10427 (10-04-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    DEMANDA DE CASACION  

Si   se   quiere  argumentar  una  presunta  manifestación  de  duda  del  fallador  como  premisa,  de  cara  también a la  apariencia  de  una  conclusión incongruente de condena, se precisa recurrir al  discurso  completo de la motivación y no a los apartes que, estimados de manera  aislada,  interesada  y caprichosa, se les puede hacer decir lo que le plazca al  intérprete.   

El examen que desemboca en la certeza o en la  duda  resulta  mucho  más  complejo  y  delicado,  pues el proceso de decisión  comienza  con  la acumulación de las unidades de información (investigación),  continúa  con  la  evaluación  que  implica  la asignación de un valor a cada  ítem  informativo;  el  tercer  paso  consiste  en  atribuir  un  peso  a  cada  información  (C.  P.  P.,  art.  254,  inciso  2°); y finalmente se integra la  información  evaluada  y  sopesada  en  un juicio singular de certeza o de mera  probabilidad  sobre  el  hecho  y  la  responsabilidad del acusado (idem,  art.  254, inciso 1°).  Desde  luego  que  este  proceso cuenta con el antecedente lógico de la presunción de  inocencia,  pues  si lo que se persigue es el esclarecimiento de una sospecha, y  por  esa  vía  la paz jurídica, es imperativo considerar en serio, en el curso  de   todo   el   proceso,  la  posibilidad  de  que  el  acusado  sea  realmente  inocente.   

Es  en  virtud de ello que se estima sabia la  fórmula  acuñada en el artículo 247 del Código de Procedimiento Penal, en el  sentido  de  que  “no  se  podrá  dictar  sentencia  condenatoria  sin  que  obren  pruebas  que  conduzcan  a  la  certeza  del  hecho  punible  y  la  responsabilidad  del sindicado…” (se  resalta),  tanto  porque  democrática y justamente dicho precepto reivindica la  certeza  objetiva  (fundada  en  medios de convicción), como porque nos señala  nítidamente  que  no  es  la  prueba  en sí la que constituye la certeza (o la  duda),  sino  que  ella  apenas  se  erige en un medio o vehículo para llegar a  dicha  meta,  pues  tal  es el sentido del verbo “conducir”.  Por ello, con  sobrada  razón,  los expositores del método racional pregonan que “las pruebas  no se cuentan sino que se sopesan”.   

PROCESO                                                              :  10427   

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado   Acta   N°   34   (abril  8  de  1997)   

Santafé de Bogotá, D. C., diez de abril de  mil novecientos noventa y siete.   

VISTOS:  

          Se  decide  el  recurso extraordinario de casación interpuesto por  el  defensor del procesado RAFAEL ALBERTO PUERTA GUTIÉRREZ, en relación con la  sentencia  de  segunda instancia fechada el 29 de junio de 1993, por medio de la  cual  el  Tribunal  Superior  de  Santa  Marta  le impuso al sentenciado la pena  principal  de  dieciocho  (18) años de prisión y la accesoria de interdicción  en  el ejercicio de derechos y funciones públicas, por un período de diez (10)  años,  como  responsable  de  un  concurso  de  hechos  punibles  de  homicidio  consumado   y   tentado   y   porte   ilegal   de   arma  de  fuego  de  defensa  personal.   

HECHOS Y ANTECEDENTES:  

          En  la  madrugada  del  24  de  mayo  de  1992,  algunos lugareños  compartían  copas en el estadero “La Treinta”, situado en la calle 30 entre  carreras  12  y  13,  frente  al  puente  de La Platina, barrio Manzanares de la  ciudad  de  Santa Marta, cuando de pronto pasaron apresurados dos (2) individuos  y  se  escucharon  voces de auxilio que pedían detenerlos porque presuntamente,  en  sitio  cercano,  habían violentado a un ciudadano.  El pedido de ayuda  fue  respondido  por  algunos  de los integrantes del grupo de amigos, quienes a  distinto  ritmo emprendieron la persecución de los huidizos, pero uno de éstos  desenfundó  en  la  carrera  un  arma  de fuego, la disparó e hirió en primer  lugar  a RICARDO ENRIQUE RODRÍGUEZ CASTRO, quien falleció posteriormente en la  Clínica  de  los Seguros Sociales.  Al saber herido a su compañero, EDGAR  ANTONIO  CANTILLO  CANTILLO  se  lanzó  sobre los agresores y también resultó  lesionado.   

          MANUEL  SEGUNDO  PALLARES  OVALLE, otro de los perseguidores, sigue  el  rastro  de  los  ofensores  por  el  barrio El Minuto de Dios, un celador le  señala  la  dirección  que  éstos  llevaban,  penetra  a  las  aguas del río  Manzanares  y  logra  aprehender  a  uno  de ellos, pero éste lanza un grito de  auxilio  a  su  compañero  que  estaba  provisto  del  arma, momento en el cual  también  aquél resulta herido por otro disparo del certero agresor.  Como  quiera  que  la  misma  ruta  habían  tomado  en la persecución ALFREDO MIGUEL  MOLINA  CANTILLO  y  JULIO CÉSAR CAMARGO CANTILLO, éstos le prestaron ayuda al  lesionado  Pallares Ovalle,  el  primero  de  ellos  requirió  el  apoyo  de  una  pareja  de agentes que se  desplazaba   por   el   lugar  en  una  motocicleta,  y  en  poco  tiempo  todos  interceptaron  a  los  dos  atacantes,  identificados  como  los hermanos RAFAEL  ALBERTO  PUERTA  GUTIÉRREZ  y CAMPO ELÍAS BARROS GUTIÉRREZ, uno de los cuales  se  desprendió  de  una  pistola  calibre  7.65 milímetros, distinguida con el  número  C16518,  con  un  proveedor que albergaba cinco (5) cartuchos, arma que  fue    recogida   por   Alfredo   Miguel y entregada a la policía.   

