17196(12-06-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 17196  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 66  

Bogotá, D. C., doce (12) de junio del dos mil  tres (2003).   

ASUNTO  

          Se  decide el recurso de casación interpuesto por el Fiscal Tercero  Delegado  ante  el  Tribunal Superior de Pereira contra la sentencia dictada por  esa  corporación  el 26 de enero del 2000, mediante la cual absolvió al señor  CARLOS     ALBERTO     MISAS    HURTADO.   

HECHOS  

          El  1º.  de  septiembre  de  1995,  CARLOS  ALBERTO   MISAS   HURTADO   y  LEONEL  ALZATE  GÁLVEZ  celebraron  un  contrato de promesa de permuta, en virtud del cual el primero le  transfería  al  segundo un local comercial ubicado en el multicentro Las Garzas  de  la  ciudad de Pereira, y éste le entregaba un automóvil y una motocicleta,  bienes   cuya  posesión  cedieron  de  inmediato.  En  el  documento  se  dejó  constancia  que  el  inmueble  soportaba  un gravamen hipotecario a favor de una  entidad  financiera,  a  la  que  ALZATE GÁLVEZ, quien asumiría la obligación  crediticia,  habría  de  continuar  pagando las mensualidades correspondientes.   

          Hacia  finales de 1996 el señor ALZATE, quien oficia como sacerdote  en  esa ciudad, fue informado por un empleado de la acreedora que el inmueble se  encontraba  embargado  y  a  punto de ordenarse su remate, razón por la cual le  solicitó  a la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos copia del folio de  matrícula  inmobiliaria  indicado  en  el  contrato,  enterándose entonces que  éste  no  se  refería  al  bien  que le había sido entregado por MISAS  HURTADO,  razón  que  lo  movió a  presentar denuncia en su contra.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          Concluida  la instrucción, un fiscal seccional de Pereira acusó al  señor  MISAS HURTADO el 16 de  septiembre  de  1998 por el delito de estafa, decisión  que fue confirmada  por  un  fiscal delegado ante el Tribunal Superior de Pereira el 18 de noviembre  siguiente.   

          Mediante  sentencia  del  27  de  octubre  de 1999, el Juzgado Sexto  Penal  del  Circuito  de  la  misma  ciudad  lo condenó a un año de prisión e  interdicción   de  derechos  y  funciones  públicas  por  igual  término.  La  providencia,  recurrida  por  el  defensor  del  procesado,  fue revocada por el  Tribunal  Superior  que,  con fecha 26 de enero del 2000, lo absolvió del cargo  por el que fuera acusado.   

          El  fallo  de  segunda instancia fue impugnado por el Fiscal Tercero  Delegado  ante  el  Tribunal,  a quien la jefe de la unidad le asignó el asunto  precisamente con ese propósito.   

LA  DEMANDA   

          Al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación,  desde  sus  dos  modalidades,    el    fiscal    acusó   la   sentencia   por   las   siguientes  razones:   

1.  Por  violar de  manera  directa  la  ley  sustancial, por falta de aplicación, pues el Tribunal  reconoció  en  la relación de los hechos que el procesado no podía cumplir lo  pactado  porque  el  bien estaba embargado desde meses anteriores, circunstancia  que   éste   conocía    y  la  víctima  ignoraba.  Por  lo  tanto,  dice  seguidamente  el  impugnante,  al  Ad quem    le    era    imperativo    condenar   al   señor   MISAS  HURTADO por el delito de estafa, de  manera  que  por  no  hacerlo  infringió directamente, por exclusión, la norma  sustancial.   

