15458dic1

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 15458  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 194  

          Santafé  de  Bogotá,  D. C., siete de diciembre de mil novecientos  noventa y nueve.   

VISTOS  

          En  virtud del recurso de apelación introducido por el defensor del  procesado  LUIS  CARLOS  MONTOYA  GONZÁLEZ,  examina  la  Corte la sentencia de  primer  grado dictada por el Tribunal Superior de Cundinamarca, fechada el 10 de  diciembre  de  1998,  por  medio  de  la  cual  aquél  fue  condenado a la pena  principal  de  sesenta  y  ocho (68) meses de prisión, como autor del delito de  falsedad  material  de  servidor  oficial en documento  público,  agravada  por el uso, en concurso homogéneo  y  sucesivo.   El fallo revisado también definió la sanción accesoria de  interdicción   de   derechos   y  funciones  públicas,  por  tiempo  igual  al  determinado  como privación de la libertad; se abstuvo de imponerle obligación  resarcitoria;  decretó  el  desembargo  del  vehículo  marca  Chevrolet Swift,  modelo  95,  de  placas BDJ-930 de propiedad del acusado y le negó el subrogado  de la condena de ejecución condicional.   

HECHOS  

          Para  el  año  de  1996,  el  abogado LUIS CARLOS MONTOYA GONZÁLEZ  oficiaba  de  Fiscal  05  Delegado  ante  los  Jueces Penales del Circuito de la  población  de  Zipaquirá  (Cundinamarca),  cargo  en  el cual le correspondió  conocer,  entre  otros,  de tres (3) expedientes relacionados con diligencias de  investigación  previa  adelantadas  por  razón  de  la  muerte en actividad de  tránsito  automotor  de  los  ciudadanos  FREDY REINALDO LA-ROTTA RACHEN, RAÚL  HERNANDO   VILLALOBOS  GIL  y  JAVIER  ORLANDO  OBANDO  PINTO,  ocasionados  con  vehículos  que  no  habían  sido  identificados,  conocimiento que entonces le  sirvió  para  planear  y  ejecutar,  junto  con  los individuos “Jaime    Vega”    y    “Pedro  García”, la manera de apoderarse  de  dineros  del Estado asignados para indemnizar a las víctimas o perjudicados  en  accidentes  de  tráfico  vehicular  para  casos de automotores causantes no  individualizados  o  que  no  posean  seguro obligatorio, o cuando la póliza se  halle  vencida  o  sea  falsa,  valores dispuestos por el Ministerio de Salud, a  través  de  su  cuenta  denominada Fondo de Solidaridad y Garantía del Sistema  General  de  Seguridad  Social en Salud, FOSYGA, y concretamente por medio de la  subcuenta  de  Seguros  de  Riesgos  Catastróficos  y  Accidentes de Tránsito,  conforme con el artículo 218 de la Ley 100 de 1993.   

          En  vista  de que los recursos monetarios eran manejados por encargo  fiduciario,  los  interesados  para la época debían tramitar la indemnización  por  medio del Consorcio FOSGA, con sede en esta capital, razón por la cual, el  5  de  noviembre  de  la anualidad antes citada, el entonces fiscal Montoya   González,   tras  invocar  una  calidad  supuesta de abogado litigante, compareció ante la entidad fiduciaria y  radicó  las  reclamaciones  77504,  77556  y  77559,  por valor individual de $  2.500.000.oo,  y  en  representación  de  las  ciudadanas MARÍA RITA RACHEN DE  LA-ROTTA,  ROSA  YANETH  RAMÍREZ  ALGARRA  y  MARÍA  INÉS  PINTO  DE  OBANDO,  respectivamente, quienes aparecían como perjudicada6   

s   en   las  mencionadas  diligencias  de  investigación  previa a cargo del funcionario, pero que no le habían entregado  ningún  mandato al gestor para esos fines.  Con el propósito de facilitar  la  gestión,  el servidor falsificó tanto los poderes como las certificaciones  sobre  la  existencia  de las referidas averiguaciones en la Unidad Seccional de  Fiscalía  de  Zipaquirá,  aunque  en  este  último caso, lo hizo en nombre de  funcionarios y despachos de Fiscalía distintos al suyo.   

          Como  consecuencia de la fraudulenta operación, el falso mandatario  alcanzó  a percibir un cheque por valor de $ 2.378.670.oo, correspondiente a la  reclamación  número  77556,  girado  a  nombre  de  la  afectada  Rosa  Yaneth Ramírez Algarra, título para  cuyo  cobro  en  el  Banco Ganadero se impuso la huella digital de otra dama que  aquél  presentó  como  si  fuera  la  beneficiaria.  En relación con las  reclamaciones  número  77504  y  77559, se alcanzaron a expedir las órdenes de  pago  por  el  Consorcio  Fiduciario  FOSGA, por suma igual a la antes indicada,  pero   posteriormente   fueron  canceladas  por  falta  de  cobro  oportuno  del  interesado,  pues  éste  se  alejó  al  sentir la investigación que hacía la  Oficina  de  Seguridad de la institución bancaria por la primera defraudación,  y además porque el encargo debía pasar al Consorcio FIDUSALUD.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

          En  razón  de  las averiguaciones que hizo el jefe de seguridad del  Banco  Ganadero  de  esta  ciudad, ante la fiscal jefe de unidad de fiscalía de  Zipaquirá,  la funcionaria encomendó la investigación de los hechos al fiscal  01  de  esa  sección,  quien,  a  petición  del  mismo  imputado  Luis  Carlos Montoya González, le recibió  indagatoria  el  11  de  junio  de  1997 (cuaderno N° 1, fs. 1, 10 y 27).    

          Enterado  de  que  los hechos investigados tenían relación con las  funciones  desempeñadas por el exfiscal sindicado, el instructor inicial envió  las   diligencias  a  la  Unidad  de  Fiscalía  Delegada  ante  los  Tribunales  Superiores  de  Santafé de Bogotá y Cundinamarca (fs. 123 y 124), despacho que  resolvió  la  situación  jurídica  del  inculpado  en la resolución del 7 de  julio  de  1997,  por  medio  de  la  cual ordenó la medida de aseguramiento de  detención  preventiva  (ahí  mismo  mutada  por  detención domiciliaria), sin  derecho  a  excarcelación,  como  autor  de  los  delitos  de estafa agravada y  falsedad  en  documento  privado  (C.  Penal,  arts.  356,  372-2 y 221), y como  determinador  de los hechos punibles de falsedad material de servidor oficial en  documento  público  y  falsedad  material  de particular en documento público,  agravadas   por   el  uso  (arts.  218,  220  y  222,  inciso  2°  idem).   En  la  misma  decisión, se  ordenó  el embargo y secuestro de un vehículo tipo automóvil de propiedad del  procesado (fs. 150).   

          Después  de  ampliar la indagatoria en dos oportunidades, la unidad  instructora,  según resolución del 30 de septiembre del mismo año, redefinió  la  imputación  hecha en la situación jurídica, con el fin de advertir que se  trataba  del  delito  de  peculado  por  apropiación  extensivo, en lugar de la  estafa  (C.  P.,  arts.  133  y  138),  en concurso con los injustos de falsedad  material  de  servidor  público  en  documento público y falsedad en documento  privado.   Se incrementaron los cargos con el hecho punible de utilización  indebida     de    información    privilegiada    (art.    148A    idem),  pero  a  la  vez  se  excluyó  la  atribución  del  ilícito  de  falsedad  material  de  particular  en documento  público,  referido  a  la  presunta  creación  de  una  cédula de ciudadanía  correspondiente  a la beneficiaria Rosa Janeth Ramírez  Algarra (fs. 241, 552, 558 y 588).   

          En  resolución  del  23 de octubre de 1997, la instructora negó la  solicitud  de audiencia especial propuesta por el sindicado y en la misma fecha,  aunque  por  decisión  separada,  declaró cerrada la investigación (fs. 622 y  627).   El  31  de  octubre  del  mismo  año,  se  revocó  la  detención  domiciliaria  y  el sindicado fue capturado el 4 de noviembre siguiente, y desde  entonces  ha estado recluido en las casas fiscales de la Cárcel Nacional Modelo  de esta ciudad (fs. 638 y 648).   