          Retenidos  los  dos presuntos agresores, se determinó inicialmente  que  su carrera obedecía a que habían lesionado con arma de fuego a JOSE FARID  MONTERO  CALDERÓN,  con  el  fin  de despojarlo de la ropa, los zapatos y otras  pertenencias,  según  hechos  ocurridos  sobre  la  misma  calle 30, cerca a la  estación  de  gasolina  “La  milagrosa”,  momentos antes de la espectacular  estampida   y  persecución,  cuando  aquél  acababa  de  salir  de  la  caseta  Wican.   

            La  investigación  fue  avocada  por  el  Juzgado  Diecinueve de  Instrucción  Criminal  radicado  en Santa Marta, por medio de autos del 24 y el  25  de  mayo  de  1992, que ordenaron diligencias de indagación preliminar y de  instrucción  propiamente  dicha,  respectivamente  (fs. 2 y 12).  El 27 de  mayo  se recibió en indagatoria a los imputados Campo  Elías    Barros    Gutiérrez    y    Rafael   Alberto   Puerta   Gutiérrez,  debidamente  asistidos  por  el  mismo defensor profesional de confianza, y, por  medio  de  auto  del 4 de junio siguiente, el juzgado de instrucción les dictó  medida  de  aseguramiento  consistente  en  detención preventiva, sin derecho a  libertad  provisional,  como autores de atentados contra la vida y la integridad  personal  y el Decreto 3664 de 1986, en razón del fallecimiento de Ricardo  Enrique  Rodríguez  Castro, el  lesionamiento  de otras tres personas, y por la incautación de un arma de fuego  de defensa personal sin salvoconducto (fs. 22, 26 y 64 a 69).   

          Acreditada  por  pericia  médico-legal  la  minoría  de  edad del  sindicado  Campo Elías Barros Gutiérrez,  se  dio  traslado  de  su  situación a los jueces promiscuos de  familia de la mencionada capital (fs. 79 y 83).   

          Producido  el  cambio en la estructura normativa del proceso penal,  por  la  vigencia  del  Decreto  2700  de  1991,  asumió  el conocimiento de la  investigación  la  Fiscal  Segunda  Especializada de la Dirección Seccional de  Santa  Marta,  adscrita  al  Grupo de Vida, funcionaria que declaró formalmente  cerrada  la  investigación, por medio de interlocutorio fechado el 27 de agosto  de  1992  (fs.  158),  y  posteriormente  dictó  resolución  acusatoria -18 de  septiembre  de  1992-  en  contra del procesado Puerta  Gutiérrez  por  un  concurso  de  hechos punibles de  homicidio,  tentativa  de  homicidio,  hurto  y porte ilegal de arma de fuego de  defensa personal (fs. 172 a 184).   

          Evacuada  la  audiencia pública (fs. 270 a 278), el Juzgado Cuarto  Penal  del  Circuito  profirió la sentencia condenatoria fechada el 30 de abril  de   1993,   por   medio   de   la   cual  declaró  al  procesado  Puerta  Gutiérrez coautor responsable de  los  delitos  deducidos  en  la  resolución  de  acusación,  le impuso la pena  principal  de  dieciocho  (18) años de prisión y la accesoria de interdicción  en  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas, por igual período; así  como  la obligación de resarcir los daños y perjuicios materiales y morales en  cuantía  de  248  y 106 gramos-oro, respectivamente, discriminados en relación  con cada uno de los perjudicados (fs.  280 a 308).   

          Interpuesto   el   recurso   de  apelación  por  el  defensor  del  procesado,  la  Sala  Penal  del Tribunal de Santa Marta reforma la sentencia de  primer  grado  en  el  sentido  de  condenar  al acusado solo por los delitos de  homicidio,  tentativa  de  homicidio  y porte ilegal de arma de fuego de defensa  personal  y  absolverlo  por  el ilícito de hurto, aunque ninguna variación le  introdujo  al  monto de la pena principal.  La sanción accesoria se redujo  al  límite  legal  de los diez (10) años, y los perjuicios de orden material y  moral   fueron   situados   en  los  equivalentes  a  1.500  y  500  gramos-oro,  respectivamente (fs. 13 a 36, cuaderno de segunda instancia).   

