10509 (08-05-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    TERMINO/ CONCUSION/ ABUSO DE AUTORIDAD/ FUERO  MILITAR   

En  no  pocas ocasiones la Corte ha sostenido  que  las constancias dejadas por los Secretarios en relación con la iniciación  y  vencimiento del traslado de términos legales, cumplen una función puramente  informativa,  de  orientación o guía para los sujetos procesales, no siendo su  contenido  vinculante,  puesto  que  su  cumplimiento  no  puede  depender de la  voluntad  o  capricho  de  quien  deja  la  constancia  sino  que transcurre por  ministerio de la ley.   

Por eso, ha sido reiterativa en el sentido de  que  las  partes,  en  su  condición de destinatarias, deben estar atentas a la  iniciación  y vencimiento de los términos, teniendo por norte no la constancia  suscrita  por  el Secretario, sino el tiempo efectivamente transcurrido a partir  de la ejecutoria del proveído que lo ordena.   

El  delito de concusión se estructura cuando  el  servidor  público,  abusando  de  su cargo o de sus funciones, constriñe o  induce  a alguien a dar o prometer dinero o cualquier otra utilidad indebidos, o  los  solicita  para sí o para un tercero (art.140 Código Penal, modificado por  el artículo 21 de la ley 190 de 1995).   

El motivo de controversia en el caso de autos,  se  presenta  en  torno  a  la  naturaleza  de  la  prestación  exigida  por el  procesado,  la  cual,  a  juicio  del  demandante  y  del  vocero del Ministerio  Público  en  esta sede, sería legítima, por fundarse en un hecho generador de  obligaciones  a  cargo  del individuo constreñido, circunstancia que haría que  su   conducta   se   desplace   al   tipo   penal   que  describe  el  abuso  de  autoridad.   

Históricamente, doctrina y jurisprudencia han  coincidido   en   señalar   que  indebido  es  lo  que  no  se  debe, aquello que carece de título legal, de  causa   legítima.  Este  ha  sido  y  sigue  siendo  el  sentido  del  concepto  mencionado,  y  el  que debe, por tanto, servir de referencia para determinar en  cada   caso   la   legalidad   de   la   exigencia   hecha   por   el   servidor  público.      

Para la Corte ha sido igualmente claro que si  lo  indebido  no es la prestación, como lo plantea el Procurador Delegado, sino  el  procedimiento utilizado por el servidor público para obtenerla, la conducta  no  sería constitutiva del delito de concusión, sino de abuso de autoridad, si  el  agente, de otra parte, se aprovecha de su poder funcional para lograr el fin  propuesto.   

El  delito  de  concusión  previsto  en  el  artículo  140 del Código Penal (198 del Código Penal Militar), puede llegar a  estructurarse  a través de dos formas, por abuso del cargo o de la función. En  relación  con  la  primera,  la Corte ha dicho que se presenta cuando el sujeto  agente,  aprovechándose  de la calidad o investidura que ostenta, ejecuta actos  que  no  le  competen  por  estar  atribuidos  a  otra  autoridad. Y, la segunda  modalidad,  cuando actúa dentro de la órbita de su competencia funcional (Cfr.  Auto   Nov.  14/80,  Mag.  Pte. Dr. Velásquez Gaviria; Cas.feb.10/81, Mag.  Pte.  Dr.  Romero  Soto;  Sent.julio 31/84, Mag. Pte. Dr. Calderón Botero; Cas.  Sep.22/87, Mag. Pte. Dr. Duque Ruiz, entre otras).   

Analizadas  estas  dos hipótesis a efecto de  concretar  las condiciones requeridas para que el fuero militar tenga operancia,  se  tiene  que solo cuando se presenta la segunda, habrá lugar a investigación  y  juzgamiento  privilegiados,  pues, en el primer evento, por no estar el hecho  vinculado con la función, no tendrá cabida la protección foral.   

RAD.  10509            

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                    Aprobado  acta  No.43  abril  29/97   

                                Magistrado Ponente:   

                                    Dr.   FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL   

Santa  Fe de Bogotá, D. C., ocho de mayo de  mil novecientos noventa y siete.   

                      Decide la  Sala  el  recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  21  de  noviembre  de  1994,  mediante la cual el Tribunal Superior del Distrito  Judicial   de   Santa   Fe   de   Bogotá  condenó  al  procesado  MARCO  ANTONIO  TRIANA  SILVA  a la pena  principal  de  dos  años  de  prisión  e interdicción de derechos y funciones  públicas   por   un   año,   al   declararlo   responsable   del   delito   de  concusión.   

Hechos y actuación procesal.-  

                      El 30 de  noviembre  de  1990,  a las 0:45 horas, muy cerca del terminal de transportes de  esta  ciudad, sobre la avenida Boyacá, colisionaron la camioneta de la policía  Nacional  No.04-2949,  conducida  por el agente Marco Antonio Triana Silva, y el  taxi  de  placas  SC2595,  manejado  por  el  señor  Fabio Moreno Moreno, quien  abandonó  el  lugar  de  los  hechos.  Ambos  vehículos  recibieron daños, el  primero en la parte delantera y el segundo en la trasera.   

