11040a1

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 11040  

|CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 165  

          Santafé   de   Bogotá,   D.  C.,  veintidós  de  octubre  de  mil  novecientos noventa y nueve.   

VISTOS:  

          En  virtud  del  recurso extraordinario de casación, la Sala revisa  la  sentencia  de segunda instancia fechada el 30 de marzo de 1995, por medio de  la  cual  el  Tribunal  Superior  de Ibagué confirmó la condena impuesta a los  procesados  WALTER  HERNÁNDEZ  VELÁSQUEZ,  ANSELMO  REYES, LUIS ENRIQUE MOLANO  OSPINA  y  JORGE  PIEDRAHÍTA  PACHECO, quienes fueron acusados por el delito de  acceso  carnal  violento  cometido  en contra de la libertad y el pudor sexuales  del señor JOSÉ VÁSQUEZ ALARCÓN.   

          Se  cuenta con el concepto previo del Procurador Segundo Delegado en  lo Penal.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

          José   Vásquez   Alarcón  había  sido  confinado  en  el  patio  3,  celda  1  de  la  Cárcel del Distrito Judicial de  Ibagué,  sindicado  del  delito  de hurto, lugar en el cual fue sorprendido por  algunos  de  sus  compañeros de reclusión a la una de la mañana del día 7 de  julio  de  1993,  quienes  procedieron  a  amarrarlo  y  después  lo accedieron  carnalmente  por  vía  anal.  Aproximadamente a las 4 y 30 horas del mismo  día,  todavía  maniatado  el  ofendido, los violadores lo sometieron al acceso  por  vía  oral,  obligándole a que consumiera el semen desprendido en ilícita  cópula.   

          Fueron  señalados  como  coautores  de  estos  hechos  los internos  Walter  Hernández  Velásquez,  Anselmo  Reyes,  Luis  Enrique Molano Ospina y Jorge Piedrahíta Pachecho.   

          En  razón  de  la  denuncia  escrita  presentada  por  el  ofendido  José  Vásquez  Alarcón, se  abrió  formalmente  la  investigación  por una fiscal delegada ante los jueces  penales   del  circuito  del  lugar,  funcionaria  que  vinculó  por  medio  de  indagatoria  a  los  imputados  Anselmo  Reyes,  Jorge  Piedrahíta   Pacheco,   Luis  Enrique  Molano  Ospina  (a.  chilgua)  y  Walter  Hernández  Velásquez  o “Jorge Niño” (fs. 4, 70,  82, 85 y 87).   

          El  día 2 de agosto de 1993, la funcionaria instructora decidió la  situación  jurídica  de  los cuatro vinculados, a quienes les profirió medida  de  aseguramiento  consistente  en  detención  preventiva,  como  coautores del  delito  de  acceso  carnal  violento, agravado por el concurso de personas en el  hecho,  de  conformidad  con  los  artículos 298 y 306-1 del Código Penal (fs.  105).   

          Cerrada  la  investigación  y  agotado el traslado legal, la fiscal  calificó  el  mérito  del  sumario  en  providencia del 22 de octubre de 1993,  según  la  cual los cuatro sindicados recibieron acusación por el delito antes  indicado,  con  la  circunstancia  de agravación expresada, pero en concurso de  hechos  punibles surgido por la repetición del acto carnal violento en la misma  víctima  (fs.  186  y  202).   Esta decisión quedó ejecutoriada el 25 de  noviembre de 1993 (fs. 221v.).   

          Para  la  fase del juicio asumió el conocimiento el Juzgado Décimo  Penal  del  Circuito  de  la  misma  ciudad,  despacho  que abrió el plenario a  pruebas  el  3  de  diciembre de 1993 y ordenó algunas diligencias por medio de  auto  del  11  de  febrero  de  1994  (fs.  224f.  y  258v.).  Realizada la  audiencia  pública, el juzgado de instancia dictó sentencia el 19 de agosto de  1994,   en   razón   de   la   cual  condenó  a  los  procesados  Anselmo   Reyes,  Luis  Enrique  Molano  Ospina,  Walter  Hernández  Velásquez  y Jorge Piedrahíta Pacheco, como coautores  de  un concurso de delitos de acceso carnal violento agravado, los tres primeros  a  la  pena  principal de 46 meses de prisión, y el último a la de 44 meses de  prisión;  igualmente,  les  impuso  la  sanción  accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  por  un  período  igual a la respectiva pena  privativa  de  la  libertad  y,  solidariamente, los declaró responsables de la  obligación  civil  resarcitoria  en  cuantía  equivalente a 60 gramos oro; por  último,  negó  a todos los condenados el subrogado de la condena de ejecución  condicional (fs. 363 y 375).   

          Por  obra del recurso de apelación, el Tribunal Superior de Ibagué  dictó  la  sentencia  de  segundo  grado  que  ahora  es objeto de impugnación  extraordinaria,  según  la  cual  se  confirmó  todo  lo  decidido  en primera  instancia (cuaderno del Tribunal, fs. 58).   

          Interpusieron  el  recurso  de casación los procesados Anselmo     Reyes     y    Walter  Hernández  Velásquez, pero sólo  el    defensor    del    último    presentó    la    respectiva   demanda   de  sustentación.   

RESEÑA DE LA DEMANDA:  

          El actor aduce tres cargos en contra de la sentencia:   

          1.   El primero lo presenta como violación indirecta de la ley  por  error de hecho en la valoración de la prueba, que, según lo indica, es la  tercera  modalidad  de  esta clase de yerro.  Explica que, en relación con  el  dictamen proferido por el médico del Instituto de Medicina Legal y Ciencias  Forenses,  el  Tribunal ha distorsionado su sentido, porque le ha hecho producir  efectos  probatorios  no  derivados  de  su  contexto  y,  correlativamente,  ha  desestimado  su  verdadero  valor  y  alcance  para demostrar la inocencia de su  defendido.   

