11032d

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 11032  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta No. 42  

          Santafé  de  Bogotá,  D.  C,  marzo veinticinco de mil novecientos  noventa y nueve.   

VISTOS  

          Decide  la  Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  y  sustentado  en  tiempo  por  la  defensora  de los procesados BLADIMIR MEJÍA  HERNÁNDEZ  y  ARNULFO  ALIRIO  GARCÍA  MORALES  contra  la sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de Medellín el 18 de noviembre de 1994,  mediante  la  cual  condenó al primero a la pena principal de 21 años y un mes  de  prisión  como  cómplice  del  punible  de  homicidio  y autor del concurso  homogéneo  de  porte  ilegal  de  armas, y al segundo a 25 años y dos meses de  prisión como autor de homicidio y porte ilegal de armas.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          El  27  de  junio de 1993 fue capturado en Medellín BLADIMIR MEJÍA  HERNÁNDEZ  por  agentes  del  orden,  al  hallarse en posesión de un revólver  marca   Llama,  calibre  38  largo,  con  seis  cartuchos  y  sin  permiso  para  portarlo.   

          Al   mismo   sujeto,  conocido  con  el  remoquete  de  “caballo”,   se  le  identificó  como  la  persona  que  la  noche  del  23  de  abril del mismo año, ejecutando  disparos  al  aire,  facilitó  la huida de su compinche ARNULFO ALIRIO GARCÍA,  alias  “cachupe”, luego de  que éste ultimara con arma de fuego a Wbeimar Henao Hernández.   

          De  la investigación por el primer injusto conoció la Fiscalía 64  Delegada  de  Medellín, despacho que dispuso la detención preventiva de MEJÍA  HERNÁNDEZ  y  posteriormente  lo  acusó  por el porte ilegal del arma mediante  resolución  del  12  de abril de 1993. El juicio lo inició el Juzgado 17 Penal  del  Circuito  de  la  misma ciudad, pero una vez llevó a término la audiencia  pública  remitió  el  expediente  a  su  homólogo  el  Juzgado  20,  para  la  acumulación   con  el  proceso  por  homicidio  y  porte  ilegal  de  arma  que  seguía  contra éste y otros acusados.   

          Esta   última  investigación  se  había  iniciado  en  la  Unidad  Permanente,  grupo  B  de  la  Fiscalía  de  Medellín, el 23 de abril de 1993,  estableciendo  a  través  de  la  Unidad  Interinstitucional  de  homicidios la  participación   en   los   hechos   de   BLADIMIR  MEJÍA,  alias  “caballo”  y  GARCÍA  MORALES,  alias  “cachupe”  o   “perro   sonso”,   quienes  vieron  resuelta   su   situación    jurídica  con  medida  de  aseguramiento  de  detención, el primero de ellos como persona ausente.   

          Vencido  el  ciclo  investigativo,  la  Fiscalía  4  de  la  Unidad  Seccional  de  vida  profirió  resolución de acusación el 19 de enero de 1994  por  los  delitos de homicidio y porte ilegal de armas, providencia que alcanzó  ejecutoria  el  17  de  febrero siguiente, no sin antes producirse la captura de  MEJÍA,  quien  dentro  de  dicho  lapso  aprovechó  para  nombrar apoderado de  confianza.   

          El  juzgado  20  penal  del  circuito de Medellín avocó el juicio,  recibió  injurada  al  capturado,  dispuso  la  acumulación  de  las  causas y  sentenció  con  condena  a  los  procesados,  imponiéndoles  penas  cuyo monto  disminuyó  el  Tribunal  de Medellín el 18 de noviembre de 1994 al conocer por  apelación  el  asunto, al tiempo que absolvió al tercer acusado, Marco Aurelio  Velásquez Giraldo (a. Victorino).   

Posteriormente,  el  19  de  enero  de 1995 y  dentro  del  término  de  ejecutoria de la segunda instancia, de acuerdo con lo  dispuesto  por  el  artículo  56  de  la ley 104 de 1993, la misma corporación  resolvió  la  solicitud  de  beneficios  jurídico  penales  demandados  por el  convicto  MEJÍA HERNÁNDEZ, cesando todo procedimiento en su favor por el porte  ilegal  del  revólver  marca Llama, calibre 38 largo que había dado lugar a la  resolución  de  acusación  del  12  de abril de 1993, reduciendo la pena en la  proporción correspondiente a este injusto.   

LAS DEMANDAS DE CASACIÓN  

          1.   La   demanda   presentada   en   favor   de   BLADIMIR   MEJÍA  HERNÁNDEZ.   

          1.1. Cargo principal. Causal de nulidad.   

          El  reparo  propuesto como eje central de la censura consiste en que  “habiéndose  logrado la comparecencia del sindicado  al  proceso,  no  se le rodeó de todas las garantías que tornaran completa    la   defensa   mediante   su  ejercicio  material:  se le  tuvo  en prisión sin ser oído por un período superior a tres meses dejando la  indagatoria para un momento muy avanzado del juicio”.   

          Con  tal planteamiento la censora relaciona el debido proceso con el  derecho  a  la  defensa,  matizando  la  importancia  de  la  injurada para cuya  recepción  el funcionario cuenta con los términos perentoriamente establecidos  en  el  artículo  386 del C.P.P., de tal suerte que si el imputado es vinculado  al  proceso mediante la declaratoria de persona ausente ello torna incompleta la  defensa  y sólo se encontrarán satisfechas sus garantías cuando dentro de los  3  días siguientes a su aprehensión es escuchado en descargos so pena de verse  conculcado  el  derecho  a  la libertad personal “que  suscita  la  procedencia  de  HABEAS CORPUS”, acción  que en el caso no fue interpuesta en favor del procesado.   

