22122(28-04-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  22122   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 35  

Bogotá, D. C.,  veintiocho (28) de abril  del dos mil cuatro (2004).   

VISTOS  

          Decide  la  Sala  si  es procedente admitir la demanda de casación  presentada  por  el  defensor  de  GUSTAVO ADOLFO HENAO  MEJÍA,  HERNANDO  SÁNCHEZ  VARÓN,   JORGE  ELIÉCER  ZAMORA   PINTO  y  RICARDO  JHOANNY   MORA   AGUILAR,  contra la sentencia dictada el 28 de febrero del 2003  por el Tribunal Superior de Bogotá.   

HECHOS Y ACTUACIÓN  PROCESAL  

          En  la  mañana del 13 de agosto de 1999, Hárold Cárdenas Solano,  su  esposa  María  Jacqueline  Sánchez  Ospina  y José Duarte, empleado de su  empresa,  fueron  interceptados  en  esta  ciudad  por  varios  hombres  que  se  desplazaban  en  dos  carros,  quienes  retuvieron  durante  el  día  a los dos  últimos   y  hasta  el  20  de  agosto  al  primero,  tiempo  durante  el  cual  pretendieron  la entrega de bienes de propiedad de la pareja, al parecer en pago  de una deuda.   

          Denunciado  el  hecho  por la señora Sánchez, efectivos del Gaula  Urbano  lograron la captura inicial de LUIS ALBERTO DIOSA RODRÍGUEZ  y MIGUEL DUQUE  HURTADO, aprehensión que casi de inmediato permitió  la   de   nueve   personas   más   y   la   liberación  del  señor  Cárdenas  Solano.   

          El  8  de  septiembre siguiente, un fiscal especializado de Bogotá  aseguró  con  detención  preventiva  a  los  dos  mencionados y a GUSTAVO  ADOLFO HENAO MEJÍA, JORGE  ELIÉCER ZAMORA PINTO, HERNANDO  SÁNCHEZ  VARÓN,  HUGO  PINTO,  JOSÉ    BAYARDO    VARGAS    MUÑOZ,   CASIMIRO   MANJARRÉS   y   RICARDO  JOHANNY MORA AGUILAR,  por los delitos de secuestro extorsivo,  falsedad  material de particular en documento público y porte ilegal de armas y  municiones de defensa personal.   

          Amparados    todos   los   procesados   con   preclusión   de   la  investigación,  excepto  LUIS  ALBERTO  DIOSA  RODRÍGUEZ  que  fue acusado por  falsedad  material  de particular en documento público, la providencia que así  lo  dispuso  el  15  de agosto del 2000 fue consultada con la fiscalía delegada  ante  el  Tribunal  Superior de Bogotá que, por resolución del 12 de marzo del  2001,  la revocó y en su lugar los acusó por los señalados delitos. Recurrida  en  reposición,  el Ad quem  se inhibió de conocer el 27 de abril siguiente.   

          Celebrada  la  audiencia  pública,  el  27  de  agosto del 2002 el  Juzgado  Primero Penal del Circuito Especializado de Bogotá cesó procedimiento  respecto  de  HUGO  PINTO  y  LUIS  ALBEIRO  DIOSA  RODRÍGUEZ por haber quedado  establecida  la muerte de ambos y condenó a 22 años de prisión a GUSTAVO  ADOLFO HENAO MEJÍA, JORGE  ELIÉCER ZAMORA PINTO, HERNANDO  SÁNCHEZ  VARÓN y JOSÉ BAYARDO  VARGAS  MUÑOZ,  y  a  21  años  a  MIGUEL DUQUE HURTADO, CASIMIRO MANJARRÉS y  RICARDO     JOHANNY     MORA    AGUILAR.   

          La   sentencia,   impugnada   por   defensores  y  procesados,  fue  confirmada  en  su integridad por el Tribunal Superior de Bogotá mediante fallo  del 28 de febrero del 2003.   

LA DEMANDA  

          Tres  cargos  formuló  el  defensor  de  los señores HENAO,   SÁNCHEZ,  ZAMORA  y  MORA  contra  la  sentencia  de segunda  instancia.   