          La  calificación  del mérito sumarial se produjo en la resolución  fechada  el 24 de diciembre de 1997, por medio de la cual se acusó al procesado  por   los   delitos   de   utilización  indebida  de  información  privilegiada,  falsedad de servidor oficial en documento público,  agravado  por  el  uso,  falsedad  en documento privado y estafa agravada, en el  grado   de   tentativa,  en  concurso  heterogéneo  y  homogéneo  a  la  vez.   Igualmente,  se precluye la investigación por el  injusto  de  estafa consumada  en  lo  que  se  refiere  a  la  reclamación  número 77556, por indemnización  integral  de  perjuicios,  y  por el delito de falsedad  material  de  particular  en  documento  público,  en  razón   de   la   inexistencia   del   mismo  (cuaderno  original  N°  3,  fs.  45).   

          Esta  decisión  fue  revisada en segunda instancia por la Unidad de  Fiscalía  Delegada ante la Corte, según resolución fechada el 9 de febrero de  1998,  por  medio  de  la  cual revoca la resolución en lo atinente al concurso  material  de  hechos  punibles de utilización indebida  de   información  privilegiada  y,  consecuentemente,  precluye  la investigación por tales infracciones.  En lo demás, confirma  la  providencia  de  primer  grado (cuaderno 3° de segunda instancia Fiscalía,  fs. 9).   

          Asumido  el  conocimiento para el juicio por el Tribunal Superior de  Cundinamarca,  la  correspondiente  Sala  negó  la  nulidad  pretendida  por el  defensor  del  procesado,  según auto del 8 de junio de 1998.  Aspiraba el  defensor   a   la   invalidez  de  la  actuación  procesal  en  virtud  de  dos  irregularidades  sustanciales, que supuestamente afectaban el debido proceso, la  primera   porque   la   Fiscalía   negó   la   audiencia  especial  o  por  la  obstaculización  de  la  sentencia  anticipada,  y  la  segunda,  por  errónea  calificación  de  algunas  conductas  delictivas  en la resolución acusatoria,  dado  que  no  se  trataba  de  falsedad  material  de  servidor   oficial   en  documento  público  sino  de  falsedad    para    obtener    prueba    de    hecho  verdadero (cuaderno Tribunal, fs. 2 y 54).   

          De  acuerdo  con  providencia  del  2  de julio de 1998, el Tribunal  decretó   la   cesación  de  procedimiento  por  indemnización  integral,  en  relación  con  las  dos  imputaciones  por  el delito de estafa agravada, en la  modalidad  de  tentativa, que tienen que ver con las reclamaciones número 77504  y 77559 (fs. 112).   

          El  3  de  julio  del  mismo  año,  se fijó fecha para celebrar la  audiencia  pública,  pero  el  defensor  interpuso el recurso de reposición en  contra  del  respectivo  auto,  fundado  en que, antes de la ejecutoria de dicha  decisión,  solicitaba  la realización de sentencia anticipada en relación con  los  cargos  por  los  delitos de falsedad en documento  privado,  petición especial que después ratificó el  procesado (fs. 124, 138 y 143).   

          La  diligencia  de formulación de cargos para sentencia anticipada,  exclusivamente   por   el   concurso   de   hechos   punibles   de  falsedad  en documento privado, se llevó a  cabo  el  10  de  agosto  de  1998,  acto  en  el  cual  el procesado aceptó la  imputación (fs. 169).   

          Por  medio  de auto del 12 de agosto siguiente, el Tribunal decretó  el  rompimiento  de  la  unidad  de  proceso, razón por la cual esta actuación  quedó  circunscrita a los delitos de falsedad material  de  servidor  oficial en documento público y, a partir  del  28  de  septiembre  de  1998,  se llevó a cabo la audiencia pública, cuyo  colofón  fue  el  fallo  apelado  que se reseñó en la introducción (fs. 175,  193, 244 y 284).   

          Se  advierte  que,  a  pesar de las posibilidades fácticas, en este  proceso  no  se  debatió  la  concurrencia  real  o  aparente  de  un delito de  asesoramiento  ilegal  (art.  157 C. P.).   

CONTENIDO     PERTINENTE     DE     LA  ACUSACIÓN   

          En  razón de las vicisitudes procesales antes descritas, esta causa  quedó    circunscrita    a    un    concurso   de   delitos   de   falsedad    material    de    servidor    oficial    en    documento  público, agravados por el uso, infracciones sobre las  cuales   se   reflexionó   en   la  resolución  de  acusación  del  siguiente  modo:   

          En  la decisión acusatoria de primera instancia, la fiscal delegada  ante  el  Tribunal  dijo  que, en relación con las reclamaciones número 77504,  77556  y  77559,  se  estableció  documentalmente, también por aceptación del  procesado,  que  éste  utilizó  indebidamente la información extraída de las  tres  (3)  investigaciones  a su cargo y certificó falsamente sobre ellas, dado  que  en  la  primera y la tercera lo hacía en nombre de despachos diferentes al  suyo  (fiscales  06  y  08)  y,  para asegurar el resultado ilícito, omitía el  nombre  del  funcionario  en  la  parte  del  otorgamiento.   En la segunda  reclamación,  el acusado certificó,  como era veraz, la existencia de las  diligencias  por  homicidio  en  tránsito,  el  lugar  y la fecha de los hechos  ocurridos  y  el  nombre del occiso, pero también, falsamente, se hizo aparecer  que  lo hacía a petición de los interesados y con destino único y exclusivo a  la  Compañía  de  Seguros,  al  igual  que  inventó  el  nombre y la firma de  “Héctor      González     Trujillo”,  como  fiscal  certificante,  pues,  así  lo  admite el propio  sindicado,  no podía figurar él como funcionario si se presentaba como abogado  de la petición.   

          El  defensor  interpuso  el  recurso  de  apelación en contra de la  resolución  acusatoria  y,  entre  otros  aspectos, adujo que era equivocada la  calificación  jurídica  de  los hechos relacionados con las certificaciones de  la  Fiscalía, pues, si bien su defendido falsificó los respectivos documentos,  lo  atestado  en  ellos era verídico y, por lo tanto, la adecuación típica no  correspondía   al  artículo  218  del  Código  Penal,  sino  a  la  modalidad  denominada  “falsedad  para  obtener prueba de hecho  verdadero”,  conforme con el artículo 228 del mismo  estatuto.   De  cara a esta propuesta, el fiscal delegado ante la Corte, en  la  decisión  emitida  a  la vista de la impugnación, precisó que le asistía  parcialmente  razón  al  impugnante  en  cuanto a “la calificación jurídica  dada  a  la creación de los certificados falsos y su utilización para reclamar  la  indemnización”,  pues,  por  lo demostrado, la información registrada en  los  documentos  era  obtenida  de  los procesos a cargo del fiscal Montoya  González y no existía prueba en  contrario de que ella no correspondiera a la realidad.   

          Sin  embargo,  agrega el funcionario de segunda instancia, el juicio  del  apelante  es  incompleto,  porque,  al final de los respectivos documentos,  también  se  hizo  constar que los mismos habían sido expedidos “a solicitud  de  los  interesados”, expresión que no corresponde a la verdad, dado que las  peticiones  en  ese sentido nunca se hicieron, mucho menos por los familiares de  las víctimas.   

          Recuerda  el  calificador  que  legalmente los servidores judiciales  sólo  pueden  expedir  certificaciones sobre hechos ocurridos en su presencia y  en  ejercicio  de sus funciones, y que además los documentos públicos “hacen  fe   de   su  otorgamiento,  de  su  fecha  y  de  las  declaraciones  que  en  ellos  haga  el funcionario que los autoriza”,  razón  por  la  cual  se  configura en este caso el delito de  falsedad  material  de  servidor  oficial en documento público, agravado por el  uso  (C.  P.  C.,  arts.  116,  262  y  264  y  C. P. P., arts. 218 y 222 inciso  2°).   