          Segura  de  que  la  tardanza  excesiva en recibir la indagatoria al  imputado  constituye  violación  del debido proceso y del principio de lealtad,  afirma   que  aquél  se  vio  resignado  a  una  intervención  en  la  última  oportunidad  probatoria,  sin adecuada preparación de la defensa con su abogado  y   con  el  agravante  de  que  no  se  estableció  la  dirección  de su  residencia,  dato  que  le  hubiera  permitido  al  funcionario  crear  diversas  hipótesis   tendientes   a   la  determinación  de  la  inocencia  del  sujeto  procesal.   

          Concluye  diciendo que si la defensa es condición necesaria para la  regularidad  de  la  relación  jurídico  procesal,  no  puede existir un sólo  momento  de  afectación  o  de  restricción  de  aquélla  pues  con  ello  se  configuraría   un  vicio  de  actividad  o  error  in  procedendo.   

          Bajo  estas  consideraciones  reclama  la anulación de lo actuado a  partir   “del  momento  en  que  legalmente  debió  oírse”  al  procesado en indagatoria y su puesta en  libertad provisional.   

          1. 2.  Cargos subsidiarios.   

          1.2.1. Violación indirecta. Falso juicio de legalidad.   

          Bajo  el entendido de que las declaraciones de Alberto Henao, Yulian  Andrey  y  Alexander Henao, lo mismo que las pruebas practicadas en virtud de la  orden  de trabajo 118, son nulas de pleno derecho, la casacionista pide un fallo  sustitutivo absolutorio.   

          Al  efecto  sostiene  que  el  testimonio  del  padre de la víctima  “es  una  prueba  obtenida  con violación al debido  proceso,  ya  que  durante  su  práctica  no  estuvo  el Ministerio Público”  porque  su  identidad  fue desconocida toda vez que el  autógrafo  ilegible  que  de  él  aparece  al  comienzo  de la investigación,  constituye  una  reserva  transgresora  de  la  garantía  de  su  imparcialidad  “al convertirse en un sujeto procesal no susceptible  de ser recusado cuando hubiere lugar a hacerlo”.   

          Sobre  la  actuación desplegada por la Unidad Interinstitucional de  Homicidios  en  cumplimiento  de  la llamada orden de trabajo 118, dice que tuvo  desarrollo  a  espaldas  del  Ministerio  Público  pues  la  resolución que la  ordenaba  no  le  fue notificada, en el informe rendido por la policía judicial  no  aparece su firma, ni se le dio traslado una vez se incorporó al proceso, lo  que  constituye  clara  omisión  en contravía de lo dispuesto por el artículo  315 inciso 2 del C.P.P.   

          Afirma  que  si a lo anterior se agrega la falta de los nombres  de   los   investigadores   en  el  informe,  la  falta  de  claridad  sobre  su  participación  en  la  actividad,  la  firma  de  sólo  uno  de  ellos y la no  ratificación  sobre  su  contenido, es evidente la mutilación del derecho a la  contradicción.   

          Refiriéndose  a  las  declaraciones de los hermanos de la víctima,  reprocha  al  fiscal  y  al juez que no hubieran hecho uso del artículo 286 del  C.P.P.  si  era  que  en  realidad los funcionarios deseaban la comparecencia de  estos  testigos, los cuales fueron básicos en el juicio de condena sin advertir  el  juzgador  que  no  podía  valorarlos,  dada su obtención con violación al  debido proceso por ausencia de Ministerio Público.   

          De  no  haberse  valorado  los  medios  de  prueba aquí impugnados,  apunta  la  libelista,  el  fallo  no hubiera sido condenatorio puesto que no se  habría  contado con el único testigo presencial de los hechos, la descripción  física  del  procesado  y  tampoco  con  la  indagatoria viciada de nulidad que  permitió  establecer  la identidad entre “caballo”  y Bladimir .   

          Por  último,  antes  de  pedir  formalmente la casación del fallo,  advierte  que  las  ampliaciones  del testimonio del padre del occiso en las que  suministró     la     descripción    física    del    apodado    “caballo”      también     fueron  irregularmente  allegadas  porque  el  testigo siempre apareció en la Fiscalía  sin ser llamado por ésta.   

    

1. Violación indirecta. Falso juicio de identidad.     

          En  esta  ocasión la censora hace recaer el yerro en la valoración  que  hicieron  los  juzgadores  de  instancia  de  una  carta  encontrada  en la  residencia del procesado.   

          Luego  de  transcribir  el contenido de la misiva y la conclusión a  la  que  llegó el a quo en el  sentido    de   que   BLADIMIR   era   “caballo”,  repara  que  ello  constituye un error en la medida en  que  “por  desconocimiento  del proceso en el que se  surtió  la  indagatoria  que  se  comenta  en la carta, no puede presumirse que  BLADIMIR  es  alias  CABALLO, al mismo que se le realizó una carrera, con quien  EDWIN  fuera  a  la  casa  de  su madre, el que labora en electricidad, presenta  cólicos y manda saludes a sus familiares”.   

          De  esta  forma,  retomando  los  cargos  anteriormente  planteados,  “ante  la  prohibida valoración e ineficacia de las  demás  pruebas  que soportaban la identificación, sumadas a la distorsión del  contenido  de la carta obrante a folios 36 y 36 bis, desaparece la certeza sobre  la individualización del partícipe en el homicidio..”.   

          2.  La  demanda  presentada  en  favor  de  ARNULFO  ALIRIO  GARCÍA  MORALES.   

          2.1.  El primero de los cargos es copia al  carbón  del  segundo  planteado en favor de BLADIMIR MEJÍA, por lo que resulta  inoficiosa una nueva referencia al mismo.   

          2.2.  Violación  directa  de  la  ley  sustancial  por  inaplicación  de los artículos 29 de la  Carta, 247 y 445 del C.P.P.   

