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1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 10984  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.103   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr.FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe de Bogotá D. C., catorce de julio  de mil novecientos noventa y nueve.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  17  de mayo de 1995, mediante la cual el Tribunal Superior del Distrito Judicial  de  Manizales  condenó  al  procesado  LUIS FERNANDO  LOPEZ  BERNAL  a  la  pena  principal de 25 años y 6  meses  de  prisión,  como  autor  penalmente  responsable  de  los  delitos  de  homicidio,  porte  ilegal  de  armas de fuego de defensa personal, y cohecho por  dar u ofrecer, y lo absolvió por el delito de lesiones personales.   

                      Hechos y  actuación procesal.   

                       En  las  primeras  horas  de  la noche del 6 de marzo de 1994, en el bar “La Embajada” de  la  ciudad  de  Manizales,  distinguido  con  el No.23-60 de la carrera 22, Luis  Fernando  López  Bernal  disparó un arma de fuego contra su compañero de mesa  Bayron  Castro  Ramírez,  en  presencia,  entre otras personas, de Gloria Nancy  Osorio  Patiño,  empleada  del  bar,  causándole  una  herida  en  la  región  preauricular   izquierda,  con  fractura  conminuta  del  temporal  izquierdo  y  laceración  cerebral,  que  determinó  su  muerte.  A  causa  de  los disparos  resultó  también  herido  a nivel del 4º espacio intercostal derecho Hernando  Evelio  Giraldo  Aristizábal,  cliente del negocio, quien departía con algunos  amigos    en    otra    de    las    mesas    del   establecimiento   (fls.2   y  4-1).       

                      Alertados  por  las  detonaciones,  los agentes de la Policía Nacional José Nelson Marín  Morales   y  Juan  Carlos  Cuéllar  Cárdenas,  quienes  en  esos  momentos  se  encontraban  patrullando  en  el  sector,  pudieron  observar  que un cuerpo era  arrastrado  hacia  la  calle,  para ser dejado sobre el andén, y a dos personas  que  huían  del  sitio.  Iniciada  su persecución, lograron la captura de Luis  Fernando  López Bernal y Juan Antonio García Osorio, hallando en posesión del  primero  un  revólver  marca  Llama,  .38  largo,  del cual intentó deshacerse  arrojándolo  debajo  de  un vehículo. El mismo sujeto aceptó en presencia del  Agente  Juan  Carlos  Cuéllar  Cárdenas  haber  sido  el  autor del homicidio,  ofreciéndole   la   suma   de  cien  mil  pesos  y  el  arma  a  cambio  de  su  libertad.   

                      La misma  noche  de  los hechos fueron escuchados en declaración juramentada Luis Gonzaga  Martínez  Ocampo,  dueño  del  establecimiento  (fls.18-1);  Hernán  Vásquez  (fls.7-1),   Claudia   Patricia   Cardona   (fls.8-1),  José  Fernando  Morales  (fls.9-1),  Gloria  Nancy  Osorio  Patiño (fls.11-1) y Luz Dary Marín Sánchez  (fls.15),  empleados  del  lugar;  Juan Antonio García Osorio, cliente del bar,  detenido  por  la  policía  (fl.24-1);  y, en indagatoria, Luis Fernando López  Bernal (fls. 20-1).   

                   Luis Gonzaga  Martínez  Ocampo  manifestó  que dentro del establecimiento no hubo riñas, ni  heridos,  ni  muertos.   Los hechos sucedieron afuera, y por eso nada sabe,  ni  puede  dar  razón  de  lo  ocurrido.  Preguntado  por  los empleados que se  hallaban  en  el lugar, mencionó a José Fernando Morales (operador de discos),  Hernán  Vásquez  (maitre),  Claudia  Patricia  Cardona,  Gloria  Nancy  Osorio  Patiño y Luz Dary Marín Sánchez (empleadas) (fls.18-1).   

                       Claudia  Patricia  Cardona  (fls.8-1),  Luz  Dary  Marín  Sánchez  (fls.15-1)  y  José  Fernando  Morales  (fls.9-1),  afirmaron  no  haberse dado cuenta de los hechos.  Cuando    escucharon   los   disparos,  las  primeras  se  hallaban  viendo  televisión,  y  el  último  en  la  cocina.  Pasados varios minutos salieron y  vieron  al occiso tirado en el andén.  Coinciden en señalar que la planta  de  personal  estaba  conformada  por  ellos tres, Luis Gonzaga Martínez Ocampo  (dueño,  administrador  y  cajero),  Hernán Vásquez (maitre), y Gloria Nancy,  quien era nueva en el negocio.   

                       Hernán  Vásquez,  comentó  que  al  bar  entró  un  grupo  como  de 5 personas, todos  hombres,  y  pidieron  aguardiente.  Al  rato un tipo que le dicen “el cabezón”  sacó  un  revólver y disparó. Entonces corrió a esconderse a la bodega, y al  regresar  vio el muerto tirado en la calle. Luis Gonzaga le ordenó que trapeara  el  charco  de  sangre,  y  después  llegó  la  policía.  En la mesa donde se  encontraba  el  occiso  estaba  un  muchacho  llamado  Juan,  y Carlos, quien se  desempeña  como  cajero  en  el  bar  “Embajada”, pero no estaba de turno (fls.  7-1).  En  ampliación de declaración manifestó que esa tarde hacía las veces  de  maitre, y que en el lugar, además de él, se encontraban tres empleadas, el  cajero    Luis    Gonzaga,    y     el    ayudante   de   nombre   Fernando  (fls.43-1).   

                     

                   Gloria Nancy  Osorio  Patiño  relató  que  entre  5  y  6  de la tarde llegaron al bar siete  personas  y  empezaron  a tomar aguardiente. Ella se sentó en su compañía y a  los  pocos minutos, uno de los integrantes del grupo le dijo “negra, todos ellos  son  pistolocos”,  y  en ese momento se escucharon los disparos, sin que hubiera  mediado  discusión  alguna  entre  ellos.  La  víctima  cayó hacia el lado de  Carlos  (condueño  del  establecimiento),  quien de inmediato arrastró el  cuerpo  hacia  la  calle  con  la ayuda de otro sujeto. El homicida abandonó el  lugar  y todos los que estaban en la mesa se fueron, dejando el muerto tirado en  el  andén.  La  mesa  era  redonda, ella estaba cerca del agresor, separada por  una   persona.  A su lado derecho estaba el muchacho de camisa roja que fue  retenido  por  la  policía  (se  refiere a Juan Antonio García Osorio), y a su  lado  izquierdo  Carlos,  administrador  y dueño también del bar. El homicida,  quien  también  fue  detenido,  estaba  frente  de Bayron, y vestía una camisa  negra.  La víctima, vestía una camisa blanca, y tenía como una chaqueta en la  mano.  A  ninguno  de ellos les vio armas antes de los hechos. Conocía a Bayron  desde  hacía  siete  meses,  pero  hacía  como  veinte días no lo veía, y no  sabía  su  nombre,  aunque  mantuvieron  buena  amistad. Después de los hechos  dieron  la  orden  de trapear el  piso, y la instruyeron para que declarara  que  solo  hasta  ese  día  había iniciado labores en el bar, “y que no había  visto  nada”.  Sostiene  que  Luis  Gonzaga  se  encontraba en ese momento en la  administración,  Claudia  y  Luz  Dary en una mesa, y el maitre cerca del baño  (fls.11-1).   

