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1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 16209  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 149  

          Santafé   de   Bogotá,   D.  C.,  treinta  de  septiembre  de  mil  novecientos noventa y nueve.   

VISTOS  

          El   Procurador   54   Judicial  en  lo  Penal  de  Bucaramanga,  ha  interpuesto  y  sustentado  el  recurso de casación excepcional en contra de la  sentencia  de segundo grado fechada el 24 de junio de 1999, por medio de la cual  el  Tribunal  Superior  de  dicha  ciudad  condenó al procesado GUILLERMO LEÓN  PABÓN  PABÓN  a  la  pena principal de doce (12) meses de prisión, como autor  del   delito  de  violencia  intrafamiliar,  que  además  de  la  familia afectó la integridad física de su  compañera permanente LUZ MARINA PABÓN CARRILLO.   

          De  acuerdo  con la facultad prevista en el inciso 3° del artículo  218  del  Código de Procedimiento Penal, corresponde a la Sala decidir sobre la  concesión o negación del recurso extraordinario.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

          Según  lo  relata  el  fallo del Tribunal, en el barrio La Trinidad  del  municipio  de  Floridablanca,  departamento  de  Santander,  la señora LUZ  MARINA  PABÓN  CARRILLO  había  establecido una unión marital de hecho con su  compañero  GUILLERMO  LEÓN  PABÓN PABÓN, relación en la cual habían nacido  dos  hijos,  que  para  la  fecha  de  los  hechos  ya  contaban 11 y 5 años de  edad.   

          Entre  la  pareja  se  suscitaron  serias  discordias  por dudas del  varón  respecto de la fidelidad de su compañera, hasta el punto que el día 31  de  agosto  de  1998,  en  las horas de la noche, aquél le reclamó airadamente  porque  ella  regresaba  tarde  de un paseo con su hija, después la golpeó con  sus  extremidades  y  algunos  objetos  que  tenía  al  alcance, ocasionándole  equimosis  en  el  antebrazo  derecho  y  magulladura  en  la región del pubis,  contusiones  que  produjeron  en la agredida una incapacidad definitiva de siete  (7) días.   

          Abierta  la  instrucción  por  un  fiscal  delegado ante los jueces  penales  del  Circuito de Bucaramanga, el mismo funcionario calificó su mérito  el  día  19  de agosto de 1998, por medio de resolución acusatoria formalizada  en   contra   del  sindicado  Guillermo  León  Pabón  Pabón,  a  quien  se le atribuyó el hecho punible de  “Maltrato      constitutivo      de     lesiones  personales”,  previsto  en el artículo 23 de la ley  294  de  1996,  el  cual  debía ser sancionado conforme con las previsiones del  artículo  22  del  mismo  ordenamiento  legal,  por cuanto la incapacidad de la  lesionada era inferior a treinta (30) días (fs. 14 y 54).   

          Por  medio de sentencia fechada el 19 de marzo del año en curso, el  Juez  Décimo  Penal  del  Circuito  de  Bucaramanga declaró la responsabilidad  penal  del acusado y lo condenó a la pena principal de un (1) año de prisión,  como     autor     del     delito    de    violencia  intrafamiliar,   en   la  modalidad  de  maltrato   físico,   conforme   con   el  artículo  22  de  la  Ley  294  de  1996  (fs.  91).   Esta  decisión fue  confirmada  por  el  Tribunal Superior de Bucaramanga, según lo dispuesto en el  fallo ya reseñado (cuaderno 2ª instancia, fs. 12).   

SUSTENTACIÓN DEL RECURSO  

          El  impugnante  empieza  por  señalar  que dentro del proceso se ha  incurrido  en  la causal de nulidad prevista en el numeral 1° del artículo 304  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  por  cuanto  el  fallador  carecía  de  competencia   para   proferir  la  sentencia  impugnada.   Sin  embargo,  a  continuación  hace  reflexiones  que distribuye en cuatro capítulos que titula  el   “desarrollo   de   la   jurisprudencia”,   “la   doctrina”,   “la  jurisprudencia” y los “errores de la sentencia”.   

          En  el  acápite  del  “desarrollo  de  la  jurisprudencia”,  el  recurrente  expone  que  el universo afronta una época de cambios de paradigmas  en   el   derecho   penal,   ocurridos   en  razón  de  la  superación  de  la  “modernidad”   por   la   “posmodernidad”,   pues   se   ha  pasado  del  catastrófico   y  dominante  “positivismo  jurídico”,  con  su  repugnante  “racionalidad   instrumental”,   a  una  concepción  antropológica  de  lo  jurídico,  donde  la  persona  es  el  centro  universal  del Derecho y ella se  aprecia  en  una  función  relacional  y no como simple sujeto-objeto.  El  mundo  del  derecho  trabaja  hoy con la realidad de relaciones de personas y de  cosas,  en  interacción,  plurisubjetividad,  consenso  y  convergencia; con un  discurso  “comprensivo”  y  no  “explicativo” y que no se reduce a meros  entes  jurídicos  abstractos,  como  lo  hacía  el  sistema que fue derrumbado  precisamente    merced    a    su   ciego   perfeccionismo   y   al   insaciable  autoritarismo.   