          Argumenta  que  no es de poca monta el agregado mentiroso de que los  escritos  habían  sido expedidos a solicitud de los interesados, dado que dicha  expresión  es  la  respuesta  al ejercicio del derecho fundamental de petición  (artículo 23 Constitución Política).   

LA SENTENCIA IMPUGNADA  

          El  Tribunal  aduce que los documentos tachados de falsos tenían el  carácter  de  públicos,  porque  fueron  expedidos por funcionario judicial en  ejercicio  de  su  poder  certificador,  y  que  los  mismos  daban  fe  de tres  cuestiones básicas:   

          1.   Que  en  la  Unidad  de  Fiscalía  ante  los Juzgados del  Circuito  de  Zipaquirá, en un caso, o en los despachos de los fiscales 06 y 08  de  la  misma  sección,  en los otros dos, cursaban investigaciones previas por  homicidio   culposo  en  tránsito,  en  averiguación  de  responsables,  cuyas  víctimas  fueron  Raúl Hernando Villalobos Gil, Fredy  Reinaldo   La-Rotta   Rachen   y   Javier   Orlando   Obando   Pinto.   Se  indican en los escritos, además, las circunstancias de  lugar y tiempo de los hechos.   

          2.   Que  tales  documentos  se  expedían  con  destino  a  la  compañía de seguros, y a petición de los interesados.   

          3.   Y   que  las  anteriores  declaraciones  habían sido  otorgadas  por  el  funcionario judicial a cuyo cargo estaban las diligencias, y  además   que   las   firmas  estampadas  en  los  documentos  correspondían  a  aquéllos.   

          Era  claro  para  el  Tribunal  que  cada una de las certificaciones  glosadas  no  sólo documentaban la existencia de los procesos, sino también el  despacho  fiscal  en  el  cual  se adelantaban, el destino de los documentos, la  indicación  de los solicitantes y el funcionario que los expedía, todo lo cual  constituía  su esencia probatoria.  Se trataba de papeles con un contenido  declarativo,  idóneos  para  fundar  un  hecho  jurídicamente  relevante, cuya  creación integral fue el producto de una falsificación.   

          De  modo  que  las mencionadas certificaciones eran apócrifas en su  integridad,  dado  que  en  los  despachos  fiscales  indicados  no cursaban las  investigaciones  penales sobre las cuales se daba fe; tampoco lo certificado era  consecuencia  de  peticiones  particulares  para  adjuntar  a la reclamación de  indemnizaciones    y    las    firmas    de    los    supuestos   fiscales   era  imaginarias.   

          Precisa  el  a quo  que  no  puede  fragmentarse el contenido del documento, “… como lo pretende  la  defensa  para  en  últimas sostener que la esencia de la certificación era  cierta.    No   puede   llegarse  hasta  el  absurdo  de  pretender  restar  virtualidad  a  la  falsificación  de  la  totalidad  de  un  documento  con el  propósito  de  incrementar  fraudulentamente  el  patrimonio  económico de los  falsarios,  por  el  hecho  de  que  algunos  de  sus  apartes fuera de contexto  resulten  verdaderos.   Sí,  en  realidad,  las investigaciones penales se  adelantaron  pero  en  un  despacho  fiscal  diferente  al  que  se certificaba,  justamente,   en   el  que  era  titular  el  aquí  procesado,  más  no  puede  desconocerse  que  para  la  fiduciaria  no  era valedera la información si era  producto  de una creación falsa, si el futuro beneficiario de la indemnización  no  la  estaba  reclamando,  si el funcionario que ostentaba la competencia para  documentar  no  lo había hecho, en fin, el consorcio no aceptaría cancelar las  indemnizaciones,  si  conocía  que  algunos  de  los papales presentados con la  petición  eran  apócrifos  y  el  comportamiento  de  los solicitantes buscaba  estafar  a  los  depositarios  de  los dineros.  La calidad de víctima que  exigía  la  fiduciaria  fuera  acreditada,  comportaba  inescindiblemente,  que  aquella  de  verdad  fuera  la  reclamante,  ya  por sí misma o por interpuesta  persona” (fs. 308 y 309).   

          Estima  el  Tribunal  que  de  la  manera  indicada  se  rechaza  la  afirmación  de  que  todo  el  aspecto  material  de los documentos era cierto,  igualmente  que  en  el  caso  pudiera  configurarse  el  tipo  aminorado  de la  falsedad    para    obtener    prueba    de    hecho  verdadero,    pues    la   denominada   falsedad     veraz    “comporta    la  adulteración   de   documentos  con  un  contenido  veraz  pero  vulnerando  la  exclusividad   que   la   ley   le   confiere   a   determinadas  personas  para  documentar.   Pero  aquí  ni  el  texto ni la firma de las certificaciones  eran verdaderas” (fs. 309).   

          Afirma  el  juzgador  de  instancia  que  el  procesado Montoya     González     aceptó    la  responsabilidad  de  los  hechos  punibles  atribuidos, bien porque admite haber  entregado  los  formatos  a  otros partícipes para que ellos los llenaran y les  colocaran  los sellos apócrifos correspondientes, ora en razón de que también  remisamente  reconoció que había confeccionado el documento relacionado con el  occiso   Raúl  Hernando  Villalobos  Gil,  aunque  matizado  en  el  sentido  de que los sellos y las firmas  fueron impuestas por los demás intervinientes.   

          Declarada   la   responsabilidad  penal  del  acusado,  el  Tribunal  determinó  que  por  las  circunstancias  del  hecho,  la  gravedad  del delito  cometido  por  un  empleado  oficial en documento público y la personalidad del  procesado,  la  pena deducible, conforme con los artículos 218 y 222 inciso 2°  del  Código  Penal,  no  podía  partir  de  tres  (3)  años  y un (1) día de  prisión,  sino  de  cuarenta y ocho (48) meses, que a la vez se incrementarían  en  doce  (12)  meses por la concurrencia de tres (3) agravantes  previstas  en  el artículo 66 del Código Penal, consistentes en la preparación ponderada  del  delito  (numeral 4°), el obrar con la complicidad de otros (numeral 7°) y  la  posición  distinguida  del  procesado (numeral 11).  En total, serían  sesenta (60) meses de prisión.   

          Sin  embargo,  el  juzgador  de  instancia reconoce el mérito de la  confesión  vertida  por  el  acusado  y,  en razón de ello, disminuye la sexta  parte  de  los sesenta (60) meses de prisión antes totalizados, que equivalen a  diez  (10) meses, lo cual arroja un resultado parcial de cincuenta (50) meses de  prisión.     Esta   cantidad,   según   el   a  quo,  también debía intensificarse en dieciocho (18)  meses,  por  cuanto  se  trata  de un concurso homogéneo y sucesivo de delitos,  para un total final de sesenta y ocho (68) meses de prisión.   

          Las  demás  disposiciones  del  fallo  ya  fueron  reseñadas en la  introducción.   

EL RECURSO  

         El    memorial    de   apelación   se   limita   a   dos   aspectos  fundamentales:   el  primero,  se  refiere  a la insistencia de que el tipo  penal  violado  fue  el previsto en el artículo 228 del Código Penal, en lugar  del  artículo  218 del mismo ordenamiento; y el segundo, atañe a una revisión  de la cantidad de pena impuesta.   

         1.  Sobre el primer tema dice:   

         No  se  discute  la  falsificación  de  cada uno de los documentos,  porque  uno  de  los  requisitos para poder aplicar el artículo 228 del Código  Penal,  es  precisamente  que  exista  una  cualquiera  de  las  falsificaciones  previstas  en  la  gama  comportamental  del  capítulo  tercero, título VI del  estatuto  punitivo.   En  efecto,  el  documento  fue falseado en cuanto al  nombre  del  funcionario,  su  firma  y  la  identidad numérica del Delegado al  interior  de  la  Unidad  de Fiscalía de Zipaquirá, pero siempre con el único  fin  de crear un documento que sirviera como medio de prueba para poder tramitar  la reclamación ante el consorcio FOSGA.   

