10523a

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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              CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.10   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe  de  Bogotá, D. C., veintiocho de  enero de mil novecientos noventa y nueve.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto por el apoderado de la  parte  civil contra la sentencia de 13 de diciembre de 1994, mediante la cual el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de Santa Fe de Bogotá absolvió al  procesado   BENJAMIN   PEÑALOZA  PULIDO  de  los  cargos  que  le  fueron  imputados  en la resolución de  acusación como autor del delito de homicidio culposo.   

                      Hechos y  actuación procesal.   

                      El 18 de  octubre  de  1991,  siendo aproximadamente las 8:15 minutos de la mañana, sobre  la  carrera  13 entre calles 13 y 14 de Santa Fe de Bogotá, Benjamín Peñaloza  Pulido,  quien  conducía  el  bus de servicio público tipo ejecutivo de placas  SFO-668,  atropelló  a  la  señora  Gloria  Cecilia  Moreno Díaz, causándole  lesiones que minutos más tarde determinaron su muerte.   

                         Oído  Peñaloza  Pulido en indagatoria, explicó que ese día, cuando se desplazaba en  dirección   norte-sur  por  la  carrera  13,  aparecieron  sorpresivamente  dos  señoras,  una  de  las  cuales  pretendió  atravesar  la  vía  de  oriente  a  occidente,  mientras  su acompañante intentaba detenerla, obligándolo a frenar  y  a  girar  simultáneamente  la dirección a la derecha para no atropellarlas,  pero   el   vehículo,   debido   a   la   humedad   de  la  vía,  se  deslizó  transversalmente,  yendo  a  impactar  su parte trasera con una camioneta que se  hallaba  estacionada  en  el  costado  izquierdo, frente al No. 13-42, contra la  cual  resultó  aprisionada  una  de  las  transeúntes.  Con la ayuda de varios  pasajeros  y  algunos  peatones  fue  subida la señora herida a una patrulla de  tránsito  para  ser  trasladada al hospital, donde falleció minutos mas tarde.  Alguien  le  comentó  que la víctima era tía de la persona que la acompañaba  (fls.30, 94-1).   

                      Francisco  Ananías  Rubiano Farfán, propietario de la camioneta, reconoce que el referido  vehículo  se  hallaba estacionado en el costado izquierdo de la vía, frente al  No.13-42  de  la  carrera  13.  Sostiene  no  haberse dado cuenta de lo ocurrido  porque  en  ese  momento se encontraba dentro del almacén de propiedad de Isaac  Iccen,  ubicado  en  la  citada  dirección,  adquiriendo algunos materiales. Al  voltear  a  mirar  vio la camioneta “casi bailando”, y escuchó los gritos de la  gente,  pero  por  recomendación del propietario del almacén permaneció allí  hasta  cuando  llegó  circulación.  Agrega  que  el piso se encontraba húmedo  porque  estaba  lloviendo  (fls.35,  101-1).  En  idéntico sentido declara Luis  Felipe  González  Lozano,  vendedor  del  mencionado  establecimiento  (fls.46,  67-1).   

                   Lilia Moreno  Díaz,  hermana  de  la  víctima,  asegura haberse despedido de ésta frente al  edificio  No.13-24  de la  carrera 13, donde trabaja como secretaria, y que  hallándose  a  la  espera  del  ascensor, escuchó un golpe, y luego vio un bus  ejecutivo  que  se estacionaba en frente. Al salir con el celador del edificio a  indagar  por  lo  sucedido,  advirtió  que  se trataba de un accidente y que su  hermana  había sido la víctima. Afirma que su cuerpo se hallaba al lado de una  camioneta  que  ocupaba el andén del costado oriental, sobre el cual su hermana  venía  desplazándose, y que no es cierto que pretendiera atravesar la calzada,  puesto  que  trabajaba  en un edificio ubicado sobre la misma acera. Atribuye el  accidente  al  exceso de velocidad del vehículo, el mal estado de sus llantas y  la  invasión  del espacio público por parte de la camioneta. En ampliación de  declaración,  llevada a cabo en el mes de agosto de 1992, citó como testigo de  los hechos a Angel Barbosa (fls.82, 103).   

