16050(04-02-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 16050  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado ponente:  

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No.  018  

          Bogotá,  D.C.,   cuatro  (4)  de  febrero                de               dos               mil               tres  (2003).                                                                                                                             

          Decide  la  Corte  el  recurso  de  casación interpuesto contra la  sentencia  de  fecha diciembre 16 de 1998, mediante la cual el Tribunal Superior  Militar  confirmó  la  proferida por el Comandante del Ejército Nacional, Juez  de  Primera  Instancia,  en  contra  del My. VICTORINO  GONZÁLEZ     GARAY,     condenado    a  las  penas  principales  de cuarenta y cuatro (44) meses de  prisión  y  multa  de  cien  mil  pesos  ($100.000),  al hallarlo responsable a  título  de  autor  de  los  delitos  de  falsedad  ideológica  en ejercicio de  funciones y peculado por apropiación.   

  HECHOS  

          En  los  fallos de instancia se reseña que para el mes de junio de  1992,  en  el  Batallón  de  Artillería  No.  2  “La Popa”, se realizó el  traslado  del  CT.  Rolando  Gamboa  García, quien al efectuar la entrega de su  Unidad  Fundamental detectó el faltante de un aparato de puntería para mortero  de  120  mm.   Por  este  motivo  y  con  el propósito de solucionar dicha  novedad,  se  puso  en  contacto  con el MY. VICTORINO  GONZÁLEZ  GARAY, quien para  ese   entonces   ejercía   las   funciones  de  subdirector  de  Armamento  del  Ejército.    Este  último  oficial  inicialmente  le informó que el  accesorio  extraviado  tenía  un costo de $1.800.000, pero días después adujo  un  valor  de  $500.000,  suma  que  mediante  una  maniobra de inteligencia fue  proporcionado  por el Coronel Millán Pérez y llevado al apartamento fiscal del  citado      GONZÁLEZ     GARAY,     donde  a su vez fue recogido el aparato de puntería, entregado por  la  esposa  de  este  último  en  una  caja  cerrada.   

          También  se demostró en autos, que el 23 de junio de 1992, cuando  el     My.     GONZÁLEZ     GARAY    fungía  en  calidad de encargado de la Dirección de Armamento del  Ejército  Nacional,  expidió  la  orden  de  suministro No. 0802, en la que se  ordenaba  entregar  un  aparato  de  puntería  para  mortero  de  120 mm.   “para   prueba   y   baja   definitiva”,  artefacto  que  fuel  el  entregado al CT. Gamboa García en las  circunstancias referidas en precedencia.   

  ACTUACIÓN  PROCESAL   

         El  informe  rendido  por  el  entonces  Comandante  de  la  Vigésima  Brigada, Coronel Fernando Millán Pérez, brindó  fundamento  al  Juzgado  2º  de  Instrucción  Penal  Militar  para disponer la  apertura  de la investigación, despacho que luego de vincular en indagatoria al  MY.    VICTORINO   GONZÁLEZ   GARAY   le  resolvió  su  situación jurídica en providencia de agosto 20  de  1992, afectándolo con detención preventiva por el delito de hurto de armas  y  bienes  de  defensa,  definido  en los artículos 278 y 279 del Código Penal  Militar.   

          Vencido   el  término  de  instrucción,  las  diligencias  fueron  remitidas  al  Comandante del Ejército Nacional, Juez de Primera Instancia, que  en  auto  de  marzo 18 de 1994 declaró que la conducta imputada al sindicado no  era  antijurídica,  en consecuencia, ordenó la cesación de procedimiento a su  favor.    En   el   mismo   proveído   revocó   la  medida  privativa  de  libertad.   

          En  proveído  de  febrero 27 de 1995, el Tribunal Superior Militar  revocó  tal  pronunciamiento  al revisarlo por vía del grado jurisdiccional de  consulta,   de   manera  que  la  investigación  prosiguió  con  apego  a  las  instrucciones impartidas en la segunda instancia.   

          Practicadas  algunas  pruebas  y  agotado  el trámite de rigor, el  Comandante  del  Ejército  Nacional,  Juez  de  Primera  Instancia,  con  fecha  noviembre    20   de   1997   profirió   en   contra   del   My.   GONZÁLEZ    GARAY    resolución   de  convocatoria  a  Consejo  de  Guerra  sin  intervención  de vocales, a quien le  imputó  la  autoría  en  concurso  de  conductas  punibles,  de los delitos de  peculado  y  falsedad ideológica en documento público, definidos en el Código  Penal  Militar;  decisión  que  mantuvo  en  providencia de enero 6 de 1998, al  resolver  la  reposición presentada por la defensa, y que alcanzó firmeza el 9  de febrero del mismo año.   

          Realizado  el  Consejo  de  Guerra,  el  Comandante  del  Ejército  Nacional,  Juez  de Primera Instancia, dictó el fallo de junio 8 de 1998, en el  que   condenó   al  procesado  My.  GONZÁLEZ  GARAY  a  las  penas  atrás  precisadas,  confirmado por el  Tribunal   Superior   Militar   en   la  sentencia  objeto  de  la  impugnación  extraordinaria ahora decidida.   