          2.  Por  quebrantar  en forma indirecta la  ley  sustantiva  en  el proceso de apreciación de la prueba indiciaria. En este  sentido, sostiene que:   

          a.  El  Tribunal  incurrió  en  falso  juicio  de identidad, porque  entendió  que  i) un bien comprometido en un proceso hipotecario se halla fuera  del  comercio,  lo  que  sólo  ocurre  cuando  ha sido embargado; ii) el señor  ALZATE   estaba   obligado  a  acudir  a  la  entidad  financiera  para  que  la  subrogación  se  hiciera  efectiva,  desconociendo que ésta opera ipso  iure cuando el adquirente obtiene la  cosa  hipotecada;  iii)  la  falta  de  exhibición  de  un viejo certificado de  tradición  revela la inexistencia del engaño, restándole valor al contrato de  promesa  de  permuta  en  el  que se anotó que se hallaba “libre de impuestos  gravamen  enajenación”.  Además,  se  derivó  de allí una violación de la  regla  de  la  experiencia  que  enseña  que ninguna persona normal entrega sus  bienes a cambio de otro que se halla embargado.   

          Agrega  que  el  fallo  desconoció el principio de la buena fe; que  confundió  comportamientos  posteriores  de  la  víctima que no tienen ninguna  incidencia  en  la realización de la conducta delictiva y que no tuvo en cuenta  el  aspecto  central del debate, referido a la responsabilidad del procesado por  no    haberle    comunicado    a    su    contratante   que   el   bien   estaba  embargado.   

          b.  Constituye  también  falso  juicio  de identidad, que conduce a  otra  inferencia  lógica errada, la apreciación del documento suscrito por los  contratantes  en  cuanto  indica un número de matrícula inmobiliaria diferente  del  real. Esto, que para el Tribunal fue apenas una equivocación de la persona  que  elaboró  el  escrito  y  que  en  nada  favorecía  al procesado porque el  certificado  habría  sido  expedido  de inmediato por la Oficina de Registro de  Instrumentos  Públicos,  corresponde  en  verdad  a  una estrategia del engaño  usado   por   el   señor   MISAS  HURTADO.  Así  lo  enseña  la sana crítica, concluye el demandante, pues  “bastaría  con  examinar  unitariamente  el  resto de prueba, para inferir en  forma  sencilla  que  era  uno de los ardides” de éste para apoderarse de los  bienes del sacerdote.   

          Solicita,  finalmente, que se case la sentencia absolutoria y, en su  reemplazo,  se  dicte  una  de  carácter condenatorio.            

         

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

          Para  la  señora  Procuradora  Primera  Delegada  para la Casación  Penal,  el  primer  cargo es  inadmisible  porque  el  censor  se  limitó a referirse a la relación fáctica  realizada  por  el  Tribunal, pero no confrontó los hechos con los presupuestos  legales  del  delito de estafa, lo que hubiera permitido evidenciar si en efecto  aquéllos   se   subsumían   en   la   norma  inaplicada  por  el  Ad quem.   

          El  segundo,  en  cambio,  está  llamado  a prosperar porque ciertamente contraría las reglas de  la  experiencia  admitir  que una persona normal entregue sus bienes a cambio de  un predio embargado.   

          La   Delegada   considera,   sin   embargo,  que  como  tan  escueto  planteamiento  dificulta  su  comprensión,  es  necesario  hacer  un  análisis  integral  de  los  hechos,  tarea  que  libremente  acomete  para  destacar  del  documento  suscrito  por  los  contratantes  que  MISAS  HURTADO  le  ocultó  a  ALZATE GÁLVEZ el embargo que  pesaba  sobre  el  inmueble,  lo  que  configura el engaño propio del delito de  estafa  y,  como  dirá  más  adelante, respalda el dicho del ofendido sobre la  omisión  del  procesado  en  suministrarle  cualquier información al respecto.   

          Le   reprocha  al  Tribunal  que  hubiera  estimado  inexistente  el  despliegue  de  artificios o engaños y juzgara simplemente ingenuo al sacerdote  por  creer  las  mentiras del procesado, pues semejante valoración desconoce la  malintencionada  conducta  de éste, que se revela en el ocultamiento de la real  situación  del  bien  y  en  la afirmación que se hizo en el contrato sobre la  ausencia  de  embargos.  En  estas  condiciones,  se  equivoca  el  Ad   quem   cuando   reclama   para   la  estructuración  del  engaño  otros  comportamientos  que  indujeran  con mayor  seguridad  en error a la víctima, lo que implica admitir que su conducta fue en  efecto delictiva.   