         Admite  que el documento no podía fraccionarse, pero ello fortalece  su  posición, en lugar de debilitarla, dado que así aquél se considera un fin  en  sí  mismo,  pues  no  hay  duda de que con él se pretendía probar un solo  hecho  verdadero,  consistente en demostrar la existencia de un proceso penal en  preliminares,    correspondiente    a    un    siniestro    que   permitía   la  reclamación.   

         El  fallo  cuestionado  sostiene  que la falsedad se elaboró con el  ánimo  de defraudar y el de probar un hecho verdadero, pero tal observación le  agrega  a  la descripción punible del artículo 228 un ingrediente “normativo  o  subjetivo”  que  el legislador jamás contempló (el fin), porque basta que  el  documento  pruebe  un hecho verdadero, pues en tal caso el bien jurídico no  resulta  lesionado  en  la  misma  proporción  o gravedad que cuando se prueban  hechos  o  circunstancias falsas.  Además, el afán de considerar el daño  al  interés  jurídico  por la finalidad defraudadora con que se utilizaron los  documentos,  no  tiene  justificación  alguna,  pues para ello el sujeto activo  incurrió  en el delito adicional de estafa, imputación a través de la cual se  sancionaba el uso mismo del documento.   

         Cuando  el  tipo  penal  propuesto  se refiere a la “falsedad para  obtener  prueba  de  hecho  verdadero”,  el legislador le da plena autonomía,  pues  la  redacción  no  corresponde  a  los mecanismos que el mismo utiliza en  otras  normas para prever tipos subsidiarios o para disponer fórmulas de unidad  punitiva.   Simplemente, la ley estipula que la comisión de algunas de las  falsedades  señaladas  en  el  capítulo tercero, se sanciona más benignamente  cuando  se  observe  con “plena trasparencia” que se desplegaron para probar  hechos  verdaderos,  tal  como  lo ha admitido la Corte en la sentencia del 2 de  septiembre  de  1992,  cuya  ponencia correspondió al exmagistrado Juan Manuel Torres Fresneda.   

         Argumenta  cómo  está  plenamente demostrado que los hechos que se  pretendían   probar   son   “enteramente   ciertos”,  pues  los  accidentes  certificados  ocurrieron  en  la forma, lugar y fecha consignados en el escrito,  todo  destinado  a  satisfacer  la  exigencia  del artículo 1077 del Código de  Comercio,  precepto  según el cual el reclamante debe probar el siniestro y tal  fue  el  uso que se le dio al documento.  De modo que, a tono con lo dicho,  para  la Compañía de Seguros eran irrelevantes las falsificaciones atinentes a  la  firma  del fiscal y el número del despacho, pues su interés radicaba en la  prueba  del  siniestro  o  accidente,  razón por la cual debe concluirse que la  adecuación  típica  corresponde  al  delito  de  falsedad  para  probar  hecho  verdadero.   

         El  impugnante  recaba en que era irrelevante para la aseguradora el  fingimiento  en  la  identificación  del  despacho  y  la firma del funcionario  correspondiente,   pues  ello  quedaba  obviado  con  el  encabezamiento  de  la  certificación  (Unidad  de Fiscalía de Zipaquirá) y el número de radicación  de   los   asuntos,   datos   que   permitieron  la  ubicación  exacta  de  los  procesos.   

         Advierte  que tampoco es importante el falso agregado final sobre el  origen  de  las  certificaciones, según el cual ellas se hacían a petición de  los  interesados,  pues el documento habría prestado el mismo valor probatorio,  aun  si  se  prescinde  de  aquél,  máxime  que  la  aseguradora  exige prueba  independiente  del parentesco o titularidad del derecho al cobro del seguro, por  medio  de  documentos  idóneos como el registro civil de nacimiento, la partida  eclesiástica  de  bautismo,  el  registro civil de matrimonio o la declaración  extrajuicio sobre la unión marital de hecho.   

         En  conclusión, las certificaciones falsas sirvieron para demostrar  como  prueba  única  e  idónea  la ocurrencia del siniestro (hecho verdadero),  porque  las  mismas  tenían  como  destino  la Compañía de Seguros; ésta las  aceptó  y  en  las  reclamaciones obran pruebas independientes y aptas sobre el  parentesco.   

         2.   En  relación  con  la  medición de la pena, como segundo  tema, el apelante discurre:   

         La  sentencia  valora  doblemente  las  agravantes, pues primero las  estima  para  establecer  la  base  mínima de la pena, y posteriormente hace un  incremento adicional por razón de las mismas.   

         En  efecto, elementos como la personalidad del procesado, el hecho y  su  gravedad,  lo  mismo  que  las  modalidades  de  la ejecución del mismo, le  sirvieron  al  juzgador  para  elevar  el  mínimo  de  pena.  Hasta aquí,  entiende    el   recurrente   que   tales   consideraciones   comprendían   las  circunstancias  genéricas  de  agravación; sin embargo de lo cual, después se  aumentó  nuevamente la sanción por la concurrencia de las agravantes previstas  en los numerales 4, 7 y 11 del artículo 66 del Código Penal.   

         Por  otra  parte, el fallo tuvo en cuenta factores de agravación de  la  pena,  pero  menospreció  los  que  podían  atenuarla, tales como la buena  conducta  anterior  del  procesado;  la influencia de apremiantes circunstancias  personales  o  familiares  en la ejecución del hecho; procurar voluntariamente,  después  de  cometido  el hecho, anular o disminuir sus consecuencias; resarcir  espontáneamente   el   daño,  aunque  sea  en  forma  parcial;  y  presentarse  voluntariamente  a  la  autoridad  (C.  P., artículo 64, numerales 1, 4, 6, 7 y  8).   

         No  hay  duda de que el procesado ha evidenciado arrepentimiento, ya  que  desde  su  indagatoria  hasta  el  momento  de la audiencia de juzgamiento,  reconoció  su  falta  y  el  deseo de resocialización; además, indemnizó los  perjuicios y obtuvo la preclusión y cesación de procedimiento.   

         Por  otro lado, el procesado también libremente solicitó su propia  indagatoria  y  desde  entonces  confesó  el  delito,  igualmente  aspiró a la  sentencia  anticipada,  pero, en razón de errores cometidos por la Fiscalía en  la  calificación  jurídica  provisional  de  los  hechos,  la  misma  no  pudo  concretarse.   

         Si   bien   existían   tres   (3)   agravantes,   las   mismas   se  contrarrestaban  con la concurrencia de cinco (5) atenuantes, razón por la cual  pide   que   se   retire   el   aumento   que  se  hizo  en  relación  con  las  primeras.   

         El  recurrente  también  señala como error en la dosificación, el  hecho  de  que  la  rebaja  de  pena  por confesión se haya realizado antes del  incremento  de  los  dieciocho (18) meses por el concurso delictual, pues en tal  caso la reducción no afectó a esta última cifra.   

         Finalmente,   el   apelante   hace  reparos  sobre  el  quatum  de la rebaja de pena por sentencia  anticipada,  que  no debió ser de una octava parte sino de una tercera, lo cual  sólo  revela  el  descuido  en  el traslado de los argumentos del ámbito de la  terminación  anticipada  especial, que se produjo separadamente, a este proceso  que,   a   partir   de   la  ruptura  de  la  unidad,  continuó  por  la  senda  ordinaria.   

         

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         1.   ADECUACIÓN  TÍPICA  DE  LA CONDUCTA.  Desde la fase  instructoria  del  proceso,  el  defensor ha insistido en que las adulteraciones  atinentes  a  las  certificaciones  de  la Fiscalía no podían calificarse como  falsedad  material  de  servidor oficial en documento  público,  sino  que las conductas encajaban dentro de  los  presupuestos  típicos  de  falsedad para obtener  prueba  de hecho verdadero.  Sin embargo, tanto la  fiscal  de  primera  instancia  como  el  Delegado  ante  la Corte, adoptaron la  resolución  acusatoria  por  la  primera  hipótesis delictiva y descartaron la  segunda.   

