11169(21-02-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 11169  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

          Magistrado Ponente   

          DR. EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

          Aprobado Acta No. 023 (Febrero 13/2003)   

          Bogotá   D.   C.,  veintiuno  (21)  de  febrero  de  dos  mil  tres  (2003).   

  VISTOS  

          Decide  la  Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  en   defensa   de   JOSÉ   LIBARDO  MERA  PIEDRAHITA  contra  la sentencia del  22 de junio de 1995 por  medio  de  la  cual  el  Tribunal  Superior  de Cali confirmó la condena que el  Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito  de  Palmira  le impuso al procesado, como  responsable del homicidio de Tito Gómez Gómez.   

HECHOS  

         Tuvieron   ocurrencia   el   6   de   junio  de  1994  en  el   Corregimiento  de “Lomitas”, municipio de Pradera (Valle), en donde funciona  el  estadero  “Guararé”.  Allí  llegaron  con  la intención de divertirse los  hermanos  Jesús  Hernán,  María  Teresa, Zuleyma, Silvia y Tito Gómez Gómez  acompañados   de   su  cuñada  Mari  Luz  y  sus  amigos   Raúl  Solarte  Calderón   y  Alex  Fernando  Martínez.   Todo  había  transcurrido  normalmente,  cuando  aproximadamente  a las  5 y media de la tarde se hizo  presente  en  dicho  lugar  un  joven  conocido con el  alias de “el loco”,  quien  sin  mediar  permiso trató de llevarse la motocicleta de propiedad   de  Alex  Hernández,  lo  que   no  pudo  efectuar  gracias  a la oportuna  intervención  de  Tito  Gómez  Gómez. En ese momento hizo su aparición   JOSÉ  LIBARDO  MERA  PIEDRAHITA  ,  que salió en defensa del joven en mención  armado  de  una  navaja  con la que intentó agredir a Tito Gómez, quien se vio  precisado  a  accionar  en  dos oportunidades su arma de dotación oficial, pues  pertenecía  al  grupo  de  seguridad  del  Cuerpo Técnico de Investigación de  Cali;  el  incidente no tuvo mayores consecuencias y no pasó de las expresiones  verbales  debido a la intermediación de los contertulios que lograron apaciguar  los ánimos.   

         Horas  más  tarde,  cuando  Jesús  Hernán,  Tito Gómez Gómez y  Raúl  Solarte Calderón salían del citado establecimiento fueron abordados por  JOSÉ  LIBARDO  MERA  PIEDRAHITA,  lo que provocó un nuevo enfrentamiento,  en  el curso del cual éste le propinó a Tito Gómez  una puñalada, quien  alcanzó  a  disparar dos veces su arma, causándole a MERA PIEDRAHITA  una  herida  en  el  hombro  que  le  mereció  una  incapacidad  de  7  días.  Tito  Gómez   murió  horas  después  a  consecuencia  de  la  herida recibida.   

         ACTUACIÓN  PROCESAL   

         Con  fundamento  en  el informe de la policía, la Fiscalía 146 de  Pradera  (Valle)  ordenó  la apertura de investigación  al día siguiente  de  los  hechos  y  vinculó  mediante diligencia de indagatoria a JOSÉ LIBARDO  MERA  PIEDRAHITA.  Al definirle la situación jurídica, lo afecto con medida de  aseguramiento  de detención preventiva, mediante resolución del 15 de junio de  1994.   

         El  23  de septiembre siguiente, la Fiscalía Cuarta Delegada de la  Unidad  Especializada  de  delitos  contra  la  vida,  la  libertad  y  el pudor  sexual   de  Cali  calificó el mérito probatorio del sumario, profiriendo  resolución  de acusación contra JOSÉ LIBARDO MERA PIEDRAHITA por el delito de  homicidio.   

         La  causa  la  adelantó  el  Juzgado  Cuarto Penal del Circuito de  Palmira  y  la  concluyó  con  la  sentencia  fechada  el  21 de abril de 1995,  mediante  la  cual  condenó a JOSÉ LIBARDO MERA PIEDRAHITA a la pena principal  de  veinticinco  (25)  años  de  prisión,  a  la accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  por diez (10) años, le impuso el pago de los  perjuicios  morales y materiales causados con la conducta ilícita y le negó el  subrogado    de    la   condena   de   ejecución   condicional,   al   hallarlo  responsable   como  autor del delito de homicidio cometido en la persona de  Tito Gómez Gómez.   

