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1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 12374  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta No. 199  

          Santafé  de  Bogotá,  D.C,  quince de diciembre de mil novecientos  noventa y nueve.   

VISTOS  

          Decide  la Corte el recurso extraordinario de casación que  en  forma  discrecional  le  concedió  al  defensor  de  la  procesada FANNY PULIDO  BARÓN,  contra  la  sentencia del Tribunal Superior de Santafé de Bogotá, por  medio  de  la  cual  confirmó  el  fallo  de  condena  proferido  por  la  Juez  Veintiséis   Penal   del  Circuito  de  la  misma  ciudad,  por  el  delito  de  tortura,  con  la  reforma  consistente  en que el hecho punible corresponde al previsto en el artículo 279  del  Código Penal, y no al descrito en el artículo 24 del Decreto 180 de 1988,  adoptado  como  legislación permanente por el artículo 4° del Decreto 2266 de  1991,  razón  por la cual redujo la pena principal de sesenta y dos (62) a doce  (12) meses de prisión.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                      El  20  de  agosto  de  1992,  ante la oficina de asignaciones de la Fiscalía General de la  Nación  de  esta  ciudad, la señora Hermelina Becerra  Pérez  presentó  denuncia  penal  en contra de FANNY  PULIDO  BARÓN,  por  los  supuestos  delitos de tentativa de homicidio y fraude  procesal.   

          En  la  atestación hizo saber la denunciante que, en unión marital  de   hecho   con   el   señor  Henry  Antonio  Pulido  Barón,  habían  procreado  a  su  hija  Lina  Maritza  Pulido Becerra y, por razón  de   la   muerte  de  su  compañero,  comenzaron  las  desavenencias  sobre  la  pertenencia  de   la  masa  hereditaria con la señora FANNY PULIDO BARÓN,  hermana  del  finado, quien poseía un poder general del causante sólo hasta el  momento  de  su  fallecimiento,  a  pesar  de  lo cual la apoderada abusivamente  vendió algunos bienes de la herencia.   

          Como  la  quejosa acudió ante diferentes autoridades judiciales, se  desencadenó  una  polémica  entre  los pretensos herederos, pero la denunciada  llegó  al extremo de contratar los servicios de Carlos  Henry  Sander  Gómez  para  que  le  diera  muerte  a  aquélla  y  a su hija, no sin antes someterlas a la intimidación por medio del  envío  de  sendos sufragios, llamadas telefónicas amenazantes a altas horas de  la  noche,  seguimientos  en  automotores  y  motocicletas  hasta los lugares de  trabajo  y  estudio,  lo mismo que admoniciones y hasta vías de hecho en contra  de   los   compañeros   de  Lina  Maritza,  con  el  fin  de que se apartaran de ella y a fe que lo lograron,  según  conductas  que  realizaba  el  mencionado intermediario por cuenta de la  imputada FANNY PULIDO BARÓN.   

          En  razón  de  estos  hechos, el Fiscal Treinta y Tres de la Unidad  Segunda  de  Investigación  Previa y Permanente de Santafé de Bogotá declaró  la apertura de la instrucción el 17 de diciembre de 1992 (fs. 22).   

          Escuchada   en   indagatoria  la  imputada  FANNY  PULIDO  BARÓN  y  allegados  diferentes  medios  probatorios,  tales  como la transcripción de un  “cassette”  y  el  dictamen positivo sobre la muestra de voces que contenía  conversaciones    entre    aquella    dama    y    el   individuo   Sander   Gómez,  el  Fiscal  Ciento  Once  Delegado  ante  los  Jueces  Penales  del  Circuito,  al  momento de resolver la  situación  jurídica (abril 30 de 1993), declaró la inexistencia jurídica del  delito  de  homicidio en el grado de tentativa y, en consecuencia, se abstuvo de  imponer  medida  de  aseguramiento  en  contra  de  la  imputada  y, de una vez,  declaró  extinguida  la acción penal en favor de la misma por el delito contra  la  vida,  pero  ordenó  compulsar  copias   para  investigar los posibles  ilícitos  de  tortura  o  amenazas    personales    o   familiares,  supuestamente  de  competencia de la fiscalía regional (fs. 55 y  250).   

El expediente se envió a la justicia especial  regional,  pero  el  fiscal  encargado  del  caso  declinó  el conocimiento, en  atención  a  que  la  competencia  para  investigar  los  delitos  de  amenazas  personales  o  familiares  era  de  los  delegados ante los jueces del circuito,  jurisdicción  en  la  cual  abrió  formalmente  la  instrucción el fiscal 222  Delegado (277 y 290).   

Escuchada en indagatoria FANNY PULIDO BARÓN,  en  razón  de  la  nueva  imputación, y declarado persona ausente Carlos  Henry  Sander  GÓMEZ,  en sendos  proveídos   posteriores   fueron   consecutivamente  afectados  con  medida  de  aseguramiento  de  caución  prendaria  por  el  delito  de amenazas personales,  conforme  con  el  artículo 26 del Decreto 180 de 1988 (fs. 310, 349, 381, 385,  387 y 397).   

La  imputación pasó del delito de amenazas  personales  o  familiares  al de tortura, según la previsión del artículo 279  del  Código  Penal, pues así lo dispuso la Fiscalía Delegada ante el Tribunal  Superior  en  resolución  del  26  de  agosto  de 1994, por medio de la cual se  atendió  el  recurso  de  apelación  interpuesto  en  contra  de la situación  jurídica  de  la coprocesada Pulido Barón (Cuaderno Fiscalía 2ª instancia, fs. 5).   

El 4 de enero de 1995, la Fiscal Cincuenta y  Siete  Delegada calificó el mérito sumarial y, tras advertir que compartía el  criterio  de  la  fiscalía  de segunda instancia, aclaró que acusaba a los dos  procesados  por el delito de tortura en la modalidad de  psicológica  o moral, previsto en el artículo 279 del  Código  Penal  y  sancionado  con  pena de prisión que oscila entre uno y tres  años  de  prisión  (fs. 425).  Esta decisión quedó ejecutoriada el 7 de  marzo de 1995 (fs. 457v.).   

