10615j

1999

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No. 10615  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 113  

          Santafé  de Bogotá, D. C., veintinueve de julio de mil novecientos  noventa y nueve.   

VISTOS:  

          En  razón  del  recurso  extraordinario  de  casación interpuesto,  examina  la  Corte  el  fallo  de segunda instancia fechado 24 de enero de 1995,  dictado  por  el  Tribunal Superior de Riohacha, por medio del cual el procesado  REYBER  RUBÉN  TAPIAS GUERRA quedó finalmente condenado en las instancias a la  pena  principal  de veinticinco (25) años de prisión, como autor del delito de  homicidio   consumado   en  contra  de  la  vida  del  ciudadano  GERARDO  PARDO  AVENDAÑO.   

          Sobre  los  temas  propuestos  en la demanda, ha emitido su concepto  previo el Procurador Tercero Delegado en lo Penal (E).   

HECHOS:  

          De  acuerdo  con  las  determinaciones  adoptadas  en  los fallos de  instancia,  los  episodios  delictivos  ocurrieron  en la ciudad de Riohacha, el  día  7  de  febrero  del  año de 1994, aproximadamente a las 10 de la mañana,  cuando  el  señor  GERARDO PARDO AVENDAÑO, comerciante de productos de mar, se  hallaba  en su residencia situada en la calle 11B N° 22-33 (barrio Marbella) de  la  mencionada  población, dedicado al empaque de unas langostas para remitir a  la  ciudad  de  Santafé  de  Bogotá  y  acompañado  en la ocasión de su hija  CARMENZA  ALEJANDRA  PARDO  LEÓN, entonces una menor de 11 años de edad.   De  pronto,  irrumpieron  en  el  lugar  dos  sujetos provistos de arma corta de  fuego,  le  reclamaron  al  comerciante  el dinero que poseía, éste se apartó  hacia  una  de  las  alcobas  para tomar una escopeta y entretanto se produjo un  intercambio de disparos con uno de los individuos armados.   

          Tanto  el dueño de la residencia como uno de los sujetos asaltantes  resultaron  heridos  en  el  acto, razón por la cual ambos fueron conducidos al  hospital  Nuestra  Señora  de  los  Remedios  de  la mencionada localidad, pero  después   el  primero  fue  traslado  a  la  ciudad  de  Santa  Marta  y  allí  falleció.   Posteriormente,  el  agresor fue identificado con el nombre de  REYBER RUBÉN TAPIAS GUERRA.   

ACTUACIÓN PROCESAL:  

          Las  primeras  pesquisas  fueron adelantadas por miembros del Cuerpo  Técnico  de  Investigación  de la Fiscalía radicados en el lugar, oportunidad  en  la  cual,  además  de  presentar  el  informe y realizar otras actuaciones,  recibieron    versión    sobre    los    hechos   a   la   menor   Carmenza   Alejandra   Pardo   León  (fs.  38).   El  fiscal  competente abrió formalmente la investigación el 15 de  febrero  de  1994  y después amplió la queja de la hija del ofendido (fs. 20 y  48).   

          El  imputado  Reyber  Rubén Tapias Guerra  fue  recibido en indagatoria el 19 de febrero de 1994,  por  medio de funcionario comisionado de la ciudad de Barranquilla, y se amplió  el  4  de  marzo  siguiente  (fs.  109  y 119).  La situación jurídica se  resolvió  en  la  resolución  del 16 de marzo de 1994, por medio de la cual se  impuso  al  sindicado  la  medida de aseguramiento de detención preventiva, sin  derecho  a  excarcelación,  como  autor  del  delito  de  homicidio simple (fs.  154).   

          Cerrada  la investigación, la Fiscalía adoptó la calificación en  providencia  del  12  de  julio  de  1994,  de  acuerdo  con  la cual dispuso la  acusación  del  procesado  por  el  delito  de  homicidio doloso previsto en el  artículo 323 del Código Penal (fs. 218 y 371).   

