11588e

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 11588  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.46   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa Fe de Bogotá, D. C., siete de abril de  mil novecientos noventa y nueve.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  8  de  noviembre  de  1995,  mediante  la cual el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Antioquia  condenó  al  procesado  JOSE  BAUDILIO  RUIZ a la pena principal de diez (10) años  de  prisión,  como determinador responsable del delito de homicidio agravado en  la  modalidad  de  tentativa,  de  que se hizo víctima a Ramiro Antonio Montoya  Ruiz.   

                      Hechos y  actuación procesal.   

                      El  2 de  septiembre  de  1992,  aproximadamente  a  las ocho de la noche, en el sector de  Puente  Restrepo  del  Municipio de Salgar (Antioquia), un sujeto desconocido se  acercó  al  establecimiento cantina “Brisas del Puente”, administrado por Oscar  Arbey  Osorio  Cardona,  donde  departían, en la parte exterior, Ramiro Antonio  Montoya  Ruiz, José Ovidio Bermúdez Sepúlveda y Hugo Alejandro Osorio Gómez,  y  sin  mediar  palabra  alguna  disparó  repetidamente  contra  Montoya  Ruiz,  causándole  heridas  que le determinaron una incapacidad definitiva mayor de 90  días,  y  perturbación  funcional permanente del aparato locomotor, el aparato  urinario,  y  el  sistema  nervioso  periférico  (fls.12  y  40-1).     

                      Desde el  comienzo  de  la  investigación preliminar, la víctima acusó a José Baudilio  Ruiz  de  haberlo  mandado  matar,  señalando  que  entre  ellos  se han venido  presentando  enfrentamientos  desde  cuando  José  Baudilio  convivía  con  su  hermana  Francy Janneth. Ya en dos ocasiones había pretendido quitarle la vida,  pues  el 3 de febrero anterior, su hijo Manuel Salvador Ruiz Gómez, le disparó  sorpresivamente  en  la  bomba de gasolina del lugar, cuando se desplazaba en un  vehículo  de  servicio  público  hacia  Medellín,  causándole  lesiones y la  muerte  a  su prima Liliana María Patricia Bedoya. Antes de esto, el 8 de enero  del  mismo  año, en desarrollo de un altercado, él había disparado su arma de  fuego  contra  José  Baudilio,  ocasionándole  algunas  heridas  (fls. 6vto. y  16-1).   

                     El proceso  estableció  que  entre  la  familia  Ruiz  Gómez y Ramiro Antonio Montoya Ruiz  venían  presentándose  enfrentamientos  desde  hacía  ya algún tiempo (4 o 5  años),  debido  a  las  relaciones de José Baudilio con Francy Janneth Montoya  Ruiz,  y  al  apuñalamiento de Jairo Alberto (hijo de José Baudilio) por parte  de  Ramiro,  debiendo destacarse, por su gravedad, los ocurridos el 8 de enero y  3 de febrero de 1992, ya referenciados.   

                    A comienzos  del  año  de  1993,  la fiscalía escuchó en declaración juramentada a María  Victoria  Ruiz  Gómez,  hija de José Baudilio Ruiz, quien acusó a su padre de  ser  el  “autor intelectual” de los dos atentados llevados a cabo contra Montoya  Ruiz  en el año de 1992, el ejecutado por su hermano Manuel Salvador (a. Salvo)  el  3  de febrero en la bomba de gasolina, donde perdió la vida Liliana María,  y  el  ocurrido  el 2 de septiembre en el sector de Puente Restrepo, donde dicen  que  participó  su  hermano  Marco  Aurelio  (a. Mingo), y un pistolero a quien  apodan  “el  zarco”,  hijo de “Nano Velásquez”, que viven en los Andes, a quien  su  papá  le  habría  pagado. Califica de “regulares” sus relaciones con éste  (fls.41, 97-1).   