          Cita  textualmente  una  parte del dictamen médico legal y también  lo  pertinente del texto de la sentencia, con el fin de concluir que el fallador  ha  tergiversado  el  sentido de la prueba, que a las claras muestra la ausencia  de  violencia  y,  por  ende,  también  la  existencia  de  consentimiento  del  denunciante   José   Vásquez   Alarcón  para  que  lo  accediera carnalmente Luis  Enrique    Molano    Ospina,    su   compañero   de  celda.   Explica que de  dicha  prueba  científica  se  infiere  que  la  víctima es una persona dada a  ofrecer  la satisfacción homosexual, conclusión bien distinta a la que enseña  el  fallador,  porque  no  se  habla  en  aquélla del desgarramiento que debía  resultar  por  la penetración múltiple de varios órganos viriles, ni siquiera  de  cambios  en  el  color  natural  de  la cavidad anal, tampoco de señales de  trastorno psicológico, sino de dos microscópicos desgarros.   

          Agrega  que  se  han violado los artículos 247 y 273 del Código de  Procedimiento  Penal,  el  primero  porque  se  dictó  sentencia condenatoria a  sabiendas  de  que  la prueba pericial distorsionada no brindaba la certeza para  hacerlo;  y  el  segundo, en razón de que la apreciación del dictamen le exige  al  sentenciador  tener  en  cuenta  su  firmeza, precisión y la calidad de sus  fundamentos.   

          2.   El segundo cargo se expone al amparo de la causal primera,  de  manera  subsidiaria, como violación directa de la ley sustancial, ya que el  Tribunal  no  aplicó  el  artículo  445 del Código de Procedimiento Penal, en  concordancia  con el artículo 247 del mismo ordenamiento, según el cual en las  actuaciones    judiciales    toda    duda   debe   resolverse   en   favor   del  procesado.   

          El   fundamento   del  ataque  consiste  en  que  el  escaso  acervo  probatorio,  aunado  a una peritación que descarta la violencia y la pluralidad  de  autores  en  el acceso carnal, era suficiente para generar duda, máxime que  la  manifestación  de  la  presunta  víctima  es  insular  y  cobran fuerza de  convicción  las versiones de los sindicados.  Es que no es posible obtener  la  certeza  de  la sola versión del denunciante, la cual debió ser comprobada  y,  por  el  contrario,  resultó  infirmada  tanto  por el dictamen como por la  explicación de los procesados.   

          3.   La tercera censura se presenta como nulidad por violación  de  la  garantía  de  defensa  técnica,  dado  que  desde  los comienzos de la  actuación       el      procesado      Hernández  Velásquez  ha carecido de una defensa profesional que  hubiera  podido  mejorar  su  posición procesal.  Aunque se le designó un  abogado  para  la  indagatoria,  y  solamente  para dicha diligencia, diez días  después  se  nombró  al  doctor  José  Raúl Porras  Morales  para  que  lo  asistiera  en todo el proceso,  pero,  posteriormente  se  dio posesión para el mismo menester a un tercero, el  doctor   Carlos   Julio   Forero   Oviedo,  actitudes  que  han  sembrado  confusión  sobre  quién ejercía  legítimamente     la    defensa    de    Hernández  Velásquez.   

          Mas,  cualquiera fuere el abogado habilitado para ejercer la defensa  de  su  pupilo,  lo cierto es que a ninguno de los dos reconocidos en el proceso  se  le notificó la medida de aseguramiento proferida en contra de su defendido,  ni  tampoco  la  resolución  de cierre de investigación, y solamente se vino a  notificar    la    resolución    de    acusación    al   doctor   Porras   Morales,   hecho   que  indicaba  entonces que éste era el que continuaba con el encargo de oficio.   

          Con  todo,  la  presencia  del  defensor  en  el proceso fue pasiva,  porque  se  limitó  a  estampar  su  firma en dos o tres oportunidades, pero no  solicitó  ni  criticó  la  prueba, ni interpuso recursos contra decisiones tan  graves  y  fundamentales  como  la  resolución  de  acusación  y  la sentencia  condenatoria,  ni  llevó alegaciones defensivas a la actuación procesal.   Es  decir,  se  trata  de una total ausencia de defensa técnica, algo meramente  formal  o una “hipócrita fachada defensiva”.  Toda la carga defensiva,  agrega,  corrió  por  cuenta  del  procesado,  quien,  como es obvio, no podía  proveerse  de  los  recursos  técnico-jurídicos  para  la  demostración de su  inocencia.   

          Así  las  cosas, el proceso se reveló como la actividad de un solo  sujeto  procesal, el fiscal, quien para acusar actuó con toda la libertad y sin  la menor crítica defensiva.   

          Como   concepto   de   violación,  el  censor  expone  que  se  han  desconocido  los  artículos  29 de la Constitución Política y 1° del Código  de  Procedimiento  Penal, a cuyo tenor la jurisprudencia ha dicho que no basta a  los  fines  de  la  defensa la designación de un abogado que sólo comparece al  proceso  a  avalar una decisión, sino que debe hacerlo para ejercer una defensa  real, material y técnica.   

          Solicita,  en consecuencia, que se declare la nulidad de lo actuado,  a  partir  de  la  resolución  de  situación jurídica, por haberse violado el  derecho   de   defensa   consagrado   constitucionalmente   como   de  carácter  fundamental.   

