AP5874-2016(46391)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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Magistrada Ponente  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

AP5874-2016  

Radicación N° 46.391  

(Aprobado Acta Nº 274)  

Bogotá D.C., agosto treinta y uno (31) de dos  mil dieciséis (2016)   

VISTOS  

          Con   el   fin   de   constatar  si  satisface  las  condiciones  de  admisibilidad,  la  Corte  examina  la  demanda  de  casación presentada por el  defensor  de  ALBERT  MOLINA  CHUQUÉN,  contra la sentencia del 6 de octubre de  2014,  proferida  por  la Sala Penal del Tribunal Superior del Distrito Judicial  de Florencia.     

I. HECHOS  

            El  13  de octubre de 2005, a las 3:00 p.m. aproximadamente, Hilda  Granada  Parra  y  Maritza  Monje Rivera, luego de retirar $12.220.000 del banco  Granahorrar  de  Florencia,  arribaron  en  un taxi a la residencia de Ana Elisa  Rivera,  ubicada en la carrera 11 # 2-28 de esa ciudad. Cuando aquéllas estaban  ingresando  al inmueble, ERMINSON VARGAS DÍAZ y ALBERT MOLINA CHUQUÉN, quienes  se  movilizaban  en  una  motocicleta de color azul, entraron con violencia a la  casa  y,  amenazándolas  con un revólver y una navaja, despojaron a la señora  Granada  Parra  de su bolso, donde llevaba el dinero recién retirado del banco.   

          El  asalto  habría  sido  planeado  y  organizado por AMALIA BERMEO  STERLING  y  JOHN  JAIRO VALDERRAMA TORRES. Este último, esposo de una amiga de  Maritza  Monje  Rivera,  se  enteró en una conversación que ella cobraría esa  tarde un subsidio por la muerte de su pariente Pedro Nel Rivera.   

II.      ANTECEDENTES      PROCESALES  PERTINENTES   

          Con  fundamento  en  la  denuncia  formulada  por  la  señora Monje  Rivera,  la  Fiscalía  10ª  Seccional  de  Florencia  abrió investigación en  contra  de AMALIA BERMEO STERLING, JOHN JAIRO VALDERRAMA TORRES, ERMINSON VARGAS  DÍAZ  y  ALBERT  MOLINA  CHUQUÉN.  Tras rendir indagatoria, a aquéllos se les  definió  la situación jurídica con imposición de detención preventiva, como  posibles   responsables   de   los   delitos  de  hurto  calificado  agravado  y  fabricación, tráfico y porte de armas de fuego o municiones.   

          Cerrada  la  instrucción,  la  Fiscalía  calificó  el mérito del  sumario  el  17  de  mayo  de 2006.  Profirió resolución de acusación en  contra  de  ERMINSON VARGAS DÍAZ, ALBERT MOLINA CHUQUÉN, JOHN JAIRO VALDERRAMA  TORRES  y  AMALIA  BERMEO  STERLING  como  probables  coautores de las conductas  punibles arriba mencionadas.   

          Habiendo  interpuesto los defensores el recurso de apelación contra  esta  última determinación, la Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de  Florencia,  a  través  de resolución del 4 de agosto subsiguiente, decretó la  nulidad  parcial  de  la actuación a partir del cierre de la investigación, en  contra   de   ERMINSON  VARGAS  DÍAZ  y  ALBERT  MOLINA  CHUQUÉN  -a   fin   de   que  se  practicaran  algunas  pruebas-.  Además,  dispuso  la  ruptura de la unidad procesal en relación  con   JOHN   JAIRO   VALDERRAMA  TORRES  y  AMALIA  BERMEO  STERLING1.   

          Cumplida  la práctica probatoria ordenada por la Fiscalía delegada  ante  el  Tribunal  de  Florencia,  el 27 de abril de 2010 se clausuró la etapa  investigativa.  El  17  de  mayo  subsiguiente se dictó acusación en contra de  ERMINSON   VARGAS   DÍAZ   y   ALBERT   MOLINA   CHUQUÉN,   por   su  probable  responsabilidad,  a  título  de  coautores,  de los delitos de hurto calificado  agravado,  en  concurso  con  fabricación, tráfico y porte de armas de fuego o  municiones  (arts. 31 inc.1º, 239, 240 inc. 2º y 241-10 del CP), decisión que  cobró ejecutoria el 7 de junio de 2010.   