El   juicio   fue  iniciado  por  la  Juez  Veintiséis  Penal  del  Circuito, funcionaria que decretó de oficio la nulidad  parcial  del  trámite  respecto  del  acusado  Sander  Gómez, a partir de la notificación de la resolución  de  situación  jurídica,  en vista de la ausencia de defensa durante esa parte  de  la  instrucción,  razón  por la cual se produjo la ruptura de la unidad de  proceso  y  continuó  el juzgamiento en relación con la procesada Pulido  Barón,  quien  fue  condenada por  medio de sentencia del 31 de agosto de 1995 (fs. 463, 472 y 506).   

Como el defensor de la procesada interpuso el  recurso  de  apelación, el Tribunal Superior proveyó en el fallo fechado el 12  de  enero  de  1996,  por medio del cual confirmó el sentido condenatorio de la  sentencia   de   primer  grado,  pero  le  introdujo  las  modificaciones  antes  señaladas (cuaderno Tribunal, fs. 4).   

          LA DEMANDA DE CASACIÓN   

          Causal  tercera.             Con la consideración de  que  la  sentencia  del  Tribunal  proviene  de un juicio viciado de nulidad, el  demandante  propone  dos  cargos como fundamento de la censura que por la causal  tercera de casación formula.   

         

De acuerdo con el primero, el censor acusa el  fallo  de  haber  violado  el  debido  proceso  y  el derecho a la defensa, como  producto  de  la  transgresión  directa  de  los  artículos 1°, 333 y 362 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  lo que condujo a la aplicación indebida del  artículo 279 del Código Penal.   

          Dice  que  durante  el  desarrollo  de  la  actuación  que  hubo de  concluir  con  la  condena  de  la  procesada, existió absoluto descuido de los  funcionarios  judiciales,  hecho  evidente  de  su  confusión en el análisis y  valoración  de  la  prueba  aportada  al  proceso,  pues  la  fiscalía dio por  establecido  que  la señora PULIDO BARÓN, en asocio de su sobrino Danilo   Melo   Pulido,  había  afectado  fraudulentamente   la   masa   herencial  dejada  por  el  difunto  Henry   Antonio  Pulido  Barón,  lo  cual  suscitó  una  controversia  entre  éstos  y Hermelina  Becerra  Pérez 

-concubina  del  fallecido-,  quien  denunció  a  la mencionada dama por haber contratado a  Carlos  Henry  Sander  Gómez  para  que  atentara  contra  su vida y la de su hija, amén de haberle promovido  una  violencia  moral  por  medio  de  actos  intimidatorios  como  el envío de  sufragios y llamadas telefónicas de advertencia.   

          Es  así  como  se  omitió dar cumplimiento a las exigencias de los  artículos  249  y  253  del  C.P.P.,  en  especial  por  parte de el fiscal 222  Delegado,  cuando abrió nuevamente la etapa investigativa el 22 de noviembre de  1993,  pero  también  por  la  fiscal  57,  en  el momento que dictó medida de  aseguramiento y calificó el sumario con resolución acusatoria.   

          Adiciona  la  transgresión del artículo 360 del C. P. P., debido a  que  en  la  indagatoria  rendida por la acusada el 3 de marzo de 1994, no se le  interrogó   sobre  las  supuestas  llamadas  como  tampoco  por  el  envío  de  sufragios,  simplemente  por  el contenido de un “cassette”, es decir, sólo  por  el  hecho  que  ya  había sido investigado y definido por la Fiscalía, no  obstante  que  las  sentencias  proferidas  por  el  injusto  de  tortura  hacen  relación  a  aquellas  maniobras,  lo que constituye manifiesto desconocimiento  del debido proceso y del derecho a la defensa.   

          En  este orden de ideas, continúa el casacionista, surtida la vista  pública  y  proferido  el fallo de condena que impone una pena de sesenta y dos  (62)  meses  de prisión, para el Tribunal no mereció ningún comentario que el  Juez  de  primer  grado hubiera sancionado la conducta de acuerdo con el Decreto  180  de  1988,  que  sería  de  la  órbita  de  la justicia regional, sino que  escuetamente  se  limitó  a  reducir  la  sanción  a doce (12) meses, gesto de  benevolencia   para   con   la   funcionaria   a  quo  que contrasta con la inclemencia exhibida en contra de  la  procesada, pues, de un plumazo, le negó el subrogado penal de la condena de  ejecución  condicional,  tras  desconocer pronunciamientos de la Corte sobre la  forma   como  tal  decisión  debe  estar  supeditada  a  un  juicio  razonable,  proveniente  de  la  valoración  conjunta  de la personalidad del sindicado, la  modalidad y la naturaleza del hecho punible.   

          En  el  segundo  cargo  por  vía  de  nulidad,  el actor refiere la  conculcación  del  principio  denominado  non  bis in  idem,     que  consagra  el  artículo  15  del  C. P. P., el cual asegura fue  desconocido  por  el  Tribunal,  dado que en la investigación adelantada por el  fiscal  111  Delegado  se tuvo en cuenta el hecho “de  que  Fanny  Pulido había contratado al sujeto Carlos Sanders (sic) para atentar  contra  la  vida  de  Hermelina Becerra y su hija, así mismo, que Sanders (sic)  había  hecho  llegar  algunos  sufragios con amenazas de muerte, igualmente que  Sanders  (sic)  entregó  un  cassette  con la voz de ellos y que la denunciante  había  recibido  llamadas telefónicas amenazantes”,  conductas  que  más tarde fueron extinguidas por preclusión mediante proveído  del  30  de  abril  de 1993, de tal manera que la fiscal 57 no podía nuevamente  investigarlas,  en  vista  de  que  la  decisión  había hecho tránsito a cosa  juzgada,  resultando  indebido  tomar hechos o circunstancias para una segunda o  nueva investigación.   