          Para   la   recurrente   la   conducencia   y   pertinencia  de  las  declaraciones  de  los  demás  testigos  presenciales de los hechos, que fueron  decretadas  de  oficio  por  el  juez  en  la  etapa  del  juicio, dan a conocer  “el  vacío probatorio respecto a la responsabilidad  de  los  acusados (…) ante lo cual correspondía resolver las dudas existentes  en  favor  de los reos, dictando fallo absolutorio y no, como lo hizo el juez en  este   caso,   preterir   las   dudas   existentes   emitiendo   una   sentencia  condenatoria”   

          Una  a una separa las pruebas ordenadas por el juez de conocimiento,  dejando  a  salvo  las  referidas  anteriormente  para resaltar que “la  prueba  obrante  en respaldo de la acusación  no tenía  contundencia  suficiente  para  soportar  a  la postre un fallo condenatorio, al  basarse solo en declaraciones provenientes de los ofendidos”.   

          De    este    argumento    se   vale   para   iterar:   “el  juez  solo  pretendía suplir las falencias probatorias de la  acusación,  las cuales no se encargó de superar el Fiscal como parte acusadora  en  la etapa del juicio”, entonces si como lo muestra  el  proceso, aquellas no pudieron ser remediadas por no haberse podido practicar  las   pruebas,   significa  que  permaneció  el  vacío   respecto  de  la  responsabilidad    de    los    procesados,    debiéndoseles    absolver    por  duda.   

          Aclara  que  dirige el ataque por violación directa, con base en la  inaplicación  del  precepto  que prevé el “in dubio  pro  reo”,  pues  de  acuerdo  con  los  desarrollos  constitucionales   debe   aceptarse   la  inescindibilidad  de  las  actuaciones  procesales,  en  este  caso el reconocimiento del estado de perplejidad del juez  al   decretar   las   pruebas  y  su  adhesión  a  la  sentencia  condenatoria,  interpretación  que  si  bien no encuadra en el tradicional criterio del ataque  en  casación  referido  al estado de duda, razones jurídicas -artículo 228 de  la  Constitución-  señalan  que  en el asunto debatido es dable censurar de la  manera  como lo hace en procura de la garantía “aún  contra  el  obtuso  formalismo que entiende la existencia de la duda, solo si el  juez  lo  manifiesta  en  el  cuerpo  de  la  sentencia misma, admitiendo por el  contrario,  que  la  duda  del  fallador  puede  colegirse  de  sus demás actos  procesales”.   

          En  fin,  la  censora solicita que se case el fallo y sea dictado el  de   remplazo   con   el   reconocimiento  del  estado  de  duda  en  favor  del  procesado.   

DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          El  Procurador  Tercero Delegado en lo Penal sugiere la no casación  del fallo así:   

          En  cuanto se relaciona con la demanda a favor de BLADIMIR MEJÍA, y  respecto  del  cargo  por nulidad, seguido a un preámbulo en el que destaca los  mecanismos  de  vinculación  del  sujeto  al  proceso  penal  y sus incidencias  -indagatoria  y  declaración  de persona ausente-, destaca la imposibilidad del  recaudo  de  pruebas  en  algunos  interregnos  del  trámite  en  procura de la  aplicación   de  principios  de  protección  de  los  actos  procesales  y  de  preclusión  de  las  etapas, sin que ello traduzca violación de derecho alguno  del procesado.   

          Desde  tal  perspectiva  señala  que  en  el  caso, cuando resultó  capturado  el imputado ya había sido vinculado al proceso como persona ausente,  definida  su  situación  jurídica  y  garantizada  la  defensa  a  través del  nombramiento   de   defensor,  mas  si  se  había  calificado  el  sumario,  la  indagatoria   “no   cumpliría   su   función   de  vinculación  al  proceso  ni  de condición necesaria para la resolución de su  situación   jurídica”,  único  evento   que  impele  al  funcionario  a  indagar  a  la  persona  dentro  de  los  tres días  siguientes a aquél en que fue puesto a su disposición.   

          Por   eso,   vinculada  la  persona  al  proceso  y  aprehendida  en  cualquiera  de  las etapas en las que no es procedente el recaudo de pruebas -en  el  asunto  a  estudio  cuando  corría  la  ejecutoria  de  la  resolución  de  acusación-   el   funcionario   “debe  esperar  la  preclusión  de una determinada fase procesal para escuchar al capturado, cuando  le sea posible el recaudo de pruebas”.   

          Entiende   entonces   que  en  el  proceso  el  fiscal  “no  tenía  competencia para recibir la indagatoria, pues una vez  proferida  la  acusación,  había  precluído  la  etapa  de  recopilación  de  pruebas”,    mientras    el    juez   “tampoco  podía  oir  al  acusado  en indagatoria, pues no había  adquirido    competencia   para   ello”,   quedando  simplemente  la  aplicación  del  artículo  446  del  C.P.P. para alcanzar tal  propósito.   

          Cuando  refiere  al  hecho  que como trascendente quiso presentar la  censora,  en  el  sentido  de  que no se corroboraron las citas del procesado en  aras  de  determinar cuál era la residencia del procesado, indica que ello para  nada   estaba  relacionado  con  la  identificación  o  individualización  del  procesado,  por  lo  que  deviene  inane frente al compromiso de responsabilidad  penal.   

          En  lo  concerniente  al  cargo  de  violación  indirecta por falso  juicio  de  legalidad,  que es común a ambas demandas, afirma el Delegado que a  partir  de  la  potestad  que  legal  y  constitucionalmente ha sido otorgada al  Ministerio  Público,  tratándose de su intervención en todas las etapas de la  actuación,  no  puede  condicionarse la validez y legalidad de las pruebas a su  asistencia en la práctica de éstas.   

          Con  este  argumento  resalta  la  improsperidad  del  cargo, habida  cuenta  que  durante  la  investigación  previa  siempre  estuvo garantizada la  presencia   del   agente   del  Ministerio  Público,  tornándose  impropia  la  exposición  de  la  demandante  en  aras  del  desconocimiento  de  las pruebas  practicadas en dicho ciclo.   