          La  etapa  de  juicio  le  correspondió  al  Juzgado  3º Penal del  Circuito  de  Florencia,  despacho  que  dictó sentencia el 19 de septiembre de  2012.  Condenó a los prenombrados a la pena principal de prisión por 56 meses,  como  coautores de hurto calificado agravado, al tiempo que los absolvió por el  delito contra la seguridad pública.   

          La  anterior  determinación  fue  impugnada  por el defensor de los  procesados,  dando  lugar  al  fallo de segunda instancia arriba mencionado, por  cuyo medio se confirmó íntegramente la condena impuesta.    

          Dentro   del  término  legal,  el  defensor  interpuso  el  recurso  extraordinario  de  casación  y allegó la respectiva demanda, lo que motiva el  conocimiento del proceso por la Corte.   

III. SÍNTESIS DE LA DEMANDA  

          Por      la      vía      de     la     violación     indirecta de la ley sustancial, el censor  formula  dos  cargos  contra  la  sentencia de segunda instancia. De un lado, le  atribuye   a  ésta  errores  de  derecho,  consistentes  en falso juicio de legalidad; por otra, denuncia la  configuración   de  un  error  de  hecho,     por    “suposición    de    la  certeza”  sobre  la responsabilidad de su defendido.   

          En  sustento  de  la censura, expone, se le otorgó validez absoluta  al  reconocimiento  en  fila  de  personas,  pese  a  que  no  se  siguieron los  lineamientos  previstos  en  el  “art. 253 de la Ley  906  de  2004”. Dicho medio de conocimiento, resalta,  es  apenas  un  complemento de la prueba testimonial. Por ello, dice, si Maritza  Monje   Rivera   e   Hilda   Granada   Parra   testificaron   que   “los  cacos”  tenían  puestos cascos  con  visera  cerrada, los investigadores debieron exhibir personas utilizando el  mismo  aditamento,  que  afecta  su morfología facial. En todo caso, añade, la  defensa  probó  que  las  testigos  no  reconocieron a ERMINSON VARGAS y ALBERT  MOLINA  inmediatamente,  sino  en una segunda diligencia, donde sólo señalaron  al  último  de  los  nombrados.  De  ahí  que,  sostiene,  no  existe  ningún  señalamiento contundente en contra de los procesados.   

          De       otro       lado,       alega,       es      “absurdo” afirmar que la prueba de cargo  es   suficiente,   con   base  en  los  resultados  del  análisis  link,  por cuyo medio sólo se prueba que  existió  comunicación telefónica entre todos los demás vinculados, menos con  ALBERT MOLINA CHUQUÉN.   

          En  relación  con  el  segundo  cargo, prosigue, el Tribunal supuso  que,  “con lo demostrado en el juicio”,  se alcanzaba la certeza sobre la responsabilidad de los acusados,  desconociendo  el  in  dubio  pro  reo.  Los  testimonios de Hilda Granada y Maritza Monje junto a el estudio  link,   afirma,   no  son  suficientes   para   emitir  sentencia  condenatoria,  pues  se  “desnaturaliza   la   interrelación   sistemática”  que       debe       caracterizar       a       la      valoración  de  las pruebas, como quiera  que  no se efectuó un escrutinio probatorio desapasionado, responsable y serio.   

          Por  último,  sin  formular  ningún  cargo  al  respecto,  bajo el  rótulo   de   “petición  especial”  solicita  a  la  Sala  que  decrete  el  cese de procedimiento por  prescripción  de  la  acción  penal.  Subraya  que  la  sentencia  de  segunda  instancia  se  dictó  8  años  después  de  la  ejecutoria  de  la acusación  -4  de  agosto  de  2006-,  término   superior   al  de  la  pena  impuesta  a  su  defendido  -54 meses de prisión-.   