          Prevalecía   entonces   la  mentada  resolución  en  la  que  hubo  pronunciamiento  sobre  las  circunstancias resaltadas, la que ejecutoriada hizo  tránsito  a  cosa  juzgada,  dado  que precluyó la investigación, sin embargo  “cambiándose la denominación jurídica del delito,  y  tomando  -irregularmente-  las pruebas de un proceso fallado definitivamente,  se  condenó  a  Fanny  Pulido  Barón”,  sin  tener en cuenta el artículo 15 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  norma  que se opone a la nueva averiguación  punitiva  por  los mismos hechos, ni tampoco el artículo 10 del mismo estatuto,  en  relación  con la favorabilidad.  Para el libelista, basta comparar los  medios  de  prueba  y  el  análisis jurídico que hiciera el fiscal 111, con la  acusación y los fallos de instancia para comprobar su dicho.   

          Seguidamente,  señala  la  precariedad en los fundamentos del fallo  que  están  dados por la prueba trasladada, ya que los elementos de convicción  recaudados  en  el  proceso  que  culminó con la preclusión simplemente fueron  llevados  de  éste  al  otro proceso, sin tenerse presente los artículos 186 y  255  del  C.  P.  P.  que  señalan  el  camino  de  un  legal  traslado  de  la  prueba.   

          Se  trataría  entonces  de pruebas inexistentes, que no podían dar  al  Tribunal la certeza legal por haber dejado de ser producidas conforme con el  derecho.    La   certeza   sólo   se   logra   mediante  el  ejercicio  de  contradicción,  como  uno  de  los  elementos  del  derecho  a  la defensa, por  consiguiente   al   tomar   el   ad  quem   irregularmente   medios   de   prueba   de   un  proceso  fallado  definitivamente,  también  violó el principio de contradicción, lo cual lleva  a  la  nulidad  de  pleno  derecho  de  la  prueba  aportada  y no controvertida  -artículo   29   de   la  Constitución-,  pues  en  la  determinación  de  la  responsabilidad   únicamente   pueden   considerarse   los  medios  probatorios  debidamente aportados al proceso y que hayan podido discutirse.   

          Solicita  la  casación  del  fallo  y  que,  en  cumplimiento de lo  establecido  por  el  artículo  229  numeral  2°  del C. P. P., se libere a la  procesada   de   los   cargos   que   otrora   le   fueron   formulados   en  la  acusación.   

          Causal   primera.    Único   cargo   subsidiario.           De   manera   subsidiaria,   el  recurrente  plantea  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  debido  a un error de hecho cometido por el  Tribunal  al  tergiversar  la prueba sobre la cual el fiscal 111 Delegado había  llegado  a  la  preclusión de la investigación dictada el 30 de abril de 1993,  decisión  que  una  vez ejecutoriada hizo tránsito a cosa juzgada “y  contra  esta decisión no era posible iniciar un nuevo proceso  por    los    ‘mismos  hechos’ así se le hubiera  dado una denominación distinta”.   

          Reitera  que  el fiscal 111 desconoció la prohibición contenida en  el  artículo  15  del C. P. P., en el sentido de no poder disponer el inicio de  otra  investigación  con  base  en  los mismos hechos, por lo que en el segundo  proceso  instruido  y  calificado  por  la  fiscal  57  y  que el Juzgado 26 del  Circuito   culminó   con  sentencia  de condena, la  juez “se vio obligada  a  tergiversar  los  mismos  hechos  analizados  y  fallados  por  otro despacho  judicial.   Se  desconoció  el  principio  de  favorabilidad  de  la  cosa  juzgada”.   

          Recuerda  la  obligación que impone la técnica casacional de   concretar   el   cargo  y,  a  manera  de  resumen,  afirma:   “Al  tergiversar  el  Tribunal la preclusión de la investigación  de  la  Fiscalía  111  con  el fin de darle una nueva denominación jurídica a  hechos  que  ya estaban cobijados por el fenómeno jurídico de la cosa juzgada,  incurrió,  el  sentenciador,  en  ostensible error de hecho violando en forma y  por  falso  juicio  de  identidad la ley sustancial en su artículo 279 del C.P.  por      aplicación      indebida      de     la  sentencia”.   

          Depreca  que  se  case  el fallo con la consiguiente aplicación del  artículo 229 del C. P. P.   

EL CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          En  contravía  de  la  pretensión  del  demandante,  el Procurador  Primero  Delegado en lo Penal sugiere que el fallo no sea casado, de acuerdo con  las siguientes reflexiones:   

          Causal  tercera.              Primer cargo.           Después  de  relacionar  en  detalle  la debida forma como procede el ataque en casación  tratándose  de  la  causal tercera, afirma que no hay demostración de la clase  de  nulidad  invocada,  ni  señalamiento  de  la  actuación  procesal que debe  invalidarse,  pero tampoco la manera como las presuntas irregularidades pudieron  quebrantar    la   estructura   del   proceso   y   vulnerar   el   derecho   de  defensa.   

          El   recurrente   se   limitó   a  expresar,  sin  demostrarlo,  el  incumplimiento  del  principio  de imparcialidad del funcionario en la búsqueda  de  la  prueba  y  la vulneración de la libertad probatoria, mas cuando refiere  que  a la procesada no se le interrogó en la injurada sobre los sufragios y las  llamadas  amenazantes,  el  reproche es infundado porque, si se observa el acto,  otra  cosa  es  lo  que  se  infiere, además de contarse probatoriamente con la  reproducción  mecanográfica  del  “cassette” por el que se le preguntó en  la  diligencia, el mismo que contiene el diálogo sostenido entre la procesada y  el  individuo  Sander Gómez,  donde se hace  mención de las llamadas y los sufragios.   