                           En  indagatoria,  Luis  Fernando López Bernal aceptó haber disparado contra Bayron  Castro  Ramírez después de haberse presentado un intercambio de palabras entre  ellos,  a  raíz  de  un  reclamo que le hizo a éste por haber matado hacía 15  días  a  un  muchacho  invidente  en  el  café  “Viejo Polo”. Bayron se quedó  callado  en  ese  momento,  pero  minutos mas tarde le dio a entender que había  sido  producto  de  los  tragos,  y  que  si esto le había causado mucho dolor,  estaba  resuelto a enfrentarlo, aunque podría pasarle lo mismo. Y agrega: “como  en  el  momento  yo  estaba  armado,  yo me enceguecí de ira y le disparé. Las  personas  que  allí  se encontraban se sorprendieron, y yo en ese momento salí  en  huida”  (fls.20  vto).  El  occiso  estaba  armado, pues cuando se quitó la  chaqueta  que  traía  puesta  pudo observar que sacó el arma de la pretina del  pantalón  y  la  colocó  entre las piernas tapándola con dicha prenda. Cuando  Bayron  le  dio  a entender que no se metiera, se le vino a la mente que su vida  estaba  en  peligro,  y  entonces  sacó  el revólver y le disparó, no “porque  viera  que  él  me  iba a disparar de pronto, sino por la reacción de sentirme  agredido  por  sus  palabras”  (fls.22). El arma la había adquirido en la calle  hacía  como  mes  y medio, y no tiene salvoconducto. Desde las 2 de la tarde se  encontraba  tomando  con  dos  amigos.  Luego, al llegar a la fuente de soda “La  embajada”  se  unieron  al  grupo Bayron y un amigo suyo, encontrándose adentro  otras  personas,  entre  ellas una muchacha. También estaban Carlos, Juan, y el  cajero  del  bar.  No  conoce  a Hernando Evelio Giraldo Aristizábal, ni tenía  conocimiento  que  hubiera  resultado  lesionado en los hechos. Sostiene que del  susto  pudo haberles ofrecido plata a los agentes de policía que lo capturaron,  pero   la  verdad  es  que  solo  tenía  veinte  mil  pesos  en  los  bolsillos  (fls.20-1).   

                   Juan Antonio  García  Osorio  (capturado)  relató que encontrándose con dos señores, cuyos  nombres  desconoce,  en  la  mesa siguiente donde departía la víctima, sintió  que  empezaron a disparar. Salió corriendo, y como a una cuadra un agente de la  policía  lo  capturó  y  lo  devolvió al sitio del insuceso. Nada sabe de los  hechos, puesto que se encontraba muy borracho (fls.24-1).   

                      Oído en  declaración  juramentada  Carlos Eduardo Ochoa Arango, manifestó compartir las  funciones  de  cajero y administrador del bar con Luis Gonzaga Martínez Ocampo.  Preguntado   sobre   los  hechos,  negó  haber  estado  presente  cuando  ellos  sucedieron,  argumentando  que  aproximadamente  una hora antes había dejado el  establecimiento  en  compañía  de  Liliana  Vallejo.  Es falso, por tanto, que  estuviera  en  la  mesa,  y  falso  que  hubiera arrastrado el cadáver hasta la  calle.  Sostiene  que  en  el bar se encontraban Luis Gonzaga (cajero), Fernando  Morales  (operador  de  discos), el “salonero” o “maitre” apodado “el peludo”, y  varias mujeres, entre ellas Claudia (fls.69-1).   

                    Del proceso  hacen  también  parte  los  testimonios  de los agentes de la Policía Nacional  José   Nelson  Marín  Morales  (fl.46-1)  y  Juan  Carlos  Cuéllar  Cárdenas  (fl.47-1),   y   la   declaración   de  Hernando  Evelio  Giraldo  Aristizábal  (lesionado),  quien manifestó haber recibido el impacto encontrándose dormido,  y  luego  haber  sido  trasladado  al  hospital  (fls.80-1).  De  igual  manera,  comunicación  del  Ministerio  de  Defensa  Nacional,  donde  se informa que el  revólver  decomisado  aparece  registrado  a  nombre de Carlos Alberto Vásquez  Escobar,  quien  manifestó  que  el  arma  se hallaba en poder de Luis Fernando  porque  éste,  ese  día, se la sustrajo para guararla, al verlo dormido en los  billares “Los Lagos” (fls. 124 y 141-1).     

                           En  ampliación  de  indagatoria, Luis Fernando López Bernal reafirmó lo dicho por  Vásquez  Escobar  sobre  la  forma como entró en posesión del arma. Negó que  hubiera  ofrecido  dinero  a  los  agentes  de policía, y manifestó haber sido  presionado  y  maltratado por ellos antes de la indagatoria, la cual se llevó a  cabo  a  la  1:30  horas  de  la  madrugada, después de dormir la “rasca” en un  calabozo,  sin que se le hubiera permitido comunicarse con un abogado. Y agrega:  “…  quiero aclarar que cuando yo le hice la pregunta al señor Bayron sobre la  muerte  de  un  cieguito  porque  se  oía  el  rumor  que él lo había matado,  entonces  yo le dije que eso era una bellaquería, una guachada, ahí fue cuando  él  me dice que si yo me estaba metiendo a mi también me daba, ahí fue cuando  yo  vi  que  él  se  voltió a agarrar el arma, yo sentí algo que yo no había  sentido  en  mi  vida,  pánico,  terror y fue cuando resulté con el arma en la  mano,  pues  no  sabía  siquiera  que  la  tenía  porque  estaba  en estado de  embriaguez  y como me habían dicho de la peligrosidad de este señor, no sentí  sino  miedo.  Ahora  yo por averiguaciones que he hecho en la cárcel quiero que  la  Fiscalía  investigue sobre la pérdida del revólver porque tengo entendido  que  al muerto no le encontraron arma y me han dicho que quien se llevó el arma  y  una  chaqueta  es  un  señor  que  llaman  “El  Peludo”,  que trabajó ahí”  (fls.140-1).     

                     También  fue  escuchada  en  ampliación de testimonio Gloria Nancy Osorio Patiño, quien  al  ser  preguntada  por su relación con el occiso, manifestó que eran amantes  desde  hacía aproximadamente un mes. Afirma que Bayron siempre andaba armado, y  cuando  tomaba  acostumbraba envolver el arma en una chaqueta y colocarla encima  de  las  piernas.  Ese  día  se  levantó de la mesa con la chaqueta puesta, se  dirigió   al  baño,  y  regresó  con  ella  envuelta,  como  solía  hacerlo,  colocándola  encima  de  las  piernas.  Antes  de  que el agresor le disparara,  Bayron  se  mandó  la mano a las piernas donde tenía la chaqueta, como a sacar  algo,  y en ese momento le dispararon. Bayron cayó, y la chaqueta la cogió “El  peludo”,  quien  era  el “salonero”, y salió con ella, y no se le volvió a ver  por ninguna parte (fls. 143-1).   

                    Resuelta  la  situación  jurídica  y  cerrada  la investigación, la Fiscalía, mediante  providencia  de  11  de  julio  de  1994,  calificó  el  mérito de sumario con  resolución  de  acusación  por  los  delitos  de  homicidio  en  Bayron Castro  Ramírez,  lesiones personales culposas en Hernando Evelio Giraldo Aristizábal,  porte  ilegal  de  armas  de  fuego  de  defensa  personal,  y cohecho por dar u  ofrecer,  conforme a lo previsto en los artículos 323 del Código Penal (art.29  de  la  ley 40 de 1993), 143 ejusdem y 1º del Decreto 3664 de 1986, incorporado  a  la  legislación  permanente  por  Decreto 2266 de 1991, decisión que causó  ejecutoria el 19 de julio siguiente (fls.149 y 166-1).   

                     En  la  audiencia  pública,  a  instancia  de la defensa, fue escuchado en declaración  William  Ceballos  (a.  El  Peludo),  quien aseguró que el día del insuceso se  hallaba   en  el  bar  “La  Embajada”  cumpliendo  labores  de  “salonero”,  por  contratación  que  le  hiciera Luis Gonzaga la tarde anterior. Nadie más, sino  él,  cumplía  ese  día  dichas  funciones.  Sostiene que minutos antes de los  hechos,  Bayron  se  paró  de la mesa y se dirigió al baño, pero no ingresó,  sino  que  sacó  un  revólver de la pretina del pantalón y lo envolvió en la  chaqueta,  rechazando  el  ofrecimiento  suyo  de  guardárselo.  Ya en la mesa,  trató  sorpresivamente  de  levantarse  y  alzar  las  manos,  y en ese momento  recibió  el  disparo.  El  recogió la chaqueta junto con el arma, y salió del  negocio  a  llamar al papá de Bayron, pero cuando  abandonaba el lugar fue  sorprendido  por  los policiales, quienes lo encañonaron y lo despojaron de los  mencionados  elementos,  manifestándole  que se “perdiera”. Después alguien le  comentó que habían vendido el revólver (fls.244 y 246 ss-1).   