  IV. CONSIDERACIONES DE LA  CORTE   

          4.1                       De  acuerdo  con  el art. 212-3 de la Ley 600 de  2000  (en  adelante  CPP),  la  admisión  de  la demanda de casación supone su  debida    sustentación. El censor está obligado a  consignar  de  manera  clara  y  precisa  tanto  las causales invocadas como sus  fundamentos.  Ello  implica  acreditar  la  necesidad del fallo de casación, de  cara  al  cumplimiento  de  alguno  de  sus  fines,  establecidos en el art. 206  ídem   (efectividad  del  derecho  material,  respeto de las garantías de los intervinientes, reparación  de    los    agravios    inferidos    a    éstos    y    unificación   de   la  jurisprudencia).   

               Ese propósito no se consigue de  cualquier      manera.     A     voces     del     art.     213     ídem,  el libelo será inadmitido cuando  el  demandante  carezca  de  interés  o  la  demanda  no  reúna los requisitos  formales  de  rigor.  Tampoco,  como lo ha precisado la Corte, si se advierte la  irrelevancia del fallo para cumplir los propósitos del recurso.   

          Tales  exigencias  derivan  de la naturaleza extraordinaria y rogada  del  recurso  de  casación,  características  enraizadas  en la presunción de  acierto  y  legalidad  inherente  a  los  fallos  de instancia. A partir de esta  presunción,  se  asigna al censor la carga de acreditar que con la sentencia se  causó   un  agravio,  apoyándose  para  ello  en  las  causales  taxativamente  consagradas en la ley (art. 207 del CPP).   

          En   ese   entendido,   el  libelo  debe  someterse  a  estrictas  y  específicas  reglas de postulación y bastarse a sí mismo para demostrar tanto  la  existencia  del  yerro  planteado  como  su  trascendencia. De suerte que el  recurso  extraordinario y la intervención de la Corte, conforme al principio de  limitación,  por  regla  general  se restringe a verificar dichos aspectos, sin  que  sea  dable  al  censor exponer una abierta discordancia de criterios con lo  determinado  en las instancias ni prolongar la controversia que finalizó con la  sentencia.  Pues  la  casación no es una tercera instancia del proceso penal ni  constituye  un escenario propicio para postular cualquier clase de irregularidad  en el trámite surtido.   

          De  ahí  que,  como  pacífica  y  reiteradamente viene diciendo la  Corte,    la   debida   sustentación   implica  desarrollar  el  ataque  con  arreglo  a los requerimientos  formales  que  impone la causal planteada y la lógica del cargo propuesto. Así  mismo,  hacerlo con sujeción a los principios de autonomía, no contradicción,  coherencia  y  razón  suficiente,  para  que  el  alcance de la impugnación se  evidencie  nítido y la Corte pueda dar a los reproches planteados una respuesta  adecuada.   

          Además,  en  conexión  con  la  exigencia  de  acreditación de la  afectación  de garantías fundamentales, la idoneidad  sustancial  de  la demanda significa que sus cargos no  sólo  han  de  estar  debidamente  sustentados desde la perspectiva formal. Los  reproches  deben  ser fundados, esto es, tener aptitud  para  propiciar  la  invalidación  total  o parcial de la sentencia,  en  el  entendido que, de no haberse materializado el yerro, otra  habría  sido  la  decisión,  o  mostrarse  idóneos para convocar a la Corte a  asumir  una  postura  jurisprudencial  unificada alrededor del tema debatido, en  cuanto  logren  evidenciar la violación de una norma sustancial o una garantía  procesal.   

          Si  la  demanda  incumple  con las aludidas exigencias formales para  estudiarla   de  fondo  o  se  establece  de  entrada  su  falta  total  de  idoneidad  de  cara  a los fines  inherentes a la casación, la decisión debe ser la inadmisión.   

          4.2                       Como  a  continuación  se expondrá, la demanda  bajo  estudio  no  satisface los requisitos legales y jurisprudenciales para ser  admitida:  además  de  que  los cargos no son desarrollados con sujeción a las  exigencias  propias de las causales invocadas, la censura carece de toda aptitud  sustancial.   

          4.2.1                     De  acuerdo  con  el  art.  207-1  del  CPP,  la  casación  procede  cuando  la  violación  de  una  norma de derecho sustancial  proviene,  entre  otras  eventualidades,  de errores de hecho o de derecho en la  apreciación  de  determinada prueba. Allí se encuentra consagrada la modalidad  de  infracción  indirecta o  mediada  de  la  ley  sustancial,  por  yerros en la construcción de la premisa  fáctica   del  silogismo  jurídico.   

