13208dic

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso Nº 13208  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 206  

Bogotá,  D. C., siete (07) de diciembre del  año dos mil (2.000).   

VISTOS  

El  18  de julio de 1996, el Juzgado Primero  Penal    del    Circuito   de   Lérida   (Tolima)   condenó   a   FRANCISCO  ARIAS  JIMÉNEZ  como autor del  delito    de    peculado   por   apropiación   en   concurso   homo­géneo  sucesivo,  y  le im­puso  4  años  de prisión, $20.000 de  multa  e  interdicción  del  ejercicio de derechos y funciones públicas por el  mismo lapso de la pena privativa de libertad.   

Apelada  la  decisión  por  la  defensa  y  realizada  la  au­diencia de  sustentación  oral,  el 19 de diciembre del mismo año el Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Ibagué  la  modificó  para  reducir  la  prisión y la  interdicción  a  3  años,  aumentar  la  multa  a $1.155.739.53 y reconocer el  dere­cho  a  la condena de  ejecución condicional al procesado.   

El  representante  del  señor  ARIAS     JIMÉNEZ     inter­puso           re­curso  de  casación,  de cuyo fondo se  ocupa    la    Sala    en    este   mo­mento.    

HECHOS  

Durante  tres  años, el señor FRANCISCO  ARIAS  JIMÉNEZ ocupó el cargo  de  Director del Distrito No. 3 de Tránsito y Transportes, con sede en Armero –  Guayabal (Tolima).   

Practicada visita a la dependencia por parte  de  la Contraloría, se estableció la realización de varias conduc­tas            de­lictivas   imputables  a  ARIAS JIMÉNEZ, así:   

1) Entre el primero de enero y el 28 de junio  de   1994,   se  apropió  de  $952.000  recaudados  por  concepto  de  especies  vena­les,      que  correspondían   al  Ministerio  del  Transporte  (formulario  único  nacional,  licencias  de  trán­sito,  certificados  de  movilización  y  placas)  y  al  Instituto  Departamental  de  Tránsito  y  Transportes  del  Tolima  (formularios, comprobantes, licencias de  conducción,  cer­tificados  médicos y traslados de cuentas).   

2)  Durante  los  meses de enero a junio del  mismo  año  se  apropió  de  $5.773.522.41,  suma que había recau­dado      por      con­cepto  de retención en la fuente y que  no      consignó.     Igual     con­ducta  desplegó  durante  los  meses  de julio a septiembre de 1994  pues    por   el   mismo   motivo   re­cibió $301.116.10, cantidad que tampoco consignó.   

3)  En  el  lapso transcurrido entre julio a  septiembre  de 1994, se apropió de $422.900 que había recibido por concepto de  traspaso  de  automotores, dineros que no registró ni depositó a nombre de sus  destinatarios.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  Compulsadas  copias  con  destino  a  la  fiscalía,  esta abrió instrucción el 7 de septiembre de 1994. Luego, admitió  a  la  Contraloría  Departamental  como  parte  civil,   vinculó mediante  in­dagatoria  al  señor  FRANCISCO ARIAS JIMÉNEZ y le  resolvió    si­tuación  jurídica   con   me­dida  de­tentiva,     que  susti­tuyó por detención  domiciliaria,     en     la     cual    le    atribuyó     con­curso   homogéneo   de   delitos   de  peculado.  Posteriormente  se  le otorgó la libertad provisional con base en el  artículo 415-1 del Código de Procedimiento Penal.   

2.  Cerrada  la  instrucción,  el  10  de  noviembre  de  1995  se  calificó  el  sumario  con  resolución acusatoria que  imputó   al   proce­sado  autoría  del concurso homogéneo sucesivo mencionado. El defensor impugnó esta  decisión,       pero      no      sustentó      su      inconformi­dad,   razón   por   la   cual   fue  decla­rada desierta el día  12  de  diciem­bre de 1995.   

          3.  La  etapa  del juicio correspondió al Juzgado Primero Penal del  Circuito  de Lérida, despacho que profirió la sentencia ya mencionada, dispuso  la    captura    de   ARIAS   JIMÉNEZ   y  colocó  a  disposición de la Dirección de Impuestos Nacionales  el  dinero  restituido por concepto de retención en la fuente, y del Ministerio  de  Transporte  y  del  Instituto  Departamental  de  Transporte  de Ibagué las  su­mas  correspondientes a  especies venales.   