LA DEMANDA DE CASACIÓN:  

          El  defensor  del  procesado  pide  la  infirmación  del  fallo de  segundo  grado  por  ser  violatorio  de  la  ley  sustancial  en dos frentes, a  saber:   por  falta  de  aplicación del in dubio  pro  reo,  artículo 445 del Código de Procedimiento  Penal,  y  también  por indebida aplicación e interpretación del artículo 23  del  Código Penal.  Estos reparos los sustenta el demandante, en su orden,  de la siguiente manera:   

1.   En  el cuerpo de la sentencia, el  tribunal  reconoció  la  existencia  de  duda  sobre  el  autor de los disparos  lesivos,  admite  que  no  se singularizó al accionante del arma, a pesar de lo  cual  el juzgador dejó de aplicar el artículo 445 del Código de Procedimiento  Penal.   Para  demostrar  la aseveración, el actor transcribe la parte del  fallo que estima pertinente.   

          1.1   La duda probatoria opera cada vez que los mecanismos del  Estado  se  muestren  deficientes  para  adquirir  la certeza legal, pues, si en  materia  de  apreciación  de  las pruebas, el legislador ha adoptado un sistema  intermedio  entre  la  libre apreciación y la tarifa legal, señalando pautas y  límites  para  evaluarla,  no  pueden  desestimarse los principios que informan  este  método  racional  y,  consecuentemente,  cada vez que en el proceso penal  surjan  dudas  sobre  la  tipicidad,  la  antijuridicidad  o  la culpabilidad al  momento   de   dictar   sentencia,   habrá  de  aplicarse  sin  vacilación  el  in dubio pro reo.   

          1.2   Trae  a  colación también la presunción de inocencia,  cuya  vigencia  supone  que  corresponde al Estado demostrar que el sindicado es  responsable   del   delito  que  se  le  atribuye,  de  manera  que,  como  dice  Malatesta,   en   cita  jurisprudencial  que  transcribe,  aquélla  “no  es una presunción de bondad  sino  una presunción negativa de acciones y de omisiones criminosas, fundada en  la  experiencia  del  comportamiento humano y en la propia imposibilidad lógica  en  que  se encuentra el inculpado de demostrar una negación indefinida como lo  es la de no haber delinquido”.   

          1.3   Ante la previsible falibilidad de la justicia humana, el  acto  soberano  y  trascendental  de  emitir  sentencia condenatoria ha de estar  anclado  en prueba de irrefutable solidez, prueba que es la que echa de menos el  impugnante  cuando  se  pregunta  cuál  de los dos sindicados disparó el arma,  máxime   si   uno  de  ellos,  Campo  Elías  Barros  Gutiérrez,  afirma  “que  fue  él  quien  en todo  momento portó el arma”.   

          2.   Dice  que de igual manera se ha vulnerado directamente la  ley   por  errónea interpretación e indebida aplicación del artículo 23  del  Código  Penal,  supuesto  que la argumentación del tribunal desconoce los  requisitos  del  dispositivo amplificador de la coparticipación criminal.   No  es  posible  predicar  la  coparticipación  en este caso por las siguientes  razones:   

          2.1   La coparticipación en el delito exige el acuerdo previo  entre  los  intervinientes, elemento fundante que se extraña en el subjudice por el actuar independiente de  los  sindicados,  pues  resulta  inaudito  advertir  la  concertación entre dos  personas que, presas del miedo, huyen de una turba enardecida.   

          2.2   No  basta la presencia física en el escenario delictivo  para  pregonar  el  concurso  de  personas  en  el delito, ya que se requiere el  compromiso  del  conocimiento y de la voluntad y la convergencia de una serie de  actividades   hacia   un   mismo   resultado.   No  es  suficiente  con  la  representación  y la voluntad del evento inmediato, requiérese el conocimiento  y  la volición (así sea condicionada) del hecho principal que ha de ejecutarse  por  los autores o cómplices.  En suma, la conciencia común criminosa, de  un  lado, y los distintos pero convergentes actos físicos de participación, de  otra  parte,  son  los  presupuestos  necesarios  del concurso de personas en el  delito.   

          2.3    En  este  caso,  dice  el  censor,  no  hubo  comunidad  ideológica  ni  física  entre  Rafael y Campo Elías  para  la producción del resultado muerte, razón por  la  cual  el  primero  no es autor ni cómplice del delito de homicidio, lo cual  significa  que  sólo  debe  responder  de  lo  que  hizo, esto es, por el hecho  punible de lesiones personales.   

          Pide  en consecuencia que se invalide el fallo atacado y, en lugar,  que  se  profiera  “el  que  se  ajuste  a  la realidad procesal”, según el  criterio de esta corporación.   

ANÁLISIS DEL PROCURADOR:  

         Aporta  su  opinión  el  señor  Procurador Segundo Delegado en lo  Penal, quien examina los cargos postulados de la siguiente manera:   