                      Dos días  después,  en las primeras horas de la noche, frente al CAI del barrio Quirigua,  Fabio  Moreno Moreno fue obligado a descender de su vehículo por varios agentes  de  la  policía  nacional que se movilizaban en una patrulla, entre ellos Marco  Antonio  Triana  Silva,  y  llevado  hasta la Estación de Policía del Bachué,  donde  debió firmar una letra por valor de $200.000.oo, por los daños causados  al vehículo policial.   

                      El 11 de  enero  de  1991,  entre  las  11  y  12  de la noche, Marco Antonio Triana Silva  abordó  nuevamente  a  Fabio Moreno Moreno, esta vez en los alrededores del CAI  de  San Fernando, obligándolo, después de varias horas, a dejar en su poder el  taxi,  hasta  tanto  le cancelara el valor de la letra de cambio, lo cual debía  hacerse  en  las  horas  de  la  tarde  del  día 12, en la Estación Segunda de  Policía.  Para  formalizar el arreglo, se elaboró entre ellos un documento, en  presencia de dos testigos (fls.27).   

                      Esa misma  noche,  según  la  denuncia,  Moreno  Moreno  fue llevado por Triana Silva a la  Estación  Quinta  de  Policía  y después a un recorrido por la ciudad, siendo  maltratado  y  obligado  a colaborar en la tarea de movilización de cadáveres,  hasta   llegar   a   medicina   legal,   en   donde   se   firmó   el  referido  documento.   

                      Ante  el  incumplimiento   de  Fabio  Moreno  Moreno,   Marco  Antonio  Triana  Silva  continuó  en  posesión  del  taxi  hasta  el  día  17  de  enero,  cuando fue  recuperado por las autoridades (fls.13).   

                       Por  lo  anterior,  el  Juzgado  78  de Instrucción Penal Militar abrió investigación,  vinculando  al  proceso  mediante  indagatoria al Agente de la Policía Nacional  Marco  Antonio  Triana  Silva, quien, en términos generales, aceptó los hechos  denunciados,  con  la  aclaración  de  que  en  ningún  momento  presionó  ni  intimidó  a  Fabio  Moreno Moreno, sino que éste, voluntariamente, ofreció la  letra  y  entregó  el  vehículo.  Al  referirse al segundo episodio, precisó:  “volví  y  lo  localicé  en  el  barrio  San Fernando a eso de las 11:30 de la  noche,  lo  cual lo conduje a la SIJIN para pasarlo con un informe de los hechos  antes  ocurridos, estuvimos en la SIJIN allí el señor me clamó o rogó que no  lo  fuera  a perjudicar que no fuera a hacer eso con él, que era que él estaba  muy  pobre  y  que  tenía  una  niña  enferma  y  por  eso no me había podido  responder  por  la  letra,  pero  que  de todas formas él me respondía, que me  dejaba  el  vehículo…en ningún momento obligué a ese señor a que fuera con  nosotros  a levantar muertos sino que él dijo que en cambio que lo dejara en la  SIJIN,  que  como  íbamos  a hacer un arreglo amistoso que él nos acompañaba”  (fls.7, 14 y 20).   

                     Al proceso  fueron  aportados,  en original, la letra de cambio por valor de $200.000.oo, el  documento  suscrito  por  Fabio  Moreno Moreno el 12 de diciembre, y una factura  por  valor  de  $201.000.oo,  de  fecha  noviembre  29 de 1990, correspondiente,  según  el  procesado,  a  los gastos de reparación del vehículo (fls.26, 27 y  54-1).   

                   Luis Eduardo  Garzón  López  y Gabriel Morales Hernández, testigos presenciales del acuerdo  firmado  el  12  de  diciembre, ambos celadores del Instituto de Medicina Legal,  aseguran  que  la  propuesta de arreglo provino de Fabio Moreno Moreno, quien en  tono  implorante  le  pedía  al Agente Triana Silva que por favor no lo fuera a  embalar,  a  perjudicar,  que  si  quería  le  dejaba en garantía el vehículo  (fls.45 y 49).   

                      Mediante  comunicación  de  14  de  marzo  de 1991, el Comandante de la Estación Cien de  Policía  de  Santa  Fe  de  Bogotá  informa  que  durante  los días 30-11-90,  02-12-90  y  11-01-91,  el  Agente  de la Policía Marco Antonio Triana Silva se  desempeñaba  como  conductor  del vehículo furgón de siglas 04-2949, teniendo  por   misión   el   traslado   de   muertos  al  Instituto  de  Medicina  Legal  (fls.75).   

                    Finalmente,  la  investigación  estableció  que  entre  los  días  29  de noviembre y 6 de  diciembre  del  año  de  1990,  el procesado no reportó a la Estación Cien de  Policía daño alguno ocasionado al vehículo en mención (fls.77).   

                    Por auto de  20  de  mayo  de 1991, el Comandante de la Policía Metropolitana Bogotá, en su  condición  de  Juez  de  Primera  Instancia,  ordenó  remitir  el proceso a la  justicia  ordinaria por competencia, tras considerar que los hechos investigados  no  tenían  relación con el servicio policial, ni con las funciones inherentes  al cargo (fls.89).    

