16332(01-11-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 16332  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                                        Magistrado  Ponente   

                                     Dr. JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

                                     Aprobado Acta No 169   

          Bogotá D. C., primero de noviembre de dos mil uno.   

V I S T O S  

Mediante  sentencia  de  mayo  7  de  1999 el  Tribunal  Superior  de  Cúcuta confirmó la condena que en primera instancia se  había  impuesto al procesado  JOSE GREGORIO RAMIREZ MENDOZA de veinticinco  (25)  años  de  prisión,  como  autor  penalmente  responsable  del  delito de  homicidio en Flower Arcila Mendoza.   

Como  contra  el  fallo  del  ad  quem el defensor propuso la casación,  la  Corte  examinará  las formas básicas de la demanda, de conformidad con los  artículos 207 y 212 del  Código de Procedimiento Penal.   

HECHOS Y ACTUACION PROCESAL  

Cuando  en  la  madrugada del 16 de julio de  1995  Flower  Arcila  se  dirigía hacia su residencia ubicada en el Barrio Alto  Pamplonita  de  la ciudad de Cúcuta, fue abordado por un extraño que fingiendo  ser  conocido  suyo se le acercó con el fementido propósito de entablar algún  diálogo,  pero  como  el transeúnte sospechara de esta actitud, sin dar tiempo  para  reacción  alguna  el intruso lo lesionó con un puñal, produciéndole la  muerte  cuatro  días  después  en  el Hospital Erasmo Meoz a donde había sido  conducido en busca de atención médica.   

El  autor  del  lesionamiento,  a  quien  se  identificó  como  JOSE  GREGORIO  RAMIREZ  MENDOZA,  fue  vinculado  al proceso  mediante  declaratoria  de  persona  ausente  y  posteriormente  acusado  por la  Fiscalía  1ª Seccional de Cúcuta por el delito de homicidio simple, a través  de   resolución   que   adquirió  ejecutoria  el   23  de  septiembre  de  1996.   

A la etapa de juzgamiento, durante la cual se  produjo  la captura del procesado, el Juzgado 5° Penal del Circuito de la misma  ciudad  puso fin con el fallo de enero 19 de 1999,  por cuyo medio, además  de  la  pena  principal  ya señalada le impuso la accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones públicas por el término de diez (10) años y la condena  al   pago  de  los  perjuicios  ocasionados  con  el  delito,  estimados  en  el  equivalente  a  3.000  gramos  oro  los  de  orden  material  y  a 500  los  morales.   

La  sentencia de primer grado fue confirmada  integralmente  por el Tribunal Superior de Cúcuta al desatar la impugnación de  la  defensa,  y  contra  esta  decisión  se  interpuso  en tiempo la demanda de  casación que ahora ocupa la atención de la Sala.   

LA DEMANDA  

Con  sustento  en  el segundo apartado de la  causal  primera  de casación prevista en el artículo 207 del estatuto procesal  penal,  un  solo  cargo  formula  el  denunciante contra la sentencia de segundo  grado.   

Afirma  el  demandante  que ésta vulnera de  manera  indirecta  el  artículo  294  del estatuto procesal penal  vigente  para  la  época  (igual  al  277  de la ley 600 de 2000) debido al error en que  incurrió  el  ad quem al  “apreciar”     los  testimonios   de  Reinaldo  Manrique  Torres,  Henry  Antonio  Fuentes  y  Henry  Quiroz,    error   que   se   configura,   según   sus  propias  palabras,  “al   hacer   una   evaluación   de   los   mismos  distorsionando el mismo contenido probatorio que ellos tienen”.   

Explica luego el censor que la incorrección  consistió   en   que   el   Tribunal  al  igual  que  el  juzgado  le  restaron  “credibilidad”  a dichos  testimonios,  los  cuales  demostraban  la  causal  de justificación (legítima  defensa)  dentro de la cual actuó su patrocinado, la que además fue descartada  desde  un  comienzo con el bifronte argumento de que el procesado no compareció  ante  las  autoridades recién ocurridos los hechos y luego en la indagatoria se  presentó como víctima.   

Reitera que no obstante provenir dos de esos  testimonios  de  servidores  públicos,  fueron  desestimados  en tanto sólo se  tuvieron  en cuenta aspectos que carecían de relevancia para  “probar   lo   sustancial”   de  esta  investigación,  lo  cual,  en su sentir, entraña una particular forma de error  de hecho.   

Al  referirse  al  testimonio  del  agente  Manrique  Torres,   acota  el  demandante  que  el Tribunal le “quita    el    valor    probatorio   que   tiene,   apreciándolo  erróneamente”,   restándole  credibilidad  por  su  contradicción  con  lo  demostrado  en  el  proceso,  cuando lo cierto es que a  partir  de  su  dicho  quedaba  claro  que  la  acción de su patrocinado estaba  amparada por la ya referida causal justificativa.   

Similar  crítica  hace a la ponderación de  otro  testimonio,  el de José Carmelo Sánchez, señalando que lo afirmado  por  este  ciudadano  “es  totalmente diferente a la  apreciación  que  tienen  del mismo los juzgadores de instancia”,  porque  a  quien señala como persecutor de la víctima es persona  distinta  a  su  patrocinado.  Y  luego  de  transcribir  un  aparte  del  fallo  demandado,  anota que el simple cotejo de aquél testimonio con lo asegurado por  los  jueces  de  primera  y  segunda instancia, autoriza concluir que  a la  misma  le  agregaron  “un  valor  probatorio  que no  tiene”,  o  mejor,  que  en  relación con el mismo,  “sostienen afirmaciones y expresiones que este nunca  dijo”.   

Así,  al  considerar demostrado el error de  hecho   en   que   incurrió   especialmente   el   ad  quem,  solicita la casación de la sentencia para  que  en  esta  sede  se  absuelva  al  procesado del cargo objeto de acusación.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Prima   facie,  encuentra  la  Sala  que la demanda formulada por el defensor del procesado  JOSE  GREGORIO  RAMIREZ MENDOZA carece de las formalidades mínimas que al tenor  de  lo  previsto por el artículo 212 del estatuto procesal penal permitan abrir  el  debate para ver de establecer si por parte del Tribunal, a cuyo cargo estuvo  la  confirmación  de  la  condena,  se  incurrió  en  los yerros cuya enmienda  pretende el casacionista pidiendo la absolución de su poderdante.   

En  efecto, si bien el libelo cumple con las  exigencias  referidas  a  la  identificación  de los sujetos procesales y de la  sentencia  impugnada,  y  contiene una somera síntesis de los hechos materia de  juzgamiento  y  de  la actuación procesal, igual no acontece con la obligación  de  señalar en forma clara y precisa los fundamentos en que se apoya la causal,  lo  cual  comprende  el  señalamiento de las normas que el recurrente considera  infringidas,    dejando   la   postulación   ayuna   de   identidad   jurídica  propia.   

Como  la  única  referencia  a  la  norma  supuestamente  vulnerada  se  refiere  al  artículo  294 del extinto Código de  Procedimiento  Penal  (igual  al  277  del  estatuto  actual,  que  alude  a los  criterios  para  la apreciación del testimonio), bien está señalar de una vez  que  con esta cita no se satisface aquella exigencia formal, en la medida en que  a  una  norma  medio, de contenido exclusivamente procesal o instrumental, se le  otorga  la  connotación  de  sustancial  que  no  tiene, dejando de señalar el  precepto   de   aquella  naturaleza  que  por  el  yerro  aducido  hubiera  sido  mediatamente  quebrantado,  bien  por  falta  de  aplicación,  ora por indebida  aplicación, e incluso por errónea interpretación.   

Si  a  lo anterior se suma que la censura se  presenta  con  un  planteamiento asaz equívoco, es claro que el libelo no tiene  vocación para propiciar el inicio del trámite casacional.   

En  efecto,  mientras la demanda despunta el  cargo   afirmando   que   algunos   testimonios  se  apreciaron  “distorsionando”  el contenido probatorio  que  ellos  tienen,  con  lo que podría pensarse en un error de hecho por falso  juicio  de  identidad,  seguidamente  salta  a  un reproche por error de derecho  debido  a  un  imposible  falso  juicio  de convicción, pues eso y no otra cosa  significa  la  afirmación  de  que  al testimonio del agente Manrique Torres el  Tribunal   le   “quita   el  valor  probatorio  que  tiene”;  obviamente que sin precisar el censor cuál  es   el   valor   establecido   a  priori  para  dicho  medio  de  prueba  que  supuestamente  desconoció el  sentenciador  de segunda instancia; tarea de difícil cumplimiento en un sistema  como  el  nuestro donde no hay tarifa probatoria y la apreciación de los medios  de  convicción  es  libre para el juez con la única limitación de que se haga  racionalmente.   

