18788(27-10-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 18788  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 083  

Bogotá, D. C., veintisiete (27) de octubre  de dos mil cinco (2005).   

  V   I   S   T   O  S   

Resuelve  la Corte el recurso de apelación  interpuesto  tanto  por  la  procesada, doctora AMPARO  RODRÍGUEZ  ROLDÁN,  ex  Juez  Treinta  y  Uno Penal  Municipal  de  Cali,  como  por su defensor contra la sentencia dictada el 16 de  julio  de   2001 por el Tribunal Superior de la citada ciudad, por medio de  la  cual  la  condenó a las penas principales de 46 meses de prisión, multa de  cincuenta  y  siete  y  medio  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes e  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo término de la  pena  privativa  de  la  libertad,  como  autora  del  delito de prevaricato por  acción que le fuera imputado en la resolución de acusación.   

  H   E   C   H   O  S   

Mediante providencia del 12 de junio de 2000  la   doctora  Amparo  Rodríguez  Roldán,  en  su condición de Juez Treinta y Uno Penal Municipal de Cali,  reconoció   a   favor   de   Fredy  Alonso  Aguiño  Pineda  y  William Herrera  Buitrago,  quienes  se  encontraban  recluidos  en la  Penitenciaría  “Villa  de  las  Palmas”  de  Palmira  (Valle  del  Cauca), la acción constitucional de  habeas   corpus   y,  en  consecuencia,  les  concedió  la  libertad  inmediata,  la cual se concretó al  medio  día  del  13 de junio siguiente, según las boletas distinguidas con los  números   023   y   024   con   destino   al  director  del  mencionado  centro  penitenciario.   

Para esa época los procesados Fredy    Alonso    Aguiño   Pineda   y  William Herrera Buitrago se  hallaban  a  disposición  de  la  Fiscalía  Novena  Especializada de la Unidad  Antinarcóticos  e Interdicción Marítima de Bogotá, toda vez que contra ellos  se  adelantaba  investigación  penal  por  los  delitos  de lavado de activos y  falsedad  documental,  diligenciamiento dentro del cual fueron vinculados y, por  ende,  se  les  resolvió la situación jurídica con medida de aseguramiento de  detención   preventiva   y  sin  derecho  a  la  libertad  provisional,  según  resolución fechada el 13 de octubre de 1999.   

De  otra  parte, por resolución del 1° de  junio  de  2000,  la  mencionada  Fiscalía  negó la  libertad  provisional solicitada por la defensa de los  procesados  Aguiño Pineda y  Herrera  Buitrago, toda vez  que  si bien era cierto que se encontraban vencidos los términos para calificar  el  mérito  del  sumario  (artículo 415 del Decreto 2700 de 1991), también lo  era  que la actuación se había demorado por razón de las maniobras dilatorias  generadas  por  los  defensores,  decisión  contra  la  cual,  el  8  de  junio  siguiente,  se  interpuso el recurso de apelación, es decir, cuatro días antes  del pronunciamiento objeto de este proceso penal.   

En  escrito  que  los  citados  procesados  presentaron  a  las  9:25  de la mañana del 12 de junio de 2000 ante el Juzgado  Treinta  y  Uno  Penal  Municipal  de  Cali, invocaron la aplicación del habeas  corpus  “por encontrase vencidos los términos para  calificar  el mérito del sumario que en nuestra contra se adelante (sic) bajo el radicado N° 40.669-99 que  conoce  el  señor  Fiscal  Noveno  Especializado de la Unidad Antinarcóticos e  interdicción marítima”.   

ACTUACIÓN    PROCESAL   

1.  Con  fundamento  en  la  denuncia  que  presentó  el  doctor  Lucas  Arturo  Pulido  Guarnizo,  Director  Seccional  de  Fiscalías  de Cali, quien allegó varios documentos que sustentaron su queja, y  teniendo   en   cuenta   los  medios  de  convicción  incorporados  durante  la  investigación  previa,  la  Fiscalía Octava Delegada ante el Tribunal Superior  de  la  mencionada  ciudad,  el  19  de  junio de 2000, profirió resolución de  apertura de instrucción.   

Escuchada   en   indagatoria  la  doctora  Amparo  Rodríguez Roldán,  para  ese  entonces  Juez  Treinta y Uno Penal Municipal de Cali, el 22 de junio  siguiente  se  le  resolvió la situación jurídica con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva,  por  el  delito  de  prevaricato  por  acción.  La  detención preventiva fue sustituida por la domiciliaria.   

Incorporados  unos  medios  de  prueba,  la  Fiscalía  Delegada  ante  el Tribunal Superior de Cali, el 31 de agosto de 2000  cerró  la investigación y el 11 de octubre del mismo año calificó el mérito  del  sumario  con  resolución  de  acusación en contra de la procesada, por el  delito  de  prevaricato  por acción que consagraba el artículo 149 del Decreto  100   de  1980,  modificado  por  el  artículo  28  de  la  Ley  190  de  1995,  imputándosele  así mismo las circunstancias genéricas de agravación punitiva  que  preveían  los  numeral 11 y 12 del artículo 66 del Código Penal de 1980,  decisión que cobró ejecutoriada el 8 de noviembre de 2000.    

2.  Las  consideraciones  que  fundaron  la  acusación son las siguientes:   

Luego  de  realizar  una  síntesis  de los  acontecimientos  fácticos  y procesales, la Fiscalía Delegada ante el Tribunal  Superior  de Cali, sostiene que resulta evidente que la providencia por medio de  la  cual se concedió el habeas corpus es totalmente ilegal y atentatoria contra  el  bien  jurídico  de  la  administración pública, toda vez que la sindicada  desconoció  realidades  procesales  claras  y  omitió  aplicar  las normas que  regían  el  específico  asunto,  sin  dejar  pasar  por  alto  que  su  amplia  trayectoria  como funcionaria, sus pronunciamientos anteriores sobre la materia,  donde  había  razonado de manera distinta, y la falta de complejidad del asunto  que  resolvió,  necesariamente descartan cualquier equivocación que permitiera  pensar en la existencia de un error.   

Destaca  el  hecho de que la documentación  que  tuvo  la juez en sus manos le indicaba sin problema alguno la improcedencia  del  amparo,  toda  vez  que  los  procesados  estaban legalmente privados de la  libertad  por  virtud  de resolución expedida por autoridad competente, con las  formalidades  legales  y por motivos previamente definidos en la ley, además de  que   ninguna   prolongación   ilícita   se   vislumbraba   conforme   a   las  consideraciones  que  se plasmaron en la resolución por medio de la cual se les  negó la libertad provisional.   

Dice  que la vía de hecho sobre la cual la  doctora  Rodríguez  Roldán  apoyó  la concesión del amparo constitucional no  tiene  respaldo  real, pues por ningún lado de la actuación se dejaba entrever  ninguna   posibilidad   de   existencia   de   tal  hipótesis.  “por      el     contrario,     esas     pregonadas     ‘vías     de     hecho’  eran  una  ficción,  lo  cual pudo  constar  con la copia de la resolución a través de la cual el fiscal les negó  la  libertad provisional, aportada por los mismos peticionarios. Ahí estaba, la  tuvo     en     sus    manos,    pero    de    nada    le    sirvió”.   

Así  mismo, asevera que a lo anterior debe  sumarse  una serie de comportamientos de la procesada que consolidan la conducta  ilícita,  ya que tramitó y otorgó el habeas corpus sin dar cumplimiento a los  preceptos  contenidos  en  los artículos 433 y 434 del Código de Procedimiento  Penal.   

En  efecto, afirma que ni siquiera intentó  obtener  los informes pertinentes tanto de la Fiscalía como de la Dirección de  la  cárcel  donde  estaban   privados  de  la  libertad los sindicados, ni  practicó   la   diligencia   de   inspección   judicial   al   proceso  penal,  “muy  a  pesar  de  que  su Secretario Pedro Wilson  Álvarez  Barbosa  le  hizo  saber que tal actuación era un imperativo legal y,  por   lo  mismo,  inexcusable,  y  muy  a  pesar,  también,  de  que  la  misma  funcionaria,  mediante  auto  de  sustanciación del 12 de junio de 2000,ordenó  practicar  ‘las  pruebas  que  diere lugar’, lo cual  no  pasó de ser un simple formalismo, porque en ningún momento intentó llevar  a la realidad ese cometido”.   

De igual forma, estima la Fiscalía Delegada  que  aparece  desmentido  aquello  de que intentó a ultranza comunicarse con la  Fiscalía  general  de  la  Nación  y  con  la  Dirección  de la cárcel donde  permanecían  los  peticionarios,  pues  el  mismo Pedro Wilson Álvarez Barbosa  “manifestó  que  desde que la funcionaria recibió  la  solicitud  de  habeas  corpus,  se  dedicó  a resolverla, en su despacho, a  puerta  cerrada,  con  su  empleada  Aura  Manuela  Bravo  Sánchez, asertos que  aparecen  confirmados  por  la Dra. Lucrecia Mireya Cuervo Caicedo, quien estuvo  en  el  Juzgado 31 Penal Municipal el día 12 de junio, tanto en las horas de la  mañana  como  en  las  horas  de  la tarde y no vio a la juez, porque estaba al  interior  de  su  despacho. En otro giro: desde el momento en que la Dra. AMPARO  RODRÍGUEZ  ROLDAN  ingresó a su despacho para resolver el habeas corpus, hasta  cuando  lo  suscribió,  solamente  lo abandonó al termino de las jornadas, sin  que  hubiere  salido  a  hacer  las llamadas que ella y su consecuente afirmaron  intentaron realizar”.   

Luego  de  citar  una  jurisprudencia  y de  transcribir  la  providencia  mediante la cual el Fiscal Noveno Especializado de  Bogotá  negó  la  libertad  de  los  procesados  beneficiados  con  el amparo,  sostiene  que  la Juez 31 Penal Municipal de Cali, sin explicación legal, pasó  por  encima de la realidad probatoria y sustantiva y, de esa manera, se inventó  unas   vías  de  hecho  donde  no  aparecían  “ni  siquiera       sobrevalorando       la      situación      fáctica”.   

Así mismo, indica que con la documentación  que  los propios detenidos adjuntaron a la solicitud, tampoco quiso advertir que  “no  era  competente  para  iniciar,  desarrollar y  deducir  la  acción  pública  de  habeas  corpus,  como  que el proceso estaba  radicado  en  la  ciudad  de  Bogotá,  ellos  privados  de  la  libertad  en la  penitenciaría  de  ‘Villa  de   las   Palmas’  de  Palmira,   lugares   donde    hay     jueces   penales   en   pleno   ejercicio  funcional  y,  sin embargo, con  arresto  y  desafío  del orden jurídico que gobierna la materia, se pronunció  favorablemente,  lo cual coloca de resalto el afán de favorecer a los detenidos  y,  de  contera,  deja  desnudo  el  dolo  deliberado con que actuó”.   

“Y mírese, para  complementar  el cuadro factual que colorea de dolo intenso la acción, cómo la  doctora  AMPARO  RODÍGUEZ  ROLDÁN,  en  ejercicio  del  mismo  cargo, el 24 de  septiembre  de 1997, negó la acción de habeas corpus invocada por el ciudadano  Víctor   Jairo   Rengifo   Latorre,   argumentando,   entre   otras  cosas,  lo  siguiente:   

“‘Ahora   bien,   acogiéndonos   a   lo   planteado   por  la  Corte  Constitucional  en sentencia C301 de agosto dos (2) de mil novecientos noventa y  tres  en donde declaró exequible el artículo 2° de la Ley 15 de 1992, creando  el  inciso segundo del artículo 430 del Código de Procedimiento Penal, tenemos  como  bien  se  dijo  dentro de éstos mismos acápites que las peticiones sobre  libertad  de  quien se encuentra legalmente privado de ella se deben resolver en  el  respectivo proceso y no a través de otros mecanismos judiciales’.   

“Mas aún, el 4  de  enero  de  2000  (cinco meses antes de la providencia emitida a favor de los  detenidos  FREDY  ALONSO  AGUIÑO  PINEDA  y WILLIAM HERRERA BUITRAGO), la misma  juez  declaró  improcedente  análoga  acción,  formulada  por  el Dr. Gustavo  Adolfo    Larrañaga   Pombo,   considerando   que   se   trataba   ‘…  de una  petición  de libertad que debe formularse dentro del proceso y hacer uso de los  recursos  de  ley en caso de que dicha solicitud le fuere negada, pues como bien  lo  establece  el  artículo  430 modificado por la Ley 15 de 92 en su artículo  2°  las  peticiones  sobre libertad de quien se encuentra legalmente privado de  ella,  deberán formularse dentro del respectivo proceso, siendo precisamente el  caso       que      nos      ocupa…’.   