          Sobre  la  firma  ilegible  que  impuso  el agente asignado al caso,  asegura  que  no implica anonimato pues “la identidad  de  los  funcionarios que intervienen  en un proceso judicial no depende de  la  claridad  de  su  escritura”,  sino  de  su real  condición de sujeto procesal dentro del trámite.   

          Respecto    de    las    pruebas    practicadas    por   la   Unidad  interinstitucional  de  homicidios, dice, en ellas no existen incorrecciones que  pudieran  afectar  su  legalidad  en  la  medida  que cuando la censora aduce la  violación  del  artículo  315 inciso 2 la previsión de la norma no regula una  situación  de  hecho  como la acontecida, dado  el previo inicio de la investigación por parte del Fiscal, de  tal  forma  que  la labor cumplida por la policía judicial fue resultado de una  comisión  y  por  ende no era necesaria la comunicación al Ministerio Público  “quien  conocía  de  la comisión y la práctica de  pruebas  (…) ya que le había sido notificada la resolución de apertura de la  investigación”.   

          En  punto  del  informe  rendido  por  la unidad interinstitucional,  exterioriza  el desacierto de la censora, quien basada en una extrema formalidad  no  alcanza  a  ir  más  allá  de  la  denuncia  de una irregularidad pero sin  “ocuparse  de  demostrar  la ilegalidad de la misma,  pero  también,  la  trascendencia  de  dicho  medio  probatorio en la decisión  cuestionada”,  de  donde  concluye  que  la falta de  firma  en el informe de quienes adelantaron la tarea no quebrantó garantías de  los  sujetos  procesales  ni impidió la controversia de la prueba, la que luego  fue  corroborada  en  su contenido por el investigador a través de otros medios  de convicción.   

          Tampoco  acepta  que  la  no  práctica  de  los  testimonios  de la  víctima   durante   el  juicio  haya  suscitado  transgresión  al  derecho  de  contradicción  o  al  de  defensa,  habida  cuenta  que ello ocurrió por   factores  externos  no endilgables al funcionario -amenazas a los declarantes- y  además  la  única  forma  de  ejercer los referidos derechos no es mediante el  contrainterrogatorio  sino que al efecto se cuenta con diversos medios, tal como  lo acepta la casacionista.   

Con  relación  a  la  aducida  violación  indirecta  por  falso  juicio  de  identidad,  considera el Delegado que en esta  oportunidad  el reparo “se basa en la interpretación  personal  que  la casacionista hace de los términos, aprovechando a los efectos  de  su  proposición,  las  deficiencias gramaticales que contiene el escrito”  del  cual  irradia  el supuesto error, lo que deja sin  demostración el cargo.   

          Acerca  de  la demanda presentada a favor de ARNULFO ALIRIO GARCÍA,  y  en punto al cargo por violación directa debido a la falta de aplicación del  artículo     445     del    C.P.P.,    estima  el  representante  del  Ministerio  Público  que la censora  parte  de  la  equivocada suposición de que el juez reconoció la duda sobre la  responsabilidad    del    procesado    al    decretar    pruebas    “lo  que  implica  una  inexcusable  restricción  de  la función  judicial  y  un  desconocimiento del fenómeno de la duda, como condicionante de  una  decisión  favorable  para  el  procesado,  el  que solamente se plantea al  juzgador en el momento de la toma de la decisión definitiva”.   

          Tal  reflexión  lo  lleva  a  considerar  que  la  etapa del juicio  constituye  prenda  de  garantía  al  derecho  de  defensa y aún aceptando que  existan  casos  en los cuales al momento de decretarse pruebas en el juicio ello  sea  manifestación  de perplejidad del funcionario sobre aspectos del objeto de  la  investigación,  no  es  menos  cierto  que  el  artículo  445  del  C.P.P.  “no  prevé  dicha  eventualidad  para  regular  una  situación  procesal  en la cual se pueden recaudar elementos fundamentales para  la  construcción  de un razonamiento o juicio, sino solamente para los momentos  de la toma de decisiones con sustento en las pruebas recaudadas”.   

          De  allí  el  desacierto de la libelista al  construir con sus  argumentos   “una  unidad  inescindible  entre  las  sentencias,  la  resolución  de  acusación y el auto de decreto de pruebas”,  tesis     incompatible    con    los    desarrollos  jurisprudenciales  y doctrinarios  “en tanto que  cada  una  de las fases del juicio cumple funciones distintas y no se puede atar  al    juez    con    su    actividad    probatoria   en   la   forma   como   lo  pretende..”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          1. Demanda a favor de BLADIMIR MEJÍA.   

    

1. Primer Cargo: Causal de nulidad.     

          La  comparecencia  del  imputado al proceso penal, al convertirse en  uno  de  los  ideales de un Estado de derecho garantista que actúa sub   lege   -sometido  a  las  leyes-  y  per    leges       -mediante  leyes  generales  y  abstractas-, supone que cuando aquél  deja  de  aprovechar  la  oportunidad de ser vinculado mediante el acto procesal  conocido   como  diligencia  de  indagatoria  o  injurada,  pueda  cumplirse  la  relación  Estado-sujeto  mediante un mecanismo denominado en nuestro medio como  la  declaratoria  de  persona  ausente, que deja a salvo la defensa del imputado  contumaz  a  través  del  nombramiento  de  un  defensor  letrado quien deberá  realizar la concreción de tan fundamental derecho.   

          De  esta  manera,  la  actividad  judicial  a nombre del Estado debe  consolidar  simultáneamente  la  tarea de juzgamiento y la cabal protección de  las  garantías constitucionalmente reconocidas a los sujetos, de tal suerte que  las  diversas contingencias o particularidades que ofrezca el caso no pierdan de  vista el patrón fundante del Estado de derecho.   

          Así  pues,  tanto  la  indagatoria  como la declaración de persona  ausente  constituyen  los  medios  de los cuales se vale el Estado jurisdicción  para  vincular al imputado al proceso penal, según el artículo 385 del C.P.P.,  actuaciones  que  lo  mismo  hacen  posible  la toma de la primera decisión con  consecuencias  importantes  para este sujeto procesal, como es la definición de  su situación jurídica.   

