13472(11-07-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 13472  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

        Magistrado Ponente:   

        Dr.  JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

                                    Aprobado Acta No. 74   

          Bogotá, D.C., once de julio de dos mil dos.   

VISTOS  

             

Revisa  la  Corte  en  sede  de casación la  sentencia  de  segundo  grado del 14 de marzo de 1997, proferida por el Tribunal  Superior  de  Ibagué,  por  medio  de  la cual confirmó integralmente el fallo  dictado  por  el  Juzgado  Sexto  Penal  del Circuito de la misma ciudad el 8 de  agosto  de  1996,  en  el  que condenó a JOSÉ FENIVAR  TORRES  TORRES  a  la  pena  principal  de 25 años de  prisión   como   autor   responsable   del   delito  de  homicidio.   

HECHOS   Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

         

Hacia  las nueve de la noche del 5 de agosto  de  1995, en el bar “Los Abuelos” localizado en inmediaciones de la plaza de  mercado  ubicada  entre  calles  20  y 21 con carreras 4 A y 4ª de la ciudad de  Ibagué,  departían  al  calor de unas cervezas Luis Marío Gutiérrez Urueña,  Elver  Gómez  Camacho  y  su  mujer  Ligia Santa Lozano, cuando se suscitó una  discusión  entre  esta  última  y  la  mesera  del negocio María Flora Reyes,  trasladándose  ambas a reñir a la calle, momento en el cual intervino en apoyo  de  su  compañera  Gómez Camacho, lesionando con un tejo en la cabeza a María  Flora,  ante  lo  cual  reaccionó el hoy procesado JOSÉ FENIVAR TORRES TORRES,  hermano  del  cantinero,  quien  salió  en  persecución  del agresor, dándole  alcance  a  la  altura  de  la  calle  20  con  carrera  4  A, en donde luego de  encuellarlo   le   asestó   una   puñalada   en   el  abdomen  que  determinó  posteriormente  su  deceso  en  el  hospital  Federico  Lleras  Camargo mientras  recibía atención médica.   

          En  resolución  del  6  de agosto de 1995, la Fiscalía 21 Delegada  Seccional  dispuso  la  apertura  de la instrucción y escuchó en indagatoria a  JOSÉ  FENIVAR  TORRES TORRES, a quien luego afectó con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva  sin  excarcelación,  por el delito de homicidio. El  mérito  del  sumario  se  calificó el 1º de diciembre de 1995, profiriéndose  resolución   de   acusación   contra  TORRES  TORRES  como   autor   del  referido  delito,  decisión  que  impugnada  se confirmó el 19 de enero de 1996 por la Fiscalía Delegada ante el  Tribunal Superior del Ibagué.   

          El  conocimiento  del  juicio fue asumido por el Juzgado Sexto Penal  del  Circuito  de  la  misma ciudad, despacho que una vez celebrada la audiencia  pública  profirió  el  8  de  agosto de 1996 la sentencia por medio de la cual  condenó    al    acusado   JOSÉ   FENIVAR   TORRES  TORRES  a  la  pena  principal de 25 años de prisión  como  autor  responsable  del delito respecto del cual se le acuso. Apelada esta  decisión  por  el  defensor,  fue  objeto de confirmación integral en el fallo  ahora impugnado.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

          De  entrada  invoca  el  defensor del procesado JOSÉ FENIVAR TORRES  TORRES  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  del  artículo  220 del anterior  Código  de Procedimiento Penal, violación indirecta de la ley, “porque    la    sentencia    tergiversa    el    sentido    de    la  prueba”.   

          A   continuación   y   bajo   lo   que   considera  “primer    cargo”   que   anuncia   como  principal,   se  aduce  la  existencia  de  un  error  de  hecho por “omisión de  pruebas”,  pues  los  falladores  de  instancia  se  abstuvieron  de considerar la prueba de laboratorio de biología forense visible  a  los  folios  263  y 264 del expediente, de acuerdo con la cual del examen del  cuchillo  incautado  al  procesado en el momento de su aprehensión se obtuvo un  resultado  negativo  para  huellas  de sangre, prueba que de haberse considerado  habría definido en forma distinta el sentido del proceso.   