“Pero  insólitamente   esos   claros   conceptos   reiteradamente   materializados  en  decisiones  jurisdiccionales  relacionadas  con  acciones  públicas  de  habeas  corpus,  los  soslayó  en  el  caso  de  FREDY  ALONSO AGUIÑO PINEDA y WILLIAM  HERRERA   BUITRAGO,  haciendo  referencia  a  unas  vías  de  hecho  totalmente  inapreciables”.   

En  esas  condiciones quedó argumentado el  pliego de cargos.   

3. La etapa del juzgamiento la adelantó la  Sala  de  Decisión  Penal  del Tribunal Superior de Cali que, luego de llevar a  cabo  la  audiencia  pública,  dictó  sentencia de primera instancia, el 16 de  julio  de  2001, en la que condenó a la procesada a las penas principales de 46  meses  de prisión, multa de cincuenta y siete y medio salarios mínimos legales  mensuales  vigentes  e  interdicción  de  derechos y funciones públicas por el  mismo  término  de  la  pena  privativa  de  la  libertad,  y a la accesoria de  pérdida  del  empleo  público  que  como  Juez  Treinta  y Uno Penal Municipal  desempeñaba,  como  autora  del  delito  de  prevaricato por acción que le fue  imputado en la resolución de acusación.    

Inconforme  con  la  condena  proferida, la  procesada  y  su  defensor interpusieron recurso de apelación, impugnación que  propicia el conocimiento de esta Colegiatura para su resolución.   

LA     DECISIÓN    DEL   TRIBUNAL   

Luego de precisar que para la época de los  hechos  la  procesada  ostentaba  la  calidad  de  servidora  pública,  pues se  desempeñaba  como  Juez  31  Penal Municipal, de recordar que los jueces están  sometidos  al  imperio de la ley, de señalar algunos conceptos y alcances sobre  la  acción  pública del habeas corpus, para lo cual cita apartes doctrinales y  jurisprudenciales  que  precisan la procedencia y limitación de dicha garantía  constitucional,  sostiene  que en el presente asunto la conducta de la procesada  fue claramente contraria a la ley.   

En efecto, dice el Tribunal que el argumento  de  la  juez  acusada, según el cual, atendió de manera favorable la petición  de  habeas  corpus  por cuanto se presentaba una vía de hecho, no tiene ningún  asidero,  pues  lo  que  demuestra  la  actuación  es que existió un rápido y  diligente  actuar  por  parte  del Fiscal Noveno Especializado que adelantaba la  investigación  en  contra  de  Freddy  Alonso  Aguiño Pineda y William Herrera  Buitrago,  quienes  eran  investigados  por  los  delitos de lavado de activos y  falsedad  documental, toda vez que la solicitud de libertad por ellos elevada el  31  de mayo de 2000 fue resuelta, de manera negativa, el 1° de junio siguiente,  decisión  contra  la  cual se interpuso el recurso de apelación el 8 de junio,  impugnación   que   obtuvo   el   trámite   correspondiente,   “para  luego  aparecer requerimiento de habeas corpus el 12 de junio  de  2000,  o  sea  cuatro  días  posteriores al del recurso instado”.   

Por  ello,  considera incomprensible que se  acuda  al  discurso  de  la  vía  de  hecho cuando es evidente que no existió,  “menos que se fundamente en estados antes ocurridos  y  convalidados  judicialmente  y por las partes, mismas que entendieron que una  vez  vencidos  los  términos  para  calificar  lo que procedía era deprecar la  libertad  ante  el  mismo  funcionario del proceso penal (fiscal especializado),  como  en  efecto lo hicieron, fallo que al ser adverso a sus propósitos optaron  por  rebelarse  contra  él,  procediendo  a  gestionar  lo  corriente, o sea el  recurso  de  apelación,  sin  entenderse  porqué  razón  surtidos  todos  los  mecanismos   propios   del   trámite   ordinario,   se   derive  posteriormente  interponiéndose  habeas  corpus.  Indudable  que  algo  oscuro hay en todo este  proceder  contencioso,  volviéndose  aún  más  sombrío la postura de la juez  Dra.  AMPARO  RODRÍGUEZ”,  quien  pese  a  su  experiencia  acudió  a  resolver  favorablemente  dicha solicitud cuando las condiciones procesales que se habían  surtido  le  impedían  conceder la libertada pedida a través de habeas corpus.   

Sostiene  que  las  condiciones  en  que se  venía  desarrollando  el  proceso  penal  adelantado  contra Herrera Buitrago y  Aguiño  Pineda,  no  daban  lugar para actuar como lo hizo la juez procesada y,  menos,  para  deducir  una vía de hecho que nunca se había presentado, la cual  “sólo   emergió   en   el   pensamiento   de  la  funcionaria”,  proceder  que  resultó abiertamente  ilegal  no  solo  porque  a  través  del  habeas  corpus concedió una libertad  “abiertamente  ilegal”  sino  que  también “para nada le importó arrogarse  funciones  que  constitucional  y  legalmente le correspondían al que estaba al  frente    del    trámite   del   proceso   corriente,   esto   es   el   fiscal  especializado”.   

Así, estima que las explicaciones ofrecidas  tanto  por  la  acusada  como  por  su  defensor,  según  las  cuales,  la juez  interpretó  correctamente  el  artículo 430 del  Código de Procedimiento  Penal  al  advertir  una  supuesta  vía de hecho que excepcionalmente admite la  prosperidad  del  habeas  corpus,  carecen  de  fundamento  alguno, toda vez que  examinado  el  diligenciamiento  surge  evidente  que  no  se  presentó ninguna  arbitrariedad,  capricho,  omisión  o  dilación  en el trámite de la libertad  solicitada  por  vencimiento  de  términos,  máxime  cuando  fue  resuelta  al  siguiente  día  de haberse presentado, decisión contra la cual se interpuso el  recurso    de   apelación,   “circunstancia   que  obviamente  le  impedía inmiscuirse en estadios que le estaban proscritos, pues  lo  que  resolvía  no era control de legalidad ni mucho menos estaba ejerciendo  como  funcionaria  de  segunda  instancia,  sin  embargo  como  si  desempeñara  súplica  funcional superior eligió decidir positivamente argumentando una vía  de hecho” inexistente.   

Afirma  que el comportamiento de la acusada  no  corresponde  a una postura jurídica ni a un criterio razonable, obedeciendo  el  mismo  a  un  una manifestación producto del capricho de la funcionaria por  encima  de  la  ley,  toda vez que la información del expediente le indicaba de  manera   clara   que   no   estaba  facultada  para  definir  favorablemente  lo  solicitado.   

En  esas condiciones, considera el Tribunal  que  el  aspecto  objetivo  del  delito  se encuentra demostrado, situación que  también   se   da   en  cuanto  al  aspecto  subjetivo  del  mismo,  es  decir,  “el  de  consentir una voluntad contraria al querer  de  la  ley,  evidenciándose  discordancia  entre  lo  que la misma funcionaria  sabía  era  su  deber  impuesto  por  la  legislación  y  lo  que últimamente  ejecutó”.   

Dice  que  contrario  a  lo indicado por la  defensa,  el  proceso  contiene  suficientes  elementos de juicio que indican la  “aquiescencia     y     conocimiento”  que  tenía  la  acusada  de  saber  que cometía una conducta  típica,  máxime  cuando su trayectoria como juez, su capacitación en el área  penal  y  sus  calidades  intelectuales  le permitían deducir que obrar como lo  hizo implicaba contrariar la ley de manera manifiesta.   

“El desarrollo  anterior  permite a la judicatura plural cuestionar, ¿qué lógica explicación  tiene  que  para  el 12 de junio de 2000, la funcionaria comprometida no pudiese  comunicar  al instructor especializado sobre el requerimiento del habeas corpus,  pese  a las diversas gestiones que dice realizó con dicho propósito, empero al  día  siguiente  (13  de junio), feneciendo la tarde y cuando se había definido  afirmativamente   el   instituto   solicitado   aparezca   por  vía  fax  ambos  noticiamientos?.  Poco  prístina  es  la mentada situación de la cual sale mal  librada  la funcionaria acusada, brotando más bien que ninguna gestión se hizo  hasta  tanto  se  expidiera  decisión  en  la  forma  como resultó. Igualmente  inquietante  se  presenta la limitación (vía telefónica) que la misma juez se  impuso  de cara a la búsqueda de poner en conocimiento del fiscal especializado  la  acción  propuesta  con  el propósito de adquirir o confirmar información,  como  que  debido  a  la  naturaleza del asunto penal generador de la figura del  amparo,   le  apremiaba  desplazar  una  más  efectiva  actividad  tendiente  a  procurarse  de  mejores  elementos  de  juicio  para proferir determinación con  acierto,  seguridad  y  obviamente dentro de los parámetros legales”.   

También  estima poco razonable que la juez  acusada  hubiese  marginado  del  trámite del habeas corpus al Secretario de su  juzgado,  Pedro Wilson Álvarez, enterándolo sólo cuando se había definido la  libertad  de los accionantes y con el fin de recoger su firma en la providencia,  sin  dejar  pasar  por  alto que Aura Manuela Bravo, oficial mayor del despacho,  fue  quien  irregularmente  recibió  la  petición de habeas corpus sin mostrar  interés  por identificar la persona que entregó el escrito, situación que fue  avalada  por la juez “contrariando de esa manera las  posturas  pretéritas  de  cara a otras acciones que tramitó estando atentos en  identificar      a      quien      presentaba      la      solicitud”.   

Así mismo, le resulta curiosa la presencia  de   una   persona   en  las  afueras  del  juzgado  en  espera  “de  la  boleta de excarcelación, personaje que una vez expedida se  le   ofreció   al  agente  notificador  del  despacho  para  trasladarlo  a  la  penitenciaría  de  Palmira,  toda  vez  que  los  beneficiados  se  encontraban  recluidos  en  ella,  lo  cual así se hizo previa autorización de la servidora  pública  acusada,  circunstancia  llamativa  en  el entendido que muestra en el  citado  individuo  un conocimiento anterior de la resolución, es decir como que  sabía  que se daba la libertad de los accionantes, incidente que fija el propio  notificador”.   

Considera  ajeno  a  lo  normal que la juez  acusada  no  hubiese  informado  a  la  Personera  Delegada en lo Penal, doctora  Lucrecia  Mireya  Cuero  Caicedo,  sobre la solicitud de habeas corpus, no tanto  porque   fuera   obligatorio   enterarla   del   trámite  sino  “que  por  la  calidad de la demanda lo ameritaba para que estuviera  atenta  una  vez  se  surtiera  su  definición, comunicación que no ocurrió a  pesar  de concurrir al juzgado el 12 de junio por dos ocasiones…, solamente se  vino  a  enterar el 13 de junio en la tarde (4 p.m.) por aviso que le hiciera no  la  juez sino el Procurador Delegado, Dr. Marino Rodríguez, valga decir, cuando  todo estaba terminado”.   

En  esas  condiciones,  para el Tribunal es  indiscutible  que  la  acusada  cometió con conciencia el delito de prevaricato  por  acción, pues surge evidente la contradicción entre la conducta y la norma  y  su afectación al bien jurídico tutelado, además de la voluntad que puso al  obrar   apartándose  de  la  exigencia  de  rectitud  en  el  ejercicio  de  la  administración de justicia.   

Con  relación a la dosificación punitiva,  luego  de resaltar la importancia en la labor del administrador de justicia y la  gravedad   que   implica  separarse  de  los  sagrados  principios  que  le  son  encomendados,   concluye  que  conforme  a  los  criterios  contemplados  en  el  artículo  61  del Código Penal derogado, no se puede partir de la pena mínima  establecida  en  el  tipo  penal  de  prevaricato  por  acción, “en  la medida que la funcionaria demostró una irreverencia y falta  de  respeto  al  ordenamiento legal, optando sin escrúpulo y consideración por  marginarse  del deber de rectitud en el desempeño de la función de administrar  justicia”.   