LA  DEMANDA   

         

         Bajo  un único cargo formulado al  amparo  de  la  causal primera de casación, cuerpo segundo, el demandante acusa  el  fallo  impugnado  de  la  violación  indirecta  de la ley sustancial  como  consecuencia  de  los  errores de hecho por los falsos  juicios  de existencia e identidad cometidos en la apreciación de varios medios  demostrativos  allegados  al proceso, desatino que determinó el desconocimiento  del  principio  in dubio pro reo, la aplicación indebida de los artículos 189,  243,  5º,  23,  56,  58  numeral  11,  60  ordinales  10 y 13 del Código Penal  Militar,  así  como  la  exclusión  evidente  del  artículo  247 del anterior  estatuto procesal penal.   

         El  libelista  discurre  luego sobre la  presunción  de  inocencia  y  los requisitos del fallo de condena, al tenor del  precitado  artículo  247 del Decreto 2700 de 1991.  Alude al sistema de la  sana  crítica  en  cuanto  exige  que las conclusiones probatorias del fallador  respeten  las  leyes de la ciencia, los principios de la lógica y las reglas de  la   experiencia,   para   insistir   a  renglón  seguido,  en  que  resultaron  directamente   infringidas,  además  de  la  disposición  atrás  citada,  los  artículos  5º,  23,  56, 58 numeral 1º, 60 ordinales 10º y 13, 189 y 243 del  Código  Penal  Militar,  300  y  303  del  anterior  ordenamiento  instrumental  penal.   

          El  impugnante  advierte  después  que intentará la demostración  separada  de  los  yerros, teniendo en cuenta que dos son las conductas punibles  imputadas  al  sindicado,  a  lo  que  procedió  en  los términos reseñados a  continuación.   

          La Falsedad ideológica.   

          El  casacionista  indica  de antemano que dicho reato se estructura  al  consignar  una  manifestación mentirosa en un documento público auténtico  cuando  su  autor  tiene la obligación de ajustarse a la verdad, exigencia esta  última  que únicamente tiene el empleado oficial cuando actúa en ejercicio de  sus funciones.    

          A  continuación  de  este  marco  conceptual  puntualiza en cargos  separados  los  falsos  juicios  de  identidad  y  existencia  cometidos  por el  fallador en relación con el mencionado delito así:   

          1.   El  Tribunal distorsionó la prueba al señalar que para  el  23  de  junio de 1992 el acusado por razón de su desempeño como Jefe de la  Sección  Administrativa  en  la Dirección de Armamento del Ejército Nacional,  ante  las  ausencias  del  titular  de  dicha dependencia, asumía las funciones  propias  de  la Dirección; concretamente, cuando afirma que el My. GONZÁLEZ   GARAY   en   calidad   de  encargado  de  la  citada  oficina  y aprovechando esta circunstancia, firmó la  orden  de  suministro No. 0802 para dar de baja en forma irregular el aparato de  puntería objeto de la presente investigación.   

         En  otros  términos,  el  dislate  se configuró al atribuirle al  sindicado  funciones de las que carecía, pues era tan sólo un oficial adscrito  a   la  Dirección  de  Armamento,  sin  autoridad  ordenadora  ni  “funciones  de  subdirector  y muchos menos director encargado, ni  delegación de firma alguna” (sic).   

         2.   Acusa  el  falso juicio de existencia porque el Tribunal  no  tuvo en cuenta “las tablas de organización de la  dirección   de   armamento   del   ejército”,  de  conformidad  con las cuales en esa oficina “no existe  ni  ha  existido  el  cargo  de  subdirector  de  armamento”.  A  pesar  de  lo  anterior,  el  ad quem sostiene que el procesado  ejercía   funciones   como   encargado,  cuando  no  obra  en  las  diligencias  “orden de día o semanal”  que  le  atribuya  tal  condición  al  My. GONZÁLEZ  GARAY para la fecha de los sucesos.   

         Acota  el  censor  de  otra  parte,  que  el Director “solamente  es  reemplazado  por  el  subdirector  (cargo  que  no  existe)  o  quien  le siga en antigüedad, por vacaciones, incapacidad médica o  calamidad   doméstica  mediante  orden  semanal  de  la  Intendencia  General”,  documento  que  de  acuerdo  con la información del  Subintendente  General  del  Ejército,  contenida  en  el oficio 129373, no fue  encontrada, menos para el mes de junio de 1992.   

         En  punto  de la trascendencia del yerro denunciado, el recurrente  afirma  que  de  ser  tenidas en cuenta las pruebas omitidas el juzgador habría  admitido  la imposibilidad de derivar responsabilidad al acriminado en el delito  de  “falsedad  ideológica en ejercicio de funciones  ya que él jamás estaba ejerciendo las funciones”.   

         3.   También  por  la vía del falso juicio de existencia el  libelista  aduce  que  fue  ignorado  el  testimonio  del  Tte.  Coronel Armando  Ordóñez,   quien   ejercía   en  forma  personal  el  cargo  de  Director  de  Armamento,   como   lo  atestiguó en la versión obrante en autos.    

El  mencionado oficial indicó también que  para  la  fecha  de  los  sucesos  no  delegó  funciones,  pero además, que el  sindicado  no  estaba  encargado.   Así  las  cosas,  el  My. GONZÁLEZ  GARAY  sólo  podría haber  firmado  las  órdenes  de  suministro en los reemplazos del titular durante las  vacaciones     o    en    largos    períodos    de    ausencia,    “previo  nombramiento  por  la  orden  del  día de la intendencia  general”.   

