17714(12-11-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 17714  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 118  

          Bogotá,   D.   C.,  doce  (12)  de  noviembre  del  dos  mil  tres  (2003).   

VISTOS  

          Mediante  sentencia  del  9 de agosto de  1999,  el  Juzgado  38  Penal  del  Circuito  de Bogotá declaró a las señoras  Martha    Patricia    Henríquez   Leiva   y   Janeth   Sirley  Henríquez  Leiva  penalmente responsables, como coautoras, del delito de  secuestro  simple  agravado. Les impuso las sanciones principales de 88 meses de  prisión  y  110  salarios  mínimos legales mensuales de multa, la accesoria de  interdicción  de derechos y funciones públicas por igual lapso, la obligación  de  indemnizar  los  perjuicios  causados,  les  negó  la condena condicional y  reiteró las órdenes de captura emitidas contra ellas.   

          El  fallo  fue  recurrido  por  los  defensores  y confirmado por el  Tribunal Superior de la misma ciudad, el 8 de junio del 2000.   

          Los  apoderados acudieron a la casación, que fue concedida. La Sala  resuelve,  una  vez  recibido  el  concepto del Procurador Cuarto Delegado en lo  Penal.   

HECHOS  

          La  señora  Nelcy  Janeth  Lara  Villalba  sostenía  una relación  amorosa  con Guillermo Moncayo Muñoz, esposo de Martha  Patricia Henríquez Leiva.   

          Aproximadamente  a  las  8 de la noche del 26 de septiembre de 1994,  cuando  Nelcy  Janeth  Lara  llegaba  a  su casa de la calle 22 número 20-53 de  Bogotá,   fue   abordada   por  las  hermanas  Martha  Patricia  y  Janeth  Sirley  Henríquez     Leiva,    quienes    procedieron    a  golpearla   e  insultarla y la obligaron a subir al vehículo de placas BAN  844,  de  propiedad  de Guillermo Moncayo, que era conducido por Milton Mauricio  Rodríguez.   

          Bajo  la  amenaza  de  un  arma  de  fuego,  la  llevaron a un sitio  despoblado,     en     las     afueras     de     la     ciudad     –entre La Calera y Guasca-, lugar donde  el  hombre,  incitado  y  ayudado por las dos mujeres, la violó. De nuevo en el  carro,  regresaron. Los agresores pararon en un cajero automático de la carrera  7ª.  con  calle  31 y obtuvieron dinero y, pasada la medianoche, la abandonaron  cerca  de  su domicilio, previa advertencia de que si comunicaba lo acontecido a  las autoridades la matarían.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          La  fiscalía vinculó mediante indagatoria a las dos señoras y les  resolvió  la  situación  jurídica  el  31  de  enero  de  1998.  Decretó  su  detención  preventiva  como coautoras del delito de secuestro simple, agravado,  y dispuso su captura.   

          Posteriormente    escuchó   en   injurada   a   Guillermo   Moncayo  Muñoz.   

          El    14    de   julio   de   1998,   el   instructor   cerró  parcialmente  la investigación y  dispuso  que  por  separado  siguieran  las  indagaciones respecto de éste y de  Milton Mauricio Rodríguez.   

          El  17  de septiembre de 1998, las dos señoras fueron acusadas como  coautoras  del  delito  de secuestro simple agravado, descrito en los artículos  269  y 270-2-11 del Código Penal de 1980, modificados por los artículos 2°. y  3°.  de  la  Ley  40  de 1993: secuestro simple, agravado por el sometimiento a  violencia  sexual  (No.  2,  artículo  270)  y  por  las lesiones sufridas como  consecuencia   del   secuestro   (No.   11,   ibídem).   Se   insistió  en  su  captura.   

          Luego fueron emitidas las sentencias ya citadas.   

LAS DEMANDAS  

              Del apoderado de Martha Patricia Henríquez   

Leiva.  

          Formuló tres cargos. Los desarrolló así:   

          Primero     principal.     Causal     tercera.    Violación    al  debido   proceso   y   al  derecho    a    la   defensa   técnica.     Por     tanto,    se    debe    declarar    la    nulidad   de   lo   actuado   desde  las  diligencias  de  indagatoria,  porque  las  imputadas no fueron asistidas por un  abogado titulado.   

          En     esos    actos    –del  1°.  de  agosto  y  18 de septiembre de 1995-, las asesoró un  egresado  de  una  facultad  de  derecho.  La situación continuó hasta el 8 de  octubre  de  1996 –respecto  de  Martha  Patricia- y 29 de  enero   de  1999  –Janeth  Sirley-,   cuando   designaron  profesionales  de  su  confianza.  En  esos  lapsos  no contaron con la posibilidad de participar en el  debate probatorio.   