Por   ello,   partió   de   42   meses,  “aumentados   en  4  meses  por  la  circunstancia  genérica  de  agravación  punitiva  11  del  artículo  66  del C.P., esto es,  ‘la posición distinguida  que  el  delincuente  ocupe  en la sociedad por su riqueza, ilustración, poder,  cargo,  oficio  o  ministerio,  atribuida  en  el pliego de cargo…”  (descartando  la  circunstancia  del numeral 12 imputada en la  acusación),  para  un total de pena a imponer de 46 meses de prisión, multa de  57  y  medios  salarios  mínimos  legales mensuales vigentes e interdicción de  derechos   y  funciones  públicas  por  un  tiempo  igual  al  de  la  pena  de  prisión.   

SÍNTESIS  DE   LA  IMPUGNACIÓN   

1.  Inconformes con la determinación,  tanto  la procesada como su defensor interpusieron el recurso de apelación, con  base en los siguientes argumentos:   

1.1.  Escrito  presentado por la acusada.   

Sostiene la memorialista que desde el inicio  de   la   investigación   el   ente  acusador  ha  afirmado  que  abandonó  el  procedimiento  contemplado  en  los artículos 433 y 434 del anterior Código de  Procedimiento  Penal,  argumento  que fue acogido por el Tribunal, así como las  demás  valoraciones  que condujeron a sustentar el fallo de condena contra ella  proferido, aspectos que no comparte.   

Sostiene que en ningún momento la libertad  solicitada  por  los  internos  obedeció  a  que  estos se hallasen ilegalmente  privados  de  la  misma,  pues ello sería desconocer una realidad procesal. Sin  embargo,  estima  que  es distinta la prolongación ilícita de la privación de  la  libertad  por vencimiento de términos para calificar el sumario, pues basta  hacer  una  simple  operación  matemática  para  concluir que, en su criterio,  dichos  términos  estaban  vencidos  cuando  el  Fiscal  9°  Especializado  se  pronunció mediante providencia del 1° de junio de 2000.   

En  otras  palabras,  sostiene  que para el  momento  en  que  avocó  el  conocimiento  del  habeas  corpus, “el  término  para  calificar  el  mérito  de  la  instrucción se  hallaba  vencido en doscientos sesenta días (260), los internos fueron privados  de  su  libertad  el  4 de octubre de 1999, esto es, cuando el señor fiscal del  conocimiento  se  pronuncia  el  día  1°  de  junio  del  2000, el término de  instrucción  se hallaba vencido en 248 días y al 12 de junio, fecha en la cual  esta  funcionaria  avoca  la  petición  de habeas corpus, llevaban 260 días de  detención  física  real,  lo  que  obedeció  a  una realidad que no puede ser  desestimada”,  siendo indiscutible la ocurrencia de  una vía de hecho.   

Sostiene  que  en la providencia del 1° de  junio  de  2000,  la  Fiscalía  9ª  Especializada  afirmó  que las reiteradas  peticiones  de  la  defensa ocasionaron una dilación del proceso para calificar  el  mérito del sumario. No obstante, en su criterio, tales maniobras dilatorias  no las observó por las siguientes razones:    

“A.  La  doctora  María  Luisa  Arango,  en  su calidad de defensora  dentro  del  proceso  seguido  contra  los peticionarios interpone el recurso de  reposición  y  en  subsidio de apelación contra el proveído calendado a marzo  15  de 1999. B. Abril 18 de  2000,  la apoderada de los implicados solicita se revoque y se modifique el acto  que    declara   extemporáneo   el   recurso   de   reposición.   C.  Abril  28  del  2000,  la defensora  interpone  recurso  de reposición contra auto calendado a abril 24 del 2000 por  no  haberse  desatado  el  recurso  de  apelación  interpuesto  contra  el auto  calendado   a   marzo  15  del  2000.  D.  Mayo  12  del  2000,  la  defensa solicita nulidad del proceso a  partir  del  auto  de  fecha  13  de  abril  del  mismo  año  siendo despachada  favorablemente  por  el superior jerárquico mediante providencia de mayo 23 del  2000.  E. Mayo 31 del 2000,  la  defensora  solicita  la  nulidad  del  auto  fechado  a  mayo  17  del 2000.  F.  Junio  8 del 2000, la  doctora  Luisa  Fernanda  Mejía en su calidad de abogada defensora interpone el  recurso   de   apelación   contra   el   auto  proferido  por  la  Fiscalía  9  Especializada”.   

Asevera que sin pretender ejercer funciones  de  segunda  instancia,  dichas  peticiones  no  correspondían  al  concepto de  maniobras  dilatorias  sino,  por el contrario, las mismas le permitieron llegar  al   convencimiento   de  que  la  Fiscalía  instructora  había  incurrido  en  violación  del  debido  proceso  y  del  derecho  de  defensa  y, por lo mismo,  constitutiva  de una vía de hecho, aspecto que de darse, como en efecto se dio,  hace  procedente  el  habeas  corpus  y,  por  tal  razón,  lo  concedió a sus  peticionarios,  pues estaba convencida de que se les había violado sus derechos  fundamentales.   

Después  de  citar la Tutela 436 del 30 de  septiembre  de 1994 de la Corte Constitucional, la cual comenta, reitera que, en  su  opinión,  los  actos  desarrollados  por  la  defensora  de  los procesados  correspondieron  a  una  leal defensa técnica y no a maniobras dilatorias, pues  las  mismas  eran  procedentes  y  propias  de  la  misión  encomendada por sus  prohijados,  además  de  que no “observé dilación  del  proceso  por parte de los detenidos, pues para el día 2 de junio del 2000,  fecha  en  la  cual  la  Fiscalía ordena la práctica de formulación de cargos  igualmente  los  términos  para  calificar  la instrucción ya estaban más que  vencidos,  luego  mi deber como juez constitucional que en ese momento revestía  era    garantizar    el   derecho   fundamental   de   la   libertad”.   

Afirma  que  no  es cierto que el amparo de  habeas  corpus  haya  sido  otorgado sin el cumplimiento de lo consagrado en los  artículos  433  y  434  del  anterior  Código  de  Procedimiento Penal, siendo  distinto  que  su despacho no haya podido obtener comunicación con la Fiscalía  General  de  la Nación, “entidad a la cual tanto la  suscrita  como  la  empleada  Aura  Manuela  Bravo  se  comunicaron  sin obtener  resultados  positivos  como bien lo expliqué en la indagatoria, manifestaciones  estas  que  fueron  confirmadas  a  través de las declaraciones de Aura Manuela  Bravo,  los  doctores  William  Olis,  Juez  33  Penal  Municipal, y José Jairo  Enríquez,  Juez  19  Penal  Municipal”, testimonios  que  no  fueron tenidos en cuenta por los funcionarios de la investigación y de  la causa.   

Dice  que  tampoco  es  cierto que no hayan  intentado   obtener  los  correspondientes  informes,  pues  en  la  indagatoria  explicó  las  razones  de  tal  comportamiento,  no  siendo del caso volverlo a  repetir,   lo   que   la   “llevaron  a  asumir  un  procedimiento  el  cual  a  simple vista pareciere irregular, pero, repito, hice  todo  lo  que humanamente pude hacer a fin de darle cumplimiento a lo normado en  el artículo 433 y 434”.   

No  pone en duda la existencia de la medida  de  aseguramiento  ni  de la providencia que negó la libertad provisional, como  tampoco  que  contra  esta  última  providencia  se  interpuso  el  recurso  de  apelación.  Sin embargo, estima que había que tener en cuenta lo normado en el  inciso  primero  del  artículo  430 del Código de Procedimiento Penal, el cual  tutela  la libertad cuando esta se prolonga ilegalmente, siendo este presupuesto  el  que  se  cumplió  en  dicho  caso  y  por  razón  del  vencimiento  de los  términos.   

Agrega   que  jamás  manifestó  que  la  detención  de  los implicados fuese ilegal o arbitraria, pues era obvio que tal  medida  se  sujetó  a los parámetros legales, circunscribiéndose el problema,  como ya lo dijo, a la prolongación ilegal de la libertad.   

Así  mismo, contrario a lo afirmado por el  Tribunal,  considera que sí era competente para conocer del habeas corpus, pues  el  numeral  1°  del  artículo  431  del Texto Procedimental la facultaba para  resolver  dicha  acción, además de que se trataba de juez municipal y era Cali  el  lugar  “cercano donde se produjo el acto ilegal  (penitenciaría  de  Palmira), máxime si se tiene en cuenta la ubicación de la  misma,  así  lo  entendí  y  lo  entendiendo”, sin  dejar  pasar  por  alto  que no podía negarse a conocer del habeas corpus en la  medida  en  que  la  ley  sancionaba el desconocimiento de la acción, según el  artículo 275,ibidem.    

Añade que dentro de la autonomía judicial  que  tienen  los  servidores  judiciales y de la libertad de interpretación, su  comportamiento  siempre estuvo apoyado en la buena fe, en el ánimo de acertar y  de  no  prevaricar,  presupuestos  que,  en  su opinión, no han sido tenidos en  cuenta,  como  tampoco  se  han  considerado  las  declaraciones de Aura Manuela  Bravo,  oficial mayor del despacho, y de los doctores William Olis y José Jairo  Enriquez,  Jueces  33  y  19  Penales  Municipales,  quienes dan “fe  que  fue  la misma Fiscalía 9ª Especializada la que a través  de  la  Jefe de Antinarcóticos se comunicó con el juzgado el día 13 de junio,  quedando  sin  respaldo  la  afirmación que se hace de que ni siquiera intenté  comunicar  al funcionario instructor y que tan solo el día 13 es que envío los  aludidos   comunicados   vía   fax”,   medios  de  convicción  que,  valorados  conjuntamente  con el resto de la prueba, permiten  concluir  que  “en  ningún momento he faltado a la  verdad  de  cómo avoqué, tramité y decidí la acción de habeas corpus ni del  por qué concedí dicho amparo”.   

Asevera  que  su  comportamiento  jamás se  puede  considerar  como  doloso, pues su deseo siempre estuvo dirigido a acertar  de  buena fe y no a quebrantar la ley, estando convencida de que actuó conforme  a derecho por mandato expreso de la Constitución.   

“Ahora bien vale  la  pena  resaltar  que  existe  dentro  de  mi  proceder razones legales que me  llevaron  a  actuar de la manera como lo hice dejando en claro que a mi criterio  se  justificaba  el  conceder la acción pública del habeas corpus como bien lo  he  explicado  suficientemente  sin  que  por ello se me tilde de prevaricadora,  esto  sería  como  entrar  a afirmar que los honorables magistrados de la corte  cometieron  prevaricato  cuando en el año 93 el artículo 414 A de la ley 81 de  ese  mismo  año,  creó  el  denominado  control de legalidad de las medidas de  aseguramiento.  En  ese  entonces  la  sala  de  casación  penal recordemos que  mediante  providencia  de marzo 3 del 94 por mayoría, inaplicó tal control por  considerarlo  manifiestamente  inconstitucional,  época  para la cual el Doctor  Gómez  Velásquez estimó todo lo contrario y por ello salvó su voto. Mediante  sentencia  de  8 de septiembre de 1994 la sala plena de la corte constitucional,  concluyó  que  la citada norma no era inconstitucional y por ello fue declarada  exequible,  en  contra  vía de lo que pensaron los honorables magistrados de la  sala  de  casación  penal de la honorable corte suprema de justicia…”.   

Luego  de citar otros casos similares a los  anteriores  y  de  reiterar  que  su comportamiento siempre estuvo rodeado de la  buena  fe,  del ánimo de acertar y de no contrariar la ley, solicita a la Corte  que este proceso se le resuelva a su favor.   

1.2.   Escrito  presentado por el defensor.   

En primer término, sostiene que es evidente  la   “incorrección”  jurídica  atribuida  a la providencia fechada el 13 de junio 2000, por medio de  la  cual  la  acusada,  en  su  condición  de  Juez 31 Penal Municipal de Cali,  dispuso  el  amparo  solicitado  por los señores Freddy Alonso Aguiño Pineda y  William  Herrera  Buitrago  y  ordenó  su excarcelación, atribuyéndosele a la  decisión  el  carácter de manifiestamente contraria a la ley, pero sin mostrar  la   “incorrección”  moral de la juez.   

Por ello, asegura que la sentencia impugnada  “invirtió un principio esencial del derecho penal,  reflexionando  en el sentido que el dolo no se presume de la simple realización  del     hecho,     sino     que     es     necesario     demostrarlo”.   