                           En  ampliación  de  indagatoria dentro del proceso seguido por el atentado del 3 de  febrero  de  1992,  Manuel  Salvador  Ruiz Gómez afirmó, bajo juramento, haber  ejecutado  el  hecho por iniciativa de su padre, quien le facilitó el revólver  y  le  prometió  que  le  pondría  un abogado. Aseguró, así mismo, que en el  atentado  del  mes  de septiembre en el sector de Puente Restrepo, intervinieron  un  pistolero  de  nombre Rodrigo Velásquez, quien vive en “Las Andes”, a quien  su  padre contrató por la suma de ciento cincuenta mil pesos para hacerlo, y su  hermano  Marco  Aurelio, encargado de señalar la víctima. Como “el trabajo” no  culminó  con  la  muerte de Ramiro, su precio se redujo a sesenta mil pesos. De  estos  hechos  se  enteró  por  comentarios que le hizo su propio hermano Marco  Aurelio,  quien  días  después  recibió  de su padre dinero en préstamo para  adquirir   una   heladería  cerca  del  cementerio  (fls.45-1).  En  idénticos  términos  declaró  luego Manuel Salvador dentro de este proceso (fls. 54 vto.,  164-1).   

                    Establecida  la  identidad  del  presunto autor material del atentado, y obtenida copia de su  cédula   de  ciudadanía,  se  practicó  reconocimiento  fotográfico  con  la  intervención  de  los  testigos Ramiro Antonio Montoya Ruiz, Oscar Arbey Osorio  Cardona,  Hugo  Alejandro  Osorio  Gómez  y  José Ovidio Bermúdez Sepúlveda,  habiendo  señalado  los  tres  primeros  la  fotografía  de  Rodrigo de Jesús  Velásquez   Guevara,   con   cédula  de  ciudadanía  No.3´568.934,  como  la  correspondiente,  por su parecido, al sujeto autor de los disparos (fls.67 vto.,  68  vto.,  70  vto., 72, 73, 74). El último, se abstuvo de hacer señalamiento,  manifestando  no  haber encontrado correspondencia con ninguna de ellas (fls. 69  vto.).   

                          Con  fundamento  en  estas  pruebas,  la Fiscalía vinculó al proceso  mediante  indagatoria  a  Marco  Aurelio  Ruiz Gómez y José Baudilio Ruiz (fls.57 vto. y  62),  y  a  través de declaración de persona ausente a  Rodrigo de Jesús  Velásquez Vergara (fls.75 vto., 76 y 77-1).    

                                

                        En  su  injurada,  Marco Aurelio (a Mingo), niega cualquier participación de su familia  en  el atentado del 2 de septiembre contra Ramiro Antonio Montoya Ruiz. Reconoce  que  las  relaciones entre ellos no han sido las mejores, pero afirma que no por  ello  puede  acusárseles  de este hecho. Es falso que su padre haya ordenado la  muerte  de  Ramiro,  y  que  él  hubiera contribuido con el señalamiento de la  víctima,  o  recibido  dinero  por  hacerlo.  La plata para la adquisición del  negocio  la  solicitó  en  préstamo  a  su  padre,  y  ascendía  a la suma de  doscientos  mil  pesos.  Jamás  le hizo comentarios a Manuel Salvador sobre una  supuesta  participación  suya  en  el  hecho,  puesto  que poco se hablan, y la  última  vez  que lo hicieron fue en la cárcel, a solicitud de aquél, para que  le  preguntara a su padre si pensaba nombrarle un abogado, y como éste se negó  a  hacerlo,  se  enojó  bastante. Afirma haber sido amigo de Rodrigo Velásquez  Guevara,  de  quien  nada  sabe hace más de un año, y no tiene conocimiento de  las relaciones de su padre con dicho sujeto (fls.57 vto.-1).   

                         José  Baudilio,  niega igualmente haber tenido participación en el atentado. Conoció  a  Rodrigo  Velásquez  en  su  condición de ciclista, siendo él miembro de la  Junta  de  Deportes  y  del  Comité de Ciclismo de Salgar, hace aproximadamente  unos  diez  años,  y  desde  entonces  no  tiene  noticias de él. Es falso que  hubiera  contratado  a  este  señor  para  matar a Ramiro, como también que le  hubiera  prestado  dinero  a  su  hijo  Marco  Aurelio  en  retribución  por su  participación  en  el  hecho.  Las  relaciones  con  sus hijos son fluctuantes,  buenas  y  malas,  unos  se  han  enojado porque no les sostiene el vicio, otros  porque  no  les  ha  escriturado  lo  que tiene. Los problemas con Ramiro vienen  desde  10  años  atrás, cuando vivía con su hermana Francy Yanneth. Después,  con  ocasión  del  herimiento  de  su  hijo  Jairo  Alberto,  las relaciones se  deterioraron.  Luego  vino  el  atentado  en  su  contra  en  el mes de enero, y  seguidamente  el  de  Ramiro, en el mes de febrero, realizado por su hijo Manuel  Salvador.   Finalmente,  el  atentado  del  mes de septiembre, respecto del  cual  nada  puede  decir porque desconoce quien lo hizo. Afirma haber pagado una  condena  de  cinco años por el delito de homicidio, y hallarse en la actualidad  detenido  por  tentativa de homicidio, en calidad de “autor intelectual”, dentro  del  proceso  seguido contra su hijo Manuel Salvador, por el atentado de que fue  víctima Ramiro en el mes de febrero (fls.62 ss.-1).   