         Inclusive,  aun  en  la etapa de juzgamiento, el defensor reincidió  en  su  postura  como  motivo  de  nulidad,  pero  el Tribunal, por medio de una  providencia  asaz respetuosa de la estructura procesal penal colombiana y, sobre  todo,  del  principio  de imparcialidad, se abstuvo de anticipar criterios sobre  el  particular,  pero  le  advirtió al peticionario que, en el evento de que su  tesis  prosperara,  la  variación  de  la denominación jurídica del delito se  presentaría  dentro  del  mismo  capítulo,  y  el  sentenciador  bien  podría  condenar   por  la  segunda  hipótesis  que  resultaba  más  benigna  para  el  procesado,   sin   necesidad  de  invalidar  la  actuación  procesal  (Cuaderno  Tribunal, fs. 73).   

         Como  se  ve, el impugnante no ofrece discrepancias probatorias o en  relación  con  los  hechos,  sino  que  discute  la relevancia jurídica de los  mismos,    pues,    inclusive,    acepta    que    hubo    varias   falsedades  de  servidor  oficial  en documento público,  conforme  con  el  artículo  218 del Código Penal, pero que las  mismas  deben  atemperarse  al  tenor del artículo 228 del mismo estatuto, dado  que   las   mistificaciones   se   produjeron   para  lograr  prueba  de  hechos  verdaderos.    Así   entonces,   tal  aspecto,  al  igual  que  el  de  la  dosificación  de la pena, serán el objeto exclusivo de la revisión de segunda  instancia,  de  conformidad  con  el  artículo 217 del Código de Procedimiento  Penal.   

         La   discordancia   radica   en   que  para  el  Tribunal  no  puede  fragmentarse  el  contenido de los documentos, pues la esencia probatoria de los  mismos  se sitúa no sólo en la existencia de los procesos, sino también en la  identidad   del   despacho   fiscal   que  los  impulsaba,  el  destino  de  las  certificaciones,  la  indicación  de  los solicitantes y el funcionario que los  expedía,  todo  lo cual examinado en conjunto resulta falso, porque si bien las  investigaciones   penales  existían,  se  adelantaban  en  una  oficina  fiscal  diferente   a   la   que   certificaba.    El   a  quo  sostiene  entonces  que  “la  falsedad  no  se  confeccionó  con  el  propósito de probar un hecho verdadero, sino de utilizar  indebidamente  información  reservada, revistiéndola ilícitamente de notas de  veracidad  y  autenticidad,  con el fin de inducir en error a la fiduciaria y al  banco  que  manejaba  los  dineros, atentando en esta forma contra el patrimonio  económico ajeno” (fs. 309).   

         El  impugnante,  en cambio, afirma que el objeto de tales documentos  era  exclusivamente  la  certificación  de  la  existencia  del  “siniestro o  accidente”,  pues  la  falsificación de las firmas, el número del despacho y  el  origen  de  aquéllos  eran  datos  irrelevantes,  hasta  el  punto  que  la  aseguradora los aceptó como medio de prueba.   

         Pues  bien, antes de encarar el estudio dogmático de las hipótesis  delictivas  puestas  en cuestión, deben aclararse dos ingredientes conceptuales  que equivocadamente introduce el apelante en la discusión.   

         Uno,       que       el       alcance  probatorio  de  los  documentos  públicos,  según el  artículo  264  del  Código  de Procedimiento Civil, no se limita a hacer fe de  algunos  hechos  declarados  en  ellos,  sino  que comprende el otorgamiento, la  fecha  y  todas  las  declaraciones  que  allí  haga  el  funcionario  que  los  autoriza.    No   es   jurídicamente  preciso,  entonces,  decir  que  son  irrelevantes  la falsificación de la firma y la distorsión de la identidad del  despacho certificante.   

         El  otro,  que  la  aceptación  de los documentos por la Fiduciaria  FOSGA  no  indica,  consecuentemente  y  en  vista  de  que  ella  sólo  estaba  interesada  en  la  acreditación  del  siniestro, que los demás datos sí eran  irrelevantes,   porque fue precisamente la capacidad integral de engaño de  las  certificaciones  la  que indujo su reconocimiento en la reclamación, unido  ello  a  la  presunción de autenticidad que le imprimían los encabezamientos y  sellos  oficiales  utilizados.   En  realidad,  el  documento  es una forma  singular  de  declaración  de  ciertos  hechos  (diferente  al  testimonio,  el  dictamen,  la  confesión,  etc.),  y lo que se utiliza como prueba es el hecho,  pero su exactitud y veracidad dependen también de la forma.   

         Así  entonces, bien podría hasta aquí prohijarse la calificación  jurídica  que  se  hizo  en  la resolución acusatoria y la sentencia de primer  grado,  en  el  sentido  de  que  el  procesado  cometió  un concurso de hechos  punibles  de  falsedad material de servidor oficial en  documento  público,  agravados por el uso.  Sobre  la  figura  delictiva,  el  artículo  218  del Código Penal, de acuerdo con la  modificación   introducida  por  el  artículo  18  de  la  Ley  190  de  1995,  dispone:   

         “Falsedad  material de servidor público  en  documento  público.  El servidor público que  en  ejercicio de sus funciones falsifique documento público que pueda servir de  prueba, incurrirá en prisión de tres (3) a diez (10) años”.   

         En  efecto,  a  cargo  del entonces funcionario judicial estaban las  tres  (3)  investigaciones  relacionadas  con los siniestros sobre las cuales se  requería  certificación  para  reclamar la compensación monetaria estatal por  daños  a  personas en el tráfico automotor, razón por la cual también era de  su  competencia  el  dar  fe  sobre  los  mismos, y al hacerlo podía constituir  un   documento  público  que se presumía auténtico (C. P. C., arts. 116,  252  y 262-1).  Como acertadamente lo señala el Tribunal, donde el Código  de  Procedimiento Civil dice “jueces”, ha de entenderse hoy, conforme con el  principio   de   integración,   que  el  texto  igualmente  se  refiere  a  los  “fiscales”,  como  otra  especie  del  género  “funcionario  judicial”,  efecto  de  la  división funcional que en materia judicial gobierna actualmente  el  procedimiento  penal  colombiano  (C.  P.  P.,  arts. 21 y 572).     

         De   acuerdo   con   la   redacción   del  tipo  penal  citado,  la  falsificación  material  puede  ser  total  o  parcial,  pero  en  este caso el  procesado   hubo   de   cometer   la  correspondiente  a  la  primera  modalidad  comportamental,  ya  que   se confeccionaron falsamente las declaraciones y  también  se  fingió  el despacho y la calidad del otorgante, dado que, como lo  admite  el  mismo  procesado,  él no podía figurar documentalmente y de manera  simultánea  en  los  dos  roles  incompatibles  de  servidor público y abogado  litigante.   

         Con  todo,  el  argumento  expuesto  no es suficiente para colmar la  seria  inquietud  del  profesional,  pues  éste  también  aduce  que, de todas  maneras,  la falsedad privilegiada o veraz supone la comisión de una cualquiera  de  las  formas  de  falsificación  que le preceden en el capítulo tercero del  título  VI  del  Código  Penal,  sólo  que se atenúa la pena por referirse a  hechos  verdaderos.   De  este  modo,  bien  puede aceptarse que son falsos  todos  los  datos  consignados  en  el  documento,  con tal de que sea cierta la  certificación  del  siniestro,  pues  tal hecho era el único que se pretendía  demostrar con ese específico escrito.   

         Se verá:   

         El artículo 228 del Código Penal dispone:   

         “Falsedad  para  obtener prueba de hecho  verdadero.   El  que  realice  uno  de los hechos  descritos  en  este capítulo, con el fin de obtener para sí o para otro, medio  de  prueba de hecho verdadero, incurrirá en arresto de tres (3) meses a dos (2)  años”.   

         De   la   redacción  transcrita,  la  Sala  extrae  las  siguientes  conclusiones:   

         1.1   El tipo penal del artículo 228  del  Código Penal contiene un elemento subjetivo especial positivo.   Consiste la conducta delictiva en realizar una cualquiera de  las  especies  falsarias  descritas  en  normas  que la preceden en el capítulo  tercero,  pero con el exclusivo “fin de obtener para sí o para otro, medio de  prueba de hecho verdadero”.   