                      También  declararon  Mardoqueo  de Jesús Caro López, celador del edificio donde trabaja  Lilia  Moreno  Díaz,  quien ratifica lo informado por ella (fls.105-1), y Angel  María  Barbosa  Rivera,  quien  asegura  que  cuando  salía  de  atender en un  almacén,  vio  sobre la carrera 13 un bus ejecutivo que se desplazaba a 60 o 70  kilómetros  hora,  en  dirección  hacia  la  calle  13,  el cual, al frenar de  emergencia,   se   deslizó  hacia  un  lado  debido  a  la  humedad  del  piso,  atropellando  contra una camioneta a la transeúnte. No sabe a ciencia cierta si  la  víctima  estaba  acompañada, pero tiene entendido que iba con otra señora  que no alcanzó a ver (fls.117-1).   

                    Del proceso  hacen  también  parte  el  informe  y  croquis  del accidente elaborado por las  autoridades  de  tránsito  (fl.10-1),  el protocolo de necropsia de la víctima  (fl.55-1),  una  pericia  técnica  que  informa  sobre  el  buen  estado de los  órganos  de  control  y  seguridad  del  vehículo de placas SFO-668 (fl.34-1),  fotografías  que  muestran  las  partes  impactadas  del  mismo (fls.60), y una  certificación  de “COALPLAST LTDA”, donde se hace constar que la señora Gloria  Cecilia  Moreno  laboraba  al  servicio  de  esa empresa como administradora del  almacén   ubicado   en   la   carrera  13  No.16-72  de  Santa  Fe  de  Bogotá  (fls.85-1).   

                    Por auto de  25  de  octubre de 1991, el Juzgado Instructor resolvió la situación jurídica  del  procesado  absteniéndose  de proferir medida de aseguramiento en su contra  (fls.39-1).  Posteriormente  la  Fiscalía, al calificar el mérito del sumario,  dispuso  llamarlo a responder en juicio, y afectarlo con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva,  por  el delito de homicidio culposo, (Auto de 30 de  junio  de  1993,  fls.121-1).  Apelada  esta  decisión,  la Unidad de Fiscalía  Delegada  ante el Tribunal Superior, mediante proveído de 7 de febrero de 1994,  la confirmó integralmente (fls.19-3).   

                   Celebrada la  audiencia  pública,  el  Juzgado  Segundo Penal del Circuito de esta ciudad, en  sentencia  de  6  de  octubre  de  1994,  condenó  a Peñaloza Pulido a la pena  principal  de  24  meses  de  prisión,  multa  de  un  mil pesos, y 12 meses de  suspensión  en el ejercicio de la actividad de conducir vehículos automotores,  y  la  accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas por el mismo  término  de  la  pena  aflictiva,  como  autor responsable del delito homicidio  culposo,   conforme   a  los  cargos  imputados  en  la  resolución  acusatoria  (fls.248-1 ss).   

                   Apelado este  fallo  por  los  apoderados  de  quienes  fueron  declarados terceros civilmente  responsables,  el  Tribunal  Superior,  mediante  el  suyo de 13 de diciembre de  1994,  que ahora recurre en casación el apoderado de la parte civil, lo revocó  en  todas  sus partes, para en su lugar absolver al procesado, por existir dudas  sobre  su  responsabilidad  penal  (fls.4-2).               

                           La  demanda.   

                          Con  fundamento  en  la  causal  primera  de casación, cuerpo segundo, el demandante  acusa  el  fallo  impugnado  de  ser  violatorio  de la ley sustancial, debido a  errores  de hecho por falsos juicios de existencia y falsos juicios de identidad  en  la  apreciación  de  las  pruebas, determinantes de la inaplicación de los  artículos  329,  103,  104,  105  y  106  del  Código  Penal, y la aplicación  indebida del 445 del estatuto procesal penal.   