          La  vinculación  del  sindicado  mediante  una  cualquiera de estas  formas  según  lo  previene  la  ley, se convierte en presupuesto de validez de  ulteriores  actos  procesales  los cuales irán surgiendo de conformidad con las  pautas  establecidas  en  procura  de un debido proceso amalgamado de las formas  propias     del     juicio           -artículo  29 de la Constitución-, sin que, a guisa de ejemplo, por aparecer a  posteriori  la posibilidad de realizar la indagatoria cuando ya ha sido definida  la  situación  jurídica  del  imputado   declarado  persona ausente, esto  implique  el  retroceso del trámite o la aplicación de efectos concebidos para  una situación ya superada según las previsiones legales.   

          De  allí que una interpretación teleológica de los artículos 386  y  387  del C.P.P. permita concluir que los términos diseñados para recibir la  injurada  al  capturado suponen su presencia física y no la ficta resultante de  la declaratoria de persona ausente del trámite procesal.   

          Es   que  las  expresiones  “tres  días  siguientes  a  aquel  en  que  el capturado haya sido  puesto  a  disposición  del  fiscal”  -artículo  386  del  C.P.P.- y “Cuando la  persona     se    encuentre    privada    de    la  libertad,   rendida   la  indagatoria   o  vencido  el  término  anterior,  el  funcionario  judicial  deberá  definir  la situación jurídica por resolución  interlocutoria,  a  más  tardar,  dentro  de  los  cinco días siguientes…”  -artículo    387   ejusdem-,   no   permiten   otro  entendimiento.  Sana y lógica interpretación que además descubre la capacidad  de  esta  diligencia  para generar un doble efecto: de un lado, sirve como medio  eficaz  para  vincular  al  imputado  como sujeto procesal, y del otro, se erige  como  medio de defensa y aún de prueba susceptible de ser arrimado en cualquier  etapa  del  proceso -instrucción o juzgamiento- siempre que su diligenciamiento  o  adecuada incorporación al acervo probatorio se haga dentro de la oportunidad  propicia  para  practicar  pruebas, carácter este que se pondría en duda si su  validez  estuviera  condicionada a ser recibida únicamente en la etapa sumarial  no empece la contumacia del imputado.   

          En  el  caso  a estudio, de la vinculación ficta del justiciable al  proceso  no  es  válido  desprender consecuencias diversas a las ya anotadas, y  menos  puede catalogarse como motivo de nulidad la única actuación posible del  funcionario  cuando  en el momento propicio del juicio se limita a abrir espacio  para  oir los descargos del inculpado en homenaje a la defensa material de quien  voluntariamente  había  renunciado  a  ella  desdeñando  su  comparecencia  al  sumario.   

          En  este  orden  de ideas, el hecho de que el procesado hubiera sido  capturado  cuando  corrían  los  términos  de  ejecutoria de la resolución de  acusación  no  es  dato  que  bajo  ningún  punto de vista desvirtúe la   defensa  técnica  de  que  estuvo  asistido  o  deje  sin  piso  la  medida  de  aseguramiento  que  ya  pesaba en su contra como consecuencia de la vinculación  al  trámite por el mecanismo de la declaratoria de persona ausente y por fuerza  del material probatorio recaudado en su contra.   

          Es  que  el  planteamiento  del cargo deviene distorsionado no sólo  por  el  desconocimiento  de  la estructura procesal penal imperante sino por el  silencio  que  obligada  guardó  la  demandante para sugerir, de acuerdo con su  raciocinio,  cuál  funcionario  debió  entonces  recibir  la indagatoria al ya  vinculado.  Pregunta  sin respuesta que simplemente pone de presente el reproche  de  la  libelista  como  maniobra  opositora a un trámite que, respetuoso de la  ley, no arrojó los mejores resultados para su poderdante.   

          Así  pues,  la  solución  a  la  postrer  y obligada comparecencia  física  del  acusado  al  proceso  no  se encuentra prevista en la ley de   manera  diferente  a  como  la  superaron  los  funcionarios judiciales, quienes  adelantaron  el  trámite guiados por la custodia de las garantías en favor del  procesado,  sujeto  éste  del  que  no  sólo  se  reporta  su  rebeldía  para  comparecer  al  trámite  -véase el informe de captura del 3 de febrero de 1994  al  folio  221,-  sino que además rápidamente procedió al nombramiento de una  defensora  de confianza, profesional ésta que sobre el tema ahora propuesto por  la  casacionista  nada  manifestó, limitándose a asistir a su poderdante en la  injurada  que  rindió  el  11 de mayo siguiente, en señal de aceptación de la  legalidad de que estaba ungido el trámite.   

Fue  así  como  por  este  regular  modo se  auspició  la  reclamada  indagatoria en su carácter de medio de prueba y no de  instrumento  de  una superada vinculación del sujeto al proceso, por lo que era  apenas  razonable  que  dicha  diligencia  se  practicara  dentro  del  período  probatorio  del  juicio,  oportunidad  propicia  para  albergar  ese elemento de  convicción  con  posibilidades  de  ser  considerado  por el juez al momento de  fallar.   

          Colofón   de  que  no  hay  irregularidad  en  el  trámite  es  la  desestimación del cargo.   

          1.2.  Violación  indirecta.  Error  de  derecho por falso juicio de  legalidad. (Cargo común en las dos demandas).   

          La  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial debido a un falso  juicio  de  legalidad,  ha  venido sosteniendo la Corte, se presenta en aquellos  casos  en  los  que  se  da  cabida  y confiere mérito probatorio a un medio de  convicción  afectado  de irritualidad en el proceso formativo del mismo, cuando  a  una  probanza  se  le  asigna  un  valor  distinto  al  prefijado  por la ley  (modalidad  esta  de  difícil  ocurrencia  en  nuestro  sistema donde por regla  general  no  hay  tarifa legal sino libre apreciación probatoria) ora cuando se  le niega el mérito que la legislación le confiere.   