                      Mediante  providencia  de  12  de julio siguiente, el Juzgado 105 de Instrucción Criminal  avocó  el  conocimiento  del  asunto  y dispuso el cierre de la investigación.  Esta  decisión  aparece  notificada  personalmente  al  agente  del  Ministerio  Público  el  15  de  julio,  y  por estado el 17, según anotaciones obrantes a  folio  98  vuelto.  A  continuación,  el Secretario dejó constancia de que los  términos  para  alegar  corrían entre el 23 y el 31 de julio, y que el proceso  pasaba a despacho para calificar el 2 de agosto (fls.99 y 105).   

                      El 17 de  septiembre  del  mismo  año,  el  Juzgado  instructor  profirió resolución de  acusación  contra  Marco  Antonio  Triana  Silva por el delito de concusión, y  ordenó  la  reapertura  de  la  investigación  por  el de hurto, referido a la  pérdida  de  $1’000.000.oo.  que,  según el denunciante, se encontraban dentro  del  vehículo.  Esta  providencia  cobró  ejecutoria  el  8  de  marzo de 1993  (fls.106 y 112 vto.).   

                    Rituada la  causa,  el Juzgado 72 Penal del Circuito, mediante sentencia de 30 de septiembre  de  1994,  condenó  al procesado a la pena principal de dos años de prisión y  un  año  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas,  al hallarlo  responsable  del  delito  de  concusión,  conforme  a  los cargos que le fueron  deducidos en la resolución acusatoria (fls.270 y ss).   

                     Apelado  este  fallo  por  la  defensa,  el  Tribunal  superior  de  Santa Fe de Bogotá,  mediante  el  suyo  que ahora es objeto del recurso extraordinario de casación,  lo confirmó en todas sus partes (fls.4 cd. Tribunal).   

La        demanda.-   

                  Dos cargos  principales  con  fundamento  en la causal tercera de casación, por afectación  del  debido  proceso,  y  uno  subsidiario  al amparo de la primera, presenta el  actor contra la sentencia impugnada.   

                     Causal  tercera.-   

                      Cargo  primero:   

                      Haber  sido   recortado   en  un  día,  el  término  de  traslado  previsto  para  la  presentación de los alegatos precalificatorios.   

                  El auto de  cierre  de  la investigación es de fecha julio 12 de 1991. Cumplido el trámite  de  su  notificación,  el  Secretario  del  Juzgado  dejó constancia de que el  término  para alegar empezaba a correr el 23 de julio, a las 8 de la mañana, y  vencía  el  31  de julio, a las 6 de la tarde. Si se cuentan los días hábiles  comprendidos  por  estas  dos  fechas,  se  advierte  que solo se dejaron correr  siete,  y  no  ocho,  como lo ordenaba el artículo 468 del estatuto procesal de  1987,  modificado  por el Decreto 1861 de 1989, norma que para entonces regulaba  la materia.   

                       Este  indebido  acortamiento  del  término  para alegar, constituye una irregularidad  sustancial  que afecta el debido proceso y de contera el derecho de defensa. Por  tanto,  pide  que  se  case la sentencia recurrida y se decrete la nulidad de lo  actuado a partir de ese momento procesal.   

                      Cargo  segundo:   

                    

                    Errónea  calificación  jurídica de la conducta, en cuanto que los hechos denunciados no  serían  constitutivos  del delito de concusión, sino de abuso de autoridad por  acto   arbitrario   o   injusto,   o   ejercicio   arbitrario   de  las  propias  razones.   

                    Después  de  enumerar  los  elementos  estructurales  del  tipo  penal de concusión, que  describe  el  artículo  140  del Código Penal, el casacionista sostiene que el  relativo  a  la  utilidad  indebida  no se cumple en el caso investigado, ya que  Triana  Silva  nunca solicitó al denunciante una ventaja ilícita, sino el pago  de  los  daños causados al vehículo policial. Siendo el cuasidelito, según el  Código  Civil,   fuente  de  obligaciones,  su protegido estaba legitimado  para  exigir  el  reconocimiento  y pago de la obligación, o el otorgamiento de  una garantía.   

                  Pero si se  llegara  a considerar por la Corte que la obligación no había sido definida ni  era  concreta,  habrá cuando menos de aceptarse que existió un hecho generador  de  obligaciones  que  produjo  en su defendido el convencimiento íntimo de que  tenía  derecho  y  podía  exigir  el  pago  de  los  perjuicios ocasionados al  automotor.  Y si creyó que estaba cobrando algo legítimo, no puede hablarse de  una  conducta  típica,  antijurídica  y culpable de concusión. Para él, este  actuar  era  legítimo.                                                 

                    

                   Sostiene,  acudiendo  a citas de jurisprudencia y doctrina, que cuando el funcionario, como  en   el  presente  caso,  pretende  hacer  efectivos  créditos  reales,  no  se  estructura  el  delito  de concusión, sino el de abuso de autoridad, por ser la  prestación  lícita;  pero  como  su  protegido  no  se  encontraba  ejecutando  funciones  inherentes  al cargo, su conducta terminaría adecuándose en el tipo  penal  que  describe  el ejercicio arbitrario de las propias razones (art.183 C.  P.).   