         El  error in iudicando alegado, sostiene el censor, tiene profunda  incidencia  en  el  fallo, porque si el Tribunal tiene en cuenta la declaración  echada  de menos la sentencia no hubiera sido de carácter condenatorio, máxime  que  de  conformidad  con  el  artículo  122 de la Carta Política ‘no  habrá  empleo  público que no tenga funciones detalladas en  la ley’.   

         Por  último,  a  la  manera de conclusión, el demandante plantea  que  el acusado no fungía como encargado de la Dirección de Armamento, tampoco  era  autoridad  ordenadora  ni  tenía delegada ninguna firma; en fin, de manera  alguna  estaba  facultado  para producir la orden de suministro, por lo tanto el  Tribunal   llega   a   conclusiones   desatinadas   al  desconocer  “la  existencia de todas estas pruebas que lo habría llevado a un  fallo  absolutorio”,  porque la conducta investigada  no se adecua al tipo penal de la falsedad ideológica.   

         Del delito de peculado.   

         El  demandante  afirma de antemano, que en relación con el delito  de  peculado  por  apropiación  definido  en el artículo 189 del Código Penal  Militar  debió  proferirse  sentencia  absolutoria,  como anuncia demostrará a  través  de  los  errores  de  apreciación  probatoria  atribuidos al fallador,  planteados aquí también a través de cargos separados.   

         1.   Con  esta  orientación  acusa,  en  primer término, el  falso  juicio  de  existencia  al  no haberse tenido en cuenta el testimonio del  Director  de  Armamento del Ejército Nacional, ni las certificaciones expedidas  por  el  Intendente y el Subintendente de tal institución; yerro que condujo al  Tribunal  a  concluir la responsabilidad a pesar que el sindicado no ejercía la  administración  o  la  custodia  del aparato de puntería, material que tampoco  había recibido por razón de sus funciones.   

         Así  las  cosas, colige el demandante, como consecuencia de estas  omisiones  probatorias  se  incurrió  en una errada denominación jurídica del  delito  con  menoscabo del debido proceso, que torna imperativa la anulación de  lo  actuado  desde  el llamamiento a Consejo Verbal de Guerra, no sin aducir, de  otra  parte, la infracción de los artículos 1º, 247, 254 y 268 del Código de  Procedimiento Penal, 6º, 189 y 566 del Código Penal Militar.   

         2.   En el segundo ataque aduce el falso juicio de existencia  cometido  al  prescindirse  de  la  declaración del CT. Rolando Gamboa García,  quien  “ante  la necesidad de entregar un aparato de  puntería,  creó  y  provocó un iter criminis, ya que el verdadero objetivo de  hacer  incurrir  en  acciones delincuenciales para fines ilícitos” (sic).   Este  desatino derivó en una conclusión errada del  Tribunal  sobre  la responsabilidad del My. GONZÁLEZ  GARAY,   “alterando  su  voluntad  ya  que  no existió la voluntad criminal por parte del procesado ante  la ausencia de dolo”.   

         El  dislate  acusado  resulta  trascendente,  afirma el libelista,  porque  si  el  ad quem analiza el referido medio de prueba habría colegido que  “cuando   se   pierde   un   aparato  se  adelantó  (sic)   un  informativo  administrativo    y    el    valor   lo   descuentan   del   sueldo”.   Por  tal  razón,  añade  más  adelante,  el Ct. Gamboa  García   urdió   “un  montaje  con  el  objeto  de  librarse”  de  esa  investigación, de la deducción  del   costo   del   artefacto   de  su  salario,  así  como  de  la  anotación  correspondiente  en  la  hoja de vida, valiéndose para este desviado propósito  del  Coronel Millán, a quien engañó para el “inter  criminis provocado”.   

         En  este  orden  de  ideas,  plantea  el  censor,  la voluntad del  sindicado  estaba  viciada por “los representantes de  la  autoridad provocando mediante el engaño el error a cometerlo”, lo  que  resulta aún más reprochable porque la Policía Judicial  tiene  entre  sus  funciones  perseguir el delito, no provocarlo.  Así las  cosas,  concluye  finalmente, en el presente caso faltaría uno de los elementos  estructurales  del delito, esto es, el dolo, entendido como la libre voluntad de  querer cometer el delito.   

         Cita  por  último,  como  normas infringidas, los artículos 1º,  246,  247,  254  del Código de Procedimiento Penal, 268 del Código Penal 566 y  189  del  Código  Penal Militar.  De igual modo, por falta de aplicación,  los  artículos  2º,  35  del  Código  Penal,  2º  y  5º  del  Código Penal  Militar.   

         3.   El  fallo  presenta  el  falso  juicio de existencia por  omisión  de  la pericia, que en relación con el aparato de puntería objeto de  la  conducta  punible dictaminó que no podía determinarse su costo específico  al   no  aparecer  registrado  en  la  Lista  General  de  Precisos  Manual  4-5  restringido  de  1991, precisado después en la ampliación ordenada en $50.000,  pero  en  todo  caso  sin  valor  comercial.   La  prueba técnica también  permitió  establecer  que dicho elemento fue adquirido por la Fuerzas Militares  en  el año de 1956, estaba fuera de servicio e inservible, y que en modo alguno  resulta  calificable de esencial para la seguridad y defensa.  Argumenta de  otra  parte  y en el mismo sentido, que el Batallón de Abastecimientos informó  que estaba dispuesto para ser dado de baja o destinarlo a un museo.   