          El  planteamiento  de  la censora en este acápite surge a partir de  la  premisa de la inexistencia de Ministerio Público por una idea bifronte: por  la  reserva  de  identidad del agente que lo encarnó o bien por la práctica de  pruebas  sin su presencia. Pero la argumentación deviene contradictoria pues si  la  inicial  discusión  se  centra  en  la  falta  de certeza sobre el dato que  permitiera  a  las  claras  conocer  quién era el representante de la sociedad,  dicho  reproche  resulta incompatible con el cargo complementario que se basa en  echar  de  menos  al  sujeto  procesal  cuya  forma  de intervenir en el proceso  rechaza la censora.   

          Es  decir,  si  la  pretensión  se  funda  en  la  inexistencia  de  Ministerio  Público  por  cualquier  factor,  era  menester el desarrollo de la  censura  dentro de un escenario independiente de aquél en el que lo debatido es  su  ausencia  en  parte  de  la actividad que le ha sido encomendada o la manera  como  testimonia  o  deja documentada su presencia en la actuación. Lo anterior  para  cumplir lo ordenado como aspecto formal de las demandas de casación en el  inciso final del artículo 225 del C.P.P.   

          No  empece  esta  glosa,  tampoco tiene razón la casacionista en su  reproche, por lo siguiente:   

La  intervención potestativa del Ministerio  Público  en  el proceso penal, sin duda, es una de las significativas variantes  contenidas  en  la Constitución de 1991 (artículo 277-7) en relación con este  organismo  de  control,  en  el  sentido  de  que sus agentes, de acuerdo con la  importancia  y  trascendencia  de  los  actos que al interior de los procesos se  ventilen,  determinan  su  intervención  en  procura  del  orden  jurídico, el  patrimonio público y las garantías fundamentales.   

          Así  pues,  se  trata  de una consideración puramente subjetiva la  que  hace  que  los  agentes  del  Ministerio  Público,  previo análisis de la  cuestión,  determinen cuándo en un proceso es vital entrar en defensa de uno o  de     varios    de    los    intereses    superiores    que    justifican    su  intervención.   

          El  ejercicio  de  esta discrecionalidad reglada depende de la clase  de  procesos  en  que  debe  intervenir y de la actitud que frente a ellos puede  guardar  el  agente  del  Ministerio  Público  según  las  distintas fases del  trámite,  lo  que  pone  de presente cómo una vez notificado de la apertura de  una   investigación,  dicho  funcionario  no  está  fatalmente  obligado,  por  ejemplo,  a  intervenir  en  la  práctica  de  las  pruebas  o  a  ejecutar sin  alternativa    un    estricto    seguimiento    a    todas    las    actuaciones  judiciales.   

          Pero  las  reflexiones  de  la  demanda se hacen más inconsistentes  para  la casación del fallo, cuando se advierte que todo lo que alcanza a decir  es  que  no  se  supo  cuál  era  la  persona  natural  que  en delegación del  Ministerio  Público  asumía  la  función.  Glosa esta que a más de infundada  resulta  inocua  en aras de justificar un reproche en contra de un proceso en el  que  con  el aviso de su iniciación al representante de la sociedad se cumplía  con  el  establecimiento  de  la  relación entre el Estado y uno de los sujetos  procesales, en este caso el que habría de ejercer control.   

          Y  no  se diga que de pronto por el desconocimiento del nombre de la  persona  suscriptora  de un documento se pudo haber impedido el ejercicio de los  medios  tendientes al restablecimiento de una situación anormal, como sería el  caso  de  una recusación, porque en casación es insustituible la verificación  del  presupuesto  en  el cual se pretende fundar la censura, pues de no ser así  el   recurso  abriría  puertas  a  la  conjetura,  a  las  simples  hipótesis,  desvirtuándose  su  naturaleza  de  instrumento  revisor de la legalidad de las  sentencias.   

          Pero  los  desaguisados  aumentan  cuando  se examinan los restantes  argumentos  de  la  demanda, toda vez que ni siquiera se atina a adecuar el caso  con  la norma procesal que lo reguló, supuesto que se echa de menos el aviso de  parte  de la policía judicial al Ministerio Público cuando la instrucción fue  abierta  directamente  por  el  Fiscal,  circunstancia  que  hace inaplicable el  inciso  final del artículo 315 C.P.P., pues esta norma se refiere al  caso  en  que  la investigación tiene origen en quienes ejercen funciones de policía  judicial.   

          De  lo  anterior  se sigue, contrario a lo buscado por la libelista,  que  las  pruebas  practicadas  por  la  policía  judicial  por comisión de la  fiscalía,  según  la  orden  118  del  6  de  agosto  de  1993,  no  contienen  irregularidad  alguna  por  la  no  presencia del Ministerio Público durante su  evacuación.   

          El  planteamiento  final  ofrecido  por la demanda, en el sentido de  que  a fuerza de ser irregular la aportación de los testimonios de los hermanos  de  la  víctima  por  haber sido recogidos por la policía judicial, limitó la  contradicción  por  no  haberse  podido  ratificar  sus  contenidos  durante el  juicio,   constituye  una  reflexión  que  también  deviene  inane  frente  al  compromiso  casacional,  toda  vez  que  las  propias  palabras  de la libelista  muestran  la  factibilidad  del  ejercicio del contradictorio a través de vías  diferentes a las del contrainterrogatorio.   

          Empero,  esta  desordenada  forma  de plantear la censura se muestra  ajena  al propuesto error de derecho por falso juicio de legalidad, amén de que  su  contenido  robustece  las notas de una denuncia con base propia en el motivo  tercero  de casación, lo que de contera quebranta en materia grave el principio  de  la autonomía de las causales.            