          Fue  evidente  el  desacato  al  artículo  29  de  la Constitución  Política,  conforme  con  el  cual,  en  ningún  momento  de la investigación  podían  las procesadas estar ausentes de asesoría técnica, pero lo estuvieron  durante la totalidad de la instrucción.   

          Segundo     principal.     Violación  indirecta de la ley sustancial  derivada  de  una  apreciación equivocada  de  los elementos de juicio. Se le dio valor de plena prueba a los  testimonios   de  la  denunciante  y  su  esposo,  apoyados  en  una  grabación  ilegalmente  aportada,  insuficientes para deducir responsabilidad penal, porque  a  ellos  se  oponían  otras  declaraciones  y  circunstancias que debieron ser  apreciadas.   

          El   Ad   quem  olvidó  que  la  doctrina  exige  que  el testimonio debe ser exacto, conteste,  objetivo  y  determinado. El de la víctima fue erróneamente analizado, pues no  fue  precisa  en  aducir  al  proceso  las  circunstancias  necesarias  para  el  esclarecimiento de los hechos.   

          El  yerro  judicial  estuvo  en  que  a  partir del hecho indicador,  equivocadamente   infirió   que   las  procesadas,  sin  fundamento  ni  causa,  secuestraron   a   la   denunciante,   cuando   su  dicho  no  tenía  capacidad  demostrativa,  como cuando señaló el retiro de dinero de un cajero, pero no se  averiguó la hora en que ello sucedió.   

          Se  incurrió,  entonces,  en  un error de  hecho  por  falso  juicio  de identidad, dada la errada  conexión  del  hecho indicador con el indicado, porque de la declaración no se  podía inferir, con valor de plena prueba, la responsabilidad.   

          Tercero.            Violación  a  la  ley sustancial derivada  de  la  apreciación  de  una  grabación  -realizada  en  forma ilícita por la  víctima-  de  conversaciones  telefónicas sostenidas por ella con Martha    Patricia    Henríquez   Leiva,  Guillermo Moncayo y Leonel Cárdenas Reyes.   

          Esos  registros  no  podían  tener  vocación probatoria, porque se  obtuvieron  con violación de los derechos a la intimidad de los interlocutores,  que  no  los  autorizaron.  Por ello, se requería la orden escrita de autoridad  judicial, cuya omisión comportó que la prueba naciera viciada.   

          Se  infringieron  los  artículos 148, 247, 269 y 270 del Código de  Procedimiento  Penal de 1991, y los artículos 2, 269 y 270 del Código Penal de  1980.   

          En  un  apartado  que  tituló  “LO QUE  DEBIÓ   HACER   EL   H.  TRIBUNAL”,  explicó  que,  aplicando  las  reglas de la sana crítica,  el  Ad  quem  debió   descalificar   el  testimonio  de  la  ofendida  y  la  grabación.  Es  contradictorio  que  no admitiera los descargos sobre las golpizas que el esposo  de  la  denunciante  le  propinaba  a  ésta.  Como  no  lo  hizo, infringió la  presunción       de       inocencia.   

          Cuarto.  Único  Subsidiario. Causal    primera,    cuerpo    segundo.  Violación    indirecta   de   la   ley  por  desconocimiento  del  in dubio pro  reo,  como  quiera que no se logró demostrar en forma  plena  la  responsabilidad  de  sus  acudidas,  y, por el contrario, concurrían  pruebas  que  tendían  a  verificar  su  inocencia  y que no fueron debidamente  apreciadas.  Si  se  hubiera  hecho,  la  segunda  instancia habría revocado la  decisión   del   A  quo  y  absuelto a las acusadas.   

          Como        “PETICIÓN”, reclamó de la Corte que,   

          “reconociendo  la  existencia de una VIOLACIÓN DIRECTA DE LA LEY  SUSTANCIAL  por  estar  viciada de nulidad, SE CASE la  sentencia,  y  en  su lugar, se decrete la NULIDAD de  todo  lo  actuado  dentro  del  proceso  seguido  contra las hermanas HENRÍQUEZ  LEIVA”.   

          De  manera  subsidiaria, postuló se case la sentencia y se absuelva  a  las  procesadas,  ante la existencia de una infracción indirecta causada por  la   

          “apreciación   de   una   prueba   ilegal,   de   la  equivocada  apreciación de una prueba y del principio del IN DUBIO PRO REO”.   

           Del  defensor de Janeth Sirley Henríquez   

Leiva.  

          Presentó las siguientes dos censuras:   

          Cargo       primero:      causal    primera,    cuerpo    primero.  Violación  directa  de los  artículos  5,  36,  40-4,  269 y 270 del Decreto 100 de 1980. La sentencia debe  ser revocada y reemplazada por una de absolución.   