          Dicho  experticio  técnico,  agrega, es abiertamente contradictorio  con  la  declaración  vertida  por  la  compañera  del  hoy occiso Ligia Santa  Lozano,  de  quien dice ser “mujer de vida libidinosa  y  de  vida  social  reprensible, ya que siempre ha vivido alinderada en la vida  nocturna   de  cafés…”,  para  transcribir  luego  apartes  de  su  testimonio en los que refiere las características del cuchillo  con  el  que afirma vio que hirieron a su compañero. Le atribuye a la deponente  una  “idea  preconcebida”  que  denota  “subjetivas  razones  para  vincular al  procesado”,   pero  su  dicho,  insiste,  entra  en  contradicción  con  la  prueba  técnica,  “lo cual  beneficia con la duda a favor del procesado”.   

          Aduce  que  el  Tribunal omitió considerar el experticio técnico y  sustentó  la decisión en asertos contradictorios de Ligia Santa Lozano, María  Giomar  Morales,  en el testigo de oídas Luis Alfredo Huertas y la versión del  investigador  del  C.T.I.  Carlos  Parra González, pretermisión que constituye  evidente  error de hecho “por omisión de prueba, por  falso  juicio  de  identidad”.               

         

          Considera  que  de haber sido valorada la prueba omitida, se habría  establecido  que  “no  es cierto que con el cuchillo  que  le  fue  decomisado  al  acusado JOSÉ FENIVAR TORRES TORRES, con ese mismo  elemento  cortopunzante  se  le  haya  cegado  (sic)  la  vida  a  Elber  Gómez  Camacho”, por cuanto la herida pectoral que recibió  el  hoy  occiso  según  protocolo  de  necropsia,  no  se  corresponde  con las  dimensiones del arma cortopunzante.   

          La  verdad  de  lo  ocurrido está en duda y ésta debe resolverse a  favor  del  procesado,  pues además son múltiples las personas que afirman que  fue  una  persona  diferente  a TORRES TORRES la que hirió mortalmente a Gómez  Camacho,  e  incluso  varios  de  ellos  describen  al  agresor como una persona  “mona”,  que  no  tiene  parecido  con  el procesado, luego lo dicho por Ligia Santa no tiene asidero. En  este  punto  debe  recordarse  que la última testigo informó que la mesera del  establecimiento   se   encontraba  tomando  con  “un  man”,  aserto  en  el cual es corroborada por María  Flora  Reyes  y  María  Aurora Sánchez, y otros testimonios, entre ellos el de  Iván  Molina,  quien  al folio 59 indicó que quien mató a Elber Gómez fue el  sujeto  que  estaba  tomando  con la mesera de la cantina, aspecto en el cual es  secundado por Rafael Pérez Torres.   

          De  allí,  advierte,  que  no  se  explica  por  qué se omitió la  vinculación  procesal  de  ese  personaje,  ordenándose apenas en la etapa del  juicio    la    elaboración    de    un   “retrato  hablado”,   cuando   ya   los   recuerdos   de  los  intervinientes se habían desdibujado.   

          El  falso  juicio  de  existencia  por  omisión  se  extendió a la  “prueba  relativa a la existencia real del verdadero  agresor”,    atribuyéndose    a   JOSÉ   FENIVAR  “el    muerto    que    otro    mató”.   

          Como  normas violadas cita los artículos 2º, 10, 13, 18, 246, 247,  248,  249, 302, 303, 333, 254, 259, 262, 267, 294, 304, 364, 362, 365, 367, 368,  444      “del      C.P.      y     de     C.P.P.  respectivamente”.   

Se  impuso una pena injusta por cuanto JOSÉ  FENIVAR  no es el autor del homicidio, razón por la cual se debe casar el fallo  con absolución para el agraviado.   

          En  lo  que  anuncia  como segundo cargo, alega el recurrente que se  violó  en  forma indirecta la ley sustancial “porque  la   sentencia   tergiversa   el  sentido  de  la  prueba,  produciendo  efectos  probatorios que no derivan de su contexto”.   