          En  la  posmodernidad  todo se cuestiona, y todo es cuestionable, no  hay  nada  absoluto,  porque  todo  es  provisional,  y  la  verdad  surge de un  “consenso  plurisubjetivo”.   De modo que no se aviene con la lógica o  filosofía  práctica,  que  es la dominante en el mundo de la vida, afirmar que  una  jurisprudencia  sobre violencia intrafamiliar es “acabada, incuestionable  y  herméticamente  cerrada”,  pues  dicha  doctrina legal sólo fue “mirada  desde  la perspectiva general y abstracta de simples colisiones de competencia y  no  en  el  proceso  activo  de  la decisión jurídica que es de donde brota la  realidad     del     derecho    correcto”,  máxime  que  ella  misma  se  ha  fundamentado  en  doctrina,  postulados  y  paradigmas  del “positivismo jurídico” que en vano trató de  revivirse con el denominado “pospositivismo”.   

          En  cuanto  a  la  “doctrina” y la “jurisprudencia”, dice el  impugnante  que  tales  manifestaciones del quehacer jurídico apenas se reponen  del   impacto   y   la   catástrofe   de   la   modernidad,  pues  el  discurso  filosófico-jurídico  debe conformarse sobre bases distintas a lo “sustancial  ontológico”,  para  pasar  a  la  realidad  social  abierta  de  la dinámica  interpersonal.   Así  entonces, la jurisprudencia sobre la interpretación  y  comprensión  jurídica de los comportamientos que surgen en el desarrollo de  las  relaciones  sociales  interfamiliares, por su trascendencia en la dinámica  de   la  sociedad  contemporánea,  “tiene  que  ser  examinada   con   sumo   cuidado   y   con   la  profundidad  debida”,  pues  no  se  están  manipulando  meros  “entes  jurídicos  ideales”,  sino  sentimientos humanos familiares, cuyo tratamiento desacertado  puede  ser  más  desastroso  para la unidad de la familia.  Sería absurdo  sumar  a  la  violencia  familiar  la  de  orden judicial, cimentada en castigos  retribucionistas,   como   lo   dice  textualmente  la  sentencia  de  la  Corte  Constitucional prohijada por el fallo impugnado.   

          Dice  el  recurrente  que  no  pretende  cuestionar  ahora  aspectos  constitucionales,  sino  que  su  crítica  se centra en el empecinamiento de la  jurisprudencia   de   continuar  el  parámetro  sustancial  ontológico  de  la  modernidad,  fundado  en  parámetros  causalistas y reducido a una racionalidad  instrumental,  propios  del modelo contractualista que dio origen a un “Estado  ideal”  desaparecido en el “constitucionalismo actual”, el cual se refiere  a  un  pacto  social democrático, de derecho, pluralista y participativo, donde  el  pueblo  es  “soberano  intemporal”  y  no cede ningún derecho a ningún  Estado ideal soberano que esté por encima de él.   

          Agrega   que   la   interpretación  jurisprudencial  que  cuestiona  establece  un  molde  jurídico  abstracto, a cuya estructura se hacen coincidir  como   delictuosas   actividades   de  violencia  intrafamiliar,  lo  que  sólo  constituyen   pequeñas   discusiones  conyugales  y  familiares,  cuyo  ámbito  correcto  y  obvio de solución es el propio seno de la familia, máxime que los  jueces  hacen  no  desistible una nimia queja que llevan hasta la condena y pena  retributivas,  en  contravía  de  los principios de extrema necesidad social de  protección  y  el carácter fragmentario, excepcional y alternativo del derecho  penal.   

          Esa  aplicación  indiscriminada  de  la  ley,  sin  que  importe la  cantidad  y  calidad  de  daño  ocasionado,  ni  la modalidad, ni los motivos y  circunstancias  específicas  de  la  relación, produce efectos negativos en la  autoridad  familiar, pues cualquier intimación del padre al hijo se amenaza con  denuncia por violencia intrafamiliar.   

