimonio “incurrió en declaración contradictoria explicable  por  el  dolor que sentía por la muerte de su hijo y ante el afán de que quien  se  decía  era  responsable  de  esa muerte fuera castigado” (fls.232), y luego  agrega  que esta misma testigo dice que “su hijo si le había hablado de la rifa  y  que  creía  que  se  la  había  ganado  y  a  continuación  narra toda una  situación  que  según ella le había sido referida por Milton Fabian González  acerca  de  que  Juan  Carlos  había  reclamado el premio de la rifa que Manuel  Salvador  Tangarife  se lo negó y luego lo golpeó hasta reventarlo, por lo que  Juan  Carlos  había  ido a la Inspección para denunciarlo, ante lo cual Manuel  Salvador  se le había acercado y luego de decirle: me sapiaste, fresco hermano,  le  dio la mano como saludandolo y luego lo mató. Ninguna de estas afirmaciones  tiene  respaldo  probatorio,  máxime  que  llamado  a  declarar  Milton  Fabian  González   negó   haber   hecho   tal   comentario.   Esta  persona  dice  que  encontrándose  en  otro  sitio  al momento de la muerte de su amigo, preguntado  sobre  la  existencia  de  la  rifa,  se  limitó a decir que le parecía que el  sábado  por la tarde Juan Carlos Correa Serna le comentó algo sobre la rifa, a  este    testigo   le   parecía   no   tiene   seguridad   sobre   ello”   (sic)  -fls.232-.   

                     Precisa  que  los demás trabajadores de la plaza “son claros en afirmar que lo que saben  es  por  comentarios  que  después de ocurrida la muerte se han hecho acerca de  que  Camándula  fue  y por no pagar una rifa, ninguno tuvo conocimiento directo  de  lo  ocurrido  solo oyeron comentarios, y esos comentarios surgen después de  que  el  agente  bachiller  le dice a Juan Carlos Porras que cogieron al man que  era   Camándula   y   que   era   por  una  boleta  de  una  rifa”  (fls.232  y  233).   

                     Reitera  que  al  apoyarse  el Tribunal en las declaraciones de Jairo Porras, Juan Carlos  Porras  Z.  y Ricardo de Jesús Porras, “está incurriendo en un falso juicio de  existencia  pues  las  declaraciones  sólo conducen a demostrar que un policía  bachiller  hizo  la afirmación a Juan Carlos Porras Z. y lo hizo en el lugar de  los  hechos  antes de efectuar la diligencia de levantamiento, pero ni la boleta  ganadora   aparecían  ni  nadie  supo  de  su  existencia  hasta  después  del  comentario.  Esos testimonios no prueban de manera objetiva que ese haya sido el  móvil”  (fls.233).  Agrega  que  “falla  en  su  apreciación  el  Tribunal  al  desconocer  la existencia de la declaración de Aura Ligia Castaño Mazo, suegra  del  señor  Omar de Jesús Martínez Canchala, persona que fue muerta a bala el  mismo  dia  que  Juan Carlos Correa pero en hechos aparte. En su declaración la  citada  señora  Castaño indica que el martes siguiente a la muerte de su yerno  fue  la  policía  a interrogarla para saber si ella conocía a Camándula y que  la  policía le había dicho que Camándula era el que había matado a su yerno”  (fls.  cit.).  Sostiene  que  “este testimonio de la señora Aura Ligia Castaño  demuestra  el  afán  de los agentes por inculpar a Manuel Salvador Tangarife de  cualquier  delito  de  homicidio  cometido  en  la  plaza,  lastimosamente no se  indagó  si  también  al  señor  Martínez lo mataron por la supuesta rifa…”  (fls.233).   

                         A  continuación  señala:  “Los  errores  en  que  incurrió  el  Tribunal  en  la  interpretación   de   las   pruebas  incidieron  de  manera  ostensible  en  la  confirmación  de  la  sentencia condenatoria, ya que de haberse atendido que el  autor  de  los  disparos  era un hombre vestido de negro y que la existencia del  supuesto  móvil  no  tenía demostración dentro del proceso, ya que se inició  una  cadena  de  rumores  a  partir  de  los  comentarios  hechos  por el agente  bachiller,  necesariamente  se  habría  llegado  a  la  absolución  de  Manuel  Salvador  Tangarife  Jiménez,  quien  no  sólo no tuvo altercado alguno con la  víctima  por  el  reclamo  de  la  mencionada rifa, sino que estaba como era su  costumbre  vestido  de  blanco,  luego  no pudo ser el autor de la muerte por la  cual se le condenó” (fls.234).   