4.  Ante  la  apelación  interpuesta por el  defensor,   el   Tribunal  de  Ibagué  profirió  el  fallo  reseñado  en  los  “Vistos”     de     esta     sen­tencia.   

LA DEMANDA  

El   defensor   formuló   tres   cargos,  así:   

Primero.  

“Error  de  existencia. Se ha aplicado una  norma  que  no  tiene existencia jurídica”, pues el artículo 10 de la Ley 38  de  1969 fue desarrollado  en el artículo 665 del Estatuto Tributario, que  posteriormente    fue    declarado   inexequible   mediante   senten­cia    C-285/96    por    la    Corte  Constitucional,  disposición  con  base  en  la  cual  se  sustentó  el  fallo  atacado.   

         

Segundo.  

          Violación   directa  de  la  ley  sustancial,  por  infracción  al  prin­cipio    de    la  non  reformatio in pejus. El  Tribunal   no   tuvo  en  cuenta  la  calidad  de  apelante  único  del  señor  ARIAS  JIMÉNEZ y agravó la  pena  de multa al resolver el recurso de apelación, pues de $20.000 que habían  sido    fijados     en    primera    instancia,    en   la   se­gunda       se       pasó       a  $1.155.739,53.   

          Tercero.   

          Nulidad  parcial  del  proceso,  habida  cuenta  que en el juicio no  actuó   el   funcionario   del   Ministerio  Público  a  quien  legalmente  le  correspondía  de  acuerdo  con lo establecido en el artículo 21 del Código de  Procedimiento Penal, sino el Personero Municipal de Lérida.    

          Con  base  en  lo  anterior,  solicitó  a  la  Corte casar el fallo  im­pugnado  y  declarar la  nulidad  propuesta,  y  en subsidio revocar la decisión atacada en virtud de la  viola­ción   de  normas  sustancia­les.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

El  Procurador  Segundo Delegado en lo Penal  sugirió  a  la Corte no casar la sentencia recurrida con relación a los cargos  primero     y    tercero,    pero    aceptar    la    censura    res­pecto del segundo. Para ello argumentó  que  el  primero se planteó con ausencia de técnica al desconocerse el sentido  de    la   violación   y   no   demos­trarse  el  falso  juicio de selección normativo o de hermenéutica  en   la   que   incurrió   el   juzga­dor.   

Para  sugerir  que  se desestime el tercero,  acudió  a  los  artí­culos  277  de  la  Constitución Política, 84 de la Ley 201 de 1995 y 131 del Código  de  Procedimiento  Penal,  con lo cual concluyó que la asistencia del Personero  Municipal   de   Lérida  encuentra  so­porte     normativo     y     no     constituye     irre­gularidad  sustancial  que  afecte  el  debido proceso o las garantías de defensa.   

Encontró  acertado  el  cargo segundo, pues  aunque  en  la sentencia de primera instancia se incurrió en una in­fracción  al principio de legalidad de  la  pena  al  tasar la multa en $20.000, tal suma no podía ser aumentada por el  Tribunal  sin  lesionar  la prohibición de reformatio  in   pe­jus  que  carece  de excepciones, motivo por el cual solicitó casar la  sentencia     impugnada     y     ade­cuar  la  pena  principal  de  multa  a  la  tasación  hecha por el  a-quo.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

La  sentencia recurrida no puede ser casada,  por    las   si­guientes  razones:   

En  cuanto  al  tercer  cargo  (  nulidad  ).   

Se desestima, porque:  

1.  El  Juzgado  1o.  Penal  del Circuito de  Lérida      asumió      el      co­nocimiento   del   asunto   mediante   auto   del  18  de  enero  de  1996.   

2.  El 19 de enero del mismo año enteró al  personero  Municipal, en su “calidad de Agente del Ministerio Público”, que  a  las  ocho  de la mañana del mismo día comenzaban a correr los 30 días para  la  preparación  de  la audiencia y para los “…demás efectos del artículo  446 del Código de Procedimiento Penal…” .   