A  su  vez,  luego  de  hacer  unas  citas  jurisprudenciales    sobre    el   concepto   y   alcance   de   “las  llamadas vías de hecho”, sostiene  que  la sentencia impugnada pregona que dicha vía no se dio porque la solicitud  se    despachó   mediante   un   “‘rápido           y           diligente          actuar’”, afirmación que, en su criterio,  genera   un   equívoco  conceptual  que  “viene  a  constituir  razón  suficiente  de  disenso,  pues es evidente la ausencia de un  verdadero  debate  no solo respecto de las razones explícitas en la resolución  interlocutoria  del  13  de  junio  de  2000, sino también de lo esencial en el  planteamiento de la defensa”.   

Después  de transcribir varios apartes del  fallo  objeto de impugnación, con los cuales se quiere mostrar el equívoco del  Tribunal,  sostiene  la  defensa  que  “una lectura  razonada  del  proceso penal adelantado en contra de los amparados nos demuestra  que  no  fue  la  actividad  procesal  adelantada por los interesados lo que dio  lugar  al vencimiento de los términos para la calificación, sin que dicho acto  procesal  se  produjera.  Dicho  de  otra  manera:  ni  las  peticiones sobre la  libertad,  ni  la interposición de un recurso de apelación o la posibilidad de  adelantar  un  control de legalidad sobre la medida de aseguramiento, pueden ser  considerados  como  maniobras  que dilatan el proceso en busca de vencimiento de  términos       para      obtener      libertades      provisionales”.   

Arguye  que  la prueba documental demuestra  que  el  argumento  esgrimido  por  la  Fiscalía  Especializada  para  negar la  libertad  provisional  de  los  amparados,  fue  una  reprochable estratagema de  última  hora  y,  por  ende,  una  vía  de  hecho, pues en el diligenciamiento  existen  pronunciamientos  de los funcionarios de ambas instancias que avalan la  buena   conducta   profesional   de   los  interesados,  exenta  de  propósitos  dilatorios.  Sin  embargo,  dice  que  pese  a  que la fiscalía de conocimiento  reconoció  en  sus providencias la idoneidad, seriedad y buen propósito de las  actuaciones   de   la  defensa,  a  renglón  seguido  se  pronuncia  de  manera  contradictoria,  como  se puede observar en los apartes que transcribe, falta de  identidad conceptual que es destacada por la segunda instancia.   

Igualmente,  estima  que  el  cúmulo de la  actividad  laboral,  expuesta por el instructor, que impedía el trámite normal  del  proceso  que  se adelantaba contra Aguiño Pineda y Herrera Buitrago, no se  le  podía  imputar  a  los  procesados  respecto  del  derecho  de  la libertad  provisional por vencimiento de términos.   

“Pero  además  existen  otras  causas:  el  traslado  inconsulto  y  por  demás innecesario de  expedientes  para  que  sean  atendidos  por  fiscales  de  Bogotá, dejando los  procesados  detenidos  en  sedes  diferentes  a  aquellas  en  que se tramita el  expediente,  lo  que  en  el fondo es una estrategia para lesionar el derecho de  defensa,  también  afecta notablemente el cumplimiento de los plazos razonables  de  instrucción  porque  las  notificaciones  se  extienden  en  el  tiempo. El  libramiento  de despachos comisorios para que estas se surtan por vía de correo  y  no  por  sistemas  modernos  como  el  fax, también es otra causa que atenta  contra  una  calificación  dentro  de  los plazos razonables establecidos en la  ley.  Luego  encontramos  la  continua  reasignación de los expedientes, lo que  menoscaba  no solamente el principio de inmediación respecto de la prueba, sino  que  a  funcionarios recién llegados y con poco conocimiento del expediente les  toca  decidir  sobre  recursos  de  reposición  en  trámite, generando no solo  mayores  tiempos  para  la  tramitación,  sino  también  confusiones  sobre el  verdadero estado de los procesos.   

“Y una última  razón.  ¿Cómo  pretender  no  vulnerar la razonabilidad de los plazos para la  calificación  con  funcionarios  de  poco  acierto  en  sus  providencias,  que  declaran  extemporáneo un recurso de reposición y conceden subsidiariamente el  de  apelación  [abril  13  de  2000],  obligando  a  su segunda instancia en el  trámite  de  este  a declarar oficiosamente la nulidad de la actuación, lo que  de  suyo  conlleva  a una pérdida de tiempo pues nuevamente se deben retrotraer  los  términos  para  decidir  sobre  la reposición oportunamente interpuesta y  sustentada [mayo 26 de 2000]? ”.   

Por   ello,   en   su  criterio,  resulta  inconcebible  que  se  hubiese  negado la libertad provisional de los procesados  argumentándose  una  supuesta  dilación  injustificada del trámite propiciada  por  la  defensa,  lo que, sin discusión, genera la vía de hecho sobre la cual  prosperó el habeas corpus.   

En  esas  condiciones, considera la defensa  que   la   decisión   adoptada   por   la  Juez  31  Penal  Municipal  de  Cali  “corresponde   esencialmente   a  un  criterio  de  interpretación  de  una  categoría  nueva  como  es la denominada ‘vía     de     hecho’  que,  en  el  corto  tiempo  de  su  existencia  puede  presentarse como ambigua, oscura o compleja. Para decirlo con  estricta    sujeción    al    lenguaje    jurisprudencial     ‘difícilmente  inteligibles’  o que den  paso  a  más de una razonable alternativa”. Y si la  interpretación  resultó  equivocada  en  cuanto a sus alcances o contenidos no  por ello puede inferirse dolo en su conducta.   

Por  ello,  solicita  a la Corte revocar la  sentencia  condenatoria  impugnada  y,  en  su lugar absolver a la procesada del  cargo imputado.   

Por  último, en cuanto a la dosimetría de  la  pena,  dice que el Tribunal destacó la calidad de juez de la doctora Amparo  Rodríguez   Roldán   para  ubicarla  como  de  preeminente  posición  social,  argumentando  que  cuando un juez se distancia de la ley quebrantándola, genera  alarma,  desconfianza  y  desconcierto en el medio social, motivo por el cual se  apartó  del  mínimo  de  3  años  de  prisión establecido en el art. 149 del  Decreto  100 de 1980, modificado por la Ley 190 de 1995, y, en su lugar, partió  de 42 meses.   

Sin  embargo,  sobre las mismas condiciones  personales   de   la   funcionaria  judicial,  el  sentenciador  “establece  la razón para la agravante genérica del numeral 11 del  artículo  66  del  Decreto 100 de 1980, motivando que esos 42 meses de prisión  ya  deducidos  deben ser aumentados en CUATRO MESES”  con  motivo  de  la  citada  agravación  genérica,  esto  es,  “la  posición  distinguida  que el delincuente ocupe en la sociedad  por  su  riqueza,  ilustración, poder, cargo, oficio o ministerio, atribuida en  el   pliego  de  cargos”,  situación  que,  en  su  criterio,  se  constituye  en una doble agravación punitiva por la misma causa,  lo   cual   está   proscrita  en  un  derecho  penal  democrático.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  De conformidad con el numeral 3°  del  artículo 75 del Código de Procedimiento Penal, la Sala de Casación Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia   es  competente  para   conocer    del    presente   asunto,   toda   vez   que      se      trata     del     recurso     de   apelación   interpuesto   contra  la  sentencia dictada, en  primera  instancia,  por  el  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Cali,  dentro  del  proceso  que se adelanta contra la ex Juez 31 Penal Municipal de la  mencionada    ciudad,   por   hechos   relacionados   con   el   ejercicio   del  cargo.   

2.    La Fiscalía Delegada ante  el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Cali, mediante resolución del 11  de  octubre  de  2000,  acusó  a  la  doctora Amparo  Rodríguez  Roldán,  ex  Juez 31 Penal Municipal de  dicha  ciudad,  por  el  delito  de  prevaricato  por  acción,  previsto  en el  artículo  149 del Decreto 100 de 1980, modificado por el artículo 28 de la Ley  190  de  1995,  vigente para la época de los hechos y aplicable a este caso por  razón  del  principio  de  favorabilidad,  toda  vez  que  establece penas más  benignas que el actual artículo 413 de la Ley 599 de 2000.   

La descripción de la conducta que reprime  el  actual  Código  Penal  coincide  en  lo  sustancial  con la que preveía el  artículo  149  del anterior Código Penal con la modificación que le introdujo  el  artículo  28  de  la  Ley  190  de  1995, respecto de la cual el legislador  aumenta  el  máximo  de  la multa y limita a cinco años la inhabilitación del  ejercicio de derechos y funciones públicas.   

Así,  entonces,  incurre  en  delito  de  prevaricato  por  acción “El servidor público que  profiera  resolución,  dictamen  o  concepto  manifiestamente  contrario  a  la  ley”.   

Como   en  reiteradas  ocasiones  lo  ha  señalado  la  Corte,  este  delito,  de  acuerdo  con  su definición legal, se  estructura   cuando   el  servidor  público,  en  ejercicio  de  las  funciones  oficialmente    discernidas,   profiere   resolución,   dictamen   o   concepto  manifiestamente  contrarios  a  la  norma  jurídica aplicable al caso, haciendo  prevalecer  su  capricho  a la voluntad de la ley y afectando, de esa manera, la  integridad  del  ordenamiento  jurídico  y,  por ende, la de la administración  pública a cuyo nombre actúa.   

“La  realización   de  la  conducta,  y  por  supuesto  su  trascendencia  social  y  jurídica,   encuentra   comprobación,   como   viene   en  juzgarlo  la  Sala,  ‘por  medio del examen  entre  el  mandato  legal contenido en las disposiciones aplicables al caso y la  decisión  del funcionario, y, de igual manera, a través de la acreditación de  si  éste,  de  acuerdo con la información disponible al momento de resolver el  asunto,  contaba  con  la posibilidad real de haber podido ajustarse al precepto  normativo  por  cuya  transgresión  se  le  sindica,  y,  por  tanto, si tenía  conocimiento  del  carácter  delictivo  del  comportamiento y, a pesar de ello,  voluntariamente   optó   por   realizar   la   conducta   prohibida’.   

“No basta para  la  estructuración  de  este  delito,  como  también  ha sido dicho, la simple  disparidad  con  el  ordenamiento  jurídico,  pues  si  nos atenemos al sentido  literal  del texto, es menester que la contradicción sea de tal modo ostensible  que  no  quepa la menor duda de que la decisión obedece a la pura arbitrariedad  del  funcionario, y no a una postura admisible dentro de los más amplios marcos  de  derecho  vigente”.1   

3.    Partiendo   de   la  anterior  conceptualización,  se  hace  necesario  que la Corte proceda a verificar si el  comportamiento   de  la  procesada,  doctora  Amparo  Rodríguez  Roldán,  se  adecua  al  tipo  penal de  prevaricato  por  acción,  máxime  cuando  los  argumentos  sustentatorios del  recurso  de  apelación  interpuesto  tanto  por  ella  como por su defensor, se  centran  en  reiterar la legalidad del trámite y de la providencia por medio de  la  cual otorgó la libertad a través del habeas corpus a los ciudadanos Freddy  Alonso  Aguiño  Pineda  y  William  Herrera  Buitrago,  quienes  se encontraban  privados  de  la  libertad, con medida de aseguramiento de detención preventiva  vigente,   por  razón  del  proceso penal que por los delitos de lavado de  activos  y  falsedad  documental adelantaba la Fiscalía Novena Especializada de  la Unidad de Antinarcóticos e Interdicción Marítima de Bogotá.   

Debe recordarse que por resolución del 1°  de  junio  de  2000,  la  Fiscalía  Novena  Especializada  de  Bogotá negó la  libertad  provisional  de los sindicados Aguiño Pineda y Herrera Buitrago, toda  vez  que  si  bien los términos  de  que  trataba  el   numeral   4°   del   artículo  415  del  Decreto  2700  de  1991,  modificado  por  el  artículo 55 de la Ley 81 de 1993, habían  transcurrido  sin  que se hubiese calificado el mérito del sumario, también lo  era  que  las  maniobras  dilatorias  en  que había incurrido la defensa de los  procesados    impidieron    la    realización    de    tan    importante   acto  procesal.   