                     El 6 de  marzo  de  1995,  el Juzgado Décimo Penal del Circuito de Manizales condenó al  procesado  a la pena principal de 25 años y 6 meses de prisión, y la accesoria  de  interdicción de derechos y funciones públicas por el término de 10 años,  como  autor  responsable  de  los delitos de homicidio, porte ilegal de armas de  fuego  de  defensa  personal, y cohecho por dar u ofrecer, y lo absolvió por el  delito   de   lesiones  personales,  debido  a  que  no  fue  posible  acreditar  incapacidad  y/o  secuelas.  En  la misma decisión, ordenó expedir copias para  investigar  penalmente  la  conducta  del  personal  del bar “La Embajada”, y el  posible  delito de falso testimonio en que pudo haber incurrido William Ceballos  (fls. 279-1).   

                     Apelado  este  fallo por el acusado y su defensor, el Tribunal Superior, mediante el suyo  que  ahora  es  objeto del recurso extraordinario, lo modificó en el sentido de  ordenar  el  comiso  del  arma  con  la cual se cometió el homicidio, y dispuso  expedir  también  copias  para  investigar  un  posible delito de falsedad, por  estimar  que  la  testigo Gloria Nancy Osorio Patiño pudo haber sido suplantada  en su segunda versión (fls.339, 362-1).   

                         La  demanda.                                                                                                                                                                                                                                     

                        Dos  cargos,  uno  con fundamento en la causal tercera de casación, y otro con apoyo  en    la    primera,    presenta    el    recurrente    contra    la   sentencia  impugnada.   

                     Causal  tercera:   

                  Comprobada  existencia  de  irregularidades  sustanciales  que  afectan el debido proceso, y  violación  del  derecho  de  defensa.                                    

         

                    Sostiene  que  Luis  Fernando  López  Bernal  fue  detenido el 6 de marzo en las primeras  horas  de la noche y llevado a las instalaciones de la Sijin. La Fiscalía 19 de  la   Unidad   Previa   Permanente  dispuso  inmediatamente  la  apertura  de  la  instrucción,   recibió  varios  testimonios,  y  escuchó  en  indagatoria  al  imputado  siendo  las 12:30 de la noche, dejando constancia en el sentido de que  “dada  la ausencia de profesionales del derecho a esta hora en este Despacho” se  le  nombraba  como  defensor  de  oficio  al  señor  Blemer Valencia Hincapié,  persona de “gran honorabilidad”.   

                     En  el  proceso  existía evidencia de que López Bernal había estado ingiriendo licor,  y  que  pocas  horas antes se encontraba embriagado. Sin embargo, fue sometido a  indagatoria,  con  desconocimiento de lo dispuesto en el  artículo 358 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  que  ordena  que  este acto debe ser libre y  voluntario,  y  resulta claro que bajo los efectos del alcohol tanto la libertad  como la voluntad se minimizan.   

                     Según  reza  en la diligencia, al procesado se le previno para que nombrara un defensor  que  lo  asistiera  en ella, pero una advertencia de esta índole, en un cuartel  de  policía,  a  la  una  de  la  mañana,  viola también el artículo 358 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  por traducirse en una garantía imposible de  ser  materializada,  puesto  que  la Fiscalía debía saber que a esa hora, y en  ese lugar, no había abogados disponibles.   

                      Igual  acontece  con  la  constancia  dejada  por  el  funcionario sobre la ausencia de  abogados  en  el  lugar,  pues  la  Fiscalía,  como  se  dejó visto, sabía de  antemano  que allí no era posible conseguir profesionales del derecho, y que la  garantía que pretendía brindar era aparente.   

                     El solo  hecho  de  haber  recibido  la  indagatoria  sin  la  asistencia  de un abogado,  constituye  violación  al derecho de defensa, ya que a partir de la vigencia de  la  nueva  Constitución Política, y por virtud de lo dispuesto en su artículo  29,  el  procesado debe estar acompañado de un profesional del derecho, o en su  defecto  de  un  estudiante  de consultorio jurídico, siendo el artículo 148.1  del  estatuto procesal contrario a este mandamiento. De allí que técnicamente,  la  indagatoria del procesado sea inexistente, e ineficaz la actuación procesal  adelantada a partir de ese momento.   

                                           Consecuente  con  sus  planteamientos solicita a la Corte casar el  fallo  impugnado,  y  decretar  la  nulidad  del  proceso  a partir del auto que  dispuso  el  cierre  de  la  instrucción,  disponiendo que el Fiscal competente  reciba  indagatoria  al  imputado  con  el  lleno  de  las garantías procesales  previstas para el efecto.   

                     Causal  primera.                

                                           Subsidiariamente,  el  demandante  plantea violación indirecta de  ley  sustancial, debido a errores de hecho en la apreciación de los testimonios  de  Gloria  Nancy  Osorio  Patiño  y William Ceballos, y la indagatoria de Luis  Fernando  López  Bernal,  que llevaron a los juzgadores de instancia a negar el  reconocimiento de la defensa putativa en favor del procesado.   

                    Sostiene  que  el  fallo  impugnado,  después  de valorar los testimonios de Gloria Nancy  Osorio  Patiño  y  William  Ceballos,  y  de  precisar  que  la restante prueba  incorporada  al  proceso  resultaba  inocua  en  punto al esclarecimiento de los  hechos,  terminó  excluyendo  la  segunda  declaración  de  la testigo, con la  peregrina tesis de que había sido suplantada por otra mujer.   

                     En este  proceso  de  apreciación,  los  juzgadores  incurrieron  en  error de hecho, en  cuanto  desconocieron  las  condiciones  de  lugar,  tiempo  y modo en que estas  pruebas  se  “formaron”,  con  violación  de  los artículos 254, 294 y 264 del  Código de Procedimiento Penal, como se deja visto a continuación:   

                     1.  El  testimonio  de  Gloria  Nancy Osorio Patiño consta de las declaraciones de 6 de  marzo  y  10  de  junio  de  1994.  La  sana  crítica  de la prueba imponía su  análisis  conjunto, pero la sentencia, con violación de los citados artículos  294  y 254 del estatuto procesal penal, llevó a cabo una evaluación parcial de  ellas,  sentando  la  tesis  de  que solo la primera correspondía a la testigo.   

                     Como si  esto  fuera  poco,  el  Tribunal,  al  motivar  su  decisión, afirmó que no se  requerían  conocimientos  grafológicos para advertir que las firmas puestas en  las  declaraciones  correspondían  a personas distintas, anunciando, a renglón  seguido,  la  expedición  de  copias  para  investigar  el  posible  delito  de  falsedad,  lo  cual viene a constituir una posición injusta e infame, en cuanto  se   acusa   al   defensor   de   falsario   bajo   presupuestos  insostenibles,  extraprocesales e inexactos.   

                       Esta  apreciación  configura  un  error  de  hecho,  puesto  que  la conclusión más  ajustada  a  una  sana  crítica  habría sido admitir la probabilidad de que la  testigo  hubiese  variado  la  forma  de  firmar,  por cualquier razón, dejando  abierta  la  posibilidad  de adquirir certeza por los medios técnicos sobre las  causas  de  las diferencias observadas en las firmas, como necesariamente sería  un examen grafológico.   

                    También  se  presenta  error  de  hecho  en  la apreciación de este testimonio cuando se  afirma  que la primera versión es incontrastable, dejando de lado factores como  la   formación   de   la   percepción,  la  moralidad  de  la  deponente,  sus  circunstancias  sociales,  su  interés  en el proceso, las singularidades de su  relato  y  la  unidad  de  sus  dos  intervenciones testificales, con violación  “indirecta” del artículo 294.   