         Al  ser  apelada  esta  sentencia por el defensor del procesado, el  Tribunal Superior de Cali la confirmó el 22 de junio de 1995.   

         El    representante    de    MERA    PIEDRAHITA    inter­puso    la    casación,    presentó  oportuna­mente    la  de­manda,      fue  ad­mitida  y  se  recibió  concepto del Procurador Delegado en lo Penal.   

            

         LA   DEMANDA   

          Con  fundamento  en  las  causales  1a.  y  3ª.   de casación  consagradas  en  el artículo 220 del Código de Procedimiento Penal (ley 100 de  1980) el censor formuló tres cargos. Los enunció así:   

CAUSAL PRIMERA  

          Primer cargo.   

         “La  sentencia  impugnada es directamente violatoria de una norma  de  derecho  sustancial  por  aplicación indebida del artículo 323 del código  penal,   modificado  por  la  ley  40  de  1993;  situación  que  comportó  la  inaplicación  caprichosa  del artículo 29 numeral cuarto del código penal”.   

         Al  indicar  el  concepto  de  la  violación,  el actor afirma que  el   Tribunal  para poder hacer la falsa adecuación típica e inaplicar el  artículo  29-04  del  Código  Penal  entonces vigente (ley 100 de 1980) debió  argumentar   que la conducta del procesado no se atemperaba al requisito de  “La necesidad de la defensa” o la “inevitabilidad del peligro”.   

         Para  demostrar  este  aserto,  toma dos fragmentos de la sentencia  atacada  en  los  que  el  Tribunal  descarta  la  necesidad de la defensa en la  conducta  desplegada  por  el  acusado,   los  cuales,  en  su opinión son  subjetivos  y  contrarios  a  la  estructura  de  la legítima defensa. Dice que  imponer  al  agredido  la  obligación  de huir equivale a restringir el alcance  doctrinario  de  la  defensa  justa  y transgredir las disposiciones legales que  regulan la institución.   

         Expresa  que  doctrinariamente  es  aceptado  que  la legitimidad o  ilegitimidad  de  la  defensa  no  está  determinada  por  la  previsibilidad o  imprevisibilidad  del  ataque,  ya  que  el  que se defiende no deja de proceder  justificadamente  por  haber  previsto el ataque y haberlo repelido sin procurar  eludirlo.  Trae  citas  de  Franz  Von  Liszt,  Luis  P.  Sisco  y Alfonso Reyes  Echandía.   

                     Vuelve al  caso  para  expresar  que “aún en el evento no demostrado que MERA PIEDRAHITA  hubiera  salido  del establecimiento con el propósito de contender con su rival  GÓMEZ  GÓMEZ, quien lo instaba a abandonar el lugar y seguirlo, no se le puede  negar  la  legítima  defensa”.  Señala que si bien Tito Gómez se encontraba  solo  en  el  momento  en  que  invitó  al  implicado a que lo siguiera, cuando  llegaron  a  la vera del camino allí se encontraban su hermano Jesús Hernán y  su  cuñado  Raúl  Solarte  Calderón,  quienes  intervinieron  en el incidente  vociferando  y  gritando  en  contra  de  aquel, por lo que considera que en ese  momento  se  rompió  la  correspondencia  en  los  medios  de  combate  y,  por  consiguiente,  le  era  posible  al  encartado  invocar  a su favor la legítima  defensa.   

         Acto  seguido, para criticar las conclusiones judiciales, el censor  acude  a  la  doctrina  de  Federico  Estrada  Vélez respecto a los temas de la  defensa  y la riña y al criterio Carrariano conforme al cual “La legitimidad de  la  defensa  debe  medirse según las razonables opiniones del que vio amenazada  su  vida,  y  no  según  lo que con frío cálculo y maduro examen ha llegado a  conocer el juez”.   

         Indica  que  le  preocupa   observar  que en la argumentación  penal  se  antepone  el  criterio  personal para calificar el de los demás como  ilógico  o  absurdo,  con  lo  cual  se  incurre en “una censurable valoración  procesal  por  auto-observación analógica”.  Con apoyo en citas de Ortega  y  Gasset,  Whittaker,  Julio  Romero Soto y Enrico Altavilla concluye que no se  puede  recurrir  a  comparaciones  de  cómo  habría  actuado  otra  persona en  idénticas  circunstancias ni el fallador se puede colocar en situación de auto  observación  analógica,  para  derivar  razonamientos  a través de los cuales  hace  inferencias incriminatorias. Afirma que en relación con este lugar común  en  la  praxis  de  la  argumentación penal, debe recordarse que “la vida del  derecho no es lógica; la vida del derecho es experiencia”.   