                    Pide que  se  decrete  la nulidad de lo actuado, por indebida calificación, conforme a lo  establecido en el artículo 304.2 del estatuto procesal.   

                     Causal  primera.-   

                      Cargo  único:   

                  Violación  directa  de  la  ley  sustancial, por indebida aplicación del artículo 140 del  Código  penal,  que describe el delito de concusión, y falta de aplicación de  los  artículos  152  o  183  ejusdem,  que  tratan  del abuso de autoridad y el  ejercicio arbitrario de las propias razones, respectivamente.   

                  Nuevamente  se  refiere  el  censor  a los elementos estructurales esenciales de la conducta  concusionaria,  para  sostener  que  la utilidad pretendida por el sujeto agente  debe  ser  indebida, ya que de no serlo, la especie delictiva terminaría siendo  abuso  de  autoridad  o ejercicio arbitrario de las propias razones, según haya  actuado en condición de funcionario o de particular.   

                    Dice que  su  defendido  obró  con  el  convencimiento  de que actuaba en ejercicio de un  derecho  legítimo,  puesto que debió pagar los daños causados al automotor, y  que  en ese entendimiento actuó para exigir la satisfacción de una obligación  que  Fabio  Moreno  Moreno  le  adeudaba,  convencido  de  la  legalidad  de  la  reclamación,  razón  por  la  cual  no  se  puede  afirmar que exista utilidad  indebida.   

                     Ante la  ausencia  de  este  requisito, tendría que desembocarse en un posible delito de  abuso  de  autoridad  por  acto  arbitrario o injusto, pero como su protegido no  obró  “como empleado oficial sino como persona natural”, tendría que aceptarse  que  la conducta investigada se ubica en el tipo penal que describe el ejercicio  arbitrario de las propias razones.   

                    Pide, en  consecuencia,  que  se  case  la  sentencia impugnada, y se profiera la que deba  reemplazarla.   

Concepto      del      Ministerio  Público.-   

                     Causal  tercera:   

                     1)  En  relación  con  el  primer  cargo  presentado  al  amparo  de  esta  causal,  el  Procurador  Tercero Delegado en lo Penal sostiene que si bien es cierto el actor  formalmente  tiene  razón,  la  actuación  procesal  muestra que el recorte de  términos no se presentó.   

                    Dice que  el  auto de cierre de la investigación  quedó ejecutoriado el lunes 22 de  julio  de  1991,  y  que el término para la presentación de alegatos empezó a  correr  el  día  siguiente,  martes 23 de julio. De esta manera, el período de  traslado  estaría compuesto por los días 23, 24, 25, 26, 29, 30, 31 de julio y  1º  de  agosto,  debiendo  el  proceso  pasar a despacho para calificar el 2 de  dicho mes.   

                  La nulidad  alegada  se fundamenta en la constancia dejada por el Secretario el 23 de julio,  de  acuerdo  con  la  cual  el término de traslado empezaba a correr ese día y  expiraba el 31 siguiente, a las seis de la tarde.   

                  Afirma que  si  esta  constancia  hubiera guiado el cómputo del plazo procesal referido, le  asistiría  razón  al  impugnante, porque en tal evento se habría recortado un  día   de   traslado,  pero  lo  que  se  advierte  es  que  se  trató  de  una  equivocación,  porque  el  proceso  pasó  a  despacho el 2 de agosto, es decir  cuando correspondía, según constancia visible a folios 105.   

                    En tales  condiciones,  la  irregularidad denunciada resulta intrascendente, pues el plazo  para  alegar,  siendo  de  naturaleza legal, no depende de lo que diga o haga el  Secretario,  sino  del efectivo transcurso del término. Por tanto, solicita que  este primer cargo sea desestimado.   

                     2)  En  alusión  al  segundo  reproche,  la  Delegada sostiene que el actor presenta al  interior   del  mismo  dos  motivos  diferentes  de  casación,  que  ha  debido  desarrollar  separada  y  subsidiariamente,  pues  de  un  lado  plantea  errada  calificación  jurídica  de  la  infracción,  y  de  otro  un  error  sobre la  existencia de uno de los elementos del tipo.   

                    Advierte  que  como  el  casacionista,  en  el  cargo  presentado  al  amparo de la causal  primera,  aduce  situación  similar  a  la  expuesta  dentro  de  esta censura,  examinará  primero  lo  relativo  a  la  calificación  jurídica del delito, y  después,  al  responder  el  cargo  subsidiario, lo referente al error de tipo.   