          Es  inaceptable  además  que  se  le  reclame  a la víctima por su  ingenuidad,  porque  tal  crítica  desconoce  el  principio  de  la  buena fe y  autoriza  la  realización  de  comportamientos  contrarios  a la ética y a las  buenas costumbres comerciales.   

          Manifiesta  que  la  negligencia posterior del señor ALZATE en nada  afecta  el  análisis  de  la  responsabilidad  del  procesado,  derivada  de la  obtención  de  un  provecho indebido gracias a la inducción en error, mediante  engaño, de quien sufrió un correlativo perjuicio.   

          Se   refiere   al   moderno   concepto  de  engaño,  que  debe  ser  antecedente,   causante  y  bastante,  característica  esta  última  que  hace  relación  a la idoneidad del medio utilizado para viciar la voluntad del sujeto  pasivo.  En  este  sentido,  alude a la necesidad de examinar qué mecanismos de  autotutela  le  son exigibles a la víctima, “porque será entonces punible el  comportamiento  capaz  de  sobrepasar  la  barrera  de contención que supone la  actitud  diligente  del  perjudicado”.  Añade  que  “el  engaño  sólo  es  bastante  cuando  comporta  la  creación  de  un  riesgo no permitido” y, con  relación  a  la  víctima,  cuando  ella “no puede evitar su error a pesar de  haberse  comportado  de  acuerdo  con  las  pautas sociales y su capacidad en el  cuidado de los bienes de que es titular”.   

Por último, después de respaldar la censura  que  hizo  el  demandante a la apreciación del fallador en cuanto al número de  matrícula  inmobiliaria  que  se  anotó  en  el  documento contractual, la que  igualmente  juzga  contraria  a las reglas de la sana crítica, solicita se case  el   fallo  impugnado  y,  en  su  lugar,  se  condene  al  señor  CARLOS  ALBERTO  MISAS  HURTADO  como autor  responsable del delito de estafa.   

         

CONSIDERACIONES   

          El  primer  cargo  evidentemente  está  llamado  al  fracaso,  no  sólo  por  la  acertada razón  señalada   por  el  Ministerio  Público  respecto  de  la  absoluta  falta  de  desarrollo  de  la censura, sino por la lectura sesgada que hace de la sentencia  para  destacar  únicamente  cuanto  le resultaría beneficioso a su pretensión  casacional.  Por  eso  se  dedica  de  manera  exclusiva a hallar en el recuento  fáctico  supuestos  reconocimientos  de una realidad jurídica que el análisis  posterior  desvirtúa,  olvidando  que  el fallo que cuestiona constituye en sí  mismo una unidad y como tal debe valorársele.   

          Es  verdad  que  en  la relación de los hechos el Tribunal admitió  que  el embargo del inmueble objeto de negociación no le permitía al procesado  cumplir   su  obligación  de  otorgar  escritura  y  que  esa  medida  era  una  “circunstancia  conocida  para Misas y desconocida completamente para el padre  Alzate”,   pero  de  esa  aceptación  no  se  deriva,  indefectiblemente,  la  existencia  del  delito  de  estafa  ni  comporta una afirmación concluyente de  responsabilidad.  Sólo  informa unos hechos: la vigencia de una medida cautelar  que  afectaba  el  inmueble  y  el grado de conocimiento que de ella tenían los  contratantes.  Lo  demás,  la  valoración  de  la  ilicitud de la conducta, la  ofrece  el  Ad  quem  en su  apreciación  “del  caso concreto”, al sostener que la mentira no constituye  engaño  cuando la inexcusable negligencia de la víctima la lleva simplemente a  creer,  que  fue  precisamente  lo  que  ocurrió  en este caso porque nada hizo  ALZATE   GÁLVEZ  por  obtener  un  certificado  de  registro  para  conocer  la  situación  jurídica  del bien, único medio idóneo en tanto ni la exhibición  de  papeles  privados  ni  las  solas  palabras  serían  suficientes  para  ese  propósito.   

         

          Este  argumento,  al que el demandante no se refirió ni mucho menos  intentó   desvirtuar,   trunca   igualmente  la  prosperidad  del  segundo  cargo porque deja al descubierto,  por  una parte, su carencia de fundamento, y por otra, la intrascendencia de los  errores que le atribuye a la sentencia impugnada.   

          Ciertamente  el  censor  no tuvo en cuenta que la razón fundamental  aducida  por  el  Tribunal  para  dictar  el  fallo absolutorio corresponde a la  primera  de  las  que  expone en el análisis “Del caso concreto”, en la que  repite  un  viejo pronunciamiento de la Sala que tan airada reacción produjo en  el  impugnante  y  en  la  representante del Ministerio Público, según el cual  “si  el  perjudicado creyó en las palabras mentirosas del timador, sólo debe  quejarse  de  su  ingenuidad y no de estafa; pero si fue engañado a pesar de su  prudencia,  por  virtud  de  las  actitudes del agente, el hecho entra ya en los  dominios del Derecho Penal”.   

          En  torno  a  esa cita jurisprudencial, en las páginas 9 y 10 de la  sentencia  el Tribunal realizó el estudio de los hechos para concluir que si el  señor  MISAS  HURTADO “no  presentó  un  documento  con  el que pretendiera inducir con mayor seguridad en  error  al ofendido” ni realizó “gestión distinta a proponer un negocio”,  limitándose  a  expresar  “palabras  presuntamente  mentirosas”  en las que  ALZATE  GÁLVEZ  simplemente  creyó,  no  se  estructura el delito de estafa en  cuanto  “si  a un individuo le es atribuible negligencia, torpeza o ingenuidad  o  en  otros  términos  le  era  exigible  una  conducta con la cual no hubiera  incurrido  en  error  o  hubiera  salido  de  él,  no  se  da el elemento de la  idoneidad  del  medio  engañoso”. Por eso insiste que “no es posible hablar  de  ardid idóneo cuando cualquier persona de inteligencia mediana, descubriría  la  falacia, máxime cuando generalmente los compradores prudentes exigen que el  Registrador  certifique si existen o no gravámenes que afecten el predio que es  materia  de  una  negociación”.  Y  anota  en  el  mismo  sentido  que  “la  exhibición  de  papeles  privados  o  de  meras palabras, como aconteció en el  subexámine,  no  son  suficientes  para  que se creyese sobre la libertad de un  inmueble.  De  haber tomado el Presbítero las precauciones del caso, no habría  existido ningún engaño”.   

          En  este  orden de ideas, los ulteriores planteamientos que se hacen  en  el  fallo  sólo  pretenden  reforzar  una conclusión que ya había quedado  claramente  expresada  y  que  no  pierde  contundencia  porque  se  afirme, por  ejemplo,   que   cuando   MISAS   HURTADO  dijo  embargo,  es posible que ALZATE GÁLVEZ entendiera hipoteca;  que  aquél  pudo  callar  la  existencia de la medida preventiva, pero si éste  hubiese  adelantado  los  trámites  de  subrogación  se  hubiera  enterado del  embargo;  que  habría  podido  evitar el remate si hubiese cancelado las cuotas  mensuales,  o  que de la anotación de un número de matrícula inmobiliaria que  no  correspondía  no  se  puede  deducir  el  dolo. Tales inferencias, como las  denomina  el  demandante,  aún  admitiendo que sean equivocadas, constituirían  intrascendentes  errores  que,  de no haberse cometido, tampoco habrían variado  el  sentido  de  la decisión en cuanto permanecería inalterada la comprensión  del  Ad  quem  acerca de la  falta  de  idoneidad  de  la  mentira  como  medio  para lograr el engaño de la  víctima en este caso concreto.   