                   Enumera como  pruebas  dejadas  de  apreciar  por el ad quem, el indicio de mentira predicable  del  imputado,  los  testimonios  de Mardoqueo de Jesús Caro López y Francisco  Ananías  Rubiano  Farfán, el informe del accidente suscrito por los agentes de  tránsito,  y la certificación expedida por la empresa “Colplast Ltda”; y, como  defectuosamente  apreciadas, la indagatoria de Benjamín Peñaloza Pulido, y los  testimonios  de  Angel  María  Barbosa Rivera y Lilia Moreno Díaz.                                  

                    Sostiene  que  el  juzgador  soportó su decisión en la existencia de duda en torno a las  circunstancias  modales  en  que  se  produjo  el hecho, ignorando el indicio de  mentira  deducible de la versión del procesado, pues afirma que se movilizaba a  poca  velocidad cuando la verdad es que lo hacía rápido, como lo explica Angel  María  Barbosa  Rivera,  y  se  infiere  de  “la  larga  frenada”,  y la amplia  distancia habida entre el lugar del accidente y el semáforo.   

                  Era de tal  significación  dicha  distancia,  que  el semáforo no aparece registrado en el  croquis  del  accidente,  aparte  de  que  el  propio  procesado reconoce que se  hallaba  a  50 o 100 metros del lugar del insuceso. En relación con esta prueba  documental  (informe),  el  Tribunal incurrió en falso juicio de existencia, al  ignorarla como indicante de que el procesado no decía la verdad.   

                     Miente  también  el  sindicado  al  sostener  que  la  víctima  iba acompañada de una  sobrina,  puesto  que  Lilia  Moreno  Díaz,  quien  no  era  su sobrina sino su  hermana,  se  hallaba  en  el momento del impacto esperando el ascensor, como lo  corrobora Mardoqueo de Jesús Caro López, celador del edificio.   

                       Otro  elemento  constitutivo  de  mentira,  que surge de la versión del procesado, se  finca  en  la  circunstancia  de  haber  introducido  en  la  ampliación  de su  indagatoria  un  nuevo  relato,  al  referir  la  interposición  de  un  tercer  vehículo,  no  mencionado  en  su  primera  versión  ni descrito en el informe  gráfico del accidente.    

                     Ninguna  necesidad  tenía  además  la  víctima  de  cruzar  la calzada, si se tiene en  cuenta  que  trabajaba sobre el mismo costado por donde caminaba, como se deduce  del  testimonio  de su hermana Lilia, y de la constancia expedida por la empresa  “Coalplast  Ltda”,  cuyos contenidos el Tribunal ignoró. De suerte que también  por  este  motivo,  surge  indemne  el  indicio de mentira en su contra. Y si lo  dicho  por  el  procesado  fuera  cierto,  por qué motivo la acompañante nunca  apareció, ni resultó atropellada por el bus?.   

                  Además de  este  error  de  hecho  por  falso juicio de existencia, derivado de la falta de  apreciación  del  indicio  de  mentira  predicable  del  procesado, el juzgador  ignoró  el  testimonio  de  Mardoqueo  de Jesús Caro López, en cuanto pone de  presente  que la hermana de la víctima se hallaba en su compañía esperando el  ascensor,   y  no  junto  a  la  víctima,  como  pretendió  hacerlo  creer  el  acusado.    

                    También  pasó  desapercibido  para  el  Tribunal  el  testimonio  de  Francisco Ananías  Rubiano  Farfán,  quien se refiere a los graves daños que sufrió la camioneta  de  su  propiedad,  los cuales no se hubieran presentado si el transitar del bus  hubiese sido lento.   

                    Respecto  de  la  versión  de Angel María Barbosa Rivera, afirma haber sido recortada en  sus  verdaderos  alcances,  generándose  un  falso  juicio de identidad, pues a  pesar  de  las  dudas  que  su  sinceridad  despierta  para  el  Tribunal, se la  desestima  con  fundamento en elementos inexistentes. En primer lugar, no fue la  única  prueba  en  que  se fundamentó la declaratoria de responsabilidad, y si  bien  es  cierto  este  testigo  fue  traído  al  proceso  por la hermana de la  víctima,  no  puede  perderse de vista que trabajaba en el sector, y estaba por  tanto  en  condiciones de averiguar los nombres de las personas que presenciaron  los  hechos.  También  es  cierto  que  el  testigo no tenía velocímetro para  calcular  la  aceleración del vehículo, pero una persona normal no requiere de  ello  para  determinar  si  un automotor se desplaza o no a alta velocidad. Y si  tardó  en  comparecer  al  proceso, no fue por culpa suya, sino por la lentitud  como aquél se desarrolló.   

                    De igual  manera  fue recortado en sus alcances el testimonio de Lilia Moreno Díaz, al no  dar  por demostrado el juzgador, estándolo, que para el momento del insuceso la  citada  declarante  no acompañaba a la víctima, así como las distancias entre  el lugar del accidente y el semáforo, entre otros aspectos.   

                        Los  anotados  errores  de  hecho  por  falsos  juicios  de  existencia  e identidad,  hicieron  que la sentencia se construyera sobre simples hipótesis, en contra de  la  verdad procesal, y que se diera por sentado, no siendo cierto, que el único  soporte  de  la  declaración de condena lo constituía el testimonio de Barbosa  Rivera, con ostensible ignorancia de las pruebas ya mencionadas.   

                  Apoyado en  estas  argumentaciones  pide  a la Corte casar el fallo impugnado, y en su lugar  confirmar el de primera instancia.   

                    Concepto  del Ministerio Público.   

                     Para el  Procurador  Segundo  Delegado  en  lo  Penal  la  censura  no  está  llamada  a  prosperar,  pues  considera  que  detrás  de  los cuestionamientos por omisión  probatoria  y  tergiversación  en  su apreciación, que la demanda contiene, lo  que  realmente  se  revela  es  una  inconformidad  con  la sentencia de segunda  instancia  en  punto  al  valor probatorio otorgado a la versión del procesado,  cuya  falacidad  es  afirmada  por el demandante, sobre el supuesto de que quien  dice la verdad es el testigo Angel María Barbosa Rivera.   

                   El actor,  en  resumen,  edifica  un  equívoco sofisma, donde la premisa mayor (que da por  sentada  la  responsabilidad  del  procesado),  se  cimienta  en  una secundaria  premisa  que  encuentra  arraigo  y  presume su comprobación en la versión del  testigo  Barbosa  Rivera,  la  cual merece plena credibilidad para el libelista,  mas  no  para  el  fallador, quien estimó sospechosa su tardía presencia en el  proceso, además de advertir en ella serias inconsistencias.   

                    En otras  palabras,  la  disertación  del  actor  parte  del  hecho  de tomar como prueba  demostrativa  del exceso de velocidad del vehículo un testimonio cuya veracidad  fue  cuestionada por el Tribunal, planteamiento que resulta impertinente en esta  sede  si  se  tiene  en  cuenta  que  dentro  de  los  taxativos  senderos de la  impugnación  no  tiene cabida la controversia al valor otorgado a los medios de  prueba, en razón a su libre apreciación racional.    

                   Al margen  de  lo  anotado, las argumentaciones del casacionista tendientes a demostrar que  el  Tribunal omitió considerar testimonios como los de Mardoqueo de Jesús Caro  López  y  Francisco Ananías Rubiano Farfán, resultan del todo inanes, pues si  bien  es  cierto  de  ellos no se hizo examen expreso en la sentencia impugnada,  tal  análisis  advenía  innecesario  de  cara  a la comprobación fáctica que  revelaba el proceso.   

                         La  afirmación  del  primero,  en  el  sentido  de  que  Lilia Moreno Díaz se  encontraba  a  su  lado  en  el  momento  de los hechos, en nada incide sobre la  veracidad  del  dicho  del  procesado, puesto que no posee la potencialidad para  variar   o   modificar   las   circunstancias   espaciales   o  modales  de  los  acontecimientos.  Bien  ha podido ocurrir, como se menciona en la sentencia, que  después  del  accidente  el  procesado  se enterara que Lilia era hermana de la  occisa,  y  deducir  de  allí  que  era  quien la acompañaba, apreciación que  resultaría irrelevante frente a la sucedido.   

                      Igual  ocurre  con  la versión de Rubiano Farfán, toda vez que sus afirmaciones sobre  la  entidad de los daños causados al vehículo de su propiedad no son claras, y  las  fotografías  tomadas al bus ejecutivo no sugieren la gravedad afirmada por  el demandante.   

                     Termina  por  demeritar  el  cargo,  la  invocación  por  el actor de situaciones que no  corresponden  a  la  realidad  procesal, como afirmar la existencia de una larga  frenada  que  la  actuación  no  revela, cuando la verdad es que al momento del  insuceso  la  calzada  se encontraba húmeda, no permitiendo el registro de esta  clase de huellas.   

                    Demanda,  en  consecuencia,  la  desestimación de la censura, pues considera que el manto  presuntivo  de  acierto  y  legalidad  que  ampara  las  decisiones  de  segunda  instancia,  no  puede  ser  descorrido  por  la  simple  anterposición  de  los  personales    criterios    de   valoración   probatoria   propuestos   por   el  demandante.                                                           

                         

                         SE  CONSIDERA:                                                                                                                             

                   Razón le  asiste  al  Procurador  Segundo  Delegado  cuando  sostiene  que  detrás  de la  propuesta  de  ataque  por  errores  de  hecho  derivados  de  falsos juicios de  existencia   e   identidad,  que  la  demanda  contiene,  subyace  realmente  un  cuestionamiento  a  la  valoración  que el Tribunal realizó del mérito de las  pruebas,  específicamente  de las versiones del procesado Peñaloza Pulido y el  testigo   Angel   María   Barbosa  Rivera,  que  deviene  inaceptable  en  sede  extraordinaria,  en razón de la relativa libertad de que gozan los jueces en el  proceso  de  concreción  de  su mérito persuasivo, limitada únicamente por el  respeto a los principios que gobiernan la sana crítica.   

                    Para que  un  reproche  de  esta  naturaleza  pueda  llegar  a tener alguna posibilidad de  éxito  en casación, ha sido dicho por la Corte, resulta necesario que el actor  demuestre,  con  apego irrestricto a la información recogida en el proceso, que  la  valoración  del  órgano judicial transgrede abiertamente los principios de  la  estimación  racional,  por desconocimiento de los postulados de la lógica,  la  experiencia  y  la  ciencia,  situación  que  no  ha sido denunciada por el  casacionista, y que tampoco se   

manifiesta en el caso sub judice.  

                   El ataque  propuesto  por  el  demandante realmente se funda en la afirmación hecha por el  testigo  Angel  María Barbosa Rivera, en el sentido de que el bus se desplazaba  a  alta  velocidad (60 o 70 k/h), y en la consideración según la cual su dicho  amerita  credibilidad,  postura  que  se  traduce  en  una clara discrepancia de  criterios  con  el juzgador de segunda instancia sobre del valor demostrativo de  esta  probanza,  para  quien  la  versión de un tal testigo resulta sospechosa,  entre  otras razones por su tardía incorporación al proceso, y los vacíos que  presenta  respecto  de  las  circunstancias  en  que  llegaron  los  hechos a su  conocimiento,   y  las  que  acompañaron  el  insuceso.  Sobre  el  particular,  precisó:   

                     “… lo  primero  que  debe  tenerse en cuenta es la manera como ese testigo ha llegado a  declarar  dentro del proceso. Sobre este aspecto, se tiene que el señor BARBOSA  RIVERA  fue  llamado  a  rendir  testimonio  porque la testigo LILIA MORENO DIAZ  -hermana  de  la víctima- afirmó que él fue testigo presencial de los hechos.  Empero,  encuentra  la  Sala  que  la  consanguínea  de  la  hoy occisa hizo la  afirmación  nueve  meses después de haber ocurrido los hechos, sin especificar  cómo  fue  que  llegó  a  enterarse de que el señor BARBOSA RIVERA los había  presenciado  y,  sin  que  refiriera  nada  de  estos  seis  meses  antes cuando  manifestó  que  sabía que habían testigos de los hechos, pero que desconocía  sus nombres y dónde se podía localizar.   