          Segundo   cargo.               Tras  un  recuento  pormenorizado   de   las   incidencias   procesales  desde  el  momento  en  que  Hermelina   Becerra  Pérez  denunció  los hechos que llevaron al fiscal 111 a la preclusión del proceso en  favor  de la sindicada, por considerar que no se había cometido la tentativa de  homicidio,  sin perjuicio del  ulterior  trámite  que  permitió  a  la  fiscal  57  proferir  resolución  de  acusación  por tortura y más tarde al Juzgado 26 Penal del Circuito la condena  por  el  mismo  injusto,  la  decisión asumida con respecto al delito contra la  vida  “no significa que la procesada quedaba liberada  de   los   cargos   que   por   tortura   se   le   atribuían   en   la   misma  investigación”.   

          Aclara  que  si  bien  la  preclusión  obedeció  a que no existió  principio  de  ejecución  del  delito  tentado,  no  es  cierto que con ello la  Fiscalía  se  refirió  a  todos  los  hechos imputados a la procesada, pues en  relación   con  el  envío  de  sufragios,  las  llamadas  telefónicas  y  los  seguimientos,  dispuso  su  investigación  separada  por  el posible punible de  tortura.   

          Argumenta  que  no  siempre  un  homicidio  ha de estar precedido de  amenazas  hacia  la  víctima,  por manera que si la investigación en principio  adelantada  por la Fiscalía concluyó al no haberse dado ejecución a los actos  preparatorios  (presunta  contratación  de  un  tercero  para  dar  muerte a la  denunciante),  los  restantes  hechos denunciados son constitutivos del ilícito  de tortura, como lo determinó el juzgador en el fallo recurrido.   

          Del  reproche  consistente  en  que  son  nulas de pleno derecho las  pruebas  que sirvieron de fundamento a la sentencia, dice que también carece de  sustento,  en la medida en que por disposición del artículo 255 del Código de  Procedimiento Penal era posible su traslado.   

          En  relación  con  la  negativa  del  subrogado penal a la acusada,  indica  que  es un reproche ajeno a la causal tercera y propio de la primera por  transgresión  a  la  ley  sustancial,  falencia  con  la  cual se desatiende el  principio de autonomía de las causales en casación.   

Causal     primera.      Único  cargo.                 Para  el  representante  del  Ministerio  Público  el  cargo  no tiene fundamentación, dado que si el demandante expresa  que  el  fallador  distorsionó  la  prueba  sobre  la cual el fiscal 111 había  llegado  a  la  preclusión, no señala los medios probatorios en que recayó el  error  y  tampoco  precisa  la manera como fueron tergiversados, aspectos éstos  inherentes al yerro de facto alegado.   

          De  lo  anterior  deduce  lo inmotivado de la supuesta transgresión  del      non      bis      in     idem,  que  además  exige identidad del hecho, supuesto que no se da.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          1.    Nulidad   por   violación   del  debido  proceso.   El   demandante   propone  la  nulidad  por  presunta  transgresión  del  debido  proceso,  en  favor  de  la sentenciada FANNY PULIDO  BARÓN,  si bien con indicación de los motivos previstos en los numerales 2 y 3  del  artículo 304 del C.P.P., también es cierto que no revela a partir de qué  momento  procesal debe declararse la invalidez del trámite, omisión con la que  se  incumplen  las  exigencias  técnicas  del  recurso  extraordinario, las que  igualmente   deben   tenerse   en   cuenta   en   el   contexto   de  la  causal  tercera.   

          La  informalidad  de  la  demanda  se  advierte  aún más cuando el  censor   discute  el  grado  de  credibilidad  sobre  la  base  de  “la  evidente  confusión  con  relación  al  (sic)  análisis  y  valoración    de    la    prueba    aportada    al   proceso”,   planteamiento  que  por ser propio de la causal primera de casación  propicia  al  interior del cargo una dilogía, pues al mismo tiempo que sostiene  tal  hipótesis  de violación indirecta advierte la conculcación de principios  tales  como el de imparcialidad del funcionario en la búsqueda de la prueba, de  libertad   probatoria,  de  investigación  integral,  así  como  la  falta  de  verificación  de  citas  hechas por el procesado en su favor, pero en todo caso  sin  desarrollar  de  manera metódica ninguna de dichas alternativas, salvo las  precarias  referencias  sobre  una  aparente  irregularidad  del  fiscal  222 al  decidir     “abrir     nuevamente    la    etapa  investigativa”,  y  la escueta manifestación de que  el  instructor dejó de interrogar a la procesada en la indagatoria sobre hechos  constitutivos  del  delito  de  tortura por el que resultó acusada y más tarde  condenada.   

          No  obstante las falencias anotadas, al demandante tampoco le asiste  la  razón  en esta censura. En primer lugar, la fiscal 222 Delegada no reabrió  caprichosamente   una   investigación   que   antes  se  había  culminado  por  preclusión,  sino  que  inició  otra  diferente  por  una hipótesis delictiva  concurrente  de  amenazas  personales o familiares o tortura (fs. 290), con base  en  las  copias ordenadas por el fiscal 111 en la resolución del 30 de abril de  1993,  por medio de la cual declaró que no estaba probado el presunto delito de  homicidio  tentado,  pero  que  no eran irrelevantes las acciones instrumentadas  por  la  procesada tendientes a vulnerar la autonomía personal de las víctimas  (fs. 264 y 265).   

          De  tal  suerte,  el  acto  cumplía  una  misión  procesal, por lo  regular  no menos importante en aras del adelantamiento de la investigación por  una  conducta  punible,  de  ahí  que  en el mismo proveído en el numeral 2 se  hubiese  dispuesto  escuchar  a  la señora FANNY PULIDO BARÓN en diligencia de  indagatoria.   

          Ahora  bien, en punto de la injurada, ha sido criterio de esta Corte  el  considerarla  garantía procesal que tiende a asegurar el derecho de defensa  del  imputado,  teniendo en cuenta que es la oportunidad que el Estado le brinda  para conocer las acusaciones que se le hacen.   