         El  elemento  subjetivo  especial  exige  que  el  autor  realice la  conducta  rectora con un propósito o intención determinada o trascendente, que  en  el  caso  sería el de obtener para sí o para otro medio de prueba de hecho  verdadero,  y por ello su positividad radica en que tal ánimo especial en lugar  de  tratar  de  ahondar  el  injusto,  por su proyección dañina a otros bienes  jurídicos,  pretende  salvar  un  derecho  propio  o de un tercero que está en  riesgo por falta de la prueba regular.   

         1.2   ¿Cuál  es  el  alcance de la  expresión     “medio    de    prueba    de    hecho    verdadero?.   Los  medios  de  prueba,  se  repite,  son  las  formas que  contienen  declaraciones  de  hechos, uno de las cuales, según la relación del  artículo  248  del  Código de Procedimiento Penal, es el documento, al lado de  otros   como   la   inspección,  el  dictamen  pericial,  el  testimonio  y  la  confesión.   En  este  caso,  se  trataría de obtener un documento falso,  como medio de convicción para demostrar un “hecho verdadero”.   

         Obviamente,  como  la figura delictiva analizada no deja de ser otra  modalidad  de la multifacética falsedad documental, la acción deformadora debe  consistir  en  crear  integralmente un “documento público que pueda servir de  prueba”  de  un  “hecho  verdadero”, conforme con los artículos 218 y 228  del  Código  Penal,  razón  por  la  cual  interesa  no  sólo la información  concreta  que  registra  el  documento  como  tal, sino también la destinación  probatoria del mismo.   En  efecto,  la  expresión  “que  pueda  servir de  prueba”, indica tanto la potencialidad del documento  para   generar,  modificar  o  extinguir  relaciones  jurídicas,  frente  a  la  confianza  que  engendra  en  la  sociedad la apariencia de verdad de los signos  escritos,  como también la vocación del mismo como medio probatorio para poder  producir el efecto buscado.   

         En  otras  palabras,  la conjunción de las expresiones “que   pueda   servir  de  prueba”  y  “hecho  verdadero”, que  se  provoca  por  la armonización de los textos de los artículos 218 y 228 del  Código  Penal,  significa  la  aptitud probatoria del documento para establecer  una  relación  jurídica  a  la  cual  se  tiene derecho, porque en la falsedad  atenuada  la prueba de la existencia de un hecho necesariamente debe tender a la  de  un derecho propio o de un tercero que se reclama legítimamente, pues, si no  existe  tal tendencia sino otra contraria, se configuraría la falsedad pública  prevista  en  la  primera  norma, porque allí el autor proyecta un daño contra  derecho  a  otro  interés  sustancial  que  está  más allá de la fe pública  afectada  con  el  solo  falseamiento de la forma.  La figura analizada, en  resumen,  consiste  en  lograr  un fin lícito (la verdad) por un medio ilícito  (la falsificación).   

         Por  ello,  el  “hecho  verdadero” referido en la norma no puede  circunscribirse   a  la  mera  existencia  del  siniestro,  sino  que  comprende  igualmente  la  legitimidad  de  la reclamación y la licitud del fin propuesto,  cuando  el  sujeto se apresta a poner en funcionamiento el documento falsificado  como  medio  de  prueba  en  un  determinado contexto administrativo, procesal o  particular,  como  componentes  de  la relación jurídica prevista.  Si lo  pretendido  con  la  falsificación era obtener fraudulentamente un dinero ajeno  (estafa), el hecho en su conjunto no podía ser verdadero.   

         En  el ámbito situacional del tipo previsto en el artículo 228, se  exige  la  realización de un documento falso y, aunque basta hacerlo con el fin  de  establecer  un  hecho verdadero, se actúa en protección de un derecho y no  para  ofender otros intereses jurídicos.  De modo que, si el sujeto activo  en  este  caso, además de que no tenía ningún propósito positivo, proyectaba  y   concretó   el   fin   de  negar  otros  bienes  jurídicamente  protegidos,  necesariamente  tenía  que  responder en integridad por la falsedad pública en  concurso con el delito contra el patrimonio económico (estafa).   

         Si  bien  se  atempera  parcialmente  el  rigor  sancionatorio de la  falsificación  del  medio  probatorio,  en vista del laudable fin de obtener la  verdad,  lo  cierto  es  que  lo  buscado  en  últimas también era mentiroso y  dañoso,  pues  el  cobro  de  la indemnización no lo intentaban sus verdaderos  titulares sino un impostor que pretendía apropiársela.   

         La  norma  del  artículo  228  del  Código  Penal  fue  tomada del  artículo  282  del Código Penal Italiano de 1889, que a su vez había recibido  la  influencia  del  artículo  249 del Código Penal Toscano.  La historia  del  establecimiento  del  dispositivo  extranjero,  se  remonta a una Relación  Ministerial  del  año de 1889, a cuyo tenor, en la denominada “falsedad veraz  o  privilegiada”,  “el  agente  no se determina a la creación del documento  falso  por  el  propósito  de  causar daño a otro sino para evitarse uno a sí  mismo”  (cita de Luis Enrique Romero Soto.  La Falsedad Documental, pág. 309).   

         En  verdad,  la  casuística  enseña  que  si un acreedor pierde la  letra  de  cambio  que  lo acreditaba y, con el fin de cobrar el dinero que aún  realmente  se  le  debe,  crea un título valor espurio, incurre en la modalidad  falsaria  que  se  estudia y no en la del artículo 221 del Código Penal.   Igual  ocurre en el caso del deudor que confecciona un recibo falso a nombre del  acreedor,  después  de  que se le extravía el documento que daba fe de un pago  verdaderamente hecho.   

         Estos  ejemplos  ilustran sobre cómo, si se aspira a la aplicación  del  instituto  más  benigno  de la falsedad documental, en la verdad del hecho  demostrado,  por  el  falso  medio  de  prueba,  ha  de estar involucrada la del  derecho  perseguido,  porque  el medio probatorio por naturaleza no es un fin en  sí  mismo  en  relación  con  el  hecho  que  declara,  sino  que  apunta a la  construcción  o  extinción  de una relación jurídica, a la cual debe tenerse  derecho  en  este  caso,  pues  sólo  la  licitud  del objetivo final es la que  justifica  la dirección político-criminal del legislador de mutar una pena que  inicialmente  sería  de  tres (3) a diez (10) años de prisión (en el caso del  artículo   218),   por  otra  de  arresto  entre  tres  (3)  meses  y  dos  (2)  años.   

         En  esta  especie  delictiva,  el sujeto activo trata de proteger un  derecho  propio o ajeno, efecto para el cual finge un medio de prueba, y de ahí  que  el  desvalor  de  injusto  pervive  porque el individuo constituye el medio  probatorio  por  una  vía  fraudulenta,  contraria  a  los  métodos  y caminos  jurídicos  que  gozan  de  la  confianza  en las relaciones sociales, aunque el  propósito fuera el de acreditar cosas verdaderas.   

         2.   MEDICIÓN  JUDICIAL  DE LA PENA.  El Tribunal estimó  que  la  pena  para  un  solo  delito  de  falsedad de  servidor   oficial  en  documento  público,  agravado  por  el  uso,  podría  oscilar entre un mínimo de tres (3) años y un (1) día  de  prisión  y  un  máximo  de  quince  (15)  años, acorde con el aumento que  permite  el  inciso 2° del artículo 222 del Código Penal (hasta en la mitad),  en relación con el artículo 218 del mismo ordenamiento.   

         De  igual manera, en vista del examen de las modalidades del hecho y  la  personalidad  del  acusado,  el  a quo  determinó  que  la  dosificación  punitiva  no podía partir del  mínimo  de  tres  (3)  años y un (1) día de prisión, sino de cuarenta y ocho  (48)  meses  (aproximadamente  12  meses  más).  Además, en razón de las  agravantes  genéricas previstas en los numerales 4, 7 y 11 del artículo 66 del  Código  Penal,  el  juzgador  de  primera instancia incrementó otros doce (12)  meses  a  la  sumatoria  parcial,  es  decir,  un total de sesenta (60) meses de  prisión para uno de los hechos punibles de falsedad imputados.   