El  primero,  con  apoyo  en  el  inciso  segundo  de  la causal primera de casación, porque en su  criterio  el  Ad quem violó  de  manera  indirecta  la  ley  sustancial  por darle valor de plena prueba a un  indicio único.   

Después  de  transcribir  apartes  de  la  sentencia  de segunda instancia en los que el Tribunal consigna conclusiones que  aluden  a  plurales  medios  de  convicción,  sostiene el actor que el yerro se  ubica  en la modalidad del falso juicio de identidad por hacerle decir al señor  Cárdenas         Solano        –testimonio  que  dice  ser único y al que le atribuye el carácter  de  hecho  indicador- que sus defendidos planearon el tejemaneje que terminó en  secuestro  extorsivo  y  otros delitos –hechos  indicados, según él-, dándole a la prueba un alcance que  no tiene.   

Acepta  que  los  procesados  pretendieron  cobrar  una deuda que carecía de respaldo escrito, pero no realizando conductas  tan  graves  como las que les fueron imputadas, pues interceptar a unos deudores  en  vía  pública,  deambular  con  ellos  por  diversos establecimientos y dar  alojamiento   en   una   de   las  viviendas,  desinteresadamente,  mientras  se  consolidaba  la  garantía  de la cobranza, no constituye el delito de secuestro  extorsivo,  menos aún si no aparece probado un acuerdo previo ni las relaciones  entre  aquellos,  es decir, un hecho indicador intermedio que permita deducir su  real participación en estos hechos.   

Afirma  que  el  error  es relevante porque  recae  sobre  la  única  prueba incriminatoria, ya que los informes de policía  judicial  carecen  de valor probatorio por expresa disposición del artículo 50  de la Ley 504 de 1999.   

Añade,   sin   enunciar   siquiera   los  demás    medios    de  convicción a que se refiere, que   

“La Sala de Decisión Penal del H. Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Bogotá, debió darle al indicio el valor  probatorio  que realmente tenía, y a partir de él, ponderar de manera adecuada  las   demás  pruebas  obrantes  en  el  proceso,  algunas  de  las  cuales  son  directamente desincriminatorias respecto de mis defendidos”.   

Y más adelante agrega:  

“Así,  pues,  se  concluye  con meridiana  claridad  que en la citada sentencia condenatoria no se procedió de acuerdo con  las  normas de la sana crítica a una valoración jurídica, racional e integral  de  los  indicios  existentes,  en  franca  contravía  a  lo  que  al  respecto  preceptúa  la  ley  (Art.  238  del  C. de P. Penal) y ello en detrimento de la  verdad  histórica  y,  por  supuesto,  del derecho fundamental del acusado a la  presunción de inocencia…”.   

La segunda censura,  sustentada  en  la  misma  causal,  la  hace  consistir  en  la  violación  del  in dubio pro reo porque los  procesados    fueron   condenados   sin   que   existiera   certeza   sobre   su  responsabilidad.   

Después  de hacer precisiones doctrinarias  relacionadas   con   ese   principio,   igualmente  sin  concretar  la  crítica  anota:   

“De este proceso surge indiscutiblemente y  en  forma  protuberante  una  serie de inconsistencias, no sólo en los informes  policivos,  sino  en  el  mismo análisis que se hizo sobre el único testimonio  incriminatorio   de   CARDENAS   SOLANO,  estableciéndose  así  una  serie  de  dudas  y  sospechas  que el  segundo  y tercer acusador mas no instructores, no capitalizaron para bien de la  justicia,  sino  que  las  dejaron flotando a través del expediente. Surge, por  ejemplo,  la  sospecha de que los hoy condenados, hubieran sido consuetudinarios  secuestradores,    pero    no    pasa    de    ser    una    mera   ‘sospecha’   que   por  grave  que  sea  no  da  fundamento  legal  y  jurídico  para  declararlos  responsables e imputables de  estos hechos delictuosos”.   

          Y   no  podían  ser  condenados,  sostiene,  “porque  la  prueba  testimonial,  pericial e indiciaria” –que  tampoco precisa- no ofrece la convicción moral necesaria para  decidir  en ese sentido, si además se considera que las explicaciones ofrecidas  por ellos eran atendibles.   