                    Del proceso  hacen  también  parte,  entre  otras  pruebas,  los testimonios de José Ovidio  Bermúdez  Sepúlveda  (fls.14 y 141), Hugo Alejandro Osorio Gómez (fls.3, 25 y  143   vto.)   y  Oscar  Arbey  Osorio  Cardona  (fls.4  y  142  vto.),  testigos  presenciales  de  los  hechos; Jorge Eliécer Ruiz Gómez (fls.114), Martha Nora  Ruiz  Gómez  (fls.134),  Gabriela Ruiz Gómez (fls.141 vto.), y Gabriela Gómez  de  Ruiz  (fls.  140),  hijos  y  ex-esposa  respectivamente  de José Baudilio,  quienes  declaran  sobre  sus relaciones familiares; y, el testimonio trasladado  de  Javier  de  Jesús  Velásquez  Vergara (fls.183), hermano de Rodrigo, quien  informa  sobre  las actividades ilícitas de éste, su condición de sicario, la  amistad  que  mantenía  con José Baudilio, y los comentarios que se escuchaban  en  el  sentido  de que habría participado con un hijo de éste, también amigo  suyo,   en   el   atentado   contra   Ramiro   (a.  Patepalo).      

                    Resuelta la  situación  jurídica  de  los  procesados  y  clausurado el ciclo investigativo  (fls.81  y 194 vto.), la Fiscalía, mediante proveído de 10 de febrero de 1994,  dictó  resolución  acusatoria  en  contra  de  José Baudilio Ruiz, Rodrigo de  Jesús  Velásquez Vergara y Marco Aurelio Ruiz Gómez, como determinador, autor  material  y  cómplice, respectivamente, de los delitos de homicidio agravado en  la  modalidad  de  tentativa,  y  porte  ilegal  de  armas  de  fuego de defensa  personal,  acorde  con  lo previsto en los artículos 323 y 324, numerales 4º y  7º  del Código Penal, y 1º del Decreto 3664/86, incorporado a la legislación  permanente  por  el Decreto 2266 de 1991 (fls.212). Impugnada esta decisión, la  Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal,  por  auto  de  14  de abril siguiente,  precluyó  la  investigación  en  favor de Marco Aurelio Ruiz Gómez, y mantuvo  incólume    la    acusación    respecto    de   los   otros   dos   procesados  (fls.251).   

                    En la etapa  del  juicio  fueron  recepcionados los testimonios de Hernán de Jesús Sánchez  Agudelo  (fls.338),  Mario  Hernando  Holguín  Gil (fls.339 vto), Rubén Darío  González  Velásquez (fls.341) y Gilberto de Jesús Sánchez (fls.343), quienes  al  unísono  declaran  sobre  el  carácter  belicoso  y  conflictivo de Ramiro  Antonio  Montoya  Ruiz, y la buena conducta de José Baudilio Ruiz, de quien los  tres primeros aseguran haber recibido favores.   

                    Por auto  de  2  de  septiembre  de  1994,  el  Juzgado  Promiscuo  del Circuito de Ciudad  Bolívar  cesó procedimiento en contra de Rodrigo de Jesús Velásquez Vergara,  por  muerte  (fls.346,349), y mediante sentencia de 6 de junio de 1995, condenó  a  José  Baudilio  Ruiz a la pena principal de diez (10) años y seis (6) meses  de  prisión,  y la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas  por  diez  (10)  años,  como  determinador  responsable  de los hechos punibles  imputados en la resolución de acusación (fls.383).   

                     Apelado  este  fallo  por la defensa, el Tribunal Superior de Antioquia, mediante el suyo  que  ahora  es  objeto del recurso extraordinario, absolvió al procesado por el  delito  de porte ilegal de armas de fuego, y mantuvo la condena por el delito de  homicidio  en  la  modalidad  de  tentativa, fijando la pena para este delito en  diez (10) años de prisión (fls.442).   

                         La  demanda.   