          Los   errores   de   derecho  presuponen  la  violación de una norma probatoria, por la vía de  falsos  juicios  de  legalidad  o  de  convicción, mientras las infracciones de  hecho  implican  el  desconocimiento  de una situación fáctica, producto de la  incursión   en   falsos   juicios   de   existencia   o   identidad   y   falso  raciocinio.   

          El  falso  juicio  de legalidad, por cuyo medio el censor formula el  primer  cargo  contra  la  sentencia  de  segunda instancia, se relaciona con el  proceso  de  formación de la  prueba,  esto  es,  las  normas  que regulan la manera legítima de producirla e  incorporarla  al  proceso,  el principio de legalidad en materia probatoria y la  observancia  de  los presupuestos y las formalidades exigidas para cada medio de  conocimiento.  Entraña,  de  un lado, la apreciación material de la prueba por  el  juzgador,  quien  la  acepta  no obstante haber sido aportada al proceso con  violación  de las formalidades legales para su aducción; de otro, su equívoco  rechazo,   porque   a   pesar   de   estar   reunidos  los  requisitos  para  su  incorporación, el juez considera que no los cumple.   

          La  admisibilidad  de  un  reproche  formulado  por esa vía no solo  exige,  de  cara  a  la  aptitud  formal  de  la  censura,  señalar  las normas  procesales  que  regulan  los  medios  de  prueba sobre los cuales se predica el  yerro.    En    lo    referente   a   la   idoneidad  sustancial,  debe  acreditarse  cómo  se  produjo  la  transgresión  y  enseñar su incidencia en el sentido  del     fallo,     es    decir,    evidenciar    su  trascendencia.   

          Contrastada  la censura con las anteriores premisas, fuerza concluir  que  el cargo formulado no fue adecuadamente desarrollado, desatendiendo así la  exigencia  de  debida fundamentación. El reproche por falso juicio de legalidad  no  supera la simple enunciación, por cuanto se extraña la demostración de la  verdadera  incidencia  que  el mismo tuvo frente a las determinaciones adoptadas  en        la        sentencia        recurrida2.   

          En  primer  lugar,  mal podría afirmar el libelista la vulneración  del  debido  proceso  probatorio, como quiera que denuncia la infracción de una  norma  inaplicable al asunto  bajo  examen (art. 253 de la Ley 906 de 2004), regido por las formalidades de la  Ley  600 de 2000. Además, contrastado el art. 303 de esta última codificación  con  la  norma  señalada por el demandante, se advierten varias diferencias que  impiden   predicar   identidad   en   los   requisitos   establecidos   para  la  identificación   en   fila   de   personas   en  los  mencionados  códigos  de  procedimiento penal.   

          Ahora,  si bien el censor asevera que los reconocimientos en fila de  personas  carecen  de  los presupuestos de legalidad, por haber sido practicados  sin  ponerles  cascos a los integrantes de la fila de reconocimiento,  ello  no  comporta  ilegalidad  de  la  diligencia.  Pues  la norma aplicable al asunto (art. 303 de la Ley 600 de 2000)  no  exige una reconstrucción  de  todas las condiciones de percepción del testigo, sino apenas que la persona  a   ser   reconocida,  si  fuere  posible,       compareciera       con       el      mismo      traje  que  llevaba  al  momento  de  los  hechos.  De otro lado, habiéndose contado con la participación del defensor en  la diligencia, éste no efectuó ninguna observación al respecto.   

          Aunado  a  lo  anterior,  la trascendencia del yerro se funda en una  tergiversación  de  las  premisas  fácticas  que se declararon probadas en las  sentencias  de  instancia:  mientras el censor sostiene que el reconocimiento no  es   fiable  porque  las  declarantes  no  habrían  podido  identificar  a  los  asaltantes,  debido  a  que  éstos llevaban “cascos  cerrados”,  los  falladores  clarificaron  que  tal  reproche  es  infundado, porque las víctimas, desde sus primeras declaraciones,  manifestaron  que  pudieron observar los rostros de aquéllos, dado que portaban  “cascos   abiertos”3.   