         

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO:  

          El  Procurador  Delegado  dice  que  por  razones  de  prioridad  se  ocupará  en  primer  lugar  del  cargo de nulidad y pasa a ofrecer el siguiente  parecer:   

          1.    En   cuanto   a  la  resolución  que  impuso  medida  de  aseguramiento,  por  ser  interlocutoria,  sólo era imperativa su notificación  personal       al       sindicado       Hernández  Velásquez,  que  estaba  privado  de  la libertad, de  conformidad  con el artículo 188 del Código de Procedimiento Penal, mas no era  obligatoria tal forma de comunicación a su defensor.   

          Ahora  bien,  en  caso  de existir alguna omisión, ella no tendría  trascendencia  dañina  en  el  campo de las garantías procesales, en razón de  que  la  situación jurídica no tiene carácter definitivo y sería removible o  modificable en cualquier tiempo por petición del defensor.   

          Respecto  de  la notificación del cierre de investigación, dice el  Procurador,  se  trata de una falsa referencia del actor, porque, según el acta  de   folios   186,   ella   se   hizo   personalmente  al  abogado  Carlos  Forero  Oviedo, quien fue designado  como  defensor  de  oficio del procesado en la creencia errónea de que carecía  de   él,   cuando   en   verdad   oficiaba  como  tal  el  doctor  José Raúl Porras Morales.   

          Tampoco  es  suficiente la confusión aludida respecto del defensor,  porque   el  primero  de  ellos  sólo  se  notificó  del  acto  de  cierre  de  investigación,  pues  las  demás  actuaciones  relevantes  se  comunicaron  al  profesional  que  venía  ejerciendo  en  la  fase sumarial, máxime que todo se  debió  al  sano  propósito  de enmendar una eventual infracción al derecho de  defensa.   

          Sin  embargo, agrega el Delegado, lamentablemente para la actuación  procesal  asiste razón al impugnante en cuanto a que la defensa del profesional  Porras    Morales    fue  paupérrima,  pues  no  se preocupó por ejercitar el derecho de contradicción,  ni  de  controvertir  las  decisiones  judiciales, y apenas sí se limitó a una  intervención  vaga  en  la  audiencia pública, ya porque su participación era  obligatoria.   

          Aunque  entiende  que  no existe una medida o rasero para sopesar la  actividad  de los defensores, porque definitivamente el juicio debe ser objetivo  y  particularizado,  no  puede  ocultar  que en este caso el campo probatorio ni  siquiera  se  exploró,  la  prueba  quedó  limitada  a  las  versiones  de los  compañeros  de  celda,  la  del  propio  ofendido  y  a  las pruebas periciales  practicadas  al último, que tampoco fueron objetadas.  De igual manera, se  vislumbra  la  carencia absoluta de alegaciones procesales por parte del abogado  de  oficio  y  también se echa de menos la interposición de recursos en contra  de  las  decisiones judiciales adoptadas, lo cual hace notoria la negligencia en  el ejercicio de la función encomendada.   

          Admite  que es absoluta la importancia de la prueba que condujo a la  condena,  sobre  todo  el dictamen pericial y la declaración del ofendido, pero  advierte  que  ello se debió fundamentalmente a que nada se hizo defensivamente  para  rebatirla,  o  ampliarla  en  el  caso  de  la técnica, pues, sugerida la  homosexualidad  de  la víctima, el defensor pudo solicitar las declaraciones de  los   anteriores   compañeros   de   celda   o   de   patio   de   Vásquez  Alarcón, o pedir ampliación del  primer  dictamen aportado sobre un supuesto acto consentido, aspectos que por no  haberse tocado dieron al traste con una mejor labor defensiva.   

          Pero  la  apatía  del titular de la defensa llegó al extremo de no  impugnar  la  sentencia  condenatoria,  ni  tampoco  acudir  a  la  audiencia de  sustentación  oral  del  recurso  de  apelación  en  el  Tribunal  de Ibagué,  programada  a  instancias  de  otro  colega en la causa, diligencia a la que sí  asistieron   los   demás   defensores   para   coadyuvar   la   petición   del  recurrente.   

          Cita  en aval de propuesta la decisión del 23 de noviembre de 1995,  con   ponencia   del   magistrado   Ricardo   Calvete  Rangel,  por  medio de la cual la Sala advierte que no  puede  calificarse  como  “estrategia defensiva” la absoluta inactividad del  abogado y el abandono de sus deberes profesionales.   

          Agrega  que  en el caso analizado no puede argüirse que la función  defensiva  se  haya  salvado  por  la intervención de audiencia pública, pues,  además   de   haber  sido  brevísima  y  superficial,  termina  por  pedir  la  absolución  con  base  en  vacíos  de  interrogatorio que se debieron en buena  parte a su propia inercia en el curso de la actuación procesal.   

          Solicita  entonces  la  estimación del cargo para que se decrete la  nulidad  parcial  de la actuación, en relación con la situación del procesado  Walter Hernández Velásquez,  a   partir   de  la  resolución  que  definió  su  situación  jurídica,  sin  incluirla.   

          2.   Sobre  el primer cargo, referido a la violación indirecta  de  la  ley  sustancial, aduce deficiencias técnicas porque todo lo que hace el  censor  es  anteponer  su  criterio  personal  en  cuanto a la valoración de la  prueba  pericial,  cuando el examen de las instancias viene provisto de la doble  presunción de legalidad y acierto.   