          La   víctima,   con  su  comportamiento,  agredió  a  Martha   Henríquez,  cuando  sostuvo  una  relación  amorosa  con  el  esposo  de  ésta,  circunstancia  que  motivó  la  respuesta  de la procesada, quien reaccionó por su pasión de amor, sentimiento  que  la  llevó  a  pensar  en  desquitarse castigando a la intrusa –aceptó,  incluso,  que  su  idea  fue  matarla-.   

          Janeth  Sirley, por su parte, actuó ligada  por  el sentimiento afectivo hacia su hermana, porque el ultraje lo sintió como  si  fuera propio, de todo lo cual surge que la conducta se realizó con ausencia  de dolo.   

          Lo  que  produjo el desenlace fue el conocimiento de la infidelidad,  porque  previo  a  ello ninguna expresión de odio alimentó a las hermanas, sin  que  dirigieran  su  voluntad  al secuestro, sino a “castigar”. Entonces, el  Tribunal  interpretó  de  manera  errada  el  artículo 36 del Código Penal de  1980,  porque si la finalidad no fue la del plagio, la acusada no se representó  la realización del tipo penal deducido.   

          El   castigo,  entonces,  debió  darse  en  virtud  del  resultado:  lesiones  personales, cuya incapacidad –12  días-  estructuró  una  contravención;  y  éstas y el acceso  carnal se dedujeron como agravantes del secuestro.   

          Cargo       segundo:      causal    primera,    parte    segunda.  Violación  indirecta de la  normatividad.  El  fallo  debe  ser  casado  parcialmente, para reconocer que el  hecho  se  presentó,  pero en estado de ira e intenso  dolor,   aplicando   la   consiguiente   disminución  punitiva.   

         Las  versiones  de  quienes  conocieron los hechos demuestran que la  reacción  de  Martha Patricia  y    de    su   hermana   Janeth   Sirley,  fue  consecuencia  de  conocer la infidelidad de su esposo con la  ofendida.   

         Se  incurrió en error de hecho, por falso  juicio  de  identidad, que llevó a la inaplicación el  artículo 60 del Código Penal de 1980.   

EL MINISTERIO PÚBLICO  

         El   Procurador   Delegado  recomendó  a  la  Sala  desestimar  las  pretensiones de los actores. Sus razones fueron:   

         En    relación   con   la   demanda   a   favor   de   Martha   Patricia   Henríquez  Leiva,  el  defensor:   

         a)  No  respetó el principio de subsidiariedad, pues presentó tres  cargos     como     principales     –uno   de   nulidad  y  dos  por  infracción  indirecta  de  la  ley  sustantiva-,  confundiendo  las consecuencias de las causales primera y tercera.  Faltó  a  la  técnica,  precisión  y  claridad y la Corte no puede suplir sus  deficiencias.   

         b)  Mezcló  en  forma  ilegítima  reproches al debido proceso y al  derecho  a  la  defensa,  y  postuló  a favor de las dos acusadas, cuando sólo  tenía mandato de una.   

         c)   En   lo  sustancial  –asesoría   técnica  por  parte  de  un  iletrado-,  no  le  asiste  razón,       porque      el      apoderado      designado     –de  confianza  y no de oficio- contaba  con  licencia  temporal vigente y estaba autorizado por la ley para actuar en la  instrucción criminal.   

         d)  No  demostró  la  trascendencia  del yerro, pues no indicó las  acciones  omitidas.  Dijo  que  en  la fase instructiva la sindicada careció de  asesor,  pero  el  expediente  muestra que antes de que se resolviera situación  jurídica,  asumió  un  nuevo profesional, quien interpuso recursos y solicitó  preclusión.   

         e)  Sobre  el  segundo  cargo,  no  demostró  la  evidente  y clara  equivocación   judicial.  Sólo  persiguió  oponer  su  personal  y  subjetiva  apreciación,  a  la  del Tribunal. No verificó reparos como que la denunciante  inventó  un  hecho  inexistente.  Atacó  la  prueba  del  hecho  indicador (la  declaración   de   la   quejosa)  y  la  inferencia  lógica  que  –dijo-   dedujo  el  sentenciador.  No  cumplió las exigencias técnicas para demandar el indicio.   

         f)  La  censura también está ausente de razón, porque además del  dicho  de  la  víctima,  el  Tribunal consideró otros medios, como el dictamen  médico,  el  certificado que dio cuenta del retiro de dinero de un cajero y los  registros  telefónicos  que  acreditaron  las  llamadas  que  Guillermo Montoya  realizó a la casa de la perjudicada.   