         1.   El  demandante  propone  la  desaprobación del fallo por  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  en  el sentido de que el Tribunal  admitió  en  sus  consideraciones  la presencia de la duda, no obstante lo cual  dejó  de  aplicar  el  artículo  445 del Código de Procedimiento Penal y, por  contrario   modo   a   su   aceptación   expositiva,   proveyó  con  sentencia  condenatoria.   A  pesar  de  la  claridad  conceptual del accionante en la  proposición  de  la  duda  en  sede  de  casación,  y  aunque es auténtica la  transcripción  parcial  usada  para hacer ver el presunto reconocimiento de tal  estado  en  la  mente  del  juzgador,  el Ministerio Público observa que, en el  subjudice, es infundado el  enunciado  declarativo.   En efecto, es cierto que la alegación de la duda  como  fenómeno aceptado por el juez en sus premisas, pero desconocido a la hora  de  la  decisión,  debe  hacerse  al amparo de la violación directa.  Sin  embargo,  como  quiera  que  el artículo 247 del Código de Procedimiento Penal  exige  la  certeza del hecho y de la responsabilidad del acusado, el Tribunal no  exterioriza  dudas en el citado texto, todo lo contrario, trata de excluirlas en  un  planteamiento  dialéctico  del  asunto  probatorio.   Porque  la parte  restante  del  fallo  sobre  la evaluación de la prueba, que curiosamente omite  transcribir  el  demandante,  es la dedicación a la construcción de la certeza  como  presupuesto  de  la  condena.   Aunque  en  el socorrido aparte de la  sentencia  se  de  pábulo  a  la  no  singularización del accionante del arma,  sostiene  el  Procurador,  tal  afirmación  la hace el Tribunal “en gracia de  discusión”,   es   decir,   como  un  paso  obligado  en  la  dialéctica  de  consecución   de   la   certeza,  y  no  como  expresión  de  duda  sobre  esa  materia.   

           La prosperidad de la duda como causal de violación directa está  supeditada  a  la  manifestación  inequívoca  de  la  misma en el cuerpo de la  sentencia,  pues  no  queda  bien definido su perfil cuando el mismo fallador la  infirma  en  el  curso  de sus planteamientos lógico-probatorios.  De este  modo,  sabido  que  el  proceso  penal  se  traduce en una relación de posturas  contrarias,  la  sola  presencia  de  elementos contradictorios en el proceso no  significa  que  la  decisión  condenatoria se haya adoptado a pesar de la duda,  pues   ésta   emerge   de   una   relación   probatoria   y   no  de  la  mera  oposición.   

         2.   Cuando  se  plantea  la violación directa de la ley, por  error  en la interpretación e indebida aplicación del artículo 23 del Código  Penal,  el  conflicto  es de índole puramente jurídico-sustancial, pues, si se  escoge  esa específica vía de ataque, no caben las discusiones sobre la prueba  y  los  hechos,  ya  que  se  entiende  que los mismos quedan configurados de la  manera  como lo hizo el juzgador en la sentencia.   Bastaría resaltar  esta   contradicción   en   la  propuesta  del  recurrente,  en  sentir  de  la  Procuraduría,  para  desestimar  el  cargo.   Porque,  si  se examinan las  argumentaciones  del demandante, éstas se centran en la controversia de si hubo  acuerdo    previo,   o   no   lo   hubo,   entre   los   hermanos   Campo  Elías  y  Rafael  Alberto para la  realización  de  los  delitos  por  los  que fueron juzgados, para concluir que  está  plenamente demostrada la ausencia de consejo, mandato, comunicabilidad de  circunstancias   o   convención  previa  entre  ellos,  lo  cual  evidencia  la  inconformidad  tanto  con los hechos como con la valoración probatoria que hizo  el  fallador.  Esta última forma de ataque, por trasuntar de alguna manera  la  reivindicación de un error de hecho, debe ventilarse por la causal primera,  motivo   segundo   -violación   indirecta-,   y   no   por   la   vía  directa  seleccionada.   

          Con  todo,  también señala el Delegado violación al principio de  ‘no  contradicción’  cuando,  en  relación  con  la  misma norma de derecho (art. 23 C. P.), el actor formula  conjuntamente    el    reparo   de   interpretación  errónea   y  aplicación  indebida.   En  efecto,  la  primera  forma  de  violación  revela  que  el  juzgador  aplicó  al  caso  concreto  la norma que  legalmente    correspondía,    pero    le    otorgó   a   ésta   un   sentido  hermenéutico-jurídico  diverso  de su espiritu.  La indebida aplicación,  en  sentido  contrario,  se  refiere  a  un  yerro  en la selección de la norma  aplicable  al  caso,  de  lo  cual se infiere que el juzgador operó un precepto  diferente e inapropiado.   

                          Así  entonces,  reflexiona  en otro aparte el procurador, la postulación simultánea  de    la    interpretación    errónea      y     de     la     aplicación  indebida,   en   relación  con  el  mismo  precepto  sustantivo,    proyecta   una   dialéctica   contradictoria   de   ‘ser’         y        ‘no           ser’   al   mismo   tiempo,  que  genera  incertidumbre sobre el sentido de la censura.    

          Son  estas  las  razones  por  las cuales la Delegada piensa que no  deben   prosperar   los   cargos  intentados  contra  la  sentencia  de  segunda  instancia.   Pero,  además de estos errores de técnica en la formulación  de  la  demanda,  arreciados  por  una  falta  absoluta  de  demostración de la  violación  directa  alegada  (art.  225-3  C.  P.  P.),  el Ministerio Público  concluye  que  resulta  intrascendente  discutir  la preexistencia de un acuerdo  entre   los  dos  hermanos  para  la  comisión  del  hecho  punible,  dado  que  inequívocamente  se  ha  probado  que  Rafael Puerta  Gutiérrez  fue  el autor material de los disparos y,  si  la responsabilidad penal es personal e independiente, vano resulta cualquier  esfuerzo argumentativo en contrario.   

          Propone  además  el  Procurador  que, por razones humanitarias, se  mantenga  la  suspensión  de la detención preventiva del procesado, de acuerdo  con  la  motivación  consignada  en  el auto del 12 de febrero de 1996, obra de  esta Sala.   

         

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

          Se  evacuarán  las  censuras  en  el  mismo  orden propuesto en la  demanda,  con  la  advertencia  previa  del  acierto  mayúsculo  del Procurador  Delegado  en  las  respuestas  que  brinda  a  cada  una  de las inquietudes del  opugnador.  Veamos:   

A.   Primer  cargo.   De  verdad que es loable el esmero y el  esfuerzo   del   demandante   para  acatar  las  reglas  doctrinarias  sobre  el  planteamiento  de la duda en casación, pues, si el fallador llegare a reconocer  la  duda  en  la parte expositiva de la sentencia, pero concluye con imposición  de  condena,  indudablemente  el  cargo  debe  desarrollarse  por  la violación  directa  de  la  ley  sustancial.  Pero si es el demandante el que propende  por  la  aceptación  de la duda, frente al contrario juicio de certeza expuesto  por  el  sentenciador,  debería  acudir a la vía indirecta, pues obviamente le  obligaría  la  demostración  de  los errores de hecho o de derecho en que pudo  haber incurrido el juzgador al momento de estimar la prueba.   

          Sin  embargo,  a  pesar de la corrección teórica del enunciado de  la  demanda,  el  caso de la especie no cabe allí porque, en cumplimiento de la  prescripción   del   artículo   247   del   Código  de  Procedimiento  Penal,  precisamente  lo que hizo el sentenciador fue desplegar una operación mental de  crítica  probatoria  tendiente a eliminar la posibilidad de la duda, con el fin  de  mostrar  la  certeza  exigida  en  aquel  precepto para poder proferir fallo  condenatorio.   

          Con  el  propósito  de  evidenciar  la  duda  que presuntamente se  intercaló   en   las   reflexiones   del   Tribunal,   en   relación   con  la  individualización  del  autor  material de los disparos, el recurrente copia el  siguiente apartado de la sentencia:   

“Admitiendo  en  gracia de discusión que  efectivamente  no  se  singularizó al accionante del arma con las consecuencias  conocidas  debiéndose  exonerar  de toda responsabilidad a los procesados, o al  procesado,  para mejor decir -por cuanto que el otro pasó a la jurisdicción de  familia   por   ser   menor   de   edad   para   los   efectos   penales?.   Absolutamente.   Semejante solución estaría desconociendo el instituto de  la  coparticipación  criminal,  concepto  jurídico  ideado  por  el legislador  precisamente  para  determinar  la  escala  de  pena aplicable a cada uno de los  partícipes,  es  decir:   reglas  para  la  penalización del sujeto autor  cuando  en  la  ejecución delictiva participan un número plural de personas, y  de  contera  evitar  la  impunidad  cuando  no sea posible la determinación del  sujeto autor”.   

Resulta  fiel  la  transcripción  que  el  demandante  hace de una parte de la sentencia, que contiene un argumento lógico  denominado  “en  gracia  de  discusión”, fundado en el hecho hipotético de  que  no  se  hubiera  logrado singularizar al accionante del arma, a pesar de lo  cual  -dice el Tribunal- no se podía desconocer la solución que a esa supuesta  duda  le  brinda  el  instituto  de  la  coparticipación  criminal, que permite  sancionar  a  los  distintos intervinientes en el delito y, de contera, evita la  impunidad  cuando no sea posible la determinación del autor.  Sin embargo,  como  lo  repara el Ministerio Público, el recurrente omite la cita de la mayor  parte  del  texto  del fallo que se dedica de manera racional y dialéctica a la  inferencia de la certeza.  En efecto:   

         De    la   manifestación   hecha   por   el   imputado  Campo  Elías  Barros Gutiérrez, en el  sentido  de que él era quien portaba el arma (fs. 22), sostiene el Tribunal que  especulativamente  podría  deducirse que aquél fue el único autor material de  los  hechos  punibles  en cuestión, como lo hace el impugnante.  Con todo,  no  puede  menospreciarse  que aquél mismo sindicado con énfasis afirma:   “…  En  ningún  momento  he disparado el arma”, expresión que denotaría  por  exclusión  que  el  autor  de  los  disparos  fue  su hermano Rafael  Alberto  Puerta  Gutiérrez; pero  lo  fue  éste,  sobre  todo  y  dentro de la misma línea de argumentación del  Tribunal   (no  de  la  Corte),  en  virtud  de  lo  que  inculca  la  siguiente  evaluación:   

         Edgar  Antonio  Cantillo Cantillo, uno de  los  primeros  en  emprender  la  persecución  de  los  agresores,  al lado del  desdichado      Ricardo     Enrique     Rodríguez  Castro,  advierte que fue herido por acción del arma  disparada  por  el  “más  alto”  de  los  huidizos,  característica que se  constata  a  posteriori en  cabeza    de   Rafael   Alberto   Puerta.   

         Resultó   lesionado,  en  tercer  lugar,  el  señor  Manuel    Segundo    Pallares   Ovalle,  precisamente  durante el trance en que cogía a uno de los detractores cuando se  internó  en  las  aguas  del  río  Manzanares, situación sobre la cual depone  aquél  y  dice  que  el  atrapado  le tronó a su compañero:  “Rafa, me  cogieron”  y “… el otro, o sea Rafa me disparó…”.  “Rafa” es  un  apócope  usado  en  el  lenguaje  familiar  para  referirse a “Rafael”,  circunstancia  que  ilustra  aún  más  la  individualización  inequívoca del  señor      Puerta     Gutiérrez     como  el autor material de las conductas agresivas, pues, entre los  dos posibles realizadores, es el único que llevaba dicho nombre.   

          De  modo  que, como atinadamente lo refiere el Delegado, si se trae  a   colación  la  hipótesis  de  duda  en  el  fallo  impugnado,  solamente   en   gracia  de  discusión,  dentro  del  proceso  dialéctico de exclusión de aquélla y de edificación de  la  certeza,  resulta enteramente equívoco afirmar -como lo hace el impugnante-  que  el  juzgador  no singularizó al accionante del arma.  Desde luego que  el   defecto   radical   de  la  censura  se  debe  a  la  cita  fragmentaria  y  descontextualizada  de  un  aparte  de la sentencia de segundo grado, sin que el  actor  se  haya  cuidado  de la lealtad de poner en juego toda la argumentación  del  Tribunal  que  traduce  la incuestionable identificación del realizador de  los  disparos.  Con más veras si se sabe que, el planteamiento hipotético  de  la  duda  sobre la determinación del personaje que generó los disparos, se  hizo    por    el    Tribunal    “en   gracia   de  discusión”,  o  sea,  para  concederle  realmente  audiencia  a  los  razonamientos  del  recurrente, para consentir o propiciar la  contradicción  que  pragmáticamente  permita  llegar  a  una  conclusión más  convincente   y   segura  sobre  el  tema  propuesto,  no  porque  realmente  la  perplejidad  estuviese  albergada  en  la  mente del juzgador, como con rigor lo  demostró  éste  en  los  acápites que deliberadamente omitió el demandante y  que ya se relievaron.   

          Si  se  quiere  argumentar  una presunta manifestación de duda del  fallador  como  premisa,  de  cara  también  a la apariencia de una conclusión  incongruente  de  condena,  se  precisa  recurrir  al  discurso  completo  de la  motivación  y  no  a los apartes que, estimados de manera aislada, interesada y  caprichosa,    se    les    puede    hacer   decir   lo   que   le   plazca   al  intérprete.   

          Es   cierto   que,   en   principio,  el  cosindicado  Campo       Elías       Barros       Gutiérrez       manifestó  que  él portaba el arma de fuego, pero, de acuerdo con  la  critica  racional,  la duda no surge de la mera observación de contrariedad  entre  las  unidades  de  prueba  radicadas  en  el  proceso,  ni siquiera de la  relación  probatoria que reivindica el Ministerio Público.  El examen que  desemboca  en  la  certeza  o en la duda resulta mucho más complejo y delicado,  pues  el  proceso  de  decisión comienza con la acumulación de las unidades de  información  (investigación),  continúa  con  la  evaluación  que implica la  asignación  de  un  valor  a cada ítem informativo; el tercer paso consiste en  atribuir  un  peso  a  cada  información  (C.  P.  P., art. 254, inciso 2°); y  finalmente  se integra la información evaluada y sopesada en un juicio singular  de  certeza  o  de  mera  probabilidad  sobre  el hecho y la responsabilidad del  acusado  (idem,  art. 254,  inciso  1°).   Desde  luego  que  este  proceso  cuenta con el antecedente  lógico  de  la  presunción  de  inocencia,  pues  si  lo que se persigue es el  esclarecimiento  de una sospecha, y por esa vía la paz jurídica, es imperativo  considerar  en  serio,  en el curso de todo el proceso, la posibilidad de que el  acusado sea realmente inocente.   

          Es  en  virtud  de ello que se estima sabia la fórmula acuñada en  el  artículo 247 del Código de Procedimiento Penal, en el sentido de que “no  se  podrá dictar sentencia condenatoria sin que obren  pruebas  que  conduzcan a la certeza del hecho punible  y   la   responsabilidad   del   sindicado…”   (se  resalta),  tanto  porque  democrática   y  justamente  dicho  precepto  reivindica  la  certeza  objetiva  (fundada  en medios de convicción), como porque nos señala nítidamente que no  es  la  prueba  en  sí  la que constituye la certeza (o la duda), sino que ella  apenas  se  erige  en un medio o vehículo para llegar a dicha meta, pues tal es  el  sentido  del  verbo  “conducir”.  Por ello, con sobrada razón, los  expositores  del método racional pregonan que “las pruebas no se cuentan sino  que se sopesan”.   

          No prospera la censura.   

B.   Segundo  cargo.    La   pretensión  del  demandante  de  capitalizar  la violación directa de ley sustancial, por indebida aplicación o  interpretación  errónea  del  artículo 23 del Código Penal, implicaría para  él  la  aceptación de los hechos y de las pruebas tal como fueron declarados y  evaluados  por  el  juzgador en el fallo, según pacífica interpretación de la  Corte  sobre  el  particular,  ya  que  su  incomodidad  se  refiere  es  a  las  consecuencias  jurídicas  atribuidas a los datos fenomenológicos establecidos,  no  al  proceso  de su reconstrucción; de tal manera que, si aquél se empecina  en  discutir  esa  base fáctica, incurre en un contrasentido lógico que afecta  ostensiblemente  la  técnica  del  recurso,  ya que así no es posible saber el  verdadero  contenido  de la inconformidad, esto es, si el impugnante cree que se  aplicó  incorrectamente el tipo de autoría del artículo 23 del Código Penal,  a  pesar  de que existía una alternativa normativa más benigna para su pupilo,  la  complicidad  por ejemplo (art. 24 idem),  caso  en  el  cual  cabría  el  ataque  por vía de violación  directa;  o  si el demandante piensa es en los yerros de apreciación probatoria  que  hipotéticamente  condujeron  a  esa  indebida adecuación sustantiva de la  conducta  de  su  protegido,  evento  en  el  cual  el camino correcto sería la  violación indirecta.   

Bastaría  constatar  que  el impugnante si  controvierte  la  prueba  y  los  hechos, en los términos de una transcripción  parcial  de  su  demanda,  para ver de comprobar también la incoherencia que se  pone   de   manifiesto.    En  efecto,  después  de  exhibir  sus  propios  razonamientos,    el    casacionista   resume   y   valora   de   la   siguiente  manera:   

“Ante esta argumentación queda plenamente  demostrado  que  entre  ellos  no  hubo  consejo,  mandato  o comunicabilidad de  circunstancias  o  el acuerdo previo entre ellos para producir la muerte del hoy  occisado.   Y  se  demostró  que  huían  dos  (2)  personas  y  que  eran  perseguidos;  tanto  la huida como la persecución fue brutal y desesperada, por  lo    tanto    es    imposible    en    medio   de   la   refriega   hablar   de  coparticipación”.   

          Sin  embargo,  también  es  abierta  la  violación  al  principio  lógico-jurídico    de    no    contradicción,   cuando   el   actor   pregona  simultáneamente,   en   relación   con   la   misma   norma   sustantiva,   la  interpretación  errónea  y  la indebida aplicación.  La primera forma de  ataque  se  refiere  a que el juez distorsiona el sentido de la norma, mas se le  abona  que  sí  habría  acertado en la selección de la misma.  Es decir,  esta  glosa  parte  del  supuesto  lógico  de  que el fallador escogió bien la  disposición  que  se adecuaba al caso, sin embargo se discrepa de él en cuanto  que  a  la misma, por tergiversación de su sentido y alcance, se le ha dado una  cobertura  que  no  soporta  su  estructura normativa.  Ahora bien, como la  segunda  forma  de  censura,  la  indebida aplicación, trasunta directamente un  error  en la escogencia de la norma, en el sentido de que el juzgador aplicó la  que  no  correspondía  al  caso,  la  aporía es obvia:  ¿es pertinente o  impertinente  el  precepto  aplicado, o simplemente se le fijó un significado y  determinación que no le correspondía?.   

          Pero  claro,  en  un  escrito  que  está  saturado  de  doctrina y  teorización,  pero  que no contiene una verdadera confrontación con los hechos  y  con  los  juicios de valor de la sentencia, el impugnante quiere concluir sin  razones   justificatorias   que   el  acusado  no  es  autor  ni  cómplice  del  homicidio.   Aunque  deficitariamente,  el actor parece inclinarse más por  la  controversia  de  la prueba, lo cual conduciría al sendero de la violación  indirecta  de  la ley sustancial, y no a las modalidades directas de infracción  tan  caóticamente  presentadas por aquél.  Lo más desconcertante es que,  a  pesar  de  que los herimientos de todas las víctimas se producen en un mismo  contexto  espacio-temporal  y  modal, el recurrente remata con la pretensión de  que  se  responsabilice  a  su asistido “de lo que hizo, esto es del delito de  lesiones   personales”,   y   no  del  homicidio.   Parece  que,  alejado  inopinadamente   del  problema  objetivo  que  planteaba  sobre  la  imputación  material  de  las  conductas  lesivas, lo que finalmente aspira es a confutar el  propósito  homicida y situar así un mero ánimo de lesionar, perspectiva ésta  que  dilógicamente  reconduciría  las  cosas  a la hipótesis de conculcación  directa  por  falta  o  indebida aplicación de las normas sustanciales sobre el  aspecto subjetivo de la conducta.   

Tampoco  puede  prosperar, en consecuencia,  este segundo cargo.   

          No  obstante  que  se  han puesto de presente suficientes yerros de  metodología  en la demanda, los cuales obstaculizan el acceso decidido a los no  desplazados  juicios  de validez fáctica y normativa dispuestos en la sentencia  de  segundo  grado,  vale la pena recabar que los mismos sindicados reconocen su  presencia  en  el  escenario  de  los  acontecimientos  y la persecución de que  fueron  objeto  por  parte de un grupo de individuos, el día y a la hora en que  todo  se  desenvolvía  conforme con los hechos aquí juzgados, también admiten  la  posesión  ilícita  del arma de fuego, reconocimientos que de alguna manera  comienzan  a cerrar el círculo de responsables para comprenderlos sólo a ellos  dos   y,  finalmente,  después  de  evaluar  los  testimonios  de  Edgar   Antonio   Cantillo   Cantillo  y  Manuel  Segundo  Pallares  Ovalle, del modo racional en que lo hizo el Tribunal,  y  armonizarlos  con  aquella  aceptación  parcial de los procesados, el examen  conduce    necesariamente   a   la   conclusión   de   que   fue   Rafael  Alberto  Puerta  Gutiérrez quien  operó  el  instrumento  letal  y  produjo  las  nocivas consecuencias que se le  atribuyeron en el fallo cuestionado.   

A  pesar  de  los  marcados  defectos  de  petición  y  reparo  que  se  advierten  en  el  escrito  que  abrió esta sede  extraordinaria,  la  Sala  no puede soslayar la afrenta que el fallo cuestionado  le  infiere  por  acción  y  omisión al derecho fundamental de la prohibición   de  reformatio  in  pejus  (art.  31  Const.  Pol.), pues, aunque el fallador absolvió al procesado por el  concurrente  delito  de  hurto  calificado-agravado  y  a  su  manera  hizo  una  redosificación  de  la  pena,  de todos modos concluyó en la misma cantidad de  dieciocho  (18)  años  de  prisión  que  se  había  impuesto  en  la  primera  instancia.    Si   se   produjo  la  detracción  de  uno  de  los  delitos  concurrentes,   y   todos  ellos  cuentan  en  mayor  o  menor  medida  para  el  establecimiento  concreto de la sanción (art. 26 C. P.), lo más lógico es que  el   monto   de  pena  definido  en  el  fallo  de  primer  grado  sufra  alguna  disminución,  pues,  lo  contrario,  sería omitir una inexorable rebaja que se  traduce  en  un  incremento de la sanción de cara al número de hechos punibles  finalmente deducidos.   

Merced a la facultad oficiosa prevista en el  artículo  228  del  Código  de  Procedimiento  Penal, que se le discierne a la  Corte  para proteger celosamente hasta el final las garantías fundamentales, se  casará   parcialmente   la   sentencia   atacada,   con   el   fin  de  ajustar  consecuentemente  la pena impuesta a la realidad de la absolución por el delito  de hurto.    

Así entonces, la primera instancia partió  del  mínimo  de 16 años de prisión, previsto en el artículo 324 original del  Código  Penal,  sin la modificación introducida por la Ley 40 de 1993, no solo  por  ser la norma aplicable para la época de los hechos sino la que corresponde  al  delito  más  grave,  y  también por la ausencia de antecedentes penales en  cabeza  del  procesado,  pero  sin más razonamientos precisos adicionó dos (2)  años  por  los  hechos punibles concurrentes.  A pesar de ello, como no se  advierte  ostensible violación al principio de legalidad de la pena y en virtud  de  la  arraigada  prohibición  constitucional de reforma en peor, la medición  judicial  en  ese sentido es intocable.  De modo que, si el delito de hurto  excluido    estaba    sancionado   dentro   del   parámetro   de   concurrencia  correspondiente   al   incremento   de  dos  (2)  años,  ante  la  ausencia  de  señalamiento  de  cantidades razonables de aumento por cada uno de los injustos  concurrentes,  la  Sala  estima que en proporción equitativa se debe reducir la  pena  en  dos  (2) meses, habida cuenta de que los mínimos legales de sanción,  que  debieron servir de referentes para la operación, serían de ocho (8) años  de  prisión para cada una de las tres tentativas de homicidio, de 2 y ½ años,  en  el  caso del hurto calificado-agravado, y de un año para el porte ilegal de  arma de fuego de defensa personal.   

Se  concluye  entonces  que,  en  lugar  de  dieciocho  (18)  años  de  prisión  impuestos tanto en primera como en segunda  instancia,  el  sentenciado  deberá purgar la pena principal de diecisiete (17)  años   y  diez  (10)  meses,  sentido  en  el  cual  se  modificará  el  fallo  impugnado.   

Como  no existen hechos sobrevinientes para  volver  sobre  la suspensión de la detención preventiva otrora otorgada por la  Sala,  no  amerita  ningún  pronunciamiento  lo  dicho por la Delegada sobre el  particular.   

          En  mérito  de  lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la Ley,   

RESUELVE:  

          Casar   de   oficio  y  parcialmente  la  sentencia  de  fecha,  origen y naturaleza indicadas en la motivación.  En  consecuencia,  modifícase  el  numeral 1° de la parte resolutiva del fallo, en  el  sentido  de  que  se impone al procesado RAFAEL ALBERTO PUERTA GUTIÉRREZ la  pena  principal de diecisiete (17) años y diez (10) meses de prisión, en lugar  de los dieciocho (18) años que allí se habían deducido.   

Desestímense los  cargos propuestos en la demanda en contra del fallo examinado.   

          Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                          RICARDO CALVETE RANGEL   

JORGE    CÓRDOBA    POVEDA                          JORGE ANÍBAL GÓMEZ  GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJÍA   ESCOBAR                            DÍDIMO PÁEZ  VELANDIA   

NILSON    PINILLA    PINILLA                                                 JUAN    MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

   Secretaria.  

     

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