         Por  todo  lo  anterior,  el demandante señala que si el Tribunal  hubiese  apreciado la prueba técnica la conclusión habría sido distinta, esto  es,  que no existía “conducta penal ya que no existe  daño  y  estamos un (sic)  peculado inocuo”   

       Invoca como normas violadas los artículos 1º,  246,  247,  254,  266  a  268  del Código de Procedimiento Penal, 6º y 189 del  Código   Penal  Militar.   Así  mismo,  por  falta  de  aplicación,  los  artículos   2º   y  35  del  Código  Penal,  2º  y  5º  del  Código  Penal  Militar.     

       A  continuación el defensor reseña los medios  de  prueba  no cuestionados en el libelo y que soportan el fallo recurrido, para  sostener  de  manera  escueta  su  insuficiencia   con  miras a soportar la  condena   en   el   evento   de   reconocerse  los  errores  acusados.   En  consecuencia,  solicita  a  la  Sala  casar  la sentencia atacada y dictar la de  sustitución de carácter absolutorio.   

         

CONCEPTO DEL MINISTERIO  PUBLICO   

         La  Procuradora Primera Delegada considera que la demanda no tiene  ninguna   posibilidad   de   éxito   por   las   ostensibles  deficiencias  que  presenta.           

         Destaca  con  tal orientación, que el censor se equivoca desde el  enunciado  mismo  del  libelo, pues anuncia una sola censura contra la sentencia  del  Tribunal,  por violación indirecta de la ley sustancial, y sin embargo, en  el  pretendido  desarrollo  del ataque menciona tres cargos respecto de cada uno  de  los  delitos  imputados, que en realidad reduce a dos por los falsos juicios  de  identidad y existencia.   En fin, confunde los conceptos de causal  y   cargo,   que   como   se  sabe,  corresponden  a  expresiones  de  contenido  diverso.   

         Por  otra parte, de manera confusa el demandante postula en primer  lugar  el  falso  juicio  de  identidad  sin precisar de qué manera el fallador  desfiguró  la  orden  de  suministro,  pues  se  limita  a  sostener  de manera  genérica  la tergiversación de los medios demostrativos arrimados a los autos,  con  la  impropiedad  adicional  de  consignar apreciaciones personales sobre el  mérito  de  los  elementos  de  persuasión allegados a los autos, que opone al  criterio  valorativo  del  Tribunal  olvidando  que  en  sede de casación no es  viable realizar razonamientos de esta naturaleza.   

         En  seguida  acusa  el  falso  juicio de existencia por el omitido  análisis  de  las  siguientes  pruebas:  las tablas de organización de la  Dirección  de  Armamento, el testimonio del Teniente Coronel Armando Ordóñez,  la  declaración  del  Director de Armamento y las certificaciones expedidas por  los  Intendente  y  Subintendente  del  Ejército  Nacional,  la  actuación del  capitán   Rolando  Gamboa  García  y  el  dictamen  pericial  sobre  el  valor  económico  del  bien  apropiado.   Las  dos primera referidas al delito de  falsedad    ideológica    y    las    restantes,    al    de    peculado    por  apropiación.   

         No  obstante,  en  la  formulación del reparo el actor perdió de  vista,  en  opinión  de  la  Delegada,  que las sentencias de primera y segunda  instancia  integran  unidad  jurídica  en  todo aquello que haya sido objeto de  confirmación  y,  en  este  caso,  el juzgador a quo fundamentó el fallo en la  valoración   del   acopio   “relacionado  en  la  resolución  de convocatoria”, por lo tanto, en los  medios  demostrativos  que  se afirman ignorados, entre otros.    

         La  Procuradora  colige  entonces,  que  no le asististe razón al  actor  cuando  asegura  que los falladores prescindieron del análisis de dichas  pruebas,  pues las mismas sí fueron involucradas en la valoración conjunta del  acervo  probatorio.  En este orden de ideas, agrega, si pretendía disentir  de  las  razones  por  las  cuales  le  concedieron  mérito a unos elementos de  persuasión   en  detrimento  de  los  que  estima  le  brindan  soporte  a  sus  conclusiones, debió orientar el reproche por el falso raciocinio.   

         Adicionalmente,  afianzando las deficiencias reseñadas, el censor  plantea  que  la  omisión  del  testimonio  del Director de Armamento, Teniente  Coronel  Armando Ordóñez Santacruz, al igual que de las certificaciones de los  Intendente  y  Subintendente  Generales  del  Ejército  Nacional,  llevaron  al  sentenciador  a  la  errada  denominación jurídica del delito con vulneración  del  debido proceso y consecuencias frente a la validez de lo actuado, yerro que  debió   plantear   al   amparo   de   la  causal  tercera  de  casación,  pero  demostrándolo  con  sujeción  a  los  derroteros de la primera.  De todas  maneras,  además  de  la  impropiedad así cometida, el impugnante dejó sumido  dicho  reparo en el simple enunciado, lo que impide cualquier pronunciamiento en  torno a él.   

         De  acuerdo  con  las anteriores consideraciones, la Representante  del    Ministerio   Público   sugiere   a   la   Sala   no   casar   el   fallo  impugnado.   

CONSIDERACIONES  DE LA  SALA   

         Le  asiste  razón  a la Procuradora Delegada cuando afirma que la  demanda  examinada  soslaya  la técnica que gobierna la casación, al punto que  el  actor  incurre en impropiedades que le restan toda vocación de prosperidad,  como pasa a motivar seguidamente la  Corte.   

         1.   En primer término, la postulación del ataque se aparta  de  las  exigencias de claridad y precisión derivadas del carácter dispositivo  del  recurso,  pues el libelista anuncia una sola censura con miras a quebrar el  fallo  de segunda instancia, por violación indirecta de la ley sustancial, como  consecuencia  de  los  errores de hecho que asegura cometidos en la apreciación  de  las  pruebas allegadas al expediente; sin embargo, a renglón seguido, en la  pretendida  sustentación  de  dicho  motivo  de impugnación se aparta en forma  ostensible  de  tal enunciado, porque en abierta incoherencia disemina el ataque  en  plurales  cargos  elevados  respecto  de  cada una de las conductas punibles  objeto de la condena.   

         Así  las  cosas,  como lo destaca la Representante del Ministerio  Público,  el  censor revela el inaceptable barullo sobre las nociones de causal  y  cargo,  que  evidencia  aún  más  en el apartado final de la demanda, donde  refunde  de  nuevo  los  reproches  formulados   para extractar sus propias  conclusiones  en  lo  atinente  a  la  responsabilidad  del acusado GONZÁLEZ   GARAY   a  partir  de  la  trascendencia  que  en  conjunto  le asigna a los yerros acusados, como también  con  miras  a  soportar la pretensión única sometida a la consideración de la  Corte.   

         2.   Tampoco  resulta  coherente  con  la presentación de la  censura,  de  otra parte, la anunciada demostración de errores de hecho por los  falsos  juicios  de  identidad  y  existencia,  seguida  de  un prolijo discurso  orientado,  no  a deslindar en el plano conceptual el ámbito de tales dislates,  de  carácter  puramente  objetivo – contemplativo, sino a poner de presente que  por  virtud  del  sistema  de  la  sana  crítica, el juzgador está compelido a  observar  las  leyes de la ciencia, los principios de la lógica y las reglas de  la  experiencia,  sugiriendo  con este desarrollo argumentativo que los dislates  del  Tribunal  radicaron  en  el  desconocimiento  de  dicho postulado y, por lo  tanto,  que  de  otra  naturaleza fueron los yerros finalmente cometidos por los  sentenciadores  en  la apreciación de los medios de persuasión incorporados al  expediente.   

         3.   Además de las impropiedades  comentadas,  que  impregnan  toda  la sustentación de la censura, la Sala puede  particularizar  otras  deficiencias advertidas en la fundamentación de cada uno  de  los  yerros  probatorios  atribuidos  a  los falladores, a los que de manera  inapropiada,   insiste  la  Corte,  se  le  imprimió  el  carácter  de  cargos  independientes  no  obstante admitir el casacionista, tácitamente por lo menos,  la  falta  de  entidad  que  tienen  por  sí solos para derruir los fundamentos  probatorios de la condena.   

         3.1   Tratándose  del  delito de falsedad ideológica, en el  primer  reparo el libelista acusa el falso juicio de identidad, que se configura  como  es  sabido,  cuando el juzgador altera la expresión fáctica de la prueba  por  adición,  cercenamiento  o distorsión haciéndole producir efectos que no  se  derivan  de  su  contexto;  sin  embargo  los  argumentos  que consigna para  demostrarlo en manera alguna se armonizan con dicho enunciado.   

         En   efecto,   el   recurrente   no  señaló  siquiera  el  medio  demostrativo  indebidamente  apreciado.  Tampoco lo cotejó en su contenido  material  con  el  que  le  fue atribuido en la sentencia, como en rigor resulta  ineludible  para  acreditar  un  dislate de dicha naturaleza; más aún, en este  punto  se  limitó  a disentir de las conclusiones probatorias de los juzgadores  en  relación  con  las  funciones que ejercía el sindicado en la Dirección de  Armamento  del  Ejército  Nacional  para la época de los sucesos, sin mención  tangencial  siquiera a los elementos de persuasión que soportan esa premisa del  fallo  de condena.  En síntesis, nada consigna el libelista para constatar  algún  desatino,  de  manera que el ataque traduce tan sólo la reiteración de  la  inconformidad  expresada  en  ese  mismo tópico,  incluso en similares  términos,  desde  el  escrito  por  medio  del  cual  sustentó  el  recurso de  apelación incoado contra la sentencia del a quo.   

         3.2    En   los   dos   reproches  siguientes,  también  con  referencia  al  delito  de  falsedad, el defensor acusa el  falso juicio de  existencia   concretado   en   la  prescindida  consideración  de  “las    tablas    de    organización    de   la   dirección   de  armamento”,  del  testimonio rendido por el Teniente  Cr.  Armando  Ordóñez,  así  como  de  las  comunicaciones  libradas  por  el  Subintendente General del Ejército Nacional.   

         Los  anteriores  medios  de  prueba  demuestran,  en  criterio del  recurrente,  que  en  la  Dirección  de  Armamento  no  existía  el  cargo  de  subdirector    que    se    afirmó    desempeñaba    el    My.    GONZÁLEZ  GARAY.  Así mismo, que  el  titular de esa dependencia sólo podía ser reemplazado por el subdirector o  el  oficial  de  mayor  antigüedad  en  los  eventos de vacaciones, incapacidad  médica   o  calamidad  doméstica,  pero  siempre  mediante  una  orden  de  la  Intendencia  General  del Ejército Nacional que nunca se produjo, para concluir  entonces  que  el  sindicado  no  estaba  encargado  de  la referida Dirección,  tampoco  le  fueron  delegadas las funciones inherentes a dicho cargo, ni tenía  autoridad  ordenadora  o  estaba  facultado para producir la orden de suministro  objeto del ilícito.   