3.  De allí en adelante, siempre fue tenido  en  cuenta  el  Personero  Municipal,  a  quien  se  le  notificaron el auto que  dis­puso  pruebas  y  los  varios  que  fijaron  fecha  para  la ce­lebración   de   la   audiencia,  así  no  hubiera  comparecido  a  esta.   

4.  Durante  todo ese tiempo, entre el 19 de  enero  y  el  9 de ju­lio de  1996  (fecha final de la audiencia), nadie objetó la concurrencia del Personero  Municipal  como  para  llamar  la  atención  sobre  el  resquebrajamiento de la  estructura  del  proceso o sobre el desconocimiento de derechos sustanciales del  procesado.  Y ese no hacer es perfectamente razonable, primero porque en eventos  como  éste  se  trata  de  un  sujeto procesal contingente, y segundo porque la  presencia   de   tal   funcionario   –y  la  correlativa  ausencia  de  otra  colaborador  del  Ministerio  Público-  desde  ningún  punto de vista constituye irregularidad que conculque  las  bases  de  la  composición del proceso ni de las garantías y derechos del  imputado.   

5.   La   causal   tercera  de  casación,  aparentemente  libre,  también  impone al censor el cumplimiento de requisitos,  que no atendió con claridad y exactitud el defensor, porque:   

a) No dijo desde cuándo, desde qué momento  pro­cesal    preciso  solicitaba  la  declaración de nulidad, como tampoco por qué la habría pedido  desde ese instante de la actuación.   

b)  Consideró  que  el  juicio era nulo por  desconoci­miento del debido  proceso,   infracción   que   había  causado  perjuicio  al  proce­sado. No obstante, no dijo ni demostró  la  quiebra  de  aquél,  como  tampoco  el  daño  sufrido  por  éste. Y no es  suficiente,         ni        mí­nimamente,  decir  que  las  dos  irregularidades  surgen  de  la no  in­tervención    del  Ministerio Público durante la fase plenaria.   

         Con  ello  dejó  de  lado el Principio de  Concreción,  en virtud del cual en contra  de la  abstracción,     es     decir,     de     la     vaguedad,     inde­terminación, imprecisión, generalidad  e   in­definición,   le  corres­ponde a la parte que  aduce   irregulari­dades  procesales     delimitar,    precisar,    individuar,    particulari­zar  y  puntualizar  el  acto  o  actos  procesales  que  generan  o  desencadenan  el  desconocimiento de los derechos y  ga­rantías de los sujetos  procesales.    

         También   olvidó   el   Principio   de  Trascendencia,   que  parte  del  supuesto  según  el  cual   cuando se busca  la     nuli­dad    por  afecta­ción   de   los  derechos   y   garantías   de  los  su­jetos  procesales,  tal  fenómeno  no  concurre  mientras  no  haya  perjuicio   y   no   se   prevea   la   probabilidad   del   correla­tivo  beneficio  para  el  nulidicente.   

         Cuando  el  casacionista  plantea  violación del debido proceso por  afectación  de los derechos y garantías de su poderdante, le corresponde, más  allá  del  otrora  carácter  puramente formalista del derecho, com­probar,  de una parte, la causación de  agravio  y,  de  la  otra,  la  posibilidad  de  éxito  a que pueda conducir la  decla­ración  de nulidad.  Dicho  de otra forma, debe demostrar que el vicio procesal ha producido un daño  y   que  la  san­ción  de  nulidad producirá una ventaja.    

c) Así mismo, le compete al actor afirmar y  demostrar  cómo  debe  ser  enmendado  el  yerro  o  vicio que, ase­vera,    se   percibe   con   efectos  sustanciales  en  el  juicio. Con otras palabras, tiene la carga de comprobar de  qué  forma  se  debe  corregir  o  remediar  el  entuerto.  A pesar de ello, el  defensor   del   señor   ARIAS  JIMÉNEZ no se rigió por tal requisito.   

Como nada de lo anterior es predicable de la  de­manda que se estudia en  relación    con    el    cargo    analizado,   debe   ser   desesti­mada.   

6.  Ahora  bien, aparte lo anterior -de por  sí  bastante  para  no  seguir  observando las objeciones de la defensa en este  tema-,    para    responder    la    formal    inquietud    del   ca­sacionista       cimen­tada en que de acuerdo con el contenido  de  los  artículos  81  de  la  Ley  201 de 1995 y 131 A. del C. de. P. P., los  Personeros  Municipales no pueden actuar ante los Juzgados Penales del Circuito,  dígase,  en  primer  lugar,  que  según  el  artículo 118 de la Constitución  Política,  el  Ministerio  Público  también  es  ejercido  por los Personeros  Municipales,  que  las  funciones  constitucionales del Procurador General de la  Nación   establecidas   en   el  artí­culo   277   de   la   Carta  pueden  ser  cumplidas  por  él,  sus  de­legados y sus agentes, y  que  por  mandato  de  los artículos 131 del C. de. P. P. y 84 de la Ley 201 de  1995,  dentro del proceso penal puede actuar el Procurador General por sí mismo  o     a    través    de    sus    de­legados  y  agentes;  y,  en segundo lugar, que si la información y  notificación  hechas  al  Personero  Municipal fueran irregulares, ello en nada  habría    afectado    el    debido    proceso,    resguardado    du­rante  todo  su trámite, ni el derecho  de     defensa,     siempre     custo­diado  por  el  apoderado de confianza que intervino en el juicio y,  como ya se dijo, desde la instrucción.   

    

Por    lo   expuesto,   el   cargo   no  prospera.   

Respecto del primer cargo  

El demandante acudió a la primera causal de  casa­ción,   que   enunció  con estas frases: “Error de existencia. Se ha aplicado una norma que  no  tiene  existencia  jurídica.  Lo  anterior,  en  virtud de que el Honorable  Tribunal  dio  aplicabilidad  al art. 665 del Estatuto Tributario, norma que fue  derogada mediante sentencia C-285 del 27 de junio de 1996”.   

“Violando  con  ello  el principio nullum  crimen,  nullan  poena,  nulla  mensura,  sine  lege  estricta, pues el Tribunal  desestimó     di­cho  principio,    al    catalogar   que   para   el   caso   presente   ‘el          retene­dor   es  un  servidor  público  cuyo  com­portamiento se adecúa  en   la   descripción   del  peculado’ “.   

“Igualmente comprende esta enunciación de  cargo  la  viola­ción de la  aplicación   del   principio   de   favorabilidad,  por  cuanto  ha­berse  declarado  inexequible  por  la  Corte  Constitucional,  la norma en comento, nos encontramos frente al principio  de   la   nullum  cri­men,  nullan  poena,  nulla mensura, sine lege estricta, por cuanto se está aplicando  una norma inexistente”.   

En  desarrollo  del  cargo,  explicó  su  posición  sobre el Estatuto Tributario, sobre el alcance de la ley 38 de 1969 y  cul­minó  diciendo que al  ser  revivido  aquél por el Ad-quem, “…se está violando el postulado de la  nulla  poena  sine  lege,  que  no  es  más  que el desarrollo del principio de  legalidad,  que  determina  que no es posible crear figuras legales como tampoco  imponer   penas   y   medidas  de  segu­ridad  por  vía  analógica,  prohibición  que  le está vedada al  juzgador,   y   que   para   el   caso  en  comento,  no  fuera  aca­tado”.   

Este  cargo  sigue  la  misma  suerte  del  anterior, es decir, no prospera, por las siguientes razones:   

1. El demandante aludió a la causal primera  de   casa­ción,  pero  no  dijo,  con  nitidez  y  exactitud,  si  se  refería a violación di­recta o indirecta de la ley sustancial.  Mientras  tanto,  la  ley  exige  que  tanto  la  propuesta  del  cargo  como su  desarrollo        sean        pre­sentados de manera clara y precisa.   

2.  La situación varía según se trate de  violación   di­recta  o  indirecta,   pues   las   formas   de   llegar   a   ellas   son  di­versas,  por  lo cual le corresponde al  casacionista,  a  más de señalar la clase de infracción, demostrar la especie  de  error.  El  censor,  mientras  tanto, no dijo si se trataba de aquélla o de  ésta  ni si, en la pri­mera  hipótesis,  se  cimen­taba  en  falta de aplicación, aplicación in­debida     o     interpre­tación  errónea  de  normas  sustanciales  y,  en  el evento de la  segunda,  si  quería castigar a la sentencia por error de hecho basado en falso  juicio  de  existencia  o  de  identidad  o  en falso raciocinio, o por error de  derecho por falsa convicción o falso juicio de legalidad.   