             Sostiene   en   este   reparo  que  la  apreciación  de las pruebas no coincide con la naturaleza de la incriminación,  pues  en  la  sentencia de segunda instancia se afirma que la muerte violenta de  Elber  Gómez  Camacho  fue  consecuencia obligada de la herida cardíaca que le  propinó  JOSÉ  FENIVAR,  cuando  es  lo cierto que su responsabilidad no está  probada   dado   el   estado  de  duda  que  generan  los  elementos  de  juicio  incorporados.   

          Nuevamente  entra  a  criticar el valor probatorio que se otorgó al  testimonio  de  la  compañera  de  la  víctima,  Ligia  Santa  Lozano, como si  “proviniera  del  arzobispo  de  Ibagué”,  no  obstante “su estado de ebriedad  y  el  interés  de  esta  mujer  en  las  resultas  del proceso” y  cuando  se encuentra establecido que es conocida en el bajo mundo  como    “prostituta    de   profesión”.  A esta prueba, agrega, se opone “el  hecho  irrecusable  de  que JOSÉ FENIVAR TORRES TORRES no mató a quien en vida  respondía  al  nombre de Elber Gómez Camacho”. Dice  que  basta  leer  con ponderado análisis su versión para comprobar que incurre  en     graves     contradicciones,     las     que    no    fueron    apreciadas  debidamente.   

          También  se  tergiversó  el  sentido  de la declaración de María  Giomar  Morales,  amiga  de  Ligia  Santa  Lozano, pues la misma refirió que el  agresor    vestía    “una   cachucha   blanca   y  esqueleto”,  cuando  la  cachucha  que llevaba JOSÉ  FENIVAR  era  de “color morado con aletas color negro  y  con  letras  distintivas Los Angeles Lajers y el esqueleto (prenda) no es del  todo  blanco”  sino  estampado,  apreciación con la  cual  dice  se  falsea  la  prueba.  Tal error genera duda que debe resolverse a  favor del procesado.   

La  versión  suministrada por el agente del  C.T.I   Carlos   Parra  González,  quien  atribuyó  a  JOSÉ  FENIVAR  haberle  manifestado  en  la sala de detenidos que “él sí le  había  tirado  (a la víctima) pero que no creía que lo hubiese jodido (sic) y  que   jamás   pensó  que  con  ese  chuzoncito  perdiera  la  vida”,  pudo  tener  como  razón  el afán de conseguir créditos y/o  condecoraciones  en  su  institución,  porque en todo caso el sentido en que se  rinde  la  versión  no  indica que fuese el procesado el autor de la puñalada,  sino  su  extrañeza  porque  una  herida  tan pequeña causara una muerte en el  entendido  de que JOSÉ FENIVAR presenció los hechos sucedidos en el bar “Los  Abuelos”.   

A  continuación se refiere al testimonio de  oídas  de  Luis  Alfredo  Huertas  Cortés,  administrador de la plaza, el cual  aparece   desmentido  por  los  testigos  Nolberto  Celemín  Londoño,  Arnulfo  Buitrago  Parra y Eduardo Pinilla Penagos, pues éstos indicaron no haberse dado  cuenta quién fue el autor del homicidio.   

En  general,  se  tergiversaron  todas  las  pruebas  de cargo porque son declaraciones contradictorias que generan duda y no  puede   tenérselas   como   indicadoras   de  responsabilidad.  Tampoco  pueden  considerarse  como indicios los de capacidad y móvil para delinquir si se tiene  en  cuenta  que  el  procesado  trabaja desde muy joven vendiendo verduras en la  plaza de la 21.   