A   su   vez,  mediante  la  providencia  cuestionada,  objeto  de  esta  causa,  fecha el 12 de junio de 2000, la doctora  Rodríguez Roldán, en su  condición  de  Juez  31 Penal Municipal de Cali, concedió el amparo solicitado  toda  vez  que,  a  su  juicio,  la  negativa del Fiscal Noveno Especializado en  conceder  la  libertad  provisional a los mencionados sindicados constituía una  “VÍA DE HECHO”, pues  las  actuaciones  de la defensa, en su criterio, no eran dilatorias, aspecto que  le  imponía  salvaguardar  el derecho de los peticionarios amparándolos con la  concesión  de su libertad, para lo cual se apoyó en una reseña histórica, en  tratados  internacionales  y  en  jurisprudencia  de la Corte Constitucional, en  especial  la sentencia C-301 del 2 de agosto de 1993, según la cual, si bien es  cierto  que  al interior del proceso penal se debe resolver lo concerniente a la  libertad  del procesado, de todos modos tal situación no excluye la posibilidad  de  invocar  de  manera  excepcional  la  acción  de  habeas  corpus  contra la  decisión  judicial  que  dispone  la  privación  de  la  libertad  cuando ella  configure  una  vía  de  hecho,  argumentación  que  la  ex  juez procesada ha  reiterado a lo largo de sus intervenciones en este proceso.   

Planteadas    así   las   cosas,   en   aras   de   establecer  si  la   providencia   del  12 de mayo de 2000 proferida por la doctora Rodríguez   Roldán   es  o  no manifiestamente contraria a la  ley,  se hace indispensable examinar la correspondiente actuación surtida en el  proceso  que  se seguía contra los mencionados  sindicados,  de   donde   surgieron   los  motivos  por  los  cuales  se    les    negó   la   libertad   provisional,   es   decir,   los  supuestos  actos  dilatorios  de  la  defensa.   

Así,  se  observa  que  William  Herrera  Buitrago  y  Freddy  Alonso  Aguiño Pineda fueron capturados el 4 de octubre de  1999,   “cuando  a  voces  de  los  mismos  solicitaron  la presencia de la  Policía  Nacional  por ser motivo para ese momento de actos atentatorios contra  su  integridad  física  por  parte de personas desconocidas. Por circunstancias  consignadas  en  el  proceso,  se  allanó  y registró la vivienda que para ese  momento  habitaban  los  señores  HERRERA  BUITRAGO  y  AGUIÑO PINEDA, en cuyo  interior  fueron  encontrados  e incautados gran cantidad de dólares americanos  que  sobrepasaron  los  tres  millones  quinientos mil dólares, dinero en pesos  colombianos  y documentación mediante la cual se acreditaba doble identidad por  parte    de    HERRERA    BUITRAGO”.2   

Con  base  en  estos  hechos se inició la  correspondiente   investigación   penal   y,   una   vez   vinculados  mediante  indagatoria,  la situación jurídica de los mencionados sindicados fue resuelta  el  13  de  octubre de 1999 con medida de aseguramiento de detención preventiva  por  los  delitos  de  lavado  de activos, porte ilegal de armas de fuego de uso  privativo  de  las  fuerzas armadas y falsedad personal. El 15 de marzo de 2000,  atendiéndose   la   solicitud   elevada  por  la  defensa,  se  “revocó  parcialmente”  la medida de  aseguramiento  respecto  del  delito  de porte ilegal de armas, quedando vigente  respecto  de  las  demás  conductas  punibles,  decisión  contra  la  cual  la  defensora  de los procesados interpuso recurso de reposición y, en subsidio, el  de apelación.   

Mediante  resolución  del 24 de abril de  2000,  la Fiscalía Novena Especializada dispuso el cierre de la investigación,  toda  vez  que  el  proceso  contaba  con  la prueba necesaria para calificar el  mérito  del  sumario.  A  su  vez, en esa misma fecha, el defensor principal de  Freddy          Aguiño         Pineda         solicitó         “nuevamente”  la  revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento  que  recaía contra su representado, no obstante que,  como  se  indicó,  el 15 de marzo anterior se había accedido a una revocatoria  parcial,  dejando  vigente  el  cargo  por  el  delito  de lavado de activos, de  acuerdo  a  la  petición  que  había  elevado  la abogada principal de William  Herrera  Buitrago,  doctora  Luisa Fernanda Mejía Arango, quien también era la  defensora suplente del sindicado Aguiño Pineda.   

El 28 de abril, la abogada Luisa Fernanda  Mejía  Arango  interpuso  recurso  de  reposición  contra  la  resolución que  ordenó  la  clausura  de  la  investigación,  por cuanto que aún no se había  desatado   la   apelación   interpuesta   contra   la  resolución  del  15  de  marzo.   

Al  siguiente  día,  es  decir, el 29 de  abril,  la citada abogada solicitó a la Fiscalía que de manera “oficiosa”  se  pronunciara  sobre la  revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento que pesaba contra William Herrera  Buitrago,  pues  en  su  opinión  se  debía aprovechar la petición que en tal  sentido había elevado el defensor principal de Aguiño Pineda.   

La   misma   profesional   del  derecho  solicitó,  el  3 de mayo, la aplicación del entonces artículo 37A del Código  de  Procedimiento  Penal, petición que fue coadyuvada por los procesados. El 10  de  mayo  siguiente, la multicitada abogada reiteró la solicitada diligencia de  audiencia  especial  o,  en su defecto, deprecó la práctica de “sentencia  anticipada”, petición que  también coadyuvaron sus defendidos.   

Mediante  resolución  del  17 de mayo de  2000,  la  Fiscalía  negó  la  revocatoria  de  la medida de aseguramiento, no  repuso  el  cierre  de la investigación y negó la realización de la audiencia  especial.  Sin  embargo,  por  ser  procedente,  dispuso  la  realización de la  diligencia  de formulación de cargos propia de la sentencia anticipada, para lo  cual señaló el 2 de junio de 2000.   

El  30  de  mayo  de  dicha anualidad, la  defensora  de  los  procesados solicitó el control de legalidad de la medida de  aseguramiento.  Al  siguiente  día,  con  fundamento  en  el  numeral  4°  del  artículo  415  del Código de Procedimiento Penal, la misma defensora pidió la  libertad  provisional  de  William  Herrera  Buitrago,  petición  que  también  elevó,  en  escrito  separado,  el  sindicado  Freddy Alonso Aguiño, sin dejar  pasar  por  alto  que  en esa misma fecha, es decir, 31 de mayo, la tantas veces  mencionada  abogada  planteó la nulidad de la providencia fechada el 17 de mayo  anterior  y,  consecuentemente,  la suspensión de la diligencia de formulación  de cargos.   

Cabe  agregar  que  el  2 de junio, fecha  señalada  para  la  realización de la diligencia de formulación de cargos, no  se  pudo  llevar a cabo por cuanto que “se recibió  información  relativa  a  que  los  sindicados  se  encontraban imposibilitados  físicamente  por  haber  sufrido el día anterior una intoxicación por ingesta  de alimentos”.   

En esas condiciones, mediante resolución  del  1°  de  junio de 2000, la Fiscalía Novena Especializada negó la libertad  provisional   de   los   sindicados,   quienes   se  hallaban  recluidos  en  la  Penitenciaría  “Villa  de  las Palmas”  de  Palmira. Los apartes relevantes de esta decisión son los  siguientes:   

“Que desde la  fecha  en  que  se  produjo la efectiva privación del derecho de locomoción de  los   señores   HERRERA   BUITRAGO  y  AGUIÑO  PINEDA,  a  la  actualidad  han  transcurrido  doscientos  cuarenta  y  dos  (242)  días,  sin  que  se  hubiera  producido     la     calificación     jurídica     del     proceso.   

“Que  el  artículo  415  del C. de P. P. en su numeral 4°, prevé como requisito para el  otorgamiento  del  beneficio  de libertad provisional, el que, para el evento de  la  justicia  especializada,  transcurra  un  lapso de doscientos cuarenta (240)  días  sin  calificarse  el  mérito procesal, prerrogativa que se limita por el  accionar   de   procesado  o  defensa,  cuando  ejecutan  actos  que  impiden  u  obstaculizan esa obligación legal.   

“De todos los  mecanismos  jurídicos  procesales previstos para el ejercicio de los derechos y  garantías  que  la constitución y la ley otorga a quien se encuentra vinculado  a  un proceso penal ha hecho uso la ilustre colega abogada MEJÍA ARANGO, siendo  el  faltante  la  acción  pública  del  habeas  corpus.  De  resto,  de manera  sistemática,  reiterada,  desaforada  y  rayando,  sobre  pasando  a la lealtad  procesal,  so  pretexto  de  ejercer  el  derecho  de  defensa,  ha torpedeado e  impedido  el  normal desarrollo de la presente investigación, y tan así será,  que  ya  en  esa  pretendida  resolución  sobre la que pregona vicio, se había  hecho  referencia  al  criterio del Despacho frente al comportamiento de la Dra.  Mejía   Arango  señalándose  que  ‘…Observa  el Despacho, que un caudal  de  razones  jurídicas  han  trasegado por la presente actuación procesal y la  misma  ha  emergido  de  la  afanosa  pero  diligente  asistencia  técnica  que  representa  los intereses de los involucrados, señores WILLIAM HERRERA BUITRAGO  y  FREDDY  ALONSO  AGUIÑO  PINEDA,  en procura a obtener los mejores resultados  frente  a  la  imputación  que  se  les hace, lo que, a sentir del Despacho, se  señala  con comedimiento y respeto hacia los sujetos procesales, raya, no en un  legítimo   ejercicio   del   derecho  de  defensa,  sino  en  claras  maniobras  dilatorias,  a  lo que se resiste el Despacho en creer, dada la altura y respeto  con  que  la  defensa se ha dirigido para sustentar sus apreciaciones. Pero qué  otra  cosa  se  puede  llegar  a  pensar  frente  a  la escalonada, repetitiva y  disímiles  peticiones  que  han  obligado  a  entrar  y  salir  del Despacho el  proceso,  para  irlas  incorporando  al expediente, sumándose ésta situación,  laque   se  atribuye  al  despacho  al  inicio  del  pronunciamiento…’.  Y  en  la  fecha  se  reitera  esa  apreciación,  máxime  con  la posición adoptada en esta oportunidad, donde se  argumentan  situaciones  de  hecho  y de derecho que no se ajustan a la realidad  procesal,  su  querer de que se suspenda la diligencia de formulación de cargos  señalada  para el día de mañana, asumiendo una postura que no le corresponde,  ya  que  por  un lado, esa diligencia es de carácter personalísimo y la ley la  ha  establecido  para  que  la  esfera volitiva y cognoscitiva de los sindicados  determinen  realización.  Son los directos afectados y a la par beneficiados de  esa  figura  jurídica  los que están revestidos para acogerse o no a la misma.  La  defensa solo coadyuva o aconseja frente a la conveniencia o no de acogerse a  la  misma.  Para  determinar  el  grado  de  las maniobras realizadas por MEJÍA  ARANGO   para   entorpecer   el   normal   flujo   procesal,  vasta  revisar  la  actuación.   

“Es cierto y  así  está  establecido  que  se  hace imperiosa la concesión del beneficio de  libertad  provisional,  si  dentro  de los términos establecidos por la ley, el  funcionario  judicial  que  adelanta  la investigación, no califica su mérito.  Pero  para  el  presente  evento,  se  puede  observar  dentro  del  plenario la  realización  de algunas maniobras que dilataron el proceso con clara intención  de  lograr  el  vencimiento  de los términos, para solicitar el beneficio de la  libertad  provisional,  y prueba de ello lo constituye las reiteradas peticiones  sobre  libertad,  al  igual que peticiones que han determinado que a la fecha se  encuentre  pendiente  para  desatar  un  recurso  de  apelación  y  control  de  legalidad  sobre  la  medida  de  aseguramiento, peticiones que han requerido la  atención  inmediata  del  Despacho, permitiendo así el paso del tiempo sin que  se    pudiera    adelantar    el    proceso    en    debida    forma.   

“Así  las  cosas,  se  despachará  de manera desfavorable la petición de libertad elevada  por  la  Dra.  LUISA  FERNANDA  MEJÍA  ARANGO,  por  las  razones anteriormente  expuesta,  disponiéndose  en  su  defecto,  el compulsar copias ante el Consejo  Seccional  de  la  Judicatura,  sala Disciplinaria, para que se determine si hay  lugar  a  que  se  investigue  a  esta  profesional  del  derecho, conforme a lo  señalado  en  el  inciso  3°  del  numeral  8°  del  artículo  415 del C. de  P.P.”.3   

Inconforme  con  la decisión, la abogada  Mejía  Arango  el  8  de  junio  de  2000 interpuso recurso de apelación, pues  estimó  que  no  era cierta la dilación que se le atribuía en la providencia.  No  está  de  más precisar que la Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior  de   Bogotá,   mediante   resolución   del   8   de   agosto   de   2000,   la  confirmó.   