                                           (…)   

                   “Además,  considerando  que  el señor BARBOSA RIVERA afirma que en el lugar del insuceso,  a  la  hora  en  que  éste  ocurrió,  hay  bastante  tráfico  de vehículos y  peatones,  tal  circunstancia  hace inverosímil su afirmación en el sentido de  que  el  bus  ejecutivo  conducido  por  el aquí procesado era movilizado a una  velocidad  oscilante entre 60 y 70 kilómetros por hora, pues todo indica que es  imposible  transitar a tal velocidad en una vía que presente considerable flujo  vehicular  y  de  peatones, como la señalada de la carrera 13 entre calles 13 y  14.   

                    “De otra  parte,  por  el  deficiente  interrogatorio  al  que  fue sometido el mencionado  testigo,  no  se  le  interrogó  respecto  de  la contradicción referida en el  acápite  anterior,  ni se estableció, entre otras circunstancias, cuál era su  ubicación  en el lugar de los hechos, ni cuál era el recorrido del bus y de la  hoy  occisa,  ni  qué  incidencia  pudo tener en los hechos la camioneta que se  encontraba  estacionada  en  el  andén, ni la razón por la cual afirmó que el  aquí  procesado  se  vio  precisado  a frenar de emergencia, ni el motivo de su  tardía  presentación  a rendir testimonio, ni se le enteró de lo afirmado por  el  aquí  procesado  sobre  la  probable imprudencia de la obitada; aspectos de  superlativa  relevancia para el real y necesario esclarecimiento de los hechos y  para  establecer  el valor probatorio otorgable a este testimonio singular en el  momento  de  su  valoración  y, establecer la verdadera relación de causalidad  tanto  física  como  subjetiva del hecho probado, con el resultado muerte de la  víctima.   

                  “Por estas  razones,  fuerza  concluir  que  el testimonio rendido por el señor ANGEL MARIA  BARBOSA  RIVERA,  como  prueba  única de cargo existente, no es suficiente para  controvertir  o  desvirtuar  lo  afirmado por el aquí procesado y, mucho menos,  para  conducir  a  la certeza exigida para proferir sentencia condenatoria en su  contra   como   autor   responsable   del   hecho   tratado”   (fls.10,   11   y  12-2).   

                  Como puede  claramente  advertirse,  no es que el juzgador de segundo grado haya ignorado la  referida  prueba  incriminatoria,  o destorsionado su contenido fáctico. Por el  contrario,  la  analizó  y auscultó en su exacta expresión objetiva, solo que  la  desatendió  probatoriamente  por  las  razones allí expresadas, las cuales  resultan  atendibles  dentro  del marco de la sana crítica, debiendo prevalecer  sobre  el  personal  criterio expuesto por el demandante, por virtud de la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad  con  que  está amparada la sentencia de  segunda instancia.   

                  Tampoco es  cierto  que  el  Tribunal  haya  dejado  de  apreciar,  en  todo  o  parte,  los  testimonios   de   Lilia   Moreno  Díaz  y  Mardoqueo  de  Jesús  Caro,  y  la  certificación  expedida  por  la  empresa  donde  trabajaba  la víctima. Estas  probanzas,  en  cuanto  advierten  de  la ausencia de la testigo en el lugar del  accidente,  y  del  sitio  de  trabajo de la víctima, no solo fueron apreciadas  sino  acogidas  por el juzgador, pues no otra cosa puede deducirse del siguiente  aparte  de  la  sentencia,  donde  el  Tribunal da por demostrados tales hechos:   

                     “Aunque  se estableció que la hoy  occisa  en  el momento del insuceso no estaba acompañada por una familiar   porque  instantes  antes de ocurrir los hechos venía acompañada por su hermana  y  ésta  se  despidió de ella y entró al edificio  donde  trabaja  y,  que  la  señora  GLORIA CECILIA  MORENO   DIAZ   no  tenía  necesidad  de  cruzar  la  carrera  13  porque  su lugar de trabajo está ubicado sobre la misma acera por  la  cual  transitaba…”  (negrillas fuera de texto,  fls.12).   