El autor del crimen fue otra persona distinta  a  JOSÉ  FENIVAR,  razón  por  la cual el agravio contra sus derechos debe ser  remediado  en  sede  de  casación.  No se trata de apoyar, como se afirma en la  sentencia,     una     “fallida    coartada    del  procesado”,  pues  en el proceso obran declaraciones  veraces  que dicen de la existencia real del verdadero agresor, lo cual no puede  negarse  apoyados  en  que  el  “retrato  hablado no  coincide”,   pues   esta  prueba  fue  tardíamente  recogida,  cuando  ya  los  testigos  no  retenían  las imágenes del verdadero  agresor,   máxime   que   los  hechos  sucedieron  en  un  bar  “donde  todos  los  contertulios  se  encontraban libando licor y sus  declaraciones  son  rendidas  bajo la ingesta etílica que no sólo deforma sino  que exagera los dichos”.   

Con los yerros denunciados se vulneraron los  artículos   323   del   Código   Penal  de  1980,  por  cuanto  JOSÉ  FENIVAR  “no  mató”, y el 247 del  anterior Código de Procedimiento Penal.   

Concluye   el  demandante  solicitando  la  absolución  para  su  defendido,  y  en  el  evento  que se hayan vulnerado las  garantías  procesales del implicado se case la sentencia de manera oficiosa, de  conformidad con el artículo 228 idem.   

CONCEPTO  DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

          El  Procurador  Segundo  Delegado  en lo Penal destaca que aunque el  primer  cargo  se ampara en un falso juicio por omisión probatoria, el discurso  sustentatorio  de  la  demanda  no  se  compadece con ese especial sentido de la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  sino  que comporta una personal  apreciación de las pruebas en la forma que las mira el defensor.   

          Así,  en cuanto a la prueba que da cuenta de la ausencia de huellas  de  sangre en el cuchillo decomisado al procesado al momento de su aprehensión,  no  fue  en verdad omitida sino que aparece irrelevante para el fallador por dos  razones:  la  primera,  porque  la experticia nada dice sobre la responsabilidad  del  procesado,  y  la  segunda,  la  más  importante,  porque el momento de la  aprehensión  de  TORRES  TORRES  no es el mismo de la ocurrencia de los hechos,  tal como se deduce de la declaración de Iván Polanía Tovar.   

          Tampoco  es  posible  que se pruebe la existencia y trascendencia de  algún  vicio in iudicando con  cuestionamientos  a  la vida íntima de la testigo de cargo. Ello, además de no  ser  ni  responsable  ni serio, es cuestión que no comporta la comprobación de  errores  en  la  apreciación probatoria. En su concepto, lo que quiere discutir  el  demandante  es  el  valor de convicción de la unidad de investigación, con  olvido  de  que las pruebas no tienen tarifa legal y que su mérito lo otorga el  juzgador     en     forma     razonada,     y     que    más    “valor”  tiene  el que se consigna en las  sentencias,  por  la  doble  presunción  de  legalidad y acierto, que las   críticas  al  “valor” que  formula  el  casacionista, porque termina por convertir la demanda en un alegato  inconducente.   

          Ligia  Santa  Lozano sindicó al procesado sin dubitaciones desde el  mismo  momento  de  la  ocurrencia de los hechos, e igual hizo María Giomar; el  sentenciado  reconoció  que  era él la persona que participó en los hechos al  decir:  “yo  lo  cogí  llegando  a la esquina de la  veinte  con  cuarta  A”,  y ante el investigador del  C.T.I.  dijo  que  “sí  le  había tirado, pero que  jamás   pensó   que   con   ese   chuzoncito   perdiera   la  vida”.   

          Y  en  el  segundo  cargo,  abandonando  los derroteros lógicos que  gobiernan  la  sustentación  de  cualquier  sentido  de  violación  de  la ley  sustantiva,  presenta  su  particular  visión  de los hechos al sostener que su  prohijado  no causó la muerte de Gómez Camacho, y en general, critica el valor  de convicción asignado a las pruebas.   

          Además,    el    demandante    se    limita    a    “enlistar”   una  serie  de  normas  que  considera   quebrantadas,  pero  no  indica  ningún  sentido  de  quebranto  ni  demuestra   que   el   error  que  dice  relevar  en  la  demanda  tenga  alguna  transcendencia.   