          Pero  hay  más:  junto  a  la evidenciada falta de fidelidad con la  reseña  del  escrutinio  probatorio emprendido en las instancias, el demandante  incurre  en  otra  imprecisión que impide afirmar la trascendencia del supuesto  yerro.  Cifrándose  la demanda en la discusión de la responsabilidad penal que  se  predica  de  ALBERT MOLINA CHUQUÉN, ha de destacarse que, de acuerdo con la  sentencia       de       primera      instancia4,  si bien Maritza Monje Rivera  inicialmente  no  reconoció  a  ERMINSON  VARGAS  DÍAZ,  desde la primera  ronda  identificó sin titubeo a  ALBERT  MOLINA,  señalándolo  como  uno  de los atracadores. Y esa afirmación  -que  en  sede  de  casación  viene revestida por la  doble  presunción  de  acierto  y  legalidad- pretende  desplazarla  el  demandante  con su lectura particular del caso, alegando que la  defensa  “probó”  algo  distinto.   

          Con  todo,  importa  precisar,  los falladores de instancia nunca le  asignaron  al  reconocimiento  en fila de personas entidad probatoria autónoma,  indicativa  de  la  responsabilidad  de  los acusados, sino que lo comprendieron  como  un  aspecto  integrante de los testimonios de las víctimas. Y las razones  por  las  cuales  se les dio crédito probatorio a aquéllas, como más adelante  se  expondrá,  no  son refutadas apropiada ni suficientemente por el libelista,  quien  no  indica  de  qué  manera  el raciocinio aplicado por los juzgadores a  dichos  testimonios  y al análisis link, contraría las reglas de la sana crítica.   

                     4.2.2 Ahora,  en   relación   con   el  segundo  cargo  formulado,  resalta  la  Corte  que  la  admisión  del libelo por  errores  de  hecho  en  las  fases   de   observación   o  valoración  de  la  prueba  exige  acreditar  el  desconocimiento  de una situación fáctica, producto de la incursión en falsos  juicios de existencia, identidad o falso raciocinio.   

         La  primera  de  dichas hipótesis -falso  juicio  de existencia- se presenta cuando, al proferir  la  sentencia  impugnada,  el  fallador  desconoce  por  completo  el  contenido  material  de  una  prueba  debidamente  incorporada  a  la actuación; también,  cuando  le  concede  valor probatorio a una que jamás fue recaudada, suponiendo  su existencia.   

         En  segundo  término,  el  falso  juicio  de identidad  tiene  ocurrencia  cuando  en el fallo  confutado  el  juzgador  distorsiona  o  tergiversa  el  contenido  fáctico  de  determinado  medio  de  conocimiento,  haciéndole  decir  lo que en realidad no  dice,  bien sea porque realiza una lectura  equivocada  de su texto, le agrega circunstancias que no contiene  u omite considerar aspectos relevantes del mismo.   

         En  tercer  lugar,  el  falso  raciocinio  se  configura  cuando el  Tribunal  observa  la prueba en su integridad, pero al  valorarla   desconoce  los  postulados  de  la  sana  crítica,  es  decir,  una  concreta ley científica, un principio lógico o una  máxima de la experiencia.   

         Cualquiera     de    estos    yerros    debe    ser    trascendente  desde  el  punto  de vista  jurídico,    esto    es,    que    frente   a   la   valoración   conjunta  de  la  prueba realizada por el  Tribunal,  su  exclusión debería conducir a adoptar  una   decisión  sustancialmente  diversa a la recurrida.   

         Mas  examinado el reproche a la luz de los antedichos presupuestos,  salta  a  la  vista  su  indebida  sustentación.  En  estrictos  términos  de  técnica  casacional,  el  censor  no formuló ningún  cargo.   Limitándose   a  pregonar  que  las inferencias probatorias realizadas con base en los resultados  del   análisis   link  son  “absurdas”  y  que  la  valoración   de  las  pruebas  realizada  por  los  falladores  no  fue  seria,  desapasionada  ni responsable, implícitamente convoca a la Sala a emprender una  nueva  valoración probatoria, orientada por su lectura particular de los medios  de  conocimiento,  como  si  el recurso extraordinario  de  casación  constituyere  una  tercera instancia de  juzgamiento.   

          De  esta  manera,  el demandante incumplió con el deber de plantear  un  cargo  concreto  contra  la  sentencia  confutada.  En  ningún aparte de la  sustentación  se identifica, en concreto, el tipo de error bajo el cual convoca  a  la Corte a estudiar la legalidad del fallo -falso raciocinio, falso juicio de  identidad o falso juicio de existencia-.   

          Escueta  y  confusamente alega que, “con  lo  demostrado  en el juicio”, el Tribunal supuso que  se   alcanzaba  la  certeza  sobre  la  materialidad  de  la  infracción  y  la  responsabilidad  de  su  defendido.  Empero,  en  el  contexto  presentado en la  demanda,  tal  afirmación  es  absolutamente vacua: ninguna prueba, debidamente  individualizada,  fue  acusada de haber sido valorada en oposición a las reglas  de  la  sana  crítica;  tampoco,  que algún medio de conocimiento hubiera sido  inobservado  en  su  totalidad  o  en  aspectos esenciales ni que los falladores  hubieran  supuesto la existencia de una prueba o tergiversado el contenido de un  medio de conocimiento.   

          Del  desarrollo argumentativo expuesto en la demanda se extracta que  la    inconformidad   del   censor   estriba   en   la   supuesta   valoración  indebida  de  las  pruebas.  Pero,  por sí mismo, ello es insuficiente para que la Corte emprenda un estudio  de fondo bajo la óptica del falso raciocinio.   

          De   las   críticas  expuestas  por  el  censor  no  se  extrae  la  formulación  de  ninguna regla de la experiencia, principio lógico ni criterio  científico   supuestamente   quebrantado,   sino   la   simple   referencia   a  apreciaciones  subjetivas  sobre  la  valoración  probatoria  consignada en las  sentencias  confutadas.  Tales  asertos  apenas constituyen reproches formulados  con  la  amplitud  propia  de  las  instancias,  los  cuales distan mucho de los  estándares  mínimos  exigidos para ser estudiados de fondo en casación.    

          En  efecto,  no hay lugar a predicar la configuración de errores de  hecho  constitutivos  de  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  cuando  simplemente  se presenta una apreciación probatoria que no se comparte. La mera  disparidad  de  criterios  en  ese  aspecto  no  habilita  acudir  al recurso de  casación  (CSJ AP 03.12.09, rad. 27.264). En la misma dirección, mediante auto  del  16  de  junio  de  2010  (rad.  33697),  la  Sala puntualizó que la simple  oposición  de  apreciaciones  subjetivas  contra  los razonamientos probatorios  efectuados   por  el  juez  o  la  postulación  de  críticas  a  la  actividad  valorativa,  formuladas  con  la amplitud propia del ejercicio de contradicción  de  las  instancias  y  sin  el  debido  planteamiento  técnico,  conduce  a la  inadmisión del recurso de casación.   

          Adicionalmente,  la censura carece de aptitud sustancial para lograr  la   infirmación   de  la  sentencia  condenatoria.  Pues  la  declaratoria  de  responsabilidad  penal no reposa únicamente en los testimonios de las víctimas  y  el análisis link, sino en  razones  probatorias  adicionales  que  el  censor  no  controvierte de ninguna manera.   

          En   efecto,   pasa   por   alto   que,   habiéndose  declarado  la  responsabilidad  penal  de  AMALIA  BERMEO  STERLING  y  JOHN  JAIRO  VALDERRAMA  TORRES5,  el  juez de primera instancia construyó un indicio de mentira en  contra  de  ERMINSON  VARGAS  y ALBERT MOLINA, por cuanto habiendo negado éstos  que  conocían a aquéllos -encargados de informar sobre la efectiva entrega del  dinero  a Hilda Granda Parra y de lograr el arribo de las víctimas a la casa de  Ana  Eliza  Rivera-,  el  estudio  link  demostró  que  el  día  de  los  hechos mantuvieron comunicaciones  entre  sí.  Adicionalmente,  se  descartó  la  coartada  propuesta por ERMISON  VARGAS  DÍAZ,  al  tiempo que se estableció una conexión forense entre ALBERT  MOLINA  CHUQUÉN  y  la moto -de características similares a la utilizada en el  asalto-  de  Cornelio  Calderón,  esposo  de  la  prima  de aquél, quien se la  prestó al señor MOLINA CHUQUÉN.   