          También  observa  que  dicha  generalización  viola  los  derechos  humanos  consagrados  en  la  Convención  de San José de Costa Rica (Ley 16 de  1972)  y  la  Convención Interamericana de Belén Do Para, Brasil de junio 9 de  1994,   pues   esta   última   estableció   las  faltas  administrativas,  las  contravenciones  y los delitos como tres modalidades diferentes de infracción a  la  ley,  pero  en  este  caso  todo  se  ha  reducido  a  delitos,  sin lugar a  desistimiento para colmo.   

          Por  último, en relación con los “errores de la sentencia”, el  impugnante  señala  que  son  “de derecho”, porque las conductas estudiadas  admiten  desistimiento, como lo reconoce la Corte Constitucional, con más veras  si  se  tiene  en  cuenta  que  delitos  más  graves contra la familia, como el  incesto, son querellables y desistibles.   

          Por  otra  parte,  el  sentenciador  viola un derecho constitucional  fundamental  del  procesado  de  asumir  una  actitud  en  su  vida de relación  familiar,  frente  a  una  situación ya irresistible, como es el adulterio o la  exagerada  lascivia  de su compañera.  Se pregunta entonces ¿dónde está  el  delito  de  violencia  intrafamiliar  y  la  lesión al bien jurídico de la  armonía  familiar?.   ¿En  el  aguante del procesado que le toleraba esas  conductas  disolutas  por  la  avenencia  doméstica  y  en el hecho de lanzarle  guijarros  dentro  de una riña que ella misma inició cuando le tiró una silla  a  su  compañero?.   Esta  subsunción que hizo la sentencia, le parece al  impugnante que es de mera responsabilidad objetiva.   

          Propone  que  se  conceda  el  recurso para presentar una demanda de  casación  seria  y  fundamentada, con el fin de presentar argumentos materiales  de  relación  social,  y poder debatir la “conducta individual, específica y  concreta  del  procesado y no de manera general frente a un derecho abstracto al  estilo positivista”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

          Aunque  la  sentencia  cuestionada  fue dictada en segunda instancia  por  un  tribunal superior, lo cierto es que el máximo de la pena previsto para  el  delito  de  violencia intrafamiliar apenas llega a dos (2) años de prisión  (art.  22,  ley  294  de 1996) y no alcanza entonces el límite objetivo para la  casación  común,  conforme  con el inciso 1° del artículo 218 del Código de  Procedimiento  Penal,  razón  por  la  cual es procedente acudir a la modalidad  excepcional del inciso 3° del mismo precepto.   

          Frente  a  los  dos  únicos  objetivos  que  persigue  la casación  discrecional,  lo  cierto  es  que  el  impugnante  no  es muy persistente en el  cuidado  de  separar  lo que corresponde al desarrollo de la jurisprudencia y lo  que  es  propio de la protección de las garantías fundamentales, a pesar de la  apariencia  de  los  capítulos  separados  del  alegato,  amén de que tiende a  diluir    la    finalidad   en   una   confusa   presentación   del   argumento  jusfilosófico.   

           De  verdad  que  buena  parte  de  las  alegaciones  del recurrente tienen que ver con el proceso de criminalización de  las  conductas  de  violencia  intrafamiliar, el cual no se atiende directamente  por  la  jurisprudencia  sino  en el momento de la producción legislativa, como  acto  soberano  que  compete  al  Congreso y, también eventualmente y de manera  general,  en  las  decisiones  de  constitucionalidad  que  conciernen  la Corte  Constitucional,  si  es  que  la  decisión legislativa llegare a comprometer la  integridad  de  la Carta o valores constitucionales fundamentales, sin perjuicio  obviamente  de  la  inaplicación  por  otros  órganos de la administración de  justicia   merced   a  una  inconstitucionalidad  ostensible  (art.  4°  Const.  Pol.).             

          En  efecto,  correspondía  a la elección del legislador la opción  de   determinar,   por  medio  de  la  norma  jurídico-penal,  si  “la   armonía   y   la   unidad   de   la  familia”  podía  ser  un bien jurídico protegido, y así lo hizo en la ley  294  de  1996,  caso  en  el cual institucionalizó el control penal para cierta  clase  de  conductas  que  él  mismo  debía  individualizar y que regularmente  involucran   un  grado  de  violencia  intolerable  en  la  relación  famililar  (tipicidad),  tal  como  se  previó  en  los  artículos  22  y  23  del citado  ordenamiento  legal.   De igual manera, también corresponde al legislativo  decidir  cuáles  conductas desviadas dentro de la convivencia familiar, a pesar  de  serlo,  pueden  resolverse  en  el  desenvolvimiento del solo control social  informal  de  la  familia,  y  cuándo  debe  apelarse  al recurso extremo de la  solución penal.   