                        Una  apreciación  adecuada  de  este  testimonio,  permite  concluir  que  carece de  crédito,  y  que  su  segunda  versión  -que es auténtica-, solo contribuye a  restarle  veracidad,  entre  otras  razones,  porque su percepción fue parcial,  defectuosa  y errada; porque estaba vinculada afectiva y sexualmente con Bayron,  lo  que  supone en ella interés en agravar la situación de quien le dio muerte  a  su  amante;  porque  se  dedica  a  una  profesión  degradante,  que la hace  poseedora  de  una ética y moral dudosa, pues las prostitutas viven en un mundo  inestable,  cambiante  y frágil, que se refleja en la concepción de la verdad;  porque  su  versión aparece en abierta contradicción con los hechos; y, porque  sus  dos  declaraciones  no  guardan  “unidad  interna”,  existiendo entre ellas  contradicciones  sustanciales que determinan que no pueda dárseles crédito, ya  que  se  hace imposible saber cuándo ha mentido, y en qué aspectos ha dicho la  verdad.   

                     De  lo  anterior  se  concluye que Gloria Nancy Osorio Patiño carece de credibilidad, y  que  su dicho no es suficiente para desvirtuar las afirmaciones de Luis Fernando  López  Bernal  en lo que toca con las incidencias que motivaron el homicidio, y  las causas objetivas y subjetivas de su comportamiento.   

                     2.  El  testimonio  de  William Ceballos, por su parte, fue apreciado insularmente en la  sentencia,  incurriéndose  por  este  modo en un error de hecho, con violación  “indirecta”    del    artículo   254    del   Código   de   Procedimiento  Penal.   

                       Este  deponente,  corrobora  dos  afirmaciones  básicas  de  la defensa putativa: Que  Bayron  Castro  estaba  efectivamente  armado  al  momento  de los hechos, y que  “gesticuló  en  actitud  suficiente”  para  que  el  procesado interpretara ese  movimiento  como  una  agresión.  Sin embargo, al ser apreciado este testimonio  por  los  juzgadores,  se  le  aisla  de  su contexto general, para valorársele  dentro  de  un  mundo de subjetivismos y academicismos, que pretenden someter el  comportamiento  del  declarante  a  un frío y deliberado modelo de laboratorio,  ajeno  por  entero  a  las  pasiones,  emociones,  intereses  y reacciones en la  vivencia cruda y directa de los hechos.    

                     Ilustra  sus  afirmaciones  con  transcripciones  de  la  sentencia, e insiste en que una  adecuada  apreciación  de este testimonio, bajo la sana crítica, y con arreglo  a  los  factores  de  formación  de  su  percepción, las condiciones morales y  sociales  del  deponente,  y  sus intereses directos e indirectos, demuestran su  errónea apreciación por parte de los juzgadores de instancia.   

                   Cierto es  que  William Ceballos solo vino a ser interrogado en la audiencia, pero no puede  decirse  que sea un testigo que ha llegado inopinadamente al proceso, puesto que  desde  el  11  de  marzo,  el  cajero Carlos Eduardo Ochoa, quien presenció los  hechos,  incluye  entre los testigos presenciales al “peludo”, apodo con el cual  se  conoce el testigo. Además de esto, dio una completa razón histórica de su  dicho,  pues  refiere  por  qué  estaba  en  el  bar,  quiénes  se encontraban  laborando,  y  quiénes  ocupaban  la  mesa  donde  se  presentó  el  problema,  afirmaciones que son corraboradas por los demás declarantes.   

                     William  Ceballos  era  amigo  personal  de Bayron, y no mantenía relaciones de amistad,  afectivas,  laborales  o  económicas  con  el  procesado,  lo cual garantiza su  imparcialidad;   tampoco   tiene   sentencias   judiciales   en  su  contra,  ni  antecedentes  de  policía,  ni  objeción  alguna  de  carácter  social que lo  inhabilite  moralmente como testigo. Su relato es coherente, racional, exento de  singularidades  que  lo hagan increíble, ilógico, y contrario a la experiencia  media del comportamiento humano.   

                         La  decisión  de  recoger  los  objetos personales de su amigo Bayron cuando lo vio  caer,  y de salir corriendo, se ajustan a un patrón de fuerte impacto emotivo y  súbito,   normal   en   la  generalidad  de  las  personas,  y  los  actos  que  sobrevinieron  (interceptación  por  los agentes de la policía, despojo de los  elementos  y  amenazas),  se  corresponden  con  el  patrón socio político que  estamos   viviendo,  donde  las  fuerzas  policiales  generan  los  más  graves  atropellos a los ciudadanos.   

                         Su  presencia  en  el lugar de los hechos es corroborada por Carlos Eduardo Ochoa, y  si  bien  es  cierto   Gonzaga Martínez dice que el “salonero” era Hernán  Vásquez,  éste en su declaración no lo acepta, sino que se limita a decir que  estaba  viendo televisión, y ninguno de los demás empleados afirma que Hernán  Vásquez fuese el “salonero” del lugar en esa fecha.   

                    También  corrobora  su versión el padre de la víctima, quien declara haber recibido una  llamada  telefónica  alrededor  de las 7 de la noche del día de los hechos, de  una  persona  que  no  se identificó, para informarle lo sucedido, pues William  sostiene  que después de haber sido despojado de los elementos por la policía,  se  dirigió  a  la  academia  de  ajedrez,  desde  donde  llamó  al  papá del  muerto.   

                        Por  consiguiente,  a  la  luz  de  la  sana crítica, y en el contexto general de la  prueba  incorporada  al  proceso,  William  Ceballos  es  testigo intachable, de  entero crédito.   

No  obstante,  los  juzgadores, al apreciar  este  testimonio,  descontextualizan  su  contenido,  aislándolo,  y dejando de  analizar  sus  condiciones  generales  de  formación,  la razón histórica del  dicho,  las  condiciones  morales,  sociales  y  personales  del declarante, sus  intereses  en  el  proceso,  la  lógica  de sus afirmaciones, y “la virtualidad  social  y  personal  de su comportamiento en las condiciones precisas de nuestra  actual  forma  de  vida”,  incurriendo  en  un  error  de  hecho, con violación  “indirecta  de las ya citadas normas de derecho sustancial, artículos 254 y 294  del Código de Procedimiento Penal”.   

                     Si  se  analiza  la  prueba  en  conjunto,  se advertirá que el informe de la SIJIN, da  cuenta  del  hallazgo  en  el bolsillo interno delantero del pantalón de Bayron  Castro,  de  tres  cartuchos calibre 38 largo, prueba que permite inferir que el  occiso  se  encontraba  realmente  armado  cuando sucedieron los hechos, como lo  afirman  el  procesado y el testigo William Ceballos, lo cual resulta lógico si  se tiene en cuenta que su profesión era la de guardaespaldas.   

                        Los  agentes  que  intervinieron  en la captura del procesado, informan que éste, al  ser  aprehendido,  aseguró  haber  disparado contra Bayron Castro porque había  matado  un  muchacho  en el café “Viejo Polo”, lo cual no se discute, pero esto  no  implica,  como  se  sostiene en la sentencia, exclusión de las afirmaciones  justificantes del acusado.   

                         El  testimonio   de   Carlos   Eduardo  Ochoa  Arango,  tiene  doble  significación  probatoria:  Referir  la presencia en el lugar de los hechos del “peludo”, quien  después  fue identificado como William Ceballos, y dar a conocer los nombres de  otras  personas  que  estuvieron en el bar esa tarde, coincidiendo con el relato  que después hizo Ceballos en la audiencia.   

                         La  declaración  de  Luis  Gonzaga  Martínez  fue  descalificada  por  su evidente  interés  en  mentir. De cualquier forma, resulta importante destacar cómo este  testigo  se  empeña  en  introducir  confusión  al  proceso,  asegurando,  por  ejemplo,  que  Hernán Vásquez era el salonero la tarde del insuceso, cuando la  verdad  es  que  éste,  en ninguna de sus intervenciones, asegura haberlo sido,  limitándose a decir que se encontraba viendo televisión.   

                        Los  relatos  de  Hernando  Evelio  Giraldo,  Juan Antonio García y Claudia Patricia  Cardona  tienen  la  virtualidad  de confirmar parcialmente el dicho del acusado  sobre  la  identidad  de algunas de las personas que se hallaban en el lugar; y,  el  testimonio  de  José  Oscar  Castro,  padre  del occiso, la de confirmar la  llamada  que  le  hizo William Ceballos, quien no se identificó. Y aunque estos  testigos  difieren en algunos aspectos, como la hora y el lugar donde se hallaba  el  cuerpo,  esto  puede explicarse como producto de la tensión mutua vivida en  esos  momentos,  que  no  permite  una  recordación  exacta  y  minuciosa de lo  sucedido.   