          Apelada  la  resolución  calificatoria por el defensor de confianza  del  procesado, la Unidad de Fiscalía ante el Tribunal de Riohacha la confirmó  por  decisión  del  12  de  agosto  de  1994  (cuaderno  de 2ª instancia de la  Fiscalía, fs. 2).   

          Para  el  juicio  asumió  el conocimiento el Juez Primero Penal del  Circuito  de  Riohacha,  funcionario que realizó la audiencia pública a partir  del 20 de octubre de 1994 (fs. 394, 429 y 459).   

          El  juez  de  primer  grado  dictó  sentencia el 14 de noviembre de  1994,  por  medio  de  la  cual  condena  al  procesado  a  la pena principal de  veinticinco  (25) años de prisión, como autor del delito de homicidio previsto  en  el artículo 323 del Código Penal, y la sanción accesoria de interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  por un período de diez (10) años.   Igualmente,  por  carecer  de “fundamentos legales”, se abstiene de condenar  al  pago  de perjuicios y también le niega al sentenciado el subrogado penal de  la condena de ejecución condicional (fs. 482).   

          El  fallo  fue  impugnado por el defensor, pero el Tribunal Superior  de  Riohacha  lo  confirmó integralmente en la decisión citada en el intróito  (fs. 517).   

          No  deja  de inquietar, así no sea motivo de revisión en esta sede  extraordinaria,  que  todos  los  funcionarios judiciales se hayan referido a un  delito  de  homicidio  simple, a pesar de que siempre acordaron que el móvil de  la  muerte violenta fue el hurto de los bienes de la víctima (art. 324, numeral  2°).   

CONTENIDO DE LA DEMANDA:  

          El   actor   presentó   dos   (2)   demandas   de   casación,  una  inmediatamente  después de la notificación de la sentencia de segundo grado, y  la  segunda  dentro  del  término  de traslado previsto en el artículo 224 del  Código  de  Procedimiento  Penal.  Aunque ambos escritos contienen algunas  manifestaciones  comunes, la Sala entiende que la segunda demanda no sólo es la  última  razón  de su inconformidad, sino también que fue la presentada dentro  del  lapso  legal.   Además,  en  ambos  libelos se ataca, en el fondo, la  legalidad   del   testimonio   de  la  menor  Carmenza  Alejandra Pardo León.   

          En   el  acápite  destinado  a  la  “actuación  procesal”,  el  recurrente  expone  que  el Tribunal Superior de Riohacha confirmó la sentencia  condenatoria  de primera instancia y, para el efecto, acogió como fundamento el  testimonio   de  la  menor  Carmenza  Alejandra  Pardo  León,  pero  igualmente  se  expresa  en el fallo que  dicha  declaración  tuvo respaldo en la suministrada por el señor Eder  Barragán Quiñones, primo hermano de  la  víctima,  quien  conoció  los hechos por la versión de la niña.  De  modo  que,  como se trata de un testigo de oídas, le parece al actor que carece  de    suficiente    valor    incriminatorio    para   sustentar   la   sentencia  condenatoria.   

          Y  en  cuanto  al testimonio del oficial de la policía Oscar   Madrid   Cuéllar,   por   cuanto  igualmente  se  enteró  de  los  hechos  por  la  manifestación que le hizo la  víctima,  de  la  misma  manera no puede ser prueba suficiente para condenar al  procesado,    dadas    las   mismas   razones   expuestas   sobre   el   testigo  anterior.   

          Con  fundamento  en  la causal primera de casación, conforme con el  numeral  1° del artículo 220 del Código de Procedimiento Penal, el demandante  aduce  que  la  sentencia incurrió en violación indirecta de la ley sustancial  por  un  error  de derecho referido a la apreciación del testimonio de la menor  CARMENZA  ALEJANDRA  PARDO LEÓN, el cual fue irregularmente aportado al proceso  por omisión de las formalidades legales.   