         Pues  bien,  el  punto  de  partida  para la tasación de la pena lo  suministra  la  consecuencia  prevista en cada uno de las normas violadas (tipos  básicos,   especiales,  agravados  y  atenuados),  pero  la  operación  ha  de  realizarse   dentro   de   los   márgenes  establecidos  en  dichos  referentes  normativos,  y conforme con los criterios básicos ilustrados en el artículo 61  y  demás  dispositivos del capítulo segundo, título IV del Código Penal que,  por las trazas del caso singular, puedan llegar a involucrarse.   

         En  efecto,  en el pertinente inciso primero, el artículo 61 citado  dispone:   

         “Criterios     para     fijar     la  pena.   Dentro  de los límites señalados por la  ley,  el  juez  aplicará  la  pena  según  la gravedad y modalidades del hecho  punible,   el  grado  de  culpabilidad,  las  circunstancias  de  atenuación  o  agravación y la personalidad del agente…”.   

         Las  circunstancias  de  agravación,  bien las específicas ora las  genéricas,  lógicamente forman parte del concepto de “gravedad y modalidades  del  hecho  punible”;  pero,  desde luego, existencialmente pueden presentarse  otras  manifestaciones  comportamentales que aumenten la intensidad del injusto,  sin  que  el  legislador las haya contemplado expresamente como agravantes, y en  tal  medida se justifica la distinción que hace el precepto examinado.  Es  que  gravedad  y  personalidad  se  refieren  globalmente al injusto y al sujeto  responsable   del  mismo,  pero  sólo  incidirá  en  la  dosificación  en  lo  relacionado   con   aquellos  comportamientos  que  no  quedan  específicamente  comprendidos por una atenuante o agravante.   

         Sin  embargo,  es preciso analizar primero, por respeto al principio  de  legalidad,  si  concurren  circunstancias  específicas  y/o  genéricas  de  agravación  dispuestas  como  tales en la ley, y sólo después otras supuestas  manifestaciones  existenciales de conducta que puedan encuadrarse en la fórmula  más   abierta   de   “la  gravedad  y  modalidades  del  hecho  punible”  o  “personalidad  del  agente”, pues bien puede ocurrir que las últimas quepan  perfectamente  en  la  base  fáctica  de  las primeras.  En este orden, el  juzgador   puede   precaver   la   doble   valoración   de   circunstancias   o  comportamientos,   con  consecuencias  punitivas  apreciables,  como  expresión  sustancial  de la garantía que consagra el principio universal del ne bis in idem.   

         El  caso examinado es preciso para la advertencia que se hace.              

         En  efecto,  el  Tribunal  relievó  como  modalidades del hecho las  siguientes:   

         a)   El  conocimiento  que los autores tenían de la existencia  de  un  fondo  estatal  destinado a la compensación solidaria de los perjuicios  sufridos  por personas que, por distintas causas, quedaban desprotegidas y/o sin  posibilidad de acción contra los causantes del daño.   

         b)    Que   a  partir  de  tal  conocimiento,  los  partícipes  diseñaron  una empresa criminal que vaticinaba resultados económicos exitosos,  efecto  para  el  cual  llegaron hasta valerse de una información con carácter  reservado    que    reposaba    en    expedientes    penales    a    cargo   del  procesado.   

         Ocurre  que  la  oportunidad de conocer la existencia de esos fondos  de  solidaridad  estatal, el privilegio de tener funcionalmente una información  reservada  y  llegar  a  usarla  en  un plan delictivo, por medio de una empresa  criminal  cuidadosamente  dispuesta  con  repartición  de tareas, son elementos  conductuales  que  se  ajustan  perfectamente  al  concepto  de  “preparación  ponderada del hecho punible”.   

         Sobre  la  personalidad del acusado Montoya  González,     el     a  quo dijo:   

“Montoya González es un individuo que a  pesar  de haber tenido la posibilidad de hacer estudios superiores, vincularse a  laborar  en  entidades  oficiales, ingresar a la Fiscalía General de la Nación  donde  en  un  corto  tiempo  ocupó  los  cargos  de  fiscal local y seccional,  decidió  paralelamente  con la tarea obtener un ingreso ilícito, como el mismo  lo    dijo   en   la   indagatoria   ‘convencido    de    que    era    un    buen    negocio’    en    el    que    ‘no  solo  se  podía  salir  de  los  problemas    sino    que    se    podía    hacer    un   capital”.   

         Lo  transcrito  es  un  reproche  directo  al  funcionario por haber  aprovechado  la  dignidad,  su  predilecta posición en la sociedad, para buscar  enriquecerse  a  través  del  delito.   En  otras  palabras,  el  Tribunal  reprueba  al  procesado  que haya sido infiel a la investidura y que, a pesar de  ella  y  sus  prerrogativas,  procurara beneficios ilícitos en detrimento de la  sociedad  que  lo  había  exaltado,  todo  lo  cual  muestra  en  realidad  una  personalidad  preocupante,  pero  que  a la vez hace parte del abuso de un rango  humano  destacado  en  la  sociedad por la ilustración (abogado), cargo y poder  (funcionario   judicial),   conforme   con   el  numeral  11  del  artículo  66  citado.   

         Ahora  bien,  cuando  se resalta la dinámica de la empresa criminal  como  modalidad  del  hecho punible, ésta supone el “obrar con la complicidad  de  otro”,  porque  el procesado confesó que había contado con la voluntad y  el  concurso  de  los individuos “Pedro García” y “Jaime Vega”, quienes  también   falsificaron  algunos  documentos  o  le  ayudaron  a  hacerlo.   Significa  entonces  que  son  dos  conceptos  que  se implican recíprocamente,  porque  “obrar  con la complicidad de otro”, no es simplemente tener latente  la   ayuda   sino   realizar   conjuntamente  acciones  delictivas,  que  es  lo  característico  de  una  empresa  criminal.   Bastaba la imputación de la  agravante genérica expresamente traída por la ley.   

         De  modo  que, en el sub-judice, no se justifica  el  primer  incremento punitivo de doce (12) meses de prisión, pues el mismo se  ha  sustentado  en  conductas  que  ora  tienen  identidad  fáctica con las que  soportan  las  tres  (3)  agravantes  genéricas  deducidas,  bien porque pueden  comprenderse  dentro del campo de aplicación de los conceptos contenidos en los  supuestos  de  hecho  de  las respectivas normas de agravación (C. P., art. 66,  numerales 4, 7 y 11).   

         Por  otra parte, el Tribunal valoró positivamente la confesión del  procesado  respecto  de las tres (3) certificaciones falsas expedidas con motivo  de   igual   número   de   reclamaciones   hechas  en  nombre  de  Rosa    Janeth    Ramírez    Algarra,   María   Rita   Rachen   de  La-Rotta y María Inés Pinto  de  Obando, sin embargo de lo cual hizo la detracción  punitiva  por  dicha  actitud  antes  de  disponer el incremento por el concurso  delictivo  (fs.  316  y  317).   Así  entonces, la reducción punitiva por  confesión  sólo  afectó  uno  de  los  tres  delitos de falsedad pública que  sirvió  de  punto  de  partida para el cálculo de la pena, mas dejó por fuera  los otros dos hechos punibles de la misma naturaleza.   

         En  efecto,  la regla del artículo 26 del Código Penal enseña que  primero  debe  dosificarse  la  pena  para  el delito de más grave consecuencia  jurídica  (en  el  caso, cualquiera de los tres), pues, por los hechos punibles  concurrentes,  la  sanción puede incrementarse “hasta en otro tanto”.   En  la  práctica,  el  “otro  tanto”  sería  la pena correspondiente a los  injustos  concurrentes, que jamás puede alcanzar la suma aritmética, y de ahí  que  tal  cantidad adicional también debe tocarse con la rebaja proporcional de  pena,   si   es   que  se  establece  que  igualmente  respecto  de  ellos  hubo  confesión.   

         Como  la  confesión  se  proyectó  a  los tres (3) hechos punibles  reunidos,  lo  correcto  era  hacer  la  reducción punitiva después de cumplir  cabalmente  la  operación  ordenada  en el artículo 26 del Código Penal, esto  es,  cuando  se  hubiera  hecho  el  aumento  correspondiente  a  los delitos en  concurrencia.   