          Sin   embargo,  también  debe  recordarse  que  la  indagatoria  no  constituye  un  acto  caracterizado  por  inamovibles  fórmulas en la manera de  interrogar  sobre  los  hechos al que en virtud de antecedentes y circunstancias  consignadas  en  la  actuación,  o por haber sido sorprendido en flagrancia, se  considere  autor o partícipe de la infracción penal, sino además un mecanismo  legal  procesal  a  través  del  cual se vincula a la persona, sin someterla al  juramento,  y  en  el  que  el  funcionario  sólo  se limita a exhortarla a que  responda   de   una   manera   clara  y  precisa  a  las  preguntas  que  se  le  hagan.   

          Lo importante es que el interrogatorio al  imputado   sea  pertinente  en  relación  con  los  hechos  que  originaron  la  vinculación,  y  que  no  haya limitaciones a su intervención o evasivas a sus  requerimientos  sobre  las  constancias y verificaciones que advierta necesarias  para  su  defensa,  pues  las  preguntas simplemente deben ser eficientes, en el  sentido   de  abarcar,  por  lo  menos  fácticamente, la infracción o las  infracciones  imputadas  al  indagado, de tal forma que pueda ejercer la defensa  sobre éstas.   

          Por  eso el hecho de no interrogar por la base fáctica de alguna de  las  ilicitudes  o hacerlo de manera deficiente, es lo que en últimas configura  la violación a los principios del contradictorio y la defensa.   

          En  este  caso,  no  se  advierten  los  vacíos u omisiones que sin  concreción  señala  el  defensor,  en  la  medida  en  que como con acierto lo  plasmó  el  Procurador  Delegado,  no  es  cierto que a la procesada se le haya  dejado  de  indagar  sobre las amenazas y el envío de sufragios

   -hechos   determinantes   de   la  tipicidad  del  comportamiento  atribuido-,  pues,  de  acuerdo con la diligencia de indagatoria practicada el 3  de  marzo  de  1994,  no  cabe  la  menor  duda  de que cuando el funcionario la  interrogó  acerca del contenido del “cassette”, que daba información sobre  las  presiones  indebidas, ello es indicativo de la manera como a la imputada se  le  dieron  a conocer los hechos constitutivos de la infracción por la que más  tarde  fue  acusada  y  condenada,  amén  de  que de entrada ella manifestó el  conocimiento  de  la  queja  instaurada en su contra por la señora Hermelina  Becerra  Pérez “sobre  unas  denuncias  de  amenazas”-,  hechos  en relación con los cuales dio explicaciones libremente, hasta el punto  de  sostener  que las grabaciones e imputaciones de amedrentamiento se debían a  una    confabulación   de   la   denunciante   con   el   sujeto   Carlos  Henry  Sander Gómez, quien además  actuaba estimulado por la paga (fs. 310 y siguientes).   

          Por  lo  demás,  no  sobra  advertir  que el conocimiento sobre los  hechos  que  en  tal sentido comprometían a la ciudadana, llegó a permitirle a  su   defensor   atacar   la   mencionada   prueba   documental  

-contentiva  de  las  amenazas  y  el  envío de sufragios -, de tal  manera  que  en  los  alegatos  de  conclusión  desconoció  su valor legal con  fundamento   en   tesis   expuestas   por   la  Fiscalía  General  (fs.  423  y  424).   

          De  igual  manera,  no  ha  sido  debidamente  sustentado  el  cargo  propuesto  por  la  misma  vía  de  la  causal tercera, en el sentido de que el  Tribunal  no  hizo  ningún  tipo  de  análisis  sobre el error cometido por el  a  quo,  cuando  aplicó una  norma  de  la justicia regional en perjuicio de la procesada, razón por la cual  el    revisor    ad   quem  simplemente  redujo  la  pena  a  un  año  de  prisión  y  negó  ad   libitum  el  subrogado  penal  de  la  condena de ejecución condicional.   

          Pues  bien,  en  relación  con  la  aplicación  que  el juzgado de  conocimiento  hizo  del  artículo  24  del  Decreto  180 de 1988, con el fin de  sancionar   el  delito  de  tortura,  ciertamente  se  sugiere  un  problema  de  incompetencia  que  daría lugar a nulidad de la actuación procesal, pues, como  quiera  que  tal  precepto, emitido en uso de las facultades de estado de sitio,  fue  convertido en legislación permanente por el artículo 4° del Decreto 2266  de  1991,  entonces  el  conocimiento  del hecho delictivo correspondería a los  jueces  regionales  que en la oportunidad todavía existían, según lo previsto  en  el numeral 4° del artículo 71 del Código de Procedimiento Penal, antes de  la   modificación   introducida   por  el  artículo  5°  de  la  ley  504  de  1999.   

          Sin  embargo,  no  puede  perderse  de vista que el artículo 24 del  Decreto  180  de  1988  no subrogó el artículo 279 del Código Penal, sino que  adicionó   al   ordenamiento   jurídico   penal   la   modalidad  especial  de  “tortura    con   fines   terroristas”, de acuerdo con la siguiente redacción:   

“Artículo  24.                  Torturas.        El  que  en  cumplimiento  de  actividades  terroristas,  someta  a  otra persona a tortura física o síquica, incurrirá  en  prisión  de  5  a  10  años,  siempre  que  el  hecho no constituya delito  sancionado     con     pena    mayor”    (se    ha  destacado).   

          Así  entonces,  la resolución acusatoria se expidió por el delito  de  tortura previsto en el artículo 279 del Código Penal, como infracción que  atenta  contra  la  autonomía personal, cuya pena oscila entre uno y tres años  de  prisión,  y  allí  mismo  se  dejó  plasmada  la diferencia de tal figura  delictiva  con  su homóloga prevista en el artículo 24 del Decreto 180 de 1988  (fs. 432).    

De modo que el error fue cometido por la juez  de  primera instancia que, sin atender el principio de congruencia, condenó por  la  modalidad  especial de tortura con fines terroristas, sin embargo de lo cual  tal  yerro  fue  enmendado  por  el  Tribunal,  como podía hacerlo porque no se  trataba  de empeorar sino de adecuar la situación jurídica de la procesada (C.  P.  P.,  art.  217),  máxime  que  así  se  garantizaba el debido proceso y la  defensa al fallar de conformidad con la acusación.   

   

Es  que  el  fiscal  acusador, en uso de los  argumentos  expuestos por su superior funcional en la resolución que revisó la  medida  de  aseguramiento  impuesta  a la procesada, entendió que se trataba de  intimidaciones  desplegadas  en el ámbito restringido de la comunicación entre  dos  personas  o  de miembros de una familia, sin connotación terrorista por su  trascendencia  al  núcleo social, ni ánimo de desestabilizar las instituciones  democráticas,   ni  dirigidas  a  causar  alarma  en  la  población  (cuaderno  principal,  fs.  432  y  433;  cuaderno  fiscalía  2ª  instancia, fs. 10, 11 y  12).   

         

No  hubo  entonces  silencio cómplice en el  fallo  cuestionado,  por el contrario, se introdujeron los correctivos dentro de  los  límites  de  la  competencia  funcional  y,  en  razón de dicho argumento  adicional, tampoco puede prosperar la nulidad alegada.   

          En  cuanto  a  la negación arbitraria del subrogado penal, no sólo  es  algo que así presentado riñe con la conformación de la causal de nulidad,  sino  que  el  actor  tampoco enseña errores de hecho o de derecho que se hayan  podido  cometer,  menos  cuáles fueron los motivos repudiables para la falta de  aplicación del artículo 68 del Código Penal.   

          2.    Otras   transgresiones   al  debido  proceso.   En  esta  ocasión, el demandante  propone  la  nulidad con base en tres planteamientos, a saber:  la presunta  violación  del  principio  rector  del ne bis in idem,  el desconocimiento de las normas que rigen el traslado  de  la  prueba  y, una vez más, la indebida negación del subrogado penal de la  condena de ejecución condicional en favor de la procesada.   

          2.1   Sobre  la  presunta  violación  del principio rector del  ne  bis  in idem,  sea  lo primero afirmar que el censor en  parte  alguna  indica  cuál  sería el motivo de invalidación de la actuación  procesal,  de  conformidad  con  las causales señaladas en el artículo 304 del  Código de Procedimiento Penal.   

          La  orientación  del  cargo  busca  poner  de  presente  que  en la  investigación   adelantada   por   el   fiscal  111  Delegado  se  “tuvo  en cuenta el hecho de que Fanny Pulido había contratado al  sujeto  Carlos  Sanders (sic) para atentar contra la vida de Hermelina Becerra y  su   hija,   así   mismo   que   Sanders  (sic)  había  hecho  llegar  algunos  sufragios   con  amenazas  de muerte, igualmente que Sanders (sic) entregó  un  cassette  con  la voz de ellos y que la denunciante había recibido llamadas  telefónicas  amenazantes”,  razón  por  la cual la  fiscal  57  no  podía  investigar  los mismos hechos, así les haya cambiado la  denominación   jurídica,   pues   existía   una   decisión   que  tenía  la  característica de la cosa juzgada.   

          A  pesar  de  la  falencia formal antes indicada, al igual que en el  cargo  anterior,  la Corte hará examen de la situación planteada en procura de  las  garantías  fundamentales  y  la  preservación de la facultad oficiosa que  tiene a su cargo tratándose de las nulidades.   

          La  garantía  fundamental  del  ne bis in  idem,     consagrada    internamente    en    el    artículo    29    de   la  Constitución,   y que se desarrolla como norma rectora en los artículos 9  y  15  de  los  códigos  penal  y  de  procedimiento  penal, respectivamente, e  internacionalmente    reconocida    en    el    Pacto  Internacional    de    derechos    civiles    y    políticos   

-artículo  14,  N°  7-  y la Convención  Americana  de  derechos  humanos  -artículo  8, N°4-,  aceptados por Colombia mediante las leyes 74 de 1968 y  16  de  1972,  impone la prohibición de la persecución penal múltiple por los  mismos  hechos,  sin  dar  cabida  al  pretexto  de  una denominación jurídica  distinta.   

          De  tal  manera  que  no  es  posible  revivir  una acción penal ya  fenecida  o  que  respecto  de  un  mismo  hecho  puedan las autoridades penales  perseguirlo  simultáneamente,  ni  siquiera  por razones de competencia, ya que  para  evitarlo  existen  normas  sobre  competencia a prevención y colisión de  competencias (artículos 80 y 97 del C. P. P.).   

          En    el    caso   subexamine,  dice  el  demandante  que la decisión adoptada por el fiscal 111  Delegado,  fechada el 30 de abril de 1993, incluía aquellos hechos en virtud de  los  cuales posteriormente la fiscal 57 inició otro proceso, cuyo resultado fue  la  condena  impuesta  a la procesada por el injusto de tortura, conforme con el  artículo 279 del Código Penal.   

          No  empece,  en  claro  desconocimiento  de  la  regla lógica de la  razón  suficiente,  la cual se requería para la demostración cabal del cargo,  lo  que  se  encuentra es que el censor reconoce cómo en la parte resolutiva de  la  mentada  providencia  el fiscal determinó que algunos de los hechos -envío  de  sufragios,  llamadas  telefónicas  y  seguimientos  en  vehículos-, por la  relevancia  penal  que  tenían  no  podían  dejar  de  ser investigados por el  competente  porque  constituían  un  delito  diferente  a  aquél  por  el cual  extinguía la acción penal, esto es, el de homicidio tentado.   