          Indica   que   el   testimonio  carece  de  validez  por  cuanto  se  pretermitieron los siguientes requerimientos de ley:   

          1.   En  el acta que contiene la declaración, en principio, se  dice  que  la testigo fue impuesta del juramento, conforme con los artículos 27  y  287  del  C.  de  P.  P. y 172 del Código Penal, ante lo cual la concurrente  prometió  decir  la  verdad,  pero  al  final  se  deja constancia de que no se  recibió  juramento  a  la  menor.   Significa  entonces  que  el documento  contiene    manifestaciones    contradictorias   que   tornan   inexistente   la  prueba.   

          2.   De  otra  parte,  aunque  en  el  acta consta que la menor  estuvo  acompañada  por  el  teniente  Manuel  Alfaro  Vargas  y  el  agente  Jhoany  Contreras   Garzón,  pertenecientes  al  Comando  de  Policía  de  La  Guajira,  no  se  cumplió  con  la  formalidad de tomarles el  juramento  a  los  asistentes,  con el fin de imponerles la reserva del sumario,  como   lo   ordena   el  citado  artículo  282  del  Código  de  Procedimiento  Penal.   Esta  es  una  razón  adicional  para  postular que el mencionado  testimonio  no  puede ser tenido en cuenta como prueba legalmente producida, con  el fin de sustentar en él la sentencia condenatoria.   

          3.   El  actor  se  apoya  en  el  artículo  250  del Estatuto  Procesal  Penal,  según el cual no se admitirán las pruebas obtenidas en forma  ilegal  para  determinar la responsabilidad del procesado, y en el caso concreto  la  declaración  de  la  menor  Carmenza  Pardo León  se  produjo en contra de la ley y de manera irregular,  supuesto     que     no     se    cumplieron    disposiciones    de    imperioso  diligenciamiento.   

          Pide  que  se case la sentencia demandada y, por prosperar la causal  primera  del  artículo 220 del C. de P. P., que la Corte la revoque y ordene la  libertad de su defendido.   

CONCEPTO DEL PROCURADOR:  

          El  representante  del  Ministerio Público opta por referirse a los  dos  escritos  de  impugnación, aunque reconoce que en el fondo de ambos reside  la   inquietud   relacionada   con   la   legalidad   del   testimonio   de   la  menor.   

          Pues  bien,  en  relación  con  el  primer libelo dice que el actor  comienza  por  observar  una  supuesta interpretación errónea o desfiguración  del  contenido  de  una  norma, pero, como a renglón seguido expresa claramente  que  no se refiere a la violación indirecta, tal actitud revela una falencia de  carácter   técnico   por  la  mezcla  indebida  de  dos  asertos  de  distinta  naturaleza.   

          Tal  vez  en esa discordancia radica la razón por la cual, ya en la  segunda  demanda,  el  censor  situó  la  irregularidad en la incorporación al  trámite  de  la  citada  prueba,  pues  ella  no  reunía los condicionamientos  sustanciales   ni   jurídicos   para   servir   de   soporte   a  la  sentencia  condenatoria.   

          Radicado  su  estudio ya en la segunda demanda, el Delegado hace las  siguientes observaciones:   

          1.   A  pesar  del  cambio de razones introducido en el segundo  libelo,  el  Procurador  entiende que no es acertado el desarrollo del pregonado  error  de  derecho por falso juicio de legalidad, en relación con el testimonio  de   la  menor,  pues  el  actor  usa  los  calificativos  de  ilegalidad  y  de  irregularidad,  que  corresponden a dos vocablos de connotación diferente y por  ello  mismo  generan  tropiezo  sobre  la  exigida  claridad  y precisión de la  técnica casacional.   

          2.   En  cuanto a la formalidad del juramento en la exposición  de  la  menor, el Procurador advierte que en la declaración del 7 de febrero de  1994  se  dejó  expresa  constancia  de  que  no  se  le  imponía,  pero en la  ampliación  del  11  de  febrero  siguiente  se  utilizó un formato cuyo texto  incluye  la  toma  del  juramento  a  la denunciante.  Sin embargo, como lo  advirtió  el  Tribunal en el fallo cuestionado, tal irregularidad no invalidaba  el  dicho  de  la  menor  y  sus  consecuencias  sólo  tenían  que  ver con la  exoneración del falso testimonio.   

          3.   Sostiene  el  Ministerio  Público que “un menor de doce  años  difícilmente  puede  ser fiel en la reproducción de las impresiones que  recibe   durante   un  acontecimiento  cualquiera,  dado  que  su  capacidad  de  concentración  es  dispersa  y  de  otro  lado la comprensión exacta de lo que  sucede  en  el  mundo exterior es limitada, de ahí que resulte un contrasentido  compelerlo  a  decir la verdad cuando sus facultades físicas y psicológicas no  son     las    óptimas    para    lograr    una    percepción    completamente  objetiva”.   

          4.   Asegura  que  la  validez del testimonio de la menor queda  incólume,  supuesto que ella inicialmente acudió como denunciante de la muerte  de  su  progenitor,  con  clara  capacidad  jurídica  para  hacerlo,  porque el  artículo  282  del  C.  de  P. P. autoriza recibir versión a los menores de 12  años,  y  ante  funcionarios  del C. T. I. de la Fiscalía de Riohacha, quienes  tenían  la  atribución  de  allegar denuncias conforme con el artículo 47 del  Decreto 2699 de 1991.   

          5.   En cuanto a la omisión del juramento a los miembros de la  policía  que  asistieron  a la menor, con el fin de imponerlos de la reserva de  la  diligencia,  el  Procurador  argumenta  que  ello no afecta la validez de la  misma,  porque  tal  fórmula  apunta a procurar el éxito de la investigación,  proteger  a  los  deponentes,  al respeto a la presunción de inocencia y de los  demás   derechos  de  un  individuo  sindicado,  todo  lo  cual  tiene  efectos  extrínsecos  a  la  evolución misma de la obtención de la prueba y no afectan  su  lugar  en  el  proceso,  pues  el fallador deberá tenerla en cuenta para la  decisión.   Así  entonces,  los  argumentos  del demandante no alcanzan a  demostrar    la    deficiencia    señalada    para    enervar    sus    efectos  probatorios.   

          6.   De  otro  lado,  contrario a lo que sostiene el censor, el  testimonio  de  la  menor  no  fue  acogido como medio probatorio para deducirle  responsabilidad  al  procesado,  pues,  a  pesar  de  que el Tribunal dedicó un  espacio  en  la  sentencia para hacer ver su validez, finalmente se apuntaló en  la     declaración    del    ST.    Oscar    Madrid  Cuéllar,  oficial  que  dialogó personalmente con la  víctima  antes  de su fallecimiento, quien le reveló la identidad del agresor,  señalamiento  éste  que el fallador consideró serio y suficiente para imponer  la condena.   

          A  más  de  lo  anterior, el Tribunal se apoyó en el indicio de la  mala  justificación  del  procesado,  debido  a  las múltiples contradicciones  sustanciales  en  que  incurrió cada vez que quiso explicarle a la Fiscalía la  razón de su presencia en el lugar de los hechos.   

          Le  parece  al Ministerio Público que no tiene razón el demandante  al  objetar  la  validez  del  testimonio  de la menor, siendo además que otras  pruebas  posteriores, sin el compromiso de la legalidad, ratificaron ampliamente  sus manifestaciones.   

          Por   consiguiente,  concluye  el  Procurador,  el  sentenciador  no  incurrió  en  el  error  de  derecho  que  se le atribuye, pues siendo su deber  examinar  conjuntamente  las  pruebas  y  que  de allí surgió la certeza de la  responsabilidad   del   acusado,  tal  declaración  no  puede  merecer  ningún  reparo.   