          Por  lo demás, llegar a concluir que de dicha prueba pericial puede  concluirse  que  no  hubo  violencia,  o  que  de  suyo  demuestra una tendencia  homosexual  del  ofendido,  es  algo  que  riñe  con  toda  objetividad  en  su  análisis.   El  censor  se  aplica  a  lo  que  debió  decir el dictamen,  solamente  con  el parcelado propósito de obtener una decisión favorable, pero  la  estrangulación  de  la  prueba  en  realidad  la hace él y no la sentencia  atacada.   

          Sostiene  que  en  el  error  de hecho por falso juicio de identidad  debe  señalarse  objetivamente de qué manera el sentenciador le puso a decir a  la  prueba algo que no emerge de su contexto, o porqué se cercenó su contenido  y   además   señalar   la   trascendencia   del   equívoco  en  la  sentencia  definitiva.   

          De  otra  parte,  el  actor  no ha señalado si el supuesto error de  hecho  condujo  a  la  falta  de aplicación de algún precepto, o a su indebida  aplicación,   lo   que   de   bulto   imposibilita   conocer  adecuadamente  la  propuesta.   

         3.   En  cuanto  al  segundo  cargo,  propuesto como violación  directa  de  la  ley  sustancial,  el  Procurador señala errores garrafales que  hacen  improcedente  la  objeción.   En  efecto,  la sustentación pone en  evidencia  una  entremezcla  de  las  dos  modalidades de la violación a la ley  sustancial,  pues  se  refiere  concatenadamente  a la censura probatoria que le  sirvió  de base al primer cargo, cuando por la vía de la transgresión directa  no   se   admiten  reproches  alusivos  a  la  prueba,  precisamente  porque  la  conculcación a la ley es directa o inmediata.   

         Mas,  otro presupuesto impide de facto la fructificación del cargo,  porque  la  falta de aplicación del artículo 445 del C. de P. P., que consagra  el   instituto   del   in  dubio  pro  reo,  sólo  ha  de reconocerse como violación directa en la exclusiva  eventualidad  de que el Tribunal, pese a determinar un estado de duda probatoria  en  la sentencia, termina apartándose del precepto y produce una condena.   Así  lo  ha  definido  la  Corte  en  varias  decisiones, particularmente en la  sentencia  del  10  de  julio  de 1991, con ponencia del magistrado Guillermo Duque Ruiz.   

         El  Ministerio  Público  propone  a  la Corte que desestime los dos  primeros  cargos,  pero  recomienda que, en relación con el tercero, se case la  sentencia en el sentido de decretar la nulidad aludida.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

         En  razón de la regla práctica de la prioridad que rige en materia  de  casación,  la  Sala  atenderá  en primer lugar el cargo relacionado con la  supuesta  nulidad  por  violación  del derecho de defensa técnica, censura que  aparece como tercera en el escrito de demanda.   

         A.  DE LA NULIDAD:   

         Es  cierto  que  en la diligencia de indagatoria el sindicado WALTER  HERNÁNDEZ  VELÁSQUEZ  estuvo  asistido  de  oficio por el abogado Silvino  Bermúdez  Botero, quien después  fue  sustituido  por  el profesional José Raúl Porras  Morales,  designado éste por la Fiscalía en la misma  calidad  (fs.  87  y  138).   También  es  verdad  que  la  instructora se  confundió  cuando,  tras  no  advertir que el cargo de defensor de Hernández  Velásquez ya estaba provisto,  hizo  una  nueva  designación  de oficio en la persona del abogado Carlos Julio Forero Oviedo.   

         Sin  embargo,  la  doble  provisión  de  defensa  técnica,  aunque  equivocada,  fue una situación transitoria, además no generó conflicto alguno  entre  los  dos  profesionales  reconocidos  en  el proceso y tampoco le produjo  ningún   perjuicio   a   los  intereses  del  sindicado.   En  efecto,  la  resolución  de  cierre  de  investigación  sólo se notificó personalmente al  doctor   Forero  Oviedo,  en  calidad   de   defensor   del   procesado   Hernández  Velásquez  (fs.  186);  en  cambio,  el  resto de las  actuaciones   relevantes   en   el  proceso,  tales  como  las  providencias  de  acusación,  de  apertura  del  juicio  a  pruebas  y de fijación de fecha para  audiencia  pública y la sentencia de primer grado, se notificaron personalmente  al  doctor Porras Morales (fs.  219, 224v., 318 y 390).   

         Ahora  bien,  como  lo repara el Procurador Delegado, la ausencia de  notificación  personal  de  la  providencia de situación jurídica al defensor  del   procesado   Hernández   Velásquez,  no  constituye ningún agravio a la defensa, pues, de conformidad  con  los  artículos 188 y 190 del C. de P. P., tal forma de comunicación sólo  era  inexorable  respecto  del  Ministerio Público y el sindicado privado de la  libertad,  y  así  se  cumplió,  siendo procedente la notificación por estado  respecto   de   los   demás  sujetos  procesales  que  no  pudieron  integrarse  personalmente en el contenido de la resolución (fs. 115 y 116).   

         Desde  luego que el mayor énfasis de la alegada irregularidad se ha  puesto  en  que  la actitud pasiva del defensor técnico en el curso de proceso,  pues,  según  se  observa,  no  solicitó  pruebas, ni criticó sus resultados,  tampoco  interpuso recurso alguno contra las decisiones fundamentales y adversas  al  procesado.   La  defensa  técnica,  en resumen, fue meramente formal y  todo recurso defensivo corrió por cuenta del procesado.   