          Así,  es claro que el libelista incumple el deber de desarrollar un  ejercicio     de    deconstrucción    de  los  fundamentos  probatorios  de la unidad decisoria conformada  por  las  sentencias  de  instancia  (cfr., entre otras, CSJ AP 24.02.2016, rad.  43.017;  AP 25.05.2016, rad. 45.660 y AP 29.06.2016, rad. 44.42). Y esa falta de  refutación,  además  de  dejar  desprovisto  de aptitud sustancial al reclamo,  confluye  con  las  incorrecciones  formales  atrás  advertidas.  Por  ello, es  innegable  su indebida fundamentación, lo que constituye razón suficiente para  inadmitirlo.   

          4.2.3   Por   último,  advierte  la  Sala  que  la  “petición  especial”  de  cesación  de  procedimiento  por  prescripción  de la acción penal en el juicio, elevada por  el  demandante  con  base  en  la  supuesta  configuración  de  dicho fenómeno  antes  de  que  se  dictara  la  sentencia de segunda  instancia, debió haber sido formulada por la vía del  art.  207-3  de  la  Ley  600  de  2000  y  desarrollada con cumplimiento de las  exigencias  propias  de  la violación directa de la ley sustancial (cfr., entre  otros,  CSJ SP 24.10.2003, rad. 17.466 y AP 27.08.2014, rad. 44.207). Empero, no  sólo  es  claro que un cargo  en  esos  términos  no  fue  formulado,  sino  que la solicitud es manifiestamente infundada.   

          Ello,  por  cuanto,  de un lado, la resolución de acusación cobró  ejecutoria    el    7    de    junio    de    20106;  de otro, la pena máxima por  el  delito  de  hurto  calificado agravado (arts. 239, 240 inc. 2º y 241-10 del  CP)  es  de  15  años  (180  meses)  de  prisión.  De  suerte  que,  desde  la  interrupción  del  término prescriptivo, aún no han transcurrido los 90 meses  requeridos  para  extinguir  la  acción  penal (art. 86 inc. 2º CP). Ahora, en  relación  con  el  delito de tráfico, fabricación y porte de armas de fuego o  municiones  -que contempla una pena de 4 a 8 años de  prisión  (art.  365 CP)-, si bien han pasado más de 5  años  desde  la ejecutoria de la resolución de acusación, lo que configura la  prescripción   (art.  86  inc.  2º  CP),  la Corte no hará ningún pronunciamiento al respecto, por cuanto  tiene   prevalencia  la  absolución  dictada  en  las  instancias  (cfr.,  entre otras, CSJ AP 21.01.2015, rad. 43.448, AP 16.05.2012,  rad. 38.571 y AP 17.09.2008, rad. 29.832).   

               4.3                   Así,   ante   los   insalvables   defectos  de  fundamentación  que  la  Corte  no  puede  enmendar por virtud del principio de  limitación  que  gobierna  la  casación,  se inadmitirá la demanda estudiada,  pues  tampoco  se  observa  a  simple  vista la vulneración de alguna garantía  fundamental  que amerite el ejercicio de las facultades oficiosas de la Sala, en  los términos del artículo 216 del CPP.   

          En  mérito  de lo expuesto,   la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  presentada en nombre de ALBERT MOLINA CHUQUÉN.   

         Contra esta decisión no proceden recursos.   

NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ FRANCISO ACUÑA VIZCAYA  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

LUIS ANTONIO HERNÁNDEZ BARBOSA  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

            1  Quienes, mediante  sentencia  del  19  de  febrero  de 2007, proferida por el Juzgado 1º Penal del  Circuito  de  Florencia, fueron declarados penalmente responsables por el delito  de  hurto  calificado  agravado, siendo absueltos por el cargo de porte de armas  de fuego.   

            2  Sobre esta razón  de     inadmisión,     de     cara     a    un    planteamiento    similar al aquí analizado, cfr., CSJ AP  13.09.2011, rad. 36.419.   

            3  Cfr. fl. 11 sent.  2ª inst.   

            4  Fl.  33  C.  3.   

            5  Cfr.  fls.  33-36  ídem.    

            6 Cfr. fls. 261 y 281  C. 2.     

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