          Propone la desestimación del cargo.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

         1.    El   error  de  derecho  y  su  trascendencia:   

         

         De  acuerdo  con  la  jurisprudencia de la Corporación, el error de  derecho,  como modalidad de violación indirecta de la ley sustancial, se comete  cuando  el  sentenciador  admite  y confiere valor a un medio probatorio aducido  con  violación  de las formas legalmente predeterminadas para su incorporación  al  proceso.   Pues  bien,  a  partir  de  tal  definición,  teóricamente  estaría  bien  orientado  el demandante cuando dirige la censura por esta vía,  pues  dice  que  se  presentaron  vicios  en  la formación del testimonio de la  entonces     menor    Carmenza    Alejandra    Pardo  León, por desconocer en la ocasión los requisitos de  procedimiento  señalados  en  el  artículo  282  del  Código de Procedimiento  Penal.   

         Sin  embargo,  como  igualmente  se  ha  insistido  en  la  doctrina  jurisprudencial,  el  cargo  concreto  no  contiene  la argumentación jurídica  completa,   porque,  a  pesar  de  que  el  actor  indica  la  norma  probatoria  supuestamente  quebrantada  (violación  medio), no ha demostrado la infracción  de  la  ley  sustancial,  pues  ni  siquiera  se  señalan los preceptos de esta  naturaleza  que presuntamente fueron vulnerados (violación fin).  No se ha  dicho  de  qué  manera el error en el tratamiento de la disposición probatoria  (artículo  282 C. P. P.) pudo haber contribuido a la conculcación de una norma  sustancial.   

         Ahora  bien,  si  en  gracia  de discusión se admitiera que hubo el  error  de  derecho pregonado  por  el  censor respecto del testimonio de la menor, tampoco se ha demostrado la  influencia  de  dicha  equivocación en el sentido y fundamento de la sentencia,  pues  ningún  esfuerzo  se  asoma  para  establecer si el fallo condenatorio se  sostenía  con  otras  pruebas  legalmente  aportadas  o,  por  el contrario, se  desvanecía     al    excluir    la    declaración    objetada    (principio  de trascendencia), exigencia que  es  insoslayable  en  un  sistema  procesal  que se rige por la regla del examen  conjunto de las pruebas (art. 254 C. P. P.).   

         Mas  no sólo se echa de menos tal demostración de la trascendencia  del  supuesto  error,  sino  que,  como  lo  destaca  el Procurador Delegado, el  Tribunal  expresó  abiertamente  que  el juzgado de primera instancia no había  tenido  en  cuenta  la  declaración  de Carmenza Pardo  León para sustentar el fallo de condena, pero que era  suficiente  a  tal  fin el testimonio del oficial Oscar  Madrid  Cuéllar, reforzado por el evidente indicio de  la  falsa justificación, como pruebas de indiscutible origen; sin embargo de lo  cual,  con  fines pedagógicos, el ad quem hizo  algunas  reflexiones  para  demostrar  que el testimonio de la  menor sí tenía valor probatorio.   

         En efecto, el Tribunal dijo:   

         “Dos  son los fundamentos de responsabilidad tenidos en cuenta por  el a quo para proferir el fallo de condena objeto de estudio.   

         “En  primer  lugar  tuvo  en  cuenta  el  informe  rendido  por el  comandante  de  la  Tercera  Sección  de  Vigilancia  de la policía, ST. OSCAR  MADRID   CUÉLLAR,  quien  fue  ratificado  bajo  juramento.   Según  este  oficial,   ‘El   señor  GERARDO  PARDO  AVENDAÑO,  manifestó que lo iban a atracar y a la vez hurtarle  la  mercancía,  de donde tuvo que defenderse sacando una escopeta disparándole  a  uno de los sujetos hiriéndolo en la pierna, que es el que se encuentra en el  hospital,  el  otro  sujeto se dio a la huida al parecer con las armas ya que no  se le encontró al sujeto herido”.   

         Y la Corporación continúa:   

         “Pero,  además,  existe el indicio de mala justificación surgido  de   las   manifiestas   contradicciones  en  que  incurre  el  procesado,  como  acertadamente  lo  analiza  el a quo, reforzando sus razonamientos con criterios  de la doctrina”.   

         El juzgador de segunda instancia agrega:   

         “En  lo que respecta al testimonio de CARMENZA PARDO, no es cierto  que  el a quo lo haya tomado como prueba para condenar.  Una simple lectura  del  fallo  impugnado nos lleva a una conclusión diferente a lo afirmado por el  recurrente,  pues,  allí  se dice que la responsabilidad de TAPIAS GUERRA está  comprobada     ‘aún  restándole  valor  probatorio  a  la  declaración  de  la menor CARMENZA PARDO  LEÓN,     como     testigo     presencial     de     los     hechos’ (Fol. 497)”.   

         2.   Testimonio del menor y testigo de  oídas:   

         A  pesar de la insuficiente proposición de los reparos, la Corte no  puede  dejar  de  reiterar  dos  importantes  precisiones  sobre el testimonio  del  menor  y  el testigo  de  oídas,  que  son inquietudes  manifiestas en la demanda, aunque mal encauzadas por el actor.   

         2.1   En  relación  con el testigo menor de 12 años, al igual  que  cualquier  persona  requerida  por  el  órgano  competente,  está  en  la  obligación  de  testificar,  sólo  que  no  se le recibirá juramento y, en lo  posible,  deberá  estar  asistido  por su representante legal o por un pariente  suyo  mayor  de edad, a quien se le tomará juramento acerca de la reserva de la  diligencia.   Así  lo  dispone  claramente el inciso primero del artículo  282 del Código de Procedimiento Penal.   

         De   modo  que,  si  la  legislación  procesal  penal  autoriza  la  convocatoria  del  menor  de  12  años  como testigo dentro del proceso, no son  posibles   de  lege  ferenda  aquellos  juicios  anticipados  que  sugiere  el demandante y expone también el  Procurador  Delegado,  en el sentido de que una persona de esa edad no puede ser  fiel  a  las  impresiones  que recibe durante el desarrollo de un acontecimiento  cualquiera,  dado  que  su capacidad de concentración es dispersa y también es  limitada  su  comprensión  de lo que ocurre en el mundo exterior.  Si esto  fuera  tan  fatal  y  categórico  como  se  insinúa,  de una vez el legislador  hubiera  descartado  como  testigos  a  los  menores  de  12 años, pero, por el  contrario,  la  psicología  experimental  enseña  que  la minoría de edad, la  vejez  o  la imbecilidad no impiden que en determinado caso se haya podido ver u  oír bien.   

         Por  ello, cualquier persona, sin importar su condición, de la cual  se  pueda  pregonar  que  de  alguna  manera  estuvo  en contacto con los hechos  pasados,  debe  ser  admitida  como  testigo  dentro del proceso, obviamente sin  perjuicio   del   valor   probatorio  que  los  funcionarios  judiciales  en  su  oportunidad   le   puedan   adjudicar   al  testimonio,  en  relación  con  las  características  personales  de  aquellos de quienes proviene y otros criterios  legalmente dispuestos (C. P. P., arts. 254 y 294).   

         El  juramento  del testigo es apenas una facultad de compulsión que  la  ley autoriza para procurar su vinculación con la verdad de lo percibido, lo  cual  permite  amonestarlo sobre la importancia moral y legal del acto, al igual  que  de las sanciones penales a que se haría acreedor si declarare falsamente o  incumple  lo  prometido  (art.  285  C. P. P.).  En el caso del menor de 12  años,  precisamente  por  su corta edad, la ley optó por no compelerlo con una  formalidad  por  la  cual  aún  no  está en capacidad de responder, porque, en  últimas,  jurídicamente  no  interesa  tanto  que  el  testigo haya faltado al  compromiso  moral  sino  que  haya  violado  un  vínculo  legal  para ocultar o  desdibujar  la  verdad  que conoce, conducta que es la que lo podría conducir a  una sanción penal.   