         En   orden  a  proveer  una  solución  dogmáticamente  correcta  y  materialmente   justa,   es   necesario   partir   de  las  siguientes  premisas  teóricas:   

         a)   El derecho del sindicado a un defensor técnico libremente  escogido  por  él,  o subsidiariamente provisto por el Estado, es una garantía  prevista  tanto  en  el  artículo  29  de la Constitución Política como en el  Pacto  Internacional de Derechos Civiles y Políticos (Ley 74 de 1968, artículo  14.3.d)   y   la   Convención   Americana   de   Derechos   Humanos  (artículo  8.d.e).   

         b)   El  carácter  unilateral del ejercicio del poder punitivo  del  Estado  exige,  en aras de preservar el la igualdad de oportunidades dentro  del  proceso,  que  el  sindicado tenga como defensor a una persona con un nivel  básico  de  formación  jurídica  para compensar en algo la inferioridad en la  que  quedaría,  porque  las  más  de  las  veces  los imputados carecen de los  recursos  forenses  que se demandan para defender una causa penal.  Por tan  elevada  consideración  del  anhelado  equilibrio  entre las partes, la defensa  técnica  se  ha  establecido  como  un presupuesto de validez del proceso, y la  falta  constituye causal de nulidad, sin posibilidad de saneamiento, tal como lo  prevén   los   artículos   304-3   y   308-3   del  Código  de  Procedimiento  Penal.   

         c)   Aunque el defensor técnico cumple funciones de asistencia  y  representación  de  los  intereses del procesado, no por ello deja de ser un  sujeto  procesal  autónomo.   Así  entonces,  los vacíos o las omisiones  relevantes  en  el  ejercicio  de  la defensa técnica no pueden colmarse con el  pretexto  de  que hubo defensa material cumplida por el procesado, pues la Carta  Política  claramente prevé la concurrencia de los dos elementos:  defensa  y  asistencia de un letrado.  Con razón, el  Código de Procedimiento  Penal,  en  el  título  de  los  sujetos  procesales,  regula  separadamente lo  concerniente  al  procesado  y  el  defensor  (título  III,  capítulos  III  y  IV).   

         d)   En  el  mismo  sentido constitucional, la defensa técnica  (igual  que  la material) es ininterrumpida,  porque  obliga durante la investigación y el juzgamiento, de tal  manera  que  las  precariedades  ostensibles  y  dañinas  de la primera fase no  podrían  compensarse  con  la actividad de la segunda etapa, por más meritoria  que ésta sea.   

         e)   Dado  que  la  labor defensiva de asistencia al procesado,  idiomática  y  jurídicamente,  significa  un  despliegue de medios o esfuerzos  encaminados  a  mejorar  la situación de aquél, la jurisprudencia de esta sala  ha  repudiado  la  pasividad  del  defensor,  de  tal  manera  que  no  basta la  designación  o reconocimiento de un profesional del derecho en el proceso, sino  que  se exigen de su parte actos para que la defensa sea real y efectiva y no se  quede  en  el  plano  de  lo nominal e ilusorio, pues sólo así se satisface la  dialéctica  propia  del  proceso.  Por ello, la Corte también ha estimado  que  la  dinámica  de  la  defensa técnica debe cubrir funciones tales como la  comunicación  permanente con el sindicado, la asistencia a los actos de defensa  material  (indagatoria,  reconocimiento  en  fila de personas, declaraciones con  reconstrucción  de  hechos,  sentencia anticipada), examen de las actuaciones y  control  de  las mismas, reclamo de la libertad cuando sea procedente, petición  y  ofrecimiento  de  pruebas,  proposición  de  diligencias,  presentación  de  alegatos  de defensa e interposición de recursos (sentencias de 23 de noviembre  de  1995,

  M.  P. Ricardo  Calvete  Rangel;  18  de  septiembre  de  1997,  M. P.  Fernando Arboleda Ripoll; y 3  de    junio    de   1998,   M.   P.   Dídimo   Páez  Velandia).   

         También   ha  precisado  la  jurisprudencia  que  es  difícilmente  mensurable  la actividad defensiva, máxime si la valoración se ensaya desde la  perspectiva  del juez como tercero imparcial, porque aquella siempre es parcial,  y  entonces  resulta  arriesgado  tratar  de  enmarcar  la  defensa al gusto del  juzgador.   No  es  fácil detectar si algunos silencios y expectativas del  defensor  obedecen  a  una  “estrategia  defensiva”; pero, de todas maneras,  objetivamente  sí  puede  afirmarse  que no siempre la mejor defensa es aquella  que   atiborra  el  proceso  de  peticiones  y  recursos,  sin  cuidarse  de  la  pertinencia,  que  insinúan  más  un  propósito dilatorio que defensivo, pero  igualmente  tampoco  puede reputarse como estratégico el marcado abandono de la  causa encomendada.   

         Por  ello,  a partir de estas disquisiciones teóricas, en cada caso  es  preciso  hacer un balance de la actividad del defensor profesional, no tanto  por  la  contundencia  de los resultados probatorios que llevaron a la sentencia  condenatoria,  pues,  desde  ese  equivocado  perfil  a  posteriori,  cualquier  defensa  técnica  (y  aún la  ausencia   de  la  misma)  estaría  justificada  y  para  nada  contarían  las  posibilidades  defensivas  que se desperdiciaron en el curso de la formación de  las  pruebas,  o  de  las  decisiones y de todo el proceso en general.  Sin  embargo,  en  dicha ponderación sí cuenta el desarrollo y materialización del  principio  de  investigación  integral,  conforme  con  el  cual  la  búsqueda  judicial  debe  ocuparse  tanto  de  lo inculpatorio como de lo exculpatorio, no  porque  de esa manera pueda llegar a sustituirse la defensa en cualquiera de sus  dos  matices,  sino  porque  la cumplida vigencia de dicho postulado en manos de  los   funcionarios   judiciales   sí   puede   explicar  razonablemente  cierta  inactividad del defensor técnico.   