         En  la  réplica  de  los  ataques reseñados conviene recordar de  antemano,  que el error de hecho por falso juicio de existencia, en la modalidad  de  preterición,  se  estructura  cuando  el  juzgador ignora en forma absoluta  alguna  o algunas de las pruebas que obran materialmente en el proceso.  En  este  entendimiento,  como tiene precisado desde antaño la Sala con ponencia de  quien  funge  aquí  en la misma calidad, “bien puede  suceder  que  los hechos a los cuales se contraen unos determinados elementos de  juicio  estén  comprendidos  en la valoración de los falladores, aceptándolos  como   una  verdad  establecida  en  el  proceso,  o  excluyendo   su   realidad,  análisis  en  el  que  simplemente  se  omite  la referencia específica al medio de prueba del cual se  derivan,  por  lo  tanto,  sin  que  resulte  viable  aceptar  en estos casos la  existencia    de   un   desatino   de   la   naturaleza   comentada”1.   

         Reflexión  traída al caso de autos porque el recurrente al pasar  por  alto  que  tratándose  de  la violación mediata de la ley sustancial, las  sentencias  de  primero y segundo grado, cuando esta última es confirmatoria de  aquella,  integran  unidad  jurídica inescindible al punto que deben entenderse  complementarias,  perdió  de  vista que contrario a lo argüido, los juzgadores  sí  apreciaron  los  medios  demostrativos  que  asegura  omitidos,  sólo  que  arribando  en esa estimación conjunta del material probatorio a una conclusión  distinta de la propugnada de manera reiterativa en el libelo.   

         Ciertamente,  en  el  fallo del a quo, con expresa remisión a las  pruebas  que  brindaron  soporte  a  la  resolución  de convocatoria al Consejo  Verbal   de   Guerra   (f.   339,  c.2),  donde  se  relacionaron  los  elementos  de  persuasión que el  censor  echa  de  menos en la providencia recurrida, frente a la controversia en  la  cual simplemente persiste la defensa en el ataque en sede de casación, esto  es,    respecto   de  las  funciones  cumplidas  por  el  My.  GONZALEZ  GARAY  para la época de los  sucesos,  el  Juez  de  Primera  Instancia  precisó  lo seguidamente transcrito  involucrando  en su análisis el testimonio del oficial Ordóñez Santacruz así  como las certificaciones que el actor aseguró ignoradas:   

“Aquí discrepamos de la tesis sostenida  por  la  defensa  según  la  cual  su cliente no estaba en ejercicio de ninguna  función  pública  ya  que era ejecutor a encargo de las funciones del director  sin  perjuicio  del  ejercicio  de la plaza como subdirector de armamento.   Así  muy  claramente  lo  expresó  el  señor Coronel Director de Atención al  Usuario  de la Intendencia General del Ejército en su oficio No. 205112 (fl. 24  del  2º  con. orig.) y no es óbice la excusa planteada acerca de que no había  orden  del  día  o acto administrativo que lo encargara de la Dirección cuando  lo  cierto  es que en el ámbito militar por lo especial de la misión y ante la  premura  de  cualquier  situación,  como  la  ocurrida  aquí  con la comisión  extraordinaria  del  TC.  Ordóñez  Santacruz por unos pocos días, se impartan  órdenes  que  conlleven  a  que el inferior asuma las funciones del titular por  breves  períodos  de  tiempo;  obviamente  con  las  responsabilidades  que  la  situación  administrativa amerita…” (fl. 344, c.  2).   

         Sobre  este  punto  vuelve  el Tribunal en la decisión impugnada,  donde  rectificando  la  aislada apreciación del a quo sobre la nominación del  cargo  ejercido  por  el  acusado  para la fecha de los hechos, que no era el de  Subdirector  en  verdad,  a  la  cual  se apega tozudamente el casacionista para  erigir  el  ataque,  dejó fundamentado con absoluta claridad que lo en realidad  trascendente  era  considerar  que  el  My. GONZÁLEZ  GARAY  ante  las ausencias del Director de Armamento  del  Ejército  Nacional asumía sus funciones y, en ejercicio de ellas, ordenó  la  elaboración  del  documento espúreo al igual que perpetró la apropiación  investigada.   Así razonó el ad quem:   

“…quedó  demostrado  que el procesado  MY.  VICTORINO GONZÁLEZ GARAY para el 23-junio-92 desempeñaba el cargo de Jefe  de  la  Sección  Administrativa  en  la  Dirección  de Armamento del Ejército  Nacional  y  ante  las ausencias del Director era quien asumía el control y fue  así  como  para  el  día en mención ante la ausencia del señor TC. ORDÓÑEZ  ordenó  la  elaboración de la orden de suministro 0802 con destino al almacén  de  armamento  de  un  aparato  de  puntería  para  mortero  de  120  mm con la  nota:     ‘el  material    se    requiere    para    prueba    y   se   debe   dar   por   baja  definitiva…’  (fs.     388    y    389,    c.    2).   