Ahora  bien,  no  obstante  el  manifiesto  reproche  del  censor  de  que tanto el tribunal como el juzgado “le        restaron       credibilidad”  a algunos testimonios, si  deponiendo   la  exigencia  de  claridad  y  precisión  en  la  formulación  y  fundamentación  del cargo que es de rigor en la casación, se llegara a aceptar  que  con  la  censura  lo  que aquél pretendía establecer era que el examen de  tales  declaraciones  se  hizo  a espaldas de los postulados de la sana crítica  (error   de  hecho  por  falso  raciocinio),  aparte  de  echarse  de  menos  el  señalamiento  del  argumento  irracional del sentenciador en la ponderación de  dichos  asertos,  o el atropello a las pautas de la ciencia o a las reglas de la  experiencia,  el dislate se traslada al terreno de la dilogía pues no se aviene  con  la  lógica  predicar  respecto de un mismo medio de prueba su distorsión,  esto  es  el trastocamiento de su contenido fáctico, y su apreciación desasida  de  los parámetros de  la sana crítica, porque este último ejercicio del  intelecto,  para  que  constituya  un  desatino  de  hecho por falso raciocinio,  presupone  que la prueba se haya contemplado en su integridad material, esto es,  sin distorsiones en su contenido fáctico.   

En  fin,  la  censura  a la apreciación del  testimonio  del  agente  Manrique  Torres queda reducida a la no bien disimulada  inconformidad  del  censor por la crítica que de sus atestaciones razonadamente  hizo  el  sentenciador  a  la  luz  de  otras  probanzas que dejaban sin piso la  pretendida  causal de ausencia de responsabilidad. Esto y no otra cosa es lo que  se  deduce del planteamiento de la demanda según el cual el tribunal desestimó  el   testimonio   del   acotado  policial  para  quitarle  credibilidad  por  su  contradicción  con otras probanzas del proceso, cuando a juicio del libelista a  partir   de  aquellos  asertos  la  conducta  del  acusado  estaba  justificada.   

Es evidente que un planteamiento de este jaez  resulta  extraño  a  la  casación, donde el examen que el fallador hace de las  pruebas  sólo  es  atacable  en  la medida en que esté afectado por errores de  hecho o de derecho realmente trascendentes.   

En similares falencias incurre el demandante  cuando  reprocha  la  apreciación que en la sentencia se hizo del testimonio de  José  Carmelo Sánchez, pues bajo el genérico enunciado de que sus expresiones  fueron  distorsionadas  al  ponerlo  a  decir  lo  que nunca dijo, la censura se  diluye  en  una  crítica  abierta  al  valor  otorgado en las instancias a este  declarante,  echándose  de  menos  en  procura de la demostración del cargo el  señalamiento  de  los  fragmentos  del  fallo  donde  se traiciona el contenido  fáctico   del  testimonio  supuestamente  falseado,  para  compararlo  con  las  atestaciones  que aquél realmente hizo bajo juramento, ejercicio con el cual se  habría puesto en evidencia el yerro denunciado.    

Pero  la  demanda no sólo defecciona por la  falta  de  coherencia  lógica en la proposición del cargo y por la ausencia de  fundamentación   del   mismo,   sino   porque   además   olvida  demostrar  la  trascendencia  que  podían  tener los errores probatorios denunciados, cometido  este  que  le  imponía   al  demandante  la  carga de examinar el conjunto  probatorio  tenido  en  cuenta  por  el sentenciador para fundar la condena, con  excepción  de  los  medios  afectados  por  el  vicio  argüido,  para  ver  de  establecer  si sin éstos el fallo adverso al acusado mantenía sustento o, como  es  la  pretensión  de  la  demanda,  debía  quebrarse  para  dar  paso  a  la  absolución.   

En  razón  de  las  falencias que vienen de  analizarse,  se  impone  la  inadmisión  de  la  demanda  como  lo  previene el  artículo  213  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  dando  paso   a la  declaratoria   de   deserción   del   recurso   por  carecer  de  una  adecuada  sustentación.   

Por  lo  expuesto,  LA CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

R E S U E L V E  

Inadmitir la demanda de casación presentada  por  el  defensor  del procesado JOSE GREGORIO RAMIREZ MENDOZA; en consecuencia,  se declara desierto el recurso interpuesto.   

Contra   este   auto  no  procede  recurso  alguno.   

Cópiese, cúmplase y devuélvase al Tribunal  de origen.   

CARLOS  EDUARDO  MEJÍA  ESCOBAR   

FERNANDO           ARBOLEDA  RIPOLL                  JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN            GALÁN  CASTELLANOS                  CARLOS                                 A.                                GÁLVEZ  ARGOTE                

JORGE        ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                 EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

ALVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZON                  NILSON PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *