10933f

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 10933  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.61   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr.FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe  de Bogotá, D. C., veintinueve de  abril de mil novecientos noventa y nueve.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  8  de  mayo de 1995, mediante la cual el Tribunal Superior del Distrito Judicial  de  Medellín  condenó  al  procesado  CESAR ALBERTO  MEDINA  YEPES a la pena principal de 40 años y un (1)  mes  de  prisión, como autor penalmente responsable de los delitos de homicidio  agravado y porte ilegal de armas de fuego de defensa personal.   

                      Hechos y  actuación procesal.   

                      El 28 de  diciembre  de  1993, entre las 10 y 11 de la noche, César Alberto Medina Yepes,  conductor  de  la  empresa  “John  Restrepo A. y Cía” de Medellín, llegó a su  residencia  ubicada en la calle 45A sur No.25A-231 del Municipio de Envigado, en  estado  de  alicoramiento,  llevando consigo una escopeta marca Indumil, calibre  16, y munición para la misma.   

                     Durante el  día,  había  estado  distribuyendo  mercancía  en  varios pueblos del oriente  antioqueño,  en  un  camión  tipo  furgón,  acompañado  de  Guillermo Bedoya  Berrío  en  condición  de  ayudante,  y  Mauricio Lopera Cossio, escolta de la  empresa  “Mayor  Seguridad”,  al  servicio  de la compañía para cual trabajaba  Medina Yepes.       

                      En casa,  guardó  el  arma  debajo  de  la  cama de su alcoba, después de haberla estado  exhibiendo  y  manipulando en presencia de su esposa Jackeline Del Socorro Díaz  Gómez  y  sus pequeñas hijas Paola Andrea y Carolina, de 11 y 4 años de edad,  respectivamente,  y  de  haber  realizado  un disparo en la calle. Luego comió,  apagó  las  luces  y  se  acostaron. La pareja en su alcoba, y las niñas en la  pieza  contigua,  separada  de  la  anterior  por  un muro a media altura.    

                                             Transcurridos  algunos  minutos,  Medina  Yepes empezó a preguntar  repetidamente  a  su  esposa  por  las llaves del camión. Después prendió las  luces  de  la habitación para buscarlas, hallándolas encima del armario. Luego  preguntó  por  el  estuche  de  la  munición.  Como  su  esposa no respondía,  Carolina   lo   hizo   manifestando  que  se  hallaba  debajo  del  colchón.  A  continuación  fueron escuchados el accionar del mecanismo de la escopeta, luego  algunas palabras suyas, y enseguida un disparo.   

                    Al asomarse  a  la habitación a indagar por lo sucedido, Paola Andrea vio a su papá sentado  en  la  orilla  de la cama con el arma en una de sus manos, y en el fondo, sobre  el  lecho,  el  cuerpo  sin vida de su mamá. Sin que aquél lograra percatarse,  salió  corriendo  a  llamar por teléfono a casa de la familia materna, y luego  se  dirigió  a  donde sus abuelos paternos, quienes viven cerca del lugar de la  tragedia, a contar lo ocurrido.   

                    Minutos mas  tarde  llegaron  a  la  residencia  Juan  Esteban,  Gladys  del Socorro y Wilmar  Eliécer  Medina  Yepes,  hermanos  de  César  Alberto,  y Beatriz Elena y Olga  Lucía  Díaz  Gómez,  hermanas  de la víctima. También, Héctor Rodrigo Mesa  Jaramillo  (cuñado),  y  Julio  Cesar Medina Arango, padre del implicado, entre  otros.  Por  iniciativa  de  su  hermana  Olga Lucía, Jackeline Del Socorro fue  traslada  al  hospital  “Manuel Uribe Angel” de la localidad, pero para entonces  ya había fallecido.   

                     De acuerdo  con  el  acta  de  levantamiento  del  cadáver  y  el  protocolo  de necropsia,  Jackeline  Del  Socorro recibió un disparo con arma de fuego de carga múltiple  en  la  región  occipital  media,  que dejó un orificio de entrada de 3 cm. de  diámetro,  en  forma  estrellada,  y  continuó  con  “gran estallido” del lado  derecho  de  la  cabeza,  con  pérdida  de hemisferio cerebral derecho (fls.6 y  46-1).   

                      La misma  noche  se practicó inspección en el lugar de los hechos, habiendo sido hallada  el  arma  en  el  tejado de una poseta contigua correspondiente a una pesebrera.  Esparcidos  en  la  habitación,  pero  principalmente sobre la almohada, fueron  hallados  restos  de  cráneo  y  masa  encefálica,  y  abundantes coágulos de  sangre,  según  relato  de  las  personas  que  estuvieron  en  el sitio de los  acontecimientos (fls.81, 85).   

                      Desde un  comienzo,  César  Alberto  manifestó  que  su esposa se había matado, dando a  entender  que  se  trataba  de  un  suicidio.  Así  lo hizo saber a sus propios  familiares,  a  los allegados de la víctima, y a los agentes de la policía que  conocieron  del  caso.  Idéntica  versión  mantuvo  en  indagatoria, en la que  sostuvo  que  al  llegar  a  su casa le entregó el arma para que la guardara, y  encontrándose  en  el  baño escuchó el disparo. De inmediato se dirigió a la  alcoba,  donde  vio  a  su esposa tirada en la cama con una herida en la cabeza,  hacia  el  lado derecho. Preguntado por la procedencia del arma, afirmó haberla  recibido  del  escolta de seguridad Mauricio Lopera Cossio para que la guardara,  sin  munición,  y sin tener conocimiento de si estaba o no cargada. Aseguró no  haber  tomado  bebidas  alcohólicas,  ni  disparado,  o  estado  manipulando la  escopeta  antes del insuceso. En el desespero por lo acontecido, tomó el arma y  se deshizo de ella (fls.12, 124-1).      

                   De contenido  totalmente  distinto  es  el relato de su hija menor Paula Andrea, pues la noche  de  los  hechos,  cuando informó de lo sucedido a los familiares de sus padres,  lo  hizo  utilizando  la expresión “mi papá mató a mi mamá”, y en idénticos  términos  declaró  ante  el  funcionario  que  realizó  el  levantamiento del  cadáver,  y  en  el  curso de la investigación y el juzgamiento (fls.6, 8, 374  vto.-1).   

                   Al narrar lo  sucedido,  explicó  que  su  mamá  se disgustó con su papá por haber llegado  tarde  y  tomado,  y  por eso no le quiso servir la comida, habiéndole pedido a  ella  que  la  preparara.  Entre tanto, su papá salió a la calle con el arma y  efectuó  un  disparo.  Después  regresó,  comió y se acostaron. Pasados unos  minutos  empezó  a  preguntar  por  las  llaves  del camión y el estuche de la  munición,  y  luego  escuchó  algo  así como “que se iba a matar él, o iba a  matar  a  mi  mamá, o iba a dar un disparo”, y entonces se oyó la detonación.  Ella  corrió  a  la  alcoba  y  lo  vio con el arma en la mano diciendo “hay mi  negrita”,  y  su  mamá  herida, tendida en la cama. Entonces salió corriendo a  informar lo sucedido.   

                    Tanto Paola  Andrea  como  su  hermana  Maritza  Alejandra,  de  8 años de edad, quien no se  encontraba  en  casa  la noche de los hechos, coinciden en señalar que su papá  les  daba  a  todas buen trato, pero cuando llegaba tomado discutía a veces con  su   mamá,   la  insultaba  y  hasta  llegó  a  pegarle  (fls.6,  8,  38,  374  vto.).   

                   Del proceso  hacen  parte  los  testimonios de Juan Esteban Medina Yepes (fls.20), Gladys del  Socorro  Medina  Yepes  (fls.34),  Rosa  Irenne  Medina  Yepes  (fls.78), Wilmar  Eliécer  Medina  Yepes (fls.81), Omar Alberto Giraldo Grisales (fls.85) y Julio  César  Medina  Arango  (fls.88), familiares del procesado; Héctor Rodrigo Mesa  Jaramillo  (fls.17),  Beatriz Elena Díaz Gómez (fls.22 vto), Olga Lucía Díaz  Gómez  (fls. 24 vto.), familiares de la víctima; Magdalena Arbeláez (fls.90),  Luz  Marleny  Jaramillo  de Botero (fls.91 vto.) y Jairo León Botero Correa (93  vto.), vecinos de la familia Medina Díaz.   

                    También  fueron  escuchados  Mauricio  Lopera  Cossio (fls.43) y Guillermo Bedoya Berrío  (fls.96),  escolta  de  seguridad privada y compañero de trabajo del procesado,  respectivamente,  quienes  sostienen  que  la  escopeta  es  de  propiedad de la  empresa  “Mayor Seguridad”, y que su manejo estaba a cargo del primero de ellos,  quien  por  precaución  decidió  dejarla  dentro  del vehículo, en la cabina,  debajo  de  los  tapetes,  debido a lo avanzado de la hora, junto con un estuche  color   café,   que   guardó  en  la  gaveta,  donde  había  cinco  cartuchos  adicionales.   

                  De acuerdo  con  sus  versiones,  el  arma  tenía además un cartucho en la recámara, pues  César  Alberto  se  opuso a la pretensión del primero de ellos de descargarla,  argumentando  que  en  el  trayecto  por recorrer podía suceder cualquier cosa.  Lopera  Cossio  abandonó  el  vehículo  siendo  las 7:30 de la noche, y veinte  minutos después lo hizo Bedoya Berrío.    

                

                    Resuelta  la  situación jurídica del procesado y cerrada la investigación (fls.27, 113,  130),  se la calificó el 28 de abril de 1994 con resolución acusatoria por los  delitos  de  homicidio  agravado  y  porte  ilegal  de armas de fuego de defensa  personal,  conforme  a  lo establecido en los artículos 323 y 324.1 del Código  Penal,  modificado  por  los  artículos 29 y 30 de la ley 40 de 1993, y 1º del  Decreto  3664  de  1986, incorporada a la legislación permanente por el Decreto  2266  de  1991  (fls.148),  la  cual  causó  ejecutoria  el  seis  (6)  de mayo  siguiente,    según    las    constancias    de    notificación    respectivas  (fl.160).   

                                               En el juicio, el acusado amplió su indagatoria para  presentar  una  nueva  versión  de  los  hechos,  asegurando haber faltado a la  verdad  por temor a que lo acusaran de la muerte de su esposa. De acuerdo con su  nuevo  relato,  al salir del baño, la encontró manipulando el arma, razón por  la  cual  decidió  arrebatársela. Luego se sentó en un banquito a examinar su  mecanismo,   habiéndose   presentado   en  ese  momento  el  disparo,  con  las  consecuencias  ya  conocidas.  Idéntica versión mantuvo en audiencia pública,  donde  de  nuevo  fue escuchada la menor Paola Andrea Medina Díaz (fls.371, 374  vto.).   

                         Se  practicó  también  inspección judicial con reconstrucción en el lugar de los  hechos,  y  se  aportaron  sendos  dictámenes  de medicina legal sobre la salud  mental  y  personalidad  del  procesado  y  de su hija Paola Andrea Medina Díaz  (fls.275, 295, 282 y 289).   

                    Mediante  sentencia  de  14  de  marzo  de 1995, el Juzgado Penal del Circuito de Envigado  condenó  al procesado a la pena principal de 40 años y un (1) mes de prisión,  y  la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas por 10 años,  como  autor penalmente responsable de los delitos imputados en la resolución de  acusación (fls. 408-1).   

                     Apelado  este  fallo  por la defensa, el Tribunal Superior de Medellín, mediante el suyo  que  ahora  es  objeto  del  recurso  extraordinario,  lo confirmó en todas sus  partes (fls.469-1).   

                         La  demanda.   

                        Con  fundamento  en  la  causal  primera  de casación, cuerpo segundo, el recurrente  acusa  la sentencia impugnada de violar indirectamente los artículos 29 y 30 de  la  ley  40  de 1993, y 1º del Decreto 3664 de 1986 (Decreto 2266 de 1991), por  errores  de  hecho  derivados  de  la  distorsión  de  la  prueba testimonial e  indiciaria en que se fundamentó la decisión de condena, así:   

                     1. Hubo  una  equivocada  apreciación  de  las  versiones  del  procesado,  en cuanto el  juzgador  dedujo  que  por  no  estar  ellas  desde  un  comienzo ajustadas a la  realidad de los hechos, evidenciaban su responsabilidad.   

                     No  se  discute  que  Medina  Yepes mintió en sus versiones iniciales al manifestar que  su  esposa  se  había “suicidado”, pero esta falacia no tiene el alcance que el  Tribunal  le  dio  en  la  sentencia,  al  precisar  que  el  procesado “mintió  descaradamente”  de manera preconcebida. La responsabilidad que quiso ocultar no  fue  otra  que la de su obrar imprudente, cuando apremiado por los interrogantes  de  hermanos,  cuñados y amigos, no halló un argumento mejor que lo librara de  cualquier reproche.   

                     De sus  explicaciones  a quienes lo interrogaban sobre lo sucedido, todas lacónicas, no  puede  presumirse  una  actitud  preconcebida  y  descarada, como lo sostiene el  Tribunal.  Por el contrario, deja entrever un hombre desesperado, enfrentado por  primera  vez  en  su  vida a un suceso con ribetes indescifrables en su momento,  para  una  mente  congestionada  y alentada en su torpeza por el licor ingerido.   

                    El error  del  juzgador  al  deducir  “dolo de la mentira”, es evidente. El hombre siempre  busca  quedar  exonerado  de toda responsabilidad, empero de su actitud no puede  desprenderse  intencionalidad  en  su obrar, pues que, está tratando de ocultar  solamente su culpa.   

                         Se  equivoca  la  colegiatura  por  partida  doble  al  sostener que si el accidente  descrito  por  el  implicado  hubiese  sido verídico, jamás habría “callado o  retardado  el  momento  para  hacerlo  conocer, independientemente del estado de  ánimo  en  que  hubiese  quedado después de su ocurrencia; el inocente o quien  cree  que  lo  es,  no miente, no tergiversa, no engaña, ni actúa de la manera  perversa  o  irresponsable  como  lo hizo”. De un lado, porque el inocente puede  mentir  cuando  cree  que con ello evita cualquier pesquisa o investigación. De  otro,  porque  la tardanza en dar a conocer su actuar imprudente, no descarta el  accidente como conclusión.   

                       Para  respaldar  sus  asertos,  trae a colación algunos comentarios doctrinales sobre  la      mentira      como      prueba      de     responsabilidad,     y     sus  explicaciones.       

                     2.  La  circunstancia  de  que  el  procesado  hubiera  arrojado el arma a una pesebrera  contigua,   tampoco   puede   ser  apreciada  como  indicio  para  refrendar  la  convicción   de  intencionalidad  deducida  en  el  fallo.  Esta  reacción  es  perfectamente  explicable  por la profunda perturbación de quien ve a su esposa  agonizante  como  consecuencia  de  su  obrar imprudente. Y cualquier indicio de  responsabilidad  por  este  actuar se desvanece frente a la circunstancia pasada  por  alto  por  el  juzgador,  de  haber  sido  el procesado quien indicó a los  policiales el lugar donde la había arrojado.   

                     3. Otro  error  de  facto  se presenta en la apreciación de las pruebas de las cuales el  fallador   infiere   “antecedentes   violentos”,  y  unas  “pésimas  relaciones  conyugales”,  pues  un  estudio  detallado  de  la evidencia testimonial permite  llegar  a  conclusiones opuestas, en cuanto denota una marcada ambivalencia, que  descarta  la  certeza  de  tales  antecedentes  como  uno  de  los pilares de la  condena.   

                     Alude a  los  testimonios  de Héctor Rodrigo Jaramillo, Beatriz Elena Díaz Gómez, Olga  Lucía  Díaz  Gomez,   Margarita  del Socorro Restrepo Ochoa, Omar Alberto  Giraldo,  Magdalena  Arbeláez y Jairo León Botero Correa, para sostener que de  su  contenido  no  surge  la convicción probatoria de una relación matrimonial  resquebrajada,  sino, por el contrario, la evidencia de una buena convivencia de  pareja,  a lo cual no se oponen los altercados y disgustos esporádicos, propios  de  toda  relación  conyugal.  Dadas  las  características  socioculturales  y  urbanísticas  de  la  vecindad,  es imposible que los supuestos malos tratos no  trascendieran a la comunidad.   

                  Explica la  postura  de  las  menores  Paola  Andrea  y  Maritza  Alejandra,  asegurando que  responden  a  la  tendencia  general  de  las  personas, y principalmente de los  niños,  de  magnificar  todo  acontecimiento  extraordinario,  dándole ribetes  mayúsculos a problemas o situaciones domésticas comunes.   

                         4.  Errónea  resulta  también  la deducción de intencionalidad en el homicidio, a  partir  de  la  versión de Lopera Cossio, sobre las circunstancias que rodearon  la  entrega  de  la  escopeta al procesado, pues dicho declarante tenía motivos  para  no  ser  sincero  en su testimonio, si se toma en cuenta que su actitud no  estuvo  acorde  con  sus  deberes de trabajo, resultando evidente el interés de  encubrir  el  incumplimiento  de  la  obligación de mantener siempre consigo el  arma.   

                     No  es  cierto  que  César  Alberto  alentara a Lopera Cossio a dejar la escopeta en el  carro.  Pero  el  juzgador  otorga todo crédito a sus afirmaciones, pasando por  alto  la manifestación sincera y objetiva del testigo Guillermo Bedoya Berrío,  quien  desvirtúa  ampliamente su dicho, indicando que la iniciativa partió del  propio Lopera Cossio.   

                         La  sentencia  desconoce  que el procesado debía cuidar de la mercancía y el arma,  y  que llevó esta última a su casa para prevenir su posible sustracción, todo  lo  cual  pone  en  evidencia  un  error  en  la apreciación de las pruebas del  elemento  subjetivo  del  delito  de  porte  ilegal de armas de fuego de defensa  personal.   

                         5.  Existió  igualmente  apreciación  indebida de algunas circunstancias fácticas  previas,  que  desvirtúan  la  concurrencia de una culpabilidad dolosa, como el  hecho  de  haber tenido la pareja buenas relaciones durante el mes de diciembre;  el  no existir prueba que desvirtúe el dicho del procesado en el sentido de que  llevó  el  arma a la casa para evitar su pérdida; el buen estado de ánimo que  lo  acompañó  a  su  llegada a la residencia; su inexperiencia en el manejo de  armas;  y, la tranquila actitud asumida la noche de los hechos por Jackeline del  Socorro.   

                  Agrega que  el  Tribunal  Superior  incurrió  en  un  nuevo  yerro  al  dar por sentado que  existieron  dos  disparos,  soslayando  el  acervo  probatorio que no deja dudas  sobre  la  realización  de uno solo, como se desprende de los dichos de Marleny  Jaramillo  y  su esposo, quienes dadas las condiciones urbanísticas del sector,  debían  haber  escuchado el primer disparo de haberse producido. Además, no es  cierto  que  hubiera  tenido  por  objeto  la perra de propiedad de esta pareja,  porque  dicho animal permaneció amarrado toda la noche, y solo ladró cuando el  procesado llegó a golpear para pedir ayuda.   

                     Tampoco  existe  prueba  que  permita  llegar  a  la tajante conclusión a que arribó el  Tribunal,  de  que la víctima “jamás puso la mano en la escopeta”, pues debido  a  falta de precaución en su embalamiento, no se tomaron las medidas necesarias  para  evitar  borrar  las  huellas  de las personas que la tuvieron en su poder,  razón  por  la cual dejó de contarse con una prueba científica para confirmar  o  desvirtuar  que  Jackeline  del  Socorro  hubiera  tenido  entre sus manos la  pluricitada arma.   

                  6. Para el  juzgador,   el   testimonio   de  Paola  Andrea  es  “consciente,  verosímil  y  transparente.  Sin  embargo, incurre en el error de dar por demostrados aspectos  del  delito  que  no  pueden ser acreditados por su dicho, o están desvirtuados  por  otras probanzas.                                                                       

                  La testigo  da  cuenta  de  los hechos sucedidos inmediatamente antes al trágico desenlace,  pero  de  este  relato  no  puede  deducirse, como equivocadamente lo hace el ad  quem,  el propósito de matar, “esquema mental que jamás elaboró Medina Yepes,  puesto que no se trasunta en el actuar precedente al disparo”.   

                    No puede  afirmarse     con     veracidad     que     la     menor     fue    consciente  del disparo y los momentos  que  lo precedieron, porque ella estaba en la habitación contigua, separada por  un  muro,  que  aunque no completo, le impedía divisar el interior de la alcoba  de  sus  padres.  A pesar de su capacidad perceptiva y su estado de consciencia,  no  pudo  escuchar  claramente  las  manifestaciones de su padre, las cuales han  sido  equivocadamente  tenidas  en  el  fallo  como  declaración de voluntad de  ultimar a su esposa.     

                         

                   Restaría  dilucidar  si  esta  testigo  fue  consciente  cuando habló de los antecedentes  violentos  en  la relación de sus padres. No existe duda que sí, pero su dicho  no  fue  objetivo,  puesto  que  la  magnitud  del  trauma,  lo  inesperado  del  hecho              y  sus  consecuencias,  “situaron a la menor en posición de tener  que  explicar y explicarse el luctuoso acontecimiento de una manera que encajara  en  la  forma como normalmente deben tener elucidación las reacciones violentas  de  las  personas.  No  nos  queda  duda que ella agigantó cualquier disgusto o  violencia menor de su padre hacia su progenitora”.   

                      Luego  alude  a  la  verosimilitud  y transparencia del citado testimonio para sostener  que  su  credibilidad  en  cuanto  al  antecedente fáctico, no se impugna, como  tampoco  se  pone  en  tela  de juicio la conclusión primaria de la niña en el  sentido  de  que  su  padre  había ocasionado la muerte, deducción obvia si se  toma  en  cuenta el cuadro presenciado por ella (su progenitor con el arma en la  mano  y al lado el cuerpo moribundo de su madre). Lo que sí cabe discutir es su  verosimilitud  respecto  a  lo  narrado  en  torno  al momento del disparo y sus  instantes  previos,  pues  la deponente no percibió tales hechos, ya que estaba  acostada  y no tenía visibilidad hacia la alcoba matrimonial. Sus afirmaciones,  en  cuanto  que  “mi  papá  sacó  el cartucho de debajo del colchón y el arma  debajo  de  la  cama  donde  él  estaba durmiendo, entonces sacó el cartucho y  cargó  el  arma,  yo  no le entendí que fue lo que él dijo, si se iba a matar  él,  o iba a matar a mi mamá, o iba a dar un disparo, entonces ahí fue cuando  él disparó y le dio a mi mamá”, no son por tanto verosímiles.   

                         La  transparencia  de  su  dicho,  entendida  como imparcialidad en el relato de los  hechos,  se  encuentra  afectada  por  factores como la muerte de su madre, y la  actitud  hostil  de  la  familia  de ésta hacia el procesado, sin que se quiera  decir  que su dicho esté signado por la animosidad, sino por circunstancias que  fueran desoídas por los juzgadores de instancia.   

                        Con  fundamento  en  estas  consideraciones,  solicita  a la corte casar la sentencia  impugnada  y,  en  su  lugar,  condenar  al procesado como autor responsable del  delito  de  homicidio  culposo,  conforme  a lo previsto en el artículo 329 del  Código Penal (fls.509-1).   

                    Concepto  del Ministerio Público.   

                         El  Procurador  Segundo  Delegado  en  lo  Penal  sostiene que la demanda adolece de  insalvables  fallas  técnicas  en  su formulación, en cuanto omite señalar el  sentido  de la violación, e integrar la proposición jurídica completa, aparte  de  que  en  su  desarrollo  adicionalmente  acusa  deficiencias metodológicas,  dejando  entrever  en  su  discurso un personalísimo criterio de apreciación y  valoración  que  contrapone  a  los de los juzgadores de instancia. En seguida,  alude  a  los  distintos  aspectos  planteados  en la demanda, en los siguientes  términos:   

                                                                                                     

                      Punto  primero.  Mentiras  del  procesado.  Sostiene que el  casacionista,  sin  puntualizar  si  la “tergiversación” fue respecto del hecho  indicador,  la inferencia lógica y sus correlativos inductivo-deductivo y regla  de  la  experiencia  o  hecho  indicado,  se  limita  a atacar desde su singular  apreciación  lo  considerado  por el Tribunal, sin identificar el “falso juicio  de  identidad”,  enrutándose  a  “tientas ciegas hacia el ataque del indicio de  mentira  en  punto  a  la  regla  de  la  experiencia y referido a la inferencia  lógica o deducción de responsabilidad efectuada por el Tribunal”.   

                   Asumiendo  que  este  hubiese sido el propósito del actor, el planteamiento lejos está de  haberse  aproximado  a  lo  que  por “violación indirecta por error de hecho en  modalidad  de  falso  juicio de identidad, en tratándose de indicios y en punto  de ataque de inferencia lógica”, debe entenderse y desarrollarse.   

                  En efecto.  Las  valoraciones  indiciarias,  “en  vía  de  falso  juicio de identidad”, son  susceptibles  de  ser  atacadas  en punto de inferencia lógica deductiva, en la  que,  en  lo  deductivo-inductivo  se involucra la regla de la experiencia, pero  para  que  un ataque de esta naturaleza sea viable, el demandante debe demostrar  que  el  juzgador atropelló la lógica, la vía inferencial, trasegando por los  escabrosos  caminos de la suposición conjetural o del absurdo irracional frente  a  las reglas de la experiencia aplicadas en la deducción, nada de lo cual hace  en  este caso. Por el contrario, es él quien atropella la lógica, al pretender  hacer  valor  como  regla de la experiencia que los implicados “no siempre dicen  la  verdad”  o  “que  un  inocente  o un responsable a título de culpa a menudo  miente con el ánimo de ser exonerado de toda responsabilidad”.   

                      Punto  segundo. Ocultamiento del arma. Sostiene que en este  punto  el  casacionista  repite  los errores de técnica anotados en el acápite  precedente.  Aquí,  al  igual  que  en  el  cargo  anterior,  se  pierde  en su  panorámica  de  particular  visión  apreciatoria  respecto  de  la valoración  indiciaria,  sin  detenerse  en  el  cuestionamiento puntual que debe efectuarse  respecto  al  hecho indicador y su prueba, la inferencia lógica y su atropello,  o  la  responsabilidad  penal  derivada  ficticia  o  acomodaticiamente,  o  con  criterio objetivo.   

                      Punto  tercero.  Antecedentes violentos. En este reparo, el  casacionista,  por  senda  equivocada,  cuestiona  el  indicio en punto al hecho  indicador  y la deducción de responsabilidad derivada del mismo, minimizando al  extremo   lo  afirmado  por  las  menores  Paola  Andrea  y  Maritza  Alejandra.   

                  Agrega que  dentro  de  la estructura del indicio, se encuentra el hecho indicador, que debe  estar  demostrado y debe ser conocido, es decir, debe ser objeto de prueba, pero  este   objeto  de  prueba  no  debe  entenderse  referido  a  una  demostración  probatoria  en  máximo  grado  de  certeza,  como lo expresa el censor. Si ello  llegara   a   aceptarse,   se  tornaría  difícil  el  manejo,  tratamiento,  y  configuración  de  la  valoración  indiciaria,  pues  bastaría que existieran  elementos  probatorios  contrapuestos  en  punto al hecho indicador, para que se  diluya  como  elemento  o extremo estructural. De allí que para la predicación  del  hecho  indicador  sean suficientes, en sentir de la Delegada, principios de  prueba.   

                      Ahora  bien,  en  contraposición  al  indicio  entendido como categoría o valoración  totalizada,   pueden   surgir   contraindicios,  como  fenómenos  que  expresan  inacabadamente   o   acabadamente,   aspectos   relacionados   con  lo  esencial  investigado,  en  forma  contraria  a  lo expresado respecto a un mismo aspecto.   

                   Dentro de  esta   dinámica   controversial   indicios-contraindicios,  no  es  posible  en  casación  atacar  por  la  senda  del  error de hecho, en la modalidad de falso  juicio  de  identidad,  el  hecho  indicador,  sino  que  debe  buscarse  es  la  violación  indirecta  en  modalidad ya de falso juicio de existencia o de falso  juicio  de  identidad,  pero de cara al in dubio pro reo, en el entendido de que  tanto  los  indicios  como  los  contraindicios tienen configuración separada y  pruebas distintas que los soportan.   

                     Iguales  consideraciones   cabe   hacer   en   relación   con  el  cuarto  punto  de  la  demanda.   

                     Puntos  quinto  y sexto: En el desarrollo de estos reproches,  que  intitula  “Circunstancia fácticas previas, mal apreciadas por el fallador,  que  desvirtúan  el  dolo”  y “Lo que prueba el testimonio de Paola Andrea”, el  actor  no hace cosa distinta de plasmar considerativas personalísimas al estilo  de  alegato  de instancia, que para nada armonizan con la técnica de casación.   

                       Para  completar  las  falencias  técnicas,  solicita que se condene al procesado como  autor  responsable  del  delito  de homicidio culposo, sin haberse ocupado de la  formulación  de  la proposición jurídica completa, y sin demostrar porqué no  fue homicidio doloso, y en cambio si culposo.   

                  Apoyado en  estas argumentaciones pide a la Corte desestimar la censura.   

                         SE  CONSIDERA:   

                         1.  Indicio         de        mentira.   

                        Los  errores  de  técnica que este ataque presenta resultan evidentes, pues el actor  no   precisa  si el error de hecho por falso juicio de identidad denunciado  se  presentó en el proceso de apreciación del hecho indicador, de realización  de  la  inferencia  lógica,  o  de  determinación del mérito del indicio como  medio de prueba o categoría totalizada.   

                                           Reiteradamente  la  Corte ha sostenido que en la valoración de la  prueba  indiciaria,  el  yerro  puede  llegar a presentarse en una cualquiera de  estas  fases,  siendo  en  cada caso, de contenido distinto, pues no es lo mismo  que  el  desacierto provenga de una indebida apreciación de la prueba del hecho  indicador,  a  que  se  derive  de  una equivocada inferencia, o de una errónea  apreciación  de su fuerza persuasiva, pudiendo el juzgador incurrir en error de  hecho por falso juicio de identidad en cualquiera de ellas.   

                         El  demandante,   como  acertadamente  lo  destaca  el  Procurador  Delegado  en  su  concepto,  se  limita  a  negarle  a las explicaciones mendaces del procesado la  condición  de  indicio  de su responsabilidad en los hechos, pretendiendo hacer  valer  como  regla  de experiencia, en contra de los más elementales principios  de  la  lógica,  que  la  mentira  y   la mala justificación son también  expresiones  de  inocencia,  o  que  quien  es responsable a título de culpa, a  menudo  miente  para  buscar  ser exonerado de toda responsabilidad.     

                       Este  planteamiento  contradice  el  fundamento doctrinal del error cuya existencia se  alega,  en  cuanto  lejos  de  ser  demostrado  que  el  juzgador  incurrió  en  desconocimiento  manifiesto  de  las  reglas  de  la  sana  crítica,  lo que se  pretende  es  hacer  prevalecer  sobre sus conclusiones una postura personal que  resulta adversa a los postulados cuya transgresión reclama.   

                                           Adicionalmente  a  lo  anotado  debe  decirse  que la propuesta de  ataque  parte  de  un supuesto falso, en cuanto da por sentado, sin demostrarlo,  que  el  procesado  mintió  en  su  primera  versión,  pero  no en la segunda,  apreciación  que  se aparta de las conclusiones de los fallos de instancia, que  descartaron  de  plano  su postreras explicaciones, por resultar manifiestamente  incompatibles  con  la  supuesta  ubicación  del victimario y la víctima, y la  localización y dirección del disparo.   

              

                  Carente de  fundamento  y  totalmente  alejado  en  su  formulación  de  los requerimientos  técnicos  propios  del  recurso,  se  presenta  por  tanto este reproche.                                                                                              

                         2.  Ocultamiento  del  arma.   

                    Al igual  que  en  el evento anterior, el demandante no demuestra la existencia del yerro,  sino  que  se  limita  a  negar  la  condición  de  indicio  a esta actitud del  procesado,  apoyándose  en  la  consideración  personal  de  que  su estado de  perturbación explicaba su comportamiento.   

                       Aún  cuando  este  ataque,  en  los  términos  en  que ha sido formulado, no amerita  respuesta  alguna de la Corte, no puede dejar de precisarse que la decisión del  sindicado  de dar a conocer el lugar donde había arrojado el arma no provino de  su  iniciativa,  sino  que  fue  el  resultado  del  reclamo  permanente  de los  familiares   de  la  víctima,  y  del  interrogatorio  de  los  policiales  que  conocieron  del  caso,  como  inequívocamente  se infiere de los testimonios de  Héctor   Rodrigo  Mesa  Jaramillo  y  Juan  Esteban  Medina  Yepes  (fls.17-1).   

                  Además de  ello,   el  casacionista  interesadamente  omite  hacer  referencia  al  segundo  elemento  constitutivo  del hecho indicador (el ocultamiento del estuche de lona  donde  se  hallaban  los  cartuchos),  con el claro propósito de no destruir el  argumento  central  de su alegación, de acuerdo con el cual el procesado jamás  habría  tenido  la  intención  de ocultar el arma o los elementos que pudieran  comprometer  su  responsabilidad,  pues  en  relación  con el citado estuche no  podía hacer igual afirmación.    

                         El  siguiente  aparte  de  la  sentencia  de segunda instancia ilustra el proceso de  configuración  del  indicio actitudes posteriores injustificadas, dentro de las  que  se  cuentan  tanto el ocultamiento del arma, como del estuche contentivo de  la munición:   

                     “Y  la  reacción  del  agente  activo  no  puede  más que refrendar esa convicción de  intencionalidad  en su acción, pues no puede ser más incompatible que frente a  un  suicidio o caso fortuito, en lugar de procurar ayuda, clamar auxilio en alta  voz,  utilizar  un  vehículo  que  se  tiene  a  disposición,  en  fin, asumir  cualquier  actitud  en  procura  de  remedio  o  disminución al mal causado, se  permanezca  pasivo  en el mismo lecho de la víctima y la primera acción que se  emprenda  sea  la  de  deshacerse  del  arma  homicida,  valiéndose de un hueco  existente  en  uno  de  los  muros  de  la  casa (ver inspección judicial) para  lanzarla  al  exterior,  hacia  una  pesebrera  existente en la parte posterior,  además  de  hacer desaparecer la cartuchera con la munición que quedaba. Si se  es  inocente, a título de qué semejante y absurda actitud?” (fls.483 y 484-1).   

                         3.  Antecedentes   violentos   y   pésimas  relaciones                                                      conyugales.   

                   A través  de  este  reparo el demandante ataca la solidez de la prueba del hecho indicador  argumentando  que  en  el  proceso no existe evidencia que conduzca a la certeza  del  mismo,  y  en cambio sí, prueba testimonial que indica que la relación de  pareja  era  absolutamente  normal,  como  los  testimonios  de  Héctor Rodrigo  Jaramillo,  Beatriz  Elena Díaz Gómez, Olga Lucía Díaz Gómez, Margarita del  Socorro  Restrepo Ochoa, Omar Alberto Giraldo, Magdalena Arbeláez y Jairo León  Botero Correa.   

                   No cuesta  trabajo  advertir que detrás de esta alegación lo que realmente subyace es una  crítica  a  la  valoración  probatoria  que  los  juzgadores  hicieron  de los  testimonios  de  las  menores  Maritza  Alejandra  Paola  Andrea,   con  el  deleznable  argumento de que sus versiones no merecen credibilidad por responder  a  la  tendencia  general  de  las  personas,  principalmente  de los niños, de  magnificar los acontecimientos.   

                  Como puede  claramente  verse,  el  actor,  dentro  del  marco de una lógica construida con  criterio  personal,  y  en  contravía de las reglas de la experiencia, pretende  hacer  prevalecer  sus  conclusiones  sobre los razonados y objetivos juicios de  valor  realizados  por  las  instancias, apoyado, además, en prueba testimonial  que  en  modo alguno desvirtúa las afirmaciones de las menores sobre la actitud  agresiva  que  en  ocasiones  asumía  su  padre  hacia  su madre cuando llegaba  embriagado a casa.    

                        Los  testimonios   a  que  alude  el  demandante,  dan  fundamentalmente  cuenta  del  comportamiento  social  de  la  pareja, no de su conducta al interior del hogar,  que  como  se  sabe,  no  siempre  suele  coincidir, y si bien es cierto algunos  vecinos  declaran  en  el  sentido  de no “haberles conocido problemas”, esto no  significa  que  los  insultos  y  malos  tratos  a  que aluden las menores no se  presentaran,  sobre  todo  si  se  da  en considerar que ninguno de ellos tenía  trato directo o cercano con la familia.   

                          Las  conclusiones  de los juzgadores sobre los  “antecedentes  violentos”  del acusado, no se fundamentaron además en opiniones  personales  de  las  menores  en  torno  a  su  comportamiento  en el hogar, que  hubieran  podido permitirles magnificar situaciones domésticas comunes, como lo  sostiene  el demandante, sino en el relato de hechos y circunstancias puntuales,  indiscutiblemente  reveladores  de  la situación que sirvió de fundamento para  la  deducción  del  indicio, como puede concluirse de los siguientes apartes de  sus dichos:   

                                           Declaración    de    Paola   Andrea:  “PREGUNTADA:  Díganos  si  antes había tenido su señor padre problemas con su  mamá.  CONTESTO:  Mi  papá  siempre  que  llegaba borracho a la casa le decía  cosas  a  mi mamá, que era una hijueputa, maricona, le pegaba, hace como quince  días  llegó borracho mi papá y le dijo a mi mamá que le sirviera la comida y  como  eran las doce de la noche, mi mamá le dijo que la sirviera él que estaba  en  la estufa, entonces mi papá le dijo a mi mamá que si ella no se la servía  sabía  lo  que  le pasaba, entonces mi mamá no se la sirvió, luego Maritza mi  hermanita  le  dijo  a  mi  papá que ella se la servía, entonces le sirvió la  comida  y mi papá se acostó. Muchas veces le pegaba en la cara y le ponía los  ojos  morados,  pero  eso  lo  hacía  mi papá cuando estaba borracho… estuvo  detenido  por problemas con mi mamá, como dos días, mi mamá llamó al comando  y  entonces  iban por él… los problemas entre mi papá y mi mamá eran cuando  él  llegaba  borracho y se ponía a discutir, mi papá ponía problema… nunca  la  llegó a lesionar, cuando le pegaba a ella lo hacía con la mano y le pegaba  en la cara” (fls.9 vto. 10 y 10 vto).   

                                           Declaración   de  Maritza  Alejandra:  “PREGUNTADA:  Díganos  cuál  era  el  comportamiento de su papá con su mamá?  CONTESTO:  Cuando  mi  papá  iba  borracho  a  la casa, unas veces no le ponía  problema  y  otras  veces  llegaba  borracho  a  decirle cosas, le decía que le  sirviera  la  comida y mi mamá le decía que no, porque ella estaba muy cansada  de  trabajar en la casa, él llegaba tarde, entonces mi papá me llamaba a mí y  me  decía que le sirviera la comida, entonces yo se la servía, ya que mi mamá  le  decía  que  la  comida  estaba  caliente            que  la  sirviera, entonces mi  papá  me  llamaba  y  entonces  yo le servía la comida, entonces cuando comía  nos   acostábamos,  entonces  ya  empezaba  a decirle cosas a mi mamá, le  decía  hijueputa,  maricona,  le  decía  cochina ordinaria, entonces cuando mi  papá  le  decía a mi mamá todo eso, entonces ella le decía que se largara de  la  casa,  que  no  le pusiera más problema, entonces mi papá le decía que lo  sacara,  entonces  mi  mamá  le decía que no y entonces mi papá le pegaba con  las  manos, le daba en la cara, le reventaba la nariz, le pegó varias veces. Un  día  llegó  muy borracho mi papá, entonces empezó a decir cantaleta, de ahí  la  cogió  del cuello y no la soltaba, nosotras nos levantamos y le decíamos a  mi  papá que la soltara, entonces entre mi hermanita Paola y yo se la quitamos,  de  ahí  mi mamá le decía llorando que se largara de la casa, que empacara la  ropa  y se largara, entonces mi papá le decía ´empáquemela usted´, mi mamá  de  decía  que  yo  por  qué, si usted es el que se va a ir, entonces mi papá  cogió  la  ropa  y  se  largó, eso fue de noche, entonces mi papá se fue para  donde  mi  mamita  Fanny, entonces se quedó muchos días allá, por el problema  con  mi  mamá,  eso  hace como un año, no me acuerdo cuántos días estuvo…”  (fls.38 vto y 39).   

                                           Desprovisto  de  técnica  y  totalmente infundado se presenta por  tanto este reparo.   

                    

                         4.  Circunstancias   en  que  el  procesado  entró  en                              posesión  del  arma.  Mérito  probatorio  del                                   testimonio      de     Mauricio     Lopera  Cossio.   

                       Este  reproche  resulta  confuso, en cuanto no permite establecer si lo pretendido por  el  actor  es  desvirtuar  la  culpabilidad dolosa del procesado en el delito de  homicidio,  o  en  el  de  porte ilegal de armas de defensa personal, pues en el  desarrollo    de    la    censura   se   refiere,   indistintamente,   a   ambas  situaciones.       

                         De  cualquier  forma, sea cual fuere lo buscado a través suyo, su insubstancialidad  resulta  manifiesta. Cierto es, como lo sostiene el demandante, que la sentencia  de  segundo  grado  contiene  afirmaciones  en  el  sentido  de que el procesado  habría  alentado  a Lopera Cossio a dejar el arma en el interior del vehículo,  cuando  la  iniciativa,  de  cuerdo con lo afirmado por Guillermo Bedoya Berrío  (ayudante)  habría  provenido  del  propio  del  agente de seguridad, pero esto  ninguna  incidencia  tuvo  en  el  juicio  de  valor  que  permitió  afirmar la  responsabilidad   penal   del   procesado   en   los   hechos   a   título   de  dolo.       

                     En  el  delito  de  porte  ilegal  de  armas  de fuego de defensa personal su compromiso  penal  se  hizo  derivar  de  la  circunstancia  de haber tomado abusivamente la  escopeta  y  la  munición complementaria del lugar donde había sido dejada por  Lopera  Cossio,  para  llevarla, con no claros propósitos, hasta su casa, donde  procedió  a  hacer  uso  de  ella  en  las  circunstancias  ya  conocidas, y la  consideración  adicional  en  el  sentido  de que si su intención hubiera sido  precaver  su  posible  pérdida, su comportamiento habría sido distinto del que  asumió  desde  el  momento  mismo  que entró en posesión de ella.     

                     En  el  establecimiento  de  la responsabilidad del procesado en el delito de homicidio,  y  en concreto en la definición de la forma de culpabilidad, dicha imprecisión  del  Tribunal  tampoco  llegó a tener incidencia, pues los soportes probatorios  fundamentales  de  esta  imputación  se  encuentran representados por la prueba  indiciaria  que  viene de ser relacionada en los cargos precedentes, la versión  de la menor Paola Andrea y el protocolo de necropsia.    

                       Este  reparo, por tanto, resulta infundado.   

                         5.  Circunstancias   fácticas  previas  al  hecho  que                                                      desvirtúan      el     dolo.                                         

                             

                   Dentro de  este  acápite,  sin ningún rigor técnico, el casacionista se refiere a varios  aspectos,  entre  ellos,  a las buenas relaciones de la pareja durante los días  que  precedieron el insuceso; la ausencia de elementos de prueba que desvirtúen  las  afirmaciones  del  procesado  en  el  sentido de haber llevado el arma a su  residencia  para  prevenir su pérdida; su buen estado de ánimo la noche de los  hechos;  su  inexperiencia  en el manejo de armas; y, la serena actitud  de  la  víctima durante el tiempo que César Alberto permaneció armado en su casa,  para  sostener  que  de  haber  sido  corrrectamente  apreciados, los juzgadores  habrían   desvirtuado  la  culpabilidad  dolosa  en  el  delito  de  homicidio.   

                        Una  alegación  de  este  tipo ninguna respuesta amerita, pues el casacionista no se  ocupa  de  demostrar  en  la existencia de errores de apreciación probatoria en  particular,  mucho menos las consecuencias jurídicas de un tal desacierto, sino  que  se  limita  a exponer consideraciones personales sobre la valoración de la  prueba,  para  contraponerlas  a  los  criterios plasmados por los juzgadores de  instancia,  postura  que, como ha sido dicho repetidamente por la Corte, deviene  inaceptable  en sede extraordinaria, en razón a la doble presunción de acierto  y    legalidad    con    que    viene    cobijado    el    fallo    de   segunda  instancia.        

                                                       

                         6.  Aptitud   demostrativa   del   testimonio   de   la                                 menor  Paola Andrea Medina Díaz.   

                        Dos  aspectos  plantea  a  la vez el demandante en este acápite. En primer término,  que  los  juzgadores  dieron  por  desmostrado  aspectos  que este testimonio no  acredita,  o  que  fueron  desvirtuados por otras probanzas, y en segundo lugar,  que  su  dicho  no  merece  credibilidad en cuanto afirma que su padre “sacó el  cartucho  de  debajo  del  colchón y el arma debajo de la cama donde él estaba  durmiendo,  entonces  sacó  el cartucho y cargó el arma, yo no le entendí que  fue  lo  que  él dijo, si se iba a matar él, o iba a matar a mi mamá, o iba a  dar  un  disparo”,  porque  la testigo no podía ver lo que estaba sucediendo al  interior  de  la alcoba matrimonial, ni pudo escuchar claramente las palabras de  su padre.   

                   La verdad  es  que, en ninguna de las hipótesis propuestas, el demandante define el error,  ni  se  apersona  de  su  demostración.  En  el  primer  supuesto, por ejemplo,  pareciera  plantear  un error de hecho por falso juicio de identidad derivado de  la  distorsión  del  contenido  fáctico  del  testimonio  de la menor, pero no  explica  de  qué manera los juzgadores pusieron a decir a la prueba lo que ella  no  expresa,  ni  la  incidencia  que  este falseamiento pudo hacer tenido en la  decisión  de  condena,  como corresponde hacerlo cuando se propone este tipo de  error.   

                     En  el  segundo,  se  limita a contraponer a los fundamentados criterios de apreciación  expuestos  por  los  juzgadores  de instancia, sus personales opiniones sobre el  mérito  de  esta  prueba, planteamiento que, como se dejó dicho en el acápite  anterior,  resulta  inadmisible  en esta sede, por resultar absolutamente inanes  frente  a  la  doble presunción de acierto y legalidad de que está amparado el  fallo de segunda instancia.   

                    Oportuno  es  recordar  que cuando se plantean errores en la estimación del mérito de la  prueba  dentro  de  un  sistema  de  persuasión  racional  como  el nuestro, el  casacionista  debe  tener  presente  que  el yerro susceptible de ser atacado en  casación  surge  de la falta de coincidencia entre la valoración realizada por  el  Juez y la que corresponde hacer de acuerdo a las reglas de la sana crítica,  no  de  la  disparidad  que pueda existir entre su personal manera de valorar la  prueba, y la llevada a cabo por los juzgadores.   

                       Esto  implica  tener  que  demostrar  que  el juez, en el establecimiento de la fuerza  persuasiva  de la prueba, desconoció abiertamente los postulados de la lógica,  la  experiencia  o  la  ciencia,  y  que esta caprichosa valoración lo llevó a  transgredir  por  aplicación  indebida  o  falta de aplicación una determinada  norma de derecho sustancial, nada de lo cual hace el demandante.   

                    Es más.  Sus  críticas  al  testimonio  de  la menor, y que le sirven de fundamento para  asegurar  que  faltó  a  la verdad, carecen de sustento fáctico. Cierto es que  Paola  Andrea describe el proceso de búsqueda y alistamiento del arma por parte  de  su  padre,  y que esta secuencia conductual no pudo haber sido apreciada por  ella  por  encontrarse  en  la alcoba adyacente, pero la testigo jamás dijo que  hubiera  presenciado  estos  hechos,  ni  el  Tribunal en la sentencia hace esta  afirmación.         

           

                   La menor,  por  el contrario, dejó claramente establecido que se encontraba acostada en la  pieza  siguiente  cuando  su  papá  empezó  a  preguntar  por  las llaves y la  munición,  y que allí permaneció acompañada de su hermana hasta cuando sonó  el  disparo,  razón  por la cual sus afirmaciones deben ser entendidas como una  deducción  lógica  de  la  información  que percibían sus sentidos, tal como  ella  misma  lo  explicó  en la audiencia pública, a la pregunta de ¿Por qué  usted  manifiesta  que  su  papá  cargó  el  arma  si no vio cuando lo hizo? :  “Porque  es  que  eso  sonaba como si hubieran abierto eso, me refiero al arma”,  agregando que    

cuando estaba comiendo había hecho lo mismo  en presencia suya (fls.375-1).   

                      Igual  acontece  cuando  sostiene que la testigo mintió en punto a la existencia de un  primer  disparo,  ya  que de ser ciertas sus afirmaciones, la perra de propiedad  de  los  vecinos  habría  amanecido  muerta,  y  éstos  habrían  escuchado la  detonación.    

                   En cuanto  a  lo  primero,  debe  decirse  que la menor nunca afirmó que el primer disparo  hubiera  sido  realizado  para  matar  el  animal.  Simplemente  dijo  que en un  comienzo  así lo creyeron, porque su papá lo odiaba mucho: “Al rato él salió  hizo  un  disparo  tanto  que  pensé  que  había matado la perra porque él la  odiaba  porque la perra lo mordía … nosotros creímos que él había hecho el  disparo  por  matar  a  la perrita porque él la odiaba mucho” (fls.6, 374 vto).  Luego  mal puede concluirse, como lo hace el actor, que la menor hubiera mentido  en este punto.    

                     El otro  razonamiento,  en  el  sentido de que este primer disparo no existió porque los  vecinos  no  escucharon  la  detonación,  debiendo haberla percibido, y que por  tanto  la menor miente, no deja de causar perplejidad, pues con la misma lógica  habría  de  concluirse  que  el  segundo disparo tampoco se produjo, ya que los  referenciados  testigos  afirmaron no haber escuchado detonación alguna (fls.83  vto., 90, 91 vto., 93 vto.).   

                    El cargo  no prospera.   

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Segundo Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                               JORGE  ANIBAL GOMEZ GALLEGO                           

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA             CARLOS   A.  GALVEZ ARGOTE       

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             CARLOS      E.     MEJIA  ESCOBAR                                

DIDIMO            PAEZ  VELANDIA            NILSON  PINILLA  PINILLA   

                         

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                                                                                    

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