         g)  Respecto  del  tercer  cargo, si el mismo apuntaba a un error de  derecho  por falso juicio de legalidad –aunque  no  lo  anunció-,  por  la  valoración  de  una grabación  lograda  ilícitamente,  dejó  de precisar  las normas afectadas y tampoco  demostró   que  el  yerro  resquebrajaba  los  restantes  elementos  de  juicio  valorados     por     el     Ad    quem.   

         h)  No  es  cierto  que  la  versión  de la ofendida fuese admitida  únicamente  por  estar  corroborada  con  ese  documento,  pues se le concedió  eficacia  dado que un estudio clínico la encontró hábil mentalmente. Además,  los  registros  de  la  propia  voz son legítimos, cuando la víctima graba las  conversaciones de quienes la hacen objeto de delitos.   

         i)   En   relación  con  el  cargo  único  subsidiario,  sobre  la  aplicación   del   in   dubio  pro  reo,  no  invocó  el  artículo 445 del anterior estatuto procesal. No  especificó  el  error  de  hecho  o de derecho, ni el falso juicio cometido. No  concretó  ninguna  prueba  objeto  de  análisis equivocado, ni las situaciones  generadoras de duda, porque se dedicó a estudios etéreos.   

         j)  La  condena  se  soportó  en  la certeza que arrojaron diversas  pruebas, debidamente estimadas.   

         Respecto    del   escrito   en   representación   de   Janeth   Sirley   Henríquez   Leiva,  el  demandante   

         a)  En  el  primer  reparo,  apoyado  en  la violación directa, por  ausencia  de  dolo,  desconoció  la  valoración  judicial  que concluyó en su  demostración.   Invocó   las   tres   modalidades   de  infracción  normativa  –indebida  aplicación,  exclusión   y   errónea   interpretación-   sin  la  explicación  para  cada  una.   

         b)  Su  estudio  apuntó  a  que no hubo dolo de secuestrar, sino de  castigar,  olvidando  que  aún  con  su tesis, el agente debe responder por los  hechos  utilizados  como  medios  para conseguir su propósito final, que fue lo  que  sucedió  en  este  evento,  según  concluyó  el Tribunal y lo avalan las  pruebas.   

         c)  El  cargo subsidiario que echó de menos el reconocimiento de la  ira,  no  fue  demostrado  pues  el actor no precisó cuáles fueron las pruebas  objeto  de  distorsión  o  tergiversación.  Concluyó  que  el  Tribunal no se  pronunció  sobre  el  enojo,  circunstancia que debió presentar por vía de la  causal  tercera, por falta absoluta de motivación, o de respuesta a los pedidos  de las partes.   

         d)  El  recurrente  carece  de interés para reclamar la diminuente,  pues  en las instancias no fue postulada. Si se hizo, al menos tácitamente, fue  para  Martha  Patricia  y no  para  Janeth Sirley. Además,  no  precisó,  con el análisis del material probatorio, que sobre la hermana de  la  esposa  ofendida  recayeran  esas circunstancias. No desvirtuó que el hecho  fue  producto  de  una preparación fría, que incluso permitió parar la marcha  para  sacar  dinero  y  comer  en  la  carretera,  lo que descarta una reacción  repentina producto de los celos.   

CONSIDERACIONES  

         La  Sala  no  casará  la  sentencia  impugnada,  por las siguientes  razones:   

         Sobre   la   demanda   a   favor   de   Martha  Patricia  Henríquez  Leiva.   

         El  casacionista presentó sus estudios y peticiones respecto de las  dos  procesadas,  pero  sólo  le  fue  conferido  mandato,  y  se le reconoció  personería,  para  actuar  como  defensor  de  Martha  Patricia  Henríquez  Leiva. De tal manera que no tiene  legitimidad  para  postular  en  beneficio  de  Janeth  Sirley  Henríquez  Leiva,  quien  escogió un abogado  diferente como su asesor técnico.   

         La   Sala,   entonces,  responderá  los  reproches  que  ha  hecho,  únicamente  respecto  de  Martha  Patricia Henríquez  Leiva.   

         1.  Cargo primero: nulidad por ausencia de  defensa técnica.   

         El reparo carece de fundamento, porque:   

         a)  La  señora  Martha Patricia Henríquez  Leiva,  en  su  indagatoria, designó como defensor de  confianza  al  doctor  Alfonso Soto Ángel, de quien se dejó expresa constancia  se  identificaba  con  licencia  temporal  vigente,  expedida  por  el  Tribunal  Superior de Bogotá.   

         De  conformidad  con los artículos 31 y 32 del Decreto 196 de 1971,  la  persona que hubiese terminado sus estudios de derecho y obtenido la licencia  temporal  quedaba  habilitada  para “ejercer la profesión de abogado” “En  la instrucción criminal”.   