                         En  seguida,  en capítulo aparte y en forma subsidiaria, la casacionista formula un  nuevo  cargo  contra  la  sentencia,  pero  ahora lo hace respecto del delito de  porte  ilegal  de  armas.  Estima  la  libelista  que  el  Tribunal incurrió en  “violación  directa de la ley sustancial, en este caso del decreto 3664 de 1986  convertido   en   legislación   permanente   por   el  Decreto  2266  de  1991”  .   

                       Para  sustentar  esta censura expresa la casacionista: “Hay violación de la norma que  tipifica  dicha  conducta,  como  quiera  que  no basta afirmar que se le vio en  posesión  de  una (arma) para condenársele por ese hecho, es indispensable que  al  momento  de  la  retención lleve un arma consigo y que una vez analizada la  misma  se  establezca  si  es  de  defensa personal y eventualmente si es de uso  privativo  de  las  Fuerzas Militares. Dentro del proceso no se estableció qué  tipo  de  arma se utilizó para dar muerte a Juan Carlos Correa ni hay prueba de  que  el  arma  que se asegura por parte de los policiales haber visto en la mano  de  Manuel  Salvador Tangarife fuera la misma que se utilizó para el homicidio,  menos  aún  se estableció qué tipo de arma llevaba supuestamente el sindicado  y  posteriormente  condenado,  con lo cual no se probó ni se dió el punible de  porte  ilegal  de arma. Al considerarse por el Tribunal la existencia del delito  se  violó  la  norma  en  forma  directa  y  no  existiendo comprobación de la  existencia  del  delito  en su aspecto objetivo, el resultado no podía ser otro  que la absolución” (fls.235).   

                       Pide  entonces  a  la  Corte  que  “invalide totalmente la sentencia impugnada y en su  lugar  reconozca  la  inexistencia de las conductas delictivas”, absolviéndose,  pues, al procesado.   

                    CONCEPTO  DE  LA  PROCURADURIA  Y  CONSIDERACIONES  DE                              LA              CORTE:   

                      Cargo  primero:   

                  Como ya se  dijo,  la  casacionista afirma que el fallador tergiversó el contenido material  de  la  declaración  rendida por Juan Carlos Moreno Galeano, carretillero de la  plaza  escenario  de los hechos, quien sostuvo que la persona que mató a Correa  Serna  estaba vestida de negro, al tiempo que el acusado vestía de blanco, como  se desprende de la realidad procesal.   

                  1.- A ello  responde el señor Procurador Segundo Delegado en lo Penal:   

                                           “Parcializando  y  omitiendo  en su verdadero contenido y alcance,  se  refiere la censora a la deposición del testigo Moreno Galeano, pretendiendo  con  este  mecanismo  que se acepte como aspecto principal y único su dicho, la  atestación  según  la  cual  un  hombre vestido de negro fue quien disparó el  arma  de  fuego  en  ocasiones  repetidas  contra  la  víctima, lo anterior con  desmedro  del  significativo  y  determinante  hecho  de  que tal declarante fue  directo  y  puntual  en  definir  que precisamente quien accionó el arma en las  condiciones  de  que  se  da cuenta en el proceso, fue Manuel Salvador Tangarife  Jiménez.   

                        “En  efecto,  si  bien  Moreno Galeano sostuvo que un hombre vestido de negro habría  sido  el  agresor,  sin  embargo,  previa esta afirmación, el testigo es firme,  seguro  e  indubitable  en  señalar  que quien de este modo vestía no era otra  persona  que  Tangarife Jiménez, haciendo una directa sindicación en su contra  de ser el responsable de la muerte de Juán Carlos Correa Serna.   