                        Con  fundamento  en  la  causal  primera  de casación, cuerpo segundo, el demandante  plantea  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  concretamente  de  los  artículos  22,  23,  323  y  324 del Código Penal, y 247 del de procedimiento,  debido  a  errores  de  hecho  provenientes de falsos juicios de identidad en la  apreciación  de  las  pruebas  que  sirvieron  de  sustento  a  la decisión de  condena, por distorsionamiento de su expresión fáctica.   

                    Sostiene  que  la  sentencia impugnada se apoyó en los testimonios de los hermanos Manuel  Salvador  y María Victoria Ruiz Gómez, hijos de José Baudilio, y los indicios  de  móvil  y  capacidad para delinquir, derivados de la enemistad existente con  Ramiro  Antonio,  y  la  capacidad  económica  del  procesado, que le permitía  contratar  un  sicario, dándole a la referida prueba testimonial un alcance que  no  tiene,  con  desconocimiento  de  las  reglas de la sana crítica, en cuanto  minimiza  el  odio  y el rencor que los declarantes experimentan hacia su padre,  al  señalar  que  en  el  proceso  no  existía  prueba de tanto desafecto, que  condujera a la descalificación de sus dichos.   

                     Con el  propósito  de  evidenciar sus asertos, transcribe apartes de los testimonios de  los  hermanos Jorge Eliécer, Martha Nora y Gabriela Ruiz Gómez, donde aluden a  las  pretensiones  económicas  de  Manuel  Salvador  y  María  Victoria,  y al  deterioro  por este motivo de las relaciones con su padre, para sostener que los  sentimientos  de odio y animadversión de estos últimos van mucho más allá de  lo  denominado  equivocadamente  por  el  Tribunal  “poco cordiales relaciones”,  afectando su credibilidad, según las reglas de la sana crítica.   

                   A esto se  agrega  que  los  mencionados  testigos  no  percibieron directamente los hechos  objeto  de  su  denuncia,   sino  que  los  refieren  de terceras personas,  convirtiéndose  en  declarantes  de  oídas, resintiéndose por tal motivo aún  más  su  credibilidad.  María  Victoria  no  presenció el evento delictivo, y  Manuel  Salvador  ni  siquiera  se  encontraba en Salgar. La primera sustenta su  dicho  en  rumores  callejeros,   y  el  último  en  una confidencia de su  hermano  Marco  Aurelio,   pero  tanto éste como las personas que citó en  condición de testigos, lo desmienten abiertamente.   

                     Resulta  claro,  entonces,  que  la  sentencia  le  dio  credibilidad  a unos testimonios  afectados  por el odio y la animadversión hacia el procesado, desconociendo las  reglas  de  la  sana  crítica, y distorsionando, por consiguiente, su verdadero  sentido,  lo  cual  llevó  a  la  estructuración  del error de hecho por falso  juicio de identidad denunciado.   

                   El propio  Tribunal  reconoce que estos testigos mintieron en el proceso, al dar por cierto  que  los hermanos María Victoria y Manuel Salvador no salieron bien librados en  cuanto  a  la  acusación  que  hicieran  a Marco Aurelio, “en el sentido de que  había  acompañado  hasta  el  teatro de los acontecimientos al autor material,  con  el  fin de mostrarle a la víctima, y que, según María Victoria, hasta le  había   propinado   el   último  disparo  a  Ramiro  Antonio  Montoya,  porque  fehacientemente  se  demostró  que  solo  el  sicario  se  hizo  presente en el  bar”.   

                     Y aún  cuando  a  continuación  el  ad quem argumenta que no por ello pierden poder de  convicción,  es  lo  cierto  que  su  apreciación, no obstante estar llenos de  odio,   de   referirse   a  hechos  que  nunca  percibieron,  y  de  haber  sido  procesalmente  reconocidos  como  mentirosos, distorsiona la verdad, no pudiendo  su    contenido    constituir    prueba    suasoria    para    fundamentar   una  condena.   