          En  ese  orden  de  ideas,  el demandante no establece que los   comportamientos  que  fueron  objeto de conocimiento y decisión sean los mismos  tenidos  en  cuenta  en  la  ulterior investigación adelantada por el delito de  tortura.      En    efecto,    son    dos    acontecimientos    históricos  diferenciables:   hacer llamadas telefónicas amenazantes, enviar sufragios  e   ir   tras  las  rutas  de  las  víctimas,  son  conductas  que  objetiva  y  subjetivamente,  por  sí  solas, están encaminadas a violentar la autonomía  personal,  como bien jurídico  tutelado  en  el  Libro  Segundo, título X, capítulo 3° del Código Penal; en  cambio,  contratar los servicios de un sujeto para que le de muerte a las mismas  personas  amenazadas,  es  un  comportamiento  que  trasciende  el ámbito de la  libertad  de autodeterminación y se orienta a otro bien jurídico protegido que  es  la  vida, así el fiscal  competente  haya  declarado  que el último acto era meramente preparatorio y no  ejecutivo del delito de homicidio.   

          Es  que,  además  de  la  discriminación por los bienes jurídicos  amparados,  adicionalmente  son  distintas  las conductas rectoras materiales de  los  hechos punibles de tortura y homicidio tentado, pues en la primera consiste  en  “someter  a  otra  persona  a tortura física o  síquica”  (art.  279  C.  P.), cometido que en este  caso   se  logra  mediante  las  llamadas  telefónicas,  los  sufragios  y  los  seguimientos;  mientras que el principio de ejecución del delito contra la vida  partiría  de  la exteriorización de una conducta que ingresara dañinamente en  ese  ámbito de relación, más allá de la afectación de la autodeterminación  de    las   personas   (art.   323   idem).   

          Por   lo   visto,  el  asedio  psíquico  a  las  víctimas  fue  un  comportamiento  básico  distinto  al  de  preparar  o ejecutar la muerte de las  mismas,  que  fáctica  y jurídicamente le cumplen a dos tipicidades distintas,  razón  por la cual el primero (en sus variadas modalidades de llamadas, envíos  documentales  o  seguimientos),  no podía considerarse normativamente integrado  como  elemento  o  circunstancia  del  segundo.  Se configuraba entonces un  concurso  material  de  delitos,  de conformidad con el artículo 26 del Código  Penal.   

          Así  las  cosas,  la  decisión  tomada  por el Fiscal 111 sobre un  supuesto  delito  contra  la vida en la modalidad tentada, bajo ningún punto de  vista  podía  frenar una futura investigación referida a hechos cuyo carácter  punible  de  manera  inequívoca había definido la ley penal como constitutivos  de  tortura,  por  ende potencialmente transgresores del bien jurídico distinto  de la autonomía personal.   

          De  ahí  el  acierto del Procurador Delegado, quien para aclarar el  asunto   precisó  que  “no  siempre  el  delito  de  homicidio  ha  de  estar precedido de amenazas hacía la víctima”,  lo  que al parecer es uno de los soportes del criterio del censor  para  afirmar  que  los hechos que sirvieron de apoyo para el esclarecimiento de  la  comisión  del  delito  de  tortura,  eran  los  mismos  que ya habían sido  investigados  como parte esencial del delito contra la vida; pero no, pues, como  bien  se  lee  en  la  resolución  del Fiscal 111 Delegado, la extinción de la  acción  por  el  último  injusto  no  fue determinada por una insuficiencia de  daño  o peligro en las llamadas, las amenazas o el envío de sufragios, sino en  vista   de   la  inejecución  de  actos  concretos  tendientes  a  eliminar  la  dama.   

          De  esta  forma, si bien en principio el fiscal instructor tuvo a su  conocimiento  la totalidad de los hechos denunciados por la señora Hermelina  Becerra  Pérez, no por lo mismo  puede  afirmarse  que  la  medida  tomada  por él  diera a entender que la  decisión  se refería a todos ellos, pues, por el contrario, el fundamento y la  resolución  resaltan  que  se  fenecerá  la  acción  penal  por  la  conducta  relacionada  con  la  vida,  pero  que  debían  investigarse  separadamente los  comportamientos  que  autónomamente atacaban la libertad de autodeterminación,  aunque  en  este  último  caso  equivocadamente,  en su momento, el funcionario  señalaba una competencia distinta.   

          2.2   Ahora  bien, en relación con el planteamiento referido a  la  prueba  trasladada,  otras  de las vertientes del ataque por falta al debido  proceso,  debe  de  entrada  decirse  que  la  ilegalidad  de  los  elementos de  convicción  no puede controvertirse en casación por medio de la causal tercera  (nulidad),  sino  a  través  de  la  primera  (violación  indirecta  de la ley  sustancial),  ya que en últimas el yerro judicial consistiría en apreciar unas  pruebas   que   jurídicamente   son   inexistentes,   lo  que  en  la  doctrina  jurisprudencial  ha  recibido  el nombre de error de derecho por falso juicio de  legalidad.   

          En  efecto, de acuerdo con el artículo 29 de la Carta, “es  nula  de pleno derecho, la prueba obtenida con violación del  debido  proceso”,  contenido  normativo superior que  indica  que  cuando se violan las formas sustanciales de cada medio probatorio o  éste  se introduce con detrimento de los derechos fundamentales, la sanción es  la   inexistencia   de   la   prueba   y   no   la   nulidad  de  la  actuación  procesal.   

          Entonces,  si  hipotéticamente  en  el  proceso no existieran otras  pruebas  válidamente evacuadas y suficientes para sostener la condena, admitida  la  irregularidad  sustancial de las atacadas, debería optarse por la sentencia  absolutoria  y  no  por  la  invalidación  del  trámite, en aplicación de los  principios   de  presunción  de  inocencia  y  el  de  la  duda  en  favor  del  reo.   