                    “Pero es  que  además,  no  solo  la  libelista toma de modo parcial este testimonio para  afirmar  la  pretendida  contrariedad  que  dice  existe  entre  su  dicho  y lo  consignado  por  el  fallador,  lo  que  sería  suficiente para negar cualquier  fundamento  de  la  censura,  sino  que,  además,  deja  de  lado  pruebas  tan  definitivas  en  la  demostración  de la responsabilidad penal de su prohijado,  como  los testimonios del Dragoneante de la Policía Jorge Guerra Calderón y el  Auxiliar  bachiller  Julio  César  Echeverry Pareja, quienes, como se sabe, tan  pronto  escucharon  los  disparos  se  corrieron  hacia  el lugar donde estos se  produjeron,  persiguiendo al autor de los mismos, como que lo vieron huir con el  arma  en  la  mano, al punto que por las reconocidas características que de él  tenían,  les  fue posible localizarlo y retenerlo en la planta baja de la plaza  minorista dentro de la cual prestaban vigilancia.   

                  “De manera  que  si,  como  se  ve,  la  libelista  no alude a las demás pruebas tenidas en  cuenta  en  la  sentencia  y  que sirvieron de fundamento para la condena, ésta  permanece incólume” (fls.21 y 22 del cuaderno de la Corte).   

                       Cita  partes  del  fallo  impugnado  y dice que, en esas condiciones, el cargo no debe  prosperar.   

                    2.- A lo  que  se  acaba  de  decir,  que  la Sala comparte, debe añadirse que si bien es  cierto  que  el  referido  testigo Moreno Galeano manifestó que el autor de los  disparos  “estaba  todo  vestido  de  negro”  (fls.19),  luego,  al  ampliar  su  testimonio  (fls.124  y  ss.), diligencia en la cual se le hizo saber que según  la  evidencia  “Camándula”  (el procesado Tagarife Jiménez) vestía de blanco,  manifestó   que   quizas   había  declarado  primeramente  de  tal  modo  “por  susto”.   

                   Aunque no  deja  de  ser  curioso,  que  inicialmente Moreno Galeano dijera que el homicida  vestía  de  negro  (cuando los policiales captores y demás pruebas pertinentes  lo  señalan vestido de blanco), la verdad es que la casacionista no combate las  directas,  tajantes  y nítidas declaraciones de los miembros de la policía que  capturaron  a Tangarife Jiménez momentos después de los hechos, captura que se  obtuvo  luego  de  que vieran salir a este sujeto del lugar del delito, portando  aún  el  arma  homicida  en su mano derecha. Es decir que la impugnante procede  como  si la única prueba tenida en cuenta para condenar al acusado hubiera sido  la  referida declaración testifical. Bien se sabe, y debe repetirse, que cuando  se  acude  a  la  violación  indirecta de la ley (esto es, cuando se impugna la  prueba),  el  censor  está  obligado  (so riesgo de que su ataque fracase) a no  parcelar   la   impugnación,   a   no  seleccionar  determinadas  pruebas  para  combatirlas,    sino    que    es    su    deber    controvertir    todo  el acervo probatorio considerado  por  el  fallador para arribar a la decisión contenida en la sentencia. Esto lo  desoye  la  actora,  razón  suficiente  para  que  el  primer reproche no pueda  prosperar.   

                    

                      Cargo  segundo:   

                    

                     En este  afirma  la censora que no está probado que el móvil para realizar el homicidio  haya sido la rifa no cumplida por el acusado.   

                    1.- Dice  la  Delegada  que  la  casacionista  “no  clarifica”  su  impugnación,  “ya que  inicialmente  se refiere a los criterios del fallador para afirmar demostrado el  dolo,  repitiendo  los  argumentos esbozados en el primer cargo, para en seguida  ocuparse  de  una  indiscriminada  crítica  y  valoración  probatoria  de  los  testimonios  rendidos  por  Juan  Carlos  Porras  Zapata,  Leticia Serna, Milton  Fabian  González  y  en  general  a  ‘los  demás  declarantes  propietarios  o  trabajadores  en  la  plaza’,  coligiendo  de  tal  apreciación  que éstos ‘no  prueban  de  manera objetiva’ que el ‘móvil’ del homicidio fuere eludir el pago  de   una   rifa   realizada  por  Tangarife  Jiménez  y  cuyo  número  ganador  presuntamente    habría    correspondido    en    suerte    a   Correa   Serna”  (fls.25).   