         Así   las  cosas,  la  cuantificación  de  la  pena  principal  se  replanteará en los siguientes términos:   

         Cuando  el  legislador quiere afectar el marco punitivo expresado en  mínimos  y  máximos, correspondientes a las regulaciones básicas o especiales  del  delito,  expresamente lo dice por medio de oraciones tales como “hasta en  la  mitad”,  “en  una  tercera  parte”,  “de la mitad a las tres cuartas  partes”,  etc.   En todo caso, cualquiera fuere el giro gramatical usado,  lo  constante es que en las normas complementarias identificadas por las citadas  expresiones,  se  prevé  una disminución o un aumento proporcional de la pena,  afectando  el  mínimo  y  el máximo, así el punto de partida corresponda a un  (1)  día  porque  el  precepto sólo diga que se aumentará o se disminuirá la  “hasta en la mitad”.   

         En  vista  de  que las circunstancias específicas son elementos que  ayudan  a  precisar  el  injusto  o  a graduar la responsabilidad del sujeto, de  ellas   también   pueden  pregonarse  los  mismos  criterios  de  dosificación  plasmados   en   el   artículo  61  del  Código  Penal,  pues  una  agravante,  verbigracia,  igualmente  exige  la ponderación de su intensidad o del grado de  culpabilidad,  pues  no  son  rígidas  en  su  realización  y  tampoco  pueden  valorarse  por  pura  responsabilidad  objetiva.  Por esta razón, al igual  que  en  las  regulaciones  básicas  o  especiales  del  delito, al aplicar las  circunstancias  específicas  se  modifican  los  límites  mínimo  y  máximo,  creando   un  nuevo  marco  punitivo  dentro  del  cual  el  juez  ejercerá  su  discrecionalidad  con  arreglo  a las pautas del artículo 61 del Código Penal,  pues,  de  otro  modo,  no  podría  elucidarse  cuáles serían los parámetros  explícitos  para  aumentar  motivadamente  sólo  la  tercera parte o la mitad,  incrementar  sólo  un día o la mitad, disminuir únicamente un día o las tres  cuartas   partes,   o   fijar   la   pena   en   un  punto  intermedio  de  esos  extremos.   

         Así,  por  un  delito de falsedad material  de   servidor   oficial   en   documento   público   con  agravante,  el marco punitivo oscilaría entre tres (3) años y un (1) día y  quince  (15) años de prisión, de acuerdo con la integración de los artículos  218  y  222 inciso 2° del Código Penal, pero, en el caso concreto, en lugar de  un  (1)  día,  la pena de partida se incrementará en seis (6) meses, en virtud  del  factor  específico  de  agravación  que  constituye  el uso del documento  público  falso por el mismo sujeto que lo confeccionó, dada el mayor daño que  representa  el  fingimiento  de documentos judiciales, precisamente por el mismo  agente   oficial   que  está  llamado  a  garantizar  la  autenticidad  con  su  intervención.   A  dicha  cantidad se suman doce (12) meses que amerita la  presencia  de  tres  (3)  circunstancias genéricas de agravación (idem,  art. 66, nums. 4, 7 y 11), en vista  de  que  un  mayor  aumento  por  dicha  causa  se  atempera con la concurrencia  simultánea  de  los  factores  atenuantes  de  la  buena  conducta anterior del  procesado   y  su  presentación  voluntaria  ante  la  autoridad  (ibidem,  art.  64,  nums.  1 y 8), para un  subtotal de cincuenta y cuatro (54) meses de prisión.    

         En  cuanto  a las demás circunstancias atenuantes reclamadas por el  recurrente,  bueno  es  advertir  que  no  es clara la influencia de apremiantes  circunstancias  personales  o  familiares en el hecho delictivo, porque el mismo  procesado  revela  como  móvil la codicia de obtener un “buen negocio” o de  “hacer  un  buen  capital”  (C.  Penal,  art.  64, num. 4).  Tampoco es  nítido,  si  este  proceso  se  limita  al  examen  del  delito de falsedad  de  servidor  oficial  en  documento  público,  de  qué manera fue que el procesado quiso anular o disminuir sus  consecuencias  o  resarcir  el daño, cuando en el caso ni siquiera se acogió a  la     sentencia    anticipada    (idem, nums. 6 y 7).   

         Bueno  es  aclarar  que  el  orden  dispuesto  en  esta ponderación  punitiva,  de  lo  específico a lo general, obedece a que nuestro sistema penal  está  gobernado  por  los  principios  de  acto -matizado con trazas de autor-,  lesividad  y  culpabilidad  por el hecho, razón por la cual lo último que debe  considerarse   en   la   tasación   punitiva   es   la  personalidad,  pues  la  responsabilidad  es  por  la  conducta cometida y sólo finalmente la pena puede  adecuarse  por  el  modo  de  ser  que  ha proyectado el sujeto en el respectivo  delito.   

         

         Por  el  concurso de dos hechos punibles de la misma naturaleza, tal  como  lo  hizo  la  instancia,  se  aumentarán  dieciocho  (18) meses y así se  obtiene una suma parcial de setenta y dos (72) meses de prisión.   

         Ahora  bien,  como  el  artículo  299  del Código de Procedimiento  Penal  prevé  una reducción fija de una sexta (1/6) parte, la misma equivale a  doce  (12)  meses y entonces la pena queda definitivamente en sesenta (60) meses  de  prisión,  en  lugar  de  los  sesenta  y  ocho  (68)  meses impuestos en la  sentencia revisada.   

         En   igual   medida,   se   disminuirá  la  sanción  accesoria  de  interdicción de derechos y funciones públicas.   

         Aunque  es  sincera  la actitud de arrepentimiento exteriorizada por  el  procesado  en  el curso de sus diversas actuaciones procesales, lo cierto es  que  jurídicamente,  para  efectos  de  la  pena,  ella  quedó reflejada en el  procedimiento  especial  de sentencia anticipada y la consecuente rebaja, aunque  circunscrita  al  concurso  de  delitos  de  falsedad  en documento privado, por  voluntad  clara  y  expresa del acusado.  Por otro lado, como lo expresa el  Tribunal,  las  demás  actitudes  encomiables  de  dedicación  al estudio y al  trabajo,  después  de  los  hechos  cometidos,  lo  mismo  que su refugio en el  recurso  espiritual  para  una proyección más positiva de su personalidad, son  elementos  que  jurídicamente  no  afectan  la  medición  de la pena, sino que  eventualmente  pueden  influir  en  la  consideración de los sustitutos penales  sobrevinientes a su ejecución.   

         Por  último,  es  pertinente  la  orden impartida por la Fiscalía,  cuando  dirigía  el  curso del proceso, en el sentido de investigar el episodio  de  la  supuesta  imposición  falsa  de una huella digital en el cheque cobrado  como  monto  de  la  indemnización, hecho en el cual presuntamente intervino la  dama   María   Neysi   Jaramillo   Díaz, compañera permanente del procesado.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

         1.   Confirmar  el fallo condenatorio proferido por el Tribunal  Superior  de  Cundinamarca,  en  el  sentido de que los hechos se califican como  delitos  de  falsedad  material de servidor oficial en  documento  público,  agravados por el uso, en concurso  homogéneo y sucesivo.   

         2.   Modificar  el numeral primero de la parte resolutiva de la  sentencia  revisada,  con  el  fin  de determinar que la pena principal impuesta  será  de  sesenta  (60)  meses de prisión, en lugar de los sesenta y ocho (68)  meses que se habían fijado por el Tribunal.   

         3.   Reformar  el  numeral  segundo de la resolución del fallo  impugnado,  a  fin  de  declarar  que  la sanción accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones públicas también será por un lapso igual al de la pena  privativa de la libertad.   

         En lo demás rige la sentencia examinada.   

         Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL               JORGE  ENRIQUE CÓRDOBA POVEDA   

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                                 EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                              CARLOS     E.    MEJIA  ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN              NILSON  PINILLA PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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