         La  actuación  del egresado, así, se hallaba avalada por la ley y,  por tanto, no se ha incurrido en irregularidad alguna.   

         b)  El inciso segundo del artículo 148 del Código de Procedimiento  Penal  de 1991 -que facultaba a los egresados para intervenir en las actuaciones  procesales-,  fue  declarado  exequible  por la Corte Constitucional, pues ésta  sólo  extrajo  del  ordenamiento,  por contrariar la Carta Política, el inciso  primero   del   artículo,   que  permitía  la  posibilidad  de  que  cualquier  “ciudadano  honorable”,  sin  formación  jurídica,  pudiera  ejercer  como  defensor  de  oficio  (sentencia  C-  049, del 8 de febrero de 1996, M. P. Fabio  Morón Díaz).   

         c)  El  apoderado,  quien  actuó desde la indagatoria, fue relevado  por  el  querer  expreso  de  la  procesada,  el  17  de octubre de 1996, cuando  designó   a  un  abogado  titulado.  Para  este  momento,  la  instrucción  se  encontraba  en  sus  albores,  y  ni  siquiera  se había resuelto la situación  jurídica  de  la dama, pronunciamiento jurídico que sucedió el 30 de enero de  1998, esto es, más de 15 meses después.   

         Desde  otro  ángulo,  la reseña que se acaba de realizar demuestra  que,   uno,   la  defensa  titulada  sí contó con tiempo suficiente en la fase de instrucción para tomar  medidas,  pues  esta  fue  clausurada  el  14  de  julio de 1998, casi dos años  después  de  su  ingreso  al proceso; dos,  que cuando la defensa letrada comenzó su actuación, no existía  ninguna  providencia  de  fondo;  y,  tres,   que   la   medida   inicial,  es  decir,  la  de  aseguramiento,  inclusive  fue objeto de recursos por parte del togado.   

         2.    Cargo    segundo:    violación    indirecta    de   la   ley  sustancial,    producto    de    una    apreciación  equivocada de los elementos  de juicio.   

         Se responde:   

         a)   El   casacionista  no  demostró  que  los  testimonios  de  la  denunciante         y         su        esposo        fueran        distorsionados  por  el  Tribunal. Y esto  era  lo  que debía hacer pues aducía falso juicio de  identidad.   

         b)   En   relación   con  el  tema  debatido,  los  argumentos  del  Ad quem fueron:   

         “Lo  expuesto  por  Nelsy  Janeth Lara  Villalba,  en  la  denuncia  y  ampliaciones  de  la  misma…  se  ciñe  a  la verdad y por eso merece otorgársele la categoría de  verosímil,  sobre  todo, cuando se encuentra corroborado en los autos con otros  elementos de juicio…”.   

        “La  mencionada víctima da cuenta como la noche de marras cuando  ella  regresaba  a  su apartamento fue agredida por las procesadas. Episodio que  es  corroborado  con  el  testimonio  de Carlos Darío  Caro,  quien  manifiesta  haberse  enterado  por  un  tercero  que ‘una muchacha  había        sido       golpeada’”.   

        “Refiere  también  Nelsy  Janeth Lara  Villalba, que las procesadas por la fuerza la sacaron  de   su   esfera  habitual  de  residencia  y  de  sus  actividades  hogareñas,  obligándola  a  subirse a un carro, en el que contra su voluntad la trasladaron  a  un  paraje  solitario  ubicado  entre  las poblaciones de la Calera y Guasca,  donde fue golpeada, intimidada y violada”.   

        “Leonel  Cárdenas  Reyes,   esposo   de   Nelsy   Janeth   Lara  Villalba, pero separado de ella, declara que el 26 de  septiembre  de  1994, cerca de la media noche, lo llamó la antes nombrada, para  pedirle  con  angustia  que fuera a su apartamento, lo que hizo, por lo que pudo  percibir  que  se encontraba llorando, tenía moretones y que se encontraba toda  sucia.  Afirma  que  cuando  le preguntó porque se encontraba en ese estado, le  relató  todo  lo  que  le  había pasado. Esto es que las procesadas la habían  golpeado  y  que  después  empleando  la  fuerza  y con la participación de un  muchacho  que  el  declarante  no  conoce,  la subieron al carro de Guillermo  Moncayo y en la Carrera 7 como  con  32  sacaron plata de un cajero, para seguir al norte, cogieron la vía a La  Calera,  toman  un  camino  destapado  y  en  un  sitio oscuro, la golpearon, la  trataron mal, la amenazaron con matarla y la violaron”.   