          Es  verdad  que en ocasiones “… pasan al  campo   penal   la   mentira  o  el  si­len­cio  cuando      recaen     sobre     ele­mentos       fundamen­tales   del   contrato,   por   ejemplo,   la   existencia  de  una  contra­prestación, porque  esta  es  la  causa  misma  del  acto  o  contrato  según  el  dere­cho        civil”1,  pero  la  actividad  inductora  en  error no se reduce sólo a no decir verdad sino que la  mentira  o  el  silencio  hacen parte de una compleja situación vivencial, a la  que  nada  hay  que  añadir  para  que   se produzca el efecto patrimonial  deseado  por  el  timador.  Es, por decirlo de otra forma, el aprovechamiento de  las  circunstancias  concretas  en  que  se  establece o permanece una relación  social,  personal  o comercial específica, que le dan respaldo y hacen creíble  la mentira.   

          Téngase  en  cuenta  que para la tipificación del delito de estafa  no  se  requiere  únicamente que se induzca o mantenga a otro en error sino que  además  se  precisa  que  a  ese  estado se llegue “por medio de artificios o  engaños”  (artículo  356  del  Código Penal de 1980, que corresponde al 246  del  actual  estatuto). Tal la razón para que se le califique como “delito de  inteligencia  para  lograr el engaño”, como en alguna oportunidad lo recordó  la Sala.2   

          Pero  ciertamente,  como  lo  señala  la  Delegada  en  su estudio,  haciendo  eco  de  la   teoría de la imputación objetiva, “se considera  que  no  todo  engaño  que  pudiera  concebirse  causal  respecto del resultado  perjudicial  permite la imputación del resultado a la conducta del autor, pues,  de  acuerdo  con  el  argumento  victimológico,  la  víctima debe acudir a los  mecanismos   de   autotutela   exigibles,   porque  será  entonces  punible  el  comportamiento  capaz  de  sobrepasar  la  barrera  de contención que supone la  actitud diligente del perjudicado”.   

          Esta  conclusión  no  parece  ser muy diferente de la que expuso la  Sala  en  la  sentencia  del  10  de  abril  de  1951 citada por el Tribunal, al  precisar  que  si  el  perjudicado “fue engañado a pesar de su prudencia, por  virtud  de las actitudes del agente”, el hecho debe ser considerado delictivo.   

Por  lo  tanto,  como  ALZATE GÁLVEZ no fue  prudente,  como  no  acudió a los mecanismos de autotutela exigibles de acuerdo  con  su  formación y con los usos sociales, como no consultó el registro de la  propiedad  inmueble  para  conocer con certeza la situación jurídica del local  comercial   que   pretendía   permutar   con   MISAS  HURTADO, el comportamiento de éste no es punible y el  fallo,   como   acertadamente   lo   dedujo   el   Ad  quem, debía ser absolutorio.   

          Por  lo  demás,  como ya se ha dicho, conviene reiterar que ninguno  de  los  supuestos  yerros  denunciados  por el demandante afecta la valoración  probatoria  que  le  permitió  al Ad quem  llegar  a la señalada conclusión, lo que torna intrascendente el  ataque.   

          El cargo no prospera.   

          En  mérito  de  lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

          No casar la sentencia impugnada.   

          Contra esta decisión no procede recurso alguno.    

NOTIFÍQUESE    Y  CÚMPLASE   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS            CARLOS A.  GÁL­VEZ     ARGOTE   

JORGE   A.   GÓMEZ   GALLEGO                                ÉDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

No hay firma  

ÁLVARO   O.  PÉREZ  PINZÓN                              MARINA    PULIDO    DE  BARÓN                                

JORGE  L.  QUINTERO  MILANÉS               MAURO  SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal, sentencia del 23 de junio de  1982, M P. Luis Enrique Romero Soto.   

2 Auto  del   29   de   abril   de   1986,   radicado   1.986,  M.  P.  Guillermo  Duque  Ruiz.     

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