                  Analizado,  entonces,  el  conjunto  probatorio,  claramente  puede verse que ninguna de las  pruebas  aportadas controvierte la versión del inculpado, y en cambio muchas de  ellas concurren a afianzar las afirmaciones.   

                     3.  La  indagatoria  de  Luis  Fernando  López Bernal y su ampliación fueron valoradas  conjuntamente  en  el  fallo,  pero el Tribunal incurrió en error de hecho  al  sostener  que en lo relativo a la causa inmediata de la acción homicida, la  segunda versión contradecía la primera.      

                        Una  correcta  valoración de esta prueba, imponía analizar las circunstancia en las  cuales  fueron  percibidos  los  hechos,  y  en  el  concreto caso las anormales  condiciones   en que López Bernal rindió la primera versión (después de  ser  sacado de un calabozo, a la media noche, bajo los efectos del alcohol y sin  defensor),   situación   que  explica  sus  imprecisiones  conceptuales,  luego  aclaradas en su ampliación.   

                   Solo bajo  esta  óptica,  puede  ser  valorado el alcance de las expresiones de la primera  declaración,  que revelan la reacción suya ante un peligro inminente, iniciado  con  un  ataque  verbal,  y  el  carácter  complementario  de las explicaciones  ofrecidas  en  la ampliación, surgiendo de esta manera, claros los dos aspectos  centrales  de  la  defensa  putativa  invocada:  que Bayron estaba armado, y que  realizó  un  gesto suficiente para ser interpretado como el comienzo del ataque  armado.    

                    

                  Apoyado en  estas  consideraciones  solicita  a  la  Corte casar el fallo impugnado y, en su  lugar,  absolver  al  procesado  de  los  cargos por el delito de homicidio, por  haber  actuado  dentro  de  la  circunstancia  de  inculpabilidad prevista en el  artículo 40.3 del Código Penal (fls.397-1).   

                    Concepto  del Ministerio Público.   

                      Cargo  primero: En relación con este reparo, el Procurador  Primero  Delegado en lo Penal considera que no está llamado a prosperar, porque  si  bien  es  cierto  la  decisión  de  la Fiscal de escuchar inmediatamente al  capturado  en  indagatoria,  siendo  la  media noche, y con la asistencia de una  persona  honorable  como defensora, no resulta acertada, una tal informalidad no  determina  la  ineficacia  de  la  actuación,  puesto que para el momento de la  diligencia  se  encontraba  todavía  vigente  el  artículo  148  del  estatuto  procesal, que habilitaba esta clase de designaciones.    

                     El otro  reproche,  consistente  en haber escuchado al procesado en indagatoria sin tener  en  cuenta  que horas antes se encontraba embriagado, tampoco resulta admisible,  toda  vez  que no existe elemento de juicio alguno que indique que al momento de  la  diligencia  estuviera ebrio, y el tiempo transcurrido desde su captura (seis  horas)  había  permitido  su restablecimiento, como se desprende de la absoluta  coherencia y precisión que revela en la exposición de sus ideas.   

                      Cargo  segundo:  Para el Procurador Delegado tampoco son de  recibo  los  fundamentos  de  este  reproche, de una parte, porque técnicamente  adolece  de  inconsistencias  en su formulación, en cuanto se omite indicar las  normas  sustanciales  indirectamente  transgredidas,  y  de  otra,  porque no se  estructura  la  transgresión  de  los  artículos  del Código de Procedimiento  Penal que la demanda considera violados.   

                         En  relación  con  el  testimonio de Gloria Nancy Osorio Patiño, sostiene que para  advertir  la  disimilitud  de  las  firmas  puestas  en la versión inicial y la  ampliación,  no se requería la concurrencia de un perito, porque la diferencia  entre  ellas resulta palmaria, no siendo por tanto necesaria la intervención de  un especialista.    

                    

                     La otra  crítica,  fundada en que este testimonio no guarda unidad interna, emerge fuera  de  contexto,  ya  que esta falta de unidad fue precisamente uno de los aspectos  que  llevaron  al Tribunal a desechar el segundo relato, junto con la diferencia  en  las  firmas,  y  a  ordenar  la expedición de copias para la investigación  respectiva.   

                    Respecto  de  las  condiciones  personales,  laborales  y  sociales  de la testigo, que en  criterio  del  demandante  restan  credibilidad  a  su dicho, sostiene que estos  aspectos  juegan  papel  importante  en  la valoración de la prueba, pero no la  descalifican  a  priori.  Corresponde  al  juzgador  determinarlo  frente  a los  parámetros  de  la  sana crítica y los demás elementos de juicio aportados al  proceso,   labor   que  desarrollaron  coherentemente  los  juzgadores,  quienes  llegaron  a la conclusión acertada de que su primera versión  se ajustaba  a la verdad.   

                         La  crítica  formulada  en relación con el testimonio de William Ceballos, tampoco  es  de  recibo, como quiera que el actor no precisa si el supuesto yerro provino  de  falta  de  apreciación  o  de  distorsión  de su expresión fáctica, y la  afirmación consistente en que fue valorada   

por  fuera  del contexto general, carece de  fundamento,  ya  que  los  juzgadores confrontaron su dicho con las versiones de  los  agentes de policía que intervinieron en la captura del procesado, llegando  a  la  conclusión  de  que su relato sobre la entrega del arma y la chaqueta de  propiedad de la víctima a los policías, no era cierto.   

                         El  Tribunal,  en aplicación de la lógica y la experiencia, consideró inaceptable  el  relato  del testigo, al estimar, frente a las circunstancias que rodearon la  intervención  de  los  policiales  y la aprehensión de López Bernal y García  Osorio,  que  los  agentes  apenas  tuvieron  tiempo de salir en persecución de  quienes  abandonaban  sospechosamente  el  lugar  de los hechos. Además, porque  ningún  comentario le habría hecho al padre de la víctima sobre la existencia  de  los referidos elementos cuando supuestamente lo llamó para informarlo de lo  ocurrido.   

                    El dicho  del  testigo  sobre  la  existencia  de la chaqueta y el arma busca sustentar la  afirmación  de  que  la  víctima  se  hallaba  armada, y que al momento de ser  herida  levantó  los  brazos  dando lugar a que el procesado creyera que podía  ser  atacado, con lo cual se pretende sustentar la tesis de la legítima defensa  putativa,  pero el raciocinio de los juzgadores aparece desprovisto de yerros en  su valoración.   

                        Por  último,  la  credibilidad  que el Tribunal le otorgó a la primera versión del  procesado,  no  se  ampara  en  la  sola  lógica  que  conduce  a  desechar sus  explicaciones  vertidas después en ampliación de indagatoria, sino también en  su  valoración conjunta con los testimonios de los agentes de policía, quienes  relatan  que  López  Bernal  aceptó  ante  ellos haber disparado contra Bayron  Castro  Ramírez porque una semana antes había dado muerte “al dueño del Viejo  Polo  o  algo  así”,  lo cual concuerda con el dicho de la testigo Gloria Nancy  Osorio  Patiño,  quien  asegura que el procesado disparó sin mediar acción de  ninguna clase por parte de Bayron.   

                    En suma,  el  censor a lo largo de su disertación impugnatoria se dedica a contraponer su  personal  criterio  valorativo  al  expresado  por  los  juzgadores,  sin lograr  demostrar  los errores que denuncia, razón por la cual este cargo debe también  desestimarse (fls.5 y siguientes del cuaderno de la Corte).   

                         SE  CONSIDERA:   

                     Causal  tercera:   

                        Dos  ataques  comprende  realmente  este  primer cargo contra la sentencia impugnada.  Uno,  relativo  a la violación del derecho que tenía el imputado de nombrar un  abogado  que  lo  asistiera  en  indagatoria; otro, fundado en el hecho de haber  sido indagado en estado de embriaguez.    