                        Los  falladores  también incurrieron en error de hecho por falso juicio de identidad  en  la  valoración  que  hicieron de la prueba indiciaria, toda vez que tomaron  como  “hecho  indicador  del indicio de móvil para delinquir”, la existencia de  enemistad  entre  el  procesado  y  la  víctima,  pero  de  ello  no se infiere  lógicamente  que  aquél  haya  participado  en  el  atentado, con menor razón  habiéndose   acreditado   que  Ramiro  tenía  otras  enemistades,  según  las  exposiciones  de  Hernán  Sánchez,  Mario  Holguín, Rubén Darío González y  Gilberto  Sánchez.  Además,  la  lógica  enseña  que  la  sola  enemistad no  necesariamente  permite  afirmar la perticipación en el hecho, siendo por tanto  indispensable  acudir  a  otros  medios  de convicción que aquí no existen, de  donde  se  sigue  que  el  sentenciador  distorsiona  el contenido del indicio a  través  de  un  error  de  hecho en la inferencia, y por eso el falso juicio de  identidad.   

                      Igual  situación  se presentó con la circunstancia referida a la solvencia económica  del  procesado,  de  donde  se  dedujo  el  indicio de capacidad para delinquir.  Obsérvese  que  según la falaz versión de Manuel Salvador, el precio acordado  había  sido de ciento cincuenta mil pesos, cantidad que muchísimas personas en  el  Municipio de Salgar estaban en condiciones de pagar, pudiendo por tal motivo  soportar  similar  imputación.  Por  tanto,  de las circunstancias de poseer el  procesado  capacidad  económica,  y  tener  enemistad con el ofendido, no puede  inferirse lógicamente que hubiese sido determinador del atentado.   

                         La  tergiversación  de  la  prueba  en  la forma indicada, determinó la violación  indirecta  del  artículo  247  del  Código  de  Procedimiento Penal, en cuanto  reclama  certeza  de  la  realización del hecho punible y de la responsabilidad  del procesado.   

                  Apoyado en  estas  consideraciones solicita a la  Corte casar la sentencia impugnada, y  en su lugar proferir decisión absolutoria.   

                    Concepto  del  Ministerio Público.                          

                                                                                                                                    

                         El  Procurador  Primero  Delegado  en lo Penal inicia su concepto anticipando que el  cargo  no  tiene  vocación  de  prosperidad, puesto que el actor no se ocupa de  demostrar  la  tergiversación  que  sufrieron los testimonios citados, sino que  apoya  el  ataque  en  una  personal  apreciación de la forma como debieron ser  valorados   estos   medios  de  prueba,  enfrentada  a  la  lógica  y  razonada  evaluación   del   Tribunal,   sin   que  de  esta  confrontación  resulte  la  comprobación de manifiestos errores de apreciación probatoria.   

                     De  la  lectura  de  las  sentencias,  se  desprende  que el juzgador en ningún momento  distorsionó  el  contenido  de  los  testimonios  de  María  Victoria y Manuel  Salvador  Ruiz, ni los calificó como testigos presenciales. La credibilidad que  ameritaron  fue  producto  de un cotejo con el resto del acervo probatorio, y si  Manuel  Salvador  fue el primero que dejó al descubierto la identidad del autor  de  los  disparos,  no  por  ello podía restársele credibilidad, habiendo sido  tenida  esta  circunstancia,  por el contrario, como prueba fehaciente de que en  verdad  los  testigos  conocieron  de  buena fuente los pormenores del siniestro  plan.    

                   En cuanto  dice  relación  con el error de hecho por falso juicio de identidad derivado de  la  valoración  que  se  hizo  de  la  prueba  indiciaria,  el  censor no logra  demostrar  tampoco,  de  qué  manera, los juzgadores tergiversaron la prueba de  los  hechos indicadores, y aún cuando su ataque está orientado a cuestionar la  deducción  judicial  que  sobre  ellos  se elabora, tales circunstancias fueron  tomadas  en  cuenta por el sentenciador, no habiendo sido elementos contundentes  para  la  decisión  de condena.                                      

                             

                         Un  planteamiento  de  esta  naturaleza, desconoce las previsiones de los artículos  300  a 303 del estatuto procesal, según las cuales la apreciación de la prueba  indiciaria  no  está  sujeta  a tarifación alguna, lo que equivale a reconocer  que  su  confiabilidad  reposa  en la demostración racional del hecho indicador  como  en  la  capacidad  del  juez para sopesarlo, e inferir la existencia de un  hecho  desconocido,  y  la  relación  con el sujeto a estos extremos vinculado.   