Segundo  cargo   

         Con  apoyo en la causal primera de casación, cuerpo primero, acusa  a  la  sentencia  del  Tribunal  de  violación directa de la ley sustancial por  aplicación  indebida  del  artículo  323  del  Código  Penal  y falta de  aplicación  del  inciso  final del artículo 40, numeral tercero, así como del  artículo 329 del mismo estatuto.   

         Como  demostración  de  la  censura,  el  libelista  transcribe el  aparte  del  fallo que descarta el error esencial en la conducta del inculpado y  que  el  mismo  defensor  planteara  tanto  en  la  vista  pública  como  en la  sustentación   del   recurso   de   apelación   contra   el  fallo  de  primer  grado.   

           Afirma que  en relación con la causal de inculpabilidad que  invoca  de  manera  subsidiaria, el Tribunal no presenta ningún argumento, pues  su  tesis  central  vuelve  a  ser  la  supuesta ausencia del requisito de “la  necesidad  de la defensa” o la denominada “inevitabilidad o imprevisión del  peligro”,  en  cuanto  que  el  procesado  “atendiendo la insinuación de su  rival  salió del establecimiento y lo siguió hasta el sitio del desenlace, sin  haber   huido,  ocultado  o  eludido  la  arremetida  injusta,  como  sería  lo  lógico”.   

         Considera  que  el Tribunal desde su especial manera de concebir la  conducta  de los demás, no la buscó en la “razonable opinión del acusado”  sino  “en  la  fría  investigación  del  juez”. Por esta razón no tuvo en  cuenta  las explicaciones que sobre el acontecer suministró el procesado, en el  sentido  de haber considerado que se le llamaba para presentarle disculpas sobre  lo  sucedido  en  el  establecimiento, sin llegar a pensar que se iba a intentar  contra  su  integridad, así como en relación con el miedo que sintió al verse  en  medio  de otras dos personas que seguramente lo iban a atacar junto con TITO  GÓMEZ.  Insiste,  por  lo  tanto,  que el comportamiento del incriminado estuvo  enmarcado  por  el  miedo  o  temor  producido por un peligro imaginario, que el  sujeto exageró por la exaltación síquica en que se encontraba.   

         Afirma  que  bajo  esas  circunstancias,  el  acusado  obró con la  convicción   errada   e   invencible   de   estar  amparo  por  una  causal  de  justificación;  es  decir,  que  no  tuvo la conciencia de antijuridicidad. Por  consiguiente,  debió  condenársele  por el delito de homicidio en la modalidad  de  culpa,  como resulta del inciso final del artículo 40, numeral tercero, del  código  penal, en concordancia con el artículo 329 de la misma codificación y  no  por  el  homicidio contemplado en el artículo 323, modificado por la ley 40  de 1993.   

  CAUSAL  TERCERA   

         

         Cargo Único.   

         “  La sentencia impugnada se dictó en  un  juicio viciado de nulidad, por cuanto se dejó de practicar la diligencia de  inspección   judicial   en   el   lugar   y   con   los  protagonistas  de  los  hechos”.   

         Estima  el  casacionista  que con tal omisión resultaron afectados  de  manera  grave  el debido proceso por violación al derecho de contradicción  de  pruebas  y  el  derecho  de defensa, porque ni la Fiscalía ni el juzgado de  conocimiento  practicaron  la  inspección  judicial  al  lugar  de los sucesos.  Agrega  que  esa   diligencia  se  imponía  con  la  participación de los  testigos   Raúl   Solarte   Calderón   y  Jesús  Hernán  Gómez,  dadas  las  contradicciones  en  que  estos  incurrieron, básicamente en lo que respecta si  primero  tuvo  lugar  la herida con arma cortopunzante o los disparos efectuados  en contra de JOSE LIBARDO MERA PIEDRAHITA.   

         Señala  que  si  los  testigos  hubieran  tenido  que  expresar su  relación  espacial  de  percepción en el lugar del insuceso, la evaluación de  sus  dichos  hubiera  sido más ajustada a la realidad y las posibilidades de la  defensa  hubieran  sido mayores. Llama la atención sobre las contradicciones de  las  ampliaciones testimoniales recaudadas el 11 de agosto de 1995 y su falta de  precisión.  Acota  que  el  propio  Tribunal  reconoció  que  “Es un hecho que  algunos de los testigos son imprecisos…”   

         Solicita  se  case el fallo impugnado y se profiera el estimatorio  de sustitución o de anulación según la causal que se acoja.   

  CONCEPTO DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

                   

        Causal tercera.   

        El  Procurador Primero Delegado en lo Penal inicia su concepto con  el  análisis de la censura planteada a la luz de la  causal tercera. Luego  de  referirse  a  las  exigencias que debe cumplir su postulación, concluye que  las  mismas  no  se  encuentra  reunidas  en la demanda estudiada, por cuanto el  impugnante  no  demuestra  la  clase  de  nulidad  invocada,  no cita las normas  presuntamente  infringidas,  no  señala la actuación procesal que en su sentir  deba  declararse  nula  y  tampoco  indica  cómo  la  falencia  advertida  pudo  quebrantar  la  estructura del proceso o la garantía fundamental del derecho de  defensa del procesado.   

        Estima   el   Delegado  que  la  inspección  judicial  dejada  de  practicar  no  tiene  la  trascendencia  de  afectar  la solidez de la sentencia  condenatoria,  porque  con  los  elementos  de convicción allegados bastó para  determinar   la   autoría   y   responsabilidad  del  procesado  en  el  delito  investigado.   

        Comenta  que  la  omisión aludida no obedeció a la negligencia o  el  capricho  del instructor, pues fue él quien oficiosamente, en auto del 8 de  julio  de  1994, la ordenó.  Indica que esta diligencia  no se llevó  a  cabo  por  razones ajenas a la  voluntad de los funcionarios judiciales,  dado  que la seguridad de los mismos estaba amenazada por la presencia de grupos  subversivos  en el corregimiento de Lomitas y no se logró la debida protección  por parte de las autoridades.   

        En  ausencia  de  demostración  de  la  incidencia que tuvo en la  sentencia  la  circunstancia alegada, el agente del Ministerio Público concluye  que el cargo no puede prosperar.   

  CAUSAL  PRIMERA   

         Primer cargo.   

        El  Procurador  Delegado  en  lo Penal considera que este reproche  basado  en  la  falta  de  aplicación  del  artículo  29  -4  del Código  Penal   y  consiguiente  aplicación indebida del artículo 323 ibídem, no  está  llamado  a prosperar, porque ese tipo de violación se presenta cuando el  error  del  fallador  recae  sobre  la existencia o validez en el tiempo o en el  espacio   de   la   norma  que  se  deja  de  aplicar,  sea  porque  objetiva  o  subjetivamente  la  ignora  o no quiere saber de su existencia, o se equivoca al  creer que no existe o que ha perdido vigencia.   

        Estima  que el recurrente desconoce los presupuestos  propios  de  la  violación  directa,  ya  que  en  la  censura  se  refiere a la prueba,  cuestionando   la  valoración  que  de ella realizó el juzgador y en nada  hace  mención  a que éste haya inaplicado la ley por error sobre la existencia  de  la  misma,  con  lo  cual  la  sustentación  del  cargo  se  desvía  a una  transgresión de la ley por la vía indirecta.   

        Por   lo   demás,   en   criterio  del  Delegado,  la  causal  de  justificación  alegada  no  tiene  existencia.  Para  llegar a esa conclusión,  parte  de  los  presupuestos  legales  de  la  eximente  y de los argumentos del  ad  quem,  de los cuales  deduce  que  el  sentenciado,  a  más  de  haber  querido  y  buscado la pelea,  exponiéndose  a  ella  inmotivadamente, en vez de apaciguar las cosas, incita a  que  se  le  dispare.  Por ello cree que una actitud tan beligerante, prevista y  evitable  no  se puede catalogar como legítima defensa, bajo la comprensión de  que  no existió la necesidad de la misma acto indispensable de repeler, anular,  o  rehuir la agresión, por cuanto el sindicado buscó el peligro que era fácil  de prever, entender y evitar.   