                     Lo que  acontece  es que para el Tribunal estos aspectos no tienen la importancia que el  impugnante  les  asigna,  ni  la  virtualidad  de  rebatir  las afirmaciones del  procesado  sobre  la  forma como ocurrieron los hechos, pues explica, dentro del  marco  de  una  lógica  razonable, que la víctima, debido a la presencia de la  camioneta  sobre  la  acera, pudo haber invadido la zona vehicular, determinando  el  accidente  y  generando en el conductor la creencia de que pretendía cruzar  la   calzada,  siendo  esta  una  hipótesis  que  no  puede  descartarse.    

                    También  es  razonadamente  sostenido en el fallo, que la circunstancia de hallarse Lilia  Moreno  Díaz  en  un lugar distinto al momento del accidente, no necesariamente  indicaba  que  la  víctima  estuviera  sola,  puesto que junto a ella bien pudo  haberse  estado  desplazando  otra persona que trató de prevenirla del peligro,  argumentación  que  resulta  atendible  si  se  toma  en cuenta que es una vía  concurrida,  y  que  la  inmediata  aparición de la testigo en la escena de los  hechos  hizo  pensar que se trataba de su acompañante: “Yo lo único que vi fue  que  ellas  iban a pasar, la señora que iba con la occisa ayudó a auxiliarla y  llevarla  al  hospital,  me dijeron que la que murió  es  la  tía de la persona que iba con ella”, sostuvo  enfáticamente  el  procesado  en  su  indagatoria  (negrillas  fuera  de texto.  fls.32-1).   

                   En cuanto  dice  relación  con  los daños causados a la camioneta de propiedad de Rubiano  Farfán,  como elemento indicante de la velocidad a la cual se desplazaba el bus  ejecutivo,  ha  de  aceptarse  que  fue  un  aspecto  no  analizado  en el fallo  impugnado,  pero  esta  omisión ninguna incidencia podría llegar a tener en la  decisión  adoptada, en primer término porque su magnitud no fue establecida en  el  proceso,  pero  también  porque  las  abolladuras  que  el bus colisionante  presenta,  ilustradas  a  través  de  fotografías  (fls.60), no sugieren, como  pretende    hacerlo    ver    el    demandante,    exceso   de   velocidad   del  vehículo.      

                    Dígase,  finalmente,  que  el  indicio  que  el  censor  pretende  derivar  de  lo que ha  denominado  “larga  frenada”  del  automotor,  carece  en  absoluto  de sustento  probatorio,  pues la actuación procesal no ofrece elemento de juicio alguno que  permita  construir  una  tal  inferencia,  además  de  que el estado de la vía  impedía,  como lo destaca la Delegada en su concepto, el registro de huellas de  esta naturaleza.   

                                           Impertinentes  resultan  así  mismo las referencias que el censor  hace  a  la distancia existente entre el lugar del accidente y el semáforo más  próximo,  en  orden  a  rebatir  las  conclusiones del fallo y demostrar que el  vehículo  se  desplazaba  a  alta  velocidad,  pues  este elemento de juicio no  prueba  de  suyo  este  hecho,  y  el  Tribunal  en  momento alguno aludió a la  proximidad  del  semáforo  como  circunstancia  que  impidiera conducir a altas  velocidades.                   

                                En síntesis, las alegaciones del casacionista  resultan  inidóneas  para remover las conclusiones del fallo impugnado, no solo  por  fundarse en apreciaciones personales sobre la forma como el fallador debió  haber   enfrentado  la  valoración  de  los  medios  de  prueba,  de  imposible  aceptación  en  esta  sede, sino porque sus planteamientos resultan infundados.   

                    El cargo  no prospera.   

                  En mérito  de  lo expuesto, LA CORTES SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Segundo Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                               JORGE  ANIBAL GOMEZ GALLEGO                           

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA             CARLOS   A.  GALVEZ ARGOTE          

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             CARLOS      E.     MEJIA  ESCOBAR                                

DIDIMO            PAEZ  VELANDIA            NILSON  PINILLA  PINILLA   

                         

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                                                                                                                     

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