                         El  impugnante,  en  definitiva,  no hace cosa distinta de cuestionar la valoración  probatoria  realizada  por  los  juzgadores  de instancia, olvidando que nuestro  ordenamiento  procedimental penal establece que las pruebas deben ser apreciadas  en  conjunto,  de acuerdo con las reglas de la sana crítica, dejando a su cargo  la  facultad de determinar su crédito, y la posibilidad de rechazar los apartes  de  los  testimonios que resulten infirmados por otros elementos de convicción,  y  de acoger los que tengan respaldo procesal, en aras de descubrir la verdad de  los  hechos,  como  lo hicieron en el caso sub judice, atendiendo los principios  de la sana crítica.   

                     Por las  anotadas razones, solicita a la Corte desestimar la censura.   

                         SE  CONSIDERA:   

                    El error  de  hecho por falso juicio de identidad derivado de la distorsión del contenido  material  de  la  prueba,  es  sustancialmente  distinto del que se presenta por  desconocimiento  de  las  reglas  de  la  sana  crítica en la estimación de su  mérito,    de    naturaleza    igualmente    fáctica,    pero   de   contenido  distinto.   

                         El  primero,  ha  sido  dicho  por la Corte, surge cuando el juzgador al apreciar la  prueba  tergiversa  su  expresión  literal  poniéndola  a decir lo que ella no  dice.   Es  de carácter objetivo, contemplativo, y su demostración supone  hacer  evidente  la  falta  de  correspondencia  entre el contenido material del  medio   probatorio,   y   la   percepción   que   la   sentencia   hace  de  su  texto.   

                  El segundo  ocurre  cuando  el  fallador, al establecer el mérito de una determinada prueba  sujeta  a  la  apreciación  racional,  lo  hace con desprecio manifiesto de las  reglas  de  la  sana  crítica. Es de carácter apreciatorio, y su demostración  supone  acreditar  que  la  inferencia realizada no corresponde a la que imponen  los postulados de la lógica, la ciencia o la experiencia.   

                  En el caso  sub  judice,  el  demandante  inicia  la  propuesta  de ataque afirmando que los  juzgadores  falsearon  el  contenido  material  de  las pruebas que sirvieron de  apoyo  a  la  decisión  de condena, entre ellas los testimonios de los hermanos  María  Victoria  y  Manuel Salvador Ruiz Gómez, con lo cual pareciera ubicarse  dentro  de  los  marcos  de  la primera hipótesis de error de hecho estudiadas,  pero  en  el  desarrollo  del cargo no hace cosa distinta de cuestionar el valor  probatorio  otorgado en la sentencia a los referidos testimonios, trasladando de  esta  manera  el ataque al campo de un tipo de error de configuración distinta,  más  propia  del falso juicio de convicción, y dejando la formulación inicial  sin sustento.   

                         En  relación  con  esta segunda propuesta de ataque, no pueden ser desconocidos los  esfuerzos  realizados  por el casacionista en procura de demostrar la existencia  del  yerro,  sobre  el supuesto de que los referidos testimonios de los hermanos  Ruiz  Gómez  no  ameritaban  atendibilidad  debido a los sentimientos de odio y  animadversión  que  alimentaban sus afirmaciones, pero lo que realmente hace es  presentar  una valoración personal de estos elementos de prueba, distinta de la  realizada  por los juzgadores de instancia, en la pretensión de que sea acogida  en esta sede por resultar de mejor contenido.   

                        Los  falladores,  como  atinadamente  lo  destaca  la  Delegada  en  su  concepto, en  absoluto  desconocieron  las  diferencias  existentes  entre  los  testigos y el  procesado.  Por el contrario, reconocieron que existían, solo que le negaron la  trascendencia  que  el  casacionista  reclama, no por mero capricho, sino porque  razonadamente  consideraron  que  en  el  proceso  no  existía  prueba de tanto  desafecto,  de  tanta  perversidad, que permitiera pensar que hubieran faltado a  la  verdad  con  el  propósito  de  causar  daño  a su padre, y en cambio sí,  elementos  de  prueba  que  tendían  a  confirmar  sus  aseveraciones,  como la  circunstancia  de  haber  sido  Manuel  Salvador  quien  dejó al descubierto la  identidad  del  autor  de  los  disparos,  habiendo  resultado  sus afirmaciones  ciertas,  y  que  José Baudilio Ruiz era la única persona interesada en acabar  con    la    vida    del   procesado.   Sobre   el   particular,   el   Tribunal  precisó:   

                    “La Sala  no  desconoce  que las relaciones entre el sindicado y sus hijos María Victoria  y  Manuel  Salvador  no  eran  las  mejores,  por  las  razones  aducidas por el  impugnante,  pero  también  considera  que  tales  desavenencias  no son de tal  magnitud  que  lleven  a descalificar tales testimonios, pues tendría que haber  demasiada  perversidad para que un hijo le atribuyera a su padre, gratuitamente,  un  hecho de tanta gravedad. A decir verdad en el proceso no hay prueba de tanto  odio,  pues  los  problemas  habidos  entre  ellos  apenas  sí  serían  motivo  suficiente  para  que  los  hijos decidieran renunciar al derecho constitucional  que  los  amparaba  para  no  declarar en contra de su padre, pero sin imputarle  hechos falsos y ceñidos únicamente a la verdad.   