3.  La cadena de errores se profundiza aún  más,   cuando,  a  la  vez,  sin  discriminación  alguna  y  sin  remisión  a  determinados  artículos de la normatividad, dentro de la misma causal (“Error  de  existencia.  Se ha aplicado una norma que no tiene existencia jurídica”),  con   la  patente  omisión  anteriormente  señalada  frente  a  las  clases  y  es­pecies   de   error,  reprochó     al     Tribunal     infracción     a     los     prin­cipios de legalidad, de favorabilidad y  de  prohibición  de  la  analogía,  imputaciones  carentes de desarrollo en el  texto    del    es­crito  propuesto   por   la   defensa   y  totalmente  alejadas  del  conte­nido   de   la   sentencia  impugnada.   

4.  De  otra  parte,  la  propuesta resulta  incomprensible  pues que el Tribunal analizó la tipicidad, la antijuridicidad y  la  culpabili­dad del señor  ARIAS  JIMÉNEZ  siempre  a  partir  del  artículo  133  del  C.  P.,  con las modificaciones in­troducidas por la ley 190 de 1995, como  expresamente  lo  afirma  el  fallo.  El  Ad-quem  no  hizo  referencias  a  los  artícu­los   665   del  Estatuto  Tributario  y   10  de la Ley 38 de 1969, como debe ser cuando se  está    al    frente   de   la   para­tipicidad  penal.  Y  si  no  se atuvo a estas normas, no es posible  afirmar  en  una  demanda  que infringió la ley porque las tuvo como existentes  cuando  eran inexistentes. Finalmente, agréguese que con su postura el Tribunal  no  hizo nada extraño pues como también se percibe, el A-quo había tipificado  la  con­ducta del procesado  en  el artí­culo 133 del C.  P.   

         

Sobre   el   segundo   cargo.   

El  casacionista  encontró  quebrantada la  prohibición         de         re­formatio    in    pejus,  únicamente  en  cuanto  el  Tribunal  había  aumentado  la pena  principal  de  multa.  Con  ese  plantea­miento  tampoco  alcanza  el éxito porque con tal incre­mento  el  juez  colegiado no violó el  principio recordado. Estos los argumentos:   

No  hay  duda  que  el  señor ARIAS   JIMENEZ   tenía  la  calidad  de  impugnante  único  en  el  trámite  del  recurso de apelación que su defensor  interpuso  contra  la  sentencia  proferida  por  el  Juzgado  Primero Penal del  Circuito  de  Lérida,  pues  fue el único sujeto procesal que procedió de tal  manera    y    sustentó    su    desa­cuerdo.   

No  obstante, resulta oportuno recordar que  para  la  época  en  que  se  cometieron los hechos investigados se encontraban  vigentes  las  modificaciones  hechas por la Ley 43 de 1982 al artí­culo  133 del Código Penal (tipo penal  de     peculado),     que     estable­cía  una  pena  de prisión de 2 a 10 años, pero si el valor de lo  apropiado  superaba  la  suma  de  $500.000.oo,  oscilaba  entre 4 y 15 años de  pri­sión,   multa   de  $20.000.oo  a $2.000.000.oo e interdicción de derechos y funciones públicas de  2 a 10 años.   

         Estando  en  curso la instrucción, fue expedida la Ley 190 de 1995,  que  en  su artículo 19 le asignó al peculado prisión de 6 a 15 años y multa  equivalente    al    valor    de    lo   apropiado,   pero   estable­ció  una  disminución  punitiva de la  mitad  a  las tres cuartas partes cuando el monto de lo apropiado fuera inferior  o  igual  a  50  sala­rios  mínimos     lega­les  mensuales.   

En  el  proceso que se estudia, el Tribunal  señaló  que se tra­taba de  un  concurso  homogéneo  sucesivo  de delitos de peculado por apropiación, que  para  efectos  punitivos  tenían  autonomía e independencia en su monto, cuyas  cuantías  fueron  inferiores  a  la establecida en el inciso 2º. del artículo  133  del  Código Penal después de la reforma que le hiciera el artículo 19 de  la Ley 190 de 1995.   