        “Dice  además,  que  al  día  siguiente  lo llamó Martha  Patricia  Henríquez  Leiva para  contarle  lo  que  le había hecho a Nelsy Janeth Lara  Villalba, por lo que grabó la conversación, que fue  transcrita  por  la  Fiscalía  y  de  la  que merecen resaltarse los siguientes  apartes:    Leonel    Cárdenas   Reyes,   quien  tiene  dos  hijos  con  Nelsy  Janeth,  enterado como fue por esta del Secuestro, le  reclamó      así      a      Martha     Patricia  Henríquez: ‘Oiga  pero usted si me dejó los chinos muy solos ahora’”.   

         Basta  una  lectura desprevenida de las intervenciones procesales de  los        declarantes        para       constatar       que,       primero,  el  juzgador  no  deformó  el  contenido    real    de    los    testimonios;    y,  segundo,  que  prácticamente  los  transcribió en su  literalidad.   

         c)  No  se  cometió  ninguna  irregularidad.  Pero, además: si los  reproches     son     mirados     como     dirigidos     a    la    estimación  probatoria  hecha  por  los  jueces,   así   como   a   la   eficacia  que  a  esa  prueba  concedió la judicatura, es claro que el  Tribunal  no  incurrió  en  los  falsos  juicios  de  identidad que les imputa el actor.   

         Si  fuera  necesario,  importaría  precisar que en la presentación  que  hizo  el  Tribunal  pareciera  que  el  retiro del dinero que se hizo de un  cajero  se habría producido antes del arribo al sitio donde se llevó a cabo la  violación.  Sin  embargo, lo cierto es que ocurrió después, ya en el viaje de  regreso.  A  pesar  de esta eventual falla, nada le podría suceder al análisis  judicial pues lo real es que el hecho existió.   

         d)       El       defensor       estudió      los      testimonios  y  en  desarrollo  del cargo  incrustó    reparos    a    una   presunta   prueba  indiciaria,  emanada  de  aquellos. Es menester decir,  entonces,  que,  de una parte, dejó completamente de lado la asunción correcta  de  la  técnica  en  materia  de  prueba  de  indicios;  y,  de la otra, que la  declaración  de la víctima fue apreciada como prueba  directa,  en  tanto  testigo  presencial,  y  no  como  demostración de algún hecho indicador.   

         e)  Según  el  censor, el alcance y la credibilidad que el Tribunal  dio  a  los  elementos  de juicio tuvo como apoyo las grabaciones, piezas que no  podían  ser atendidas por haber sido fruto de ilegalidades. Sobre este aspecto,  la  Sala  se  pronunciará,  enseguida, al contestar la tercera censura, pues en  torno de ella se ha recurrido de manera independiente.   

         3.    Cargo    tercero:    violación    indirecta    de   la   ley  sustancial,   por  la  estimación  judicial  de  las  grabaciones  que  incorporaban  conversaciones sostenidas por la víctima con la  procesada,  con  Guillermo  Moncayo  y  con  Leonel  Cárdenas Reyes, que fueron  logradas ilegalmente.   

         Dígase:   

         a)  Los  registros  se  obtuvieron  por  la  propia  ofendida  y  su  cónyuge,  de diálogos sostenidos por ellos con las personas citadas, o sea que  el  objeto  de grabación estaba constituido por sus palabras, con independencia  de   que   lo   propio   sucediera   con   los   interlocutores  que  con  ellos  hablaban.   

         Sobre esto es bueno anotar: el recurrente dijo que   

         “cuando   no   se  trate  de  grabar  la  propia  voz  o  recoger  documentalmente  la  propia  imagen, ni de interceptar la línea telefónica que  se  tiene,  sino  de registrar comunicaciones o imágenes privadas, es  necesario  que  se obre en cumplimiento de una orden emanada de  autoridad judicial competente”.   

         Y  precisamente la hipótesis recordada por la defensa concurrió en  este  caso:  las grabaciones tuvieron como materia las palabras de la víctima y  de  su  esposo.  Como  consecuencia, entonces, razonando en el mismo sentido del  censor,   el   proceder   fue   legítimo  pues  que  no  se  requería  mandato  judicial.   

         Desde  hace  años,  la  jurisprudencia  de  la Sala ha sido nítida  sobre  el  punto. Así, por ejemplo, en sentencia del 16 de marzo de 1988 (M. P.  Lisandro Martínez Zúñiga, radicado 1634,) explicó:   

         “nadie  puede  sustraer, ocultar, extraviar, o destruir una cinta  magnetofónica  o  interceptar  o  impedir  una  comunicación  telefónica, sin  autorización  de  autoridad  competente.  Pero,  cuando una persona, como en el  caso  concreto,  es  víctima de un hecho punible y valiéndose de los adelantos  científicos,  procede  a  preconstituir la prueba del delito, para ello de modo  alguno  necesita  de  autorización de autoridad competente, precisamente porque  con  base  en  ese  documento  puede promover las acciones pertinentes. Esto por  cuanto quien graba es el destinatario de la llamada”.   

         Recientemente,  el  6  de  agosto  del  2003  (M.  P. Carlos Augusto  Gálvez   Argote,   radicado   21.216),   reiteró   esa   postura,   con  estas  palabras:   

         “En   efecto,  aunque  en  ese  ámbito  se  cuestiona,  también  infundadamente   por   el   defensor,  la  legalidad  de  la  prueba  documental  constituida  por  las  grabaciones  de  audio  que  hizo  en  primer término la  denunciante…   de   una   comunicación  telefónica  que  sostuvo  con  el…  procesado,  y  por  las de la misma naturaleza y de vídeo que se efectuaron con  la  colaboración del Cuerpo Técnico de Investigación al momento del operativo  que  concluyó con la captura del funcionario, las cuales, así lo señaló el a  quo,  legalmente resultan válidas y con vocación probatoria porque, como desde  antaño  lo ha venido sosteniendo la Sala, su práctica no requiere previa orden  judicial  de autoridad competente en la medida en que se han realizado, respecto  de  su  propia  voz e imagen, por persona que es víctima de un hecho punible, o  con  su  aquiescencia y con el propósito de preconstituir la prueba del delito,  por  manera  que  no  entraña intromisión o violación alguna del derecho a la  intimidad   de   terceros   o   personas   ajenas”.   

         b)   Por   lo   demás,   si   el  yerro  hubiera  existido,  sería  intrascendente  porque, como el mismo impugnante lo reconoce en su  extenso  escrito,  el  soporte  básico de la sentencia condenatoria fue el testimonio de  la  víctima.  De  modo que con la grabación y sin la grabación la incolumidad  de  la  decisión  se  mantendría.  Y  esto  hace que el reparo sea mirado como  insustancial.   

         c)  Y  tampoco es cierto que la sentencia respaldara las palabras de  la  ofendida  exclusivamente en las grabaciones. Es fácil ver cómo el fallador  soportó  igualmente ese testimonio en uno,   la   declaración   de   Leonel  Cárdenas  Reyes;  dos,  las  certificaciones  bancarias que  probaron   el   retiro   de  dinero  la  noche  de  los  hechos;  y,  tres,  en  los  descargos  de Guillermo  Moncayo.   

         Por  esta  vía, de la misma manera, si se aceptara la ilegalidad de  las  grabaciones,  la  incidencia  en  el sentido de la sentencia no existiría,  pues  que  por  otros  medios de prueba también se arribó a la declaración de  responsabilidad.   

         4.  Cargo  cuarto:  violación  indirecta  de  la norma  que  recoge  el  principio  in dubio pro  reo.   

         Se responde:   

         a)  El  demandante  no  precisó  sobre  cuál  medio  de  prueba se  cometió  el  error, como tampoco realizó el análisis necesario que permitiera  restar  trascendencia  a  los  estudios  judiciales  y  demostrar  a  la Sala la  existencia de ese estado de incertidumbre.   

         b)  Partió  de  la tesis según la cual las pruebas no arrojaban el  grado  de  convicción exigido por la ley para condenar, desde luego con base en  que  los  anteriores  cargos que propusiera en la demanda fructificarían. Y con  ese  fundamento  entendió  que  ningún  material,  o  el  restante,  permitía  alcanzar el grado de certeza que se necesita para condenar.   

         Siendo  así,  la  Sala  se remite al examen que ya hiciera frente a  los    reproches    precedentes,    de    los   cuales   resulta,   primero,     que    el    Ad  quem  no  incurrió  en  los  errores  señalados;  y, segundo, que,  por  consiguiente,  no  concurre  en  el  expediente  motivo  alguno que pudiera  generar vacilación u oscilación probatoria en el juzgador.   

         Sobre   la   demanda   en   nombre   de   Janeth  Sirley  Henríquez  Leiva.   

         

         1.    Cargo    primero:    violación    directa    de    la    ley  sustantiva, porque el juez colegiado no consideró que  las  procesadas  reaccionaran  fruto  de  una  “pasión de amor”, lo que las  exculpaba  del  dolo,  en  los términos del artículo 40-4 del Código Penal de  1980.   

         Se responde:   

        a)  Leída  de  nuevo  la  demanda  y  confrontada  con  el  expediente, es nítido que el actor  intentó  sencillamente  oponer  su  análisis  del  asunto  al elaborado por la  justicia,  probablemente  para que la Corte escogiera una de las dos ópticas. Y  esto,  como  se  sabe,  no puede obtener logros en casación pues en tal sede es  imperativo  comprobar  errores cometidos por los jueces y no simplemente mostrar  hipótesis    de    trabajo    para    contrastarlas    con   las   conclusiones  judiciales.   

         b)  El  Tribunal  percibió y valoró atinadamente el comportamiento  de  los  agresores,  quienes  durante el iter criminis  utilizaron tiempo para, por ejemplo, detener la marcha  del  automotor  y obtener dinero de un cajero automático, como se demostró con  una  certificación bancaria; igualmente explicó cómo las dos mujeres rasgaron  las  ropas  de  la  víctima  y  la  retuvieron  para que el hombre la accediera  carnalmente, como se probó con el dictamen médico.   

         Estas  circunstancias  verifican  sin  duda  alguna  la frialdad, la  deliberación  y,  desde  luego,  con  suficiencia,  la  actuación consciente y  voluntaria  de las procesadas. Y esas conductas no son propias de una “pasión  de  amor”  sino,  ahí  sí,  de un comportamiento claramente orientado a  infringir  la  ley  penal. Pero aún en el supuesto de que las señoras hubieran  actuado  movidas  por  esa  “pasión  de  amor”,  por  esa sola razón no lo  habrían   hecho  exentas  de  dolo  porque  la  conciencia  y  la  voluntad  no  necesariamente   son   disueltas   por   la   causa  o  factor  que  conduce  al  comportamiento  delictivo.  Y  siendo  así,  se  excluye  toda  posibilidad  de  ausencia de dolo.   

         Ni  más  ni  menos,  eso  fue  lo  expresado  por  el  A  quo  en su sentencia: las sindicadas se  enteraron  de la traición amorosa de la denunciante dos días antes del suceso;  desde     entonces    Martha    Patricia  prometió vengarse; preparó la forma en que lo haría y se hizo a  un  vehículo  para  ejecutar  su  plan.  Ese  plan  y  ese  encadenamiento, esa  premeditación  por  algún  tiempo,  evidencian, entonces, el dolo, y sacan de la escena toda posibilidad de  error predicable de las autoras.   

         2.  Cargo  segundo:  violación indirecta,  pues    producto    de    un    falso   juicio   de  identidad,  se  inaplicó  el artículo 60 del Código  Penal  derogado.  Se  imponía, así, reconocer la diminuente de la ira e intenso dolor.   

         Se contesta:   

         a)   El  demandante  no  señaló  ni  demostró  que  la  sentencia  distorsionara el contenido real de alguna prueba en concreto.   

         b)   Los  análisis  literarios  que  hizo  sobre  los  celos  y  la  infidelidad  no especificaron ni comprobaron nada en relación con la existencia  en  el  expediente  de  prueba  que indicara que la acción de la procesada  hubiera  sido  motivada  por  una  conducta  grave  e  injusta  procedente de la  víctima.   

         c)  Las  transcripciones  parciales  que  hizo  el  actor  realmente  apuntan  a que quien pudo sentirse ofendida por la infidelidad de la denunciante  fue  Martha  Patricia y no su  cliente,  Janeth  Sirley  Henríquez Leiva.  Si  el  acto  calificado de desleal fue obra de la víctima y del  esposo  de  aquella, el acontecimiento no puede ser trasladado así, sin más, a  la   señora  Janeth  Sirley  Henríquez Leiva.   

         d)  Aparte de su personal apreciación, no citó ningún elemento de  juicio  que  indicara,  siquiera  de  manera  tácita,  que la acusada procedió  llevada  por  esa  pasión. Incluso, reconoció que ni en la indagatoria se hizo  referencia a esa circunstancia emocional.   

         e)  No  desvirtuó  que  los delitos se llevaran a cabo luego de una  preparación  calculada,  como  ya  fue señalado. Y como esto ocurrió, y no se  demostró  lo  contrario, la consecuencia es obvia: el descarte de una reacción  producto de los celos.   

         Se    confirma,    entonces,   lo   dicho   al   comienzo   de   las  “consideraciones”: la sentencia no puede ser casada.   

         Por  último,  recuérdese  que  si  hubiera  lugar al estudio de la  favorabilidad  por la vigencia de una nueva codificación penal, correspondería  a los Jueces de Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad.   

         Consecuente  con lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         

         No    casar   la   sentencia   impugnada.   

Notifíquese y cúmplase.  

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS   

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS               JORGE  ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO              ÉDGAR LOMBANA  TRUJILLO                        

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN                MARINA            PULIDO           DE  BARÓN                          

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS            MAURO     SOLARTE     PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria     

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