          Se  dice  lo  anterior, porque por más loable que sea la dirección  jusfilosófica  o  política  que  se  invoque,  el  Estado Social de Derecho en  Colombia  obliga  a  la  protección  no  sólo de la familia, sino también del  componente  personal  más  débil  en  la  relación  familiar,  por  medio  de  preceptos  jurídicos  explícitos,  precisos y previos, pues así se infiere de  los  mandatos  constitucionales  insertos  en  los  artículos 1°, 2°, 13 y 29  (sentencias C-408 de 1996, C-285 de 1997 y C-273 de 1998).   

          Así       pues,      como      la      denominada      jurisprudencia  o doctrina legal es la que  fijan  los  tribunales  u órganos superiores de la administración de justicia,  por  medio del conjunto de los principios que sirven de fundamento a cada uno de  sus  fallos (ratio decidendi),  es  fácil advertir que el sistema jurídico creado por el legislador constituye  la  premisa  mayor  del  razonamiento  judicial y, por ende, el desarrollo de la  jurisprudencia  no  podría  desconocer  normas  vigentes,  con  más  veras  si  llegaren   a   ser   avaladas  por  un  juicio  de  exequibilidad  de  la  Corte  Constitucional.   Ello no impide, desde luego, que los jueces, a la hora de  resolver  problemas  sociales,  hagan  uso  de  criterios  politico-criminales o  criminológicos,  siempre  que no desborden principios positivizados como los de  legalidad e igualdad.   

          Bastarían   estas   reflexiones   para  desechar  el  pedimento  de  casación   discrecional  sobre  la  mera  base  de  reflexiones  de  filosofía  jurídica.   Sin  embargo,  el  recurrente hace algunos señalamientos que,  así  no  igualen  en  motivación a los anteriores y haya algún descuido en su  exposición,  la  Corte no puede desconocerlos para justificar la concesión del  recurso.   

          Pues  bien,  es  verdad  que la Corte sólo ha tenido oportunidad de  pronunciarse   sobre   el  delito  de  violencia  intrafamiliar  en  el  ámbito  restringido  de  los  conflictos  de  competencia  (auto  de  marzo 31 de 1997 y  otros),  oportunidad  en  la cual obviamente no pueden anticiparse criterios muy  amplios  sobre  la  tipicidad  del comportamiento, la comparación exhaustiva de  los  tipos  penales de violencia intrafamililar o la cobertura y matización del  bien  jurídico protegido.  Se requiere un espacio más abierto, como es el  del  recurso  extraordinario  de  casación, pues aquí si pueden discutirse con  mayor  espontaneidad  y  libertad,  no  sólo  los  temas sobre los que no puede  avanzarse  mayormente  en  la controversia de competencias (interés jurídico y  tipicidad  inequívoca),  sino otros aspectos propuestos por el recurrente, como  las  conductas  del  cónyuge,  compañero o compañera que supuestamente puedan  justificar  la  conducta  de maltrato del otro; o la procedencia de la querella,  el  desistimiento  y  la  conciliación  en  las  infracciones  previstas en los  artículos 22 y 23 de la ley 294 de 1996.   

          También  es  importante  abrir  la  discusión  para  establecer la  supuesta   violación   de   garantías  como  la  responsabilidad  subjetiva  o  proscripción de responsabilidad objetiva.   

          Claro  que  el  eventual  debate  en  casación  depende  de que los  mencionados  temas y propuestas tengan relación directa con falencias cometidas  dentro  del  proceso,  lo  cual  sólo  puede  apreciarse en una demanda clara y  precisa  que  el  impugnante  debe  presentar  después  de  la  aceptación del  recurso,  conforme  con los lineamientos de los artículos 220 y 225 del Código  de Procedimiento Penal.   

          Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE:  

          Conceder  el  recurso  de  casación  discrecional  propuesto por el  Procurador  54  en  lo  Judicial  Penal  de  Bucaramanga,  en  relación  con la  sentencia  del  Tribunal de la misma ciudad, fechada el 24 de junio de 1999, por  medio  de  la  cual se condenó al procesado GUILLERMO LEÓN PABÓN PABÓN, como  autor del delito de violencia intrafamiliar.   

          En  consecuencia,  regrese  el expediente al tribunal de origen, con  el  fin  de  que  se  cumplan  las  traslados  previstos en el artículo 224 del  Código  de  Procedimiento Penal y, una vez presentada la demanda y los escritos  del caso, lo envíe a la Corte.   

          Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL               JORGE  ENRIQUE   CÓRDOBA   POVEDA                

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                                 EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                              CARLOS    E.    MEJÍA  ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN              NILSON  PINILLA PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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