                       Tras  aludir  a  los criterios de la doctrina sobre la naturaleza de la prestación en  el   delito   de  concusión,  la  Delegada  sostiene  que  debe  ser  indebida,  entendiéndose  por  tal  una exigencia a la cual el sujeto no tiene derecho por  carecer  de  fuente  legal.  “Lo  indebido  de la prestación no se refiere a la  ilicitud  misma  de la conducta; tampoco a aquellas eventualidades en las cuales  el  servidor  público  abusa  de  su  cargo  o  de  su  función para lograr la  satisfacción  de  obligaciones  surgidas de sus relaciones particulares a cargo  de  un  tercero quien es indebidamente presionado para su satisfacción, pues en  tales  casos,  el  interés que resulta vulnerado no es el de la moralidad de la  administración  pública  ni el del patrimonio estatal (que se lesiona en todos  los  casos de corrupción administrativa que entraña la concusión), sino el de  los  procedimientos  legalmente  establecidos  para que los ciudadanos logren el  cumplimiento   de   las   obligaciones  judicialmente  exigibles”  (fls.16  cud.  Corte).   

                    Explica,  al  efecto,  que  cuando el funcionario de la administración estatal utiliza su  poder  funcional  en  procura  de  obtener  el  pago de obligaciones a su favor,  genera   en   la  ciudadanía  un  sentimiento  de  desconfianza  frente  a  los  procedimientos  legalmente establecidos, sin que trascienda esa afectación a la  pureza de la administración.   

                     Señala  que,  en  el  caso  sub  judice,  “el  procesado  actuó  impelido por una causa  generadora  de  obligaciones  (el  daño  sufrido  por  el vehículo policial) y  respecto  de  la  cual,  si  bien  no  había  sido  judicialmente dilucidada la  responsabilidad  del  particular,  sí  existía  un  hecho  que,  en principio,  generaba   obligaciones   a  cargo  del  individuo  posteriormente  constreñido  quien   había  intervenido  activamente  en la producción del daño a los  bienes que se encontraban al cuidado del incriminado” (fls.17)   

                     Agrega  que,  en  estas  condiciones,  no  se  está  en  presencia  de  una prestación  indebida,  como  lo  prueba el hecho de que el ofendido firmó una autorización  para  que  el agente de la policía movilizara el taxi hasta tanto no se hiciera  efectiva la letra por $200.000.oo.   

                   Entonces,  lo  que  el  juzgador  calificó de utilidad indebida no es tal. “La prestación  exigida  fue el pago de una obligación que surgió de un accidente de tránsito  y  si  bien  el  conflicto  de allí nacido no se sometió a la decisión de los  funcionarios  judiciales  competentes  para  que ellos determinaran los límites  exactos  de  la  responsabilidad  de  cada uno de los intervinientes, ello no le  quita el carácter de obligación surgida del accidente” (fls.17).   

                    Dice que  el  procesado sí utilizó indebidamente su poder funcional, pero su conducta se  adecua  típicamente  al  delito  de  abuso  de  autoridad por acto arbitrario e  injusto,  porque  con  ocasión  de  sus  funciones  cometió acto arbitrario al  hacerse  pagar  unos  daños  cuya  responsabilidad  y  cuantía no habían sido  definidos  judicialmente.                                                                                           

                   Pide, por  tanto,  que  se  decrete  la  nulidad  de  lo actuado a partir de la resolución  acusatoria, por errónea   

calificación de la conducta.  

                     Causal  primera:   

                     Para el  representante  del  Ministerio  Público este cargo debe ser desestimado, porque  si  la  actuación  procesal  se  halla  viciada  de  nulidad  por  error  en la  calificación  jurídica del delito, mal puede alegarse violación directa de la  ley  sustancial por aplicación indebida de la norma que describe la concusión.   

                    Pero, al  margen  de  esta consideración, el ataque tampoco estaría llamado a prosperar,  por  indebido  manejo técnico en su presentación, puesto que debió plantearse  por  la vía indirecta, no por la directa, ya que las sentencias no reconocieron  la  existencia  del error como eximente de culpabilidad alegado. Para el estudio  de   fondo,   resultaba   indispensable   demostrar   que   las  pruebas  fueron  indebidamente  apreciadas por el Tribunal y que, de no haber mediado error en su  estimación,  “se  habría llegado a la conclusión de que el incriminado actuó  bajo  la  convicción  errada e invencible de que estaba amparado por una causal  de justificación de la conducta” (fls.18).   

                                           Pide,  por tales motivos, desechar este cargo.   

SE       CONSIDERA:   

                      Cargo  primero.-   

                                          Restricción  del  término  de  traslado para la presentación de  los alegatos previos a la calificación del mérito del sumario.   

                     En  no  pocas  ocasiones  la  Corte  ha  sostenido  que  las constancias dejadas por los  Secretarios  en  relación  con  la  iniciación  y  vencimiento del traslado de  términos  legales,  cumplen una función puramente informativa, de orientación  o  guía  para los sujetos procesales, no siendo su contenido vinculante, puesto  que  su  cumplimiento  no puede depender de la voluntad o capricho de quien deja  la constancia sino que transcurre por ministerio de la ley.   

                    Por eso,  ha  sido  reiterativa  en  el  sentido  de  que  las partes, en su condición de  destinatarias,  deben  estar  atentas  a  la  iniciación  y  vencimiento de los  términos,  teniendo por norte no la constancia suscrita por el Secretario, sino  el  tiempo  efectivamente  transcurrido  a partir de la ejecutoria del proveído  que lo ordena.   