Ahora bien, los sindicados Aguiño Pineda  y  Herrera  Buitrago,  mediante  escrito  que fue recibido en la Secretaría del  Juzgado  31  Penal  Municipal de Cali a las 9 y 25 de la mañana del 12 de junio  de  2000,  solicitaron  la  aplicación  del  habeas  corpus,  petición que fue  resuelta  en  esa misma fecha, como así consta al inicio de la providencia, aun  cuando  en  la  parte  final  de la misma y antes de las firmas de la juez y del  secretario,  aparece  como suscrita en “junio 13 de  2000”.   

La      doctora      Amparo   Rodríguez   Roldán,  en  su  condición  de Juez 31 Penal Municipal, luego de hacer en extenso una referencia  histórica,   de   citar   y   comentar   unas   jurisprudencias   de  la  Corte  Constitucional,  en  especial  la  sentencia  C-301  de  1993, de conceptualizar  alrededor   del  derecho  fundamental  de  la  libertad,   de  resaltar  la  importancia  de  la  acción  del habeas corpus y de precisar los alcances de la  vía  de hecho, decidió conceder el amparo solicitado. Los apartes centrales de  la providencia cuestionada son los siguientes:   

“En el caso  en  comento no obstante de que no se pudo practicar una inspección judicial por  no  encontrarse  el  expediente en esta ciudad, gracias a las copias allegadas a  estas  diligencias  fue  dable  establecer  que  los  señores  AGUIÑO PINEDA y  HERRERA  BUITRAGO fueron capturados el día 4 de octubre de 1999, y vinculados a  la  investigación  mediante  indagatoria y gravados con medida de aseguramiento  en     la     modalidad     de     ‘detención   preventiva’,   habiendo   permanecido  privados  de  su  libertad,  en  forma  ininterrumpida,  desde ese día hasta la fecha, sin que se hubiese cumplido, por  la   Fiscalía  del  conocimiento,  con  la  calificación  del  mérito  de  la  instrucción.  Está  demostrado,  también que con fecha 31 de Mayo del año en  curso,  al  cumplirse  240  días de privación efectiva de la libertad de estas  personas,  la  defensora  del  señor  HERRERA  BUITRAGO, doctora Luisa Fernanda  Mejía  Arango,  solicitó  para  él el otorgamiento de la libertad provisional  con  fundamento  en  la  disposición  anteriormente  transcrita,  y  que  igual  pedimento  hizo,  para  así  Aguiño Pineda, siendo resueltas esas solicitudes,  por  el Fiscal 9° delegado ante los Jueces Penales del Circuito Especializados,  mediante  resolución  interlocutoria  calendada el 1° de Junio en curso, en la  cual  niega  la  libertad  invocada  aduciendo  para  ello que la Doctora Mejía  Arango   ha   incurrido   en  prácticas  dilatorias  encaminadas  a  lograr  el  vencimiento   de   los   términos   para   demandar   el  beneficio.   

“A  nuestro  juicio  resulta incuestionable, que un fiscal a quien se le hace un pedimento de  esta  laya  no esta inexorablemente supeditado a conceder la libertad pretendida  sino  que,  por  el  contrario,  está en el deber de negarla cuando del proceso  surge  evidente  que  el vencimiento de los términos en la materialización del  acto  calificatorio  tuvo  razón  de ser en las acciones de mala fe, desplegada  por  el procesado o su defensor, para evitar que el funcionario pudiese llegar a  la  instancia  de ese pronunciamiento jurisdiccional. Cuando un acontecer de esa  naturaleza  se  presente  en el devenir del proceso, con eficacia, por supuesto,  para  entorpecer su normal desarrollo, esa decisión negativa, resulta ceñida a  la  razón  y al Derecho, pero cuando tal cosa no existe, vale decir, cuando las  maniobras  malintencionadas, desleales, de los sujetos procesales en comento, no  existieron,  o  cuando  la  actividad  de  ellos predicable se identifica lisa y  llanamente  con el ejercicio normal, diligente, de la labor defensiva, el que el  apoderado  judicial entre a deducir la mediación de tales factores anómalos, o  cuando  a  ausencia  de su simple sentido común le permiten discernir, entonces  esa  negativa  al  reconocimiento  del  derecho a la libertad, no constituye una  facultad   razonablemente   jurídica   del  funcionario,  sino  a  una  actitud  caprichosa,  fruto del personal criterio, y reñida con la realidad procesal, de  la  cual  no  puede  jamás  apartarse  a  la  hora  de tomar decisiones de esta  estirpe.  Constituye,  en fin en su sentido literal, una VIA DE HECHO, porque no  es  dictada  por  la  lógica y la equidad, que han de gobernar sus actos, ni en  racional  desarrollo  de  la  normatividad  legal  que  ha  de  pautarlos,  sino  insistimos, por obcecación o capricho.   

“Así  lo  decimos,  pues  cuando  el fiscal del conocimiento adujo como única razón para  negar  la  libertad  de  los  detenidos,  cuya  conducencia  era  manifiesta por  rebasamiento  evidente  del  término  para  calificar,  que la defensora de los  implicados   había   recurrido  a  maniobras  dilatorias,  estaba  dándole  el  calificativo  de tal de actuaciones manifiestamente encaminadas a cristalizar la  defensa  de  sus  prohijados  o lo que es igual a las actuaciones lícitas y que  forman  parte inescindible del derecho de defensa que también como prerrogativa  fundamental,        le        reconoce        la       Constitución.   

“Por   otra    parte   el   superior   jerárquico   del   fiscal    del    conocimiento   en   el  recurso  de  alzada  interpuesto  por la abogada defensora antes mencionada, en auto de fecha mayo 23  del  presente  año consideró las peticiones de la profesional del derecho eran  justas  y  no  desbordaban  los límites legales del marco defensivo.   

“Tiene así  pues,  que  lo  que ameritaba que la libertad provisional con apego al artículo  415-4  del  Código  de  Procedimiento  Penal  se  niegue  no le es hecho que el  procesado  o  su  defensor,  eleven  pedimentos  de  pruebas o de cualquier otro  orden,  al  funcionario  del  conocimiento,  sino  el hecho de que esa actividad  deliberada  y ostensiblemente encaminada a propiciar el agotamiento del término  para  calificar, sino fuese así, pues, entonces cabría suponer que al defensor  le  estaría  vedado  formular  cualquier  solicitud  o pedir otorgamiento de un  beneficio  o  la  revocatoria  de una providencia o interponer un recurso porque  todo     ello     podría     ser     capitalizado     mas     tarde.   

“Como  corolario  de  todo  lo  anterior, lo es entonces, que a juicio de este despacho  realmente  FREDDY  ALONSO  AGUIÑO  PINEDA  y  WILLIAM  HERRERA BUITRAGO, están  siendo  objeto  de  prolongación  ilícita  de  la libertad, por cuya razón se  impone  disponer  para ellos el amparo de HABEAS CORPUS, hemos de dejar en claro  en  este  punto  que  si  bien en contra de la providencia que negó la libertad  provisional  proceden  los  recursos ordinarios, al ser manifiesta la violación  del  derecho  en  virtud de la vía de hecho en que incurrió la fiscalía, esta  acción   pública  de  Habeas  Corpus  resulta  ser  la  vía  mas  eficaz,  de  mayor   inmediatez   para   proteger  el  derecho   violado,     pues     repetimos     no     se    trata   simplemente   de   una  controversia  procesal,  de una  disparidad  de  criterios   entre  el  titular  del despacho judicial y los  procesados   afectados,  cuya  solución   puede   y   debe   ser   intentada   y   cumplida  dentro  del    mismo   proceso  a   través   de  los  recursos,   sino   de   una   actitud   reñida  con  el   derecho,   y  que por lo mismo se identifica con aquella hipótesis de  prolongación  de la libertad a que se refiere expresamente el artículo 430 del  Código   de   Procedimiento   Penal”.4   

4.     Teniendo    en   cuenta    los    anteriores    datos,   se   hace   imperioso   que   la  Sala  haga  las  siguientes   precisiones:   

Contrario  a  lo alegado por la acusada y  por  su  defensor, surge manifiesta la contradicción de la providencia mediante  la  cual  se  concedió  el habeas corpus a los sindicados Freddy Alonso Aguiño  Pineda  y  William  Herrera  Buitrago  y el texto legal que sirvió a la ex Juez  procesada  de  aparente fundamento, pues conforme a la documentación que obraba  en  el  diligenciamiento,  tales  ciudadanos  se  hallaban judicial y legalmente  privados   de  la  libertad,  toda  vez  que  contra  ellos  recaía  medida  de  aseguramiento  de detención preventiva, además de que mediante resolución del  1°  de  junio  de  2000  la Fiscalía Novena Especializada les había negado la  solicitada  libertad  provisional,  decisión  contra  la  cual,  el  8 de junio  siguiente,  se  había  interpuesto  recurso  de  apelación,  impugnación que,  cuando   se  presentó  la  conocida  petición  de  amparo  constitucional,  se  encontraba en trámite.   

Así,   es   evidente  que  la  acusada  desconoció  de  manera  flagrante  los  lineamientos  del  último  inciso  del  artículo  430  del  Decreto 2700 de 1991, modificado por el artículo 2° de la  Ley  15  de  1992,  normatividad vigente para la época de los hechos, según el  cual  “Las  peticiones  sobre libertad de quien se  encuentra  legalmente  privado de ella deberán formularse dentro del respectivo  proceso”.   

La      Doctora      Rodríguez   Roldán  dio  trámite  y  decidió  un  asunto  que  no  le  competía,  pues  se trataba de la solicitada  libertad  provisional  de  unos sindicados legalmente privados de ella y que era  objeto  de  debate  al  interior  del  proceso, siendo el respectivo funcionario  judicial,  en este caso, la Fiscalía en primera y segunda instancia, el llamado  por   la   ley   y   al  interior  del  proceso  el  competente  para  hacer  la  correspondiente  declaración  de  derecho,  motivo por el cual el habeas corpus  era,   como   lo   indica   el   texto   de   la   norma   citada,  abiertamente  improcedente.   

Al    respecto    la    Corte   tiene  dicho:   

“Surge claro  de  la  transcripción  normativa  que esa acción constitucional se funda sobre  dos supuestos de hecho a saber:   

“Cuando  alguien  es  capturado  con  violación  de  las  garantías  constitucionales o  legales y,   

“Cuando  se  prolongue    ilegalmente    la    privación    de    la    libertad.   

“Así   mismo     la    acción    de    Habeas    Corpus   únicamente    puede    prosperar   cuando   la   violación  de  esas  garantías    provengan   de  una  actuación  ilegal  extraprocesal,   pues     en     tanto    se    controvierta    el   derecho    a    la   libertad   de  alguien   que   esté    privado    de   ella   legalmente,   tal   discusión   debe   darse  dentro  del  proceso,  tal  como  lo  manda  perentoriamente    el    inciso    final    del   artículo   citado.   

“Y no puede  aseverarse,  so  pena  de  desquiciar  el  ordenamiento  jurídico,  que como la  autoridad   judicial   puede  incurrir  en  ilegalidades,  tales  deberían  ser  abordadas  por  el Juez de Habeas Corpus, en tanto una postura de tal tenor pone  en  riesgo  un  sistema  penal  que  está  sustentado  en  la protección de la  libertad  personal  a  través  de los recursos ordinarios que pueden impetrarse  dentro  de  la  actuación,  y  las acciones que como el control de legalidad se  promueven   ante  órgano  diferente  del  investigador  y  acusador.   

“En ese orden  de  ideas  resulta  extremadamente  nocivo  para  el  desarrollo  sistémico del  proceso  penal  un entendimiento que no armoniza los instrumentos de protección  constitucional  y  procesal  del derecho fundamental a la libertad, haciéndolos  coexistir  dentro  de  su  respectivo  ámbito  de  aplicación,  sino  que,  al  contrario,  entrega  prelación  a  uno,  subordinando  el otro a extremo que de  aceptarse  terminaría  en  su  extinción  al  convertir  lo  extraordinario en  corriente,    que    a    su    vez    es    su   propia   negación”.5   

Posteriormente,     indicó     la  Sala:   

“En  lo que  corresponde  a  la  Corte Suprema de Justicia ha sido clara en determinar que el  juez  constitucional  de  habeas  corpus  no  tiene  facultad  para analizar los  motivos  que  indujeron a la autoridad judicial para ordenar la privación de la  libertad   de   una   persona,   limitándose  su  competencia  a  verificar  el  cumplimiento  de  las  formalidades  de  rango  constitucional  y  legal para su  aprehensión  y  posterior  detención, por no tratarse de una tercera instancia  judicial,  labor  que  debía cumplirse en todo caso de manera muy estricta, por  cuanto  ‘el  afianzamiento  del  derecho  de  libertad no puede apoyarse ni  realizarse    con    el    desconocimiento   del   orden   jurídico’”.   

“…”  

“Sin embargo,  la  Corte  reitera  que  respecto  de la procedencia del habeas corpus, ésta se  encuentra  condicionada por el artículo 430 del Código de Procedimiento Penal,  específicamente  en  el cumplimiento de los supuestos normativos, esto es, ante  la  captura con violación de las garantías constitucionales o legales, o de la  prolongación  ilegal  de  la  privación  de  la  libertad,  viable  cuando  la  actuación   calificada   como   ilegal   tiene   origen  extraprocesal,  y  por  consiguiente,  los  presuntos  quebrantos  al derecho fundamental de la libertad  surgidos  en el curso del trámite del proceso deberían de ser reclamados en su  interior”.6   

Por consiguiente, como se indicó, la Juez  Amparo Rodríguez Roldán  carecía  de  competencia  para  estudiar  los  fundamentos  sobre los cuales la  Fiscalía  Novena  Especializada  de  Bogotá  negó  la libertad provisional de  William Herrera Buitrago y Freddy Alonso Aguiño Pineda.   

Por  el  contrario,  en  lugar  de  así  declararlo,  como  era  su  deber  legal,  decidió,  como  si se tratara de una  segunda  instancia  y  bajo  la  excusa  de  la  existencia de una vía de hecho  judicial,  examinar  las  consideraciones  sobre  las cuales se había negado la  multicitada  libertad  provisional,  desconociendo  al  mismo  tiempo que contra  aquella  providencia  estaba  en  trámite  el  recurso  ordinario de apelación  interpuesto  por  la  defensa,  abrogándose así unas facultades que la ley, de  manera expresa, no le otorgaba.   

5.  Ahora bien, como las razones por  las  cuales  se concedió el amparo constitucional están basadas en la presunta  existencia  de  una  vía de hecho judicial, argumento que tanto la acusada como  su  defensor  han  alegado  a  lo  largo  de  este  proceso, al punto que se han  reafirmado  en  la  legalidad  de  la  decisión cuestionada, procede la Sala al  estudio de tal hipótesis:    

Examinadas las distintas peticiones que la  defensora  de  los  procesados  Herrera  Buitrago  y Aguiño Pineda presentó al  interior  del  proceso  que  se  adelantaba  en  contra  de  sus  representados,  revisadas  las  razones  sobre  las  cuales la Fiscalía Novena Especializada de  Bogotá  negó  la  libertad  provisional de dichos sindicados, y estudiadas las  consideraciones  que  la  acusada consignó en su providencia del 12 de junio de  2000,  a  través  de  la  cual concedió el amparo de habeas corpus solicitado,  surge   también   claro   que   la   decisión  contrarió  la  ley  de  manera  evidente.   

En  efecto,  no  obstante  que  la  juez  procesada,  so  pretexto  de  argumentar y sustentar la decisión adoptada en la  providencia   cuestionada,  realizó  una  reseña  histórica,  acudió  a  los  tratados  internacionales  atinentes  al  derecho  fundamental  de  la  libertad  personal,  citó  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional y conceptualizó  sobre   el   alcance  jurídico  de  la  vía  de  hecho,  de  todos  modos  las  consideraciones  de  su  providencia  quedaron  en  el  campo  de lo genérico y  abstracto,  pues la argumentación teórica no tuvo, en manera alguna, conexión  o  relación  de causalidad con los elementos de juicio con que contaba y, menos  aún,  con  la  conclusión  a  la  que  llegó, es decir, el reconocimiento del  amparo deprecado bajo la existencia de la pretendida vía de hecho.   

En  otras  palabras,  si  bien la acusada  calificó  la  negación  de  la  libertad provisional de los sindicados como un  acto   de   “obcecación  o  capricho”  por  parte  del funcionario instructor, siendo ello propio de  una  supuesta  vía de hecho, también lo es que no precisó las razones por las  cuales  llegó  a  esa  conclusión, limitándose a afirmar, sin ningún tipo de  análisis  sobre  los  medios  de  prueba,  que  las  maniobras dilatorias de la  defensa  de  los  procesados  Aguiño  Pineda y Herrera Buitrago “no existieron”.   

La acusada en su providencia no le dedicó  línea  alguna  al  estudio  objetivo  de  las  razones por las cuales el Fiscal  Noveno  Especializado  negó la libertad provisional; no hizo ningún comentario  al  tema  relacionado con la presentación continua de memoriales petitorios que  la  defensora  de los sindicados Herrera Buitrago y Aguiño Pineda presentó, en  especial  de  aquellos  que  se allegaron en los meses de marzo, abril y mayo de  2000;  no  le  mereció  ninguna  consideración  la naturaleza jurídica de las  peticiones  que  contenían  tales  escritos;  ni  intentó  un  cotejo entre la  actividad  de  la  defensa  técnica  y  la  calificación  que de ésta hizo el  funcionario    instructor    para   colegir   de   allí   las   “maniobras  dilatorias”. Simplemente,  luego  de  extenderse  varias  páginas  en  asuntos estrictamente teóricos, se  limitó  a concluir en la “inexistencia”  de  la dilación injustificada o, seguidamente, a afirmar que  las   actuaciones   de   la  profesional  del  derecho  estaban  “encaminadas  a  cristalizar  la defensa de sus prohijados o lo que  es  igual a las actuaciones lícitas y que forman parte inescindible del derecho  de defensa”.   

Si la entonces Juez 31 Penal Municipal de  Cali,  de  manera objetiva e imparcial y sujeta al rigor de la ley, coligió que  el  Fiscal Noveno Especializado de Bogotá había negado la libertad provisional  con   base  en  una  acto  meramente  “obcecado  o  caprichoso”,  debía esperarse que hiciera algunos  análisis,  así  fueran  concretos, sobre los temas anteriormente citados, cosa  que no hizo.    

Cierto  es que el ejercicio del derecho a  la  defensa  técnica no puede estar sujeto a limitaciones, en la medida en que,  de  acuerdo  a  la  estrategia seleccionada, necesariamente está en libertad de  plantear  todas  las  peticiones  argumentativas tendientes a sacar adelante los  intereses  lícitos  y  jurídicos  de quienes le han encomendado dicha tarea de  arraigo  constitucional.  Sin  embargo, tal labor no puede llegar a los extremos  de  lo irracional, de lo contradictorio e ilógico y, menos, con ánimo distinto  al  del  estricto  cumplimiento  del  mandato  conferido  y  de los lineamientos  propios  de  los  principios  de  legalidad,  lealtad  y  de las finalidades del  procedimiento.   

Así por ejemplo, la doctora Rodríguez  Roldán, en su providencia  nunca  se  ocupó  en  cuestionarse  si  dentro  de la relatada actuación penal  resultaba  lógico,  coherente  y  consecuente  que  la defensora, doctora Luisa  Fernanda  Mejía  Arango, hubiese presentado, el 28 de abril de 2000, recurso de  reposición  contra la resolución que dispuso el cierre de investigación (pues  estimaba  que tal acto no procedía hasta tanto se desatara la apelación contra  la  providencia  que  negó la revocatoria de la medida de aseguramiento), y, al  siguiente   día  (29  de  abril),  solicitara  que  de  manera  “oficiosa”  se  pronunciara el fiscal  sobre  la  revocatoria  de  la  detención  que  pesaba  contra  William Herrera  Buitrago.   

Tampoco  se  preguntó  si obedecía a un  acto   natural  y  propio  del  ejercicio  de  la  defensa  técnica  que  dicha  profesional  del  derecho  solicitara,  en  memorial presentado el 3 de mayo, la  aplicación  del  entonces  artículo  37A  del  Código  de Procedimiento Penal  (audiencia  especial)  y, luego, en escrito del 10 de mayo siguiente, pidiera la  “la  práctica de sentencia anticipada”, no sin antes reiterar la primera solicitud.   

Y muchos menos se detuvo a examinar si la  petición  de “control de legalidad de la medida de  aseguramiento”,   presentada   el   30  de  mayo,  resultaba  consecuente  con ese ejercicio profesional de la defensa, cuando aún  estaba  pendiente  por  desatarse  la  apelación  sobre  la  revocatoria  de la  detención  y  ya  se  había  clausurado la investigación, sin dejar pasar por  alto  que  el 31 de mayo también estaba planteando la nulidad de la resolución  del  17  del mismo mes, mediante la cual se negó la revocatoria de la medida de  aseguramiento,  no  se  repuso  la  providencia  que  ordenó  la clausura de la  investigación    y    no   se   accedió   a   la   diligencia   de   audiencia  especial.   

En fin, la juez procesada no hizo ningún  pronunciamiento  respecto  de  las múltiples actuaciones de la defensa técnica  que  llevaron a la Fiscalía Novena Especializada a calificarlas como dilatorias  y,  por  ende,  a  negar  la  libertad  provisional con fundamento en el último  inciso  del  numeral 4° del artículo 415 del entonces Código de Procedimiento  Penal,   ni   correlacionó   las   conclusiones   de  dicha  decisión  con  la  multiplicidad  de  peticiones  presentadas por la abogada defensora, pudiéndose  concluir  que  una  providencia   así   sustentada,  lejos   de   ajustarse  a  los lineamientos  legales,  se   constituye   en   una   evidente   decisión   de   hecho,   pues  simplemente,  sin el debido análisis y el cotejo respectivo  de  la  documentación  que  poseía,  concluyó  en la supuesta “inexistencia”  de  tales  maniobras  dilatorias.   

Es  más,  la  afirmación que la acusada  hizo  en  su providencia (segundo párrafo de la página 14), según la cual, el  superior  jerárquico del fiscal de conocimiento, al conocer de la apelación de  la   resolución  del  23  de  mayo  de  2000,  consideró  que  “las  peticiones  de  la  profesional  del derecho eran justas y no  desbordaban    los    límites    legales    del   marco   defensivo”,   no   se  ajusta  a  la  verdad  procesal,  pues  leída  la  providencia  que en dicha fecha profirió el Fiscal Delegado ante el Tribunal de  Bogotá,   por  ninguno  de  sus  apartes  se  encuentra  aquella  aseveración,  hallándose  simplemente asertos tales como que “En  el  caso  en  examen,  puede  afirmarse  razonablemente  que la defensa técnica  cumplió  con  la  carga  procesal  de  sustentar  oportunamente  el  recurso de  reposición   impetrado   como  principal”  o  que  “debe  aceptarse  razonablemente  que  el término  para  sustentar  la  impugnación venció el 7 de abril del corriente año, y no  el  29  de  marzo,  como  lo  dedujo  el  a  quo  con  una postura estrictamente  matemática,  desconociendo  la realidad procesal y la evidente buena fe con que  actuó     la     censora     –quien   presentó   oportunamente   la   sustentación–           …”.7   

Es decir, tomó las afirmaciones que hizo  el   funcionario   de   segunda   instancia,   relacionadas   con   la  oportuna  interposición  y  sustentación  de unos recursos ordinarios, y las tergiversó  con   el   único  objeto  de  dar  apariencia  de  legalidad  a  una  decisión  abiertamente violatoria de la ley.   

Estos comportamientos son demostrativos de  una   manifiesta  intención  de  vulnerar  la  ley,  los  que  exteriorizó  al  convertirse  en  instancia  de  la  Fiscalía  Novena  Especializada  de Bogotá  tendiente  a poner en tela de juicio la legalidad del pronunciamiento judicial a  través  del  cual  se  negó  la libertad provisional de los sindicados Aguiño  Pineda  y  Herrera  Buitrago,  el  cual contaba, como en efecto sucedió, con el  control  propio  de  ese tipo de providencias, como es el recurso de apelación,  sin  olvidar  que,  a su acomodo, extrajo una supuesta vía de hecho que no pudo  demostrar  en  el  fallo  mediante  el  cual  concedió  indebidamente el amparo  constitucional.   

6.  Así mismo, el proceder doloso de  la    conducta    de    la    doctora    Rodríguez  Roldán    cobra   mayor   envergadura   con   las  irregularidades   que  se  presentaron   en   el   trámite   del    habeas   corpus,   no   obstante   que   se  trataba   de  una  funcionaria  con  amplia  trayectoria  y  experiencia  en  la  judicatura:   

En  efecto,  no  es  comprensible  que no  hubiese  agotado  todos  los  esfuerzos  necesarios  con  el  fin  de obtener la  información  indispensable  por  parte  de la Fiscalía Novena Especializada de  Bogotá,  por lo menos para corroborar la veracidad y la legalidad de la extensa  documentación  que  se  adjuntó  al  escrito  petitorio,  pese  a que, como lo  declaró  su  secretario,  señor  Pedro Wilson Álvarez Barbosa, le recordó lo  indispensable  de  llevar  a  cabo  diligencia  de inspección judicial sobre el  proceso  penal  que  se  adelantaba  contra  dichos  sindicados,  ni que se haya  dirigido  a  la  Dirección  del  centro carcelario donde estaban privados de la  libertad  los  solicitantes  de  la  acción  constitucional,  con  el objeto de  obtener la mayor información posible.   

De  otro lado, su explicación, según la  cual,  hizo  lo  imposible  por comunicarse vía telefónica con la Fiscalía en  Bogotá,  para lo cual acudió a despachos vecinos a su oficina que contaban con  discado  directo  nacional, sin lograrlo, resulta poco creíble o, por lo menos,  no  satisfactoria,  pues de ser cierta la imposibilidad de la comunicación, sus  años  de  experiencia  le indicaban que podía contar con otra alternativa, tal  como  solicitar  apoyo  a  la  Dirección Seccional de Fiscalías de Cali con el  objeto  de  que  sirviera  como  intermediaria  para  obtener el contacto con el  Fiscal  que  conocía  del  proceso  en  Bogotá,  funcionario  que  supo  de la  existencia de dicha acción después de haber sido fallada.   

Y  si en gracia de discusión se aceptara  que   fue   imposible   concretar   dicha  comunicación  telefónica,  dada  la  trascendencia  que  impone  una  decisión de tal naturaleza, pudo perfectamente  enterar  tanto  de la existencia de la actuación como de la imposibilidad de la  comunicación  telefónica a la representante del Ministerio Público asignada a  su  despacho,  doctora  Lucrecia  Mireya Cuero Caicedo, cosa que no hizo, pese a  que  dicha funcionaria estuvo en dos ocasiones en su juzgado, en la mañana y en  la  tarde  del  12  de  mayo  de  2000,  con  el  fin  de notificarse de algunas  decisiones, según así lo declaró.   

Igualmente,   resulta  curioso  que  la  acusada,  en  ejercicio  de su cargo, el 4 de enero de 2000, es decir, poco más  de  cinco  meses  antes  de  proferir  la  providencia  aquí  reprochada,  haya  declarado  improcedente  la  solicitud de una acción de habeas corpus similar a  la  que  presentaron los sindicados Aguiño Pineda y Herrara Buitrago, afirmando  que  se  trataba  de “una petición de libertad que  debe  formularse  dentro  del proceso y hacer uso de los recursos de ley en caso  de  que  dicha  solicitud  le  fuere  negada,  pues  como  bien  lo establece el  artículo  430  modificado por la ley 15 del 92 en su artículo 2° ‘las  peticiones  sobre  libertad de  quien  se  encuentre  legalmente privado de ella, deberán formularse dentro del  respectivo    proceso,    siendo    precisamente    el    caso   que   hoy   nos  ocupa…”.8   

7.    En   fin,   el   cúmulo  de  circunstancias  en precedencia resaltadas ponen en evidencia el actuar doloso de  la  doctora  Amparo  Rodríguez  Roldán,   quien   obrando  con  conciencia  y  voluntad,  profirió  una  resolución  manifiestamente  contraria  a  la  ley,  todo  lo cual conduce a la  confirmación de la sentencia de primera instancia.   

8.    Finalmente,  en  cuanto  a  la  dosimetría  de  la  pena,  el  abogado  defensor  de  la  doctora  Rodríguez    Roldán,    se   muestra  inconforme  con  los  cuatro  (4)  meses que el a quo adicionó por razón de la  agravante  genérica  prevista en el numeral 11 del artículo 66 del Decreto 100  de  1980,  imputada  en  la resolución de acusación, y que hace relación a la  “posición  distinguida que el delincuente ocupe en  la   sociedad   por   su   riqueza,   ilustración,   poder,   cargo,  oficio  o  ministerio”, pues, en su criterio, se constituye en  una  doble  agravación  punitiva,  toda  vez  que  sobre  el  cargo de juez que  desempeñaba  su  defendida  se  dispuso  no  partir  del mínimo de la sanción  contemplada en el respectivo tipo penal.   

Al  respecto le asiste razón a la defensa,  en  la  medida  en  que la imputación de la citada circunstancia de agravación  punitiva  que  le  dedujo  la  Fiscalía  en  la  resolución de acusación a la  procesada,  resulta  violatoria del principio no bis in idem, ya que implica una  doble  valoración  sobre  un mismo factor, es decir, de una parte como elemento  constitutivo  del  tipo  penal  de  sujeto  activo  calificado  (prevaricato por  acción) y, de otra, como circunstancia de mayor punibilidad.   

Sobre  este  específico  tema  la  Corte  recientemente dijo:   

“En relación  con  esta  última  circunstancia  genérica  de agravación punitiva o de mayor  punibilidad   si   bien  mayoritariamente  la  Sala  ha  venido  sosteniendo  su  procedencia  en  eventos  como  el  que  aquí  se  examina,  en  virtud  de  la  ‘misión  protagónica’  dentro de la comunidad que el Estado le encomienda al  funcionario  judicial  para  la  solución imparcial de los conflictos sociales,  situación  privilegiada  que  facilita  la  comisión  del  delito en cuanto se  aprovecha  de  su  investidura  o  función  para  contrariar  el ordenamiento e  irrogar   de   esta   manera   un   mayor   daño  social  porque,  ‘amén  de  agredir bienes jurídicos,  rompe  la  independencia  y  la jurisdiccionalidad que son dos preciados valores  institucionalmente  dispuestos para enfrentar el choque social (…)’,   un  nuevo  escrutinio  de  tales  fundamentos  orientado  al  respeto  del debido proceso sancionatorio reclama un  replanteamiento  del  tema,  pues  al  infractor  mal  se le puede colocar en la  posición  de  tener  que  expiar sucesivamente su falta por el mismo hecho, sin  que  ello  entrañe violentar el principio de prohibición de doble valoración,  o   lo   que   es   lo   mismo,  la  inobservancia  del  principio  non  bis  in  idem.   

“En  efecto,  dicho   postulado   de   raigambre   constitucional   -Art.   29   de  la  Carta  Política-   tiene por finalidad evitar que el individuo pasible de pena en  virtud  de comportamiento contrario a derecho, sea castigado más de una vez por  el  mismo  hecho. El principio de determinación del hecho y de la pena conlleva  a  la  exigencia  de  que  lo prohibido bajo conminación sancionatoria se halle  claramente  establecido en la ley, de modo tal que su fijación no quede librada  al  arbitrio  del  juez, como quiera que el ciudadano debe saber de antemano las  consecuencias   que   caben   derivarse   de   su   conducta.   Por   consiguiente,  la punibilidad              debe   estar   sujeta            a           los     criterios               de        legalidad      previa,            estricta            y   cierta, lo cual significa que la  ley   ha   de   señalar  inequívocamente  la  naturaleza  de  la  pena  y el marco dentro del cual puede  moverse el juez al aplicarla.   

“Un  factor,  téngasele  por  elemento  o  circunstancia, no puede ser sometido a más de una  valoración  desfavorable, esto es, como elemento del tipo legal de  que se  trate,  y también como agravante. La prohibición de doble valoración por este  aspecto,  dice  relación  con  el  hecho  propiamente  tal y sus circunstancias  relevantes;              dicho          de            otro   modo,                 factores   que                  sean           valorados     como    elementos    configurantes    del   delito,  no  pueden apreciarse simultáneamente  como   circunstancias   agravantes   del   mismo,   y  a     su              vez             de              la            punibilidad.  Fue  el  propio   legislador  quien dispuso  respecto  de  las agravantes -Art. 66 del C. Penal anterior- o circunstancias de  mayor  punibilidad  -Art.  58  de  la  Ley  599  de  2000-  que  ellas  proceden  ‘siempre  que  no  hayan  sido   previstas   de   otra   manera’”.9   

En   consecuencia,   se   descartará  la  mencionada  agravante genérica de agravación punitiva o circunstancia de mayor  punibilidad  y, por lo mismo,  de la pena privativa de la libertad impuesta  a  la sentenciada (46 meses), se suprimirán los cuatro (4) meses que por razón  de  la  circunstancia  de agravación se le adicionó, quedándole como sanción  definitiva   la   de   cuarenta  y  dos  (42)  meses  de  prisión. Así mismo la interdicción de derechos  y  funciones  públicas,  como  pena  principal, tendrá como duración el mismo  lapso de la pena privativa de la libertad.   

En  todo  lo  demás  el  fallo  de primera  instancia se confirma.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA    DE     CASACION    PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  ley,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

1.   MODIFICAR  el  numeral  primero de la parte resolutiva del fallo  de      primera     instancia,     en     el     sentido     de     CONDENAR  a  la  procesada  AMPARO  RODRÍGUEZ  ROLDÁN  a las penas  principales   de   cuarenta  y  dos  (42)  meses  de  prisión  e  interdicción  de  derechos  y funciones  públicas  por el mismo lapso de la pena privativa de la libertad, por el delito  de prevaricato por acción.   

2.           CONFIRMAR en todo lo demás la sentencia  impugnada.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Notifíquese,  cúmplase  y  devuélvase al  Tribunal de origen.   

MARINA  PULIDO  DE  BARÓN   

                                                            Comisión de servicio   

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO                              ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

                                                                                                    Comisión de servicio   

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                    YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

MAURO   SOLARTE  PORTILLA                                                  JAVIER     ZAPATA  ORTÍZ    

        Cita  medica   

TERESA    RUÍZ  NÚÑEZ   

                                                            Secretaria     

1  Sentencia  de  segunda  instancia  22830  del 6 de abril de 2005, M.P. Dr. Mauro  Solarte  Portilla; sentencia de segunda instancia 23568 del 29 de junio de 2005,  M.P.  Dr.  Álvaro  Orlando Pérez Pinzón; sentencia de segunda instancia 22586  del  16  de  enero  de  2005,  M.P.  Dr.  Sigifredo Espinosa Pérez, entre otras  decisiones.   

2  Primera  página  de  la  denuncia  presentada  por  el  Director  Seccional  de  Fiscalía   de   Cali,   folios   1   a   11   del   cuaderno   original  1  del  expediente.   

3  Folios. 93 a 98 del cuaderno original 1 del expediente.   

4  Folios 110 a 125 del cuaderno original 1 del expediente.   

5  Sentencias  de  segunda  instancia 14752 y 17576 del 2 de mayo y del 10 de junio  de 2003, M.P. Dr. Yesid Ramírez Bastidas.   

6  Sentencia  de  segunda instancia 15955 del 11 de diciembre de 2003, Ms. Ps. Drs.  Herman Galán Castellanos y Jorge Aníbal Gómez Gallego.    

7  Folios 69 y 73 del cuaderno original 1 del expediente.   

8  Folios39 a 42 del cuaderno anexo N° 4 del expediente.   

9  Sentencia  de  única  instancia  19762  del  23  de  febrero  de 2005, M.P. Dr.  Sigifredo  Espinosa  Pérez.  Ver también: sentencia de segunda instancia 21447  del  13  de  abril  de 2005, M.P. Dr. Jorge Luis Quintero Milanés; sentencia de  segunda  instancia  20281  del  25  de  mayo  de  2005,  M.P.  Dr. Edgar Lombana  Trujillo;  sentencia  de  segunda  instancia 23568 del 29 de septiembre de 2005,  M.P.  Dr.  Álvaro Orlando Pérez Pinzón, y sentencia de única instancia 21546  del 10 de agosto de 2005, M.P. Yesid Ramírez Bastidas.     

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