Como  para  1994,  época  en  la  cual  se  cometieron  los  delitos  investigados,  el  valor  del  salario  mínimo  legal  men­sual era de $98.700.oo  según  lo dispuesto por el Decreto 2548 de 1993, el valor de cincuenta de ellos  correspondía a $4.935.000.oo.   

En virtud de lo anterior, la Ley 190 de 1995  resultaba   aplica­ble  de  manera   retroactiva   a   estos   hechos   ocurridos   con  anterio­ridad  a  su  vigencia  en  virtud  del  principio          de         fa­vorabilidad,  pues  la  ley  vigente  para  la  época en la cual se  cometieron  los  delitos establecía una pena privativa de la libertad de 4 a 15  años,  en  tanto  que la nueva, en aten­ción    a    la    cuantía   de   lo   apropiado,   es­tableció  una  pena de prisión de 6 a  15  años, pero reducida, como se acaba de decir, de la mitad a las tres cuartas  partes.   

         En  el  asunto  que  se  analiza,  de  acuerdo  con  su criterio, el  Tribunal  partió de la pena mínima establecida en el inciso 1º. del artículo  133     del     Código     Penal     (6     años),     la    dismi­nuyó   en  la  mitad  (3  años),  la  aumentó  en  otro  tanto  por el concurso de delitos (6 años), y finalmente la  redujo  en la mitad por el reintegro total, para dosificar la pena en 3 años de  prisión.   

Si en primera instancia se tasó la pena en  4  años  de pri­sión, y se  advirtió  expresamente  que  “no se aplica la Ley 190 de 1995 en razón a que  el     hecho     punible     se    co­metió  antes de que ésta entrara en vigencia y siendo más gravosa  para  el  proce­sado” (Fl.  664),  es  evidente  que  allí  se  cometió  un error que fue corregido por el  Tribunal,     precisamente     con     la     aplicación    retroac­tiva  de aquella ley que se creía más  gravosa,    pero    que   a   la   pos­tre      resultó     fa­vorable    al    procesado   en   cuanto   concierne   a   la   pena  priva­tiva  de  libertad,  individualizada en 3 años de prisión.   

Si  se  observa  exclusivamente  la pena de  multa,  la Ley 190 de 1995 no resulta benigna para al procesado. Sin embargo, no  se  puede  olvidar  el  artículo 45 de la Ley 153 de 1887, que esta­blece  algunos  criterios  frente  a la  favo­rabilidad,  en virtud  de  uno  de  los  cuales  “Si  la  nueva  ley  disminuye  la  pena  corporal y  au­menta  la  pecuniaria,  preva­lecerá sobre la ley  antigua”,  como ocu­rre en  este asunto.   

Partiendo de este imperativo mandato legal,  frente   al   conflicto   de   leyes   es   obvia   la  aplicación  de  la  ley  “punitivo-corporalmente”  mas  favo­rable,  esto  es,  la  190  de 1995, con lo cual esencialmente no se  desmejora  la  situación  jurídica  del  señor ARIAS  JIMÉNEZ.  Y  consecuencia  elemental de ello -para no  desvertebrar  el  contenido  de la disposición aplicable, tal como lo ordena la  Ley  153 de 1887 mencionada- es que si en la sentencia de 1a. instancia se fijó  multa  de $20.000, era imprescindible seguir la ruta trazada por la normatividad  apli­cable  retro­activamente,   que  implicaba  mirar  la  multa de otra forma. Por ello, el Tribunal se sustentó en  el  valor  equivalente  al  monto  de  la apropiación ($6.497.628.10) e hizo la  dosificación  correspondiente  para arribar a $1.155.739.543, monto final de la  pena pecuniaria.   

Emana  de  lo anterior, entonces, que no ha  sido    in­fringido   el  principio   de   prohibición  de  la  reformatio  in  pe­jus.   

         

El cargo no prospera.  

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

NO     CASAR     la    sentencia  recurrida.   

Cópiese,   cúmplase  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

EDGAR    LOMBANA  TRUJILLO   

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL             JORGE  E.  CÓRDOBA    POVEDA                     

CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                  JORGE A. GÓMEZ GALLEGO   

MARIO   MANTILLA   NOUGUÉS                  CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR   

                                                                                                          No hay firma   

ÁLVARO   O.  PÉREZ  PINZÓN                  NILSON PINILLA PINILLA   

                                                   No  hay  firma   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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