          Concluye que   

          “…  si  bien  es  cierto,  sobre  los  hoy  condenados,  pesa un  señalamiento  del  único  testimonio  incriminatorio  de CARDENAS SOLANO, como  presuntos  autores  del delito de secuestro extorsivo, difícilmente un juzgador  imparcial,   podrá   recoger   esta   incriminación   como   base  central  de  convicción-certeza, capaz de sustentar una condena.”   

          El   tercer   reproche  pretende  que  se  invalide  la  actuación  por  violación  del  debido  proceso, por dos razones  fundamentales:  i)  porque  la consulta desapareció de la legislación procesal  penal  en  virtud de la inexequibilidad del artículo 203 de la Ley 600 del 2000  declarada  por  la Corte Constitucional mediante sentencia C-760 del 18 de julio  del  2001,  decisión  que por favorabilidad debía aplicarse en este asunto; y,  ii)  porque la fiscal especializada que precluyó la investigación fue relevada  en  la  etapa del juicio por el Director de Fiscalías a solicitud del juez y en  su  lugar  se  designó  a  un fiscal delegado ante el Tribunal Superior, con el  exclusivo propósito que sostuviera la acusación.   

          Como  consecuencia  de  los cargos formulados, pide que de acogerse  cualquiera  de  los  dos  primeros  se  case  la  sentencia  y se absuelva a los  procesados;  si  el  tercero,  que  se  anule lo actuado en la etapa del juicio,  regresando  el  proceso  al  momento  en  que el A quo  avocó su conocimiento.   

CONSIDERACIONES  

          La   Corte   ha   reproducido   diversos   apartes  de  la  demanda  relacionados  con  los  dos primeros cargos formulados por el casacionista, para  dejar   en   evidencia   las   contradicciones,   imprecisiones,  confusiones  e  insuficiencia  de  los  ataques  en  que  incurre  el  actor,  quien  parece  no  distinguir  con  claridad  el testimonio -como prueba directa- del indicio -como  prueba  indirecta-  que  se  construye  como inferencia lógica a partir de otro  medio de convicción.   

          Por  eso  se  refiere  indistintamente a la declaración del señor  Cárdenas  Solano como hecho indicador de un indicio único de responsabilidad o  como   testimonio   único,   cuestiones   en   extremo  diferentes  que  tienen  implicaciones   bien   distintas   respecto  del  grado  de  conocimiento  o  de  persuasión   que   se   requiere  para  adoptar  las  diversas  decisiones  que  corresponde  tomar  en  un  proceso  pues,  como  se  sabe,  para  asegurar  con  detención  preventiva es necesario que existan por lo menos dos indicios graves  de  responsabilidad  (artículo  356  de  la  Ley  600 del 2000); para acusar se  precisa  de  una  pluralidad  de  indicios  graves  o  de  otra  clase de prueba  –como el testimonio, por  ejemplo-  que señale la responsabilidad del sindicado (artículo 397 ibídem) y  para  condenar  es indispensable la certeza de la responsabilidad (artículo 232  id.),  que  se  puede  derivar  igualmente  de  una  pluralidad de indicios o de  cualquier otro medio de prueba.   

          No  es  lo  mismo,  entonces, atacar el fallo porque se apoya en un  indicio único, que hacerlo  porque  se  basa  en  un testimonio único  como  prueba directa del hecho que es, de acuerdo con el relato y  la  argumentación  que  expone  el  casacionista,  lo que dice sucedió en este  proceso.   

          Si    es   así,   los   dos   primeros  cargos   –además  de otros defectos que seguidamente se señalarán- carecen  de   trascendencia  porque  no  demostró  el  demandante  por  qué  razón  un  testimonio  único  es  insuficiente  para  condenar,  sabido  además que, como  repetidamente lo ha dicho la Sala,   

          “El  testimonio  único purgado de sus posibles vicios, defectos o  deficiencias,  puede y debe ser mejor que varios ajenos a esta purificación. El  legislador,  y  también  la  doctrina,  ha  abandonado  aquello de testis    unus,    testis   nullus.   La  declaración   del   ofendido   tampoco  tiene  un  definitivo  y  apriorístico  demérito.  Si  así  fuera, la sana crítica del testimonio, que por la variada  ciencia  que incorpora a la misma y mediante la cual es dable deducir cuándo se  miente  y  cuándo  se dice la verdad, tendría validez pero siempre y cuando no  se  tratase  de  persona  interesada  o en solitario. Estos son circunstanciales  obstáculos,  pero  superables;  son motivos de recelo que obligan a profundizar  más  en  la  investigación  o en el estudio de declaraciones tales, pero nunca  pueden  llevar al principio de tenerse en menor estima y de no alcanzar nunca el  beneficio  de  ser  apoyo de un fallo de condena.”1   

          Además,     respecto    del    primer  reproche, la señalada confusión lo torna infundado,  pues  la  argumentación  se  refiere a una prueba indiciaria que en realidad no  fue la considerada por el fallador.   

          Y  es  contradictorio  porque, a pesar de insistir en el testimonio  único,  de  los párrafos del fallo que reproduce en la demanda se concluye que  fueron  plurales  los  medios  de  prueba  valorados  por  el  Tribunal. Así se  desprende  de  frases  como “los elementos de juicio analizados y las premisas  sentadas”,  “en  el plenario militan elementos de juicio”, o “del examen  de  los  testimonios  reseñados  en  precedencia”.  Igual  se advierte de las  propias  afirmaciones del impugnante, como que el Tribunal debió “ponderar de  manera  adecuada  las  demás  pruebas  obrantes  en  el proceso, algunas de las  cuales  son  directamente  desincriminatorias”,  o  que  no se realizó “una  valoración     jurídica,    racional    e    integral    de    los    indicios  existentes”.   

          Sin  embargo,  en  la  demanda  no  aclara  cuáles “elementos de  juicio”,    “premisas”,    “testimonios”,   “demás   pruebas”   o  “indicios   existentes”   fueron   valorados   por   el   Tribunal,  lo  que  adicionalmente   tornaría   incompleto   el   primer  reproche  porque  deja  por fuera toda consideración  respecto  de los medios de convicción que, conservando el mérito atribuido por  el   Ad   quem,  podrían  mantener   enhiesta   –o  desmoronar- la decisión condenatoria.   

          Por   otro   lado,  resulta  también  defectuoso  el  primer  cargo  porque el error que se le  atribuye  al  Tribunal,  en  realidad  no  se  configura.  Que  en el proceso de  valoración  de  la  prueba  se le dé a ella un alcance que no tiene, significa  que  se  le  hace  decir  lo  que  en  verdad  no  expresa,  que se desfigura,  distorsiona  o  tergiversa el  hecho  que revela la prueba, no que se le hubiese dado un valor inmerecido o una  significación  mayor de la que podría tener, como parece entenderlo el censor.   

Además,  la técnica casacional, por puras  razones  de  método  y  de lógica, exige que cuando se plantea el falso    juicio   de   identidad   debe  expresarse  lo  que  literalmente  dice  la  prueba  y  lo  que le hizo decir el  fallador,  de  manera  que  la  tergiversación  aparezca  evidente  por la sola  confrontación  de  los  textos.  El  demandante no sólo no realizó esa labor,  sino  que  ni  siquiera  indicó  el  contenido  de  la  declaración del señor  Cárdenas  Solano  ni  las  alusiones  que  a ella hubiese hecho el Ad quem.   

         

          Dígase  finalmente,  para  concluir  el  examen  de los dos cargos  iniciales  y  demostrar  que  en su postulación no se cumplieron los requisitos  previstos  en  el  artículo  212  del  Código  de  Procedimiento Penal, que el  segundo  reproche carece de  la    precisión    y    claridad    que    la    norma   reclama   –amén  de  lo  ya  señalado-  porque  plantea   que   se   desconoció   el  in  dubio  pro  reo  pero  se  abstiene de demostrar la incertidumbre  que  se  pudiera  advertir  en el proceso. En lugar de ello, se limita a afirmar  que    existe    “una    serie    de    dudas    y  sospechas” que se “dejaron flotando a través del  expediente”,  pero  no  identifica  ninguna,  o  que “la prueba testimonial,  pericial  e indiciaria” no ofrece la convicción necesaria para condenar, pero  sin  ilustrar  a la Corte sobre las razones que apoyan esa conclusión. Y cuando  alude   a   algo   concreto,  como  la  sospecha  de  que  los  procesados  sean  “consuetudinarios   secuestradores”,   lo   hace  de  manera  inconexa,  sin  acreditar   la   incidencia  que  ese  prejuicio  hubiese  podido  tener  en  la  valoración de la prueba.   

          Así  formulados  los  dos  primeros cargos, debe reiterarse que no  llenan  las  exigencias  de claridad y precisión reclamadas por el numeral 3º.  del  artículo 212 del estatuto procesal, lo que dará lugar a la inadmisión de  la  demanda  y  a  la  devolución del expediente al despacho de origen, como lo  dispone  el  artículo 213 ibídem, pues se anticipa que tampoco el tercer     reclamo     –que  debió  plantearse en primer lugar, atendiendo al principio de  preeminencia de los cargos- satisface esos requisitos.   

En este sentido, obsérvese con relación al  primer  motivo  de  nulidad  aducido  por  el  censor,  que cuando se ordenó la  consulta  de  la  preclusión  de la investigación (15 de agosto del 2000) y el  fiscal  de  segunda  instancia la desató acusando a todos los procesados (12 de  marzo  del  2001),  estaba  vigente  el  artículo 35 de la Ley 504 de 1999, que  modificó  el 206 del Código de Procedimiento Penal de 1991, que consagraba ese  grado jurisdiccional de revisión.   

Ninguna  incidencia  tiene  en  este  caso,  entonces,  que el 19 de julio del 2001 la Corte Constitucional, con ponencia del  magistrado  Marco  Gerardo  Monroy  Cabra,  declarara  en  la sentencia C-760 la  inexequibilidad  del artículo 203 de la Ley 600 del 2000, porque para esa fecha  la  situación  que ahora se discute estaba consolidada. Y no habría lugar a la  aplicación  retroactiva del fallo, no sólo porque sus efectos están previstos  hacia  el  futuro, de manera que no afectan actuaciones que se hubieran cumplido  cuando  la  norma  gozaba  de  la  presunción  de  constitucionalidad que le es  propia,  sino  también porque la contrariedad con la Carta Política se derivó  exclusivamente  de  los  vicios  de  forma que se presentaron en el trámite del  proyecto  de  ley,  no  de  la oposición entre ese instituto y la Constitución  Política.   

Por lo tanto, si no existe irregularidad es  apenas  obvio  que  no puedan indicarse en forma clara y precisa los fundamentos  de   la   acusación,   ni   mucho   menos   la  trascendencia  de  la  supuesta  anormalidad.   

Lo  mismo  habrá  de  decirse respecto del  segundo  motivo  de nulidad, porque el relevo del fiscal que habría de sostener  la  acusación  no genera vicio, como lo dijo la Sala, por ejemplo, en sentencia  del  13  de febrero del 2003, radicado 11.480, con ponencia del magistrado Yesid  Ramírez Bastidas.   

              En mérito de lo expuesto,  la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de  casación  presentada  por  el  defensor  de  los señores GUSTAVO  ADOLFO       HENAO      MEJÍA,      HERNANDO  SÁNCHEZ  VARÓN,  JORGE    ELIÉCER    ZAMORA    PINTO   y  RICARDO     JHOANNY     MORA    AGUILAR,  contra  la  sentencia  dictada  el  28  de  febrero  del  2003  por  el Tribunal Superior de  Bogotá. En consecuencia, se  ordena devolver el expediente al Tribunal de origen.   

          Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

  HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO                 ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO              ÁLVARO O. PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                          JORGE L. QUINTERO MILANÉS   

YESID    RAMÍREZ   BASTIDAS                                                MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Casación  del 12 de julio de 1989, M. P. Gustavo Gómez Velásquez. En el mismo  sentido,  sentencias  del 15 de diciembre del 2000, radicado 13.119, M. P. Jorge  Aníbal  Gómez Gallego, y del 17 de septiembre del 2003, radicado 14.905, M. P.  Mauro Solarte Portilla.     

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