        Enseguida  el Ministerio Público consigna su evaluación sobre la  forma  en que ocurrieron los hechos a partir de la prueba testimonial, la que le  revela  que  “el  hoy  occiso sacó el arma, revólver, y la tuvo en sus manos y  con  ella  intimidaba  a  su  oponente para que éste no se le acercara y tan es  así  que  alguno  de  los  testigos  viendo  la  agresividad  del  sindicado le  manifestó  que  disparara, pero aquél no lo hizo” y que solo disparó después  de  haber  sido  chuzado, sin que los disparos hubieran causado daño alguno”.  Por ello, considera que el cargo no debe prosperar.   

        Segundo cargo.   

        “Violación   directa   de  la  ley  sustancial,  por  la  falta  de  aplicación de los numerales 3o. y 4º – inciso  final-   del  artículo  40  del  Código  Penal,   y a la aplicación  indebida del artículo 323, ibídem, modificado   

por la ley 40 de 1993”.  

        Estima  el Representante del Ministerio Público que este reproche  tampoco  merece  ser acogido, pues considera que ostenta las mismas deficiencias  técnicas   del   cargo  anterior.  Esto  es,  que   el  impugnante  arguye  violación   de  la  ley  sustancial  por  la  vía  directa,  pero  se  refiere  exclusivamente  a  las  pruebas,  proponiendo  una  crítica  a  la  valoración  probatoria  cumplida  por  el  Tribunal,  siendo  que  le estaba vedado discutir  cuestiones de facto.   

        En  síntesis,  el Procurador Delegado solicita a la Sala no casar  el fallo recurrido.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  SALA   

        De  conformidad  con  el orden que impone la lógica, se iniciará  la  contestación  de  la  demanda  con  respecto  al último cargo, esto es, el  fundado  en la causal tercera de casación, pues de resultar próspero tornaría  inocuo  el  estudio  jurídico  de las censuras propuestas con base en las otras  causales.   

  CAUSAL  TERCERA   

        Cargo Único.   

        Asegura  el  impugnante  que  el proceso que contiene la sentencia  atacada  se  encuentra  viciado  de  nulidad  por  cuanto no se llevó a cabo la  diligencia  de  inspección judicial al lugar donde ocurrieron los hechos con la  intervención  de los protagonistas de lo sucedido y los testigos presenciales .  En  su  sentir, tal omisión vulneró el debido proceso y el derecho de defensa,  específicamente    en    cuanto   tiene   que   ver   con   el   principio   de  contradicción   probatoria,  porque a la diligencia respectiva tenían que  concurrir  los testigos JESÚS HERNÁN GÓMEZ y RAÚL SOLARTE CALDERÓN, quienes  en  sus  relatos  se  contradicen  en relación con la forma como sucedieron los  acontecimientos,  y  esa diligencia constituía el único mecanismo posible para  lograr una adecuada interpretación judicial de los hechos.   

        Como  lo  observa  el Ministerio Público, la formulación de este  cargo presenta graves inconsistencias técnicas.   

        En  primer  lugar,  el  actor  postula  en  forma  simultánea dos  motivos  de  nulidad,  el atentado al debido proceso y la violación del derecho  de  defensa, basados en la misma circunstancia. A ese respecto conviene precisar  que  en  el  trámite  de un proceso los funcionarios judiciales pueden realizar  actos  o  incurrir  en  omisiones  que signifiquen el quebrantamiento del debido  proceso  y  a  la  vez la conculcación del derecho de defensa, como ocurriría,  por  ejemplo,  en  un  proceso adelantado por los cauces ordinarios en el que se  suprimiera  la  etapa  probatoria  de  la  causa.  En este evento, además de la  alteración  del  trámite  procesal  preestablecido  legalmente, se le estaría  impidiendo  al  sujeto  pasivo  de  la acción penal el ejercicio del derecho de  controvertir  la imputación que le hace el Estado a través de nuevas pruebas o  de la contradicción de las ya existentes.   

        Sin  embargo, cuando la omisión solamente recae en un específico  elemento  de  convicción,  como  en  el  caso  que  es  objeto  de  estudio, la  estructura  del  procedimiento  no sufre menoscabo alguno y, por tanto, no   es  posible pregonar la violación a la garantía fundamental del debido proceso  ni se puede hablar de una causal de nulidad.   