                     En  el  presente   caso,  el  auto  mediante  el  cual  se  declaró  cerrado  el  ciclo  investigativo   aparece   notificado  personalmente  al  agente  del  Ministerio  Público  el  día  15  de  julio de 1991 (martes), y por estado el 17 siguiente  (jueves),  de  donde se sigue que esta decisión causó ejecutoria el día 22 de  los  citados  mes y año (lunes), y que los ocho (8) días de traslado ordenados  por  el  artículo 468 de la normatividad procesal entonces vigente (Decreto 050  de  1987),  corrieron  a  partir  del  martes 23 de julio hasta el jueves 1º de  agosto.  El  proceso ingresó al despacho para calificación de su mérito, el 2  de agosto (fls.105).   

                         La  constancia  secretarial  que  ha  motivado  el  reclamo del casacionista señala  correctamente  el  23 de julio de 1991 como fecha de iniciación del término de  traslado,  pero  registra  equivocadamente  el 31 de los citados mes y año como  día  de  vencimiento,  con lo cual, formalmente, estaría reduciendo en un día  el tiempo de duración previsto por ley.   

                     En  la  realidad,  sin embargo, esta restricción no se presentó, pues el proceso, como  ya  se  dijo,  entró  al  despacho  para  calificar  el  2 de agosto, según se  desprende   de  la  actuación  procesal  subsiguiente,  particularmente  de  la  constancia  secretarial  vista  a folios 105 del cuaderno principal, debiéndose  concluir,  por tanto, que hasta el día anterior, primero de agosto, permaneció  efectivamente  en  la  Secretaría del Juzgado a disposición de las partes, sin  que la defensa allegara alegato precalificatorio alguno.   

                         En  síntesis,  la  imprecisión  del  Secretario en el señalamiento de la fecha de  expiración  del  término de traslado ninguna incidencia tuvo sobre el cómputo  real   del   mismo,  puesto  que  los  ocho  (8)  días  previstos  por  la  ley  efectivamente  transcurrieron  durante  el  23  (martes),  24  (miércoles),  25  (jueves),  26 (viernes), 29 (lunes), 30 (martes), 31 (miércoles) de julio y 1º  de agosto (jueves) de 1991.        

                     Razón,  por  tanto,  le asiste al Procurador Delegado, al pregonar la inexistencia de la  irregularidad   denunciada   y   la  consiguiente  ausencia  de  fundamento  del  cargo.   

                  La censura  no prospera.   

                      Cargo  segundo:   

                    Errónea  calificación        jurídica        de        la       infracción.-   

                    Dígase,  para  empezar, que el actor, apoyándose en unos mismos argumentos, propone este  reproche  dentro  del marco de dos causales distintas de casación, la primera y  la   tercera,  planteamiento  que  por  razones  de  lógica  sería  ab  initio  inexaminable,  de  no  haber sido presentado en capítulos separados y de manera  subsidiaria, como se hizo.   

                    Advierte  la  Sala,  sin  embargo,  que  al  interior de cada uno de estos dos reparos por  equivocada  calificación  jurídica  de la conducta, cuyos fundamentos, como se  dejó  anotado,  son  literalmente  idénticos,  el  actor  termina  planteando,  paralelamente,  la  existencia de una causal eximente de culpabilidad, por error  sobre  uno de los elementos tipificadores del hecho punible, en cuanto aduce que  su  protegido  habría  actuado con el convencimiento errado que su reclamación  patrimonial no era indebida.   

                       Esta  divergente  alegación  del  casacionista,  torna ininteligible el alcance de la  impugnación,  al  punto  de  no  lograrse  precisar  si lo pretendido por quien  recurre  es  que  se  condene  a  su  cliente  por  un delito de menor severidad  punitiva,  o su absolución por ausencia de culpabilidad, o una síntesis de los  dos,  pues  pareciera  entender  que  el error generador de culpabilidad alegado  desplaza  la  conducta  a  otro tipo penal, agregando de este modo un desacierto  más a su confuso alegato.    

                     En  un  esfuerzo  por  darle  forma  y presentación a la censura, el Procurador Tercero  Delegado,  al  estudiar  la demanda, separa estos dos cargos, ubicando dentro de  la  causal  tercera  el  relativo  a la calificación jurídica de la conducta y  dentro  de  la  primera  el  concerniente  al  motivo  de  inculpabilidad,  para  descartar  este último por errores de técnica en su formulación y ausencia de  fundamentación,  y  avalar  el primero, por considerar con el demandante que la  exigencia  del  procesado  tenía  respaldo  legal,  en cuanto se apoyaba en una  causa generadora de obligaciones.   

                    La Corte  no  puede,  en  virtud  de  las  limitaciones que le impone el recurso, entrar a  mejorar  la  demanda  para contestarse a si misma, como lo hace el representante  del  Ministerio  Público  en  su concepto, porque ésta no es su función, pero  como  se  está  planteando  por  la  Delegada  la  nulidad del proceso por  errónea  calificación  jurídica  de  la conducta, considera conveniente hacer  algunas  precisiones  en relación con este específico aspecto, no sin dejar en  claro  que  la  vía  de ataque apropiada para proponer esta clase de reproches,  cuando  el  error  compromete el nomen iuris, es la causal tercera de casación,  como   acertadamente   lo   entiende   el   Procurador   Delegado,   y   no   la  primera.      