          En  síntesis,  aparte de su informal desarrollo, la censura no pasa  de  estar  fundada  en  meras  hipótesis  sin  comprobación  alguna,  tornando  inoperante  el  ataque  que  en  su  conjunto  más parece una selección de los  medios  probatorios  que sirvieron de apoyo al juzgador para imponer la condena,  con  el inocultable afán de colocar sobre cada uno de ellos reparos inconsultos  en  procura de que el fallo quedara huérfano de sustento, pero sin la necesaria  comprobación  de  los  vicios  de  actividad  verdaderamente trascendentes para  poner en vilo la validez de la actuación impugnada.   

          Con toda razón el Ministerio Público conceptuó:   

“La  Delegada  respecto  de  la alegación  propuesta,  debe  agregar  que  la  demanda  ha  debido,  además de señalar la  irregularidad  de  la  prueba,  ocuparse de demostrar la ilegalidad de la misma,  pero  también,  la  trascendencia  de  dicho  medio  probatorio en la decisión  cuestionada  y  la  forma  como  debería resolverse la acusación propuesta, de  manera  que  se  ha  debido  analizar  todo el acervo probatorio frente a dichas  condiciones,  para  demostrar  que  sin el informe cuestionado no era procedente  una sentencia de condena”.   

         

          Las  señaladas  falencias  hacen  inevitable  la desestimación del  cargo.   

          1.3.  Violación  indirecta.  Error  de  hecho  por  falso juicio de  identidad.   

          Si  ninguno  de  los  anteriores  cargos  alcanzó  a comprometer la  legalidad  del  fallo  impugnado, éste tampoco es la excepción pues con él la  censora  lo  que  hace es conducir el discurso por la ruta de la interpretación  personal  de un medio probatorio, que en su opinión no permitía determinar que  el  procesado fuera la misma persona conocida dentro del argot delincuencial con  el cognomento de “caballo”.   

          El  falso  juicio de identidad, caracterizado por la distorsión que  del  contenido  material  de la prueba hace el juzgador o por el desprendimiento  ilógico  de  consecuencias  que  no  derivan de su texto ni de su esencia, nada  tiene  en  común con esta censura que disfrazada de  error de hecho lo que  busca  es  oponer al autorizado criterio del juez la opinión de la casacionista  sobre el mérito que tiene las pruebas por ella seleccionadas.   

          En  efecto,  la  libelista  acude en vano a una serie de raciocinios  que  no  delatan  error  alguno  sino  la  clara  intención  de  reprochar  una  deducción  del  juzgador, cuando éste hubo de conocer el contenido material de  una  carta en la que aparecían signos escriturarios de clave entre los miembros  del  grupo  de transgresores de la ley penal, del que formaba parte el procesado  BLADIMIR  MEJÍA,  olvidando  en  todo  caso  que  antes  de  la  misiva la  autoridad  tenía  conocimiento  de  que  MEJÍA  era  la  misma  persona con el  remoquete     de     “caballo”,    como  así  lo destaca el oficio 5984 del 16 de diciembre de 1993 en  el    que    la    Unidad    de   vida   solicitó   información   “sobre  los  antecedentes  que  allí  registren  BLADIMIR  MEJÍA  HERNANDEZ  (sic) A. Caballo…” -folio 182 vto-, y de  otro  lado,  que  de  su  actividad  como  electricista también da fe la propia  manifestación  del  justiciable  en la indagatoria a la que fue sometido por el  delito de porte ilegal de arma de fuego.   

          Como  si  lo  anterior  fuera  poco, fuera de imponer una particular  interpretación  sobre  un  medio  probatorio, en la demanda no hay ilustración  alguna  referida a la posible trascendencia del yerro acusado, tarea que pone de  relieve  no  sólo  la  falta  de  comprobación sino también la incidencia del  supuesto   error   en   el   fallo,   todo   lo  cual  conduce  al  rechazo  del  cargo.   

          2.    Demanda  presentada a favor del procesado ARNULFO ALIRIO GARCÍA.   

2.1.  Violación indirecta. Error de derecho  por falso juicio de legalidad.   

Su  improsperidad ya se examinó al estudiar  el    mismo    cargo    contenido    en    la   demanda   de   Bladimir   Mejía  Hernández.   

          2.2.   Violación   directa  de  la  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación   de   la   norma   que   prevé   el   principio  del  “in dubio pro reo”.   

          Bien  particular  es  el  ejercicio  practicado por la demandante en  desarrollo  de  la  censura, al denunciar coetáneamente la transgresión de los  artículos  29  de  la  Constitución  Política  y  247  y  445  del Código de  Procedimiento  Penal,  pues  cuando  menos  resulta  abiertamente contrario a la  lógica  que  se  mencione  la  falta  de  aplicación  tanto  del  precepto que  justamente  habilitó al juzgador para condenar cuando tuvo la certeza necesaria  de  la  responsabilidad  penal del procesado -artículo 247 del C.P.P.- como del  que dispone la absolución por duda -445 ibídem-.   

          Este  evidente  antagonismo  surge  de  la  falta  de  cuidado en la  construcción  del juicio técnico jurídico requerido en sede de casación, que  para  el  caso  imponía  a la censora haber aceptado los hechos del debate y la  prueba  en  la  forma  como  fueron  apreciados  por el sentenciador, condición  básica  del  manejo  acertado  de  la  causal primera en la forma de violación  directa de la ley sustancial por inaplicación normativa.   

          Pero  el  anterior  no  es  el  único  dislate que atenta contra la  técnica  y  la  lógica  propia  de la casación, suficiente para desestimar el  cargo,  sino  que  también  sorprende  a  la Corte la manera como la recurrente  construye  el  supuesto  estado de dubitación del juez haciéndolo surgir desde  el  momento  del  decreto de pruebas en el juicio para llevarlo concatenado a la  sentencia,  con el fin de aparentar una inescindibilidad de actos procesales que  según  ella  le  dan  vigencia  a  una violación directa de la ley sustancial,  producto   de   la   inaplicación  de  la  norma  que  prevé  el  “in dubio pro reo”.   

          Como  su  nombre  lo  indica, el proceso está formado por distintas  etapas  que  en  una  congruente  secuencia  permite  el  desenvolvimiento de la  acción  penal  hasta  el  momento culminante de la sentencia, en cuyo ejercicio  los  funcionarios  judiciales,  con  la  debida  observancia  de  las garantías  debidas  a  todos  los  sujetos  que  en  él  intervienen, procuran mediante el  método  reconstructivo  el  establecimiento  de  la  verdad  acerca  del  hecho  histórico  que  se  reputa  delictuoso,  sin  que  en cada una de las fases del  diligenciamiento  deban  festinar  el  grado  de  conocimiento  que  el material  probatorio  les  pueda  forjar  hasta  ese momento pues, tratándose  de la  etapa  de  la  causa,  el  examen  de  conjunto  del  material  probatorio y por  consiguiente  la  declaración  de  certeza  o  de  duda  está  deferida  a  la  sentencia.   

El  principio  de  investigación  integral  muchas   veces  impone  la  actividad  probatoria  en  los  distintos  períodos  dispuestos  para  ello  no  obstante  haber adquirido ya el funcionario judicial  virtual  certeza  sobre  la  existencia  de  los  hechos  investigados  y  de la  responsabilidad  del  procesado, por lo que resulta equivocado suponer que si en  el  juicio  el  juez ordena pruebas es porque aún no tiene certeza acerca de lo  que es materia de juzgamiento.   

          Como  atinadamente  expone  la Delegada, la suposición en este caso  de  que  el  sentenciador de primera instancia tenía dudas respecto de la   responsabilidad  del  investigado  por  haber  dispuesto  la  práctica  de unas  pruebas   que   finalmente   no   se   evacuaron,  implica  una  “inexcusable    restricción   de   la   función   judicial   y   un  desconocimiento  del  fenómeno  de  la duda como condicionante de una decisión  favorable  para  el  procesado,  el  que  solamente se plantea al juzgador en el  momento de la toma de la decisión definitiva”.   

          Pero  si  en  gracia  de  discusión  se aceptara que la frustránea  orden  de  pruebas   se  dio para esclarecer mejor algunos puntos de lo que  era  objeto  de  averiguación,  la  involuntaria  preterición de las mismas no  podría  necesariamente  conducir  a  una  sentencia  absolutoria  fincada en el  artículo  445  del Código de Procedimiento Penal, menos cuando esta preceptiva  no  está referida al momento de impulsar el proceso o de nutrirlo con elementos  de  convicción  sino  al  instante  de tomar decisiones con sustento en todo el  acervo probatorio.   

          Y  la supuesta incidencia negativa del insular fracaso probatorio en  la  mente  del fallador se hace aún más intrascendente e inocua cuando se para  mientes  en  que, de haberse producido alguna inquietud mental en torno a uno de  los  extremos  de  la  acusación, esto no sólo ocurrió en un estadio procesal  diferente  al  del  fallo  sino  que se tendría que predicar exclusivamente del  juez   de   primera   instancia   y   jamás   del  ad  quem,  quien  como  apenas resulta obvio, contrastando  los  puntos  de impugnación, elabora su propio juicio de reproche fundado en la  certeza  que  le  produce, no las dubitaciones del a quo, sino el mérito de las  pruebas que obran en el proceso.   

          El cargo no prospera.   

          No  obstante, como se advierte que desde el momento de la ejecutoria  de  la resolución de acusación por el injusto de porte ilegal de arma de fuego  de  defensa personal que se imputó a Arnulfo Alirio García y a Bladimir Mejía  Hernández  en  concurso  con el homicidio -ocurrida el 17 de febrero de 1994- a  la  fecha  actual  ha  transcurrido  un tiempo superior al necesario para que se  presente  el  fenómeno  de  prescripción  de la acción penal, según las  previsiones  del  artículo  84  del  Código  Penal,  es  necesario  hacer  tal  declaración,  disponiendo  la consecuente cesación de  todo procedimiento  por   tal   concepto   y   ajustando   la   pena  para  suprimir  el  incremento  correspondiente a este hecho punible.   

          En  este  orden de ideas, como la pena calculada por el homicidio en  la  segunda  instancia  fue de veinticinco años de prisión para Arnulfo Alirio  García  Morales  y de veinte años y diez meses para Bladimir Mejía Hernández  (fls.  459),  a  ese  monto  se contraerá la condena que en definitiva deberán  purgar los sentenciados.   

          De   acuerdo  con  lo  anterior  LA  CORTE  SUPREMA     DE    JUSTICIA,    SALA    DE    CASACIÓN    PENAL,    administrando  justicia  en  nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE  

          1.-     NO     CASAR     la    sentencia  impugnada.   

          2.-   Declarar   oficiosamente   la   prescripción  de  la  acción  penal  respecto  del delito de porte ilegal de arma de  fuego  imputando  tanto  a Arnulfo Alirio García Morales como a Bladimir Mejía  Hernández;  por  consiguiente,  se  ordena  cesar  todo  procedimiento por este  hecho.   

          3.-  Como  consecuencia de lo anterior, la  pena  principal  que  en  definitiva  deberán  purgar los sentenciados será de  veinticinco  (25)  años  de  prisión  Arnulfo Alirio Carcía Morales, y veinte  (20)    años    y    diez    (10)    meses    de   prisión   Bladimir   Mejía  Hernández.   

          Cópiese,    notifíquese    y    devuélvase    al    Tribunal   de  origen.   

CÚMPLASE                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

                                                      

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                RICARDO     CALVETE  RANGEL   

                                            no   

JORGE   E.   CORDOBA   POVEDA                                          CARLOS A.GALVEZ ARGOTE   

EDGAR    LOMBANA   TRUJILLO                                          CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR   

DÍDIMO    PAEZ    VELANDIA                                                        NILSON PINILLA PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria    

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