                        “En  síntesis,  las  poco  cordiales  relaciones  solo  alcanzan  para desvirtuar la  desconfianza  de  Mittermaier  por  el  testimonio del consanguíneo, pues no se  cumple  aquí  su sentencia de que ´es muy posible que la voz de la naturaleza,  que  es  en  el  testigo  tan  poderosa  en favor del acusado, ahogue la voz del  deber:  hasta  involuntariamente  pueden  las  preocupaciones  de  su  afección  desviarle de la verdad.   

                  “Es que si  se  repara  en  que la única persona interesada en acabar con la vida de Ramiro  Antonio  Montoya  era José Baudilio Ruiz, el señalamiento que sus dos hijos le  hacen  como el determinador del homicidio tentado no resulta extraño al hilo de  la  investigación,  de  ahí  que  la credibilidad de tales testimonios suba de  punto cuando se cotejan con el resto del acervo probatorio.   

                     “Y  la  credibilidad  de  María  Victoria y Manuel Salvador Ruiz se robustece aún más  cuando  se  advierte  que  fue  Manuel Salvador el primero que en el proceso dio  razón  sobre la identidad del autor de los disparos propinados a Ramiro Antonio  Montoya,  lo  que de por sí es prueba fehaciente de que en verdad conocieron de  buena fuente los pormenores del siniestro plan” (fls.452 y 453-1).   

                      Estas  reflexiones  en torno a la credibilidad de los referidos testimonios, encuentran  total  correspondencia  con  la  verdad  procesal.  Los hermanos Jorge Eliécer,  Martha  Nora  y  Gabriela Ruiz Gómez, en cuyas versiones el actor se funda para  afirmar  que María Victoria y Manuel Salvador albergaban profundos sentimientos  de  odio  hacia  su  padre,  no  hacen  esta  clase  de  aseveraciones, ni de su  contenido  es  posible obtener una tal inferencia, siendo el instructor quien en  el  interrogatorio  que  le  formula a Martha Nora da por sentada su existencia:  ¿Díganos  si usted sabe las razones para que Manuel Salvador y María Victoria  detesten  a  su  padre  Baudilio   Ruiz?  ¿Díganos  si  tiene  algo  que  ver  Marcos  y  ese  odio que engendran María Victoria  y Salvador hacia su padre? (fls.134 vto.).   

                     Dichos  testigos,  aluden fundamentalmente a los motivos que, en su opinión, llevaron a  María  Victoria  y  Manuel  Salvador a denunciar a su padre, señalando que una  tal  actitud  sobrevino por la negativa de éste de proveer a Manuel Salvador de  un  defensor en el proceso adelantado en su contra por los hechos ocurridos el 2  de   febrero  de  1994,  y  de  ayudarlos  económicamente,  en  modo  alguno  a  situaciones  reveladoras  de  la  existencia  de  sentimientos  de  desafecto  o  animadversión profundos hacia su progenitor.   

                    Es más,  el  testimonio  de  Gabriela  Gómez  de Ruiz (madre de María Victoria y Manuel  Salvador,  y  ex  esposa  de  José  Baudilio), a quien interesadamente el actor  omite  hacer  referencia  al  analizar  este  aspecto, corrobora lo dicho por el  Tribunal  en  el  sentido  de  que  entre  padre  e  hijos  no  existían buenas  relaciones,  debido  principalmente  al  carácter  autoritario  y  agresivo  de  aquél,  pero  no  un  distanciamiento  alimentado  por  sentimientos  de odio o  animosidad,  como  para querer hacerlo objeto de imputaciones delictivas falsas.   