        En  segundo  lugar,  una  concreta  inactividad  probatoria  sólo  podría  llegar  a adquirir la virtud de invalidar la actuación cuando la misma  signifique  una contundente violación al derecho de defensa. Por ello, es carga  procesal  que  compete  al demandante demostrar la forma en que esa vulneración  se  ha  consumado  y  el alcance lesivo de la omisión probatoria con respecto a  los    intereses    del   procesado.   Este   cometido   no   lo   cumplió   el  libelista.   

        Por  otra  parte,  como  consta en el expediente, es cierto que el  instructor  decretó  la  práctica de una diligencia de inspección judicial en  el  lugar  de los hechos, la cual no se pudo llevar a cabo  porque aquellos  ocurrieron  en  una  zona  cuyo orden público se encontraba seriamente alterado  por  la  presencia  de  grupos  subversivos, y el funcionario judicial no logró  obtener  la  protección  de  las  autoridades  (fols.  108  y 117). Luego, debe  inferirse que nunca existió la inactividad judicial denunciada.   

        Además,  el censor no logró demostrar la pretendida vulneración  del  derecho de defensa, porque la edifica sobre el supuesto de la violación al  derecho  de  contradicción probatoria, en el entendido de que en la inspección  judicial  habrían  intervenido Jesús Hernán Gómez y Raúl Solarte Calderón,  cuyos  testimonios,  en su opinión, son contradictorios. En tales términos, es  claro  que  el  actor inicia la sustentación del cargo con el criterio personal  que  a  él le merecen las declaraciones de los citados testigos , en cuanto las  califica   de   contradictorias,   y   la  prosigue  con  hipótesis  totalmente  eventuales.  La  primera,  que de haberse llevado a cabo la diligencia  los  testigos  habrían  concurrido;  la segunda, que en el curso de dicha diligencia  forzosamente  se  habrían  esclarecido  aquellas contradicciones advertidas por  él,    permitiendo    una    “adecuada    interpretación   judicial   de   los  hechos”.   

        En  síntesis, del trasfondo de la argumentación  emerge que  para  el  impugnante  la  inspección  judicial  era  necesaria  para  tener  la  oportunidad  de  contra  interrogar  a los testigos de cargo sobre los puntos de  sus versiones que él estima inconciliables.   

        Tal  postura no revela violación alguna del derecho a la defensa;  solo   pone   de   manifiesto  la  reticencia  del  recurrente  en  aceptar  las  conclusiones  de  los  juzgadores,  para quienes las versiones de Jesús Hernán  Gómez  y Raúl Solarte Calderón no son contradictorias, solo contienen algunas  imprecisiones,  explicables por la forma misma en que ocurrieron los hechos. Por  otra  parte,  el derecho de contradecir esos testimonios fue plenamente ejercido  por  el  defensor  del  procesado,  quien obtuvo el decreto y ampliación de sus  declaraciones  en  la  fase  instructiva  (fols.  131  y  135);  si  consideraba  necesaria  una  ampliación  adicional de ellas, bien pudo haberla solicitado en  la  etapa  del  juicio.  No  se trataba, de ninguna manera, de una actividad que  solo pudiera gestionarse dentro de una inspección judicial.   

        Además,    como    la    Corte    lo   ha   reiterado1 , para que  prospere  este  cargo  no  es  suficiente  comprobar  la  inexistencia del medio  probatorio  al  interior  del  proceso adelantado sino que, además, es menester  que  se  demuestre  cómo,  ante  su  ausencia,  el  juzgador  ha  proferido una  sentencia  distante  de  la  verdad  afectando  gravemente  al  sujeto procesal,  exigencia  que se alcanza si las pruebas que se niegan u omiten son sustanciales  porque  apuntan  a  la  exclusión  de  la  responsabilidad del procesado o a la  atenuación  de  las  sanciones.  Resultaba  imprescindible,  comprobar  que  la  inspección  judicial  dejada de practicar, de haberse realizado , habría   sido  capaz  de modificar la situación jurídica del procesado en su   favor. Esa demostración no fue hecha por el casacionista.   

        Así  las  cosas, la Sala no encuentra que se haya estructurado la  causal  de  nulidad  que  plantea  el  actor y por tanto habrá de rechazar este  cargo.   

CAUSAL  PRIMERA   

          Primer cargo.   

          1.  Esta  censura  pregona la violación  directa  de  la  ley  sustancial, por aplicación indebida del artículo 323 del  Código  Penal, modificado por la Ley 40 de 1993, lo que conllevó a la falta de  aplicación del artículo 29-4 ibídem .   