                     1.  En  relación  con  el primer aspecto resulta forzoso admitir que las circunstancias  en  que  fue recibida la indagatoria no eran las más adecuadas, en razón de lo  avanzado  de la hora y la dificultad de poder conseguir un abogado que asistiera  al  imputado en la diligencia, pero este hecho no constituye irregularidad   que  vicie  de  nulidad  la  actuación  cumplida  por violación del derecho de  defensa.   

                     Para la  fecha  en  que  fue recibida la indagatoria (marzo 7/94), se encontraba todavía  vigente  el  inciso  1º  del  artículo 148 del Código de Procedimiento Penal,  que    establecía  la posibilidad de confiar el cargo de defensor del  imputado  para  esta  diligencia  a una persona honorable, cuando en el lugar no  hubiere  un abogado que pudiera asistirlo, norma a la que acudió el funcionario  instructor, y cuya aplicación, por tanto, resulta legítima.   

                   Repetidas  veces  la  Corte  ha dicho que la expresión “cuando no hubiere abogado inscrito  que  lo  asista  en  ella”,  utilizada por la norma, debe ser entendida no en el  sentido  material  de  ausencia de abogados en la ciudad sede del despacho, sino  desde  una perspectiva de disponibilidad, en consideración a las circunstancias  en  las  cuales  debía  ser  recibida  la injurada, de suerte que la alegación  fundada  en  el  hecho  consistente  en  que en la ciudad de Manizales existían  abogados  residentes,  y  que  por  tal  motivo  la  designación de una persona  honorable no era posible, carece de fundamento.   

                     La Sala  entiende  que  el funcionario instructor pudo haber esperado algunas  horas  en  procura  de  asegurar el concurso de un abogado que asistiera al imputado en  indagatoria,  sobre  todo  si  se  toma  en  cuenta  que  no  tenía  apremio de  términos,  y  que  las  características del hecho investigado no imponían una  indagación  inmediata, pero haber dejado de hacerlo no constituye anomalía que  pueda afectar la validez del proceso.   

                         La  diligencia,  como  acertadamente  lo  sostiene  la  Delegada  en su concepto, se  ajustó  a  la  regulación  procesal  vigente,  y  el  sindicado  accedió a su  realización  sin  pedir  aplazamiento,  después  de  haber  sido informado del  derecho  que  tenía  de  nombrar  un  defensor  que  lo asistiera en ella, y de  solicitar  la  designación  de uno de oficio, según se desprende del contenido  del acta correspondiente (fls.20-1).   

                         En  ampliación  de  injurada,  López  Bernal  sostiene que la noche de los hechos,  cuando  era  conducido  a  rendir  indagatoria, entregó a uno de los agentes de  policía  la  tarjeta  de  presentación  de  su  abogado  para que procediera a  llamarlo,  obteniendo  como  respuesta  la  destrucción del documento, pero sus  afirmaciones  en  este  sentido,  además  de  carecer  de  sustento probatorio,  resultan  inverosímiles,  si  se  da  en  considerar  que  al momento de rendir  indagatoria  nada dijo sobre el incidente que venía de presentarse, ni refirió  tener  abogado  de  confianza  que  lo  asistiere en la indagatoria, no obstante  haber sido expresamente preguntado sobre el particular.   

                   De manera  que,  por  este  aspecto,  ningún vicio con afectación del debido proceso o el  derecho   de   defensa   puede   imputarse   a  la  actuación  del  funcionario  instructor.        

                     2.  La  crítica   consistente  en  que  el  sentenciado  se  encontraba  en  estado  de  embriaguez  cuando  se  llevó  a cabo la diligencia de indagatoria, la apoya el  demandante  en la circunstancia de haber estado el procesado ingiriendo licor en  las  horas  de la tarde, pero este hecho, por sí solo, no necesariamente indica  que   estuviera   ebrio  cuando  ocurrió  el  insuceso,  o  cuando  rindió  la  indagatoria.   

                  La testigo  Gloria  Nancy Osorio Patiño, quien ocupaba la mesa de la víctima, sostiene que  los  integrantes  del  grupo  se encontraban en sano juicio (fl.13), afirmación  que  resulta  corroborada  por  la  condición  física y actitud lúcida que el  agresor  develó  al emprender veloz carrera en procura de asegurar la impunidad  del  delito,  y  la  versión  del  agente  de  policía  Juan  Carlos  Cuéllar  Cárdenas,  quien asegura que López Bernal se encontraba tomado mas no borracho  (fls.47 vto.-1).   

                     Si a lo  anterior  se  suma  el  tiempo  transcurrido  desde  la ocurrencia de los hechos  (aproximadamente  seis  horas),  se  concluye que el cargo carece de fundamento,  puesto  que  el  procesado,  además  de  no encontrarse en estado de embriaguez  cuando  sucedieron los hechos, habría tenido tiempo suficiente para recuperarse  del  estado  de  alteración  psicomotora  que  hubiere podido provocar el licor  ingerido,  lo  cual  se  revela en la forma coordinada y coherente en que expone  sus  ideas  en  la  indagatoria,  como  lo  destaca el Procurador Delegado en su  concepto.   

                        Por  carecer,  entonces,  de  sustento fáctico, se impone también la desestimación  de esta censura.   

                     Causal  primera:                                                                     

                         1.  Apreciación  errónea  del  testimonio  de  Gloria                                 Nancy  Osorio Patiño.   

                         El  planteamiento   del   demandante   en   relación   con  esta  probanza  resulta  contradictorio,  o  cuando menos confuso, pues al tiempo que censura al Tribunal  por  haber  desechado  la  segunda  versión  de  la  testigo con la tesis de la  suplantación  personal,  asegura  que  su  dicho,  como  unidad testimonial, no  resulta  creíble  por  defectuoso, interesado, y provenir de persona dedicada a  una profesión degradante.     

                    El error  susceptible  de ser invocado en sede de casación debe ser trascendente, lo cual  significa  que  ha  de  proyectarse  con  efectos  vinculantes  sobre  la  parte  dispositiva  del  fallo,  como decisión de mérito, de suerte que si lo atacado  es  el  fundamento  de  la  desestimación  de una determinada prueba, mas no la  desestimación  en  si misma, con la cual se está de acuerdo, el ataque termina  siendo absolutamente inane.   

                   Es lo que  acontece  en  el  presente  caso  con la censura fundada en el hecho de haber el  Tribunal  desechado la segunda versión de la testigo, pues el demandante parece  estar  de  acuerdo  con  su desestimación, solo que disiente de los motivos que  los  juzgadores  tuvieron para hacerlo, y complementariamente de la decisión de  acoger de manera integral lo dicho en el primer relato.   

                   Por estas  razones,  la  Corte se abstendrá de incursionar en el estudio de la censura, no  sin  dejar de precisar que la disparidad advertida en los rasgos escriturales de  las  firmas  de la testigo, solo constituyó un argumento complementario para su  desestimación,  y  que la concurrencia de un perito grafólogo no era necesaria  para   invocarlo,  ni  para ordenar la expedición de copias en orden a una  investigación                            de                           carácter  penal.             

                         La  descalificación  del  relato  vertido  en la ampliación estuvo precedido de un  análisis  crítico  y  razonado  del  mismo,  frente  a  las  reglas de la sana  crítica,  que  llevaron  a  los juzgadores a concluir que la testigo mentía en  esta  segunda  oportunidad,  con  el  inocultable  propósito  de  beneficiar al  acusado,  como  claramente  se infiere de los siguientes apartes de la sentencia  del juez ad quem:   

       

                    “Cuánta  diferencia  hay  en este relato y el que Gloria Nancy hizo la misma noche de los  hechos.  Una  lectura  a  los  dos  basta  para  deducir que quien declara en la  última  oportunidad miente sin escrúpulos, sin duda con el ánimo de favorecer  al  acusado.                    

                      “Pero  dijimos  que desde allí se estaba preparando el terreno para lo que declararía  William Ceballos y explicamos por qué (…).   

                     “No hay  que  hacer  malabarimos  mentales para descubrir los (sic) que hacen quienes dan  las  versiones  en  comento, con el evidente propósito de favorecer al acusado.  Pero,  como  casi  siempre ocurre en tales casos, quedan fisuras tan importantes  que  al  final  los  esfuerzos  de  los  mentirosos  se  pierden y sus versiones  resultan  irreconciliables  en  puntos fundamentales. Aquí, por ejemplo, según  la  ampliación  de  que  hicimos  mérito,  Luis Fernando López disparó en el  preciso  momento en que Bayron hizo el ademán de coger el arma que tenía sobre  las  piernas,  entre  tanto,  recordamos  cómo,  William  vio  fue  que  Bayron  levantaba  los  brazos.  Además,  no  se  ponen  de acuerdo acerca de si Bayron  entró  al  baño  para  allí camuflar el arma entre la chaqueta, como dice, la  ampliación, o si no entró, como afirma William.   

                   “Pero las  cosas  no  paran aquí. La enorme diferencia entre la versión inicial de Gloria  Nancy  y  lo  que  consta  en  la  ampliación que venimos comentando llamó tan  poderosamente  la atención del Tribunal que escudriñó en todos sus detalles y  encontró  con  sorpresa,  cómo  la  firma que respalda la ampliación dicha no  tiene  la  más  remota similitud con la que aparece en la inicial declaración.  Sin  necesidad  de  especiales  conocimientos  en  grafología,  no vacilamos en  afirmar  que  corresponden  a dos personas diferentes. Y esto significa, ni más  ni  menos, que estamos frente a un hecho que puede constituir delito de falsedad  y   reclama   ser  investigado  por  las  autoridades  competentes”  (fls.361  y  362-1).   

                  Equivocado  resulta,  así mismo, el ataque que el actor plantea por error de hecho derivado  de  una  supuesta  descontextualización  de  la versión de la testigo, no solo  porque  dicha  situación  jamás  se  presentó,  sino porque el reparo termina  convirtiéndose  en  una  crítica personal a la valoración del mérito de este  testimonio,  que,  como se sabe, carece de aptitud para conmover los fundamentos  probatorios  de  la  decisión  impugnada,  en virtud de la doble presunción de  acierto  y  legalidad  de  que  está  amparado  el  fallo de segunda instancia.   

                     Si  se  examina  la  sentencia,  se  advertirá que el Tribunal analizó en conjunto las  dos  versiones  de  la testigo, poniendo de presente sus notables diferencias, e  interrelacionándola  con  otros  medios de prueba allegados al proceso, como el  testimonio  de  William  Ceballos  y  la  versión del procesado, para concluir,  después  de un pormenorizado análisis de los mismos, que la testigo mentía en  su  segunda versión, y que solo su primer relato ameritaba atendibilidad frente  a las reglas de la sana crítica.   

                    De allí  que  carezca de fundamento la afirmación del casacionista, en el sentido de que  los  juzgadores  de  instancia  violaron  la ley procesal al haber realizado una  evaluación  parcial  de  este  testimonio,  con  desconocimiento  de los demás  elementos   de   prueba  allegados  al  plenario,  y  del  principio  de  unidad  intrínseca,  aspecto  sobre  el  cual  resulta  preciso  señalar  que  no  por  presentarse  divergencias  entre  las  varias  versiones de un mismo testigo, su  dicho debe necesariamente desestimarse.   

                  Cuando una  situación  de  este tipo tiene ocurrencia, corresponde al juzgador adelantar un  trabajo  analítico  de  comparación, que no de eliminación a priori, a fin de  establecer  en cuál de sus distintas versiones el testigo dice la verdad,   tarea  que  cuidadosamente  realizaron  los  juzgadores  en  el  presente  caso,  permitiéndoles  concluir,  con  criterio razonado, que la testigo mentía en la  segunda declaración.   

                         Se  equivoca  también  el censor al considerar que la condición personal, social y  laboral  de la testigo, constituyen factores que descalifican ab initio su   dicho.  El  mérito  probatorio  de  un  testimonio solo puede ser determinado a  partir  del  estudio  de  su  contenido  y de la aplicación de los criterios de  apreciación  señalados en el artículo 294 del Código de Procedimiento Penal,  no  de  disquisiciones abstractas en torno a la forma de vida o condición moral  del testigo, como equivocadamente lo hace el impugnante.    

                   El actor,  como  se  ve,  no  logra  demostrar la existencia de los errores de apreciación  probatoria denunciados.   

                         2.  Apreciación  errónea  del  testimonio  de  William                                                      Ceballos.   

                       Este  reparo  carece  de  fundamento,  pues  no  es  cierto  que  los juzgadores hayan  apreciado   el   citado  testimonio  al  margen  del  contexto  probatorio,  con  violación  del artículo 254 del estatuto procesal, como lo plantea el actor en  el  enunciado,  ni  tampoco  que  su  desestimación haya obedecido a errores de  apreciación probatoria.      

                        Una  lectura  desprevenida  de  las sentencias de instancia permite advertir que a su  rechazo  se llegó después de ser confrontado su contenido con las versiones de  Gloria  Nancy Osorio Patiño, José Nelson Marín Morales y Juan Carlos Cuéllar  Cárdenas  (agentes  de  policía  que  realizaron  las capturas), y José Oscar  Castro  Montoya  (padre  de  la  víctima),  y de concluir que su relato no solo  resultaba   discordante,   sino   que   su   presencia  en  el  lugar  aparecía  indemostrada,  siendo evidente el carácter mendaz de sus afirmaciones. De allí  que  un  ataque  soportado  en  la  afirmación  de  que  la prueba fue valorada  selectivamente,   

resulte  totalmente  alejado  de  la verdad  fáctico procesal.   

                    Distinto  es  que  el  casacionista no comparta la valoración que los juzgadores hicieron  del  mérito  de  esta prueba, y que a partir de tal premisa pretenda deducir la  existencia  de  un  error  de hecho por desconocimiento de las reglas de la sana  crítica,  como  sin  reservas  lo  plantea en el desarrollo de la censura, pero  tampoco este desacierto logra ser demostrado por el impugnante.   

                    La Corte  ha  sido reiterativa en señalar que para que un ataque de esta naturaleza pueda  tener  posibilidad  de  éxito,  es  necesario que el actor demuestre, con apego  irrestricto  en  la  información  recogida  en  el  proceso, que la valoración  realizada  por  los  juzgadores transgrede de modo grotesco los principios de la  estimación  racional  de la prueba, por desconocimiento de los postulados de la  lógica,  la  experiencia  y  la ciencia, y que por virtud de este desacierto se  llegó a una decisión equivocada.     

                    También  ha  dicho  que  los  enunciados generales sobre la precariedad persuasiva de las  pruebas  que  sirvieron  de  soporte  a  la  sentencia  recurrida, y la supuesta  solvencia  demostrativa  de  las  que  no  lo  fueron, no constituyen argumentos  válidos  para sustentar un ataque de esta naturaleza, como tampoco pueden serlo  las  alegaciones  por  atentados a una lógica construida y operada con criterio  personal.   

                         El  demandante  se esfuerza en demostrar que el presunto testigo se hallaba presente  en  el  lugar de los hechos, y cumplía las funciones de maitre o salonero, pero   

esto no es lo que indica la prueba allegada  al  proceso.  Basta  examinar las versiones de Hernán Vásquez, Luz Dary Marín  Díaz  y  Luis Gonzaga Martínez, para concluir que dicho sujeto no hacía parte  de  la  planta  de  personal  que  laboraba  la  noche  de  lo hechos, y que las  funciones  de  maitre  venían siendo cumplidas por el primero de ellos. Veamos:   

                                           Declaración  de  Hernán  Vásquez  “Hago  de  mitre  (sic) en el  establecimiento  la  embajada de esta ciudad… me toca entregar las mesas a las  muchachas”   (fls.43-1).  Declaración  de  Luz  Dary  Marín  Sánchez  “Estaba  Fernando  que  es el discómano, estaba Gonzaga que es el cajero, estaba Hernán  que  es  el  mitra  (sic)  o  el  mesero. Estaba Claudia y la otra pelada Gloria  Nancy,  y  yo  nada  más”  (fls.16-1).  Declaración de Luis Gonzaga Martínez:  “Estaba  Patricia Cardona, Gloria, Luz Dary, Hernán Vásquez este último es el  mitra  (sic),  o sea el que está pendiente de las mesas que tocan en una mesa y  ordena  a  las  peladas  para  que  atiendan,  está  pendiente de los clientes”  (fls.18-1).   

                  Ninguno de  los  empleados  del bar que fueron conducidos la misma noche de los hechos a las  oficinas  de  Policía  Judicial  con  el  objeto de ser oídos en declaración,  señala  a William Ceballos, o el “peludo”, como persona que hiciera parte de la  nómina  de personal, o se encontrara en el establecimiento. Su nombre solo vino  a  ser  suministrado  al  proceso varios días después por Carlos Eduardo Ochoa  Arango  (coadministrador  del  bar), persona que, como se recuerda, arrastró el  cadáver  hacia la calle, y que luego mintió a la justicia al afirmar que no se  encontraba en el bar cuando sucedieron los hechos.   

                   Sostener,  entonces,  que  la  presencia  de  William Ceballos en el lugar está acreditada  porque  Ochoa Arango así lo sostiene, sin consultar el contenido de la restante  prueba   aportada  al  proceso,  resulta  insolente,  y  contrario  a  los  más  elementales  principios  de  la sana crítica, como también resulta sin sentido  sostener  que el testigo dio cuenta cabal del conocimiento de su dicho, y que su  relato  es  coherente,  racional,  y  exento  de  particularidades  que lo hagan  increíble,  sin  demostrar  de  qué  manera  las  reglas  de  la  lógica,  la  experiencia  o  la  ciencia  dejaron  de  ser  aplicadas  por  los juzgadores al  desestimar su dicho.       

                  Nada dice,  por  ejemplo,  sobre  las  incoherencias  advertidas  por  los  fallos entre las  versiones  del  acusado,  el  segundo  relato  de la testigo Gloria Nancy Osorio  Patiño  y  el dicho de William Ceballos, en torno al momento en que la víctima  supuestamente  camufló  el  arma  entre  la  chaqueta, y la actitud que habría  determinado la reacción violenta del procesado.   

                    Tampoco,  sobre  lo  ilógico  que resultaba que el testigo hubiera optado por huir con el  arma  y  la  chaqueta,  pudiendo  haberlos guardado en el establecimiento, o que  hubiera  llamado  al  padre  de  la  víctima,  y  no le hubiera comentado de la  existencia de los referidos elementos.   

                    De igual  manera,  sobre  las  inconsistencias  de sus explicaciones sobre los motivos por  los  cuales  omitió denunciar el hecho a la justicia; y la falta de concreción  del  momento  en  que  los policiales lo habrían despojado de los objetos, así  como  la  falta  de  correspondencia  entre  su accionar y el de los agentes del  orden;   aspectos  todos  estos  analizados  prolija  y  racionalmente  por  los  juzgadores   de   instancia,   y   que   complementariamente   determinaron   la  descalificación  de  su dicho, así como la orden de expedir copias para que se  investigue la posible comisión de un delito de falso testimonio.   

                    No solo,  entonces,  por  adolecer de falencias de orden técnico en su formulación, sino  por   resultar   infundada,   se  impone  también  la  desestimación  de  esta  censura.                                   

                    

                         3.  Apreciación   errónea   de   las   versiones  del                              procesado  Luis    Fernando    López   Bernal.                             

                             

                     Para el  actor,  las  explicaciones  suministradas  por  el  acusado en la ampliación de  indagatoria  en  relación  con las causas que determinaron la acción homicida,  no  contradicen lo dicho en la primera versión, sino que la complementan, sobre  todo  si  son  tomadas  en  cuenta  las  anormales  circunstancias  en  que  fue  practicada la diligencia.   

                     Ya  se  dijo,  al resolver el primer cargo, que las críticas consistentes en haber sido  recibida  la  indagatoria  hallándose  el  imputado  en  estado  de embriaguez,  resultaban  infundadas,  y  el casacionista no explica de qué manera las demás  circunstancias  en  que  fue  recepcionada (de noche, en las instalaciones de la  Unidad  Previa  Permanente  y  asistido por una persona honorable como defensor)  pudieron  haber incidido negativamente en la veracidad del relato sobre la forma  como ocurrieron los hechos.     

                                           Veladamente  lo  que  el demandante plantea es la ineficacia de la  indagatoria  por  las  razones  que  vienen  de  ser  precisadas,  y  sobre este  supuesto,  que no se la tenga en cuenta, o se la aprecie condicionadamente, pero  este  reparo, además de haber sido ya estudiado y desechado, resulta ajeno a la  vía  de  ataque  seleccionada,  en  cuanto comportaría un error in procedendo,  susceptible solo de ser alegado por la vía de la causal tercera.   

                     El otro  argumento  del casacionista, relativo a que la segunda versión del procesado es  complementaria  de  la  primera,  carece de sentido. Los supuestos fácticos que  sustentan   cada   una   de   estas   versiones  no  solo  son  distintos,  sino  jurídicamente  excluyentes.  En la primera oportunidad el procesado es claro en  manifestar  que  accionó  su arma “no porque viera que él me iba a disparar de  pronto,  sino  por la reacción de sentirme agredido por sus palabras”, mientras  que  en la segunda sostiene que lo hizo porque “él se voltio a agarrar el arma”  y  creyó  que  su vida se encontraba en peligro, lo cual resulta ser totalmente  diferente.   

                   Sobre las  razones  que  determinaron que los juzgadores desecharan la segunda versión del  procesado,  preciso es señalar que esta decisión no fue producto del capricho,  ni  de  una valoración realizada al margen de las reglas de la sana crítica, o  del  conjunto  probatorio,  sino  el  resultado  de  una  evaluación cuidadosa,  ponderada,  e  integral,  que  permitió concluir que López Bernal disparó sin  que  mediara  acción  de  ninguna  especie  por  parte  de la víctima, como lo  sostuvo  la  testigo  Gloria  Nancy  Osorio Patiño en la primera versión, y lo  aceptó el procesado en su indagatoria.   

                    De allí  que  ningún  reparo  amerite  la  valoración  probatoria que los juzgadores de  instancia hicieron de las dos versiones del inculpado.   

                    El cargo  no prospera.   

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Primero Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                               JORGE  ANIBAL GOMEZ GALLEGO                           

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL     JORGE CORDOBA POVEDA            

CARLOS        A.        GALVEZ  ARGOTE                 EDGAR          LOMBANA  TRUJILLO   

MARIO           MANTILLA  NOUGUES          CARLOS E. MEJIA ESCOBAR   

                                                                                                    Aclaración de Voto   

ALVARO  ORLANDO  PEREZ  PINZON             NILSON  PINILLA PINILLA   

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                                                                         

ACLARACION DE VOTO  

No me parece bien que la Sala admita por la  vía  de  una  regla  general  que la expresión gramatical “cuando no hubiere  abogado  inscrito” debe entenderse en una perspectiva de disponibilidad. Y que  no  deduzca  anomalía que pueda afectar la validez del proceso de la actuación  de  la Fiscalía de Manizales en  cuanto recibió indagatoria al procesado,  sin  defensor  técnico,  a  las  12:30  de  la  noche,  “dada  la ausencia de  profesionales del derecho a esta hora en este despacho”.   

Obviamente que en esas circunstancias nunca  habrá  disponibilidad de defensores abogados en los despachos judiciales. Y que  así  se  corre  el  riesgo  de  legitimar cualquier abuso de esta clase, en los  procesos  tramitados  antes  de  la  declaratoria de inexequibilidad parcial del  artículo 148 del Código de Procedimiento Penal.   

Para  mí, la Sala ha venido ampliando sin  precisar  adecuadamente   sus límites, el contenido de su propia decisión  de  mayo 9/95. Y por ese camino se exponen seriamente las garantías procesales,  como  ha  podido  ocurrir  en  este  proceso  si  no  hubiera  sido  porque  una  ampliación  de  indagatoria  posterior y regularmente practicada convalidara la  actuación.   

En  términos  más amplios y explícitos,  considero  haber precisado mis puntos de vista en las aclaraciones de voto a los  Rdos.  11.396  (M.P. Dr. Gálvez Argote) y 11.532 (M.P. Dr. Lombana Trujillo). A  ellas me remito.   

Con todo respeto,  

CARLOS E. MEJIA ESCOBAR  

              

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