          No  obstante  lo  dicho,  el  recurrente  pierde la orientación del  recurso  extraordinario  y más bien asegura que también se violó el derecho a  la   defensa   por  falta  de  contradicción,  sin  parar  mientes  en  que  el  requerimiento  de  la  trascendencia de la irregularidad demanda una indicación  de  la  manera  concreta como se obstaculizó el conocimiento y el ataque de las  pruebas,  pues nada útil tributa al proceso y a las partes la desestimación de  unos  medios de convicción que todas maneras cumplieron el objetivo global para  el  cual  fueron  trasladados, esto es, ser advertidos y tener la posibilidad de  ser  afirmados  o  confutados  por todos los sujetos procesales (C. P. P., arts.  186 y 255).   

          En  efecto,  a  este proceso se trasladaron del trámite inicial, en  copia  auténtica,  el  dictamen  espectrográfico y las inspecciones judiciales  realizadas  al  Banco  Popular, sucursal Las Nieves, al Banco Ganadero, sucursal  Unicentro,  y  al  proceso radicado número 0219, y, aunque se echa de menos las  notificación   prevista   en  el  artículo  186  citado,  no  puede  por  ello  acreditarse  transgresión en detrimento de la procesada, pues días después de  haberse  logrado  la  incorporación de las mencionadas unidades de información  al  proceso  -10  de  marzo  de  1994, folio 341- y antes de haberse decidido la  situación  jurídica  de  la  imputada  -15  de  marzo  de 1994, folio 349-, el  defensor  solicitó  copias  de  toda  la  actuación  procesal  -folios  342  y  343-.   

          De   modo   que,   según   lo   ocurrido  con  posterioridad  a  la  irregularidad  advertida, es dable entonces concluir que a la luz de la regla de  la  instrumentalidad  de  las  formas, el acto cumplió con la finalidad para la  cual  estaba  destinado  -artículo 308, numeral 1°-, motivo por el cual con la  actitud  del  defensor  a  las  claras  quedó  satisfecha  la  publicidad  y la  contradicción,  elementos  básicos  del  derecho  a  la  defensa en materia de  prueba trasladada.   

          En  relación  con  la  reincidencia en la censura por negación del  sustituto  penal  de  la  condena de ejecución condicional, cobran vigencia los  argumentos intercalados en respuesta a un cargo anterior.   

          Con  todo, a pesar de la deficiencia técnica, tampoco se percibe la  arbitrariedad  que  señala el demandante, pues debe decirse que la sentencia no  se  integra sólo con las conclusiones, sino que éstas se deben a las premisas,  y   en   una  de  las  cuales,  de  manera  lógica,  expresó  el  ad      quem      que     “teniendo   en   cuenta  las  modalidades  y  gravedad  del  hecho  delictivo  realizado,  lo perverso de los fines buscados y la personalidad de la  procesada,  no  procede  en su favor el otorgamiento de la condena de ejecución  condicional”.   

          Por las razones expuestas el cargo no prospera.   

          3.   Violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  (cargo en  subsidio).                  Esta     objeción,     planteada  subsidiariamente  por el censor, al igual que las anteriores, no está llamada a  prosperar  por  sus  carencias en la construcción del juicio técnico requerido  por el recurso extraordinario de casación.   

En   efecto,   el  demandante  propone  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  derivada  de  un error de hecho,  “al  tergiversar  el  Tribunal  la preclusión de la  investigación  con  el  fin de darle una nueva denominación jurídica a hechos  cobijados   por   el  fenómeno  jurídico  de  la  cosa  juzgada”;  sin embargo no  hace  esfuerzo  mínimo  alguno  por destacar cómo en verdad, sobre la supuesta  base  de  que  la  decisión  del  fiscal  111  resultó distorsionada, el nuevo  proceso  seguido por tortura no contó con medios probatorios diferentes, de tal  manera  que por ello el funcionario haya basado el fallo exclusivamente sobre un  medio afectado por el error.   

          Es  decir,  el  actor  abandona  el  cargo en la mera opinión, pero  olvida  la  insustituible  obligación  de demostrar la trascendencia del error,  dada  la  naturaleza  rogada  del  recurso  y  el ingreso de la sentencia a sede  extraordinaria  con las notas de acierto y legalidad, únicamente destronables a  través  de  la  adecuada  formulación  del cargo, la puesta de presente de los  yerros  y  la  potencialidad de éstos para derruirla por la falta ostensible de  legalidad,  razón  de ser del recurso extraordinario, el cual no es una tercera  instancia,  como  bien  lo ha sostenido de manera pacífica la jurisprudencia de  la  Corte  y  la  doctrina, sino un auténtico juicio de confrontación legal de  las decisiones censuradas.   

Desde este punto de vista, fácil es observar  la  persistencia  del  casacionista  en  el  entendido de que los hechos por los  cuales     fue    juzgada    la    señora    Pulido  Barón  y  encontrada  responsable  por  el injusto de  tortura,  fueron  los mismos que en su momento procesal llevaron al fiscal 111 a  extinguir  la acción penal en su favor por el delito de homicidio tentado, pero  sin  lograr  adecuar  su  dicho al cargo que por causal primera presenta en esta  oportunidad.    Por   lo   demás,   no   obstante   la   informalidad,  la  determinación  de  su  querer  e  inquietud  sobre  el  tema  del  ne  bis  in  idem,  dio  lugar  a  una  respuesta  que  ya se extendió en  párrafos precedentes.   

Habrá de desestimarse el cargo.  

En  mérito  a  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA DE CASACIÓN PENAL, administrando  justicia  en  nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE:  

NO   CASAR   la  sentencia impugnada.   

Cópiese, cúmplase y devuélvase.  

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                              JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA           

CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                                          EDGAR      LOMBANA     TRUJILLO           

MARIO    MANTILLA   NOUGUES                                          CARLOS    E    MEJÍA    ESCOBAR           

                                                                                       No hay firma   

ALVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                                 NILSON      PINILLA  PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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