        Es  evidente que la primera parte del reproche está mal formulada  desde  el  punto  de vista lógico y formal, por cuanto la violación directa de  la  ley  por aplicación indebida se estructura cuando el juzgador incurre en un  error  de subsunción al seleccionar el precepto que la describe. Ello significa  que,  en  este  caso  el  sentenciador se habría equivocado al ajustar el hecho  punible  juzgado  al  tipo penal del homicidio, plasmado en el artículo 323 del  estatuto  sustantivo  de  las  penas.  No  obstante,  la  sustentación no está  dirigida  a  demostrar  que  la  conducta asumida por el procesado estructura un  delito  diverso  al  del homicidio, sino que apunta a reprochar la inaplicación  de  la eximente de responsabilidad consagrada en el numeral 4o. del artículo 29  del   Código   Penal.   En  esas  condiciones,  la  tesis  sobre  el  error  de  tipificación  quedó simplemente esbozado y por ausencia de sustento, impide un  estudio de fondo sobre el presunto yerro.   

        2.  Por  lo  que  respecta  a  la  segunda  parte  de  la  censura  consistente  en  la  inaplicación  del  precepto del código penal anterior que  consagra   la  justificante  de  la  legítima  defensa,  le  asiste  razón  al  representante  del Ministerio Público al señalar que en su desarrollo el actor  se  aparta  de  la  técnica  casacional, pues olvidó que cuando se opta por la  vía  directa  constituye  requisito  sine qua non para la procedencia del mismo  que  el demandante acepte íntegramente los hechos que se estiman acreditados en  el  fallo  atacado,  así como la validez de las pruebas y la valoración que de  ellas  hizo  el  juzgador,  pues  el reproche que aquí se produce es estricta y  rigurosamente  jurídico-conceptual,  esto  es,  el  debate  tiene por objeto de  manera  exclusiva  y  cerrada  la  disposición  legal  pura e independiente, en  cuanto  no  se  trata  de  un asunto de valoración probatoria, sino de falta de  aplicación,   aplicación   indebida  o  interpretación  errónea  de  la  ley  sustancial.   

        Ello  significa que el censor no puede sustraerse a la valoración  judicial  de  las  pruebas contenida en el fallo atacado, esto es, a la forma en  que  los  juzgadores  de instancia asumieron el aporte de cada una de ellas para  adoptar  su  decisión,  sino  que  tiene  el  deber  de demostrar que pese a la  correcta  apreciación  de  los  medios  probatorios  que  fueron  tenidos  como  válidos  por  parte  de  los  funcionarios judiciales, estos violaron preceptos  sustanciales  en  la medida que no dieron a los elementos fácticos que tuvieron  como   demostrados,  la  respectiva  consecuencia  jurídica  señalada  por  el  legislador.   

        En  efecto,  el  demandante  centra  su reproche en la hipótesis,  según  la  cual,  contrario a lo deducido por los jueces de instancia,  en  el     comportamiento    desplegado    por    su    representado    sí   se configura el elemento de  “la  necesidad  de  la  defensa” o “la inevitabilidad del peligro”, pues  considera  que el aserto de los juzgadores constituye simples  argumentos subjetivos.   

        Resulta   claro  que  con  esa  forma  de  razonar  el  censor  se  aparta  de  la  cuestión  fáctica  establecida en la  sentencia  impugnada  o,  en  otros  términos,  incursiona  en  una evaluación  diferente  de  los  sucesos que se tuvieron como probados por las instancias con  el  objetivo  de postular la tesis de la legítima defensa, anteponiendo de este  modo  su  criterio  personal  al  de  los  sentenciadores  con la pretensión de  revivir  en  el  recurso  extraordinario  una controversia sobre los hechos y la  prueba,  en postulación impropia de la causal presentada. No tuvo en cuenta que  al  formular  el cargo de violación directa de la ley sustancial se imponía el  respeto  a  plenitud  de  los hechos y de los criterios evaluadores de la prueba  por  parte  del fallador, para orientar la critica única y exclusivamente a sus  consecuencias jurídicas.   

         

En   síntesis,   ante   tal   discurrir  argumentativo  en  la  demanda examinada, fluye evidente la falta de técnica en  la  postulación  y  desarrollo  de  la censura, razón por la cual se impone su  desestimación .   

        Segundo cargo.   

        De  nuevo  y  con  carácter  subsidiario,  el recurrente acusa la  sentencia  de  segundo  grado de haber infringido directamente la ley sustancial  por  aplicación  indebida del artículo 323 del Código Penal (ley 100 de 1980)  en  razón  a  que  no  le  dio  aplicación a los numerales 3º. y 4º., inciso  final,  del  artículo  40  del citado estatuto lo que derivó a  que no se  tuvieran en cuenta las previsiones del artículo 329 ibídem.   

        Si  bien  el  planteamiento  del reproche pareciera ajustarse a la  técnica  que  para  su postulación exige el recurso extraordinario, por cuanto  se  anuncia  la  demostración  de  la modalidad de violación directa de la ley  sustancial  por  falta  de aplicación de la normatividad que regula el “error  de  prohibición   vencible” (artículo 40, numerales 3º. y 4º., inciso  final,  del código penal anterior) lo que derivó a que la conducta imputada al  procesado  se  adecuara  al  tipo  penal  del  homicidio doloso, contenido en el  artículo  323  del estatuto de las penas, cuando su adecuación correspondía a  la  descripción  del artículo 329 ibídem, que trata del homicidio culposo, el  aserto no logró ulteriores niveles.   

        Como   lo   señala   el  Procurador,  el  impugnante  incurre  de  nuevo   en la falencia advertida en el cargo que se acaba de analizar, pues  no  obstante  que  invocó  la  violación  de la ley por la vía directa, en su  desarrollo  dirigió  el  ataque  a  su transgresión por la ruta indirecta, sin  advertir  que  se  trataba de una discusión eminentemente jurídica relacionada  con la aplicación de una preceptiva específica.   

        Por  esta  razón  el  actor,  tal  como  lo  hiciera  en el cargo  anterior,  para  demostrar  la  infracción  normativa  invocada  le  censura al  Tribunal  el  proceso racional que lo condujo a negar la existencia de la causal  degradante  de   culpabilidad.  La sustentación que el abogado brinda para  demostrar  esa  acusación,  se  reduce  a  dos  aspectos.  Uno,  la ausencia de  elementos  probatorios  que sustenten esa negativa del juez colegiado; y dos, la  credibilidad  que  debió  otorgarse  a  la  versión del implicado, pues, en su  opinión,  de  ella  se  concluye  que fue imprudente en su actuar y por ello su  conducta se ajustaba a la modalidad culposa.   

       En  síntesis,  plantea  una controversia que rebasa el contenido,  alcance  o pertinencia de la aplicación de la norma que dice se ha conculcado y  se  introduce  en  el  campo  del  análisis  del  material  probatorio y de las  conclusiones  que  de  él  se derivan, alejándose del espacio conceptual en el  cual   debió   permanecer   para   demostrar  la  validez  de  su  pretensión.   

       En  virtud del principio de limitación, ese defecto argumentativo  no  le  permite  a  la  Sala  entrar  a  considerar  el acierto o desacierto del  sentenciador  porque  en definitiva la demanda no presenta un fundamento sólido  y  completo  que  demuestre  alguna  de  las  dos formas de infracción a la ley  sustantiva  susceptibles  de  subsanar  en  esta  sede.  Por  ello este reproche  tampoco amerita pronunciamiento de fondo y debe ser rechazado.   

         CONSIDERACIÓN  FINAL   

         Resta  agregar  que  la  aplicación  retroactiva  favorable  de las  disposiciones  contenidas  en  el  actual  estatuto  punitivo (Ley 599 de 2000),  frente  a  las  normas preexistentes a los hechos investigados y con sujeción a  las  cuales se profirió la condena, si hubiere lugar a ella, le compete al Juez  de   Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad  de  conformidad  con  las  previsiones    del    artículo    79-7º    del    actual   estatuto   procesal  penal.   

       En  mérito  de  lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia en Sala  de  Casación  Penal,  administrando  Justicia  en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

        RESUELVE   

       NO      CASAR     la     sentencia  impugnada.   

       Cópiese,  comuníquese y devuélvase el expediente al Tribunal de  origen.   

       cúmplase.   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA RIPOLL            HERMAN  GALÁN CASTELLANOS   

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                           JORGE   ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                          ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ  PINZÓN   

MARINA PULIDO DE BARON  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Sentencias  del   29 Nov. De 1984. M.P. Dr. Fabio Calderón Botero, y junio  22 de 2000. M.P. Dr. Carlos A. Gálvez A.     

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