                   El delito  de  concusión se estructura cuando el servidor público, abusando de su cargo o  de  sus  funciones,  constriñe  o  induce  a  alguien a dar o prometer dinero o  cualquier  otra  utilidad  indebidos,  o los solicita para sí o para un tercero  (art.140  Código  Penal,  modificado  por  el  artículo  21  de  la ley 190 de  1995).   

                   El motivo  de  controversia en el caso de autos, se presenta en torno a la naturaleza de la  prestación  exigida  por  el  procesado, la cual, a juicio del demandante y del  vocero  del  Ministerio Público en esta sede, sería legítima, por fundarse en  un   hecho  generador  de  obligaciones  a  cargo  del  individuo  constreñido,  circunstancia  que haría que su conducta se desplace al tipo penal que describe  el abuso de autoridad.   

                                           Históricamente,  doctrina  y  jurisprudencia  han  coincidido  en  señalar  que  indebido es  lo  que  no  se  debe,  aquello que carece de título legal, de causa legítima.  Este  ha  sido y sigue siendo el sentido del concepto mencionado, y el que debe,  por  tanto, servir de referencia para determinar en cada caso la legalidad de la  exigencia hecha por el servidor público.      

                     Para la  Corte  ha sido igualmente claro que si lo indebido no es la prestación, como lo  plantea  el Procurador Delegado, sino el procedimiento utilizado por el servidor  público  para  obtenerla,  la  conducta  no  sería  constitutiva del delito de  concusión,  sino  de  abuso  de  autoridad,  si  el  agente,  de otra parte, se  aprovecha de su poder funcional para lograr el fin propuesto.   

                        Las  conclusiones  de  la  Delegada,  relativas  a  la  legitimidad de la prestación  exigida  por  el  procesado  Marco  Antonio Triana Silva en el caso de autos, se  encuentran contenidas en los siguientes apartes de su concepto:   

                    “… es  claro  que el procesado actuó impelido por una causa generadora de obligaciones  (el  daño  sufrido  por el vehículo policial) y respecto de la cual si bien no  había   sido   judicialmente  dilucidada  la  responsabilidad  del  particular,  sí  existía  un  hecho que, en principio, generaba  obligaciones  a  cargo  del  individuo  posteriormente  constreñido  quien había intervenido activamente en la producción del daño  a los bienes que se encontraban al cuidado del incriminado.   

                       “La  prestación  exigida  se limitó, por otra parte, a esa indemnización del daño  y  por  consiguiente…  no  se trató de una prestación indebida. Prueba  de  ello  es que el ofendido suscribió la ‘autorización’  que  obra  al  folio 27 del cuaderno principal, para que el ‘agente Triana Silva  Marco  Antonio’pudiera  ‘movilizar  el  taxi  Dodge  Alpin con placas No.SC-2595  hasta  tanto  no  seha  (sic) pago una letra por valor de $200.000.oo los cuales  serán  cancelados hala (sic) fecha escrita anteriormente en la 2da Estación de  Policía’.   

                 “Lo que el  juzgador  calificó  de  utilidad  indebida,  entonces no es tal. La prestación  exigida  fue el pago de una obligación que surgió de un accidente de tránsito  y  si  bien  el  conflicto  allí  nacido  no  se sometió a la decisión de los  funcionarios  judiciales  competentes  para  que ellos determinaran los límites  exactos  de  la  responsabilidad de cada uno de los intervinientes, ello  no  le  quita  el  carácter  de  obligación  surgida de un  accidente”  (fls.17  cuaderno de la Corte. Negrillas  fuera de texto).   

                    Al igual  que  el  recurrente,  el Procurador parte de una premisa equivocada, pues supone  la  responsabilidad  del  denunciante en los hechos que sirvieron de pretexto al  procesado  para  la comisión de la conducta delictiva, por la simple ocurrencia  del  insuceso  y  la  posterior  emisión  de  la  letra  de cambio por valor de  $200.000.oo.   

                         La  circunstancia  misma  del  accidente  autorizaba  la  iniciación  de la acción  respectiva  ante  la autoridad competente a fin de definir el conflicto -a falta  de  acuerdo  legítimo-,  mas no convertía las partes involucradas en titulares  de  una  prestación  determinada,  como  lo  sugiere el Procurador. En tanto la  controversia  permaneciera  en  la indefinición, mientras el conflicto no fuese  resuelto   por   el   funcionario  competente,  ninguna  de  las  partes  podía  válidamente  afirmar  que  tenía  título  o causa legítima para exigir de la  otra el pago de unos determinados daños.    

                    De allí  que  no fuera el hoy procesado, sino la autoridad respectiva, la legitimada para  determinar  si  el conductor del taxi tenía responsabilidad en los hechos, y si  debía  o  no  cancelar  la  suma  de dinero que aquél le exigía.                         