         En  síntesis,  claramente  se vislumbra en la fundamentación del  impugnante  la  pretensión  de  anteponer  al  criterio  de  los falladores sus  personales  e  interesadas  conclusiones  sobre las circunstancias en las que el  sindicado     GONZÁLEZ     GARAY    realizó  las  conductas  punibles  investigadas,  en su opinión,  ajenas  al  ámbito  funcional  inherente  al  cargo  desempeñado,  mediante un  alegato  que si bien es propio de las instancias no tiene ninguna cabida en sede  de  casación,  donde  el  quebrantamiento  del  fallo,  precedido  de  la doble  presunción  de  acierto  y legalidad, tratándose de la violación indirecta de  la  ley  sustancial,  sólo  es  posible mediante la demostración de errores de  hecho o de derecho en verdad trascendentes.   

          3.3  Las  consideraciones  anteriores  deben  reiterarse frente al primer reparo que el demandante formula en relación  con  la  condena por el delito de peculado, pues argumentando la omisión de las  mismas  pruebas  antes  relacionadas,  que se demostró si fueron apreciadas por  los  juzgadores, insiste en la huera discusión sobre las funciones que ejercía  el     My.     GONZÁLEZ    GARAY    para   la   fecha   de  los  sucesos,  mediante  un  deshilvanado,  contradictorio  y  repetitivo  discurso  que  refleja aquí también la indebida  aspiración  de  reabrir  el  debate probatorio agotado en las instancias, en el  que  se  sustrajo obviamente a la obligación de demostrar el yerro acusado y su  trascendencia.   

         Al   margen   de   la  anterior  impropiedad,  el  demandante  con  trasgresión   de   los   principios  de  autonomía  de  los  cargos  y  de  no  contradicción,  dentro  de  este  mismo  reparo  erigido con apoyo de la causal  primera  de casación, de las supuestas omisiones probatorias alegadas deriva la  existencia  de  un  error  en la denominación jurídica de la conducta punible,  sin  tener  en cuenta, de acuerdo con la jurisprudencia decantada en vigencia de  la   normatividad  procesal  que  reguló  las  presentes  diligencias,  que  un  desacierto      de      dicha       naturaleza,     cuando     comporta  el  desplazamiento  en  la  competencia  o  el cambio de  género  delictivo,  como afirmó acontecido en este asunto, si bien en estricto  rigor  traduce  un  error  de lógica jurídica en la aplicación del derecho al  caso  concreto,  por comportar el menoscabo de las garantías del juez natural o  del  debido  proceso,  o  de  ambas,  según el caso, debía plantearse en forma  separada  y  al  amparo  de  la  causal  de nulidad, pues sólo retrotrayendo el  trámite  a  través  de  su  invalidación  se  abre  compuerta  a la necesaria  reposición de la parte viciada de la actuación.   

         No  sobra  añadir,  que  da  la  naturaleza  de  un yerro de este  talante,  el desarrollo de la censura y su comprobación se sujeta a la técnica  propia  de  la causal primera de casación.  Por lo tanto, al demandante le  corresponde  señalar  si  al  desacierto  se  llegó  a  través de un error de  subsunción  de  los  hechos  declarados  y  probados  en el fallo, esto es, por  quebrantamiento  directo  de  la  ley  sustancial,  o  como  consecuencia de una  equivocada  apreciación  probatoria  que  trae como consecuencia la infracción  mediata  de aquella, debiéndose precisar y fundamentar además, en este último  evento,  la  naturaleza  específica  del yerro cometido, el falso juicio que lo  determinó  y su trascendencia frente a la sentencia atacada, requerimientos que  de  todos  modos  tampoco satisfizo el impugnante, como lo destaca el Ministerio  Público,  pues  se limitó a sostener la configuración del vicio, su alcance y  efectos  frente  a  la legalidad del trámite, sin indicar siquiera cuál era la  calificación jurídica que resultaba certera.   

         Así  las  cosas, el casacionista pierde vista que la casación no  es  una  tercera  instancia  donde  resulte  viable simplemente alegar las tesis  defensivas,  pues constituye un medio extraordinario de impugnación orientado a  quebrar  la  doble  presunción de acierto y legalidad de que viene precedido el  fallo  de  segunda  instancia, que sólo es posible mediante la demostración de  errores de juicio o actividad en verdad trascendentes.   

         3.4   En  los  dos  reproches  restantes,  el censor adujo el  falso  juicio  de  existencia  porque  en  el  análisis  de  los  juzgadores se  prescindió  de  algunas  pruebas,  específicamente,  la  declaración  del CT.  Rolando  Gamboa  García  y  la  pericia  a  la que fue sometido el artefacto de  puntería  para  mortero  del  cual  dispuso  el  sindicado  indebidamente;  sin  embargo,  la  simple y desprevenida lectura de los pronunciamientos de primera y  segunda  instancia,  integrados  en  unidad  jurídica  para efectos del ataque,  insiste  la Sala, revela la falta de fundamento en la asegurada omisión de esos  medios  demostrativos  aportados  materialmente  a las diligencias, al punto que  fueron  estimados en un sentido diverso al que propugna el libelista, quien deja  traslucir  entonces una vacua inconformidad con las conclusiones probatorias del  fallo recurrido.   

         En  efecto,  tratándose  de  la  prueba técnica y desechando las  alegaciones del apoderado el a quo indicó:   

“Aquí  es  importante  resaltar una vez  más,  bajo  los  postulados  de la sana crítica en la apreciación probatoria,  que  no  cabe  duda para esta instancia la especial y definitiva importancia del  peritazgo  rendido  por  el técnico del Cuerpo Técnico de la Policía Judicial  donde  con  suficiente  precisión  establece  que el aparato de puntería, como  accesorio  de  un  mortero  de  120  mm  se  encuentra  en  perfecto  estado  de  funcionamiento,  pudiendo  ser utilizado en este tipo de arma.  Por ningún  lado   dijo  que  fuera  un  elemento  obsoleto  o  inservible  sin ninguna  utilidad  para la pieza de artillería en referencia.  Este aspecto además  fue  suficientemente ventilado en el incidente que se tramitó como consecuencia  de  la  objeción  a  la  experticia  del suboficial de la Policía Nacional que  estamos  comentando, siendo así que el funcionario instructor en interlocutorio  del 23 de marzo de 1993 negó la censura planteada   

“Nótese  además  que  tal  dictamen es  respaldado  por  otro  peritazgo  presentado  por dos suboficiales del Ejército  Nacional,  técnicos  en  mortero  de  120  mm  quienes  dicen que el aparato de  puntería  es  una  pieza  vital  para  el  empleo  del  mortero de 120 mm y que  actualmente  el  Ejército  Colombiano  lo  utiliza  como  arma  de  apoyo…”  (fs. 343 y 344, c. 2).   

         Tratándose   de   la  declaración  del  oficial  Rolando  Gamboa  García,  que  a  juicio  del  impugnante  pondría  en  evidencia  el carácter  provocado   del   delito   y  la  intención  de  aquél  de  sustraerse  a  las  consecuencias  derivadas  del extravío del artefacto que pretendió obtener del  acusado  GONZÁLEZ GARAY,  si  bien  el  a  quo  no  alude  expresamente  a  ella,  no  es menos cierto que  involucró  su  testimonio  en  el  análisis  conjunto  de  la prueba, donde en  relación  con  dichos  planteamientos,  sin  refutación por parte del ad quem,  concluyó:   

“Por   otra   parte,   es   pertinente  puntualizar  acerca  de algunas tesis de la defensa sobre tópicos tales como la  provocación  del  delito,  aspecto  que  ya  fue  suficientemente  ventilado en  anterior  oportunidad  por  la segunda instancia cuando en proveído del 27  de  febrero  de  1995  revocó decisión cesasoria del procedimiento, la cual se  fundamentó  precisamente  en la teoría del delito provocado…” (f. 343, c. 2).   

         Por  lo  anterior,  resulta claro entonces que la enunciación del  falso  juicio  de  existencia le sirve de pretexto a la actora para pretender de  la  Corte  la  reapertura  del debate probatorio agotado en las instancias, pues  sin  intentar  demostrar equivocación alguna del fallador en la apreciación de  las  pruebas,  simplemente  reitera sus tesis del delito provocado y de la falta  de  antijuridicidad,  debatidas  en  el  curso de la actuación, para las cuales  reclama  preeminencia desconociendo que un discurrir de este talante refulge por  completo  ajeno a la sede extraordinaria, como quiera que la sentencia impugnada  llega  amparada  por  la doble presunción de acierto y legalidad, de manera que  el  criterio  del  juzgador  prevalece  salvo  que  se acredite la existencia de  errores in iudicando verdaderamente trascendentes.   

         4.   Resta  indicar,  que en el discurrir argumentativo de la  censura,  efectuado  mediante  una  ponderación  parcial de la prueba recaudada  durante  el  curso  del  proceso,  concretamente,  tan  sólo  de aquella que en  opinión  del demandante le brinda cimiento a sus conclusiones, perdió de vista  que  dada  la  naturaleza  de  la  causal  invocada  y  con miras a acreditar la  trascendencia  del  desatino atribuido a los juzgadores, le resultaba ineludible  enjuiciar  la  totalidad  de  los  medios demostrativos que soportan la condena,  demostrando  los  errores  de  hecho  o  derecho  cometidos  al  apreciarlos, no  conformarse,  como  aquí  hizo, con aducir de manera abstracta que de no mediar  los  dislates  invocados  las  decisiones conclusivas de las instancias habrían  sido de diferente sentido y favorables al sindicado.   

         Ante  las  ostensibles  inconsistencias  que  revela  la  censura,  puestas  de presente en los anteriores acápites, repercutidas en la ausencia de  demostración  de  algún  desacierto acusable en sede casación, fuerza colegir  que  de  manera  alguna  prospera.   En  consecuencia,  la  Corporación no  casará  el  fallo  impugnado  mediante  providencia  contra  la cual no procede  recurso  alguno  y  alcanza  ejecutoria  en  el  momento  de su suscripción, de  conformidad    con    el    artículo   187   del   Código   de   Procedimiento  Penal.   

         En  mérito  de  lo expuesto la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad                                  de                                 la  Ley,                

  RESUELVE   

         NO   CASAR  la  sentencia  impugnada.   

         Cópiese, comuníquese y devuélvase el  expediente al Tribunal de origen.  Cúmplase,   

YESID RAMIREZ BASTIDAS  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL            HERMAN  GALÁN    CASTELLANOS                    

CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                                     JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO            

Permiso  

EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                             ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ  PINZÓN   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria   

    

1  Sentencia   de   agosto   10   de   2001,  radicado  15.749.     

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