         El  balance  de  la  defensa  técnica  del  procesado  Walter   Hernández   Velásquez   es  el  siguiente:   

         Fue   asistido  por  un  defensor  letrado  en  las  diligencias  de  indagatoria  y reconocimiento en fila de personas (fs. 17 y87).  El abogado  de  oficio  fue  notificado  personalmente  de  las  providencias  de  cierre de  investigación,  de  acusación,  de  apertura  del  juicio a pruebas, de la que  fijó  fecha  para  audiencia  y  de la sentencia de primera instancia (fs. 186,  219, 224v., 318 y 390).   

         En   la   audiencia  pública  fue  oído  el  testigo  Héctor  Rodrigo  Angarita  Rodríguez, uno  de  los  reclusos  que supuestamente sabía de las tendencias homosexuales de la  víctima,  y  después  del  interrogatorio  del  juez,  solamente  intervino el  defensor                del                procesado                HernándezVelásquez   para   hacer   dos  preguntas  exploratorias  sobre  el conocimiento anterior del ofendido y el tema  de homosexualidad antes indicado (fs. 366).   

         Ahora  bien, no obstante que al Procurador Delegado le parece que la  intervención  del  defensor  en  la  audiencia  pública  fue  “brevísima  y  superficial”,  lo  cierto  es que allí, aunque sin el detalle y la extensión  que  se acostumbra en participaciones de mejor factura, aparecen manifestaciones  defensivas  pertinentes  y  precisas:   aduce que la acusación sólo se ha  edificado  en  el  testimonio del ofendido, quien, por haber sido señalado como  homosexual,  ofrecería  serios  motivos  de duda frente a la sana crítica; que  era  deber  del  Estado-jurisdicción  averiguar  por  esa  señalada  debilidad  homosexual  que  algunos  imputados  le  atribuyeron al ofendido en el curso del  proceso,  mas,  como así no se hizo, imperaría la aplicación del principio de  in  dubio pro reo en favor de  su  asistido,  máxime  que  éste  desde la indagatoria siempre negó cualquier  contacto  sexual violento con la víctima y sólo uno de los sindicados admitió  una  relación  consentida  de  tal  naturaleza,  lo  cual a su vez justifica la  presencia  de  semen  y  rastros  de  una cópula anal como resultado del examen  realizado por el Instituto de Medicina Legal (fs. 368 y 369).   

         De  otra  parte,  desde  la  óptica  del  desarrollo  material  del  principio  de  investigación  integral, se tiene que la funcionaria instructora  ordenó  un  examen  médico-legal  del afectado, con el fin de establecer “si  había  sido  accedido carnalmente, en caso positivo si dicho acceso es reciente  o  antiguo”  (fs.  6).   La  prueba  indicada en sí es potencial, porque  puede  arrojar  resultados  que  eventualmente favorecerían o perjudicarían al  imputado,  pero  lo  que  sí  se  advierte  es  que  el  instructor  actuó con  imparcialidad  en  su  mente,  pues  quiso  constatar la queja del ofendido pero  también  se  cuidó  de  averiguar  otros  datos  que  descartaran  una posible  impostura  de  su  parte.   Y  en  verdad,  el dictamen, también de manera  objetiva,  refiere  que  el  examinado “presenta excoriación oblicua de 0.9 x  0.2  cm  en  el  límite  entre  tercios  medio  y  distal externos de antebrazo  izauierdo”…;   en   el   examen   anal  exhibe  “dos  pequeños  desgarros  superficiales  de  aproximadamente  0.2  y  0.3  cm cada uno a nivel de la 1 del  meridiano”,  hallazgos  físicos  que  eran  sugestivos de acceso carnal anal;  pero  de  todas  maneras  la  valoración  de  la  prueba  quedaba  deferida  al  funcionario judicial (fs. 38).   

         También   se  incorporaron  a  la  investigación  las  diligencias  internas  practicadas  por  la Dirección de la Cárcel del Distrito Judicial de  Ibagué,  entre  las  que  cuentan  las  declaraciones rendidas por los reclusos  Luis   Humberto  Salcedo  y  Héctor  Rodrigo  Angarita,  ajenos  a  cualquier  imputación  en  los  hechos  investigados,  y,  por ende,  garantía de una averiguación integral de lo ocurrido (fs. 8 y 9).   

         En  el  mismo  tono  de  búsqueda  imparcial,  ya  en  la  fase del  juzgamiento,  el  juez  de  primera  instancia  ordenó  los  testimonios de los  entonces  internos  Carlos  Oviedo,  Geovany Sánchez,  Luis  Humberto Salcedo y Héctor Rodrigo Angarita, pero  sólo   el   último  compareció  a  la  audiencia  pública  para  rendir  una  declaración  que  en  nada  favorece los intereses de los acusados (fs. 258v. y  259).   

         Así   las   cosas,   es   cierto  que  el  defensor  del  procesado  Walter  Hernández Velásquez  no  solicitó  pruebas,  tampoco  interpuso  recursos  en  contra  de  las  más  importantes  decisiones  en  este  proceso,  pero  aceptablemente desarrolló la  defensa  técnica  encomendada,  porque, en primer lugar, cumplió una relevante  función  de  control  por  medio  del  conocimiento  personal  de  esas  mismas  determinaciones,  y entonces no puede asegurarse que descuidó los intereses del  procesado  si  no  interpuso recursos, pues también los defensores, en medio de  su   ética   y   profesionalismo,   pueden  conformarse  sensatamente  con  las  providencias  judiciales  por  la fuerza irrebatible de su contenido; en segundo  lugar,  de cara a la cumplida vigencia del principio de investigación integral,  no  puede afirmarse que el defensor abandonó la obligación de requerir pruebas  de  descargo;  y,  en tercer lugar, en la intervención de audiencia pública el  profesional  hizo  tanto  valoración  probatoria  como  jurídica,  cortas pero  pertinentes y precisas.   