                       Otra  equivocación,  no  de  menor trascendencia, consiste en referenciar la letra de  cambio  como  fundamento  legal  de la obligación exigida, sin reparar que este  documento,   al  igual  que  el  de  entrega  del  vehículo,  no  fue  suscrito  voluntariamente  por  el  taxista, sino que nació a la vida jurídica por causa  de las amenazas y presiones ejercidas por Triana Silva.   

                    Además,  si  se  tiene  en  cuenta  que  el  procesado  no  reportó ante la institución  policial  el  referido  accidente,  ni  las  averías  supuestamente causadas al  vehículo,  y  que  el  automotor continuó trabajando normalmente (fls.75 y 77-  1),  se  concluye,  sin  mayores  dificultades,  que  los  daños no tuvieron la  gravedad  que  el  procesado  aduce  (fls.26),  y que, el citado incidente, solo  sirvió   de   pretexto   para   hacer   una  exigencia  dineraria  no     debida,     en     beneficio  propio.   

                   Por estas  razones,  no  pueden  ser  de recibo los argumentos esgrimidos por el Procurador  Delegado   sobre   la   legalidad   de   la   prestación   exigida,  y  la  por  consiguiente       errónea      calificación      de      la     conducta  investigada.   

                     Podría  pensarse  que, por tratarse de un delito de concusión cometido por un agente de  la  policía  en  servicio  activo,  la  competencia  para  su  investigación y  juzgamiento  corresponde  a  la  justicia penal militar, en razón del fuero que  ampara  a  los  miembros  de  la  fuerza  pública,  conforme  lo  establece  la  Constitución Nacional en su artículo 221.   

                  Con el fin  de  hacer  claridad  a este respecto, señalase, en primer término, que para la  aplicación  del  régimen  foral  militar  se  requiere  que  el sujeto agente,  además  de  ostentar la calidad de miembro activo de la fuerza pública, actúe  dentro  del  marco  de su actividad funcional, policial o militar. En el caso de  la  policía  nacional,  dentro  de  las funciones que le son propias, referidas  primordialmente   al   mantenimiento  de  las  condiciones  necesarias  para  el  ejercicio de los derechos y libertades públicas (art.218 ejusdem).   

                   El delito  de  concusión  previsto  en el artículo 140 del Código Penal (198 del Código  Penal  Militar), puede llegar a estructurarse a través de dos formas, por abuso  del  cargo  o de la función. En relación con la primera, la Corte ha dicho que  se   presenta   cuando  el  sujeto  agente,  aprovechándose  de  la  calidad  o  investidura  que  ostenta, ejecuta actos que no le competen por estar atribuidos  a  otra  autoridad.  Y, la segunda modalidad, cuando actúa dentro de la órbita  de  su  competencia  funcional  (Cfr.  Auto   Nov.  14/80,  Mag.  Pte.  Dr.  Velásquez  Gaviria; Cas.feb.10/81, Mag. Pte. Dr. Romero Soto; Sent.julio 31/84,  Mag.  Pte. Dr. Calderón Botero; Cas. Sep.22/87, Mag. Pte. Dr. Duque Ruiz, entre  otras).   

                  Analizadas  estas  dos  hipótesis a efecto de concretar las condiciones requeridas para que  el  fuero  militar  tenga  operancia,  se  tiene  que solo cuando se presenta la  segunda,  habrá lugar a investigación y juzgamiento privilegiados, pues, en el  primer  evento,  por  no  estar  el  hecho vinculado con la función, no tendrá  cabida la protección foral.   

                  En el caso  sub  judice,  el  delito  de concusión imputado al procesado Triana Silva lo es  por  abuso  del  cargo  y  no  de  la  función,  pues  dentro  del  marco de su  competencia  como  agente  de  la policía no se encuentra solucionar conflictos  económicos  surgidos  en  accidentes  de  tránsito,  ni  privar a las personas  involucradas  en  ellos de su libertad, como terminó haciéndolo al procurar la  entrega  del  dinero  exigido, debiéndose concluir, por tanto, que la actividad  concusionaria  la  cumplió no dentro de la órbita de las funciones que le eran  propias,  sino  prevaliéndose  de  su condición de miembro activo de la fuerza  pública,          la          que          en          ningún          momento  ocultó.         

                     Siendo  ello  así, la llamada a conocer de este proceso era la justicia ordinaria, como  en efecto lo hizo.   

                    

                  En mérito  de  lo  expuesto,  LA CORTE SUPREMA, SALA DE CASACION  PENAL,  oído  el  concepto  del  Procurador Tercero  Delegado,  administrando  justicia en nombre de la república y por autoridad de  la ley,   

R   E   S   U   E   L   V  E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Comuníquese    y    devuélvase    al    tribunal    de   origen.  CUMPLASE.   

                                    CARLOS A. GALVEZ  ARGOTE                                      

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA            JORGE ANIBAL  GOMEZ GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJIA   ESCOBAR                            DIDIMO   PAEZ   VELANDIA   

                         

NILSON    PINILLA   PINILLA                              JUAN   MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

Patricia Salazar Cuéllar  

Secretaria       

     

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