                     Dice la  Delegada  que  la actora hace aquí un típico alegato de instancia, “dentro del  cual  simplemente  persigue que se someta a un nuevo juicio evaluativo la prueba  testimonial”,  a  más de que erróneamente confunde el móvil del delito con el  dolo en su realización.   

                     Opina,  entonces, que el cargo no debe salir avante.   

                        2.-  Dígase  en primer término que ni en mínimo grado demuestra la casacionista el  falso  juicio  de  existencia  que  propone  (inventar  o  desconocer una prueba  obrante  en  autos),  sino  que,  en  cambio,  se  dedica a hacer nuevamente una  valoración  del  material  probatorio  que  milita en el expediente en torno al  móvil  delictual.  Pero  un  segundo  yerro  de  la  censora,  también aparece  patente:  encabeza  el  cargo  con la afirmación de que para establecer el dolo  del  procesado se tergiversó la prueba (con lo cual se desplaza al falso juicio  de  identidad  que  no  adujo),  mas  desarrolla  esa  aseveración partiendo de  consideraciones  atinentes  al móvil del delito cometido por Correa Serna, modo  de  razonar  que  denota una grave confusión conceptual, como es la de asimilar  el  dolo  (conocimiento y voluntad de cometer el hecho) con el móvil, que es el  motivo  o  “causa”  del  punible,  que,  en  este  caso  -lo dice el proceso con  abundancia-  fue  el  incumplimiento por parte del acusado de entregar el premio  ganador a la víctima.    

                    Con  estas  falencias  como  base,  resulta  apenas  obvio  que el reparo falle en su  integridad  y  no  demuestre  absolutamente  nada, aparte de unas muy subjetivas  apreciaciones  de  la actora en torno al referido móvil del homicidio de Correa  Serna,  que,  en  gracia  de discusión, así fuera otro diverso al de la citada  rifa,  en  nada  variaría  la atribución de responsabilidad al procesado en el  nombrado   delito   contra   la   vida.   Ante  la  inanidad  del  cargo,  éste  fracasa.   

                    

                      Cargo  tercero:   

                     Dice la  casacionista  que  se  violó  directamente el tipo penal que contempla el porte  ilegal   de   armas,   delito  por  el  cual  también  fue  condenado  Tagarife  Jiménez.   

                        1.-  Expresa al respecto la Procuraduría:   

                       “Sin  desmedro  de  la  razón que cabe a la casacionista, en cuanto a que la conducta  del  procesado  en los términos en que mereció encuadramiento en el punible de  porte  ilegal  de armas no puede afirmarse típica de este delito, como adelante  se  verá; debe sin embargo precisarse que no es cierta su afirmación según la  cual  sólo  es  posible  imputar este delito en tanto se produzca la retención  del  infractor  materialmente  detentando  el  arma.  La libertad probatoria que  caracteriza  nuestro  sistema  procesal,  permite  que a través de los diversos  medios  previstos  en  el  estatuto,  pueda  llegarse a la demostración de este  hecho.   

                     “En su  lugar,  si el juzgador no emplea dichos medios para establecer integralmente los  elementos  componentes  del  injusto  penal,  no  puede  entonces  afirmarse  la  adecuación   de   la   conducta  cuestionada  al  tipo  que  abstractamente  la  describe.   

                   “Así, no  obstante  ser evidente que Correa Serna fue muerto por disparos de arma de fuego  y  que  de  aquella  conducta  es  responsable  Tagarife Jiménez, en principio,  tampoco  admitiría discusión sostener que necesariamente éste portaba el día  de  los  hechos  un  artefacto  de  dicha  naturaleza,  conforme  lo  afirmó el  Tribunal.   

                       “Sin  embargo,  la  investigación  no  permitió  conocer  qué  tipo  de arma fue la  empleada  por  el  inculpado  para dar muerte a Correa Serna, esto es, si era de  defensa  personal  o  de uso privativo de las fuerzas militares, elemento que no  puede  suplirse con el criterio del a-quo, compartido por el Tribunal, según el  cual   ‘por   favorabilidad’   el   arma   debe  considerarse  como  de  defensa  personal.   

                    “Tampoco  el  elemento  normativo  concerniente a la ilegalidad de la tenencia del arma se  estableció,  siendo  de destacar en este caso que resulta igualmente equivocado  el  criterio  del  ad quem para quien ‘se deduce’ que ‘se portaba sin permiso de  autoridad  competente’  por  el  hecho  de  no haberse exhibido el salvoconducto  pertinente,  pues  esto  supondría  entonces  la  exigencia de que el procesado  hubiera  tenido  que admitir la tenencia de un arma y, de contera, eventualmente  reconocer  su  participación  en  el  hecho, invirtiéndose así la carga de la  prueba    que    compete    indiscutiblemente    al   Estado”   (fls.29   y   30  ibidem).   

                      Así,  concluye  sosteniendo  que  el respectivo tipo penal fue indebidamente aplicado,  por lo cual pide la casación parcial del fallo.   

                    2.- Como  se  trata  de  un  cargo  por  violación  directa,  es  importante destacar las  consideraciones  que tuvo en cuenta el Tribunal para condenar por este delito al  acusado.   

                     “Por lo  que  respecta  al  porte  ilegal  de  arma  de fuego =se dijo en la sentencia de  segunda instancia=, no se   

puede  poner  en  duda, así no haya habido  decomiso  del  artefacto que el sindicado portaba uno de tal naturaleza, pues de  otra  manera  no  se  hubiera  ocasionado  la  muerte con proyectiles de arma de  fuego.  Como los testigos describen el aparato como revólver o pistola, hay que  entenderla  como  de defensa personal, y que se portaba sin permiso de autoridad  competente,  como  se deduce del hecho de que el procesado se hubiera descargado  de  ella  y  que  nunca  hubiera  exhibido  un salvoconducto que lo autorizaba a  llevarlo  consigo.  El  hecho así descrito encaja en el artículo 1� del Decreto 3664 de 1986, convertido  en legislación permanente por el Decreto 2266 de 1991″ (fls.214).   

                  La actora,  dígase  desde  ya  que  equivocamente, estima que para la tipificación de este  ilícito  “es  indispensable  que  al momento de la retención” el acusado lleve  consigo el arma.   

                     Para la  Corte,   esta   exigencia   adicional  que  plantea  la  casacionista  no  está  comprendida  dentro  de  la  descripción  típica  de  esta  conducta,  que  se  concreta,  en el caso sub examine, al simple porte del arma de fuego sin permiso  de  autoridad  competente,  que fue, precisamente, lo que se logró demostrar en  el  proceso:  que MANUEL SALVADOR TANGARIFE JIMENEZ, en las horas del medio día  del  domingo  30 de agosto de 1992 y en los alrededores de la plaza minorista de  Medellín,  portaba  un  arma  de fuego =revólver o pistola=, sin el respectivo  salvoconducto.   

                     De  la  circunstancia  de  que  el acusado hubiera logrado desprenderse del arma, razón  por  la  cual  no  se  la  halló  en su poder cuando fue requisado, no puede de  ninguna  manera  inferirse  que  minutos antes no la portaba, porque la prueba a  este  respecto es clara y contundente, tanto, que la casacionista fundamentó la  censura  en  la violación directa, que como se sabe implica necesariamente para  el  actor  la aceptación plena de la situación fáctica que dio por demostrada  el fallador.   

                         Es  pertinente  advertir  sí,  que  si  se  desconoce  que  un sujeto anda armado y  sometido  a  requisa  nada  se  le encuentra en su poder, pues obvio resulta que  ningún  delito  podrá  imputársele  ante la total ausencia de prueba sobre el  porte  ilegal  de armas. Pero cuando el porte del arma =o de cualquier sustancia  prohibida=  está  plenamente  demostrado,  la  simple  circunstancia  de que el  sujeto  logre  deshacerse  de  ella  y  que  por  tanto,  al ser requisado no se  encuentre  en  su  poder  el  elemento  prohibido  que  inmediatamente antes del  registro  llevaba  consigo,  es  un aspecto que en nada incide en la adecuación  típica  de esta conducta. Para la Sala, también se equivoca la libelista y con  ella  la Delegada, al sostener que la conducta delictiva no se configuró porque  no  se determinó si el arma que portaba el acusado era de defensa personal o de  uso privativo de la Fuerza Pública.   

                         Al  respecto  es pertinente aseverar que de conformidad con el decreto 2535 de 1993,  y  la  misma  afirmación puede hacerse de cara a las normas que regían para el  momento  de ocurrir los hechos, “cada una de las armas de fuego existentes en el  territorio  nacional  en  manos  de  los particulares, debe tener un (1) permiso  para  tenencia  o  para porte” (art.20), lo que en otros términos significa que  en  Colombia  es  prohibido  portar  armas de fuego (sólo se exceptúan de esta  prohibición  las  armas  largas  de pólvora negra, incluídas las escopetas de  fisto  =art.25=),  ya  sean  éstas de defensa personal o de uso privativo de la  Fuerza  Pública,  si  no se posee el permiso correspondiente. Y la violación a  esta prohibición constituye delito.   

                      Ahora  bien.  Cuando el arma que se porta es de uso exclusivo de la Fuerza Pública, la  pena  para  el  delito de porte ilegal, por esta única consideración, es mucho  más  severa.  Y  como  quiera  que  dentro  de  las  armas  de  fuego sólo son  consideradas  como  de  uso  exclusivo  de  la  Fuerza  Pública  las que reunan  determinadas  características (art.8 ibidem), es obvio que para responsabilizar  a  una persona de este específico ilícito de porte ilegal de armas de guerra o  de  uso  privativo de la Fuerza Pública, es indispensable establecer si el arma  ilegalmente portada reune estas condiciones especiales.   

                  Mas cuando  se  trata  del  delito de porte ilegal de arma de fuego de defensa personal o de  uso  civil  como  las  denomina el decreto que se ha venido citando, como quiera  que  esta clase de armas no requieren de ninguna característica especial, basta  con  demostrar  que  el  arma  portada,  incautese o no, es de fuego y que no se  encuentra   dentro   de   las   excepciones   previstas   en   el   art.  25  ya  citado.   

                  En el caso  sub  júdice  es  esta  última  la  situación planteada. Dentro del proceso se  demostró  plenamente  que  Tangarife  Jiménez portaba una pistola o revólver,  sin  permiso  legal  para  ello,  pues  no  se  aportó  salvoconducto alguno ni  documento   que   estableciera   que  el  acusado  tenía  dicha  autorización.  Recuérdese,  a  este  último  respecto,  que al momento de su aprehensión fue  requisado  y  no portaba ni siquiera sus documentos de identidad (fl.40 vto.), y  téngase  en  cuenta,  además,  que  en su indagatoria manifestó no poseerlos,  “porque  no  he  sacado  tarjeta  ni nada”, razón de más para confirmar que no  tenía  salvoconducto,  toda  vez  que  éste  no  se expide a favor de personas  indocumentadas.  Y  como  por  esta conducta típica se le condenó, la Corte no  encuentra  que el Tribunal hubiera incurrido en la aducida violación directa de  la ley sustancial.   

                  Este cargo  también  se  desechará  y  consecuentemente,  la  sentencia  debe  mantener su  firmeza.   

                  En mérito  de  lo expuesto, LA CORTE SUPREMA, SALA DE CASACION PENAL, oído el concepto del  Procurador  Segundo  Delegado, administrando justicia en nombre de la república  y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                    NO CASAR  la sentencia impugnada.   

                   Cópiese,  notifíquese y devuélvase al Tribunal de origen. CUMPLASE.   

NILSON    PINILLA   PINILLA                            FERNANDO   E.   ARBOLEDA  RIPOLL   

RICARDO           CALVETE  RANGEL             CARLOS    E.    MEJIA  ESCOBAR   

DIDIMO    PAEZ    VELANDIA                                 EDGAR    SAAVEDRA  ROJAS   

JUAN   MANUEL   TORRES   FRESNEDA                      JORGE ENRIQUE VALENCIA M.   

                                  Carlos   Alberto   Gordillo  L.   

                                                  SECRETARIO   

     

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