         Ahora  bien,  el  casacionista  y  el  Procurador Delegado están de  acuerdo  en que la labor defensiva pudo afinar recursos para que se estableciera  en  el  proceso  la  referenciada  presunta homosexualidad del ofendido, pero no  advierten  de  qué  manera  la  ausencia de una concreción de esa índole pudo  haber  perjudicado  los  intereses del procesado.  Es que hipotéticamente,  si  tal referencia la hace el procesado en sus descargos y no existe prueba más  contundente  sobre  los hechos, que la haga ver como un mero pretexto defensivo,  la  ausencia  probatoria  sobre esa supuesta debilidad de la víctima no podría  sino  favorecer  al  procesado,  pues  en  nuestro sistema de administración de  justicia  rigen  los  principios  de  presunción  de  inocencia  e in dubio pro reo.   

         En  fin,  de  acuerdo con lo que dibujaba la investigación y lo que  ya  se  había  alcanzado a plasmar en el proceso, el recurrente y el Ministerio  Público  no  atinan  a  decir  cuáles eran esas otras declaraciones posibles y  pertinentes  que  debió  buscar  la  defensa técnica, y cuál su trascendencia  para  enrutar  favorablemente  el  sentido de las decisiones a la situación del  sindicado.   No  se  sabe,  por  la  precariedad de las objeciones, cuáles  fueron  los  espacios  que  se dejaron en las pericias como para que el defensor  pudiera  cuestionar su integridad.  No indican ellos cuál era el resquicio  o  la  arista  que  hacían  vulnerable  la prueba pericial, ni cuáles eran las  demás  hipótesis válidas que podría haber cosechado el defensor en beneficio  del sindicado.   

         Si  mediante  un  esfuerzo ingente del defensor se hubiera llegado a  demostrar  la  supuesta  homosexualidad  de  la  víctima, queda la inquietud de  cuál  sería  la  trascendencia  de  ese hecho en la desvertebración del hecho  punible  investigado  o  en  la fuerza demostrativa de la prueba de cargo.   Porque,  si  se  tiene  en cuenta el intento de desvirtuar que se hizo por medio  del  testimonio  del  interno  Héctor Rodrigo Angarita  Rodríguez  (a.  “Beto”), así no se haya producido  a  instancias  de  cualquiera  de  los  defensores,  el  testigo, contrario a lo  pretendido  como defensivo, afirma que sí escuchó las voces de clemencia de la  víctima,  pero  no  pensó  en  algo serio sino que creyó en una “recocha”  como las que se acostumbran en el centro carcelario (fs. 9).   

         El  defensor no tiene poderes mágicos frente a la producción de la  prueba,  pues,  así  como  lo  hace  el  investigador  oficial,  él  no  puede  inventarse  mundos  sino  tratar  de  reconstruir  hechos  pasados  a  partir de  razonables  hipótesis  explicativas,  aunque  con la diferencia de que, como su  tarea  es  la  de  defender  los  intereses del procesado, siempre abrazará con  mayor esmero las que favorezcan la causa que se le ha encomendado.   

         Se  insiste entonces, en esta clase de investigaciones, que conducen  a  una  prueba  de  cargo  de  manera  relativamente  fácil, por las evidencias  inmediatas  o  la  coruscante  objetividad  o  mesura  que  se  advierten  en la  notitia  criminis  o  en  la  queja  del  ofendido, la inactividad del defensor hay que interpretarla a la luz  de   la  realidad  del  principio  de  investigación  integral,  sin  que  ello  signifique  confundir  los deberes del funcionario judicial con la actividad que  le  corresponde  al defensor técnico, pues, en tales condiciones de regularidad  del  procedimiento averiguatorio, resulta asaz arriesgado aseverar que la prueba  de  incriminación  se  consolidó por la ausencia de contradicción defensiva y  no por el vigor de su nacimiento o formación.   

         No  significa  lo  dicho  que la garantía del contradictorio vaya a  ser  relevada  por una investigación integral, pues, se repite, la realización  y  los  resultados  paulatinos de la última, simplemente explican la estrategia  del defensor.   

         Se desestimará el cargo.   

         B.  DE LA VIOLACIÓN INDIRECTA:   

         Tras  advertir  que  el  juzgador no ha ignorado la existencia de la  prueba  pericial, el censor sí afirma que se ha distorsionado su sentido, “se  le  ha  reducido  su  alcance  probatorio,  se  le  ha  hecho  producir  efectos  probatorios  no derivados de su contexto y, se ha desestimado su verdadero valor  y  alcance  para  demostrar  la  inocencia  de mi patrocinado” (fs. 103 y 104,  cuaderno  de  2ª  instancia).   Más adelante agrega:  “… postulo  como  fundamento  de  la violación indirecta por error de hecho en la modalidad  de  la  indebida valoración de la prueba pericial por habérsele hecho producir  efectos  probatorios  que  no se derivan de su contexto…” (fs. 104).  Y  refuerza:   “Vemos  entonces  que el fallador ha distorsionado el sentido  de  la  prueba,  que  a las claras, está evidenciando la ausencia de violencia,  refleja    el    consentimiento    dado    por   el   denunciante   JOSÉ   VÁSQUEZ  ALARCÓN,  para  que  su  compañero    de    celda    LUIS   ENRIQUE   MOLANO  OSPINA,           alias          ‘La         Chilgua’,   le  accediera  analmente,  en  la  madrugada del día 7 de julio de 1993” (fs. 105).   