          La  inobservancia  de  la  técnica  en  tales  términos, llevan al  Procurador  a sugerir que se desestimen los cargos y consecuentemente no se case  el fallo impugnado.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

Es  sensato  examinar  conjuntamente los dos  cargos  que  a  manera  de  principal y subsidiario se presentan contra el fallo  impugnado,  como  lo  hace  el  Procurador,  porque  en ambos los reproches a la  sentencia  se  hacen  bajo  el ámbito de la causal primera de casación, cuerpo  segundo,  por violación indirecta de la ley sustancial, y sobre todo, porque el  actor  acude a comunes argumentos para censurar los presupuestos probatorios del  fallo,  dentro  del  campo del error de hecho en la modalidad de un falso juicio  de  existencia  por omisión, en el primer evento, y en el segundo, lo que puede  calificarse  como  un  falso  juicio de identidad porque al decir del demandante  “la   sentencia   tergiversa   el   sentido  de  la  prueba”.   

El  error  de hecho en la modalidad de falso  juicio  de  existencia  por  omisión,  planteado en el primer reproche, ha sido  dicho  en  reiteradas  oportunidades  por  esta  Sala, consiste en el soslayo de  pruebas  legalmente  incorporadas al proceso que lleva al juzgador a proferir un  fallo diferente al que correspondía en caso de haberlas analizado.   

Tal  modalidad  de  error  impone  un  doble  esfuerzo  al  demandante  que  la  plantea,  el  cual  involucra  tanto la clara  enumeración  de  los  medios  de  prueba  que  legalmente  allegados resultaron  omitidos  en  la  evaluación que precedió la declaración de justicia, como la  demostración  a  través  de  una  evaluación  probatoria  de conjunto que los  incluya,  para  ver  de  comprobar  con  fundamento  en  ella,  que  de  haberse  considerado  el  dato  o  los  datos  supuestamente  revelados por aquéllos, el  sentido  de  la  decisión  hubiera  sido  diverso  y  en todo caso favorable al  impugnante.   

Una  tal  falencia,  como  con  acierto  lo  observó  el  Procurador  Delegado,  es la que aquí se advierte, pues en primer  lugar     no     es    cierto    que    la    prueba    pericial    –dictamen  de  biología  forense- cuya  consideración  extraña el censor haya sido omitida, sino que la misma resultó  irrelevante  para  el  fallador  ante  la contundencia de las demás pruebas que  acreditaron  la  responsabilidad  del  implicado en el homicidio. Sobre el punto  razonó el Tribunal:   

“Como  se puede  apreciar  en  la parte considerativa de la Sala, la prueba de cargo en el evento  cuestionado  no  solamente  descansa sobre los testimonios del Admistrador de la  Plaza  de Mercado de la calle 21, ni en el de sus celadores, como tampoco en los  resultados  de  los  dictámenes  periciales  de  biología forense, fuertemente  criticados  por  los censores, cuya valoración probatoria ni siquiera se estima  necesaria  ante  la  contundencia  de  lo  evidenciado por el recaudo probatorio  reseñado  y  suficientemente  demostrativo  de  la  responsabilidad  penal  del  acusado” (fl. 44 cd. Tribunal).    

          Como  puede  verse,  el  Tribunal  sí considero la prueba pericial,  pero  la  desestimó  porque  no  resultaba  convincente  frente  a  los  demás  elementos  de  juicio, situación que por sí sola desvirtúa el falso juicio de  existencia  en la modalidad de omisión. A esta conclusión se aúna otro motivo  de  improsperidad  de  la  censura  que  se  relaciona  con la absoluta falta de  demostración  del  supuesto  fáctico requerido jurídicamente para llegar a la  conclusión  de  que  la referida prueba aportada al proceso excluía al acusado  JOSÉ  FENIVAR  como  autor  del  homicidio  de  Elber Gómez Camacho, que es en  esencia lo que el casacionista plantea.   

         

          Como  se dijo al inicio de estas consideraciones, la obligación del  censor  no quedaba en la simple expresión de que un determinado medio de prueba  no  fue apreciado por el juzgador, que como quedó demostrado aquí no ocurrió,  sino  que el cometido de la censura sólo podía lograrse confrontando la prueba  pericial  con  todos los elementos de juicio que tuvo en cuenta el juzgador para  proferir  el  fallo  controvertido,  único  ejercicio a través del cual podía  dejar en evidencia la real transcendencia del error.   

          Con  todo,  aunque  el  dictamen  pericial que se aduce como omitido  descartó  huellas  de  sangre  en  el  cuchillo  decomisado  al procesado JOSÉ  FENIVAR,  este  solo  hecho  no prueba que el mismo sea ajeno al homicidio, pues  además  de  que  en  la  sentencia  impugnada  se  destaca  un  vasto  material  probatorio  para  concluir  en su participación, entre ellas los testimonios de  Ligia  Santa  Lozano,  María  Giomar Morales y Carlos Parra Gonzalez, así como  una  serie  de  indicios  convergentes a dicha conclusión, no puede perderse de  vista  que  el  momento de la aprehensión de TORRES TORRES no coincidió con la  ocurrencia  de  los  hechos,  como  con  acierto lo destacó el Procurador en su  concepto    con    apoyo    en    la   prueba   recogida   al   inicio   de   la  averiguación.   

          También  es  notable  la ausencia de técnica en la formulación de  la  segunda  censura,  pues  el  demandante  no  tiene  claridad  acerca  de  la  configuración  del falso juicio de identidad, el cual, ha dicho insistentemente  la  Sala,  se  deriva  de  una  equivocada percepción  de  la  prueba en la medida en que se distorsiona o se  falsea  su  contenido  objetivo  para  hacerla  decir  lo  que  materialmente no  expresa,  y  su  demostración  implica  hacer  evidente no sólo que los fallos  apreciaron  la  prueba  contrariando  su  materialidad,  sino  que el desacierto  condujo a una decisión contraria a la ley.   

Es así como, si bien desde el punto de vista  de  las  reglas  de  la  crítica  del  testimonio  podría  considerarse que la  existencia  de vínculos afectivos del testigo con la víctima obliga a ser más  cuidadoso  en  el  análisis  de  la  prueba,  esta  afirmación no demuestra la  variación de su contenido material.   

La  crítica  que  en  este caso presenta el  actor  al testimonio de Ligia Santa Lozano se centra en reproches éticos por la  presunta  vida  libidinosa  que  lleva  la  testigo, a quien además atribuye un  interés  parcializado por haber sido la compañera marital de la víctima, pero  con  ello  no  está poniendo de presente la modificación de su dicho por parte  del   juzgador,  ni  que  de  su  contenido  se  hayan  extractado  conclusiones  probatorias  distintas  a  las que surgen de la prueba misma, labor que omite el  censor   pretendiendo en cambio sobreponer su criterio al examen probatorio  efectuado  por el Tribunal, en una disputa por la valoración de tal elemento de  convicción concebible tan sólo en un alegato de instancia.   

          Pero   además  no  desconoció  el  fallador  tales  circunstancias  personales  en el análisis del testimonio de Ligia Santa, sino que frente a las  mismas reflexionó así:   

“En tales condiciones, como quiera que lo  declarado  por  Ligia  Santa  Lozano, encuentra plena comprobación frente a los  demás  medios  de  prueba  traídos al proceso, no se puede rechazar y menos so  pretexto  de  haber ejercido en el pasado la prostitución, ni porque hacia vida  marital  con  el interfecto, además su versión fue recogida a eso de las 12:45  de  la  noche  de  ese  mismo  5 de agosto, es decir, tres horas después de los  hechos  cuando  aún  no  se  reponía  de  lo  sucedido. Pero es más, Nolberto  Celemín  Londoño,  cuya  presencia  en  el teatro de los acontecimientos no se  puede  negar, toda vez que allí laboraba, a folio 136 del cuaderno original No.  1,    atesta    que    en    el    momento    del    insuceso,   “nombraban    a    un    señor   FENIVAR,   que   él   lo   había  matado”  y  que  “eso  lo  decía… la    señora    que    llevaba    el   señor   herido…”  es  decir,  su  mujer  Ligia  Santa  Lozano”  (fl. 45 cd.  Tribunal).   

          También  arguye  el  demandante, que el juzgador en el análisis de  los  testimonios  de  cargo  de  Ligia Santa Lozano, María Giomar Morales, Luis  Alfredo   Huertas   y   el  investigador  del  C.T.I.  Carlos  Parra  González,  prescindió  por  completo  del  relato de otros testigos que describen al autor  del  homicidio  como  una  persona  “mona”  que  no  tiene  parecido  con  el procesado JOSÉ FENIVAR, pero  precisamente  sobre  ese  aspecto  se  pronunció  el Tribunal en los siguientes  términos:   

“De otra parte, no es cierto que a quienes  han  pretendido  apoyar  la  fallida coartada del acusado TORRES, no se les haya  ‘puesto  cuidado  para  nada’, por el contrario,  es  el  estudio  crítico cuidadoso que de ellos se hizo el que impide darles la  credibilidad  que  se  demanda, toda vez que se muestran afectados por ese juego  de  los  sentimientos a que se remite la Corte (fallo de marzo 19 de 1992) y van  en   contravía   de  la  verdad  real  del  proceso,  pretendiendo  desviar  la  investigación  hacia  un  personaje  del  que  ni  siquiera en los dos retratos  hablados  que  se  hicieron, se pudieron poner de acuerdo en su filiación, pues  dista el uno del otro en sus rasgos físicos…”   

          En  tales condiciones, no puede elevarse a la categoría de error el  hecho  de haberle dado credibilidad a lo dicho por los testigos de cargo, porque  dentro  de  las facultades que le otorga la libre apreciación de las pruebas al  juzgador  está  precisamente la de negarle valor suasorio a todo aquello que no  le  muestre  coherencia, siempre que se fundamente en una hipótesis explicativa  lógica.   

Así,  queda  al descubierto que el discurso  argumentativo  del  demandante  se  dirige  a  dejar  como bondadosa su personal  perspectiva  probatoria  frente  a  la  del  juzgador, sin cumplir la premisa de  señalar  claramente  los  yerros  de  ésta,  forma  de  censura que siempre ha  reprochado  la  Corte porque refleja una petición de principio y una inversión  de  la  lógica, pues en sede de casación no se pretende directamente demostrar  la   verdad  del  fallo  de  instancia  cuestionado,  sino,  por  el  contrario,  desvirtuar  la  presunción  de  acierto del mismo, por medio de una demanda que  exhiba razones claras y precisas de los cargos formulados.   

          Igual   suerte   corre   la  pretensión  del  actor  en  torno  del  reconocimiento   a   favor  de  su  defendido  del  postulado  del  in  dubio  pro  reo,  pues la fuerza de la  prueba  testimonial  e  indiciaria  sobre la cual se sustenta la declaración de  responsabilidad,  permanece  incólume  de  cara  a  la crítica subjetiva aquí  destacada.   

          En consecuencia, no prosperan los cargos.   

Como en este caso no hay lugar a la casación  y,  por  ende,  se  le tributará ejecutoria a la sentencia, cualquier decisión  sobre  la  eventual  favorabilidad  deberá  adoptarla  el juez de ejecución de  penas  y medidas de seguridad por la puesta en vigencia del nuevo Código Penal,  conforme  con  la  facultad  prevista  en  el  numeral  7° del artículo 79 del  Código de Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000).   

En  mérito de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACION  PENAL, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

R   E   S  U  E  L  V  E   

No casar la sentencia recurrida.  

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese, devuélvase al Tribunal de origen y  cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE    E.   CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN            GALÁN  CASTELLANOS          CARLOS  A.  GÁLVEZ  ARGOTE                

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                 EDGAR         LOMBANA  TRUJILLO               

CARLOS        E.        MEJÍA  ESCOBAR                     NILSON PINILLA  PINILLA                        

Teresa Ruíz Núñez  

Secretaria  

    

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