                     En las  anotadas  condiciones,  no  puede  afirmarse, como lo hace el demandante, que el  Tribunal  desconoció los límites que prescriben las reglas de la sana crítica  en  el  proceso de concreción del mérito persuasivo de estos medios de prueba,  siendo  claro,  por el contrario, su irrestricto apego a ellos, como también, a  la  verdad  revelada  por  la  investigación, pues en el fondo el demandante no  hace   cosa   distinta   de  afirmar  la  existencia  de  un  supuesto  fáctico  (sentimiento de odio) que el Tribunal declaró no probado.   

                   Esto deja  en  evidencia  no  solo la improsperidad del reproche por carecer de fundamento,  sino   el   desacierto  técnico  en  su  formulación,  pues  si  el  libelista  consideraba  que  en  el proceso existía dicha prueba, y que el Tribunal había  dejado  de  apreciarla,  ha  debido  alegar  error  de hecho por falso juicio de  existencia,  pero  no adentrarse en una controversia personal con el juzgador en  torno  a  la aptitud demostrativa de los multicitados testimonios, desconociendo  principios  de  técnica  casacional  que  enseñan  que  cuando  la valoración  realizada  en el fallo ha respetado los límites que prescriben las reglas de la  sana    crítica,    es   ésta,   no   la   del   impugnante,   la   que   debe  prevalecer.        

                     El otro  reproche,  por  supuestos  errores de inferencia en la apreciación de la prueba  indiciaria  que  sirvió  de  fundamento  a  los  juzgadores  para  llegar  a la  decisión  de condena, resulta igualmente infundado, y desprovisto de acierto en  su formulación técnica.   

                       Esta  propuesta  impugnatoria, como se recuerda, se hace consistir en que los indicios  de   enemistad   y   solvencia   económica,   individualmente   analizados,  no  “necesariamente”  conducen  a concluir que José Baudilio Ruiz participó en los  hechos  a título de determinador, postura que distante de contener un ataque al  proceso  de  inferencia  lógica  en  la  construcción de los citados indicios,  comporta  una  crítica  de  carácter  personal  a su fuerza incriminatoria, en  cuanto  lo cuestionado por el censor vendría a ser su suficiencia demostrativa,  no su desconexión con el hecho indicante.     

                         De  cualquier  forma,  no  es  cierto  que el Tribunal haya afirmado que cada uno de  estos  indicios,  considerado  individualmente,  constituya prueba inequívoca o  necesaria  de  la responsabilidad del procesado. Esto no surge del contenido del  fallo.  La  prueba  del  compromiso penal de José Baudilio Ruiz la dedujo el ad  quem  de  la  interrelación  fáctica  y  lógica  de los referidos indicios de  enemistad  y  solvencia  económica  a  los cuales alude el demandante, y del de  amistad  con  el  ajecutor  del  hecho,  conocido  sicario  de  la  región, que  interesadamente  el  actor  omite  referenciar, según se advierte del contenido  del siguiente aparte de la sentencia:       

                    “Pero si  en  gracia  de  discusión  se  prescindiera de estos testimonios, la situación  para   el   acusado  seguiría  siendo  la  misma,  ya  que  las  circunstancias  indiciarias     que     se    presentan,    por    sí    solas,    convergen  a  la  desmostración  de la participación de Baudilio  Ruiz  en  el  delito  que se le ha imputado, toda vez  que  él era el único que tenía un motivo poderoso para atentar contra la vida  de  Ramiro Antonio Montoya; tenía, como pocos en el lugar, solvencia económica  para  contratar  los  servicios  de  un  sicario;  y  desde  varios años atrás  conocía  a  Rodrigo  Velásquez,  quien  para  la  época en que ocurrieron los  hechos  se  había  convertido  en  un temible sicario, como así lo refirió su  hermano  José  de  Jesús  Velásquez  Vergara a folios 183” (subrayas fuera de  texto).   

                    No puede  la  Sala  dejar  de  precisar  que  los  supuestos  fácticos  que sustentan los  indicios  de  enemistad  con la víctima, solvencia económica, y amistad con el  autor    material,    predicados    del    sindicado,    aparecen   establecidos  inequívocamente  en  el  proceso,  y  que  la  valoración de su mérito estuvo  presidida  de  un análisis razonado de la prueba en conjunto, que el demandante  en manera alguna logra siquiera demeritar. El cargo no prospera.   

                  En mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Primero Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA             CARLOS   A.  GALVEZ ARGOTE          

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             CARLOS      E.     MEJIA  ESCOBAR                                

DIDIMO            PAEZ  VELANDIA            NILSON  PINILLA  PINILLA   

                         

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                                                                                                                             

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