         Claramente  el  actor  confunde  dos  operaciones  diferentes  de la  actividad  probatoria,  pues  una es la estimación material de la prueba y otra  su  sometimiento  como pieza integral a los juicios de valor del juez para hacer  inferencias  respecto  de  lo desconocido.  Aunque ambas falencias podrían  encaminarse   eventualmente   por   la   estructura  denominada  “error   de   hecho   como   falso  juicio  de  identidad”,  lo  cierto  es  que  el  demandante  no demuestra, si fuera la  primera  modalidad,  el  cercenamiento judicial del dictamen pericial al momento  de  apreciarlo,  porque  no  indica  cuál  es  la  parte  de  la experticia que  “evidencia  la  ausencia de violencia” o que “refleja el consentimiento”  de  la  víctima  para brindar la cópula anal a uno de los reclusos, pues, todo  lo  contrario, dicho medio de convicción se refiere a una tenue escoriación en  el  límite  entre los tercios medio y distal externos del antebrazo izquierdo y  también dos pequeños desgarros superficiales en la cavidad anal.   

         Lo  demás,  como  lo  dice  acertadamente  el  Ministerio Público,  sería  tratar  de  hacer eco de las manifestaciones subjetivas de desagrado del  impugnante  frente  a  las determinaciones valorativo-probatorias que soberana y  racionalmente  lincumben al juzgador, aspecto que no está expuesto a discusión  en  sede  del  recurso  extraordinario  de casación, pues habría que demostrar  previamente  los ostensibles errores de hecho que hicieron del examen probatorio  una  mera  apariencia  o  el  encubrimiento  de una arbitrariedad.  En esta  materia,  se  reitera, si el impugnante no hace tal esfuerzo demostrativo de tan  lamentables  vacíos,  las  decisiones de instancia están asistidas de la doble  presunción de acierto y legalidad.   

         De  otra  parte, la censura además de equívoca contiene una razón  insuficiente,  porque,  como  con precisión lo sostiene el Procurador Delegado,  se  echa  de  menos  en  la  demanda  la  indicación de las normas sustanciales  presuntamente  violadas,  después  de determinar el supuesto error de hecho, al  igual que el sentido de dicha violación.   

         Tampoco prospera la censura.   

         C.  DE LA VIOLACIÓN DIRECTA:   

         En  esta  objeción  se  dice  que  el  Tribunal dejó de aplicar el  artículo  445  del  Código de Procedimiento Penal, según el cual la duda debe  resolverse en favor del procesado.   

         Cuando  se  invoca  la causal primera de casación, en el sentido de  violación  directa de la ley  sustancial,  por lógica elemental la jurisprudencia de esta Sala ha establecido  que  tal  es un error de mera relevancia, porque en tal hipótesis el caso está  indiscutiblemente  individualizado  por  pruebas  que tampoco se objetan, mas la  duda sí existe en relación con la norma aplicable.   

         Es  verdad  que  dejar de aplicar el artículo 445 señalado, que es  norma  evidentemente sustancial, comportaría una violación directa siempre que  en   la   sentencia  se  hubieran  sentado  claramente  las  bases  fácticas  y  valorativas  para  llegar  a  tal  inferencia  de  duda,  pero que, contrariando  abiertamente  las  premisas, paradójicamente se concluye en un fallo de sentido  condenatorio.   

         Por  lo  demás,  la  sustentación  de  este cargo es completamente  dilógica,  en  la medida que el actor anunció la subsidiariedad y formulación  separada  del  mismo,  pero  después  lo  ató  a  la “violación de hecho”  alegada  en  el  cargo  anterior  de  violación  indirecta.   Después, el  demandante  profundiza  la  confusión  y el contrasentido, cuando se empeña en  discusiones  probatorias  del  siguiente  tenor:   “…  tenemos  que del  escaso   acervo   probatorio   militante,   por   lo   menos  habría  lugar  al  reconocimiento  de  la dubitación generada por la peritación médico legal que  descarta  una  violencia  y  pluralidad  de autores en el acceso carnal.  A  idéntica  conclusión  conduce  el  hecho de que la manifestación del presunto  victimado  aparece  insular  en  el  proceso  y cobren fuerza de convicción las  versiones   indagatoriales   de   los   sindicados”  (fs.  107,  cuaderno  2ª  instancia).   

         Como  se  ve,  en  el  curso  de  esta  censura el censor repite los  argumentos   probatorios   de   la  anterior  y  se  empecina  en  una  distinta  valoración,  aunque ahora sí señala la inaplicación del artículo 445 del C.  de  P.  P. o apotegma del in dubio pro reo (como  norma  sustancial violada), pero igualmente se desentiende de  la  demostración  de  los errores de hecho o de derecho que pudo haber cometido  el  juzgador  como  medio  para  haber  caído  en  la  falta de aplicación del  mencionado dispositivo fundamental.   

         Es    obvia   entonces   la   razón   para   negar   esta   última  censura.   

         Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la  Ley,   

RESUELVE:  

         No  casar  la sentencia de fecha, origen y contenido indicados en la  motivación.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL               JORGE  ENRIQUE   CÓRDOBA   POVEDA                

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                                 EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                              CARLOS    E.    MEJÍA  ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN               YESID  RAMÍREZ BASTIDAS   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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