         Así  pues,  aunque el juramento apunta a garantizar la verdad en la  declaración  del  testigo,  la ausencia del mismo no significa que el deponente  voluntariamente  no  pueda ser fiel a la misma, como evidentemente puede ocurrir  en  el  caso del menor de 12 años.  De igual manera, si la importancia del  juramento  es  más  funcional  que de regularidad de la diligencia (de hecho en  otras  legislaciones  no  existe  y sólo se acude a las advertencias previas de  las  consecuencias  legales),  imponerlo artificiosa o equivocadamente al menor,  siempre  y cuando no se le trate de obligar a declarar en contra de las personas  incluidas  en  el   círculo de protección legal, no tiene repercusión en  la  validez  del  testimonio,  pues  lo  que sigue, se repite, es la evaluación  crítica   del   testimonio   por   los  funcionarios  judiciales,  ya  que  las  conminaciones  penales  están  excluidas de antemano por la excepción que hace  el artículo 282 del C. de P. P. y no por voluntad judicial.   

         Igualmente,  como  la  exoneración que la ley hace del juramento al  menor  de  12 años tiene que ver con el riesgo asumido para que el testigo diga  espontáneamente  la  verdad,  si  lo  quiere,  también con toda relatividad se  prevé  que  aquél  pueda  estar asistido para garantía de un trato libre y no  compulsivo,  en  lo posible,  por  el  representante  legal  o  un pariente cercano.  Aunque en este caso  estuvieron  presentes otras personas no tan próximas familiarmente a la testigo  menor,  lo  cierto  es  que  la  ley abre esa posibilidad ante la ausencia de su  parentela,  pero  además  se  trataba  de  ciudadanos responsables y no ha sido  objeto de discusión la libertad de la testigo en su declaración.   

         De  otro lado, si bien es cierto que a los asistentes de la menor no  se  les  recibió  juramento  sobre el deber de guardar la reserva sumarial, tal  omisión  tendría  que  ver  con  las  dificultades  posteriores  para  imponer  legítimamente  consecuencias  en  esta  materia, si eventualmente se violare el  secreto  de  la  investigación por los intervinientes, pero para nada afecta la  regularidad de la diligencia.   

         Este   criterio  ya  había  sido  acordado  por  la  Corte  en  las  sentencias   de   casación  del  19  de  junio  de  1991  (M.  P.  Guillermo   Duque   Ruiz)   y  el  27  de  septiembre    de   1994   (M.   P.   Gustavo   Gómez  Velásquez).   

         2.2    Y   en   relación   con   la   improcedencia   de   una  descalificación    anticipada    del    testigo   de  auditu o de oídas, ha dicho la Corte:   

         “Si   bien  es  cierto  ‘el   testigo  de  oídas,  lo  único  que  puede  acreditar  es  la  existencia  de  un relato que otra persona le hace sobre unos hechos (…) y que  generalmente  ese  concreto  elemento de convicción no responde al ideal de que  en  el  proceso  se pueda contar con pruebas caracterizadas por su originalidad,  que  son  las  inmediatas’,  tampoco   ‘implica   lo  anterior  que dicho mecanismo de verificación deba ser rechazado; lo que ocurre  es  que  frente  a las especiales características en precedencia señaladas, es  necesario  estudiar  cada  caso  particular,  analizando  de manera razonable su  credibilidad  de  acuerdo  con  las  circunstancias  personales  y  sociales del  deponente,  así  como las de la fuente de su conocimiento, si se ha de tener en  cuenta  que  el  testigo de oídas no fue el que presenció el desarrollo de los  sucesos  y  que por ende no existe un real acercamiento al hecho que se pretende  verificar”  (Sentencia  de segunda instancia, 29 de abril de 1999.  M. P.  Carlos      E.      Mejía     Escobar).   

         No prospera el recurso de casación examinado.   

         Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la  ley,   

RESUELVE:  

         No  casar  la sentencia de fecha, origen y contenido indicados en la  motivación.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL               JORGE  ENRIQUE   CÓRDOBA   POVEDA                

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                                 EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                              CARLOS    E.    MEJÍA  ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN              NILSON  PINILLA PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *